Domingo de Pascua: El éxodo definitivo




Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Para el día de hoy (20/04/14):  
Evangelio según San Juan 20, 1-9



María Magdalena se encamina hacia el sepulcro al alba, cuando aún afirma su fuerza la noche pero, sin embargo, se intuye muy cercano el amanecer. Esa oscuridad refiere a la hora del día y refleja a su vez las sombras que pueblan el alma de María.

Pero a pesar de sus sombras, el amor que profesa es un amor que no se rinde, que no se resigna, que es augurio de que hay otro horizonte posible aunque la razón y los sentidos le indiquen lo contrario.

Probablemente, una lectura lineal nos señale que recién a esa hora se puede visitar la tumba del Maestro Amado, pues las rígidas prescripciones del Shabbat lo impedirían con anterioridad. Pero es menester mirar mas allá de lo evidente. Se trata del primer día de la semana pues una nueva creación acontece, un nuevo éxodo de liberación que no es tránsito sino que se revelará definitivo.

La enorme piedra del sepulcro está corrida, pero no se ha movido para permitir posibles salidas desde su interior; en realidad, es signo y presagio para las almas dolientes que se acercan a esa casa inútil de la muerte.

María de Magdala se horroriza, pues supone que ha sucedido al fin una afrenta postrera por parte de los odiadores religiosos, y es el hurto del cuerpo de Jesús, con el ánimo de borrar de la faz de la tierra todo recuerdo del Maestro, y también evitar que el sitio se convierta en un peligroso sitio de peregrinación para sus seguidores. Es una suposición justificada y razonable, más ella sigue pensando en el Maestro muerto. Aún la Resurrección no ha madurado en su alma, pero igualmente no se queda quieta en sus lamentos, y corre presurosa en búsqueda de Pedro y del Discípulo Amado.

El encuentro no puede ser más desparejo ni más disímil: un discípulo de talante místico, el bueno y voluble Pedro, tan dado a los arrebatos y con una misión tan grande, y la Magdalena, sólo una mujer que casi no tiene derechos ni relevancia. Aún así, con todas esas tonalidades tan particulares que hasta parecen contrastes insalvables, allí hay una comunidad, allí está la Iglesia, y la clave es que todos ellos -todos nosotros- somos amados incondicionalmente y para siempre por Dios, y que los congrega el Resucitado.

Pedro y el Discípulo Amado corren con las prisas de la caridad y la urgencia de la fé; es el segundo el que llega primero, porque no hay distancia que limite o retrase a los que aman. Pero es Pedro el que ingresa al sepulcro, pues deberá confirmar a sus hermanos, que no están presentes, en esa fé en el Cristo que ha regresado de la muerte.

Las vendas están en el suelo, el sudario enrollado con cuidado en otra parte, mortajas inútiles para una muerte que no perdura, ni hay un muerto al que cubrir. Son signos ciertos de que el cuerpo estuvo allí, de que el cuerpo no ha sido robado -el cuidado del sudario depositado lo revela- y trascienden la muerte misma. Poco tiempo atrás, cuando un Lázaro redivivo salía de su tumba, debió ser liberado de vendas y sudario para reasumir su vida normal: Cristo emigra del vientre de la tierra desatado, señal de libertad absoluta, de independencia vital, del Dios Viviente al que no condiciona ninguna atadura.
Ellos ven y creen, y para arribar al puerto de la Resurrección aún deberán navegar un trecho más: todo tiene su tiempo, su proceso, su germinación, don y misterio de la fé.

El éxodo definitivo es esa tumba vacía, señal exacta de que hemos sido liberados de la muerte, Cristo vivo entre nosotros, todas las promesas cumplidas, todas las esperanzas encendidas para siempre.

Muy Feliz Pascua de Resurrección.

Paz y Bien



 

Sábado de Gloria: Nos encontraremos en todas las Galileas




Sábado de Gloria
Vigilia Pascual


Para el día de hoy (19/04/14):  
Evangelio según San Mateo 28, 1-10




Ellas debían esperar que terminaran las prescripciones e inhibiciones del Shabbat, y es por eso que al amanecer del día siguiente se dirigen a la tumba que han prestado otros para el cuerpo muerto del Maestro, de ese Maestro que se ha ido de este mundo tan pobre como vino, sin nada, hasta una tumba prestada.

Ellas van a visitar una tumba, con los afectos doloridos por la pérdida reciente, del Inocente que han ejecutado. Ellas salen a campo abierto cuando todos los demás, por miedo, se esconden revestidos de vergüenza. Ellas van, a pesar de que su gesto afectuoso se asome como inútil, porque el Maestro ha muerto.

Pero María de Magdala y la otra María permanecen tenazmente fieles. Y aunque no entiendan aún lo que en verdad ha sucedido y lo que el Maestro les ha enseñado, no se resignan, no se rinden, y es al calor de ese amor que se germina el amanecer que aún no encuentran, símbolo también de nuestras propias existencias, caminos temblorosos y oscilantes entre la oscuridad cerrada y el sol de cada amanecer.

Ha pasado lo impensable, aconteció algo asombroso. Quizás sea de una magnitud tan grande, que a la vez implique un acontecimiento cósmico representado en el sismo. Porque tiembla la tierra y tiemblan los poderosos, que son esos custodios inútiles de la muerte que a su vez están como muertos. Y presunto muerto custodiado está vivo, demoliendo cualquier imposición mortuoria y opresiva.

La roca que obstruye la entrada es muy pesada, pero es sólo una piedrita comparada con Aquél que lleva en sí todos los horizontes, la historia misma de la humanidad resignificada y latiendo en su corazón sagrado. Por eso la roca está removida: no tanto para obstruir la salida de Cristo, sino para que esas mujeres y todos nosotros podamos entrar, y dar testimonio que esa tumba vacía deviene inútil, que los albergues de la muerte no prosperan, que los imposibles -los nunca, los jamases, los no se puede- no tienen destino.

El Señor ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Y a ese Cristo de nuestras alegrías y nuestras esperanzas lo encontraremos vivo y presente en todas las Galileas, allí en la periferia de la existencia, rodeado de sus hermanas y hermanos que no cuentan pero que cobijan y viven al calor de esa vida que se nos ha recuperado para siempre.

Muy Feliz Pascua de Resurrección para todos.

Paz y Bien
 

Sábado Santo: una extraña ausencia, un muerto inquieto



Sábado Santo


Para el día de hoy (19/04/14):  
Evangelio según San Lucas 23, 50-56


Por diversos mecanismos culturales y psicológicos, cuando acontece la muerte se dá curso a los ritos mortuorios, que en una dura lógica parecen aumentar el redoble de los tambores del dolor, como para que no queden dudas de que se trata de un momento para estar hecho trizas.

Aún así, todos los que hemos perdido un ser querido sabemos bien que lo verdaderamente triste sucede en el regreso a la cotidianeidad, cuando toda la parafernalia fúnebre cede su intensidad. Hay un sitio vacío en la mesa, una voz que no se escucha, un aroma peculiar que no se percibe, un espacio que se expande vacío. 
A menudo ser un sobreviviente es gravoso y complicado, máxime a la hora de las ausencias. Y además -suele suceder- que consideramos la real valía de algo o alguien cuando nos falta, cuando ya no lo tenemos o no está con nosotros.

En esos trances estaba aquel grupo de gentes que seguía a Jesús de Nazareth, algunos de los cuales compartieron a diario vida, caminos, enseñanzas durante tres años. Quizás ahora, sumidos en la insomne noche de la derrota y el fracaso ignominioso, comenzaban poco a poco a entender las cosas que Él les hubo de enseñar con una paciencia que no supieron corresponder, y que culposos rumian en miedosa soledad. El Maestro está extrañamente ausente, pues en su muerte se les vuelve verdad inquebrantable lo que en vida no entendían o aceptaban, como si muriéndose les hubiera ratificado y explicado a un precio altísimo lo que realmente cuenta.

