Asomarse al infinito









Para el día de hoy (21/07/16):  

Evangelio según San Mateo 13, 10-17




La gente más sencilla se asombraba del modo en que Jesús de Nazareth les hablaba y enseñaba las cosas de Dios, a partir de ejemplos y situaciones tomadas de la vida cotidiana. Nadie había hablado antes como Él.

Pero los discípulos, sus amigos, preguntaban porqué hablaba de un modo tan claro a ellos y por medio de parábolas a los demás. No lo comprenderían en plenitud hasta Pentecostés, pero ellos bebían cotidianamente, del Maestro, de las mismas fuentes del misterio insondable de Dios.

Por ello mismo la necesidad de las parábolas, que son mucho más que una metodología específica de enseñanza o una forma literaria útil. Las parábolas son gratas ventanas para que las gentes se asomen al infinito, al misterio divino.
Además, la misma rítmica de las parábolas implica una enseñanza progresiva en la que subyace una cuestión fundamental: el tiempo propicio, el crecimiento de la semilla, la germinación, los tiempos propios de cada persona y de cada comunidad. Todo ha de tener su tiempo para brindar frutos buenos, y en ese ámbito la fé también tiene un carácter frutal, corazones que poco a poco se enderezan al sol de la Gracia, para que la existencia se transforme en alabanza y oblación perpetua de amor y señal indudable de misericordia.

Aún así, es claro que hay muchos que añoran la oscuridad, las sombras de los prejuicios y un rencor a menudo maquillado de buenas formas, especialmente cuando el Evangelio nos pone frente a disyuntivas cruciales, la radicalidad de vivir según la justicia de Dios o los cálculos mundanos. Hay evidencias que a veces se intentan demoler porque comprometen, oídos obturados y miradas tabicadas por la soberbia y la falta de compasión que nos duelen mucho más cuando las percibimos en la propia familia eclesial.

La fé es don y misterio que ha de cultivarse a diario, a cada instante, y la fé que se hace vida es un milagro santo y un mandato ineludible del Cristo que nunca nos abandona, y que nos sigue abriendo esas ventanas de eternidad todos los días, en la mesa del Pan y la Palabra.

Paz y Bien

Nada se pierde







Para el día de hoy (20/07/16):  

Evangelio según San Mateo 13, 1-9





Cuando contemplamos las lecturas del día, es útil a la reflexión situar el contexto en el cual el Maestro enseñaba, nos impulsa a profundidades que podemos pasar por alto en la superficie de la pura letra. No obstante ello, es importante recordar que los Evangelios tienen una doble vertiente, la enseñanza de Jesús de Nazareth a los hombres y las mujeres de su tiempo y la enseñanza para todas las mujeres y los hombres de todos los tiempos.

Así, no es difícil imaginar que gran parte de los oyentes de Cristo era versados en las cosas de la tierra, la siembra y las cosechas; muchos de ellos eran agricultores y campesinos que escuchaban con agrado la enseñanza del Maestro, pues Él hablaba en su mismo idioma de cuestiones que vivían a diario. Quizás nosotros hemos perdido parte de esa capacidad de dialogar con el hombre y la mujer de hoy a partir de lo que viven, de lo que les pasa.
Pero esos hombres sabían bien lo difícil que se hacía a veces arrancar frutos a una tierra que no siempre era fértil sino bastante árida, pedregosa y arenífera, los duros esfuerzos de sol a sol en búsqueda del sustento, la gratitud expresada en la fiesta de las cosechas, pues en sus huesos habían conocido los esfuerzos de la siembra, y finales a menudo escasamente exitosos.

Para nosotros también, hijas e hijos de la Iglesia que solemos conocer las vicisitudes de la siembra/evangelización.
A menudo nos embarcamos en la inútil batalla del éxito y del fracaso, una ética diluida y mundana de ganadores y perdedores. A menudo todos los planes y esfuerzos parecen devenir vanos, tanta piedra sin germen, tanto asfalto que rechaza, tanta espina que agobia crecimientos. 
Y a los ojos del mundo hay una aparente colección de fracasos acumulados.

Bendito sea Dios. El que tenga oídos, que oiga. La clave no está en la pericia del sembrador, sino en la calidad de la semilla, en su fuerza escondida que es capaz de generar una cosecha asombrosa, de frutos generosos que no pueden someterse a los parámetros usuales, con la desmesura propia de la Gracia, del amor de Dios
Menoscabarnos con el éxito o el fracaso implica, en cierto modo, anticipar el juicio de Dios, el grato tiempo final. No nos pertenece.

Somos sembradores de una semilla única, y por ello hemos de ser sembradores tenaces y confiados porque hasta de las piedras puede brotar el bien, los frutos santos del amor de Dios. Nada se pierde, todo fructifica si se hace desde el servicio y desde la fé.

Paz y Bien





Familiarmente Dios






Para el día de hoy (19/07/16):  

Evangelio según San Mateo 12, 46-50




No era fácil, para una mentalidad tan cerrada como la de aquel tiempo, aceptar la novedad de Cristo. Quizás en términos más sencillos, es dable afirmar que no era sencillo andar por su misma huella y aceptarlo tal cual era: este Jesús rompía todos los moldes y derribaba todas las expectativas usuales que los demás imaginaban sobre Él, quizás por ello mismo intentando restringir su existencia a sus propios criterios.

Algo de ello repercutía en sus parientes. La afirmación tus hermanos precisamente tiene que ver con ello, es decir, con la pertenencia familiar-tribal nazarena, el férreo vínculo básico de aquellos que se vinculaban por parentesco, a menudo de tercer o cuarto grado -primos, primos segundos, etcétera-. Jesús no respondía a los proyectos que ellos habían diseñado para Él, no se había casado, no prolongaba sus raíces familiares, no seguía el oficio paterno y se había largado a los caminos a hablar de Dios de una manera extrañísima, muy distinta al Dios que les enseñaban los sábados los hombres doctos de su fé. Para colmo de males, Jesús de Nazareth no vacilaba en enfrentarse abiertamente con las autoridades religiosas, quienes no sólo lo despreciaban sino que peligrosamente lo vindicaban como blasfemo, toda una desgracia que podía hacerse extensiva a su familia, a sus parientes.
Todo ello tuvo como consecuencia que sus parientes -sus hermanos- creyeran que Él estaba fuera de sí, y trataran de buscarle para regresarlo a la pretendida normalidad y seguridad nazarena.

Quizás algo de ello se refleje en la lectura de este día. Sin embargo, hemos de desoír la tentación de la literalidad, de aferrarnos a la pura letra desdeñando profundidades y símbolos.
El reclamo de tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte no tiene que ver tanto con la presencia de esos parientes, sino más bien una referencia implícita a la sinagoga y a la nación judía.
Jesús de Nazareth era un fiel hijo de Israel, respetuoso de la historia y las tradiciones de sus mayores, y esa pertenencia también ratifica el compromiso de amor de un Dios que se encarna, en un tiempo concreto de la historia humana, que acampa entre los suyos. 
Madre y hermanos entre la multitud, reclamando que quieren verle -sinagoga y nación judía- es la exigencia para que Él vuelva a escuchar a la ortodoxia rígida sin misericordia y a su identidad única, no gentil ni impura, para que recobre sus cabales, para que reencauce su vida y se deje de hacer peligrosas tonterías.

