La hora de las piedras




Para el día de hoy (18/03/16): 

Evangelio según San Juan 10, 31-42




Seguramente las características de la zona tienen mucho que ver; un simple ejercicio de memoria nos trae como recuerdo el combate entre David y Goliat, el intento de ejecutar a la mujer adúltera, la muerte de San Esteban, y por lo que nos encontramos en la lectura del día, parece ser el turno del Maestro.

La muerte por lapidación estaba reservada para los delitos gravísimos según la ley mosaica -Dt. 13, 10-11-, especialmente para el caso de la blasfemia, entendida ésta como una injuria a la sacralidad absoluta de Dios pero también como una forma perversa de idolatría. Así, el culto al Dios de Israel es totalmente opuesto a cualquier desvío idolátrico pues se vulnera la libertad conseguida por Dios para su pueblo.

Los escribas y fariseos poseían grandes dotes intelectuales, aún cuando a menudo se dejaban llevar por un celo enfermizo a la pureza de su propia observancia, y es en esa inteligencia que advierten -en gran medida- la dimensión de la revelación mesiánica de Jesús de Nazareth, un Cristo plenamente identificado con el Padre, de tal modo que Cristo es Dios y Dios es Cristo.
Si bien su análisis tiene visos certeros, han invertido la cuestión primordial: ellos infieren que el joven rabbí galileo se autoeleva a las alturas divinas, es decir, se hace Dios. Pero el infinito misterio revelado por Cristo en su Palabra y en sus obras es totalmente opuesto, y es que Dios se ha hecho hombre, uno más entre nosotros en ese Cristo Señor y hermano de todos.
Por Él se ha tendido un puente infinito para rescatarnos de todos los abismos y elevar a toda la humanidad a al abrigo de la casa del Padre, a puro amor sin condiciones.

Hay otra cuestión que no es menor ni puede dejarse de lado: esos hombres que empuñan piedras mortales creen en un Dios lejano e inaccesible, al cual se le arrancan favores y bendición a través de los méritos acumulados por el respeto preceptual estricto y cierta piedad cuantificable, en un comercio piadoso.
Un Mesías así como el Señor, que revela a un Dios tan cercano y tan parecido a cada uno de nosotros que compromete e interpela, que no se deja manipular, que dá otro sentido a la existencia y que su sola presencia pone en entredicho todo lo que es ajeno a Dios en lo cotidiano. Un Dios tan cercano es un Dios muy inconveniente. Un Dios tan humilde y pobre como Cristo discute en un silencio rotundo todo lo vano a lo que solemos aferrarnos.

La hora de las piedras, la hora de la muerte declarada por esos hombres enfurecidos, implica un qué me importa a todo el bien que Cristo ha hecho, toda la bondad que ha prodigado. Cuenta para ellos el molde que se rompe y la estructura mundana que se estremece por la presencia de la verdad que resplandece en la persona de Cristo. Las rocas empuñadas no son tan peligrosas como los corazones petrificados de esos hombres, armas arrojadizas a distancia que se vuelven incapaces de fé, de esperanza y de amor. La respuesta brutal a la asombrosa Gracia de Dios.

El tribunal mayor de Israel, el Sanedrín, si bien podía emitir fallos condenatorios a la pena capital, carecía de autoridad para su ejecución; la soberanía la ejercía el pretor romano, tal como lo podremos verificar entre el Jueves y el Viernes Santo, extraño poder imperial que absorbe bienes, tierras y cuerpos en talante propietario. El ánimo de ejecutar al Maestro allí mismo implica que estaban dispuestos, en su furia, a quebrantar gravemente la Ley ejecutándolo ellos mismos sin buscar la conformidad romana y allí regresamos a la cuestión cordial.
Ya han muerto a Cristo en sus corazones, resta saber el cómo y el cuando.

Sin embargo, como si de un magno artista del escape se tratara, Cristo pasa por en medio de ellos. No es su hora y por ello no lo pueden atrapar. Su hora es un momento exacto y propicio que no lo decidirán sus enemigos, sino que será fruto de su amor supremo, una vida ofrecida en el altar de la cruz para que no haya más crucificados, en total libertad sin coerciones.

Con Cristo y en esta Cuaresma también debemos cruzar el Jordán, y exiliarnos por un momento en tierras de fé y esperanza, para reencontrarnos con el Dios que nos busca sin descanso, un Cristo que se desvive por nuestra felicidad. 
Volver a creer, volver a Dios desde las entrañas.

Paz y Bien


Oración de la humildad a San José




Enséñanos, José,

cómo se es no protagonista,

cómo se trabaja sin exhibirse,

cómo se avanza sin pisotear,

cómo se colabora sin manejar,

cómo se ama sin reclamar.

Dinos cómo se vive

siendo número dos... o tres,

cómo se hacen cosas formidables

desde un segundo puesto.

Dinos cómo la inmensa mayoría

de nosotros tenemos que ocupar

estos lugares.

Los segundos lugares,

en los que está nuestra

verdadera y oculta grandeza.

Dinos cómo se vive con elegancia

siendo no importante.

Convéncenos de que se puede

y debe ser útil, fiel, efectivo,

hasta héroe,

siendo "no importante".

Explícanos cómo se es grande sin exhibirse,

cómo se lucha sin aplausos,

cómo se avanza sin publicidad,

cómo se persevera y se muere

sin que nos hagan

estatuas u homenajes.

Cómo se hace para ser útil, positivo, generoso

sin necesidad de ser "importante" y todavía más difícil,

cómo se hace para darlo todo, sin ser protagonista,

y a pesar de ello, sentir por dentro una paz,

una felicidad, un gozo profundos.

¡Enséñanos, José!

Amén

Hijos de Abraham, hijos de Dios




Para el día de hoy (17/03/16): 

Evangelio según San Juan 8, 51-59



La literalidad es terrible. 
Causal de todos los fundamentalismos, implica el aferrarse a la simple letra desdeñando signos y símbolos que implican trascendencia y así, en el caso de las Escrituras, ignorar al Dios que la inspira y le confiere sentido.
Este postulado, trasladado al ámbito de la Iglesia, tal vez pueda comprenderse mejor en el orden de los sacramentos: siendo éstos signos sensibles y eficaces de la Gracia de Dios, el error mayor en ese mismo sentido es aferrarse al rito -que en tanto forma tiene su importancia- en desmedro de la Gracia que se nos comunica, el amor incondicional de Dios ofrecido a través de gestos sencillos y profundos.

Un ejemplo explícito de esa literalidad es la actitud de los escribas y fariseos, identificados en la lectura de hoy como los judíos, y aquí es menester no caer nosotros en torpes interpretaciones de esa calaña. El Evangelista, cuando los menciona de ese modo, no se refiere al pueblo de Israel sino a la dirigencia religiosa de ese entonces, furibundos enemigos mortales de Jesús de Nazareth.
Esos hombres estaban presos de sus esquemas, esquemas que sólo pueden desembocar en violencia pues implican, ante todo, la rotunda negación del otro. Hay en su discurso cierto grado de satisfecha perversión, pues en cierta forma se alegran de que una de sus hipótesis primeras -que Cristo es un endemoniado- se vé confirmada por lo que el Maestro está enseñando.

Hay una invitación poderosamente significativa, que probablemente sea disparadora de una furia mayor, y es que el Maestro quiere atraer para el lado de la vida y la eternidad a esos hombres enardecidos en sus odios, y no abandonará esa expresión de misericordia divina ni siquiera frente a los tormentos y frente a la crucifixión.
Él ofrece con una generosidad sin límites vida eterna a quien permanezca fiel a su Palabra, es decir, a quien escucha atentamente su Palabra y la hace vida, la pone en práctica, se hace Buena Noticia en su existencia cotidiana. En Cristo, con Cristo y por Cristo la vida trasciende y la muerte no prevalece, aún en la aparente contundencia del deceso físico.

