Vigilia Pascual - Liturgia y lecturas

Sábado Santo

Vigilia Pascual en la Noche Santa


Primera parte: Solemne comienzo de la Vigilia - Lucernario

Bendición del fuego y preparación del Cirio

Queridos hermanos: En esta noche santa, en la que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la Vida, la Iglesia invita a sus hijos diseminados por toda la tierra a que se reúnan y permanezcan en vela para orar.

Si hacemos memoria de la Pascua del Señor, escuchando su Palabra y celebrando sus misterios, esperemos con fe compartir su triunfo sobre la muerte y vivir siempre con él en Dios.

(A continuación el sacerdote bendice el fuego y dice, con las manos extendidas:)

Oremos. Dios nuestro, que por medio de tu Hijo has dado a tus fieles el fuego de tu luz, santifica X este fuego nuevo y concédenos que, por esta celebración pascual, seamos de tal manera inflamados con los deseos celestiales, que podamos llegar con un corazón puro a la fiesta de la luz eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Pregón Pascual

Alégrese en el cielo el coro de los ángeles, exulten los ministros de Dios, y por la victoria de un Rey tan grande, resuene la trompeta de la salvación.

Alégrese también la tierra inundada de tanta luz, y brillando con el resplandor del Rey eterno, se vea libre de las tinieblas que cubrían al mundo entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia, adornada con los fulgores de una luz tan brillante; y resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

V.-El Señor esté con ustedes.

R.-Y con tu espíritu.

V.-Levantemos el corazón.

R.-Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V.-Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R.-Es justo y necesario.

Realmente es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto de la mente y del corazón al Dios invisible, Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Él pagó por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán, y borró con su sangre la sentencia del primer pecado. Estas son las fiestas pascuales, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles. Esta es la noche en que sacaste de Egipto a nuestros padres, los hijos de Israel, y los hiciste pasar a pie por el mar Rojo. Esta es la noche que disipó las tinieblas de los pecados con el resplandor de una columna de fuego. Esta es la noche en que por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo, arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y agregados a los santos. Esta es la noche en la que Cristo rompió las ataduras de la muerte y surgió victorioso de los abismos. ¡Qué admirable es tu bondad con nosotros! ¡Qué inestimable la predilección de tu amor: para rescatar al esclavo, entregaste a tu propio Hijo! ¡Pecado de Adán ciertamente necesario, que fue borrado con la sangre de Cristo! ¡Oh feliz culpa, que nos mereció tan noble y tan grande Redentor! Por eso, la santidad de esta noche aleja toda maldad, lava las culpas, devuelve la inocencia a los pecadores y la alegría a los afligidos. ¡Noche verdaderamente dichosa, en la que el cielo se une con la tierra y lo divino con lo humano! En esta noche de gracia, recibe, Padre santo, el sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te presenta por medio de sus ministros, en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas. Por eso, te rogamos, Señor, que este cirio consagrado en honor de tu Nombre, continúe ardiendo para disipar la oscuridad de esta noche y, aceptado por ti como perfume agradable, se asocie a los astros del cielo. Que lo encuentre encendido el lucero de la mañana, aquel lucero que no tiene ocaso: Jesucristo, tu Hijo, que resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.


Segunda parte: Liturgia de la Palabra


1ª Lectura       (Breve) Gn 1, 26-31a

Lectura del libro del Génesis.

Al principio, cuando Dios creó todas las cosas, dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo”. Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Y los bendijo, diciéndoles: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra”. Y continuó diciendo: “Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde”. Y así sucedió. Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno.

Palabra de Dios.


Sal 103, 1-2a. 5-6. 10. 12-14ab. 24. 35
R. Señor, envía tu Espíritu y renueva toda la tierra.

Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! Estás vestido de esplendor y majestad y te envuelves con un manto de luz. R.

Afirmaste la tierra sobre sus cimientos: ¡No se moverá jamás! El océano la cubría como un manto, las aguas tapaban las montañas. R.

Haces brotar fuentes en los valles, y corren sus aguas por las quebradas. Las aves del cielo habitan junto a ellas y hacen oír su canto entre las ramas. R.

Desde lo alto riegas las montañas, y la tierra se sacia con el fruto de tus obras. Haces brotar la hierba para el ganado y las plantas que el hombre cultiva. R.

¡Qué variadas son tus obras, Señor! ¡Todo lo hiciste con sabiduría, la tierra está llena de tus criaturas! ¡Bendice al Señor, alma mía! R.


Oremos

Dios todopoderoso y eterno, tú eres admirable en todas tus obras; te pedimos que quienes hemos sido redimidos por ti, comprendamos que la creación del mundo, en el comienzo de los siglos, no es obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo, realizado en la plenitud de los tiempos. Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén.


2ª Lectura       (Breve) Gn 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18

Lectura del libro del Génesis.

Dios puso a prueba a Abraham. “¡Abraham!”, le dijo. Él respondió: “Aquí estoy”. Entonces Dios le siguió diciendo: “Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré”. Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: “¡Abraham, Abraham!”. “Aquí estoy”, respondió él. Y el Ángel le dijo: “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único”. Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Luego el Ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, y le dijo: “Juro por mí mismo –oráculo del Señor–: Porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, Yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos, y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, ya que has obedecido mi voz”.

Palabra de Dios.

Sal 15, 5. 8-11
R. Protégeme, Dios mío, porque en ti me refugio.

El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz, ¡tú decides mi suerte! Tengo siempre presente al Señor: Él está a mi lado, nunca vacilaré. R.

Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.

Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha. R.


Oremos

Dios y Padre de los creyentes, que multiplicas a los hijos de tu promesa derramando la alegría de llegar a ser hijos de Dios, y por el misterio pascual cumples la promesa hecha a Abraham de hacerlo padre de todas las naciones; concede a los pueblos de la tierra responder dignamente a la gracia de tu llamado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


3ª Lectura       Éx 14, 15—15, 1a

Lectura del libro del Éxodo.

El Señor dijo a Moisés: “Ordena a los israelitas que reanuden la marcha. Y tú, con el bastón en alto, extiende tu mano sobre el mar y divídelo en dos, para que puedan cruzarlo a pie. Yo voy a endurecer el corazón de los egipcios, y ellos entrarán en el mar detrás de los israelitas. Así me cubriré de gloria a expensas del Faraón y de su ejército, de sus carros y de sus guerreros. Los egipcios sabrán que soy el Señor, cuando yo me cubra de gloria a expensas del Faraón, de sus carros y de sus guerreros”. El Ángel de Dios, que avanzaba al frente del campamento de Israel, retrocedió hasta colocarse detrás de ellos; y la columna de nube se desplazó también de adelante hacia atrás, interponiéndose entre el campamento egipcio y el de Israel. La nube era tenebrosa para unos, mientras que para los otros iluminaba la noche, de manera que en toda la noche no pudieron acercarse los unos a los otros. Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca. Las aguas se abrieron, y los israelitas entraron a pie en el cauce del mar, mientras las aguas formaban una muralla, a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron, y toda la caballería del Faraón, sus carros y sus guerreros, entraron detrás de ellos en medio del mar. Cuando estaba por despuntar el alba, el Señor observó las tropas egipcias desde la columna de fuego y de nube, y sembró la confusión entre ellos. Además, frenó las ruedas de sus carros de guerra, haciendo que avanzaran con dificultad. Los egipcios exclamaron: “Huyamos de Israel, porque el Señor combate a favor de ellos contra Egipto”. El Señor dijo a Moisés: “Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas se vuelvan contra los egipcios, sus carros y sus guerreros”. Moisés extendió su mano sobre el mar y, al amanecer, el mar volvió a su cauce. Los egipcios ya habían emprendido la huida, pero se encontraron con las aguas, y el Señor los hundió en el mar. Las aguas envolvieron totalmente a los carros y a los guerreros de todo el ejército del Faraón que habían entrado en medio del mar para perseguir a los israelitas. Ni uno solo se salvó. Los israelitas, en cambio, fueron caminando por el cauce seco del mar, mientras las aguas formaban una muralla, a derecha e izquierda. Aquel día, el Señor salvó a Israel de las manos de los egipcios. Israel vio los cadáveres de los egipcios que yacían a la orilla del mar, y fue testigo de la hazaña que el Señor realizó contra Egipto. El pueblo temió al Señor, y creyó en él y en Moisés, su servidor. Entonces Moisés y los israelitas entonaron este canto en honor del Señor:


(Sal) Éx 15, 1b-6. 17-18
R. Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria.

Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria: Él hundió en el mar los caballos y los carros. El Señor es mi fuerza y mi protección, él me salvó. Él es mi Dios y yo lo glorifico, es el Dios de mi padre y yo proclamo su grandeza. R.

El Señor es un guerrero, su nombre es “Señor”. Él arrojó al mar los carros del Faraón y su ejército, lo mejor de sus soldados se hundió en el Mar Rojo. R.

El abismo los cubrió, cayeron como una piedra en lo profundo del mar. Tu mano, Señor, resplandece por su fuerza, tu mano, Señor, aniquila al enemigo. R.

Tú llevas a tu pueblo, y lo plantas en la montaña de tu herencia, en el lugar que preparaste para tu morada, en el Santuario, Señor, que fundaron tus manos. ¡El Señor reina eternamente! R.


Oremos

Dios nuestro, cuyas maravillas vemos brillar también en nuestros días, porque lo que hiciste a favor de tu pueblo elegido librándolo de la persecución del Faraón, lo realizas por medio del agua del bautismo para la salvación de las naciones; te pedimos que todos los hombres del mundo se conviertan en verdaderos hijos de Abraham y se muestren dignos de la promesa de Israel. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


4ª Lectura       Is 54, 5-14

Lectura del libro del profeta Isaías.

Tu esposo es Aquel que te hizo: su nombre es Señor de los ejércitos; tu redentor es el Santo de Israel: Él se llama “Dios de toda la tierra”. Sí, como a una esposa abandonada y afligida te ha llamado el Señor: “¿Acaso se puede despreciar a la esposa de la juventud?”, dice el Señor. Por un breve instante te dejé abandonada, pero con gran ternura te uniré conmigo; en un arrebato de indignación, te oculté mi rostro por un instante, pero me compadecí de ti con amor eterno, dice tu redentor, el Señor. Me sucederá como en los días de Noé, cuando juré que las aguas de Noé no inundarían de nuevo la tierra: así he jurado no irritarme más contra ti ni amenazarte nunca más. Aunque se aparten las montañas y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti, mi alianza de paz no vacilará, dice el Señor, que se compadeció de ti. ¡Oprimida, atormentada, sin consuelo! ¡Mira! Por piedras, te pondré turquesas y por cimientos, zafiros; haré tus almenas de rubíes, tus puertas de cristal y todo tu contorno de piedras preciosas. Todos tus hijos serán discípulos del Señor, y será grande la paz de tus hijos. Estarás afianzada en la justicia, lejos de la opresión, porque nada temerás, lejos del temor, porque no te alcanzará.

Palabra de Dios.


Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b
R. Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste.

Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí. Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.

Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría. R.

Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor. Tú convertiste mi lamento en júbilo. ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.


Oremos

Dios todopoderoso y eterno, para que tu nombre sea glorificado multiplica la solemne promesa que hiciste a nuestros padres en la fe y aumenta con tu adopción los hijos de la promesa, para que tu Iglesia reconozca, desde ahora, el cumplimiento de cuanto creyeron y esperaron los patriarcas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


5ª Lectura       Is 55, 1-11

Lectura del libro del profeta Isaías.

Así habla el Señor: ¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David. Yo lo he puesto como testigo para los pueblos, jefe y soberano de naciones. Tú llamarás a una nación que no conocías, y una nación que no te conocía correrá hacia ti, a causa del Señor, tu Dios, y por el Santo de Israel, que te glorifica. ¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar. Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos –oráculo del Señor–. Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes. Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.

Palabra de Dios.

(Sal) Is 12, 2-6
R. Sacarán aguas con alegría de las fuentes de la salvación.

Este es el Dios de mi salvación: yo tengo confianza y no temo, porque el Señor es mi fuerza y mi protección; él fue mi salvación. R.

Ustedes sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación. Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, anuncien entre los pueblos sus proezas, proclamen qué sublime es su Nombre. R.

Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso: ¡que sea conocido en toda la tierra! ¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel! R.


Oremos

Dios todopoderoso y eterno, esperanza única del mundo, por la voz de tus profetas diste a conocer los misterios salvadores que sucederían en el tiempo; acrecienta los santos propósitos de tu pueblo, porque tus fieles no podrán alcanzar la santidad sin la ayuda de tu gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


6ª Lectura       Bar 3, 9-15. 32—4, 4

Lectura del libro de Baruc.

Escucha, Israel, los mandamientos de vida; presta atención para aprender a discernir. ¿Por qué, Israel, estás en un país de enemigos y has envejecido en una tierra extranjera? ¿Por qué te has contaminado con los muertos, contándote entre los que bajan al Abismo? ¡Tú has abandonado la fuente de la sabiduría! Si hubieras seguido el camino de Dios, vivirías en paz para siempre. Aprende dónde está el discernimiento, dónde está la fuerza y dónde la inteligencia, para conocer al mismo tiempo dónde está la longevidad y la vida, dónde la luz de los ojos y la paz. ¿Quién ha encontrado el lugar de la Sabiduría, quién ha penetrado en sus tesoros? El que todo lo sabe, la conoce, la penetró con su inteligencia; el que formó la tierra para siempre, y la llenó de animales cuadrúpedos; el que envía la luz, y ella sale, la llama, y ella obedece temblando. Las estrellas brillan alegres en sus puestos de guardia: Él las llama, y ellas responden: “Aquí estamos”, y brillan alegremente para aquel que las creó. ¡Este es nuestro Dios, ningún otro cuenta al lado de él! Él penetró todos los caminos de la ciencia y se la dio a Jacob, su servidor, y a Israel, su predilecto. Después de esto apareció sobre la tierra, y vivió entre los hombres. La Sabiduría es el libro de los preceptos de Dios y la Ley que subsiste eternamente: los que la retienen, alcanzarán la vida, pero los que la abandonan, morirán. Vuélvete, Jacob, y tómala, camina hacia el resplandor, atraído por su luz. No cedas a otro tu gloria, ni tus privilegios a un pueblo extranjero. Felices de nosotros, Israel, porque se nos dio a conocer lo que agrada a Dios.

Palabra de Dios.
Sal 18, 8-11
R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple. R.

Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos. R.

La palabra del Señor es pura, permanece para siempre; los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos. R.

Son más atrayentes que el oro, que el oro más fino; más dulces que la miel, más que el jugo del panal. R.


Oremos

Dios nuestro, que haces crecer a tu Iglesia convocando a todos los pueblos; protege siempre a cuantos purificas en el agua del bautismo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


7ª Lectura       Ez 36, 17a. 18-28
Lectura de la profecía de Ezequiel.

La palabra del Señor me llegó en estos términos: “Hijo de hombre, cuando el pueblo de Israel habitaba en su propio suelo, lo contaminó con su conducta y sus acciones. Entonces derramé mi furor sobre ellos, por la sangre que habían derramado sobre el país y por los ídolos con que lo habían contaminado. Los dispersé entre las naciones y ellos se diseminaron por los países. Los juzgué según su conducta y sus acciones. Y al llegar a las naciones adonde habían ido, profanaron mi santo nombre, haciendo que se dijera de ellos: ‘Son el pueblo del Señor, pero han tenido que salir de su país’. Entonces yo tuve compasión de mi santo nombre, que el pueblo de Israel profanaba entre las naciones adonde había ido. Por eso, di al pueblo de Israel: ‘Así habla el Señor: Yo no obro por consideración a ustedes, casa de Israel, sino por el honor de mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones adonde han ido. Yo santificaré mi gran nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que yo soy el Señor –oráculo del Señor– cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes. Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios’”.