Sin embargo hay más, siempre hay más. No se trata solamente de una dura réplica por parte del Maestro, sino de algo mucho más profundo y decisivo: Dios es Padre, y por ello todos los vínculos de la biología, la cultura y la nacionalidad quedan superados infinitamente por estos nuevos vínculos espirituales, lazos cordiales de aquellos que escuchan con atención y ponen en práctica la Palabra de Dios.

Más aún. Dios se revela familiarmente cercano, un amigo, papá, mamá, hermano, Hijo querido que nos impulsa los sueños y nos restablece todas las esperanzas en esta familia creciente que llamamos Iglesia.

Paz y Bien

Generación malvada y adúltera











Para el día de hoy (18/07/16):  

Evangelio según San Mateo 12, 38-42




El pedido que le hacen algunos escribas y fariseos a Jesús de Nazareth no tiene nada de inocente, ni hay en ella intención de encontrar la verdad.
Esos hombres eran prejuiciosos en el sentido literal del término, es decir, que de antemano tenían un juicio amoldado a las personas y a las ideas a través del cual todo lo tamizaban, Ese filtro falaz todo lo mediatizaba, por lo cual era improbable que se encontraran frente a la realidad de la gente y al ámbito espiritual. Así, para ellos el Maestro era un provocador heterodoxo que socavaba las férreas tradiciones instauradas, un provocador de intenciones obscuras, un blasfemo irredimible.

Quizás lo peor fuera que ese hombre hablara de Dios Abbá, un Dios tan cercano como Padre, un Dios que salía en busca del hombre y que se hacía historia, tiempo, amigo, vecino, Hijo queridísimo. Ello echaba por tierra la imagen que propugnaban, un Dios terrible, severo y eternamente distante al que sólo se accede a través de los reglamentos de los que sólo ellos son guardianes absolutos e incuestionables.
Pero además hay otra cuestión más terrena, capciosa, espinosa de envidias bravas: ese Jesús era un galileo pobre de la periferia, que no tenía formación académica -hijo de carpintero al que se le nota el acento provinciano- que se arroga la potestad de enseñar cosas de Dios. Inadmisible.
El pedido de una señal o signo refiere a esos criterios: si ese hombre habla en nombre de Dios, que haga algo sobrenatural que vindique lo que dice, y así desdeñan todos los gestos de bondad, todas las señales de sanación, todos los signos de liberación que el prodiga a pura bondad.

La respuesta del Señor es durísima. Escribas y fariseos pertenecen a una generación malvada y adúltera que reclama un signo.
Malvada pues su soberbia obstinación impide que florezca el bien.
Adúltera, pues los esponsales amorosos de Dios con Israel han sido reemplazados por el maridaje de ellos con sus propios egos, con sus ambiciones de poder, con sus desprecios encendidos, con su perenne torpeza autorreferencial que no admite al otro.

La mención al profeta Jonás es la rebeldía del amor de Dios, del Reino aquí y ahora; Él no se somete a ese interrogatorio que busca la aprobación de esos hombres de religiosidad opresiva sin corazón. El profeta estuvo oculto en el vientre de la ballena y luego de tres días emerge en Nínive anunciando un mensaje divino de conversión.
El Señor estará tres días en el vientre de la tierra -tumba inútil- y emergerá resucitado, signo definitivo del amor de Dios que prevalece sobre la muerte. Algo más que Jonás, algo más que Salomón, algo más que la simple imagen de un Mesías conveniente adaptado a nuestros criterios mezquinos, solución temporal de algunas neurosis sin conversión, sin existencia transformada.

La urgencia de pasar a una vida bondadosa y fiel.

Paz y Bien




Marta y María, hospitalidad, Iglesia






16° Domingo durante el año

Para el día de hoy (17/07/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 38-42



Jesús de Nazareth no tuvo casa propia: de niño su hogar era el de José de Nazareth. Ya hombre e inmerso en su misión, su hogar estaba en Cafarnaúm, la vivienda familiar de Pedro y Andrés, adonde regresaba con sus amigos en busca de reposo, calidez, volver a enfocarse, aunque a menudo las multitudes suplicantes de consuelo y auxilio no lo dejaban ni comer.

En otras ocasiones a sus anchas en sitios insospechados, mesa de publicano y fariseo, pan compartido con miles en el campo. 
La escena que nos ofrece el Evangelio para este día sigue esa tonalidad: nos encontramos en Betania, en la casa familiar de Lázaro, Marta y María. No debemos perder de vista que el Maestro está camino a Jerusalem, a su Pasión, a la cruz, y que Betania es prácticamente un arrabal de la Ciudad Santa dada su cercanía, unos pocos kilómetros.
El Evangelista Lucas omite la mención a Lázaro, quizás en aras de destacar que al Maestro no le importaban demasiado ciertas convenciones férreamene instaladas, como aquella que definía que ningún rabbí entablaría diálogo con mujeres, ni mucho menos ingresaría a una estancia en donde sólo estuvieran ellas.

Parece mentira que veinte siglos después sigamos discutiendo estas cuestiones.

Pero allí, en casa de Marta y de María el Maestro se encontraba a gusto, en casa, y es sorprendente la familaridad en el trato.

María, sentada a los pies del Señor, representa al discípulo de Cristo que escucha atentamente su Palabra, que medita y guarda sus cosas en su corazón, lo que prevalece y no perece. Por eso nada ni nadie podrá quitárselo. Cristo es Palabra que llega a las honduras de cada corazón para quedarse.

Marta se afana en las tareas de la casa, en el servicio generoso y amplísimo al recién llegado, en trascendente clave de hospitalidad. Esa hospitalidad es clave: hace al viajero sentirse en casa, al caminante le descubre hogar cordial desde la caridad, desde un amor afectuoso, incondicional. 
Marta no se equivoca -para nada!-, su servicio es imprescindible, pero a menudo hay que suplicarle que se detenga un rato, que haga una pausa en donde ese amor no falte, que beba nuevamente la Palabra, el verdadero reposo, el auténtico descanso. No hay reproche en el Maestro, sólo palabras afectuosas a una amiga entrañable que se ha dispersado en pos de los demás.

Hospitalidad es la clave. El Señor no tiene casa, su hogar está precisamente en la casa de sus amigos que le reciben con afecto y atención.

La Iglesia es hogar de Cristo, hogar del servicio y de la escucha que recibe al Señor y, por eso mismo, tiende una mesa grande para todos los viajeros de la vida.

Paz y Bien

La ruptura que se vuelve comienzo





Nuestra Señora del Carmen

Para el día de hoy (16/07/16):  

Evangelio según San Mateo 12, 14-21



En la lectura que nos brinda la lectura del día, lo tácito, lo que apenas se manifiesta y se acapara a los murmullos y los chismes sectarios, sale a la luz con la fuerza misma de un odio que parece ser devastador.
Si bien no está aquí, en el texto inmediato anterior el Maestro sana a un hombre de mano paralizada en la reunión en la sinagoga, en pleno Shabbat.

