Dénles ustedes de comer










San Cayetano, presbítero

Para el día de hoy (07/08/17):  

Evangelio según San Mateo 14, 13-21




La transición que se insinúa es demoledora: desde una cena corrupta y orgiástica en donde se decide la muerte de un inocente, Juan el Bautista, al banquete fraternal inaugurado por el Maestro junto a una multitud en donde la vida se prodiga. 

Quizás todos nosotros, modernos y en gran medida citadinos, nos cueste imaginar la escena de miles de personas en medio de la nada, reunidas junto a Cristo, bebiendo con gratitud sus palabras y olvidando que pasan las horas.
Seguramente muchas madres llevarían alguna que otra provisión para pasar el rato, más una estancia prolongada torna peligrosa con tanta gente carente de medios. Precisamente es la mirada pragmática pero, quizás, mezquina de los discípulos: es menester despedir a ese río humano, que se vayan a los pueblos y ciudades a comprar comida, que se arreglen.

Su postura es razonable pero no alcanza. Hoy mismo hay demasiados razonadores de miserias y justificadores del hambre, una maldición bastante contemporánea.
Pero la dinámica asombrosa de la Gracia, la santa ilógica de Reino nos vuelve a reclamar que es necesario desandar los imposibles y desertar con alegría de todos los no se puede.

El amor de Dios, su infinita y bondadosa providencia siempre es causa de vida en abundancia. Los mezquinos somos nosotros, y campea la miseria porque hay hombres miserables.

El impulso del Señor con -¡Dénles ustedes de comer! debe molestarnos, dolernos, movilizarnos las manos y, muy especialmente, el corazón: la solidaridad no es otra cosa que reflejo de esa bondad divina, y son los vínculos filiales como hijas e hijos suyos los que nos ponen prisas.

La solidaridad, la abnegación y el ingenio al servicio del prójimo desaloja el hambre y produce justicia.
Hay demasiado hambre en estos tiempos por varios factores, donde quizás los principales sean las idolatrías del poder y del dinero.

Nosotros, mínimos hijos de la Iglesia, humildemente serviremos a los hambrientos porque rendimos culto al Dios de la vida en el hermano.
...
Hoy, 7 de agosto, la Iglesia hace memoria de San Cayetano. El pueblo argentino tiene una afectuosa devoción para con este hermano santo, tan cercano a los trabajadores, y junto con él ruega desde hace tiempo por Paz, Pan y Trabajo. Está prevista la presencia de al menos un millón de peregrinos a su santuario aquí en Buenos Aires -cierto arzobispo de la ciudad, como fiel devoto suyo, era usual compartir con él la misa y el afecto con el pueblo creyente. Ese arzobispo es hoy el pontífice-

Hermanos, si tienen un minuto, suplico una plegaria por esos peregrinos y por todos aquellos que durante varios días los servirán en silencio y generosidad.

Paz y Bien



Transfiguración, encuentro sagrado









La Transfiguración del Señor

Para el día de hoy (06/08/17):  

Evangelio según San Mateo 17, 1-9



El ámbito es un monte, un sitio elevado; no se trata tanto del lugar físico sino más bien simbólico, espacio propicio para el encuentro con Dios.

El Maestro se ha llevado allí a algunos de los suyos. Podemos especular del porqué de su elección -los hermanos Juan y Santiago con Pedro-, pero lo importante es la cercanía. Cristo nos elige, Cristo nos conduce y a partir de esa intimidad, de esa amistad y confianza suceden los milagros y se revela la gloria de Dios.

Jesús de Nazareth se transfigura delante de ellos, allí, ante sus ojos. Sus vestiduras son tan blancas que no hay modo en el mundo de igualar esa blancura: es señal indudable de la presencia de Dios. Jamás hay que olvidar que el artesano galileo, el hijo de María es Dios.

De pronto, se les aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús.
Moisés, la Ley, y Elías, los profetas. 
Moisés, aquél que conduce al pueblo de Dios hacia la tierra prometida, hacia su liberación.
Elías, quien es arrebatado de las garras de la muerte y cuyo regreso será la señal exacta del inicio de los tiempos mesiánicos.
Todo ello confluye en Su Persona: en Cristo todo encuentra pleno sentido y trascendencia, y aquellos que trabajan por la libertad y por la vida, aún cuando no lo sepan, están en diálogo permanente y cercanía con Él. Vida y libertad siempre son cosas de Dios, vengan de donde vengan.
Cristo, Señor de la historia, lo ratifica con su inefable transparencia, Mesías presente que trae vida y liberación para su pueblo.

No basta con oir. Es menester escuchar, escuchar con atención: Jesús de Nazareth es el Hijo amado de Dios, y por Él todos y cada uno de nosotros nos descubrimos también sus queridísimos hijos por quienes se desvive en la soberanía absoluta de su amor. 
Escuchar. Tener los ojos abiertos y el alma atenta pues por la fé, don y misterio, acontecen encuentros sagrados en donde se nos revela la gloria de Dios en la pequeñez de nuestras existencias.

Son momentos únicos, asombrosos, fundantes. Dan ganas que no se terminen nunca, las mismas ganas de Pedro de acomodarse, de quedarse allí.

Pero es menester volver al llano, allí mismo en donde transcurre el tiempo y tantos languidecen en sombras de muerte, volver con esa humilde esperanza que desaloja al miedo, porque allí, en esa cotidianeidad a menudo tan gris, el resplandor santo de ese encuentro sagrado se ha de renovar para los corazones atentos y dispuestos.

Dios se sigue manifestando, y resplandece en el rostro de los pobres y los pequeños.

Paz y Bien


El tenaz y obstinado amor de Dios










La dedicación de la Basílica de Santa María

Para el día de hoy (04/08/17) 

Evangelio según San Mateo 14, 1-12





 La lectura del Evangelio para el día de hoy nos presenta una imagen espantosa, en la que se contraponen como polos opuestos la integridad del Bautista y la corrupta violencia de Herodes Antipas.

Este último, hijo de Herodes el Grande, era tetrarca de la Perea y de Galilea, tierra natal de Jesús de Nazareth.  Era fervorosamente despreciado por los judíos por su formación helenística y su origen difuso, idumeo, extranjero, es decir, un usurpador. Para sostenerse en el poder se valía de tropas mercenarias de ferocidad conocida, pero más aún del ocupante imperial romano, del cual era abiertamente vasallo: la corona que detentaba dependía casi exclusivamente del César y de las legiones estacionadas en Judea y Siria.

