Lo que no se vé










Para el día de hoy (25/10/16):  

Evangelio según San Lucas 13, 18-21




Jesús de Nazareth ahondaba en cosas de la vida cotidiana que sus oyentes conocían bien para revelar y enseñar las cosas de su Padre, el Reino presente que se ofrecía, incondicional, a todos comenzando por los pobres, los pequeños, los que no cuentan.

A veces no es tan importante recorrer enormes distancias en insignes bibliotecas. Las respuestas se encuentran en el patio de la vieja casa familiar, o mejor aún, en las honduras de los corazones. 

En aquellos tiempos y por esas tierras era habitual encontrarse con la planta de mostaza, que en numerosas ocasiones crecía silvestre; quizás su distingo principal era la pequeñez de sus granos, sus semillas, tan ínfimos que parecían perderse entre los dedos sin darse cuenta. 
Pero a pesar de ser tan pequeña, tan ínfima, esa semilla lleva escondida una fuerza asombrosa: cuando cae en el abrazo firme de la tierra, entre sus pliegues oscuros germina con una pujanza tal que es capaz de romper cualquier terrón, por más apretado que éste se encuentre, y salir al sol como un arbusto frondoso capaz de cobijar a todos los pájaros extraviados.

Igual con la levadura. Debido a los rígidos criterios religiosos imperantes, la levadura es un factor de corrupción, de suerte que se tendía a evitarla en los ámbitos sagrados; así, el pan de Séder Pésaj será pan ázimo -pan sin levadura- en parte a ello. Pero para las comadres que a diario se esforzaban con el bollo familiar, al ser el pan la principal alimentación, sabían bien que una pequeña porción de levadura en tres medidas de harina, luego del tiempo leudante, fermentaba a toda la masa, oculta entre nubes de trigo.

Contrariamente a los parámetros mundanos, lo que no se vé es lo que transforma el presente con una fuerza humilde, tenaz, inusitada.

Lo que no se vé es la Gracia de Dios, y sus frutos son la justicia, la paz, la compasión, el gesto cordial, el perdón.

Paz y Bien


Encorvados








Para el día de hoy (24/10/16):  

Evangelio según San Lucas 13, 10-17



Cada sábado, en la celebración que se realizaba en las sinagogas, un laico -tal como lo entendemos en nuestro tiempo- podía leer y comentar la Palabra y también presidirla. Jesús de Nazareth lo realizó en varias ocasiones, tal como nos brinda su testimonio los Evangelios; sin embargo, no tenemos la certeza que en la ocasión que nos brinda el Evangelio para este día haya sucedido así, como un simple participante o como principal entre los suyos.
Ambos escenarios controvierten las costumbres: como simple participante expresa una autoridad sorprendente e inusitada. Como rector del culto, transgrede las costumbres haciendo pasar a una mujer al ámbito de oración reservado a los hombres y poniéndola en el centro de la atención.

Todas las miradas se centran en el Maestro, pero a su vez todas las miradas parecen ignorar el prolongado sufrimiento de la mujer. Dieciocho años encorvada, sin levantar la mirada, agobiada por la carga de una culpa, aplastada por ser mujer y por estar enferma.
Tal vez ella anduviera buscando refugio y consuelo en las inmediaciones de un sistema que normalmente la dejaba a un lado, dolor razonado, miseria que se perpetúa. Pero sólo en Cristo encuentra verdadera liberación y vida plena.

Él mira a su alrededor, y su corazón sagrado es capaz de verla en su identidad única e irremplazable. Hija de Abraham denota una dignidad que la reconoce como heredera de las promesas de Dios como todos los demás.
La Palabra del Señor la restaura, la levanta, la endereza de su enfermedad. Es ahora una mujer plena y libre que puede mirar a los demás a los ojos, y que renovada por el paso salvador de Dios por su existencia alaba y agradece.
Como si no fuera suficiente con mirarla y llamarla, le impone las manos, gesto prohibido por cierta torpe moralina, acción proscrita en la rígida religiosidad que considera impuro a un enfermo.

Pero esas manos por las que desciende la bendición expresan también a un Dios que no se desentiende de su creación, un Dios que se involucra sin excepciones en todos nuestros barros.

Surgen entonces las voces estrictas de los detectores de heterodoxias de siempre. Los hay en todos lados -solemos ser así-, y en esos menesteres solemos apagar nuestra capacidad de reconocer la misericordia de Dios, el bien que se prodiga, las urgencias de los hermanos.

Los hermaos encorvados y doblegados por mil dolores no pueden ser apartados de nuestro centro, ni vistos como un accidente habitual de nuestros días. El dolor del otro no admite demoras, o mejor aún, la compasión jamás, por ningún motivo o reglamento debe postergarse.

La compasión y el socorro son el culto primero del amor de Dios entre nosotros.

Paz y Bien



Mendigos de la misericordia









30º Domingo durante el año

Para el día de hoy (23/10/16):  

Evangelio según San Lucas 18,  9-14 



Más allá de cualquier razón o motivo, justo es decir que tenemos un demoledor preconcepto contra los fariseos, asociándolos -quizás de manera cinematográfica- al villano religioso, al personaje execrable sin miramientos. 
Sin embargo, los fariseos eran hombres profundamente piadosos y que tenían una importante formación religiosa; el celo empeñado en la observación de la Ley implicó, en los duros tiempos del exilio y frente a las amenazas extranjeras, el resguardo de la identidad nacional judía y el respeto a las antiguas tradiciones. Por ello, en todo tiempo en donde el peligro de cualquier relativismo socava presente y futuro, la figura de los hombres estrictos y rigurosos con los mandatos cobra especial relevancia. ¿Cómo no respetar a aquellos que interpelan la historia desde la fé, o mejor dicho, desde la Torah y la ley de Moisés?.

Los problemas radican en la literalidad y en la absolutización de los reglamentos. La literalidad, origen de todos los fundamentalismos, pierde de vista sentido y trascendencia y, peor aún, suele execrar al otro y al distinto. La absolutización de los reglamentos es el desmedro de lo que importa, el mismo Dios, en pos de aquello que tiene carácter instrumental, es decir, el mutar los medios en fines en sí mismos.

Por otra parte, un publicano recaudaba impuestos a favor del ocupante imperial romano: es menester tener en cuenta que la evasión impositiva, en aquel entonces y siendo Judea y Galilea provincias romanas, se consideraba sedición y se castigaba con la pena capital. De allí que el recaudador de impuestos tenía a favor de su actividad el poder militar y represivo romano como respaldo. Además, los publicanos adicionaban un monto a la carga tributaria establecida que era en la práctica su ganancia y su fortuna; a menudo se valían de prácticas extorsivas. 
Si a todo ello añadimos los rígidos criterios de pureza e impureza ritual vigentes en aquel entonces, un publicano era peor que una prostituta, un impuro absoluto vendido al opresor, un traidor que vendió su alma al enemigo, un judío que desprecia cotidianamente la Ley.

