Lectores del tiempo




San Antonio María Claret, obispo. Memorial

Para el día de hoy (24/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 54-59





Muchos de los hombres que escuchaban con agrado y atención al Maestro eran labriegos y pescadores. Por su oficio, no sólo estaban acostumbrados sino que les resultaba imprescindible analizar los signos del clima para poder organizar sus tareas, para que sus esfuerzos no resultaran en vano.
Así, sabían cuando vendrá un día de calor bravo, cuando un aguacero, cuando un viento que les podría voltear sus pequeñas barcas a partir de la interpretación exacta de todas las señales que el tiempo iba arrojando a su paso, día a día.

La lectura que la liturgia nos ofrece en el día de hoy es pequeña pero a la vez muy intensa. Lleva el imperativo impulso del Maestro para convertirnos en agudos lectores del tiempo, de sus signos más profundos, de una realidad trascendente que nos deja señales en el día a día, a cada paso, y que solemos dejar de ver, pero que aún así son señales imprescindibles para permanecer con vida, pero vivos en plenitud, no meros supervivientes aferrados a tablas vanas en los naufragios que nos acontecen o que también solemos provocar.

Entretejidas en la historia humana y en el mapa cierto de nuestras existencias, los signos del Reino, del paso Salvador de Dios están allí, tangibles, evidentes para ojos capaces de mirar y ver, señales que nos dirigen la mirada hacia lo que en verdad hay que prestarle atención, y es que Cristo estuvo, está y estará siempre presente en los grandes hitos de la humanidad y en los aparentes devenires rutinarios del día a día, cristo siempre presente, Cristo salvador, Cristo compañero, lluvia buena de la Gracia que nos fructifica.

Paz y Bien


Corazón sagrado en llamas



Para el día de hoy (23/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 49-53



Puede resultarnos complicada y hasta muy difícil de aceptar esta imagen bravía de Jesús de Nazareth hablando de manera tan apasionada, con su corazón sagrado en llamas, hablándonos de fuego, de crisis, de divisiones. Tan lejano está de esa fotografía que nos hemos hecho a medida, de un Cristo a veces ingenuo, inocuo, pura dulzura sin conflictos.
Porque Cristo es nuestra paz, pero no es nuestro sedante. Nos mueve y con-mueve sin resignarse jamás pero a la vez sin ceder a la tentación de la violencia.

En tanto que seguidores, amigos y hermanos de Cristo, nuestra vocación y nuestro horizonte es el Reino de Dios y la búsqueda incansable e insaciable de la justicia. Y ello apareja choques y riesgos a menudo extremos con los poderes del mundo.

La búsqueda del Reino es entrañable, nace desde las mismas honduras, no admite medias tintas ni tibiezas, fuego puro del Espíritu que nos enciende estas vidas que tanto se nos adormecen. 
Como los dolores de parto, que preanuncian la vida nueva en ciernes, han de existir fricciones y dolores y hasta separaciones, claro que sí. No es que se deseen, quizás se trate de consecuencias necesarias toda vez que nuestros pasos se encaminan a una vida nueva, que implica también relacionarnos con el prójimo de un modo novedoso y santo.

La fidelidad a la Buena Noticia es como una pequeña llama en medio de la oscuridad: pone en evidencia incuestionable el sitio en donde habitan las sombras. Allí está la división primera, que no es acusatoria, sino que es evidencia de quien se pone del lado de la vida y el amor y de todo aquel que supone a los demás como objetos a utilizar en provecho propio, escalones a pisar para ascender, materiales descartables por los que Dios no pasa.

En la Escritura, el fuego es el símbolo de la presencia sagrada.
Quiera Dios que toda la tierra se encienda de estos fuegos. Y que felizmente debamos descalzarnos más a menudo, ante la presencia de Aquél que nunca deja de buscarnos y cuyo rostro resplandece en los más pequeños.

Paz y Bien 

El administrador fiel





San Juan Pablo II, papa. Memorial

Para el día de hoy (22/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 39-48




A pesar de tantas vueltas, discursos, razonamientos y bibliotecas, todo se decide en la fidelidad, y es un término que tiene la misma raíz que la fé, es decir, fides, intrínsecamente ligados por el mismo amor que es esencia del Dios de Jesús de Nazareth.

Así entonces, el primer distingo de todo administrador honesto es que sabe bien que lo que administra no le pertenece. No se apropia jamás de lo que es ajeno, y pone toda su capacidad y todo su corazón al servicio de eso que se le ha confiado en el insondable contrato de la bondad. Sabe bien que no hay espacio para mezquindades, y que a pesar de todas las lógicas mundanas -la mezquina ratio del costo/beneficio-, está muy bien des-vivirse por los demás.

Un administrador fiel nunca olvida que el Dueño ha de regresar. En ese regreso se establece su horizonte, y más aún: Él ya está de regreso, ahora mismo. Por ello se mantiene en contacto permanente con Aquél que le ha confiado tanto, para saber qué hacer y cómo hacerlo. Es lo que conocemos como oración, escucha y plegaria.

Un administrador fiel nada exige, pues la confianza que se ha depositado en él es un pago infinito, asombrosamente desproporcionado, maravillosamente ilógico. Un administrador fiel es un hombre feliz por esa confianza que -él lo sabe en las honduras de su alma- no merece, y que sin embargo se le renueva con rotunda determinación familiar, cuestión de Padre y de Madre también.
Esa alegría inmensa de la confianza concedida deviene en servicio y en esperanza compartida con sus hermanos, y tenderá puentes, y reunirá a los dispersos, y conciliará los corazones enfrentados.

Un administrador tan fiel como San Juan Pablo II y tantas mujeres y tantos hombres que administran con pasión la Gracia de Dios.

Paz y Bien







 
 

Espera atenta



Para el día de hoy (21/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 35-38



Para ahondar en la enseñanza del Maestro, es preciso remontarnos a los tiempos de su ministerio; en la Palestina del siglo I -y antes también- la vestimenta usual se componía de una túnica principal que se pasaba por la cabeza y que, a su vez, tenía sendos orificios para los brazos, llegando hasta las rodillas o más abajo. Entonces, esos ropajes cuasi talares habían de ceñirse al cuerpo mediante una tela, un cinturón o un cíngulo de cuerda para permitir la libertad de movimientos, para moverse sin dificultades. Y las lámparas de aceite eran imprescindibles para poder andar en la noche, para no tropezar en la oscuridad.

Pero además de estas simples consideraciones prácticas, para sus oyentes judíos tenía también un significado simbólico muy especial, pues remitía la memoria colectiva a la noche de la Pascua primera, del comienzo del éxodo, del inicio de la liberación de la esclavitud.

La bienaventuranza que expresa Jesús de Nazareth es bendición de Dios para la felicidad: felices los despiertos, felices los atentos, felices los que esperan en Dios y a Dios. Siempre listos y dispuestos, porque estamos de paso, peregrinos confiados en un horizonte irrevocable de eternidad y liberación.

