El Cristo viviente que todos deben reconocer en nuestros gestos

 








Domingo Quinto de Cuaresma

Para el día de hoy (21/03/21) 

Evangelio según San Juan 12, 20-33


Han llegado a Jerusalem para las fiestas de la Pascua un grupo de griegos, -seguramente prosélitos -, es decir judíos conversos que van a cumplir con los preceptos de la Ley, aunque con mayor exactitud debería hablarse de judíos adherentes pues pesaba demasiado la raza y la nacionalidad. En el Templo tenían un patio exclusivo, señal de pertenencia parcial, hijos de Israel pero no tanto.


La aparición y las enseñanzas de Jesús de Nazareth no pasan desapercibidas, y trascienden por lejos las pequeñas fronteras de Israel; su voz repercute en todas partes, su siembra llega a lugares impensados. Por ello mismos esos hombres -extraños a la fé judía a pesar de su cumplimiento ritual- quieren verlo, necesitan conocerlo en su propia impresión, abunda su curiosidad y sus ganas de saber más.

En esas intenciones, tratan de acercarse al Maestro a través de uno de los discípulos, Felipe de Betsaida. Felipe y Andrés son, de los Doce, los únicos cuyos nombres tienen reminiscencias griegas, y por ellos se dirigen a Jesús a través de ellos. Probablemente también porque nos acercamos a Dios a partir de lo que nos es habitual y conocido, de lo que no nos es desconocido, y esto es algo a lo que hemos renunciado en pos de faraónicos planes evangelizadores.


Las palabras de Jesús como respuesta a sus requerimientos pueden aparecerse como extemporáneas, duras, inexplicables. Uno podría suponer que les daría palabras de bienvenida, una recepción fraterna, y sin embargo se expresa con la contundencia de un profeta, con la fuerza de la voz de Dios. Jesús siempre nos sorprende, se esapa a nuestros esquemas, y a menudo no es ni hace lo que solemos esperar de Él.


Es que para los que esperamos a un Jesús solamente sanador, milagrero, o tal vez un revolucionario, o un Cristo celestial y lejano, la Palabra nos lleva de regreso al núcleo central de la Buena Noticia, y es que la vida se magnifica, se expande y difunde cuando se entrega generosa, incondicional, sin limitaciones y a pesar de angustias y miedos, cuando la muerte se hace ofrenda para que otro viva.

No se trata, claro está, de un dios voraz en su apetito de sangre, en sus condicionamientos sacrificiales. El Dios de Jesús de Nazareth es Abbá, un Padre que ama y como tal, sólo quiere la vida plena para todas sus hijas e hijos.

Jesús morirá en soledad, en el horror de la cruz para que nadie más sea chivo expiatorio ni víctima necesaria. Nadie debe tener destino prescrito de martirio y dolor.

Hay todo un mundo de desprecio, de rechazo de la vida, de miseria y exclusión del que no hay que evadirse ni escaparse mediante subterfugios religiosos. Es un mundo que debe cambiarse, santificarse y allí sí vale el término sacrificio, es decir, hacer sagrado lo que no lo es.


Esa es la declaración del Maestro, expresión que ratificará en su entrega mansa a ese patíbulo cruel de los maderos cruzados, grano de trigo que sólo se pierde en apariencia, grano pequeño que se convertirá en espiga fuerte, harina purísima del pan que abunda para todos.


La ofrenda mayor de la cruz debe reencaminar nuestros pasos hacia el extranjero para que no haya más extraños, hacia el distinto para que seamos cada día más hermanos, hacia el que está agonizando en soledad para que viva en plenitud.

Ése es el Dios que anunciaremos, ese es el Cristo viviente que todos deben reconocer en nuestros gestos.


Paz y Bien

Rechazar a un profeta es rechazar a Dios

 





Para el día de hoy (20/03/21):

Evangelio según San Juan 7, 40-53


La controversia se ha instalado con toda su crudeza y separa aguas, incluso entre los mismos enemigos de Jesús.

Su vida es totalmente coherente entre lo que enseña y las cosas que hace, nadie ha hablado como Él. El pueblo -aún cuando a menudo se equivoca- sabe que en ese rabbí galileo hay algo más que un simple hombre; Él les habla de un modo distinto, el Espíritu lo impulsa, Él habla desde Dios y Dios se expresa en Jesús.


Estaban también los rechazadores de siempre, esos mismos que reaccionan con violencia a lo que no pueden encasillar y que se escapa de sus torpes esquemas. Son los mismos que en aquel tiempo -y ahora también- al que habla en nombre de Dios lo vituperan, lo repudian con fervor y lo minusvaloran por origen, por pertenencia, porque no es como ellos.

Son los que se encumbran en la torre de castillos de arena, y miran con desprecio a los que consideran que están por debajo de esa pirámide falaz de poder y dominio -los que no conocen la Ley son unos malditos, dirán convencidos-.


Hasta los enviados a detenerle regresan con las manos vacías, confundidos entre las órdenes brutales que han recibido y la luz que han encontrado en ese Hombre y que los encandila de novedad. Nadie habla como Él.


Es menester detenerse en Nicodemo: su postura es sincera y leal, busca la justicia desde lo que sabe y conoce. Todos debemos buscar ansiosos la justicia a partir de lo que conocemos y siempre desde los hechos tal como son.

Sin embargo, Nicodemo aún debe dar un paso más para que su hambre de justicia y verdad sea plena, así como nosotros mismos: hay que nacer de nuevo, hay que renacer desde el Espíritu.


Hoy, aquí mismo entre nosotros, hay mujeres y hombres magníficos que continúan actuando y hablando en nombre y a causa de ese Espíritu que los impulsa, profetas de barrio y profetisas del campo que solemos ignorar y hasta despreciar por su acento, por lo que dice y por como lo dice, y allí hay un gran peligro, el mismo que transitaron los que renegaban del Maestro.


Es que cuando se rechaza al mensaje y se desecha al mensajero, se repudia a Aquél que envía el mensaje, y quizás éste sea el mejor momento para volver a escuchar lo que verdaderamente importa y a quienes no solemos tener en cuenta.


Paz y Bien

Queridísimo José de Nazareth, ruega por nosotros


 





San José, esposo de Santa María, Virgen

Para el día de hoy (19/03/21): 

Evangelio según San Mateo 1, 16. 18-21. 24a




La liturgia de este día nos convoca al grato memorial de San José, Esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia universal. 

Las Escrituras son módicas a la hora de mencionar al carpintero nazareno y, más aún, los Evangelios no reflejan una sola palabra o línea de diálogo de José, hermanado así al silencio.

Pero es un silencio profundo, pródigo, estridente, conmovedor.

Si el Evangelio según San Lucas tiene un perfil netamente mariano, el Evangelio según San Mateo lo tiene de modo predominantemente josiano. Ello no es fortuito ni casual: a través de María el Mesías se hace uno de nosotros en el ámbito infinito de la Gracia, resplandor de humanidad asumida por Dios, mientras que a través de José, descendiente del rey David, todas las promesas realizadas durante siglos al pueblo de Israel respecto del Mesías encuentran resolución, efectivo cumplimiento.