Palabra de Dios.


Sal 41, 3. 5bcd; 42, 3-4
R. Mi alma tiene sed de Dios.

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios? R.

¡Cómo iba en medio de la multitud y la guiaba hacia la Casa de Dios, entre cantos de alegría y alabanza, en el júbilo de la fiesta! R.

Envíame tu luz y tu verdad: que ellas me encaminen y me guíen a tu santa Montaña, hasta el lugar donde habitas. R.

Y llegaré al altar de Dios, el Dios que es la alegría de mi vida; y te daré gracias con la cítara, Señor, Dios mío. R.


Oremos

Dios de poder inmutable, cuyo resplandor no conoce el ocaso, mira con bondad a tu Iglesia, signo de tu presencia entre nosotros; prosigue serenamente la obra de la salvación humana según tu proyecto eterno, y haz que todos los hombres experimenten y vean cómo lo abatido por el pecado se restablece, lo viejo se renueva, y la creación se restaura plenamente por Cristo, de quien todo procede. Que vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.
Comentario

Desde la primera página del Génesis, Dios pone su obra del lado de la luz. Todas las lecturas proclamadas esta noche son testimonio de la luz de Jesucristo Resucitado, que ya estaba presente en la creación del mundo. Dejemos que nuestra vida transcurra iluminada por la diáfana presencia del Señor, vivo en medio nuestro.

Oración colecta

Dios nuestro, que iluminas esta santísima noche con la gloria de la resurrección del Señor; acrecienta en tu Iglesia el espíritu de adopción de hijos para que, renovados en el cuerpo y en el alma, te sirvamos con plena fidelidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.


Epístola          Rom 6, 3-11

Lectura de la Carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma.

Hermanos: ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva. Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección. Comprendámoslo: nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado. Porque el que está muerto, no debe nada al pecado. Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él. Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! Que lo diga el pueblo de Israel: ¡Es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime, la mano del Señor hace proezas. No, no moriré: viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. R.


Evangelio        Lc 24, 1-12

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día’”. Y las mujeres recordaron sus palabras. Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido.

Palabra del Señor.


Tercera parte: Liturgia bautismal

Letanías

Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Santa María, Madre de Dios. Ruega por nosotros.

San Miguel. Ruega por nosotros.

Santos ángeles de Dios. Ruega por nosotros.

San Juan Bautista. Ruega por nosotros

San José. Ruega por nosotros.

Santos Pedro y Pablo. Rueguen...

San Andrés. Ruega...

San Juan. Ruega...

Santa María Magdalena. Ruega...

San Esteban. Ruega...

San Ignacio de Antioquía. Ruega...

San Lorenzo. Ruega...

Santas Perpetua y Felicidad. Rueguen...

Santa Inés. Ruega...

San Gregorio (Magno). Ruega...

San Agustín. Ruega...

San Atanasio. Ruega...

San Basilio. Ruega...

San Martín (de Tours). Ruega...

San Benito. Ruega...

Santos Francisco y Domingo. Rueguen...

San Francisco (Javier). Ruega...

San Juan María (Vianney). Ruega...

Santa Catalina (de Siena). Ruega...

Santa Teresa de Jesús. Ruega...

Todos los santos y santas de Dios. Rueguen...

Por tu bondad. Líbranos, Señor.

De todo mal. Líbranos, Señor.

De todo pecado. Líbranos, Señor.

De la muerte eterna. Líbranos, Señor.

Por el misterio de tu encarnación. Líbranos, Señor.

Por tu muerte y resurrección. Líbranos, Señor.

Por el envío del Espíritu Santo. Líbranos, Señor.

Nosotros que somos pecadores, te pedimos. Escúchanos, Señor.



- Bendición del agua bautismal

- Bendición del agua común


Renovación de las promesas bautismales


Queridísimos hermanos: Por el Misterio Pascual, en el bautismo fuimos sepultados con Cristo para que también nosotros llevemos con él una vida nueva. Por eso, culminado nuestro camino cuaresmal, renovemos las promesas del santo bautismo, por las que un día renunciamos al demonio y a sus obras y prometimos servir al Señor en la santa Iglesia Católica.

Por tanto:

S. ¿Renuncian al demonio?

T. Sí, renuncio.

S. ¿Renuncian a todas sus obras?

T. Sí, renuncio.

S. ¿Renuncian a todos sus engaños?

T. Sí, renuncio.


O bien:

S. ¿Renuncian al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?

T. Sí, renuncio.

S. ¿Renuncian a los engaños del mal para no ser esclavos del pecado?

T. Sí, renuncio.

S. ¿Renuncian al demonio, que es autor del pecado?

T. Sí, renuncio.


Después el sacerdote prosigue, diciendo:

S. ¿Creen en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?

T. Sí, creo.

S. ¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de la Virgen María, padeció y fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?

T. Sí, creo.

S. ¿Creen en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la Vida eterna?

T. Sí, creo.

Y el sacerdote concluye:

Y Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo, y nos ha perdonado los pecados, nos conserve con su gracia en Jesucristo nuestro Señor, para la Vida eterna.

T. Amén.



Cuarta parte: Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas

Señor Dios, recibe las oraciones de tu pueblo junto con estas ofrendas, de manera que tu acción sacramental inaugurada por los misterios pascuales nos sirva de remedio para la eternidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión  cf. 1Cor 5, 7-8

Cristo, nuestra pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, esta fiesta con los panes sin levadura de la pureza y la verdad, aleluya.

Oración después de la comunión

Infunde en nosotros, Padre, tu espíritu de amor, para que, saciados con los sacramentos pascuales, permanezcamos unidos en la misma fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne     

Dios todopoderoso los bendiga en esta solemne fiesta de Pascua y, por su bondad, los proteja de toda sombra de pecado.

R. Amén.

Él, que por la Resurrección de su Hijo los ha renovado para la vida eterna, les conceda la recompensa de la inmortalidad.

R. Amén.

Y ya que han celebrado con honda alegría esta Pascua, al terminar los días de la pasión del Señor, les conceda participar con inmensa alegría de los gozos eternos.

R. Amén.

Y los bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.

R. Amén.


Solemne saludo a nuestra Señora

Queridísimos hermanos: En esta noche, la más santa de todas, en la que permaneciendo en vela hemos celebrado la Pascua del Señor, es justo alegrarse con la Madre de Jesús por la Resurrección de su Hijo.

Este fue el acontecimiento que realizó plenamente su esperanza y dio a todos los hombres la salvación. Así como nosotros, pecadores, la hemos contemplado unidos en el dolor, así, como redimidos, la honramos unidos en el gozo pascual.
Oremos

Señor, que has alegrado al mundo por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, concédenos que por la intercesión de su Madre, la Virgen María, alcancemos los gozos de la Vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

Sábado Santo: un muerto peligroso, una tumba prestada



*Hoy la Iglesia, hasta la vigilia Pascual en la noche, permanece en silencio contemplando al Cristo muerto. Por eso no hay liturgia del día. Aún así, se propone la lectura del Evangelio según San Lucas 23, 50-56, para reflexionar y orar.*


Frente a la muerte nos involucramos en los ritos mortuorios de cada cultura que parecen querer ahondar el dolor, que acentúan lo luctuoso, las lágrimas, la desazón. No obstante y a pesar de todo ello, quizás el gravamen mayor esté en el regreso a la cotidianeidad, pues en el día a día nos duele la ausencia del ser querido.

El plato vacío, la silla sin usar, la voz que no se escucha, los gestos que no se ven, las ropas inútiles, un gran vacío que nada ni nadie llena. Y en nuestras costumbres teñidas de egoísmo, solemos valorar algo o alguien cuando lo perdemos, en injusto memorial. 
Hay otra cuestión psicológica, la culpa del sobreviviente. Porque él y yo nó, y cómo seguir viviendo ahora que nos hemos quedado tan solos.

Todo ello se debe haber vivido al tiempo de la muerte del Señor.