Sin enderezar esta mínima reflexión hacia márgenes ideológicos, Herodes Antipas es el arquetipo del poderoso que reivindica la política como pura praxis: la propuesta puede resultar en la superficie tentadora y razonablemente lógica -de allí el afirmar que es el arte de lo posible-. Pero sin embargo adolece del fundamento primordial de la ética. Política sin ética no es búsqueda del bien común, sino solamente búsqueda y acumulación de poder sin limitación alguna, y de allí al autoritarismo, la explotación y el sojuzgamiento del pueblo hay una sola baldosa.

En un momento así, frente a un hombre inescrupuloso y ávido de todo lo que incremente su ya significativo poder -con toda su sombra asfixiante de opresión- el surgimiento de una voz clara y profética como la de Juan el Bautista es un viento de aire puro en un ambiente tan enrarecido.
Juan es un hombre que no se calla, que no vacila en denunciar todo lo que se opone al Dios, aún cuando ello suponga una crítica frontal a la dudosa moralidad del poderoso, aún cuando ello ponga en grave riesgo su misma vida. Juan es un hombre peligroso en su enorme integridad y en su mansa fidelidad incoercible.

Herodes Antipas no le importa nada más que sí mismo, y además de supersticioso, es un esclavo del qué dirán -quizás en nuestra época, denominaríamos a esto como opinión pública-. Por eso, una danza dudosamente erótica es la excusa perfecta para suprimir esa voz molesta a la que el pueblo presta cada vez más atención.

Significativamente, la muerte y sepultura del enorme Juan será para Jesús de Nazareth el indicio veraz y primordial de que ha llegado su tiempo, el tiempo de anunciar que el Reino de Dios ha llegado, que está aquí entre nosotros, que la historia está grávida de la Gracia, que la Salvación se ofrece incondicional a toda la humanidad.

Allí en donde muchos ven signos luctuosos y de dolor, el Maestro descubre subyacentes signos verdaderos de bendición, de tiempo florecido, con todo y a pesar de todo.

Quiera Dios que también para nosotros tanta muerte y tanto dolor se nos transformen en indicios ciertos de una vida que persiste, tenaz y obstinado como el amor de Dios.

Paz y Bien

El hijo del carpintero










San Juan María Vianney, presbítero

Día del párraco y del sacerdote

Para el día de hoy (04/08/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 54-58





Los preconceptos no son buenos, minimizan cualquier amplitud de miradas. En cierto modo implican un molde a lo que todo debe adaptarse, y cuando ello no ocurre, surge la necesidad de que, a la fuerza, lo nuevo se amolde a la estructura prefijada.

Los paisanos nazarenos de Jesús se habían así quedado con el viejo molde. Él no podía hablar como hablaba, ni hacer lo que hacía, ni tener autoridad alguna, pues ese pretendido rabbí era el hijo del tekton, del carpintero, y de María, y vivían allí sus hermanos o parientes. Se habían quedado aferrados a una imagen y dejaban de lado de manera flagrante a la persona real. De allí el escándalo que les crecía, y más aún en su sentido literal, pues el término skandalon remite a la piedra con la que uno se tropieza cuando vá caminando. Y ellos, frente a este Cristo que creían conocer bien pero en verdad desconocían por completo, los hacía tropezar y caer al suelo con el estruendo de su estupor.

Así entonces en su querencia no realizaría demasiados signos o milagros. Los milagros no son solamente cuestiones de la bondad divina, sino mixtura santa del amor de Dios y de la fé del hombre. Y cuando falta esa confianza fundante, la Gracia busca terrenos más fértiles para que el Reino germine.

Sin embargo, el lugar de donde venimos es importantísimo. Confiere identidad y revela muchas cosas, y que Jesús el Cristo fuera originario de Nazareth, que su padre fuera el tekton del pueblo, que su madre fuera María es parte también del misterio de Dios que ha querido encarnarse, ser parte de la historia humana a partir de una cultura específica, en un tiempo determinado y propicio, pero muy especialmente de un modo poco pomposo e imponente, que confunde en su sencillez y humildad y que pertenece a esa periferia galilea sospechosa, la periferia de donde nada bueno puede esperarse.

Quiera Dios que este Cristo sea escandaloso también para todos nuestros preconceptos, que confunda nuestros prejuicios y nos altere las caricaturas que nos hemos hecho de su persona, para con el auxilio del Espíritu poder al fin encontrarnos con el Cristo hermano y Señor de nuestra salvación.

Paz y Bien


Redes cristianas, redes católicas









Para el día de hoy (03/08/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 47-53





Algunos de los discípulos de Jesús eran experimentados pescadores de oficio, Pedro y Andrés, Juan y Santiago, quizás Felipe. Y seguramente, entre las multitudes que lo seguían con persistencia también otros tantos podrían encontrarse: la cercanía del mar de Galilea es el indicio y de su importancia, de su gravitación social y económica. El mismo Jesús se vale de ejemplos de aquello que Él también conocía de cerca, y es dable imaginarse los rostros de esos hombres asintiendo en silencio cuando Él tomaba como ejemplos circunstancias que los tocaban a diario.
Ello no es solamente una propedéutica o metodología de enseñanza: es el misterio de la eternidad que se esconde en el acontecer diario, el cómo resignificar de modo trascendente aquello que consideramos rutinario y habitual.

Desde aquel entonces muchos siglos han pasado, muchos cambios geológicos y climáticos han dejado su huella, mucha polución ha saturado la zona. Pero en el siglo I, esas aguas bullían de una fauna ictícola multiforme, muy variada, y esos hombres entendían perfectamente lo que el Maestro les planteaba.
No era una acción deportiva o lúdica de caña y anzuelo, sino del esfuerzo común que robustecía la tarea: ellos debían barrenar esas aguas a la mayor profundidad posible, y recogiendo en sus redes todos los peces posibles.
Sólo al finalizar la pesca, se discriminaría entre pescados comestibles o nó, entre pescados útiles e inútiles, entre pescados buenos y malos. Más aún, unos cuantos se arrojarán de nuevo a las aguas pues serán demasiado pequeños, y es mejor que crezcan a nado. Otro tiempo de pesca será el adecuado.