Porque Cristo regresará a consumar la historia, llevándola de su mano a la plenitud. Y Cristo ya está regresando, ahora mismo, habitando gustoso los corazones de los que se atreven a amar, esos mismos que mantienen encendidas sus lámparas a pesar de todas las noches cerradas, con el aceite de la compasión y la misericordia.

Paz y Bien

Lo que no nos llevaremos




Para el día de hoy (20/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 13-21



En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, lo que nosotros consideramos religioso y secular no estaba tan claramente diferenciado y más aún, las cuestiones religiosas influían directamente sobre la vida cotidiana, sobre el derecho a aplicarse, sobre la resolución legal de conflictos; y en ese orden de ideas, toda autoridad religiosa, además de ocuparse puntualmente de temas de culto y exégesis, también actuaban como jueces o árbitros en cuestiones específicamente sociales.
Por eso mismo, es que acude al Maestro un hombre con el requerimiento de que actúe de ese modo descrito, como juez y como árbitro frente a un conflicto de intereses hereditarios con su propio hermano, toda vez que Jesús era reconocido por las multitudes como un rabbí, como un maestro de las cuestiones de la fé y por tal apto a la hora de dirimir ese tipo de conflictos.

El Maestro se niega a aceptar intervenir en la querella. No le gustaba ese rol que solían adjudicarle. 
Pero además en esa situación contenciosa no se discuten las cuestiones principales, que son la codicia y la fraternidad. No se trata aquí de cosas o bienes a poseer, sino más bien de cosas o posesiones que se han apoderado de los corazones.
Porque el materialismo es causa de sacrificios humanos, pues en el ara del egoísmo se sacrifica al prójimo.

Cuando el otro no es mi hermano, directamente se resiente y lesiona el vínculo filial con Dios, aún cuando el rico de la parábola ofrecida haga gala de cierta pátina e cautela, prudencia y previsión.
Sólo es rico quien busca sin descanso el Reino de Dios y su justicia. A la hora de irnos de estos campos, ninguna cosa nos llevaremos.

A la hora de partir, lo único que contará será la caridad que hemos sido capaces de encarnar en nuestras existencias y en lo cotidiano.

Paz y Bien


Lo que no puede comprarse



Para el día de hoy (19/10/14) 

Evangelio según San Mateo 22, 15-21




Mucho se ha escrito y expresado acerca de lo que nos ofrece la liturgia de este domingo a través del Evangelio según San Mateo. La obediencia a las autoridades civiles, la licitud del pago de los impuestos, la separación de la Iglesia del Estado, todas ellas razonables y necesarias de reflexión, aunque los indicios, signos y símbolos, apuntan hacia otro lado.

Las cuestiones del poder a veces suscitan las alianzas más extrañas y contradictorias. Así, veremos en una misma postura hostil y tramposa hacia Jesús de Nazareth a herodianos y fariseos, habitualmente enemistados y aquí socios fervorosos. Es que los partidarios de Herodes reivindicaban los derechos imperiales romanos, toda vez que el César avalaba y garantizaba la corona de su vasallo Herodes; se trataba de una cuestión de conveniencias y privilegios. Por otra parte, los fariseos renegaban de cualquier contacto con los extranjeros, pues ello implicaba quebrantar las estrictas normas de pureza que regían religiosamente sus vidas, y en cierta forma despreciaban al opresor romano que humillaba a la nación judía.

La pregunta es falaz, pues cualquier respuesta traerá aparejadas al rabbí galileo consecuencias funestas. La negativa al pago de tributos es un crimen capital de sedición para el ocupante romano; y en la zona se encuentran estacionadas dos legiones a disposición del pretor para hacer cumplir la ley. Del mismo modo, una respuesta afirmativa implica legitimar, frente a esas multitudes que siguen al Maestro, al imperio que somete, explota y humilla al pueblo de Israel.

Pero esos hombres, fariseos y herodianos, olvidaban lo que Jesús de Nazareth pensaba acera del dinero, y que no se guardaba de expresarlo abiertamente.

La conclusión es tan evidente que solemos pasarla por alto, y es que las cosas del César no son ni tienen en nada que ver con las cosas de Dios.

Por eso es cordialmente natural que Cristo remita al César ese denario que a su vez lleva grabada la efigie del emperador, con títulos que lo deifican. Porque con la acumulación de esos tributos el César aumentará su poder, comprará voluntades y lujos, sostendrá legiones.

Ese denario y todos los denarios de todos los tiempos nada tienen que ver con el Reino. Más aún cuando el dinero pierde su carácter meramente instrumental y deviene en un fin en sí mismo.

Porque las cosas de Dios, la eternidad, la justicia, la solidaridad, la compasión y el amor no tienen precio ni pueden comprarse.

Paz y Bien 

La vida de Dios compartida




San Lucas, evangelista. Memorial

Para el día de hoy (18/10/14) 

Evangelio según San Lucas 10, 1-9




Si la conversión es el éxodo, el peregrinar de la esclavitud a la gloriosa libertad de las hijas y los hijos de Dios, sin lugar a dudas la misión es un perpetuo Adviento, ir allanando los senderos, preparando los surcos para la siembra santa, para despertar los corazones adormecidos y las almas resignadas porque Aquél que todos esperan -aún sin saberlo- está llegando. Y más aún, ya está entre nosotros.
Como Adviento, la misión ha de estar revestida de paz y con un manso tenor de alegría, fermento indispensable, vino del mejor para la fiesta de la vida.

Pero también hay una urgencia. Se trata de algo impostergable, urgentísimo, ni un instante puede desperdiciarse; en parte, se debe también al rotundo contraste entre nuestras mínimas existencias y la inconmensurable eternidad divina, que nos desnuda la exigua longitud de nuestros días.

En la tradición semítica, y especialmente bajo la ley mosaica, eran necesarios dos testigos con el fin de asegurar la verosimilitud de un testimonio, su fiabilidad, su veracidad incuestionable. Por eso la simbología de los enviados de dos en dos, pues la misión es misión de liberación pues se enarbola humildemente la verdad primordial, porque solos nada podemos, y porque especialmente la misión es comunitaria.

Quienes se hacen fieles a esta vocación misionera que es la vida cristiana, se aferran al absoluto que es Dios, a su bondad y providencia. Por ello mismo, no han de preocuparse por las cosas, equipajes y tantos otros menesteres razonablemente planificados. Ante todo, se trata de que los pies sean impulsados por la confianza de no ir solos, aún cuando se vaya abriendo huella en terrenos demasiado hostiles y peligrosos.

No se trata de hacer adeptos ni de sumar afiliados. Se porta una luz que no es propia, se lleva en el corazón una bendición que excede cualquier mensura, una bendición que hace que toda la tierra se haga santa, porque el Dios de Jesús de Nazareth se ha hecho hombre, se ha hecho historia y tiempo fecundado de infinito.

