Las decisiones de Jesús de Nazareth


San Pedro Claver, presbítero

Para el día de hoy (09/09/14) 

Evangelio según San Lucas 6, 12-19




A la hora de tomar decisiones, Jesús de Nazareth jamás vacilaba. Pero ante cada una de esas decisiones trascendentes, lo encontraremos aferrado con todo su ser a la oración, unido sin fisuras a su Padre. La noche oscura del huerto de los Olivos, la sanación de los enfermos, la misión de los suyos. Su corazón sagrado busca luz y verdad en el Espíritu que lo unge.

Así también en la noche previa a la elección de los Doce apóstoles, horas y horas de escucha y plegaria, de diálogo fecundo, de revestirse del amor de Dios.

Multitudes seguían fervorosas al Maestro. Pero Él, de entre todos, elige a Doce de ellos, y esa elección no es una cualificación discriminatoria. Por el contrario, es una cuestión de asombrosa confianza. Esos Doce -símbolo de continuidad con las Doce tribus de Israel- serán enviados a todas las naciones a proclamar y hacer presente la Buena Noticia del Reino, el amor de Dios aquí y ahora.
Es la confianza que deposita el Señor en esos hombres lo decisivo. Pues esos hombres son muy distintos entre sí, falibles, limitados, algunos de carácter fuerte y arrebatado, otros se dejarán ganar por el miedo, otro traicionará, y todos ellos no entenderán la razón primordial del Mesías hasta la Resurrección.

Hay una cuestión tan obvia que puede escaparse a nuestra percepción: esos hombres se convierten en apóstoles por la decisión de Jesús de Nazareth, pero primero han sido discípulos. En cierto modo, ellos han aprendido del Maestro las cosas que Él enseña, y especialmente a vivir como Él, a amar como Él, a no resignarse jamás, a la humildad y la mansedumbre.

Todos y cada uno de nosotros tenemos una vocación apostólica y misionera. Todos, en esa asombrosa misericordia confiada de Dios, hemos sido elegidos para ser sus manos y su Palabra en el mundo. Y hemos sido elegidos concienzudamente, a pura bondad y certeza de que a pesar de todas nuestras miserias y nuestros quebrantos, podemos lograr todos los imposibles desde el servicio, desde la compasión.

Y es menester recordar y tener presente esa necesidad de estar en sintonía, de permanecer atentos a la Gracia, a la voluntad infinita de vida plena y amor de Aquel que nos amó primero y que encontraremos siempre en la oración.

Paz y Bien

Niña soñada




La Natividad de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/09/14) 

Evangelio según San Mateo 1, 1-16. 18-23



Todo hijo que nace del amor lleva en sí los sueños de sus padres para toda su existencia. Sueños de felicidad, de salud, de vida mansa, de crecimiento en paz, de alas en su alma, de libertad y bondad. A veces -suele suceder- se proyecta en los hijos muchas de las frustraciones de los padres, los proyectos truncos, y algunos anhelos propios incumplidos. Pero eso menoscaba el amor primordial que trae a los hijos al mundo.

María de Nazareth no escapa a estas cuestiones tan importantes para tantos. Seguramente Joaquín y Ana soñaron para ella una vida extensa, pródiga y feliz, y más aún, en esos sueños ya la abrigaban en la merced entrañable de sus afectos. Porque un hijo es la vida que continúa tenaz, promesa de futuro, esperanza concreta, y un presente a acunar en nuestros brazos, y es algo que pretenden arrancar de cuajo todos los Herodes de la miseria y el desempleo, los que utilizan a los niños como cosas, mano de obra barata, esclavos sexuales, material descartable.
Y a pesar de todas nuestras limitaciones y escasas posibilidades, todo sería muy distinto si consideráramos a cada niño como un hijo propio, un vástago también de nuestros sueños.

Nuestra niña galilea es pequeñísima y casi invisible, por mujer, por campesina, por no tener pergaminos de realeza.Y aún así, los sueños de sus padres, sin saberlo, se correspondían con los sueños de todo un pueblo oprimido, ansioso de liberación, hambriento de redención.
Pero esa Niña estaba presente en los sueños infinitos de un Dios que jamás se desentendió de los pesares de su pueblo. La fué soñando a través de los siglos, con una paciencia eterna, pues los tiempos de Dios nada tienen que ver con nuestros esquemas.

Los sueños de Dios tienen una paciencia que se fundamenta en el amor, y así pacientemente, este Dios en urdimbre santa, vá tejiendo la contracara de la historia -que no es otra que la esperanza y la justicia- a través de los siglos. Pero no se trata de abstracciones ni de atractivas ideas. Los sueños de Dios son bien concretos, urdimbre santa a través de los tiempos, de hombres y mujeres -sobre todo de mujeres- que se conjugan en el río caudaloso de la Salvación. Y en esos sueños, María de Nazareth ocupa un lugar primordial en la ternura de Dios.

Ella es tan humana que por ello la sentirnos y descubrimos tan cercana, tan nuestra. Y por ello mismo, y por su corazón tan grande, y por una confianza a toda prueba, Ella decidirá el curso de la historia de la humanidad.
Tierra sin mal, tiene las primacías de la Gracia con su sí, y ese Sí! la fecunda, la renueva y recrea, y en su seno se crece pujante otro hijo soñado, el Salvador. 

Pues por esa Niña soñada la Salvación está entre nosotros, y esa Niña también es mensaje y realidad de que la Salvación es aquí y ahora, y que todo comienza y todo cambio por los más pequeños desde la más pequeña, que por ello mismo -en la asombrosa ilógica del Reino- es la más grande.

Paz y Bien



Más que nuestra suma





Para el día de hoy (07/09/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 15-20




Quizás debido a esa necesidad imperiosa de aferrarnos a reglamentos, de que nos tabulen el corazón y de esa constante tendencia a ser literales, lineales y, por tanto, superficiales, es mejor abordar la lectura la liturgia de este domingo nos ofrece al revés, o sea, comenzar su reflexión por donde aparentemente finaliza.

Es menester ratificarnos una cuestión primordial, y es la trascendencia infinita de toda la Palabra, es decir, que el Evangelio no tiene algunas cuestiones más importantes que otras, sino que toda la Buena Noticia tiene el mismo nivel absoluto. Lo que puede aparecer -sólo aparecer a nuestra escasa mirada- con un orden determinado son las virtudes docentes de Jesús de Nazareth.

Así entonces permitámonos asombrarnos con la decisiva aseveración del Señor, raíz de la misma Iglesia: es aquella en donde hay dos o tres reunidos en Su Nombre. Pero no es una somera cuestión asociativa o de acumulación: la comunidad cristiana es la que se reune en nombre de Jesús, y por asombroso milagro de bondad, en esa reunión acontece su presencia. Por eso la Iglesia es el ámbito por excelencia de la presencia viva del Resucitado, presencia que es fundamento, movimiento, es Cristo quien congrega, es Cristo piedra angular de esta casa grande, es Cristo quien invita a los hermanos a su mesa, es Cristo quien bautiza, perdona, enseña, salva, y por esa presencia infinita es la Iglesia muchísimo más que la suma de todos nosotros.

