La tierra prometida de la Salvación


 



Para el día de hoy (08/02/21):  

Evangelio según San Marcos 6, 53-56



En la Palestina del siglo I, tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los enfermos eran el sector más relegado de la sociedad, quizás más aún que los pobres. No se trataba solamente de una medicina en estadios tempranos, y una gran prevalencia de determinadas patologías propias de la zona y del clima: se trataba especialmente de una concepción religiosa y social que consideraba a las enfermedades consecuencia directa del pecado, es decir, el castigo necesario de un dios severo.

Además, las rígidas normas de pureza ritual existente complicaban aún más la situación, y quien tocaba a un enfermo/impuro a su vez se impurificaba, volviéndose inapto e inepto para la participación en el culto y para la vida comunitaria, autocondenándose a un repliegue automático a la soledad y el ostracismo.

Así entonces, la situación de los enfermos y de sus familias, en aquellos tiempos, era mucho más dolorosa que el sufrimiento que imponía la propia dolencia.


Cuando el Maestro, desde Nazareth, comienza a recorrer pueblos y ciudades anunciando la Buena Noticia y acercándose Él mismo a los enfermos, se produce una gran conmoción.

Por un lado, las gentes se asombran de que Alguien se inclinara hacia los enfermos con tanta bondad; ése hombre irradiaba una fuerza asombrosa que a todos curaba, y lo hacía en nombre de un Dios Abbá, muy distinto del que otros les había enseñado e impuesto.

Por otro lado, los religiosos profesionales, los poderosos dirigentes de la religión oficial estaban que trinaban, y con razón: ese galileo de tonada campesina alejaba al pueblo de sus influencias y doctrinas, y lo que estaba enseñando volvía peligrosamente libre al pueblo. Para colmo de males, todo lo realizaba abiertamente en nombre de un Dios muy distinto del que ellos mismos rendían culto.


Por estos motivos, y porque también la conversión y la confianza no son mágicas ni instantáneas sino que son un proceso de germinación, crecimiento y frutos, las gentes llevaban a sus enfermos en camillas a las calles y plazas, en la esperanza que, al paso del Maestro, pudieran rozar el borde de su manto. Estaban demasiado asustados y temerosos de todo lo que habían asimilado durante siglos para atreverse -de golpe- a cambiar; por ello con temor y temblor, se siguen quedando en los márgenes, en esa esperanza de que la misma periferia de ese Cristo caminante siquiera los roce.


La fuerza de Jesús de Nazareth es asombrosa, y esa Gracia inconmensurable no puede ser contenida ni acotada. Por ello mismo todos los que tocaban el borde de su manto quedaban sanos.


Aún les faltaba un éxodo, y es el mismo que nos queda pendiente. Al tocar el borde de su manto se vestían de alegría y gratitud, pero corrían el peligro de abrazarse al fenómeno puntual.

A la tierra prometida de la Salvación se llega cuando nos atrevemos a tocar el borde del manto que le imponen sus verdugos en la noche cruel de la Pasión.


Paz y Bien

La vida se reedifica desde la gratitud y el servicio

 






Domingo 5° durante el año

Para el día de hoy (07/02/21):  

Evangelio según San Marcos 1, 29-39



Ella está postrada, atada a la enfermedad que la somete, las fiebres la vuelven intocable por impura, careciente de voluntad propia por la temperatura alta y porque es mujer. Por ello son los varones los que regresan de la sinagoga, en el encuentro sabatino con la palabra; ella permanece en su lecho, encerrada entre paredes de la exclusión.


Pero es tiempo de milagros, año de Gracia y misericordia, y ella encontrará salud y liberación. No está sola: el Maestro llega a la casa de Simón y Andrés sin saber de su situación, y es la preocupación de los demás la que lo informa acerca del estado de la suegra de Pedro, y así es también siempre el primer paso de toda sanación y de toda redención, el interés, el socorro y el empeño puesto por la familia, por la comunidad en favor del que sufre.


Allí no habrá conjuros, palabras mágicas ni rituales preestablecidos que rubriquen el milagro de manera espectacular; el milagro comienza con una actitud de ternura revolucionaria de Jesús de Nazareth, que no vacila en inclinarse hacia ella, en tomarla de la mano sin importarle esas pesadas cargas sociales que le impiden acercarse por ser una mujer, y en ese yugo religioso intolerable que a Él mismo lo vuelve impuro por el contacto con la fiebre y la enfermedad.

El milagro primordial es el magnífico quebranto que realiza el Maestro, derribando esos muros de exclusión y soledad que solemos imponer, gestos y acciones de redención que sanan y liberan.


En esa casa familiar de Andrés y Simón, casa de pescadores en donde habría esposas, bullicio de niños, mesa grande de pan compartido y esfuerzo común, Jesús restaura el ámbito de la sacralidad: la vida es sagrada, el templo primero es cada vida humana, el culto comienza a partir de la compasión y la solidaridad en espacios comunitarios en donde prima el cuidado del otro.


Ella se pone de inmediato en pié y se pone a servir; no es una actividad menor, de relegamiento a la cocina, actividades domésticas menores, sino que se trata de diaconía, del servicio a los demás que surge como gratitud por la vida que se ha recuperado y la libertad que se ha redescubierto. Y es la gratitud fruto, y es la gratitud semilla, pues desde la gratitud nos sanamos, nos reconstruimos, nos liberamos y servimos en plenitud.

La gratitud que se expresa en el servicio es el signo por excelencia de la Gracia increíble y maravillosa.


Sin embargo, no hay instantaneidad para muchos: Pedro y varios quieren un Jesús exclusivo, privado, perteneciente a unos pocos, de acceso limitado. Ellos no han realizado aún su éxodo de todo lo viejo que los socava y adormece, por eso el Maestro no responde con discursos, sino que será contundente en la caridad y la ternura, yendo allí en donde se lo necesita y se lo busca. La Buena Noticia no se detiene ni encierra en sitios ni instituciones, el Espíritu impulsa la vida más allá de cualquier frontera que nosotros admitamos.