Aquí, otra vez la literalidad. Escribas y fariseos se autoproclamaban hijos de Abraham por su origen nacional, étnico y religioso, e infieren una demoníaca intervención en Cristo a causa de que Abraham, siendo quien había sido, había muerto, y por ende, ese nazareno joven, pobre y periférico no puede superar la frontera insalvable de la muerte.

Pero el linaje abrahámico no se acota a la pertenencia a un pueblo o a una identidad religiosa determinada. Ser hijos de Abraham implica, ante todo, ser hombres de fé, esa fé que al viejo pastor de Ur le posibilitó trascender lo inmediato e imaginar una promesa de cielos plenos, una descendencia que excede largamente la biología pues se expande cordialmente. Ser hijos de Abraham es confiarse sin reservas en el Dios creador del universo y vivir de acuerdo a ello. Ser hijos de Abraham es intuir sin resignaciones que Dios siempre cumple sus promesas y que todo ha de ser mejor, aún cuando no pueda verse en lo inmediato.

Hemos recorrido desde el desierto un largo camino, un paciente sendero de siglos que Dios, a fuerza de ternura, ha tejido en la historia para el bien de todos los pueblos.
Y por Cristo, además de hijos de Abraham somos también hijos de Dios, una condición filial que es producto del infinito amor que Dios nos tiene, Cristo Señor de la historia y del universo, Cristo siempre en tiempo presente.

Paz y Bien


Libertad de Cristo, libertad de los hijos




Para el día de hoy (16/03/16): 

Evangelio según San Juan 8, 31-42



Una observación simple nos puede llevar a una conclusión previa, y es la obcecada tenacidad de Jesús de Nazareth en mantenerse en el plano de su misión, a pesar de todas las cosas que intentan y de todo lo que le dicen. Ayer, sus enemigos insinuaban con escasa sutileza que Él se estaba por suicidar; hoy, lo insultan en su propio rostro, mentándolo indirectamente como hijo de prostituta.
Seguramente por los corrillos habituales y su cercanía con el poder político -que trata de saberlo todo, aún vulnerando las privacidades elementales- esos hombres conocían lo que se comentaba acerca del sospechoso embarazo de su madre, y que el padre no era el tal José de Nazareth, sino un hombre desconocido, tal vez un legionario romano.

El momento es durísimo. Con la Madre, no, jamás.
Quizás Él tolerara cualquier difamación terrible, como la de ser un endemoniado o un blasfemo -causal de ejecución-, pero esto parece llegar a una frontera que nunca se debe cruzar. Pero a pesar de todo, el Maestro no se embarca en esa lid sin destino, y tal vez esa mirada simple nos haga arribar a catalogarle como un ingenuo.
Pero hay mucho más que eso, siempre hay más, y es precisamente la fidelidad de Jesús al proyecto salvador de su Padre, una fidelidad que mantendrá hasta el final, en una sintonía amorosa que poco tiene de romántica pero que es decisiva.
Al final, todo se decide por la fidelidad. Y en los momentos críticos -y en todo momento también- hemos de suplicar que el Espíritu siga suscitando mujeres y hombres fieles a la verdad y a la vida, aún cuando se vuelque sobre ellos la contundencia del poder que busca aplastarlos y todas las miserias inimaginables. El cerco del hambre, el miedo, las infamias que buscan limar su integridad, la corrupción que supone que todos tienen su precio.
Hay cuestiones que, gracias a Dios, jamás se comprarán, y hay corazones que con todo y a pesar de todo se mantienen incólumes.

Los escribas y fariseos, encaramados en esa batalla del insulto y el desmedro, también refieren su propia condición extrapolando su presunta identidad, y así se reivindican como orgullosos hijos de Abraham. Por esa pertenencia, es claro, olvidan los momentos graves de derrota y desolación vividos por su pueblo, y afirman que jamás han sido esclavos.
Sin embargo, esas credenciales que exhiben no bastan, como tampoco es suficiente cualquier adhesión religiosa. Es menester actuar y vivir de acuerdo a esos orígenes que ellos parecen ignorar cuando sea su conveniencia y es lo que el Maestro no vacila en señalarles. No es una cuestión biológica o étnica, uno es hijo si actúa como tal.

La verdad que Cristo revela es que Dios es Padre y que nos ama sin límites. Y es precisamente el conocimiento de esa verdad la que nos hace libres, en la gloriosa y humilde libertad de los hijos de Dios, nacidos en su corazón sagrado para la plenitud, para la libertad, para el amor, para el compromiso cotidiano con la existencia y con el prójimo.

Para esos hombres, profundamente religiosos, la observancia estricta de la Ley es la que los hace libres.
La diferencia es abismal: para el Señor, es la verdad la que nos hace libres, la verdad absoluta del amor de Dios, que nada reserva para sí, que entrega a su Hijo para la Salvación de todos los pueblos.

Paz y Bien

El Cristo que elevamos




Para el día de hoy (15/03/16): 

Evangelio según San Juan 8, 21-30





La liturgia continúa situándonos en Jerusalem, en plena celebración de la Fiesta de Sikkot o de los Tabernáculos; se trata de la fiesta de la esperanza mesiánica, memorial del peregrinar del pueblo elegido por el desierto en camino hacia la libertad plena, la tierra prometida. En esa fiesta, la centralidad del Dios de Israel es absoluta, toda vez que el pueblo judío adquiere su identidad única desde la presencia constante de ese Dios que no los abandona: por ello, de manera solemne se proclama el Yo Soy, la afirmación eterna con la cual Yahveh se manifiesta a Moisés.

Bajo los enormes candelabros cultuales que iluminan toda Jerusalem y se distinguen a varios kilómetros, el Maestro se revela como la Luz del Mundo.
En ese entorno solemne de devoción al Dios de Israel, precisamente allí el Maestro se autoproclama como Yo Soy, en identidad absoluta con el Padre, de tal modo que Jesús es Dios y Dios es Jesús.

Ello no escapa a los avezados ojos de escribas y fariseos. Esos hombres son tenaces estudiosos de la teología de su época, versados en los mejores comentaristas de la Torah; poseen una gran erudición que no es sinónimo de sabiduría, y en esa experticia detectan la trascendencia de la afirmación de Jesús de Nazareth. 
Pero ellos están cegados, han perdido la capacidad de la verdad y eso será la causa de su perdición. Porque la condena no es tanto una consecuencia de la acción punitiva de un Dios verdugo, sino más bien en privarse de vivir la vida eterna que Dios ofrece. Su camino es un camino de opresión para el pueblo, de dispensa de muerte, de fines justificados por los medios. 
Son esclavos de la literalidad, madre de todos los fundamentalismos. Por ello suponen que el anuncio mesíanico que Cristo les brinda -porque para ellos también se ofrece la bendición y la salvación- es un preaviso de un posible suicidio del Maestro.

A donde Cristo se dirige ellos no podrán ir, pero no se trata de un ámbito físico -un cielo inaccesible, un espacio vedado-, sino de un espacio cordial inconmensurable: no aceptan ni toleran a un Mesías crucificado que impulsa y compromete más allá de las propias limitaciones y fronteras. En su cerrazón que a menudo es nuestra también, les molesta el Cristo que dá la vida, y por ello no podrán superar la biología en donde la muerte todo lo decide. Porque sólo a través del amor la vida trasciende y prevalece.

Para escribas y fariseos, esa cruz en que levantarán a Cristo será un escándalo, una contradicción, una señal de maldición y el final preanunciado de un vano sueño galileo.
Para nosotros, a pesar del horror y de esa muerte que parece masticarse vorazmente la vida del inocente, la Pasión del Señor, el Cristo elevado, será motivo de esperanza, de vida perdurable, de un Dios que nada se reserva y brinda todo a todos.

