La plenitud de la Ley




Para el día de hoy (11/03/15) 

Evangelio según San Mateo 5, 17-19
 


La Ley de Moisés fué, en su oportunidad, un enorme salto ético para Israel como nación. Más aún, fué una inmensa bendición de Dios para ese nutrido grupo de esclavos liberados de las cadenas de Faraón, que al crisol del desierto se fué maleando como pueblo: allí, las tablas de la Ley establecen los principios básicos de convivencia y reciprocidad entre las gentes, y los vínculos con su Dios.

Con el transcurrir de los años, sabios y exégetas judíos conformaron un corpus de comentarios a la Ley, reflexiones tendientes a su mejor comprensión, las que se agruparon bajo el nombre de Mishnah. Otros rabinos, a su vez, realizaron comentarios acerca de esa Mishnah, y así se formó el libro denominado Talmud.

Los tres -Torah, Mishnah y Talmud-, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, eran de observancia estricta y obligatoria; es decir, el pueblo estaba sujeto a lo que en ellos se prescribía.
Ése, precisamente, era síntoma del problema subyacente, que le valía al Maestro un torrente de acusaciones y reproches, pues además de parecer un consuetudinario provocador, para algunos hombres suponía un tenaz infractor deliberado de aquello que ni en sueños se quebrantaría, que se observaría a rajatabla.

Pero el Sábado es para el hombre, y la Ley también, tiende al bien del pueblo.Su origen está en el mismo Dios de Jesús de Nazareth, y es por ello que Él no viene a abrogarla ni a abolirla. Él viene a darle pleno cumplimiento.

Como un pequeño y santo germinar, la Ley de Moisés es la planta que crece sin pausa a través de los siglos para desembocar, frutal, en el tiempo de la Gracia. Y su plenitud está en el corazón sagrado de Cristo, porque la plenitud de la Ley es el amor.

Todo pasará -nosotros también- pero ni la letra más pequeña de los dones de Dios se diluirán o extraviarán.

Paz y Bien

Desmesuras





Para el día de hoy (10/03/15) 

Evangelio según San Mateo 18, 21-35




En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, florecen, flagrantes y evidentes las desmesuras.
Porque el rey de la parábola permite, adrede, que se forme una deuda impagable, diez mil talentos, algo así como ciento sesenta y cuatro toneladas de oro. Algo sabemos de ello en estos tiempos, de deudas que estrangulan a los pueblos.

Desmesura es también que una sola persona, por nás confianza que ella tenga, le deba tanto a su señor. 

Desmesura es que al solo ruego del deudor, esa enormidad se borra y olvida, aún cuando el servidor sólo suplica por un poco más de tiempo.

Desmesura es que ese hombre salga renovado a la vida, libre de cargas, y frente a una situación de deuda ínfima -cien denarios equivalen a cien días de jornal- torne en un cruel opresor, en un bruto exigente que no mezquina violencia, justificando así sus medios para conseguir sus fines.

Desmesuras también son las elásticas paciencias para con nuestras cuitas y quebrantos, y los conminatorios apuros para repudiar y condenar los errores y las miserias ajenas.

Simón Pedro es generoso en su casuística en cuanto a perdonar al hermano. La tradición de su pueblo indica un límite de tres ocasiones de perdón al prójimo; siete implica una amplitud de criterios, quizás en alusión al significado simbólico del número, que representaba divinidad y plenitud.
Pero el error de Pedro, de acuerdo a la desmesura del Reino, es precisamente limitar las ocasiones de perdón, acotarlas. Es contar en cuenta regresiva el momento exacto para dar paso a la venganza.
Cristo le dice y nos dice que nosotros hemos de ser así, tan desmesurados y desproporcionados como ese Dios que es tan paciente y misericordioso con nosotros. Porque Él ha perdonado primero.

Es difícil, es muy difícil. Especialmente olvidar, desalojar cualquier atisbo de rencor.
Pero es cosa del Reino más que cuestión de acotada lógica.
El perdón, fruto de la misericordia primordial de Dios, sana y salva.

Paz y Bien

El profeta rechazado



Para el día de hoy (09/03/15) 

Evangelio según San Lucas 4, 24-30



Hay una cierta costumbre de aceptación de refranes tal como se pronuncian, sin reflexión ni análisis, y ello induce a error. Entre estos casos, el más destacable es aquél que cita nadie es profeta en su tierra. Así entonces, y casi sin darse cuenta, se dá por cierto que todo profeta tiene, inevitablemente, vocación de destierro pues, de quedarse en su patria chica, dejará de ser profeta, de ser eficaz en su misión. O llevado a su extremo, que cada tierra no genera profetas propios.

Jesús de Nazareth no dijo nada de eso. El Maestro afirmaba algo mucho más grave, y que es que el Espíritu de Dios suscita siempre profetas, pero que a su vez no son escuchados ni reconocidos como tales por los suyos, abriendo la puerta a la defenestración, al desprecio, a la violencia.

Un profeta nunca es cómodo. Un profeta jamás morigerará la fuerza de su mensaje con tal de quedar bien. Un profeta es agradable cuando anuncia esperanzas, pero torna bravo y peligroso cuando denuncia tropelías, y cuestiones que son ajenas al plan de Dios, a la vida misma.

Esos vecinos nazarenos eran la muestra cabal de lo expresado. A Jesús lo habían visto crecer, jugar con sus hijos, trabajar con su padre, ganarse el pan como jornalero, conocen a su madre y a sus parientes. Hay un prejuicio intenso allí: si bien sus paisanos se asombran de los signos de sanación que ese Cristo ha realizado por todas partes, no pueden aceptar que el hijo del carpintero sea un hombre vocero de Dios, un profeta. Mucho menos, el Mesías.

Pero el Maestro no se amilana. Ningún profeta fiel se calla, y es por eso que sus palabras -claras, duras, directas- le desatan las furias. Ellos persisten en cierta tradición desviada de creerse únicos en desmedro de otros, mejores por pertenecer y no por ser, por lo que se hace, y de ese modo se rasuran las memorias. Por ello el Cristo les recuerda las acciones de dos carísimos profetas a los afectos y al corazón de Israel, Elías y Eliseo, que sólo realziarán milagros en tierras paganas, Elías en Sidón, en la casa de la viuda de Sarepta, Eliseo sanando de la lepra a Naamán, general de los ejércitos sirios.

La verdad para ellos es una ofensa intolerable. Es una práctica usualmente detectable entre los poderosos, pero no está excluída de nuestra vida diaria. Esos nazarenos tratan de despeñarlo porque primero le han matado en sus corazones, le han negado un mínimo espacio siquiera en sus existencias.

