Sin neutralidad








Para el día de hoy (07/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 15-26





La persona de Jesús de Nazareth no pasaba inadvertida y suscitaba múltiples reacciones entre sus contemporáneos. 
Los pobres, los enfermos, los excluidos se alegraban y asombraban agradecidos por ese Cristo que hacía presente la bendición de Dios en ellos, un Dios que los amaba sin medidas, un Dios Abbá que inclinaba su rostro bondadoso hacia ellos.
Los dirigentes religiosos estaban cegados de celos y ambición, de soberbia e intolerancia. Aunque la verdad estuviera ante sus ojos, ellos verían otra cosa, tan cegados que estaban. Su reacción posee una triste obviedad, los que demonizan con brutalidad al distinto o al disidente, adjudicándole rótulos demoledores aunque estas etiquetas siquiera tengan un asomo de razonabilidad. La peor de las cegueras es la de negarse a ver.

Esos hombres, apropiadores falaces de identidades únicas y voceros absolutos de lo sagrado, pretendían tener la legitimidad para decidir cuales cosas provenían de Dios y cuales nó, exigiendo credenciales a su medida. 
No nos es desconocido. Hoy mismo, bajo excusas institucionales y aparentes buenas intenciones ortodoxas, se cuestiona con brutalidad el llamado evangélico del Papa Francisco a la misericordia, a la justicia, a la sencillez.

Pero el Reino estába allí y aquí entre ellos y entre nosotros, siempre en tiempo presente, el bien que se prodiga hacia el ser humano, el mal en derrota que se encarna en la persona y las acciones de Jesucristo y en los que hacen presente el amor de Dios en Su Nombre.
Más aún, cada acto de justicia y bondad que surja en estos campos yertos es también cosa nuestra, que debe despertarnos y movernos al reconocimiento y la gratitud.

Frente al Evangelio no puede haber neutralidad. Quien no suma, resta. Quien no siembra y cosecha, desparrama. Quien no hace el bien, posibilita el mal. 
Es menester llenar estos cántaros de barro que somos con el vino de la Gracia.

Paz y Bien
 

Audacia








Para el día de hoy (06/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 5-13





La oración nos pone en la sintonía noble de la humildad, enlace divino de amor paterno. A veces -casi siempre- es necesario desandar los rumbos complicados poblados de forzados razonamientos, y volver confiados a la sencillez del Evangelio.

Pide el que necesita, el que ha descubierto en su vida una carencia que no puede subsanar por sí mismo. Por ello pedir implica la aceptación de las propias limitaciones, aceptar y admitir que Alguien tiene más y puede más que nosotros, y por eso conocen más de pedir los pobres y los mendigos. Los satisfechos, los que se consideran llenos, sin necesidad de nada ni de nadie, esos no piden.

Busca aquél que sale de sí mismo, que tiene hambre de verdad y de encuentro, que se anima a romper la coraza de la rutina, a franquear la tranquera del no se puede, a ir, cada día, un paso más porque en su fuero íntimo sabe que hay más, siempre hay más.

Llama quien tiene la confianza de ser escuchado y respondido. No se vocifera al vacío ni se incordia a las paredes. Se llama a Alguien, y Él escucha, responde, dialoga, no enmudece.

La insistencia es la tenacidad de los que no adbican de la esperanza, de los que siguen confiando con todo y a pesar de todo. Los que no reservan la súplica sólo para los momentos críticos o para la mera conveniencia particular. La insistencia supone vidas orantes más que oraciones elegantes.

La oración cristiana está en las antípodas de cualquier trueque o regateo religioso, un quid pro quo de fórmulas en pos de beneficios divinos. La oración cristiana posee la asombrosa audacia de dirigirse directamente a Dios, de acosarle cordialmente con nuestros balbuceos y nuestras miserias, una audacia y una hermosa temeridad que surge de nuestra identidad única e intransferible, la de ser sus hijos merced a su infinito amor, Dios Abbá de Cristo y de todos nosotros.

Paz y Bien 

Pan y perdón







Para el día de hoy (05/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 1-4



El pedido que le hacen los discípulos al Maestro no responde tanto a la necesidad de aprender a orar sino más bien a una cuestión identitaria de grupo religioso. Ello así pues en la antigüedad cada religión, secta o vertiente religiosa solía identificarse, entre otras cosas, por el modo único y diferente de sus plegarias. Tal vez, dentro de ese panorama y respetando las distancias a veces abismales, podemos descubrir el Shema Ysrael para la fé de Israel, las oraciones secretas de los esenios o acaso también las plegarias particulares que el Bautista enseñaba a sus discípulos tal como lo solicitan Pedro y los otros.

Pero es menester no perder de vista el contexto: el pedido de los discípulos acontece a continuación de la escena en que Cristo se encontraba orando en cierto lugar. Seguramente es casi imposible expresar vivencias y emociones con exactitud y amplitud; aquí sólo mencionaremos el impacto que debe haber causado en los suyos, en los discípulos, el modo en que Jesús oraba. Quizás ello también quieren ir hacia Dios de esa manera.

Es el tiempo de la Gracia, un tiempo nuevo, totalmente distinto que es mucho más que una alternativa, una opción frente a lo viejo, y por ello la oración cristiana hace centro en un Dios Abbá, Dios Padre que a todos nos hermana.
El Padre Nuestro no es una fórmula que se reserva y restringe a los iniciados en misterios específicos, sino que expresa, con amor y confianza, la santa urdimbre en el aquí y el ahora de la eternidad y la historia.

Venga tu Reino, que el Reino sea, que la vida se expanda entre estos arrabales tan oscuros y hacia la eternidad que se nos ofrece.

