De la alegría como señal



Para el día de hoy (07/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 9-11



El amor de Dios es infinito e incondicional. Jesús de Nazareth lo sabe bien y lo revela: Dios nos ama con amor de Padre y Madre, un amor de dación perpetua, porque el amor de Dios -su propia esencia- es ágape, es decir, es mucho más que un sentimiento o algo con un cariz gustoso, agradable. Ágape es ser para los demás, para una persona en concreto, sin dispersarse en generalidades banales, actuando y obrando por y para los demás sin reservas, aún cuando ello implique abordar la nave del sacrificio, del morir para que otro viva. Nunca mejor utilizado aquí es el término des-vivirse.

Ese amor de Dios permanece con todo y a pesar de todo, a pesar de nuestros quebrantos e infidelidades, a pesar de que bajo parámetros mundanos nuestras miserias no nos conceden escapatoria. La misericordia alimenta los asombros y sostiene al universo, y así sacrificio abandona cualquier pretensión luctuosa y se nos abren las aguas pascuales hacia su sentido primordial: sacrificio es hacer sagrado lo que no lo es, consagrar.

Ese amor entrañable nos revela nuestra identidad primordial e irrevocable, y es la de ser hijas e hijos, y por ello mismo, mujeres y hombres libres.
Sólo las mujeres y los hombres libres actúan de acuerdo a ese amor fundante, pues somos tales porque nos sabemos amados primero por Dios en la mano salvadora de Cristo Resucitado. Por ello mismo seguimos sus enseñanzas, por ello mismo guardamos como un tesoro la Palabra y observamos los mandamientos, por ese Padre que nos ama con amor de Madre.

La observancia de los mandamientos por conveniencia, por pertenencia simple o por miedo es referencia de los esclavos, de los mercenarios. Nunca de los hijos.
El amor de Dios es fuente inagotable de todas las alegrías, por el valor inmenso que cada uno de nosotros -mínimos, quebradizos, invisibles- tenemos a la mirada y a la bondad de Él. Ésa es la Alegría del Evangelio que con voz profética Francisco intenta despertarnos de tantos sopores y angustias.

Porque la alegría con que vivamos es señal de identidad. Signo de que nada ni nadie -ni nosotros mismos- podrá separarnos del amor de Dios. Y que la vida cristiana es plenitud, eso que llamamos felicidad, porque se explaya en los demás, desertores felices de cualquier egoísmo.

Paz y Bien

Madera verde



San Pedro Nolasco, fundador de la Orden de la Merced

Para el día de hoy (06/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 1-8




En cualquier árbol, pero más especialmente en una vid, es menester quitar las ramas que se han secado, madera seca que sólo sirve para las brasas. En la madera seca se evidencia lo que se ha muerto, y esa esterilidad arrastra a las ramas sanas, roba espacio y quema energías de savia buena, cuyo fin es vivificar toda la vid.

En cambio, la madera verde es bien distinta. En ella se evidencia que por sus profundidades la vida corre como un río caudaloso, madera que palpita, madera que cumple felizmente su destino de ofrecer las mejores uvas, los mejores racimos.
El misterioso destino de vino, vino de la vida celebrada, vino sanguíneo y santo, deja de ser una promesa difusa y uno puede imaginarse a los comensales en el ágape universal de los hermanos.

La madera verde denota otra cuestión primordial, y es su firme unión como sarmiento a la vid que le confiere su presente frutal, la presencia de una savia que no se detiene, que le hace florecer brotes nuevos y buenos en todo tiempo.

El viñador a menudo ha de podar las ramas de madera verde para que se incrementen sus frutos, que ya son numerosos. No es cuestión aritmética, sino más bien de que cada sarmiento pueda brindar todos los frutos que su capacidad primera augura en promesa, aunque la poda a veces sea molesta, dolorosa. Quitar lo que ha muerto, lo que impide crecimientos, es tarea propia de un viñador que no se aferra a productivismos, sino que ama profundamente a esa viña que constantemente vivifica.

Porque el viñador es también savia santa que corre por la madera verde.

La promesa del Señor es asombrosa. Dios con nosotros y Dios en nosotros, templos vivos del Dios de la Vida.

Paz y Bien

Paz de Cristo, paz del mundo




Para el día de hoy (05/05/15):  

Evangelio según San Juan 14, 27-31a


La escena se ambienta en una cena de amigos, que es una despedida. El centro de esa celebración, Jesús de Nazareth, es un hombre que en breve morirá crucificado como el criminal más abyecto y despreciable.

Nadie como Él conoce el corazón humano: sabe que sus amigos estarán demolidos bajo una gravosa carga, mixtura de tristeza, de fracaso y de estupor. Se quebrarán sus imágenes de un Mesías glorioso y revestido de poder que se impone sobre sus enemigos, muy distante al Servidor Sufriente que ahora lava sus pies como el último, como un esclavo. Beberán la hiel de la derrota y de los sueños cercenados, y el miedo se cebará en sus almas doloridas.
Pero Él sabe también que en la memoria solemos atesorar los últimos gestos y las palabras postreras de quienes amamos y perdemos. 
Frente a su ausencia inminente, Él no busca el mal menor, un placebo para tontos que aminore sus angustias.

Él les deja en herencia el bien inconmensurable de su paz, una paz que siempre será en tiempo presente, para los apóstoles y para todos los creyentes, Shalom que es bendición infinita del amor de Dios.

En nada se parece a la paz del mundo, esa paz que algunos infieren como la falta de conflictos de cualquier categoría. Más aún, la elusión de los conflictos a toda costa a menudo esconde cierta prudencia excesivamente temerosa, color cobardía.
O la pax romana, la paz concedida a migajas por los poderosos a los pueblos sometidos. O esa paz obtenida por la fuerza de las armas, consecuencia de la finalización de la guerra.
Todas parcializaciones en donde la justicia está ausente.

La paz de Cristo es plenitud, mansedumbre valiente pues hay demasiada violencia dispersa en el aire. Es justicia, porque la justicia es fruto también del amor de Dios, en vínculo santo del Padre a los hijos y de los hijos entre sí.
Paz que es vivir como el Maestro vivía, hacerse Evangelio vivo, prójimo de los alejados, hermano de todos.