No hay semánticas en juego: es un evidente gesto de bondad, un bien concreto y tangible que realiza Jesús de Nazareth. Sin embargo, para los escribas y fariseos se trata de una terrible infracción a la ley que impera, un delito que no puede pasarse por alto. Por eso se confabulan en talante de acabar con el Maestro, de suprimirlo definitivamente. El Evangelista Marcos añade también que a este conciliábulo infernal se suman también los herodianos, conjunción de religión y política, palacio y altar.
Una espantosa tendencia que se repite a través de la historia, enarbolar banderas de muerte en nombre de Dios.

Este escenario desata la persecución abierta que desembocará en los hechos de la Pasión. Pero también implica una ruptura definitiva entre la enseñanza del Maestro y el sistema sinagogal, pues la decisión de matarlo supone su excomunión.

En cierto modo, hay un desplazamiento inadvertido que sólo es perceptible desde una mirada de fé, y es que lo sagrado ha sido desalojado de los Templos. Lo santo ya no habita los edificios de piedra y fasto, lo sagrado destella en plenitud en la persona de Cristo, templo y Dios.
El pueblo, las gentes más sencillas -los pequeños- lo saben antes que se lo enseñen, y por eso acuden en peregrinación hacia Él, santuario vivo y palpitante del amor de Dios. Todos son sanados, y no se trata de una contabilidad de sesgo cristiano, sino más bien del corazón inmenso de Cristo que prodiga el bien a todo aquél que acude en su busca, sin pedirle credenciales, a pura bondad y gratuidad. Allí hay un sitio para todos y cada uno de nosotros, para poner a sus pies todas nuestras miserias, todo lo que nos lastima, lo que nos doblega, lo que nos duele, con una tenaz confianza de liberación, con un feliz rescoldo de justicia.

Aún así, a veces la euforia gana baldosas. La psicología es precisa al respecto, a menudo la euforia es sólo la contracara de la depresión, es decir, la máscara de problemas que no se han resuelto. Aquí también pasa algo similar: a pesar del bien que se ha recibido, es menester permitir que la fé madure, que tenga raíces firmes, que tenga su proceso de crecimiento y maduración, y luego sí, anunciar con voz clara el paso salvador del Redentor por nuestras vidas. 

Toda la historia se encamina hacia Él, toda la historia encuentra en Él sentido y se consumarán los tiempos en el encuentro definitivo, como también estos escasos días que somos se magnifican a la eternidad de su mano.

Paz y Bien


Hambre de misericordia







Para el día de hoy (15/07/16):  

Evangelio según San Mateo 12, 1-8



A veces, la estricta observancia de preceptos sin bondad ni sentido trascendente deviene falaz, es decir, induce a error.
El Shabbat era muy importante tanto para la fé como para la nación judía: frente a los rigores del exilio y el peligro de disolución de su identidad y de su fé, la revalorización del Shabbat ocupa un rol fundamental.
En el Shabbat se rinde culto a Dios, se reencuentra la comunidad en oración y, por la prohibición expresa de actividades, favorece que las familias tengan tiempo para centrarse en los afectos luego de jornadas de trabajo a menudo extenuante.

Pero con el devenir de los años, se acentuó la importancia de las prescripciones propias de ese día, las abluciones, los ritos y no realizar actividad alguna -hasta usar un simple pañuelo, como ejemplo menor-. Cuando se pierde la perspectiva de lo importante, lo trascendente, lo que prevalece, se vuelve primordial lo secundario, lo instrumental.

El cruce del Maestro y los discípulos por un campo, y el gesto de amasar algunas espigas entre sus manos para aligerar los calambres del hambre. En sus afanes misioneros, solían obviarse las comidas y el descanso, y la escena los reviste de humanidad, los acerca cordialmente a nuestros andares. 
Rápidamente -otra vez la brizna en el ojo ajeno y la viga en el propio- se alza la voz crítica de los fariseos, porque ese gesto de comerse unos pocos granos vulnera la sacralidad del Shabbat. Hasta pierden de vista otra cuestión, y es que aunque en mínima medida, los discípulos toman algunas espigas que no les pertenecen.

La enseñanza del Maestro -el Sábado es para el hombre- regresa las cosas a su sitio, nos centra en la justicia. El Shabbat es importante, pero lo sagrado es la vida, y por eso mismo Cristo es Señor del Sábado, Señor de todos nuestros sábados en donde solemos extraviarnos de importancias que fingimos, y perdemos de vista lo crucial, la compasión y el amor.

Que Cristo sea Señor de todos nuestros sábados, de todos nuestros días. Y que nos atenace el corazón un hambre feliz de misericordia.

Paz y Bien


El yugo de Cristo






Para el día de hoy (14/07/16):  

Evangelio según San Mateo 11, 28-30



El texto que contemplamos hoy sigue una misma línea que pasa por el rechazo de las ciudades a los signos del Señor, el repudio manifiesto de escribas y fariseos a cualquier novedad que Él enseñara, y su reivindicación de los pequeños, los que no cuentan, los humildes.
Precisamente aquí vuelve su rostro hacia ellos. Son los que en verdad sufren la imposición de una Ley que hace tiempo ha dejado de ser camino de liberación, doblegados por un legalismo sin contemplaciones que a menudo menosprecia al pueblo por fuera de las élites que detentan la ortodoxia religiosa.

Los doctores y eruditos de ese tiempo imponían un legalismo alimentado por una casuística en donde la piedad hacía tiempo que no estaba. Al grato decir de Benedicto XVI, toda teología auténtica es una teología de rodillas, y en esos hombres sobreabundaba un pietismo acumulativo y calculador sin amor ni compasión.

En aquel entonces -y ahora también- se trata de la moral que se impone sin misericordia y que, por lo tanto, deja de ser ética pues no hay atisbos de bondad. A menudo ello se maquilla con aparentes buenas formas, persecuciones de guante blanco, compromisos políticamente correctos del templo hacia adentro, una religión de domingos sin encarnación que escupe esclavos a granel pues priva al mundo de la luz y de la sal.

Los pequeños, los humildes, aquellos hacia quienes Dios inclina su rostro paternal, son los que más sufren la imposición, pues no han perdido el corazón. Una religiosidad impositiva de la obligación perpetua, del miedo mórbido a un dios punitivo les quita el resuello y les aniquila las esperanzas.
El yugo era el pesado elemento que se utilizaba para doblegar la cerviz de los bueyes y hacer que andaran en yunta por los surcos y caminos, sin desvíos. En el plano humano es terrible, pues se doblega voluntad y conciencia en pos de una obediencia que no es tal, sino sumisión que no respeta libertad ni reconoce identidad.

El yugo de Cristo es suave y su carga liviana, pues no se trata de un cúmulo de normas que vienen a reemplazar a otras, sino de algo radicalmente nuevo y distinto, la unión a Su Persona que es justicia, liberación y paz desde el servicio alegre por los rumbos del amor, esencia misma de Dios.

Él es nuestra alegría, nuestra paz, la feliz carga que debemos encontrar en cada despertar.

Paz y Bien

La revelación a los pequeños






Para el día de hoy (13/07/16):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-27




A menudo la enseñanza que nos brinda la lectura de este día suele acotarse a los niños, a la infancia, quizás por la expresión del Maestro hacia los pequeños. Sin embargo, y a pesar de la muy especial atención evangélica hacia el cuidado y protección de la infancia, en este caso no se habla de ello.