Hacer propia, cordialmente, la causa de Dios y la causa de los hermanos.

Suplicar el pan del sustento, el pan de Vida, el pan del perdón que restaura y sana. Seguir confiando en la mano bondadosa de Dios que nos libera de todos los males, los que elegimos y los que nos infringen.

El Padre nunca nos abandona.

Paz y Bien

Betania, escucha y servicio








San Francisco de Asís

Para el día de hoy (04/10/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 38-42




En la casa familiar de Lázaro, Marta y María, situada en Betania, el Maestro era recibido con cálida hospitalidad, y allí se encontraba a gusto, a sus anchas, entre amigos que le amaban casi tanto como Él a ellos, una familia que también era la suya pues era recibido a puro corazón y afecto.

Si el samaritano es el carácter primordial de una Iglesia servidora de una humanidad abandonada, Betania es su imagen cordial, la Iglesia familia hospitalaria en donde Cristo se encuentra en familia.

Recibiendo, reconocemos al otro y lo hacemos parte de nosotros. Quizás a partir de allí, la escucha sea el primer servicio; se oye demasiado, se escucha poco o nada. Escuchar significa darle importancia al otro, y más aún, a lo que el otro tiene para decir, y por ello escuchar implica un crecimiento interior de la humildad.

Una Iglesia cordial, hospitalaria, que a nadie rechaza, que escucha a todas las mujeres y los hombres porque ama sin condiciones, porque quiere permanecer fiel y seguir los pasos del Maestro, servidor de todos.
Demasiados hermanos languidecen en soledad, a pesar de estar rodeados de multitudes, islotes de aislamiento y abandono.

En todo amar y servir, camino apostólico que se brinda por amor a Cristo y desde la escucha atenta de la Palabra que se encarna, se pone en práctica, se hace tiempo, historia, cotidianeidad, lo que permanece y no perece.

Que la grata memoria del Hermano de Asís nos ayude a reencontrarnos con Cristo en el hermano.

Paz y Bien



Cristo, el Buen Samaritano







Para el día de hoy (03/10/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 25-37



Los reduccionismos suelen ser malos y nunca justos. De ese modo, la profundidad y belleza de la enseñanza que nos brinda el Evangelio para este día quedaría acotada a un mero dictado moral que probablemente se utilice como argumento para un juicio de valor pero nó como fundamento ético, es decir, un modo trascendente de ser en el mundo.

Es menester estar atentos siempre a los detalles, signos y símbolos. 

Un samaritano pertenecía a un grupo social que era mirado con desprecio por los judíos observantes, toda vez que se le consideraba un antiguo hijo de Israel que permitió la contaminación gentil, que vulneró el respeto y el culto al Templo, que manipuló la Torah; por ello un samaritano está ubicado varios escalones por debajo de un gentil o extranjero, pues es en cierto modo un traidor, y por todo ello indigno de cualquier bendición y bondad de su Dios.
Así resulta sorprendente que sea precisamente un samaritano quien sea tomado como ejemplo del actuar según el Evangelio, y más aún, el tono marcadamente secular de la parábola. El sacerdote y el levita -epítomes de la religiosidad oficial judía- pasan de largo frente al hombre caído a la vera del camino.

Al samaritano lo mueve la compasión, al igual que Aquél que se con-mueve al ver a las ovejas sin pastor, a los enfermos, a tantos dolientes.
El Buen Samaritano es el mismo Cristo, que viene hasta la humanidad herida de pecado y miseria, que no pasa de largo, que sana sus heridas con el óleo de la unción sacramental y el vino de su sangre, que confía el restablecimiento de su salud/salvación en el albergue amplio de la Iglesia. Ha pagado la salud con su vida nuestro refugio, aún cuando se le consideró un marginal, o un galileo menor, o apenas el hijo del carpintero. 

 Y Él  volverá, y mientras tanto sus discípulos hacen presente como samaritanos ese amor de Dios en el mundo sin preguntar pertenencias u orígenes, misión de socorro y misericordia hacia todos los pueblos.

Paz y Bien


Perseverancia











27º Domingo durante el año

Para el día de hoy (02/10/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 3b-10




A menudo nos descubrimos presos de una rutina gris, continua, sin resolución.
Pero también, en este mundo que se agota en sí mismo, nos hemos construido ídolos crueles a los que les rendimos culto, becerros de oro con fauces insaciables que se alimentan de corazones. Dinero, mercado, consumo, ideología, moda, confort que todo quieren para sí, que no dan respiro, que todo atropellan.
Aún así, muchos -frente a tantos sinsabores y tantas agresiones- prefieren eludir los conflictos, aferrándose a lo conocido aún cuando lo conocido esté perimido, y de esa manera sobrevalorar lo que es medio y no fin, conservadurismo tonto y estéril.


Nada de eso está cerca de la Buena Noticia. La fé, don y misterio, transforma esa opacidad, ese ritmo enfermo, esa rueda que gira sin fin con una centrífuga que todo se lleva. La fé es la irrupción de lo eterno en lo cotidiano, más no de un modo abstracto, de fuerzas desconocidas, sino una intervención personalísima de Cristo en su Espíritu que derriba esos ídolos, que fecunda nuestros días, que nos reviste de valor, que nos hace andar a pasos seguros.

El Espíritu nos libera y nos sana, abre nuestros ojos cansados, sostiene nuestra esperanza, abre el entendimiento, enciende serenamente una alegría que nada puede desalojar.

Andar, siempre andar, nunca quedarse. Hay muchos árboles que plantar en el mar y muchas montañas movedizas y obedientes. Vivir en plenitud o apenas pervivir, acaso sin diferencias mayores con la mera biología.