Paz y Bien

De la creencia a la fé cristiana



Para el día de hoy (04/05/15):  

Evangelio según San Juan 14, 21-26



Normas y códigos. Preceptos y observancia. Libros y formación. Todo ello es bueno, es dable y recomendable.
Los problemas comienzan cuando dejan de ser medios y se convierten en fines, en techo, en absolutos. Pero nosotros, por el bautismo, tenemos un destino distinto, un destino que debe ser edificado -nunca escrito en soledad-, un destino que tiene por techo los cielos, el infinito.

Adherir a una idea o a un sistema de ideas, comprometiendo toda la vida, también es laudable. Tiene que ver con compromiso, con renuncia a medias tintas. Y cuando se trata del ámbito religioso, ese sino valioso se incrementa.
Por supuesto, no podemos ignorar aquí los fundamentalismos de cualquier laya. Tienen todos en común el absolutismo del desprecio hacia el otro, hacia lo que es distinto o disidente, su carácter exclusivista y sectario, su justificación de toda brutalidad. En gran parte, suelen enraizar en lecturas lineales sin trascendencia, y en el ámbito cristiano -en la misma Iglesia- no nos son desconocidos estos crueles extravíos.

Pero cuando hablamos de fé cristiana, todas esta cuestiones quedan en un segundo plano. 
La fé cristiana es mucho más que una creencia, es decir, mucho más que la adhesión a las enseñanzas de Jesús de Nazareth; aquí redundaremos un poco, afirmando sin ambages que esa adhesión en sí tiene un rasgo muy valioso.
Porque la fé cristiana es don de Dios, don y misterio, e implica unirse de manera totalmente personal a ese Cristo que es nuestro hermano y nuestro Salvador. Es dejar que la presencia de Cristo en la propia existencia nos transforme de una vez y para siempre, y que cada día sea un milagro pleno de asombros. Es vivir como Él vivía, amar como Él amaba, y guardar en el corazón y en la cotidianeidad sus enseñanzas no tanto por pertenecer...sino porque amamos. Porque le queremos sin desmayo.

Fé que es don y misterio de amor, porque nos descubrimos hijas e hijos amadísimos de ese Dios del universo cuyo rostro resplandece en Jesús de Nazareth, y a partir de esa primacía actuamos en consecuencia amorosa.
Así, se disuelven todas las tentaciones de fronteras que el mundo gusta de imponer. La familia se agranda por amores, no por número ni por adeptos. Y porque nunca estaremos solos.

El fuego del Espíritu seguirá alimentando por siempre el rescoldo de la fé que nos sustenta.

Paz y Bien
 

De vid y poda



Domingo Quinto de Pascua

Para el día de hoy (03/05/15):  

Evangelio según San Juan 15, 1-8




En tierras de Israel, la predicación del Maestro se desarrollaba principalmente en un ambiente rural, campesino y agrícola. Sus oyentes, los que bebían sus palabras y aprendían de ellas, se maravillaban de entender las cosas de Dios que Él les revelaba a partir de circunstancias cotidianas que todos ellos conocían.
Nosotros, hombres y mujeres, discípulos en pleno siglo XXI, quizás hemos olvidado esa capacidad de anuncio y diálogo a partir de las cosas que le acontecen a diario a nuestros contemporáneos.

Esos hombres comprendían bien lo que Jesús relataba: su tierra no era demasiado pródiga en cosechas, antes bien a menudo era difícil lograr buenos rindes. Y en el caso vitivinícola, su propia experiencia sabía de la necesidad de cuidar la vid, de podar las ramas sin fruto o estériles, pues ellas en cierto modo se robaban la energía vital que estaba destinaba pura y exclusivamente a producir buenos racimos, horizonte de buen vino. Por más que pareciera una actividad negativa -recortes, quitas- se trataba en realidad de acciones positivas, pues tendían a acrecentar los frutos buenos en todas las ramas.

Para el pueblo judío, la imagen de la vid es parte de su acervo cultural y religioso de siglos, muy caro a sus afectos: Israel es la viña que Dios cuida con sumo esmero, y que a veces desilusiona brindando uvas falaces, amargas.

Con Cristo sucede un cambio decisivo, una translación fundamental. El Evangelista lo plantea con una sutileza literaria brillante, pero sin embargo se trata de una cuestión raigal, que no marca una oposición.
La vid era cuidada por ese Dios, pueblo contenido entre sus manos de amor y justicia.
Ahora la vid es Cristo, y sus hermanas y hermanos -pueblo nuevo de creyentes- los sarmientos.

Esto es más que una alegoría. Es importantísimo: es la explicitación de la Encarnación, de un Dios que interviene decididamente en la historia, asumiendo en su ser la creación y especialmente la condición humana.
La tierra se vuelve santa fecundada por la savia vital del Espíritu, savia que nos corre alma adentro por nuestra unión con Cristo Jesús, nuestro hermano y Señor, Dios mismo.

Por ello mismo hemos de suplicar por las podas. Sin merecimiento algunos, formamos parte de esa vid santa, y es tan necesaria la tarea del viñador. Que nos vaya quitando lo que está muerto, todo lo que es inútil, todo lo que guardamos e impide que la vida florezca en estos sarmientos que somos.

Porque tenemos destino de vino bueno, que es sangre ofrecida, que es celebración de la vida compartida.

Paz y Bien


Transparencia e identidad




San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia. Memorial

Para el día de hoy (02/05/15):  

Evangelio según San Juan 14, 7-14



Cristo es camino, verdad y vida. Camino para andar seguros, con un rumbo concreto. Verdad que libera, que nos arranca de todo pozo de sombras. Vida que dá gusto vivirla, vida plena, eso que llamamos felicidad.

Todo lo que el Maestro enseñaba, todo lo que hacía, todo lo que decía -desde el mínimo gesto hasta la señal más asombrosa- invariablemente Él refería a su Padre. Toda su existencia es transparencia e identidad con su Padre. En todo lo que Él dice y hace se descubre al Dios del universo.