Unas mujeres se han mantenido firmes; María su madre y unas pocas más, fieles hasta el fin, permanecen en pié aún cuando el dolor les embarga los corazones. Pero como mujeres, poco pueden hacer: sin embargo, albergan en sus honduras un amor tan profundo que las vuelve custodias de la esperanza, a pesar de un mar de lágrimas.

Los cuerpos yertos de los ajusticiados habían de ser arrojados a una fosa común, como un residuo abyecto teñido de maldición. Y parece que a este rabbí hasta muerto lo quieren sumir en toda posible ignominia.
Pero en los momentos así, cuando tristeza y desesperación hacen un dúo cruel que paraliza, la vida suele sorprendernos con almas nobles que irrumpen en la monotonía de la pena con su mano generosa, con su gesto compasivo.
José de Arimatea y Nicodemo abandonan todo anonimato anterior -cierto discipulado clandestino- y se presentan al pretor romano, reclamando con valentía el cuerpo muerto del ajusticiado galileo. Son hombres revestidos de entereza y dignidad, y sus acciones no son inútiles: los moviliza la devoción, un amor entrañable, y ese gesto quizás cuente más para los vivos que para el Inocente que ejecutaron.

Pobre Cristo diríamos sin vacilaciones, pero también Cristo Pobre, que se vá tal como vino, sin nada, pobre y humilde, habitante helado de una tumba prestada que muere como tantos otros, y quizás esa muerte es la afirmación final de su solidaridad con esta humanidad venida a menos que solemos ser, un Dios compañero de nuestros dolores.

Las mujeres observan a los dos hombres: ellos colocan, con cierta urgencia por el Shabbat, el cuerpo del Maestro que amaban en su lúgubre hogar postrero, sin advertir que en ese amor que lloran está germinando la promesa definitiva. Porque cuando se ama, cuando se ama sin resignaciones, la muerte no define ni tiene la última palabra

Hay algo extraño: el pretor Pilatos decide poner una guardia armada delante de la tumba. Hay argumentos de política y de cautela que lo obligan. Pero en realidad, Cristo es un muerto inquieto al que tampoco detendrá esa pesada piedra de la entrada.

Es noche cerrada para el silencio, para aguantar, para no rendirse, para beber una vez más el vino de la paciencia, que no siempre es sabroso, pero que nos mantiene encendida la esperanza.

Paz y Bien


Viernes Santo: Aprender a llorar



Viernes Santo

La Pasión del Señor


Para el día de hoy (18/04/14):  
Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42


  
Ciertas imposiciones culturales, a los varones, nos han cerrado la posibilidad del llanto en aras de cierto estereotipo de masculinidad. En el otro extremo, el llanto se ha banalizado de tal modo que cualquier circunstancia pública -y a veces no tanto- debe estar humedecida por las lágrimas, como buscando cierta legitimación y validez.

Estas posturas y la realidad indican otra cuestión mucho más grave: la verdad es que hemos olvidado el llanto, que no sabemos llorar.

Llorar por todas nuestras omisiones. Llorar por todo el bien que pudimos haber hecho y expresamente dejamos de hacer. Llorar por el prójimo que ignoramos en los altares del egoísmo. Llorar por acostumbrarnos a la injusticia y a la miseria. Llorar por las esperanzas quebrantadas. Llorar por las confianzas vulneradas. Llorar por oír sin escuchar y mirar sin ver. Llorar por todas las espaldas que brindamos y las miradas que negamos. Llorar por los pobres que son parte habitual del paisaje. Llorar por tantos que agonizan en silencio. Llorar por esas traiciones que nos parecen menores, excusables, supervivencia necesaria. Llorar por tanto dolor permitido y consentido.

Debemos aprender a llorar nuevamente, con lágrimas que nos laven los ojos y nos purifiquen el alma, lágrimas cargadas de dolor y también -claro que sí- de vergüenza.

Hemos de suplicar que un nuevo gallito veraz, el gallo de Pedro, nos vuelva a incordiar con su tenacidad, santo gallo de nuestros despertares.

Así, quizás, con la mirada nuevamente transparente, podamos mirar a ese Cristo que se nos muere en el árbol frondoso y cruel de la cruz, un Cristo que muere por nosotros, por sus ejecutores, por los que lo desprecian, por los que le odian, por los que lo aman, por los Pedro, los Judas y las Marías, por los Pilatos, 
y porque no haya más crucificados en toda la historia de la humanidad, ni chivos expiatorios, ni sangre que se derrame. Porque la elección de un inocente o de Barrabás nunca más debe ponernos en ese trance: todos deben vivir.

Regresemos a un llanto sincero, profundo e interior, para ver a ese Jesús de Nazareth, carpintero galileo, predicador ambulante, amigo de los descastados,de los excluidos, de los pobres, de los que nadie quiere, paciente y servicial, que muriendo de esa manera horrorosa vive plenamente su humanidad y lo ratificará en la Resurrección, afirmación definitiva de Dios, de su sí para con todo el universo.

Paz y Bien

La vida a la muerte vence -una canción-



LA VIDA A LA MUERTE VENCE
Recitado

Nadie mejor que el apóstol
puntea este memorial
mensaje para este umbral
“la vida a la muerte vence”
en su carta Filipenses
resuena este himno triunfal


Tengamos los sentimientos
de Cristo nuestro Señor
su divina condición
no guardó celosamente
se anonadó humildemente
y a un esclavo se igualó.

Se humilló más todavía
porque su amor es tan fuerte
obedeció hasta la muerte
en la cruz, muerte tan brava,
mientras su vida entregaba
para cambiarnos la suerte.

Por eso Dios lo ha exaltado
y colmado de su gloria
el Universo y la Historia
se arrodilla ante su nombre
¡confiesen todos los hombres
que Jesús es el Señor!
¡confiesen todos los hombres
que Jesús es el Señor!
que Jesús es el Señor!
que Jesús es el Señor!

Alejandro Mayol

Intérpretes: La Fuente

aquí puede escucharse:


Jueves Santo: Lavatorio de pies, identidad de Cristo



Jueves Santo

Misa Vespertina de la Cena del Señor


Para el día de hoy (17/04/14):  
Evangelio según San Juan 13, 1-15




Lo que no se acepta por razones, suele ser tierra fértil de los co-razones.
Esa última cena, que para los discípulos es tristeza, es despedida, es final, en realidad es un hasta pronto, una esperanza que no se apaga, la cena primera de muchas que repetirán el encuentro infinito de los hermanos alrededor de ese Dios que se vá para quedarse más plenamente.

Lo que sucede en ese ámbito, en esa noche y durante esa cena abre una brecha cósmica, pues revela en plenitud la identidad de Cristo, el misterio de Dios y la clave de la humanidad plena, eso que llamamos felicidad, tres facetas de la misma eternidad.

No se trata de un nuevo culto, de una nueva liturgia establecida, pues acontece en medio de la cena. En caso contrario, el lavatorio de pies se hubiera realizado en un comienzo respetuoso o en un final solemne. No es tampoco un rito de purificación -como las abluciones para lavarse las manos- ni gestos de humildad simbólica.
Lo que Cristo dice y hace responde a su realidad más profunda, a su identidad plena con Dios.

Es por ello que se quita el manto, enrollándolo a la cintura; en la Palestina del siglo I, el manto es la prenda de vestir principal, sin la cual un hombre andará casi desnudo. Así entonces, quitarse el manto es despojarse de sí mismo, a una intemperie absoluta.
En ese entonces también, lavar los pies, limpiar los pies de la tierra del camino era una tarea menor que le correspondía únicamente a los esclavos. Las familias menos pudientes lo hacían cada uno por sí mismos, pues no era algo que se podía delegar a nadie, mucho menos a un familiar.