Por esa presencia viva se hace perentorio e identificador decisivo el perdón. Se trata de ganar al hermano, y esa ganancia es rescate y es poner una silla más en la mesa, con un cuidado maravillosamente desproporcionado, tan desigual a nuestros conceptos mezquinos como lo es la Gracia. Porque a menudo las ofensas trazan abismos que asoman insalvables, pero todo es posible. La presencia viva del Resucitado destierra a todos los imposibles, a todos los no se puede

En las manos pequeñas de la comunidad cristiana están las llaves para desatar todos los nudos de rencor y dolor que oprimen, que socavan y violentan las existencias. Y en esas manos, las nuestras, está la clave/llave que vuelve a atar a los hermanos soslayados, alejados por mil y una cuestiones de egoísmos y soberbias.
Porque ninguna de las hijas e hijos de Dios han de perderse.

Paz y Bien

Señor de todos los sábados




Para el día de hoy (06/09/14) 

Evangelio según San Lucas 6, 1-5



Una cuestión obvia, para despejar cualquier error desde el mismo comienzo de esta mínima reflexión: cuando hablamos de sábado, no nos referimos al día de la semana tal como lo conocemos las mujeres y los hombres del siglo XXI. Antes bien, nos referimos a la institución religiosa de la fé de Israel llamada originalmente Shabbat o sábado, día de precepto, fiesta de guardar.

Estaba el Shabbat establecido desde hacía varios siglos, como día del Señor, día para el descanso, la reflexión, el recogimiento, el reencuentro con Dios. Durante los tiempos del exilio y el cautiverio babilónico, el pueblo de Israel refrendó la importancia del Shabbat, que se convirtió en crucial para su supervivencia como pueblo, como nación: trabajaban siete días a la semana sin descanso, en tierra extranjera, y poco a poco iban perdiendo su idioma, su fé, su identidad. El Shabbat les permitía el reposo necesario para reenfocarse, para restaurar los vínculos familiares, para el reencuentro con la Palabra y con su Dios. Así fué, con gran fervor, restaurada la observancia del día de precepto.

Sin embargo, con el correr de los años se desvirtuó el sentido santo del día del Señor. Un cúmulo de normas estrictas habían transformado el Shabbat en algo intolerable, opresivo en su coerción, un día de rictus amargo, de triste solemnidad, al absurdo extremo de deificar la norma por la norma misma y olvidar al Dios que le otorga sentido y significado. En cierto modo, es idolatría escondida bajo una pátina religiosa.

Jesús de Nazareth y los suyos atravesaban un sembrado, justo un sábado. Con hermosa naturalidad, los discípulos tomaban algunas espigas y las frotaban en sus palmas, para obtener algunos granos de trigo que les engañaran el hambre. Pero la escena deviene cruelmente irrisoria: los criticones de siempre -de aquel entonces, de todos los tiempos- siempre están atentos, con el detector de pecados encendido de modo permanente. Pero el detector falla. Tira resultados erróneos por exceso, pero fundamentalmente porque su misión no ha de ser el buscar el error, sino al contrario, el reivindicar la verdad, la humanidad. Esos hombres criticaban el aparente quebrantamiento del precepto en pos de calmar el hambre de los discípulos.

Ésa, precisamente, es la consecuencia primordial de su error, privilegiar observancias estrictamente mundanas por sobre el bien, por sobre la necesidad, por sobre la condición humana. Ellos son muy devotos del Shabbat pero repudian con fervor a las hijas y a los hijos, y así rinden culto a la norma y olvidan a su Dios.
Pero el Maestro es Señor del Sábado y de todos los sábados a los que le rendimos pleitesía. Cuando se menoscaba la humanidad, no hay argumento posible ni válido, en la santa ilógica de la Gracia y la Misericordia.

Por eso hemos de rogar para que esta familia que llamamos Iglesia se vuelva cada vez más observante estricta de la misericordia y de la compasión -manga ancha de los corazones-, para mayor gloria de ese Dios que nos ama sin desmayos, y para el bien del hermano, cercano/próximo y lejano también.

Paz y Bien


De bodas y panteones




Para el día de hoy (05/09/14) 

Evangelio según San Lucas 5, 33-39




La primitiva y naciente comunidad cristiana, y la comunidad cristiana posterior que permanezca fiel es una anomalía extrema para los cánones religiosos habituales. Parecen dejar de lado prescripciones exactas de rezos, de ayuno y de culto, y así beben y comen y celebran y dejan de lado cualquier ascesis que se espere de ellos.
Pero no lo hacen en pro de una vida disipada, por ser borrachos y glotones. Ese sambenito se le irrogará al Maestro, en afán desesperado de menoscabarlo, de endilgarle -en desesperación falsaria- cualquier rótulo de desprecio. 

Es que la perspectiva mesiánica vivida a cada segundo por Cristo, y desde Él por toda la comunidad cristiana, es la de unas bodas perpetuas, en la que el Señor es el novio y los discípulos los amigos del novio.
En unas bodas se celebra invariablemente la existencia y el amor, la vida nueva que traerán los hijos. Porque cada hijo es una bendición asombrosa, y así cada hija y cada hijo de Dios, en la Buena Noticia, son comprendidos como una bendición de un Dios infinitamente generoso.

Con todo y a pesar de todo y de todos, la vida ha de celebrarse en ese talante de bodas, de bendición. Sólo habrá un breve lapso en que los amigos del novio han de vestirse de luto y cenizas, en ayuno doloroso, y serán esos tres días en los que Cristo les será quitado con furor violento, oculto en una tumba que por el amor de Dios devengará estéril, hogar inútil de una muerte que ya no prevalecerá, que no tendrá la última palabra. Y quizás también cuando cada año esos amigos hagan memoria de la muerte del Señor.

Porque también Cristo sufre la Pasión en entera libertad de vida ofrecida para que todos vivan; pero los perpetradores de sus padecimientos son esos hombres de rictus severo, que rinden culto a un dios voraz y cruel, que veneran panteones, que los carcome la envidia por la alegría dispensada asombrosa por la Gracia de Dios.

Es algo nuevo y tan definitivo que implica cambiar todo. Es Pascua sin regreso al ayer, a la esclavitud, a lo viejo, el vino nuevo de la fraternidad y la justicia, el vino perpetuo de la compasión y la misericordia.

Paz y Bien

Pescadores milagrosos



Para el día de hoy (04/09/14) 

Evangelio según San Lucas 5, 1-11




En el Evangelio para el día de hoy que la liturgia nos brinda acontece más de un milagro. Siempre hay que ir a más, pues siempre hay más.