En el pedido de Felipe subyace uno de los interrogantes mayores de la humanidad. En tiempos tan secularizados como vivimos, quizás no tenga demasiada relevancia -todo parece haber perdido gravitación- pero en todo corazón anida el deseo y las ganas de trascendencia, el ansia de ir más allá de la biología, la búsqueda de las respuestas a las preguntas primordiales: de dónde venimos, adónde vamos, por quién.

La invitación del Maestro implica cierto coraje. La fé es un salto de trascendencia sin redes de seguridad, pero sin peligros de lastimarse. Las verdaderas heridas son las ocasionadas por cotidianidades opacas, en donde sólo cuenta el más acá, en donde el límite es la muerte como horizonte final y en donde el sentido se regula por la fría razón y los parámetros impuestos por la lógica.
No está nada mal guiarse por la razón, pero en la dinámica del Reino hay más, siempre hay más.

Hay una realidad trascendente e infinita que se deja encontrar, y que está allí nomás, traspasando el umbral de lo evidente.

La gran diferencia, lo que es decisivo es que el acceso a esos campos infinitos no se procura a través de doctrina ni de acciones tabuladas, ritos prescritos y fijos. La puerta es una persona, Jesús de Nazareth el Resucitado.

Conocer, ver, hacer son matices y ramas fragantes del árbol de la vida, la fé, que es don y misterio.
Actuamos de un modo determinado porque creemos, porque creer no es una cuestión de adhesión a pensamientos sino porque el encuentro con una Persona nos ha transformado de una vez y para siempre.

Dios por estos campos desolados. Dios con nosotros. Dios por nosotros. Dios en nosotros.

Nunca estaremos solos. Todo lo podemos en Aquél que se ha quedado a nuestro lado para siempre.

Paz y Bien

José de Nazareth, santo obrero de Dios





San José Obrero

Para el día de hoy (01/05/15):  

Evangelio según San Mateo 13, 54-58



El hombre era humilde, pobre y pequeño a ojos mundanos. Un artesano sin relevancia de aldea ignota, judío hasta los huesos pero portador de la sospecha habitual por su origen, la Galilea de los márgenes, de donde nada bueno se espera.

Pero entre sus manos callosas -las mejores manos, las del trabajo- florecía la justicia que anidaba en su corazón. Y el Dios del Universo puso su mirada bondadosa en Él.

Los Evangelios lo revisten de silencios. No se hace memoria de palabra suya alguna. Pero hay silencios que son más que elocuentes, que son prolíficos, que tanto nos dicen.

Nos dicen del valor único e irremplazable de los hombres honestos, de esos que felizmente se desviven en luchas inverosímiles por el bien de los suyos, por su sustento sin involucrarse jamás en ninguna corruptela, héroes anónimos de la dignidad y del esfuerzo cotidiano.
Esos que tantas veces tienen que dejar patria y cultura, y migrar a tierras foráneas -con lenguas distintas-, peones golondrinas en changas eventuales de lo que sea, para que no falte el pan en la mesa.

José de Nazareth, roble fragante y firme de sombra bienhechora, en donde la vida se cobija, se resguarda, se protege, se cuida como sólo los que están profundamente enamorados pueden hacerlo.

José de Nazareth, siempre atento y obediente a la voz de Dios.
José de Nazareth, que nunca baja los brazos ni se resigna.
José de Nazareth, de esos hombres que, aunque confusos, jamás dejan de soñar.

José de Nazareth, santo obrero de Dios protector de la vida que se la confiado, y que cuando llega el momento, se retira sin estridencias y con una sencillez que nos desarma, la plenitud de haber hecho y cumplido su deber.

Imma María.
Abba José.

La Salvación viene empujando desde los pequeños, desde esa muchachita que era tu amadísima esposa y desde vos mismo, carpintero nazareno.
Con la cercanía de la Gracia, en el tiempo de todos los asombros, tu Dios de amor te llamaba papá y a tu Dios lo llamabas hijito.

Seguramente el Maestro aprendió con ojos grandes muchas cosas viéndote tallar la madera, en ese hogar humilde del manso servicio, de la vida ofrecida.

Hermano José, padre José, San José, que el trabajo vuelva a ser el camino del sustento y de una dignidad que se edifica desde el esfuerzo diario.

José, acompañanos en estos oficios de cuidar la vida, de servicio incondicional, la serena alegría del deber cumplido.

Que así sea.

Paz y Bien

Que Cristo nos lave los pies



Para el día de hoy (30/04/15):  

Evangelio según San Juan 13, 16-20




Ya habían pasado varios centenares de años, pero su memoria seguía viva. A todas esas tribus de esclavos libertos que se iban acrisolando como pueblo en los calores del desierto, el Dios desconocido se revela, a través de Moisés, como un Dios que es y está, Dios Yo Soy que es un mensaje de envío hacia tierras soñadas, Dios de liberación, Dios de esperanza.

Del mismo modo, ese Cristo servidor se revela a los suyos, y en ese Yo Soy que se comprende únicamente en su plenitud a través de la fé, revela su plena identidad con el Dios de Moisés, Dios de Abraham, Dios de Jacob, Dios de Israel, Dios del universo. Jesús es Dios y Dios es Jesús.

Pero como recién se señalaba, es una cuestión de fé. No resulta nada fácil para esos hombres reconocer como su Salvador y su Dios a un Maestro que descubren como servidor y esclavo que nada reserva de sí mismo en la entrega generosa e incondicional de su vida a los demás. Ellos esperan a un Salvador glorioso, revestido de poder absoluto, y nó a es humilde servidor que les lava los pies, en plena comida de despedida, pues se está despidiendo. Las sombras de la muerte, el espanto de la Pasión están sólo a un paso.

Sin embargo, esa identidad absoluta entre el Padre y el Hijo se revela en plenitud en el Cristo servidor de sus amigos y hermanos.