Este Cristo se despoja de sí mismo y se hace esclavo de sus amigos, y como le sucede a Pedro, nos puede crecer cierto conato de rebelión frente a ese Jesús servidor. Es muy persistente la imagen de un Dios lejano, todopoderoso y glorioso, no la de un Dios hermano, un Dios amigo, un Dios servidor que se hace cargo de nuestras suciedades, por gravoso o deficiente que resulte el término empleado.

En realidad, Jesús ratifica hasta las últimas consecuencias todo lo que ha venido haciendo durante su ministerio: ha lavado a tantos descastados, olvidados, excluidos, impuros, restituyéndoles su plena humanidad a partir de su amor y su amistad.

Porque Dios es amor, y más aún, no es un concepto abstracto. No es del todo erróneo afirmar que Dios es también amar.

En la santa ilógica del Reino, la señal que nos deja Cristo y que es herencia para todas las generaciones de toda la historia, es que la renuncia a sí mismo y el servicio generoso e incondicional son fuente de justicia, de santidad, de eso que llamamos felicidad, aún cuando los desprecios militantes, las cárceles del odio y las cruces más violentas se presenten ominosamente cercanas.

Porque el que se atreve a morirse por los demás, ha de vivir para siempre.

Paz y Bien

Miércoles Santo: El valor de un amigo, el precio de un esclavo



Miércoles Santo

Para el día de hoy (16/04/14):  
Evangelio según San Mateo 26, 14-25



A través de la historia, el nombre de Judas está íntimamente asociado, como un sinónimo, para describir a los peores traidores, de tal modo que los que han quebrantado fidelidades serán identificados directamente como otros tantos Judas.

A su vez, desde los mismos comienzos de la Iglesia se ha reflexionado, analizado y escrito acerca de aquellos motivos que llevaron a Judas a actuar de la manera que actuó, entregando al Maestro a manos de sus enemigos.
Sea cual fuere la conclusión -condenatoria, morigeradora de la culpa, justificable, racional- el hecho objetivo es qie más allá de la motivación y la causa, Judas entregó a Jesús a manos de sus enemigos acérrimos libremente, sin coacciones y en pleno uso de sus facultades. Es decir, en plena responsabilidad.

Es menester recordar que los Doce apóstoles fueron elegidos personalmente por Jesús de Nazareth luego de una noche de oración: Él los conocía bien, sabía de sus virtudes y defectos, y con todo y a pesar de todo compartió con ellos cada segundo de cada día durante tres años. Ellos eran más que discípulos, ellos eran sus amigos, en ellos depositaba asombrosamente su confianza.

Sin embargo, muchos de ellos -por no decir todos- no alcanzaban a comprender ni a aceptar las enseñanzas de Jesús, ni a desembarazarse de viejos esquemas, especialmente de esa imagen de un Mesías revestido de gloria que gobernaría Israel luego de una aplastante victoria de sus enemigos. Ellos sólo tomarían plena conciencia luego de la Resurrección, y especialmente en Pentecostés. Hay razones que la mente no puede abordar, que son cuestiones de co-razones.

Es muy probable que Judas fuera del partido zelota, o sea, de ese movimiento que justificaba toda acción con tal de liberar a Israel de la bota romana.
Y sinceramente, para hombres como aquellos, vivir con Cristo y seguirle no sería nada fácil, como no es nada fácil para nosotros cambiar, tan remisos que somos a la conversión.

Desde allí, una somera imagen del porqué acude Judas al Sanedrín para entregar al Maestro. El Sanedrín es la autoridad máxima de Israel, y representa la ortodoxia, la tradición, la confortable calma de lo conocido, mientras que Cristo es un mar sin orillas.
Tal vez por ello el Iscariote se dirige precisamente allí: las treinta monedas de plata son un gesto de máximo desprecio legalista por parte de los sanedritas, toda vez que según la ley de Moisés representa el valor de un esclavo al cual se hiere o se mata.

Treinta monedas, el precio de un esclavo.
Treinta monedas, el valor dado a un amigo inquebrantablemente fiel, que a pesar de saber la traición inminente comparte el pan.
Treinta monedas que se teñirán de sangre.

Nunca deben traficarse los afectos, jamás se debe comercializar lo que se quiere.

Sin embargo, aún en esa espantosa tiniebla que en todo se inmiscuye, prevalece la luz de Dios. Porque a pesar de ese quebranto terrible, Dios permanece fiel, Cristo no baja los brazos ni se resigna a nuestros vaivenes, por horrorosos que estos sean.

Jesús ama hasta el fin y más allá también, y eso es lo que verdaderamente cuenta, y eso es semilla de nuestra esperanza cuando nos acosa el dolor y el desconsuelo.

Paz y Bien


Martes Santo: Una letanía de traiciones



Martes Santo

Para el día de hoy (15/04/14):  
Evangelio según San Juan 13, 21-33. 36-38



Es de noche, y en el ambiente hay un rotundo aire de tristeza y despedida. 
Es preciso detenerse y ahondar en el misterio del corazón sagrado de Jesús: han rechazado su Buena Noticia que es de Dios, lo han despreciado, difamado, perseguido, insultado y tratado como un loco, un borracho, un blasfemo, un endemoniado, un delincuente. Ahora, está a las puertas de una muerte espantosa e ignominiosa. No obstante ello, el Maestro -que como nadie conoce los corazones- sabe el pesar que se abatirá sobre esa pequeña comunidad naciente con su ausencia inminente, y sabe también que será traicionado y negado con fervor.

En nuestras ligerezas, seguramente seremos veloces detractores del Iscariote. 
¿Qué cosas se tejerían en la mente y en el alma de Judas? Porque traicionan los que están verdaderamente cerca, los que están vinculados por las honduras de los afectos, los que se brindan confianza mutua. Y Judas, al igual que los otros discípulos, convivió tres años, cada instante de cada día, con Jesús.
De confianza no carecía: era el ecónomo del grupo, y resguardaba y administraba los recursos comunes para que no les faltase nada y para auxiliar a los pobres también.
Lo presumible es que no supo aguantar a ese Mesías que despreciaba el ejercicio del poder, que alteraba tradiciones tan arraigadas en beneficio del pueblo, un hombre -valga la paradoja- tan humano que se lleva por delante sin vacilaciones lo que se supone inconmovible pues se opone a los sueños de su Padre, el Reino. Y que por sobre todas las cosas, es manso y pacífico, un Mesías que desdeña glorias mundanas y que siempre los sorprende.
No es fácil andar con un hombre así, que barre con todas las seguridades a las que solemos aferrarnos, y quizás por eso este Iscariote -tal vez un zelota honestamente convencido- vaya al Sanedrín con ánimos de entregarle pues ese tribunal representa la tradición, la ortodoxia, la tranquilidad de las costumbres que nunca inquietan.
Pero lo grave, lo verdaderamente grave es que el amor no tiene precio. Nunca, por ningún motivo, han de venderse los afectos.

Dificilísimo trance el del Señor. El traidor -de quien se cuida de no exponer, de no defenestrar ante los demás- se aleja de Él físicamente. Es evidente que nunca estuvo cerca, y es por ello que a la oscuridad del atardecer se adosa la noche de las almas, las tinieblas de la infidelidad.
Esa infidelidad también campeará en los que serán presa fácil del miedo.

Pedro comete el severo error de querer, volublemente, ocupar el lugar de Cristo, y es por eso que quiere dar su vida por Él. Sólo un gallo matinal y el llanto lo devolverán a la realidad de que la gloria de Dios se manifestará en ese Cristo que muere por él, por Judas, por los otros discípulos, por los escribas, por los fariseos, por los herodianos, por todos nosotros y por todo el mundo para que la vida prevalezca y la muerte no tenga la última palabra.