Tenemos serias carencias de auxilio y deudas de socorro; sin embargo, hay muchas suegras agradecidas que se han puesto de pié, que sostienen las familias y que nos sirven banquetes de esperanza, suegras de Pedro que no se resignan y que desde la gratitud se hacen profecía y eucaristía.


Paz y Bien

Hacer presente el rostro bondadoso de Dios Padre

 






Para el día de hoy (06/02/21):  

Evangelio según San Marcos 6, 30-34



Los discípulos regresan con la satisfacción propia del deber cumplido, han realizado la misión que le Maestro les ha encomendado. Pero a la vez son presa de un entusiasmo desmedido, no han tenido mayores problemas, han sanado a todo enfermo que han encontrado, los espíritus malignos han retrocedido, todo ha ido de maravillas. Sin embargo, no todo es una fotografía de una aventura romántica o bucólica.

La misión comienza a pasarle factura a sus cuerpos y a sus mentes, están muy cansados, y además corren cierto riesgo que no es menor.

Ese riesgo es el de intoxicarse con las mieles venenosas del éxito; ellos han regresado muy entusiasmados, pero aún no comprenden que la misión -el anuncio de la Buena Noticia con hechos y palabras- tiene un color preponderante de gratuidad y también de cruz.


A pesar de todo, lo que conmociona es contemplar a ese Cristo preocupado y ocupado por los suyos, por lo que les sucede, por sus alegrías y tristezas, por su cansancio y su bienestar, esa necesidad de llevarlos a un sitio apartado, más grato a los sentidos, en donde puedan de nuevo centrarse, relajarse, buscar el sustento para sus cuerpos y el alimento para sus existencias, la Palabra.


Ese cuidado, esa contracción hacia sus amigos cansados no se limita a unos pocos.

La multitud, la mayoría de las gentes sigue a la deriva, no encuentra respuestas en el Templo ni en los poderosos, doblegados por el cansancio y la resignación.


Quizás la misión también sea hacer presente en estas tierras golpeadas el rostro bondadoso de ese Dios Padre y Madre, pura compasión y bondad que se derrama generosa hacia todas sus hijas e hijos derribados.


Paz y Bien


En la mesa del Señor se celebra la vida ofrecida y el amor

 









Para el día de hoy (05/02/21):  

Evangelio según San Marcos 6, 14-29


La identidad de Jesús de Nazareth provocaba todo tipo de inquietudes para los poderosos y para los humildes.

Él era un artesano de aldea pequeña -casi un campesino- sin raigambre real visible, sin pergaminos de formación que exhibir, y que sin embargo concita la atracción del pueblo porque enseña con una autoridad extraña, evidente y muy distinta de la de los escribas, porque habla de un Dios Abbá cercano que a todos ama, porque no vacila en acercarse a los enfermos y despreciados.


Estos sucesos de índole popular inquietan a los poderosos, los asustan y preocupan, temen que sus poderes, prebendas, privilegios y dominios se vean socavados y perdidos.

El ejemplo sucede en un banquete de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea -festejo de su cumpleaños- en donde se reúnen la nobleza rural y los personajes importantes de Galilea, todos comprometidos como él en mantener la sumisión a Roma y su status privilegiado.

Son mesas en donde abundan los manjares, en donde refulge la pompa y el boato pero en donde también sólo acceden unos pocos, los que oprimen a tantos, los que sólo temen perder bienes e influencias. Allí desborda todo excepto la bondad en los corazones, con ausencia deliberada.

En esas mesas, bajo promesas torpes y apariencias honorables se decide la vida y la muerte de los justos.

En esas mesas corruptas, entre plato y plato morirá como un criminal Juan el Bautista, el más íntegro de los hombres y quizás, precisamente por ello mismo.


Las mesas de Jesús de Nazareth son bien distintas.

En esas mesas se celebra la vida, la fraternidad, la alegría por el otro, y en donde a nadie se rechaza, todos tienen lugar, mesas de liberación y cordialidad.


Paz y Bien

En camino hacia la tierra prometida de la Gracia

 






Para el día de hoy (04/02/21):  

Evangelio según San Marcos 6, 7-13



El Maestro convoca nuevamente a los Doce para que transiten nuevos senderos, todos en sentido hacia el Reino, todos en clave de Gracia.

Jesús ha sido expulsado de la sinagoga: las puertas de la religión oficial se han cerrado, pero eso no puede ni debe detenerle. Siempre que una puerta de cierra, se entreabren otras tantas esperando nuestros pasos, es cuestión de esperanza y de no resignarse.


Los discípulos son enviados de dos en dos, signo cierto de comunidad, de esfuerzo compartido, de diálogo que enriquece, de sostenerse mutuamente para permanecer en pié, de Iglesia que germina.


Nada han de llevar, y no lo hacen por militancia de pobreza ni escuela ascética: se trata ante todo de confianza en la providencia bondadosa de Aquél, que los envía, de andar ligeros para que nada los detenga.


Esa pobreza y ese despojamiento alegremente voluntario los vuelve dependientes de la solidaridad y la hospitalidad de otros, y allí en donde sean recibidos ellos harán que acontezca la comunidad, expresión genuina de la familia de Dios.


Llevan consigo, en sus corazones, la Salvación que se les ha ofrecido a pura bondad y que han recibido con felicidad, y es un tesoro extraño que se agiganta en la medida en que se brinda y comparte.


Ellos portan salud para los cuerpos, y liberación para las existencias, desalojando todos esos espíritus malvados que oprimen y degradan la condición humana., llevando aceite de consuelo y vino de esperanza, haciéndose ellos mismos salud para los hermanos dolientes.


