Más allá de los legalismos








Para el día de hoy (12/08/16):  

Evangelio según San Mateo 19, 3-12




En la lectura que nos brinda la liturgia del día, es menester considerar ante todo que la intención de los fariseos es falaz; no buscan la verdad, sólo tratan de articular una trampa dialéctica que encierre al Maestro, de tal modo que sea cual fuere su respuesta, éste quede en una mala posición frente al pueblo y a las autoridades.
Porque en realidad no hay un cuestionamiento de esos hombres acerca de la legitimidad del divorcio, pues ya en esa época se consideraba válida la ruptura del vínculo marital en base a la ley de Moisés. 
Sin embargo, podemos realizar algunas distinciones sencillas a partir de las afirmaciones de esos hombres.
Ante todo, destaca la postura favorable al varón por sobre la mujer, la prevalencia de derechos: se le pregunta al Maestro si les lícito al varón divorciarse por cualquier motivo, es decir, que no se consideraba en cualquier motivo el derecho de la mujer.
Por otra parte, se acentúa -en esa línea de razonamientos- la justificación por cualquier motivo, aún por el más insignifcante, y al respecto, diferentes escuelas rabínicas argumentaban proclives a alguno de varios criterios. 

Desde allí, sea cual fuera la respuesta de Jesús de Nazareth podría acarrearle el rótulo de estricto moralista que castiga a las mujeres o, en su defecto, de laxo moral sin remedio.

Pero en realidad, el problema de fondo es otro, y es el del olvido del Creador que ordena y bendice desde el amor. La ley es posterior, y si bien es importante, tiene un carácter instrumental, que no definitivo y teleológico. La ley es medio y no fin en sí misma, y precisamente de ello hablaba el Maestro cuando afirmaba que el Sábado es para el hombre, y no a la inversa.

Es preciso abandonar ciertas posturas oscilantes. Del legalismo acérrimo al relativismo superabundante. Perimitir a Dios ser Dios, reinar en nuestras vidas, en nuestros corazones. Hemos sido creados para el amor, para crecer juntos, para que una vida nueva florezca cuando se conjugan dos existencias, y por ello el matrimonio es indisoluble, porque el amor de Dios no se pierde ni puede romperse.

Los reglamentos cuando pierden corazón, oprimen y nada tienen que ver con la Buena Noticia, moralina sin bondad que no es ética. El Evangelio nos convoca a descubrir las vocaciones como una asombrosa bendición para cada uno de nosotros.

Paz y Bien



Perdón y reciprocidad






Santa Clara, virgen

Para el día de hoy (11/08/16):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1



El perdón es difícil, doloroso y no es cuestión que se acote, solamente, a conceptos razonados. En esa lógica se ubica Pedro, que a pesar de todo tiene un impulso muy generoso, toda vez que quiere en cierto modo emular -a su modo- la magnanimidad que descubre en su Maestro.
Para los criterios de la época y las enseñanzas rabínicas, tres era el máximo aceptado. Probablemente en la mente del pescador se encuentre la enseñanza del Génesis, la marca de Caín por la cual todo aquel que vengara la muerte de Abel en su homicida debía pagarlo siete veces.

Pero el error de Pedro estriba, precisamente, en suponer que el perdón pueda cuantificarse. El registro detallado del perdón tiene cierta similitud con los registros de algunas corporaciones bancarias que se llevan para perpetuar hasta límites absurdos -y crueles- el pago legal de deudas, intereses sobre interés, la usura deificada y tolerada.
Nada de eso. La paciente respuesta de Cristo trata de que Pedro y todos nosotros ingresemos en otro plano, la dinámica de la Gracia, la santa aritmética de la Salvación.

Por ello la parábola. Diez mil talentos es una suma exorbitante, descomunal, impensada -como, quizás, la deuda nacional de un país quebrado-, aproximadamente 125 toneladas de oro. En comparación, cien denarios pueden ser una suma importante y significativa para los pobres o asalariados, pero cuya diferencia fundamental es que puede pagarse.
Lo verdaderamente grave es que el servidor deudor de los diez mil talentos, habiendo recibido un perdón, una misericordia que en verdad no merece, se muestra incapaz de ejercerla en referencia a un par suyo, otro empleado cuya deuda, comparada, es prácticamente insignificante.

Aún así, es menester diferenciar dos ámbitos que pueden a menudo coincidir pero que no van juntos necesariamente, el de la justicia humana y el de la justicia divina que es la misericordia.

La capacidad del perdón debería ser el distingo familiar de los hijos respecto del Padre, de todos nosotros expresando en lo cotidiano que hemos sido perdonados, elegidos con infinita misericordia aunque todo diga que nó, que es una locura, que es imposible.
El perdón transforma los vínculos, pues cierra las heridas, hace mejor al que perdona y restituye en humanidad al ofensor. Quizás el perdón signifique también, a pesar de ofensas y dolores, volver a reconocer al otro como hermano, siempre en esa misma santa ilógica y reciprocidad de un Dios que es Padre y que nos ama sin descanso ni condiciones.

Paz y Bien

Como el grano de trigo







San Lorenzo, diácono y mártir

Para el día de hoy (10/08/16):  

Evangelio según San Juan 12, 24-26



Desde la comodidad del espectador es relativamente fácil opinar y emocionarse con cuestiones profundas, serias, cruciales. Las emociones, es claro, no están mal; el problema comienza cuando se queda todo en superficialidades banales sin trascendencia ni cambio interior, romanticismo con edulcorante que no es más que ello, emoción sin destino.
Pero esa postura suele, a su vez, conducir a otro fangal que implica el resignarse o revestirse de luto ilimitado frente a los aconteceres dolorosos de la existencia.

Así, en ese plano tan extendido, un mártir es el protagonista de un hecho luctuoso, terrible, antes que un valiosísimo testigo que por su ofrenda vive para siempre en la gloria de Dios, que a pesar de haber muerto está más vivo que otros tantos que andan estos arrabales.
Y la cruz sí, es símbolo de la fé mediante la cual nos identificamos, la cruz de Cristo, pero aún así sigue permaneciendo ajena, distante, no es cosa nuestra.

Sin embargo, la Pasión de Cristo y su Resurrección tiene un profundo significado que excede largamente la fé cristiana. La Pasión del Señor es un hecho fundante para toda la humanidad por la Salvación que se ofrece incondicional y generosa a todos los pueblos desde el sacrificio de Cristo, y porque desde su entrega el sufrimiento adquiere un nuevo sentido, no ya definitivo, no ya irremontable, sino que a partir del amor el sufrimiento se vuelve germen de vida que se expande, precisamente, porque se entrega.

Es desde el amor que el sufrimiento de Cristo -y de toda la humanidad- deja de ser un castigo divino y una consecuencia lógica ineludible.

Por Cristo, la humanidad y muy especialmente los inocentes que sufren todo tipo de injusticias, se hermanan eternamente al Salvador en la humilde afirmación que no hay mayor amor que dar la vida por los demás. Como el grano de trigo que cae y muere con destino de pan, así la existencia se vuelve alimento del hermano cuando se ofrece incondicional y se reviste de esperanza y futuro.