Todo se decide en la fidelidad.

Paz y Bien

Lunes Santo: Un perfume persistente




Lunes Santo

Para el día de hoy (14/04/14):  
Evangelio según San Juan 12, 1-11

El decreto de captura estaba vigente. A Jesús lo estaban buscando los escribas, los fariseos, los herodianos, los siervos de los sumos sacerdotes y la policía religiosa del Templo, y están buscándolo para proceder a su muerte, para ejecutarlo, para religiosamente eliminar ese rabbí galileo peligroso y perturbador.

Un Cristo así, prófugo y precondenado no era buena compañía para nadie. Aún así, muy cerca de Jerusalem está la casa de Lázaro, de María, de Marta. Allí siempre el Maestro se sintió más que a gusto, en familia, abrigado por amigos.
La casa de Betania es el sueño de Iglesia para muchos de nosotros, ese recinto amplio en donde Cristo se siente a gusto, en fraternidad, familiarmente vinculado. 

Allí cuentan esas actitudes primordiales que son Buena Noticia pura: el redivivo Lázaro comparte la mesa con su amigo, y no le importa los peligros que corre por refugiar y acoger a ese hombre marcado y perseguido, un riesgo mortal. Además, un gesto sencillo y profundo: no hay que dejar comer solos a los amigos, la mesa está para alimentarse pero también para compartirse.

Marta, como siempre, excediendo la mera obligación en amorosos afanes de servir. Es la diaconía que nos mantiene vivos y en pié, que nos cuida, que nos protege y sostiene.

Y María, la que sabía beber la Palabra a los pies del Maestro, la que se quedaba con la parte mejor, por ese profundo amor y esa entrañable amistad cumple un gesto sacerdotal: vuelca sobre los pies del Maestro una libra de perfume de nardo -una fragancia carísima, el salario de todo un año de un jornalero su costo- y luego los seca con sus cabellos. Es una unción sagrada porque es una unción amorosa y profética que preanucia la Pasión, y que sabe valorar la importancia del momento. Ella santifica el instante con su servicio mínimo, pues lavar los pies era tarea de los siervos menores y de los esclavos, y era impensable que ua mujer estuviera con sus cabellos sueltos enfrente de un hombre que no fuera su marido. Pero la cercanía con Cristo rompe todos los moldes y esquemas rígidos, y toda la casa se inunda de ese perfume persistente, el perfume del amor a Dios, el perfume del afecto, el perfume del servicio generoso y desinteresado.
Así la Iglesia se perfuma cuando sus hijas e hijos se dedican a su vocación, la compasión que es la flor primera del Reino.

La actitud de Judas es ajena a la Buena Noticia por su mezquindad. Él, al igual que tantos bienintencionados hoy día, es veloz en la crítica y exige que se haga solidaridad a partir de los bienes ajenos. Pero la solidaridad, como hija dilecta de la caridad, comienza por despojarse de sí mismo y hacerse don y bendición para los demás, especialmente para los que más sufren, para los doblegados por la miseria.
Judas esgrime ideología sin amor, Escrituras literales, abstracciones declamatorias en su incapacidad de recibir ni brindar Buenas Noticias.
Judas convivió diaramente con el Maestro tres años. Sin embargo estaba muy lejos de Él.

María se encontraba en el centro mismo del corazón sagrado del Señor, y por eso no vacila en realizar ese gesto que, a ojos escasos, puede parecer extravagante. En realidad extravagante es declamar justicia para los pobres desde una tribuna preferencial, pero jamás involucrarse fraternalmente en su barro, desde su mismo lugar, hacerse presencia.

Santa Semana que nos propone este lunes, para decidirnos cuál es el perfume que debe acompañar nuestra existencia y la de esta familia creciente que llamamos Iglesia.

Paz y Bien

Tu Jerusalem



Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Para el día de hoy (13/04/14):  
Procesión: Evangelio según San Mateo 21, 1-11

Pasión del Señor: Evangelio según San Mateo 27, 1-2, 11-54



El que llega a Jerusalem es el Rey Mesías, aquél que era intensamente esperado, del que los hombres de mirada lejana -los profetas- habían hablado siglos atrás.
 
Son muchos lo que lo esperan con ansias. 
Los enfermos, los que no pueden más, los cautivos de toda opresión, los pobres, las mujeres, los niños, los excluidos, los olvidados, los que no cuentan, un pueblo humillado por sus opresores violentos y hambriento de justicia y liberación.
Sin embargo, otros también afinan sus odios pues lo detestan sin límites, pues se ha vuelto tan peligroso como peligroso es el amor para los poderosos, y por eso encienden los fuegos de la muerte violenta. Pero también viene por ellos, para ellos.
Hay otros también que le brindan una completa indiferencia; aún así, viene para ellos también.

Llega a Jerusalem porque es el centro de todo, es donde se cumplen todas las promesas, es ámbito sagrado.
Extrañamente, no viene rodeado de un ejército imponente y arrollador, empeñado en destruir a sus enemigos en una fulgente y demoledora victoria militar. Ha desdeñado símbolos de poder y poderosos carros de guerra.
Es un hombre pobre de tonada campesina que llega montado en un burrito. Pero ese hombre es Dios mismo que acude al rescate de todos sin imposiciones, casí en silencio, como pidiendo permiso.

Las gentes intuyen que en ese hombre hay algo más que un rabino itinerante, y muchos le adjudican sus propias esperanzas.
En la Palestina del siglo I, el manto es la parte principal del vestido: andar sin manto es, prácticamente, andar semidesnudo. Más aún, poner esos mantos a los pies del Aquél que llega es poner su propia existencia como alfombra de honor y alegrías al Redentor, hossanas cantados que son súplica y son expresiones incontenibles de júbilo. Porque aunque la muerte voraz se asome inmediata, no debe renegarse de este momento único de celebración.

Tu Jerusalem es tu corazón, centro de tu existencia, en donde todo se resuelve y decide.
A tu Jerusalem está llegando el Salvador, tu hermano y tu Señor, y hay que ir a recibirlo porque tenemos la certeza de que Dios siempre cumple sus promesas, que no estamos solos, que siempre la presencia de Dios es motivo de fiesta y esperanza.

Paz y Bien


Uno por todos




Para el día de hoy (12/04/14):  
Evangelio según San Juan 11, 45-57




 En la pequeña Betania, a tres kilómetros de Jerusalem, Jesús había regresado a la vida a su amigo Lázaro, quien había muerto por una grave enfermedad. Muchos de los que estaban allí, en ese hogar que Jesús amaba -casa de Lázaro, de María y de Marta- al ver su profunda emoción y el signo de Lázaro redivivo, creyeron en el Maestro, aún cuando hasta ese momento lo ignoraran con fervor.
El pueblo que creía en este Cristo aumentaba a cada instante, pero aún así varios de esos testigos se encaminaron con presteza hacia donde se encontraban los principales fariseos para relatarles los hechos que habían presenciado.

A pesar de la patente evidencia que aconteció ante sus mismos ojos, esos hombres estaban compelidos a someter a las autoridades religiosas las acciones de Cristo para su escrutinio. Cuando los prejuicios y los esquemas mentales rígidos sobrepasan las cuestiones cordiales, poco espacio queda para la verdad, y como presuponen que se juegan algo muy grande, prefieren trasladar sus inquietudes a quienes verdaderamente detentan la autoridad mayor.