A nosotros, en pleno siglo XXI, probablemente se nos pierda de vista, pero para los oyentes de Jesús de Nazareth el escenario era mucho más claro: el respetable es, obviamente, el fariseo, el repudiable de antemano el publicano.

Pero en verdad nadie es bueno o malo por su pertenencia, sino por lo que hace y también por lo que omite.

En la formulación de la plegaria farisea nada hay de objetable. Formalmente es correcta, pero su contenido es autorreferencial, al extremo que Dios queda en un segundo plano, como un fedatario que contabiliza sus buenas obras, su ayuno, su diezmo. Autoenaltecido en su orgullo, desaloja al prójimo en su horizonte pues desprecia a aquellos que no tienen su misma profundidad religiosa.
Quizás su oración exprese esa religiosidad sin Dios, o mejor dicho, la religiosidad de un Dios distante e inaccesible al que se le arrancan favores mediante las prácticas piadosas acumulables.

En cambio, la plegaria del publicano rebosa humildad y pone por delante a Dios. No es difícil imaginarnos la escena, hasta con su propio cuerpo reza de ese modo, quedándose al fondo de todo, sin animarse a levantar la mirada. El publicano se irá justificado porque, aún siendo un pecador público y notorio, desde su real estatura sumida en esos andares turbios suplica y confía en la misericordia de Dios, en su perdón, en su bondad.
Confía sin resignarse, confía con todo y a pesar de todo, confía en que se Dios sea capaz de enderezar ese destino que ha torcido sin remedio aparente.

Todos, en cierto modo, somos mendigos de la misericordia de Dios, portadores de una miríada de miserias que usualmente buscamos y a las cuales nos aferramos sin pensarlo demasiado. Sólo el amor de Dios salva, y en esos desiertos nos bastaría apenas unas migajas de perdón para sobrevivir.

Pero el amor de Dios no se mide, y así, suplicando algo que nos permita perdurar un poco más, se nos vuelca sobre nosotros y con serena alegría canastas llenas del pan de la misericordia.

El amor de Dios todo lo puede.

Paz y Bien

 

Con el tiempo a favor









San Juan Pablo II, Papa

Para el día de hoy (22/10/16):  

Evangelio según San Lucas 13, 1-9


En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las gentes oscilaban entre una constante resignación que solía teñirse de superstición, y una religiosidad cuyo sentido lo otorgaba un Dios cruel y vengativo, un Dios que pagaba sin demoras con des-gracias los pecados propios o de los padres.
Así, el por algo será está apenas a un paso, y de allí se desprende también que la pobreza y la miseria de tantos tiene el mismo origen, un Dios severo, un Dios que dispensa males en abundancia.

El Maestro no pensaba así, de ningún modo. En las honduras de su corazón sagrado no había ni un milímetro de esa imagen falaz, sólo el ámbito de Dios Abbá y la necesidad de conversión, de converger hacia Dios y hacia el hermano, permanecer en lo que prevalece para no perecer. Emigrar felices hacia la Gracia, renegados de toda desgracia que nosotros mismos provocamos por la falta de amor y de justicia.

Pero detrás de la dureza de las expresiones del Maestro hay fines pedagógicos, es decir, que comprendamos en profundidad la urgencia del regreso, el imperativo de convertirse sin demoras ni excusas.
La conversión, al igual que la Salvación, acontecen en este tiempo santo de Dios y el hombre, el hoy de una existencia que se fecunda por el paso salvador de Dios por nuestra historia, por cada historia.

Porque tenemos el tiempo a favor, pues no estamos librados a nuestra oscura suerte, sino que estamos bajo el amparo bondadoso del Viñador, que con su sacrificio inmenso nos ha adquirido este tiempo de regreso y reencuentro. Tiempo de conversión, tiempo de bendición, tiempo de misericordia.

Paz y Bien


Señales del cielo







Para el día de hoy (21/10/16):  

Evangelio según San Lucas 12, 54-59



La lectura que nos ofrece la liturgia del día es a la vez breve pero intensa, y quizás no se acote específicamente a la vida cristiana: la correcta interpretación de los signos de los tiempos -más allá de los indicios climáticos- es un imperativo para toda persona que quiera situarse con exactitud, con prudencia y con verdad en su ámbito histórico. La alternativa es boyar de un lado al otro entre relativismos vanos, a merced de los poderes de turno, esclavos tontos del predominio de las imágenes y la publicidad.

En la vida cristiana ello se acentúa aún más, pues implica interpretar al mundo, al universo y especialmente a la propia existencia a la luz de la fé en Cristo.
Quizás esas señales sean las primordiales, las señales del cielo, del amor de Dios en la persona de Jesucristo, las señales del paso salvador de Dios por nuestras vidas. Demasiado ocupados en lo que no importa, solemos extraviarnos en banalidades que no conducen a ninguna parte y a su vez convirtiéndolas en epítomes de todo, en la mensura a la cual se equipara todo lo demás y, de esa manera, pasamos por alto lo importante, lo que cuenta, lo que permanece y no perece.
Sencillo y sin demasiadas vueltas: cuando arrecia el sol, aguacero en puerta. Cuando no hay justicia ni misericordia, Evangelio extraño y lejano, un libro más que no se encarna.

Pero el regreso del Señor está cerca. No se puede vivir ajenos, como si todo nos perteneciera, como si todo no nos hubiera sido confiado en una suerte de cordial comodato. Llegará el tiempo de la devolución, de la rendición de cuentas que a su vez confiere sentido y trascendencia, la re-unión de los hijos con el Padre que nos ama sin medidas.

En ese horizonte de Cristo no podemos olvidar al prójimo. La Buena Noticia no es cosa individual, de islotes aislados sino de hermanos que, con todo y a pesar de todo, en el nombre de Cristo se reconcilian y edifican desde la caridad y el perdón, señales ciertas también del amor de Dios entre nosotros.

Paz y Bien


Corazón encendido








Para el día de hoy (20/10/16):  

Evangelio según San Lucas 12,  49-53



Hay determinadas cuestiones que a la distancia las pasamos por alto y que son importantes, y entre ellas el significado psicológico en los discípulos de seguir a Cristo por los caminos.
Es claro que el discipulado involucra a la totalidad de la persona y nó sólo a un aspecto; aquí solamente trataremos de llamar la atención sobre lo difícil que era seguir al Maestro. Romper antiguos esquemas supuestamente inamovibles. Abrir la mente y el corazón a la acción asombrosa de la Gracia de Dios. Renegar de todos los no se puede.
Pero muy pero muy especialmente, el discipulado tenía por distingo ir siempre contra corriente, aún a riesgo de ser considerados locos, subversivos, blasfemos o cualquier otra adjetivación descalificatoria.

En nosotros también es un desafío y una invitación el ir siempre contra corriente, sin acomodarse, sin ceder a los sopores y las tentaciones de fuga que el mundo ofrece.
Entre esas tentaciones tal vez destaque la imagen de un Cristo rebosante de dulzura, tanto que se vuelve casi una caricatura que calma las angustias pero que no compromete. Un Mesías tan endulzado que parece que le hubieran puesto edulcorante para que nada produzca, para que se vuelva inocuo.