Paz y Bien




Clave de acceso







Santa Teresa Benedicta de la Cruz -Edith Stein-, virgen y mártir

Para el día de hoy (09/08/16):  

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14





Los discípulos de Jesús de Nazareth estaban imbuidos de viejas ideas y prejuicios mundanos: a pesar de tantos caminos y enseñanzas recorridos juntos, no podían ocultar sus ansias de gloria, de poder, de dominio. De ese modo se embarcaban en profusas discusiones con el fin de averiguar quien, de entre todos ellos, era el mayor, el primero, el más importante, y en esos menesteres solían aflorar celos y envidias, flagrantes buscadores de prestigio y preponderancia.

La respuesta del Maestro es asombrosa. No se embarca en vanas disputas que no tienen nada que ver con el Reino de su Padre. Llama a un niño -un sirviente de la casa- y lo pone en el centro de toda atención, como medida de una vida nueva acorde a la Buena Noticia.
Aquí es necesario destacar una cuestión decisiva: un niño, en la mentalidad imperante del siglo I, no es solamente una persona de corta edad, sino que expresa al ser humano incompleto, irrelevante, insignificante, sólo valioso -a veces- para sus padres y para nadie más, alguien que no cuenta para nada y que carece de derechos reconocidos. 
Por ello quedan en un segundo plano la ternura hacia los niños o cualquier voluntarismo de carácter ingenuo, pueril. Implica una opción decisiva por los que no son tenidos en cuenta por nadie, ponerse del lado de los que el mundo execra, una ruptura con ciertos esquemas de exclusión que están lejos de cualquier postura ideológica o social.
Se trata de conversión, de converger hacia los más débiles en fraterna solidaridad y servicial compasión, desertando de toda condescendencia.

Las estructuras son importantes, los reglamentos también. Las fórmulas tienen su relevancia simbólica, claro está.
Pero las claves de acceso al Reino están en otro lado. Se encuentran en las infinitas honduras del corazón sagrado de Cristo, un Cristo plenamente identificado con todos aquellos que a menudo no tienen rostro ni voz.

No se trata de posturas políticas. Se trata de la Buena Noticia.

Paz y Bien


Tributos de concordia






Santo Domingo de Guzmán

Para el día de hoy (08/08/16):  

Evangelio según San Mateo 17, 22-27



El Maestro y los suyos están de camino, en ruta hacia Cafarnaúm; en cierto modo, el caminar los congrega nuevamente a todos, pues sólo tres de ellos han estado con Él en la transfiguración. 
Hay una constante tenacidad en Cristo, en pos de que los suyos aprendan, aprehendan y comprendan. A pesar de todo lo que les ha dicho, a pesar de que ellos a menudo se han demostrado cerrados y obtusos, Él insiste, y así realiza el segundo anuncio de su Pasión: Él será entregado a manos de sus enemigos, será asesinado pero resucitará al tercer día.

Ellos se quedan en vanos umbrales de tristeza y desazón. Un Mesías así, derrotado, no se condice con sus imágenes de gloria y poder terrenal del que aspiran ser parte, y de ese modo -con horizontes estrechos- pasan por alto la cuestión raigal que es profesión de fé y esperanza: al tercer día resucitará.
Pero siguen caminando, y tal vez en el andar se esconda una voluntad de éxodo, de emigrar hacia la tierra prometida de la Gracia.

En las afueras de Cafarnaúm les salen al cruce los cobradores de los tributos del Templo. Este impuesto se había instituido luego del exilio babilónico -en época de Nehemías- e implicaba que cada varón judío mayor de edad debía pagar, anualmente, dos dracmas para el sostenimiento del Templo y del culto: estaban obligados tanto los judíos de Tierra Santa como los de la Diáspora. Invariablemente, debía cancelarse antes del mes de Nisán -abril- pues por esas fechas se celebrara Seder Pesaj, la Pascua, y en nada tenía que ver con los tributos que se pagaban al ocupante imperial y que recaudaban los publicanos. Este gravamen revestía cierto carácter de sacralidad.

Por ello, la interpelación de los cobradores de los impuestos ubica a Cristo y a los suyos frente a una disyuntiva que debe despejarse, pues de no hacerlo quedará como un rebelde provocador que reniega de las tradiciones de sus mayores. Sin embargo, en general su enseñanza relativiza ciertas cuestiones normalmente consideradas inamovibles -por ejemplo el Sábado- y pone por centro el bien del hombre.
Pedro, en esa sintonía, se apresura a afirmar que Él cumplirá con el pago, no es hombre dado a rupturas violentas de las que no se regresa.

Pero con Cristo hay demasiadas cosas que damos por fijas sin pensar demasiado. En realidad, Cristo -como Hijo del Padre- no debería pagar tributo alguno por el sostenimiento de su casa.
Pero se trata de mucho más que eso. Se trata de la libertad de Cristo y el Evangelio frente a las imposiciones humanas.

El pez con dos dracmas en su boca habla del oficio de Pedro, y tal vez sea una sencilla señal de buen humor: no es tan importante el tema. 

Lo clave es mantener la independencia y la libertad propia de los hijos. Y desde allí, pagar tributos de concordia, aportes al bien común antes que rupturas sin sentido, poner por delante lo que verdaderamente cuenta e importa, el infinito amor de Dios.

Paz y Bien

Despiertos







19º Domingo durante el año


San Cayetano, presbítero


Para el día de hoy (07/08/16):  


Evangelio según San Lucas 12, 32-48



Contra ciertos supuestos, y ateniéndonos a lo estrictamente etimológico, la utopía no es exactamente cristiana, toda vez que en su raíz  griega -u thopos- significa no lugar. Sin embargo, ello no implica, jamás, el abdicar de los sueños. Siempre hay que soñar, imaginar tiempos y mundos mejores para poner manos a la obra.

La vida es don y misión, y este pequeño lapso de tiempo que somos es todo lo que tenemos, tiempo de crecer, de amar, tiempo de proyectos y esfuerzos. Lo bueno y lo malo, alegrías y tristezas, dolores que parecen interminables, algunas victorias menores, somos este presente en donde se incuba el futuro.

Más aún, el futuro es horizonte del presente concreto, sanguíneo. A pesar de todas las tinieblas, de todas las trampas, de todos los horrores, hemos de erguirnos con humilde valor porque no estamos solos, y porque la historia se fecunda con el paso salvador de Aquél que nos amó primero.

Felices por creer, por el Cristo que está, por el Cristo que volverá, locos felices con todo y a pesar de todo.

Pero cuando el horizonte se pierde de vista, comienzan los problemas. Un presente sin proyectos y sin sueños se agota en sí mismo, y muere como el trigo sin espigas.

El tiempo es veloz y es escaso, y es menester permanecer despiertos. Es imperioso, pero a su vez es una bendición, pues abrimos los ojos porque sabemos que hay una realidad silenciosa que corre caudalosa por debajo de las apariencias y de la bulla mundana. 

Felices porque el Reino acontece aquí y ahora, y porque ese horizonte se ilumina con la firme presencia de Cristo.