Las redes que el Maestro nos invita a portar, como símbolo magnífico del Reino, son redes católicas.
Quizás el título que encabeza estas pobres líneas induzca a engaño, tenga una trampa menor: sin embargo, las redes de Cristo son católicas, no tanto por pertenencia eclesiástica, sino por su universalidad que no discrimina entre peces buenos y malos. Todos son objetos -mejor dicho, sujetos- del infinito y escandaloso amor de Dios.

Ningún pez, por pequeño e insignificante o por grande y fiero ha de quedar fuera de esas redes.
Hay un detalle tan obvio que con toda probabilidad se nos escurra de la reflexión: los peces en las redes son tales pues están con vida.
Sólo finalizada la pesca, sólo fuera de su ambiente se convierten en pescados, es decir, en peces muertos.

Las redes son redes de vida, y aunque cueste su comprensión y su encarnación cotidiana, nuestro destino y vocación es la de pescadores de hombres, servidores de todos, de buenos y malos, todos hijos del mismo Dios de la vida.
Sólo a Él le corresponde el juicio, no a nosotros. A nosotros la justicia del Reino, que es la misericordia.

Paz y Bien

Encuentro decisivo








Para el día de hoy (02/08/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-46




Como al labriego en el campo, como al mercader de perlas, cuando se descubre algo tan valioso todo pasa a un segundo plano. Es decir, que vale la pena dejar todo atrás -venderlo todo- por ese tesoro encontrado.

Pero hay un distingo tanto en el hombre del campo y en el comerciante citadino, y es la alegría, una alegría que perdura y no mengua y que es producto primordial de ese encuentro decisivo.

En ese encuentro prima el asombro, que no el estupor. Un asombro que moviliza, que ilumina la mirada, que transforma la totalidad de la vida. Ya nada será lo mismo, lo pasado será historia y en un presente riquísimo se gesta silencioso un futuro a pura esperanza.

A las personas a las que les ha sucedido ese descubrimiento mayor se les nota en la mirada, en las palabras y en los silencios, en los gestos, en todo lo que hacen. Es gente que merced a ese crisol se vuelve, a su vez, un tesoro valioso para los demás, pues ante todo saben, conocen y ponderan desde las profundidades de su corazón el valor incalculable del prójimo.

Porque el tesoro es el Reino que se encuentra en el quehacer cotidiano, porque la perla más fina es descubrir la Gracia de Dios, el paso salvador de Dios por la historia de nuestras existencias.

Paz y Bien

El trigo y la cizaña








Para el día de hoy (01/08/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 36-43 




Nunca es suficiente la reiteración del mismo concepto: Jesús de Nazareth se valía de situaciones e imágenes de la vida cotidiana que compartían sus oyentes, para enseñarles y revelarles las verdades de Dios, es decir, hablaba en el mismo idioma y con los mismos códigos que esas multitudes que le escuchaban. Nosotros quizás hemos olvidado eso, precisamente el dialogar con la mujer y el hombre de hoy desde la fé y a partir de las cosas que a todos nos pasan.

En el caso puntual de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, el Maestro utiliza una imagen campesina, rural, muy cercana y conocida para todos sus congéneres, la que también estaba cargada de contenido simbólico.
El trigo era importantísimo para la alimentación de las familias judías en la época de la predicación de Jesús: la dieta principal se componía de pan y de los eventuales peces que se obtuvieran de la pesca. Asimismo, la elaboración del pan estaba puntillosamente prescripta y determinada por la ley mosaica, variando su conformación de acuerdo al tiempo religioso que se atravesara.

Pero volvamos al trigo: esas gentes conocían bien que junto con el trigo crecía también la cizaña -lolium temulentum-, una gramínea cuya apariencia es muy parecida a la del trigo, tan parecida que era menester tener muy buen ojo para poder discriminar entre la planta de trigo bueno y la de la cizaña peligrosa. Ésta última era similar en apariencia solamente, pues sus granos eran tóxicos, de tal modo que si ellos se mezclaban con los de trigo y se producía harina, el pan producido iba a producir vómitos y a enfermar a quienes lo consumiesen.
Pero la cizaña posee otra particularidad decisiva: las raíces de la cizaña son profundas y fuertes, y por ello se entremezclan en la tierra junto a las raíces del trigo. Si se decidiera a arrancar la cizaña, inevitablemente se arrancaría y aniquilaría al trigo útil y eficaz.

El Maestro nos vuelve a decir con decisión y con la intensidad de su Palabra que nunca, por ningún motivo, podemos arrogarnos la pretensión de establecer -mediante rigorismos excluyentes- una Iglesia pura y sin cizañas ni contaminantes/contaminados. En todo caso, se podrán compendiar pecados, vicios y virtudes. Pero no somos ni el Dueño del campo ni tampoco el cosechero.

Sin embargo, la cizaña presente en nuestros corazones y en nuestras sociedades no nos exime de responsabilidad ni nos relega a una esperanza postrera y resignada. 

Es importante tener buen ojo cordial para reconocer trigo y cizaña, y muy especialmente, para proteger a tantos hermanos trigales que se hacen pan compartido para todos nosotros. Es compromiso de justicia, es compromiso del Evangelio, es tarea encomendada por ese Cristo que no nos abandona, cuyo rostro resplandece en tantas mujeres y hombres justos y santos, silentes y humildes, que el Espíritu nos florece aquí y ahora.

Paz y Bien

El Reino crece humilde y silencioso










San Ignacio de Loyola, presbítero

Para el día de hoy (31/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 31-35




Seguramente, el Maestro siendo niño lo observaba con sus ojos asombrados, veía a su madre y a las mujeres de su pequeño pueblo amasar el pan, una medida de harina y una pizca de levadura que hacía maravillas, algo tan insignificante que todo lo transformaba.
Y como hijo de su pueblo, también conocía bien la vegetación circundante: así una pequeña semilla de mostaza que se pierde entre los dedos, se convierte con una fuerza escondida en un arbusto alto y frondoso.

