Nos acercamos a Cristo en la noche del corazón para nacer de nuevo

 




Para el día de hoy (12/04/21):

Evangelio según San Juan 3, 1-8



Nicodemo se acerca en la noche a Jesús de Nazareth. Se siente atraído por su Palabra nueva y vibrante, intuye que en el rabbí galileo hay algo más que en la enseñanza tradicional y simpatiza con Él. Pero no deja de ser un fariseo prisionero de sus esquemas, dependiente aún del que dirán.

Es menester que vaya al abrigo de la noche, de manera clandestina, para no poner en juego su prestigio y sus prebendas en el Sanedrín; es la postura similar a la de aquellos a los que Jesús conmueve, pero por temor a pérdidas y a correr riesgo no pasan del plano de la simpatía.


Si hay algo que es innegable, es la honestidad de Nicodemo. Aún así, no es suficiente, hay que atreverse a más, hay que permitirse ir más allá. Nicodemo pretende interpretar las maravillas de la Gracia desde la acotada lente de la Ley, desde las escasas fronteras de la literalidad. Por ello mismo contestará desde el estupor su incapacidad de comprender ese nacer de nuevo propuesto por el Maestro.


Un Dios extraño el de Jesús de Nazareth: no sólo se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sinceridad, sino que sale a los caminos al encuentro de aquellos que se han quedado adormecidos en la vejez de ciertas doctrinas que los someten y en el agobio de una rutina que rechaza toda novedad.


El Reino ofrecido incondicionalmente supone el Bautismo, un Bautismo muy distinto al de Juan. Es aquel que es mucho más que un ritual, es aquel que implica renacer día a día al amor inconmensurable del Dios de la Vida, renuevo de asombro y alegría, liberación de la letra e impulso del Espíritu que todo sostiene y a todo anima.


Renacidos a esa vida buena y nueva, será posible descubrir en todas partes, hasta en los sitios más impensados y de quienes menos lo esperamos, palabras santas y eternas de ese Espíritu que es libertad y que sopla en donde quiere.


Paz y Bien

Las heridas del Señor en nuestros hermanos lastimados

 




Segundo Domingo de Pascua

Domingo de la Divina Misericordia


Para el día de hoy (11/04/21):  

Evangelio según San Juan 20, 19-31



Estaban encerrados por temor a esa violencia que los circundaba, ciegos de ese temor de creerse solos, ignorantes impenitentes del Maestro Resucitado. Ellos habían corrido temerosos el cerrojo, del mismo modo en que solemos encerrarnos, presos de nuestras esperanzas derrotadas, vacíos de cualquier coraje.

Mucha gente también languidece en soledad, puertas adentro del olvido, de la discriminación, del ninguneo, de la exclusión. Hay demasiados recintos cerrados que deberían dolernos y a los que nos hemos acostumbrado como a una rutina más.


Pero más allá de toda previsión, Jesús de Nazareth -el Crucificado que ha Resucitado- irrumpe de modo sorprendente en todos esos recintos cerrados, de puertas trabadas por tanto desconsuelo.

Él ha abandonado todo sepulcro, esos sitios en donde sólo se expresa la muerte y la tristeza, y atraviesa cualquier barrera brindando paz, una paz que es más que un simple saludo o una expresión de deseos. Es la Shalom definitiva, esa misma que subvierte la resignación que prevalece, paz que abre las ventanas, paz que retorna la luz, paz que recupera la alegría y el coraje.


Uno de los discípulos no estaba; no sabemos los motivos de su ausencia, pero aún así castigamos su incredulidad. Tomás no cree en el testimonio de esa comunidad pascual porque ha visto a sus hermanos atenazados por el más de lo mismo de la desesperanza. Necesita vivir una experiencia decididamente personal para creer.

Aún así, no es expulsado por esas desavenencias fundamentales con sus hermanos: la comunidad del Resucitado -la Iglesia- ha de ser recinto amplio de fraternidad y libertad en donde se contiene a todos y a nadie se decide extraño, porque sólo en comunidad es posible la experiencia de la Pascua, recibir ese Espíritu de Vida que es valor, que es alegría, que es impulso y movimiento.


Nos queda volver a descubrir las heridas de Jesús de Nazareth en cada uno de nuestros hermanos malheridos. Tantas llagas que sobreabundan, tantos costados traspasados han de convertirse en signos de vida y no en simbología de dolor.

Allí entonces podremos volver a decir, encendidos como Tomas, -¡Señor mío y Dios mío!-.


Paz y Bien


Desalojando la muerte para siempre

 





Para el día de hoy (10/04/21):

Evangelio según San Marcos 16, 9-15


La situación de los discípulos estaba condicionada por tristeza, dolor, miedo y frustración, y todo ello desemboca en una incredulidad que supera a la razón.

Es que la fé -don y misterio- está mucho más de una postura racional, la aceptación de dogmas o la adhesión a principios religiosos. La fé supone una transformación de la existencia a partir del encuentro con Alguien, Jesús Cristo, el Crucificado que ha Resucitado.


Un Dios extraño es el de este Jesús de Nazareth: para venir a quedarse entre nosotros ha querido depender del sí de una muchachita judía campesina, una mujer ignota de aldea polvorienta. Y para anunciar que está vivo, que la muerte no tiene la última palabra, que ha Resucitado vuelve a insistir con otra mujer, María de Magdala, aquella del alma recuperada de siete agobios, aquella que supo amar más allá del dolor.

Pero se trata de una mujer, y los discípulos siguen empeñados en esa misoginia tan ajena a la Buena Noticia y no creen la maravilla que la Magdalena les cuenta.¿Cómo han de creerle? es sólo una mujer.


Sin embargo, no se quedan allí. Dos hombres les cuentan su encuentro con Jesús Resucitado camino de Emaús, en la Palabra y en el pan compartido. Tampoco a ellos le creen. Su incredulidad está arraigada en sus ideas y esquemas, y todo lo que no se condiga en esos moldes será motivo de rechazo.


Pero la Resurrección de Jesús es evidente en el testimonio de los que creen en Él y lo descubren en sus vidas. Ellos deben hacer su propio éxodo de esas prisiones para poder reencontrarlo vivo en sus corazones, resplandeciendo en su comunidad.


Entonces sí, serán capaces de escuchar el mandato definitivo: ir a toda la creación, sin límites ni fronteras, anunciando la mejor de las Noticias.

Es dialogar e interpelar a toda la creación en clave de Resurrección, con signos de vida, desalojando de una vez y para siempre a la muerte.


Paz y Bien

Cristo nos espera a la vera de nuestra vidas

 





Para el día de hoy (09/04/21):

Evangelio según San Juan 21, 1-14




Los discípulos, ateridos de tristeza y dominados por ese miedo que los circunda, han regresado a su Galilea de los comienzos. Ese regreso no es solamente físico: a pesar de haber andado junto al Maestro por más de tres años, de haber bebido su Palabra, de haber compartido el pan, a pesar de todo luego de la Pasión ellos regresan a lo viejo, a lo pasado. Se habían convertido en pescadores de hombre, y sin embargo deciden regresar a ser pescadores de peces. Solemos hacer lo mismo en cada quebranto que nos sucede, solemos aferrarnos a lo que ya pasó, a las falsas seguridades de antaño, resignando el coraje y la confianza que implica un tiempo nuevo.