Reflexionemos por unos instantes: en las lecturas de los días precedentes, nos encontramos con las severas discusiones entre el Maestro y los doctores y escribas, las autoridades religiosas y, muy especialmente, la fé reivindicada por ellos, que poco tiene que ver con la fé del Reino.
Hoy seguimos en esa línea.

Podemos advertir una contraposición entre sabios y prudentes y los pequeños. Sabios y prudentes, precisamente, refiere a esos hombres que se consideran completos, llenos por los saberes incorporados, por su cultivo mental que los pone por encima del pueblo al que suelen menospreciar por ese mismo motivo.
Mucha erudición, sin dudas, pero poca sabiduría y escaso corazón. 
La prudencia en realidad es el conservadurismo extremo que desdeña cualquier novedad, y que no tiene que ver con lo nuevo por sí mismo, sino cercenar por comodidad o por miedo cualquier germen de conversión.

En cambio, con pequeños no hace mención a una condición socioeconómica .-que es muy importante pues está intrínsecamente vinculada a la justicia- sino antes bien a la disposición cordial, vital de los que tienen una fé humilde, sencilla, a veces rústica y que sin embargo confían en Dios sin resignaciones. A ellos Dios se revela en plenitud, hacia ellos Dios se inclina con alegre y amorosa incondicionalidad, Dios de los anawin que esperan con todo y a pesar de todo.

Pero los sabios y los prudentes no son solamente los escribas y fariseos del siglo I, Están entre ellos los que reivindican una religiosidad exclusivista que suele despreciar a los demás, que repudia la religiosidad distinta, que nunca escucha a nadie excepto el discurso propio.

En la voz de los pequeños hay profecía, hay revelación y resplandece el rostro de Dios, y hemos de prestar atención humilde y afanoso servicio, el culto primero de la compasión y la misericordia.

Paz y Bien
 

Presunciones






Para el día de hoy (12/07/16):  

Evangelio según San Mateo 11, 20-24




Las invectivas contra las ciudades que hace el Maestro son durísimas; es el modo y la tonalidad propia de las admoniciones de los profetas de Israel exhortando a la conversión. 
Él se dirige puntualmente hacia dos ciudades, Corozaín y Betsaida, cercanas a Cafarnaúm y costeras al lago. Son galileas como Él mismo, pero a su vez son sede de importantes escuelas rabínicas y centros de estudios religiosos. 

A pesar de todo el empeño puesto en su ministerio, a pesar de todos los signos obrados allí, signos del Reino de Dios presente, no había allí conversión, no abandonaban la injusticia ni se esforzaban en vivir una vida justa de acuerdo a Dios. 
Pero allí prevalecía la presunción de saberlo todo, la autosatisfacción conformista que no admite pecados ni novedades, y también un condescendiente desprecio: Jesús de Nazareth es también galileo, pero acaso se trata sólo de un artesano de poblado menor, sin pergaminos verificables, un judío demasiado marginal al que no hay que darle importancia. Sólo el hijo del carpintero.

Los ayes se incrementan cuando hace referencia a Cafarnaúm: hemos de recordar que Nazareth es la ciudad donde se ha criado, pero Cafarnaúm -patria chica de Pedro y Andrés- es el núcleo que se convierte en epicentro de su actividad misionera, y adonde regresa en busca de descanso y calor familiar, y en donde su corazón sagrado brindará una multiplicidad de signos del amor de Dios, milagros de sanación, de purificación, de liberación.

La comparación es ineludible, y así se menciona a Tiro, a Sidón y a Gomorra. Tiro y Sidón como ejemplos de las ciudades gentiles, Gomorra como epítome de la degradación y la corrupción, en donde sin tanta soberbia hubiera acontecido una conversión humilde y sincera.

Las lecturas lineales y literales engendran fundamentalismos vanos y violentos, y poco tienen que ver con la Buena Noticia. 
No estamos aquí frente a una promesa de castigo exacto y demoledor, sino al preaviso de consecuencias horribles, producto de una ceguera elegida y tenaz, el no querer mirar y ver y reconocer en el bien prodigado la presencia de Dios. Eso es, precisamente, la auténtica des-gracia.

Nosotros a menudos también somos así de presuntuosos. Nos aferramos a las bibliotecas que hemos tragado, a la piedad calculada y rigurosa, pero la Buena Noticia parece que no nos incomoda ni nos desestabiliza. Permanecemos inalterables frente al paso bondadoso del Señor por nuestras vidas, e indiferentes a los signos de Salvación que el Espíritu suscita de continuo, especialmente su brillo en los ojos de los más pobres.

Quiera Dios que desertemos alegremente de todos los preconceptos y de esas soberbias que nos atan a lo viejo, a lo que perece y no crece.

Paz y Bien

Paz del discípulo, paz de Cristo





Para el día de hoy (11/07/16):  

Evangelio según San Mateo 10, 34 - 11, 1



La declaración de Jesús de Nazareth que hoy nos presenta el Evamgelio para este día es extraña, duramente paradójica: Él, al que reconocemos como Siervo manso y sufriente y príncipe de paz -ajeno a toda violencia- nos habla de que ha venido a traer espada, división, inquietud.
A simple vista, habría una contradicción con el mensaje de las Bienaventuranzas, por su profundo elogio y reconocimiento de los mansos y los pacificadores, como también en el mandamiento de honrar al padre y a la madre.

Pero hay más, siempre hay más. Es imprescindible ir más allá de la pura letra, y adentrarse en el calmo mar sin orillas de la Buena Noticia.

La fé cristiana implica una radicalidad total, el abandono de medias tintas acomodaticias, las convenciones que suelen expresar corrección política pero infidelidad al Evangelio. Vivir la Buena Noticia hasta las últimas consecuencias, aún cuando ello acarree todo tipo de problemas, inconvenientes, incomprensiones -a menudo de los más cercanos, de la propia familia-.

La fé cristiana es señal del amor de Dios y por eso signo de contradicción, pues se encarna en el mundo pero no es parte de él, pero muy especialmente el compromiso que brota de esa fé en Jesucristo tiene que ver totalmente con la Gracia, con el amor, con lo incondicional.

La fé cristiana, vivida en plenitud, no nos deja tranquilos. La fé no es un sedante de las expectativas que a todos nos angustian por igual. La fé cristiana es confiar en la persona de Cristo, y seguir sus pasos.
La fé cristiana es una alegre y convencida deserción de todos los facilismos y de esas tendencias a igualar para abajo que suele tener la globalización, la disolución de la identidad en pos de los negocios y la sumisión.

La paz del discípulo surge del perdón de Dios y de un corazón que sólo se afirma en el amor de Dios.

Paz y Bien



La religión del prójimo







15° Domingo del Tiempo Ordinario 

Para el día de hoy (10/07/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 25-37




En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, el odio y el desprecio que se profesaba hacia los samaritanos por parte de los judíos era enconado y extremo. Varios siglos antes, los asirios derrotan militarmente al ejército de Israel y ocupan Tierra Santa, enviando al exilio -principalmente- a la clase dirigente y a la élite intelectual y religiosa.
En amplias zonas se implantaron colonos extranjeros a los que se brindaba un sucedáneo de instrucción religiosa judía: de estos colonos y de cientos de matrimonios mixtos surge el pueblo samaritano; frente a la ausencia forzosa de la dirigencia religiosa -voz única de la ortodoxia oficial- los samaritanos continuaron, de un modo sui generis, el culto al Dios de sus mayores, observando la Torah y estableciendo el culto a partir de un nuevo templo situado en Garizim.