Así, a partir de lo cotidiano Jesús revela y enseña las verdades del Reino. Desde el mismo comienzo de su ministerio suscitó controversias y rechazos, pues el acento no está puesto en los rituales formales vinculados al templo, sino que enseña y re-liga la eternidad con el tiempo humano a partir de la cotidianeidad. Y para severas almas estrechas, incapaces de lo nuevo, ello es peligrosamente secular; para colmo de males, se trata de un galileo, es decir, de un judío de segunda categoría. Y para esos orgullosos fariseos jerosolimitanos, de Galilea no ha de salir nada bueno ni nuevo.

Con todo y a pesar de todo, desde lo pequeño y lo insignificante se edifica la vida nueva, el Reino de Dios presente aquí y ahora, al alcance de todo corazón.
Reconozcamos que estamos demasiado aferrados a lo ampuloso, a lo masivo, al poder detentado. Pero ello nada tiene que ver con la Buena Noticia.

El Reino crece, humilde y silencioso, con una fuerza insospechada, con la tenacidad que sólo conocen los que aman hasta las últimas consecuencias.
 
Más aún, cuando todo se ensombrece, cuando los desprecios y los descartes nos ponen límites espúreos a nuestros horizontes -gravosas situaciones impuestas pero también generadas por nuestras propias miserias- nuestra esperanza se funda y re-crea en la perenne compañía del Señor y en la certeza de que podrán haber tormentas de oscuridad, pero el Reino sigue creciendo, empuje santo que todo lo transforma, que nos crece, que nos fermenta y nos compromete honorablemente desde la bondad.

Paz y Bien

Dios, tesoro cotidiano










17° Domingo durante el año

Para el día de hoy (30/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-52



Los conflictos bélicos en Medio Oriente no son exclusivos de la historia reciente: ya en los tiempos de Jesús de Nazareth -y antes también- las tierras de Israel solían estar surcadas por conflictos armados que todo asolaban. A su vez, la sujeción al emperador romano implicaba un gravamen de tributos obligatorios francamente intolerables. Así entonces, por los saqueos luego de las batallas y con el fin de eludir esa carga impositiva que era un latrocinio para los pobres, muchos ocultaban las monedas que ahorraban y algún objeto de valor en vasijas de barro que enterraban en el campo.

En ese tiempo también, los campesinos y labriegos eran, en su gran mayoría, arrendatarios de grandes terratenientes. Casi nadie era dueño de la tierra que trabajaba. Por esa causa, el labrador de la primer parábola de esta lectura tal vez fuera uno de ellos, que haciendo su tarea cotidiana para procurar su sustento y el de su familia, se encuentra de pronto con una vasija de esas, con un tesoro escondido que vuelve a esconder en otro lugar. Seguramente se deslomaría de sol a sol, pero haría lo imposible para que ese campo fuera suyo, que no se le pierda, que no se le escape de las manos ese tesoro asombroso.

En cambio, el mercader es un buscador profesional, un experto en esos menesteres de comprar perlas a un valor determinado y revenderlas a mayor precio, acumulando pingües beneficios y edificando una fortuna. Un día, enfrascado en su tarea, encuentra una perla única: él lo sabe, conocedor cabal de esos temas. Quizás sea más frío y calculador que el labrador anterior, sabe que esa perla hallada no tiene parangón, ni se compara a nada de su vasta experiencia, y por ello se atreve a liquidar todos sus bienes previos para adquirirla.

Pero en ambos casos, ese magnífico hallazgo que todo lo transforma y por el que nada volverá a ser igual supone una intervención personal, un esfuerzo, un compromiso y hasta un sacrificio. No se trata de un evento fortuito. No existen casualidades sino causalidades, frutos de la amorosa providencia de un Dios cuyo Reino se deja encontrar.

Frente a su Gracia, todo parece ínfimo.

El encuentro con ese tesoro marca un antes y un después en la existencia, el hito fundante de la vocación cristiana.

Más aún: Dios es el tesoro que se deja encontrar en medio de nuestros esfuerzos cotidianos, y que hace la vida resplandecer, dejar de lado lo que perece, y volvernos tenaces buscadores de su amor que siempre nos sale al encuentro todos los días, cada día, cada instante.

Paz y Bien

 

Santa Marta









Santa Marta, memorial.

Patrona de las amas de casa 

Para el día de hoy (29/07/17):  

Evangelio según San Juan 11, 19-27



En Betania, pequeña localidad cercana a Jerusalem, había una familia compuesta por tres hermanos, Lázaro, María y Marta. Cada vez que se reunía con ellos, en un clima de profunda amistad, Jesús se sentía tan a gusto que el hogar de Lázaro y sus hermanas se transformaba en su propio hogar, y es precisamente un espejo espiritual de la Iglesia, una familia reunida junto a un Amigo, en donde Dios se encuentra a sus anchas.

Quizás porque se preveía, no sólo por la razonabilidad de la vida sino por una enfermedad grave, Jesús de Nazareth no está presente cuando el fallecimiento de Lázaro. Él trae algo más que la elusión de la mortalidad. Él trae la vida ofreciendo la suya, vida abundante, vida eterna.

No son difíciles de imaginarse las miradas y los rostros. Marta -tan inquieta y proactiva, tan dada a servir a los demás, aún a riesgo de extraviar de a ratos lo más importante- se dirige a Jesús con palabras propias de amigos, con la confianza de mirarse a los ojos y decirse las cosas como son, sin ambages pero sin lastimarse.
Es un momento de intenso dolor por la pérdida, una pérdida que se magnifica por el luto de los otros. Aún así, Marta sale al encuentro del Maestro, abandonando por un momento ese ambiente enrarecido por el llanto, por las sombras de la muerte.
Cuando nada se vé, cuando el horizonte no indica nada más que tristeza, es preciso abrir la puerta e ir al encuentro de los amigos, y del Amigo fiel que siempre se llega allí en donde nos demolemos de angustia.

Entre ellos dos, Marta y Jesús, hay amistad y hay ternura. Y desde allí surge la fé y acontecen los milagros. Porque a pesar de todo y de todos, Marta sigue confiando en el poder asombroso de ese Amigo que no se priva de llorar abiertamente por Lázaro que ha muerto.

Un Dios que nos llora por amor entrañable no suele estar en nuestras estampitas interiores.

Marta porta en su mente viejas ideas, conceptos férreos esgrimidos por los mismos que condenarán a muerte a Cristo, y que proyectan su sombra ominosa desde la cercana Jerusalem.
La precisión y la ortodoxia son importantes, pero más importante es la fé, la confianza en ese Cristo que es la Resurrección y la vida.