Algunos de ellos deciden embarcarse, junto a Pedro, en ese viejo oficio que tan bien conocían. Eran pescadores expertos -toda una vida en ello- pero a pesar de sus esfuerzos, la noche les resulta infructuosa. Así pasa con nosotros y le pasa a la Iglesia cuando olvidamos a Aquél que todo lo hace fecundo, cuando creemos que por nuestra pura praxis todo lo hemos de conseguir, cuando nos embarcamos en esforzadas militancias en busca de adeptos, olvidando la brisa santa de la Buena Noticia.



El Maestro camina por las orillas del mar de Galilea aún cuando ellos no advierten su identidad, y sucede algo asombroso: esos expertos en pesca aceptan el consejo de un desconocido, un consejo al menos extraño, que en circunstancias mejores no habrían aceptado de ninguna manera, tan en contrario era a su experiencia. Sin embargo, lo hacen y la red -en oposición a la noche estéril- desborda de peces sin romperse, y la pequeña barca exhala su queja por el sobrepeso.



Entonces, el discípulo amado descubre que el causante de esa pesca increíble es el Resucitado que está allí, junto a la orilla. Es el amor el que nos hace descubrir y redescubrir los rostros de quienes creemos perdidos o escondidos, y el discípulo amado podemos ser vos y yo, tú y ella, todos y cada uno de nosotros.


Jesús espera en la orilla con un buen fuego, un pescado a las brasas y un pan para compartir. Es ese mismo Dios que nos cuida a cada paso, con una delicadeza inexplicable, sin imposición y siempre ansioso por servirnos y aliviarnos de todos los hambres.


A veces, la quilla de nuestra existencia suele crujirnos, y sin saber porqué nos vemos insospechadamente colmados de tanto, de vida abundante que, en nuestras mezquindades, no solemos buscar.


Cuando la existencia nos grita así, no hay dudas: es la presencia del Resucitado que nos devuelve a una vida frutal, plena, éxodo de toda noche, red que nos mantiene con vida a tantos sin romperse.


Él nos espera paciente en la orilla de la vida, y para reconocerlo hay que tener la mirada renovada por el Espíritu de la caridad



Paz y Bien


En el pan compartido encontramos el sentido perdido

 





Para el día de hoy (07/04/21):  

Evangelio según San Lucas 24, 13-35



Ellos se iban de Jerusalem caminando hacia Emaús, se alejaban de la comunidad creyente sumidos en la esperanza quebrantada, en el desconcierto de sus ideas vulneradas, en la tristeza de la pérdida, doloroso aroma a Viernes Santo sin horizonte. 


Presos de una imagen de un Mesías adecuado, no pueden entender ni aceptar a su Maestro en derrota, ni tampoco que ese peregrino no esté al tanto de lo que sucede. Tienen cierto tono de reproche sus palabras, y es la exigencia que imponemos de que el otro sufra de la misma manera de que lo hacemos nosotros cuando nos amanece el dolor.

Tres días ya que se ha muerto, que lo han muerto, que la cruz romana ha decidido su suerte. Hasta sus enemigos están en cierto modo conmocionados. Algunas mujeres y dos de los Once advirtieron que la tumba está vacía, pero es una constante: sus corazones tardíos no se atreven a ver más allá de lo evidente.


Pero el Nazareno del cual se lamentaban iba a su lado. La tristeza les nubla la vista, y Él -con frondosa paciencia- relee toda la historia de su pueblo y todas las historias de sus existencias a la luz de las Escrituras. Porque a la luz de la Palabra toda vida cobra nuevo sentido, y ningún sacrificio deviene vano.


Aún así, esa sensación de desamparo nos alcanza, y cuando cae el sol de la angustia es menester no estar solos. Pero hay que animarse, atreverse a pedirle al Caminante que se quede con nosotros porque se nos cae la tarde, la esperanza, la paciencia, y el horizonte se desdibuja.


En el pan compartido -a pesar de que se acerquen las sombras- encontramos el sentido perdido y recobramos la trascendencia que nos falta porque está El.


Cuando el pan se comparte en mesa de hermanos, pan para el hambriento y Palabra que nutre toda existencia, a Él lo reconocemos, vidas con aroma a pan y a vino fraterno.


Paz y Bien

El amor nunca baja los brazos

 





Para el día de hoy (06/04/21):  

Evangelio según San Juan 20, 11-18


María de Magdala está agobiada por el dolor: ha visto morir a su Maestro en la cruz como un criminal, como un delincuente abyecto, como un maldito. Hasta su sepultura ha sido casi clandestina, en una tumba cedida a préstamo, y con el miedo imperante sus amigos se han escondido dejándolo solo.


Ella está de luto, vestida de lágrimas, y ella persiste en su corazón la muerte que parece haber arrasado todo, por ello mismo busca un cadáver, un cuerpo de vida negada. Pero aún cuando no puede ver ni entender que no es el final, ella no se resigna a seguir amando, a persistir en su querer. Porque cuando se ama de verdad, toda quietud y toda parálisis se disipa a pesar del dolor.

Y aunque busque a un muerto, ella busca. Quiere seguir honrando aunque sea en sus despojos a quien era su esperanza.


Por ello se sorprende y desespera: la tumba está vacía, y teme que en medio de tanto espanto, también le hayan quitado el cuerpo del Señor. Ella conoce bien el tema, al fin al cabo es mujer y es mirada con desprecio y menosprecio, y hasta el día de hoy se sigue suponiendo, con interpretaciones mediocremente piadosas, suposiciones falsarias, olvidando lo principal, lo decisivo, lo que cuenta: María Magdalena es una mujer que ama.


Pero sus angustias se disipan de una vez y para siempre cuando escucha su nombre: es el momento clave de todo destino, aquel que acontece cuando nos sabemos reconocidos desde nuestra identidad única e irrepetible, reconocidos y queridos por Aquél que nos sueña plenos desde siempre.

Ello tiene un único destino de alegría que moviliza, que renueva, que reconstituye.

Jesús es el Resucitado pero es María de Magdala quien emerge también de las sombras de la muerte.


Ese amor inquebrantable y ese reconocimiento del Maestro la vuelve testigo y misionera: ella será evangelizadora de aquellos Once temblorosos y agobiados.

Es sólo eso, y todo eso: -¡Alégrense, Jesús está vivo, lo hemos visto!-.


Paz y Bien


Dios seguirá corriendo las piedras sepulcrales

 





Para el día de hoy (05/04/21):  

Evangelio según San Mateo 28, 8-15



La Resurrección es la nueva Creación, la Creación definitiva.

No se trata solamente de ese Cristo que por amor entrañable de Dios ha derrotado a la muerte, y vive para siempre. Los suyos, sus amigas y amigos, sus discípulos y seguidores, somos partícipes indeclinables de esta vida recreada.


El Resucitado es Dios renovando de manera definitiva esa vida que parecía apagada, agotada tras los muros de la muerte. Por eso su primer palabra es Palabra fundante, la que en verdad cuenta, la que todo lo transforma, la que convierte nuestros miedos y resignaciones, nuestras traiciones y abandonos en felicidad plena:

-¡Alégrense!-

Y por ello mismo, la segunda expresión será que no temamos: nada puede con nosotros, no hay más imposibles.