En el núcleo de la primera comunidad se había cosechado un traidor, porque traiciona aquél en quien se confía, aquél que está al lado, no un extraño, no un ajeno. Y los otros discípulos se habían dispersado con rapidez, ocultos por el miedo, demolidos de estupor por la muerte ignominiosa del Maestro.

Sólo permanecen con Él algunas mujeres, su Madre y otras pocas más. Por los criterios sociales y religiosos de su tiempo, mucho no pueden hacer precisamente porque son mujeres; sin embargo, en ellas permanece encendido un pequeño rescoldo de esperanza a pesar de estar anegadas por las lágrimas.

Para la Madre es durísimo. La naturaleza indica que son los hijos quienes deben sepultar a los padres, y nó a la inversa. Ella lo sintió crecer en las honduras de su seno, sangre de su sangre -seguro tenía sus mismos ojos-, lo vió crecer a sus tiempos y elevarse en Gracia, Madre, hermana y discípula.
Crucificado el Hijo, crucificada y doliente la Madre.
Él es inocente, príncipe de la paz, Hijo de Dios que ha pasado haciendo el bien. Con Él agonizan todos los inocentes de todos los tiempos, y Él muere para que nadie más sea crucificado.

Esas mujeres fieles en el dolor, preparan especies aromáticas y perfumes, para honrar al muerto amado, para hacer retroceder los hedores de la muerte, y quizás intuyéndolo a pesar del llanto germinan la esperanza en la promesa que Él les había hecho.

En momentos críticos, cuando todo parece derrumbarse alrededor, suelen surgir y hacerse presente personas que permanecen firmes en medio de las tormentas, nobles árboles que son refugio para los corazones en pena y desolación.
Por morir crucificado Cristo se vuelve un impuro absoluto y un maldito, indigno de ser sepultado con los hijos de Israel. Por ello le hubiera correspondido una fosa común, como si de un residuo miserable se tratara.
José de Arimatea y Nicodemo eran discípulos clandestinos del Señor; José lo defiende con valentía en su calidad de miembro del Sanedrín que lo condena -era paisano galileo también-. Nicodemo lo visitaba en la noche, ávido de la verdad que encontraba en el Maestro. 
Cuando todos se han dispersado de miedo, cuando las mujeres poco pueden hacer, ellos se hacen presentes, quizás porque a veces las cosas no han de ocultarse, han de decirse con voz clara y sin ambages, y así se presentan ante el pretor romano requiriendo el cuerpo del Maestro muerto.

La tumba es nueva, no ha sido habitada por la muerte, y es el símbolo de las primacías puras que sólo se ofrecen a Dios. Pero es señal de la pobreza elegida por el Maestro, pobre vive y pobre muere, tumba prestada.

Andan con prisas, porque los rigores del Shabbat están próximos.
Una piedra de peso inverosímil clausura el acceso y tiene la contundencia de la muerte.
Destinan un pelotón de soldados a vigilar la tumba: la excusa es que algunos partidarios de Jesús puedan robar el cuerpo, y argumentar que no ha muerto, que ha vuelto a la vida. Pero lo que no se dice y está allí, flotando en el ambiente, es que el Cristo yaciente es un muerto inquieto y peligroso. La presencia militar parece prolongar la violencia sufrida.

A pesar de la piedra pesadísima, a pesar de la guardia armada, a pesar de la noche demoledora y las lágrimas ciertas, hay que esperar y no rendirse ni resignarse aunque el trago sea muy amargo.
Aunque sea cosa de locos e insensatos, hay que seguir confiando en la vida.

Paz y Bien


Viernes Santo: la gloria de la cruz




Viernes Santo de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (25/03/16):  

Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42
 



El silencio, cuando no es impuesto ni es producto del miedo, cuando se le elige para contemplar y escuchar lo profundo, lo que trasciende, deviene en espacio pródigo, terreno propicio para un encuentro eterno, para  que la contundencia de la verdad florezca en el bien, raíz adentro de los corazones.
Por eso, desde un silencio despierto y atento, nos podemos internar en las aguas profundas de la Palabra de Dios y así contemplar el misterio de la Pasión del Señor.

Aferrarse a la pura letra no es sano ni mucho menos justo. La literalidad es causa directa de todos los fundamentalismos, que nada tienen que ver con el Reino de Dios.
Así entonces, desde ese silencio devocional y confiados en la asistencia del Espíritu de Dios navegamos por los distintos niveles de profundidad que se nos ofrecen, que están allí y suelen pasarse por alto. Los ruidos mundanos suelen obturar el crecimiento y nos distraen de la cuestión primordial, el amor de Dios que se manifiesta en Jesucristo.

Ante todo, nos encontramos con un Cristo que está solo: lo ha traicionado Judas, lo ha negado Pedro, lo vituperan y condenan los dirigentes de su pueblo, los otros discípulos se dispersan y se ocultan, las multitudes eufóricas del Domingo de Ramos ahora claman por Barrabás.
Pero Él se mantiene firme y fiel al Padre. Su entereza es por ello definitiva y causa de nuestra esperanza.

No serán los manejos ni las trampas de sus enemigos los que obtendrán un preso tan especial. No será el juicio amañado el causante de su muerte, ni el terrible poder de las legiones romanas quien decida su suerte.
Ha llegado su hora, el tiempo santo de ofrendar su vida, y Jesús de Nazareth es plenamente libre a la hora decisiva de morir. Él es quien lo decide, no causas externas ni tampoco los poderosos revestidos de odio.

No será la erudición de los escribas sanedritas, los que fundamentan religiosamente todo atropello los que tengan la voz cantante.
No será el cínico Caifás el que emita un dictamen abrasador. El reducido momento del Maestro en presencia del Sumo Sacerdote sugiere contundente que la decisión está tomada de antemano y hace tiempo, un auténtico pre-juicio.
No será el pretor romano el juez definitivo: esgrime el poder mundano que encolumna todas las acciones en aras de ese poder imperial, el fin justificado por los medios. Pilatos se lava las manos frente a la condena del inocente, y no hay en él ni verdad ni justicia. En realidad, el preso maniatado, el rabbí galileo que ha pasado  haciendo el bien es quien juzga con su presencia humilde a sus enemigos.

Ni las torturas ni las humillaciones hacen mella en su decisión irrevocable de permanecer fiel. Nadie en verdad puede juzgarle, pues a Dios no se le juzga, y Él es su Hijo.

Es crucificado entre dos delincuentes, como un criminal abyecto. La cruz es patíbulo romano; para las razones mundanas de poder es un escándalo, un Mesías derrotado. Para la mentalidad judía, es una maldición. Para el poder romano, es un subversivo que no rinde culto al César como a un dios.
El cartel que identifica en la cruz al reo condenado intenta ser una burla y una humillación más: Jesús Nazareno Rey de los Judíos.
Llamado Jesús como tantos otros de su tiempo, y paisano de una aldea polvorienta de la periferia galilea en donde no pasa nunca nada. No es rey de los judíos, pues el título correcto -en esos criterios de dominio mundano- hubiera sido el de Rey de Israel.
Aún así y desde la fé, descubrimos no sin asombro que ese Cristo es el Dios que llega a nuestras vidas desde los bordes, un Dios que elige la periferia para florecer salvación, un Mesías pobre y humilde que sí, es un Rey con mayúsculas, más su reino no es de este mundo de opresión y dolores. Su reino es el de Dios, el de los corazones en donde todo se decide en el amor y el servicio.

Jesucristo muere en la cruz dando una extraña batalla con el gusto amargo de derrota que no elude. Mansa guerra en donde la sangre que se derrama es la propia, donde se busca la victoria humana, donde se muere para que todos vivan, incluidos aquellos que le condenan.
Porque la gloria de la cruz, la gloria de Cristo es que nadie le quita la vida, sino que Él la ofrece infinitamente generoso para la Salvación de todos del pecado que nos sepulta.