Y todo ese bien que puede prodigarse, merced a ese amor insondable de un Dios revelado como Padre y como Madre, es la alegría mayor y definitiva de que la vida de Dios, por Cristo y para siempre, es vida compartida, causa de toda felicidad, plenitud divina que por ello mismo es plenitud humana.

Paz y Bien

Vidas y corazones opacos




San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir. Memorial

Para el día de hoy (17/10/14) 

Evangelio según San Lucas 12, 1-7




La advertencia de Jesús no es menor. En esa multitud que se agolpa hambrienta de verdad, entre los discípulos, podemos descubrirnos a nosotros mismos expectantes también, inmersos en un mundo que se afana en superficialidades vanas y banales que sólo tienen por fruto la inhumanidad y la injusticia.

Él llama a despertarse contra el peligroso sopor de la hipocresía; en su raíz etimológica -hypokrisis- significa literalmente responder con caras fingidas, con máscaras, o sea, actuar lo que no se es. Es conservar una pátina agradable, simpática y a menudo convincente, pero que por debajo de ella se esconde lo perverso, lobos disfrazados de ovejas, corrupción, muerte, la pura exterioridad elevada a la máxima potencia.

Precisamente la hipocresía es la levadura de los fariseos. Las levaduras no se definen por ser fermento, sino más bien por el pan que a partir de ellas se obtiene. Y el pan de los fariseos es un pan individual, producto de egos inflamados, pan para unos pocos que no alimenta, un pan que separa, un pan que intoxica, un pan que vuelve opacas vidas y corazones. Como ciertos vidrios, existencias así no traslucen la luz del sol, sino reflejos tergiversados y convenientes en donde no cuenta el nosotros, en donde no hay espacio para el hermano ni, mucho menos, para Dios.

En cambio, el pan de Cristo -producto de la levadura del Reino- es el pan de la mesa grande, de la abundancia de la bondad, de la previsión por los que no llegan, de la vida compartida como algo digno de celebrarse en una fiesta inmensa a la que todos están invitados, un pan que alimenta y sustenta la existencia desde la cotidianeidad hacia la eternidad que se entreteje en nuestro aquí y ahora.
Se trata de un pan asombroso que nos vuelve transparentes a una luz que no nos pertenece, y que a todos los rincones debe iluminar. Se trata del pan que nos ensancha el pecho y nos clarifica la mirada, por el que nos damos cuenta de que todos somos hijas e hijos, valiosísimos en el corazón inmensamente sagrado de Dios. 
A su mirada de Padre y Madre amoroso, todos, sin excepción, somos importantes, valiosos, únicos.

Que nunca nos falte el pan de Cristo, el pan de Vida, el hacernos pan para el hermano.

Paz y Bien

Una voz libre




Santa Margarita María Alacoque, virgen. Memorial

Para el día de hoy (16/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 47-54




Un profeta, hombre que en su voz lleva el fuego y la libertad del Espíritu de Dios, jamás calla ni somete su voz. Mucho menos, morigera sus tonos por conveniencias, esa torpe costumbre acomodaticia hoy conocida como corrección política. Un profeta es un hombre de voz libre que anuncia las cosas de Dios y también denuncia todo lo que se le opone, es decir, todo lo contrario a la vida, a la justicia, a la libertad.

Jesús de Nazareth lleva a su plenitud las antiguas tradiciones de los profetas de Israel, siendo Él mismo un hijo fiel y cabal de su pueblo. No es un arribista ni un trastornado que busca deliberadamente la confrontación por la confrontación misma, una enfermiza agudización de las contradicciones. Las cosas como son en verdad, sin eludir ninguna consecuencia.
Así, sus palabras causan asombro: en la propia Jerusalem, en el sitio en donde se afirma el poder político y religioso de Israel, la ortodoxia y el unicato de dirigentes que a nadie escuchen, en sus mismos rostros les endilga lo que todos saben y nadie dice en voz alta. Esos hombres son asesinos de hecho o cómplices de homicidios de justos, esos hombres son opresores de sus hermanos, esos hombres son tumbas que andan, pues por fuera tienen una apariencia límpida y elegante, cuando en realidad sólo esconden en su interior corrupción y muerte.

Fariseos y doctores de la Ley, ambos afanosos defensores de la imagen de Dios que habían creado a su propia imagen y semejanza. Un Dios escondido en lejanías que ellos mismos escinden cada vez más. Un Dios vengativo y castigador, que puede manipularse mediante la acumulación de méritos piadosos y cumplimientos preceptuales, un Dios para unos pocos que excluye a tantos, un Dios al que se accede mediante cierta erudición de la Palabra detentada por una selecta élite que a la vez torna infranqueable el paso del conocimiento para el pueblo.
Es menester tener prudencia: esos hombres eran, a su modo, profundamente religiosos. Además de todos su gravosos errores y miserias, sostenían que defendían a Dios...como si éste necesitara defensa alguna.
Esos hombres hablaban de una caricatura, de una fotografía trucada, pero en nada tenían que ver con el Dios de Jesús de Nazareth, un Dios Padre y Madre que dispensa bendición y Salvación como el rocío del alba, un Dios que sale a buscar a sus hijas e hijos extraviados, un Dios que se inclina con entrañable afecto hacia los pobres y los pequeños, un Dios que inaugura su Reino como mesa grande, inmensa, fiesta de la vida para el pueblo.

Jesús de Nazareth no cedió ni al miedo ni a las conveniencias, aún cuando la sombra ominosa de la cruz estuviera allí, tan terrible y voraz.
Ay de nosotros si guardamos silencio cuando hay que hablar, desde la verdad, la justicia y la libertad.

Paz y Bien

Nuestro fariseo interior




Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Para el día de hoy (15/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 42-46



Si dejamos en suspenso por un momento las circunstancias históricas y religiosas del surgimiento de los fariseos y su particular influencia en el siglo I en la Palestina del ministerio de Jesús de Nazareth, nos queda para nuestra reflexión su ética y su religiosidad.
Y tristemente podemos percibir que no es una corriente o actitud religiosa acotada a una época determinada, sino más bien que persiste y que tiene raíces en nuestros corazones, a menudo con una conformidad feroz.