Veamos con detenimiento. El lago de Genesaret es el modo que el Evangelista San Lucas tiene para nombrar al mar de Galilea. La contraposición no puede ser mayor: esas gentes, esa multitud fervorosa que se agolpa con ansias a la orilla del agua esperando oír y escuchar la Palabra de Dios por parte del Maestro, y en opuesto esos pescadores que han tenido una noche de intenso esfuerzo para nada, ni un pececito que pueda sumar al sustento familiar. Entiéndase que son pescadores profesionales, la pesca es su oficio cotidiano de años, que están agotados de cansancio por una noche esforzada y sin dormir. Es lógico que quieran ir donde sus familias lo antes posible, a comer algo, a dormir un rato, a renovar fuerzas y ganas porque no hay vacaciones para estos hombres. Su subsistencia y la de los suyos depende de ellos.

Aún así, y frente al pedido del Maestro de apartar un poco la barca para enseñar, Simón Pedro no duda y obedece. Ëste es un milagro, es lo que la presencia de Jesús hace en las vidas de las personas: Simón Pedro y los otros han sido invitados a ser misioneros y discípulos, pero no lo son en plenitud: todavía siguen con sus costumbres, con sus cosas cotidianas, con las rutinas de su oficio y los vínculos familiares habituales.
Pero Simón escucha al Señor y obedece, y quizás ése sea el milagro que desate la asombrosa pesca que acontece a continuación.

Otra cuestión no ha de sernos ajena, ni podemos pasarla por alto: el Maestro venía anunciando la Buena Noticia y enseñando en las sinagogas. A partir de ahora, lleva la Palabra allí mismo en donde el pueblo vive su día a día, en donde las gentes trabajan. En la cotidianeidad florece la eternidad, la Salvación, y es la santa continuidad ilógica de la Encarnación de Dios con nosotros.

Escapa a cualquier razonabilidad que esos pescadores experimentados le presten atención, en las cosas de su oficio, a un galileo que es casi un campesino, un artesano, que las únicas aguas que debe conocer son las que bebe en el pozo de su Nazareth. Ellos saben bien que hay sitios mejores que otros, y que el momento óptimo es el que discurre entre la atardecer y el alba, en plena noche. Sin embargo, este rabbí nazareno les indica que naveguen mar adentro en pleno día, y que echen las redes de cualquier modo: la razón indica que esta tarea sugerida deviene estéril.

Pero no se trata de razones, sino de co-razones. Se trata de confianza, el acto segundo de la fé, ya que el acto primero es ese Dios que nos busca, que se embarca en nuestras existencias. Se trata de la asombrosa gracia de Dios que desdibuja las fronteras de los imposibles, que hace toda pesca abundante, asombrosa, inconmensurable, sin que por ello se rompan las redes o se hunda la barca.

Más que la pesca y antes que ella, hemos de detener la reflexión y la mirada en esos pescadores galileos que con todo y a pesar de todo confían, y confían en una Persona, y que se han dado cuenta que lo importante no radica en la calidad de la barca, en la firmeza de los nudos de la red o en sus habilidades, sino en las maravillas que la Gracia de Dios puede suscitar.

Simón y los otros -pero especialmente Simón- se dan cuenta del abismo insondable que hay entre ellos, pequeñísimos hombres, y el Señor. Pero ante el pecado que los demuele y minimiza, la Salvación tiende un puente de perdón y de no temor, para tener esperanzas, para seguir confiando, para seguir navegando.

Paz y Bien

Salud y dignidad, al servicio de la vida





Para el día de hoy (03/09/14) 

Evangelio según San Lucas 4, 38-44


La lectura del Evangelio para el día de hoy nos invita, ante todo, a contemplar la totalidad del escenario, tan maravillosamente relatado. Si no fuese Palabra de Dios, sin ninguna duda sería una bellísima construcción literaria, floreciente de símbolos.

Jesús de Nazareth está en Cafarnaúm, en donde ha suscitado la admiración de los vecinos, que advierten en Él algo nuevo y distinto, una autoridad veraz. Más no perdamos de vista que esa cuestión, y la planteada hoy, acontece durante el Shabbat, día del Señor para Israel, día santo. Por ello mismo podemos observar al Maestro en la sinagoga, en pleno culto, y al salir de ella; no debemos perder de vista este detalle, que regirá los hechos posteriores.

Así sale de la sinagoga y entra a la casa de Simón: las normas sabáticas impiden cualquier tarea, por mínima que fuera, que se vincule con esfuerzo o trabajo, aunque la observancia de estas normas solían llevarse a extremos absurdos y terribles también. Pero en la casa de Simón Pedro hay otra urgencia familiar, una enfermedad que tiene postrada a la suegra de Simón con fiebre muy alta.
A menudo, es necesario y hasta imprescindible que los otros se movilicen por los que están caídos, por los que están paralizados, por los que no pueden más.
Simón y su familia, quizás sin saberlo, a pura intuición, quebranta varias normas severas en aras del amor. Seguimos en pleno Shabbat, en donde poco y nada puede hacerse, y hay dos añadidos más. Por un lado, es una mujer la enferma, y por mujer y por anciana no existe para el derecho ni para la sociedad; con criterios dolorosamente actuales, no vale la pena preocuparse demasiado pues ella está más cerca de la muerte que de la vida. Por otro lado, el concepto religioso imperante de culpa y enfermedad, es decir, que los padecimientos físicos son el producto del castigo necesario por los pecados propios o de los padres. Y a su vez, quien padece alguna enfermedad, y por la causa precitada, a su vez deviene en impuro, indigno de participar en la vida religiosa y comunitaria de su pueblo, y quien entra en contacto con un impuro adquiere su condición de impureza/indignidad.

Parece que al rabbí galileo no le importan demasiado estas, o mejor aún, que pone por delante la salud y la dignidad de los que sufren, la misma condición humana por sobre toda norma o regla impuesta, revelando un asombroso rostro misericordioso de su Dios. Por ello no vacila en acudir al rescate de esa mujer, y ella a su vez sana de su fiebre y sana de la postración que es mucho más que estar postrada en un lecho, es la postración de la discriminación, de ser tenida a menos, de ser estigmatizada. Por ello el Cristo que se acerca con salud/salvación que la levanta desata en ella la alegría del servicio, la diaconía que la hace joven por siempre en su corazón.

Las noticias buenas, al contrario de lo que suele suponerse, tampoco tardan en difundirse, y al caer la tarde todos los vecinos que tiene enfermos en su familia los llevan a su presencia para que los sane, los libere, los cure. El dato no es menor: esas gentes van al Maestro al atardecer porque más temprano imperan las rígidas normas del Shabbat, y están impedidos de hacer nada -hasta de caminar algunas cuadras- hasta que el sol no caiga, hasta que el Shabbat finalice. Y ellos también están postrados por una norma que hace demasiado tiempo olvidó al Dios que le daba sentido y significado.