Aquellas personas que eran picadas por serpientes en el peregrinar de Israel por el desierto se salvaban del veneno mortal si fijaban su mirada en la serpiente de bronce que Moisés colocó sobre un mástil, a la vista de todos.
Nosotros seremos salvos de la muerte, del pecado, si sabemos mirar y ver el sacrificio inmenso del Señor en esa cruz que levantamos, no como señal de muerte atroz, sino como signo definitivo del amor mayor que Dios nos tiene.

Paz y Bien 

Cristo, luz del mundo




Para el día de hoy (14/03/16): 

Evangelio según San Juan 8, 12-20



El ambiente y la situación a menudo son importantes para sumergirnos en las profundidades de la enseñanza que nos brinda la lectura del día. 
El ambiente es complejo, cada vez más oscuro, con arrebatos violentos y las prisas por acallar la voz del joven rabbi galileo por parte de las autoridades judías. Por otra parte, nos encontramos -tal como las lecturas de los días precedentes lo señalan- en la celebración de Sukkot o Fiesta de las Tiendas/Tabernáculos, solemne memorial del peregrinar del pueblo de Israel por el desierto hacia la tierra prometida, con un Dios que se hacía presente en la columna de nube durante el día y en un pilar de fuego por las noches. 
Así entonces, al finalizar la primer jornada de Sukkot, se colocaban enormes candelabros sobre los muros del Atrio de las mujeres del Templo; había allí gigantescos hachones cuyo combustible era aceite, y cuyas mechas se elaboraban de las vestiduras usadas durante el año precedente por los sacerdotes del Templo. Esas grandes lámparas se encendían a medianoche, y era tal su luminosidad que los rabinos consideraban que su luminosidad alumbraba cada rincón de la Ciudad Santa, e inclusive podía verse desde varios kilómetros de distancia.

Precisamente allí, bajo esas lámparas y en ese momento solemne, es que el Maestro se declara como luz del mundo. 
La contraposición en ese entorno cerrado y sacro a la vez provoca temor y temblor, un hombre solo frente a todos los odios.
No se trata de una provocación vana, ni tampoco es una cuestión dialéctica menor. Implica todo un éxodo definitivo, una conversión sin medias tintas, metanoia personal.
La luz verdadera que ilumina todo destino no se hallará en las construcciones -por sacras que estas fueran- ni en los monumentos imponentes, en la pompa arrolladora del un culto ornado de boato, sino en la persona de Jesús de Nazareth, Cristo de nuestra Salvación.
Esta afirmación tiene también otra connotación terrible para los criterios religiosos unicistas o elitistas: al manifestarse como Luz del Mundo, Cristo disipa las tinieblas de toda la humanidad, de todo el cosmos, de todo el universo. No es patrimonio exclusivo de los creyentes, de una Iglesia, de ciertos pueblos, sino incalculable don y herencia de toda la humanidad, respuesta veraz a los anhelos humanos más profundos.

La luz no admite quietudes temerosas o cómodas. La luz implica éxodo, movimiento, ir hacia Dios aquí y ahora, pues el amor motoriza, nos hace salir de nosotros mismos al encuentro del otro y del Totalmente Otro que nos ha buscado primero.

Cristo es luz y porta la luz divina del Padre, el amor absoluto e incondicional que Dios nos tiene, una luz que no depende tanto de nuestros esfuerzos o méritos, sino de dejarnos iluminar y plenificar por Cristo, luz verdadera de los corazones, luz del mundo.

Paz y Bien

Escrito en el suelo, escrito en el cielo





Quinto Domingo de Cuaresma

Para el día de hoy (13/03/16): 

Evangelio según San Juan 8, 1-11




Una necesaria mención previa: estudios bíblicos y exegéticos señalan que la lectura que hoy nos convoca, no pertenecía originalmente al Evangelio según San Juan. Su estilo literario refleja más la estética lucana antes que la joánica, y más aún, la lectura de los párrafos precedentes y posteriores de dicho Evangelio pueden leerse en forma conjunta y con una línea de continuidad en la que esta lectura podría saltearse sin problemas. Misterio de las primeras comunidades cristianas, lo que a nosotros nos vale es que sea canónico, es decir palabra inspirada por el Espíritu que nos comunica la enseñanza de Cristo, lo que verdaderamente cuenta y queda.

La escena es terrible. Una mujer, sorprendida en adulterio, llevada a los empujones y puesta en medio de todos -delante del Maestro también- para una mayor humillación, haya hecho lo que haya hecho. Está a un paso de ser lapidada, y no es difícil imaginar a los condenados que transitan desde la celda al patíbulo con eficaces verdugos abriéndole paso, un muerto que camina. Ella está prácticamente muerta, aún cuando no hayan volado las piedras.

La discusión que le plantean parece tener un marcado viso judicial, como si fuera una discusión tribunalicia dialéctica acerca de ciertos postulados legales; en realidad, se trata de falacias, es decir, de razonamientos que inducen a error bajo una pátina de razonabilidad. En términos más sencillos, se trata de una trampa cuidadosamente elaborada para que el Maestro tropiece y así, a la vista del pueblo al que está enseñando, sea defenestrado y acusado de delitos gravísimos.

En apariencia, el argumento de esos hombres es puntillosamente legal: la Torah preve para un hombre y una mujer sorprendidos en adulterio la pena de muerte por lapidación. Ello tendrá sus variantes de acuerdo al estado de la mujer -soltera, casada, prometida-, y en este caso se ejecutará con presteza a la mujer. Nada se dice del otro partícipe necesario, el varón, y más allá de cualquier vana y banal discusión de género, hay cierta misoginia allí con un fuerte talante despectivo. A los condenados se los debe llevar a las puertas de la ciudad, es decir, fuera del égido comunitario, y quizás nos anticipa la propia muerte del Señor como un delincuente en el Gólgota, fuera de la ciudad.
Pero no debemos olvidar lo que el texto nos advierte de antemano, que la intención era ponerlo a prueba y de ese modo obtener pruebas que lo incriminen.

Llama muchísimo la atención también la actitud del Señor frente a la furibunda diatriba de los acusadores. Parece no afectarle demasiado la cuestión, y a pesar de las pretendidas prisas de esos hombres, Él escribe en el suelo. La calma de los justos saca de quicio a los violentos, y a pesar de la gravedad del momento, a nosotros tal vez la escena nos arranque una sonrisa. La paz inalterable del Maestro que descoloca las furias de esos hombres religiosamente enojados.
Respecto de lo que el Señor escribía en el suelo, numerosos y grandes autores han reflexionado a lo largo del tiempo acerca de ello. Aquí, con las limitaciones más que evidentes, humildemente se sugiere que la acción es plena de símbolos: el pecado se escribe en la tierra, miserias que dispersa el viento sin vuelo ni lejanía. Lo que cuenta es que nuestros nombres esté inscritos en el cielo, en el infinito corazón amoroso de Dios.
Pero hay más, siempre hay más. Las piedras férreamente aferradas en las manos de esos hombres no son tan duras como lo son sus corazones, y por eso -como enseña San Agustín- el Maestro enseñe con más facilidad a la tierra sobre la que escribe que a esas almas cerradas, petrificadas.
La falacia se hace evidente: si Jesús de Nazareth concede que corresponde ejecutar a esa mujer, frente al pueblo su imagen de Maestro bondadoso que come con pecadores se desvanece con rapidez, y su enseñanza de un Dios que es Padre misericordioso es sólo una mentira. Por otro lado, si se opone -según el planteo de escribas y fariseos- es un infractor de la Ley, un blasfemo que hace méritos para ser condenado.
También no se puede dejar de lado la cuestión romana. El pretor -la autoridad imperial- es amo de territorio, cosas y personas; ninguna ejecución puede llevarse a cabo por otra mano que no sea romana, y quizás los escribas especulen con ello.

La Ley estipulaba que una mujer condenada debía ser sorprendida en flagrante adulterio por más de un testigo, y que serían los testigos de esa flagrancia los primeros en arrojar las piedras que acabarían con su vida -Dt 17, 2-6-. Por eso mismo su respuesta.