El encuentro con el Resucitado es misión, es mandato: hay que dar aviso de esta maravillosa noticia a sus hermanos más queridos, a los que aún agonizan en sombras, a los que ninguna noticia buena jamás les llega.


Hay que regresar a las Galileas de este mundo, a las periferias olvidadas, a los bordes siempre sospechosos, a los arrabales en donde por temor y malas famas no solemos acercarnos. 

Allí lo encontraremos, vivo y joven, presente en los rostros de las hermanas y hermanos olvidados, en los pequeños, en los que no cuentan, en los excluidos con concienzuda justificación. Allí está Él, porque a Él lo encontraremos siempre junto a sus hermanos.


Probablemente, el acoso del dinero cruel -que supone que todo tiene su precio de compraventa- crea que esa noticia puede pervertirse. Sin embargo, y aunque haya que estar atentos, no hay modo: nada puede detener a la Buena Noticia, y Dios seguirá corriendo las piedras sepulcrales para que en todas partes ingrese la luz de la vida.


La mejor de las noticias


Paz y Bien

Sábado de Gloria: la muerte no tiene la última palabra

 




Sábado de Gloria 

Vigilia Pascual en la Noche Santa

Para el día de hoy (03/04/21):  

Evangelio según San Mateo 28, 1-10



En cierto modo, los Evangelios tienen niveles de profundidad inagotables. Como un mar sin orillas, la rumia humilde y reverencial nos pone en la sintonía de Aquél que inspira la Palabra. Y para ello, un primer paso es colocar nuestro corazón a escasa distancia de los acontecimientos, hacernos partícipes de todo lo que sucedía. No es complicado, aun cuando sus consecuencias no puedan mensurarse con facilidad.

Para los discípulos la noche oscura y cerrada parecía no terminarse. El Maestro, con el que habían recorrido caminos y compartido la vida por tres años, había sido ejecutado como un criminal, y no parecía ser el Rey que ellos pretendían que fuera. Y la persecución contra ellos mismos se acrecentaba a cada hora, tal era la inquina que flotaba en el ambiente.

Terrible el significado: de niño y de joven Jesús de Nazareth nunca tuvo casa propia. Su hogar era el de José el carpintero o las casas de sus amigos. Ahora, frente a la muerte, sus restos deben reposar en una tumba prestada por José de Arimatea. La pesada piedra que obtura la entrada tiene el peso de lo definitivo… y de lo prohibido. Ese cuerpo yerto es peligroso para muchos, y por ello hay que bloquear cualquier acceso. Cerrado a cal y canto, sólo resta que se pudra en el olvido.

Pero Cristo es un muerto inquieto, felizmente indócil.

Asoman y florecen varias rupturas que desairan los colores definitivos que suelen imponerse desde el poder para doblegar voluntades y sojuzgar existencias.

“Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana…”  El Shabbat era el día que se consagraba a Dios. La religiosidad imperante de un rigor sin espíritu había potenciado hasta el absurdo todo lo que no podía hacerse ese día, y el quebranto de las normas podría acarrear la muerte. El primer día será el domingo, primer día de la semana, alba de un nuevo tiempo y una nueva humanidad.

 María de Magdala y “la otra María” –madre de Santiago y José- se encaminan al amanecer al sepulcro. María Magdalena fue testigo de su pasión y muerte, y la otra María testigo junto con Magdalena testigos de su entierro. 

Hemos de ponernos en su lugar: han vivido el dolor y el terror de la Pasión y del quedarse solas, de ir a una tumba prohibida, quizás a dejar unas flores en la piedra enorme que impide la entrada junto a los soldados. Aún así, con ese pesar que aplasta, van, no se quedan, no se esconden, no se marean de auto conmiseración.

Sin embargo aquí hay otra ruptura: para la legislación procesal penal judía, era necesario el testimonio de dos hombres como fedatarios de una verdad. Dos hombres, que quede claro. Ellos –los Once- están escondidos por temor a las represalias de las autoridades religiosas. Ellas dos serán testigos únicas y privilegiadas de un hecho puntual: la tumba está bloqueada por una piedra pesadísima y guardada por soldados armados. Nadie podría robarse el cuerpo y mentir cualquier cosa. Pero son testigos de la verdad de la Resurrección del Señor, y serán apóstoles de los apóstoles, mensajeras de la mejor de las noticias.

Un Mensajero baja del cielo, corre la piedra y se sienta sobre ella.

Acontecen varios temblores de diversa intensidad.

Las mujeres son presa del temor. La presencia de un Ángel siempre significa un suceso escatológico, es decir, un acontecimiento divino. Temor y temblor reverencial ante la piedra corrida como si nada, ante el Ángel que les habla y buscar despejarles los miedos, y frente a su afirmación que el Maestro amado no está más allí. Ha resucitado, la tumba deviene inútil, hogar de la nada. Cristo siempre vá por delante.

Un movimiento sísmico conmueve Tierra Santa, recordatorio que la Resurrección de Cristo no se agota en lo histórico sino que es un acontecimiento cósmico, universal. Toda la creación se conmueve.

Los guardias no eran mercenarios pagos o matones de alquiler. Eran tropa romana designada por el pretor pilatos, es decir, fuerzas de élite habituadas a las legiones y al combate fiero. Sin embargo, esos guardias se desvanecen y quedan como muertos. Grabemos esto corazón adentro: no hay imperio ni potestad terrena que prevalezca. El Dios de la Madre del Señor derriba a todos los poderosos de sus tronos, y más temprano que tarde los brutos terminan aplastados en su violencia torpe.

Ellas tienen una misión que el Mensajero les encomienda, dar la Buena Noticia a los discípulos, aún con el temor en ciernes por todo lo que les había pasado.

Pero no es suficiente. No alcanza a veces que te cuenten las cosas. Es necesario vivirlas en plenitud.

Aquél que es camino, verdad y vida ha vencido a la muerte, y se les aparece para que todo temor finalmente se disipe, para que tengan alas en el alma y en los pies.

Ellas se postran a sus pies y le abrazan, en reconocimiento que Él es su Dios y su Amigo.

La misión de ellas es también nuestra misión.

Nos encontraremos con el Resucitado y sus hermanos en todas las Galileas del mundo, allí, precisamente, en donde nada bueno se espera, en donde todo se ha cancelado, en donde toda noticia es mala.

Hemos de volver con ahínco robusto a esas Galileas, a esas periferias de la vida para que se celebre la vida y campee nuevamente la alegría.

Somos hermanos y enviados del Resucitado, esperamos fielmente contra toda esperanza en un mundo que nos agobia y aplasta.

La muerte no tiene la última palabra. El Señor resucitó!

Feliz Pascua de Resurrección!

Paz y Bien


Viernes Santo: la cruz, amor absoluto de Dios

 





Viernes Santo de la Pasión del Señor


Para el día de hoy (02/04/21):
Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42




Jesús de Nazareth ha cruzado el torrente Cedrón -pequeño riacho que delimita la Jerusalem del poder religioso y la fuerza imperial- y junto a sus amigos se ha ubicado en un huerto, un pequeño sembradío. A la hora de elegir y buscar, lo encontraremos allí mismo en donde la vida se asoma, germina y florece, y no tras las fortificaciones imponentes que separan y excluyen.


