Cristo, tiempo santo de Dios y el hombre









Para el día de hoy (10/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 18-26




La liturgia hoy nos brinda una lectura del Evangelio según San Mateo en el que, en principio y en su superficie, podemos encontrar dos paralelismos muy interesantes. En ambos casos se trata de mujeres: una de ellas, degastada por una enfermedad que se la está llevando por ríos de sangre, se encuentra en las cercanías de la muerte, sin dignidad y sin futuro. La otra, es una niña que por las normas sociales imperantes está muy cerca de convertirse en mujer y madre; pero la intempestiva irrupción de la muerte la tala como a un árbol joven que aún no ha dado frutos.

A la mujer adulta, doce años de hemorragias que le llevan su femineidad y su vida. A la niña, doce años que no agregarán ni un día más. A Israel, doce tribus sometidas, sin esperanzas.

La mujer que padece las hemorragias porta una impureza ritual que deviene en ostracismo social: la Ley supone que la enfermedad es consecuencia del propio pecado -o de pecados de los padres- y esa impureza indica que no tiene permitido participar del culto y de todo contacto comunitario, inclusive familiar, pues el contacto con un impuro, en cierto modo, contagia esa impureza. Para colmo de males, es mujer, y en la sociedad del siglo I tiene muy pocos y escasos derechos, en general los que le otorga el esposo, no se le escucha ni se le protege legalmente. Además de la soledad impuesta, es una mujer que no puede tener hijos, ni vida íntima, ni salud plena, y debe languidecer en soledad, sumida también en la conciencia de una idea culposa propia.

La niña ha fallecido. Siguiendo la Ley, y más allá de cualquier ternura y dolor de los padres, se trata de un cadáver que no debe, por ningún motivo, ser tocado. La misma familia queda teñida de una aureola de impureza y ha de cumplir con los ritos mortuorios, que tienden a ahondar el dolor de la pérdida, fedatarios crueles del luto.

Pero es un tiempo distinto, nuevo y sorprendente, definido para siempre por un Dios que se ha acercado a la humanidad, tan cercano que se ha hecho hombre desde María de Nazareth, uno más entre nosotros en Jesucristo, Señor y hermano de todas nuestras penas y alegrías.
La Encarnación -misterio insondable de amor- inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, urdimbre santa de salvación.

En Cristo acontecen todas nuestras esperanzas, pues a todos busca, a nadie rechaza, dador incansable de bendiciones, del amor de Dios que se derrama como lluvia buena, salud y liberación. Pues no se trata solamente de sanar cuerpos, sino también de vendar corazones heridos y enderezar razones que se extraviaron.
Pero imaginar un Cristo que hace todo, aún cuando fuera causa de nuestros asombros y alabanzas, nos quedaríamos solamente en un Mesías sanador y taumaturgo.

Se ha inaugurado el Reino de Dios, el tiempo de la Gracia, el aquí y el ahora de la Salvación, y esa Encarnación implica también una reciprocidad bondadosa y fiel del hombre. Y toda fidelidad -toda fé- se desarrolla desde la confianza, y confianza en Alguien.

En el caso de la niña y en el caso de la mujer suceden dos cuestiones fundamentales y similares: tanto la hemorroísa como el padre de la niña no se acostumbran ni se resignan a un sufrir sin sentido. A pesar de que todo -y todos- digan e indiquen lo contrario, jamás hay que resignarse al dolor y a la muerte, porque Cristo pasa, porque Cristo jamás dirá que nó y porque desde la fé todo es posible.

La Resurrección ha desterrado para siempre a todos los no se puede. Alabado sea Jesucristo.

Paz y Bien

Dios es santamente parcial










Nuestra Señora de Itatí

Día de la Independencia Argentina

Para el día de hoy (09/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-30



La lectura que la liturgia para el día de hoy nos brinda es breve e intensa, y podríamos, sin dudar,  afirmar que allí se revela una cristología fundante.
Allí está el núcleo del Evangelio: sólo el Hijo es quien puede en verdad y plenitud revelar el rostro de Dios, Señor de la tierra y el universo, creador y Padre.

Y este Dios, Padre de Jesús, tiene abiertas, flagrantes y magníficas preferencias por los humildes y por los pequeños. María de Nazareth lo sabía bien y lo cantaba feliz.

Jesús de Nazareth, en identidad plena como Hijo de Dios, reconoce a los sabios y prudentes en las élites de la ortodoxia intelectual y religiosa del Israel de su tiempo, en especial escribas y fariseos, contumaces en negar los signos que realizaba y sordos a la palabra clara del Maestro. Esos mismos hombres que se revestían de erudición y se aferraban a una prudencia rayana en el fanatismo y en cierta cobardía tácita, rabiaban cuando este rabbí galileo abrazaba y levantaba a los intocables de aquel entonces, y en especial cuando proclamaba buenas noticias para los pobres.
 
De allí que cuando el Señor habla de los pequeños -por contraposición- no se refería a los niños, por quienes tenía especial predilección. El se refería a aquellos que tan bien conocía, los campesinos pobres de Galilea, de Judea, de Samaria, esos mismos que no hablan muy bien porque su léxico es limitado, los que no tienen habilidad dialéctica y carecen de esa formación que sobreabunda entre los doctos, y que por todo ello son fervorosamente despreciados por esos sabios y prudentes hombres.
En su desprecio razonado y justificado, toda esa multitud de pequeños tenían de hecho vedado el acceso a las cosas del culto, y y rotulados como indignos e impuros, para los que cualquier bendición divina se suponía denegada, y para los que la miríada de estrictas normas y preceptos a observar era sólo una causa de corazones oprimidos y doblegados.