La plenitud, la felicidad, se enraiza en el amor. Y amor es salir de sí mismo, sin guardarse nada, yendo al encuentro servicial de los demás. Descubrir y reconocer al prójimo desde la caridad. Y así, ramas frutales del mismo árbol de la vida, como hijas e hijos del Padre común, edificar un destino de libertad y una historia plena desde el servicio y la donación de la existencia.

Así entonces Pascua -el paso salvador de Dios por nuestro tiempo, paso de liberación- comienza por permitir que ese Cristo nos lave los pies. Para andar con nueva pisada, con pasos renovados hacia tiempos mejores. Nosotros hemos de andar: de todo lo demás, Él se encarga.

Paz y Bien




La lucha contra la luz



Santa Catalina de Siena, virgen y Doctora de la Iglesia

Para el día de hoy (29/04/15):  

Evangelio según San Juan 12, 44-50




La exclamación de Jesús no es sólo un refuerzo enfático a sus palabras: es el celo entrañable, fuego que lo consume desde sus entrañas, por las cosas de su Padre.
Y las cosas de su Padre son la salvación de todos los pueblos, Dios que se desvive por sus hijas e hijos.

Su esfuerzo cordial no se encamina tanto a controversias con las autoridades religiosas de su tiempo, sino que en señal de auxilio perpetua, atraviesa todos los velos de la historia y nos interpela ya mismo, aquí y ahora, para que no claudiquemos, para dejar de deambular entre los absurdos de nuestras miserias electas, para desertar de la desconfianza y exiliarnos alegremente de las tierras del miedo.
Creer es don y misterio, pero creer también implica coraje y humilde valentía.

Aún así, en una dialéctica que nos hunde y que quizás se relacione con los aspectos misteriosos del pecado, seguimos luchando contra la luz. En vidas pretendidamente creyentes, solemos descubrirnos en ámbitos nocturnos que parecen no tener fin, oscuros y totales. 
Más no se trata de la noche. Hasta la noche más cerrada puede ser una Noche Buena. 
Sucede que no se trata tanto de noche como del imperio de las sombras.

Pero no hay que desanimarse. Las sombras se disipan con asombrosa fluidez frente a la luz. Siempre, sin excepciones, al otro lado de las sombras se encuentra la luz.

Creer y ver. Oír y recibir.
El mismo amor y un compromiso inquebrantable desde Belén al Gólgota, y la ratificación absoluta en la Resurrección.

Pasan teorías y dogmas, pasan libros, técnicas, rituales y observancias. Sólo queda una persona que nos confronta con su sola presencia, presencia salvadora, presencia de rescate, presencia que es una mano amiga que nos pone de pié, que guarda nuestros pasos, ese Cristo que es nuestro hermano y Señor, Dios con nosotros, por nosotros, en nosotros.

Paz y Bien


Al abrigo del rebaño




Santo Pedro Chanel, presbítero y mártir

San Luis Grignion de Monfort, presbítero

Para el día de hoy (28/04/15):  

Evangelio según San Juan 10, 22-30




En la lectura que nos ofrece la liturgia para este día, dos señales importantes se nos brindan desde su mismo comienzo.
El Evangelista Juan nos sitúa en Jerusalem, en el Templo, y en plena fiesta de la Dedicación. En la Fiesta de la Dedicación o Hanukkah -llamada también fiesta de las lucernarias- el pueblo de Israel conmemora la victoria de los Macabeos sobre el invasor helénico Antíoco Epífanes, el restablecimiento de la soberanía judía y muy especialmente la purificación del Templo, profanado con íconos griegos ajenos a la fé de Israel. Esta fiesta se celebra el día 25 del mes hebreo de Kislev, fecha coincidente con el fin del mes de noviembre o comienzos del mes de diciembre según las cronologías gregorianas, y es una celebración fija, invariablemente celebrada ese día. No debemos perder de vista que nos encontramos en Palestina, es decir, hemisferio norte, o sea que obviamente la Fiesta de la Dedicación coincide con el invierno por esos lares.

Precisamente, el Evangelista señala que se celebraba la Fiesta de la Dedicación, y que era invierno. Esto no es un error, ni una redundancia inadvertida en intención enfática por el autor del cuarto Evangelio. Es una señal o signo teológico, o sea, espiritual. Ese invierno describe el estado de las almas, la frialdad y la hostilidad imperantes frente a ese hombre pobre, rabbí galileo, que habla de manera tan novedosa y con extrema autoridad de Dios, al que llama Abbá.

Más aún: a pesar de todos los rituales, de la pompa y la imponencia del Templo, Dios ya no se expresa ni habita allí. Ha habido un éxodo, un desplazamiento: Dios se revela y expresa en Jesucristo. Ha dejado el templo de piedra -frío como ese invierno- y palpita y resplandece en Jesús de Nazareth.

El Maestro hoy no se encuentra rodeado de una multitud hambrienta, tan a menudo desperdigada como ovejas sin pastor. Hoy lo rodean hombres poderosos, guardianes de la ortodoxia judía de aquel tiempo, hombres que detentan un poder gravoso, y que ven en ese nazareno una amenaza peligrosa. Sus preguntas carecen de toda pretensión de verdad, sólo buscan el tropiezo, el error, una formulación declaratoria que lo deje en evidencia blasfema, suficiente para condenarlo de una buena vez. Ello se puede entrever en sus ansias de Él lo declare abiertamente.
Pero regresamos al postulado anterior: no hay una búsqueda sincera, sólo afanes condenatorios. No aceptarían nada que no concordara con sus prejuicios y preconceptos. Esos hombres son esclavos de normas, códigos y formalidades a las que han elevado al sitial mayor, y que han dejado de ser medios, convirtiéndose en fines sacralizados. En esa perspectiva no es posible jamás un encuentro personal y transformador con Cristo, Dios con nosotros. Ellos reeniegan de ser parte del rebaño, de aquellos que reconocen la voz del Buen Pastor.

Estar en el rebaño implica abrigo y refugio. No tanto el blindaje vano que brinda lo masivo, sino el calor que resguarda una familia. El abrigo del amor de Dios que se reconoce en cada gesto de bondad, pues todos estamos en sus manos de Padre, y por ello viviremos para siempre.
Y porque reconocemos su voz por entre los ruidos mundanos, nos sabemos conocidos y reconocidos como hijos y como hermanos, valor infinito conferido por el amor de Dios que sustenta la vida y el universo.

