Jamás se vió nada igual



Para el día de hoy (08/07/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 32-38




Al sumergirnos en las profundidades de este pasaje, es menester tener en cuenta el ámbito en donde se desarrolla la escena: la Palabra nos sitúa en la sinagoga, en plena celebración del Shabbat. Era el día santo y el momento específico de la semana para todo varón judío que se preciara como tal, en el que se oraba en la sinagoga junto a la congregación -tal es la traducción literal del término sinagoga, congregación-, se escuchaban lecturas de la Torah y los profetas, se los comentaba y se debatía.
Las normas para la asistencia eran muy rígidas: tenían vedada la entrada los niños, pero muy especialmente los impuros, es decir, aquellos que la Ley consideraba indignos por enfermedades o acciones productos del pecado. Las mujeres tenían un reducido espacio separado, y carecían de derecho a opinar, espectadoras pasivas de la fé.

Por todo ello, que en medio de la nutrida asistencia le presentaran al Maestro a un hombre sin habla, cuya enfermedad se atribuía a un espíritu demoníaco, no sólo era infrecuente sino hasta escandaloso. Ese hombre no tiene derecho a estar allí, y mucho menos Jesús de Nazareth a recibirle como un igual y a hacer algo por él.
Como si no fuera suficiente, el amor de Dios que desborda en Cristo obra maravillas, y hay un alma purificada y una voz recuperada. Pero la infracción criticada ahora deviene, en los corazones de esos hombres severos, en afrenta intolerable. Hay que trasladarse por un momento al plano simbólico: un hombre sin habla es un hombre que no se puede comunicar con los demás, que no puede expresar lo que piensa y siente, y sobre todo, es un hombre incapaz de proclamar su fé.

Ese hombre mudo es Israel envejecido y envilecido por un cúmulo de normas estrictas y preceptos rígidos sin corazón y sin Dios. Y a veces también ese Israel es -dolorosamente- la misma Iglesia.

Pero contra todo pronóstico, es el tiempo de la Gracia y la Misericordia, tiempo santo de Dios y el hombre, de un Dios decididamente inclinado a todas esas multitudes derrengadas de dolor, como bajas dolorosas de tantas guerras, como ovejas extraviadas por falta de cuidado, como simples objetos librados a su suerte.

Cristo es la constante referencia a desterrar cualquier adjudicación azarosa al acontecer humano. Así como no hay casualidades sino más bien causalidades, así también no vacilaremos en afirmar que en Dios está nuestra suerte y nuestro destino.

Sin embargo, la tarea es enorme. Es imprescindible la súplica por nuevos obreros, pues la mies es abundante; pero esa plegaria no es solamente el rogar por otros distintos de nosotros, sino también ponerse en la sintonía misma de Dios. De corazones dispuestos, de la escucha atenta que surge de la oración, nace y se descubre la misión.

Porque jamás se vió nada igual, pues nada hay que pueda compararse a la Misericordia ni a Aquél que es su misionero por excelencia y entrega abnegada y absoluta.

Paz y Bien

Sin acostumbrarse



Para el día de hoy (07/07/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 18-26




La liturgia hoy nos brinda una lectura del Evangelio según San Mateo en el que, en principio y en su superficie, podemos encontrar dos paralelismos muy interesantes. En ambos casos se trata de mujeres: una de ellas, degastada por una enfermedad que se la está llevando por ríos de sangre, se encuentra en las cercanías de la muerte, sin dignidad y sin futuro. La otra, es una niña que por las normas sociales imperantes está muy cerca de convertirse en mujer y madre; pero la intempestiva irrupción de la muerte la tala como a un árbol joven que aún no ha dado frutos.

A la mujer adulta, doce años de hemorragias que le llevan su femineidad y su vida. A la niña, doce años que no agregarán ni un día más. A Israel, doce tribus sometidas, sin esperanzas.

La mujer que padece las hemorragias porta una impureza ritual que deviene en ostracismo social: la Ley supone que la enfermedad es consecuencia del propio pecado -o de pecados de los padres- y esa impureza indica que no tiene permitido participar del culto y de todo contacto comunitario, inclusive familiar, pues el contacto con un impuro, en cierto modo, contagia esa impureza. Para colmo de males, es mujer, y en la sociedad del siglo I tiene muy pocos y escasos derechos, en general los que le otorga el esposo, no se le escucha ni se le protege legalmente. Además de la soledad impuesta, es una mujer que no puede tener hijos, ni vida íntima, ni salud plena, y debe languidecer en soledad, sumida también en la conciencia de una idea culposa propia.

La niña ha fallecido. Siguiendo la Ley, y más allá de cualquier ternura y dolor de los padres, se trata de un cadáver que no debe, por ningún motivo, ser tocado. La misma familia queda teñida de una aureola de impureza y ha de cumplir con los ritos mortuorios, que tienden a ahondar el dolor de la pérdida, fedatarios crueles del luto.

Pero es un tiempo distinto, nuevo y sorprendente, definido para siempre por un Dios que se ha acercado a la humanidad, tan cercano que se ha hecho hombre desde María de Nazareth, uno más entre nosotros en Jesucristo, Señor y hermano de todas nuestras penas y alegrías.
La Encarnación -misterio insondable de amor- inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, urdimbre santa de salvación.

En Cristo acontecen todas nuestras esperanzas, pues a todos busca, a nadie rechaza, dador incansable de bendiciones, del amor de Dios que se derrama como lluvia buena, salud y liberación. Pues no se trata solamente de sanar cuerpos, sino también de vendar corazones heridos y enderezar razones que se extraviaron.
Pero imaginar un Cristo que hace todo, aún cuando fuera causa de nuestros asombros y alabanzas, nos quedaríamos solamente en un Mesías sanador y taumaturgo.

Se ha inaugurado el Reino de Dios, el tiempo de la Gracia, el aquí y el ahora de la Salvación, y esa Encarnación implica también una reciprocidad bondadosa y fiel del hombre. Y toda fidelidad -toda fé- se desarrolla desde la confianza, y confianza en Alguien.

En el caso de la niña y en el caso de la mujer suceden dos cuestiones fundamentales y similares: tanto la hemorroísa como el padre de la niña no se acostumbran ni se resignan a un sufrir sin sentido. A pesar de que todo -y todos- digan e indiquen lo contrario, jamás hay que resignarse al dolor y a la muerte, porque Cristo pasa, porque Cristo jamás dirá que nó y porque desde la fé todo es posible.