Es menester detenerse y reflexionar, pues la tentación del acotarnos a lo ideológico o a lo sociológico está ahí nomás. Pero el Maestro habla de la Gracia de Dios, de un amor asombroso que se inclina abiertamente hacia los que nadie tiene en cuenta, hacia los que todos descartan, una mirada bondadosa de Padre que interviene en la historia humana para fecundarla y transformarla con amor y mansedumbre desde las periferias de la existencia.

Paz y Bien

El vino nuevo del Reino en odres cordiales










Para el día de hoy (08/07/17):  

Evangelio según San Mateo 9, 14-17





El joven rabbí galileo sorprendía a propios y extraños. Tenía un modo de enseñar novedoso y único, y en verdad nada de lo que hacía era lo que podía esperarse de un maestro de Israel.
De ese modo, los discípulos del Bautista -varios de ellos ahora discípulos directos de Jesús- y los fariseos no terminaban de entenderle; las reglas de vida con las que caracterizaba a su comunidad poco o nada tenían de imposición, y a sus ojos eran bastante laxas en temas muy importantes.

Las abluciones antes de comer. La observancia estricta del sábado. El modo de orar.
En el caso que hoy nos ofrece la lectura del día, el tema de conflicto es el ayuno.
El ayuno es una práctica usual en numerosas religiones y culturas: en el caso puntual de la fé de Israel tiene que ver con lo penitencial, pero más específicamente a proferir una muda queja ocasionada en la espera por la venida del Mesías. Refleja la impaciencia por un tiempo presente ingrato y, quizás, la confianza en un futuro glorioso, aunque ese futuro no pudiera determinarse con precisión.

Pero hay otra cuestión que subyace en el diferendo, y es la tradición.
Podemos entender por tradición lo que su etimología refleja, es decir, tradere, lo que se trae y entrega, de una generación a otra. Ello siempre es valioso, pues enriquece la memoria de los pueblos, y en el plano de la fé es el recuerdo vivo de las cosas de Dios que se transmiten de padres a hijos. 
Los problemas comienzan cuando esa memoria viva sólo se traduce en conductas a repetición que, a menudo, pierden su sentido primordial. Así tradiciones devienen traiciones, tradiciones que se hacen meras costumbres sin trascendencia.

Por ello los conflictos se acrecentaban. Muchos seguían aferrados a esas costumbres, olvidando a Aquél que les confería sentido y destino. Pero a su vez, el tiempo de la queja y el lamento, del rictus amargo de la ausencia ha finalizado, pues el Redentor está vivo y presente en medio de su pueblo.

No se trata sólo de otra novedad. Es la gran novedad, tan distinta a todo lo conocido que no encaja ninguna comparación con la que se especule. La realidad mesiánica de Cristo, Buena Nueva, es totalmente humana y totalmente divina, y excede infinitamente cualquier presunción.
Erróneo es entonces equiparar costumbres antiguas con costumbres nuevas desde esa realidad divina y fundante, y a partir de allí tallar juicios de valor. La realidad del Reino es tan grande, tan novedosa, tan raigal que es menester una mirada nueva para darse cuenta de su presencia, una mirada de fé.

Una verdad infinita en moldes pequeños y miopes jamás puede fijarse. Vino nuevo en odres nuevos. El vino de Cristo en existencias renovadas.

Vida eterna en corazones re-creados.

Paz y Bien

Hospitalidad y comensalidad, señales de un tiempo nuevo











Para el día de hoy (07/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 9-13



La llamada de Cristo al seguimiento, al discipulado es bendición y es milagro, signada por el perfume eterno de la Gracia. No está condicionada por los méritos de quien es llamado, por los merecimientos acumulados, por su posición, su formación o su status social o religioso.
Es una asombrosa invitación a compartir su vida, y por ello el discipulado no es un voluntario. Las primacías son siempre de Dios, es el Señor quien se acerca, quien nos busca sin descanso, quien a pesar de la ristra gravosa de miserias que solemos acarrear insiste con tozudez amorosa de Padre para que nos pongamos en camino, para que abandonemos todo lo que nos ata a las tinieblas.

Más aún: a diferencia de Pedro y los otros -pescadores de oficio todos ellos- Mateo/Leví es un publicano, es decir, un judío reclutado por el opresor romano que ha de recaudar tributos para el César, y que habitualmente extorsiona al pueblo cobrando de más para enriquecerse de modo espúreo, amasando grandes fortunas. Por ser visto como un traidor y por los abusos de explotación que comete, un publicano tiene, para sus paisanos, la misma estatura moral de los criminales y las prostitutas. Es alguien que jamás será bien recibido en ninguna casa de Israel, excepto en la de sus pares.
Con todo y a pesar de todo, Cristo rompe esa tradición establecida. La Gracia desborda cualquier razonabilidad, y destella el insondable amor de Dios que nos busca sin fijarse en el pasado, sino germinando un presente nuevo y pleno, y soñando todo lo que podemos llegar a ser.

El convite al discipulado, a una vida nueva y re-creada desata las alegrías perdidas, y es ocasión de festejo que no debe pasarse jamás por alto. Pero en el caso de Mateo, por los motivos que antes señalábamos, será un banquete acotado a otros hombres similares a él mismo, publicanos, pecadores públicos. Y el Maestro está allí, y también celebra: una vida recuperada vale más que todo el universo.

Sin embargo, un vendaval de críticas se desata, y es que Jesús de Nazareth -efectivamente- se contamina al compartir la mesa con esos hombres. Porque mesa compartida implica ratificación cordial de la existencia, y para esos hombres severos y criticones una comida con publicanos es intolerables, aún cuando ellos conocen bien el mandato de la Ley de Moisés acerca de la hospitalidad.