Paz y Bien



Transfiguración, hacia el éxodo definitivo







La Transfiguración del Señor
 

Para el día de hoy (06/08/16):  



Evangelio según San Lucas 9, 28b-36




Hay cosas y cuestiones que exceden por lejos las capacidades de la razón, y por ello -tal vez- sea preciso adentrarse en las pampas del co-razón. Así, frente al misterio de fé, es imprescindible dejar por un momento esos esfuerzos de las mentes, tan teñidos de antropomorfismos, y permitirnos que la inmensidad nos vuelva a asombrar, a sorprender, a interpelar. 

La transfiguración del Señor en ese monte es una epifanía, una manifestación divina. La plenitud de Dios se manifiesta en el Hijo, y ha de ser vivida antes que razonada. Su rostro cambia de aspecto, sus vestidos refulgen.
Dos hombres hablan con Él: son Moisés -la Ley- y Elías -los profetas-, porque la historia de la Salvación conduce hacia Cristo y en Él encuentra su plenitud y su sentido absoluto. 
Ellos hablan acerca de la partida del Señor, que acontecerá en Jerusalem: precisamente, en griego, la palabra para partida es exodon. El camino del Maestro es un éxodo desde el monte de la Trnasfiguración hacia el Gólgota, desde una epifanía deslumbrante hacia la epifanía de la cruz, el amor mayor.

Los discípulos están muy cansados y se adormecen; aún así permanecen despiertos y por ello puede contemplar la gloria de Cristo. Nosotros también debemos despejarnos de los sopores mundanos y permanecer en vigilia, atentos al Cristo que nos sale al encuentro, resplandeciente, en todas nuestras alturas.

Con Él debemos también emprender el éxodo definitivo, a la tierra prometida de la Salvación, a pesar de que a menudo, como le ha sucedido a Pedro, nos tienten las ganas de prolongar la bonanza de los momentos calmos y profundos.
Pero la vida cristiana no es de quedarse ni acomodarse, hay un ir primordial que se caracteriza, ante todo, por salir de nosotros mismos e ir al encuentro del otro.

Permanecer despiertos y atentos, prestos al andar, significa también el estar atentos a la Palabra. Cristo es Hijo amado, el Elegido por el que todos nos descubrimos y hacemos hijos y hermanos amados del Padre celestial.

Con el corazón transfigurado, caminamos con la cruz al hombro.

Paz y Bien

Una fé de fronteras







Para el día de hoy (05/08/16):  



Evangelio según San Mateo 16, 24-28




Hacia el final de la lectura del día de ayer contemplábamos la durísima reprimenda del Maestro a Pedro, aún cuando éste había realizado una profunda confesión de fé. Es que Pedro -y los demás discípulos- no eran capaces de aceptar la idea de un Mesías sufriente y derrotado; en esos criterios, Pedro supone que hay que erradicar de la mente del Maestro esas ideas extravagantes, el Mesías de Israel habría de ser glorioso, revestido de poder y victoria. 
Lejos está de su mente y su corazón el Siervo Sufriente y, por ello, es intolerable la locura de la cruz.

En aquellos tiempos la cruz era el método de ejecución romano que se reservaba para los delitos más execrables, entre ellos los delitos contra el Estado como la sedición y la traición. Al crucificado se lo dejaba agonizar bien a la vista de los que pasaban e incluso luego del deceso como forma de amedrentar, como ejemplificación que desaliente cualquier conducta similar.
Para la mentalidad judía, la crucifixión asemejaba a ser colgado de un árbol y, por eso mismo, implicaba una maldición.

Ése era el panorama que se urdía en los corazones de los discípulos. Un crucificado es un criminal despreciable, un reo abyecto, un maldito, alguien que debe despreciarse con justa causa, conceptos bien lejanos a las cosas de Dios. Un crucificado entonces es alguien a quien el poder exonera y execra, alguien que está ubicado, ciertamente, del lado de todos aquellos marginales que el mundo razonablemente pone a un costado, y que suele dejar atrás.

La vida cristiana implica seguir a Cristo. Seguirle no es solamente cuestión de lugares, sino de vivir como Él vivía, amar como Él amaba, dejar que el Espíritu nos sustente y transforme. Para ello es menester negarse a sí mismo, y no es una reivindicación de nihilismos y un aferrarse a resignaciones improbables, sino el hallazgo del tesoro que hace dejar atrás todo lo viejo y orientarse a un valor superior y definitivo, espacio cordial que desaloja alegremente el yo para el ámbito pleno del nosotros, de Dios.
Más aún. La fé cristiana es una fé de fronteras, de los márgenes, de hermanarse a los que están últimos, descartados, hijos de Dios tirados como material descartable en todas las periferia de la existencia.

La vida se gana en verdad cuando se ofrece generosa e incondicional para el bien del otro, en imitación de Aquél que nos amó primero.

Paz y Bien

Obispo Enrique Angelelli - Cantata a los Santos Latinoamericanos




Enrique Angelelli, obispo y mártir 
1976 - 4 de agosto - 2016



OBISPO ENRIQUE ANGELELLI
(chaya)


Con un oído en el pueblo
y otro en el Evangelio
derrama sangre de mártir
pa.. darle al pobre el consuelo.

Padre Obispo Angelelli
profeta y pastor bueno
la chaya grita tu pascua
y el viento trae un lamento.

Mientras la noche se acerca
y tu sangre cae en silencio
mientras la noche se acerca
La Rioja llora en silencio

En nuestra América pobre
ha de sonar por los cerros
tu fraternal profecía
de padre y pastor bueno.

A dónde andará tu pueblo
yo se que está junto al fuego,
del calor que vos prendiste
con sangre que grita al cielo.


Pbro. Jorge Leiva

aquí puede escucharse 

La piedra y las llaves








Para el día de hoy (04/08/16):  

Evangelio según San Mateo 16, 13-23





Siempre es necesario ahondar en significados, ir más allá de la pura letra, orientarnos por referencias cordiales, simbólicas. Así, en la lectura que nos brinda la liturgia del día y en su mismo inicio, Jesús de Nazareth y sus discípulos han llegado a la zona de Cesarea de Filipo.
Esta coordenada que nos brinda el Evangelista no es casual ni fortuita; en tiempos del ministerio del Maestro había en Palestina dos ciudades con nombre similar, Cesarea marítima en el sur mediterráneo, y Cesarea de Filipo en las cercanías del monte Hermón, por los Altos del Golán.
En ese lugar y por el año 20 a.c. Herodes el Grande erige una estatua para honrar y rendir culto al César de Roma -Augusto-, pues a los césares se los deificaban a la misma altura que los dioses de la religión romana. Posteriormente uno de sus hijos, Filipo -hermano de Antipas, tetrarca de Galilea- ordena renombrar a la antigua ciudad de Panias, centro del culto al dios Pan, como Cesarea en honor al emperador romano, señal de sumisión y vasallaje. Las coronas de Antipas y Filipo dependían por entero del aval de los césares y se respaldaban con la fuerza de las legiones, una cuestión que disolvía aún más su escasa legimitidad.

Precisamente en esa ciudad en donde se adoran a dioses extraños y a falsos dioses como el César, allí en donde se aniquila la dignidad y el honor procurando migajas de un poder que domina pueblos enteros por la sumisión, la fuerza y la explotación, acontecerá un hecho de fé fundacional, magnífico en su esperanza, resplandeciente de futuro.