Pero el Cristo de nuestra Salvación siempre fué un Cristo incómodo, un Salvador inconveniente que no se adapta a ningún molde. Un hombre que es Dios pero a la vez esclavo y servidor de la humanidad, un hombre fiel a su misión, tan fiel que no vacilará y permanecerá firme hasta la muerte. Un hombre así es un hombre peligroso de tan libre y comprometido, corazón encendido de un fuego que no hace daño pero que es crisol de almas, un fuego que es menester que se propague para purificar corazones y mundos, el bautismo que excede el ritual, el bautismo que es un morir a lo viejo para nacer a una vida definitiva.

Desoír los cantos de sirena de las tibiezas y relativismos. Desertar de las medias tintas. Permanecer atentos a la Palabra, y hacerse palabra y señal del amor de Dios, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien

Tiempo de espera, fidelidad y responsabilidad










Para el día de hoy (19/10/16):  

Evangelio según San Lucas 12,  39-48



La vida cristiana es un tiempo de espera confiada en el regreso cierto del Señor, de un Cristo que se ha ido personalmente para quedarse de un modo más profundo, su cuerpo y su sangre en la Eucaristía, su eternidad que nos comunica su Espíritu. Pero no hay tabla ni calendario prefijado que indique la fecha exacta del retorno final; aún así, la certeza de su regreso nos reviste de esperanza.
La historia tiene un sentido, un destino, un horizonte de consumación y plenitud.

Sin embargo, al igual que el mayordomo o administrador de la parábola tenemos un distingo ético fundamental, y es que no somos los dueños de casa. Somos trabajadores a los que se ha brindado, eso sí, una gran confianza y responsabilidad, pero es imprescindible recordar que no somos dueños ni señores, sólo servidores.
Por eso la fidelidad implica, ante todo, permanecer firmes en el lugar que nos corresponde -no en el que se nos impone por capricho-, honrando esa confianza, haciendo lo que se debe, tal vez cuidando más lo ajeno que lo propio.

En la espera, no puede ausentarse la justicia en relación con el prójimo, los bienes que se administran, el trigo que es del Dueño y que de ninguna manera puede faltarle a ninguno de los hijos. No hay excusas ni razones.

Habrá un tiempo final, el reencuentro definitivo, el regreso del Señor. Ése será también el tiempo de rendir cuentas, a mayor confianza mayor exigencia.
Tal vez es menester comenzar a pensar esa responsabilidad desde los frutos: somos apenas un pequeño tramo de tierra que anda, tierra que debe cultivarse, cuidarse, hacerse fructificar. Y a pesar de ser tan poco, somos hijos dilectos del amor de Abbá.

Paz y Bien

Oración y misión









San Lucas, Evangelista

Para el día de hoy (18/10/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 1-9




Ante todo, la cantidad de enviados -setenta y dos- y el modo de envío, de dos en dos.

Según una antigua tradición mosaica, la cantidad coincide con el número bíblico de todas las naciones de la tierra, por lo que el Maestro impulsa la universalidad de la misión: a todos los pueblos, a los cuatro puntos cardinales. Ello será ratificado en Pentecostés en la primera comunidad cristiana reunida e impulsada por el Espíritu de Dios.
Pero también los discípulos van de dos en dos; hay en ello un componente profundamente humano, pues los riesgos de los caminos y el cansancio se hacen más llevaderos en compañía que en soledad, la reciprocidad del apoyo mutuo, una comunidad incipiente -donde hay dos o más reunidos en mi nombre...-. Pero hay más, siempre hay más.
En el derecho procesal judío, la veracidad de una declaración se valida ante un tribunal mediante el testimonio de dos testigos: la misión se transforma así en testimonio veraz de Cristo, señal inequívoca de liberación.

El Maestro ha elegido a setenta y dos discípulos que exceden por lejos el colegio apostólico, símbolo del compromiso misionero de todos los bautizados, y privilegio que no se acota a unos pocos elegidos.

Es menester tener muy presente lo evidente: los misioneros son obreros, servidores de una tarea inmensa en una mies que no les pertenece. La misión, entonces, corresponde a los sueños del Padre, a su obra salvadora y a su impulso constante, y por ello mismo implica un enorme voto de confianza puesto en los misioneros.
Cristo tiene muchísima más fé en nosotros, en todo lo que podemos ser y hacer con Él que la que solemos depositar en Su persona.

Es llamativo que el primer paso sea la súplica, la plegaria al Dueño de la mies para que siga enviando obreros, pues la tarea es enorme, y requiere más y más brazos incansables, esforzados labradores del Evangelio, empeñosos y humildemente obstinados abridores de los surcos para que crezca frutal la semilla de la Buena Noticia.

Quizás, perdidos en mil cosas lo hemos olvidado. Pero por eso mismo el primer servicio misionero, la primer tarea apostólica es, precisamente, la oración que nos vuelve a ubicar en el horizonte del Padre, para que el Reino sea, para que fecunde la tierra y la historia, para poder largarnos a todos los caminos en esfuerzos de paz y de bien, buenas noticias del amor de Dios en estos arrabales tan yertos.

Paz y Bien

José Gabriel








Para el día de hoy (17/10/16):  

Evangelio según San Lucas 12, 13-21




Por ahí anda, en las pampas de Dios, incansable pastor de los suyos, hermano de los olvidados, tenaz servidor de los humildes, amigo de todos.

En tierras casi escondidas, en las profundidades de la periferia, el Espíritu de Dios nos ha suscitado un santo gaucho, señal de auxilio para nuestra gente que dice que Dios se inclina con amor hacia los pobres, que Dios exalta a los pequeños, que cada vida cuenta, que no hay que descartar a nadie, por ningún motivo.

Sin desmayos por el sustento, sin descanso por el Pan de las almas. Que recule la pobreza, José Gabriel, y que retrocedan las miserias que nos separan y dividen, y nos alejan de Dios y del prójimo. Que somos hijos del mismo Padre, hermanos por bendición y sueños infinitos del Creador.

Un pastor con tanto perfume a ovejas -tan parecido a su rebaño, como uno más- siempre es inconveniente, tanto como el Cristo de los caminos, de nuestra Salvación. 

Trataremos, pues, con nuestro mejor empeño, de volvernos ricos en la riqueza del Evangelio, de lo que prevalece y no perece, acumulando gestos y acciones de caridad y compasión, de justicia y misericordia sin aspavientos ni estridencias, felices cumplidores de hacer lo que nos corresponde con Cristo, en esta familia creciente y fecunda que es la Iglesia.

José Gabriel sigue andando con Dios a su lado, a lomos de la esperanza, abriendo surcos para que crezca fértil la semilla del Evangelio.

San José Gabriel del Rosario Brochero, ruega por nosotros.