Al enterarse, se desata el pánico, y se forma una impensada alianza entre los rígidos fariseos y los acomodaticios saduceos que, por lo general, se reservaban para sí las máximas jerarquías del Templo -los sumos sacerdotes-. El miedo es capaz de anudar telarañas muy extrañas e intrincadas.
Tales son los fuegos que se encienden, que hasta convocan abruptamente al Sanedrín, consejo supremo de la nación judía que dictaminaba acerca de cuestiones religiosas y civiles también, pues el peligro que infieren es gravísimo: si el rabbí galileo sigue convocando alrededor de sí corazones y voluntades del pueblo -confianza y fé- las gentes iban a dejar de doblegarse a los dictámenes de ellos mismos, y sin dudas ello sería visto por la potencia ocupante romana como un hecho incoercible de subversión.
Esa rebelión incipiente Roma la trataría de una sola manera, aplastándola mediante la fuerza bruta de sus legiones. Así entonces, el Templo quedaría derrumbado, el centro de Israel disperso y la misma nación en peligro, y, sobre todo, ellos mismos perderían todo su poder e influencia.

Ésa es la causa primordial por la cual deciden matarle, y matarle cuanto antes.
Y se conjugan dos libertades: el libre albedrío de esos dirigentes inescrupulosos, que se suponen capaces de disponer de la vida de otros a su antojo porque lo entienden amenaza, y la libertad absoluta de Cristo, que pudiendo escapar se mantiene firme e íntegro porque ante todo cuenta el proyecto de su Padre, aún cuando la sombra de la muerte vaya inundando todos los resquicios.

Para sus propios enemigos mortales la presencia de Jesús tiene una índole comunitaria que deben extirpar. Y es Caifás -sumo sacerdote en ese momento- quien sin saberlo pero merced a su sacerdocio lo define con pasmosa exactitud: conviene que muera un sólo hombre por el pueblo, afirmación cruel de un fin que justifique cualquier medio pero también profecía.

Ese Cristo morirá por todos, por los discípulos, por los que han creído en Él, pero también por los que le odian, los que ansían su muerte, los que lo desprecian y condenan. 
Cristo muere para que el pueblo viva, y viva en plenitud y libertad. Uno por todos, por vos, por mí, por tí, por nosotros, para que no haya más crucificados, para reafirmar de una vez y para siempre esa vida que es Dios mismo.

Paz y Bien

Tan sólo un hombre




Para el día de hoy (11/04/14):  
Evangelio según San Juan 10, 31-42


El ambiente estaba cada vez más enrarecido, tenebroso, violento; en cierto modo, la Pasión de Jesús comienza muchos días antes que el santo memorial que realizamos en la Semana Santa.
Porque al Maestro lo insultaban, lo despreciaban sin motivo, lo rechazaban violentamente y buscaban su muerte de un modo constante, como un tumor social y religioso a ser extirpado por su peligrosidad, y tal vez nos estemos adeudando una profunda reflexión acerca de la soledad y el dolor que golpeaban sin misericordia su Sagrado Corazón.

Están enfurecidos, pero no dejan de ser hombres profundamente religiosos, y ello es síntoma de que a veces las prácticas piadosas -cuando no transforman corazones ni trascienden hacia Dios- se vuelven literales en su interpretación de las Escrituras y por ello, duramente fundamentalistas. No son tradicionalistas que buscan salvaguardar la historia y la religión de su pueblo, a veces con fervor desmedido: son hombres que se creen justificados para ejercer violencia en nombre de Dios, y que se creen única voz autorizada -la ortodoxia pura- con la autenticación divina que los habilita a execrar de cualquier modo a quien piense o actúe de un modo distinto al que ellos permiten o toleran.

Aquí, el intento de homicidio del rabbí galileo quebranta ciertas normas, que en la jornada del Viernes Santo retomarán: la ley de Moisés tenía prevista la pena de muerte por lapidación para el blasfemo. Pero Israel era, desde varios siglos atrás, una provincia más del imperio romano, y toda condena a muerte había de ser, invariablemente, convalidada por la autoridad romana. En este caso, tal es su furia que lo que cuenta es que opere la muerte.
Porque se han encendido de furia no por todo lo que Jesús ha hecho, por las almas cautivas liberadas, por los enfermos sanados, sino por la intrínseca identidad entre Dios y Jesús. Ellos lo han comprendido perfectamente en sus razones, pero no lo toleran en las honduras de sus corazones.

No hay espacio para ese Cristo, Mesías humilde y servidor que tantas verdades les dice, verdades que sin lugar a dudas les van haciendo mella. Ellos sólo ven a un hombre, tan sólo a un hombre, y sin darse cuenta así lo honran. Nadie hubiera podido hacer lo que Él ha hecho sin la intervención misma de Dios.

Es un galileo -un hombre pobre de tonada campesina- que no ha de rendirles honores que ansían, que se arroga la pretensión de ser Dios, y de exigir una vida distinta y plena, un Dios que no es esconde, un Dios cercano, un Dios Padre y Madre. 

En ese hombre creemos, y por ese hombre viviremos para siempre, nuestro hermano y nuestro Dios y Señor.

Paz y Bien





El júbilo de Abraham



Para el día de hoy (10/04/14):  
Evangelio según San Juan 8, 51-59



A través de los velos de los siglos, es menester fijar nuestra mirada en el viejo pastor de Ur, Abraham.
Hombre anciano, casado con una mujer de avanzada edad como él mismo, no habían podido tener hijos, y vivían sus días al calor del desierto, en el refugio de sus carpas beduinas.

Dios hace una alianza con este hombre, una alianza que no se registra en tratados formales ni se codifica en documentos verificables a posteriori porque es una alianza cordial que involucra la totalidad de la existencia. En esa alianza, Dios hará fructífera la vida del pastor con la llegada de un hijo añorado, y no será lo único: por la fé -que es la contrapartida de Abraham- éste se convertirá en padre de naciones, abuelo de todos los creyentes de toda la historia.
La razón le indicará al anciano sabio que ya sus viejos huesos no están para esos trotes, ni para concebir hijos ni para encabezar pueblos hacia una tierra que se le promete y que se le hace improbable. Menos aún, que pueda ser el primero entre millones que le sucederán.

Pero la razón no comprende cuestiones que el corazón aprehende, y la fé, que ante todo es confianza, prolonga la mirada hacia horizontes ilimitados.
Por ello mismo Abraham se enciende de júbilo: será, por ese Dios asombroso, padre de un hijo increíble al que llamará Isaac -cuya traducción literal es Dios sonríe- y será padre de naciones estrelleras, y más aún.
A lo lejos, asomándose como un amanecer único y por esa fé de mirada profunda, es capaz de mirar y ver que cuando el tiempo madure, Dios mismo instalará una tienda similar a la suya y habitará entre su pueblo.
Abraham, mil años antes, avizora felizmente al Redentor.

Su camino comienza a hacerse firme, y esa pequeña tribu se ha de convertir en nación y promesa, a pesar de que deba sufrir esclavitudes, exilios, quebrantos e infidelidades. El Dios de sus promesas siempre cumple sobradamente con lo que se ha comprometido.

Sin embargo, muchos de los hijos del viejo pastor se confundieron, y creyeron que sólo por pertenencia sanguínea o identidad nacional tendrían todo resuelto, definitivamente allanado. Ése fué su mayor error, el de la lineal literalidad, que los vuelve fanáticos y falaces.
Han olvidado y renegado de la dinastía primordial que es la de la fé: son hijos de Abraham por creer como él creía, por confiar en el Dios de la promesa perenne.

Por eso mismo rechazan con asco y violencia al Cristo manso que les habla y trata de despertarlos. Ellos están muy cómodamente instalados en sus esquemas, y no toleran que ese campesino galileo venga a trastocarle el andamiaje. Mucho menos, que se erija con la autoridad y la esencia misma de Dios, y con ese argumento buscan su condena y ejecución, sin advertir que así son ellos los que se hunden y condenan.