Perseverar sin desmayos en esa fé que se nos ha dado, desde el servicio, el perdón, la misericordia.
Y cuando llegue el tiempo de partir, irnos con sencillez, sin estridencias, con la humilde alegría de saber que hemos hecho lo que debíamos, y que devolvemos florecida y frutal este pequeño espacio de tierra fértil que somos.

Paz y Bien

De la euforia a la alegría









Para el día de hoy (01/10/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 17-24



Los setenta y dos enviados regresaban de la misión que el Maestro les había encomendado oscilando entre el asombro y la euforia; con una pobreza total de medios, cumplieron con todo lo mandado y nada ni nadie implicó un obstáculo insalvable.
Llevan en sus corazones la certeza del poder de Cristo, pero los viejos esquemas persisten y por eso mismo les gana espacios la euforia.
La euforia suele ser superficial, se queda en las apariencias olvidando lo que en verdad cuenta, lo más importante; además es hija dilecta del exitismo, la pura praxis sin ética ni trascendencia que mide resultados, scores, en donde la vida y las personas quedan en segundo lugar. Por esa misma superficialidad la euforia es tan volátil y pasajera, y por ello, en un plano psicológico, sea la contracara de la depresión.

Así el Maestro, a pesar de todos los milagros que han obrado en Su Nombre, los insta a valorar como bien mayor la plenitud vivida en Dios, la Salvación que el Padre les ofrece por el Hijo. Allí está la raíz de toda esperanza y de toda alegría, que ellos -y nosotros también, aún sin merecerlo, aún con todas las miserias a cuestas, en Él y con Él´podrán hacer retroceder el mal en todas sus formas, y eso se transforma en misión, misión de liberación, de paz, de sanación, de justicia.

Sanando heridas, rompiendo el aislamiento y la soledad, revirtiendo los egoísmos con fraterno servicio, auxiliando al que tiene la mirada nublada por ideas vanas, reconociendo al Cristo de nuestra Salvación en el rostro de los más pequeños, en los ojos de los pobres.

Pascua de la euforia a la alegría que permanece y no se disipa, con todo y a pesar de todo, porque el mismo Espíritu la sustenta.

Paz y Bien
 

Responsabilidad









Para el día de hoy (30/09/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 13-16




Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm eran ciudades bien conocidas por Jesús de Nazareth: todas ellas galileas, fueron objeto de sus desvelos, de su esfuerzo misionero, de su cercanía. En ellas realizó una multiplicidad de signos, se acercó a todos -especialmente a los dolientes-, llegando a instalarse en la misma Cafarnaúm, en la casa familiar de Pedro y Andrés, en una suerte de centro de su ministerio mayor incluso que su Nazareth natal.
En esas ciudades, especialmente en Corozaín y Betsaida, había escuelas rabínicas que a su vez eran reconocidos de estudios religiosos: a pesar de todo ello, en Cristo sólo hallaban a un revoltoso, a un rabbí pobre e irrelevante sin pergaminos o, en el mejor de los casos, al hijo del carpintero.

Aún así, y a pesar del duro lenguaje con el que el Maestro se expresa, no nos encontramos frente a una promesa de inminentes y terribles castigos sino más bien frente a las consecuencias necesarias frente a la ceguera, frente a la negación de lo que prevalece, de lo que no perece, de las cosas de Dios plenamente reconocibles en el actuar de Jesucristo.
En cambio de gratitud solemos desbordar apatía, soberbia y una pertinaz tozudez de aferrarnos a una vida sumergida, sin conversión.

El paso liberador de Dios por la existencia, paso bondadoso, generoso e incondicional implica que hemos sido elegidos como hijos, con amor de Padre, sin contar los méritos acumulados, pero también supone una responsabilidad, la responsabilidad de actuar de acuerdo a ello, con alegría, con entusiasmo, con la gratitud de quien, a pesar de todos los enormes problemas, descubre en cada amanecer una bendición.

Paz y Bien

La otra historia








Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Para el día de hoy (29/09/16):  

Evangelio según San Juan 1, 47-51




Vivimos en un mundo donde tiene una altísima preponderancia la imagen, mundos inexistentes a los que las personas deben adecuarse y de las cuales se vive pendiente. Tal vez allí esté la impronta de los medios que han dejado de ser tales para convertirse en fines en sí mismos.

Pero por la fé sabemos que hay otra realidad, otra historia que supera el imperio de lo sensorial y las capas de ficciones varias.
Revelación, precisamente, implica quitar los velos a lo que normalmente se pasa por alto o no se puede ver, y Cristo nos ha revelado el rostro de un Dios que es Padre y que jamás se desentiende de la vida de sus hijos, un Dios totalmente implicado en la historia humana, tejiendo en este tiempo santo y propicio -kairós-, tiempo santo de Dios y el hombre, la eternidad en la cotidianeidad.

Los ángeles vienen a recordarnos esa dimensión trascendente de la historia, que está allí viva y palpitante aún cuando no querramos verla, aún cuando imbuídos por la locura cotidiana la pasemos por alto. Más aún, en el lenguaje bíblico la aparición de un ángel implica la acción y presencia de Dios.

Por eso la devoción a los santos ángeles es un humilde y afectuoso homenaje y memorial a esa realidad trascendente, a esa historia infinita de cielos abiertos, de puente con el Padre. En cada ser humano hay un reflejo de esa historia, una dimensión divina que es preciso cultivar con paciencia, cuidarla con amor, trabajarla con dedicación.

Quién como Dios! Dios es nuestra fuerza, Dios nos cura de todos los pecados.






El infinito, la eternidad, están aquí y ahora fecundando toda esperanza.