Pedro amaba con fervor al Maestro. A pesar de su carácter arrebatado y a menudo voluble, tuvo siempre un talante de amistad franca que aún hoy es infrecuente.
Frente a la gran pregunta que realiza Cristo -y ustedes, ¿quién dicen que soy?- quien responde de modo contundente -Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo-.
Su respuesta no es producto de un esfuerzo de su razón sino una profunda cuestión de fé, y Pedro responde de ese modo porque ha sido agraciado con esa fé que es don y misterio, pues sólo desde la fé reconocemos al Cristo Dios en Jesús de Nazareth.

Por ello Pedro tendrá por misión y vocación piedra y llaves. Piedra que sustente desde la fé y el servicio el edificio cordial de la Iglesia, sustento fraterno de la fé de sus hermanos, primado desde la caridad. Y las llaves implican un poder asombroso y despreciado por el mundo, el poder del perdón que restaura, levanta y reune a los dispersos.

A veces es probable que Pedro se extravíe en viejos prejuicios, en antiguas miserias. Pero cualquier oscuridad no podrá traspasar el ámbito filial y humilde de la mesa grande, y es en esos momentos en que Pedro tiene que volver a ubicarse tras los pasos de Cristo, seguir su huella, permitir que Ël lo guíe.

Pedro, pontífice pues su misión es ser hacedor de puentes entre los hombres y Dios.

Dios guarde y proteja siempre a Pedro.

Paz y Bien





Protocolos







Para el día de hoy (03/08/16):  

Evangelio según San Mateo 15, 21-28



En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth y debido a la rigidez de normas y costumbres, era impensado que una mujer se dirigiera abiertamente y sin prurito a un rabbí, y que éste le prestara atención; mejor dicho, era prácticamente imposible. Asimismo, menos aún en el caso de una mujer extranjera, toda vez que los severos criterios de pureza/impureza separaban a todo gentil de los hijos de Israel.

Quizás allí se encuentre el silencio inicial del Maestro frente a la irrupción de la mujer cananea, y luego la durísima respuesta que le brinda: no se brinda el pan de los hijos a los cachorros. Lisa y llanamente, al extranjero se lo consideraba un perro, es decir, un indigno de recibir la bendición de Dios.

Puede resultarnos controversial encontrar un tenor tan severo en las actitudes y palabras de Jesús. Sin embargo, su rostro divino -pleno de misericordia- resplandece a continuación. El ser permeable al dolor de los demás, provenga de quien provenga, el derribar prejuicios de raza, religión, género, nacionalidad o sociales exige un corazón muy grande y una mente amplísima que se arriesgue a ampliar el horizonte sin condiciones.
El Cristo que se deja convencer frente a la insistente súplica valiente y confiada de esa mujer nos dice a todos nosotros muchísimo en cuanto a la misión de la Iglesia y a los esquemas tras los cuales nos escudamos para impedir cercanías.

Volver a preguntarnos por los filtros, por los criterios de pertenencia o ajenidad que discriminan entre propios y ajenos, buenos y malos, puros e impuros. Al fin y al cabo, todos en mayor o menor medida somos forasteros en los patios de Dios, todos somos extraños merced a nuestras miserias, todos somos -por nuestra propia responsabilidad- enteramente dependientes de la misericordia de Dios, que siempre nos escucha.

Los protocolos son importantes, pues implican una carga simbólica y respetuosa que trasciende los meros gestos. Pero los protocolos a observar no residen tanto en la forma como tal vez en su raíz cordial, en el espacio que haya en nuestros corazones para Dios y para el prójimo.

Paz y Bien

Las tormentas necesarias






San Pedro Julián Eymard, presbítero
 
Para el día de hoy (02/08/16):  

Evangelio según San Mateo 14, 22-36




Mientras el Maestro despide a la multitud, ordena a los suyos que se embarquen y pasen a la otra orilla. Ese gesto tiene dos aspectos: por un lado, el puntualmente geográfico, pues ellos van hacia Betsaida, en tierras extranjeras cercanas a la Decápolis. La Buena Noticia no se acota solamente a Israel. Por otro lado, el plano simbólico y espiritual: los discípulos han de emigrar de los espacios de mundanidad, de poder, de dominios, mansos desertores de éxitos tóxicos y falaces. La enorme popularidad de Cristo es peligrosa, y el amago de nombrarle rey allí mismo trastoca la raíz misma del Reino de Dios, amor y servicio, y por eso hay que tomar distancia.

El Maestro está solo en la montaña, en oración. Suplica por la multitud que ha alimentado, suplica por los suyos que navegan, suplica por el Bautista asesinado, suplica por su misión.
A la distancia, los discípulos bogan hasta el cansancio, infructuosamente, no van a ningún lado por la bravura del mar, dolorido de temporales. Por más que se esfuercen, la tormenta los cimbrea de un lado al otro con saña, con la violencia del oleaje. 
Ellos debían arribar a la otra orilla que les había indicado el Maestro, pero están varados allí, golpeados por unos embates de una tormenta que parece haberse apropiado de la barca.
Sólo cuando Cristo se dirige hacia los suyos, con la soberanía de Dios que lo hace caminar sobre todas las aguas borrascosas, la barca se sosiega, aún cuando ellos se aterren pensando que es un fantasma. Curiosa migración de un miedo a otro, miedo de ese Cristo que no se adapta a los prejuicios y esquemas que portan sin remedio.
Pero es Él, y no hay que desanimarse ni perder la fé. Cristo salvará de cualquier desastre a nuestras barcas vacilantes, hay que mantenerse firmes en la confianza.

Y agradecer. Las tormentas son necesarias, y a pesar de todos los temores, es menester atravesarlas para llegar a la otra orilla del Reino. Cristo no nos abandonará nunca.

Una humilde advertencia para enemigos y detractores, propios y ajenos: aunque vacile, Cristo nunca permitirá que Pedro se hunda. 

Paz y Bien

El modo de comer








San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (01/08/16):  

Evangelio según San Mateo 14, 13-21



Como en una relación de causa/efecto, el Evangelista Mateo nos anoticia, desde el mismo comienzo de la lectura, que el Maestro decide embarcarse hacia un lugar solitario luego de enterarse del asesinato del Bautista. 
Los motivos pueden ser varios: salir de ese ahogo terrible, pues el ambiente estaba demasiado denso por la violenta conducta de Herodes y el feroz encono de las autoridades religiosas. Más que una huida temerosa, se trata de no anticipar las cosas, su Pasión la asumirá en completa libertad pero en el tiempo propicio, su vida será ofrendada cuando Él lo decida, y no cuando lo dictaminen sus enemigos.
Pero también hay otra cuestión, y es que sus paisanos nazarenos no veían en Ël más que al hijo del carpintero, un vecino más del que nada podía esperarse, y que se atribuía cosas ajenas a su competencia y autoridad. Rechazar la persona de Cristo es rechazar la salvación de Dios, y por eso en su patria chica casi no acontecerán milagros. Aún así, es dable suponer que Jesús decide ir hacia un lugar solitario para orar, para beber en solitario el trago amargo de la tristeza por la muerte de Juan, pero muy especialmente -lector como nadie de los signos del tiempo- prepararse pues la plenitud de su misión ha comenzado. El tiempo de la preparación ha finalizado.