Paz y Bien

Jueves Santo: señorío del servicio



Misa Vespertina de la Cena del Señor

Para el día de hoy (24/03/16):  
 
Evangelio según San Juan 13, 1-15



El Evangelista Juan es un autor sagrado pero también es un catequista, y evidencia la intención de educarnos progresivamente en la fé. Por ello mismo, el Evangelista ha preparado la narración evangélica de tal modo que cada uno de nosotros se sitúe, tome asiento en ese ambiente en donde se celebra esa cena que Jesús brinda a sus amigos.
Así uno puede situarse como un observador distante, sin formar parte, sin tomar posición, y esa postura en apariencia científica y razonable significa también que lo que acontezca allí no nos afecta, no nos conmueve, no es para nosotros, se trataría sólo de una abstracción a analizar y meditar. 
El problema es que frente a Cristo se ha de tomar partida. Es menester permitir que nos lave los pies, estar allí, conmovernos y, tal vez, enervarnos confusos como Pedro: ello también conduce a la enseñanza clarificadora del Maestro.

Se trata de una cena en donde se conjugan penas, alegrías, solemnidad y humildad. La pena por la derrota inminente, por la despedida en ciernes, por la persecución de los dirigentes judíos. De alegría por encontrarse, pues cada encuentro -a pesar de traidores- nos despierta bendiciones y profecías, frutos de la comunidad cristiana.
La ocasión también es solemne, pues será el comienzo de un nuevo éxodo, de la Pascua definitiva, del paso salvador de Dios por la historia humana. Pero también destella en plena humildad, en ese Cristo que se arremanga para lavar los pies de sus amigos. Por eso mismo, no se trata de la sustitución o reemplazo de un rito prefijado por uno nuevo, pues ello debería suceder al comienzo de la cena, en ocasión de las abluciones rituales obligatorias de la Ley de Moisés, o en un final riguroso y sacralizado.
El lavatorio de los pies acontece en medio del ágape -cena de amor y vida-, y es la revelación definitiva de la identidad y misión de Cristo.

En la cultura judía del siglo I, lavar los pies era un gesto de fraterna acogida, de cálida hospitalidad hacia el viajero que arrastra en sus extremidades polvo de muchos caminos, motas de tierras extrañas y mucho cansancio. Quizás por portar esas partículas que ensucian y que son foráneas, en gran medida es tarea que se acota a los esclavos no judíos y a las mujeres que reciben a sus esposos; los pobres lo hacían cada uno por sí mismo, pues era una tarea muy menor, casi indigna e indelegable.
El Cristo que se levanta de su sitio a la mesa y se inclina a lavar los pies de sus amigos como un esclavo, derriba toda concepción celestial y lejana usualmente propalada por los sistemas religiosos. Un Mesías así, un Dios tan humano y cercano es demasiado inconveniente y estremecedor. No derrama desde un cielo inaccesible sus bendiciones como si fueran una limosna eventual, sino que se hace servidor del hombre, desde abajo -desde el fondo de todo- a pura generosidad, para que el hombre ascienda en humanidad, considerando a todos sus mayores.

Nosotros, sinceramente, nos aferramos sin disimulo a los títulos jerárquicos, a las jefaturas, a las potestades de dominio, y en ello se nos vá el Cristo de nuestra salvación y nuestra amistad, Dios servidor generoso y sin reservas, un Dios que nos dice que el Reino es al revés de lo que solemos imaginarnos.

Ese Cristo, a su vez, se pone una toalla a la cintura.Simbólicamente, ceñirse los vestidos con otra prenda a la cintura -al modo de un cinturón- es prepararse para la guerra, para el combate. Pero Él, príncipe de la paz de Dios, se ciñe los vestidos con esa toalla dispuesto a un combate espiritual en el que la única sangre que se derrame será la propia, lucha a muerte en donde prevalecerá la vida.

El manto era, en aquel tiempo, la prenda principal de la vestimenta, y a su vez representaba la identidad personal y la existencia. Así, quitarse el manto es casi quedar desnudo, desamparado, y en este caso se trata del Cristo que se despoja de todo y se prepara para morir.

Pedro algo intuye en ese sentido. Sus viejos esquemas religiosos tironean su mente, su razón, y por ello le resulta intolerable que el Maestro lave sus pies. Pedro ama profundamente a Jesús a pesar de su volubilidad, de sus arrebatos, de sus requiebros, pero sigue aferrado al molde de un jefe supremo, de un Mesías glorioso que revestido de poder aplaste a sus enemigos y por ello supone que hay una inversión de roles: es él quien debería lavar los pies del Señor.
Movido por ese afecto entrañable, piensa que tal vez el Maestro le esté dando una lección de catártica humildad que lo purifique, y por ello exige que también le lave las manos y la cabeza: no le hace mella en su cerrado universo el servicio, pero sí prevalece -en sus viejos esquemas- lo ritual, y será ese ritual de lavado quien le quite todo lo impuro.
No ha comprendido que no es el rito el que purifica, sino la Gracia de Dios.

Junto con Pedro, es menester descubrir el señorío de Cristo. Cristo es Señor porque ama sin límites, en plena identidad con el Padre, Todopoderoso pues Dios es amor. No hay otra jerarquía ni otro poder que el del servicio generoso e incondicional hacia el hermano, el prójimo, la vida que se ofrece en favor de la dignidad, la libertad, la plenitud del hombre.

Por eso es imprescindible permitir que Cristo nos lave los pies. Que nos reencontremos con el Dios que nos ama sin medida, que se ha llegado a nuestros arrabales para que nadie quede atrás, para restituir la identidad única e irreemplazable de los hijos de Dios.

Paz y Bien


Miércoles Santo: salario de profeta, precio de esclavo



Miércoles Santo

Para el día de hoy (23/03/16): 

Evangelio según San Mateo 26, 14-25




Judas Iscariote se ha convertido a través de la historia en sinónimo de traidor, de traidor maldito y abyecto. Así, todos aquellos que hayan quebrantado confianza y lealtades se transforman en otros tantos Judas de ocasión, y no se debe perder de vista lo obvio: traiciona quien es cercano, quien es parte, traiciona aquél en quien se confía.

A su vez, muchas opiniones fundadas han tratado de establecer los motivos que el Iscariote tuvo para entregar al Maestro a sus enemigos, todas ellas producto de importantes estudios y profusos razonamientos. Sin embargo, si algo tiene la condición humana es que no es unívoca, es decir, que los hechos acontecen por diversos factores que deben tenerse en cuenta en toda reflexión, y lo que en verdad cuenta, lo que es crucial y definitivo es que, sean cuales fueran las motivaciones que llevan a Judas a cometer esa traición, la misma es producto de su responsabilidad, nacida en la libertad respetada sin límites por el Maestro.

De cualquier modo y aunque las palabras fuertes se nos agolpen, no nos corresponde a nosotros enjuiciar a Judas. El Padre es infinitamente misericordioso, y como hijos suyos nuestra vocación es actuar conforme a ello.

En algo concordaban Judas y los otros discípulos, y era en su incapacidad en abandonar los viejos esquemas, anclados pétreos a sus mentes y corazones. La Buena Noticia en numerosas ocasiones les provoca reacciones desencajadas, interpretaciones erróneas y síntomas de miedo frente a la novedad del Reino. 
La incapacidad de adaptarse y re-crearse, en un plano psicológico, es patológica. En ámbitos espirituales, mucho peor, pues refiere directamente a la creencia -que no a la fé- en un Dios inmóvil e inaccesible, ajeno al Dios Padre de Jesús de Nazareth que sale a nuestro encuentro.
Desde allí, tal vez, pueda comprenderse porqué Judas acude al Sanedrín, en donde se encontraban los enemigos más peligrosos y poderosos del Maestro. Más allá de cualquier criterio valorativo, el Sanedrín representaba para el pueblo judío la autoridad que no se contradice, la tradición viva de su pueblo, la ortodoxia y la identidad única; es decir, el Sanedrín es como la zona segura de confort, el espacio conocido que no representa riesgos propios.