La escena nos enmudece, y desoye cualquier prepotencia de explicación banal: un escuadrón de soldados y un grupo de guardias religiosos armados, dirigidos por Judas Iscariote, se encaminan decididos a detener al galileo. Es un despliegue totalmente desproporcionado para apresar a Aquél que siempre ha sido manso, que nunca amenazó. Ellos vienen munidos de antorchas pues cae la tarde, pero también porque desde hace tiempo son habitantes de las tinieblas.

Entre sus amigos, el ambiente no es mejor: algunos se paralizan de miedo, otros también procuran tener a mano armas con las que defender a su Maestro. Ellos tampoco han entendido, Pedro no ha entendido, nosotros no hemos entendido cuando nos embarcamos en fatales y violentas defensas de Dios, de la Iglesia, del Cristo de la paz y la bondad, cruzadas bienintencionadas que muy lejos están del Espíritu de Aquél que todo ha dado por todos.


Aún así, el Maestro se interpone entre los captores y sus amigos. Él cuida y cuidará de los suyos hasta el fin. Y se lo llevan maniatado hacia la casa de Anás, de allí al palacio de Herodes, de allí a la fortaleza del pretor romano, todo de noche, todo a escondidas, no vaya a ser que el pueblo se entere y haya algún conato de rebelión.


Los sucesivos interrogatorios son lógicos y conducentes con quienes no han entendido o no han querido entender la Buena Noticia de Jesús de Nazareth, los que lo han visto como un réprobo, un maldito, una amenaza, un blasfemo, un peligroso subversivo, todos términos que serán sinónimos florales de ese Dios que es Padre y es Amor. Quizás nosotros también en muchas actitudes religiosas, políticas y especialmente cotidianas reiteramos ese tenor cuando volvemos a preguntarle a ese Jesús preso quién se cree que es, porqué abdica de cualquier tentación de poder mundano, porqué se sienta a la mesa con los despreciados, porqué se sale de nuestros esquemas, porqué nos regodeamos con lo sangriento, porqué creemos en un dios voraz que avala el sufrimiento y el dolor, porqué nos acostumbramos a que siga habiendo crucificados hoy, dos milenios después.


La cruz es patíbulo preciso de cruel eficacia romana; su utilización estaba dedicada especialmente para los criminales más réprobos y para quienes se rebelaran contra el poder instaurado. Porque solemos olvidar que la condena reclamada por el Sanedrín debería haberse efectuado mediante lapidación.

Él bien podría haberse escapado con relativa facilidad, conocía Galilea y la periférica Decápolis como la palma de su mano, y teniendo tantos amigos y seguidores su huida no podría presentar demasiados problemas. Pero Él prefiere entregarse a manos de sus captores y verdugos, y es el asombro y el escándalo final de una vida que nos desconcierta y nos maravilla como nos descentra y nos lleva a lo impensado la Gracia increíble.


En esa entrega voluntaria y libre Él ratifica todo lo que ha venido enseñando, que Dios es un Padre que se brinda a la humanidad sin límites ni condiciones, un Dios que se desvive por todas sus hijas e hijos, el Dios que resplandece en el despojo amoroso para que los demás vivan, incluidos sus propios ejecutores.

El pretor Pilato pretende corrección política y burla simultáneas: por eso, el rótulo del condenado en hebreo, latín y griego, símbolo preciso que declama a los cuatro vientos que allí está muriendo un hombre que ha nacido en Nazareth, artesano hijo de carpintero y de María, que ha vivido siempre de acuerdo a esos orígenes galileos de periferia, de donde nada puede salir nada bueno, un Dios que ha querido nacer hombre pobre y que morirá en la absoluta pobreza en esa cruz de espanto y milagros.


Cruz de los milagros, porque ese hombre que se está muriendo ratifica al infinito la verdad de Dios, y muriendo en dolorosa soledad vive en la plenitud total de quien se entrega por los demás.


Paz y Bien


Jueves Santo: el legado del amor y el servicio

 





Misa Vespertina de la Cena del Señor

Para el día de hoy (01/04/21):  
 
Evangelio según San Juan 13, 1-15




Es una cena de despedida, y aunque los Doce aún no lo comprendan, es un hasta pronto.

Es un hombre que sabe con certeza que dentro de muy poco vá a morir de manera espantosa, y ello sólo puede mínimamente compararse a la del condenado que está esperando la hora cierta del verdugo.


Pero en este hora crucial, el Maestro se sale de los márgenes de los ritos prefijados y del culto estratificado. En el tiempo de la Gracia las cuestiones más importantes y toda la vida se deciden en una mesa de amigos, en el encuentro fraterno del compartir. Por eso Jesús se pondrá de pié y se despojará de su manto en plena cena, no al inicio, no al final; se despoja de su manto como quitándose su dignidad de Maestro y su aura de profeta, haciéndose como un esclavo al lavar los pies de sus amigos.

Sólo después de haber cumplido con esta tarea que su corazón inmenso le impone, sólo entonces vuelve a sentarse a la mesa; sólo el despojo cordial de aquello que nos distancia nos permite volver a sentarnos en una mesa de hermanos, de hijas e hijos con la misma dignidad irreemplazable.


Ello provoca el asombro en Pedro, y hemos de suplicar que el obrar de Jesús siga despertando esa clase de emociones. El pescador está atado a esa concepción de dignidades y prebendas, de privilegios, derechos y jerarquías. Le resulta escandaloso que su Maestro y Señor se despoje de tal modo, pues imagina que él mismo debe realizar esa tarea.

Sin embargo, aún cuando se atreviera a hacerlo, tampoco sería parte del Reino: hay que lavar los pies de los hermanos como lo hace Jesús de Nazareth, expresando a ese Dios que se ha despojado de sí mismo y se ha puesto al servicio de la humanidad de manera incondicional, gratuita, amorosa.


El Maestro deliberadamente se escapa de los márgenes de los ritos, pues lo que nos deja no puede quedar congelado en una espiritualidad abstracta vacía de corazón; se trata de la identificación de las hijas e hijos de Dios, la de aquellos que se atreven a amar hasta el final, pase lo que pase, suceda lo que suceda, haciéndose esclavos voluntarios del prójimo para que no haya más cautivos ni oprimidos, los que saben que la vida se adquiere y se gana cuando se ofrenda.


Como solemos ver en los medios, los bienes que se legan se plasman en un escrito legal.

En el tiempo de la Gracia y la Misericordia, libres de los rigores inmisericordes de la ley, suele pasar algo similar: la herencia que se nos ha legado -la compasión y la Misericordia, Gracia que se expresa en el servir- están plasmadas en un Testamento Nuevo, Noticia Nueva, la mejor de las noticias, que Dios nos quiere hasta el extremo de morir por todos y cada uno de nosotros, y de ir más allá de la muerte para vivir plenos para siempre.


Paz y Bien


Miércoles Santo: la amistad no tiene precio

 





Miércoles Santo

Para el día de hoy (31/03/21):  

Evangelio según San Mateo 26, 14-25



Mucho se ha escrito, estudiado y analizado acerca de Judas Iscariote, las circunstancias históricas, sus motivaciones, los juicios morales lógicos, la condena por su traición -porque en él se reflejarán todos los traidores-; razones todas ellas válidas, todas ellas importantes, todas ellas necesarias.