Pero el Maestro pasa asombrosamente entre esos odios, y se abrirá paso por entre los velos aparentemente pétreos e inconmovibles de la muerte.

Entre nosotros, en nuestra familia, en cada esquina, el Espíritu de Dios sigue suscitándonos profetas de barrio, humildes y veraces, que tan a menudo son execrados por la Iglesia.
Y es señal afable de conversión regresar a la escucha atenta del hermano que tiene cosas de Dios para decirnos.

Paz y Bien

El celo por tu Casa me consume




San Juan de Dios, memorial

Día Internacional de la Mujer


Para el día de hoy (08/03/15) 

Evangelio según San Juan 2, 13-25




Jerusalem, y específicamente en Jerusalem el Templo, era el centro gravitante de toda la vida judía. Centro político, centro religioso, centro identitario y centro teológico, es decir, centro espiritual.
Hacia Jerusalem peregrinaban todos el pueblo de Israel en tres festividades puntuales, Shavuot -fiesta de la Ley-, Sukkot -fiesta de los Tabernáculos- y Pesaj -Pascua, siendo esta última la más importante, celebración de la liberación de la cautividad en Egipto, del paso liberador de su Dios por su historia. Literalmente, pueblos y ciudades de Israel se vaciaban de habitantes, los que concurrían masivamente hacia la Ciudad Santa y hacia ella también se dirigían, si tenían los medios, los judíos de la Diáspora, los que vivían en el extranjero.
Todas estas cuestiones contextualizan y pueden enriquecer la lectura del Evangelio para el día de hoy, que nos sitúa en la cercanía cuasi inmediata de la fiesta de la Pascua, y por tanto, Jerusalem y el Templo rebosan de multitudes que vienen y van, cumpliendo los mandatos de su fé.

Ahora bien, la Ley mosaica prescribía que los peregrinos habían de ofrecer determinados animales puros -kosher- para los sacrificios u holocaustos, y que a su vez debían pagar un tributo, establecido para solventar el mantenimiento de ese Templo enorme y el sustento de los sacerdotes. Teniendo en cuenta las multitudes que discurren y su origen, se hacen necesarios miles de animales -sólo los más pobres ofrecen pajaritos o tórtolas- y a la vez, monedas griegas, romanas y de otras naciones han de ser cambiadas pues sólo las monedas confeccionadas en Tiro eran las aceptables, según los rabinos, para el pago del impuesto o tributo, y por ello era necesario en simultáneo tener a mano un sistema de cambio por la multiplicidad de dinero.

Durante mucho tiempo, estas actividades se realizaban en una colina cercana al monte del Templo; con la llegada de Caifás al Sumo Sacerdocio, se permitieron la venta de animales y el establecimiento de los cambistas en el inmenso atrio de los gentiles, égido del Templo mismo. No es difícil imaginar que junto a las miles de personas que peregrinaban, se combinaran los humos de la grasa de los animales sacrificados, el perfume persistente del incienso, el canto de los salmos y la proclamación de los ritos junto a los gritos de los cambistas y mercaderes que promocionaban su negocio, y no es para nada arriesgado intuir que detrás de ese pingüe negocio se encontraran varios notables, sumos sacerdotes e integrantes del Sanedrín.

Frente a esto, se yergue un hombre solo.
A veces, un sólo hombre de corazón encendido basta para dar comienzo a la transformación de la historia, a que el tiempo cambie, a que las cosas se enderecen. Un hombre consumido por el celo por la casa de oración que ha de ser encuentro.
Cristo es ese hombre que se hace oír, y el escándalo es mayúsculo, no sólo por la estampida de los animales desbocados, no sólo por las monedas esparcidas por los suelos. El escándalo mayor estriba en la autoridad incuestionable que ejerce y que derriba negocios, que pone en entredicho la que ejercen de manera omnímoda otros humillando al pueblo y olvidando a Dios. El escándalo es suponer que los favores de Dios se compran y venden en el mercado de la piedad, y ese mercado comienza corazón adentro de cada uno de nosotros, y es renegar abiertamente de los asombros de la Gracia.

Como en el éxodo primero, no hay regreso posible, no hay vuelta atrás.
Con la Encarnación, lo sagrado pasa del templo de piedra al templo vivo y latiente de cada mujer y cada hombre.
El Templo de piedra será derribado sin posibilidad de reedificar. El Templo de Cristo, Su Persona, será reconstruido a pura fuerza del amor de Dios, la Resurrección.

Que ese Cristo encendido, en esta Cuaresma que es bendición, nos despeje todos los patios del alma.

Paz y Bien

Padre misericordioso y pródigo




Para el día de hoy (07/03/15) 

Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11b-32




Un simple análisis literario nos indicaría que, en este texto tan conocido de Jesús de Nazareth, hay dos parábolas y no una como se suele señalar. Son dos los hijos, cada uno con sus características, miserias y deslealtades, y es un grosero error embarcarse en la tarea de mensurar la medida moral de cada uno de ellos.
Porque hay una realidad mucho más profunda que la literaria, y es la centralidad del Padre, cuya traducción teológica -espiritual- es la pura bondad.

Es importante también tener presente quienes son quienes lo escuchan con creciente atención, publicanos y pecadores. Los publicanos son los recaudadores de impuestos del ocupante romano, que a menudo abusaban de su posición para cobrar de más las ya gravosas tasas en beneficio propio, y por ello un publicano es un judío traidor que trabaja a favor del enemigo extranjero que profana la Tierra Santa, y además es un corrupto y un abusador. Así entonces se le odia con fervor, y su estatura moral está por debajo de la adjudicada a las prostitutas.
Por otra parte, los pecadores señalados no refiere a los pecados cometidos en privado por cualquier creyente, sino más bien por aquellos que hacen explícitos sus pecados, pecadores públicos. De allí la feroz diatriba de los fariseos, pues este joven galileo comparte pan y vino con los más indeseables, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a cualquier mesa.
Esos hombres no eran monstruos retorcidos y pavorosos: en realidad, se trataba de hombres piadosos, profundamente religiosos -hombres de Dios- muy respetados por su rectitud y por la estricta observancia de los preceptos instituidos. Ellos estaban convencidos de la necesidad de acumular buenas obras o méritos frente a Dios, tendientes a procurar los favores divinos: de allí que se indignaran por la afabilidad de Cristo para con los que son sus opuestos, sus antípodas.

La parábola que el Maestro les cuenta habla de dos hijos, muy distintos entre sí, pero que al final, por caminos divergentes, coinciden en miserias y en la bondad paterna.