Judas acude al Sanedrín porque allí no tiene que aventurarse en mares nuevos, es el agua calma que no se agita, y así resigna su vocación de pescador de hombres.
El Sanedrín ofrece a cambio de Cristo treinta sheqqels o monedas de plata, aceptadas para la limosna del Templo. El número no es caprichoso: esos hombres llevan la puntillosa observancia de la Ley al extremo, y la Ley establecía -Ex.21, 32- que cuando por accidente se lesionaba o mataba a un esclavo, se debía pagar en concepto indemnizatorio treinta monedas de plata. La elección esconde también un tácito insulto al Maestro, desmereciéndolo por considerarlo un esclavo, sin saber que se trata del Servidor sufriente, Dios que se hace esclavo de todos para que todos seamos libres.

Pero la memoria de Israel también tiene otro antecedente valioso en donde entran en juego treinta monedas de plata, y es el salario establecido por los dirigentes para el profeta Zacarías, también en modo de afrenta. Y no podemos olvidar a José vendido por sus hermanos a cambio de dinero.

Así entonces, se nos revela el rostro de un Cristo que tiene un pobre salario de profeta, que es vendido por los suyos y que es considerado peyorativamente como un esclavo, material descartable.

Quizás el mayor error de Judas Iscariote no es tanto el acto de la entrega a los enemigos del Señor, como suponer que la amistad pueda tasarse. Nunca se vende lo que se ama, el amor no tiene precio. Es tiempo de la Gracia, de Dios ofrecido gratuita e incondicionalmente sin límites para nuestra Salvación, al igual que la mesa y el pan compartido -la vida misma- que Cristo nos sigue ofreciendo aún sabiendo de nuestros quebrantos, de nuestras traiciones, de nuestros miedos y torpezas.

Él siempre nos espera para realizar nuestra Pascua, el alegre y confiado éxodo hacia la tierra prometida del amor de Dios..

Paz y Bien
 

Martes Santo: entre la fidelidad y la traición




Martes Santo

Para el día de hoy (22/03/16): 

Evangelio según San Juan 13, 21-33. 36-38



Cuanto menos curiosa es la raíz de las palabras. Tradición y traición provienen de la misma raíz latina, tradere, que significa entregar, transmitir, y así la tradición refiere a lo que se entrega y transmite a las siguientes generaciones, la traición también entrega y transmite lo propio...al enemigo.
Por eso mismo, traiciona el cercano, aquél en el que se confía, el que se cree conocer.

El Maestro sabía lo que se avecinaba de manera inminente, la sombra ominosa de la Pasión, la cruz del horror que transformará en un altar luminoso por el amor ofrecido. Conocedor único de los corazones, sabe lo que se incuba alma adentro de los suyos y, especialmente, de Judas Iscariote. Lo han recibido multitudes, lo rodean sus discípulos, pero en verdad está solo. Esa soledad no es total, su unión indisoluble con el Padre lo sostiene.
Por ello, es tarea casi imposible describir los sentimientos que bullen en su alma por todas esas cosas que están pasando y por las más graves que están por suceder. Amargura tras amargura. Pero a pesar de ello no se extravía en esos mares de angustia y se mantiene firme en su ánimo y fiel, siempre fiel.

Esa cena que nos brinda la lectura del día es una cena de amigos y a la vez un ágape de despedida. Ante el anuncio que Él hace de una segura traición por parte de uno de los discípulos se desata entre ellos un interrogante que los inquieta, y es Simón Pedro -voluble y apasionado como siempre- el que quiere saber el nombre. Llamativamente, no se dirige él mismo al Maestro, y le pide al Discípulo Amado que busque la verdad en el Maestro.
Cierta tradición identifica al Discípulo Amado con el apóstol Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago; en un plano simbólico, no es descabellado afirmar que el Discípulo Amado sea la comunidad cristiana -la Iglesia- y que Pedro, roca que sustenta la fé de sus hermanos, deba poner un oído en el Evangelio y un oído en el pueblo de Dios para conocer las cosas del corazón sagrado del Señor.

Es usual definir al Iscariote como un maldito traidor, y hasta su nombre se ha vuelto sinónimo de todos los traidores a través de los tiempos. Pero a pesar de ello y hasta el fin, el Maestro ofrece su amistad, su vida. Siempre se puede regresar a Dios, y allí está el gesto del pan compartido y ofrecido.
Judas come el pan como un alimento más, pero la vida del Señor que se ofrece en ese gesto no ingresa en su endurecido corazón. Judas no comparte con su amigo la vida y la bendición que Él ofrece, y quizás nunca estuvo cordialmente cerca, aún cuando compartía caminos y enseñanzas, aún cuando se le confiara la administración de los escasos recursos, y por todo ello ingresa a una noche absoluta sin luz.

Viene los días más bravos, los momentos más duros. A pesar de tantas tinieblas agobiantes, en medio del horror resplandecerá la Gloria de Dios que es el Cristo que se ofrece como prenda de salvación por todos.

Nosotros tenemos algo de Pedro, algo de Judas y mucho del discípulo amado. Nos embarcamos en ampulosas declamaciones que no se corresponden con los actos, y en los momentos críticos renegamos de lo que creemos y vivimos. Somos traidores también de la confianza puesta en nosotros, pues en el pecado vendemos la vida del Cristo. 
Con todo y a pesar de todo, el Maestro nos sigue ofreciendo su pan y su amistad fiel, para rescatarnos de todas las muertes.

Paz y Bien


Lunes Santo: comunidad cristiana y gratitud



Lunes Santo

Para el día de hoy (21/03/16): 

Evangelio según San Juan 12, 1-11




Aunque parezca una obviedad, nosotros tenemos la ventaja de saber qué cosas pasarán después, sabemos los días graves que se avecinan en el ministerio del Maestro, y así podemos situarnos dentro de un marco más amplio, más abarcador que el acontecer en esa noche en Betania.
Precisamente, había al momento de la cena que nos presenta la lectura del día una orden de arresto contra Jesús de Nazareth. La policía religiosa del Templo se avocaba de lleno a la búsqueda ordenada por las autoridades religiosas -el Sanedrín-, una orden que escondía la decisión de eliminarlo, de ejecutarlo, de realizar un juicio falaz pues la decisión respecto a su culpabilidad ya estaba tomada.

Técnicamente, el rabbí galileo es un prófugo. Pero nosotros sabemos que Él será detenido y crucificado en un momento exacto, propicio, no condicionado por la violencia y el encono de sus enemigos sino por la absoluta libertad de su corazón sagrado y a causa de su fidelidad al Padre.
Como siempre sucede, un prófugo es alguien a quien conviene evitar por los riesgos de ser acusado por connivencia, por encubrimiento o hasta por el mismo delito que se le imputa. Ello se maximiza en la casa de Betania, hogar de Lazaro, Marta y María: el prófugo no sólo es un acusado de un delito grave, sino que además tiene un ascendiente importantísimo sobre el pueblo, y su situación tiene también ribetes políticos, porque allí está la sombra del poder imperial romano.

Cristo no ha tenido casa propia. De niño, ha crecido y se ha criado en la casa familiar del carpintero José en Nazareth; ya iniciada su misión, parece que regresa luego de cada viaje misionero a Cafarnaúm, a la vivienda familiar de Pedro y Andrés, en donde -recordemos- sana a la suegra de Pedro. 
Y en la casa de Lázaro, Marta y María el Señor se siente a sus anchas, en la calidez de un hogar que lo recibe como amigo y parte de la familia, imagen cierta de una Iglesia que es recinto familiar y fraterno, de vida y pan compartidos.
El Señor no tiene casa, pues su hogar está allí en la casa en donde sus amigos le reciben con afecto.

Tal es la casa de los hermanos de Betania, a los que parece no importarle demasiado la situación del amigo, y a que Betania se encuentre solamente a tres kilómetros de la Ciudad Santa, del núcleo del poder de sus enemigos. Hay mucho más que un eventual ofrecimiento de refugio frente a la huida. 