Paz y Bien

El Hijo de María de Nazareth

 




Para el día de hoy (03/02/21):  

Evangelio según San Marcos 6, 1-6



Lo habán visto crecer, jugar con sus hijos, aprender el oficio paterno. Hablaba con su misma tonada, pasaba las mismas penurias de ellos -eran todos pobres-, y el pequeño Nazareth era el pueblo común a todos sin ninguna relevancia, ni aún en la misma Galilea.

De Él esperaban lo mismo que de todos los varones del pueblo: que continuara trabajando como artesano o carpintero, que formara una familia, que tuviera muchos hijos, que cumpliera con sus obligaciones religiosas y no mucho más.


Sin embargo este Jesús nada de eso hizo. Él se marchó por diversos pueblos y ciudades a enseñar, siendo que carecía de formación alguna -su acento campesino delataba sus orígenes humildes-, y no quedaba enfermo sin sanar a través de sus manos.

Pero como a cualquiera de nosotros -un gesto profundamente humano- tiene la necesidad de volver a su querencia, a su patria chica. Cuando uno parte durante demasiado tiempo, la añoranza por el hogar se acrecienta, pero a la vez Jesús se mantiene en todo lugar enteramente fiel a su vocación. Por ello mismo allí, en su misma tierra también ha de enseñar.


Los suyos no lo toleraron, y variaban sus ánimos del asombro al escándalo. Alguien tan cercano, tan parecido a ellos mismos no puede hablar así de Dios, no puede andar realizando los milagros que realiza, lo mentan como el hijo de María y quizás sea un insulto velado, aludiendo a cierta condición de bastardo.


El Cristo de nuestra Salvación -Dios con nosotros- es muy, muy parecido a nosotros. Habla nuestro lenguaje, en un idioma comprensible con claridad para todos.

Es el hijo de María que se llega hasta nuestros días, un Dios vecino y conocido, un Dios que enciende los corazones de muchos profetas de barrio que, aunque nos cueste aceptar, anuncian sin ambages y con toda la fuerza la mejor de las noticias.


Paz y Bien

La familia del Señor se constituye por aquellos que escuchan y guardan su Palabra

 






La Presentación del Señor

Para el día de hoy (02/02/21):  

Evangelio según San Lucas 2, 22-40




José, María y Jesús de Nazareth son judíos íntegros, fieles observantes de las tradiciones de su pueblo. Por ello mismo, siguiendo las pescripciones de la Ley, suben de Nazareth a Jerusalem para cumplir con las prescripciones litúrgicas por el nacimiento de Jesús -su primogénito- y también para realizar la purificación de María, considerada por la mentalidad imperante como impura a causa del parto reciente.


Lo usual hubiera sido comprar un cordero joven, sin mancha, y se lo llevaría al sacerdote de turno, el que lo sacrificaría en holocausto y ofrenda al Dios de Israel. Ellos son pobres -tan pobres- que sólo ofrecen dos pajaritos -pichones de tórtolas o palomas- los sucedáneos de ofrenda indicados por la Ley para los pobres.


Es menester representarnos por un momento la escena: ese Templo es muy grande y muy alto, y por él pasan a diario multitudes. Además de todo ello, seguramente el ligar está lleno de humo, a causa de los continuos holocaustos de animales de ofrenda y por la grasa que se vá quemando.


En medio de la multitud, en ese espacio enorme, hay una joven pareja de galileos pobres con un bebé, campesinos silenciosos y quizás, algo asustados. Las gentes, ocupadas en sus cosas, los pasan de largo. Los sacerdotes están demasiado ocupados en el culto, y ni los ven. Poco se pueden imaginar acerca de esa familia de pobres, de mínimos, de galileos silenciosos.


Sucede que Dios se acerca a la vida de todos en silencio, pobreza y humildad, sin arremeter, casi de incógnito, y la vorágine cotidiana y los preconceptos nos lo hacen perder de vista.


Allí también, inmersos en la multitud, había dos abuelos magníficos. En cierto modo, ellos también no cuentan para los demás, toda vez que se supone que la muerte en cualquier momento los llamará, y es probable que carguen con los achaques propios de su edad.

Quizás por ello, son dos abuelos que nada tienen que perder y que nunca han dejado de confiar, de militar en silenciosa y mansa esperanza. Ellos son una abuela y un abuelo que jamás se han resignado, que se aferran a las promesas de Dios pues saben que Él indefectiblemente cumple con la palabra que empeña. Por ello mismo sus ojos ancianos y cansados tienen la capacidad de mirar y ver en plenitud, por entre la bulla y el gentío a ese bebé Santo que los demás ignoran.

Aunque los supongan al borde del morir, ellos están más vivos que todos los demás, con su mirada lejana encendida.


No es aventurado nombrar a Simeón y a Ana como abuelos de Jesús; Él mismo enseñaría tiempo después que su familia se constituía por aquellos que guardaban la Palabra de Dios y la cumplían.


A nosotros nos queda volver a afinar los ojos. Por entre el caos cotidiano y el humo de la rutina, Dios vuelve a acercarse humilde y silencioso a nuestras existencias.

Sólo hay que saber mirar y ver.


Paz y Bien

Jamás hemos de acostumbrarnos al mal

 



Para el día de hoy (01/02/21):  

Evangelio según San Marcos 5, 1-20




Como en una perfecta sesión fotográfica, el Evangelista nos sitúa en la otra orilla del Mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis, es decir, en donde bullen los extranjeros, los impuros, los profanos, todos los que no son hijos de Israel. La misión del Maestro no se acota a raza, cultura o a la misma religión.


La presencia romana en estas diez ciudades -Deca/diez polis/ciudades- es muy fuerte, en el plano militar, el económico, el cultural. Es una región en la que ha proliferado el comercio y los caminos, por lo que toda la zona es un gran cruce de caminos y culturas.