Paz y Bien





Abriendo surcos








Para el día de hoy (28/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 57-62





A menudo nos encontramos en los Evangelios con expresiones muy duras, quizás ajenas a cierta visión edulcorada que nos hacemos de Cristo. Pero esas expresiones tienen un origen y un motivo, nada es casual, siempre hay una causalidad aunque no pueda advertirse de antemano. La literalidad es un espanto y es estéril.

Este lenguaje paradojal, tal como nos presenta la liturgia del día se ubica en las modalidades propias de la época, de un tiempo en donde la enseñanza era, preponderantemente, de carácter oral. De allí que uno de los mejores modos de recordar tales enseñanzas era ése, es decir, presentar posturas extremas que no se pudieran pasar por alto con facilidad.
Pero hay más, siempre hay más, y es la imperiosa necesidad del Maestro de enseñar a sus discípulos de todos los tiempos la radicalidad del Evangelio, su asombrosa dinámica. Y muy especialmente, que esos caminos en nada tienen que ver con los caminos del mundo.

Para vivir el Evangelio es menester abandonar todas las madrigueras y cuevas de confort y cálculo. Es preciso saber ser zorro -astuto- y capaz de volar como un pájaro, a la vista plena del sol de Dios, confiados en su bondad que nunca nos abandona.

Para vivir el Evangelio hay que romper de una vez y para siempre con la muerte. El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de vivos, que no de muertos, y esa ruptura con el padre muerto e insepulto tal vez exprese todo lo viejo que no trasciende, lo viejo que detiene, lo viejo de agrieta almas y fidelidades antes que un vulnerar el amor al padre real.

Para vivir el Evangelio es preciso no mirar atrás, dejar que la historia sea eso mismo, es decir, historia y pasado, pues el presente es lo que cuenta y se edifica con la misericordia de Dios. Las manos en el arado y la vista puesta atrás sólo produce una siembra inútil, pues los surcos van torcidos.

Hay que abrir, con el auxilio de la Gracia, nuevos surcos, todos los días y cada día, para que florezca entre nosotros y en todo el mundo los frutos santos del Evangelio.

Paz y Bien

Fuego del cielo








Para el día de hoy (27/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 51-56




Es imprescindible ir más allá de la pura letra. Todo texto tiene niveles de profundidad, y los Evangelios son como un mar infinito, sin orillas.
Desde esa perspectiva, la contemplación el Evangelio de Lucas expresa mucho más que un desplazamiento geográfico de Jesús de Nazareth desde la periferia galilea hacia el centro jerosolimitano: ese camino es un ascenso hacia la cruz, hacia la realización plena de su misión en fidelidad y en amor a Dios, libre absoluto y sin condicionamientos ni miedos.

Galilea se ubica al norte de Tierra Santa, mientras que Jerusalem está en el centro. La ruta razonable atraviesa Samaría por el medio, toda vez que las alternativas son la peligrosa orilla este del Jordán o la ruta marítima, mucho más extensas. El paso por Samaría es una cuestión razonable y práctica, pero expresa también que los caminos de la Buena Noticia no se cierran a nadie, que la Salvación se ofrece -incondicional- a todos los pueblos sin distinción.


Los samaritanos mantenían un odio acérrimo y recíproco con los judíos, pues ellos se consideraban auténticos cultores de la Torah y devotos de su Dios en el monte Garizim, mientras que para los judíos los samaritanos eran unos apóstatas, impuros despreciables que, varios siglos atrás, se habían contaminado con extranjeros y habían vulnerado la verdadera fé de Israel edificando un propio templo fuera de Jerusalem. Ese odio se mantenía con el correr de los siglos, llegando a acciones violentas en varias ocasiones. 
Desde esa perspectiva tal vez se comprenda mejor la importancia de la parábola del Buen Samaritano; en el caso que hoy nos ocupa, nos refleja también una de las causas de la reacción de algunos discípulos.

El Maestro envía mensajeros delante de Él, quizás en tren de preparar alojamiento temporal para la travesía, aunque se trate en un plano más profundo de la misma misión cristiana al modo del Bautista, precursores que allanen los caminos para el Cristo que llega.
Pero esos enviados no llevan a Cristo en su corazón, y sí a sus viejos esquemas e ideología. Probablemente han informado a esos samaritanos que por allí pasaría el renombrado rabbí galileo que se encaminaba a Jerusalem a restaurar la corona y la gloria perdidas de Israel. No hay verdad en ello, sólo una torpe afrenta que reaviva antiguos rencores nacionalistas y religiosos, y por ello no le reciben en esa aldea samaritana.

La reacción de Juan y Santiago -Jacobo- es brutal. Son hombres de caracteres fuertes y apasionados que se dejan ganar por la ponzoña del fundamentalismo, el escaso horizonte en donde no hay lugar para el distinto, para el otro, sólo para el par. Esos deseos punitivos de exterminio son llamativamente actuales, las ganas de aplastar al consierado indigno, execrable, y arrogarse venganzas en nombre de un Dios que es Padre y que es amor. La imagen de un fuego arrasador que desciende del cielo y demuele a sus enemigos refiere a una tradición del profeta Elías.

La reprimenda del Maestro no es sólo un reto que cuestiona sus posturas: tiene el mismo tenor y énfasis con el que Él expulsaba los demonios que menoscababan las mentes y las vidas de tantos.

Porque frente a la incomprensión y a las vendettas pendientes -que se encienden con facilidad-, es menester sí, pedir fuego del cielo, más no un fuego de castigo y violencia, sino el fuego del Espíritu que se expresa en humilde servicio, en la paciencia que se encarna -la ciencia de la paz-, en la capacidad de descubrir en el otro, aún en el enemigo, a otro hijo de Dios ante el cual se hace presente también el convite mayor a la Salvación.