Es una dolorosa paradoja. Los hombres férreamente religiosos rechazan a Cristo, mientras que los que estaban perdidos y destacaban por sus máculas evidentes, ellos sí lo honran y celebran de veras.
En ese banquete se decide mucho más que un sabroso menú degustado. Allí se resuelve con carácter trascendente la otra hospitalidad, que es recibir en la casa/existencia la presencia del Redentor, y así, descubriéndolo vivo y presente, a nuestro lado, toda la vida se vuelve una acción de Gracias por tanto siendo tan poco, tan pequeños, todo alegría, pura Gracia.

Paz y Bien

El perdón que renueva, recrea y restaura









Para el día de hoy (06/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 1-8




Jesús ha emprendido el regreso de tierras de la Decápolis, y atravesando el mar de Galilea, está de nuevo en su ciudad. Su ciudad no es aquella donde se crió, Nazareth, sino que el Evangelista se refiere a Cafarnaúm, ciudad desde donde parte su ministerio y sus esfuerzos misioneros. Probablemente se hospede en el hogar familiar de Pedro y Andrés, pero hay un mensaje también para nosotros, cristianos de este tiempo: el Maestro no tiene casa propia, y su hogar está allí en donde le reciben sus amigos como uno más de la familia.

Traen a su presencia a un paralítico, tendido en una camilla. Ese hombre es la pura inmovilidad, la pasividad extrema, un universo acotado a las angarillas que con mucha fé portan otros hombres. 
A veces, cuando un hermano está postrado por el dolor, la resignación y la miseria es imprescindible que otros lo lleven a la presencia liberadora de Cristo, a fuerza de compasión, de silencioso servicio, de fraterna misericordia que no espera gratitud, sólo el bien del caído. Con el hermano al hombro, y más aún, que el doliente se nos haga un dolor en el costado. El dolor del otro, dolor propio.
Así será la fé de esos hombres en santa conjunción con el amor de Dios la que obrará milagros.

Los expertos pensaban de otra manera. Gobernaban la fé de Israel y los corazones del pueblo judío bajo el criterio de que las enfermedades eran consecuencia directa de un pecado propio o de pecados de los padres, todo ello bajo el tenor de retribución punitiva divina. Es decir, la enfermedad como castigo justo y necesario, que a su vez deviene en impureza ritual, un Dios que castiga y sumerge en la culpa y la vergüenza.

Cristo sana y salva. Restituye la movilidad al cuerpo inmóvil, pero también restaura el corazón del caído mediante su perdón. Ese perdón venda las heridas más profundas, descubriendo el rostro bondadoso de un Dios que ama sin medida, rico en misericorida, lentísimo en la cólera. Así, la palabra hijo es mucho más que una expresión de afecto entrañable, pues proclama una identidad filial conferida.

Algunos mascullan su rabia, pues ese rabbí galileo se atribuye facultades que son sólo de Dios, según su limitado criterio. 
Más Cristo ha inaugurado el tiempo santo de Dios y el hombre, de Dios con nosotros vivo y presente en Jesús de Nazareth, y por ello, su mandato restaurador de perdón sera misión de sus hermanos, de su familia, de la Iglesia.

El perdón libera, reune a los separados, reconciliando a los hombres entre sí y con Dios.

Paz y Bien

Señor, nunca te vayas








Para el día de hoy (05/07/17) 

Evangelio según San Mateo 8, 28-34





Varias veces se ha mencionado, pero nunca está de más recordarlo: los Evangelios no son crónicas históricas o narraciones atadas a devenires históricos exactos, sino que son relatos teológicos, es decir, espirituales. Por eso mismo, como tales y como Palabra de Dios es menester animarse a ir más allá de las apariencias, superar la mera literalidad, ir hacia la escucha atenta y fecunda.

La liturgia hoy nos ofrece una lectura plena de símbolos, es decir, de ventanas por las cuales podemos atisbar al infinito, la eternidad, Dios.

La Palabra nos sitúa en tierras de los gadarenos, parte de la Decápolis; era un grupo de diez ciudades que no pertenecían a Israel, que tenían gobiernos propios y que eran particularmente paganas en su gran mayoría. Como área de gentiles, es casi imposible que un rabbí judío camine por sus calles en talante misionero y de enseñanza: el ministerio de Jesús de Nazareth es asombroso, desafiante y rompe con cualquier norma impuesta, con los preconceptos que se abroquelan en rígidos corazones, pues la Salvación ha de llegar a todos los pueblos.

Todo parece obscuro, plagado de signos de inhumanidad. Son dos los endemoniados, símbolo de un alma alienada, partida, fracturada su existencia por un dolor que es difícil de identificar. Y habitan entre los sepulcros, casas habituales de la muerte, no hogares para ninguna persona; en su miseria y por la pavura que provocan, también conocen como propia a la soledad.
El gran problema es también la resignación, el acostumbrarse a estar mal, el acomodarse al sufrimiento, los devaneos escasos de la mera supervivencia. Por eso se eleva la queja airada. La sola presencia del Maestro quebranta el tempo malsano con música nueva, y en esa queja hay, quizás sin quererlo, una gran verdad: llega una Salvación que es aquí y es ahora, no una cuestión lejana de tiempos postreros.

La piara de cerdos son el símbolo de de lo impuro, de lo aberrante, de lo ajeno a Dios. Está muy bien que se pierda todo en el precipicio del olvido, pero el cuestionamiento de los gadarenos tiene el mismo tenor de aquellos que anteponen posesiones y poder por sobre el bien de los demás. Porque en el horizonte de la Gracia, una sola vida vale más que todos los tesoros del mundo, y es algo que aún no hemos terminado de aceptar.

La sola presencia del Señor es motivo de salud/Salvación, de liberación.
Porque en verdad el único poder que cuenta es el amor de Dios. Todo lo demás es perecedero y pasajero, sólo el amor permanece para siempre.

Señor, nunca te vayas.