La lectura que hoy leemos ha tenido una somera interpretación lineal, de tal manera que José decide repudiar en secreto a su prometida en vista de su embarazo sospechoso, y ese repudio -en el mejor de los casos- responde a la profunda justicia del carpintero, que de ese modo protege la vida de María la cual se encontraría inerme frente a las exigencias legales imperantes y a los castigos calculados, que en el caso que nos ocupa concluiría en la ejecución de María de Nazareth por un presunto adulterio. Tiene su lógica, máxime frente a una religiosidad tan cerrada y aferrada a los códigos como la que prepondera en esa época. 

Seguramente mucho de ello se enhebra el el corazón de ese varón justo, y su justicia responde a que ajusta su corazón y voluntad a la voluntad de Dios. Pero hay que animarse a ir más allá porque hay más, siempre hay más. 


Las dudas de José no obstan sobre la mujer que ama sin condiciones -el amor de su vida-, sino sobre sí mismo. En su justicia que florece en la verdad, José intuye un abismo insalvable entre sí mismo y la acción de Dios, el plan divino que involucra a su prometida, entre su persona -un humilde y pobre artesano galileo- y la presencia de su Dios que se crece en el seno de su mujer. Por eso quiere irse, por una cuestión de ajenidad, él se considera fuera de lugar y extraño para todo lo asombroso que está sucediendo.

Así, la presencia de un Mensajero, voz amistosa de Dios, no se constituye en su corazón para aclarar la situación de María sino para despejar toda duda acerca de sí y, a la vez, confiarle una misión que será decisiva.


Nosotros, mujeres y hombres en el siglo XXI, quizás no lo sepamos o lo hayamos perdido de vista, tan enfrascados en modas o en cierta tendencia a ponerse uno mismo como centro de importancia, cuando en realidad deberíamos salir de nosotros mismo y orbitar en amor y servicio alrededor de la vida que crece, se ratifica y expande en los hijos: en ese orden de ideas, un nombre es una cuestión fundamental, pues el nombre es reflejo de la personalidad y la vocación de un hijo, espejo fiel de lo que será su existencia. Nombrar a un hijo no debería atarse a caprichos ni a la banalidad cómoda de lo usual. Nombrar a un hijo es decirle al mundo lo que ese niño será, lo que se espera de Él, y tras de ese alegre proyecto ofrecer la propia vida en ofrenda y apoyo.


Por otro lado, los sueños son el ámbito simbólico en donde se propicia el encuentro con Dios, espacio inmarcable en donde las cosas demasiado grandes para asumirlas en la vigilia se pueden explicitar y resolver.

José sueña, y en el sueño encuentra la voluntad de Dios que le indica el rumbo correcto para su alma confundida.

José entonces nombrará a su hijo de acuerdo a las indicaciones del Ángel, y lo llamará según las antiguas tradiciones de su pueblo. Jesús -Yehoshua, Dios Salva- era un nombre bastante corriente en aquella época, principalmente por enraizarse con Josué, quien conduce al pueblo de Israel cuando ingresa a la Tierra Prometida tras cuarenta años de peregrinar en los rigores del desierto. En el nombre del Hijo, se expresa que la misión del Niño será conducir a su pueblo, a todos los pueblos a la tierra definitiva de la Gracia, de la eternidad.

Ese nombre confiado a José esconde gran misterio, el Emmanuel, Dios con nosotros, presencia constante de Dios al lado de los suyos como un pariente, un vecino, un Hijo amado.


Por José, en el Mesías se cumplen todas las promesas mesiánicas. Por José, Cristo nacerá y crecerá al calor afectuoso de una familia que le brindará protección y abrigo, revelando otro misterio de amor y es que Dios nos busca y nos convoca para que la Salvación llegue a todas las gentes, urdimbre santa de Dios y el hombre. Por José, el Niño que nacerá tendrá una identidad, ascendencia real, raíces profundas que lo vinculan a su pueblo: un repudio legal de María por parte del carpintero hubiera significado que el Mesías fuera un descastado, un hijo natural -un bastardo- sin derechos ni relevancia, máxime en una sociedad duramente patriarcal y bastante misógina.


Por eso, hacer memoria de la gratísima presencia de San José es también reivindicar a todos aquellos que no reniegan de tener sueños. Que a pesar de catástrofes, dudas y miserias, siguen soñando tiempos mejores y vida plena para los suyos. Que se hacen amigos de los ángeles. Que se mantienen firmes como robles, humildes, silenciosos e imprescindibles a la hora de cuidar y proteger la vida. Que no buscan reconocimientos sino que están más que satisfechos por hacer lo que deben, y luego retirarse sin estridencias, plenos de haber realizado su vocación. Que se comprometen cordialmente con la historia desde la infinita trascendencia de una familia. Que no se extravían en los momentos críticos, cimentados en la justicia y en el servicio.


Queridísimo José de Nazareth, ruega por nosotros.


Paz y Bien

Dios es Palabra que crea, que re-crea y libera

 





Para el día de hoy (18/03/21):

Evangelio según San Juan 5, 31-47




Jesús de Nazareth fue sometido a varios juicios, aunque en la práctica a un sólo proceso judicial -el del Sanedrín-, más allá aún de la condena del pretor romano.


Esos juicios anticipados iban señalando y anticipando un derrotero de rechazos y odios que lo conducirían a las horas decisivas de la Pasión. En todos esos hechos y sucesos podemos descubrir y rastrear ciertas actitudes que atraviesan toda la historia y persisten hasta nuestros días: es el rechazo a Dios y a los signos de Dios porque no se condicen ni adaptan a las imágenes y esquemas que de Él nos hemos creado.


También se juegan otros intereses, prebendas, prestigio y poder; en la escala de valores se ubica en la cumbre normas, ritos y preceptos a cumplir, que necesariamente han de tener por consecuencia el rechazo a ese Dios al que se pretende -torpemente y con cierta soberbia- defender, y así con violencia específica rechazar a su Enviado...y a todos las hermanas y hermanos del Enviado que a través de los tiempos se vuelven testigos y signos vivos del Dios de la Vida.


Puede ser que duela, decididamente ha de molestar y desestabilizará más de una mente. Bendito sea Dios por ello.

Él se escapa de nuestros moldes, y es muy distinto de los dibujos que solemos inventarnos por nuestra comodidad y a favor de nuestra conveniencia.


Un Dios así, tan Padre y tan generoso, desinteresado de todo aquello que no sea el bien y la plenitud de la humanidad, un Dios que se hace presente en cada hecho de liberación, en cada gesto de bondad, en cada acto compasivo, es un Dios muy inconveniente.