Es que ese fariseo que nos persiste es la minuciosidad en el cumplimiento de los preceptos y normativas, cierta puntillosidad ritual y una rigurosa adhesión dogmática. Todo ello, claro está, no está mal: en un tiempo como el nuestro, oscilante entre lo banal y lo relativista, afirmarse en esas cuestiones puede ser necesario y útil. Los problemas comienzan cuando esas actitudes y posturas devienen en lo único a ser tenido en cuenta, y así la fé traduce en la creencia en un Dios de premios y castigos, un Dios punitivo con la gran mayoría y premiador de unos pocos, un Dios alejado cuya voluntad se manipula mediante las prácticas piadosas.
Junto a ello, y en esos afanes fundamentalistas, surgen también las mentes críticas. Pero no se trata de un espíritu crítico, en el esfuerzo fraternal de buscar la verdad que libera, sino antes bien de señalar las briznas en todos los ojos ajenos. Jamás las vigas en los propios.
Es el vayan y hagan, es la declamación de lo que deben hacer los otros, es la fé sometida solamente el domingo, templo adentro, fé sin conversión que por ello se transforma en creencia común, sin trascendencia.
Es la religiosidad que reniega del prójimo pues sólo es capaz de encontrar algunos pares.
Es un corazón en donde está ausente lo que cuenta y decide, la compasión, la misericordia, la justicia, frutos mejores de la Palabra.

La postura del Maestro hacia fariseos y otros dirigentes religiosos siempre fué demoledoramente crítica. Pero es menester no perder de vista que no se trataba solamente de una tala que derriba, sino la angustia de ese Cristo que suplicaba la conversión de esos hombres de corazones petrificados.

Es imprescindible que el Maestro vuelva a repetir con voz fuerte esos ayes. Para despertarnos, y que nos duela, nos moleste, nos conmueva, para regresar y converger -convertirnos- a Dios y al hermano.

Paz y Bien

Cuando se agotan las formas




Para el día de hoy (14/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 37-41




Uno de los grandes motivos de controversia entre Jesús de Nazareth y los fariseos radicaba en la estricta observancia que realizaban estos últimos acerca de las normas y preceptos religiosos, establecidos por tradiciones y, muy a menudo, definidos por ellos mismos.
Esto implicaba la repetición a ultranza de gestos y ritos con exactitud y precisión, sin reflexionar demasiado -o nada- por su sentido o trascendencia: había que hacerlo y punto, cada uno era un rito reconocido y establecido que se cumplía a rajatabla.

En realidad, escondían tras de esa rigurosidad la creencia de que la Salvación, la bendición de Dios, era algo a obtenerse por los méritos acumulados, por las acciones piadosas. Y no está mal, claro está, llevar una vida piadosa en todos los ámbitos de la existencia.
El grave problema es suponer que la Salvación se obtiene a través de una matemática religiosa, y eso conlleva a afincarse en la pura exterioridad, descuidando la tierra fértil de los corazones.

Porque con Cristo se ha inaugurado el tiempo de la Gracia, de lo gratuito, de lo dado a pura generosidad y bondad, tiempo de amores, tiempo de la Salvación sin fronteras.

El conflicto entre el Maestro y el fariseo extrañado porque Él no realiza las abluciones previas a la cena habla de ello, y refiere a las formas perimidas, formas agotadas no tanto por antiguas sino porque se quedan en la superficie y no involucran un cambio profundo.
Porque el rito primero es la compasión.

Lo que cuenta y decide es todo lo que se hace con el fin de purificar el corazón de las cizañas del egoísmo, del yo antes, yo primero, yo sin prójimo. El modo es a través de la limosna, es decir, del darse a sí mismo, y no dispensar lo que sobra.

Pero más aún, no preocuparse demasiado por todo lo que suponemos que hacemos por Dios, sino antes bien, descubrir agradecidos todo el bien que Dios hace y hará por nuestras existencias.

Paz y Bien

Abandono y confianza



Para el día de hoy (13/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 29-32



Lejos de toda valoración moral, la intencionalidad de esos hombres que requerían de Jesús de Nazareth un signo que certificara su condición mesiánica refiere a esa necesidad de ver para creer, es decir, exigirle a Cristo que proporcione una prueba constatable, palpable por los sentidos y la razón.

Pero esos hombres también exigían un signo porque se consideraban interpretes válidos y únicos de toda verdad religiosa, fedatarios de toda ortodoxia, y el rabbí galileo -consideraban- tenía la obligación de someterse a su escrutinio. Y más allá de una lógica necesidad humana de saber y conocer, quedarse en el terreno de los signos sin viajar a los planos simbólicos, implica quedarse en las limitadas áreas cerebrales, y desertar del viaje santo hacia la tierra prometida de la trascendencia, que no puede acotarse ni mensurarse, y por ello es ámbito de la fé.

La fé es ante todo don y misterio. Pero en nuestros arrabales se enraiza en abandono y en confianza. En abandono de toda cómoda certidumbre menor -tan a menudo banal-, y en confiar cordialmente en el paso salvador de Dios por cada existencia, recinto ilimitado de verdad y amor y por ello, casa inmensa de justicia y liberación, de eternidad en el aquí y el ahora.

Desde esa postura de mujeres y hombres frutales -pues todos somos tierra fecunda que anda- no deviene necesaria la búsqueda de señales pues todo está allí, evidente a la fé y al amor, en la cercanía inmediata de los corazones.
Cristo ha abierto las puertas a esa tierra prometida de la Salvación y la vida por siempre; en nosotros, nuestros pasos rectos y eficaces han de recorrer senderos de conversión.

Paz y Bien

En las encrucijadas de la vida




Para el día de hoy (12/10/14) 

Evangelio según San Mateo 22, 1-14



La lectura que la liturgia para el día de hoy nos ofrenda posee dos aspectos muy importantes. 

Como si fuera un acorde colorido en una maravillosa sinfonía, nos descubrimos asombrosamente invitados por Dios con invitaciones personales, intransferibles -con nuestros nombres y apellidos- a la su gran celebración, al ágape, a la fiesta de la existencia en donde todos tienen sitial, en donde se celebra la vida, la paz, la justicia, el amor.
El signo es inequívoco: hemos sido soñados y convidados a perpetuidad para la alegría y la felicidad, con todo y a pesar de todo y de todos. Y aunque sepamos que somos pequeños y mínimos, Alguien nos espera aún cuando estemos a la deriva, extraviados por senderos confusos, en junglas de tristeza y de preocupaciones fútiles. Y se nos espera no por los méritos acumulados sino por el afecto entrañable de quien nos viene invitando desde siempre.

La otra cuestión fundante es la universalidad de esa invitación, y ello compromete. La invitación también es misión que moviliza, una Iglesia con vocación galilea y samaritana, desde las periferias de todas las existencias, los márgenes siempre sospechosos en donde nada bueno pasa ni se espera. Allí, en las encrucijadas de la existencia, agonizan los dolientes, los olvidados, los descartados, y languidecen con monótona rutina sin cambios buenos y malos, justos y pecadores, creyentes e incrédulos.
Precisamente, para el Dios de Jesús de Nazareth es allí en donde el envío de esas invitaciones tan personales ha de tener prioridad, y así la misión, la Evangelización, es misión de rescate y esperanza.