Él no cuestiona la Ley. Lo que está en entredicho es la autoridad moral de esos hombres, tan pecadores como esa mujer -como todos nosotros-, tan necesitados de la misericordia de Dios. Porque si nuestro Dios actuara según nuestros criterios retributivos de justicia, nadie se salvaría del fuego.
La presunción de los condenadores es ilegítima y falaz, y el Dios de Jesús de Nazareth no es un juez severo ni un rápido verdugo eficaz, sino un Padre bondadoso que abraza a todos los hijos perdidos, un Dios que nunca descansa por el bien de todos. De los fariseos y escribas, de esa mujer, de todos y cada uno de nosotros.

Las piedras que se abandonan no son signo único de una derrota dialéctica, sino señal de una realidad que hasta el momento no se reconocía, y es que esos hombres deben convertirse también si no quieren perecer en sus miserias.
La vida rescatada de la mujer casi muerta es ocasión de celebración, por el horror que se ha eludido pero por el nuevo comienzo ofrecido desde la bondad infinita de un Dios que sale en nuestra búsqueda, que quiere que tengamos una vida plena y feliz, que dejemos atrás los quebrantos, que no volvamos a la esclavitud.
Nos espera a pura bondad la tierra prometida de la Gracia.

Paz y Bien

  



El Cristo que interpela




Para el día de hoy (12/03/16): 

Evangelio según San Juan 7, 40-53




No es la primera ocasión en que la persona de Jesús de Nazareth suscita opiniones diversas y a menudo encontradas, en varios pasajes de los Evangelios podemos encontrarnos con tales situaciones, incluyendo los conflictos que ocurría dentro del propio grupo de discípulos. El Maestro no pasaba desapercibido, su presencia interpela, y de alguna manera obliga a tomar posición pues esa misma postura que se tome puede provocar un giro fundamental en la existencia.

La diferencia, en esta oportunidad, está dada por el momento y el lugar en el que acontece, dentro de Jerusalem con los odios exacerbados hacia el Maestro, al punto de emitir órdenes para su arresto. Pero aún así, en ese ambiente tan agobiante y enrarecido, su presencia y su Palabra interpela y cuestiona.

En el pueblo, las opiniones son diversas. Unos lo reivindican como profeta, otros como el Mesías esperado, otros enfrentan esas positividades precedentes aseverando que por su origen tan humilde y periférico no puede ser el Mesías. Adoptan la exégesis oficial sin reflexión ni juicio crítico.
Los guardias del Sanedrín y el Templo -son en la práctica una policía religiosa- van con ánimos de apresarlo, pero su figura los impresiona, los deja estupefactos: ese rabbí galileo no tiene nada de delincuente ni de demoníaco blasfemo, rótulo que le imponen las autoridades que los mandan.

En el Sanedrín, dominado por el pensamiento fariseo a pesar de su composición -fariseos, saduceos, nobleza laica-, surge la indignación pues consideran que los guardias han sido víctimas de un engaño, de una impostura. La única interpretación válida es la de ellos, y por eso mismo el pueblo carece de derecho de pensar, de reflexionar, de opinar distinto, aún con el riesgo del error. Han edificado una gravosa religiosidad elitista para unos pocos en detrimento de todo el pueblo, han deificado la Ley dejando afuera al Dios que le confiere sentido, origen y trascendencia. 
Eso sí, hay en ellos una profusa erudición legal, pero brilla por su ausencia la sabiduría. Son expertos en la Ley pero nada saben de Dios, y desde allí desprecian al pueblo y denuestan a las voces nuevas y proféticas.
Su cerrazón es tan compacta que insultan a uno de los suyos, Nicodemo, que valientemente y dentro de esos criterios legalistas, se opone a cualquier pre-juicio, y aduce que el Cristo que él en secreto ha conocido merece ser escuchado antes que condenado. El insulto parte de compartir un mismo origen galileo.

No comprenden ni comprenderán que Jesús de Nazareth, Cristo de Dios, expresa el amor de Dios encarnándose en la historia en un tiempo determinado, en un lugar específico en donde, se supone, nunca pasa nada.
Desde la periferia destinataria de todos los desprecios, desde lo mínimo, desde todas las Galileas el amor de Dios viene transformando la historia plenificándola de Salvación.

Quiera Dios que siempre la presencia del Señor nos interpele, nos inquiete y nos desestabilice de todas las comodidades, para arribar a la verdadera paz, la escucha atenta de la Palabra, la oración, el Sagrado Corazón de Cristo.

Paz y Bien

Un Cristo escondido a plena vista




Para el día de hoy (11/03/16): 

Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30




El ambiente estaba cada vez más enrarecido, especialmente en Judea: la idea de aplastar y silenciar con la muerte al joven rabbí galileo ya se había tomado, sin importar el derecho y la necesidad de probar debidamente las terribles acusaciones que le formulaban.
Es en parte por ello que Jesús de Nazareth acota su ministerio a su Galilea, un territorio menos hostil, y prosigue con su misión con toda fidelidad, sin vacilaciones, a pesar de todas las trampas que le han tendido, de las frecuentes emboscadas, de las órdenes de arresto.
Pero lo crucial en esta cuestión no pasa por la habilidad del Maestro en eludir las celadas de sus enemigos: la clave está en el tiempo propicio, el tiempo santo, el tiempo exacto. Jesús no morirá por decisión de los que lo persiguen y le odian, ni lo atraparán antes de tiempo. Su muerte será en el momento certero, veraz, propicio, momento santo que sólo puede comprenderse desde la fé y desde el amor de Dios, pues su muerte será oblación suprema y no consecuencia de odios encendidos.

Así entonces Jesús ingresa a la Ciudad Santa de modo clandestino, oculto entre la multitud que sube a Jerusalem para una de las grandes celebraciones de la fé de Israel, Sukkot o Fiesta de las chozas o Tabernáculos, festividad que junto con Pesaj -Pascua- y Yom Kippur -Dia del Perdón- constituye el núcleo solemne de la religión judía. 
En Sukkot se hace memorial del largo peregrinar liberador de Israel por el desierto, en que se armaban pequeños tinglados con rama para protegerse del crudo sol, y en donde se ofrecía culto al Dios que había intervenido por su libertad. La celebración es en otoño y es celebración agrícola de vendimia y cosechas, y el símbolo deslumbra: el Cristo que llega a cumplir plenamente su misión también tiene en su propia existencia una celebración de vendimia.
Él no evitará beber su vino de ofrenda absoluta elaborado en el lagar terrible de la Pasión.

Por más que esté escondido algunos notan su presencia, indignados porque anda por ahí como si nada, con toda la estructura religiosa en su contra. Es la misma reacción de aquellos a los que la imagen que adoptan, prediseñada, de Dios, y cuando ese Dios no se adapta a sus moldes, se quejan airadamente porque creen conocerlo bien, porque un Mesías humilde, servidor, nacido en el medio de la nada periférica es un Mesías que no se condice con esos esquemas, y que su sola presencia todo lo cuestiona.

Nosotros también, a menudo, afirmamos conocerle. Pero en verdad ni lo escuchamos ni ponemos en práctica su Palabra, y nos enojamos cuando no se vuelve dócil a nuestros caprichos.
Sin embargo, Cristo sigue andando por nuestras calles, humilde e incógnito pero escondido a plena vista, y puede ser reconocido por una mirada de fé en el pan compartido, en el vino de la vida ofrecida, en el rostro de los pobres.

Paz y Bien


Testigos del amor de Dios




Para el día de hoy (10/03/16): 

Evangelio según San Juan 5, 31-47




La situación del Maestro iba tornándose cada vez más densa, cerrada, asfixiante; por más argumentos que esgriman, los dirigentes de la ortodoxia religiosa de Israel procuraban su muerte por todos los medios, y ello se evidencia en el tenor de las acusaciones que disparan contra Él de modo inmisericorde.
Por ello es que la lectura que nos ofrece la liturgia del día se asemeja a un complicado litigio judicial:frente a sus numerosos y violentos acusadores, Jesús de Nazareth brinda los motivos de la veracidad y validez de su causa y misión.