Ese Dios inconveniente es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el mismo que prefiere levantar a los caídos, sanar a los enfermos, restablecer a los excluidos, liberar a los oprimidos antes que llenarse de palabras que nada digan.

Dios es Palabra que crea, que re-crea y libera.


Paz y Bien

Nuestro juicio no está en manos de un Dios severo sino de un Padre que aguarda siempre nuestro regreso

 




Para el día de hoy (17/03/21):  

Evangelio según San Juan 5, 17-30



Las posiciones estaban totalmente enfrentadas por su misma concepción primera. Jesús de Nazareth había curado a un hombre paralizado en sábado y las furias de los severos ortodoxos se desataron: ese campesino galileo osaba quebrantar la tradición más sagrada, y lo hizo reivindicando a Dios como su Padre, un Padre preocupado y ocupado por el bien del hombre, a toda hora, en todo tiempo.


Unos -escribas y fariseos- puntillosamente invocan a la Ley como expresión máxima de la voluntad divina.

El Maestro opone que el amor de Dios es lo que constituye y define al universo, y que ese amor se expresa en la búsqueda constante e incansable de la vida plena para toda la humanidad. Él es la expresión más cabal de ese amor por su identidad plena con ese Dios al que llama Abbá! -Papá!-, y un odio arrollador no se detendrá hasta la Cruz.


Es que Jesús de Nazareth derriba cualquier absolutización institucional -la divinización de las construcciones puramente humanas- manifestando ese amor liberador en movimiento y expansión constantes que busca la liberación de toda opresión, la salud de toda enfermedad, la felicidad y la plenitud para todas las mujeres y los hombres.


Se trata de una creación abierta.

Dios constantemente crea y re-crea a esa humanidad que tanto daño sufre y que tanto daño se ha hecho, desde ese amor infinito y sin detenerse en abstracciones, sino en mujeres y hombres concretos que están doblegados de dolor, heridos de pecado, sumergidos en la miseria, y es Jesús de Nazareth la expresión perfecta y cabal de ese amor, de tal modo que Jesús es Dios y Dios es Jesús.


Queda decidirnos a seguir esos pasos que por nada pueden detenerse.

Nuestro juicio no está en manos de un Dios severo -verdugo y rápido y eficaz- sino de un Padre que aguarda siempre nuestro regreso. Seguir al Hijo y a su paso liberador implica liberarse también de toda condena.

Nuestra sentencia está en nuestras manos, hoy, aquí y ahora, y se decide por seguir o nó el caminar redentor de Dios a través de toda la historia junto a Jesús, nuestro hermano y Señor.


Paz y Bien

El desamor, la desidia, el olvido y las omisiones son causa y magnifican todo dolor

 




Para el día de hoy (16/03/21):  

Evangelio según San Juan 5, 1-3.5-16




El Templo de Jerusalem, además de imponente era enorme, y cientos de peregrinos lo visitaban a diario; este número se multiplicaba para las festividades más importantes. En sus altares, de continuo, se sacrificaban animales de acuerdo a la Ley mosaica: todo ello implicaba que hubiera una notoria necesidad de agua para abluciones, purificaciones o mera limpieza.


Los miles de litros de aguas que recorrían su entramado provenían de varias cisternas; a una de ellas en particular -llamada Betzatá- eran llevados los enfermos, pues se le adjudicaban a esas aguas poderes curativos. Ahora bien, nos encontramos en el mismo centro de la ortodoxia judía, y por ello cada enfermo es un impuro que sufre su dolencia a consecuencia misma del pecado, por lo cual es preferible evitarle para así no quedar impurificado para los ritos y para la vida social. Por ello mismo, los enfermos dependían del auxilio escasos de los que pasaban por allí, para sumergirse en la piscina y, tal vez, encontrar un remedio cuasi mágico a sus penas.


Demoledora paradoja: a pasos nomás se rendía culto a Dios, y al lado se abandonaba a los que sufrían. Los miles de litros de agua probablemente purificaban el Templo, más nó los corazones de esas gentes.


El extremo está en ese hombre: treinta y ocho años intentando conseguir sumergirse primero -cierta tradición o superstición sindicaba que el primero en la inmersión, en un momento especifico, quedaría curado-, treinta y ocho años sin una mano amiga, ni un gesto compasivo. No es un artilugio literario imaginar que su postración fuera causada también por el abandono al que está sometido.


Porque lo terrible es el conformismo, que es la peor de las expresiones de la resignación, en donde el que sufre es una parte más -habitual e infaltable- del paisaje. El desamor, la desidia, el olvido y las omisiones son causa y magnifican todo dolor. Y nada -nada- tienen que ver con el Dios Abba de Jesús de Nazareth.


A la vera de nuestras piscinas/calles sigue habiendo muchos postrados, derrumbados por una existencia que no ha tenido demasiadas contemplaciones.

Y es tiempo de opciones fuertes, definitivas, sin medias tintas. Para que el que sufre se ponga de pié, para que se vuelva a enarbolar lo humano como algo habitual, con el desprendimiento y la generosidad propias de esa Misericordia que sostiene al universo.


Paz y Bien

Milagros, la profunda realidad del amor de Dios entre nosotros


 




Para el día de hoy (15/03/21):  

Evangelio según San Juan 4, 43-54



Todos los pueblos y culturas tienen sus taumaturgos y sanadores, mujeres y hombres a los que se acude en caso de enfermedad severa, especialmente en aquellos casos en los que la medicina conocida nada más puede hacer.

Cada uno de ellos tendrá sus métodos, sus modos. Unos harán rituales específicos, otros sacrificios, otros impondrán las manos, otros apelarán a fórmulas arcanas y secretas, y tal vez algunos de ellos exijan de manera primordial adhesión a sus principios y creencias. En todos los casos, se supone una espectacularidad e instantaneidad en la sanación, un hecho descollante y extra-ordinario que será calificado como milagro.


Jesús de Nazareth regresa a Galilea desde Jerusalem. Tiempo atrás había sido rechazado por los nazarenos, y hasta habían intentado despeñarlo en un arranque de furia.

Sin embargo, ha tenido un paso arrollador por la Ciudad Santa durante la Pascua, un paso pleno de milagros, y ahora es recibido con otra mirada; se trata del paisano exitoso que regresa, y la recepción es muy distinta. La fama de sanador le precede.


Así sucede lo que hoy nos brinda la Palabra: un funcionario real -probablemente un hombre pagano, burócrata del poder herodiano- acude a Él desesperado, pues su hijo está enfermo en Cafarnaúm. ¿Qué no se hace por un hijo?. Este hombre se desplaza desde Cafarnaúm a Caná en busca del Maestro, pues no encuentra más posibilidades de vida para su vástago.

Es claro que el funcionario sigue la mentalidad imperante, y por eso suplica que Jesús lo acompañe a su casa, hasta el lecho del hijo, pues para curarlo infiere que debe hacer lo que hace un sanador, sus gestos, sus fórmulas, sus milagros, sus prodigios.