Pero esos demonios que también los oprimen nada podrán contra el Cristo del amor y la misericordia, infinitamente generoso en salud y dignidad sin límites ni condiciones, que humildemente servidor nos vuelve a recordar que no nos hace libres de, sino más bien libres para. Porque la verdadera liberación es Pascua, el paso santo de la servidumbre al servicio.   


Paz y Bien

Autoridad, hacer crecer



Para el día de hoy (02/09/14) 

Evangelio según San Lucas 4, 31-37




El Maestro se desplaza desde su Nazareth natal a Cafarnaúm. En su patria chica no ha sido bien recibido: antes bien, fué repudiado y varios de sus paisanos quisieron matarle, en rechazo abierto al profeta en su tierra.

Sin embargo Cafarnaúm no sigue una ruta lógica de fuga ni implica un destino azaroso de viaje. 
Cafarnaúm -Kfar Nahum, pueblo de Nahum- se encontraba ubicada en la ribera noroeste del mar de Galilea y era un estratégico cruce de caminos: una ruta que provenía de Transjordania la atravesaba y se dirigía al sur, mientras que otra importante vía terrestre se dirige hacia el norte, hacia Egipto. En tal confluencia es razonable que sea un punto de encuentro de numerosos viajeros, y que éstos a su vez colaboren a difundir las enseñanzas del Maestro.

Esta cuestión de apariencia estratégica no hay contradicción con la acción misionero. No está nada mal aplicar la inteligencia, la perspicacia y hasta cierta picardía a la hora de sumar esfuerzos para buscar buenos frutos, servidores confiados del anuncio de la Buena Noticia.

Los vecinos de Cafarnaúm que asisten al Shabbat se asombran de Jesús de Nazareth: Él habla con tonada galilea pero enseña de un modo muy distinto al que están acostumbrados por parte de sesudos escribas y rigurosos fariseos. Unos, porque agobian a sus oyentes con una erudición que no necesariamente es sabiduría, que desborda de casuística pero que a su vez esconde lo que es importante, lo que en verdad cuenta, el amor y la presencia de Dios en medio de su pueblo. Los otros, porque el rigor prohibitivo que imponen los vuelve culpables irredimibles, buscadores de méritos y miedosos de castigos terribles que se les promete frente a sus pecados.

Este rabbí nazareno enseña de otra manera, con autoridad, y aquí hemos de detenernos un momento. El término autoridad tiene raíz latina, auctoritas, que a su vez nace del fonema griego augere, que significa -literalmente- hacer crecer, levantar, y más aún, aupar. Esas gentes se daban cuenta e intuían que el Señor no les sesgaba las existencias, sino todo lo contrario, hacía crecer en ellos su humanidad, despierta sus corazones dormidos, acuna en sus brazos las penas y con fuerza indudable les espanta los demonios que alienan, que no los dejan ser ni hacer ellos mismos, los levanta de todas sus postraciones.

Que Él vuelva a hablarnos con esa autoridad nueva y definitiva, y que el Espíritu nos renueve, capaces de escucharlos con atenta escucha, obediencia que libera y salva.

Paz y Bien 
 

La Salvación en tiempo presente




Para el día de hoy (01/09/14) 

Evangelio según San Lucas 4, 16-30





Sábado en una pequeña aldea campesina, patria chica y querencia del Maestro. En aquella Nazareth quizás se vivían con mayor intensidad las ansias mesiánicas: tantos siglos de opresión en Israel, tanto tiempo de soportar la bota romana hollando la Tierra Santa, tantos sufrimientos, tanta miseria impuesta, tanta humillación continuada. Y la pobreza campeando por el lugar sin reversión ni posibilidad de cambio.

En tiempos así, los pueblos a menudo se aferran a sus hombres de mirada lejana, en la esperanza de adivinar e intuír un futuro mejor. Esos hombres de vista profunda, en Israel, son los profetas, voceros santos de un Dios que no los abandona.

El Shabbat es muy importante, pues significa el merecido descanso reparador que propicia el reencuentro familiar, el sanar lazos quebrantados, el reposo, el reencuentro con Dios y su Palabra en la sinagoga. Allí todo varón judío tenía el derecho -y el honor- de leer y comentar un pasaje de las Escrituras; ello sucede con más frescura en los pueblos como Nazareth, donde no abundan los doctos, sino que quien comentará los ecos que le suscita la Palabra de Dios será tu vecino, tu pariente, tu amigo.
Jesús de Nazareth es un fiel hijo de su pueblo, de su cultura, religión y tradiciones, y hace uso de ese derecho. 

Los ojos de sus paisanos están fijos en Él: lo han visto crecer y jugar con otros niños, hacerse hombre en el mismo oficio de su padre artesano, José de Nazareth, y no esperan otra respuesta que no sea en esa sintonía, en ese tenor.
Pero el Maestro a todos sorprende, pues desde la Palabra de Dios reinterpreta toda la historia de su pueblo y amplía horizontes y fronteras. Más aún, descubre y revela que el río caudaloso del paso salvador del Dios de Israel desemboca en su Persona, en un presente que se hace eternidad.

Porque la Salvación acontece aquí y ahora, la Salvación es hoy, la Salvación es Buena Noticia para todos los que sólo conocen noticias malas o nefastas -los más pobres, los olvidados-, es liberación para los cautivos, para que regresen a casa, luz para los que andan en tinieblas, ruptura de todas las cadenas que oprimen en inhumanidad, y el anuncio e inauguración del jubileo, del año eterno de la Gracia y la Misericordia para el pueblo de Israel y para todos los pueblos del mundo, porque en Cristo se entrecruza el tiempo y la eternidad, Palabra de Dios hecha carne, urdimbre santa de Dios y el hombre que no se deja atrapar por nada ni nadie pero que asombrosamente se ofrece incondicionalmente a todos, pasando por en medio de aquellos que violentamente pretenden apropiarse de ella en talante propietario que nó de servidor.

Santo y necesario, justo y feliz es releer la historia de cada pueblo y la propia historia personal descubriendo el paso salvador de Dios a cada instante, y reconocernos en la bondad de la mano extendida de ese Cristo que nos rescata.

Paz y Bien

La cruz de Pedro




Para el día de hoy (31/08/14) 

Evangelio según San Mateo 16, 21-27



Jesús De Nazareth camina, decidido y absolutamente libre, hacia Jerusalem. Allí acontece un punto de inflexión que cambia de manera radical su ministerio y también la misión de toda la Iglesia, y su revelación es un hito en la historia de la Salvación.

Porque les revela su condición mesiánica a los suyos. Pero es un mesianismo inesperado, sorprendente, que no se condice para nada con las tradiciones y los preconceptos de los suyos, que esperan un Mesías revestido de gloria y poder que derrote a sus enemigos y que libere a Israel de la bota romana mediante una victoria de tipo militar, restaurando un reinado judío imbatible y duradero. Más asombroso y contradictorio resulta saber de su parte que quienes detentan la autoridad religiosa y simbolizan a todas las tradiciones de su pueblo -ancianos, sumos sacerdotes y escribas- serán los principales responsables de todo lo que ha de padecer el Maestro.