Hay una marcada contraposición entre el rechazo de los nazarenos y esa multitud que lo sigue a pié sin importarle distancias, el dejar el hogar o la seguridad de las ciudades. El Maestro se compadece de esas gentes, ovejas sin pastor, una compasión que implica asumir el dolor, el sufrimiento del otro en los propios huesos, una realidad concreta que no se extravía en abstracciones sin rostro,sino la vida misma de Dios que se vuelca hacia los dolientes y necesitados en la sanación que se prodiga.

Las horas pasan y sobreviene la noche junto con la necesidad de alimentar a esos miles de personas. Los discípulos toman una postura errónea, pues el talante de sus expresiones invierte la súplica del Padre Nuestro: ellos quieren que se haga su propia voluntad -como una orden- y nó la de Él.
Aún así, su planteo es razonable: frente a la necesidad urgente, conviene que la gente se arregle por su cuenta a que desfallezcan de hambre ahí nomás. 
La escasez de recursos -cinco panes y dos pescados- destaca la imposibilidad de afrontar el hambre de tantos con tan poco.

Más que panes y pescados compartidos, Cristo multiplica el amor fraterno hacia el infinito, hacia horizontes asombrosos que sacian a todos y aún queda mucho más para los que lleguen. Doce canastas, de las cuales los discípulos se encargarán de repartir, pues no son dueños del Pan, sino sus servidores.

Cuando el pan se comparte en la mesa de los hermanos, cuando el necesitado es tan importante como un hijo, cuando descubrimos que siempre hay lugar para uno más, se inaugura el tiempo de milagros, el tiempo de la misericordia que transforma el rostro brutal del mundo.

Paz y Bien

Codicia, horizonte sin prójimo






18° Domingo durante el año

Para el día de hoy (31/07/16):  

Evangelio según San Lucas 12, 13-21



Por entre la nutrida multitud un hombre requiere que el Maestro intervenga en una disputa familiar por una herencia: los rabbíes no sólo interpretaban la Torah, sino que eran socialmente la autoridad moral y hasta jurídica que mediaban y arbitraban en las disputas. Quizás por su fama de rabbí galileo es que se lo busca, pero en el talante de ese hombre -lo podemos inferir de su tono- no hay una búsqueda de enseñanza, sino la exigencia de un pronunciamiento por parte de Jesús de Nazareth que lo favorezca en su interés personal.
No le interesa la Palabra, sino apenas una palabra acorde a su conveniencia.

Pero el Maestro no quiere embarcarse en esas cuestiones. No es árbitro de intereses menores, y el planteo no conduce a nada. Prefiere ir a la raíz misma de la disputa, la codicia que separa hermanos, destruye vínculos, arrasa corazones a puro egoísmo, y así brinda -a su audiencia de aquel entonces y a todos nosotros- la llamada parábola del rico insensato.

Hay un distingo que sobrevuela todo el carácter de ese terrateniente, y es que monologa, habla para sí mismo. Es un hombre rico que incrementa su fortuna por una cosecha abundante: frente a ello imagina un futuro próximo a puro disfrute y pereza, una vida de placer sin asomo de trabajo. 
Planea derribar los viejos graneros y edificar unos más grandes para acumular el centro de su fortuna, esa cosecha inverosímil que es fruto del esfuerzo de muchos campesinos, más no del propio.

Debemos despojarnos de cualquier filtro ideológico. El monólogo de ese hombre dice primero yo, luego yo, siempre yo. No hay otro ni hay Dios, sólo él mismo, y en esa acumulación olvida que el granero primordial ha de ser el plato vacío de los necesitados, de los hambrientos Esos son los graneros que es menester colmar siempre. 

Es un insensato porque los bienes -el dinero- no compran la vida, porque nada nos llevaremos y porque en el altar de la codicia acontecen sacrificios humanos, por fiero que suene, pues en ese ara cruel se sacrifica la existencia del hermano.

Dios nos libre de todos los argumentos que justifican la pobreza impuesta. Dios nos ampare de los opulentos razonadores de miseria del pueblo.

La codicia es un horizonte estrecho en donde no hay Dios ni prójimo y que conduce a la violencia y a las peores catástrofes, pues no es posible la fraternidad, se reniega del Reino y se cercena todo asomo de justicia.

Paz y Bien


El temor del tirano








San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (30/07/16):  

Evangelio según San Mateo 14, 1-12



Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y vasallo de los romanos, andaba muy preocupado. Se había enterado de todo lo que suscitaban las enseñanzas y las acciones y gestos de Jesús de Nazareth, e infiere que se trata de Juan el Bautista resucitado de entre los muertos, y que por ese motivo posee poderes milagrosos.

De esa manera, Herodes ubica a Cristo en el mismo plano sagrado que el Bautista, intuye en Él una fuerza sobrenatural que lo aterroriza, pues cree que Dios lo ha traído de nuevo para que cobre venganza por su crimen, la perenne pesadilla del culpable. Sin embargo, aún en el ejercicio omnímodo e infame del poder, el tetrarca se encuentra mucho más cerca de la realidad de Cristo que los propios paisanos suyos nazarenos, que sólo veían al hijo de María, al hijo del carpintero, sólo una persona.

Herodes respetaba al Bautista, y hay indicios de que a menudo lo escuchaba con cierto agrado; pero eso no influyó cuando el Bautista comenzó a señalar en pleno rostro del tetrarca la ilicitud de su vínculo con Herodías, mujer de su hermano Filipos. Ni siquiera lo molestaba demasiado los constantes llamados de Juan al pueblo a la conversión, a una vida virtuosa sin ninguna concesión a la corrupción, pero cuando la voz del profeta lo señala sin ambages, lo silencia encerrándolo en la mazmorra de su palacio, como si decir la verdad -por molesta que ella fuera- significara la comisión de un delito grave.
Herodes no podía ir más allá aunque quisiera matarlo, pues temía la reacción del pueblo.

Los tiranos son siempre iguales. No caminan por senderos de justicia, y se paralizan de temor cuando el pueblo se le pone en contra, medidas bastardas en las que no hay búsqueda de bien para el pueblo, sólo perpetuarse en el poder.

La decisión de ejecutar a Juan surge de un compromiso imprudente, y del temor al que dirán sus pares, su mujer y la hija de ésta. La escena trasunta una mesa eminentemente corrupta y mortal, totalmente opuesta a las mesas de Cristo en donde se comparte la vida.

Con todo y a pesar de todo, los discípulos del Bautista sepultan el cuerpo del profeta inocente y fiel, y se dirigen hacia donde está Cristo para darle la noticia. No es solamente la trasmisión de un hecho luctuoso, sino una profunda señal que el Maestro comprenderá en toda su dimensión. La misión del Bautista ha finalizado, y ahora comenzará su ministerio, en el mismo Espíritu que los anima a ambos, y de ese modo la misión comenzada por Juan será llevada a su plenitud definitiva por Jesús de Nazareth.

Cuando el Reino acontece, no hay tiranos ni poderosos que puedan oponerse ni acallar la voz de los profetas.