Poco tiene que ver Jesús de Nazareth con todo esto. Sus milagros -señales o signos dirá el Evangelista Juan- quieren conducir la mirada a otra realidad viva, mucho más profunda, el amor de Dios entre nosotros, ese Reino que acontece en el aquí y ahora. 

Con todo, el funcionario cree y confía en la palabra de Jesús, y regresa a su casa. Sus servidores le salen al encuentro anoticiándolo de que su hijo se ha sanado, y el hombre confirma que ello ha sucedido al tiempo en que el Maestro lo ha devuelto al hogar. Así creen en él el funcionario y toda su familia.


En realidad, los signos ciertos son varios.

Ha sido arrancado del dolor ese hijo sometido por la fiebre. Ha de crecer y vivir, su vida no será cercenada tan pronto, la vida debe ser vivida en plenitud.

El padre, aún cuando sea pagano, aún cuando piense de manera errónea -busca al sanador famoso-, cree en la Palabra de Jesús, y así sucede la salud, y así sucede su propia conversión y la de los suyos.


Son varios los que se curan. Hay un mal que oprime un cuerpo, hay ideas que ensombrecen las mentes, y no hay fórmulas mágicas ni soluciones espectaculares.

Vida y salud, felicidad y plenitud no se resuelven por pertenencias o adhesiones religiosas, dogmáticas o ideológicas.

Todo se decide en la confianza puesta en la Palabra, Palabra que se hace camino, Palabra que no es tinta inmóvil sino Alguien que nos busca y que se desvive por nuestras existencias.


Paz y Bien

Cristo de nuestra Salvación que también ha renunciado a su propia vida en la cruz para que todos vivan

 





Domingo Cuarto de Cuaresma

Para el día de hoy (14/03/21) 

Evangelio según San Juan 3, 14-21



Dios no se adecua a lo que esperamos de Él, no se condice con nuestros esquemas, contradice cualquier imagen que nos hayamos forjado por comodidad o necesidad y reniega de esa ideología enquistada del éxito -cruel ética de winners y losers-. Así se hace difícil cualquier religión, porque de continuo Él quebranta alegremente los cánones y preceptos que hemos inventado en nuestra necesidad de estructurarnos e imponernos jerarquías y escalas de importancia.


El ha renunciado a su status celestial de Dios lejano e inaccesible, oculto tras las nubes. Es el Dios increíble que es capaz de ir a cualquier lado con tal de rescatar a ese hijo que ha renegado de Él y que se ha extraviado en su disipación en la extranjería de su amor familiar, el mismo Dios que se arriesga en los riscos y precipicios buscando a una pequeña oveja perdida, el que se detiene invariablemente a auxiliar al caído a un costado del camino, sin importarle pertenencias u orígenes.


Es un Dios que está enamorado apasionadamente de la humanidad, de toda la humanidad, de todos los pueblos y naciones, de todos y cada uno de nosotros, y que en esos amores no se escatima nada para sí.


Ha renunciado a su derecho a juzgar y condenar a los que se apartan de Él y de sus mandatos. No quiere ser juez ni mucho menos verdugo. Eso ha quedado en nuestras manos, Él se ha acercado con bondad y salvación para todos, sin excepciones.


En esos descensos desde su infinitud, la salvación entendida como plenitud y vida ilimitada no ha quedado relegada a un futuro incierto, en donde una divina balanza decidirá la pertinencia de méritos acumulados como pasaporte al Edén de las promesas. La salvación tiene perfume de presente, acontece en nuestro aquí y ahora y ha sido puesta en nuestras manos, porque ese extraño Dios tiene una fé ilimitada en todos nosotros, en contraposición a lo poco que confiamos en Él.


Y como la Salvación sucede ahora, tiempo santo de Dios y el hombre en el hoy de la Redención, toda la vida se transforma a partir de esas ganas de liberación. Toda la vida puede y debe transformarse.


¿En donde nos reuniremos para no estar tan solos, para que todo no sea una poética iniciativa individual sin mucho destino?. La sombra ominosa del dolor y la violencia siempre está amenazando a los hambrientos desaforados de paz y de justicia.


Nosotros seguimos una bandera izada como señal de auxilio para nuestra gente y para todos los que andan en tinieblas y en sombras de muerte y desolación.

Nosotros seguimos a Jesús de Nazareth, hijo de Dios y hermano nuestro, Cristo de nuestra Salvación que también ha renunciado a su propia vida en la cruz para que todos vivan, para que ya no haya chivos expiatorios, para que no se siga derramando sangre bajo cualquier pretexto, para que la vida se acreciente donándola con generosidad y desinterés.


Paz y Bien

La Gracia no es mesurable, y la medida de todo destino pasa por la humildad

 






Para el día de hoy (13/03/21):

Evangelio según San Lucas 18, 9-14



Una de las situaciones que es causa principal de excluir y de alejar al prójimo es aquel sentimiento de superioridad de unos por sobre otros.

En nuestros ámbitos religiosos, no se enraiza solamente en una malsana soberbia, ideología que subyace en creernos superiores a otros por pertenencia, nacimiento, raza, nacionalidad, sino también por una cuestión mucho más crítica, y es ella la postura frente a la Gracia y a la Salvación.


Así, tristemente hemos de encontrar a través de la historia, en la actualidad y en nuestras propias existencias ese cariz de la Salvación como meta a lograr, objetivo que se adquiere mediante el cumplimiento puntilloso de normas, preceptos y acciones medianamente piadosas. Esta postura es la que desaloja la acción increíble y maravillosa de la Gracia en nuestras vidas, Gracia que nos llega a través de Jesús, Cristo y Señor, y que deifica por sobre todo a los cánones y normas.


Podría suponerse que las "buenas" acciones son causa meritoria de la Salvación; pero el anuncio de la Buena Noticia nos enseña lo opuesto, actuamos de modo diferente y con bondad al descubrir el paso salvador de Dios por nuestras vidas.


Así los dos hombres en el Templo: uno que se cree mejor, superior al publicano y a los demás, erguido de orgullo. No puede criticarse su sinceridad, ni ponerse en duda su carácter piadoso ni sus acciones de acuerdo a la Ley. Sin embargo, él no está elevando una plegaria de gratitud sino que desde su fé de compraventa, de su espiritualidad mercantil, hace un monólogo en donde se vanagloria de sí mismo.


El otro, el publicano -considerado réprobo por sus paisanos, en la misma estatura moral de las prostitutas- apenas alcanza a balbucear una súplica de perdón, deudor moroso de toda la misericordia disponible. Ni siquiera se siente digno de elevar su mirada.

De él no sabemos si ha cumplido la Ley y los preceptos, si a diario ha sido justo o se ha portado justamente con los demás; pero tenemos la certeza que la Salvación llega a su vida por lo que nos enseña el Maestro.