El hijo menor reclama su parte de la herencia paterna en forma inmediata. Así, en sus afanes anticipa en su corazón la muerte de su padre, pues es cuestión de sentido común repartir los bienes familiares entre los hermanos a posteriori del fallecimiento paterno, bienes que son fruto de toda una vida de trabajo, bienes que son para el sustento y para brindar trabajo a muchos jornaleros. Pero el joven se embarca en fútiles aventuras licenciosas y pronto se queda sin nada. La miseria que lo agobia es el dispendio inútil de su joven existencia, el desamparo de abandonar la calidez de la casa y el pan paternos.

El hijo mayor es un exacto cumplidor de las órdenes de su padre, y allí está su error. No se trata de cumplir órdenes, se trata de amar. El hijo mayor, en cierto modo, actúa como esos fariseos enojados, pues ese Padre celebra la vida recobrada del hijo extraviado con una fiesta enorme sin decir nada de los rigores observados por el mayor, que no vé a su Padre como tal sino más bien como un patrón, como un capataz.

Pero a ambos ese Padre los sale a buscar. Por ellos se desvive, se entristece, se viste de fiesta.
Es un Padre misericordioso antes que justo.

Prodigalidad significa, primeramente, derroche, gastar sin cuidado ni medida.
El Padre en realidad es pródigo, pues vuelca sin límites ni condiciones su bondad, maravilloso derrochón de la Gracia a quien Él quiere, con preferencia especial por los perdidos y los enfermos, y es ese escándalo la raíz misma de la Buena Noticia.

Paz y Bien

Viñadores homicidas



Para el día de hoy (06/03/15) 

Evangelio según San Mateo 21, 33-46



Al adentrarnos en las aguas de la parábola que el Evangelio para el día de hoy nos ofrece nos encontramos inmersos en una creciente espiral de violencia. Desde la primeras piedras arrojadas intuimos que lo que todo decide es la intención de apropiarse forzosamente de lo que no les pertenece a esos viñadores homicidas.
Y cuando una voz clara de justicia -un profeta- se alza firme recordando a los apropiadores que ello está mal, que la viña no les pertenece, a ese profeta se lo acalla con otro espiral de violencia que suele comenzar con la aplicación de mordazas de ortodoxia que nada tienen de misericordia.

Esa violencia y velocidades para apropiarse de lo ajeno persiste hasta nuestros días, y en muchos estratos esa usurpación se ha institucionalizado. De allí los enfrentamientos, batallas siempre desiguales que desembocan inevitablemente en la cruz como castigo, como seña de marginalidad en donde la compasión y el amor se excluyen con furias intensas.

Una actitud pasible de ser encontrada es la observancia estricta sin piedad y sin corazón. Tras ese rigorismo se esconde el olvido del Dios que le confiere sentido, y allí comienzan a volar las primeras piedras. Las vidas aferradas a la Ley que desechan la Gracia son precisamente eso, vidas des-graciadas.
Otra actitud presente es la de considerar al hermano -especialmente al más humilde, el pequeño, el que no se vé o no tiene poder ni fueros- como herramienta a utilizar y a descartar llegado el caso. Allí, a pesar de lo gravoso de la expresión, se concertan sacrificios humanos, pues tras la excusa de la praxis, de los medios justificados por los fines buscados, se aniquila al hermano en los altares de la soberbia.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la ingeniería de la época solía colocar una piedra primaria, importante, basal, en las esquinas de las casas, en donde se unían los muros: físicamente, en esa piedra se soportaba el peso de los muros, de tal suerte que si ésta se quitaba, todo se vendría abajo, todo caería.

Cristo es la piedra angular de la Iglesia y de nuestras existencias. Cuando a Él se le deja de lado, invariablemente habrá derrumbos, al igual que cuando la viña no tiene frutos, o cuando nos permitimos que aflore, por interese espurios y mezquinos la violencia y la omisión flagrante del hermano.

Paz y Bien

Lázaro a nuestra puerta




Para el día de hoy (05/03/15) 

Evangelio según San Lucas 16, 19-31



A pesar de la terrible situación narrada, la parábola que el Evangelio para el día de hoy ofrece -aún cuando se deje de lado su cariz teológico- es una obra literaria magnífica, en la que es menester poner especial atención a su carga simbólica que nos sumerge en las honduras trascendentes del Espíritu, irse navegando en ese mar sin orillas de la Palabra.

Así entonces, lo que suele ser considerado como usual por defecto no lo es tal. Tradicionalmente se identifica al rico como Epulón o Dives y al pobre como Lázaro, y es una cuestión clave a dirimir. Epulón y Dives son adjetivos antes que apelativos, el primero de ellos traduce del latín el término banqueteador y, en el caso de dives, simplemente significa en latín rico, de gran riqueza.
En realidad, en ningún momento el rico es llamado por su nombre, mientras que por entre todas las parábolas del Maestro, Lázaro -que significa Dios sana o Dios ayuda y proviene del arameo Eleazar- es el único reconocido con nombre propio. 
En el corazón del Maestro tienen rostro y nombre, constantemente, aquellos que nadie reconoce ni recuerda.

Contrariamente a los estereotipos usuales, el rico de la parábola no es un opresor habitual, ni un explotador de trabajadores, ni un avaro empedernido, nada de eso siquiera se sugiere. Viste de púrpura y lino, signos romanos de estatus social elevado el color, y el lino fino propio de las gentes de altísimo poder adquisitivo. Celebra a diario banquetes espléndidos, y en el contexto social e histórico de Israel del siglo I, en donde se come algo de carne una vez a la semana con mucha suerte, expresa una indulgente pereza, un tranquilo qué me importa a lo que le circunda.
A su puerta, a un palmo de distancia, languidece de miseria Lázaro. Esa puerta que los separa es infranqueable, pues en el alma del rico hay un abismo, una ausencia demoledora de puentes hacia el prójimo.
Nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, tenemos asimilada con gratitud la idea afectuosa de las mascotas: pero aquí los perros tienen la carga simbólica de lo impuro, de lo más bajo. Lázaro, a contrario del hombre de los banquetes, sólo viste llagas, y éstas a su vez sólo las reconocen los perros, los imposibles que se aprovechan de sus dolencias como si fuera algún bocado eventual y menor.
Lázaro ansía comer lo que cae de la mesa del banqueteador: era usual en ese tiempo utilizar la miga de pan para limpiarse los dedos llenos de grasa. Esa imagen es la existencia paupérrima que suplica, aunque sea, masticar residuos. Algo. Lo que fuera. Pero ni eso logra.
Lázaro así se convierte en una cotidianeidad aceptada, una costumbre apenas molesta en la indolencia celebratoria del otro hombre, y no los separa sólo una puerta, hay un abismo cordial, una quebrada infranqueable en el corazón.