Paz y Bien

La viuda y la justicia










Domingo 29º durante el año

Para el día de hoy (16/10/16):  

Evangelio según San Lucas 18, 1-8 






En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las mujeres carecían de derechos excepto de aquellos que les garantizaba o procuraba el varón principal de la familia: cuando niñas sus padres, luego sus esposos y, eventualmente -frente a la viudez- el hijo mayor, pero siempre quien hablaría por ellas serían un varón. Su voz no tenía importancia, sólo se la oía pero no se la escuchaba. Se las tenía por menos, limitadas a parir y a las cosas del hogar, con severas restricciones de participación religiosa.
Obviamente, las viudas ejemplificaban el eslabón más débil, y en el caso que nos presenta el Evangelio del día se acentúa más: la viuda ruega ella misma, con tenacidad e insistencia, ante el juez injusto. No tiene nadie que hable por ella, y en principio nadie la escucha. 
Ella es también imagen de todos los desvalidos, de los que no cuentan, de los descartados a la vera de todos los caminos del mundo y que sólo tienen esperanza en Aquél que nunca los abandona.

La caracterización del juez es amplia, y nada queda librado a plausibles imaginaciones: no teme ni a Dios ni a los hombres, es decir, en su horizonte sólo hay una persona: él mismo. Ni hablar del derecho, de la justicia. Un necio completo que se ufana de renegar de Dios, del prójimo y de la Ley, de dar a cada uno lo suyo. Un corrupto titulado.

Quizás por la insistencia continua de la viuda, el juez finalmente cede y hace lo que debía haber hecho desde un principio, sin postergar nada razonando motivos espúreos. Pero seguramente no se trate de la molestia persistente en que se había convertido esa mujer: el continuo clamor, la súplica sin desmayos lo pone en evidencia, lo saca de la infame comodidad en que se encuentra.
La imagen es dolorosamente conocida para muchos de nosotros: sabemos y conocemos el pavor -mucho más allá del fastidio- que le tienen los poderosos a los pobres cuando claman por justicia a voz en grito, cuando salen a la luz sin temores, cuando derriban los tótems en apariencia inmutables de un mundo tan inhumano.

La parábola habla mucho de la persistencia en la oración, el manso y humilde poder que tiene, la plegaria que se vuelve sal y luz, que fecunda la historia, que tuerce los tiempos, que hace presente el Reino.
Pero también habla del rostro de Dios, de ese Dios Abbá de Jesucristo, del Dios al que le cantaba María de Nazareth, incansable clamando por la justicia, enfrentado desde siempre a los poderosos injustos, que inclina su oído y su brazo a los que nadie escucha y por los que nadie habla.

Allí hay misión evangélica, vocación de Reino, compromiso y cruz.

Paz y Bien



Lo que no se esconde









Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Para el día de hoy (15/10/16):  

Evangelio según San Lucas 12, 8-12




Nunca, por ningún motivo, debe razonarse ni justificarse la violencia, la brutalidad para con los mansos, los pequeños, los indefensos.

Se vive en una vorágine de morbosa velocidad, y ello conlleva a la pérdida de sentido, al extraviarnos en la locura cotidiana y así, perder de vista lo importante, lo que cuenta, lo que permanece y no perece.
En esos vertiginosos desvaríos, asumimos que el martirio cristiano se acota a la Iglesia temprana, quizás la imagen de los cristianos en el Coliseo romano. Pero hoy, en este preciso momento, hermanos nuestros ofrendan su vida por fidelidad a la fé que profesan, tal vez en mayor medida en Siria y en una cantidad mucho mayor a los tiempos de los césares. La muerte decidida en algunos escritorios y ejecutadas por las bestias del odio, en nombre de una pretensa fé que elimina al impar, al distinto.

Aún así, con sus templos aniquilados y mancillados, su fé como un blanco fosforescente para que tomen puntería en sus corazones, aún cuando muchos salen de sus refugios a misa y no saben si regresan, aún cuando no hay agua, comida, escuela ni doctor, ellos siguen firmes, frutales, tan íntegros que desarman cualquier análisis menor.
Ellos no esconden su fé, a pesar de todos los peligros evidentes y de los horrores circundantes.
Confiesan al Cristo que ha pasado con vida y liberación por sus existencias y que nunca los abandona.

A pesar de los espantos, el árbol de la Iglesia sigue brindando frutos de santidad por la sangre de los mártires que lo nutren y el Espíritu que la fecunda.

Paz y Bien


Religiosamente correctos








Para el día de hoy (14/10/16):  

Evangelio según San Lucas 12, 1-7




De un modo similar al de muchos de ellos, prejuzgamos y encasillamos de antemano como lo malo, lo nocivo, lo abyecto. Pero los fariseos eran hombres profundamente piadosos y rigurosamente religiosos, al punto que el término fariseo proviene del hebreo -pherusim- y significa separado; ello refiere a una élite de puros, de estrictos observantes de la Ley de Moisés hasta sus mínimos detalles, ávidos juzgadores de los que no cumplen las normas del mismo modo que ellos.

En cierto modo, eran religiosamente correctos: ayunaban cuando estaba indicado, realizaban las abluciones rituales, no se contaminaban con extranjeros, cumplían puntillosamente los ciclos de plegarias.

Entonces, desde esa perspectiva, cuál es el problema?

El problema es que bajo esa profusa práctica religiosa no había corazón, no había un horizonte en donde se conjugara a Dios y al hermano. El problema -la levadura farisea- es la hipocresía, es decir, extremar el cuidado de las apariencias pero en la raíz nada cambia, no hay conversión, sólo búsqueda de un reconocimiento plano y afirmación de los privilegios.
Una religiosidad de unos pocos puros, una fé mercantil que troca actos piadosos por bondades divinas, nada tiene que ver con la asombrosa dinámica de la Gracia.

Uno no es más importante por pertenencia o por prácticas. Todos somos valiosos por el inmenso don de ser hijas e hijos de Dios, humildes servidores de la verdad, una verdad que se gritará llegado el caso sobre los tejados. La Buena Noticia no es un arcano reservado a la fé de unos escasos y selectos elegidos.

De ese modo, Jesús de Nazareth era religiosamente incorrecto de manera irremediable, más nó como un torpe provocador, sino por fidelidad al amor del Padre, en su afán incansable de rescate de los perdidos, de socorro a los desvalidos, de mesa grande de hermanos y amigos.

En la rigurosidad cultual y la observancia de las normas, siempre es dable y saludable su observación y práctica. Pero todo queda en segundo plano o bien carece de destino y trascendencia si nó somos capaces de vivir en el amor, de encarnar la misericordia, famélicos buscadores de paz y justicia, para mayor gloria y alabanza de Dios, aún con las críticas de los poderosos, propios y ajenos.

Paz y Bien




La llave de la ciencia







Para el día de hoy (13/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 47-54




Las invectivas del Maestro eran durísimas. Probablemente, esos hombres -tan formados, tan estudiosos, tan profesionalmente religiosos- no acusaran recibo del núcleo de la acusación, tan cerrados que eran; sólo se ofendían porque Él era un rabbí pobre, galileo, periférico. No contaba que les dijera la verdad con claridad meridiana y de antemano lo tenían encasillado como réprobo y despreciable.