Seguramente el rostro de Lázaro mostraba las huellas de la dolencia sufrida que lo llevó a la muerte, de donde fué rescatado por Cristo.
La cena que debía ser un banquete mortuorio, memorial del fallecido, se convierte en un ágape de celebración por la vida recuperada, y en gratitud hacia Aquél por el cual la vida prevalece, Aquél que asegura a sus amigos la victoria sobre la muerte.

María, la que se quedaba con lo más importante, la escucha atenta de la Palabra, se pone a los pies del Maestro y vuelca sobre sus pies un frasco completo de perfume de nardo puro. Su costo dinerario es elevadísimo, pues equivale al salario de un año de un jornalero. Ella luego de ungir los pies del Maestro, los seca con sus cabellos, y se trata de algo más que un gesto de ternura y sumisión al un amigo que es también Señor: es un gesto santo y sacerdotal, que anticipará la sepultura inquieta de Cristo luego de la cruz -un entierro a las apuradas- que manifiesta el agradecimiento por el inmenso regalo de la vida que ha sido rescatada de las garras de la muerte. El valor del perfume no cuenta tanto por su cariz oneroso, sino que expresa el amor sin límites en el gesto de ternura y devoción.

Toda la casa se inunda con ese persistente aroma, y excede a la familia de Lázaro. Es el perfume de la gratitud que se expande cuando la comunidad cristiana celebra la vida que Cristo les ha ofrecido con su sacrificio inmenso, y es un perfume que siempre superará al hedor de la muerte y de la corrupción.

Judas no entiende, y muestra la enorme distancia cordial que lo separa del Maestro, aún cuando ha compartido caminos y enseñanza con Él por tres años. El amor no se compra, el amor no tiene precio, y peor aún, la caridad del Reino no implica dar limosnas a los pobres, aún cuando éstas signifiquen notorios desembolsos. La caridad integra a los pobres dentro de esa comunidad que celebra la vida con acciones concretas, la caridad hace agrandar la mesa, hermanarse al prójimo caído, hacerse último con los últimos, y no mirarlos con simpatía a la distancia.
Precisamente, ése es el significado de que a los pobres siempre los tienen con ustedes: no es una resignación frente a procesos inevitables, no es un análisis dialéctico de que la pobreza -aún cuando se avance en equidad- permanecerá aferrada a los pueblos. Nada de eso. La afirmación del Maestro es eclesial, fraterna, y es el compromiso de tener a los pobres como hermanos de la misma familia creciente que es la Iglesia, y desde allí sí buscar nuevos rumbos de justicia. Aprojimarse desde la razón y el corazón.

Lunes Santo para reflexionar cuál es el perfume que portamos, y si seguimos siendo espectadores pasivos y externos de los dolores y miserias de los olvidados.

Paz y Bien

Domingo de Ramos, llega el Rey




Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Para el día de hoy (20/03/16): 


Procesión de los Ramos

Evangelio según San Lucas 19, 28-40


Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Evangelio según San Lucas 22, 66a- 23, 1b-49



La entrada mesiánica de Jesús de Nazareth, con diferentes aspectos y variantes, es reflejada por los cuatro Evangelistas, lo que por sí solo indica la gravedad y trascendencia del acontecimiento.

Todo texto suele tener niveles de profundidad a los que se accede tras una reflexión que se anime a ir más allá de la pura letra, y ésto se concreta con mayor intensidad y es decisivo en referencia a las Escrituras, y por eso mismo cada encuentro con la Palabra es una invitación también a escarbar, a ahondar, a sumergirnos tras de la superficie al grato encuentro del misterio, ofrenda de Dios a todos los pueblos, generosas ventanas al infinito.

Volviendo al postulado anterior, corremos en riesgo de quedarnos en lo episódico, en esas palmas que se agitan, en los gritos alegres y eufóricos, en la creciente multitud jubilosa. Pero basta nomás ese atrevimiento a ir más allá de las apariencias, para encontrarnos con la contundente imagen de un Cristo que está viviendo sus últimos días, que morirá en la cruz como un criminal abyecto, un Cristo rodeado por un palpitante mar de gente que, a pesar de ello, está solo, muy solo, y por eso parece ajeno a esos festejos. Quizás tampoco nosotros hemos comprendido el profundo significado del Rey que llega.

El ciclo litúrgico nos presenta el Evangelio según San Lucas; por los otros Evangelistas sabemos que el Maestro y sus amigos días antes han tenido, viajando desde Jericó, una cena en Betania, en el cálido hogar amigo de Lázaro, Marta y María, y Betania se encuentra a unos tres kilómetros de Jerusalem -en Palestina no son tan extensas las distancias-, mientras que Beftagé es un arrabal, extramuros de la Ciudad Santa. Sabemos también que cada vez que un Evangelista realiza precisiones topográficas no tiene intenciones de certezas en cuanto a una geografía precisa, sino más bien a una geografía teológica o espiritual. 
Así entonces y no casualmente, parecería que la fotografía es errónea: desde Jericó, nos encontraríamos primero a Betania y luego a Beftagé, y Lucas las presenta en orden inverso: ello sólo puede comprenderse desde un testigo que, a las puertas de la Ciudad Santa contempla la llegada del Señor desde la periferia. Más aún, la posición del observador/testigo destaca la importancia del peregrinar del Señor en total referencia a su destino, a la meta a la que arriba. Todo se comprende así de otra manera.

Mencionábamos que Beftagé es prácticamente un suburbio de Jerusalem; en ella los peregrinos llegados de todo Israel y de la Diáspora se purificaban del viaje antes de ingresar a la orbe en donde está el Templo que es centro y faro de la fé judía. A su modo, el Maestro también se prepara luego de su viaje ministerial, pues ha llegado a su destino final, donde llevará a la plenitud su fidelidad y su misión.
Hasta este momento, excepto a los suyos y en algún caso puntual -el ciego de Jericó, la samaritana- Jesús ha mantenido oculto su mesianismo. Pero se ha terminado ese lapso, ya es tiempo de manifestar públicamente y sin reservas su condición personal, destinada a todo el pueblo.
La puntillosa precisión del Maestro en saber donde encontrarán los suyos al burrito, qué deben decir, a quién deben hacer referencia - al Señor- refleja la absoluta libertad de Cristo, la plena conciencia de su vocación, la soberanía cordial con la que ingresará a las crueles oscuridades de la Pasión. Por eso no lo han podido apresar de antemano, pues no era su hora. La hora de la Pasión es tiempo santo, momento propicio que es fruto del amor y la libertad de Cristo.
No es un burrito cualquiera, un pollino o un asno más. Se trata de un asno que nadie ha montado, un asno novísimo, sin mancha, símbolo de lo nuevo que se reserva para la ofrenda y el servicio propio de Dios.

Hay otra cuestión también, relacionada con la escatología judía: si Israel era fiel y puro, el Mesías llegaría montado gloriosamente sobre una nube. Si Israel no lo era, también el Mesías llegaría, pero a lomos de un burrito, tal como lo preanunciaba el profeta Zacarías.
Toda montura, en aquellos tiempos, implicaba un status diferente. Quien anda montado es parte de la realeza, o bien es poderoso -o una mixtura de ambas- en un tiempo en que todo el mundo andaba a pié.
Aquí llega entonces el Mesías según lo que han prometido las profecías, a liberar lo impuro que corrompe los corazones del pueblo, pero como un príncipe de paz. No es un guerrero victorioso que monta un caballo enjaezado para el combate, ni se yergue orgulloso sobre un poderoso carro de guerra. 
Es un rey, el rey querido por Dios para su pueblo, que no querrá otro palacio que los corazones de los suyos, que no viene a imponer su poder ni a derramar sangre enemiga sino la propia, que no llega a imponer dictados incuestionables y disciplinadores, discursos que no deben controvertirse, sino un yugo leve, una carga liviana, un reinado desde la mansedumbre, porque sabe que el único poder que no oprime es el servicio, la vida que se ofrece para bien de los demás.