Ambos mueren. 
El hombre rico tiene un funeral espléndido, como si la muerte tuviera aspectos bellos a ser celebrados externamente con fulgores. De Lázaro nada se dice, pues a menudo los pobres ni derecho a una tumba tienen, excepto quizás a una fosa común que es símbolo de el ámbito en donde todo se mezcla para ocultarlo, para terminar de desdibujar identidades, para magnificar olvidos.

Aún así, Lázaro -el insepulto, el que no tiene exequias- es llevado por los ángeles al seno de Abraham, imagen de la vida postrera según la religiosidad de Israel. Ése es un auténtico funeral, pero sería un obsceno error suponer que allí, como secuela post mortem, el pobre encontrará justicia vindicatoria de las miserias sufridas y conferidas.

Los Lázaros de muchos rostros -ésos que no queremos mirar ni ver- siguen silenciosamente agonizando a las puertas de nuestras existencias, y es allí en donde ha de resolverse de una buena vez y para siempre la justicia. El Reino de Dios, aquí y ahora entre nosotros, no es indiferente a cada hermano olvidado, y ciertas indolencias, ciertos acostumbramientos le son totalmente ajenos y contrarios.

Por ello la Evangelización que siga ignorando a esos Lázaros de rostros y llagas concretas no es tal, sino se desvanece y desdibuja como una mera búsqueda de adeptos, harina sin fermento que no será jamás pan bueno.
Así en la Cuaresma, aún cuando la miseria y las llagas nos causen espanto y estupor, se nos ofrece salvar los abismos que nos distancian con los que sólo pueden esperar una muerte anónima que los alivie. Tender puentes -ser pontífices, hacedores de puentes- que reviertan el presente, que concreten la misericordia, que encarnen la solidaridad.
A Dios se regresa, invariablemente, a través del hermano.

Paz y Bien


 

Ambiciones




Para el día de hoy (04/03/15) 

Evangelio según San Mateo 20, 17-28


El Maestro, en camino a Jerusalem, les dice a los suyos que allí, en la Ciudad Santa será entregado a manos de sus enemigos enconados, sumos sacerdotes y escribas, y que será condenado a muerte por éstos. El horror no cierra con esa cuestión, sino que Él anticipa también que luego de la condena a muerte se encargarán los paganos -el pretor y la soldadesca romana- de azotarle y crucificarle como el más abyecto de los criminales. Pero que con todo y a pesar de todo, al tercer día resucitará. 
Nunca ha sido para con ellos tan claro y contundente, y la Cuaresma es precisamente eso, hacer memoria y presencia de la Pasión y Resurrección del Señor. La Pasión acontece hoy tanto como el amor, que todo lo actualiza.

Sin embargo, esos hombres, los Doce, parecen no darse cuenta de la gravedad y del misterio del momento.
En otro plano y circunstancia, quizás arriesgaríamos la suposición de un mecanismo inconsciente de autodefensa, para obviar el horror, para pasarlo de largo y no cargar con algo tan doloroso. Más en realidad, lo que sucede es que están inmersos en su propios intereses, que sus caminos no son los de Cristo, y que siguen aferrados a viejos esquemas mesiánicos de poder, de dominio, de fuerza. Su origen pobre y humilde devino en ambiciones reivindicatorias de notoriedad y de ejercicio de esa injusticia que los ha sometido a ellos y a sus padres durante tanto tiempo.

Dos de ellos, Juan y Santiago hijos de Zebedeo y Salomé, llamados Boanerges -los hijos del trueno- por su carácter voluble y explosivo, destacan por sobre los demás. Pero no se atreven, aún errados, a pedirle al Maestro lo que ansían, y por ello es su madre la que le ruega a Jesús de Nazareth un trato preferencial para sus hijos en el futuro Reino que imaginan gobierno poderoso, corona, honores, a su derecha y a su izquierda.

Pero a la derecha y la izquierda de Cristo sólo se avizoran maderos crueles que germinan un abrazo inmenso y redentor para la humanidad.

Quizás porque se trata de una madre preocupada por sus hijos, o más aún, porque el Maestro es infinitamente paciente, es que no truena un reproche ni se asoma un escarmiento. Ellos, en realidad, no saben lo que pìden porque no alcanzan a comprender el destino elegido y la misión de Salvación del rabbí galileo.

En la santa ilógica del Reino, el poder es servicio. El que crece y se engrandece es aquél que se vuelve servidor generoso e incondicional de sus hermanos, el que se hace último para que los olvidados y descartados avancen un paso más adelante, el que se hace un reo de muerte y un marginal para que no haya más crucificados.

Que las ambiciones de la vida cotidiana, algunas imaginarias, algunas impuestas, no nos hagan perder de vista el misterio infinito de la Pasión del Señor, misterio del amor abundante e incondicional de Dios con nosotros.

Paz y Bien


Cátedra de Moisés. Cátedra de Cristo


Para el día de hoy (03/03/15) 

Evangelio según San Mateo 23, 1-12




En la lectura que nos ofrece el día de hoy la liturgia, Jesús de Nazareth se dirige muy especialmente a sus discípulos y seguidores y prefiere dejar de lado cualquier ganas de lanzar diatribas contra escribas y fariseos.

Contrariamente a la categorización moral usual que se les suele endilgar, esos hombres eran profundamente religiosos; pero ello también indica que a veces en nombre de Dios pueden cometerse las peores atrocidades, y desviarse de la vida y la libertad.
La cátedra de Moisés, puntualmente, refiere a la enseñanza y a la interpretación oficiales u ortodoxas de la Ley, es decir, a los 613 mandatos o preceptos que de allí se desprenden. Ellos se componen de 365 mandatos prohibitivos y 248 mandatos positivos, unos que se corresponden a cada uno de los días del año y los otros, según la enseñanza rabínica, a todos y cada uno de los huesos del cuerpo. Es decir, en esos 613 preceptos se encuentra englobada la totalidad de la vida y de allí, el cómo ha de regularse la relación con Dios.

Escribas y fariseos a su vez recogen comentarios y discusiones rabínicas a la Torah que forman un corpus llamado Talmud, que debería complementar devocionalmente a esa Torah ofrecida al pueblo por Dios a través de Moisés.
El problema es que escribas y fariseos han suplantado la fuerza viva de la Palabra de Dios por la imposición de la férrea observancia a tales preceptos, y de esa manera interponen vidrios opacos a la luz clara del sol: a su vez, establecen un rígido sistema de jerarquías y exclusión, de algunos puros y mejores por sobre una miríada de impuros y pecadores en donde, es claro, ellos no están. Obligan a cumplir cuestiones que ellos dejan de lado, y se aferran a la mera exterioridad.