Ellos edificaban magníficos catafalcos y monumentos funerarios para honrar a los profetas asesinados del pasado, pero no escuchaban a los profetas del presente. Así, tal vez sin darse cuenta, se volvían cómplices de la supresión violenta de esos profetas, aplastados precisamente por no callarse la verdad que como un fuego les quemaba por dentro.
El drama tan actual de aparentar escuchas pero sólo se oye la propia voz, la única que satisface unos egos enfermos, y se desprecian aquellas voces que no se acomodan, que santamente molestan, que se vuelven luz y profecía aún desde la humildad, la pobreza y la pequeñez.

Pero esos hombres también se habían apropiado de la llave de la ciencia: ello implica que acotaban, según su estrechos criterios, el ámbito de la fé y el acceso a lo divino. Un terrible filtro ideológico que discrimina entre buenos aparentes y muchos -muchísimos- malos y réprobos.
Mucha erudición, por supuesto, pero escasa sabiduría. Muchas fórmulas acumuladas a repetición, pero muy poca oración. Muchos reglamentos pero nada de corazón. Pura parafernalia religiosa sin bondad ni compasión.

Una Iglesia de puertas y ventanas tapiadas no es cuerpo místico de Cristo, sino apenas un club de adherentes, una ONG revestida de motivaciones piadosas. Una Iglesia de puertas cerradas no es fiel al corazón sagrado del Maestro, y se vuelve torpemente farisea pero nunca samaritana.

Cristo siempre es la puerta, y en las ventanas nos aguarda la Madre para avalarnos los andares de discípulos, hermanos y amigos.

Paz y Bien

Minucias








Nuestra Señora del Pilar

Para el día de hoy (12/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 42-46





Hay detalles que a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, con toda probabilidad se nos escapen.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, consecuentemente con una tradición de siglos, los varones judíos debían pagar una serie de tributos o impuestos: los obligados al ocupante imperial romano, los que se debían al monarca vasallo local -como por ejemplo, Herodes Antipas-y los impuestos religiosos.
Estos últimos se solían destinar al sostenimiento del culto, a la manutención de los sacerdotes del Templo y, a su vez, se engrosaba un fondo destinado al socorro de las viudas y los huérfanos, una suerte de seguridad social que se practicaba a rajatabla.
Sin embargo, los tributos religiosos no eran solamente una ceustión dineraria, sino con fundamentos espirituales, pues implicaba también el reconocimiento de la soberanía de Dios sobre la tierra de Israel y sus frutos, y ello se expresaba en el pago del diez por ciento -el diezmo- aplicado sobre las cosechas, las mieses, el grano.

Con el devenir de los años y el surgimiento de la corriente farisea, el pago del diezmo se extendió también a las hierbas aromáticas, las medicinales y a las legumbres. Las que menciona el Maestro -menta y ruda- crecían silvestres, y las amas de casa sólo debían arrancar algunas ramas para condimentar los alimentos.
La escena es en apariencia ridícula: una madre de familia separando una de cada diez ramitas de menta para cumplir con las prescripciones; aún así, excede por lejos la caricatura. El pueblo estaba agobiado por la multiplicidad de tributos que debía pagar invariablemente y bajo apercibimiento de severos castigos, y aún así se le seguían imponiendo obligación tras obligación. A la opresión constante se le exigía mayor sacrificio, algo tan burdo y bruto como requerir ayunos al que se muere de hambre.

Esa lógica se enmarcaba en un criterio de religiosidad preocupada al extremo por las apariencias y las formas sin transformación interior, sin vínculos con Dios y con el prójimo. Mejor aún, una religiosidad cuyo vínculo con lo sagrado pasaba solamente por los reglamentos y nó por los corazones.
Ello también refería a los dirigentes religiosos, cuyos talantes se veían ofendidos cuando el Maestro les planteaba esa verdad ineludible e inexcusable.

Los detalles son importantísimos. Los detalles sin trascendencia ni sentido son minucias sin valor y obligaciones espúreas del tenor cumplan ustedes, las exigencias siempre exigidas con vehemencia a los otros.
Al fin del día y de la existencia, contará la justicia y la misericordia que seamos capaces de encarnar.

Paz y Bien

Superficialidad








Para el día de hoy (11/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 37-41



Los gestos y los rituales son muy importantes porque en ellos se expresa la devoción y el temor y el profundo respeto hacia lo sagrado y, quizás, el modo de vincularse con Dios.
Los problemas comienzan cuando esos gestos, esos ritos devienen en fines en sí mismos y nó en medios. A partir de allí suelen edificarse enormes andamiajes absolutistas que remiten a lo superficial, pues no implican un cambio de existencia, eso que llamamos conversión. 

Los absolutismos arrastran el desconocimiento y el repudio del otro y del distinto, la crítica que sólo intenta la destrucción, la conformidad con lo que se es, escindiéndose de la posibilidad de crecer y mejorar junto a los demás.
De esa manera, la superficialidad se agota en sí misma, renegando de toda posibilidad de trascendencia, rechazando la santificación del hermano, la profecía en la voz de los pobres y los pequeños, la sabiduría de los ancianos, las ansias de justicia de los pueblos.

Tal vez sin expresar su crítica abiertamente, algunos hombres -profundamente piadosos ellos- cuestionaban que el Maestro no se lavara las manos antes de comer; ello no responde tanto a cuestiones de higiene sino a las abluciones rituales que prescibía la Ley con toda puntillosidad para cada acción. Es claro que no se fijaban en el bien que Él prodigaba de manera incondicional a todos, sino la rigurosidad ritual que fuera capaz de mantener, y con eso también lo menosprecian y desmerecen. Se quedan en la mera superficie sin tener en cuenta ni considerar acaso que su ministerio -su Palabra y sus signos- fueran cosas de Dios, el amor de Dios entre ellos.

No es del todo una actitud acotada al siglo I de nuestra era. Con el mismo talante se desoye la voz de Dios en los humildes, la trascendencia de la solidaridad, la compasión que nos humaniza y nos asemeja a Cristo.
Con la misma torpe soberbia, se cuestiona que el Papa Francisco no ejerza un poder monárquico imperial, que pomga por delante la misericordia y la justicia, que su voz sea tan de las periferias, tan galilea, tan sin pergaminos.

La comunidad cristiana se afirma en su fé en Cristo, se alimenta de su Palabra y su Cuerpo, y expresa su fé en los sacramentos, signos sensibles y eficaces de la Gracia de Dios.
No son los gestos ni los ritos quienes nos purifican, sino Cristo quien nos transparenta y nos libra de las miserias con la inmensidad del perdón de Dios.