Los mantos que se usaban tienen una gran carga simbólica. Un manto es una de las prendas de vestir principales y es reflejo de la propia existencia, y por eso, tender los mantos a los pies del rey implica cierto gozoso vasallaje, honra que se rinde al soberano para que éste lo cubra con su sombra gloriosa, y lo recubra de justicia, confiando la vida al rey que llega a tomar posesión de la ciudad.
Los mantos tendidos al paso del Mesías que llega con montura de paz es poner la vida en sus manos.

Las aclamaciones crecientes reflejan que el pueblo intuye que el rabbí galileo que llega a lomos de un asno, manso y humilde, es el Mesías prometido por un Dios que siempre cumple sus promesas, un Dios que nunca queda en mora. Pero tras el júbilo hay euforia que se disipa con rapidez, y hay incomprensión. Mucho de ese júbilo responde a expectativas nacionalistas de restauración de Israel, a viejas consignas políticas sin trascendencia, a deseos de liberación de la opresión romana. 
La euforia se desvanecerá a medida que pasen los días, cuando el Mesías no se adecue a los esquemas supuestos, cuando se lo vea tan frágil, tan derrotado, preso de los poderosos, carne de cruz, una locura de fidelidad que sólo comprenderán los suyos tras la Resurrección.

Algunas almas severas quieren que se apague esa algarabía. Algunos pretenden que Dios tiene sólo un semblante severo que debe reflejarse en un rictus amargo, retrato exacto de todo des-graciado.

Pero no podemos callar. Aún cuando muchos solemos portar imágenes erróneas de un Mesías irreal, es tiempo de abandonar ambigüedades, de decir las cosas como son, de celebrar la fidelidad del Señor, del rey que llega, de gritar fuerte con la voz y con la vida que el Redentor se llega hasta nuestras vidas para que todo -todo, sin excepciones- todo cambie, todo sea santo, todo sea de Dios, para que a pesar de la cruz y del horror la vida prevalezca, para que despunte un alba de justicia y de paz.
Para, llegado el caso de profusión de silencios de miedo o silencios impuestos, las piedras griten fuerte que la gloria de Dios se expresa en el amor de Cristo, rey manso, príncipe de paz, por toda la humanidad.

Paz y Bien

San José y el nombre de Jesús




San José, esposo de Santa María, Virgen

Para el día de hoy (19/03/16): 

Evangelio según San Mateo 1, 16. 18-21. 24a




La liturgia de este día nos convoca al grato memorial de San José, Esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia universal. 
Las Escrituras son módicas a la hora de mencionar al carpintero nazareno y, más aún, los Evangelios no reflejan una sola palabra o línea de diálogo de José, hermanado así al silencio.
Pero es un silencio profundo, pródigo, estridente, conmovedor.
Si el Evangelio según San Lucas tiene un perfil netamente mariano, el Evangelio según San Mateo lo tiene de modo predominantemente josiano. Ello no es fortuito ni casual: a través de María el Mesías se hace uno de nosotros en el ámbito infinito de la Gracia, resplandor de humanidad asumida por Dios, mientras que a través de José, descendiente del rey David, todas las promesas realizadas durante siglos al pueblo de Israel respecto del Mesías encuentran resolución, efectivo cumplimiento.

La lectura que hoy leemos ha tenido una somera interpretación lineal, de tal manera que José decide repudiar en secreto a su prometida en vista de su embarazo sospechoso, y ese repudio -en el mejor de los casos- responde a la profunda justicia del carpintero, que de ese modo protege la vida de María la cual se encontraría inerme frente a las exigencias legales imperantes y a los castigos calculados, que en el caso que nos ocupa concluiría en la ejecución de María de Nazareth por un presunto adulterio. Tiene su lógica, máxime frente a una religiosidad tan cerrada y aferrada a los códigos como la que prepondera en esa época. 
Seguramente mucho de ello se enhebra el el corazón de ese varón justo, y su justicia responde a que ajusta su corazón y voluntad a la voluntad de Dios. Pero hay que animarse a ir más allá porque hay más, siempre hay más. 

Las dudas de José no obstan sobre la mujer que ama sin condiciones -el amor de su vida-, sino sobre sí mismo. En su justicia que florece en la verdad, José intuye un abismo insalvable entre sí mismo y la acción de Dios, el plan divino que involucra a su prometida, entre su persona -un humilde y pobre artesano galileo- y la presencia de su Dios que se crece en el seno de su mujer. Por eso quiere irse, por una cuestión de ajenidad, él se considera fuera de lugar y extraño para todo lo asombroso que está sucediendo.
Así, la presencia de un Mensajero, voz amistosa de Dios, no se constituye en su corazón para aclarar la situación de María sino para despejar toda duda acerca de sí y, a la vez, confiarle una misión que será decisiva.

Nosotros, mujeres y hombres en el siglo XXI, quizás no lo sepamos o lo hayamos perdido de vista, tan enfrascados en modas o en cierta tendencia a ponerse uno mismo como centro de importancia, cuando en realidad deberíamos salir de nosotros mismo y orbitar en amor y servicio alrededor de la vida que crece, se ratifica y expande en los hijos: en ese orden de ideas, un nombre es una cuestión fundamental, pues el nombre es reflejo de la personalidad y la vocación de un hijo, espejo fiel de lo que será su existencia. Nombrar a un hijo no debería atarse a caprichos ni a la banalidad cómoda de lo usual. Nombrar a un hijo es decirle al mundo lo que ese niño será, lo que se espera de Él, y tras de ese alegre proyecto ofrecer la propia vida en ofrenda y apoyo.

Por otro lado, los sueños son el ámbito simbólico en donde se propicia el encuentro con Dios, espacio inmarcable en donde las cosas demasiado grandes para asumirlas en la vigilia se pueden explicitar y resolver.
José sueña, y en el sueño encuentra la voluntad de Dios que le indica el rumbo correcto para su alma confundida.
José entonces nombrará a su hijo de acuerdo a las indicaciones del Ángel, y lo llamará según las antiguas tradiciones de su pueblo. Jesús -Yehoshua, Dios Salva- era un nombre bastante corriente en aquella época, principalmente por enraizarse con Josué, quien conduce al pueblo de Israel cuando ingresa a la Tierra Prometida tras cuarenta años de peregrinar en los rigores del desierto. En el nombre del Hijo, se expresa que la misión del Niño será conducir a su pueblo, a todos los pueblos a la tierra definitiva de la Gracia, de la eternidad.
Ese nombre confiado a José esconde gran misterio, el Emmanuel, Dios con nosotros, presencia constante de Dios al lado de los suyos como un pariente, un vecino, un Hijo amado.

Por José, en el Mesías se cumplen todas las promesas mesiánicas. Por José, Cristo nacerá y crecerá al calor afectuoso de una familia que le brindará protección y abrigo, revelando otro misterio de amor y es que Dios nos busca y nos convoca para que la Salvación llegue a todas las gentes, urdimbre santa de Dios y el hombre. Por José, el Niño que nacerá tendrá una identidad, ascendencia real, raíces profundas que lo vinculan a su pueblo: un repudio legal de María por parte del carpintero hubiera significado que el Mesías fuera un descastado, un hijo natural -un bastardo- sin derechos ni relevancia, máxime en una sociedad duramente patriarcal y bastante misógina.

Por eso, hacer memoria de la gratísima presencia de San José es también reivindicar a todos aquellos que no reniegan de tener sueños. Que a pesar de catástrofes, dudas y miserias, siguen soñando tiempos mejores y vida plena para los suyos. Que se hacen amigos de los ángeles. Que se mantienen firmes como robles, humildes, silenciosos e imprescindibles a la hora de cuidar y proteger la vida. Que no buscan reconocimientos sino que están más que satisfechos por hacer lo que deben, y luego retirarse sin estridencias, plenos de haber realizado su vocación. Que se comprometen cordialmente con la historia desde la infinita trascendencia de una familia. Que no se extravían en los momentos críticos, cimentados en la justicia y en el servicio.

Queridísimo José de Nazareth, ruega por nosotros.

Paz y Bien


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