Porque contra todo pronóstico, Marta intuye y sabe en las honduras de su alma que nada el Padre deniega a lo que el Hijo le pida.

Esa amistad es también signo para nosotros de que la fé no es una abstracta cuestión doctrinaria. Hay afectos, razón, co-razón,  piel, sangre, huesos, toda la existencia transformada por el encuentro con el Salvador, que es hermano, es Dios y es Amigo fiel por siempre.

Paz y Bien

Hombres y mujeres con destino de pan santo









Para el día de hoy (28/07/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 18-23




En los afanes de racionalizar la parábola del sembrador, nos solemos detener en los problemas que se plantean luego de sembrada la semilla. Ciertos sentimientos culposos y justificados nos llevan a identificarnos con las situaciones planteadas por el Maestro en la parábola, todas las veces que nos hemos dejado embarcar en las euforias nimias, el pedregullo de la superficialidad. La cizaña de las tentaciones mundanas que impiden que la semilla del Reino crezca y se vuelva árbol frondoso. Las raíces sin profundidad, que arrancan de cuajo el humilde brote ante el primer ventarrón.

Pero es menester ahondar en la Palabra, tal como hace la semilla, que muere en lo profundo para que nazca una vida nueva, pujante, imparable.
Quizás sea tan evidente que nos sobresaturemos de obviedades. Pero lo importante es que en todos nosotros -en toda persona- hay un reducto de buena tierra, parcela santa en donde se espeja el rostro de Dios. Porque con todo y a pesar de todo, la creación y las creaturas son buenas y santas.

Así, somos tierra que anda, tierra que late, y tenemos una infinita invitación a ser tierra santa de la Salvación, en las honduras de los corazones.
Todo es posible cuando se mixturan en el cáliz de la fé la confianza cordial del hombre y el amor infinito y paternal de Dios.

La semilla es asombrosa, pues nadie repara en ella, tan pequeña y humilde que resulta. Sin embargo tiene una fuerza increíble, pujante, que no ceja en su germinar y en su crecer.

Tiempo santo de Dios y el hombre es el tiempo inaugurado por Cristo.

Por esa semilla asombrosa y desde la libertad de ofrecer esta pequeña parcela de buena tierra que somos, frutos santos y abundantes, frutos que son bendición pues se agigantan como un magnífico tesoro en tanto se comparten.

Hombres y mujeres de trigo con destino de pan santo.

Paz y Bien

Parábolas, ventanas al infinito












Para el día de hoy (27/07/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 10-17 





Más que una técnica pedagógica o una metodología de enseñanza, las parábolas eran el medio del cual el Maestro se valía para revelar a las multitudes la realidad absoluta del Reino de Dios presente ya entre ellos.
Así, mediante ejemplos tomados de la vida cotidiana -todas cuestiones que esas gentes vivían a diario-, el Maestro les iba abriendo paulatinamente ventanas a la eternidad.

Por eso nadie hablaba como Él, con tal autoridad que refería a la trascendencia amorosa de Dios. Pero a su vez, mediante las parábolas nos vamos desprendiendo de cualquier presunción vana de automaticidad..
Todo tiene su tiempo, su crecimiento y su maduración, y aunque no haya lapsos tabulados, en cambio sí hay momentos de crecimiento que no se replican cuantitativamente pero nos igualan en humanidad, en ascenso más allá del fango.
La realidad de Dios es demasiado inmensa y abrumadora como para observarla de frente, como al sol, a riesgos de enceguecernos. Cristo es el puente por el que podemos entrever el rostro pleno de Dios.
Toda semilla ha de crecer a su debido tiempo, para brindar frutos buenos. Así sea la Palabra con nosotros.

Sin embargo, los discípulos se extrañaban de que a la multitud Jesús les enseñara mediante parábolas, y a ellos nó. Ellos bebían de las fuentes mismas del misterio.
Porque ser discípulo es, ante todo, compartir el pan y la vida con Cristo, la propia existencia transformada y fecunda por el paso salvador de Dios.

De cualquier modo, las parábolas siguen estando allí como ramas fragantes del árbol santo de la salvación, pues la Palabra de Dios es Palabra de vida y Palabra viva, y continúa el Maestro, ofreciéndonos ventanas extraordinarias para asomarnos al infinito.

Paz y Bien


A no desesperar, el Reino sigue creciendo








Para el día de hoy (26/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 1-9




En la invitación y enseñanza que la liturgia nos obsequia en el Evangelio para el día de hoy, hay una constante que recorre la lectura y tal vez, de tan evidente la pasamos por alto. Esa constante es que Jesús en ningún momento habla explícita y directamente de Dios, del Reino, de discípulos y Mesías, y si no fueran palabras del Señor, nos encontraríamos frente a una secularización peligrosa, en donde lo tradicionalmente sagrado ha sido dejado de lado.

Para colmo de males, el sembrador de su parábola es, cuanto menos, extraño y desaprensivo. Sin dudas es un trabajador que se ocupa de su tarea, aunque quizás no sea puntilloso en los terrenos diversos en donde las semillas caen, y en este sentido, es un trabajador eminentemente despreocupado pues parece no darse cuenta que está desperdiciando esas semillas tan valiosas.

Sin embargo, estamos en otro tiempo, un tiempo nuevo, el tiempo de la Gracia. Y para Cristo -nos cueste lo que nos cueste- el Reino ya mismo está entre nosotros, y a lo sagrado, a Dios, se lo encuentra en la vida cotidiana. Quizás debamos volvernos buenos ladrones, y esforzarnos por quitar a Dios de tantas imágenes muertas y volver a reencontrarnos con Él en las calles, en las plazas, en el hermano. Porque si el corazón es el altar primero, la compasión y la fraternidad son culto y liturgia verdaderos.

Quiera Dios que nos volvamos así, sembradores ocupados y a la vez despreocupados, despreocupados no por desidia sino por confianza. Porque la semilla infinita y eterna que se nos ha confiado -y que no nos pertenece- ha de crecer, germinar y rendir frutos impensados, magníficos, santos.