Paz y Bien


El signo que perdura








Para el día de hoy (10/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 29-32




Es usual asociar mentalmente lo extraordinario a lo divino, quizás por esa imagen de Dios como el Totalmente Otro y distante, quizás por ciertos esquemas lógicos que infieren que lo divino ha de estar asociado a lo espectacular cuando nó a lo mágico, lo ajeno a la cotidianeidad y a la historia.
Sin embargo, esa tendencia es peligrosa pues nos nubla la mirada y nos imposibilita ver el signo primordial, el signo que perdura, el signo de Cristo que se hace presente en los hechos diarios, humildemente mixturados con el devenir de la existencia.

Esa búsqueda de señales portentosas tiene otra vertiente malsana, y es la de buscar signos a medida, signos que concuerden con los propios moldes, despreciando los que no se adecuen. En casos extremos -en los tiempos del ministerio del Maestro y ahora también- algunos se empecinan en su soberbia en exigir signos de ese talante espectacular, como si ellos fueran fedatarios y autenticadores únicos de las bondades divinas.

Terribles criterios y actitudes que con torpe condescendencia suponen defender los derechos de Dios pero no los de los hermanos, que cuestionan injuriosamente al humilde y al profeta.

Por eso es una generación per-versa, pues reniega de ser con-versa.

El signo que perdura es Cristo y su Palabra, signo del amor de Dios, señal de Salvación. Todo lo demás es añadidura.

Desde allí la conversión implicará escuchar con atención su Palabra y transformar la existencia de acuerdo a ello con el auxilio del Espíritu, vidas frutales que a su vez se convierten en señales de auxilio para los hermanos pues se encienden de esperanza, Evangelios vivos que reflejan la luz perpetua de Aquél que es más que Jonás, que Salomón, que todo ídolo banal de las modas que se imponen.

Paz y Bien


 

Confianza y gratitud










28º Domingo durante el año

Para el día de hoy (09/10/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 11-19





En el siglo I, bajo el rótulo de lepra se identificaba a una serie de patologías cutáneas visibles: eccemas, psoriasis, moluscos y el mismo mal de Hansen. En la estricta mentalidad religiosa imperante, un enfermo de lepra era, a su vez, un impuro ritual que debía ser separado del resto de la comunidad, pues también se infería que esa enfermedad era la consecuencia de los propios pecados o de los padres, en clave de castigo divino. De esa manera, el problema sanitario se transformaba en una cuestión netamente religiosa, al punto que quien determinaba el ostracismo o la readmisión de un leproso es el sacerdote, que en el caso positivo procederá a un complejo ritual de purificación. 

Los leprosos debían vivir alejados de todo pueblo o ciudad, agrupados con los harapos que debían vestir, y anunciar a los gritos su condición de impuro para que los caminantes pudieran evitarlos con distancia suficiente. 
Si entre los leprosos se encontraba un extranjero, al ostracismos debía sumarse el desprecio por el gentil o el pagano, el impar distinto a los hijos de Israel: pero si el leproso era un samaritano, la cuestión era aún peor pues el samaritano era un pagano, un traidor y un antiguo judío que se permitió contaminar con extranjeros, que vulneró la Ley y que desairó la sacralidad del Templo.
Hay un detalle que conmociona, y es que el dolor y el sufrimiento igualan en la desgracia: entre los leprosos que gritan no se puede saber a ciencia cierta ni el origen ni la pertenencia.

Ellos claman por misericordia: en su cercanía pasa ese Cristo que ha sanado a tantos, que nadie rechaza, que habla de Dios de un modo tan distinto y novedoso. Su clamor, claro está, es a la distancia, en una inconsciente resignación por su condición excluyente.
Esa confianza que esos hombres ponen en Jesús de Nazareth no es vana. Ninguna confianza depositada en Él se pierde. 

Todo un mundo edificado y fortalecido alrededor de lo punitivo, del rostro severo de un Dios distante y vengativo, la religión de los puros y buenos, cerrada a cal y canto, no puede sostenerse cuando Cristo se hace presente, ni a Él las imposiciones que aplastan lo humano pueden limitarle.Cuando Cristo se hace presente acontece la Salvación, la plenitud de la persona por la acción del amor de Dios, y es plenitud también involucra la salud, la libertad, el reconocimiento.

Esos hombres han de ir a presentarse a los sacerdotes. Cristo no es un provocador que todo quiere derribar, y en su gesto e indicación están también esas cosas y esos modos que deben desandarse. La misma institución que excluyó a esos hombres ahora debe traerlos de nuevo a la vida en comunidad, algo a lo que quizás no están acostumbrados.

La sanación acontece mientras están de camino, quizás simbolizando que la vida es movimiento, que el quedarse quietos es sinónimo de una muerte que no se condice con la Buena Noticia. 
Nueve hombres siguen las instrucciones al pié de la letra, sólo uno regresa, precisamente el samaritano, el impuro absoluto, aquél de quien nadie esperaría nada, y se arroja a los pies del Maestro en reverencia y gratitud. Ese hombre ha desobedecido los mandatos rituales para abrir su alma al amor de Dios en el Cristo que lo libera.

Esos hombres van de camino al Templo glorificando a Dios. El problema es que suponen que sólo a través de los ritos preestablecidos se consigue o adquiere el favor divino. No basta la pertenencia, la identidad religiosa, social, étnica, nacional. Dios no anda contabilizando méritos y deméritos en religiosos balances de salvos y condenados. Dios es un Padre que nos ama sin medida ni condiciones.

El samaritano ha encontrado la Salvación por la confianza puesta en el Cristo y por la gratitud que expresa al reconocer el paso salvador de Dios por su existencia. 
La Salvación es don y misterio del amor de Dios que nos llega por Jesucristo, y quizás no nos alcancen varias vidas para agradecer tanta desmesura, pero siempre hay que regresar, volver a los pies del Maestro, desandar nuestras miserias, regresar a la tierra prometida de la Gracia y allí sí, descalzarnos el corazón pues pisamos ámbitos sagrados.

Paz y Bien



Elogio a la Madre









Para el día de hoy (08/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 27-28





Jesús de Nazareth sorprendía a propios y a ajenos y suscitaba reacciones encontradas, a menudo destempladas, pero nunca pasaba inadvertido. 
Entre las gentes más sencillas, el pueblo raso que no tenía distinciones para los poderosos, no dejaban de asombrarse: Él sanaba a todos, se sentaba a la mesa con los excluidos y olvidados, hablaba de un Dios de amor, un Dios Abbá.
Ese Cristo era tan pero tan parecido a ellos que también era motivo de alegre orgullo.

Precisamente ese sentimiento es expresado por una mujer, levantando su voz por sobre la bulla de la multitud, profundo elogio femenino -de una madre a otra-, una mujer que se regocija por el hijo magnífico de otra. Los varones, claro está, apenas podemos ser meros cronistas ajenos de un hecho así; sólo las mujeres pueden comprenderlo y vivirlo en su plenitud.
Aún así, aún con el gozo genuino que enarbola esa mujer, se trata de un ámbito que se agota en la cercanía física, en la biología.