Paz y Bien

Cantata a los Santos Latinoamericanos - Toribio de Mogrovejo, Santo



TORIBIO DE MOGROVEJO
 
Padre obispo Toribio,

Toribio de Mogrovejo,

profeta de nuestra América,

sacerdote y pastor del pueblo.



1. Tu ofrenda de sacerdote

celebren todos los cerros.

Que tu oración en la tierra

tenga la fuerza del cielo.



2. Sea tu voz de profeta

un canto ardiente de amor

que anuncie el sol de justicia

desde la tierra del sol.



3. Pastor y obispo de América

acompaña ahora a tu grey,

que peregrina en tinieblas

en busca de su gran Rey.


Pbro. Jorge Horacio Leiva

aquí puede escucharse: 

Apuntes para los trabajadores de la mies




Santo Toribio de Mogrovejo, obispo, patrono del Episcopado Latinoamericano

Para el día de hoy (27/04/15):  

Evangelio según San Marcos 9, 35-38



La tarea es mucha. Hasta por la enormidad que se percibe puede amilanar a más de uno, decantando en razonadas justificaciones por las cosas omitidas, por los compromisos abdicados, todas excusas para no navegar mar adentro de la confianza, de la fé.

Pero una de las cuestiones fundamentales de la convocatoria a esa tarea es Quien convoca, invita, confía en sus trabajadores. Los cosecheros, mujeres y hombres frágiles seguidores, con todo y a pesar de todo, de Cristo Resucitado, tienen por delante de sus ojos y sus existencias una tarea que estará caracterizada y se decide por la compasión, es decir, por el dolor del otro asumido genuinamente como propio, en la asombrosa generosidad incondicional de la caridad.

Llevar Buenas Noticias allí en donde nada es nuevo y nada es bueno. Esparcir con alegre derroche la Gracia, que no es nuestra pero que fecunda la tierra. Abrir sin miedos todas las puertas y las ventanas de la casa que llamamos Iglesia, porque allí hay una mesa grande con lugares para muchos, en el ágape de la vida concelebrada. Luchar mansamente y sin descanso contra la soledad y la injusticia. Expulsar de las almas a toda corrupción, con la fuerza de Aquél que se ha quedado para siempre.

La viña no nos pertenece, y eso ha de esmerilarnos los orgullos y las soberbias. Estos campos son de Otro, confiados a nuestro cuidado, en una confianza desmedida y desproporcionada respecto de la aquella que solemos depositar en Él.

Muy especialmente, hemos de reflexionar en la tarea de cosechar. 
Cosechar no es cuestión de praxis continua y a menudo sin sentido, en las puras ganas de hacer. Cosechar implica que ha habido germinación y crecimiento, y que hay frutos que recoger, frutos siempre buenos.
Cosechar es ante todo tarea de fé. Cosechar es confiar, corazón adenrto, que el Espíritu que todo sostiene y empuja, y que sopla en donde quiere y por todas partes, ha suscitado por todas partes y en los sitios más insospechados, frutos santos, vitales, únicos, que esperan ser descubiertos y levantados, para que se re-cree la esperanza.
Esa, precisamente, es la tarea de los cosecheros. Y no hay suficientes.

Hacia el Dueño de la viña vá nuestra plegaria, para redescubrirnos trabajadores empeñados en santa tarea, y para que el Espíritu siga creciéndonos pastores para tantas ovejas libradas a su suerte.

Paz y Bien




Buenos pastores de oficio y de servicio




Jornada mundial de oración por las vocaciones

Para el día de hoy (26/04/15):  

Evangelio según San Juan 10, 11-18



En la memoria histórica de Israel y en sus afectos, la imagen del pastor posee una categoría muy importante, muy relevante.
Moisés, el gran caudillo que guía a su pueblo de la esclavitud a la libertad a través de las dunas del desierto, supo cuidar los rebaños de ovejas de su suegro Jetró. El rey David eran un jovencísimo pastorcito cuya vida discurría entre apriscos, cuidando su rebaño. 

En ambos hay un desplazamiento trascendente desde un oficio -adquirido u obligado- de cuidado de ovejas al liderazgo poderoso que guía y protege al pueblo. De allí, la proyección en la memoria colectiva de la nación judía la idealización de su Dios como pastor de Israel, que guía, conduce y protege al pueblo por Él elegido.

Sin embargo, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, y fuera de toda imagen ideal, el oficio pastoril carecía de cualquier tipo de prestigio social. Por el contrario, se solía sindicar a los pastores como amigos de lo ajeno, ladronzuelos lúmpenes. Pero en la rígida concepción religiosa imperante, un pastor cumple a medias con los preceptos formales, no acude a las celebraciones del Shabbat -el pastoreo insume a veces días enteros-, y está en contacto con elementos para nada puros, lo que a su vez lo convierte en un impuro ritual. De ese modo, el pastor es casi un mal necesario, apenas un trabajador muy marginal al que se le tolera pero se le observa con desprecio, varios escalones por debajo de los puros y piadosos observantes fariseos.

Jesús de Nazareth asume en su propia persona las tradiciones de su pueblo. El Yo Soy tiene un contenido simbólico divino; desde el encuentro en la zarza ardiente con Moisés, tan presente en todas las épocas de esas gentes, el Yo Soy tiene una connotación sutil e inequívoca de quien se identifica totalmente con Dios. Jesús es Dios y Dios es Jesús.
Se explica desde la fé, y es que Moisés, David y también los profetas extienden una mano silente que señala a ese Cristo esperado. Desde un corazón creyente, toda la historia y todo el universo señala a Cristo.

Él auna el oficio y el servicio, desde una perspectiva nueva y asombrosa. Porque se asume sí como Pastor de Israel, pero también como un pastor marginal y vilipendiado. Desde el oficio de los obreros de los montes y quebradas, nos vá orientando la mirada hacia el sentido pleno de su misión, a su carácter primordial, a ese destino de obediencia a su Padre que edifica en libertad absoluta.