Por eso la advertencia del Maestro: es muy importante y valioso lo que custodian, pues esa Ley proviene de Dios y Él ha de llevarla a su cumplimiento pleno de sentido y trascendencia. Lo que ha de descartarse es esa actitud de corazones sin conversión, del reconocimiento afanosamente buscado, del yo por delante del nosotros y de Dios.

Pero hay más.
En la comunidad cristiana ha de primar el poder como servicio y la fraternidad, pues todos somos por igual hijas e hijos de Dios, hermanos vinculados por lazos perennes.

La Cátedra de Cristo, tan tristemente olvidada a menudo en esta Iglesia que amamos, es la Cátedra de la Gracia, de la generosidad, del perdón, de la misericordia, de poner por centro y por destino a ese Cristo que nos congrega, sana y salva.

Paz y Bien

El perdón, el nuevo comienzo



Para el día de hoy (02/03/15) 

Evangelio según San Lucas 6, 36-38



Sinceramente, el Dios de Jesús de Nazareth es misericordioso, es decir, que tiene puesto su corazón en nuestras miserias: si fuera solamente justo según nuestros criterios retributivos, hace un buen rato que hubiéramos sido pasibles de todos los castigos, más que merecidos.

Pero este Dios no es una deidad inaccesible y distante, que rige el universo desde antípodas celestiales. Este Dios está enamorado incondicionalmente de la creación, a tal punto de asumir para sí la condición humana como uno más, Padre, amigo, vecino que nos comparte la vida y los días.

En sus caminos -que no suelen ser los nuestros- esa misericordia se expresa en el perdón, pues Él sigue tenazmente confiando en todos y cada uno de nosotros.
Con el pecado morimos aún cuando el corazón siga latiendo y persista la respiración. Con el perdón se inaugura un nuevo comienzo en donde la vida plena, la felicidad es posible.
No es del todo errado imaginarnos a este Dios como un Dios desmemoriado. No realiza un conteo de las faltas, ni esos presentes a veces tenebrosos, sino todo lo que juntos podemos llegar a ser y a hacer.

Desde esa raíz que nos funda y edifica, el Maestro nos plantea una posibilidad enorme para transformar el tiempo. Para transfigurar la historia, tan cruel, tan inhumana, tan interesada, tan difusa e indiferente con el dolor.

La generosidad y la solidaridad son frutos de esa misericordia, y sólo desde corazones misericordiosos -rasgos filiales del único Padre- puede surgir la verdadera justicia.

Paz y Bien

Transfiguración, anticipación de la Pascua





Domingo Segundo de Cuaresma

Para el día de hoy (01/03/15) 

Evangelio según San Marcos 9, 2-10




La lectura de este domingo se nos presenta y ofrece plena de símbolos que nos enriquecen.

El monte elevado -o la montaña- es el ámbito propicio para el encuentro con Dios y en donde acontecen las teofanías, manifestaciones de lo divino.

Es menester tener en cuenta que el Evangelista relata que el Maestro aprovecha la fiesta judía de los Tabernáculos -Sukkot-, fiesta de cosechas pero también memorial de la precariedad con que el pueblo peregrino hubo de vivir esos cuarenta años en el desierto; de allí la edificación de pequeñas chozas o cabañas.

Moisés es el gran legislador de Israel, y su presencia es la expresión de la Ley.
Elías es el profeta mayor que iba a regresar para la restauración de un Israel liberado de sus opresiones.
En la escena, la Ley y los Profetas se subordinan amistosa y humildemente al rabbí galileo, y en ese diálogo diáfano se intuye que ambas, Ley y profetas, encuentran sentido en ese Cristo resplandeciente. Más aún, apuntan a Él, preparan los caminos a través de la madeja de siglos para su llegada.

El contexto previo es importante: Jesús de Nazareth les ha anunciado a sus amigos que había de sufrir mucho a manos de sus enemigos, y el desconcierto y la pena de ellos es mayúsculas. Todavía permanecen en sus mentes y en sus corazones viejos esquemas de un Mesías glorioso, revestido de poder que aplastaría a sus enemigos y que enarbolaría sobre sí la corona de Israel. Es de imaginarse que no solamente estén confundidos y deprimidos, sino presa fáciles del desánimo.

Pero nadie queda librado a su suerte o, necesariamente, ha de encerrarse en sus estados de ánimo. Éstos son como los resfríos, hay que dejar que se pasen nomás, hay algo más que es lo que en verdad trasciende.

Pero el Maestro lo sabe, y les brinda una anticipación de su Pascua que es también la de ellos y de todos nosotros. Porque en la cruz, a pesar del horror y el espanto, resplandece en Cristo la gloria de Dios por el amor llevado hasta el final, por la muerte que no tiene la última palabra.

Ese Cristo transparente es nuestra esperanza y nuestro signo decisivo para abdicar de toda resignación. Cristo es el Hijo Amado al que hay que escuchar, y por Él todos somos hijas e hijos amadísimos.

Nuestro distingo, precisamente, es la escucha atenta a ese Cristo transparente de luz que nos transforma, transfigura y compromete. Por ello no podemos quedarnos allí quietos, instalados a pesar de el afable momento.
Del monte hay que bajar al llano oscuro para que la luz se expanda, pequeñísimas antorchas que somos, señales de auxilio y esperanza para nuestra gente.

Paz y Bien

La exigencia mayor




Para el día de hoy (28/02/15) 

Evangelio según San Mateo 5, 43-48




Jesús de Nazareth ha revelado el rostro de Dios como Padre de todos. El Reino ya está aquí y ahora entre nosotros, humilde y silencioso, con una fuerza imparable. Y por ello el Maestro le plantea a los suyos la exigencia mayor, que no es de carácter prohibitivo.

Los parches o remiendos de tela nueva en vestidos viejos pues estos se rompen, como el vino nuevo en odres viejos.
Tiempo nuevo, corazones nuevos.