Porque la Resurrección ha desterrado para siempre a todos los no se puede. Alabado sea Jesucristo.

Paz y Bien
 


Escondido en la historia



Para el día de hoy (06/07/14) 

Evangelio según San Mateo 11, 25-30



La Encarnación es el misterio insondable de la irrupción del Dios eterno en la historia, asumiendo hasta las últimas consecuencias la condición humana en Jesús el Cristo, a través de la humildad y la pequeñez de María de Nazareth.

Así entonces, al Dios del universo, Aquél que es el Totalmente Otro no hemos de buscarle en cielos postreros -post mortem-, en glorias inaccesibles, por medio de intrincados y restrictos rituales y teologías de constantes abstracciones. Al Dios de José y María de Nazareth, al Dios de Jesucristo lo encontraremos resplandeciente en la historia humana, y en una maravillosa y santa ilógica, se oculta a los sabios, a los prudentes, a los que se creen algo y alguien por sí mismos, y se revela en todo su esplendor a los pequeños.

Los pequeños del Evangelio no son los niños, aunque la ternura de Dios esté con ellos. Los pequeños del Evangelio son los que no tienen voz, los que no cuentan, los que nadie escucha, los que no son tenidos en cuenta excepto para los votos o para la guerra, los cautivos de tantas opresiones, los demolidos por la miseria, los mirados y tratados con desdén porque no son exactos en sus decires pero bulle en sus corazones una fé que no suele encontrarse en templos enormes ni en centros de poder y conocimiento religioso.

Justamente allí, en todas las Galileas que miramos con sospecha y cierto desprecio, allí está vivo el Dios de la Vida, y es allí en donde todo debería comenzar de nuevo, como cierta vez el Redentor dió comienzo a los tiempos definitivos de la Salvación.

Un Cristo hermano de los pequeños, que revela y rebela con mansedumbre y humildad de corazón es el fundamento cabal de todas las esperanzas, especialmente para los agobiados, para los que agonizan en silencio, para los indefensos, para los que no aguantan más, para los que han sido doblegados por una miríada de obligaciones que se les han impuesto en nombre de ciertos dioses falsos, pero que no provienen de ese Dios que es vida plena y liberación en Cristo.

Porque sólo en Cristo hay carga ligera y yugo bondadoso, salud y libertad, Salvación.

Paz y Bien





El vino nuevo de la comunidad cristiana



Para el día de hoy (05/07/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 14-17




En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth coexistían, en simultáneo, distintas concepciones de convivencia y cosmovisión religiosa; podemos, entre ellas, mencionar a los fariseos, los publicanos, los esenios, los saduceos, los discípulos del Bautista, la incipiente comunidad cristiana de los seguidores del Maestro.

Dos de estos grupos tenían rasgos muy específicos. Por un lado, los fariseos -profundamente piadosos- observaban con extrema minuciosidad lo preceptuado en la ley de Moisés, evitando laxitudes religiosas, y suponiéndose receptores perfectos de todas las bendiciones por la acumulación de esos méritos de piedad y observancia. No estaban exentos tampoco de una lectura lineal y literal de las Escrituras, y por ello mismo devenían en un fundamentalismo extremo que no admitía a otros que no fueran pares, tales como ellos: esta comunidad es muy reducida, tal como su mismo nombre lo sugiere -fariseo implica separado-.

Por otro lado, los discípulos de Juan el Bautista predicaban un bautismo de conversión y una vida de penitencia, con el fin de acelerar los tiempos mesiánicos, de que la llegada del Mesías aconteciera cuanto antes.

Por eso mismo, el surgimiento humilde de la primera comunidad cristiana los confunde, los desestabiliza y los escandaliza. Porque en esa comunidad creciente no hay adhesiones voluntarias, sino que sus miembros se descubren felizmente llamados a ser hermanos. No cuentan tanto los méritos ni se buscan recompensas, pues sin merecimientos se les ha regalado a pura bondad Salvación y eternidad. No esperan que lo que hagan decida advenimiento alguno, pues saben que el Maestro siempre estará con ellos, que la Gracia los sostendrá, que el Espíritu encenderá sus vidas apagadas para que el Reino suceda y la Iglesia se edifique.

Ellos se han descubierto hijos y, por lo tanto, hermanos. En la comunidad cristiana se ha de beber el vino nuevo de la caridad, vino de fiesta, vino nuevo para vidas nuevas que celebran el milagro de la existencia.

Paz y Bien

La otra hospitalidad




Para el día de hoy (04/07/14) 

Evangelio según San Mateo 9, 9-13




La llamada de Cristo al seguimiento, al discipulado es bendición y es milagro, signada por el perfume eterno de la Gracia. No está condicionada por los méritos de quien es llamado, por los merecimientos acumulados, por su posición, su formación o su status social o religioso.
Es una asombrosa invitación a compartir su vida, y por ello el discipulado no es un voluntario. Las primacías son siempre de Dios, es el Señor quien se acerca, quien nos busca sin descanso, quien a pesar de la ristra gravosa de miserias que solemos acarrear insiste con tozudez amorosa de Padre para que nos pongamos en camino, para que abandonemos todo lo que nos ata a las tinieblas.

Más aún: a diferencia de Pedro y los otros -pescadores de oficio todos ellos- Mateo/Leví es un publicano, es decir, un judío reclutado por el opresor romano que ha de recaudar tributos para el César, y que habitualmente extorsiona al pueblo cobrando de más para enriquecerse de modo espúreo, amasando grandes fortunas. Por ser visto como un traidor y por los abusos de explotación que comete, un publicano tiene, para sus paisanos, la misma estatura moral de los criminales y las prostitutas. Es alguien que jamás será bien recibido en ninguna casa de Israel, excepto en la de sus pares.
Con todo y a pesar de todo, Cristo rompe esa tradición establecida. La Gracia desborda cualquier razonabilidad, y destella el insondable amor de Dios que nos busca sin fijarse en el pasado, sino germinando un presente nuevo y pleno, y soñando todo lo que podemos llegar a ser.