Desde el oficio aprendido, el Pastor deviene felizmente en Buen Pastor a través del servicio generoso y desinteresado. Ya no se trata solamente de un caudillo o líder de masas, conductor victorioso de naciones.
El Buen Pastor dá la vida por sus ovejas, las conoce por su nombre y sus costumbres, y ellas a su vez reconocen su voz, Buen Pastor de amable locura de alterar todos los peligros por rescatar a una sola oveja extraviada, Buen Pastor capaz de morirse en una cruz para que todas -todas, sin excepción- sus ovejas vivan.

Por supuesto, desde el Evangelio para el día de hoy dos aspectos importantes para le reflexión se abren: un plano eclesial y pastoral, y un plano cristológico, facetas de la misma realidad amorosa de Dios.
Sólo quisiéramos destacar el amor entrañable de ese Pastor para con las ovejas suyas de otros corrales. Es un llamado a la paciencia, a la tolerancia, al reconocimiento de esa catolicidad que declamamos y no encarnamos, de la a veces cruel división del ellos y nosotros, en franca contradicción con la incansable e inmensa misericordia de Dios que nunca se detiene ni cansa.

En este día de oración en todo el mundo por las vocaciones, supliquemos humildemente que el Espíritu nos siga suscitando buenos pastores entre nosotros, buenos pastores que ofrecen su vida sin condiciones en el día a día, con la generosidad de la Buena Noticia. Buenos pastores con un persistente aroma a ovejas, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien



 

Misión sin fronteras




San Marcos, Evangelista

Para el día de hoy (25/04/15):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-20




La misión cristiana no ha de conocer límites. Se trata de llevar la Buena Noticia a toda la creación, poder vital, poder de liberación, novedad de Salvación para todos los pueblos.

No se acota a una nación o una raza determinada, aunque tampoco se limita al ámbito humano. En el corazón sagrado de Dios los lirios del campo y los gorriones tienen un alto valor, pues todo el universo es obra de sus manos bondadosas, y es por eso que la misión no puede desentenderse del cuidado de la naturaleza, un cuidado que está lejos de ideologías, y que nace de los afectos y de la justicia.

Todo el cosmos se sustenta en la misericordia de Dios.

Hay muchos que no conocerán ni leerán otro Evangelio que el que exprese nuestra existencia cotidiana. Por ello hemos de suplicar volvernos Evangelios vivientes, Buena Noticia que se palpite en el acontecer de cada día, de todos los días.

Cinco son los signos distintivos de la misión cristiana.

El poder de expulsar demonios. Antes que profusas fantasías de exorcismos, hay un poder que nos supera y que es de Otro, y es poder liberador de la esperanza quebrantada, de todas las angustias, de los odios que separan y destruyen, de la corrupción que injuria y mata, de la soledad que aisla aún en estas ciudades tan grandes y a veces tan monstruosas. Es poder de humanización y plenitud, es poder pascual, poder de paso redentor.

Hablar nuevas lenguas. Se trata de la sencillez de ser entendido y comprendido por todos, en la lengua universal del amor, con la esperanza de Cristo, a pesar de que todo indique que lo que se entiende es el dinero, el poder, la violencia.

Tomar serpientes con las manos. Es el símbolo de la victoria de la Pascua, de la victoria sobre la muerte, de la única victoria que cuenta en donde no hay derrotados, en el rescoldo sempiterno de la fé, en el sagrado corazón de Jesús, refugio de nuestras almas cansadas.

Beber venenos mortales. No hay amarguras ni peligros ni amenazas que puedan detener la humilde fuerza pujante y germinal de la Buena Noticia. Ni la hiel que a menudo nos arquea puede quitarnos la esperanza.

Signos de sanación. El destino de todo hombre y de toda la creación, en los sueños de Dios, es la plenitud. Por la fé, todo es posible. La savia del Espíritu que nos vivifica ha de producir, inevitablemente, frutos santos de salud, que es Salvación que florece a cada paso.

Pero apenas somos obreros. La misión no nos pertenece, más hemos sido honrados con una confianza ilimitada para ser las manos de bendición del Maestro.

La misión no tiene otra frontera que la de la caridad.

Paz y Bien

El escándalo eucarístico




Para el día de hoy (24/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 51-59 




En la mentalidad semítica el término carne remite a veces a la parte comestible de los animales, y a veces a una parte del cuerpo humano, y por trasposición, carne entonces refiere a la totalidad del cuerpo, al ser humano viviente.
En ese ámbito amplio se encontraba Israel, en la que su fé terciaba en todas las cuestiones. Así carne será todo el cuerpo, y la sangre -Lv 17, 11- es en donde se afinca la vida, es decir, la vida está en la sangre. Por ellos las estrictas normas nutricionales prohíben taxativamente consumir sangre de cualquier tipo o forma, muy especialmente puesta la atención en la cocción de las carnes de animales. Su significado siempre es místico, pues no se puede transferir energía o vida en la sangre, pues Dios es siempre la única fuente de la vida.
En resumen, hablar de cuerpo y sangre es hablar del ser humano vivo en su totalidad.

Esos hombres que critican con fiereza a Jesús de Nazareth, más que confundidos o estupefactos, están escandalizados. De ningún modo pueden tolerar lo que Jesús ofrece, aunque fuera -y no lo es- una figura simbólica o literaria. En un plano realista, implicaría que para comerse a ese Cristo -el texto original del Evangelio habla de masticar, trogein- primero habría que desangrarlo. El árbol de la cruz, tan cercano y definitivo, nos impone sin violencias un respetuoso silencio que es estruendoso, que todo lo dice.

Dios encarnado, Dios hecho hombre que se ofrece en la totalidad de su ser como pan y como vino, las penas y miserias del mundo sobre sus hombros para que todos vivan, cordero sin mancha ofrecido para que la muerte pase de largo, para que la muerte retroceda.