Más parece que no fuera suficiente el estupor causado: Jesús formula a los Doce y a los discípulos de todos los tiempos una invitación que, tomada a la ligera, parece espantosa. Invita a seguirle cargando también, como Él, en libertad y sin condiciones, la cruz.
Ha de entenderse en su real dimensión: durante mucho tiempo la cruz es sinónimo de maldición, de justo castigo. En el tiempo del ministerio del Maestro, era el método de ejecución romano por excelencia previsto por la ley del imperio para ejecutar a los criminales más abyectos y marginales, condena para los rebeldes perpetuos de la autoridad del César. Así entonces, cargar la cruz implica hacerse ejecutable, marginal, despreciable, subversivo.

A Pedro no le agrada lo que percibe, y la contradicción lo violenta. Voluble y temperamental, quiere volver a la falsa certeza que lo tranquiliza, a la de ese mesías glorioso, muy lejano al Cristo servidor sufriente. En cierto modo, Pedro pretende indicarle a Dios hacia dónde debe rumbear, pretende un Dios a imagen y semejanza de Pedro, y no acepta de ningún modo la cruz para el Señor...y mucho menos para sí mismo.

No es grato, no es deseable, no es simpático. Tampoco es algo deseado por Dios, pues el Dios de Jesús de Nazareth no es un sádico cruel. Es una cuestión de amor, de radicalidad del Evangelio, de tomar siempre el lugar del otro para que el otro -el hermano, el prójimo- no sufra, y viva.
Y ahí sí. La fidelidad, para los mezquinos cánones mundanos, no saldrá impune. Tiene su costo, gravoso y gravísimo. La vida cuesta vida, la vida de los demás cuesta la propia vida, y es Jesús quien no vacila en encabezar el peregrinar, en volver a decirle a todos los Pedros, todos nosotros, que está bien jugarse y hasta morirse para que otros vivan, cargar los horrores de la cruz para que no haya más crucificados, y ofrecerse también por todos los sumos sacerdotes y escribas violentos de todo tiempo que imponen condenas y cadenas, y olvidan compartir la Gracia y la misericordia de Dios.

Paz y Bien



El asombroso tesoro de la Gracia




Santa Rosa de Lima, Patrona de Latinoamérica

Para el día de hoy (30/08/14) 

Evangelio según San Mateo 25, 14-30




Vayamos primero por el sendero de los símbolos.

La parábola nos habla en varias oportunidades de talentos: un talento, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, era una moneda que equivalía a seis mil denarios aproximadamente. Y un denario, a su vez, es la moneda que representa el jornal diario de un trabajador de Palestina del siglo I; un simple cálculo nos indica que los talentos repartidos a los partícipes de la parábola equivale -en el menor de los casos- a veinte años de trabajo de un jornalero. Una suma enorme, una fortuna, un tesoro.

La desproporción entre la suma otorgada y la confianza brindada es abismal. 
Pero el gran error es propiciar una lectura lineal. El Dios de Jesús de Nazareth no es un patrón exigente, que dispensa con rapidez premios y castigos, un Dios punitivo e injusto en los repartos. Tampoco es indiferente a la especulación ni al culto esclavista del dinero. El Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos y cada uno de nosotros somos hijas e hijos, no empleados ni asalariados.

No obstante, tampoco portamos demasiados méritos para que se nos brinde una confianza descomunal, inconmensurable como la que simbolizan esos valiosos talentos. Con inefable certeza lo expresa el apóstol Pablo, que llevamos estos tesoros en estas vasijas de barro que somos.

Porque el tesoro es la asombrosa Gracia de Dios que se nos ha confiado, a puro amor y generosidad.

Es un tesoro extraño, que crece en tanto se brinda, se comparte incondicionalmente, vida plena, vida abundante, perdón y salud que es Salvación para toda la humanidad.
Un tesoro así no ha de ser sepultado bajo capaz de pereza ni de miedos profesados. Tampoco -jamás- debe ocultarse tras cúmulos de normas y preceptos.

La Gracia de Dios es tan asombrosa y desbordante, que vale la pena correr todos los riesgos del mundo para proclamarla, para encarnarla, para que se sepa en todos los rincones que la felicidad está ahora mismo, entre nosotros, para ser bebida y vivida, pagada definitivamente por la sangre de Aquél que todo ofrendó de sí mismo y nada se guardó para que nuestros corazones estén siempre colmados.

Paz y Bien


Hablar con claridad




Martirio de San Juan Bautista

Para el día de hoy (29/08/14) 

Evangelio según San Lucas 6, 17-29



La escena es cruelmente infame y corrupta. En la superficie, en el gran salón, un banquete del rey con los poderosos del lugar, los notables galileos, los tribunos romanos, el culto a sí mismo con la excusa del festejo del cumpleaños. Bajo ella, en lúgubre mazmorra, languidece Juan, hijo de Isabel y Zacarías, humilde y profeta, enorme en su integridad, un varón justo atrapado por grilletes graves de fiera injusticia.

La danza sensual y erótica de la hija de Herodías, esposa de Herodes, desata las pasiones de los presentes pero muy especialmente del tetrarca. A esa muchacha que danza seductora -y que el historiador Flavio Josefo identifica como Salomé- Herodes promete todo. Más aún, promete cosas de imposible cumplimiento, como la mitad de su reino: es claro que la autoridad imperial romana, quien detentaba verdaderamente la soberanía del lugar, no iba a autorizarle ceder ni un palmo de tierra a nadie, por ningún motivo.
Pero cuando los rencores se dejan crecer, como esa cizaña que envenena todo el trigo bueno, todo lo malo puede acontecer; aquí nos encontramos frente a una situación de poder. Pues frente a la posibilidad de obtener fabulosos regalos, joyas, riquezas, tierras, Herodías -y por tanto, Salomé también- exigen que les sea entregada la cabeza del Bautista en una bandeja. Herodes no puede desdecirse, ha hecho una fervorosa promesa abiertamente delante de los poderosos del lugar. Pero ello no debe acotarse al prurito supersticioso del qué dirán de Herodes: el Bautista es un profeta que habla con diáfana claridad, que no teme denunciar todo lo que se opone a Dios, todo lo contrario a la vida, toda corrupción.
Una voz tan libre, tan santa, es una voz peligrosa. Y para los que detentan o merodean en los círculos del poder, es una voz peligrosa que debe ser suprimida.

La fotografía que podemos imaginarnos es muy cruel... y muy actual. Lo humano reducido a una cosa -una cabeza en una bandeja-, una persona como un trofeo de venganza, la muerte propinada como un ornamento del cual enorgullecerse. Esas mujeres actúan con soberano desprecio por la vida, y el soberano actúa como si fuera Dios, tomando azarozas decisiones en la ruleta cruel de su omnipotencia, con una liviandad pasmosa, la vida de los demás en sus manos embrutecidas como moneda de intercambio.