Paz y Bien

Navegantes de las tormentas de la vida








Para el día de hoy (04/07/17) 

Evangelio según San Mateo 8, 23-27





Por su ubicación y por la geografía que lo circunda, el llamado Mar de Galilea -que en realidad es un lago de agua dulce- suele presentar, merced a fuertes vientos que se forman en la zona, furiosas tormentas y un oleaje mayúsculo en sus corrientes. En los tiempos del ministerio de Jesús, siglo I de nuestra era, sus aguas bullían de peces, por lo que el mar galileo era fuente de sustento para muchas familias de pescadores y un gran motor económico de toda la zona.

Varios de los discípulos del Maestro eran del oficio, pescadores experimentados y grandes conocedores de mareas y características propias de esas aguas que consideraban suyas. Así, subidos a una barca y en su mar, el grito desesperado de esos hombres curtidos frente a la tormenta que arrecia es signo cierto de que lo que saben y conocen no les basta, no es suficiente, y que tienen miedo a esa fuerza que se les hace desconocida. Para colmo de males, el Maestro dormita tranquilamente.

Un paréntesis: esa imagen de Cristo recostado, tejiendo una siesta reparadora, resplandece el rostro humano de Dios que ha asumido hasta nuestras más pequeñas debilidades, el cansancio de nuestros cuerpos, la necesidad de reposo. Sólo que el Señor no sólo descansa en una tabla de la barca, sino que reposa en su Padre.

En cierto modo, y de no mediar auxilio, esos pescadores son hombres muertos. Toda su experiencia no les sirve para enfrentar la magnitud de la tempestad que los acomete, y es casi seguro que la barca dará una vuelta de campana y han de morir ahogados.
Aún así, presos del terror que los paraliza, no han permitido que se les apague el último rescoldo de confianza que les queda, y a voz en grito acuden al Maestro que sigue durmiendo. Claman por auxilio, porque -aunque sea de un modo imperfecto- tienen algo de fé en el Cristo que vá con ellos.

Y Cristo los rescata, con la autoridad de la vida, con la fuerza misma del amor. Es semblanza perfecta del Todopoderoso porque ama. Y esos hombres no son liberados de una tormenta brava, sino quitados de las garras mismas de la muerte, enteros para la Salvación, plenos para que su fé madure y crezca.

Porque la autoridad del Señor implica que hace nacer cosas nuevas, y no tanto que suprima las malas. Y no hay mal que se resista a su sola presencia.

Somos navegantes, peregrinos en este mar grande que es el mundo. Nuestras débiles y acotadas existencias suelen verse acosadas por tempestades generadas en el devenir de los tiempos o por chubascos electos voluntariamente. Casi siempre nos parece que Dios se ha dormido, pues nos agobia no escuchar las respuestas y palabras que nos imaginamos.

Pero el silencio de Dios es de una diáfana claridad y contundencia para los corazones capaces de confiar y, por tanto, de oír y escuchar a pesar de tantos truenos.

Nadie debe perecer, Cristo navega con nosotros.

Paz y Bien

La fé cristiana, nuestra herencia









Santo Tomás, Apóstol 

Para el día de hoy (03/07/17) 

Evangelio según San Juan 20, 24-29




Recordemos por un momento el escenario en donde se desarrollan los hechos que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy: los discípulos se encontraban encerrados por temor a posibles represalias para con ellos, ese miedo a correr la misma suerte del Maestro. Padeciendo quizás un síndrome de ghetto, están paralizados por temor y por tristeza, pues jamás hubieran esperado que todo sucediera de un modo tan cruel, que Jesús se les hubiera muerto en derrota total a manos de sus enemigos.
 
Pero para el Señor no hay muro ni cerradura que pueda interponerse, especialmente esos obstáculos que gustamos de ubicar en nuestras almas, e inevitablemente se hace presente pleno de paz y de bendición.

Uno de los apóstoles -Tomás, llamado el Mellizo o Dídimo- no se encontraba con ellos. A su regreso, los otros le comunican con fervor que han visto al Señor, de nuevo vivo, otra vez con ellos. Pero Tomás se obstina -es un tenaz cabeza dura- y no cree, exige la certeza sensorial, mirar, tocar, ver para creer.

El símbolo no puede ser más explícito: la experiencia pascual, la experiencia del Resucitado sólo puede acontecer en comunidad, junto a los hermanos, jamás en soledad, y esto es crucial. La Iglesia, en tanto que comunidad y familia de las hijas y los hijos de Dios, es sacramento de Salvación, testigo fiel del Resucitado, y fuera de sus amparos no es posible que la fé madure y crezca.

Pero así como Tomás se obstina en su incredulidad, hemos de notar que a su vez hace una confesión tan contundente que atraviesa el velo de los siglos: Señor mío y Dios mío!. Porque el Crucificado, su Maestro, es el Resucitado que ha derrotado la muerte, que vive para siempre.
Es a través de las idas y vueltas de Tomás, que a pesar de todo es un hombre de fé, que nos llega una bendición y una luz magnífica a todos los creyentes de todos los tiempos, una bienaventuranza decisiva para todos nosotros, frágiles peregrinos de estos rumbos.

La fé en Jesucristo es nuestra herencia mejor, y será por siempre motivo de felicidad y causa de todas las alegrías.

Paz y Bien

Servir a Dios en el hermano










Domingo 13° durante el año

Para el día de hoy (02/07/17):  

Evangelio según San Mateo 10, 37-42




No hay medias tintas en la fé cristiana.

La Encarnación es el Dios Eterno que asume la condición humana, es decir, la humanización de la dimensión divina, y sucede en Jesús de Nazareth, Cristo de Dios, en su misma existencia, en sus gestos, sus acciones, su Palabra.