Pero también hemos de prestar atención a un distingo crucial, y es que esos invitados -todos nosotros- no han de ser espectadores pasivos, marionetas semicreyentes que dejan que todo suceda ante su mirada a veces atónita. El convite implica un compromiso desde el mismo momento en que puede aceptarse, rechazarse o ignorarse, y ello tiene sus consecuencias.
Porque no hay que desperdiciar esto que se nos ha concedido en cordial comodato y que llamamos existencia, y todas las sinrazones y desprecios conducen al menoscabo y a los horrores.

Es menester, quizás, volver a revestir el corazón de manera adecuada, para que la existencia vuelva a ser motivo de celebración antes que un mero acontecimiento biológico o social. Porque somos tierra fértil fecundada por el Espíritu de Aquél que jamás dejará de buscarnos.

Paz y Bien 

Bienaventurada




San Juan XXIII, papa. Memorial

Para el día de hoy (11/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 27-28



Quizás esa mujer que eleva su elogio en medio de la multitud fuera una paisana nazarena. O tal vez una vecina de Cafarnaúm, en donde el Maestro habitualmente enseñaba, o de Caná de Galilea, en donde su madre era conocida. Ciertas historias difusas -apócrifas- hasta le adjudican origen preciso y un hijo llamado Dimas, con tendencia zelota.

Más allá de todo ello, vayamos por la vereda sencilla, que por ello mismo no deja de ser profunda: se trata de una mujer, probablemente una madre, la que en realidad se dirige a otra mujer como ella a través del Hijo, un Hijo que suscita en ella asombro y admiración. Es una dicha compartida entre mujeres, entre madres, ellas y sólo ellas son capaces de comprenderle en las honduras de su significado, en sus entrañas, en su afecto y su sangre.
No podemos sino sumarnos a ese gozo incontenible, bendito sea el Hijo de María, y benditos sean también todos nuestros hijos, que amamos más que nuestras propias vidas.

Pero el Señor vá más allá porque es el tiempo de la Gracia, y hay más, siempre hay más.
Sin lugar a dudas María de Nazareth es bendita por haberlo llevado en su seno, por haberlo criado y cuidado, por lucir con genuino y humilde orgullo su condición de madre.
Pero María de Nazareth es mucho más, es Bienaventurada, es plena, es feliz para siempre porque ha escuchado con atención la Palabra de Dios y la ha conservado en la tierra sin mal de su corazón nobilísimo y puro.

María de Nazareth es Bienaventurada por Madre y por discípula, una creyente con una fé pródigamente frutal, una fé que se expresa en lo concreto, en lo cotidiano, que no se queda en la declamación o en abstracciones a las que uno se adhiere, sino que es el Espíritu Santo que la transforma, clave de todo destino, vino de todas las alegrías.

Y junto con María de Nazareth, justo y necesrio es recordar con afecto entrañable a un hombre de frutos santos, Angelo Giuseppe Roncalli, San Juan XXIII, que supo descubrir el paso salvador de Dios en su corazón y en su ministerio, y que nos ha legado el rostro joven y de mesa grande de la Iglesia del Concilio Vaticano II. Bienaventurado entonces también Juan, el Papa Bueno, tan de Dios y tan de su pueblo, todos nosotros.

Paz y Bien

Falacias



Para el día de hoy (10/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 15-26




En el ámbito de la lógica clásica, las falacias son argumentos que tienen apariencia de validez pero que de ella carecen, a la vez de ser razonamientos que inducen -deliberadamente en muchos casos- a error. 
Dentro de las distintas falacias, una de las más distintivas y usuales es la llamada argumentum ad hominem, en donde se cuestiona  la veracidad de una afirmación o postulado o enseñanza atacando moralmente a quien sostenga tal postulado. Su trampa estriba en no verificar la veracidad primordial o su evidencia, y es una constante en los submundos políticos y religiosos.
Para muchos, desacreditar a una persona es un pingüe negocio y una herramienta cabal, hasta necesaria, sin importar el bien que haga o pronuncie.

Jesús de Nazareth no fué ajeno a estas manipulaciones crueles. Escribas, fariseos y doctores de la Ley preferían endilgarle todo tipo de rótulos terribles antes que inclinar sus corazones ante la evidencia del bien que brindaba en abundancia, y así buscaban dos objetivos: desacreditarlo ante el pueblo e instalar un argumento necesario y suficiente para condenarle. De ese modo lograrían que el Maestro estuviera aislado y pudiera ser suprimida su voz profética, su voz nueva de Salvación.

Pero en general las falacias no son tan sutiles, y alcanza con tener la mirada atenta para derribar esas edificaciones fútiles y estériles. Es lo que hace el Maestro con el carácter demoníaco que le adjudican a su ministerio salvador.

Quizás, más grave aún es la telaraña que se enquista en los corazones de esos hombres falazmente juiciosos. Pues sólo la verdad nos hace libres, y en el nuevo tiempo de la Gracia, no importa tanto ser libre de como más bien ser libre para.
Porque la verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio.

Paz y Bien

Eficacia de la oración




Para el día de hoy (09/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 5-13




La Palabra de Dios requiere de nosotros una escucha atenta, una disposición cordial, y la capacidad de ir más allá de la letra, hacia el centro del corazón sagrado que la inspira. Es por ello que nunca nuestra lectura debe ser lineal: toda literalidad afecta esa escucha fundamental, y peor aún, es causa primera de todos los fundamentalismos, de cualquier laya o tendencia.
Es por ello que un acercamiento ligero nos indicaría que, al modo del personaje de la parábola, Dios atiende por cansancio o hartazgo. O solamente a los que insisten.

Nada de eso. Dios atiende porque es bueno, porque ama con cuidado de Padre y ternura de Madre.
El Dios de Jesús de Nazareth no actúa ni obra de acuerdo a que ha llegado a estar harto, o a egoísmos específicos, para quitarse los problemas o las molestias. El Dios de Jesús de Nazareth a nadie se quita de encima.

Este Dios siempre está en nuestras antípodas.
Nosotros solemos hacer cosas forzados por las coyunturas y las conveniencias individuales. Este Dios es infinitamente generoso, de modo incondicional.
Nosotros cuidamos a nuestros hijos del mejor modo posible; este Dios cuida a todos los niños, a todos los seres vivientes, sin límites ni exclusiones.
Este Dios es amor, donación perpetua, comunicación perfecta. Este Dios de continuo está amando, se está brindando, nos llama sin cesar.

Así entonces la oración cristiana será eficaz no tanto por las cosas o sucesos que obtenga, sino más bien por la tenacidad y el coraje en responder. Porque el paso primero, las primacías son siempre de ese Dios que nos llama, y el fruto es Espíritu Santo, persona y plenitud, la eternidad que se nos entreteje en nuestra historia, nuestras existencias fecundas por la presencia de Aquél que hace nuevas todas las cosas.

Paz y Bien


Aprender a orar



Para el día de hoy (08/10/14) 

Evangelio según San Lucas 11, 1-4




Dime como rezas y te diré quien eres. 