El convite al discipulado, a una vida nueva y re-creada desata las alegrías perdidas, y es ocasión de festejo que no debe pasarse jamás por alto. Pero en el caso de Mateo, por los motivos que antes señalábamos, será un banquete acotado a otros hombres similares a él mismo, publicanos, pecadores públicos. Y el Maestro está allí, y también celebra: una vida recuperada vale más que todo el universo.

Sin embargo, un vendaval de críticas se desata, y es que Jesús de Nazareth -efectivamente- se contamina al compartir la mesa con esos hombres. Porque mesa compartida implica ratificación cordial de la existencia, y para esos hombres severos y criticones una comida con publicanos es intolerables, aún cuando ellos conocen bien el mandato de la Ley de Moisés acerca de la hospitalidad.

Es una dolorosa paradoja. Los hombres férreamente religiosos rechazan a Cristo, mientras que los que estaban perdidos y destacaban por sus máculas evidentes, ellos sí lo honran y celebran de veras.
En ese banquete se decide mucho más que un sabroso menú degustado. Allí se resuelve con carácter trascendente la otra hospitalidad, que es recibir en la casa/existencia la presencia del Redentor, y así, descubriéndolo vivo y presente, a nuestro lado, toda la vida se vuelve una acción de Gracias por tanto siendo tan poco, tan pequeños, todo alegría, pura Gracia.

Paz y Bien

Herencia feliz




Santo Tomás, Apóstol 

Para el día de hoy (03/07/14) 

Evangelio según San Juan 20, 24-29





Recordemos por un momento el escenario en donde se desarrollan los hechos que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy: los discípulos se encontraban encerrados por temor a posibles represalias para con ellos, ese miedo a correr la misma suerte del Maestro. Padeciendo quizás un síndrome de ghetto, están paralizados por temor y por tristeza, pues jamás hubieran esperado que todo sucediera de un modo tan cruel, que Jesús se les hubiera muerto en derrota total a manos de sus enemigos.
Pero para el Señor no hay muro ni cerradura que pueda interponerse, especialmente esos obstáculos que gustamos de ubicar en nuestras almas, e inevitablemente se hace presente pleno de paz y de bendición.

Uno de los apóstoles -Tomás, llamado el Mellizo o Dídimo- no se encontraba con ellos. A su regreso, los otros le comunican con fervor que han visto al Señor, de nuevo vivo, otra vez con ellos. Pero Tomás se obstina -es un tenaz cabeza dura- y no cree, exige la certeza sensorial, mirar, tocar, ver para creer.

El símbolo no puede ser más explícito: la experiencia pascual, la experiencia del Resucitado sólo puede acontecer en comunidad, junto a los hermanos, jamás en soledad, y esto es crucial. La Iglesia, en tanto que comunidad y familia de las hijas y los hijos de Dios, es sacramento de Salvación, testigo fiel del Resucitado, y fuera de sus amparos no es posible que la fé madure y crezca.

Pero así como Tomás se obstina en su incredulidad, hemos de notar que a su vez hace una confesión tan contundente que atraviesa el velo de los siglos: Señor mío y Dios mío!. Porque el Crucificado, su Maestro, es el Resucitado que ha derrotado la muerte, que vive para siempre.
Es a través de las idas y vueltas de Tomás, que a pesar de todo es un hombre de fé, que nos llega una bendición y una luz magnífica a todos los creyentes de todos los tiempos, una bienaventuranza decisiva para todos nosotros, frágiles peregrinos de estos rumbos.

La fé en Jesucristo es nuestra herencia mejor, y será por siempre motivo de felicidad y causa de todas las alegrías.

Paz y Bien

El único poder que cuenta



Para el día de hoy (02/07/14) 

Evangelio según San Mateo 8, 28-34




Varias veces se ha mencionado, pero nunca está de más recordarlo: los Evangelios no son crónicas históricas o narraciones atadas a devenires históricos exactos, sino que son relatos teológicos, es decir, espirituales. Por eso mismo, como tales y como Palabra de Dios es menester animarse a ir más allá de las apariencias, superar la mera literalidad, ir hacia la escucha atenta y fecunda.

La liturgia hoy nos ofrece una lectura plena de símbolos, es decir, de ventanas por las cuales podemos atisbar al infinito, la eternidad, Dios.

La Palabra nos sitúa en tierras de los gadarenos, parte de la Decápolis; era un grupo de diez ciudades que no pertenecían a Israel, que tenían gobiernos propios y que eran particularmente paganas en su gran mayoría. Como área de gentiles, es casi imposible que un rabbí judío camine por sus calles en talante misionero y de enseñanza: el ministerio de Jesús de Nazareth es asombroso, desafiante y rompe con cualquier norma impuesta, con los preconceptos que se abroquelan en rígidos corazones, pues la Salvación ha de llegar a todos los pueblos.

Todo parece obscuro, plagado de signos de inhumanidad. Son dos los endemoniados, símbolo de un alma alienada, partida, fracturada su existencia por un dolor que es difícil de identificar. Y habitan entre los sepulcros, casas habituales de la muerte, no hogares para ninguna persona; en su miseria y por la pavura que provocan, también conocen como propia a la soledad. 
El gran problema es también la resignación, el acostumbrarse a estar mal, el acomodarse al sufrimiento, los devaneos escasos de la mera supervivencia. Por eso se eleva la queja airada. La sola presencia del Maestro quebranta el tempo malsano con música nueva, y en esa queja hay, quizás sin quererlo, una gran verdad: llega una Salvación que es aquí y es ahora, no una cuestión lejana de tiempos postreros.

La piara de cerdos son el símbolo de de lo impuro, de lo aberrante, de lo ajeno a Dios. Está muy bien que se pierda todo en el precipicio del olvido, pero el cuestionamiento de los gadarenos tiene el mismo tenor de aquellos que anteponen posesiones y poder por sobre el bien de los demás. Porque en el horizonte de la Gracia, una sola vida vale más que todos los tesoros del mundo, y es algo que aún no hemos terminado de aceptar.

La sola presencia del Señor es motivo de salud/Salvación, de liberación. 
Porque en verdad el único poder que cuenta es el amor de Dios. Todo lo demás es perecedero y pasajero, sólo el amor permanece para siempre.