Al regreso de los exiliados, comenzaron los problemas. Los samaritanos fueron acusados de inventarse una religión que, en realidad, era una caricatura pervertida de la verdadera fé de Israel. Así los samaritanos eran herejes abyectos, traidores e impuros rituales absolutos sin remisión. Era creencia usual sostener que nada bueno podía provenir de un samaritano.

Precisamente del ejemplo de un samaritano se vale el Maestro para enseñar el rostro de la religión verdadera, que es el amor. No se trata de una provocación vana ni banal, ni de ofrecer una imagen que desde el repudio movilice reflexiones. 
Se trata, ante todo, de la mirada del Espíritu, de que en todas partes y desde donde menos se lo espera brota lo bueno, lo noble, lo santo.

El doctor de la Ley es un exégeta, un erudito en la Torah, que ha dedicado gran parte de su vida a adquirir esa experticia religiosa. En cierto modo, es un experto en su religión y por ende en su Dios, pero en verdad no sabe nada del prójimo.
Quiere que el Maestro le explique cuales son los pasos a dar para heredar la vida eterna, y ese criterio lo conduce a un error basal que sigue persistiendo hasta nuestros días, la acumulación de actos piadosos para obtener el favor divino. Sin embargo, esa postura -si bien devota- desoye y reniega de la Gracia, porque es Dios quien sale al encuentro del hombre, quien derrama bendición y salvación a puro amor, de modo incondicional y asombrosamente abundante.

La parábola de la que se vale el Señor para aclarar la mirada del doctor de la Ley, más que un recurso académico, es una invitación a adquirir una perspectiva nueva, distinta, amplia, y esa invitación se extiende también a cada uno de nosotros.
Es sorprendente el tono extrañamente secular, tan alejado de las convenciones rituales, y ello se halla en el levita y el sacerdote que pasan de largo frente al caído a la vera del camino. Esos hombres se atienen estrictamente a las prescripciones rituales: un caído a la vera del camino, asaltado por maleantes, puede estar muerto y es menester eludirlo para evitar la impureza ritual. 
La elusión es totalmente religiosa según los criterios imperantes, pero es una religión que ha descendido en humanidad.
En cambio el samaritano, ése mismo que ha sido condenado de antemano a una vida estéril e infame, quien se prodiga en auxilio y cuidado del caído, aún cuando seguramente no entrara dentro de su horizonte de obligaciones. El caído casi seguro es judío, y el desprecio relatado era recíproco, por lo que es sólo un obstáculo a sortear.

Pero esa secularidad expresa a un tiempo nuevo, el tiempo santo de Dios y el hombre: en lo cotidiano es en donde se transforma la existencia, y se brinda el culto verdadero a Dios en el hermano que es la compasión. 
Más aún: establece un nuevo concepto para saber quien es el prójimo. Lo usual es trazas círculos simultáneos de pares, es decir, el que profesa mi religión, el amigo, el vecino, el connacional y hasta allí nomás. Hay, a pesar de las limitaciones, una condición objetiva del prójimo.

Para el Maestro, el prójimo se edifica. Se trata de aprojimarse, de hacerse hermano, de tener especial preferencia para con el caído, el descartado, el olvidado a la vera de todos los caminos de la existencia. Socorro y más también, la búsqueda de la plenitud del otro aún cuando apenas tengamos algunas monedas de misericordia y un poco de aceite de consuelo. Darse aún cuando lleve tiempo.

La fé cristiana es la religión del prójimo que se descubre y al cual nos acercamos, porque en el prójimo está el Dios de la vida y allí le rendimos culto.

Paz y Bien

Carta del Papa Francisco por el Bicentenario de la Independencia





En una carta dirigida al presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la víspera de la celebración del Bicentenario de la Independencia, el Papa Francisco ha enviado sus saludos y un mensaje a los obispos, autoridades naciones y a todo el pueblo argentino.
Reproducimos a continuación el texto de la misiva:

Ciudad del Vaticano, 8 de julio de 2016.

S.E.R.
Mons. José María Arancedo
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
Buenos Aires

Querido hermano:

En vísperas de la celebración del bicentenario de la lndependencia quiero hacer llegar un cordial saludo, a vos, a los hermanos Obispos, a las Autoridades nacionales y a todo el Pueblo argentino. Deseo que esta celebración nos haga más fuertes en el camino emprendido por nuestros mayores hace ya doscientos años. Con tales augurios expreso a todos los argentinos mi cercanía y la seguridad de mi oración.

De manera especial quiero estar cerca de los que más sufren: los enfermos, los que viven en la indigencia, los presos, los que se sienten solos, los que no tienen trabajo y pasan todo tipo de necesidad, los que son o fueron víctimas de la trata, del comercio humano y explotación de personas, los menores víctimas de abuso y tantos jóvenes que sufren el flagelo de la droga. Todos ellos llevan el duro peso de situaciones, muchas veces límite. Son los hijos más llagados de la Patria.

Sí, hijos de la Patria. En la escuela nos enseñaban a hablar de la Madre Patria, a amar a la Madre Patria. Aquí precisamente se enraiza el sentido patriótico de pertenencia: en el amor a la Madre Patria. Los argentinos usamos una expresión, atrevida y pintoresca a la vez, cuando nos referimos a personas inescrupulosas: "éste es capaz hasta de vender a la madre"; pero sabemos y sentimos hondamente en el corazón que a la Madre no se la vende, no se la puede vender... y tampoco a la Madre Patria.

Celebramos doscientos años de camino de una Patria que, en sus deseos y ansias de hermandad, se proyecta más allá de los límites del país: hacia la Patria Grande, la que soñaron San Martin y Bolívar. Esta realidad nos une en una familia de horizontes amplios y lealtad de hermanos. Por esa Patria Grande también rezamos hoy en nuestra celebración: que el Señor la cuide, la haga fuerte, más hermana y la defienda de todo tipo de colonizaciones.
Con estos doscientos años de respaldo se nos pide seguir caminando, mirar hacia adelante. Para lograrlo pienso -de manera especial- en los ancianos y en los jóvenes, y siento la necesidad de pedirles ayuda para continuar andando nuestro destino. A los ancianos, los "memoriosos" de la historia, les pido que, sobreponiéndose a esta "cultura del descarte" que mundialmente se nos impone, se animen a soñar. Necesitamos de sus sueños , fuente de inspiración. A los jóvenes les pido que no jubilen su existencia en el quietismo burocrático en el que los arrinconan tantas propuestas carentes de ilusión y heroísmo. Estoy convencido de que nuestra Patria necesita hacer viva la profecía de Joel (cf. Jl 4, 1). Sólo si nuestros abuelos se animan a soñar y nuestros jóvenes a profetizar cosas grandes, la Patria podrá ser libre. Necesitamos de abuelos soñadores que empujen y de jóvenes que -inspirados en esos mismos sueños- corran hacia adelante con la creatividad de la profecía.