Una de las claves es que no habla de sí mismo, en favor propio, sino que se expresa como testigo. El término proviene de su raíz latina testis que implica a una persona que se ubica como tercero en una contienda, y que por su vivencia personal -sabe y conoce- puede ofrecer un testimonio veraz y legítimo por haberlo vivido.
A menudo, cuando la verdad resplandece trastoca lo que parece inamovible, y Cristo el acusado -y ya condenado de antemano, de allí el pre-juicio- se convierte en acusador por poner en evidencia que esos hombres pueden ser muy religiosos, hasta religiosos profesionales, pero en sus corazones no hay fé porque esos hombres, tras una fachada de piedad extrema, han caído en una idolatría que no admite el señorío de Dios.

La Ley es santa y sagrada, más es bendición a favor del hombre y por ello tiene un carácter en cierto modo instrumental al expresar los deseos de Dios en cuanto a la libertad y la convivencia de la comunidad. Sin embargo, cuando se extravía su referencia primordial, ese Dios que le confiere su sentido último, la Ley deviene en imposición peligrosamente intrascendente que se absolutiza infringiendo duras cargas sobre las espaldas del pueblo. Así el Señor explicará que no viene a abolir la Ley sino a darle pleno cumplimiento, es decir, que se la observe y se la venere como don de Dios a su pueblo y no como fin en sí misma.

Cristo no se detendrá en profusos razonamientos ni se embarcará en casuísticas interminables y estériles: las obras que realiza hablan por sí mismas del infinito amor de Dios que se expande en estos arrabales a través de Dios con nosotros, Cristo nuestro hermano y Señor.

Más aún, una mirada valiente y creyente que se atreva a ir más allá de las apariencias, puede descubrir que toda la historia y el universo señalan y confluyen en ese Cristo que permanece firme y fiel hasta el final.
 
Por eso el rostro primero de la vocación cristiana es asumirnos desde los huesos como testigos del amor de Dios porque lo hemos vivido, lo reconocemos en nuestra existencia y esa es la verdad que nos mueve y conmueve, que nos impulsa, que nos define e identifica.

Paz y Bien
 


Dios sin descanso




Para el día de hoy (09/03/16): 

Evangelio según San Juan 5, 17-30





A veces es necesario volver y repetirnos ciertas cuestiones puntuales, para que se despeje cualquier atisbo turbio: cuando los Evangelios mencionan a los judíos, no se refieren a todos los creyentes de la fé de Israel, sino más bien a la dirigencia religiosa del tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, en su violenta oposición a la novedad de la Buena Noticia y del mismo Cristo. Es imprescindible despejar todo brote de antisemitismo, aún cuando pretenda razonarse, pues nada tiene que ver con el maestro, es ajeno a su enseñanza y su mensaje liberador.

Ahora bien, la escena que nos brinda la lectura del día muestra un nivel creciente de enfrentamiento entre esa dirigencia religiosa y el Maestro, una violencia que es cada vez más abierta y furiosa, y que desembocará en los terribles días de la Pasión.
Uno de los detonantes lo podemos encontrar en la lectura del día de ayer: Jesús había osado curar un enfermo en pleno Sábado, en franca infracción a las estrictas prohibiciones del Shabbat. En su crítica feroz, es dable suponer que hay un cierto tono prejuicioso social, pues al fin y al cabo se trataba de un pretendido rabbí de aldea ignota, Nazareth, de la más periférica Galilea, un campesino sin estudios ni pergaminos de antecedentes magistrales o académicos, un don nadie que se atreve a afirmar que Dios es su Padre, un Padre que no descansa jamás en procurar el bien para todas sus criaturas, para todos sus hijos, un Dios que nada se reserva para sí sino que todo lo brinda, un Dios sin sábados ni feriados ni vacaciones.

Entre esos hombres y el Maestro había un abismo insalvable: ellos absolutizaban la Ley, considerándola expresión máxima de la voluntad de Dios, y por tanto rígida e inamovible hasta en los menores detalles.
Para Jesús, la Ley debe observarse pero en su plenitud, es decir, como bendición, como regalo para la humanidad, en la búsqueda del bien, la convivencia, la libertad, todos frutos del amor de Dios. Por ello, cuando la estricta observancia de la Ley produce rictus amargo y una esclavitud encubierta, la Ley se pervierte y se desvía de su sentido primero: esa cuestión implicará, para esos hombres tan severos, que el Maestro es un infractor deleznable y un blasfemo que se equipara a Dios, por lo cual merece la muerte, la ejecución.

La revelación que Cristo tiene profundas implicaciones cristológicas y eclesiales.
Al manifestarse como Hijo de su Padre, tácitamente expresa que Jesús es Dios y Dios es Jesús. Que ese Cristo es el amor mayor del Padre a quien se le ha confiado la salvación de la humanidad. Que Dios no es un juez severo que hace las veces de verdugo eficaz, sino que ante todo es el Padre que siempre está desviviéndose por la felicidad de sus hijas e hijos. Que el juicio final ya está aconteciendo, que somos nosotros -desde la libertad que se nos ha concedido- quienes nos decidimos por senderos de luz o por las tinieblas.

Y muy especialmente, que la creación es un infinito acto de amor que prosigue a través de los tiempos, re-creando a una humanidad que gusta de sumergirse en las aguas turbias del pecado, en los fangales de la muerte, allí en donde la compasión y la misericordia han sido expulsadas.

Cristo, Señor de la historia y su Iglesia, son testigos de ese amor constante y creador de Dios.

Paz y Bien




Un caudal de agua viva




Para el día de hoy (08/03/16): 

Evangelio según San Juan 5, 1-3a. 5-18 



En el día de hoy, la liturgia nos sitúa nuevamente junto al Maestro en la Ciudad Santa. Se trata de la segunda vez que sube, en su ministerio, a Jerusalem: es llamativo que se detenga en cierto sitio de la ciudad y no visite el Templo, cercano e imponente.

La piscina de Betsata o Bethesda tenía cinco pórticos o accesos, y formaba parte de un sistema coordinado de cisternas que proveían miles de litros de agua necesarios para las purificaciones y abluciones relativas al culto del Templo. En el caso específico de Betsata, se lavaban las ovejas previo a su sacrificio ritual en el altar del Templo, y por ello la piscina tenía fama de poseer en sus aguas virtudes santas de curación. Así entonces, llevaban a esa piscina a los enfermos y especialmente a los inválidos tratando de lograr su sanación.

Es llamativo: Bethesda significa, literalmente, casa de misericordia. En cercanías de ella, los rabinos enseñaban la Ley a su grupo selecto de estudiantes, y la contraposición es demoledora: de un lado se enseña la religión, mientras que a pocos pasos una multitud de enfermos, ciegos, lisiados, aguardaban la acción milagrosa de esas aguas. Parece una sala de emergencias o un hospicio de heridos de guerra que nadie atiende, abandonados a su suerte, la maldición de acostumbrarse al dolor y a los pesares como algo usual, la resignación, el abdicar de cualquier esperanza, el bajarse varios escalones en humanidad.

El hombre que languidece a la vera de la piscina es testigo viviente de esa desidia, la omisión cruel del olvido del hermano. Pero también tiene una profunda connotación simbólica: treinta y ocho años es, para los criterios de la época, toda una vida, una generación completa. Ese hombre tirado allí representa a un pueblo olvidado por sus pastores, sumido en una constante de muerte, en una sucesión de enfermedad que lesiona almas antes que cuerpos. 