Paz y Bien

Tempestades




Para el día de hoy (01/07/14) 

Evangelio según San Mateo 8, 23-27




Por su ubicación y por la geografía que lo circunda, el llamado Mar de Galilea -que en realidad es un lago de agua dulce- suele presentar, merced a fuertes vientos que se forman en la zona, furiosas tormentas y un oleaje mayúsculo en sus corrientes. En los tiempos del ministerio de Jesús, siglo I de nuestra era, sus aguas bullían de peces, por lo que el mar galileo era fuente de sustento para muchas familias de pescadores y un gran motor económico de toda la zona.

Varios de los discípulos del Maestro eran del oficio, pescadores experimentados y grandes conocedores de mareas y características propias de esas aguas que consideraban suyas. Así, subidos a una barca y en su mar, el grito desesperado de esos hombres curtidos frente a la tormenta que arrecia es signo cierto de que lo que saben y conocen no les basta, no es suficiente, y que tienen miedo a esa fuerza que se les hace desconocida. Para colmo de males, el Maestro dormita tranquilamente.

Un paréntesis: esa imagen de Cristo recostado, tejiendo una siesta reparadora, resplandece el rostro humano de Dios que ha asumido hasta nuestras más pequeñas debilidades, el cansancio de nuestros cuerpos, la necesidad de reposo. Sólo que el Señor no sólo descansa en una tabla de la barca, sino que reposa en su Padre.

En cierto modo, y de no mediar auxilio, esos pescadores son hombres muertos. Toda su experiencia no les sirve para enfrentar la magnitud de la tempestad que los acomete, y es casi seguro que la barca dará una vuelta de campana y han de morir ahogados.
Aún así, presos del terror que los paraliza, no han permitido que se les apague el último rescoldo de confianza que les queda, y a voz en grito acuden al Maestro que sigue durmiendo. Claman por auxilio, porque -aunque sea de un modo imperfecto- tienen algo de fé en el Cristo que vá con ellos.

Y Cristo los rescata, con la autoridad de la vida, con la fuerza misma del amor. Es semblanza perfecta del Todopoderoso porque ama. Y esos hombres no son liberados de una tormenta brava, sino quitados de las garras mismas de la muerte, enteros para la Salvación, plenos para que su fé madure y crezca.

Porque la autoridad del Señor implica que hace nacer cosas nuevas, y no tanto que suprima las malas. Y no hay mal que se resista a su sola presencia.

Somos navegantes, peregrinos en este mar grande que es el mundo. Nuestras débiles y acotadas existencias suelen verse acosadas por tempestades generadas en el devenir de los tiempos o por chubascos electos voluntariamente. Casi siempre nos parece que Dios se ha dormido, pues nos agobia no escuchar las respuestas y palabras que nos imaginamos.

Pero el silencio de Dios es de una diáfana claridad y contundencia para los corazones capaces de confiar y, por tanto, de oír y escuchar a pesar de tantos truenos.

Nadie debe perecer, Cristo navega con nosotros.

Paz y Bien

Sin atenuantes ni medias tintas



Para el día de hoy (30/06/14) 

Evangelio según San Mateo 8, 18-22




A Jesús no le gustaban demasiado las multitudes fervorosas o eufóricas. Lo masivo no necesariamente es popular y suele despersonalizar a las gentes, por más que tan a menudo gustemos de afirmarnos en la aparente fuerza de los números y la masividad; sin embargo, lo que cuenta es lo que habita en los corazones, y un corazón transparente, humildemente firme en Dios, puede lo que no pueden ejércitos ni poderes.

Hay que atreverse a sumergirse en las profundidades de ese mar sin orillas del Evangelio, con el coraje necesario para ir más allá de la literalidad, infinito universo de los corazones que se entreve desde los signos y los símbolos.

Así entonces, a Cristo no se lo puede encerrar en moldes prefabricados ni pretender -absurdamente- apropiárselo por la fuerza de la cantidad o la pertenencia. Este Cristo siempre se nos cruza a las otras orillas, tierra sin mal de la libertad, de la Salvación.

Pero el seguimiento de Cristo no es para simpatizantes, adherentes o piadosos cristianos de medio tiempo. 

El seguimiento de Cristo implica imitar en la propia existencia toda su vida, vivir como Él vivía, amar como Él amaba, ser fiel hasta el extremo de morir por esa tenacidad, no reservarse nada para sí, no buscar excusas ni atenuantes. La radicalidad del Reino es una vida nueva, de contundencia definitiva.
Es también desprenderse de todo lo que se hace lastre, lo que ata, lo que detiene, que el pasado sea en verdad historia para que pueda ser fértil el presente y germine el futuro, para que lo que es viejo, lo que perece no condicione ni imponga determinaciones.

Para que acontezca la Salvación a partir de nuestro testimonio, no por nuestros méritos, sino porque es Cristo quien vive en nosotros.

Paz y Bien

El ministerio petrino



Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Para el día de hoy (29/06/14) 

Evangelio según San Mateo 16, 13-19




La liturgia de hoy nos brinda una lectura del Evangelio según San Mateo que posee cuestiones que, en sus diversas interpretaciones, son cruciales para el ecumenismo, para los duros y esforzados pasos en la búsqueda de la unidad de los cristianos, tan ansiada y querida por Cristo. Precisamente esas interpretaciones, en especial las referidas al papado, son las que a veces trazan una línea abismal e insalvable entre hermanos que deberíamos caminar juntos, como esos Pedro y Pablo de los que hoy hacemos memoria, tan distintos entre sí -casi casi opuestos- y sin embargo tan hermanos como el que más, tan de Cristo y del pueblo de Dios, familia de los creyentes que llamamos Iglesia.

Desde aquí, con las evidentes limitaciones que se poseen, no hay intención de ejercer apologéticas ni de buscar debates teológicos. El propósito es siempre muy modesto, intentar compartir vivencias del mejor modo posible; si ello es bueno, seguramente el Espíritu se encargará del resto, de hacerlo fructificar y madurar. No hay méritos que reivindicar, pues todo, sin excepciones, es bendición, don, gracia y misterio.