Paz y Bien


Marta de Betania, amiga de Cristo








Santa Marta

Para el día de hoy (29/07/16):  

Evangelio según San Juan 11, 19-27




El ambiente con el cual se dá comienzo a la lectura del día es fúnebre, luctuoso. Es casa de discípulos del Señor, de Marta y María y el fallecido Lázaro; ellos tres profesaban un gran afecto hacia el Maestro, un afecto recíproco que nos representa a la Iglesia como familia, como ámbito de cordial amistad en donde Jesús de Nazareth se siente a gusto, en casa propia. 
Pero ese día prevalecía el dolor, la oscuridad de la pérdida, el horizonte cerrado por la tristeza.

La mención que hace el Evangelista a que muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María remite, puntualmente, a la presencia de integrantes de la fé de Israel que están en veredas opuestas a las enseñanzas de Cristo, habitualmente sus enemigos -escribas, fariseos, saduceos-. Hay un distingo significativo: en los gestos de consuelo que brindan a las hermanas de Lázaro no se manifiesta la misma violencia que esgrimen en gestos, palabras y corazón contra el Maestro.
Como sea, su presencia augura también que allí están con ellos sus viejas ideas, esquemas que en nada se corresponden con la enseñanza acerca de la Resurrección que brindaba Jesús, antiguos criterios que se resignaban ante la muerte -quizás en mayor medida los saduceos-, y frente a una muerte que parece tener la última palabra, no hay lugar para ninguna esperanza, sólo parálisis que se extiende.

Conocemos a las hermanas. María era la que se quedaba con la mejor parte, aferrándose a la Palabra a los pies del Maestro, en la escucha atenta, en la contemplación de lo que no perece. Marta, volcada por entero al servicio de los demás, solía perderse en los afanes de hacer bien las cosas, de brindarse sin medida. En las urgencias, tal vez, se mareaba. 
Pero en esta ocasión es María quien se queda sentada en la casa, y Marta quien sale al encuentro del Cristo que llega, un Cristo que no ingresará a ese hogar tan caro a sus afectos pues allí se ha instalado la muerte, usurpadora de cualquier asomo de vida, de futuro, de verdad.
Marta, impulsiva y proactiva, sale al encuentro del Maestro porque Él es quien en verdad puede compartir su dolor y llorar con ella, y no guardar ciertas formalidades usuales frente al luto, un lo siento, un mi pésame que lastiman más.

Ella sale con la energía de siempre, quizás portando resabios de las viejas ideas, pero con una constante que tampoco se pierde: el Maestro los ama profundamente a los tres hermanos, el Maestro es su amigo, y ella confía, ella lo ama, ella se aferra a Él para no perecer en esos mares de dolor que están agobiándola. Él es su amigo, y en ese tenor afectuoso y entrañable se dirige a Él.
No hay reproche, sino una afirmación confiada y ciertas ganas que tenemos de dibujar hubieras cuando se vá un ser querido hacia las pampas de Dios.

Ella, a causa de esos viejos conceptos, supone que la resurrección será un hecho postrero, post mortem. Pero aún cuando persistan esos criterios erróneos, todo lo define su cercanía cordial con el Señor. La amistad es magnífica expresión de amor y confianza, y por sobre todo -aún por sobre su razón- ella confía en Cristo, y ese es el distingo de la fé cristiana. No implica tanto la pertenencia o adhesión a una idea como la cercanía y la confianza con el Cristo, nuestro Dios, nuestro hermano, nuestro amigo.

En Él acontece la Resurrección aquí y ahora, salvación que es misterio y don de amor de Aquél que nos amó primero. 

Por esa confianza y es cercanía cordial, Marta reconoce a su amigo como Mesías, el Hijo de Dios, y es su amigo y su Dios el que le dice que su hermano vivirá, que todo es posible si seguimos confiando, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien

El tiempo de la paciencia








Para el día de hoy (28/07/16):  

Evangelio según San Mateo 13, 47-53



La parábola que hoy nos presenta la lectura del día hace referencia al mar y a la pesca; Jesús le está enseñando a una multitud compuesta, en gran parte, por hombres que tenían por oficio la pesca en el mar de Galilea. Esos hombres bebían con grata avidez sus palabras, pues a la vez de asomarse al misterio infinito de Dios, descubrían también -o intuían- que lo eterno, las cosas de Dios se encontraban en sus vidas cotidianas, a veces tan grises, a veces tan duras.

Por otra parte y en el plano simbólico, el mar representaba lo caótico y peligroso, y en ese aspecto el mar, así expresado, se asemeja en gran medida a un mundo que suele ser opuesto a Dios, al Reino, un mundo en el que estamos inmersos pero del que debemos ser libres.

Como don absoluto, como una bendición inmensa de la que aún no hemos comprendido su trascendencia, la red es el Reino que nos rescata del mar, de ese mar terrible en el que todo se pierde y disuelve y en el que estos pequeños peces que somos -todos nosotros, sin excepciones- para conducirnos a la plenitud de la existencia, a Dios mismo.

La Iglesia es también, a su modo, una red elaborada a pura misericordia y tejida pacientemente por esos amigos del Maestro, pescadores de oficio y pescadores de hombres por vocación, redes de misericordia y compasión para que el Reino acontezca aquí y ahora, un Reino por el que suplicamos al Dios del universo junto a Cristo llamándolo por su nombre, Abba.

Quizás el trasfondo principal, lo que bulle tras la superficie de las letras sea la inmensa paciencia de Dios, que en esa red recoge peces de toda clase, de múltiples características.
No es nuestro tiempo ni nuestra atribución discriminar entre buenos y malos para desechar a los peces sin utilidad, a los peces nocivos. Esa, precisamente, es cuestión escatológica, del tiempo final, propia de Dios.

Sin embargo, ello no implica plantarse en la cómoda postura del espectador cómodo sin compromiso que vé la vida pasar desde una platea distante. Los pies en el barro, el corazón en el cielo, oídos en el pueblo y en el Evangelio.
El Reino por el que suplicamos es Reino de justicia, de amor y de paz, y eso no admite medias tintas ni edulcorantes, sólo compromiso cordial, existencias frutales y voces claras que digan las cosas como son, renunciando a los sofismas y a cierto tipo de torpe corrección política para no ofender a los poderosos. Iglesia y profecía, Iglesia que tiene una vocación profética irrenunciable.

Y otra certeza nos colma; que ante Dios, ante el Dios de Jesús y María de Nazareth, el Dios de la Iglesia, de nuestros padres, de nuestros hijos y nuestros amigos, ante ese Dios el mal no prevalece.

Paz y Bien

El tesoro del Reino, la alegría del Evangelio











Para el día de hoy (27/07/16):  

Evangelio según San Mateo 13, 44-46





Los dos ejemplos de la parábola no pueden ser más distintos: el hombre que atraviesa el campo -no sabemos si es un labriego o sólo un caminante, aunque podamos imaginarlo- tiene un encuentro casi azaroso, fortuito con ese tesoro asombroso que lo lleva a vender todo para comprar ese campo, para que no pierda su tesoro. En cambio, el mercader de perlas es un hombre de ojo avezado, un buscador profesional que también, frente a ese hallazgo único y mayor, vende todo para adquirir esa perla incomparable, y entre ambos sucede la totalidad de la existencia. El Reino acontece en el día a día, en una cotidianeidad que se fecunda por el Espíritu del Resucitado.