Así hemos de plantearnos el hablar con claridad, que es como habla las mujeres y los hombres de Dios, aún con todos los riesgos y peligros que se asoman. Así debemos plantearnos cual es la mesa a la que pertenecemos. Porque en la mesa de Herodes se decide la muerte del justo, y por eso se brinda entre poderosos, mientras que en la mesa del Señor hay lugar para todos, para la fraternidad, para la justicia, para que se celebre la vida.

Paz y Bien

Vigilancia, sensatez y prudencia




San Agustín, obispo y Doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (28/08/14) 

Evangelio según San Mateo 24, 42-51





Sensatez y prudencia. Dos términos que si bien no son sinónimos, son parientes muy cercanos en su raíz etimológica y significativa: el primero refiere a la capacidad de buen juicio y de percepción veraz y real de las cosas, mientras que el otro implica el obrar con cautela de acuerdo a lo que se conoce en profundidad, es decir, mirar delante de sí lo que adviene y actuar en consecuencia.

En el Evangelio para el día de hoy, el Maestro insta a la vigilancia. Vigilancia no tanto como una guardia armada, sino vigilancia en su sentido de vigilia, de estar despiertos, de abrir bien los ojos, de espera atenta. Como aguardan, expectantes, los que aman. Sólo los que aman saben esperar, porque saben que Aquél que esperan está vivo y presente, y regresará en plenitud en cualquier momento. Más aún, saben que está de regreso.

Los que aman esperan confiados y cuidan de una viña que, saben bien, no les pertenecen. Hacen las cosas movidos por ese afecto primordial que deviene en obligación cordial, más no por un pago ni un premio. Por eso vigilan con sensatez y prudencia, pues son capaces de actuar con cautela, de correr riesgos cuando hay que correrlos y a la vez, esgrimen una prudencia que es naturalmente hermana de esa providencia que es el rocío de todas las almas agobiadas.

Sin embargo, a veces la prudencia ejercida ostensiblemente sólo esconde cobardía. Hay que saber jugarse los huesos por la viña, con toda humildad. Sólo somos servidores menores, pero no obstante ello, servidores confiados que hacemos lo que debemos, porque aunque quizás no sepamos el momento exacto, conocemos que vá a ocurrir, y más aún, confiamos en que ese regreso, que es la plenitud de toda la creación, ya ha comenzado.

Paz y Bien

Sepulcros blanqueados



Para el día de hoy (27/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 27-32




Las cosas que habrá visto. Los gestos y las acciones que tanto le revelaban y que tanto lo rebelaban. De otro modo, no hay explicación para estas durísimas expresiones que el Maestro tiene para con la hipocresía de escribas y fariseos. Su voz es tan fuerte, tan contundente, tan profética que conmociona no sólo a aquellos hombres del tiempo de su ministerio, sino a todos aquellos que, a través de la historia, se internan camino adentro de esas veredas de sombra y muerte, pretendiendo encaminar tras de sí a todo el pueblo.

Sepulcros blanqueados los menta, y no es sólo una alegoría extrema. Se trata de la experiencia de la vida cotidiana que no se permite ser llamada a engaños. 

Despojémonos por un momento de lo externo, es decir, de los afectos y la piedad que portamos junto con algunas flores -como flores de caridad- cuando visitamos el sitio en donde reposan los restos de alguien querido o venerado. Una tumba, un sepulcro, es el hogar de lo muerto. Por fuera puede tener una blancura prístina, una estructura artísticamente bella, una edificación imponente, pero ello no es óbice para la cuestión naturalmente obvia: por dentro hay restos de un cuerpo muerto, hay degradación, hay corrupción biológica.

Mucho más grave es cuando esa imagen se traslada al obrar de aquellas y aquellos que desempeñan funciones sociales, políticas y religiosas de liderazgo, de jerarquía, de conducción. Sepulcros andantes que, bajo la apariencia grácil de una blancura deslumbrante, sólo albergan en su interior muerte y corrupción, vidas contínuamente degradadas, tumbas en donde se sepultan bien profundo las ansias de trascendencia de la gente más sencilla, el hambre de justicia de los pueblos, la sed de paz de tantos.
No hay otra conclusión posible: aunque nadie somos para andar juzgando a nadie, tampoco podemos renunciar a esta vocación irrevocable de profecía que nos llega al corazón por vía paterna y materna, de un Dios que es Padre y Madre, de un Cristo que es hermano y Señor. Y a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Los sepulcros blanqueados sólo son signos de muerte, y hacia ella conducen, y allí se demuelen todas las esperanzas.

Gran contradicción, grave reniego, pues desde la Resurrección sabemos que la muerte no decide ni tiene la última palabra. Por el Resucitado sabemos que ese sepulcro vacío deviene inutil, y que en cada sepulcro ha de germinar pacientemente -a pesar del dolor, a pesar de todo y todos- la certeza de la vida perpetua que no se extingue. Por ese Cristo sabemos que toda tumba deviene inútil.

En paralelo también, una admonición para nuestras existencias menores: a los sepulcros, decíamos, solemos llevar fé y afectos, flores y amores. Sin embargo, a quien se ama siempre es menester, como al hermano, rendirle culto y amor en vida, en el aquí y ahora. Nunca es tarde.

Paz y Bien
 

Horizontes estrechos



Para el día de hoy (26/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 23-26



La ley del diezmo tenía un significado místico y una importancia social para el pueblo de Israel. Así, se reconocía el derecho de propiedad de Dios sobre toda la tierra y sus bienes, y a su vez, la décima parte del producido de la tierra -de allí diezmo- se destinaba a mantener el culto del Templo de Jerusalem y a sostener a los sacerdotes. De todo ello, una parte menor también se utilizaba como fondo de limosnas, para el socorro de viudas, huérfanos y de los más pobres.
En un afán de ortodoxia y estricta observancia, escribas y fariseos -la dirigencia religiosa de la fé de Israel- extendieron la obligatoriedad del diezmo a toda la actividad económica de Israel, y puede inferirse a partir de lo que sindica el Maestro: era obligatorio el diezmo sobre la menta, el anís y el comino, bajo apercibimiento de infracción grave. Así, no es difícil imaginarse a un ama de casa tomando un puñado de perejil, de albahaca, de menta, y separando una ramita de cada diez para el pago obligado.

El problema no estriba en prestar atención a las cosas pequeñas. Por el contrario, Jesús de Nazareth tenía una mirada muy particular al respecto, y nada se les escapaba, todo era importante, los detalles hacen al todo. El problema, entonces, comienza cuando se absolutizan esas cosas pequeñas, y se olvida lo verdaderamente importante, la justicia, la misericordia y la fé. 

Se trata de imponer horizontes estrechos, mezquinos, en donde no hay Dios sino prácticas religiosas enmarcadas en una pseudosantidad. Sin embargo, no hay contraposición entre lo cultual y la vida diaria: por el contrario, hay reciprocidad y vigencia de significados. Y cuando hay ruptura, todo se complica y se cierra el corazón a la asombrosa dinámica de la Gracia.