El Maestro no desaira ese clamor cordial, pero invita a ir más allá, a las tierras fértiles de la fé, ámbito de Dios, espacio de la salvación. Los benditos, los felices, los plenos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica, Evangelios vivos y palpitantes: ésa es la condición filial que identifica a la nueva familia y al nuevo pueblo que se congrega en torno al Señor de la Historia.

Elogio a la Madre, feliz por creer, bienaventurada por rumiar la Palabra en las honduras de su alma y encarnarla en su existencia, fecunda como madre, hermana y discípula.

Paz y Bien

Sin neutralidad








Para el día de hoy (07/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 15-26





La persona de Jesús de Nazareth no pasaba inadvertida y suscitaba múltiples reacciones entre sus contemporáneos. 
Los pobres, los enfermos, los excluidos se alegraban y asombraban agradecidos por ese Cristo que hacía presente la bendición de Dios en ellos, un Dios que los amaba sin medidas, un Dios Abbá que inclinaba su rostro bondadoso hacia ellos.
Los dirigentes religiosos estaban cegados de celos y ambición, de soberbia e intolerancia. Aunque la verdad estuviera ante sus ojos, ellos verían otra cosa, tan cegados que estaban. Su reacción posee una triste obviedad, los que demonizan con brutalidad al distinto o al disidente, adjudicándole rótulos demoledores aunque estas etiquetas siquiera tengan un asomo de razonabilidad. La peor de las cegueras es la de negarse a ver.

Esos hombres, apropiadores falaces de identidades únicas y voceros absolutos de lo sagrado, pretendían tener la legitimidad para decidir cuales cosas provenían de Dios y cuales nó, exigiendo credenciales a su medida. 
No nos es desconocido. Hoy mismo, bajo excusas institucionales y aparentes buenas intenciones ortodoxas, se cuestiona con brutalidad el llamado evangélico del Papa Francisco a la misericordia, a la justicia, a la sencillez.

Pero el Reino estába allí y aquí entre ellos y entre nosotros, siempre en tiempo presente, el bien que se prodiga hacia el ser humano, el mal en derrota que se encarna en la persona y las acciones de Jesucristo y en los que hacen presente el amor de Dios en Su Nombre.
Más aún, cada acto de justicia y bondad que surja en estos campos yertos es también cosa nuestra, que debe despertarnos y movernos al reconocimiento y la gratitud.

Frente al Evangelio no puede haber neutralidad. Quien no suma, resta. Quien no siembra y cosecha, desparrama. Quien no hace el bien, posibilita el mal. 
Es menester llenar estos cántaros de barro que somos con el vino de la Gracia.

Paz y Bien
 

Audacia








Para el día de hoy (06/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 5-13





La oración nos pone en la sintonía noble de la humildad, enlace divino de amor paterno. A veces -casi siempre- es necesario desandar los rumbos complicados poblados de forzados razonamientos, y volver confiados a la sencillez del Evangelio.

Pide el que necesita, el que ha descubierto en su vida una carencia que no puede subsanar por sí mismo. Por ello pedir implica la aceptación de las propias limitaciones, aceptar y admitir que Alguien tiene más y puede más que nosotros, y por eso conocen más de pedir los pobres y los mendigos. Los satisfechos, los que se consideran llenos, sin necesidad de nada ni de nadie, esos no piden.

Busca aquél que sale de sí mismo, que tiene hambre de verdad y de encuentro, que se anima a romper la coraza de la rutina, a franquear la tranquera del no se puede, a ir, cada día, un paso más porque en su fuero íntimo sabe que hay más, siempre hay más.

Llama quien tiene la confianza de ser escuchado y respondido. No se vocifera al vacío ni se incordia a las paredes. Se llama a Alguien, y Él escucha, responde, dialoga, no enmudece.

La insistencia es la tenacidad de los que no adbican de la esperanza, de los que siguen confiando con todo y a pesar de todo. Los que no reservan la súplica sólo para los momentos críticos o para la mera conveniencia particular. La insistencia supone vidas orantes más que oraciones elegantes.

La oración cristiana está en las antípodas de cualquier trueque o regateo religioso, un quid pro quo de fórmulas en pos de beneficios divinos. La oración cristiana posee la asombrosa audacia de dirigirse directamente a Dios, de acosarle cordialmente con nuestros balbuceos y nuestras miserias, una audacia y una hermosa temeridad que surge de nuestra identidad única e intransferible, la de ser sus hijos merced a su infinito amor, Dios Abbá de Cristo y de todos nosotros.

Paz y Bien 

Pan y perdón







Para el día de hoy (05/10/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 1-4



El pedido que le hacen los discípulos al Maestro no responde tanto a la necesidad de aprender a orar sino más bien a una cuestión identitaria de grupo religioso. Ello así pues en la antigüedad cada religión, secta o vertiente religiosa solía identificarse, entre otras cosas, por el modo único y diferente de sus plegarias. Tal vez, dentro de ese panorama y respetando las distancias a veces abismales, podemos descubrir el Shema Ysrael para la fé de Israel, las oraciones secretas de los esenios o acaso también las plegarias particulares que el Bautista enseñaba a sus discípulos tal como lo solicitan Pedro y los otros.

Pero es menester no perder de vista el contexto: el pedido de los discípulos acontece a continuación de la escena en que Cristo se encontraba orando en cierto lugar. Seguramente es casi imposible expresar vivencias y emociones con exactitud y amplitud; aquí sólo mencionaremos el impacto que debe haber causado en los suyos, en los discípulos, el modo en que Jesús oraba. Quizás ello también quieren ir hacia Dios de esa manera.

Es el tiempo de la Gracia, un tiempo nuevo, totalmente distinto que es mucho más que una alternativa, una opción frente a lo viejo, y por ello la oración cristiana hace centro en un Dios Abbá, Dios Padre que a todos nos hermana.
El Padre Nuestro no es una fórmula que se reserva y restringe a los iniciados en misterios específicos, sino que expresa, con amor y confianza, la santa urdimbre en el aquí y el ahora de la eternidad y la historia.

Venga tu Reino, que el Reino sea, que la vida se expanda entre estos arrabales tan oscuros y hacia la eternidad que se nos ofrece.

Hacer propia, cordialmente, la causa de Dios y la causa de los hermanos.

Suplicar el pan del sustento, el pan de Vida, el pan del perdón que restaura y sana. Seguir confiando en la mano bondadosa de Dios que nos libera de todos los males, los que elegimos y los que nos infringen.

El Padre nunca nos abandona.

Paz y Bien

Betania, escucha y servicio








San Francisco de Asís

Para el día de hoy (04/10/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 38-42




En la casa familiar de Lázaro, Marta y María, situada en Betania, el Maestro era recibido con cálida hospitalidad, y allí se encontraba a gusto, a sus anchas, entre amigos que le amaban casi tanto como Él a ellos, una familia que también era la suya pues era recibido a puro corazón y afecto.

Si el samaritano es el carácter primordial de una Iglesia servidora de una humanidad abandonada, Betania es su imagen cordial, la Iglesia familia hospitalaria en donde Cristo se encuentra en familia.