Aún así, y sin presentar oposición, junto a todas esas razones es menester -por un momento- aunar co-razones.


La ira y el dolor pueden enceguecernos la mirada lejana, y hay cuestiones que no podemos pasar por alto.

El Maestro no tiene para con Judas una sola palabra de reproche o condena; por el contrario, el mayor quebranto de la historia se decidirá con convites a la amistad y al compartir hasta el último instante.

Y Jesús de Nazareth será vendido por treinta shekels o monedas de plata, el precio de un esclavo; y será comprado con dinero que estaba destinado al sostenimiento del culto en el Templo de Jerusalem -las monedas las entregan los sumos sacerdotes-. Qué terribles que son las cosas que pueden llegar a hacerse en nombre de Dios o de la religión que se profesa, siempre en contrario a la vida, siempre en detrimento del manso, del pacífico, del pobre, del servidor.


Sin embargo, con todo y a pesar de todo, Jesús de Nazareth quiere celebrar la Pascua con sus amigos, festejar a ese Dios que es libertad para su pueblo. Él no tiene casa propia; se ha criado en la casa de sus padres en Nazareth, ha vivido de prestado en Cafarnaúm y en casas de amigos como Pedro, como Lázaro en Betania. El hogar del Señor estará en la calidez de la casa de sus amigos. Allí se lo puede encontrar.


Por ello mismo, en la noche de sus fidelidad traicionada, de su amistad negada, en el dolor de la incomprensión y el abandono de los suyos, sigue queriendo celebrar la vida, porque Dios se empecina en nuestra liberación. No se identifica a quien se le pide el espacio de celebración, porque allí van nuestros nombres, todos.

Eso es lo que no tiene precio, ni por más que se intente se podrá malvender, la tenacidad de Jesús, Cristo de Dios, a celebrar la vida con todos y cada uno de nosotros.


Paz y Bien


Martes Santo: ninguna noche es definitiva


 



Martes Santo

Para el día de hoy (30/03/21):  
Evangelio según San Juan 13, 21-33. 36-38


Es una tarea ímproba describir con precisión las cosas que se agolpaban en el corazón del Maestro esa noche, en esa última cena junto a sus amigos. Es un hombre solo, en esa Ciudad grande que hace poco lo ha recibido entre vítores y algarabía, y ahora se cierra en una noche de dolor y muerte, de espanto y humillación.


Es un hombre solo a pesar de que está rodeado de amigos.


Se ha reflexionado y escrito mucho acerca de la traición de Judas, y en la mayoría de los casos con palabras sabias y con una profundidad de la que aquí se carece.  Por ello, nos detendremos en algunas cuestiones evidentes.

Por un lado, lo obvio que tan a menudo se nos escapa: la traición sucede siempre en y a partir de quienes confiamos, en quienes creemos. No nos traiciona un desconocido, un ajeno: la traición surge a partir de lo propio, a menudo de quien amamos. Ese quebranto es lo que la hace más dolorosa.

El Maestro había compartido cada segundo del día durante tres años, y más aún: se había brindado a esos hombres por entero, sin reservas, con una paciencia inconmensurable. Sin embargo, todos ellos no llegaron a comprenderlo, y deberían hacer su propio éxodo con la Resurrección de Jesús.


En ese horizonte acontece la primer traición -nadie como el Maestro para leer los corazones-. Judas Iscariote era depositario de una enorme confianza, como discípulo y como ecónomo del grupo. Él guardaba los recursos y repartía las limosnas en nombre de todos, y así y todo lo entregará al Sanedrín.

Quizás sea oportuno otro momento en el cual ahondar en las treinta monedas de su entrega: los amores no se venden, no tienen precio. Él tampoco había aceptado en el fondo de su alma a un Mesías pobre y humilde, un hombre de paz que llama a Dios su Padre, un hombre que reniega de cualquier violencia, un hombre al que no le interesan fama y poder, un hombre que habla de una liberación muy distinta a la que ansían sus paisanos judíos, un hombre que se lleva por delante la Ley y los preceptos en nombre de una Buena Noticia que no llega a aceptar del todo, un hombre que quebranta todas las tradiciones de sus ancestros, tan férreamente instauradas a través de siglos.

Había que tener coraje para andar con ese hombre, y en parte, es razonable que Judas se presente al Sanedrín para venderle: el Sanedrín representa lo establecido, la ortodoxia, lo conocido, la tradición que conlleva seguridades.

Jesús de Nazareth es como un mar sin orillas.


No obstante, el Maestro -aunque conoce sus intenciones- no ha de quemarlo frente a los otros once. Aún con ese quebranto infernal, le sigue brindando su amistad y su vida misma, y por eso le ofrece su pan, su existencia. Pero no hay modo: el Iscariote elige libremente la contraria, y por eso se sumerge en la noche. Toda traición ensombrece cualquier alma, la del que traiciona y la del traicionado.


En esa noche cerrada, precisamente allí se manifestará la gloria de Dios, que es la fidelidad eterna a ese amor que tiene por toda la humanidad, por todas sus hijas e hijos, por los leales y los traidores, por buenos y malos, Dios fiel más allá de toda razón, y su gloria será morir crucificado para que el hombre viva.


Ahora bien, Judas no será el único que ha de traicionarlo.

Simón Pedro, siempre ostentoso y voluble, se declara presto a seguirle y a dar su vida por Él. Allí está su quebranto, pues monologa: en su discurso -es decir, en su pensamiento- no hay lugar para sus hermanos, para el Reino, para ese Cristo que es su Señor y su amigo. Él también será rápido a la hora de negarlo.


Los otros se dispersarán, fugitivos del miedo, acosados por el espanto y la derrota. Ellos también traicionan, ellos también lo dejarán morir en soledad.


Nosotros también solemos actuar así. Frente a la radicalidad del Reino, gustamos de ofrecer a ese Cristo Redentor a los tentadores tribunales de esquemas e ideologías en donde impera la injusticia, en donde no hay lugar para la compasión, en donde toda noticia, necesariamente, jamás ha de ser buena ni nueva.

Nosotros también nos desgañitamos afirmando lealtades y pertenencias, pero somos gallos veloces cuando los temores se asoman.

Nosotros no solemos mostrarnos como ese Jesús de la paz, de la humildad, del servicio, de la vida ofrecida incondicionalmente por y para los demás.


Con todo, Él nos sigue llamando amigos, hijos, hermanos. Siempre hay tiempo para el regreso, para la mesa compartida, para el pan que se nos brinda abundante e ilimitado, la vida renovada y plena, para salir de la noche, para que venga clareando -aunque sea a duras penas- el horizonte santo de nuestra Salvación.


Paz y Bien


Lunes Santo: amor y servicio

 





Lunes Santo

Para el día de hoy (29/03/21):  

Evangelio según San Juan 12, 1-11



Nos encontramos a las puertas de la Pasión, y cada palabra y gesto de Jesús de Nazareth adquiere significado pleno a la luz de la Cruz.