Por ello mismo, en Jesucristo acontece el sueño eterno de Dios para toda la humanidad, sueño de plenitud, de felicidad, de libertad, de generosidad sin límites, la incondicionalidad del amor, la ilógica del Reino.
Así el Maestro, y por ello todos los que sigan fielmente sus pasos, se vuelven señal de contradicción para mundos cada vez más inhumanos.

Cuando todo parece supeditado al precio, al dios mercado, Jesús de Nazareth vuelve a afirmar que no se puede estar del lado de la vida y del lado del dinero, dos señores contrapuestos.

Cuando todo se diluye en vanas ideas laxas que aparentan progresía y modernidad, el Maestro con un gesto antiguo renueva sus votos perpetuos de fraternidad, de solidaridad, de generosidad incondicional.

Cuando mediante sesudos razonamientos se pretende justificar la violencia -aún bajo el imperio de la ley-, Jesús vuelve a ofender las conciencias  moderadas con su vida ofrecida para que todos vivan, porque ninguna sangre ha de derramarse excepto la propia como siembra fértil de vida creciente.

Cuando se discrimina en propios y ajenos, cuando se acota la fé a templos de piedra, el Maestro rinde culto a ese Dios que está aquí, acampando entre nosotros,  en el servicio desinteresado en el templo vivo que es el hermano, el prójimo que se edifica.

Porque el amor es violento a los ojos más mezquinos, y muestra la preferencia de Dios hacia los más pobres y pequeños, porque ese Dios es el más pobre -pobre entre pobres-: se ha despojado de su eternidad para quedarse aquí, y nada se ha reservado, ni a su propio Hijo, para la Salvación

Paz y Bien

Cristo presencia y palabra








Para el día de hoy (01/07/17):  

Evangelio según San Mateo 8, 5-17





Para un observador neutral -acaso si ello exista- Jesús de Nazareth tiene una presencia asombrosa e imponente especialmente en sitios en donde no se lo espera, no tanto por lo inesperado, sino porque se dá por descontado que en esos sitios nadie debe estar.
Se trata de los ámbitos del dolor y la soledad, de la exclusión justificada, del ostracismo impuesto, del dolor asumido como acción punitiva de un Dios vengador y distante.

Él declara que viene a llevar a su cumplimiento perfecto la Ley y los profetas. Las gentes -y sus discípulos también- no terminan de entender que la plenitud de la Ley mosaica es el amor, un amor que revela la esencia misma de su Dios.
Porque el Dios de Jesús de Nazareth, el Totalmente Otro, Creador del universo, es un Dios extrañamente cercano, que se hace historia, tiempo, humanidad florecida, un Dios vecino que se hace hermano de los hombres asumiendo su mortalidad para que todos vivan, para que todos alcancen la eternidad.

Cristo asume en su persona un éxodo nuevo, de la declamación a la proclamación, de la teoría a los hechos, de los vanos discursos grandilocuentes a la sanguínea presencia de la caridad. Porque la vida se la gana plena cuando se la ofrece sin condiciones.
Así entonces, Cristo estuvo, está y estará siempre allí en donde las mujeres y los hombres corran peligro de no vivir. No hablamos aquí solamente de vidas en peligro mortal, sino de algo mucho peor, y es la mera supervivencia vegetal y dolorosa de días continuos en un gris cerrado sin amaneceres, gentes demolidas de resignación.

La presencia salvadora de Cristo, que restaura y levanta a los caídos y libera a los oprimidos, acontece en la acción eficaz de la Palabra, que es Palabra de Vida y Palabra Viva, Palabra que propicia el encuentro con una persona antes que con un corpus doctrinal.
Pero también su presencia es misericordia, alegría para los pobres que languidecen en silencio.
Misericordia significa, literalmente, poner el corazón en la miseria de los demás, en sus necesidades, y quizás se trate de la verdadera justicia de Dios, que vá mucho más allá de la mera retribución pues su fundamento es el amor, la vida ofrecida.

Misericordia que restaura al criado del centurión, misericordia que levanta a la suegra de Pedro, misericordia que transforma y libera la existencia, vidas nuevas erguidas en total humanidad.

Presencia, Palabra y Misericordia, ahora es tarea de los discípulos. Hay que ponerse gentilmente al hombro las penas de los hermanos, para que la carga no sea tan dura.

Paz y Bien

La vocación leprosa de la Iglesia









Para el día de hoy (30/06/17):  

Evangelio según San Mateo 8, 1-4





Entrados ya en el siglo XXI, no tiene la lepra para nosotros un significado relevante, y ello mayormente se deba a los avances médicos y tecnológicos de mediados del siglo XX en adelante. Pero su ausencia -conocimientos médicos, tratamientos, fármacos- tal vez pueda ponernos en la perspectiva de lo que sucedía con los enfermos de lepra en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, y en el ámbito de la nación y la cultura judías.

La situación para el enfermo era terrible. 

Por una parte, las consecuencias propias de la enfermedad: como patología degenerativa, deformante y necrotizante, literalmente transformaban al paciente en un desconocido de rostro incierto y espantoso, de miembros carcomidos sin posibilidad de remisión o cura conocidas. A ello se sumaban los casos conocidos -no todos- altamente contagiosos, por lo cual tendía a aislarse al enfermo.
Por otra parte, es menester ubicar estas cuestiones en el plano social y religioso de Israel de aquellos tiempos, en donde la línea divisoria entre lo social y lo religioso prácticamente no existía.
Se entendía en general que las enfermedades eran causa directa de pecados propios o de los padres, proporcionales los sufrimientos a las faltas cometidas, convirtiendo al enfermo en un impuro ritual. Esto se agravaba en el caso de la lepra, la impureza en grado máximo, de tal modo que quien certificaba la condición de salud/enfermedad era el sacerdote, y de existir, automáticamente el enfermo era aislado de la vida comunitaria. También, cierta casuística de la Torah asumía la lepra como una maldición.