Paz y Bien 

Iglesia servidora







Para el día de hoy (26/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 46-50


La escena que nos presenta el Evangelio para este día se repite en varias diferentes ocasiones: los discípulos solían embarcarse en discusiones y dialécticas que determinaran preeminencias, jerarquías de dominio y poder, ambiciones que son harto razonables en los parámetros mundanos pero que nada tienen que ver con la Buena Noticia. Ellos seguían sin entender, y es indicio de la persistencia de viejos esquemas y de que aún no han realizado su Pascua; en esas actitudes se puede entrever su deserción frente a la cruz, porque acompañaban a Jesús de Nazareth por los caminos de su ministerio pero en verdad no estaban con Él. 
Tenían pendiente, al igual que todos, una profunda conversión.

En aquellos tiempos tanto por criterios religiosos como culturales, un niño era considerado un hombre incompleto, cuyos derechos -relativos- radicaban en los de sus padres. Varios escalones por debajo de un ser humano pleno, dependía en todo de los demás, y tal vez por ese mismo criterio a un niño no se le tiene en cuenta, se le deja de lado y se le aparta de toda cuestión importante como quien espanta a una molestia.

Por ello mismo, el Maestro quiere devolverle a los suyos el centro, el foco que han perdido. La infancia y la ternura son, claro está, valores a proteger y a tener siempre presentes: más en este caso, Cristo se refiere al niño en cuanto al débil, al que en todo depende de otros, al indefenso, al que no cuenta para nadie. 
Se trata entonces de poner a los niños y a los que son como ellos como centro de los afanes de los discípulos, la Iglesia, y su valor se acuna en las honduras del corazón sagrado de Dios. Una Iglesia que no rutila por el valor relativo de sus integrantes sino por el servicio humilde que brinda a todos los descartados por el mundo, una Iglesia que no se encierra en sus reglamentos ni bloquea las puertas a los que no aducen pertenencias, sino que sale con empeño al encuentro de los necesitados, una Iglesia felizmente desertora de ventajas y poderes que en el nombre de Cristo y por Él sirve y consuela en silencio, con la tenacidad del amor, una Iglesia rica en misericordia como el Padre.

Iglesia discípula  porque escucha con atención la Palabra y la pone en práctica, Iglesia pobre con el corazón en Cristo y en los hermanos más pequeños, Iglesia servidora del Evangelio pero nunca su propietaria, y que sabe reconocer y agradecer cuando destellan los valores de la Buena Noticia en los hermanos de otras confesiones, frutos santos del amor de Dios.

Paz y Bien

Abismos










26° Domingo durante el año
 
Para el día de hoy (25/09/16):  

Evangelio según San Lucas 16, 19-31




Suelen ser habituales las interpretaciones de la Palabra que se traducen en predicación y catequesis que se des-encarna, que refiere siempre al más allá en tono de moralina punitiva. Quizás haya alguna tinción abstracta, quizás una tendencia a ideologizar -con cualquier signo- lo que trasciende. Pareciera que el Reino de Dios del cual suplicamos su venida se convirtiera en una cuestión post mortem.
Pero el Reino de Cristo no es de este mundo, y a su vez señala que otro mundo y otro tiempo son posibles, imperiosos, amados por Dios para todas sus hijas e hijos. 
Por estos arrabales florecen los umbrales del cielo.

El contraste entre el rico que banquetea indolente y el pobre Lázaro que languidece a su puerta no puede ser mayor. 
El rico se viste de lino finísimo y púrpura, lo cual no es sólo indicio de riqueza sino de posición social relevante. No cuadra en los estereotipos usuales de los opresores brutos, de los avaros mezquinos o de los explotadores miserables; por el contrario, ofrece a diario espléndidos banquetes, una tácita sugerencia de que tira la casa por la ventana.
Lázaro, por el contrario, tiene por vestido las llagas que lo cubren. Los perros que lo lamen, en la cultura del siglo I representan lo impuro total, por lo cual hay allí un símbolo de miseria extrema, a tal punto que Lázaro ansía saciarse de lo que cae de la mesa del hombre opulento, quizás de la miga de pan que solía usarse para quitar la grasa de los dedos luego de probar variados manjares con carnes varias.  Sin demasiados ambages, Lázaro sólo tiene por horizonte comer residuos, basura.

Entre el rico y Lázaro hay apenas unos pasos, está al otro lado de la puerta, pero en realidad hay un abismo entre ambos, un abismo mortal producto del acostumbrarse a la miseria ajena como parte normal del paisaje, un aniquilar al prójimo permitiéndo existencias llagadas a todas las puertas, la indiferencia frente a las necesidades del otro que, muy probablemente, sean causadas por esa opulencia que disfrutan unos pocos en detrimento de tantos Lázaros del más acá. Mundos terribles en donde se razona la pobreza impuesta y se justifica la exclusión. Dios nos libre de los razonadores de miserias y de todos los indiferentes, porque solemos acomodarnos por allí.

El Maestro nos enseña con tenacidad a acumular tesoros allí donde perduran, tesoros en el cielo que no perecen, extraños tesoros que se multiplican en tanto se brinden sin condiciones.
El rico de la parábola no tiene futuro -cielo- ni destino pues se ha consumido en banquetes estrechos que nada tienen de ágape, y por eso es desaprensiva su búsqueda de misericordia y compasión postreras, pues las ha negado en el tiempo terrenal, sordo a clamores de piedad y justicia tan cercanos.
Los hijos de Abraham se identifican por su práctica fiel de la Ley, es decir, del amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. 
Los hijos de Dios, porque aman a Dios en el hermano, especialmente en el débil, el pequeño, el olvidado, el descartado.