Cristo es esa alegría inconmensurable, y ese júbilo que no se derrumba pues nace del corazón, en donde se afinca por maravillosa bondad la fé en Dios, que es don y misterio.

Porque a pesar de tantas miserias, rechazos y desprecios, de tantas amenazas y argumentos tétricos, la muerte no ha de prevalecer.
Nosotros no moriremos.

Paz y Bien

La verdad en clave filial



Para el día de hoy (09/04/14):  
Evangelio según San Juan 8, 31-42




El Evangelista San Juan, a través de la liturgia de estos últimos días, nos vá acercando paulatinamente al centro del misterio que rodea y envuelva a la persona de Jesús, como centro y razón de toda la historia y hacia donde convergen y cobran sentido pleno todos los caminos humanos y el mismo cosmos.

Por eso el Maestro se dirige desde esa revelación a los judíos que le escuchaban y que creían en Él, pues los auténticos discípulos vivirán la verdad en plenitud, y por esa verdad serán plenamente libres.
No se trata de la adhesión a un concepto, ni la defensa ad nauseam de una pertenencia: la liberación plena surge de Alguien antes que de algo, de una persona antes que de una idea, de vivir como Jesús de Nazareth, de amar como Jesús de Nazareth, de orar como Jesús de Nazareth, de seguir con toda confianza a Jesús de Nazareth.

Es claro que muchos de esos hombres a los que Él se dirigía -que buscaban suprimirlo, humillarlo, matarlo- estaban más que orgullosos de sus raíces nacionales y religiosas: se reivindicaban como hijos de Abraham por la sangre heredada, y como tales no serían pasibles de soportar ninguna esclavitud.
Una simple mirada de los hechos históricos derribaba esas afirmaciones: esos pretensos herederos de Abraham eran apenas unos súbditos más entre los millones que poseía el César romano.

Más esa no es la cuestión: la libertad no es cuestión de credenciales, sino más bien de ética, es decir, de cómo se vive, de cómo se actúa en el mundo.
Las mujeres y los hombres verdaderamente libres actúan y obran como hijas e hijos de Dios, hermanos de ese Cristo libérrimo que transparenta absolutamente la eternidad de Dios, porque la identidad es total, de tal modo que Dios es Jesús y Jesús es Dios.

Como hijas e hijos seremos libres de toda cautividad, y esa es la verdad definitiva y definitoria, don y misterio de bondad asombrosa y de amor entrañable, don que ni la cruz más horrorosa puede torcer.

Paz y Bien

Dos horizontes opuestos




Para el día de hoy (08/04/14):  
Evangelio según San Juan 8, 21-30


Como si no fueran suficientes los rótulos que ya le habían endilgado -loco, trastornado, comilón, borracho, amigo de indeseables, blasfemo, demoníaco- ahora esos hombres muy religiosos, los fariseos, presuponen que este rabbí galileo se está por convertir en un suicida.

Él, abiertamente y en un lenguaje teológico que sin dudas comprenden, les revela su identidad y misión: el Yo Soy es indiscutible, el Yo Soy es el Dios de Israel irrumpiendo en la historia con fuerza salvadora de liberación, el que es y el que está.

Aún así, continuarán inmersos en su oscuridad, pues se niegan a salir al sol de la fé. Cristo permanentemente tiene por horizonte el amor de su Padre y la compasión para con sus hermanos, y su corazón está poblado de miríadas de corazones, millones de almas de toda la historia humana en donde encuentra hijas e hijos, hermanas y hermanos.
Ellos, en cambio, tienen el techo bajo de sus esquemas mezquinos, de sus egos inflados, de su soberbia militante, y se han vuelto incapaces de ver más allá de sí mismos. Este Cristo no tiene ni tendrá nada que ver con el Mesías del que ellos han determinado previamente su carácter, su estilo, su gloria y sus acciones. Así se vuelven esclavos perpetuos de sus criterios, dóciles a sus propios pecados, y por ello la cruz -para ellos- será escarnio, escándalo y locura.

Para Jesús y para los suyos, el horror de la Pasión será -en la ilógica del Reino- señal cierta del amor mayor, y ese Cristo elevado entre los dos maderos de la cruz se convertirá en señal de auxilio para todas las gentes en todos los tiempos, para que nadie más sea crucificado, para que con todo y a pesar de todo florezca la esperanza.

Porque la cruz ratifica con sangre al Emmanuel, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Escrito en la arena




Para el día de hoy (07/04/14):  
Evangelio según San Juan 8, 1-11



Hay una cuestión fundamental a tener en cuenta en los hechos de la Pasión del Señor -así como también en los previos y en los posteriores- y es la autoridad romana de ocupación. El invasor romano, con puño de hierro, terciaba en todos los aspectos de la vida de Israel, desde sostener a reyezuelos que los judíos detestaban -como Herodes y sus hermanos- hasta decidir la validez de las sentencias emitidas por el Sanedrín; de este modo, el Sanedrín ya no es, de facto, la autoridad máxima del pueblo judío, siendo sus decisiones pasibles de ser revisadas por el pretor romano.
En el caso que hoy nos presenta la Palabra, ello se evidencia con fuerza velada.

A pesar de las amenazas vigentes y de los enormes riesgos, el Maestro no deja de enseñar en el Templo, y todo el pueblo le escuchaba con atención. Esa combinación de manso desafío y de influencia popular, y sus enemigos están cada vez más urgidos en suprimirlo; por ello -en un quiebre del tempo de enseñanza- llevan a su presencia un caso extremo, con el ánimo de que yerre y fundamentar así, frente a toda esas gentes, un motivo de condena definitivo.
Ellos mencionan y exhiben a una mujer detenida, sorprendida en pleno adulterio. Arguyen que la Ley mosaica obliga a ejecutar inmediatamente, mediante lapidación, a los infractores flagrantes, y precisamente allí está la trampa.

Si Jesús se apresura a adherir a la lapidación de esa mujer, se convertirá automáticamente en un subversivo a los ojos del invasor, pues toda condena a muerte había de ser confirmada por los tribunales romanos. Ello tenía un plus de imagen, la de un rabbí rápìdo en el castigo, totalmente contrapuesto y contradictorio con lo que suele enseñar.
La otra opción es peor aún. Si Él calla o se opone, se exhibirá como un hombre laxo que menosprecia la Ley de Moisés, un blasfemo, un infractor pertinaz.

Para desesperación y furia de esos hombres iracundos, el Maestro no responde con rapidez y escribe en el suelo, en la arena.
Mucho se ha escrito acerca de ello, y en todas las interpretaciones hay mucho de piedad que es preciso rescatar.

Quizás Él escribía el detalle de los pecados de los violentos acusadores. Tal vez añadía los de esa mujer. Posiblemente estén también los nuestros.
Pero en todo hay una constante: todo lo que se escribe en la arena, es borrado con rápida ligereza por el viento más liviano, y ése precisamente es el símbolo primero.

Porque lo que cuenta y permanece es la Palabra de Dios, y la Misericordia que allí se revela. Todo lo demás -hasta los pecados y las miserias más graves- son escritos lábiles en la arena frente a ese infinito perdón de Dios que sana y salva, que es lluvia fresca y es viento de vida.

El perdón de Dios nos libera de la muerte, y nos restituye dignidad y entereza, y razones cordiales que nos hacen preguntarnos el quienes somos nosotros para juzgar al hermano.

Paz y Bien

Lázaro de Betania



Domingo Quinto de Cuaresma

Para el día de hoy (06/04/14):  
Evangelio según San Juan 11, 1-45




Betania, indican las Escrituras, se encuentra a quince estadios de Jerusalem, o sea, a casi tres kilómetros de la Ciudad Santa, una distancia muy corta aún en la Palestina del siglo I.