Se trata del contagio potencial de la lepra pero también del contagio posible de la condición de impuro, condición que el enfermo debía proclamar a los gritos, para evitar el contacto con otras personas.
El leproso prácticamente es un condenado perpetuo, y debe resignarse a su estado, pues su condición es, en la religiosidad imperante, querida por Dios.

El leproso es un excluido que sólo puede andar con sus pares, tan condenados como él mismo, y a la vez se le exige sumisión a los preceptos.

Por ello, que un leproso se acerque a ese Cristo que pasa rodeado de una multitud es muy extraño e infrecuente. Para algunos, escandaloso y expresamente prohibido. Sin embargo podemos entrever una fé humilde y pujante y un gran valor. La fé es don de Dios pero también implica coraje, la valentía de confiar.
Ese leproso no pide que el Maestro le toque sus zonas afectadas para sanar: confía en el Maestro galileo que, contra todo pronóstico, no lo rechaza. Él confía en el poder liberador de Cristo, al que no se le resiste ningún mal, por fiero y arraigado que parezca.
 
Acontecen por la bondad de Dios más de un milagro. 
El Cristo que no se somete a ninguna prescripción inhumana, por sacrosanta que se declame, y que toca con afecto. 
El Cristo que limpia su cuerpo de las llagas que lo carcomen. 
El Cristo que limpia su alma de la soledad y el olvido al que otros lo han condenado, y que lo restituye nuevo, íntegro, a la vida de su pueblo. Es por ello que ese hombre, ahora sano, debe presentarse al sacerdote, para ser readmitido plenamente como hijo de Israel por los mismos que lo condenaron a la soledad, a una culpa ajena, al penar razonado.

En cierto modo, la vida cristiana tiene vocación leprosa. Se trata de confiar en ese Cristo que pasa, que todo lo puede, que nos libera de todas las llagas que asumimos o nos endilgan.

Pero también, como el Maestro, tender una mano fraterna a tantos leprosos de cualquier índole, hermanos demolidos por la soledad y la resignación.

Paz y Bien

Pedro, fundamento y servidor de la Iglesia












Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Para el día de hoy (29/06/17) 

Evangelio según San Mateo 16, 13-19






La liturgia de hoy nos brinda una lectura del Evangelio según San Mateo que posee cuestiones que, en sus diversas interpretaciones, son cruciales para el ecumenismo, para los duros y esforzados pasos en la búsqueda de la unidad de los cristianos, tan ansiada y querida por Cristo. Precisamente esas interpretaciones, en especial las referidas al papado, son las que a veces trazan una línea abismal e insalvable entre hermanos que deberíamos caminar juntos, como esos Pedro y Pablo de los que hoy hacemos memoria, tan distintos entre sí -casi casi opuestos- y sin embargo tan hermanos como el que más, tan de Cristo y del pueblo de Dios, familia de los creyentes que llamamos Iglesia.

Desde aquí, con las evidentes limitaciones que se poseen, no hay intención de ejercer apologéticas ni de buscar debates teológicos. El propósito es siempre muy modesto, intentar compartir vivencias del mejor modo posible; si ello es bueno, seguramente el Espíritu se encargará del resto, de hacerlo fructificar y madurar. No hay méritos que reivindicar, pues todo, sin excepciones, es bendición, don, gracia y misterio.

Así entonces el afán de detenernos a contemplar a Simón, hijo de Jonás, galileo y pescador de oficio, seguidor del Maestro. Están en Cesarea de Filipos, ciudad importante edificada por el tetrarca de turno al emperador romano opresor, elevado según la costumbre a deidad. Es el símbolo preciso de un mundo que se ha inventado nuevos dioses e ídolos falsos a los que rinde culto, y que mientras tanto disminuye con voraz velocidad varios escalones en humanidad, toda vez que la ausencia de libertad y de verdad oprime y confunde, especialmente a los pequeños.
 
En esa confusión, son diversos los rótulos que le irrogan a Jesús de Nazareth. Algunos creen que es el profeta Elías de regreso, otros Juan el Bautista redivivo, otros -depositando en Él sus ansias de libertad y restauración de la propia historia judía- que es uno de los grandes profetas de Israel como Jeremías. Todas esas identificaciones quizás respondan, en parte, a transferirle a ese Cristo los colores y caracteres de las propias necesidades e inquietudes más profundas. Es razonable y comprensible, pero esas ansias suelen ser directamente proporcionales a su carencia de verdad. Porque a Cristo se le reconoce desde el corazón: es un acto de fé profunda, don y misterio.

El pescador galileo, frente a la confusión de las gentes, hace una declaración tan contundente que estremece en su seguridad, en su certeza: ese rabbí es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo. No es merced al esfuerzo de su razón, ni a una conveniencia ideológica: es el Espíritu de Dios que lo ilumina y lo impulsa, y desde esa revelación eterna no vacila en confesar a Jesucristo, fundamento primordial de una fé que no es adopción de ideas ni adhesión a doctrinas, sino la confianza depositada en Alguien, Jesús el Cristo de nuestra salvación.

Así, cuando en la existencia acontece ese encuentro salvador, nada volverá a ser igual, y es por ello que Simón será conocido como Pedro. Un nuevo nombre para una nueva vida que tiene una misión, misión que no otorga privilegios ni honras sino que se caracteriza por su fé y por el ministerio de servicio abnegado a los hermanos.

Pedro será fundamento de la Iglesia y tendrá primacías solamente desde la caridad. Cuando se aparte de ese amor fundante, torcerá el horizonte, y en una confianza asombrosa inusitada Cristo hace extensivo el ministerio petrino a toda la Iglesia, asamblea, comunidad y familia de los creyentes.