Esta exigencia no es poca cosa, y es el amor a los enemigos, a los perseguidores, a los que hacen daño.
En la mentalidad judía del siglo I, la Torah establecía el amor al prójimo, entendiéndose como prójimo al hermano judío, al forastero que vive en Israel y al prosélito, aquel individuo de origen gentil que adopta para sí la fé de Israel. Luego, claro está, todos aquellos que no entran en tales categorías son extranjeros. No se dice expresamente que se deba odiar al enemigo, pero la conclusión es obvia: para con el enemigo extranjero no hay vínculos ni obligaciones morales ni éticas, por lo cual no es reprochable odiar o buscar la muerte -aún cuando fuera en nombre de la justicia- de ese enemigo a veces enconado e implacable.

Pero el Maestro sabe bien que el amor que zanja las gentes entre propios y ajenos, entre nosotros y ellos es un amor desvaído, diluído, y por tanto deja de ser tal. Es sólo el fundamento interesado de un grupo cerrado.

La Encarnación de Dios implica que toda vida humana es sagrada, humanidad asumida por el Dios del universo, templo vivo y latiente de ese Dios cada mujer y cada hombre.
El sol de la mañana y la lluvia atardecida caen por igual sobre buenos y malos, todos hijos de un mismo Padre.

Los grupos cerrados, es decir, los amores acotados, no trascienden y se agotan en sí mismos, odres viejos, muy viejos aunque persistentes en nuestro tiempo, especialmente en las obscenas posturas de muchos tiranos y déspotas actuales en las que el opuesto o el disidente es alguien a suprimir y no alguien con quien convivir con todo y a pesar de todo, desde el milagro de la concordia, corazones compartidos.

El amor al prójimo, comenzando por el enemigo, es espejo santo de el corazón sagrado de Cristo, de la esencia misma de Dios, pura Gracia y misericordia.
Es una posición de debilidad, contraria a toda lógica mundana. Pero sabemos bien que desde la debilidad el Dios de Jesús y María de Nazareth transforma el mundo.

Nuestra exigencia sigue siendo la misma, y el esfuerzo de como desplegar ese cariz único cristiano en nuestra cotidianeidad. Reconociendo al otro, aceptando al otro tal cual es, con-viviendo.

Paz y Bien

De Moisés a Cristo




Para el día de hoy (27/02/15) 

Evangelio según San Mateo 5, 20-26




La Ley establecida por Moisés fué, en su circunstancia y ocasión histórica, un enorme ascenso ético, toda vez que a un puñado de tribus esclavas del Egipto faraónico le establece pautas básicas de convivencia, principio fundante como nación.

Peregrinando por el desierto y merced a esa Ley ofrecida por Dios a través de Moisés esas gentes se fueron acrisolando como pueblo. Sin embargo, fueron principios elementales que debían madurar, que no debían estratificarse mientras ese pueblo crecía.
Como sucede con todo legalismo, ese marco de normas buenas devino en cumplimientos formales sin un sentido trascendente y, peor aún, en valorar la norma por la norma misma. En cierto modo, se antepuso la norma -que es un medio- como fin en sí mismo.

La mansa irrupción de Dios en la historia, la Encarnación, significa un Dios que se hunde en las raíces mismas de la humanidad, que asume la debilidad y se hace vecino, amigo, pariente.
El ministerio de Cristo, su autoridad única, proclaman que ha comenzado un tiempo nuevo y definitivo, el tiempo de la Gracia y la misericordia, el tiempo de un Dios revelado como Padre, el tiempo de la Salvación.
Es una cuestión de amor, y desde ese amor paternal todos adquirimos la condición de hijas e hijos, vínculos férreamente espirituales, mucho más profundos que los dictados por la biología.

Así entonces Cristo es, como Moisés, legislador y por ello liberador de su pueblo. Más legisla con normas eternas, pues esa ley elemental cobra sentido pleno, adentrándose en las raíces del corazón humano, que es el ámbito en donde en verdad todo se decide, todo surge.
Las prohibiciones -no matar, no robar- dan paso a mandatos en los que el amor brinda significado y sentido eternos.

No somos seguidores de Moisés, ascendiendo trabajosamente al Sinaí de las tablas de piedra.
Somos hermanas y hermanos, discípulos de Cristo, peregrinos pecadores pero también peregrinos felices que suben al monte luminoso de las Bienaventuranzas.

Paz y Bien 


Pedir, buscar, llamar




Para el día de hoy (26/02/15) 

Evangelio según San Mateo 7, 7-12



La oración, y muy especialmente el modo de oración, definen e identifican la fé cristiana. No es posible siquiera imaginar ese Reino por el que suplicamos sin oración.
Pero también en el mercado falaz del trueque religioso, la oración suele convertirse en el reducto de quien busca su rédito personal, de quien recuerda a Dios en tiempos de necesidad o calamidad para sobrellevar las crisis.
Y la oración cristiana no es cosa de interesados, es cuestión de enamorados, y más aún, es necesidad de hijas e hijos.

Frente a la insondable grandeza de Dios -María de Nazareth lo sabía bien- somos demasiado pequeños, ínfimos mendigos de su infinita misericordia.

Se trata de comunicarse, y de un Dios que habla y se comunica primero, pues de Él son todas las primacías. Se trata de la necesidad de estar junto a quien se quiere y a quien nos quiere, y por el Maestro sabemos que no son tan necesarias las fórmulas prefijadas sino revestir el corazón de humildad, ponerlo en las manos y ofrecerlo. Nada más tenemos.

Porque el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios profundamente tejido en la historia, y por ello el tiempo del hombre es tiempo de Dios, tiempo santo y propicio. Este Dios es Padre que se desvela por el bien de todos los hijos, de todas sus necesidades, desde las pequeñas hasta las más importantes. En su corazón sagrado todo cuenta.

Pedir, buscar, llamar involucra la totalidad de la existencia. Pedir, buscar, llamar es ir edificando junto a Dios y a los hermanos la propia vida.

Paz y Bien


El signo de Jonás



Para el día de hoy (25/02/15) 

Evangelio según San Lucas 11, 29-32



A una distancia de muchos siglos y diferentes culturas, los signos pueden no tener la misma importancia y contundencia para nosotros que para los oyentes de Jesús de Nazareth durante su ministerio; ello no implica que de ese modo su enseñanza sea para nosotros cosa abstracta. La Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva, presente perpetuo y eterno para todas las generaciones.
Aún así, es menester indagar acerca de la historia del profeta Jonás y de su importancia para el pueblo judío.

Jonás, al igual que Jesús de Nazareth, era galileo, de Gat-hefer -2R 14, 25-. De entre todos los profetas de Israel, es el único enviado al extranjero, a una nación gentil o pagana, y más precisamente a Nínive, capital del imperio asirio, enemigos enconados de Israel que en numerosas ocasiones habían invadido y sojuzgado la Tierra Prometida. De ese modo, un odio mutuo y profuso enardecía a las dos naciones, y es una cuestión que se magnifica con los criterios de propios y ajenos surgidos en la tradición judía.