El clima cada vez se enrarecía más, la orden de búsqueda y captura -porque el decreto de muerte se había efectivizado- estaba vigente. Jerusalem era más que hostil, lo aguardaba revestida de horror y muerte, y hubiera sido razonable que el Maestro partiera hacia geografías más amistosas, con menos riesgos.

Sin embargo, decide quedarse en Betania, a escasos kilómetros de la Ciudad Santa, en casa de Lázaro.

Allí le preparan una cena, anticipando la última cena de la fraternidad y el servicio que compartirá con sus discípulos; a pesar de la inminencia ominosa que oscurece cualquier futuro, en esa mesa acontece una manso ambiente de amistad, de pan y vida compartidas, signo y profecía de lo que deberían ser nuestras Eucaristías.


En esa mesa de amigos sucederá algo extraordinario, asombroso en su sencillez, y junto a Jesús la protagonista será María de Betania, hermana de Lázaro y de Marta, la misma María que bebía a los pies del Maestro la Palabra, la María que se queda con la mejor parte.


Históricamente, a los reyes de la tierra se los ungía vertiendo aceites finos y perfumes sobre sus cabellos y su rostros, y esta tarea se encomendaba a los sacerdotes principales, sea cual fuere la cultura y la religión.

María de Betania, en una acción profundamente sacerdotal, unge los pies del Maestro con un carísimo perfume y los seca con sus cabellos. Ese gesto de amor sólo puede entenderse en la ilógica del Reino y de la Gracia, bajo la luz de la Pasión. Es la unción de quien se hace libremente esclavo y servidor del otro, de quien venera en el cuerpo del prójimo toda su existencia, desde el cuidado, el respeto y el afecto.

María de Betania tiene una acción sacerdotal pero también profética: anticipa el servicio del Maestro, preanuncia otra unción de amor, la de María de Magdala, al alba de la vida renovada, de la Resurrección.


Simplemente por ser mujer y por hacer esas cosas, María podría ser pasible de una crítica severa en tren de moralina, pues esa acción la asemejaría a una mujer de dudosa reputación; el Maestro, sabedor de esos criterios, no debería permitirlo.

Sin embargo, no sólo lo permite sino que alaba lo que esa mujer ha hecho.


Es claro que la lógica y la razón que asisten a Judas dictan otra cosa: hubiera sido preferible vender ese caro perfume y entregar el dinero producido a los pobres. Es la lógica de los preceptos cumplidos, de las conciencias tranquilizadas y adormecidas, son los celos torpes de quienes se han vuelto incapaces de cualquier caridad, es el rictus severo de aquellos que suponen la manipulación de Dios mediante la acumulación de actos piadosos y dejan de lado la mediación salvadora de Jesús de Nazareth. En realidad, aquí los pobres no cuentan como preferidos del amor de Dios, sino como lectura instrumental o ideológica de almas tan estratificadas que impiden y reniegan de cualquier novedad.


María de Betania se despoja de cualquier signo de dignidad externa para lo que verdaderamente cuenta -la parte importante- el servicio a los demás, el culto al prójimo en donde resplandece el rostro de Aquel que es la Resurrección y la vida, más allá de todas las cruces que solemos portar.


Paz y Bien

Domingo de Ramos: viene el Señor de la paz

 






Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (28/03/21):  

Procesión de los Ramos
Evangelio según San Marcos 11, 1-10

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Evangelio según San Marcos 14, 1-15, 47



La ruta desde Jericó a Jerusalem pasa por Betania -hogar de Lázaro, Marta y María- y por Beftagé; desde las alturas del Monte de los Olivos se avizora el esplendor de la Ciudad Santa. Nosotros también, con el Maestro y sus amigos, contemplamos la luminosa cercanía de la Pasión y Resurrección del Señor.


Beftagé es prácticamente un barrio de extramuros, un suburbio de Jerusalem, y allí se realizaban las abluciones y purificaciones de los peregrinos llegados de toda la Diáspora, en preparación a la Pascua.

Pero el Monte de los Olivos, en la memoria de Israel y de la mirada profunda de los Profetas, es el sitio preciso en donde aparecería el Mesías y resucitarían los muertos. Las escuelas rabínicas enseñaban que si Israel se mantenía fiel a la Ley y puro en su obrar, el Mesías vendría sobre las nubes; en cambio, si ésto no hubiera ocurrido, el Mesías llegaría montado en un burrito, un asno.


Extraño rey. No viene rodeado de ejércitos imponentes ni se rodea de cohortes gloriosas, en un carro de guerra enjaezado para mil victorias. Él llega rodeado de pescadores de hombres, de publicanos conversos, de pobres, de enfermos y lo recibe el pueblo. Los grandes señores lo desprecian, lo detestan, procuran la muerte de este príncipe humilde que viene montado en burrito, burrito prístino como corresponde a lo divino, burrito prestado de un Dios pobre que regala a Israel y a todos los pueblos un príncipe muy distinto.


Las gentes ponen a sus pies sus mantos y ramas de palma.

Los mantos representan la vida misma, pues cualquier varón sin el manto se sentiría irremisiblemente desnudo, desamparado. Las ramas conmemoran la victoria de los macabeos, fiesta de liberación y de reafirmación de los derechos santos de Dios.


Hay júbilo y algarabía. Sin embargo hay euforia en muchos que no han comprendido la realeza de Cristo, y que depositan en Él la medida de sus ansias, de sus dolores y frustraciones. El peligro de la euforia es su volatilidad, esas mismas gentes que lo aclaman se dispersarán frente a los hechos de la Pasión, y tal vez muchos de ellos gritarán que se libere a Barrabás.


Con todo y a pesar de todo, celebramos la llegada del Rey, del Príncipe de paz que llega humilde, pobre y servidor a esta ciudad que somos, allí donde nuestra vida transcurre, y ponemos nuestros corazones a sus pies celebrando su llegada, porque es nuestra liberación, nuestra vida, nuestra alegría de pan abundante, de amistad incondicional, de fraterna justicia, del perdón que nos restaura y levanta.


Levantamos nuestras palmas y nuestras almas porque llega el Señor y se queda para siempre.


Hosanna!


Paz y Bien

Uno por todo el pueblo

 



Para el día de hoy (27/03/21):  

Evangelio según San Juan 11, 45-57



Si bien las Escrituras no son crónicas en el sentido histórico -son relatos espirituales, teológicos-, el conocimiento de las circunstancias históricas que en ellas se mencionan pueden ser muy útiles a la hora de la reflexión.


En la Palestina del siglo I la dominación imperial romana sucedía en todos los ámbitos, y se afirmaba de un modo contundente mediante la fuerza brutal de las legiones estacionadas en Cesarea y en Siria; los pretores y cónsules romanos no vacilaban en reprimir con letal eficacia cualquier atisbo subversivo o cualquier conato de rebelión.

Por aquel entonces, la figura y el renombre del humilde rabbí galileo crecían sin parar. Sea a través de sus signos, sea a través de su Palabra nueva, cada vez más gente le prestaba atención, y muchos lo seguían de modo creciente.


Todo ello provocaba las furias y las angustias de los poderosos locales, representados en la lectura de hoy por Caifás y el Sanedrín. A pesar de la dominación romana, ellos dominaban las almas, los corazones y las mentes de todo el pueblo judío, y junto a ello, ostentaban posiciones de privilegio y poder económico.