Así entonces el afán de detenernos a contemplar a Simón, hijo de Jonás, galileo y pescador de oficio, seguidor del Maestro. Están en Cesarea de Filipos, ciudad importante edificada por el tetrarca de turno al emperador romano opresor, elevado según la costumbre a deidad. Es el símbolo preciso de un mundo que se ha inventado nuevos dioses e ídolos falsos a los que rinde culto, y que mientras tanto disminuye con voraz velocidad varios escalones en humanidad, toda vez que la ausencia de libertad y de verdad oprime y confunde, especialmente a los pequeños.
En esa confusión, son diversos los rótulos que le irrogan a Jesús de Nazareth. Algunos creen que es el profeta Elías de regreso, otros Juan el Bautista redivivo, otros -depositando en Él sus ansias de libertad y restauración de la propia historia judía- que es uno de los grandes profetas de Israel como Jeremías. Todas esas identificaciones quizás respondan, en parte, a transferirle a ese Cristo los colores y caracteres de las propias necesidades e inquietudes más profundas. Es razonable y comprensible, pero esas ansias suelen ser directamente proporcionales a su carencia de verdad. Porque a Cristo se le reconoce desde el corazón: es un acto de fé profunda, don y misterio.

El pescador galileo, frente a la confusión de las gentes, hace una declaración tan contundente que estremece en su seguridad, en su certeza: ese rabbí es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo. No es merced al esfuerzo de su razón, ni a una conveniencia ideológica: es el Espíritu de Dios que lo ilumina y lo impulsa, y desde esa revelación eterna no vacila en confesar a Jesucristo, fundamento primordial de una fé que no es adopción de ideas ni adhesión a doctrinas, sino la confianza depositada en Alguien, Jesús el Cristo de nuestra salvación.

Así, cuando en la existencia acontece ese encuentro salvador, nada volverá a ser igual, y es por ello que Simón será conocido como Pedro. Un nuevo nombre para una nueva vida que tiene una misión, misión que no otorga privilegios ni honras sino que se caracteriza por su fé y por el ministerio de servicio abnegado a los hermanos.

Pedro será fundamento de la Iglesia y tendrá primacías solamente desde la caridad. Cuando se aparte de ese amor fundante, torcerá el horizonte, y en una confianza asombrosa inusitada Cristo hace extensivo el ministerio petrino a toda la Iglesia, asamblea, comunidad y familia de los creyentes.

Pues hay muchos que están alejados aunque se encuentren físicamente cerca, y es primordial re-ligarlos, establecer nuevos vínculos desde la caridad. Y es importantísimo también desatar todos los nudos de inhumanidad que hieren, que cautivan, que anulan corazones y cuerpos.

Quiera Dios que pongamos manos a la obra en esta tarea a la que se nos ha invitado, y que es la de edificar, con Cristo, esta familia que es la Iglesia.
Y quiera Dios también cuidar, proteger, iluminar y sostener a nuestro Pedro, Francisco de toda la Iglesia.

Paz y Bien

Corazón mariano



Inmaculado Corazón de María

Para el día de hoy (28/06/14) 

Evangelio según San Mateo 8, 5-17





Puente humilde y cordial entre la eternidad y nuestras limitadas existencias es el corazón inmaculado de María de Nazareth.
En Ella acontecen todas las maravillas, todo se hace posible y refleja como nadie la luz divina por ser tan transparente, tierra sin mal, pura Gracia que la transforma, anticipo cierto del Hijo, y al igual que Él, poseedora de un corazón que, por sobre todas las cosas, ama.

Los corazones marianos son aquellos que se descubren mínimos, pequeñísimos, insignificantes pero aún así amados hasta el extremo por ese Dios que se revela Padre y Madre, un Dios que los habita y los florece, un Dios que los bendice con plenitud, felicidad perenne que ninguna cruz -por dolorosa o cruel que fuere- puede desterrar.

Los corazones marianos son aquellos que son capaces de cobijar en el rescoldo de sus honduras a la Palabra, y dejar que germine para que la nueva vida y los buenos frutos se hagan presentes.

Por su escucha atenta, por su seguimiento y, sobre todo, por su confianza, María de Nazareth es hermana, es discípula y es Madre.

En un corazón así todo lo bueno y santo es posible.

Ella es el ejemplo perfecto de que la fé, que es don y es misterio, dá su primer paso a partir de la confianza. Y que esa confianza no es la adhesión a un dogma, la pertenencia religiosa o la ratificación de credos. 
Esa confianza es creer en Alguien, Aquél que no nos abandona. Creemos porque confiamos y nos confiamos en Cristo, como ese centurión romano ejemplo del salto enorme que implica el creer, aún cuando en apariencia su oficio y su origen lo arrinconen bajo otros rótulos.

Por eso, un corazón mariano no se deja envolver por la dialéctica espúrea de amigo/enemigo, sino que solamente descubre hijos y reconoce hermanos.

La teología es muy importante. Pero más importante es el amor de Madre que descubrimos en nuestros días y los afectos que le sepamos profesar. Pues donde está la Madre, está el Hijo.

Paz y Bien

Sagrado Corazón, el centro de Cristo




Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Para el día de hoy (27/06/14) 

Evangelio según San Mateo 11, 25-30




Cuando hablamos de corazón, lejos de los límites biológicos, nos remitimos simbólicamente a la esencia misma del ser, a la fuente primordial de cada persona, a aquello que define y decide su obrar y su existir.

En esta Solemnidad, nos detenemos del diario trajín para contemplar en silencio, con devoción y una mirada capaz de asombros al corazón sagrado de Jesús, a su intimidad primordial, a lo que lo constituye y que, por eso mismo, decide nuestra pertenencia, nuestra misión y nuestro destino.

Y desde el vamos el asombro comienza: en este corazón no hay visos de abstracciones ni de vanas declamaciones. Este corazón es inmenso, pues nos contiene a todos -buenos y malos, justos y pecadores- pero se inclina decididamente en favor de los pequeños, un corazón escandalosamente parcial, y esa parcialidad tiene sus raíces en el amor, esencia del Dios del universo. 

Esos pequeños no son exactamente los niños, por quien Jesús tenía y tiene un especial cuidado y dedicación: los pequeños aquí refiere a los humildes, a los mansos, a los que por lo general no cuentan pero que sin ellos la vida no sería posible pues en su confianza, en su fé salan e iluminan estos páramos desolados. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que nadie escucha pero tienen a Dios de su parte, y otro corazón inmenso, el de María de Nazareth, lo supo cantar con palabras imborrables.