Más aún, aunque no se menciona, podremos también dibujar en el corazón las reacciones de los demás. Tal vez los vecinos del hombre lo supongan un loco, un trastornado que está fuera de sí y que liquida sus bienes vaya a saberse porqué. O los colegas del mercader supongan una decisión comercial desastrosa, acaso una deuda impagable. Sin embargo, en ambos casos hay una tenaz y persistente alegría.

El tesoro escondido del Reino, la alegría del Evangelio es aquella que refleja la luminosidad de los que han descubierto la plenitud de sus existencias y que por ello mismo -en la libertad propia y única de los hijos de Dios- permanecen fieles y son capaces de ser sal de la tierra y luz en las tinieblas., la vida que se ofrenda pues se ha acrecentado hasta el infinito, porque el tiempo es santa urdimbre de Dios y el hombre, porque saben y conocen el verdadero valor de las cosas al conocer la más valiosa.

En la humilde alegría del Evangelio, el amor se expande y no hay fuerza ni poder en el universo que pueda detener un corazón así.

Alabado sea Dios por la fidelidad y el testimonio inmenso de Pére Jacques Hamel, sacerdote y mártir. Bendita sea su memoria.

Paz y Bien



La cosecha final







Para el día de hoy (26/07/16):  

Evangelio según San Mateo 13, 36-63




La lectura del Evangelio que hoy nos convoca involucra la explicación de la parábola de la cizaña por parte del Maestro a los discípulos, parábola que meditábamos días pasados. Se trata de la aplicación universal de esa enseñanza, y el modo de vivirla en los tiempos que le toquen vivir a los discípulos de todos los tiempos, de toda la historia: si tomamos las dos lecturas en una sola línea, la primer parte es netamente cristológica mientras que la que hoy nos ocupa es eclesiológica por el compromiso de la comunidad cristiana y, a su vez, escatológica pues remite a los tiempos finales.

El tiempo final está decidido y resuelto por el Hijo del hombre, Su envío de los ángeles cosechadores es signo de su autoridad plena, de su soberanía divina. El tiempo final, antes que un tiempo de venganza y temores, es el tiempo santo del encuentro definitivo del Cristo con la humanidad y por eso es motivo de nuestra esperanza.
Porque la buena semilla dá frutos asombrosos, una cosecha portentosa desde la humildad silenciosa de la tierra fértil, y el Enemigo intentará frustrar ese destino de pan suscitando cizaña, yuyo venenoso que es extremadamente parecido en sus comienzos al trigo santo. Muy parecido, pero nunca lo mismo. 
Cizaña escandalosa, piedra de tropiezo de la fé de los pequeños.
Cizaña de maldad, en donde se cercena toda posibilidad de justicia, flor del Reino.

Aún así, paciencia y misericordia de Dios van de la mano. Siempre hay tiempo de revertir lo tóxico de la cizaña, y que revierta en pan de los hermanos.
Pero mejor aún, el Enemigo siembra cizaña precisamente por la presencia del trigo, de los buenos brotes, del mejor fruto.

A pesar de que duela, a pesar de todas las molestias y los horrores, la presencia de la cizaña es un indicador de que el trigo viene creciendo joven y sano, y no es nuestra la cosecha ni la poda intermedia.
Nuestra es la esperanza, nuestra es la alegría de sabernos acompañados y esperados hacia el final con gozo de reencuentro y fiesta de frutos.

Paz y Bien




Peregrinos con Santiago





Santiago apóstol, Patrono de España

Para el día de hoy (25/07/16):  

Evangelio según San Mateo 20, 20-28




La existencia, y muy especialmente la vida cristiana, es un peregrinar con otros, un ir hacia, un salir de uno mismo para ir al encuentro del otro y de Otro.
Quizás nuestro primer antecedente lo encontremos en los magos de Oriente, incansables buscadores de verdad y trascendencia que no se amilanaron por las distancias físicas ni por los abismos cordiales. Ponerse en marcha sabiendo que el que busca, encuentra.

Los apóstoles, en nuestro andar por los caminos de la fé, también han debido realizar un éxodo de liberación, desde la vana imagen de un Dios inaccesible, violentamente vengador y de un Mesías glorioso revestido de poder militar a la tierra prometida de la Gracia, el Dios Abbá de Jesus el Señor, servidor y esclavo de sus hermanos.

Santiago -Jacobo- y su hermano Juan eran dos hombres de carácter bravo y de una religiosidad teñida de brusco fundamentalismo. que no toleraba disidencias, a tal punto de ser conocidos como Boanerges o hijos del trueno, y no tanto como hijos de Zebedeo, su padre. En esos fuegos de sus personalidades se aferraban al viejo esquema del poder que se impone desde el dominio, un Mesías monárquico al que le reclaman, en esa tesitura, la porción de poder que les corresponde.
Tal vez a riesgo de volvernos simplistas, es dable pensar que su exigencia cuadraba con el ídolo que se habían fabricado a su conveniencia, sin entender que el camino de Cristo es camino de amor y servicio y, por ello mismo, camino de liberación.

Con Santiago también somos peregrinos, esforzados exiliados de esas idolatrías que a veces no son tan pequeñas, y que a veces se llaman ego, poder, mercado, ideología, dinero, y que rechazan de plano la presencia de Aquél que le dá sentido a todas las cosas, el Espíritu del Resucitado que vivifica, re-crea y sustenta andares y horizontes.

Peregrinos con Santiago hacia los gratos pagos de la Buena Noticia, querencias de amor, romerías de la familia de las  hijas y los hijos de Dios que se descubren felices por la misma pertenencia cordial y por un destino común que se edifica andando, aún cuando a menudo implique ofrecer la vida para que otros vivan, peregrinos de la Salvación.

Dios bendiga y guarde a España.

Paz y Bien


Dios no se duerme






Domingo 17° durante el año

Para el día de hoy (24/07/16):  

Evangelio según San Lucas 11, 1-13



Sin ánimos de plantarse en nefastas veredas de miedos patológicos, no es demasiado aventurado afirmar de que las ciudades -las sociedades- se encuentran frente a la disyuntiva de la supervivencia o la destrucción.
El relato de la súplica de Abraham para salvar del abismo a Sodoma y Gomorra expresa a la justicia como sustento de todo destino, es decir, la supervivencia se decide por la justicia que pueda haber en el mundo.
A su vez, esa justicia depende del diálogo con Dios. Hablarle a Dios y dejar que Dios nos hable, escucharle con atención, suplicar con confianza y sin desmayos, con la franca tenacidad de Abraham que confía en su Dios por sobre todo y a pesar de todo.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, cada grupo y secta religiosa tenía una plegaria propia, característica y única que los distinguía de los demás. A menudo, esa oración sólo podía ser pronunciada por aquellos que hubieran sido iniciados en los misterios propios de su grupo, en talante mistérico y restricto, secreto, arcano. Quizás por ello los discípulos le piden al Señor que les enseñe a orar, para diferenciarse ellos también de los demás, incluso como los discípulos del Bautista.