Allí mismo, en el pequeño pueblo de Gadara, desembarca Jesús con los suyos luego de una noche tormentosa de aguas encrespadas de miedo y falta de fé. Apenas echa pié a tierra, y una figura de espanto, que casi ni parece humana, le sale al cruce. Grita con furia animal, en el extravío de su mente cautiva. Los vecinos del lugar han tratado de encadenarlo para intentar aplacarlo por la fuerza, pero el mal que lo somete es muy fuerte, y se suelta de los grilletes y en completa soledad esparce sus doloridos gritos por el cementerio de la ciudad. Para un muerto en vida quizás no haya otro hogar más simbólico y exacto que la casa de los muertos.


Hemos de recordar que estamos en territorio pagano; aquí no priman las ideas de impureza que hubieran considerado al endemoniado como un impuro, producto directo de un pecado propio o de sus padres.

Sin embargo, lo que sucede es aún peor. Los paisanos se han acostumbrado a esa molesta presencia, y nadie quiere acercarse, y es la imagen de nuestro acostumbramiento a todo lo que oprime al hombre, de la resignación frente a lo que deshumaniza y que sabemos está mal, muy mal.

Son malditas costumbres que no alcanzamos a extirpar. Porque la única cura es la solidaridad.


El Maestro lo sabe, y no es solamente un hombre quien debe sanarse, pues son muchos los corazones enfermos.

Acontece el milagro del acercarse, de la bondad, de la compasión. Acontece la fraternidad, porque el primer paso de toda cura y liberación es hacerse hermano del que sufre. Y acontece el milagro de la salud, y por ello ese hombre irremisiblemente condenado al olvido es rescatado de su sufrimiento solitario, íntegro como un hombre capaz de vivir más que de sobrevivir.


Pareciera que el mal ocupa espacios vanos, y esas fuerzas negativas se posan en una piara de cerdos -símbolo antiguo de la impureza-, los que se arrojan al mar. Aún cuando una vida se ha salvado, y por ello mismo el mundo es mucho mejor, los vecinos están enojados, Han perdido una piara valiosa, y han puesto por delante el valor de su hacienda por sobre la vida del hombre.

No hay razones que alcancen ni argumentos suficientes que justifiquen todas las riquezas del mundo por sobre el valor de una vida.


Como el endemoniado geraseno, cautivo redimido y pleno, liberada su capacidad de ser feliz, nos iremos junto a los nuestros con la mejor de las noticias, y es precisamente ese amor entrañable de Dios para con todos y cada uno de nosotros, y que cada existencia es única, enormemente valiosa, irrepetible y que nunca -jamás- hemos de rendirnos frente al mal que agobia tantas vidas.


Paz y Bien

La Buena Noticia es anuncio y es bondad que se propaga como rocío bienhechor

 







Domingo Cuarto durante el año

Para el día de hoy (31/01/21) 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28



Asombrarse de Cristo, asombrarse con Cristo, cada día, todos los días.


Las gentes aquella tarde no lo podían creer: ese joven rabbí galileo no tenía ninguna atadura ni se demoraba en auxiliar a los dolientes, en curar enfermos, aún cuando eso le traía graves problemas con las autoridades religiosas. 

Pero no era solamente eso, claro que nó: este hombre hablaba con una voz nueva que no era solamente distinta. Él hablaba con la autoridad propia de quien lo que dice lo vive hasta sus mismas entrañas. Él les hablaba de un Dios cercano, un Dios Abbá, un Dios que ama, rico en misericordia y en perdón, un Dios inclinado totalmente hacia el corazón humano, y con una decidida parcialidad afectuosa para con los pequeños, los sufrientes, los extraviados.


Era muy diferente la autoridad pretendida que esgrimían los letrados: ellos fluían a pura opinión a partir de lo que otros han comentado acerca de la Ley, y desde allí estructuran una casuística y un corpus legal que imponen y que doblega las almas, pues predican a un Dios lejano, vengador, cruelmente punitivo, un Dios al que se le arrancan favores mediante la acumulación de méritos religiosos y la práctica de normas piadosas. Y eso nada tenía que ver con el Dios generoso, el Dios de la Gracia de Jesús de Nazareth.


Jesús de Nazareth es Dios y Dios es Jesús de Nazareth, y de esa identidad que es amor absoluto surge su poder. Es el amor, no el poder que nos imaginamos, el poder de imponer, de oprimir, de la fuerza ejercida contra otros.

Desde ese poder y desde esa autoridad expulsa al espíritu maligno, el mal que atenaza la existencia de ese hombre. 

Es un hombre enajenado, alienado, que no es dueño de sí mismo, razón y corazón fragmentados y dispersos, una humanidad menoscabada.


La Buena Noticia es anuncio y es bondad que se propaga como rocío bienhechor. Ese exorcismo, esa sanación es signo del amor infinito de un Dios enamorado de su creación, un Dios que no descansa por el bien de sus hijas e hijos.


Entre nosotros, entre estas miríadas de gentes a la deriva hay muchos así. Quizás nosotros también lo padezcamos, ese mal que nos vá socavando, despersonalizándonos, quizás cosificándonos. No se trata solamente de psicopatologías, sino antes bien de corazones oprimidos y resignados, corazones sin esperanza y habitados por oscuridades crecientes.


Hay que hacer acallar esos espíritus malvados. Nadie puede arrogarse el derecho a hablar por los demás si ese derecho no es concedido. Quizás un primer paso de justicia sea devolver la voz propia a tantos hermanos nuestros que languidecen en silencio, más bien silenciados.

Es tarea del Evangelio. Es muy Buena Noticia.


Paz y Bien

La barca pequeña de la Iglesia no perecerá jamás

 





Para el día de hoy (30/01/21):  

Evangelio según San Marcos 4, 35-41



Como suele suceder, las claves de lectura en los Evangelios son humildes, sencillas, pequeñas, casi silenciosas. Es menester estar atentos para darnos cuenta de su señal. Precisamente aquí, la señal es la decisión y la indicación del Maestro a los suyos de cruzar a la otra orilla.