En el Sagrado Corazón del Señor es el amor lo que prevalece y sobreabunda como pan bueno y santo, perdón y misericordia, redención y liberación, compasión y socorro.

Nada ni nadie le es ajeno, y en esa bondad se funda nuestra esperanza. Porque Cristo estuvo, está y estará junto a nosotros y en nosotros, con todo y a pesar de todo, celebración de todos los regresos, rescate de los extraviados, consuelo de los afligidos, serena alegría que permanece para siempre porque no hay cruz ni muerte que sean definitivas, tesoro escondido que se multiplica cuando, como Él, se ofrece la vida, la existencia toda en las manos, corazones transparentes a pura Gracia de Dios.

Paz y Bien

Casa Palabra



Para el día de hoy (26/06/14) 

Evangelio según San Mateo 7, 21-29




Sofismas, meticulosos razonamientos, ampulosos discursos, fervorosas prédicas; ya sea en el ámbito religioso como en todos los órdenes de la vida, padecemos y simultáneamente nos permitimos una epidemia de declamación permanente, de palabrerías vanas, y como si ello no fuera suficiente, de la vanagloria y la autosuficiencia que generalmente traen aparejadas tales posturas.
Puras palabras que no son Palabra, y hemos de emigrar de la declamación hacia la tierra santa de la proclamación.

Esa proclamación, antes que decir y discurrir implica obediencia -ob audire-, es decir, escucha atenta.
Porque de Dios son las primacías y todas las iniciativas. El Dios de Jesús de Nazareth es palabra que nos sale al encuentro, Verbo que se hace humanidad en Cristo para que recuperemos el habla perdida, para comunicarnos entre nosotros y con Dios, para vivir y pervivir, para trascender, para no morir.

Así, el horizonte se nos vuelve a millones de mujeres y hombres humildes y silentes que, sin embargo, son Evangelios latientes, que respiran y palpitan Buena Noticia en todos los aconteceres de sus vidas. 
Todos ellos hijos y hermanos de María de Nazareth, que supo escuchar y cobijar en las honduras de su corazón la Palabra de Dios, y esa Palabra la transformó en Madre y discípula bienaventurada por todos los siglos.

Podremos tener respaldo monetario, lujosas viviendas, una férrea malla de contención religiosa y social; más, frente a las tormentas que toda existencia suele atravesar, ahí saltan a la vista los fundamentos verdaderos, reales, decisivos.

Esta vida que se nos ha concedido generosamente tiene el mandato de volverse casa Palabra, en donde se vive como Jesús, se ama como Jesús, se sirve como Jesús, roca firme que no conoce derribos.

Paz y Bien

Criterios de discernimiento



Para el día de hoy (25/06/14) 

Evangelio según San Mateo 7, 15-20




En aquello que nos brinda el Evangelio para el día de hoy, hemos de proceder con cierto cuidado y esmero: la enseñanza del Maestro no está dirigida hacia cómo debemos juzgar a los demás -tal vez y específicamente a nuestros pastores- sino más bien el dotarnos de criterios de discernimiento para andar con pies ligeros y a paso firme en este peregrinar que es la existencia. Pues tropiezos, a causa de nuestras imperfecciones y nuestras miserias, sucederán. Pero no es cosa de andar a los tumbos, oscilando de un lado a otro sin ton ni son.

La psiquis puede jugarnos malas pasadas, y los sofismas y falacias están a la orden del día, cada vez más refinados y elaborados. En ese universo puramente discursivo, es fácil para todos caer en la trampa, pero con mayor riesgo y gravedad los más pequeños, los que se asoman a la existencia y los que recién han germinado a la fé.

Por eso mismo, el tomar las palabras como brújula puede conducirnos a las arenas movedizas de una fé pervertida y a una caricatura del Dios de Jesús de Nazareth. Pues esas palabras son flatus vocis, es decir, palabras vacías, voces de aire, más no Palabra de Vida.
Los auténticos pastores, los fieles a la Buena Noticia tienen un persistente olor a oveja, pues están al servicio de los suyos, y su estatura se determina por gestos y acciones de caridad. El Papa Francisco, cuando era nuestro obispo aquí en Buenos Aires, nos lo repetía sin cesar: pastores con olor a oveja...Más aún, los pastores que no portan ese aroma que es producto del servicio, de la abnegación, de seguro son lobos con disfraz. 
Pues los lobos sólo buscan su propio provecho, carroñeros de almas.

Sea para nosotros también una mensura cordial. Porque la única medida de nuestra existencia, la anchura y capacidad de nuestros corazones está determinada por el amor que se practique, por la vida ofrecida para el bien del prójimo.

Paz y Bien

Tiempo de mujeres y niños



Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/14) 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80





La escena que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy a través de San Lucas es bellísima en su sencillez y profundidad, especialmente si utilizamos la consabida utilidad de situarnos nosotros mismos allí, en ese preciso momento, como espectadores patentes de lo que acontece.

Se trata de un poblado pequeño, Ain Karem, ubicado en las montañas. En esos lugares, lo sabemos, todos suelen conocerse entre sí, algo que con el agigantamiento cruel de nuestras ciudades hemos olvidado y perdido. En esos pueblos pequeños los vecinos son casi casi como los parientes -a veces más- y allí la vida y la muerte se comparte, alegrías y tristezas, esperanzas y frustraciones. Por eso el festejo manso de los presentes: Isabel, la que ya parecía destinada más a abuela  sin nietos que a madre primeriza, ha dado a luz a un niño. Esas gentes saben reconocer, sin que nadie se los diga, el paso bondadoso de Dios por las vidas ancianas de Zacarías e Isabel.

Un niño que nace es un libro nuevo a escribirse en su totalidad. Pura esperanza, todo expectación, en donde los más sabios no se afanan en proyectar sus causas quebradas, lo que ellos no tuvieron, sus derrotas que ansían convertir en victorias, sino que celebran la esperanza que trae una vida nueva que se les duerme entre sus brazos y manos de trabajo, una vida en donde todo es posible. 
Aún así, esas gentes intuyen que en ese bebé hay algo más, algo especial, y se le encienden los sueños intentando saber cual será el horizonte maravilloso que tendrá el niño que además de ser un poco hijo de cada uno de ellos, es la vida que continúa, la vida que prevalece, con todo y a pesar de todo.