Es que la Gracia no es mesurable, y la medida de todo destino pasa por la humildad. Somos muy pequeños, indigentes perpetuos, mendigos de la Misericordia, que nos salvamos con la confianza en la bondad de Dios y en su Pascua, éxodo de liberación diario en nuestras existencias.


Paz y Bien

Un madero que señala al cielo y otro madero que apunta hacia los lados

 






Para el día de hoy (12/03/21):

Evangelio según San Marcos 12, 28b-34




El interrogante que le plantea el escriba al Maestro no era menor: la vida judía estaba regulada por 613 normas o mandamientos de estricto cumplimiento, 365 de ellos de carácter negativo-prohibitivo y 248 de carácter positivo. Por ello tanto rabinos como doctores de la Ley solían verse en situaciones complicadas en el esfuerzo de encontrar principios unificantes a la hora de enseñar y transmitir al pueblo este canon de normas que regulaban todos los aspectos, el social, el religioso, el político.


En general, muchos tomaron parte por absolutizar el sábado como expresión del Shema Israel -Escucha Israel, el Señor tu Dios es único-. Así, se llegaba a límites absurdos y opresivos, y hasta el no cumplimiento de este mandato sabatino acarreaba serios problemas; por ello Jesús de Nazareth, al subordinar el Sabbath al bien y a las necesidades humanas, será considerado blasfemo y así excomulgado de la sinagoga, espacio en donde gustaba enseñar la Buena Noticia.


En ese orden de ideas, el escriba espera que Jesús le plantee una lógica lista categorizada y estatutaria que le facilite el cumplimiento de la Ley. Es una estrategia de reemplazos, de sábados más llevaderos que siempre conducen a falsas seguridades, y a la clasificación del otro en donde lo que cuenta no es tanto lo bueno o lo malo sino que no hay lugar para el nosotros.


Sin embargo, es el tiempo de la Gracia y de la asombrosa ilógica del Reino de Dios. Así Jesús de Nazareth se vale de las Escrituras pero no hace una cita estratificada de los mandamientos. Su enseñanza es reveladora y desafiante, y anticipa esa cruz de dolor y amor total que tiene dos brazos inseparables.


Un madero que señala al cielo y otro madero que apunta hacia los lados.


Su sábado no es una sustitución alternativa, sino algo novedoso, nuevo y bueno: el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo, un amor absoluto hacia el Creador que tiene como consecuencia necesaria el amor al otro en un plano que está en las antípodas de cualquier teoría, y que se expresa en el culto verdadero que no es otro que el ejercicio cotidiano de la compasión, del socorro, de la justicia y la misericordia.


Como ese escriba, no estamos lejos del Reino de Dios si hacemos nuestra la enseñanza liberadora de Jesús de Nazareth.

No estamos lejos porque aún tenemos pendiente el éxodo de todo egoísmo y formalidad estéril, esclavos de faraónicos yo y tú que van impulsados por el Espíritu al encuentro del nosotros.


Paz y Bien

El milagro de la vida que se nos confía


 


Para el día de hoy (11/03/21):

Evangelio según San Lucas 11, 14-23



La palabra significa y expresa el corazón y la interioridad de la gente; es la posibilidad de ir al encuentro del otro, de no encerrarse, del diálogo, de crecer.

La carencia de esa palabra, la imposibilidad de hablar implica anonimato indeseado, soledad impuesta, encierro y opresión. Por ello mismo, devolver las palabras y la Palabra a los mudos de cualquier tiempo, a los acallados de toda la historia es cuestión urgentemente santa, signo certero de que el Reino acontece aquí y ahora.


Ello precisamente es lo que hacía Jesús de Nazareth: pasaba haciendo el bien sin esperas, sin vacilaciones y, especialmente, sin pedir permiso.

Sin dudas, esta actitud del Maestro -y de los que actúen por Él y con Él- es molesta, blasfema y subversiva para los poderosos y para las almas mezquinas y celosas. Así entonces todo argumento descalificatorio se justificará por sí mismo, y proliferarán difamaciones, condenas y rápidas excomuniones sin compasión.


Aún así y a pesar de que todo parezca señalar lo contrario, la fuerza de la Buena Noticia es irreductible porque encuentra su raíz en la gratuidad y en la misericordia ilimitadas de Abbá Padre de Jesús, hermano y Señor nuestro, y el bien ha de florecer en los lugares más impensados, en donde descolla la resignación y acampa la oscuridad.


Quizás la Cuaresma signifique curarnos de mutismos y cegueras.

De esa imposibilidad adquirida del decir, y del decir palabras que hagan el bien a aquel que la escuche, palabra que sea diálogo y encuentro.

De esa ceguera de no reconocer signos del Reino, es decir, de la vida y de Dios en cada acto de liberación, en cada gesto de bondad aún cuando ello signifique doblegar el orgullo y redescubrir que lo bueno puede germinar y crecer en jardines que creemos ajenos.


Porque esa ceguera pertinaz y ese mutismo consecuente que nos resultan tan tristementes habituales son disgregaciones, desparramos de vida, desuniones y dispendios inútiles del milagro de estas vidas que se nos han confiado.


Paz y Bien

El rescate del dolor, la sanación en el perdón

 




Para el día de hoy (09/03/21):

Evangelio según San Mateo 18, 21-35



Más de uno miraba al Maestro con ojos de simpatía, pero hasta allí, nada más.

En el mejor de los casos, se trataba de un soñador fantástico que, sin embargo, poco tenía que ver con la realidad y con las complejidades humanas.


Hay demasiados conflictos y problemas que exigen normas claras y precisas, códigos de conducta que regulen y morigeren las consecuencias de envidias, egoísmos, resquemores y conflictos de menor o mayor grado.


Por ello mismo Pedro interpela a Jesús con extrema razonabilidad: sabe que su Maestro ha inaugurado un tiempo nuevo, y que deben comportarse ellos también de manera novedosa. Presume que hay que superar la ley de la venganza -Talión- y las posibilidades de perdonar al otro, y dá un paso más: con patente generosidad, él mismo le sugiere que puede esforzarse hasta siete veces en el ejercicio de la reconciliación.


Hay dos vertientes aquí: Pedro necesita que se le especifique un canon de convivencia en el que no haya lugar a dudas ni zonas grises. En su alma las cosas están cuantificadas de tal modo que actuará con humana justicia entre iguales: es claro que cuando pregunta, tácitamente no incluye al extranjero, al ajeno al pueblo elegido, al distinto.

Y más aún: aún cuando tiene sed de verdad -que expresa en esa pregunta crucial-, también pretende adelantarse en la interpretación de la voluntad de Dios, imponiendo sus moldes y razones teñidos de temporalidad a las cosas eternas.


Nosotros no somos demasiado distintos.

Nos aferramos fervorosamente a casuísticas y normativas que delimiten y regulen nuestra relación con Dios y con el otro... siempre y cuando ese otro sea par, esté vinculado por pertenencia común religiosa, nacional, cultural o de género. No hay lugar para el distinto, para el extranjero, para el extraño.