Pues hay muchos que están alejados aunque se encuentren físicamente cerca, y es primordial re-ligarlos, establecer nuevos vínculos desde la caridad. Y es importantísimo también desatar todos los nudos de inhumanidad que hieren, que cautivan, que anulan corazones y cuerpos.

Quiera Dios que pongamos manos a la obra en esta tarea a la que se nos ha invitado, y que es la de edificar, con Cristo, esta familia que es la Iglesia.
Y quiera Dios también cuidar, proteger, iluminar y sostener a nuestro Pedro, Francisco de toda la Iglesia.

Paz y Bien

La caridad, medida cordial








Para el día de hoy (28/06/17) 

Evangelio según San Mateo 7, 15-20






En aquello que nos brinda el Evangelio para el día de hoy, hemos de proceder con cierto cuidado y esmero: la enseñanza del Maestro no está dirigida hacia cómo debemos juzgar a los demás -tal vez y específicamente a nuestros pastores- sino más bien el dotarnos de criterios de discernimiento para andar con pies ligeros y a paso firme en este peregrinar que es la existencia. Pues tropiezos, a causa de nuestras imperfecciones y nuestras miserias, sucederán. Pero no es cosa de andar a los tumbos, oscilando de un lado a otro sin ton ni son.

La psiquis puede jugarnos malas pasadas, y los sofismas y falacias están a la orden del día, cada vez más refinados y elaborados. En ese universo puramente discursivo, es fácil para todos caer en la trampa, pero con mayor riesgo y gravedad los más pequeños, los que se asoman a la existencia y los que recién han germinado a la fé.

Por eso mismo, el tomar las palabras como brújula puede conducirnos a las arenas movedizas de una fé pervertida y a una caricatura del Dios de Jesús de Nazareth. Pues esas palabras son flatus vocis, es decir, palabras vacías, voces de aire, más no Palabra de Vida.
Los auténticos pastores, los fieles a la Buena Noticia tienen un persistente olor a oveja, pues están al servicio de los suyos, y su estatura se determina por gestos y acciones de caridad. El Papa Francisco, cuando era nuestro obispo aquí en Buenos Aires, nos lo repetía sin cesar: pastores con olor a oveja...Más aún, los pastores que no portan ese aroma que es producto del servicio, de la abnegación, de seguro son lobos con disfraz.
Pues los lobos sólo buscan su propio provecho, carroñeros de almas.

Sea para nosotros también una mensura cordial. Porque la única medida de nuestra existencia, la anchura y capacidad de nuestros corazones está determinada por el amor que se practique, por la vida ofrecida para el bien del prójimo.

Paz y Bien

La puerta estrecha del nosotros










Para el día de hoy (27/06/17):
 
Evangelio según San Mateo 7, 6.12-14




Ante todo, es menester situarnos en la perspectiva histórica: Jesús habla a gentes que, en su cultura, consideraba despreciables a los perros y profundamente impuros a los cerdos. Dado que en la mayoría de nuestras culturas y sociedades está positivamente considerado el respeto y cuidado a los animales, desde esa perspectiva necesaria podemos ahondar en lo que se nos dice hoy, es decir, la advertencia de Jesús para tratar con sumo respeto a lo sagrado, a las cosas de Dios.

Aquí podemos estar tentados de circunscribir esta cuestión a un ámbito meramente litúrgico o cultual...¿porqué no pensar, con la mirada del Maestro, el respeto y cuidado de lo sagrado que encontramos en lo cotidiano, lo eterno que podemos descubrir en el día a día, Dios que se manifiesta en la vida y en los pequeños gestos?

Así también lo verdaderamente valioso se traduce en el devenir de la existencia, fundamentalmente en lo que nos define e identifica y es nuestra relación con el otro. 
Se trata de aquellos valores que superan, en la perspectiva del Reino, el mandato negativo del -no hagas...- por la ética en positivo de la reciprocidad, en donde el acento está puesto especialmente en el otro.

Se nos abre entonces la puerta a una vida nueva que, sin embargo, es estrecha: no es sencillo derrotar el egoísmo que cobijamos y el individualismo que prohijamos.

Amplios y abundantes son los modos y maneras de la muerte, de todo lo que se opone a la vida. 

Estrecha es la puerta de la generosidad y la solidaridad, de la compasión y la misericordia, de la vida que se hace plena en comunidad, en el conocimiento y reconocimiento de la identidad única del otro.
 
Y mucho más estrecha es la puerta de la Salvación, esa misma que es preciso atravesar para vivir plenos, asumiendo la cruz desde el amor y la esperanza, sabiendo que el dolor no es definitivo y que la muerte no tiene la última palabra

Paz y Bien

Reciprocidad










Para el día de hoy (26/06/17) 

Evangelio según San Mateo 7, 1-5




La liturgia de hoy nos ofrece la enseñanza de Jesús de Nazareth acerca del juicio hacia los demás, y a partir de allí, de nuestra relación con Dios. Sin embargo, cobra sentido pleno cuando se medita en el horizonte de la vida comunitaria, pues es allí en la comunidad en donde únicamente se puede vivir en plenitud la Buena Noticia.

Tiene que ver con la capacidad de tener una mirada transparentemente recíproca hacia el prójimo, reflejo de un corazón que descubre a su Dios en el rostro del hermano. Tiene que ver con desterrar la crueldad de los preconceptos, de conocerse y re-conocerse por esta única condición filial antes que por cualquier otro motivo. Significa vivir y dejar vivir, pero ante todo con-vivir.

En una comunidad en donde los hermanos tienen -a pesar de sus miserias y sus flaquezas- ansias de fidelidad y transparencia, los lazos se vuelven indestructibles, pues se vuelve rotundo el crisol del Espíritu Santo.