En esos afectos, en esa cercanía cordial, pretenden terciar en la decisión de nombrar al nuevo hombrecito. Las tradiciones pesan, pero más aún esos cariños que a menudo no se morigeran, y con obstinada ternura pretenden que el bebé lleve, según la costumbre, el nombre de su padre Zacarías.

Pero cada niño ha de tener alas propias, vuelo personal, volará por sí mismo y no tanto por los antecedentes de sus mayores. Es una vida nueva y, en este caso, una vida muy especial que requiere un nombre también especial, y por eso mismo el niño ha de llamarse Juan, que literalmente significa Dios concede una gracia, una bendición. 
Todos los niños son una bendición para nuestros corazones envejecidos, pero ese niño en particular es señal de la fidelidad absoluta de Dios para con su pueblo.

Se trata de un tiempo nuevo y muy, muy extraño, imprevisiblemente maravilloso.
Los caudillos, los guerreros, los sacerdotes han de guardar silencio, pues la confianza -paso primordial de la fé- la han abandonado.
Es tiempo de mujeres y de niños, y ellos han de cambiar la historia misma de la humanidad. Las mujeres, por cobijar en las honduras de su corazón la fé en su Dios y la Palabra que descubren como Gracia y Misericordia.

Los niños, abriendo puertas y ventanas.
Uno, allanará las huellas y preparará desde su integridad los caminos.
El otro, bebé santo, traerá la vida definitiva que nada ni nadie podrá quitarnos, esta alegría perenne de Dios con nosotros, de sabernos hijas e hijos de Dios.

Paz y Bien


De la solidaridad



Para el día de hoy (23/06/14) 

Evangelio según San Mateo 7, 1-5


La liturgia de hoy nos ofrece la enseñanza de Jesús de Nazareth acerca del juicio hacia los demás, y a partir de allí, de nuestra relación con Dios. Sin embargo, cobra sentido pleno cuando se medita en el horizonte de la vida comunitaria, pues es allí en la comunidad en donde únicamente se puede vivir en plenitud la Buena Noticia.

Tiene que ver con la capacidad de tener una mirada transparentemente recíproca hacia el prójimo, reflejo de un corazón que descubre a su Dios en el rostro del hermano. Tiene que ver con desterrar la crueldad de los preconceptos, de conocerse y re-conocerse por esta única condición filial antes que por cualquier otro motivo. Significa vivir y dejar vivir, pero ante todo con-vivir.

En una comunidad en donde los hermanos tienen -a pesar de sus miserias y sus flaquezas- ansias de fidelidad y transparencia, los lazos se vuelven indestructibles, pues se vuelve rotundo el crisol del Espíritu Santo.

En una comunidad en donde cada uno es reconocido y reivindicado en su identidad primordial de hijo y, por ello, de hermano, todo se edifica sobre la roca sólida del Evangelio y la compasión, y cada gesto, cada palabra y cada acción es descubierta con la alegría de la mano salvadora de Dios antes que como castigo destinado o juicio pretérito.

Pues la solidaridad implica, ante todo, solidez, firmeza en el hermano, abnegación y servicio, vida que se expande en la reciprocidad, esa misma que define que el otro es el más importante pues allí está y resplandece Cristo.

Paz y Bien

Corpus Christi, Dios ofrecido




Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Para el día de hoy (22/06/14) 

Evangelio según San Juan 6, 51-58




Esos hombres estaban desconcertados y ofendidos, tan cautivos de esa literalidad a la que se sometían, tan presos de una religiosidad retributiva, tan dados a las abstracciones. 

Todos ellos eran muy religiosos, hombres profundamente piadosos y, a su modo, férreamente arraigados en la fé de sus mayores. Así entonces, si fueran invitados a una celebración en donde se sirviera carne como gran manjar exclusivo, ellos se preguntarían primero si ese plato es kosher/kashrut, es decir, si cumple con los preceptos de la Ley mosaica respecto de los alimentos permitidos, de aquellos alimentos considerados puros, entre lo que destacará también el modo en que el animal debe sacrificarse, sin que implique consumir sangre bajo ningún punto de vista, y ello tiene que ver, simbólicamente, con que la sangre representa la savia de la vida misma en la biología.

Ellos se sienten confundidos, ofendidos y escandalizados frente a ese rabbí nazareno que se ofrece Él mismo como alimento para la humanidad, de un modo tan explícito, tan carente de figuraciones, y el escándalo que los sobrevuela está originado por varios factores.

Que el mismo Cristo, a partir de un antiguo y venerado ritual de pastores, se ofrezca como alimento concreto sin mediación de la pura simbología es terriblemente conflictivo y horroroso. Hablamos de carne y de sangre, de biología y existencia, de la vida toda como plato principal para desterrar todos los hambres.

Lo sacrificial no puede pasarse por alto: nuevo cordero pascual que salva al pueblo, este Cristo se señala a sí mismo como sacrificio generoso, y es menester regresar a su significación primera: sacrificio implica hacer santo o sagrado lo que no lo es, y Él se ofrece para que el mundo, la vida, cada persona sea santa, permanezca con vida, sea de Dios y para Dios en Dios.

El ofrecimiento primero devengará en rotundo rechazo en la cruz: el rabbí galileo morirá en la cruz como un marginal, como un maldito, nada kosher, opuesto a todo lo que conocen y sostienen, carne repudiada, alimento que no es tal.

Sin embargo, lo que más molesta y que flota tácitamente en ese ambiente tan cargado es que Dios mismo, en ese Cristo de pan y vino, de carne y sangre, se ofrezca a la humanidad sin condiciones previas para que todos vivan para siempre. 
Un Dios ofrecido destierra cualquier idea de méritos acumulables que puedan trocarse por beneficios o bendiciones divinas, balances positivos que habiliten el acceso a cielos postreros.

Concreto y real, Dios ofrecido, Cristo sacrificado por todos y por cada uno, mesa inmensa tendida en donde nadie debe faltar, vida compartida que celebra la vida ofrendada, Eucaristía que compromete con un para siempre en la abnegada y humilde oblación de estas pequeñas existencias que somos, y que hacen que la vida se expanda pues, en cada mujer y en cada hombre hay un templo vivo del Dios de la vida.