Pero hay otra cuestión evidente a nuestra reflexión, y es que la lectura del Evangelio para este día comienza con el Maestro orando al Padre en soledad, en inmediatamente seguido el pedido de aprender a orar. El discípulo que realiza el pedido permanece anónimo, y es la señal del Evangelista para colocar allí nuestro nombre. Por ello la petición tenga que ver no sólo con un rasgo fundamental de identidad, sino también de orar como Él.

Asombrosa escena de un Dios que reza.

Por Jesús de Nazareth sabemos que Dios no es un violento y rápido verdugo que castiga con prontitud faltas y desvíos, sino que es un Padre que nos ama sin medida ni descanso, un Dios que no se duerme aún cuando nuestros ruegos sean intempestivos y, a menudo, errados. Escucha y protege como sólo un Padre puede escuchar y proteger a sus hijos, y que nos dá el don primordial de la existencia, el Espíritu Santo.

En él se sustenta nuestra esperanza y se hace posible una justicia que haga prevalecer la vida desde el perdón, la compasión, la mesa común, la voluntad amorosa de un Dios que nos habla y nos escucha.


Paz y Bien


La cuestión de la cizaña







Para el día de hoy (23/07/16):  

Evangelio según San Mateo 13, 24-30







Quizás en la lectura de hoy volvamos a encontrar la trascendencia de las parábolas: Jesús les enseñaba a las gentes las cosas de Dios a partir de lo cotidiano, de cosas que vivían a diario esas personas que, en gran medida, eran peones de campo y agricultores. Pero hay más, y se trata de que mediante esas comparaciones sencillas, el pueblo intuía que el Reino se entrelazaba con la realidad cotidiana.

En aquellos tiempos el cultivo del trigo tenía un carácter de primera necesidad, pues a partir de la harina se amasaba el pan que para Israel y para los pueblos de Oriente Medio era el alimento primordial por excelencia. Era raro que los pobres comieran carne excepto algunos pequeños peces, y por eso la falta de pan implicaba el hambre y ponía en riesgo la supervivencia.

Esos campesinos conocían lo que solía pasar en los sembrados: junto a los tallos del trigo crecía también la llamada cizaña, término que remite a una serie de plantas similares conocidas como falso trigo -lolium temulentum-. Las dos plantas, en los estadios iniciales del crecimiento son muy parecidas y por ello muy difíciles de diferenciar. Pero la cosa cambia cuando fructifican, las espigas de trigo tienen granos dorados y ovalados mientras que la cizaña brinda frutos redondos de color violáceo. La primera producirá la harina elemental, mientras que la segunda es venenosa, altamente tóxica, incomible.
El otro gran aspecto es el de las raíces: la cizaña poseía raíces fuertes y frondosas que en la etapa del crecimiento se entrelazan con las raíces del trigo. Una vez crecidas y germinales, los campesinos -al advertir al fin la diferencia- no pueden simplemente arrancar la cizaña pues al hacerlo dañarían al buen trigo.
No se puede erradicar lo malo sin lastimar profundamente lo bueno.

El Maestro dá un paso más, y es revelar que ese surgimiento no es fortuito sino deliberado, neta acción del enemigo para que no haya buen trigo, para impedir el pan, para que se disemine el veneno y la muerte.

Nosotros, como labriegos al cuidado del campo que se nos ha confiado, no nos podemos arrogar la función propia del Dueño, que al tiempo final de la cosecha separará el trigo de la cizaña, porque no nos corresponde y porque a su vez, el dañor que provocaremos será aún mayor que el bien que se pretende.

La convocatoria a la paciencia es asombrosa, y a la vez nos abre los ojos a la quebradiza realidad humana. No se trata de internarse en el fango de un maniqueísmo que justifique los quebrantos y miserias. Trigo y cizaña son muy parecidos, pero no son lo mismo, de ninguna manera.
Lo que importa es el fruto, el destino de pan que será la evidencia de la bondad de la semilla que nos ha crecido en este pequeño terreno fértil que es nuestro corazón.
Paciencia y esperanza.



Paz y Bien

Con amor de Magdalena









Santa María Magdalena

Para el día de hoy (22/07/16):  

Evangelio según San Juan 20, 1-2. 11-18





El Evangelista se preocupa en señalarnos que los acontecimientos que nos relatará acontecen el primer día de la semana: no se trata tanto de un orden cronológico como de significar el nuevo día de la nueva creación que está surgiendo, silenciosa pero definitiva.

Nos situamos en los albores de la madrugada aún cuando persista la noche y la oscuridad, y es un llamado a no desmayar. En las noches más oscuras siempre hay esbozos de amaneceres. Nada es definitivo, sólo la vida, sólo el amor de Dios.

Así, María de Magdala se encamina a la tumba reciente de su Maestro muerto con perfumes que son como caricias postreras, honras fúnebres nutridas de afecto. Ella esboza un tiempo maravilloso aún cuando no se dé cuenta, y esos perfumes que porta quizás sean un reflejo de las cosas valiosas de su alma.
Pero ella ha salido cuando todos se esconden por el miedo y el estupor de la muerte que demuele, recarga con la culpa del sobreviviente y reviste de tristeza que paraliza. Los amigos del Maestro están paralizados y abatidos, pero ella vá, aún cuando la pueblen las lágrimas, aún cuando vaya en busca de un muerto.

Con todo y a pesar de todo -había permanecido firme junto a la Madre del Señor, al pié de la cruz- sigue amando. Aunque vaya en busca de despojos, no hay un luto perenne y resignado sino un afecto entrañable que nos quita las palabras por su llanto profundo.

La tumba está en un jardín, tal vez como señal silente del jardín primordial en donde la vida prevalecía en la comunión con Dios. 
Ella, como mujer, tiene su capacidad de intuir a pleno, sin menoscabo. Por eso, la piedra removida y la tumba vacía se le hace otra ofensa más para con el Cristo que la ha reconocido como mujer y como hermana, que la ha purificado de todos los demonios que la alienan. Ofensa de cuerpo robado, de ultraje postrero, y en esos menesteres seguramente se volvió a sentir hermanada a Jesús de Nazareth, pues ella es considerada apenas algo más que una cosa sin derechos, un ser irrelevante, alguien que es mejor evitar.
Tristemente, ello se prolongó con el correr del tiempo, y duele más cuando se torna versión de algunas corrientes teológicas, la Magdalena como una prostituta recuperada pero siempre con el sayo pasado a la vista. O como otros estructuran sus negocios mediáticos, a partir de un romance con ese Cristo que amaba en serio, y nó con banalidades sin fundamento que se fundamentan en abyecta basura pseudocientífica.

María Magdalena ama del mismo modo en que Jesús la amaba. Ése es su testimonio, ésa es su esperanza, seguir firme en el amor aún cuando todo permanezca saturado de sombras, aún cuando la muerte parezca haberse tragado todo, aún cuando nadie le preste atención.

Los que aman como Magdalena son los verdaderos testigos del Resucitado, ovejas felices que reconocen la voz de Aquél que está vivo cuando Él las llama por su nombre, y que con esa esperanza sin resignaciones, son mensajeros de la mejor de las noticias a todos los hermanos del Señor que languidecen en todas las Galileas, en todas las periferias de la existencia:-El Señor vive!-

Santa María Magdalena, ruega por nosotros.

Paz y Bien


ir arriba