Pero el Cristo que llega no pasa de largo, no ignora los sufrimientos por más que las rigurosas imposiciones vigentes lo impidan. Por más importante que sea el sábado, la compasión y el socorro son impostergables, rostro de un Dios que se inclina con bondad hacia la humanidad doliente.

No hay aguas mágicas ni remolinos milagreros. Es menester acceder a los infinitamente generosos caudales de agua viva que Cristo trae con su presencia y su Palabra.

En Cristo acontece la liberación plena del hombre, y por ello el paralítico se pone de pié, toma su camilla y camina. 
Se pone de pié, erguido nuevamente en toda su humanidad.
Toma su camilla, y es signo de que el dolor no se perpetúa, se hace pasado, se hace historia que es parte de uno mismo pero queda atrás. 
El caminar no refiere únicamente a cuestiones motrices, sino que es símbolo del discipulado, de ponerse en movimiento para dar testimonio a los demás del bien que el paso de Dios ha ocasionado en nuestras existencias.

La Cuaresma también es, en cierto modo, tomar la camilla donde agonizamos del pecado y nuestras miserias, y ponernos en camino santo de la Gracia, de la vida eterna.

Paz y Bien

Palabra sanadora




Para el día de hoy (07/03/16): 

Evangelio según San Juan 4, 43-54



La liturgia del día nos presenta una lectura en donde, además del Maestro, podemos reconocer como protagonista a un funcionario real; la precisión del dato que realiza el Evangelista ha de bastar para llamarnos la atención e ir más allá de la simple letra.

A diferencia de los habituales encuentros con fariseos y escribas, el funcionario pertenece a la estructura de gobierno del tetrarca Herodes Antipas. Se trata de un hombre que ejerce autoridad sin cuestionamientos, un hombre del poder político, y ello sobresale en el modo en que suplica la intervención del Maestro para salvar a su hijo gravemente enfermo.

Es un hombre del poder que sólo comprende la realidad desde ese poder que ejerce, y por eso supone que Jesús de Nazareth en persona, taumaturgo poderoso, debe apersonarse hasta su casa en Cafarnaúm en un despliegue evidente y portentoso de fuerza.
El poder comprendido así no tiene nada que ver con Cristo, y el problema supera por lejos al funcionario real. Es menester convertirse a un Dios que es Padre, que ama con un amor tenaz y silencioso, un amor eficaz, un amor que se expresa en la Palabra sanadora de Jesús de Nazareth.

El Maestro no necesita bajar a Cafarnaúm. La vida se comunica a través de su Palabra, y todo es posible confiando y escuchando atentamente esa Palabra.

El funcionario real, ese mismo que se había descubierto inútil preservando la vida de su hijo que ahora parece escaparse, reniega de esas voluntades de poder y emprende un éxodo liberador hacia la persona del Señor, paso primordial de la fé. Así, confía en su Palabra y se pone en camino, metanoia de una existencia que se expande en la existencia restaurada del vástago de sus amores, el hijo por el que la vida se reafirma.
Ha dejado de ser un esclavo del poder para vivir en la libertad de los hombres de fé, descubriéndose él mismo como hijo querido de ese Dios que se manifiesta pleno en Cristo.

El Evangelista San Juan no utiliza el término milagros sino que se vale de signos, y es por ello que la sanación del hijo del funcionario será el segundo signo de siete, siendo el primero el acontecido en unas bodas en Caná. Signos/segno/señales que nos dirigen la mirada hacia la profunda realidad de Dios con nosotros, segundo signo de siete que manifiestan un número perfecto, símbolo de una plenitud que es imposible si Dios no estuviera presente.

Paz y Bien


Padre Dios, amor y presencia






Cuarto Domingo de Cuaresma

Para el día de hoy (06/03/16): 

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32




Las parábolas son el modo en que el Maestro nos abre ventanas para asomarnos al insondable e infinito misterio de Dios, para ingresar como hijos a la asombrosa dinámica de la Gracia, para preparar mentes y corazones al tiempo infinito de la Misericordia.

La parábola que hoy nos ofrece la liturgia del día es conocida como Parábola del hijo pródigo, aunque tal vez sería más correcto llamarla parábola del Padre misericordioso, o simplemente parábola del Padre y los dos hijos.

El hijo menor.
No sabemos con precisión los motivos por los que se vá. Indudablemente, no ama a su padre, y ello queda en evidencia en el reclamo de su parte en la herencia paterna: es cuestión de sentido común que una herencia se reparta entre los herederos luego del fallecimiento del heredante. Aquí el hijo menor reclama su parte con el Padre vivo, y en cierto modo expresa que está muerto en su corazón, o lo que es peor, que le dá lo mismo que está vivo o muerto. Aún así, el Padre no le niega la parte de la herencia que le corresponde.
El país lejano en donde dilapida sus bienes no indica tanto una distancia geográfica sino un abismo ético y cordial entre el calor del hogar paterno y la disolución de una existencia que pretendió ejercer una libertad vana, una libertad de en cambio de una libertad para, una libertad con sentido. 
Sumido en los agobios de su miseria, se pone al servicio de un ignoto habitante de la zona perdida, en talante de esclavo, y su tarea será la de apacentar cerdos, que en los criterios de la época es la tarea más baja e innoble por ser el cerdo el animal más impuro. Toca fondo al ansiar una porción del alimento de los cerdos, pero ni eso consigue.

A veces -sólo a veces- es necesario tocar fondo para emprender la subida a la luz, al día nuevo.

Hay en el joven cierto limitado examen de conciencia plagado de interés. Añora regresar a los ámbitos paternos para saciar su hambre, quizás sin darse cuenta que adolece del alimento mayor que ha consuetudinariamente rechazado, el amor entrañable de su Padre. Hasta ensaya en el camino de regreso un discurso en tren de confesión y disculpas, cuyo objetivo es el mismo, ser un jornalero que no pase hambre. La afrenta cometida es demasiado grande para recuperar su dignidad de hijo.

El Padre no se queda en su sitial de honor y gobierno con un rictus severo, dispuesto a impartir la previsible justicia. El Padre sorprende a todos, lo distingue, ansioso, desde lejos, sale a su encuentro, lo abraza como sólo un papá puede abrazar, lo besa, manda a preparar a los servidores una fiesta grande porque el hijo perdido ha regresado, porque hay un esclavo menos, porque la miseria ha retrocedido.
Curiosamente, no lo deja hablar ni le dirige la palabra, como también parece callar cuando le entrega su parte de la herencia. Es un amor silencioso y contundente, desbordante de respeto, de ternura, de bondad, que destierra lo pasado y celebra la vida de los hijos.

El hijo mayor.
Podemos adivinar su ceño severo, su enojo frente al derroche del Padre ante el regreso del hijo extraviado y licencioso. Toda su vida ha obedecido a pié juntillas las órdenes de su Padre, y allí está su error: su Padre es un patrón que no tiene lugar en su corazón, que a pesar de su estricto servicio no le dá ni un cabrito para festejar con sus amigos de vez en cuando.
Ha erradicado al menor de su corazón, y por eso se refiere a él como ese hijo tuyo. No hay amor ni para ese Padre que más que tal es un jefe mezquino, ni para el hermano que le ha tocado en suerte por la biología, pero que debe ser castigado por su libertinaje.
Aún así, no hay recriminaciones del Padre. Sale en su búsqueda, pues el hijo mayor se queda fuera de la casa presa de su enojo, y encontramos allí otra enorme distancia que expresa la lejanía de los afectos. Todas las cosas del Padre están allí para él, por pura ternura, sin que ello sea decidido por obediencia estricta.

Lo que cuenta en la parábola y en todo destino humano es ese tenaz amor del Padre Dios, amor y presencia tenaz sin deserciones ni descansos, un Padre bondadoso y sempiterno que nada se reserva para sí, que todo nos brinda, y que inaugura un tiempo de celebración por cada hijo recuperado para la vida plena.