Pero Jonás -cuyo nombre en hebreo, curiosamente significa paloma- es enviado a predicar al corazón del enemigo, a la misma Nínive el arrepentimiento, la conversión. Él quiere renegar de ese envío, toda vez que como hijo de su pueblo y de su historia preferiría aplastar al enemigo antes que invitarlos a cambiar, a convertirse bajo el apercibimiento del perecer, y ese perecer no se trata de un castigo divino sino más bien de las consecuencias directas de sus actos.
Y la imponente Nínive, tan grande, majestuosa y populosa se convierte frente a la predicación del profeta judío, porque oyen y escuchan y son capaces de mirarse corazón adentro.

En Jonás también acontece una durísima lucha interior, pues aunque lo ofende el contenido y el destinatario del mensaje que ha de entregar, no puede dejar de escuchar la voz de su Dios que lo convoca, y antes que los ninivitas es Jonás quien se convierte.
Su conversión es un proceso tan profundo y ejemplar que el libro sagrado que relata su conflicto y su bendición es la base primordial utilizada para celebrar Yom Kippur, el Día del Perdón, fiesta clave para nuestros hermanos mayores.

La fuga en una frágil barca preanuncia al Cristo que un día dominará todas las tempestades para los suyos. Los tres días en el vientre de la ballena preanuncian también el cobijo de una tumba que devendrá inútil, signo de Resurreción, señal de que ni la tierra ni nada ha de esconder la muerte, ni que los homicidios de los inocentes permanecerán en silencio y olvido.

En Cristo hay algo más que Jonás, claro que sí. Él no se rebela, más bien se revela universal, mensajero de paz y perdón a todas las naciones, salvación para toda la humanidad.

Y en esta Cuaresma que es una bendición, el mensaje sigue siendo convertirse a la vida que prevalece o perecer en nuestras miserias, en lo que no late, volver a escuchar con atención y regresar a Dios.

Paz y Bien 
 
 

La oración de los hermanos




Para el día de hoy (24/02/15) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15



Durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, la Iglesia primitiva solamente enseñaba la oración de Jesús de Nazareth a las mujeres y los hombres de fé madura y probada. Sólo rezaban el Padre Nuestro aquellos en los que la fé hubiera echado raíces firmes y brindado frutos buenos.
Lejos de cualquier arcano esotérico o iniciático, el Padre Nuestro era el distingo de la comunidad de los creyentes, de la comunidad misionera dispuesta al testimonio perenne, incluso si ello desembocaba en los horrores del martirio.

Descenso y ascenso.
Un Dios que se inclina hacia la humanidad, un Dios graciosamente miope que sólo puede distinguir hijas e hijos, un Dios que no se encierra en la lejanía, un Dios cercano, un Dios que se comunica, se hace Palabra, Verbo encarnado de nuestra salvación.
Y suben hacia su amorosa eternidad como ofrenda la respuesta de los hijos. Porque orar es adentrarse en el misterio infinito de Dios, a pura bondad suya, sin condiciones.

La causa de ese Dios es indisolublemente la causa de los hermanos, ambos brazos de la santa cruz.

El Maestro nos revela el misterio mayor, que Dios es tan cercano y dador de vida como un Padre, y más aún, como Abbá, Papá nuestro, por el que todos recibimos como rocío bendito el bautismo filial de ser sus hijos, y por ello hermanos entre nosotros, hermanos que suplicamos por un Reino que es puerto y destino de nuestro peregrinar, hambre feliz de nuestras almas, un Reino que acontece aquí y ahora y que es la plenitud para toda la creación. Porque la voluntad de Dios es la vida que prevalece, que no se acota al tiempo ni a la muerte, cielos abiertos iluminando estos arrabales a veces tan agostados.

Pan de la Vida es el cuerpo de Cristo ofrecido, pan del sustento en la mesa de los pobres es nuestra confianza en una justicia que es preciso edificar.

Perdón que descubrimos redentor, que libera prisiones autoimpuestas que nos alejan de Dios y del otro, perdón que cura, que sana, que salva, que vuelve a conciliar los corazones opuestos por todos los odios.

Y que la tentación del olvido se aleje de nosotros, la desmemoria de esa identidad única de las hijas y los hijos que quieren desertar de todo mal, para celebrar el ágape maravilloso de la vida compartida por Dios y en Dios.

Paz y Bien


Converger al hermano, piedad y justicia




Para el día de hoy (23/02/15) 

Evangelio según San Mateo 25, 31-46




La Encarnación es un misterio tan inmenso y deslumbrante del que a menudo nos quedamos con una sola de sus múltiples facetas, el saludo del Ángel y el Fiat! de María de Nazareth. 
Más, la Encarnación es también una toma de partida del Dios del Universo que se abaja de su infinitud y asume amorosamente la condición humana, santa urdimbre de Dios y carne, de eternidad y sangre, humanidad que deviene sagrada, templo latiente de ese Dios que la habita.

Así entonces a ese Dios lo encontraremos seguramente en el prójimo que edificamos, el hermano al que nos aproximamos/aprojimamos. A un Dios así, a un Dios de amor se le rinde culto en el hermano, en el prójimo, y es la compasión la liturgia primordial.
Y del mismo modo, cuando se reniega de un hermano, cuando se pasa de largo, cuando se mira sin ver también se reniega y se ignora a ese Dios que nos sale al encuentro.

Cuaresma es desierto pródigo en regresos, a las honduras del alma, al prójimo que extraviamos de nuestra mirada y de nuestro corazón, especialmente aquél que está excluido, olvidado, desahuciado o, como cruelmente lo derriba en nuestro tiempo, aquél que ha sido descartado.

Son importantes planes y propuestas. Pero más importantes aún son los pequeños gestos y las acciones humildes de solidaridad y socorro cotidianas, porque restablecen equidad, sanan las heridas del olvido y derrotan ese egoísmo que nos encierra como glóbulos aislados unos de otros, escapistas de Dios y del otro.

Cuanta paciencia nos tiene ese Dios de Jesús de Nazareth.
Esa paciencia es la misericordia divina, expresión de una justicia que no se suele regir por intereses previos, sino que germina desde el amor, desde la compasión.

Converger al hermano que languidece a la vera del camino de la existencia es conversión, es regreso a ese Dios que nos ha salido al encuentro, es piedad que no se limita y es justicia que perdura.