En la Palestina del siglo I, cada grupo religioso poseía una plegaria propia que actuaba como distingo de los demás, como identidad que definía conceptos y pertenencias. Así los discípulos del Bautista, los fariseos, los esenios y muchos más rezaban de un modo único, y quizás a los discípulos les extrañaba que Jesús no los hubiera entrenado en tal sentido. 

Pero ellos en parte -como nos suele suceder a nosotros- le tenían temor al silencio, y así la escucha se les hacía gravosa, casi imposible, y por eso la necesidad de encontrar una fórmula propia para repetir en el momento que fuere necesario, y en especial en las situaciones críticas. 
Y es imprescindible suplicarle al Maestro que nos vuelva a enseñar.

Aprender a orar, en el tiempo de la Gracia, es ponerse en la perspectiva de los hijos, de niños pequeños, de confianza y abandono sin temor.
Aprender a orar es redescubrir y afirmar sin ambages que Dios no es una deidad lejana e inaccesible sino un Padre cercano, un Padre que nos busca, un Padre que nos ama, un Padre que no descansa por nuestro bien. 
Es poner manos a la obra y corazón en rumbo hacia el horizonte maravilloso de la santificación de la tierra por el Nombre que todo lo hace posible.
Es rogar que acontezca aquí y ahora, ya mismo y sin demoras, el Reino de Dios que es justicia y paz, perdón y misericordia, amor y Salvación.
Porque sabemos que ese cielo no es tan lejano y que no hay imposibles porque somos hermanos del Resucitado, bregamos para que la voluntad de Dios que es la vida -y vida plena- se cumpla en todos los ámbitos.
Y no queremos que falte el Pan de vida ni el pan del sustento, para cada hija y cada hijo de Dios, allí en donde se encuentren.
Y sabemos que tenemos tantas miserias que abren heridas saladas, y que sólo por el perdón sanan los corazones, suplicamos con confianza. Para no caernos, para no abandonarnos, para no ceder a los miedos.

Que el Maestro nos conceda aprender a orar nuevamente, cada día, todos los días.

Paz y Bien
 


Rosario de esperanza





Nuestra Señora del Rosario

Para el día de hoy (07/10/14) 

Evangelio según San Lucas 10, 38-42



En el tempo monocromático e inhumano de una rutinaria cotidianeidad que se nos acostumbra a lo que perece, a lo que está mal, a todas las injusticias y resignaciones, el Santo Rosario irrumpe santamente humilde, con la cadencia inexplicable y asombrosa de los amores, con el perfume perdurable de los afectos que se enraizan en el infinito.

El Santo Rosario es corona de flores, rosas de martirio, vidas ofrecidas sin condiciones, pueblo que reza para seguir vivos nomás.
Salterio de los pobres que es aferrado con silenciosa pasión por los pequeños, por los anawin del Señor, esos mismos que no cuentan para nadie pero que son imprescindibles, que sostienen con su oración a toda la casa grande que llamamos Iglesia.

En cada cuenta se nos desgranan pacientemente los eslabones de la muerte que a diario nos sumergen en tantas sombras. En su santa sintonía, se nos vuelve a encender en la otra mirada el misterio de la Encarnación, de Dios con nosotros, de la eternidad en el aquí y el ahora.

Porque cuando decimos Rosario decimos María de Nazareth, y por eso decimos esperanza, decimos Madre de Dios, decimos mamá, hermana, amiga, compañera de caminos, decimos ternura amplísima, decimos que, con todo y a pesar de todo y todos, seguimos confiando, seguimos esperando, seguimos en pié porque nos atrevimos a poner el corazón de rodillas y nuestras manos prestas al servicio de los hermanos.

Paz y Bien

Aproximarse, aprojimarse



Para el día de hoy (06/10/14) 

Evangelio según San Lucas 10, 25-37



La parábola del Buen Samaritano es, sin lugar a dudas, conmovedora, pero a la vez sorprende por su secularidad.
El doctor de la Ley se acerca a Jesús con un talante escrutador, inquisitivo, bien diferente a un corazón humilde sediento de verdad. No se pueden negar sus conocimientos, más la erudición no implica necesariamente sabiduría; este hombre es experto en religión pero raso en cordialidad, y por ello busca de algún modo justificarse frente al elogio del Maestro, y a su vez formula una pregunta de modo falaz. Su pregunta induce a error pues supone una teorización pura, dogmática y objetiva, acerca de quién debe ser considerado como prójimo, es decir objeto de amor, de cuidado y de respeto. Ello lleva a una conclusión obvia y tácita: si el prójimo está determinado de antemano, algunos lo serán y otros nó.

Por eso mismo el Maestro responde con una pregunta. No intenta eludir, porque en realidad la pregunta del letrado lleva en sí implícita la respuesta. Pero se ha inaugurado un tiempo nuevo, un tiempo definitivo, el tiempo de la Gracia, el Reino aquí y ahora. Y en el ministerio de Jesús de Nazareth se revela la esencia misma de Dios que sale al encuentro del hombre, que se aproxima, que se aprojima, y que no hace distingos ni excepciones.
Para el doctor de la Ley -estricto en su exégesis específica de la Torah- prójimo es el que es hijo de Israel como él, o bien aquél que nacido en otras tierras pero que, residiendo en la nación judía, ha adoptado sus tradiciones, su cultura y sus costumbres. Así, todo aquél que no encaje dentro de estas categorías, no es digno de ese amor debido: aquí encontraremos a todos los gentiles/extranjeros, y a aquellos que viven una religiosidad judía a medias, sin voluntad de perfeccionarse, o impurificada deliberadamente como los originarios de Samaria, a quienes se profesaba un viejo odio enconado y un encendido desprecio ritual. De un samaritano nada bueno ha de esperarse, nunca, jamás.

En su parábola, el Maestro relata que un hombre baja de Jerusalem a Jericó, y la descripción es exacta, pues la Ciudad Santa se encuentra a aproximadamente 740 metros sobre el nivel del mar, mientras que Jericó a 350 metros. En el siglo I, las dos ciudades están unidas por un camino sinuoso, en parte nutrido por grandes formaciones rocosas que hacen posible que se tiendan emboscadas y se asalte violentamente a los viajeros, por lo que resultaba habitual que los viajes se realicen en caravanas. Por ello la mención a ese hombre solitario se corresponde, quizás, con ese riesgo latente, riesgo que asume y que le ocasiona un terrible gravamen: termina molido a palos y abandonado, descartado a la vera de la ruta.