Estamos presos de los reglamentos porque somos esclavos del menor o mayor poder que podamos ejercer sobre el otro, y porque todo tiene su precio.

Cuando eso sucede, la gratuidad se vuelve algo imposible e impensado y allí, justamente allí, está la raíz de toda des-gracia.


Frente a todo cálculo mezquino, Jesús nos revela el rostro de Abbá Padre suyo y nuestro que no anda tabulando los yerros, tropiezos y miserias de sus criaturas.


Ante todo, es un Padre y más aún, una Madre que no quiere hijas e hijos lastimados, heridos de rencor y violencia. Ninguno debe perderse, y es capaz de morirse en la cruz, Dios que se des-vive para que nadie más se muera.


Quizás entonces la Iglesia sea una familia de mujeres y hombres que se han descubierto rescatados de todo dolor, sanados en perdón y misericordia que se animan desde el coraje y la humildad a anunciar la desmesura de un mundo que es posible recrear desde la cruz, el amor mayor que ofrece la resurrección, incondicional y gratuita, vida plena para todos.


Paz y Bien

El amor de Dios, la vida plena, florece en todas partes

 




Para el día de hoy (08/03/21):  

Evangelio según San Lucas 4, 24-30




En las sociedades más cerradas suelen suscitarse, al modo de anticuerpos, reacciones virulentas respecto a todo aquél que sea ajeno o distinto, al que no encaje en el molde de los prejuicios establecidos. Esto suele suceder en lo social, en lo político y en lo religioso, el desprecio del otro en tanto que tal, trazando una línea abismal entre el nosotros y los otros.


Pero el Maestro ha inaugurado un Reino que no se limita por nuestros miserables parámetros, y se acrecienta allí en donde acontezca la justicia, la compasión y el amor, superando pertenencias e identidades.

Toda la humanidad es hija de Abbá Padre de Jesús de Nazareth, y a menudo en donde menos se lo espera la vida puja y los corazones van pariendo tiempos nuevos.


Así entonces se puede lograr un acercamiento a los hechos de ese día en la sinagoga de su querencia nazarena. Sus paisanos ya lo tenían catalogado de un modo específico, a partir de la historia que le conocían -el hijo del carpintero, el que vieron crecer y jugar, el que hablaba con su misma tonada-. Por ello mismo les provocaba asombro y rechazo visceral que Él se atreviera a llegarse allí a hablarles de ese modo, quién se cree este que es, porqué no hace acá las cosas por las que se hizo famoso en otros lados, porqué se ha puesto a pensar y actuar de ese modo tan extraño y distinto a como somos todos nosotros.


Es claro que Él no se iba a callar, allí ni en ningún lado. En sus propios rostros y en plena cerrazón les arroja esa verdad primordial, que es que nadie es propietario exclusivo de las cosas de Dios, y que muy a menudo en las existencias de los otros germina todo aquello que en nuestros campos denegamos su posibilidad frutal. En esa alteridad que duele y molesta, suele hacerse más plena la verdad que soslayamos con mil excusas y discursos.


Sólo cuando comencemos a tender puentes esos abismos han de ser salvados, del tal modo que el otro no sea tan extraño ni nosotros mismos seamos tan hostiles ni ajenos para aquellos que son distintos, porque la catolicidad -esa universalidad que declamamos y no practicamos- implica afirmar que el amor de Dios, la vida plena, florece en todas partes.


Paz y Bien 

Cristo, Templo definitivo de Dios

 





Domingo 3º de Cuaresma

Para el día de hoy (07/03/21) 

Evangelio según San Juan 2, 13-25



Signos y símbolos. Señales y ventanas al infinito. Las lecturas lineales se quedan en la superficie, y estamos invitados y urgidos a ir a lo profundo de la Palabra de Dios.

En los Evangelios sinópticos los hechos de la Purificación del templo se ubican dentro de la última semana del ministerio de Jesús de Nazareth. Los hechos deben haber acontecido tal como se describen por el impacto que ha dejado en los testigos del hecho.

Sin embargo, para San Juan Evangelista esto se ubica casi al comienzo de la vida pública del Señor, en paralelo al milagro de las bodas de Caná, y ello quizás implique la pedagogía de destacar el carácter de ese nazareno. Es decir, llamar/nos a la reflexión para conocer y reconocer quien es el Cristo.

La lectura tienta a las miradas interesadas: un Cristo belicoso, bravo con los mercaderes y los que afrentan la verdadera religión, un Maestro que expulsa a los inadaptados e incorrectos. Pero no podemos quedarnos en ese plano.

No es Cristo quien debe adaptarse a nuestros pequeños y escasos esquemas, sino por el contrario, nuestras existencias las que deben transformarse por su presencia y en su enseñanza. Eso que llamamos conversión.

En aquellos tiempos, el Templo de Jerusalem era el centro de toda la vida judía, tanto de Tierra Santa como de la Diáspora, y especialmente en las grandes festividades concurrían peregrinos de todos los rincones. Los preceptos cultuales indicaban que debían ofrendarse animales +corderos, becerros y los pobres, tórtolas o palomas- para los sacrificios. Lógicamente, esos animales no se acarreaban consigo, y debían adquirirse en los lugares permitidos, ubicados en los patios del Templo. A su vez, sólo determinadas monedas eran aceptadas, pues muchas de ellas eran motivo de impureza por su origen -monedas romanas, griegas, etc-. Es dable también suponer que ese enorme negocio reportara beneficios a las autoridades del Templo, quizás al Sumo Sacerdote.

El Templo era el centro de la vida judía, sitio de encuentro entre Dios y su pueblo, pero una abundante mediación onerosa se interponía a la fé.

Allí puede comenzar a vislumbrarse el significado más profundo. Hay un desplazamiento que es muchísimo más grande que el escándalo de los animales en estampida, o de las monedas volando por el aire, o el estupor de los cambistas. El encuentro entre Dios y su pueblo acontecerá ahora en la persona de Cristo Resucitado, y no en la piedra y los ornamentos. Por ello mismo anuncia la restauración del templo verdadero, su Cuerpo.

Volvamos al inicio de estas líneas: quien es este Cristo?

Es Aquél en donde se cumplen todas las promesas de justicia. Es Aquél en donde verdaderamente encontramos a Dios. Es Aquél que es inapreciable, el mayor tesoro que no puede comprarse pues todo es Gracia infinita de un Padre que entrega a su Hijo para salvarnos, y por el que sus hermanos también son templos vivos y latientes del amor del Altísimo.


Paz y Bien



El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre que nos ama de manera incondicional

 




Para el día de hoy (06/03/21):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11b-32




La predicación de esta parábola acontece por la plena iniciativa de Jesús de Nazareth en circunstancias muy puntuales: arreciaban las críticas y murmuraciones contra Él porque compartía la mesa con publicanos y pecadores, es decir, con aquellos que nadie invitaría a comer, ni se juntaría de igual a igual.