Paz y Bien

O hijos, o esclavos



Para el día de hoy (21/06/14) 

Evangelio según San Mateo 6, 24-34




En el mismo seno de la fé cristiana, siempre ha estado presente -como fuente de conflictos no deseados- cierto tipo de temporalidad adjudicada, que refiere a las secuencias temporales que atribuímos a las cosas de Dios. Así, la providencia poseería cierta cualidad actual pues está directamente relacionada al sustento, a la pervivencia, y el Reino de Dios a lo postrero, un cielo post mortem. Tristemente también, y aún a menudo sin darnos cuenta, tomamos las enseñanzas del Maestro con cierto tenor utópico y romántico, como si lo vivido y predicado por Cristo fuera anacrónico o bellamente imposible.

Pero los tiempos de Dios no son los nuestros, y el Reino está aquí y ahora entre nosotros.

La disyuntiva que nos plantea el Maestro es taxativa, sin medias tintas, y tiene que ver con la plena libertad de los hijos y las hijas de Dios, de reaíz enteramente amorosa y filial, o la esclavitud de los que rinden culto al falso y tramposo dios del dinero.
Quizás una hermenéutica de la economía aquí no sea posible, por las limitaciones de quien escribe y por no ser el espacio adecuado para ello. Sin embargo, la evidencia tangible estriba en que el dinero hace demasiado tiempo que ha perdido su carácter instrumental y por eso deviene en su absolutismo actual, en su generación sagazmente brutal y continua de miseria y de inhumanidad.

Si nos atrevemos a una fenomenología rudimentaria, el ídolo es el Dinero -Mammón en las Escrituras-, su cielo el mercado y su liturgia se esboza en los centros financieros que reniegan tenazmente de los pobres, crueles aras del sacrificio humano porque en sus altares se inmola al prójimo.

No hay espacio ni tiempo para mixtura justificadas. La justicia es la misericordia que Dios nos concede a diario y que replicamos cordialmente en el servicio al hermano, desde la generosidad, la abnegación y la solidaridad.

Podrán argüirse mil y un motivos, razones bien fundadas, cuestiones nacionales y lógicas de estado. Pero el principio es invariable, y el horizonte no se desdibuja en las ansiedades de la cotidianeidad.
Porque es cosa propia de los hijos la libertad, y esa libertad implica el compromiso rotundo de toda la existencia en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia.

Paz y Bien


Tesoro cordial



Para el día de hoy (20/06/14) 

Evangelio según San Mateo 6, 19-23




En otros tiempos y no demasiado lejanos, la reafirmación abierta y explícita de los derechos de los pobres suponía un automático encasillamiento ideológico, especialmente hacia el flanco izquierdo, aún cuando ese clamor de justicia naciera de la enseñanza de Cristo en los Evangelios. Más aún, en varios países de estas doloridas tierras latinoamericanas que tanto amamos, ese compromiso podía lisa y llanamente costar el exilio, el ostracismo o la vida misma; con dolorosa tristeza, hemos de convenir que también esos golpes fueron asestados con la anuencia de cierta jerarquía eclesiástica que poseía la misma mirada esquiva y la misma infidelidad evangélica.

Si bien los tiempos han cambiado, los miedos y las críticas permanecen. Hoy, con burda torpeza, cuando se reclama y se trabaja por la justicia para los agobiados por la pobreza y la miseria, y se denuncia con voz profética las crueldades cometidas en nombre del falso dios mercado, se otorga sin hesitar el sambenito de pobrismo.

Nada más alejado de la verdad, y nada más contrario a la Buena Noticia como el culto al dinero y la devoción al materialismo, cualesquiera sea su color ideológico.

Siempre que las sociedades se aferran a esos ídolos, surge imparable un torrente de esclavos y de graves lesionados por la exclusión, que no tienen otro horizonte que el de la supervivencia cotidiana, almas condenadas aquí y ahora a penas inhumanas porque en los corazones de algunos no hay espacio para nada más que cosas.
Acontecen sacrificios humanos, y no es una alusión menor ni una figura literaria, pues en el altar del egoísmo sacrificamos al prójimo.

Pero lo cierto es que todos, invariablemente, a la hora de nuestra partida sólo nos llevaremos aquello que hemos sido capaces de dar. Comenzando por nosotros mismos.
Si jugamos con los sentidos -tan limitados y limitantes- y conferimos a la vida eterna el nombre de un cielo ubicado en un determinado estrato superior, todo lo que no tiene valor y que causa tanto mal es lo que nos aferra al aquí abajo, lo que nos retiene y detiene.

Los corazones ligeros, capaces de volar y pervivir para siempre, por la infinita y asombrosa misericordia de Dios, son aquellos que han sabido acumular lo único que jamás perece y que se acrecienta en la medida en que se brinda, y es el amor, Dios mismo entre nosotros y en nosotros.

Paz y Bien


Por la causa de Dios, por la causa de los hermanos








Para el día de hoy (19/06/14) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15




Por Cristo, sabemos que la vida cristiana en plenitud se fundamenta en el devenir cotidiano a partir de dos pilares, dos aspectos o ramas de un único tronco frutal, la Gracia de Dios.

Esos dos fundamentos son el amor y la oración.

El amor que se explicita en la abnegación, en el servicio incondicional al prójimo.

La oración, que antes de dicción tenaz y exacta de fórmulas, es escucha cordial del susurro primordial de un Dios que jamás deja de buscarnos, de ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

La cruz de Cristo ya no es señal de muerte y horror, sino signo cierto del amor mayor, de la vida ofrecida para que todos vivan. Y también es un profundo símbolo en su constitución misma: a una cruz la constituyen dos maderos cruzados, uno elevado hacia el cielo, el otro que se expande horizontalmente hacia los lados, así la Buena Noticia también se constituye -indisolublemente- de ese vínculo hacia el Dios del universo y hacia los hermanos.

Por ello mismo, por la oración en la que nos identificamos y que es la oración misma de Cristo, la plegaria es por la causa de Dios y por la causa de los hermanos, sarmientos frutales de la misma savia.

Essa savia nutricia es el amor de Dios, que se revela y nos rebela de toda rutina y acomodamiento cuando descubrimos a Dios como Padre, y nos sabemos hijas e hijos amadísimos que no buscan demasiadas palabras, sino que se aferran a la Palabra.

Paz y Bien

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