Tantos hermanos languideciendo la ausencia injusta del pan, del pan del sustento y del pan de la Palabra, obligados con infame torpeza a una resignación que es opuesta totalmente al Evangelio y al corazón sagrado de Cristo.

Justicia y esperanza son frutos santos de la caridad, y han de florecer en el aquí y el ahora para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien


Nuestra Señora de la Liberación








Nuestra Señora de la Merced

Para el día de hoy (24/09/16):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27 



Madre y hermana, amiga y discípula. Al pié de la cruz, demolida de dolor, permanece firme y fiel aún cuando todos se han ido, despeinados de miedo, fragores del temor.
El vino de Jesús es el vino de María. El cáliz del Hijo es también copa que la Madre no elude, como tampoco escapa a todos los tragos amargos de todos los hijos.

Allí, firme junto al árbol santo de los dos maderos expresa en silencio su frondosa pobreza que es -en la ilógica del Reino- la inmensa riqueza de la Gracia. Esa mujer no tiene casa propia, su hogar estará allí en donde los hermanos del Hijo, sus otros hijos, la reciban con afecto y corazón creciente.

La ofrenda absoluta de Cristo en la cruz, su muerte como un criminal abyecto y peligroso, sindicado como un maldito, es también el amor mayor de un Dios que nada se reserva para sí, que todo lo entrega para el bien de los hijos. La muerte de Cristo en la cruz es una afirmación rotunda del corazón sagrado de Dios por la vida, y la vida en abundancia.

Como el Padre que nada se reserva, el Hijo tampoco. Muriéndose, brinda a sus hermanos lo último que le queda, su Madre, para que sea Madre de todos en la fé, en la esperanza, en el amor.

Ella lo sabía bien. El Dios que la amaba sin medidas, el Dios Abbá de su Hijo, el Dios de sus mayores es el Dios magnífico que nunca es imparcial, que inclina su rostro bondadoso hacia los pequeños, su corazón infinito hacia los pobres, su brazo fuerte al rescate de los cautivos y los humildes. Y que derriba a los poderosos de sus tronos.
Un Dios que en el Hijo celebra la vida y la libertad.

Líbranos, Madre, de la mano cruel de los violentos, y de la mano cuidada de los opresores de guante blanco.
Que nunca se nos agoten las ganas de escuchar esa música fabulosa de las cadenas que se rompen.
Que bebamos el vino de tu Hijo, y brindemos con todos los hijos en la mesa fraterna del Reino, especialmente con los hermanos en los que perduran las sombras de tantas cautividades nuevas y viejas.

Ayudanos a ser dignos hijos tuyos y hermanos del Maestro, firmes en la esperanza, tenaces buscadores de la libertad, humildes edificadores de la paz, hambrientos a perpetuidad de toda justicia, pues no vamos solos, pues somos todos felices hijos de tu merced que nos ampara, nos consuela y nos restaura.

¡Salve, Madre de Dios!

Paz y Bien



La gran pregunta









San Pío de Pietrelcina, prebítero

Para el día de hoy (23/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 18-22 




En el día de ayer contemplábamos en el Evangelio del día el creciente interés de Herodes Antipas en la figura de Jesús de Nazareth, y los interrogantes que también se suscitaban en las gentes. Que era el Bautista que regresaba, que Elías, que uno de los antiguos profetas, todos filtros que remitían a preconceptos pero, por sobre todo, al pasado: en la persona de Cristo acontece la novedad absoluta del Reino y el amor de Dios, que no pueden acotarse con criterios menores o mezquinos. De ese modo Cristo se volvía un desconocido al que le ponían diversos rótulos.

Hoy es momento propicio para que los discípulos respondan la gran pregunta, quién es Jesús para todos y cada uno de ellos.
Pedro habla en nombre de los Doce, y no sólo es el portavoz. Asoma, tal vez sin saberlo plenamente, su vocación y misión de ser la roca en donde se confirme la fé de sus hermanos. Pero en Pedro como en los demás prevalecen las viejas ideas a pesar de los caminos compartidos y las enseñanzas recibidas.
Pedro intuye que en el Maestro está la mano de Dios, pero lo identifica como el Mesías de nacionalismo judío, que añoraba a quien vendría a restaurar la gloria y el poder de Israel por sobre todos sus enemigos.

De allí la llamada imperiosa del Maestro a callar, a no anunciar eso al pueblo. El Cristo que aún deben conocer y re-conocer es el Cristo que sufre, esclavo de todos, servidor fiel que cambiará de una vez y para siempre las fronteras inmóviles de la muerte. Por el amor mayor ofrecido en la cruz, por su resurrección, la muerte no tendrá la última palabra, la vida prevalecerá eternamente.

La gran pregunta sea también un interrogante cotidiano para todos nosotros, abandonando todas las imágenes tergiversadas de un Mesías conveniente, light, haciendo nuestra Pascua hacia el Cristo de la cruz, el Cristo resucitado de nuestra salvación.

Paz y Bien  

Cristo desconocido








Para el día de hoy (22/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 7-9




La curiosidad que despertaba el ministerio de Jesús de Nazareth - sus palabras y sus acciones- influía sobre una multiplicidad creciente de personas. Entre ellos, como lo destaca el Evangelio para este día, la inquietud de Herodes Antipas.
Esta inquietud es ominosa: no tiene nada de inocente ni posee intenciones veraces u honradas. Quizás haya en su carácter cierta superstición subyacente, más en sí se trata de cuestiones de poder puro en donde no hay espacios para la ética, la pura praxis sin un carácter rector y trascendente. Él había ordenado la ejecución del Bautista, y el surgimiento del rabbí nazareno, su influencia creciente sobre el pueblo, implicaba también un peligro, una amenaza que quizás no termine de identificar pero una amenaza al fin. Y los poderosos aplastan a las amenazas, aún cuando suponga la muerte de un inocente, y es otro indicio de lo que acontecerá en la Pasión.