Así contará más la purificación de objetos y manos en desmedro de la clarificación de los corazones, los que verán felizmente a Dios. Así se esconderán, bajo pretexto de piedad, ambiciones y egoísmos, y como dolorosamente podemos observar, el rigor litúrgico observado y jamás ponerse del lado de los pobres, de los pequeños y muy especialmente, del lado de las víctimas. Jamás justificar o defender a los victimarios.

Si no hay misericordia, la Gracia no se ha encarnado en nuestras existencias y lo religioso es una práctica más, por lo general acotada a lo que se hace puertas adentro de los templos, que no de los corazones.

Paz y Bien 
 

Máscaras religiosas




Para el día de hoy (25/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 13-22



Los ayes -mucho más que una crítica declamada- que Jesús de Nazareth expresa acerca de la dirigencia religiosa de su tiempo, escribas y fariseos, es durísima. Más aún, porque el Maestro entendía que no hay verdades a medias, que todo debe decirse con voz clara y sin ambages; pero a su vez, los ayes lo ponen bajo un grave riesgo, pues no es una idea volcada en un ambiente amistoso, sino en el propio rostro estupefacto de esos fariseos y esos escribas. Y como es usual, los poderosos suelen reaccionar con violencia a lo que intuyen una amenaza al poder que detentan.

Sin embargo, la raíz del problema no ha de acotarse a un tiempo histórico determinado -la religión judía en el siglo I de nuestra era- sino que en su tenor veraz se extiende interpelando a todos las autoridades religiosas de todos los tiempos.

Un término sobresale en sus palabras, que son crítica y son también expresión de dolor por esos hombres extraviados que a su vez son causa de tropiezo para muchos: hipocresía, que literalmente significa responder o discurrir con máscaras. Es decir, que bajo una pátina determinada se esconde u oculta otra de signo muy distinto, hasta contrapuesto.

Esas máscaras son máscaras religiosas; son las que prefieren la absolutización de conductas piadosas codificadas prescindiendo del Dios que las inspira. Y el Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de amor y perdón.

Pero estos hombres propalan la falsa imagen -en cierto modo, una idolatría- de un dios severo, punitivo, juez y verdugo, que premia a unos pocos y excluye a una gran mayoría. Un dios así aniquila cualquier atisbo de fraternidad, de Reino, de comunidad.
Ellos también se afanan por incrementar el número de súbditos a los que regir, desbordes cuantitativos sin vínculos filiales, sin un Dios que congregue, sin prójimo, sin misericordia. Y de allí que se esfuercen en la casuística cruel del ritual sin corazón, de una pseudo fé templo adentro, de una religiosidad sin conversión, hambrientos de poder, de dinero y bienes, de juramentos vanos, dejando tras de sí una estela densa de corazones sometidos sin esperanza.

Una fé sin el amor y sin la misericordia de Aquél que nos busca con denuedo y sin descanso, no es una fé: es un cúmulo de prácticas religiosas inmanentes en las que la Salvación es otro bien a adquirir y no don, no misterio, no precio terrible pagado para siempre con la sangre de Aquél que nos amó al extremo de ofrecer a su propio Hijo en lugar de cada uno de nosotros.

Paz y Bien

Atar y desatar, misión de Pedro, misión de la Iglesia



Para el día de hoy (24/08/14) 

Evangelio según San Mateo 16, 13-20



La referencia geográfica es importante: la enseñanza que nos brinda el Evangelio para el día de hoy acontece en las cercanías de Cesarea de Filipos. Nos encontramos al norte de la tierra de Israel, al pié del monte Hermón -alturas del Golán-; es una ciudad con cierta historia, en la que antiguamente podía hallarse un altar del dios Baal de los cananeos, también posteriormente un altar al dios helénico de la naturaleza Pan. En tiempos del rey Herodes el Grande -aproximadamente por el año 20 a.c.-, éste erige un templo imponente en honor al César de Roma, Augusto, siguiendo la costumbre de deificar a los césares con culto propio. A la muerte de Herodes el Grande, uno de sus hijos, Herodes Filipos, renombra a la ciudad con el título de Cesarea de Filipos por dos motivos: primero, honrando desde su posición de vasallo al nuevo emperador Tiberio, y también para diferenciar la ciudad de la otra Cesarea de la costa marina.

La geografía es importante, pero no tanto en la referencia a los mapas o a la historia, sino más bien al trazado cordial: se trata de una geografía espiritual. Se trata de una ciudad en la que se ha honrado a múltiples dioses, se trata de una ciudad definida por la devoción al poderoso de turno, por elevar a la categoría de dios a un dominador imperial, por una subordinación que es ante todo interior antes que política, pues se rinde culto al poder, al que humilla naciones, al que explota y expolia a pueblos enteros.
Precisamente allí, por esos antecedentes tan específicos que parecen tan contrapuestos, sucede una de las confesiones de fé más contundentes, que a su vez -la fé es don y misterio- es fundacional, conmovedora, plena de futuro.

Jesús de Nazareth realiza una misma pregunta en dos direcciones: quiere saber qué piensa las gentes acerca de Su persona, pero más aún, que piensan los suyos, sus amigos, sus discípulos, y en la pregunta hay una afirmación velada que no ha de pasarnos inadvertida. Porque la fé cristiana, ante todo y por sobre todo, no es creer en algo, sino creer en Alguien, es una relación decididamente personal con Cristo.
Lo lógico hubiera sido escuchar -como expresaban muchas de las personas de su tiempo- que el rabbí galileo encarnaba las ansias de liberación de su pueblo, máxime en ese sitio en donde se honra al opresor, y así se lo identifique con un profeta importante o con una tonalidad mesíanica de carácter nacionalista y política.

Aún así, Simón sorprende a todos: él confiesa sin ambages que el Maestro es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Esa afirmación no es producto de su esfuerzo racional, no es la consecuencia de una exactitud lógica, sino que es fruto del Espíritu que enciende su mente e inflama su corazón. Esa fé que se atreve a confesar decide una vida nueva para el pescador galileo, y el indicio de la vida nueva se corresponde con un nuevo nombre, Pedro en su forma latina, Cefas en su raíz aramea.

En aquel entonces, el Sumo Sacerdote de Jerusalem era designado con el acuerdo y a instancias de la autoridad imperial romana. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, ese rol tan importante y prestigioso fué ocupado por Caifás. La similitud no es sólo fonética, sino que adquiere la profundidad de un símbolo: Caifás es electo desde el poder por el imperio, y oprimirá a su pueblo desde la Ciudad Santa. Cefas es elegido desde la fé por Cristo, y gobernará a partir del servicio desde la misma ciudad de los césares.