Querido hermano pido a Dios, nuestro Padre y Señor, que bendiga nuestra Patria, nos bendiga a todos nosotros; y a la Virgen de Lujan que, como madre, nos cuide en nuestro camino. Y, por favor, no te olvides de rezar por mí.

Fraternalmente

Francisco




Tupasy, hablale de nosotros







Nuestra Señora de Itatí

Bicentenario de la Independencia Argentina 

Para el día de hoy (09/07/16):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-47



Tupasy Itatí, Madre Santísima, aquí estamos nuevamente buscando tu consuelo y celebrando tu compañía y protección.

Siempre estás llegando, y entre tus manos orantes están las esperanzas, las alegrías y los dolores de todo el pueblo. Y adivinamos con serena alegría a nuestra gente en tu mirada de ojos profundos, maternos, cálidos.

Todo lo que falta, che sy. Todo lo que fuimos, lo que somos, lo que podemos ser.
Los pobres y los niños. Los abuelos. Las mujeres y los jóvenes.
Los que las maquinarias de la exclusión desprecian, los que los razonadores de miserias castigan, los que demuele la corrupción, todos ellos, todos nosotros ansiamos tu amparo maternal. 

Tantos caminos por andar, Señora, tantas ingratitudes que desanudar, tanta desunión que sortear, tantas heridas que sanar. Tantos desencuentros, María, tantos.

Aún así, lo primero: seamos libres, lo demás no importa nada, lo demás viene después.
En la huella de nuestra liberación, que siempre debe germinar, reconocemos tu presencia fiel, tu compañia inquebrantable.

Tupasy, hablale a tu Hijo de nosotros. De nuestros mayores y de nuestros hijos, una Patria de mesa grande, casa común que es bendición y debe aún reverdecer en justicia.
Hablale de nosotros para permanecer fieles, humildemente íntegros, fraternalmente solidarios, tenazmente esforzados en el bien del hermano y en el cultivo cordial del nosotros.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que permanezcamos dignos a la Buena Noticia de tu Hijo, nuestro hermano y Señor Jesucristo.

Taupéicha

Astutos como serpientes, sencillos como palomas












Para el día de hoy (08/07/16):  

Evangelio según San Mateo 10, 16-23




La fé cristiana es profética pues tiene en su centro el anuncio de la Buena Noticia del amor de Dios y, a su vez, la denuncia de todo aquello que se opone a Dios, a la vida, a la libertad. Una fé que anuncia y denuncia sin menoscabos, sin desequilibrios pseudopiadosos.

El Maestro sabía que ese compromiso iba a traerle graves problemas a los suyos, toda vez que su misión entrará en franca contradicción con los poderes del mundo, aún  cuando no se busque pelea, aún cuando la intención vaya por otro lado. El compromiso de los discípulos de aquel tiempo y de todos los tiempos será percibido como una amenaza, a pesar de que a menudo se esbozasen discursos peyorativos que busquen ridiculizar o ningunear al amor. 

Llamativamente el consejo del Señor no suena demasiado bien. Serpientes y palomas no resultan a simple vista seres congruentes, más aún, son hasta contrarios, antípodas unos de otros.
La serpiente es escurridiza, peligrosa aunque pequeña, hábil y sagaz a la hora de moverse. 
La paloma representa la mansedumbre, la paz, la sencillez en el obrar, el corazón ligero que es capaz de volar.

En apariencia, la brecha entre ambas es insalvable. Pero estamos en un tiempo nuevo, el tiempo santo de Dios y el hombre en donde todo es posible, donde los imposibles se cumplen, pues sólo requieren un poco más de esfuerzo y tiempo.
Desde esa perspectiva no hay contradicción entre la paloma y la serpiente. Por el contrario, reviste al discípulo de una conciencia crítica de lo que acontece a su alrededor, para no fugarse de la realidad, para no sucumbir al miedo, para no desdeñar la inteligencia, perspicacia que es creatividad al servicio del Reino.

Con astucia y mansedumbre es como se entabla diálogo con el presente que nos toca vivir, pues no vamos inermes a la misión, aún cuando estemos rodeados de peligros. El Espíritu del Resucitado nos guía, nos nutre, nos alienta y sostiene.

Paz y Bien


Testigos del amor de Dios





Para el día de hoy (07/07/16):  

Evangelio según San Mateo 10, 7-15



El día de ayer contemplábamos la convocatoria del Maestro a los apóstoles así como la misión que les encomienda: vocación y misión tienen el distingo de la confianza que Dios ha puesto en los suyos.

La lectura que nos ofrece la liturgia del día continúa esa línea de reflexión. El Maestro envía a los suyos a los caminos, con la misión definida, y así brinda algunas consignas que ayudarán a los suyos en la fidelidad a esa misión, para que su identidad no se altere ni disuelva frente a los embates del mundo.

Curiosamente, parece un manual de instrucciones curiosamente profano. Tiene poco de lo que usualmente se considera religioso, sacralmente ritual, ajeno a los rigores del culto establecido. Más aún, es marcadamente humano: curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios. Vida y salud son las señales primordiales del Reino de Dios aquí y ahora, las señales que el Maestro le hizo llegar al Bautista para que constatara su identidad en su corazón, señales también de la presencia de Cristo entre nosotros.

El cómo es muy importante, pues es también parte del mismo amor, de la misma fidelidad. La feliz deserción de todo interés personal. El hacerse hermano de aquellos a quienes se anuncia la Buena Noticia, ser parte de su existencia, de su cotidianeidad, de su huella. La confianza en la Providencia de Aquél que nunca nos abandona. Andar ligeros de elementos y cosas, señal de corazones ligeros, de corazones vacíos de lo que perece, de corazones ricos en Dios.

Contra las bucólicas o románticas ingenuidades, Jesús de Nazareth advierte también de que a menudo los enviados no serán bien recibidos, no la pasarán bien, deberán afrontar el golpe del rechazo sin motivo.
Hay que seguir, siempre hay que seguir, nunca quedarse.

Porque no se trata de sumar cabezas ni de ganar adeptos, sino que es una tarea de sal y de luz, testigos del amor de Dios en el mundo que a menudo no tienen mucho que decir porque toda su vida es un Evangelio vivo en donde se palpita Gracia y misericordia.

Paz y Bien

Convocados y enviados






Para el día de hoy (06/07/16):  

Evangelio según San Mateo 10, 1-7



La convocatoria acontece por decisión de Jesús de Nazareth, y ello es fundante, pues la iniciativa es del Cristo que nos llama, el Cristo que establece comunidad, el Cristo que convida a su mesa. 

Los convocados son Doce discípulos, un número importantísimo para la memoria de Israel: a partir de las doce tribus, el Dios de Israel edifica un pueblo que llevará su bendición y portará la esperanza y las promesas, un pueblo surgido de un milagro de liberación al ca lor del crisol del desierto.
Por ello la convocatoria de los Doce representa el querer de Dios y, a su vez, la conformación de un pueblo nuevo cuyos vínculos no serán ni la sangre ni la pertenencia nacional sino la cercanía a Cristo, la unión con la Persona que los ha llamado, un pueblo que se identifica ante todo por el amor que encarna.