Algunos sostenían que el Maestro era el Bautista redivivo, expresando en voz alta la carga de conciencia del homicidio y algo de temor a una venganza. Otros, que Jesús era Elías, que regresaba para restaurar a Israel. Finalmente, otros afirmaban que se trataba de uno de los antiguos profetas que había resucitado.
Todos ellos, aún aquellos que lo hacían desde la perspectiva del poder, no lo conocían. Ante ellos hay un Cristo desconocido aunque lo puedan ver y escuchar, pues siguen intentando que encaje en los viejos moldes de sus prejuicios.

Grave problema. No más viejos moldes, pues la novedad de Cristo y el Reino es absoluta, y no se deja demarcar por todos los escasos parámetros que se pretendan imponer.

Cristo era un desconocido y aún lo sigue siendo. Porque sólo se le conoce desde la fé, don y misterio, puente de encuentro de la Salvación y el amor de Dios.

Paz y Bien

Seguimiento









San Mateo, apóstol y evangelista

Para el día de hoy (21/09/16):  

Evangelio según San Mateo 9, 9-13



Ser un publicano, en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth en Tierra Santa no era cosa fácil. 
Los publicanos eran los funcionarios que recaudaban los tributos debidos al ocupante romano; Roma castigaba con la pena capital a los evasores, pues entendía el no pago de impuestos como un acto sedicioso que, por ello mismo, debía ser rápidamente reprimido con violencia. Pero los publicanos, a su vez, solían aprovechar de su posición de recaudador -apoyados por la fuerza militar- para prácticas extorsivas y corruptas en su propio beneficio.
Por colaboradores de opresor imperial y por extorsionadores, eran odiados en fiero silencio por todo el pueblo, traidores y corruptos. Pero para las autoridades religiosas, a causa de las estrictas normas de pureza ritual, los publicanos estaban imposibilitados de participar del culto y la vida religiosa de Israel por su estrecho contacto con monedas extrañas y su trato habitual con extranjeros.

Impuros rituales y execrables vecinos, estaban encasillados en un ostracismo perpetuo. Aún así, y a pesar de todo el daño que conferían -especialmente a los más pobres-, sus prácticas usuales los iban encerrando en su propia miseria. El corrupto, que dispensa muerte y miseria, muere en su alma sin destino.

Nadie en su sano juicio invitaría a un publicano a su casa, y menos se sentaría a la misma mesa a compartir pan y vino. Lejos los miserables, fuera de aquí.

Por todo ese entorno tan rígido y contundente, la llamada e invitación del Maestro al publicano Leví/Mateo no deja de sorprender. Expresa el tenor primordial de la misión de Cristo, que es el rescate de los perdidos, la sanación de los enfermos, la recuperación de los que se han extraviado, aún cuando todo indique que no más, que es suficiente, que no hay solución posible.
Expresa también que para el Dios de Jesús de Nazareth no cuenta tanto lo que se haya hecho en el pasado, sino la posibilidad de transformar el presente junto a Él y, con Él, soñar un futuro cuyos cimientos, con paciencia y esfuerzo, se establecen hoy mismo.

Seguimiento, y por tanto fé, no es la adhesión doctrinal ni la pertenencia grupal o institucional sino seguir los pasos de Aquél que ha salido a buscarnos y que nos encuentra en nuestra cotidianeidad, para que las mesas de los tributos, de las miserias, de los dolores se transformen en mesas de hermanos en donde se comparta y celebre la vida.

Paz y Bien

Parentezco espiritual












Para el día de hoy (20/09/16):  

Evangelio según San Lucas 8, 19-21





La escena que nos presenta el Evangelio para este día la podemos hallar también en el texto de Marcos, aunque quizás el planteo de Lucas implique una delicadeza frente a una dura situación que debía afrontar el Maestro, y que era precisamente su situación frente a sus familiares.
Hemos de tener en cuenta el rol preponderante de la familia amplia -el clan, la tribu- tenía en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth como guardianes de las tradiciones, protección de la identidad judía y refugio frente a las catástrofes posibles de la vida. Todo hubiera permanecido en aguas tranquilas y sin colapsos: sin embargo, a los treinta años ese hombre pobre y nazareno renuncia a formar una familia, a una esposa, a hijos y se larga a los caminos a enseñar cosas de Dios de una manera novedosa y sorprendente, juntándose a menudo con todos los descastados e impresentables de su tiempo, sanando a los enfermos, predicando a un Dios que es Padre y es amor.
Inevitablemente ello le llevó a un abierto conflicto con la dirigencia religiosa de su tiempo, a tal extremo que no podrá volver a enseñar en las sinagogas y será considerado un loco, un borracho, un endemoniado, un blasfemo irrecuperable, siendo esta última la acusación más seria pues, de confirmarse, conduciría al cadalso.

Por ello no es difícil imaginar el estupor de sus parientes, pues a ellos se refiere con exactitud la expresión semítica tu madre y tus hermanos. Ellos se hacen presente allí donde Cristo está rodeado de una multitud ávida de sus palabras para hacer cesar el escándalo que también acarrearía la ignominia a la veta familiar, para recuperar a ese Jesús que se ha extraviado y que de alguna manera está fuera de sus cabales.
Pero simbólicamente, implica también cierto conservadurismo peligroso que prefiere la dureza de lo conocido a los riesgos de toda novedad, el aferrarse a lo viejo con resignación abdicando de toda esperanza.