En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, el mar de Galilea era el ámbito en donde muchas familias procuraban su sustento diario mediante la pesca, como Andrés y Simón, Juan, Santiago y su padre Zebedeo. Pero también era la frontera natural entre la nación judía y el extranjero, los gentiles: como un tajo, las aguas del mar de Galilea dividen a los hijos del pueblo elegido, herederos de las promesas de Dios, del resto de aquellos que están y estarán sumidos en sombras por no pertenecer, y que suelen ser objeto de desprecio por parte de las severas autoridades religiosas vigentes.


De allí lo que acontece en el texto que prosigue. El Maestro se dirige a los pueblos gentiles en el afán y el sueño de Dios de llevar la Salvación a todas las naciones, y de congregar a un pueblo nuevo y santo alrededor de su persona, vínculos cordiales del Espíritu que sobrepasan las intenciones étnicas, religiosas, nacionales.


Simbólicamente, el mar representa el caos, el desorden peligroso y confuso que en los extremos se traga a los pequeños peces, y ese caos se ha instalado en las mentes y los corazones de los discípulos, afincados en la seguridad de su identidad judía, en la escasa certeza que no admite distintos o impares, al punto de inferir que van a perecer si el caos gentil se incorpora a la mansa calma de la primera comunidad.


La orden plena de autoridad de Cristo despeja los malos espíritus de un temor mórbido, las inclemencias que son reflejo de una fé vacilante y de una psicología sin cimientos firmes.


Cuando la Iglesia se repliega sobre sí misma, sobrevienen las inclemencias que nos revisten de temor y de miedo a lo ajeno, a lo distinto, a lo impuro, y eso es reflejo de falta de fé y de confianza en el Cristo que siempre descansa en las inmediaciones del timón de esta barca pequeña y frágil que es la Iglesia, y que a pesar de todo no perecerá jamás.


Por eso embarcarse hacia las orillas del hermano no reconocido, del prójimo olvidado y negado por el mundo es urgente, imperioso y fiel a una Buena Noticia que nunca debe circunscribirse a unos pocos, luz de las naciones, gloria del Creador que ama a toda la humanidad sin desmayo.


Paz y Bien

La humildad de la semilla y el esfuerzo del sembrador


 




Para el día de hoy (29/01/21): 

Evangelio según San Marcos 4, 26-34



El ministerio de Jesús de Nazareth, cuyo epicentro fué su Galilea natal, se desarrollaba en un contexto predominantemente agrícola y Él se valía de de imágenes provenientes de ese ambiente para enseñar a las gentes, quienes lo escuchaban con grata atención, pues aún en parábolas, les revelaba cosas de Dios a partir de cuestiones que vivían a diario.

Algo -mucho tal vez- hemos perdido, no sabemos dialogar con la mujer y el hombre de nuestro tiempo a partir de las cosas que acontecen en su cotidianeidad.


Las dos parábolas refieren a los aspectos personales y comunitarios de la vida cristiana. Si bien, como se señalaba en el párrafo anterior, se despliegan en un contexto agrario, tienen mucho que decirnos en nuestro tiempo, a pesar de los avances científicos, del conocimiento de aquel entonces que se ha superado ampliamente: aún con toda la ciencia, flota en la enseñanza del Maestro el misterio insondable de la gratuidad vida, una vida que es don y misterio y que puja, germina y crece más allá de cualquier esfuerzo.


La humildad de la semilla y el esfuerzo del sembrador no condicionan la asombrosa cosecha que ofrecerá en el tiempo propicio.

El grano de mostaza tiene mucho de ironía, y seguramente arrancó algunas sonrisas a los oyentes de Jesús: el mínimo grano de mostaza se convierte en un arbusto que nada tiene de majestuoso, en franca y alegre contradicción con las imágenes de los cedros del Líbanos, del ébano de los instrumentos y los muebles suntuarios, de la entereza noble del roble. Este arbusto demuele mansamente las expectativas mundanas de gloria y grandeza, pero aún así, tal vez insignificante, tal vez demasiado común, cobra relevancia por convertirse en hogar y refugio de tantos pájaros del cielo.


Pájaros del cielo: todas las mujeres y hombres de buena voluntad que ansían libertad, y que quieren confluir en ámbitos amplios de justicia, de fraternidad, en una familia creciente cuya raíz es la bendición divina, la Gracia de Dios, familia santa que llamamos Iglesia.


Paz y Bien 

Nunca se esconde la luz

 







Para el día de hoy (28/01/21):  

Evangelio según San Marcos 4, 21-25



Por modas, por costumbres y a menudo por cierta clase de superstición, entre nosotros sigue demasiado implantada la idea del destino, entendida ésta como lo que está escrito y prefijado, que será invariable a pesar de cualquier esfuerzo en contrario.

Y cuando estos preconceptos se tiñen de religiosidad, necesariamente conllevan a imaginar a un Dios lejano que decide las cosas a su antojo, para el que sus creaturas son solamente meras marionetas sin ningún tipo de injerencia, que deben resignarse a sus suertes respectivas.


Derribando esos muros que nos gusta levantar, surge clara la voz del Maestro. Es tiempo de la Gracia y la Misericordia, y el Reino tiene el perfume del aquí y el ahora, ya no se trata de difusas cuestiones post mortem sino que está latiendo entre nosotros y en nosotros.

La vida se nos ha confiado, la existencia está en nuestras manos para florecer en plenitud, el sueño de felicidad del Dios Abbá, y es una grave injuria cuando a tantos se les impide volverse artífices o constructores de sus destinos.


Esa vida que se nos ha cedido asombrosamente fructifica cuando no se reserva nada, cuando se vuelve ofrenda, donación, regalo. Es la ilógica del Reino que nada ha de mezquinar, que nada tiene que ocultar y que transparenta eternidad, la asombrosa bendición de la Encarnación.


A la luz de esa Palabra que jamás debe esconderse, vamos descubriendo esa vocación de volvernos cada vez más humanos junto a los demás.