Pero la fuerza de su enseñanza es también revelación: frente a los que están muy interesados en la destrucción, en el silencio impuesto, en el desprecio, Él ofrece -vivo retrato de su Padre- la posibilidad de una vida plena, de una infinitud al alcance de todos los corazones sin excepción, y es mucho más que una simple alternativa.


El Dios de Jesús de Nazarethes muy distinto al Dios de los escribas y fariseos de todas las épocas, el que se oculta tras abismos de eternidad y al que se accede mediante mediadores entrenados y cumpliendo con rituales y normas exactas, ése Dios de rictus siempre severo, perfecto juez y ejecutor de castigos, el Dios de unos pocos, lejano y desentendido de las cosas humanas.


El Dios de Jesús de Nazareth es Padre y más aún, es Abbá -papá, pá, papi, tata- maravillosamente cercano, rebosante de paciencia y compasión que a nadie rechaza.

Es el Dios que propicia la celebración cuando una hija o un hijo extraviados regresan y se reconstituyen en humanidad y dignidad desde ese perdón entrañable, fruto primero de su amor inagotable.


Es el Padre paciente que aguarda el regreso, que sale al encuentro, que abraza, que se viste de fiesta, que convida su alegría, que nos renueva con su vino y su mesa plena, el que tiene en cuenta que todos son hijas e hijos amadísimos por los que se desvive, antes que señalar todo el mal que se han hecho o han provocado.


Ese Dios es asombroso: aún cuando otros hijos se pongan celosos o circunspectos -porque a los que han regresado no se los reconviene, antes se celebra- para ellos su herencia, la vida misma, es dada en su totalidad.


Nosotros amamos a nuestros hijos, a nuestras familias, a nuestros amigos con afecto profundo. El Dios de Jesús de Nazareth ama de modo similar, pero su intensidad es inexpresable porque no hay palabras suficientes para contar la magnitud de esa bondad.

El Dios de Jesús de Nazareth ama a todos, aún a los que crucificarán a sus hijos, a todos y cada uno de nosotros por lo que somos, por como somos, por lo que podemos ser, desde nuestros nombres y apellidos, desde esa identidad única e intransferible.


El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre que nos ama de manera incondicional


Paz y Bien

Sigue habiendo muchos usurpadores de la alegría

 





Para el día de hoy (05/03/21):

Evangelio según San Mateo 21, 33-46



No era nada fácil seguirle los pasos al Maestro, a Él no le preocupaba el qué dirán, ni las amenazas, ni los desprecios ni -mucho menos- embestir contra ciertas tradiciones y costumbres perversas que sólo oprimían. Así sería considerado un blasfemo, un revoltoso, un irreverente, un subversivo, un impuro, un maldito y, por ende, los que iban con Él también.

Además, andar por sus mismos caminos implicaba un despojo de un importante bagaje de preconceptos, prejuicios e ideas predeterminadas que resultaban muy difíciles de abandonar.


En esa ocasión, estaba en pleno recinto del Templo de Jerusalem cuestionando a sumos sacerdotes y a nobles de Israel, y la multitud lo escuchaba: ellos, fariseos y herodianos, habían usurpado en su exclusividad corazones y esperanzas del pueblo, la viña del Señor. En sus jerarquías espúreas de poder, habían rechazado con violencia a los enviados en la búsqueda de frutos buenos.

Ahora, iban a desechar a Aquel que es la vida y razón de todo destino, la piedra angular que sostiene al universo, y por ello mismo su mundo falaz se derrumbaría.

No es un castigo, claro está, esa sería la mentalidad de los usurpadores, un dios vengador y punitivo. Su derrumbe será consecuencia de sus acciones, de todo lo que han dejado de lado, de su consecuente y tenaz rechazo de la Salvación que les llegaba gratuita y generosa.


Hoy también nos asusta la postura profética de Jesús de Nazareth; no nos resulta fácil andar con Él.

Nos vuelve a decir que mucho de lo que creemos inconmovible, habitual y establecido poco tiene que ver con el Reino, y que por lo tanto puede y debe cambiar. Que sigue habiendo muchos usurpadores de la alegría, objetores de cualquier felicidad, especialistas en negar la felicidad de tantos, los mismos que hoy son capaces de vender como esclavo al hermano que es capaz de soñar, como José en estos desiertos.


Pero a pesar de todo, con temor y seguramente con algunos temblores, no nos derrumbaremos si nos aferramos a Aquel que siempre nos sostiene.


Paz y Bien

El Reino acontece aquí y ahora

 





Para el día de hoy (04/03/21):

Evangelio según San Lucas 16, 19-31




Ese hombre vivía de banquete en banquete, lujosamente vestido y muy bien acompañado. Sin embargo, ese hombre carece de nombre en el relato, se ha disuelto su persona entre lujos, se ha disipado su identidad en el cerrado culto a su ego.


A su puerta, como un desecho que se evita y se ignora está Lázaro, pobre de toda pobreza, suplicante de migajas sobrantes que calmen su hambre, cubierto de llagas en su piel, revestido de marcas de esas llagas de miseria y exclusión, es ignorado con pavorosa constancia desde esas mesas de banquetes fútiles, del despilfarro, de la riqueza obscena; sólo tiene como compañeros unos perros solidarios que lamen sus llagas.

Llamativamente, no se dice si es un hombre religioso o nó lo es, si confía, si es santo o pecador. Para él no hay banquetes, ni compañía ni vestido. Lo que cuenta es su dignidad humana menoscabada, humillada, ignorada. Entre ambos, hay un terrible abismo de injusticia.

Aún así, para Jesús de Nazareth él sí tiene nombre propio.


Ambos -el hombre rico y Lázaro- finalmente mueren.

Lázaro es llevado al señor de Abraham por los ángeles, pues a nadie tiene, no hay nadie que se ocupe de su sepelio; pero también, es símbolo de esa vida para siempre, de su permanencia y preferencia en las honduras del corazón de Dios.

En cambio, el rico es enterrado y no tiene otro destino que su mismo perecer definitivamente; por eso habitará la morada de los muertos sin esperanza.


Imaginar que la Palabra nos refiere solamente a circunstancias post mortem, especificadas de acuerdo a los méritos vividos, es un error grosero bastante cercano a la postura del rico de los banquetes. El Reino acontece aquí y ahora, y la Salvación tiene el perfume y el color del hoy, presente santo, tiempo de Dios y el hombre, y al igual que esos ángeles nos toca ser mensajeros de noticias buenas para quienes han quedado relegados al olvido y la miseria.


Hay un compromiso concreto y pendiente: que no haya más hermanos que apenas sobrevivan entre la basura, y que otros tantos no desperdicien sus existencias siendo causa de esos dolores, por acción o por omisión.