Es todo un magnífico desafío para ciertas imágenes y esquemas que nos hemos hecho de Dios. Un Padre así, tan bondadoso y cercano, desbordante de Gracia, que derrocha bondad aún sin merecimientos nos hace cuestionar si nuestras actitudes filiales se le parecen. Porque el parentezco viene por la Gracia, por la misericordia y la gratitud que seamos capaces de encarnar.

Paz y Bien


Fariseo y publicano





Para el día de hoy (05/03/16): 

Evangelio según San Lucas 18, 9-14



Por cierta formación errónea, nos han quedado grabados ciertos estereotipos a menudo falaces, entre ellos los que se adjudican a los fariseos. Con cierto grado de torpeza, se nos ha inculcado que un fariseo es una suerte de avieso villano con ribetes hollywoodescos.
En realidad, los fariseos eran hombres profundamente religiosos a su modo, y la doctrina que sostenían, en gran parte, era digna de respeto y merecía ser escuchada tal como señalaba el Maestro, que recomendaba escucharlos, hacer y cumplir todo lo referente a la doctrina que enseñaban, pero con la advertencia de no guiarse por sus obras. 
El Maestro así se refería a cierta hipocresía que ellos encarnaban, dividiendo a los creyentes entre justos e injustos, puros e impuros y sosteniendo una religiosidad retributiva, la piedad comercial, el trocar actos pretendidamente virtuosos por favores divinos. El gran problema es que muchos de esos fariseos que le criticaban, y que con el tiempo devinieron en feroces enemigos suyos, no consideraban a Dios y al prójimo como su horizonte y su buen puerto. Su sol, alrededor del cual orbitaban, era su propio ego, un yo que no admite tú ni nosotros.
Cuando hay piedad intercambiada, cuando una buena vida sólo es producto de lo bueno que he hecho en mi favor como sentido último, no hay espacios cordiales para ingresar en la dinámica de la Gracia.

Un publicano tampoco era un dechado de virtudes. Eran judíos contratados por el ocupante imperial romano para el cobro de los tributos debidos al César: su actividad se apoyaba en la fuerza brutal de las legiones estacionadas en la zona, pues la evasión impositiva se consideraba sedición y por ello causal directa de la pena capital. A su vez, podían cobrar de más en provecho propio y esto ocasionaba prácticas extorsivas y corruptas sobre los más pobres; así entonces, un publicano es un impuro absoluto por los severos criterios religiosos imperantes dado que a diario estaba en contacto con monedas imperiales y con extranjeros, es un corrupto explotador de su propio pueblo y, para sus paisanos, es un miserable traidor.

El Maestro nos propone una imagen clara, un fariseo y un publicano orando en el Templo.
El fariseo exhibe una plegaria arrogante que no es tal, pues monologa acerca de sí mismo. Sigue estando presente su Dios pero como personaje secundario, no como su centro. Más aún, el hombre cumple sobradamente con las prescripciones, ayuna de más, paga mucho más del diezmo establecido, y se considera absolutamente distinto a las demás personas pues no es corrupto, no es adúltero y respeta el derecho. Él se considera integrante de una élite apartada de los demás -tal es el sentido primordial del término fariseo-, y su talante implica una orgullosa alabanza de sí mismo que se planta frente a su Dios en tren de exigir lo que por mérito le corresponde. El Templo como ventanilla de cobro de los favores divinos.
El publicano ha comprendido los desvíos y perversiones de su vida, que tanto daño ha hecho a los demás, y ni siquiera puede levantar la mirada ante el abismo que descubre entre sus miserias y su Dios. No tiene otra posibilidad que suplicar la piedad de su Dios, que es el único origen del perdón, de la salvación, de la restitución de una humanidad redimida. El perdón de Dios restaura y levanta, sana y salva.

El fariseo era erudito en temas religiosos, pero el verdaderamente sabio en las cosas de Dios es el publicano, pues éste intuye en las honduras de su alma que la Gracia es todo aquello que Dios puede hacer en su vida minimizada, y no tanto vanas puntuaciones de las que hacer gala.
Por ello él volverá justificado, pues justificarse es ajustar el corazón al sagrado corazón de Dios, entrañas de misericordia.

Toda comparación es injusta y odiosa. La justicia es fruto primero del amor de Dios.

Paz y Bien

El bien mayor






Para el día de hoy (04/03/16): 

Evangelio según San Marcos 12, 28b-34




El hombre que se acerca pertenece a un grupo que habitualmente es un furibundo enemigo y un brutal censor de todo lo que el Maestro hace y dice, pero en esta ocasión el talante es radicalmente distinto.

En primer lugar, el escriba llega hasta donde se encuentra Jesús de manera individual, no se escuda en la presión de aquellos que usualmente encienden su detector de heterodoxias y blasfemias, pero que suelen pasar por alto la verdad aunque ésta sea evidente, aunque destelle ante sus ojos.

En segundo lugar, hay en él una sincera búsqueda de verdad acerca de una cuestión fundamental para la fé de Israel: 613 mandamientos o mitzvot que componen la Ley -248 de carácter positivo y 365 de carácter negativo- que suscitan encendidos choques dialécticos y casuística revestida de polémica. Todas ellas son perfectamente comprensibles, pues en tal acumulación de obligaciones es harto razonable que se eleve la gran pregunta acerca de cual es el bien mayor, el mandamiento que más claramente representa la voluntad de Dios en la tradición de Israel y, desde allí, lo primordial en el comportamiento humano.

En ese escriba acontece el segundo paso de la fé cristiana, que es la confianza puesta en la persona de Jesús de Nazareth. El primer paso es el Dios que sale en su búsqueda, suscitando un corazón que ansía la verdad, pues de Dios son siempre las primacías, y es la fé un don y misterio.

La respuesta del Maestro no se hace esperar: recita sin vacilaciones la antigua oración de su pueblo, Shema Ysrael -Escucha Israel-, en la cual se reafirma el amor a Dios como valor absoluto, trascendente, definitivo.
Dios es el Señor, no los poderosos, no aquellos que ostentan blasones o poderes a menudo efímeros, no los opresores. 
Con el mismo símbolo de esa cruz que expresará el amor rotundo de Dios por la humanidad, dos brazos inseparables componen el todo: un madero se extiende hacia lo alto, y el otro, como un abrazo sin límites, en plenitud horizontal hacia el hermano, hacia el prójimo que se busca, se edifica, se reconoce. El amor de Dios es inseparable del amor al prójimo, y allí mismo radica todo el culto, todas las plegarias, todos los destinos.
Es por ello que toda religiosidad que pretende rendir honras a Dios olvidándose del hombre está lejos del querer del Padre de Jesucristo.

Con la misma sincera honestidad con que comienza, el escriba reconoce en Jesús de Nazareth la verdad que en su Palabra resplandece, y es por ello que lo reconoce como rabbí, como Maestro al que hay que escuchar con atención, y es precisamente esa escucha atenta lo que llamamos obediencia.
No es un tema menor: implica dar un salto sin red desde las honduras de su alma, superar durísimos esquemas que aprisionan mentes y corazones, invertir valores que se suponen inamovibles.

Por ello es el Jesús reivindica esa certeza del escriba. Este hombre no está lejos del Reino de Dios, pero aún debe recorrer el puente definitivo que lo lleve a la tierra prometida de la Gracia, en donde el Maestro es el Mesías y en donde el prójimo no es sólo mi igual por pertenencia, por religión o por nacionalidad, sino por compartir vínculos filiales con el mismo Padre universal y eterno.

Quiera el Espíritu que en el crisol de la Cuaresma se nos vaya volviendo el mandamiento del amor nó tanto una obligación sino más bien un aspecto tan natural y necesario como el respirar, como el vivir.

Paz y Bien
 

El demonio mudo





Para el día de hoy (03/03/16): 

Evangelio según San Lucas 11, 14-23




El escenario que nos plantea hoy el Evangelio es variopinto, con diversos colores y aristas pronunciadas. No es un escenario de soledad y oración, de profunda plegaria, y sin embargo a pesar de la multitud que bulle alrededor del Maestro es un ambiente sagrado, en donde se hace presente la Buena Noticia, la bendición de Dios.