Paz y Bien

El Reino florece en nuestros días, en el aquí y ahora

 






Para el día de hoy (27/01/21):  


Evangelio según San Marcos 4, 1-20




Jesús de Nazareth no había tenido una formación académica, no tenía un lenguaje refinado ni ostentaba títulos adquiridos desde los grandes maestros judios de Jerusalem. Él era un don nadie, artesano de aldea ignota -su acento lo delata- que enseña a la gente y le habla de las cosas de Dios de un modo nuevo y distinto.

Sus oyentes son principalmente campesinos y pescadores galileos; Él sabe de sus duras realidades cotidianas, y enseña a partir de lo que ellos mejor conocen. Así entonces se deleitan con sus parábolas, y no necesitan demasiadas explicaciones, ni racionalizar demasiado, lo que el Maestro les cuenta tiene mucho que ver con lo que viven a diario.


Para escándalo de almas severas y estructuradas, les regala a estos hombres sencillos una parábola que no menciona a Dios, ni a la Palabra ni a la Salvación: es una enseñanza secular de las cosas sagradas.

Sin embargo muchos de ellos respiran esa magnífica certeza campesina respecto de las bondades de la semilla, y así, en sus corazones asombrados, comienzan a descubrir la infinita bondad de la Gracia que produce bondades en cantidades inverosímiles, lejanas a cualquier cálculo razonable.


Entre ellos y nosotros hay una distancia sideral que no está signada por los siglos. Estamos muy lejos en el tren de la confianza.

Los sembradores del Reino no se preocupan demasiado por su eficiencia, pues saben de la eficacia de esa semilla que germina contra todo pronóstico y más allá de cualquier parámetro de éxito.


El Reino florece en nuestros días, en el aquí y ahora, inmenso e imparablemente generoso.


Paz y Bien

Iglesia, familia creciente

 






Para el día de hoy (26/01/21) 

Evangelio según San Marcos 3, 31-35



Situémonos por un momento en el ambiente y las circunstancias previas a la situación que nos refiere el Evangelio para el día de hoy.

El Maestro ya no es aceptado en las sinagogas, pues el enfrentamiento con las autoridades religiosas es tan intenso y brutal que, prácticamente, lo han excomulgado. Pero eso no detiene su ministerio -nada ni nadie lo hará- y en su mismo caminar, en lugares abiertos, en el campo y en el desierto multitudes cada vez mayores van en su busca, al punto de no dejarlo comer, ni dormir, ni lo fundamental para su vida, su oración.


Esas masas de gentes no suelen buscarlo por su identidad Mesiánica: encuentran en Él a un rabbí agradable y distinto, otros a un taumaturgo milagrero, otros a quien puede reivindicar las ansias nacionalistas de Israel. Y mientras tanto, escribas, fariseos y hasta herodianos comienzan a considerarlo blasfemo, es decir, reo de muerte en el caso de comprobarlo jurídicamente.


Allí entra a terciar su familia; en las culturas semíticas del siglo I, familia/parientes -en este caso, hermanos- no explicita solamente a aquellos vinculados en grado primordial por la sangre o árbol genealógico, sino también a la tribu o clan, estructura básica de la sociedad de su tiempo.

Este joven galileo no se comporta como ellos esperan que lo haga, que no se casa ni forma una familia, y que para colmo de males se enfrenta abiertamente con las autoridades religiosas acarreando sobre sí un grave peligro -la blasfemia, de comprobarse, lleva a una condena a muerte- y un serio desprestigio para la familia, que se golpe ven como las multitudes se desesperan por acercarse a ese joven que creían conocer. A tal punto, que esos parientes lo consideran un loco, un extraviado, un exaltado fuera de sí.


Su presencia fuera de la casa en donde Jesús se encontraba es elocuente aún cuando mucho no digan. Reclaman lo que creen pertenecerle, lo buscan para llevárselo de nuevo a Nazareth, a la pretendida normalidad, a que todo vuelva a discurrir en la cómoda rutina prevista.


La respuesta de Jesús a esos planteos suena violenta, dura, un desplante a los suyos. En realidad establece que nada ni nadie -aún los propios afectos- impedirán que continúe y consume su ministerio.

Pero ahondando más, establece nuevos vínculos que superan largamente los acotados por la raza, la sangre, el clan: a contrario de quien suponga un desmerecimiento de lo familiar, el Maestro establece en cambio que una nueva familia está formándose, la de aquellos que hacen la voluntad de Dios, los que aman, los que profesan la justicia, la compasión, la fraternidad sin condiciones. Los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.


Esta fuerza familiar es inmensa. En esta familia creciente se definen identidades y destinos eternos, y es un infinito misterio de bondad que cada hombre y cada mujer se convierta, a través de este Cristo tan cercano, en padre, hermano, madre, pariente de este Dios que acampa entre nosotros.


Así entonces, aunque por momentos la razón le impida ciertas comprensiones, María de Nazareth es parte de esa familia mucho antes de su parto belenita. María de Nazareth es madre y es hermana por cobijar la Gracia de Dios y hacerla vida, existencia cotidiana, signo e invitación para toda la humanidad.


Paz y Bien

El fin de los imposibles

 









La Conversión del apóstol San Pablo

Para el día de hoy (25/01/21):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-18



Es tiempo de Resurrección, vida que vence y trasciende los límites de la muerte, vida tenaz y pujante, vida que no hay modo de apagar.


Es el Resucitado que se llega a los suyos, a nosotros, para que nos crezca la esperanza al calor de la fé, don y misterio.


Con los corazones encendidos, con las existencias re-creadas, todo se vuelve misión, y misión sin límites. La Salvación ha de llegar a todos los pueblos, a cada mujer y a cada hombre, a toda la creación, al cosmos, porque nadie ha de desconocer el profundísimo y asombroso amor de Dios.