Paz y Bien

El cáliz de Cristo









Santiago Apóstol, patrono de España, patrono de Bilbao 

Para el día de hoy (25/07/17) 

Evangelio según San Mateo 20, 20-28




El episodio sucedido con la madre de los hijos de Zebedeo -nótese el desmedro de la mujer, son hijos de Zebedeo antes que de ella- revela un gran problema enraizado en los corazones de todos los discípulos, mucho más que las ansias, erradas o nó, de prosperidad de una madre para con sus hijos. Por eso mismo el tenor y el tono de la respuesta de Jesús será mucho más leve y comprensivo para con ella que para con el resto; al fin y al cabo, se trata de una madre que se preocupa por el futuro de sus hijos, Santiago y Juan, conocidos también como boanerges o hijos del trueno por sus caracteres usualmente bravos y encendidos.

Pero también el requerimiento de esa madre esconde una gran incomprensión de la misión de Cristo, del misterio del Reino y de la perdurabilidad de ciertos esquemas viejos a los que no permiten que sean pasado. Porque tanto Santiago como Juan y todos los demás imaginan a un Mesías glorioso y reinante, vindicante de su pueblo que aplasta a sus enemigos y que gobernará como monarca y caudillo real la tierra que Dios concedió a sus mayores.
Los otros diez discípulos se enfurecen de indignación, más no por el pedido inusual: ellos piensan del mismo modo. En realidad, están enojados porque esos dos hijos de Zebedeo se les han adelantado.

Santiago y Juan, Juan y Santiago -con mucha ligereza- se declaran aptos y seguros a la hora de confirmar que beberán el mismo cáliz de Cristo. Sin embargo, ellos siguen pensando en esas categorías mundanas de poder e imposición.
Pero el cáliz de Cristo contiene el vino bueno, nuevo y santo del Reino, vino de la vida ofrecida generosamente, vino del servicio, vino de la fraternidad, vino de la abnegación, vino del hacerse último para estar en el mismo sitio y con el mismo corazón de aquellos a los que nadie quiere, a los que nadie escucha, a los últimos entre los últimos.

Santiago finalmente, por su unión a Cristo y una amistad entrañable será un misionero tenaz y un fiel testigo de la Buena Noticia, y así su cáliz será el del Señor, amor hasta las últimas consecuencias, vida que se hace bendición para los demás.

Que Santiago el Apóstol ruegue e interceda siempre por España, y que su pueblo prospere en paz y en justicia.

Paz y Bien

Generación perversa









San Francisco Solano, religioso

Para el día de hoy (24/07/17) 

Evangelio según San Mateo 12, 38-42




La exigencia de esos fariseos -todos ellos hombres muy religiosos- no responde a un ansia de verdad, a corazones afanosos por encontrar el camino recto de Dios. En realidad, esos hombres, con sus actitudes y requisitorias esconden varias cuestiones.

Por un lado, se autoconsideran la ortodoxia en la interpretación cabal de todo lo relacionado con Dios, y de ese modo, discriminadores taxativos entre lo sagrado y lo que no lo es. En su horizonte de miras muy estrechas, es dable y razonable suponer que sus prejuicios no aceptarán siquiera lo evidente, la bondad practicada por Jesús de Nazareth como signo cierto del amor de Dios.
En realidad, ellos exigen que ese rabbí galileo realice un milagro tal como ellos lo entienden, espectacular, pretendidamente celestial, y será a partir de esa soberbia primordial el motivo fundante que los llevará a dividir aguas, a discriminar, a ejercer violencia en nombre de Dios, una historia tristemente conocida que se repite a través de la historia.

Por otro lado, no confiaban en el Maestro y por ello rechazaban en sus corazones todo lo que Él realizaba, en la razón de que -por no encajar en sus ideas premoldeadas- los hechos de ese Mesías tan extraño eran demasiado humanos. En su mismo modo de dirigirse a Jesús, hay un velado tono de burla y desprecio: es un rabbí galileo sospechoso, un profeta campesino sin formación, y a pesar de la avidez de las gentes por beber sus palabras, no es más que un provocador más: nada de Dios hay en Él.

El hambre de señales divinas esconde el rechazo a lo evidente, y es que el Reino está aquí y ahora y enriquece, santifica y redime la condición humana y toda la creación. Por eso mismo todos los gestos de amor y ternura, de salud y fraternidad realizados por Jesús de Nazareth y los suyos nunca serán suficientes ni santos para miradas así, tan juiciosas, tan crueles, tan angostas.

Así será la asombrosa respuesta de Jesús: a esa generación per-versa -jamás con-versa- sólo se le dará el signo de Jonás y la ballena, es decir, Cristo entregado a las fauces de la muerte, que emergerá victorioso, vivo para siempre desde las mismas sombras que se aparecen como definitivas.

Porque la Resurrección es el signo definitivo del amor de Dios, de que la vida prevalece, y los discípulos de Jesús que permanecen fieles practican en la cotidianeidad una fidelidad a ese signo que es mayor a todo lo que pueda preverse. La vida está allí y aquí mismo, es menester atreverse a darse cuenta, y estamos en verdad escasos de gratitud.

Paz y Bien

Cizaña y paciencia











Domingo 16º durante el año

Para el día de hoy (23/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 24-43 



Jesús de Nazareth tenía por oyentes habituales a sus discípulos -varios de ellos pescadores del mar de Galilea- y a una gran multitud que se componía, en su gran mayoría, de campesinos y jornaleros, toda vez que la economía judía del siglo I era predominantemente agrícola. Es por ello que los que le escuchaban -incluidos también escribas, fariseos y herodianos- sabían bien de qué hablaba cuando les ofrecía sus parábolas, pues las parábolas son propuestas, ventanas que se abren hacia otra dimensión insospechada que es el Reino de Dios aquí y ahora, la eternidad entretejida en la cotidianeidad. 

Nosotros quizás hemos perdido esa capacidad de diálogo con las mujeres y los hombres de hoy, anunciar Buenas Noticias a partir de las cosas que le suceden a diario, y así nos perdemos en declamaciones puras y estériles, en abstracciones sin sentido.

En ese orden de ideas, el Maestro plantea la parábola de la cizaña, que con mayor precisión debería llamarse, tal vez, parábola de la cosecha.