Por allí pasan por el mismo camino un sacerdote y un levita, emblemas de la ortodoxia religiosa de Israel, ejemplos preclaros de una fé oficializada: a la vista del caído, cada uno a su tiempo, ambos pasan de largo. Quizás conozcan de antemano las precauciones que han de tenerse al transitar esa ruta, y por ello consideren que el caído es responsable de lo que le ha sucedido por ir solo. De algún modo, lo que le sucede lo tiene bien merecido. Pero en ellos dos priman las prescripciones de esa ley a la que se aferran con fanatismo, y ese hombre parece muerto, y las normas prescriben que no hay que tener contacto con un cadáver para evitar volverse un impuro ritual, y con ello impedidos -sacerdote y levita- de cumplir con sus funciones litúrgicas en el Templo. Desde el legalismo religioso, su actitud es exacta.

Sin embargo, de quien nada puede esperarse, el maldito, el odiado samaritano, es quien se detiene, que no se conforma con ser espectador. Lo mueve la compasión, es decir, asume como propio el sufrimiento del otro. El samaritano es, en cierto modo, el antirreligioso por excelencia: pero él no ha consultado el manual para saber quién es su prójimo. Él mismo se ha hecho prójimo del caído, del que molieron a palos y agoniza a la vera del camino, y no le pregunta ni pertenencias ni responsabilidades. Se aproxima, aprojima sin darle vueltas a la cuestión, sin establecer condiciones objetivas: hay alguien que sufre, y el socorro no admite demoras. 

Cristo ha revelado que el amor, esencia divina, tiene dos aspectos indisolubles, el amor a Dios y el amor al prójimo, ríos caudalosos de la misma agua fresca. Y en esa sintonía santa, el samaritano, como nadie, ha asumido ese amor, que está muy lejos de cualquier ritualismo, y que ha de vivirse en la misericordia y el socorro cotidianos.
Porque la única religión verdadera es la compasión.

Paz y Bien

Una viña que no nos pertenece



Para el día de hoy (05/10/14) 

Evangelio según San Mateo 21, 33-46



La viña, como símbolo, era muy cercana a la religiosidad judía: representaba al mismo Israel y a su Dios, dueño de ella. A todo ello, debemos añadir las tradiciones agrícolas de la Palestina del siglo I, así como también las particulares circunstancias imperantes en el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, con la proliferación de enormes latifundios y la tierra de cultivo en manos de unos pocos, dejando a una gran marea de labriegos rompiéndose la espalda para apenas llevar el pan a sus familias. Esa situación generaba tensiones y profundos resentimientos sociales.

Por ello mismo, los que escuchaban con atención al maestro lo comprendían con claridad. Este rabbí galileo hablaba su mismo idioma, el de la cotidianeidad, el de las cosas que le acontecían a diario, y a pesar de tantos siglos pasados, nosotros hemos perdido esa capacidad de diálogo con nuestros congéres y coetáneos, en lenguaje y empatía con mujeres y hombres de hoy.

La parábola que el Maestro refiere es durísima, toda vez que tiene por objetivo primordial a los dirigentes religiosos de Israel. A ellos los sindica como corruptos, ladrones y homicidas.

El gran problema es de los frutos, y la calidad y cantidad de esos frutos que se obtendrán obedece a lo que hagan los labradores y viñadores. El gran dilema expresado es más que moral, implica una ética enferma y torcida.
Porque a esos hombres y a ninguno de nosotros nos pertenece la viña. La viña es ajena, puesta allí para que dé frutos por el Dueño del campo en donde la vida florece.

Cuando se comete el gravísimo y grosero error de arrogarse/nos la propiedad de la viña, todo fruto deviene malo, y cualquier mensajero que haga retornar al camino recto, al camino de la verdad y la justicia, ha de ser suprimido y descartado su mensaje.
Cuando se suprimen mensajeros, no existen límites pues el único modo es la violencia. Y si se quiere, esta viña es una empresa familiar; por eso todo usurpador rechaza al Dueño y desprecia al Hijo.

Es una llamada de atención que no ha de ser pasada por alto. Ni por los pastores ni por nosotros, simples fieles.
La vocación de labriegos comienza por la confianza que ha depositado en nosotros el dueño del campo, servidores humildes y esforzados. Y cuando esta confianza se quebranta, comienzan la noche. Confianza y fé son distintos reflejos del mismo misterio insondable del amor de Dios.

La viña no nos pertenece. No podemos apropiarnos de lo que es ajeno. Hay que volver a dar frutos de servicio, de justicia y de mansa y humilde fraternidad.

Paz y Bien 




Hermano Francisco




San Francisco de Asís

Para el día de hoy (04/10/14) 

Evangelio según San Lucas 10, 17-24




Tu Dios, un Dios Altísimo pero a la vez asombrosamente cercano. 
Un Dios cuyo rostro resplandece en los pobres y en los más pequeños.
Un Dios que crea y cuida con mano bondadosa de Padre y Madre esta naturaleza que somos y que nos cobija.
Un Dios que salva, que perdona, que se hace familia, Dios de la vida, de la paz y del bien.

Porque toda creatura es afín a tu corazón. Porque toda mujer y todo hombre son tus hermanos, y desde esa fraternidad concedida y universal se edifica un mundo nuevo y la eternidad.

Como María de Nazareth, sabías que la fé es don y es misterio, y que es la causa primordial de toda alegría.

En tu sagrada pobreza, vuelves a reivindicar en tu silencio estruendoso que el verdadero poder es servicio, y que la única vida que tenemos es la que ofrecemos.

Tu persistente aroma a ovejas nos despierta los corazones y honra humildemente a toda la Iglesia. Porque el mandato de ser sal de la tierra no se cumple encerrado tras muros que han de defenderse de embates externos, sino que se plenifica y encarna allí mismo en donde están las gentes, tus hermanos dolientes, los que tan a menudo son descartados de cualquier existencia.

Pequeño e inmenso hermano del cuidado y del servicio generoso e incondicional. Evangelio viviente cuya sola presencia es anuncio y profecía, esperanza que nos viene empujando las comodidades y las resignaciones.

Que tu bondad nos despierte nuevamente. Que tu mansedumbre se nos haga estrella y horizonte. Que tu pobreza nos vuelva ricos en misericordia y en sonrisas compartidas, para que la vida vuelva a ser para todos un regalo inmenso al que se agradece con la sencillez de ser cada día más y más humanos.

Ruega con nosotros, ruega por nosotros, Hermano Francisco.

Y junto con Ignacio, protege los pasos de ese Pedro que ha elegido tu nombre y tu misión para reconstruir la Iglesia de Jesús de Nazareth desde los más pobres. Que nunca nos olvidemos.

Paz y Bien, queridísimo hermanito.





Ante los rechazos del mundo




Para el día de hoy (03/10/14) 

Evangelio según San Lucas 10, 13-16





Jesús de Nazareth y sus discípulos supieron pasar por momentos difíciles, complicados y hasta críticos en su caminar misionero. Así fueron tratados con inusitada dureza por los paisanos nazarenos del Maestro, así fueron rechazados en un poblado samaritano, así se enfrentarían a los espantosos días de la Pasión en Jerusalem.
Desde esos tres ejemplos y a partir de otros tantos similares, la tentación de sumergirse en las aguas turbias del éxito y del fracaso los llama con intensidad.