Los discípulos y seguidores del Señor, reunidos en mesa fraterna de hermanas y hermanos, se reunirán en memoria suya y en la concreción del amor absoluto. Dejarán de lado espiritualizaciones que encierran y alejan, celebrando la Encarnación de Dios para la salvación de la humanidad, un Dios que se desvive para que no haya más crucificados, pan compartido y vida ofrecida agradecida, porque es el Espíritu de Dios el que fecunda la historia y la humanidad, savia que nos recorre las venas y los corazones.

Paz y Bien

 

El pan ázimo de la Gracia



Para el día de hoy (23/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 44-51




Nada podríamos decir acerca de Dios. Apenas unos balbuceos incomprensibles y lejanos, tan inmenso es Él.
Aún desde una perspectiva ajena a la fé -por ejemplo, fenomenológica- la idea de divinidad es contraria a cualquier tipo de descripción, de definición en tanto que de-finir es marcar o establecer los límites abarcativos de la razón.

Dios es el Totalmente Otro respecto de nuestra finitud y nuestra pequeñez. Mudos totales somos a la hora de hablar de Él, y quizás el misterio no sea un arcano de trasfondo oscuro, sino un mar infinito sin orillas que no puede dibujarse, pero cuyos sonidos y frescores son perceptibles si se pone atención.

Mudos somos, y por ese mutismo Dios se hace Palabra, Verbo que se comunica por entero, Logos encarnado.
Cristo es ese Verbo que se despoja de su divinidad y se llega a estos rincones oscuros que ocupamos, a través de todas las barreras en apariencia insalvables, a través de los férreos velos de los tiempos, a través de las oscilaciones de la historia. Todo cambia y se disuelve, pero ese Dios que llega y se queda -amor perpetuo- permanece para siempre.

Se ha hecho uno más entre nosotros. Niño pobre de aldea perdida. Rey caminante sin posesiones ni palacios. Médico de todas nuestras dolencias. Compañero de todos nuestros caminos. Go'El de todas nuestras prisiones. Pan en nuestra mesa, la ofrenda mayor.

Dios se ofrece como alimento irradial que convoca a toda la humanidad, no a un número selecto de creyentes.

En el memorial de los hermanos y discípulos del Verbo de Dios, se hace real su Presencia en panes ázimos de blancura única, de sinceridad, de transparencia, de verdad, Dios con nosotros sin condiciones.

Pan ázimo de la Gracia, pan ázimo para celebrar nuestra liberación de la muerte. Pan ázimo de la Pascua definitiva.

Pan ázimo, pan sin levadura, porque está en nosotros agregar la levadura santa de la caridad que todo lo transforma, esencia misma de Dios.

Paz y Bien

Pan de vida, pan de eternidad




Para el día de hoy (22/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 35-40



Por cierta tradición a la que perpetuaban, y por esa costumbre tan habitual de pretender poseer lo mágicamente instantáneo, esas gentes -entre los que bien podríamos estar cada uno de nosotros- ansiaban un pan así, un pan divino, un pan que les resolviera todos sus problemas olvidando que ese pan no es una masa de harina fermentada sino una Persona. De allí, en parte, su alegre declamación de pedir que siempre tengan ese pan.

Pan extraño.
Cuando hablamos de pan, inmediatamente pasamos por la vereda del sustento, del alimento, si se quiere de cómo se sostiene la vida, se pervive en los días. Porque sin pan, sin alimento, no hay mucho más que decir, excepto desfallecer, dejar que el cuerpo se derrumbe y nos arrastre razón, co-razón, esperanza, equilibrio, paciencia. Pan necesario, pan imprescindible.
Pero pan extraño que no es pan material. Pan persona. Pan de Cristo que es Cristo mismo en su vida ofrecida.

Pan que es vivir como Él vivió en su ministerio.
Pan que es amar como Él amaba.
Pan manso de la paciencia sin fronteras, de la mansedumbre que no nos exime del coraje.
Pan de la ternura, que no es de blandos o ingenuos, sino un desafío para mujeres y hombres hechos y derechos.
Pan cordial, de tener un corazón tan sagrado y grande como el suyo, sus pensamientos, su mirada, sus acciones, su capacidad de escucha.

En los gestos más pequeños se adivina la pertenencia filial, y mucho más la familia espiritual de pertenencia.

Pan de vida para no morir, pan de eternidad que nos crece la Resurrección y hace retroceder las fronteras de todas las muertes en el aquí y el ahora. Nos basta creer, y que la Gracia nos re-cree, nos sostenga la misericordia, nos haga pan para los hermanos.

Paz y Bien 

El hambre deseado




Para el día de hoy (21/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 30-35




El pasado es importante si es historia que fundamenta y proyecta el presente, y si de esa historia se ha aprendido y aprehendido lo que en verdad es valioso. Pero, aunque suene redundante, el pasado cobra sentido en tanto que tal, es decir, en tanto que uno puede mirar hacia atrás. 
Cuando ese pasado se replica ad nauseam hacia adelante, el presente se desdibuja en una dialéctica perversa de repetición -cuando no también patológica-, y bloquea toda posibilidad de edificar futuro.

Y hay otra cuestión, no menos importante, aunque la herramienta literaria suene banal: las glorias pasadas son importantes, pero los partidos deben ganarse cada día. Vivir el presente sin desmayos, como el Dios de Jesús de Nazareth, el que es.

Esas gentes sencillas, frente al enorme asombro del pan multiplicado que sacia el hambre de miles, reivindican su pertenencia al pueblo elegido por un pasado glorioso al que se aferran: en este caso, se trata del maná del desierto que sostenía sus vida, procurado según ellos por Moisés.
En la misma línea de lo expresado, el memorial es dable y noble. Más aún, es vital. Los problemas comienzan cuando esa memoria se estratifica e impide cualquier otra mirada posterior. Ellos se quedaron con el maná que guardaba la supervivencia de sus padres en el desierto sin poder ver -o querer ver- nada más.
Así se aferraban al signo e ignoraban el sentido fundamental de ese signo, el amor de Dios por su pueblo.

El maná sostenía la existencia en días en que vivir era casi imposible, y esa garantía expresaba la bondad de ese Dios para con los suyos. Sin embargo, y a pesar de ese alimento providencial, esos peregrinos habían muerto.