Recibiendo, reconocemos al otro y lo hacemos parte de nosotros. Quizás a partir de allí, la escucha sea el primer servicio; se oye demasiado, se escucha poco o nada. Escuchar significa darle importancia al otro, y más aún, a lo que el otro tiene para decir, y por ello escuchar implica un crecimiento interior de la humildad.

Una Iglesia cordial, hospitalaria, que a nadie rechaza, que escucha a todas las mujeres y los hombres porque ama sin condiciones, porque quiere permanecer fiel y seguir los pasos del Maestro, servidor de todos.
Demasiados hermanos languidecen en soledad, a pesar de estar rodeados de multitudes, islotes de aislamiento y abandono.

En todo amar y servir, camino apostólico que se brinda por amor a Cristo y desde la escucha atenta de la Palabra que se encarna, se pone en práctica, se hace tiempo, historia, cotidianeidad, lo que permanece y no perece.

Que la grata memoria del Hermano de Asís nos ayude a reencontrarnos con Cristo en el hermano.

Paz y Bien



Cristo, el Buen Samaritano







Para el día de hoy (03/10/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 25-37



Los reduccionismos suelen ser malos y nunca justos. De ese modo, la profundidad y belleza de la enseñanza que nos brinda el Evangelio para este día quedaría acotada a un mero dictado moral que probablemente se utilice como argumento para un juicio de valor pero nó como fundamento ético, es decir, un modo trascendente de ser en el mundo.

Es menester estar atentos siempre a los detalles, signos y símbolos. 

Un samaritano pertenecía a un grupo social que era mirado con desprecio por los judíos observantes, toda vez que se le consideraba un antiguo hijo de Israel que permitió la contaminación gentil, que vulneró el respeto y el culto al Templo, que manipuló la Torah; por ello un samaritano está ubicado varios escalones por debajo de un gentil o extranjero, pues es en cierto modo un traidor, y por todo ello indigno de cualquier bendición y bondad de su Dios.
Así resulta sorprendente que sea precisamente un samaritano quien sea tomado como ejemplo del actuar según el Evangelio, y más aún, el tono marcadamente secular de la parábola. El sacerdote y el levita -epítomes de la religiosidad oficial judía- pasan de largo frente al hombre caído a la vera del camino.

Al samaritano lo mueve la compasión, al igual que Aquél que se con-mueve al ver a las ovejas sin pastor, a los enfermos, a tantos dolientes.
El Buen Samaritano es el mismo Cristo, que viene hasta la humanidad herida de pecado y miseria, que no pasa de largo, que sana sus heridas con el óleo de la unción sacramental y el vino de su sangre, que confía el restablecimiento de su salud/salvación en el albergue amplio de la Iglesia. Ha pagado la salud con su vida nuestro refugio, aún cuando se le consideró un marginal, o un galileo menor, o apenas el hijo del carpintero. 

 Y Él  volverá, y mientras tanto sus discípulos hacen presente como samaritanos ese amor de Dios en el mundo sin preguntar pertenencias u orígenes, misión de socorro y misericordia hacia todos los pueblos.

Paz y Bien


Perseverancia











27º Domingo durante el año

Para el día de hoy (02/10/16):  

Evangelio según San Lucas 17, 3b-10




A menudo nos descubrimos presos de una rutina gris, continua, sin resolución.
Pero también, en este mundo que se agota en sí mismo, nos hemos construido ídolos crueles a los que les rendimos culto, becerros de oro con fauces insaciables que se alimentan de corazones. Dinero, mercado, consumo, ideología, moda, confort que todo quieren para sí, que no dan respiro, que todo atropellan.
Aún así, muchos -frente a tantos sinsabores y tantas agresiones- prefieren eludir los conflictos, aferrándose a lo conocido aún cuando lo conocido esté perimido, y de esa manera sobrevalorar lo que es medio y no fin, conservadurismo tonto y estéril.


Nada de eso está cerca de la Buena Noticia. La fé, don y misterio, transforma esa opacidad, ese ritmo enfermo, esa rueda que gira sin fin con una centrífuga que todo se lleva. La fé es la irrupción de lo eterno en lo cotidiano, más no de un modo abstracto, de fuerzas desconocidas, sino una intervención personalísima de Cristo en su Espíritu que derriba esos ídolos, que fecunda nuestros días, que nos reviste de valor, que nos hace andar a pasos seguros.

El Espíritu nos libera y nos sana, abre nuestros ojos cansados, sostiene nuestra esperanza, abre el entendimiento, enciende serenamente una alegría que nada puede desalojar.

Andar, siempre andar, nunca quedarse. Hay muchos árboles que plantar en el mar y muchas montañas movedizas y obedientes. Vivir en plenitud o apenas pervivir, acaso sin diferencias mayores con la mera biología.

Perseverar sin desmayos en esa fé que se nos ha dado, desde el servicio, el perdón, la misericordia.
Y cuando llegue el tiempo de partir, irnos con sencillez, sin estridencias, con la humilde alegría de saber que hemos hecho lo que debíamos, y que devolvemos florecida y frutal este pequeño espacio de tierra fértil que somos.

Paz y Bien

De la euforia a la alegría









Para el día de hoy (01/10/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 17-24



Los setenta y dos enviados regresaban de la misión que el Maestro les había encomendado oscilando entre el asombro y la euforia; con una pobreza total de medios, cumplieron con todo lo mandado y nada ni nadie implicó un obstáculo insalvable.
Llevan en sus corazones la certeza del poder de Cristo, pero los viejos esquemas persisten y por eso mismo les gana espacios la euforia.
La euforia suele ser superficial, se queda en las apariencias olvidando lo que en verdad cuenta, lo más importante; además es hija dilecta del exitismo, la pura praxis sin ética ni trascendencia que mide resultados, scores, en donde la vida y las personas quedan en segundo lugar. Por esa misma superficialidad la euforia es tan volátil y pasajera, y por ello, en un plano psicológico, sea la contracara de la depresión.

Así el Maestro, a pesar de todos los milagros que han obrado en Su Nombre, los insta a valorar como bien mayor la plenitud vivida en Dios, la Salvación que el Padre les ofrece por el Hijo. Allí está la raíz de toda esperanza y de toda alegría, que ellos -y nosotros también, aún sin merecerlo, aún con todas las miserias a cuestas, en Él y con Él´podrán hacer retroceder el mal en todas sus formas, y eso se transforma en misión, misión de liberación, de paz, de sanación, de justicia.

Sanando heridas, rompiendo el aislamiento y la soledad, revirtiendo los egoísmos con fraterno servicio, auxiliando al que tiene la mirada nublada por ideas vanas, reconociendo al Cristo de nuestra Salvación en el rostro de los más pequeños, en los ojos de los pobres.

Pascua de la euforia a la alegría que permanece y no se disipa, con todo y a pesar de todo, porque el mismo Espíritu la sustenta.

Paz y Bien
 

ir arriba