Es el compromiso de la Gracia, es la Buena Noticia de la plenitud


Paz y Bien

Las almas de los hijos se agigantan cuando se vuelven servidores del prójimo

 





Para el día de hoy (03/03/21):  

Evangelio según San Mateo 20, 17-28


Jesús sube a Jerusalem, y no es sólo una cuestión física o geográfica, sube a la Ciudad Santa a asumir el horror, el espanto de la tortura y la cruz, el desprecio máximo, el ser considerado blasfemo, delincuente abyecto, subversivo consumado. Aún cuando parece que en estos menesteres brutales la humanidad se repliega a la oscuridad, Él sube porque es su alma la que asciende a la expresión máxima del amor.

Con el Maestro van los Doce, y no tanto algunos discípulos más cercanos, quizás señalándonos que el camino de sus amigos, su comunidad, la Iglesia sea camino de sacrificio y entrega desde la mansedumbre para la vida de los demás.


Y la Pasión será cuestión de la humanidad, no un hecho acotado a Israel: por ello mismo el Maestro señala que será condenado a muerte por escribas y fariseos y que sus ejecutores serán paganos -romanos-, víctima pacífica de la torpe violencia imperial.


Pero la Pasión no está completa si no se comprende el rechazo de los suyos, de los que pretendidamente lo conocen, de los que en apariencia están cercanos: los discípulos reniegan de ese Mesías derrotado que ha de morir, están imbuidos por una teología de la gloria y el éxito, del imponerse sobre todo enemigo, de un Salvador con un poder terrenal y celestial absolutos.

Este Cristo no se condice con lo que ellos esperan, y quedará plasmado en el reclamo de la madre de los hermanos Santiago y Juan.


Sin embargo, aún en el error, es una madre que busca lo mejor para sus hijos. Por ello su pedido de gloria y prebendas para los hermanos Zebedeo. Es la misma ideología de jerarquías y renombres, de poder y privilegios que, aún hoy, sigue fuertemente enquistada en nuestras realidades.

Pero Jesús conoce el corazón de esa madre y no la reprende; se limita a mencionar apesadumbrado que no sabe lo que pide, y que ellos -Juan y Santiago- no han entendido nada.


Lógicamente, se desatan las furias entre los otros discípulos, y la causa es evidente: la madre de los Zebedeo se les ha adelantado a sus propias ansias. No hay nada más molesto que descubrir en el otro las propias miserias.


Pero el Maestro es tenaz, no se resigna al modo en que solemos hacerlo con frecuencia: por ello la contraposición, por ello el llamado a estar atentos a la seducción del poder. Los poderosos dominan y oprimen a las naciones en provecho propio; las hijas e hijos de Dios crecen y sus almas se agigantan cuando se vuelven servidores del prójimo, en exclusivo beneficio de los otros.


Él lo sabía muy bien, y desde niño: su Madre con toda justicia se sabía esclava del Señor, y por ese corazón la historia ha cambiado el rumbo hacia tiempos luminosos.


Paz y Bien

La batalla diaria contra el egoísmo y la soberbia

 





Para el día de hoy (02/03/21):  

Evangelio según San Mateo 23, 1-12



La polémica ya estaba abierta desde hace tiempo, y las invectivas del Maestro -frente a una multitud y a los Doce- no iba a pasar desapercibida.

Jesús de Nazareth cuestiona gravemente las actitudes y enseñanzas de escribas y fariseos: la mención a la cátedra de Moisés no es abstracta, pues se refería al sitio -silla o mueble- desde donde se impartía la enseñanza oficial de la Ley. Desde ese lugar, esa Ley que se había constituido como instrumento de liberación para Israel, se había tornado en una carga insoportable para el pueblo, imposible de cumplir y que además provocaba la exclusión de muchos, una religión para una limitadísima elite.


Sin embargo, el problema no estribaba en el cúmulo de normas, sino en quienes las imponían.

Ellos ataban cargas en los cuerpos y corazones de las gentes, pero a nadie auxiliaban para que esa carga fuera más ligera.

Ellos obligaban a los otros a actuar de una manera extrema -a menudo absurda-, más ellos mismos se autoeximían del cumplimiento.

Ellos se aferraban al parecer antes que al ser y al hacer, ellos eran la pura exterioridad, la pompa, el boato, los rótulos de autoridad y veneración.


Pero en la cátedra de la Gracia de Jesús las cosas son bien distintas.

La estricta observancia no pasará por los códigos de conductas religiosas y sociales a seguir, sino por el amor que se encarne a cada instante. Todo lo demás puede llegar a ser importante, pero lo que nos define en humanidad es la caridad, que se expresa en el servicio generoso y desinteresado al otro.


En la batalla diaria contra el egoísmo y la soberbia, vamos viajando del yo en búsqueda del tú para arribar al buen puerto del nosotros.


Paz y Bien

Sólo nos llevaremos con nosotros lo eterno

 





Para el día de hoy (01/03/21):

Evangelio según San Lucas 6, 36-38





Hay varias cosas de las cuales tenemos certeza, y otras tantas que damos por supuestas, creyéndolas saber o comprender.


Por un lado, la certeza de que esta vida es limitada, finita y muy escasa, es decir, que inevitablemente moriremos. Desde allí, la mente humana a lo largo de la historia ha tejido múltiples sucedáneos que le ayuden a sobrellevar lo inexorable de la existencia, especialmente en el plano religioso.

Sin embargo, hablamos aquí acerca de lo que solemos crear como sucedáneos o escapatorias y creencias convenientemente acomodadas a nuestras necesidades; así solemos dejar de lado el anuncio maravilloso de la Buena Noticia de Jesús, la sorprendente e increíble acción de la Gracia que llueve como agua buena sobre todos, sin excepción, la contundencia inesperada de una vida que no finalizará jamás.


A la vez, articulamos en nuestras conveniencias cierto comercio espiritual o bien una modalidad de un dios castigador que nos espera severo en nuestro final, dispuesto como juez y verdugo eficaz de acuerdo a los méritos o deméritos acumulados.


No es así el Dios de Jesús de Nazareth.

El Dios de Jesús es Padre y Madre que dispensa amor infinito a todas sus hijas e hijos, y su justicia se expresa en la misericordia, un corazón sagrado puesto para siempre en la raíz de nuestras miserias.


Reconocer a Dios como Abbá ha de ser entonces nuestro rumbo y nuestro distingo, la existencia toda puesta allí en donde florece el dolor, renegar de una vez y para siempre nuestra postura de espectadores que apenas se conmueven con el sufrimiento ajeno cuando pasa de largo. Es hacerse próximo/prójimo, asumir como propia la cruz del hermano, que el sufrimiento compartido -com pathos- se hace llevadero.


Cuando sea el tiempo de irnos, todo quedará, dinero, bienes, torpezas, afectos partidos, banalidades, todo lo que perece.

Sólo llevaremos con nosotros lo eterno, lo que permanece para siempre, la compasión que hayamos ejercido y la misericordia a la que nos atrevamos.


Paz y Bien

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