Con Cristo se ha inaugurado un tiempo nuevo y definitivo, en que los vínculos biológicos, culturales, sociales/nacionales y de índole similar -todos ellos valiosos e importantes- ceden el lugar a los vínculos trascendentes del espíritu: la plenitud humana -la felicidad- será para los que escuchan la Palabra de Dios con atención y la ponen en práctica, los que oyen y escuchan las enseñanzas del Verbo, encarnan la Buena Noticia y siguen sus pasos.

Más aún, se revela una dimensión asombrosa, y es la de un Dios que se ha llegado allí donde se resuelve cotidianamente esto que somos, un Dios que se hace pariente de toda la humanidad, pues la Madre -que es madre, hermana y discípula-, flor primera de la Gracia, ha inaugurado los nuevos tiempos de su nueva familia.

Paz y Bien

La luz del Evangelio







Para el día de hoy (19/09/16):  

Evangelio según San Lucas 8, 16.18




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las horas útiles del día se extendían desde el alba al atardecer, de sol a sol. Fuera de ese horario de trabajo incesante, las familias se resguardaban en sus hogares; ahora bien, por lo general las casas familiares se componían de un monoambiente amplio que hacía las funciones de dormitorio familiar y también de sala de estar y de comedor, es decir, la vida familiar se acotaba a una habitación grande.
Pero también en ese tiempo el aceite que alimentaba las lámparas destinadas a iluminar era muy caro y las velas prácticamente inaccesibles para el común de las gentes -y usualmente se reservaban al culto-, por lo cual en cada hogar sólo había una lámpara que, al caer la tarde, se encendía y se colocaba en un saliente de la pared o en un estante ubicado a tal fin. Obviamente, desde allí la llama de la lámpara lo iluminaba todo.
A nadie se le ocurriría poner la lámpara bajo la cama o bajo un recipiente para no permanecer a oscuras y por lo valioso del aceite que ella tiene.

El Evangelio se nos ha concedido para que nuestras existencias se iluminen, para que la Palabra se encarne en nosotros a su debido tiempo, semilla paciente que germina y dá frutos. No es un arcano esotérico qie se reserva sólo a un séquito elitista en complicados rituales. 
El Evangelio es nuestra más valiosa herencia, luz que no ha de ocultarse, que ha de enarbolarse en lo alto, luz que disipe todas las tinieblas, que alcance a todas las naciones.

Nada se reserva, no hay sectores ni porciones inaccesibles. Nada ha de quedar oculto en el Evangelio, del mismo modo que Dios se ha brindado por entero, sin reservarse nada para sí, por nuestra salvación.
Esa luz que resplandece, claro está, no nos pertenece, pero es necesario elevarla.

Se eleva y expande desde la predicación, desde el ministerio y desde una vida que exprese la Gracia en lo cotidiano, Evangelios vivos que palpitan la gloria de Dios.

Paz y Bien

El dinero injusto








Domingo 25° durante el año

Para el día de hoy (18/09/16):  

Evangelio según San Lucas 16, 1-13




Las lecturas lineales -nunca está de más decirlo- carecen de profundidad y referencias, suelen ser torpes e inevitablemente conducen a los fundamentalismos de cualquier índole, que en nada tienen que ver con el Evangelio. 
En una época en que la corrupción de todo tipo nos ofende y lastima, pues corrupción es muerte, encontrarnos con el elogio que realiza el Maestro del administrador de la parábola puede llegar a ser desconcertante, especialmente por los tejes y manejes que éste realiza en momentos críticos para asegurarse su futuro, y por la sospecha de acciones turbias que sugiere su señor. Si eso sucede, alabado sea Dios. El Evangelio nunca es conveniente y lejos está de ser cómodo; la enseñanza de Jesús de Nazareth vá a contramano de los presupuestos mundanos para que descubramos cosas nuevas, para cambiar y que todo cambie.

Dejando de lado toda connotación ideológica -que, claro estaría nada mal- en todos los casos el dinero es injusto pues suele ocupar el lugar de Dios en señorío, devoción y seguridad, dios falso y voraz que desconoce hijos y genera esclavos en masa. Para el mundo el dinero parece ser sagrado, no así la vida humana. Para el mundo parece haber cosas inamovibles en los procesos económicos, cuando lo inalterable debería ser el bien del hombre y la justicia; es menester apagar por un momento el detector de populismos, y desde una cordial honestidad reconocer que la riqueza de algunos, necesariamente, es la causa de la miseria de muchos. Que el mercado es apenas una variable, y nó una liturgia a respetar a rajatablas. Que las vidas que se aniquilan son únicas e irremplazables, aún cuando las emociones banales de los razonadores de miserias intenten justificar lo injustificable y propalen miseria, hambre y desempleo.

Sólo Dios es el Señor, sólo el bien del hombre debe regir los procesos económicos y las planificaciones políticas.

El elogio hacia ese administrador de la parábola nos impulsa a ciertos criterios que solemos abandonar en pos de una religiosidad que suele olvidarse del Dios que se encarna y se hace hermano, vecino, Hijo querido, y que son la astucia, la creatividad, la inteligencia.

Sólo el amor de Dios es definitivo. Todo lo demás, cuando pierde su rumbo, puede y debe cambiarse, abriendo ámbitos espaciosos y claros de solidaridad y justicia, de fraternidad y comunión. Rumbear con decisión por otros senderos, por el camino de lo que prevalece, por una cotidianeidad que se engalana y perfuma con la Gracia de Dios.

Paz y Bien

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