El Maestro, con una paciencia de la que carecemos, les enseña a ver más allá de las apariencias. 
Hay un hambre que no puede ignorarse ni tolerarse, el hambre impuesto, la necesidad justificada por razones inhumanas, el sufrimiento no elegido y razonado. El hambre que no se elige como ofrenda a Dios y a los hermanos ha de ser entre nosotros una gravísima injuria, intolerable, inexcusable.

Pero hay un hambre deseado, necesario, imprescindible. Hambre de justicia y fraternidad, de compasión y bondad, hambre de eternidad, de Salvación.
El maná del desierto era, en resumidas cuentas, un objeto que fué parte de su historia. Ahora es tiempo de pasar de los objetos a un sujeto, a la persona de Cristo que sacia el hambre fundamental de todos los pueblos, pan del presente, pan de una cena pascual que está vivo y presente en la mesa de los hermanos.

Paz y Bien

Descentrarse




Para el día de hoy (20/04/15):  

Evangelio según San Juan 6, 22-29




Ellos andaban a los tumbos. El Maestro parecía tener una capacidad elusiva impresionante, pues cuanto más se empeñaban en seguirle y encontrarle, más se les escapaba y lo encontraban de manera inesperada.
En parte, es la consecuencia de ocuparse de lo coyuntural y tan a menudo fútil -miradas cortas-: ellos mismos son los que pretendían, a la fuerza y merced a cierta interpretación tortuosa del milagro de la multitud alimentada, coronarle rey de Israel.
Pero los caminos del Señor no son suyos, como tampoco los caminos de Dios son los nuestros.

En ese Espíritu de libertad absoluta que impulsa a Jesús de Nazareth, Él siempre llega primero y nos sorprende, pues no llegamos a entender cómo lo hace.
Pero Él sabe que esa pregunta no es demasiado importante, lo raigal es aquello a lo que el corazón se aferra. Lo que permanece o lo que perece, lo perenne o lo vano.

En demasiadas ocasiones buscamos a un dios aspirina que nos alivie los quebraderos de cabeza en que, en nuestras torpezas, nos solemos sumergir. O el dios calmante, aquél que es objeto de frenéticas súplicas en los momentos difíciles, para que nos aplaque las tormentas y ya, no más que eso. O el dios terapeuta que nos resuelve algún que otro conflicto, para seguir boyando entre nimiedades y sinsentidos que son rutina, cotidianeidad sin sazón, harina sin fermento que nunca será pan bueno.

Muchos dioses o, mejor dicho, muchas caricaturas de dioses fingidos así buscamos. Pero en nada tienen que ver con el Dios de Jesús de Nazareth.
Este Dios se revela como amor, es decir, un Dios que de continuo sale de sí mismo, y en nada se reserva, y que se desvive por los demás, Dios de la vida donada sin condiciones, Dios de la generosidad y la bondad absolutas.

Habitamos los limitadísimos terrenos del yo, del egoísmo, de universos muy menores de los que no creemos soles, y allí -precisamente allí- invertimos los reales valores de las cosas, de lo que perece, de lo que permanece, de lo que en verdad es eterno. Y es preciso emigrar, hacer un éxodo sin regresos a los confortables platos de comida de los esclavos.

El paso salvador de Dios por nuestras vidas nos impulsa hoy a descentrarnos de nosotros mismos, que se nos expanda ese universo hacia infinitos en donde no hay cotos de tiempo, donde el sol que nos haga girar sea ese Dios, cuya luz destella en Cristo, nuestro hermano y Señor, comenzar a creer de verás, una fé que es don y misterio de confianza y que es respuesta a ese llamado primordial a vivir plenos junto a los hermanos.

Paz y Bien

Desde el Pan y la Palabra




Domingo tercero de Pascua

Para el día de hoy (19/04/15):  

Evangelio según San Lucas 24, 35-48



En ese grupo de hombres se entrecruzaban emociones bravas. La tristeza y la decepción por el fracaso aparente de la muerte del Maestro junto con el miedo los paralizan, aterrados por las posibles represalias de aquellos que dispusieron toda su enjundia para acallar al rabbí galileo.
Ese miedo es peligroso, no sólo porque congela corazones: ese miedo los hace replegarse sobre sí mismos, edificando muros alrededor, ghettos espirituales de los que es muy difícil escapar pues son elegidos, que no impuestos.

Pero Cristo siempre irrumpe mansamente a través de esas puertas y esas ventanas cerradas a cal y canto, tan herméticas que aparece como imposible su apertura. Allí donde hasta hace un momento había un grupo de hombres amedrentados y apagados en su confianza y su fé, la presencia del Resucitado vuelve a encenderles la esperanza, a palpitar los corazones, a avivar el rescoldo oculto de la alegría.

Los discípulos no salen de su asombro. Allí está Él nuevamente, con un saludo de paz que los restablece de todas las penas. Sin embargo, deben aún realizar su éxodo liberador de esquemas y miserias: las cosas ya no serán como antes, cuando recorrían con el Maestro los caminos en su ministerio, ni tampoco ese Cristo es la conclusión de un cúmulo de ideas, un fantasma a sus razones limitadas.
Allí están sus credenciales que lo identifican, los estigmas en las manos y en los pies, la herida en su costado, que son signos del amor definitivo, de un compromiso inquebrantable de Dios para con toda la humanidad.

Donde sólo se veían señales de horror y muerte, ahora hay signos de vida que prevalece por sobre todas las muertes. Porque allí en donde parece campear el espanto y la destrucción, Dios nos florece en liberación, en vida tenaz, en Resurrección.
   
Por esas señales que han cambiado para siempre, la existencia también se transforma y deviene en convite inmerecido, compromiso misionero de sembrar signos nuevos de vida y liberación en nombre del Resucitado, nutridos sin desmayos por el Pan y la Palabra compartidos, porque hay una mesa inmensa tendida para todos, porque la vida ha celebrarse como don y misterio compartidos en el ágape se la Salvación.

Paz y Bien

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