Esa fé que nos es dada, que se enraiza en los corazones y que se expande en nuestra cotidianeidad -urdimbre de eternidad en el día a día- tiene signos certeros e inequívocos.


El poder del mal que daña y corroe la vida, lo que es plenamente humano, retrocede y se remite al nunca más. Esos demonios de inhumanidad son desalojados.


Como la misión no tiene fronteras, es preciso hacerse comprender. El modo no pasa primero por las academias, sino por expresarse en el lenguaje común a todas las gentes, el lenguaje universal del amor, que acerca a los alejados, reune a los dispersos y nos vuelve conscientemente hermanos.


No hay veneno que pueda hacer daño, ponzoña de maledicencia ni tóxicos perniciosos del que dirán. Se sigue hacia adelante con fuerza y sin temores, con todo y a pesar de todo.


Cuando los amigos y seguidores del Resucitado se hacen presentes, se renueva la esperanza de que toda dolencia retroceda. Porque la sanación comienza en la fé, en una fé que se afirma cuando el olvidado es reconocido en su dignidad única e intransferible, cuando se ejerce sin vacilar el maravilloso derecho a la compasión, que alivia todo dolor.


Los signos de Salvación no son señales huecas, sino palabras que anuncian la mejor de las noticias, gestos solidarios, acciones de liberación.

Porque Él está vivo, y se ha declarado así el fin de los imposibles.


Paz y Bien

Pescadores de hombres, redes de misericordia

 






Domingo 3º del Tiempo ordinario

Para el día de hoy (24/01/21) 

Evangelio según San Marcos 1, 14-20




La aparición de este rabbí nazareno, en Galilea, en la Palestina del siglo I, implica una encrucijada histórica, un cruce de todos los caminos pues nada volverá a ser igual. A diferencia de los grandes maestros de Israel, que enseñaban sentados en sus cátedras jerosolimitanas, y que aguardaban la llegada de nuevos discípulos -muy preparados, muy pocos-, este Maestro sale al encuentro de hombres y mujeres en su realidad cotidiana, desde lo que son y lo que hacen a diario pues tiene una bondadosa mirada profunda que le permite ver no tanto pasado y presente, sino futuro compartido, lo que pueden ser y aún hoy no lo advierten.


Es una invitación que no tiene nada de imposición. Pero a la vez, en la ilógica del Reino, hay ciertas prisas. El tiempo nuevo es urgente.

Claro está que hay otros tiempos, los que discurren con altibajos pero que en el fondo poseen colores apagados, más de lo mismo, tiempo que se regula y se determina con calendarios y relojes, tiempo mensurable y, por eso, tiempo acotado, tiempo limitado.

Jesús de Nazareth convoca a los invitados porque advierte que el tiempo es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo propicio, tiempo urgente, el momento de la verdad, el tiempo decisivo que interpela y exige respuestas, cambios profundos.


Nada será igual.

Los convocados son hombres sencillos, humildes, cuyas vidas discurren entre la familia y los esfuerzos diarios para sobrevivir. Su invitación tiene en cuenta, muy especialmente, las cosas que hacen, que saben y conocen, como si este Cristo quisiera recrear y resignificar sus existencias, plenificarlas a partir de su cotidianeidad, semilla de mostaza que germinará en silencio pero que concretará un árbol frondoso y frutal.


Ellos son pescadores del mar de Galilea y ahora serán pescadores de hombres, aún con sus miserias y sus quebrantos, aún con errores y requiebros.

Tendrán en sus manos redes nuevas para la tarea, redes extrañas y asombrosa que tienen por función mantener con vida a miles y miles de pequeños peces con vida, a la deriva en los mares encrespados del mundo.


En esas redes, en este tiempo único, vivimos con la esperanza de un regreso definitivo, y nos mantenemos en vida plena por la fé, en las aguas mansas de la Gracia de Dios.


Paz y Bien

Siempre contra corriente

 




Para el día de hoy (23/01/21):

Evangelio según San Marcos 3, 20-21



Es claro: hubieran preferido lo que conocían desde siempre, una existencia apacible, en el devenir de los días sin sobresaltos, una Ley rígida que les marcara el compás, evitándoles cualquier inestabilidad proveniente de las honduras de la conciencia o del hambre de sus corazones. Lo hubieran preferido para siempre allí, artesano diario y varón judío de sinagoga sabatina.


Pero las cosas que hacía y decía los desubicaba, se sentían perdidos y avergonzados de aquel Jesús que habían visto crecer como uno más del clan, y que ahora hacía cosas más que extrañas.


Curaba a todo enfermo que le presentaran, y sin vacilar se impurificaba tocando a leprosos, a endemoniados, a mujeres. Se sentaba a comer con personajes por lo menos de dudosa moral, a menudo despreciados por toda la comunidad. No le importaba vulnerar la estricta rigidez del sábado si ello suponía hacer un bien o socorrer en una necesidad. Hablaba del Dios de Israel y del Universo llamándole Papá. Cuestionaba abiertamente a los escribas, doctores de la ley y severos fariseos.


Estaba enajenado, estaba loco, estaba fuera de sí, argumentaban con ánimos de llevárselo de regreso a Nazareth y ponerlo de nuevo en línea.

Era verdad, estaba fuera de sí pues no vivía para sí mismo sino que estaba volcado enteramente a los demás, a tal punto de no poder comer tranquilo.


Bendita locura de servicio y redención que nos invita a enajenarnos santamente en socorro de nuestros hermanos.


Paz y Bien

Vocación comunitaria y personal

 







Para el día de hoy (22/01/21):  

Evangelio según San Marcos 3, 13-19




El lugar en donde se desarrolla la escena del Evangelio para este día es la montaña, simbólicamente ámbito propicio para que acontezca lo sagrado, para el encuentro con Dios: recordemos que en el monte Sión el Dios de Israel, a través de Moisés, entrega a los suyos la Ley, para que al crisol del desierto un grupo de varias tribus de esclavos se conviertan en un pueblo nuevo a la faz de la tierra, su pueblo, que tendrá una tierra que Dios mismo les ha prometido. Y Dios cumple siempre sus promesas.