Así los discípulos son enviados con preferencia a Israel: la compasión es lo que motiva todas las acciones del Maestro, y precisamente es toda esa multitud en abandono, las ovejas sin pastor, las tribus que se han dispersado en la miseria impuesta y en el pecado cometido, misión que restablecerá los vínculos fraternos que se han extraviado y los llevará a su plenitud en Aquel que en verdad da sentido a todo. 
A menudo, antes de internarnos en amplios proyectos debemos retornar a las fuentes primeras que nos constituyen, y en el envío de los suyos hay también parte de ello.

La misión, por el poder que no es de ellos pero que se les ha confiado, es decididamente humana, tan humana que no puede tener otro origen que el mismo Dios. Sanar, perdonar, liberar, purificar, tarea de amor y misericordia que anticipa el Reino aquí y ahora.

En los nombres de los enviados -apóstoles- podemos entrever una multiplicidad de orígenes y caracteres. Es un hermoso indicio de la savia cordial que los une, que destaca diferencias en la comunión que prevalece.
Pero lo que cuenta, a pesar de las debilidades, a pesar de los traidores, es la confianza que Cristo ha puesto en sus apóstoles, pues sabe que con su auxilio y en su Nombre superarán todos los imposibles en la asombrosa sintonía de la Gracia.

Paz y Bien





Salir a los caminos






Para el día de hoy (05/07/16):  

Evangelio según San Mateo 9, 32-38




Ovejas sin pastor define situación de indefensión, de abandono, de quebranto. 
Las ovejas sin pastor están libradas a su suerte, a merced de los embates del mundo, de los salteadores de caminos, de cuanto violento se les atraviese, vidas prescindibles, apenas un número menor en estadísticas que se manipulan. Una variable más para los razonadores de miserias, una ficha de intercambio para los declamadores mentirosos de justicia que nunca llega, la muchedumbre que traga sus penas a la vera de todos los caminos, sin posibilidad de levantarse y andar, tiempos permanentes de oscuridad sin futuro, una constante de desesperación y angustias que se han hecho corrientes, cotidianas, cruelmente normales.

Pero no se trata de una alternativa más, de otra propuesta ideológica.
Jesús de Nazareth, al ver a las muchedumbres agobiadas, extenuadas sin respiro se conmueve. Desde las mismas raíces de su ser brota una compasión que lo moviliza, que le pone prisas, que lo hace salir de sí mismo e ir a su encuentro, y ese salir es el signo exacto del amor que es Dios, que es el Padre, Dios bondadoso rico en misericordia.
A las cosas, a los hechos. El Maestro salía al encuentro de las gentes, de cada persona enseñando, anunciando la Buena Noticia, sanando a los enfermos. Es la humanidad, es la plenitud humana lo que está en riesgo, y la tarea es grande. Nada más ni nada menos que llevar buenas novedades a un mundo viejo y enfermo de tinieblas.

Es menester suplicar al Dueño de la mies que envíe operarios, braceros, trabajadores para esta enorme tarea. Hombres y mujeres que encarnen la Palabra en sus existencias. Mujeres y hombres que se conviertan en signos del amor de Dios en el mundo, un mundo que se ha quedado mudo y sordo para la eternidad y la trascendencia, sólo permeable a lo vano, saturado de los demonios de lo transitorio, de las luchas sin sentido que nos imponen, de lo que perece, del egoísmo justificado que nos vá aislando cada vez más.

Una Iglesia que salga a los caminos, que no espere cómodamente instalada puertas adentro de sus miedos y su confort, que antes que a enemigos enconados se compromete a encontrar hermanos en todas las encrucijadas de la existencia, para mayor gloria de Dios.


Paz y Bien 

Fuerza vital





Para el día de hoy (04/07/16):  

Evangelio según San Mateo 9, 18-26




La gran discusión que sobrevuela el texto que hoy meditamos versa acerca de la pureza y la impureza, y tal vez en especial acerca de quienes son en verdad impuros y cual es el modo de purificarse.

No debemos perder de vista los acontecimientos inmediatamente precedentes que encontramos en los Evangelios, el abierto enfrentamiento de Jesús de Nazareth con la ortodoxia religiosa oficial, la contraposición entre la postura oficial y la Buena Noticia que se anuncia.
Precisamente, en ese ambiente y bajo esos colores adquieren un simbolismo profundo los hechos que sucederán a continuación.

El padre de la niña es un personaje importante en tiempos del ministerio del Maestro: como jefe de la sinagoga, es un laico de importante relevancia social y poder económico que ha sido elegido para el mantenimiento físico de la sinagoga, para ordenar y programar el culto divino, las lecturas de la Ley, la predicación y los comentarios de la Escritura.
Es ante todo un padre que ha perdido una hija, pero también expresa una religiosidad que ya no ofrece respuestas, que se vá muriendo cerrada en sí misma. 

Una mujer irrumpe en la escena con su desesperación a cuestas. Por mujer y por enferma -metrorragias continuas- es una impura sin remisión que debe abstenerse del contacto con cualquier persona; la impureza ritual se considera contagiosa, y a la imposibilidad de participar de la vida comunitaria y la fé de Israel es menester considerar el ostracismo obligatorio que debe aceptarse con resignación, pues toda enfermedad es un justo castigo o retribución divina por los pecados propios o de los padres.
Ella piensa que tocando el borde del manto del Señor sanará. No se trata de una superstición, que es una degradación de la fé, sino una profunda confianza en quien porta ese manto -tallit- cuyos bordes representan el nombre Santo de Dios, YHWH.

Dos mujeres. Una apenas asomando a la vida que parece arrancada de cuajo de la existencia, otra ya adulta a la cual la vida parece que se le vá de continuo tras las hemorragias que padece. Los doce años de sufrimiento son una referencia simbólica a Israel -las Doce tribus-, cuya vida se apaga en el goteo de una Ley sin corazón ni Dios.

Pero hay mucho más, siempre hay más. El pueblo está impuro, y la pureza no la encontrará realizando acciones tabuladas rigurosamente, sino por el encuentro y la fé en Aquél que ha venido a su rescate. Es Cristo quien purifica los corazones y las existencias desde la misericordia.

Con  la confianza del jefe de la sinagoga y de la hemorroísa, también nos acercamos a ese Cristo vivo y presente en medio de su pueblo, cuya fuerza vital aleja todas las muertes, y es en los sacramentos en donde nos acercamos a esa fuerza asombrosa que nos libera y nos plenifica por intermedio de su Iglesia, signos sensibles y eficaces de la Gracia de Dios que nos vuelven a decir cada día que la fé cuenta, y que desde la fé y el amor de Dios se inaugura un tiempo de milagros.

Paz y Bien

Sacudirse el polvo de los pies








14º Domingo durante el año

Para el día de hoy (03/07/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 1-12. 17-20





El Domingo pasado, cuando meditábamos el Evangelio de ese día, contemplábamos el envío de unos mensajeros a tierras samaritanas y cuyos esfuerzos respecto de la tarea encomendada resultan infructuosos. Si bien el contexto y la enseñanza respecto al día de hoy son distintos, el núcleo de la misión entre esos enviados y los setenta y dos de la lectura de hoy confluye en ir por delante del Maestro preparando el camino, pues su llegada es inminente.