La cizaña es una gramínea muy similar a la planta de trigo, y crece con regularidad en las zonas en donde el trigo se siembra. El crecimiento de ambos es simultáneo, y es harto difícil discriminar entre la buena planta de trigo de la mala cizaña, de tan parecidas que son. Pero esa similitud -esas gentes lo sabían con toda certeza- no exime a la cizaña de ser una maleza, que puede conferir una naturaleza tóxica a las espigas de trigo por un hongo que suele incubar en sus propias espigas; pero también, esa cizaña hará que la harina producto de ese trigo contaminado se vuelva ácida y amarga, y por lo tanto, cualquier pan amasado con ella tornará incomible, más veneno que alimento.

Sin embargo, hay un problema: la cizaña es tan idéntica al trigo, que la pretensión de arrancarla de raíz implica arrancar también el tallo de trigo, y así dejarlo morir. La solución estará en el tiempo de la cosecha, tiempo de separar malezas inútiles y malsanas del trigo noble, que tiene destino de pan que alimenta y se comparte.

Toda la humanidad, y no sólo los cristianos, tenemos destino de pan, destino frutal, destino de plenitud que se mide por esos frutos prodigados. Pero también todos tenemos las ansias de volvernos purificadores fulminantes de toda cizaña, sin reconocer tal vez que portamos buena cantidad de ella en nuestros corazones.
Por eso el aguardar a la cosecha implica paciencia, mucha paciencia, más no tolerancia ingenua o prudencia falaz que esconde cobardía. Hay cosas que no pueden ni deben tolerarse, de ninguna manera. Pero -literal y figuradamente- a través de la historia nos empecinamos en arrojar al fuego a demasiados cizañeros, todos nosotros expertos en descubrir briznas en miradas ajenas pero negadores empecinados en las vigas propias.

Porque el campo -la humanidad toda- no nos pertenece, y hemos de ser pequeños y felices labriegos. El Dueño del campo es el que decide el cuando y el cómo de la cosecha, e invariablemente, a pesar de todo y de todos, aún con toda una miríada de señales ansiosas, el destino de pan santo se ha de cumplir, y allí se enraiza orgullosamente humilde este tallo de trigo que es nuestra existencia.

Paz y Bien


María Magdalena apóstol y misionera










Santa María Magdalena 

Para el día de hoy (22/07/17) 

Evangelio según San Juan 20, 1. 11-18





Con un destrato a veces cruel, María Magdalena se la ha encasillado en cuestiones de índole moral sin fundamento histórico, literario ni evangélico, y así se ha relativizado su enorme estatura espiritual y su relevancia fundamental para la Iglesia. Más aún, en los últimos tiempos y a partir de especulaciones absurdas se ha montado un pingüe negocio editorial y audiovisual, el que es dable razonar como intención primordial antes que ansias de verdad. Las teorías conspirativas recaudan mucho dinero sin importar certeza ni justicia.

Por otra parte, con un dócil y triste conformismo hemos aceptado irreflexivamente todos los rótulos que a ella le han impuesto -pecadora, prostituta, penitente- y de ese modo renegamos y soslayamos lo que verdaderamente cuenta, su importancia como mujer creyente, como discípula y como apóstol de los apóstoles.

Porque Santa María Magdalena es una mujer de fé que, a pesar de que todo indica lo contrario, de que campea el miedo, de que los varones cercanos al Maestro han huido y están ocultos atenazados por el miedo, permanece fiel en un amor que no se resigna ni se doblega, corazón demolido pero erguido al pié de la cruz.

En ella podemos descubrirnos cuando las sombras de la muerte y los silencios tristes nos cercan los días. En ella están todos aquellos que aún cuando porten algunas razones equivocadas, no se abandonan porque no se aferran a ideas sino que están indisolublemente ligados a Alguien. Las lágrimas que anegan su horizonte no impiden que pierda su centro, ese Maestro que supone habitante del sepulcro frío.

En el tiempo de la Gracia, ya no hay más imposibles y hay un destierro de los nunca, de los jamás, de los no se puede. Ese sepulcro al que imagina hogar de un cadáver, es hueco inútil de una muerte que está en fuga definitiva, a la que sólo le queda retroceder.
Con sus errores y confusiones, con una tristeza que parece permanente, prevalece ese amor que la moviliza en la madrugada solitaria, y es ese amor el que la hace descubrir al Maestro vivo, Cristo resucitado, encuentro y re-encuentro que salva.

No hay nada más importante, y esa prisa le pone alas a sus pies y a su corazón, y es una noticia que debe ser comunicada, mandato urgente de que Jesús de Nazareth está vivo, que la muerte no tiene la última palabra, que la vida y el amor de Dios prevalecen. 
Ella es mujer y en la sociedad de su tiempo es una nadie, alguien que no tiene derechos ni ha de ser tomada en cuenta. Ella es pequeña, de esos pequeños a los que Dios inclina su rostro y se revela en todo su esplendor. 
Ella tiene el asombroso mandato y la enorme misión de ser testigo del Cristo vivo a la Iglesia, a aquellos que se han escondido por el miedo y la desazón, por una Pascua que tienen pendiente. Ella es apóstol de los apóstoles, mensajera crucial para que ellos puedan cumplir con su misión a todos los confines del mundo.

Quiera Dios que volvamos a descubrir la importancia de todas las Magdalenas que tenaces y fieles nos siguen diciendo que Cristo está vivo, que la vida perdura, que la muerte no es el final.

Paz y Bien

Cosechas de misericordia










Para el día de hoy (21/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 1-8 





La religión oficial en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era muy estricta en todos sus aspectos. Estricta en los preceptos a cumplir, rotunda en el acceso y las formas del culto, incólume en la ortodoxia detentada por escribas y fariseos.
Ello, de por sí y en una mirada superficial es loable, a sabiendas de los perjuicios que causa en todos los ámbitos los relativismos y las moralidades laxas. Pero el problema estribaba en que esos rigores habían perdido su sentido primigenio, el vínculo con el Dios que inspiraba esa fé, y así ley, normas, preceptos devenían en fines en sí mismos, sin trascendencia ni referencia a una eternidad que le brinde sustento.
A ello se añadía una lectura literal de las Escrituras, que es causa de todos los fundamentalismos, y todo ello se combinaba en un espeso ambiente opresivo que solía demoler y agobiar las almas más sencillas.