Por ello es dable y razonable que reunan al Consejo de notables para decidir qué hacer con ese nazareno tan peligroso; arguyen -no sin razón- que si Él sigue creciendo se pondrá en peligro a la nación entera y al Templo.

En realidad, el peligro primero estriba en ellos mismos, en sus posiciones y status, y por ello no dudan en condenarlo a muerte.


Como siempre sucede, a veces decimos cosas trascendentes sin quererlo y sin darnos cuenta.

Caifás argumenta que es bueno que muera un solo hombre por todo el pueblo, y a pesar de sus aviesas intenciones, sus palabras son pura profecía.


Ese hombre solo, ese Cristo pobre y humilde morirá en la cruz porque nadie más debe morir, porque nadie más debe ser sometido a cualquier violencia, porque nadie más debe merecer la cruz.

Para esos hombres, la vida de un hombre no tiene importancia ni valor y es una simple moneda de cambio.


Ese hombre morirá por todo el pueblo, por todos los pueblos, para reunir a los dispersos, para que todos vivan, y no será un hecho fortuito ni un incidente buscado por Dios.

Es una cuestión de poderosos que se transforma en santa merced al amor que se palpita.


Paz y Bien

Un Dios que se despoja de todo para nuestra salvación

 




Para el día de hoy (26/03/21):  

Evangelio según San Juan 10, 31-42


A las puertas de la Semana Santa, se comienza a comprender -desde el lado de escribas y fariseos- el motivo y la condena a muerte de Jesús de Nazareth. Tragedia, horror y odio se entrelazan para aplastar al rabbí galileo.


A esos hombres furiosos nada les importa excepto sus ideas, y así niegan y reniegan de lo evidente. Se han instalado en un cúmulo de normas rígidas, y nada ni nadie podrá sacarlos de esa obcecación violenta; lo peor es que ellos mismos no quieren salir.

Siguiendo lo prescrito por esa Ley que han deificado, buscan piedras para ejecutar al Maestro: consideran que por hablar de Dios como Padre, y considerarse Él mismo Hijo, está cometiendo blasfemia, y por ello debe morir al uso de sus costumbres, lapidarlo hasta la muerte.


Han visto todo el bien que ha hecho, han escuchado su Palabra viva, lo descubrieron manso y pacífico, pero no les importa. Están sedientos de sangre, y en realidad, no sólo lo quieren lapidar. Ellos dilapidan todo ese tesoro que se crece ante sus ojos, el tesoro escondido que Jesús les revela.


Ellos se aferran a un dios lejano y poderoso, que impone premios y castigos de acuerdo a las conductas, un dios al que sólo se puede acceder mediante el cumplimiento férreo del culto y de los preceptos religiosos -sin corazón y sin sonrisa-.


Las posturas no han de ser más opuestas.


Jesús de Nazareth les ha revelado a un Dios cercano, que se ha llegado hasta ellos, un Dios al que descubre Padre y, por el cual, cada mujer y cada hombre son hijos e hijas amados, un Dios que vuelca manantiales de bondad más allá de cualquier mérito, un Cristo que todo lo que hace lo hace desde ese amor primordial.


Un Dios pobre de toda pobreza, un Dios que se despoja de su divinidad para acampar entre nosotros, un Dios que se brinda por entero, un Dios que se entrega a la muerte en la cruz para que nadie más muera.


Paz y Bien



El amor y la fé todo lo pueden

 





Anunciación del Señor

Para el día de hoy (25/03/21):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38


A María de Nazareth gustamos cubrirla de joyas y coronas, de impresionantes vestidos y ubicar sus imágenes en templos enormes. Esto responde en la mayoría de los casos a un amor entrañable que despierta en muchos de nosotros Theotokos, la Madre de Dios.


Sin embargo y en cierto modo, trastocamos así el profundo mensaje de la Anunciación del Señor, el afecto y las preferencias de Dios que allí se transparentan. Pues no se trata de volvernos rigurosamente exactos en exégesis, sino más bien de la atenta escucha de la Palabra que nos vuelve fieles y fecundos como María.


Ante todo, el Mensajero. Gabriel, en su raíz hebrea, significa Fuerza de Dios. Esa Fuerza de Dios -que Jesús de Nazareth revelará como amor infinito- hace cosas asombrosas e impensadas, e interviene humildemente -de manera silenciosa, casi clandestina- en la historia humana.


El Dios de María de Nazareth es un Dios que se aleja de los centros del poder, que no elige guerreros de renombre ni reyes gloriosos, sino que se decide por una mujer, una que no cuenta, una muchachita ignota de aldea campesina y polvorienta en medio de la nada. 

De un modo deliberado, el anuncio de un tiempo nuevo y definitivo se desplaza de la grandiosa fastuosidad del Templo de Jerusalem a la periferia aldeana de esa Galilea siempre bajo sospecha de heterodoxia, de ser menos, de no tener relevancia.


Es que en el tiempo nuevo -y el Hijo de María lo habría de enseñar- Dios ya no habitaría en templos de piedra, sino que tabernáculos y sagrarios serán para Él los templos vivos y latientes de cada hombre y cada mujer, un tiempo que inaugura María de Nazareth a partir de esa manifestación enamorada del Dios de la Vida.


La Anunciación del Señor -Anunciación a María- enciende la llama perenne de Dios con nosotros, el tiempo santo de Dios y el hombre.


Todo sucede a partir de un amor entrañable.

Será desde ese amor que el tiempo florecerá en la gratuidad de quien se entrega incondicionalmente. 

Es la Gracia de Dios que pide permiso, que no se impone, que allí en donde se hace presente la vida se expande y florece.

Así en la mínima existencia de la mayor de todos, la Llena de Gracia, con esa vida que se le crece en su interior, vida que es promesa cumplida y esperanza de que ya no haya imposibles, porque el amor y la fé todo lo pueden.


Paz y Bien


Los hijos de Dios son verdaderamente libres

 




Para el día de hoy (24/03/21):  

Evangelio según San Juan 8, 31-42



Este mundo en el que vivimos es un eficiente productor de esclavos. Esclavos de la miseria, esclavos del dinero, esclavos del egoísmo, esclavos del hedonismo, esclavos de ideologías, múltiples esclavos del desorden férreamente establecido.


No hay reducto, nacionalidad, religión o grupo que, por pertenencia, garantice libertad de esta esclavitud. Las credenciales de adhesión son sólo sucedáneos calmantes que perpetúan y prolongan la vida suprimida, las cadenas impuestas o, lo que es peor, las cadenas aceptadas por resignación o costumbre.


La propuesta de Jesús de Nazareth está lejos de ser una opción, una elección más.

La invitación de Jesús de Nazareth es que con Él y a través de Él, descubrimos el insondable misterio de que cada mujer y cada hombre somos hijas e hijos amados de Dios, y por ello mismo somos hermanos.


Le experiencia de descubrirse hijo es la verdadera libertad, y es un principio de identidad irrevocable.

Dios es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, muy lejano a un Soberano distante que todo impone.

Dios es pobre entre pobres, un Dios despojado de su divinidad para llegarse hasta nosotros y ser uno más, un Dios que se desvive por nuestra felicidad, un Dios capaz de morirse para que no haya más crucificados.


Sólo las hijas y los hijos pueden ser realmente libres.