La redacción del texto realizada por San Lucas nos brinda un sentido trascendente que se nos puede escapar si nos atenemos solamente a la pura letra: Jesús se encuentra expulsando a un demonio que era mudo. Luego, producida la sanación, el mudo comienza a hablar. 
Es decir, hay una brecha entre el mal que somete a la persona y la propia persona enferma, y precisamente el Maestro desaloja el mal, ese mal que desnaturaliza, que deshumaniza, y así la persona recupera el habla, la capacidad que lo distingue de comunicarse, de expresarse, de vincularse con Dios y con el prójimo.

Aquí el demonio mudo -o expresado de otra manera, la mudez/sordera- representa la incapacidad de escuchar la Palabra de Dios, y por ello la prisión de quedarse en vanas inmanencias sin trascender. Así entonces, una señal exacta del Reino y de la presencia del Mesías será que los mudos hablan y los sordos oyen.

Volvamos a esa multitud que no es para nada unívoca. Las gentes se admiran, pues ese hombre cercado por la enfermedad física y a la vez espiritual, es nuevamente un hombre pleno, y prueba de ello es que comienza a hablar, quizás con el mismo énfasis que un niño que descubre el mundo de las palabras.
Pero dentro de ese mar de personas apiñadas hay voces disonantes, que no son identificadas por el Evangelista como en otras ocasiones -escribas, fariseos, sacerdotes-. Quizás para destacar ese demonio que no sólo se esconde en ese enfermo puntual, sino que se ha afincado en varios corazones, y quizás también para que sepamos descubrirnos allí.

Algunos elevan sus críticas afirmando que todo el bien que Jesús brinda es producto de un tenebroso vínculo con el Maligno. Ellos, tal vez, expresan la cerrazón de viejas ideas que anteponen reglamentos al rostro bondadoso de un Dios que es Padre, la incapacidad de reconocer el bien, lo bueno. Ante esa evidencia incuestionable, que es la sanación del hombre, vacíos de argumentos buscan el desprestigio y la difamación del Maestro.
Otros requieren un signo celestial, poniendo en evidencia que su exigencia pasa por intereses personales que nada tienen que ver con la Buena Noticia, intereses sectarios, quizás políticos, quizás nacionalistas al modo de un Mesías victorioso y revestido de poder, que no se condice con el Cristo servidor.

Quiera Dios que nosotros también, con la ayuda de Dios, recuperemos la capacidad de escuchar, de escuchar al hermano, y especialmente al hermano más pobre, al olvidado, al que nadie escucha. 
Porque no es cosa de cortarse solo, de individualidades. Se cosecha con Cristo, se sana con Cristo, se libera con Cristo.

Paz y Bien 

La plenitud de la Ley y los Profetas




Para el día de hoy (02/03/16): 

Evangelio según San Mateo 5, 17-19




Jesús de Nazareth era un fiel hijo de su pueblo, respetuoso de las tradiciones de sus mayores. Fué criado y educado por sus padres en la fé de Israel, cumpliendo con todas las prescripciones religiosas que a su vez se fundamentaban tanto en las Escrituras -Torah- como en las antiguas enseñanzas de ese pueblo, transmitidas de generación en generación.

Es por ello que la declaración que el Maestro realiza acerca de la Ley y los Profetas es un mensaje refulgente de esperanza: Él no derriba lo que pacientemente se ha ido edificando a través de los siglos, no desprecia la sabiduría que está allí, al alcance de los creyentes. 
Lo usual es declarar lo nuevo y arrasar con lo viejo hasta los cimientos, y así se pierde el continente de los pueblos, su memoria y su historia. Nada de eso hace el Maestro, asume en su propia existencia, en su propia persona las ansias de justicia, la fé y el esfuerzo de las generaciones que lo precedieron, haciendo que éstas cobren un sentido total, a pesar de todos los olvidos y los desvíos de el Dios que suscitaba esos sentimientos, esos vínculos, esos gritos libertarios. Porque la Ley es una invitación a la reciprocidad y un memorial perpetuo de con-vivencia y con-cordia, y los Profetas son un clamor siempre joven que despierta el hambre y la sed de justicia que a menudo se apagan por el miedo o las comodidades.

Sin embargo, el Maestro también sabe dentro del horizonte de esas tradiciones, que renegar de la Ley y abjurar de los profetas es causal de maldición. Él no reniega, no abroga, no derriba, realza e ilumina los sueños de Israel y de todos los pueblos, porque con Él llega la bendición a todas las naciones.

Es por ello que refiere al cumplimiento de el más pequeño de estos mandamientos: no establece aquí un rango jerárquico dentro de la Ley, está hablando humildemente del Reino que inaugura y que plasma efectivamente en las Bienaventuranzas.

Desde allí, ciertos cinismos y ciertos escepticismos sin gratitud han de ceder paso e importancia. Dios con nosotros -Cristo- significa también que que los esfuerzos y anhelos de los pueblos en pos de una vida mejor, de la felicidad, anidan en lo profundo del corazón sagrado de Dios.

Paz y Bien

El cálculo de la Salvación





Para el día de hoy (01/03/16): 

Evangelio según San Mateo 18, 21-35




Para la mentalidad del siglo I el perdón y su cuantificación era una de las cuestiones cruciales; desde antaño, la tradición de Israel buscó morigerar las consecuencias de toda venganza, y su más claro ejemplo fué la Ley de Talión. Con el correr de los años, se profundizó la casuística rabínica y se estableció como tres el número de veces que se ha de perdonar al hermano que comete una ofensa o provoca un daño: es menester aclarar que el término hermano refiere al concepto de prójimo establecido, es decir, a otro hijo de Israel, nunca a un gentil ni a un pagano.

Es por ello que el cálculo que hace Pedro es muy generoso y supone un gran esfuerzo intelectual para romper con esos esquemas antiguos. Siete veces tiene una implícita referencia a la perfección, pues para esa cultura el número siete supone un simbolismo de lo divino: es decir, en cierto modo Pedro intuye la dinámica de la enseñanza del Maestro, el ir más allá de los criterios mundanos hacia el corazón de Dios, pero en él persisten ciertos esquemas anquilosados.

El Maestro lo sorprende con una afirmación contundente: no debe perdonar siete veces -que ya era una enormidad-, sino setenta veces siete, y con ello no lo impulsa a un nuevo cálculo con resultados elevados, sino que le plantea la desmesura del Reino. Setenta veces siete implica, desde su Sagrado Corazón, setenta veces siempre.
Para auxiliarlo, se vale de una parábola. A menudo, tomamos las parábolas del Maestro como medios a través de los cuales Él nos enseña, olvidando quizás el cuidado que pone en abrirnos ventanas insospechadas al misterio infinito de Dios.

La parábola tiene ribetes alegóricos. Dios no es un rey que, llegado el caso, entregue a sus servidores a los verdugos. Una de las claves estriba en el monto insalvable de la deuda, diez mil talentos: ellos equivalen a más de cien toneladas de oro.
Allí encontramos dos cuestiones importantísimas: el servidor tiene la plena confianza de su Señor, pues se le confía una suma inverosímil. Pero lo verdaderamente crucial es esa deuda -impagable en varias vidas- que se le condona, a puro impulso de misericordia. 

El cálculo de la Salvación que le correspondería hacer a Pedro y a todos nosotros pasa por nuestra capacidad de perdón, pues aquél capaz de perdonar pues se ha descubierto antes perdonado por Dios, es capaz de albergar en su corazón a más y más hermanos, hermanos que son tales no por pertenencia a un pueblo, a un grupo o a una religión, sino por su condición única e insustituible de hijos del mismo Padre que es infinitamente rico en misericordia.

Paz y Bien



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