Paz y Bien

Llevados al desierto




Domingo Primero de Cuaresma

Para el día de hoy (22/02/15) 

Evangelio según San Marcos 1, 12-15


El Espíritu lleva a Jesús de Nazareth al desierto. Es la plenitud de Dios que siempre empujará todos y cada uno de los instantes de su ministerio y de toda su existencia, y el Maestro es dócil, se deja conducir pues por nada se distrae, nada lo hace perder su centro que es su Padre.

El desierto es el ámbito en donde lo seguro, las comodidades y las certezas sin fundamento se desvanecen. Uno se queda allí inerme, a corazón abierto, al descubierto la propia fragilidad, y esa fragilidad es también crisol en donde se nos purifica lo que perece y lo que en verdad nos hace morir.
En un extraño movimiento interior, uno se halla enfrentado a sí mismo, y es el momento propicio para encontrarse frente a Dios.

Cuarenta días de desierto nos hacen eco de los cuarenta años de peregrinar hacia la tierra prometida, de los cuarenta días de diluvio. El desierto de Cristo se asoma así como tiempo de purificación y camino de liberación a la promesa inmensa de la vida eterna, la amorosa ratificación definitiva de la Pasión y la Resurrección.

Un detalle pequeño puede pasarse por alto, pero es crucial: Jesús convive en el desierto entre las fieras. Lo que habitualmente sería otra amenaza a la propia subsistencia, es símbolo del paraíso primigenio, de la armonía de la creación, las bestias aliadas a la humanidad sin violencias.
Cristo es el nuevo Adán en una nueva creación germinal, que no acontece en un vergel sino en las lisuras áridas del desierto, pues todo se edificará nuevamente desde las raíces y de manera definitiva.

El Evangelista Marcos no tiene un estilo literario en el que sobreabunden datos. Por ello no detalla las tentaciones, y es una motivación teológica -espiritual-: lo que cuenta es ese Cristo sometido a los deslizamientos propios de la condición humana, tan limitada. Y más aún, la asunción del Maestro de nuestras fracturas es también certeza de victoria, de superación de todos los abismos en que solemos caer.
Los ángeles que le sirven es la presencia perpetua de Dios en su vida y en la nuestra. La mano está siempre tendida para no desbarrancar, para no caernos.

El primer Adán abdicó a las tentaciones. El nuevo Adán es el hombre definitivo en su plenitud y eternidad.

Así entonces, purificados y asumidos en nuestra condición de pequeños hijos, allí sí acontece un nuevo impulso y comienzo de la Buena Noticia, la vida de la Gracia, converger hacia Dios y hacia el hermano.

Paz y Bien

Llamamientos




Para el día de hoy (21/02/15) 

Evangelio según San Lucas 5, 27-32




La primera fracción del versículo inicial del Evangelio para el día de hoy revela un misterio que no puede acotarse a los procesos de la razón. Se trata de dos términos, y quizás sea también un premuroso indicativo para estar alertas, en vigilia, a no pasar las cosas por alto, y a que en lo que parece mínimo también se abre una ventana a la eternidad.

Jesús salió nos habla la Palabra. No es un mero relato de una acción circunstancial, sino la certeza inmensa de un Dios que sale al encuentro de la humanidad, de un Cristo que jamás -por nada ni por nadie- se deja encerrar y nos encuentra en cada esquina, allí en donde acontece el devenir cotidiano.
Y que aún cuando esa realidad que somos se encuentre ensombrecida por miserias, angostada por la rutina o grisácea por la nada tras la nada, allí se hace presente. Allí lo encontraremos, en las mesas cambistas en las que a menudo se nos convierten los corazones, la compraventa religiosa, el trueque de piedad por favores divinos.

Y a pesar de todo Él sigue buscándonos, mirando firme a los ojos, invitando a seguir sus pasos en todos los asombros de la Gracia, ese Reino que es el sueño bondadoso de Dios para toda la humanidad, para la creación, para el universo, para vos, para mí, para el vecino, para quien amamos y también para quien nos odia.

Jesús salió, nombre del Verbo y verbo que define su ministerio de Salvación.
Cuaresma es bendición para el regreso, indicio feliz de llamamientos constantes, llamamientos concretos pero a la vez humildes, sencillos, sin aristas rutilantes, pero tan decisivos que en la respuesta nos jugamos la vida.

Un Cristo atento siempre a lo que nos sucede, ahora mismo, nos está convidando a la mesa grande de la fraternidad, para celebrar la vida que se comparte, el milagro del nosotros al reconocernos hijos y hermanos.

Paz y Bien

La alegría no puede ausentarse




Viernes de Ceniza 

Para el día de hoy (20/02/15) 

Evangelio según San Mateo 9, 14-15



Las discusiones entre escribas y fariseos y Jesús de Nazareth parecían interminables, pero en realidad, aunque esos hombres eran profundamente religiosos, creían en un Dios lejano, severo y a menudo cruel, que en nada se acercaba al rostro de padre revelado por el Maestro. Iba a ser muy difícil que coincidieran pues, además, habían antepuesto el cumplimiento ritual a la rendición de culto a ese Dios que le confería sentido y sustento a la Ley.

Entre los nudos de recriminación estaba el ayuno. La práctica estaba ampliamente extendida en esa época y en varias de las culturas y pueblos coincidentes. Pero quizás Israel había olvidado su verdadero sentido, explicitado por el profeta Isaías unos cuantos siglos antes: el ayuno agradable a Dios es la práctica de la justicia, de la compasión, la liberación de los oprimidos, el socorro a los necesitados. La práctica ritual por la práctica misma carece de sentido e importancia, y más aún, puede volverse gravosa a las almas.

Curiosamente, los que interpelan a Jesús en esta ocasión son los discípulos de Juan el Bautista. Ellos también ayunaban a menudo, al igual que los fariseos, y es menester establecer como cuestión importante que el ayuno es útil a la hora de dominar pasiones, retirarse al silencio orante, mantener al espíritu en vigilia. Los problemas comienzan con la falta de sentido y con el aislarse del hermano, y por eso el ayuno se santifica cuando deviene en ofrenda a Dios, quizás privándonos de sustento para que al menos un hermano empobrecido tenga su plato lleno en su mesa. Antes que escandalizarnos por los errores rituales, deberíamos horrorizarnos por el hambre que persiste.

Pero un cariz no puede ausentarse, inclusive en estos tiempos litúrgicos de conversión y penitencia, tiempos cuaresmales que son también bendición. Y es la alegría, la serena y humilde persistencia de una felicidad que se origina en la presencia constante y definitiva de Cristo en nuestras existencias, siempre fiel, siempre compañero, siempre Salvador.

Paz y Bien

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