Pero la Encarnación de Dios inaugura un tiempo santo -kairós-, tiempo de Dios y el hombre, de la humanidad asumida por ese Dios para levantarla hacia la plenitud y la eternidad a puro empuje bondadoso del amor que se expresa en todas las enseñanzas, gestos y acciones de Jesús de Nazareth. Lo divino, entonces, no se desliga por ningún motivo de lo humano pues Cristo tiende un puente irreductible entre la inmensidad de Dios y la pequeñez del hombre, sacerdote eterno que acampa entre nosotros.

Ese día, un sábado, el Maestro y sus amigos atravesaban a pié un trigal. Algo tan elemental y tan humano como el hambre se hace presente, y ellos toman algunas espigas entre sus manos, y las frotan para poder comerse los granos, y así quizás engañar un poco esa langudez que empieza a dolerles.

Al instante, surge la crítica virulenta, y no por tomar espigas de un sembrado que no les pertenece, sino por quebrantar las normas del Shabbat.
Pero el Maestro no retrocede. Con paciencia trata de razonar con esos hombres furiosos, intentando que comprendan que desde la misma Palabra se arriba a ese puerto, y que el Shabbat es a favor del hombre, que el deseo de Dios es el bien de todos los hijos.
Quizás el Shabbat hubiera sido más pleno si se rindiera culto a Dios desde la libertad y desde la compasión.

Porque Jesús de revela como Señor del Sábado, y más aún. En la historia de Israel, Dios se encontraba con su pueblo en una tienda elegida que habitaba en el desierto, y luego el Templo de Jerusalem pasó a ser el lugar sagrado por excelencia.
Sin embargo hay un desplazamiento definitivo: a Dios se le encuentra en la persona de Cristo, templo vivo y peregrino de ese Dios que nos ama sin medida ni condiciones, y por el que cada mujer y cada hombre se vuelven también templos santos del Dios de la vida.

En esos templos latientes es en donde se rinde el culto primero, que no está codificado pues es la compasión.
Quiera Dios que florezcan entre nosotros espigas de misericordia que alimenten tantos estómagos doloridos y tantas almas vacías de sentido, espigas de Dios que hemos de cuidar como tesoro preciado que son, la Gracia entre nosotros.

Paz y Bien

Cristo es nuestro descanso









Para el día de hoy (20/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 28-30




Tanto para el arado como para el transporte de cargas pesadas, el yugo era fundamental; consistía en una pesada pieza de madera que, doblegando los cuellos de los bueyes -bestias de cargas por excelencia- o de las mulas, mantenía sus cabezas unidas y bajas para que quien lleve el látigo y las riendas los dirija a voluntad. 
Simbólicamente, la imagen es dura, sobrecogedora. Es lo que se impone a la fuerza, la opresión, las almas aplastadas. Peor aún, implica que unos pocos se arrogan el derecho absoluto de conducir a la fuerza a muchos, a menudo en flagrante desprecio de unos por sobre otros, el poder no limitado por la ética y habitualmente justificado en nombre de Dios.

En los tiempos del ministerio del Maestro, esto era bien conocido por Jesús de Nazareth. Una multitud incontable vivía sometida a los dictados de una pequeña élite religiosa, que les imponía una miríada de preceptos casi imposibles de cumplir, a lo que se sumaba una mirada excluyente y despreciativa de escribas y fariseos a todos esos labriegos, pescadores, campesinos y artesanos pobres a los que consideraban varios escalones por debajo de la dignidad de los hijos de Israel, impuros, malditos a los ojos esquivos de un dios cruel y vengativo. Ellos eran, precisamente, los pequeños a los que Jesús hablaba y llamaba con inefable ternura, revelando que Dios es un Padre que ama y que tiene un amor preferencial hacia esos pequeños que no tienen voz, que nadie escucha, mucho más allá de cualquier clasificación ideológica o social.

Esos hombres trabajaban de sol a sol, y conocían bien el cansancio. Pero ese cansancio se disipa comiendo bien y durmiendo las horas necesarias.
Sin embargo hay otro cansancio más profundo que no ceden tan fácilmente. Son los agobios de las almas, los cansancios de los corazones derribados en la desesperanza, ahogados de rutina, carentes de novedades buenas.

A esos corazones -que también son los nuestros- les habla el Señor. Su yugo no es una opción más, su yugo ligero es grato, es la mano bienhechora de Dios que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios, a la paz verdadera, al reconocimiento del prójimo, a la restauración y sanación que nos trae su perdón.

Cristo es nuestro descanso y nuestra paz

Paz y Bien

El Reino se revela a los pequeños









Para el día de hoy (19/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-27




Las lecturas lineales nunca son buenas ni justas y suelen eludir la profundidad de la verdad, arañando apenas la superficie literaria. Por ello es menester siempre andar paso a paso, rumiar espiritualmente el alimento eterno que es la Palabra. Permitirnos que la Palabra nos vaya transformando.

Así entonces, los pequeños que expresa el Maestro no hace una referencia a una edad cronológica, a un pretérito ámbito pueril ni tampoco una reivindicación de la inocencia. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que se suele descartar a la vera de todo, los que no cuentan para nadie, los que no saben expresarse muy bien, aquellos tan habituados a las malas noticias. Los que sólo pueden encontrar esperanza y reconocimieno de parte de Dios, pues todos los demás le dan la espalda.

En contraposición, los sabios y prudentes son aquellos que nadan en el cieno de la autosuficiencia y en el fango de la soberbia, aferrándose a los boatos que los llevan a despreciar con fervor a los más humildes. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los sabios eran los que tragaban bibliotecas enteras pero solían carecer de piedad y amor. A lomos de su erudición -que no sabiduría-, tomaban distancia del resto del pueblo, pastores sin aroma a ovejas.

Esos hombres eran tan expertos en las Escrituras como en cerrar su corazón a las cosas de Dios y por ello las cosas del Reino se les ocultan.

No es preciso encaramarse a profusas elucubraciones, pues no se trata tanto de razón como de co-razón.

El Reino se revela a los pequeños, a los sencillos, a los que carecen de todo. Mucho más que preferencia puntual, se trata del asombroso amor de Dios, de un Dios que se nos revela Padre eterno, tiernamente parcial con los débiles.

María de Nazareth lo sabía bien, y cantaba con su alma a ese Dios magnífico que exalta a los humildes y dispersa a los soberbios.

Con Cristo, alegrémonos serenamente que el Reino resplandece aún en la mirada de los pequeños, y desde la compasión y el servicio, edifiquemos justicia y esperanza.

Paz y Bien

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