En esa pequeña ciudad Jesús de Nazareth se encontraba a gusto, como en casa propia, con la cálida intimidad y tranquilidad de los amigos. Lázaro y sus dos hermanas, Marta y María, eran amigos del Maestro y lo amaban tanto como Él los amaba a ellos, se querían sin demasiados aspavientos, un quererse que se vive antes que se declama, y es precisamente símbolo de esa familia grande que conocemos como Iglesia, una familia en donde todos y cada uno cuenta, donde los vínculos son de profundos afectos espirituales, y donde por sobre todo Cristo se encuentra a gusto, en casa.

Jesús se encontraba lejos, escapando de aquellos que lo perseguían porque el tiempo de su Pasión y de su muerte no estaba atado a los caprichos de sus ejecutores, sino a la libertad en como Él entrega su vida. 
En parte por ello, cuando le avisan de la enfermedad de su amigo Lázaro -que significa en su raíz aramea aquel a quien Dios ayuda- hubiera sido imposible que hubiera de llegar a tiempo, por las distancias a recorrer.
Sin embargo, Jesús no vacila y se pone en camino en búsqueda de su amigo. Y es frente a la protesta de los discípulos -los riesgos eran grandes e inminentes- reafirma en Él mismo las primacías de Dios: Él vá en camino hacia Judea antes que a Betania, a la zona riesgosa en donde se le busca con denuedo para detenerle, para ejecutarlo, para suprimirlo.
Pero el rabbí galileo exhibe cierto grado de imprudente locura, pues nada lo arredra ni se detendrá ni un segundo a la hora del socorro, aún cuando deba poner en riesgo su misma existencia a favor de un solo amigo.

Pero la enfermedad y la muerte se han cebado en el cuerpo del amigo, y parece que es tarde. Marta y María, anegadas de dolor, reprenden la ausencia de Cristo en los momentos cruciales con la confianza que nace del afecto. Aunque de modo imperfecto, aunque la pérdida y los ritos mortuorios le ensombrecen la mirada, aunque su fé debe crecer, siguen confiando en ese Amigo, un Amigo que es un Mesías muy extraño, un Mesías que se derrumba en llanto, un Mesías demasiado humano.
Sin embargo, esa misma humanidad de Jesús en las lágrimas ha de ser para nosotros motivo de serena esperanza, aún vacilantes en mares de dolor y tormentas de tristeza.

Porque la Resurrección y la vida no son conceptos, ni dones post mortem para los fieles exactos. La Resurrección y la vida florecen en el aquí y el ahora, y siempre son Alguien, Cristo, nuestro hermano y Señor.

Muchos de nosotros, sin demasiados merecimientos -justo y necesario es decirlo- somos también amigos queridísimos de ese Cristo que siempre nos busca, a pesar de que a veces parece haber llegado tarde.
Porque es imprescindible que la voz fuerte de Cristo nos haga salir fuera de esos reductos de muerte en donde nos acomodamos, porque hay qe desertar de toda corrupción, porque jamás hay que resignarse.

En los cementerios hay muchos -muchísimos- recuerdos de hermanas y hermanos nuestros que están vivos en plenitud, mucho más que otros tantos que caminan por nuestras calles y son apenas espectros.

Todos somos Lázaros de Betania llamados a vivir y pervivir, porque con Cristo la vida no se rinde y prevalece.

Paz y Bien
 

En donde la vida amanece



Para el día de hoy (05/04/14):  
Evangelio según San Juan 7, 40-53




Las palabras y acciones de Jesús de Nazareth desataban todo tipo de especulaciones por parte de quienes le escuchaban o simplemente le conocían. 
El pueblo raso, la gente sencilla lo identificaba como un gran profeta -algunos el Mesías- depositando en Él, quizás sin darse cuenta, sus ansias profundas, su hambre de redención, de justicia, de liberación. 
No estaban de todo equivocados, y es preciso siempre tener puesto el oído atento en lo que el pueblo dice.

Desde otro ángulo, los oficiales romanos lo miraban con creciente desconfianza. En su caso, no se trata de cuestiones religiosas propias de los judíos que someten, sino que este rabbí itinerante concita cada vez más la atención sobre sí, y esa influencia es peligrosa, a un paso de volverse subversiva y amenazante para el poder.

Pero los que no tenían ninguna duda eran los dirigentes religiosos de Israel, sumos sacerdotes y escribas junto a algunos fariseos. Es cierto que argumentaron motivos religiosos para su condena: pero lo que subyacía también era un cierto desprecio social. Él era un campesino -la tonada lo delataba- de un pueblo minúsculo, de la siempre sospechosa Galillea de los gentiles. Así, su origen mismo era condenatorio: nunca nada bueno podría surgir ni provenir de esa Galilea marginal, ni mucho menos de ese campesino sin formación ni pasado verificable, ni ancestros nobles, que habla de una manera muy extraña y peligrosa acerca de Dios.
Ello mplicaba ciertos riesgos patentes para todos aquellos que se decidieran a seguir sus pasos, toda vez que a su vez se volvían pasibles de ser despreciados pero, principalmente, de ser condenados a muerte por blasfemia.

Todos esos prejuicios -extensivos a los amigos y seguidores de Jesús de Nazareth- eran progresivos y elaborados. Los descalificadores encontraban fundamento en las Escrituras para la condena, sin importar si se le brindaba la oportunidad de defenderse, de hacerse oír, del debido proceso.

Pero tal vez lo más importante sea la decisión de ese Dios de que la vida se amanezca allí mismo, en donde menos se la espera. Y no ha sucedido solamente en la Palestina del siglo I, en Galilea, Samaria y Judea.

La vida se nos sigue amaneciendo y ofreciendo hoy, y sigue habienbo entre nosotros voces de profetas que nos despiertan y nos animan al regreso a Dios, profetas en los barrios, entre los trabajadores agobiados, entre los castigados por el desempleo, en las abuelas, desde la mirada magnífica de las amas de casa, en los jóvenes que rompen las corazas de desesperanza que algunos ansían imponerles.

Con el espectro cruel de la cruz tan cerca y a pesar de todo, prevalece la esperanza porque la palabra definitiva es Resurrección.

Paz y Bien 

Un Mesías imposible, un profeta incómodo



Para el día de hoy (04/04/14):  
Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30




Las amenazas de muerte arreciaban sobre el Maestro, muchas espadas de Damocles a la vez. Varias veces trataron de atraparle y ejecutarle más no pudieron, y es un signo más que una imposibilidad: es la ratificación de que Cristo entrega libremente su vida en el momento preciso, y no se somete a los vaivenes del poder i a las oscilaciones del miedo.

La liturgia nos sitúa en Jerusalem para la celebración de Sukkot, la fiesta de los Tabernáculos, fiesta social y religiosa casi tan importante como el Pésaj, fiesta de cosechas y de peregrinación impostergable a la Ciudad Santa y al Templo, memorial del pueblo de Israel en su precario peregrinar por el desierto, al amparo de tiendas confeccionadas con lo poco que se obtenía a su paso.
Ningún judío que se preciara de tal dejaría de cumplir con esta tradición, y Jesús de Nazareth -fiel hijo de su pueblo y de sus mayores- también ha de participar de los festejos solemnes.

Sin embargo, debe ingresar a Jerusalem de manera casi clandestina, en silencio, escondido como un proscrito, como un delincuente.

Pero aún cuando Él no busca el conflicto como un provocador cualquiera no pasa inadvertido. Cristo jamás pasa sin dejar huella.
Y son los jerosolimitanos los que advierten su presencia. Lo que expresan no queda circunscripto a una época histórica específica, sino que perdura a través de los siglos.