Más aún, desde esa identidad primordial hasta son capaces de volverse alegremente esclavos en el servicio y la generosidad, en el desinterés y la compasión para que otro hermano rompa sus cadenas y no permanezca en las sombras, con la fidelidad de Abraham, con la confianza de José y María de Nazareth.


Este tiempo es ideal para descubrir a tantas mujeres y tantos hombres que son libres de verdad aunque no profesen la misma fé que nosotros o, siquiera, alguna fé, hombres y mujeres que expresan en lo cotidiano esa misericordia que sostiene al universo.


Paz y Bien

El mundo tiene el color del presente y un destino de eternidad

 





Para el día de hoy (23/04/21):

Evangelio según San Juan 8, 21-30



La gran tentación, y el gran error que suele acompañarnos tiene un cariz fariseo: es aquel que nos conjura y compele a pensar que las cosas de Jesús pertenecen al más allá, al "cielo", bien escindidas de los aconteceres del aquí abajo, del más acá.

En esa tentación caemos asiduamente, pues nos hemos encerrado en esquemas y estructuras que nos transforman en verdaderos discapacitados, inútiles descubriendo a Dios en cada gesto, incapaces de acercarnos al hermano.

Así entonces, suceden los escándalos: unos, que se escandalizaban de que el Maestro curara a un enfermo en sábado. Otros, que hoy mismo se rasgan los vestidos de su alma cuando se transgreden ciertas normas por ejercer lo verdaderamente santo, la compasión y la misericordia, aún cuando no se pida permiso, aún cuando no sea de acuerdo a las normas impuestas.


Son dos mundos: el de las normas rígidamente estériles, el de la liturgia vacía de corazón, el de los preceptos y el olvido del hermano puntillosamente observados.

Y está también el otro mundo: el del sacrificio para que al menos un hermano viva, el del culto genuino traducido en el socorro al caído y la protección del más débil, en el pan que se comparte y reparte y alcanza para todos y aún hay más, mucho más para los que vendrán, el mundo de la solidaridad y la esperanza militante.


El pueblo de Israel miraba el estandarte de serpiente levantado por Moisés para salvarse de la ponzoña, de la acción mortal del veneno.

Este pueblo se salva con la vista y el corazón puestos en la cruz como amor mayor.

Pues la cruz no es tanto cadalso y horror mortal, sino salvación a partir de la ofrenda santa de entregar la vida por los demás.


El otro mundo entonces tiene el color del presente y un destino de eternidad, y el idioma del aquí y ahora mirando a ese Cristo levantado en los maderos cruzados, hombre quebrantado de dolores, Dios aquí abajo muriéndose para que todos vivan.


Tanto ama Dios al mundo que Jesús, muriendo y resucitando, permanece entre nosotros, y resplandece en la solidaridad, la compasión y la generosidad.


Paz y Bien

Dios ama y perdona, y desde allí se comienza a escribir con letras que no se borran la vida nueva

 





Para el día de hoy (22/03/21)

Evangelio según San Juan 8, 1-11




Conocemos a los pertinaces custodios y jueces de la virtud... ajena. Entre ellos, es claro, podemos estar a veces.


Esta actitud que busca consuetudinariamente el rigor del cumplimiento de códigos y normas por sobre la vida misma no conoce el significado de la misericordia. Y cuando se la desconoce, se desconoce a Dios.


La autosuficiencia y soberbia de erigirse en jueces del hermano conduce a la hipocresía y a extremos de violencia, pues se trata ante todo de fanatismos crueles y no de actos piadosos.


En los tiempos de Jesús, la mujer era menos que nada: quedaba relegada a las tareas hogareñas, a la reproducción y era legalmente considerada propiedad del esposo. Carecía de derechos tanto sociales, legales y religiosos.


Sin embargo, el Dios de la Vida venía tejiendo la historia de la Salvación a través de mujeres, arbol cuya flor primordial es María, madre de Jesús hermano y Señor nuestro.


El Hijo se identifica totalmente con el Padre; el Hijo actúa como vé actuar al Padre.

Por eso cuando un grupo de escribas y fariseos le traen a los empujones a una mujer sorprendida in fraganti en adulterio, no deja de seguir el sendero aprendido de su Padre.


Según la Ley mosaica, el hombre y la mujer sorprendidos en adulterio debían ser conducidos fuera de la ciudad y lapidados hasta la muerte. Las primeras piedras debían ser arrojadas por los testigos de ese pecado.


Pero la la Palabra nos trae un hecho que no debe sorprendernos demasiado: traen al Maestro a la mujer acusada... más no al hombre copartícipe del delito que le imputaban. Torcían sus propias normas según sus sustratos ideológicos, por eso la candidata a morir debía ser invariablemente la mujer -ya encontrarían motivo para disculpar y/o absolver al hombre adúltero-.


La historia de aquel entonces sigue vigente, traduciéndose en otras actitudes de igual desprecio y violencia.


En realidad, la mujer bien podía haber sido masacrada tranquilamente sin que Jesús lo supiera; pero estos jueces falaces sostenían la doble pretensión de matar a la mujer y trampear a Jesús. Una respuesta inadecuada por parte suya lo habría hecho también alimento de esas piedras hambrientas de sangre, tan voraces como las almas de quienes las empuñaban.


Y el Maestro sorprende a todos, a los escribas y fariseos y a nosotros también.

Los rostros desencajados de rabia que lo interpelaban, se encontraban con un Jesús que se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo.


Esta imagen ha tenido muchas interpretaciones: una de ellas, sostenida por estupendos exégetas de la Palabra, sostiene que el Señor iba escribiendo en el suelo los nombres y los pecados de todos y cada uno de los acusadores.


Pero también es dable y agradable pensar desde el corazón que el Maestro escribía en la tierra los pecados de la mujer adúltera y los de sus acusadores y verdugos...un viento leve o una lluvia fina borrarán lo escrito con facilidad.

Así son los pecados de todos, de ellos y de cada uno de nosotros para el corazón Misericordioso de ese Dios Padre y Madre: en su infinita bondad, los males no tienen futuro.


Quizás también el Maestro quería escribir los nombres de los verdugos y de la mujer representando la Misericordia de ese Dios que quiere que todos tengan sus nombres y apellidos inscritos en el gran libro de la Vida.


Y la respuesta del Señor es sencilla y muy, muy valiente: a esas almas iracundas al borde del homicidio, les dice: -Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra-.

Nos lo dice a nosotros, a veces testigos, jueces y verdugos de las miserias ajenas -no de las propias- antes que almas satisfechas y agradecidas por el bien y la bondad que se encuentran en el hermano.


En el -Yo tampoco te condeno- que Jesús en su ternura le brinda a la mujer rescatada de la muerte que parecía inevitable, está llave -clave- de la restauración y reconstrucción de la vida derrumbada por el mal.


Dios ama y perdona, y desde allí se comienza a escribir con letras que no se borran el cartel de bienvenida al Reino que gozo y dicha, justicia y compasión.


Para esta Cuaresma que vá finalizando, un deseo que que las manos suelten las piedras de la discriminación, la acusación y la muerte, y se abran para estrechar otras tantas manos en talante de justicia, en abrazo fraterno, en ayuda a levantarse al caído.


Paz y Bien


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