No está nada mal, claro que nó, utilizar esos criterios para la mensura de ciertas actividades específicamente mundanas. Pero su aplicación a la misión, al anuncio de la Buena Noticia, supone un error grosero que vá mucho más allá de un criterio de análisis erróneo, pues ante todo, somos mensajeros de un mensaje que no nos pertenece, que tiene fuerza y vida propias, infinitamente mayores que nuestros limitados esfuerzos.
Y por otra parte, está también la responsabilidad del que escucha y mira, acepta o rechaza, derechos y deberes que a todos, sin excepción, nos incumben.

Ante los rechazos del mundo, es posible reaccionar como los hijos de Zebedeo y de manera tácita o abiertamente, desear la destrucción flagrante de aquellos que rechazan las cosas de Dios, el castigo de los que no quieren escuchar y rechazan cualquier evidencia. O también, en otra polaridad aparente, autoevaluarse para ver qué es lo que hemos hecho mal o en qué cosas nos hemos equivocado.

Pero ante los rechazos del mundo, una es la exigencia: seguir, seguir andando sin detenerse. Y confiar. La misión es una cuestión de fé, un misterio insondable de bondad que no puede acotarse en módulos o esquemas mundanos.

Porque hay una cuestión asombrosa y hasta escandalosa en la confianza sin límites que se ha puesto en nosotros, y es esa confianza la que no permitirá que los tropiezos detengan nuestros pasos: Cristo se identifica plenamente con todos y cada uno de los misioneros que envía, y es la misión color y carácter primordial de toda vocación cristiana.

Siempre hay que seguir, jamás resignarse ni bajar los brazos.

Paz y Bien

En donde resplandece el rostro de Dios




Santos Ángeles Custodios

Para el día de hoy (02/10/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10



Las discusiones acerca de la preeminencia de unos sobre otros eran demasiado frecuentes entre los discípulos. A menudo desembocaban en furibundas controversias, dado que querían dejar bien claro quien era y sería el de mayor jerarquía, pues estaban seguros que el fin del ministerio de Jesús era restaurar la perdida corona davídica en Israel que restauraría su nación, que se impondría con violencia militar por sobre sus enemigos, que gobernaría ornado de poder y gloria muy mundanas.
Pero el Maestro, en todas esas ocasiones había respondido de igual modo y con la misma contundencia: el mayor es el que se hace como un niño, como el más pequeño, y más aún, el que se pone de lado e iguala al que no cuenta, al invisible, al insignificante.

Aquí debemos detener el paso por un momento, y recordar la situación de los niños en la Palestina del siglo I, especialmente entre la nación judía: un niño carece de relevancia y derechos, un niño es menos que una persona pues se le considera un hombre aún incompleto. Por ello Jesús de Nazareth se refiere a los niños y a los que son como ellos, insignificantes, irrelevantes, los que nadie presta atención, los que nadie escucha ni mira, los que no son tenidos en cuenta.

Esta afirmación del Señor tiene un significado amplísimo en su trascendencia, y unas consecuencias terribles para las mentes más estrictamente acartonadas. Porque el hacerse como niños implica anonadarse -hacerse nada-, volverse pobre y desprovisto de privilegios junto con los últimos entre los últimos, los excluídos, los olvidados. 
Es una conversión extrañamente secular, pues signfica converger la totalidad de la existencia hacia el hermano indefenso, el más pobre, el descartado por el mundo.

Pero el discípulo se convierte hacia los más pequeños porque sabe, por el Maestro, que en ellos resplandece el rostro de Dios, un Dios amorosamente parcial con el que sufre, un Dios que se inclina hacia donde menos se le espera. Y es un amor concreto, sin abstracciones, sanguíneo y a la vez profundamente espiritual. 
Es el coraje que reviste los corazones de aquellos en los que se ha hecho carne, existencia la Buena Noticia, aquellos capaces de asumir todas las miserias y pobrezas para que nadie más sufra, para que los últimos den un paso adelante, en justicia y fraternidad.

Porque olvidar a los pequeños es olvidar el amor de Dios que llueve primero en los sitios más ignorados, renegar de la Providencia y volverse sordo a esos Mensajeros de noticias buenas, siempre atentos a los corazones lastimados de los pequeños pues siempre están atentos al amor de Dios.

Paz y Bien

Rasgos del discípulo




Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Patrona de las Misiones

Para el día de hoy (01/10/14) 

Evangelio según San Lucas 9, 57-62




Jesús se encuentra transitando -la liturgia del día de ayer nos lo señalaba con claridad- Samaria, en camino hacia Jerusalem, peregrino hacia la cruz y hacia la Pascua, caminante obstinado de la Resurrección. 
Ha sido rechazado en un poblado de la zona, y ello mismo despertó las furias de los discípulos, tan errados como los samaritanos respecto de su misión y de su condición mesiánica; a pesar de ello, no es aventurado pensar que realiza el convite a seguirle a esos samaritanos despreciados y siempre sospechosos, porque el Reino no se caracteriza por exclusividades y particularismos. 
Precisamente, su tenor incondicionalmente universal desestabiliza corazones acartonados y desarma fraternalmente las armazones de exclusividad, en la asombrosa sinfonía de la Gracia.

A simple vista, las exigencias de este Cristo se nos vuelven durísimas, y ese rigor que sobrevuela, aparentemente, choca contradictoriamente con la universalidad proclamada. Parecería que, a causa de lo taxativo de lo que se requiere, los discípulos han de ser bien pocos.

Eso es un error, y un error grosero.

Se trata de darse/darnos cuenta de la raíz y razón primera, y es el Reino como valor absoluto de la existencia, frente al cual inclusive lo más valioso queda en un segundo plano, y adquiere un sentido nuevo.
Se trata de mirar con nuevos ojos.
Se trata de atreverse a vivir el presente en plenitud, sin atarse al pasado y a lo viejo, a lo que perece, a lo que está muerto.
Se trata de asumirse como caminantes, en el coraje dado de no afincarse en ningún sitio y más aún, no atarse a las cosas.
Se trata de correr riesgos, de hacerse marginal con el hermano caído a la vera del camino, descartado de la existencia. Y de confiar. Confiar sin desmayos, confiar porque la mano providente de Dios no nos abandona jamás.
Se trata de edificar futuro fermentando la masa informe de un presente desabrido.

Los discípulos, mujeres y hombres de fé llamados por Cristo en su amor infinito, no se resignan jamás, no bajan los brazos, no viven mirando hacia un pasado gravoso que por tal sólo es recuerdo. 

Los discípulos son labriegos que abren surcos para que la semilla de la vida plena germine y crezca frondosa, para albergar a tanto pájaro perdido, casa común, mesa grande de la Salvación.

Paz y Bien


ir arriba