Se trata de imponer al Mesías los preconceptos e ideas propias de cada grupo, de cada persona. Actualmente, suele utilizarse -no sin cierta torpeza- la frase imponer agenda; es precisamente pretender que Dios actúe a la manera que uno espera, que se predeterminen las acciones de Dios y los modos en como Él deba presentarse y expresarse.

A todos estos intentos vanos, Cristo se presenta como un Mesías imposible y un profeta incómodo.
Tan imposible como cercano nos revela su Dios, totalmente humano sacralizando la vida, un Dios que es Padre y Madre y ama sin desmayos. Un profeta incómodo que dice verdades, lo que debe decirse y no lo que se espera que diga.

Aún estamos a tiempo de dejarnos sorprender por la Gracia.

Paz y Bien.

Testimonios incuestionables




Para el día de hoy (03/04/14):  
Evangelio según San Juan 5, 31-47




Jesús se encuentra en plena discusión con esos hombres que lo desprecian y condenan por blasfemo, por diabólico y por lo que fuere. Están tan enceguecidos que, haga lo que haga y diga lo que diga han de condenarlo igual.

El problema es que se trata de fanáticos, y los fanáticos no toleran a nada ni a nadie que no pase por el tamiz de sus duros esquemas. En este caso, uno de los peores fanatismos, el fundamentalismo religioso que se vuelve capaz de la violencia más brutal en nombre de Dios.

Esos hombres que cuestionaban con odio encendido al Maestro son muy devotos y piadosos. Sin embargo, esa piedad es errónea y falaz, y es consecuencia en gran parte de una lectura literal de las Escrituras, a las que añaden sus propios preconceptos, los que adquieren un status dogmático de cumplimiento estricto.
Ello deviene en una religión que oprime, que subordina las existencias a las normas y nó a la inversa, que traza una línea divisoria entre unos pocos puntillosos y el resto que bien  puede execrarse con fervoroso desprecio.

Todo ello fué, es y será ajeno a la Buena Noticia de Cristo, pues todo sábado ha de ser para bien del hombre y nó a la inversa, y se trata de que siempre se acreciente el nosotros en fidelidad a ese Dios que es familia.

A pesar de que todo asoma como esfuerzo vano, Jesús insiste con la misma tozudez asombrosa que Dios tiene para con cada uno de nosotros y nuestra carga de miserias y pecados. Nadie -ni uno solo- ha de perderse, y por ello sus ganas de hacerles asomarse a la verdad que es liberación.

No hace apología personal: más bien se refiere a aquellos testimonios que refrendan su vida y su ministerio.

La clave está en sus obras, señales y signos de Dios mismo. Él vive y actúa de tal modo que todo lo que hace lo puede realizar porque lo suyo viene de Dios. No hay demasiada teología, ni biblismo, ni razones religiosas.
Es la evidencia que surge de la existencia misma.

Esas señales persisten, y nos llegan a través de la Madre y de los hermanos de Cristo, de todos aquellos que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.
Por eso Cuaresma también es recuperar la capacidad de volver a abrir los ojos asombrados frente a tantos testimonios incuestionables de que Dios está con nosotros, y que jamás nos deja solos y a oscuras.

Paz y Bien
 

Lo que Dios hace por tu vida



Para el día de hoy (02/04/14):  
Evangelio según San Juan 5, 17-30




Insultos. Odio. Una violenta intolerancia.
Todo eso -elevado a la cumbre oscura de la Pasión- es lo que desean y se reservan esos dirigentes de Israel, encendidos de furia contra el Maestro. En una siniestra dualidad, lo que para algunas almas sencillas ha sido un milagro, un signo de Dios -la curación del paralítico a la vera de la piscina de Betzatá- para esos hombres muy religiosos es sinónimo y causa de condena, de excomunión, de blasfemia, de muerte justa, siendo la misma expresión una contradicción en sí misma.

Ya no se andan con vueltas, y arrecian sus ganas de matarlo, de silenciar para siempre su voz, de suprimirle. La cruz está a un paso nomás.

SIn embargo, a pesar de el espeso aire tenebroso, cargado de odio y burbujeante de muerte, es mucho más fuerte el amor y la esperanza que Jesús revela en sus palabras, y quizás precisamente sea ésa una causa más de ese fervor condenatorio.

Porque se identifica plenamente con Dios, con su Dios Abbá, de tal modo que Jesús es Dios y Dios es Jesús.
Y como si no bastara, ratifica que ese Dios se ocupa y preocupa de su pueblo, de todos los pueblos, constantemente, sin desmayos nio descansos.

Sorprendentemente, es un Dios que es Padre y que ama con amor entrañable de Madre que se des-vive por todas sus hijas e hijos. Tomar plena conciencia de ello es dejar en último plano posibles méritos acumulados, y regocijarse por todo el bien que nos llega como lluvia fresca y benevolente.
Y es algo que merece ser contado y compartido con otros.

Porque pecados hay muchos, miserias abundantes, miríadas de cosas por las cuales hemos de suplicar perdón e indulgencia.
Pero no alcanzan varias vidas para agradecer toda su bondad, su fidelidad inclaudicable, su amor incondicional.

Es imprescindible permitirnos comenzar a edificar la eternidad en el aquí y el ahora, en este presente a menudo doloroso, a menudo tedioso, redescubriéndonos hijas e hijos en el sentido más profundo de estos términos.
Nunca estaremos solos ni abandonados a cualquier ventura. En Dios está todo destino.

Paz y Bien

Ese terrible conformismo



Para el día de hoy (01/04/14):  
Evangelio según San Juan 5, 1-3.5-16


El Templo de Jerusalem, además de imponente era enorme, y cientos de peregrinos lo visitaban a diario; este número se multiplicaba para las festividades más importantes. En sus altares, de continuo, se sacrificaban animales de acuerdo a la Ley mosaica: todo ello implicaba que hubiera una notoria necesidad de agua para abluciones, purificaciones o mera limpieza.

Los miles de litros de aguas que recorrían su entramado provenían de varias cisternas; a una de ellas en particular -llamada Betzatá- eran llevados los enfermos, pues se le adjudicaban a esas aguas poderes curativos. Ahora bien, nos encontramos en el mismo centro de la ortodoxia judía, y por ello cada enfermo es un impuro que sufre su dolencia a consecuencia misma del pecado, por lo cual es preferible evitarle para así no quedar impurificado para los ritos y para la vida social. Por ello mismo, los enfermos dependían del auxilio escasos de los que pasaban por allí, para sumergirse en la piscina y, tal vez, encontrar un remedio cuasi mágico a sus penas.

Demoledora paradoja: a pasos nomás se rendía culto a Dios, y al lado se abandonaba a los que sufrían. Los miles de litros de agua probablemente purificaban el Templo, más nó los corazones de esas gentes.

El extremo está en ese hombre: treinta y ocho años intentando conseguir sumergirse primero -cierta tradición o superstición sindicaba que el primero en la inmersión, en un momento especifico, quedaría curado-, treinta y ocho años sin una mano amiga, ni un gesto compasivo. No es un artilugio literario imaginar que su postración fuera causada también por el abandono al que está sometido.

Porque lo terrible es el conformismo, que es la peor de las expresiones de la resignación, en donde el que sufre es una parte más -habitual e infaltable- del paisaje. El desamor, la desidia, el olvido y las omisiones son causa y magnifican todo dolor. Y nada -nada- tienen que ver con el Dios Abba de Jesús de Nazareth.

A la vera de nuestras piscinas/calles sigue habiendo muchos postrados, derrumbados por una existencia que no ha tenido demasiadas contemplaciones.
Y es tiempo de opciones fuertes, definitivas, sin medias tintas. Para que el que sufre se ponga de pié, para que se vuelva a enarbolar lo humano como algo habitual, con el desprendimiento y la generosidad propias de esa Misericordia que sostiene al universo.

Paz y Bien

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