Es tarea de precursores, y en cierto modo la misión cristiana nos refiere siempre a la figura y ejemplo de Juan el Bautista, allanando la huella y en humilde servicio para que las miradas se posen en Él.

La misión es testimonial y es veraz. Para el derecho judío, la validez de un testimonio debía estar avalada por dos testigos para que dicho testimonio tuviera un carácter legal y verídico, y de allí que los mensajeros sean enviados de dos en dos. Pero también hay un mensaje tácito que nos indica que la misión nunca es individual y que tiene un carácter comunitario: se trata de la identidad misma de una Iglesia que no se encierra, que sale a los caminos en las prisas del Reino aquí y ahora, y por ello no hay que llevar bastón, pues el hermano es mi bastón y soy, a su vez, el apoyo de mi hermano para que no caiga ni tropiece.

La urgencia se corresponde con la aparente pobreza de medios. Ello será ilógico a los ojos del mundo, pero se trata de confiar en la Providencia y de no aferrarse a nada que retrase los pasos o que desmerezca la misión.
Porque se nos envía en medio de lobos, de lobos voraces y brutales a veces, y otras tantas a las fauces de lobos tan peligrosos como los otros pero más sutiles, persecutores de guante blanco y formas en apariencia civilizada que pretenden diluir el compromiso en pos de la corrección política que no moleste, que nada cuestione, un Evangelio acotado a los templos que nada tenga para decir, una religiosidad de los domingos desencarnada de lo que acontezca a su alrededor.

Ir en contra de la corriente. Es una bendición la misión, milagro de confianza de Dios puesto en los discípulos y misioneros, todos nosotros.

A menudo habrá que sacudirse el polvo de los pies.
Como primera impresión, el gesto dice de un símbolo de repudio y castigo postrero, quédense ustedes con su rechazo y aguanten las consecuencias. Pero se trata más bien de quitarse de encima -y sobre todo, del corazón- esas actitudes de rechazo de la Buena Noticia, de exoneración de la paz. Porque aún a los que dicen que no y que nunca, también hay una esperanza y un tiempo ganado, y es que el Reino de Dios está cerca, está aquí, tan cerca que se encuentra al alcance de cada corazón.

Que sea Su voluntad, que sea la justicia, la salud y la paz.

Paz y Bien

La absoluta novedad de Cristo






Para el día de hoy (02/07/16):  

Evangelio según San Mateo 9, 14-17




Remiendo nuevo en vestido viejo. Vino nuevo en odres viejos.

No se trata de un juicio de valor, una cualificación de lo nuevo por sobre lo viejo o a la inversa. 
Se trata de poner en claro y destacar la absoluta novedad de Cristo, y es una novedad que no viene a modificar algunas cuestiones de la Ley -el remiendo- ni tampoco mantener viejas conductas para recibir y acotar la Buena Noticia del Señor -el vino nuevo y los odres viejos-.

Pero también hay otra cuestión importantísima y decisiva.
Para la mentalidad religiosa imperante en aquellos tiempos, de la cual muchos aspectos perduran, el universo de la fé está determinado por la acumulación de actos piadosos, reglamentados, los méritos acumulados que buscan la obtención de premios y/o recompensas -cierto capitalismo religioso si se quiere-, todo signado por el esfuerzo humano, la oración ampulosa y escrupulosamente formulada, el ayuno que se cumple según un estricto calendario, las abluciones rituales, la limosna exacta. 
El tiempo de la Gracia inaugurado por Cristo, el Reino aquí y ahora, es tiempo santo de Dios y el hombre en eterna mixtura, que se define por el infinito e insondable amor de un Dios que es Padre y de quien son todas las primacías, un Dios que se llega a nuestras existencias, un Dios que se dona por entero precisamente por amor incondicional y nó por los méritos que se van anotando en los cuadernos de contabilización espiritual.

La superación de la Ley implica atreverse a la alegría, a brindar con el vino nuevo de Cristo, y en esa alegría nos mantenemos porque Dios nos ama, porque es un Padre que se desvive por todos y cada uno de nosotros antes que el juez severo y punitivo de ciertos esquemas de rictus amargo, porque aún cuando nos hundamos en los marasmos del pecado, de las miserias por las que optamos, el Dios de Jesucristo aguarda ansioso nuestro regreso para la celebración y el abrazo, historia nueva que se edifica desde el perdón y la misericordia.

Paz y Bien 

Mesa de gratitud







Para el día de hoy (01/07/16):  


Evangelio según San Mateo 9, 9-13





La lectura que meditábamos ayer tiene continuidad teológica con la lectura que corresponde a este día: la Salvación que se ofrece generosa a la humanidad y que se manifiesta en la sanación del paralítico, se concretará en la vocación mateana.

Mateo/Leví tenía por oficio el de publicano, es decir, recaudador de impuestos al servicio del ocupante imperial romano. Su posición, a menudo, se utilizaba de modo extorsivo para provecho propio: nadie evitaría el pago de los tributos pues la evasión supondría rebelión contra el emperador, y la presencia ominosa de las legiones estacionadas en Siria lo garantizaba, brutalmente eficaces a la hora de reprimir cualquier conato rebelde.
Así el publicano era despreciado por colaborador del enemigo -un traidor-, odiado por explotador -un corrupto que explota a los débiles- y un impuro absoluto por estar en contacto permanente con el extranjero y, muy especialmente, con su dinero. Como pecador cuyo pecado es de público conocimiento, se lo tiene en una estatura moral más abyecta que la de las prostitutas, y eso implica tácitamente un condenado sin remisión.

La postura del recaudador sentado a su mesa de los tributos, en donde se colecta a la fuerza el esfuerzo de los pobres, es también símbolo de un alma postrada en la miseria del pecado cotidiano, un pecado que a su vez le excluye de Israel, de la vida comunitaria, de un vínculo con Dios. Está muerto aunque aún respire.
Pero pasa el Señor, y su -Sígueme!- no es tanto una orden sino un convite inigualable de su autoridad que hace crecer cosas antes que cercenar otras, que restaura corazones, que inaugura un tiempo nuevo y santo.
El levantarse de la mesa de los tributos es símbolo de esa existencia restaurada, del mal que queda atrás, de la Gracia que todo lo hace posible.

Luego, el Evangelio nos sitúa en la casa de Jesús, y más que una locación específica se trata del ámbito de la Salvación, es decir, de la Iglesia, espacio de perdón y misericordia. Allí concurren otros tantos portadores del mismo estigma que llevaba Mateo, turbios por el mal que confieren a los demás, oscuros por un presente sin futuro a la vista en el que todo tiende a repetirse. Pero ellos se sientan a la mesa y comparten el pan, la vida, con Cristo y los discípulos, intuyendo que han sido invitados especialmente, con todo y a pesar de todo.

La mesa del Señor es una mesa de gratitud en donde nos descubrimos asombrosamente convidados a un horizonte nuevo junto a Cristo y sus amigos, una vida que se inaugura con todo un porvenir santo, un presente que reverdece y que anuncia otros mañanas mejores, mucho mejores, humildemente felices.
Una historia, cada historia que somos es una historia de misericordia si sabemos mirar y ver el paso salvador de Cristo por nuestras vidas.

Paz y Bien


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