Por ello también la convocatoria de Cristo a los Doce, en ese momento de la historia y en esa montaña es convocatoria divina. En su tiempo, la llamada es a las doce tribus por medio de Moisés.

Ahora, en este kairós, tiempo exacto, tiempo propicio, Cristo -nuevo y definitivo Moisés- convoca a Doce hombres porque Él quiso, señal cierta de que todas las primacías y las iniciativas son siempre suyas, y porque a partir de ellos inaugura un pueblo nuevo, la Iglesia, cuya identidad no estará acotada a lo social, lo biológico, lo étnico sino que se extenderá a todas las naciones pues sus vínculos serán cordiales, pueblo nuevo que camina a la tierra prometida de la Salvación.


Los convocados son hombres tan comunes que su singularidad es conmovedora. Pescadores, estudiosos de la Torah, recaudadores de impuestos, militantes políticos, un espectro variopinto con nombres y rostros precisos, que en cualquier otra circunstancia deberíamos decir ni locos, no funcionará, son demasiado distintos. Nada de eso, el milagro de la comunión apostólica y eclesial es que su principio unificador y su destino es Cristo, la persona con la que hay que estar y quien pone en ellos y en todos nosotros una misión tan trascendente que no puede posponerse, tan urgente que es necesario dejarlo todo y seguirle, misión primera que es la oración, misión de salvación, de anuncio de Buenas Noticias, misión de paz y liberación.


Nuestra vocación comunitaria y personal también es convocatoria divina. No hay vocación menor o mayor, se trata del llamado de Dios a ser felices, plenos junto a Él, con Él y por Él. Por nuestros nombres nos llama, con el sueño de todo lo que podemos llegar a ser y a hacer a su lado y en su Nombre.


Paz y Bien

Pescadores empecinados en redes de compasión

 







Para el día de hoy (21/01/21):

Evangelio según San Marcos 3, 7-12





El dolor y los padecimientos no conocen fronteras, como tampoco el destrato y la indiferencia.

Sabedores de que el Maestro a nadie rechazaba, que curaba a muchos sin pedir identificación, que aceptaba incondicionalmente a excluidos, venían a él de muchas partes.


Gentes de las ortodoxas Judea y Jerusalem.

Gentes de la sospechosa Galilea, su patria chica.

Gentes paganas y extranjeras/extrañas de Tiro, Transjordania y Sidón.


Todos ellos estaban a la deriva, abandonados en su dolor y acudían en masa a Jesús.

Probablemente su fama de milagrero y sanador los atraía irresistiblemente; pero aún así, sabían bien que Él no iba a rechazarlos, que los espíritus que los doblegaban iban a irse en cuanto Él se hiciera presente.

Espíritus malos de indiferencia, espíritus crueles de exclusión, espíritus malignos de resignación y condena.


Sus amigos lo recordarían y entenderían tiempo después, cada uno tiene su tiempo de siembra y maduración.

Jesús de Nazareth les enseñaba y nos enseña desde la vera de esa barca que hay un mar muy grande con miles de pequeños peces a la deriva, encerrados en esas aguas oscuras sin orillas del desánimo, del todo es igual, de las malas noticias perpetuas...tarea primera y preferencial para pescadores de hombres, dedicados a la compasión, incansables en la misericordia que nos llueve gratuita y fértil del corazón sagrado de Aquel que nos amó primero.


Paz y Bien

El culto verdadero será la compasión que no atrevamos a encarnar

 







Para el día de hoy (20/01/21):  

Evangelio según San Marcos 3, 1-6



El culto realizado en la sinagoga durante el Shabbat era sagrado, y de cumplimiento estricto; lo que se debía hacer durante ese lapso estaba férreamente delimitado, de tal modo que resultaba frecuente encontrar a los principales del lugar preocupados en detectar las posibles infracciones.

Todo se había exacerbado a tal punto que, con pretendidas buenas intenciones, el Shabbat se volvía cada vez más rígido y excluyente y carecía de todo espíritu festivo, de encuentro y celebración con Dios. Así entonces esos hombres fariseos se volcaban por entero al resguardo de la observancia exacta de la Ley, pero no cedían ni un ápice de su tiempo para pensar en su Dios, aún cuando decían actuar en su nombre.


Ese sábado, por entre los asistentes al culto se encontraba un hombre con la mano paralizada o reseca; seguramente estaba apartado de la congregación principal pues era sabido que toda enfermedad se atribuía a la consecuencia directa del pecado, es decir, ese hombre carecía de derechos de plena participación religiosa por ser considerado un pecador, un impuro en ese pequeño mundo de hombres selectos.

Como si ello no bastara, con su dolencia tampoco tenía la posibilidad de trabajar y ganarse dignamente su sustento, volviéndose por entero dependiente de los demás.


Los ojos escrutadores de esos profesionales de la religión estaban puestos en el Maestro, avizores para detectar cualquier anomalía heterodoxa por la cual condenarlo.

Por ello, Jesús de Nazareth hace dar un paso al frente al enfermo, al doliente, y lo pone por delante y al centro de la comunidad; allí precisamente está el milagro, en la restitución de la dignidad y en subvertir el desorden establecido, y la sanación de la mano paralizada será consecuencia de esa humanidad re-creada.

Porque los verdaderos discapacitados era aquellos que dejaron endurecer sus corazones y practicaban sacrificios humanos...en el altar de su soberbia y su egoísmo, sacrificaban al prójimo.


Jesús de Nazareth enseña y revela el Reino con palabras, con gestos, con hechos.

Así entonces el culto verdadero será la compasión que no atrevamos a encarnar, y hay celebración plena cuando el doliente y el necesitado pasan a ser el centro de la asamblea.


Paz y Bien

ir arriba