Pedro ha de ser roca para sus hermanos, promontorio firme al que se aferrará la comunidad para no quedar a la deriva en los vaivenes mundanos, fundamento de una Iglesia que no podrá ser derribada porque es Cristo quien edifica, y es la fé la que brinda sustento, fé que es don de Dios y misterio de fraternidad y confianza.
Ciertamente Pedro no es perfecto: cometerá errores, traicionará, será voluble o tal vez se arrogará prerrogativas que no le corresponden: sin embargo, lo que cuenta es la fé que lo reviste y asiste, fé que confiesa y vive.

Desde esa fé tendrá una misión que en nada tendrá que ver la imposición y el ejercicio de poder al estilo del mundo: Pedro y la Iglesia tienen por misión clara atar a la humanidad entre sí, a partir de vínculos espirituales de caridad, vínculos que perduran, y también la de desatar todos los nudos que quitan el aire, que esclavizan, que atan los corazones y doblegan las almas, desde el servicio generoso y desinteresado de aquellos que nada quieren para sí, sino que todo lo hacen por Aquél que los ha llamado primero.

Paz y Bien

Una enseñanza hipócrita




Para el día de hoy (23/08/14) 

Evangelio según San Mateo 23, 1-12




En la lectura que nos ofrece la liturgia en este día, es menester destacar algunas cuestiones.
Una de ellas, es que Jesús de Nazareth -manso entre los mansos, infinitamente humilde de corazón- tenía su carácter, y no andaba con floreos a la hora de decir verdades, quizás un Cristo muy distinto de ciertas imágenes melosas, pueriles y, tal vez, inocuas que suelen propalarse por allí y que a veces resultan tan convenientes, pues no incomodan ni interpelan.

Otra de esas cuestiones es su crítica a los dirigentes religiosos, en especial a escribas y fariseos: la dureza de lo que expresa no está motivada en tanto que dirigentes judíos, sino antes bien y especialmente en tanto que maestros y doctores hipócritas, que prescriben una moral al pueblo que ellos no cumplen, obligaciones que se imponen a los otros y que ellos mismos son los primeros en no cumplir, obligaciones tan gravosas que son causa de opresión y pesar para las almas, en especial para los más pequeños.

El Maestro se explaya respecto a la cátedra de Moisés: en la estructura de la sinagoga, es un sitial importante -por lo general, una silla- desde donde la autoridad que interpreta y educa explica la Torah y los Profetas, es decir, enseña las cosas y la voluntad de Dios desde la Sagrada Escritura. Por eso impetra escuchar con atención la Palabra, pues es en verdad lo que es eterno y prevalece siempre, pero a la vez manda a blindar el corazón de toda hipocresía, esas ganas de figurar, esas ansias de prebendas, títulos y jerarquías que no se acotan solamente a la dirigencia judía de su tiempo.

Porque Cristo es Dios entre los hombres, un Dios que se despoja para la Salvación de todas sus hijas e hijos, la humanidad entera, y que desde el misterio de la Encarnación señala el camino, camino de la Gracia, camino del servicio, de la abnegación, diaconía que es liberación, verdad, amor.
Allí comienza la raíz de toda autoridad que se precie de tal. No por lo que se imponga, sino por como se ame y por cómo se sirva a los hermanos, sin reservas, a fuerza cordial de generosidad.

Paz y Bien

María Reina




Ssnta María Reina

Para el día de hoy (22/08/14) 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38



Debe ser en gran medida por los afectos, por cariño, por las ansias que tienen todos los hijos en todas partes de contentar y honrar a su madre. Hemos elevado su imagen en altares altísimos, la hemos engalanado con joyas portentosas, coronas, vestidos celestiales. Pero quizás -más allá que siempre los amores cuentan- en esos modos nos alejamos de de la verdad primordial.

Y la verdad primordial es que María de Nazareth era una muchacha judía muy joven, casi una niña, campesina invisible de una aldea ignota en la Galilea de la periferia sospechosa. Y a través de esa muchachita pequeñísima de corazón enorme, Dios teje una alianza definitiva con toda la humanidad. Y se hace uno más entre nosotros, urdimbre santa de tiempo y eternidad en el seno fecundo de esa mujer, la tierra sin mal de su alma transparente, que recibe, cobija y abriga a la Palabra de Dios, Verbo que se encarna por y para nosotros, Dios del universo en nuestra cotidianeidad.

En la silente humildad de su entrega generosa y confiada se inaugura el tiempo nuevo, el tiempo de todos los asombros, el tiempo que declara la finalización de los imposibles, el tiempo santo de Dios y el hombre, kairós que es ofrenda y bendición que se expande como rocío en el trigal sediento de un mundo que se aferra a campos yertos.

El Dios de María de Nazareth es un Dios magníficamente parcial, deliberadamente inclinado hacia los pequeños, los humildes, los que no cuentan, Dios que levanta a los caídos y libera a los oprimidos, que redime a los cautivos, que interviene con su corazón sagrado en la historia humana para que nadie se pierda, para que haya mesa grande, para que la tierra sea de los mansos, para que todos seamos felices.

Porque cuando la Madre está presente, seguro -sin dudas- allí está el Hijo. Y esa presencia cálida, rostro materno del Dios de la vida, siempre nos está recordando que es menester hacer lo que Jesús nos diga, para que la vida no se nos apague, que no falte el vino de la justicia, y que sea la existencia una fiesta agradecida, con todo y a pesar de todo.

María es Reina de tanto que se parece al Hijo. En la mirada y en el corazón, y el universo entero es distinto por un Sí enorme de una mujer tan sencilla. Porque la Salvación está entre nosotros, porque la Gracia fecunda la tierra.

Paz y Bien


Servidores del gran banquete



Para el día de hoy (21/08/14) 

Evangelio según San Mateo 22, 1-14





El banquete -ágape- como reunión amplia y amorosa de Dios, es la celebración de los esponsales del Hijo de Dios con la Iglesia, familia inmensa, familia humana con fecundo destino de eternidad.

Sus servidores, en parte a causa de ofensivos e ignominiosos desplantes de los invitados primeros, han sido enviados a todas las encrucijadas de todos los caminos, en todas las esquinas de la vida. Es una noticia estupenda, magnífica, asombrosa. Han de convidar a todos los que encuentren, nadie ha de quedarse sin invitación.

Pero esta misión tiene cierto color que no puede soslayarse: los servidores han de cumplir con riguroso empeño en llevar las invitaciones. Pero carecen de derecho alguno a seleccionar a los invitados: el rotular, clasificar o seleccionar quién participa y quién no lo hará es atribución exclusiva del Rey.

Para los servidores no ha de contar la bondad o maldad, la luz o la oscuridad, la belleza o fealdad de los invitados. Para los servidores lo que verdaderamente ha de contar es la sorprendente e infinita amplitud de la generosidad del Dueño de casa.

Para nosotros, pobres y pequeños servidores, ha de contar precisamente éso. Para nosotros, que cuente solamente la asombrosa Gracia de Dios.

Paz y Bien 

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