En una comunidad en donde cada uno es reconocido y reivindicado en su identidad primordial de hijo y, por ello, de hermano, todo se edifica sobre la roca sólida del Evangelio y la compasión, y cada gesto, cada palabra y cada acción es descubierta con la alegría de la mano salvadora de Dios antes que como castigo destinado o juicio pretérito.

Pues la solidaridad implica, ante todo, solidez, firmeza en el hermano, abnegación y servicio, vida que se expande en la reciprocidad, esa misma que define que el otro es el más importante pues allí está y resplandece Cristo.

Paz y Bien

Somos pequeños, frágiles, valiosos












Domingo 12° durante el año

Para el día de hoy (25/06/17):  

Evangelio según San Mateo 10, 26-33





Jesús de Nazareth puso gran parte de su empeño docente en preparar a sus amigos, pues tendrán que afrontar tiempos durísimos de persecuciones, de descréditos, de infamias y calumnias, todo a causa de su Nombre.
 
Sin duda, los discípulos algo intuían: en la medida en que se profundizaba y crecía el ministerio del Maestro, eran cada vez más virulentos los ataques que sufría por parte de escribas y fariseos, es decir, por parte de las autoridades religiosas, de la ortodoxia oficial, con la mirada cada vez más preocupada del pretor romano, siempre veloz a la hora de reprimir díscolos y subversivos.

Porque Jesús sabía bien que esos doce hombres que le acompañaban, y los discípulos de todos los tiempos serían pasibles de los mismos castigos, de similares persecuciones, de afanosos esfuerzos por socavar honras y de violencia cruel ilimitada. La fidelidad al sueño de Dios, el Reino, la entrega de la vida en favor de los hermanos, la proclamación veraz de la Buena Noticia acarrean esas graves consecuencias, porque el Evangelio que se vive y palpita es un manso y humilde desafío a los poderosos de todo tiempo y lugar.

Aún así, no hay que bajar los brazos ni resignarse. El temor es más que razonable, pero el miedo paraliza, congela, demuele confianzas.
 
Quizás el primer paso sea desertar de esa imagen judicial y espantosa de Dios que suelen imponernos y que asumimos sin más. El Dios de Jesús de Nazareth, nuestro Dios, es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, tan valiosos que somos a sus ojos infinitos. Mucho más valiosos de lo que nosotros mismos nos consideramos y tenemos por tales a nuestros hermanos, la asombrosa bendición de ser amados hijas e hijos.

En un mundo tan inhóspito y tan violento, nuestra fragilidad se vuelve más evidente. No asumirla es mentirnos, internarnos en fangales nada veraces, presos de imágenes falsas.
Pero con todo y a pesar de todo, hay que perseverar en la fidelidad porque todo lo podemos en Aquél que se ha despojado de todo, de sí mismo, de su propio Hijo, para que todos vivan.

Paz y Bien

Evangelio, tiempo santo de mujeres y niños










Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80





La escena que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy a través de San Lucas es bellísima en su sencillez y profundidad, especialmente si utilizamos la consabida utilidad de situarnos nosotros mismos allí, en ese preciso momento, como espectadores patentes de lo que acontece.

Se trata de un poblado pequeño, Ain Karem, ubicado en las montañas. En esos lugares, lo sabemos, todos suelen conocerse entre sí, algo que con el agigantamiento cruel de nuestras ciudades hemos olvidado y perdido. En esos pueblos pequeños los vecinos son casi casi como los parientes -a veces más- y allí la vida y la muerte se comparte, alegrías y tristezas, esperanzas y frustraciones. Por eso el festejo manso de los presentes: Isabel, la que ya parecía destinada más a abuela  sin nietos que a madre primeriza, ha dado a luz a un niño. Esas gentes saben reconocer, sin que nadie se los diga, el paso bondadoso de Dios por las vidas ancianas de Zacarías e Isabel.

Un niño que nace es un libro nuevo a escribirse en su totalidad. Pura esperanza, todo expectación, en donde los más sabios no se afanan en proyectar sus causas quebradas, lo que ellos no tuvieron, sus derrotas que ansían convertir en victorias, sino que celebran la esperanza que trae una vida nueva que se les duerme entre sus brazos y manos de trabajo, una vida en donde todo es posible.
Aún así, esas gentes intuyen que en ese bebé hay algo más, algo especial, y se le encienden los sueños intentando saber cual será el horizonte maravilloso que tendrá el niño que además de ser un poco hijo de cada uno de ellos, es la vida que continúa, la vida que prevalece, con todo y a pesar de todo.

En esos afectos, en esa cercanía cordial, pretenden terciar en la decisión de nombrar al nuevo hombrecito. Las tradiciones pesan, pero más aún esos cariños que a menudo no se morigeran, y con obstinada ternura pretenden que el bebé lleve, según la costumbre, el nombre de su padre Zacarías.

Pero cada niño ha de tener alas propias, vuelo personal, volará por sí mismo y no tanto por los antecedentes de sus mayores. Es una vida nueva y, en este caso, una vida muy especial que requiere un nombre también especial, y por eso mismo el niño ha de llamarse Juan, que literalmente significa Dios concede una gracia, una bendición.
Todos los niños son una bendición para nuestros corazones envejecidos, pero ese niño en particular es señal de la fidelidad absoluta de Dios para con su pueblo.

Se trata de un tiempo nuevo y muy, muy extraño, imprevisiblemente maravilloso.
Los caudillos, los guerreros, los sacerdotes han de guardar silencio, pues la confianza -paso primordial de la fé- la han abandonado.
Es tiempo de mujeres y de niños, y ellos han de cambiar la historia misma de la humanidad. Las mujeres, por cobijar en las honduras de su corazón la fé en su Dios y la Palabra que descubren como Gracia y Misericordia.

Los niños, abriendo puertas y ventanas.
Uno, allanará las huellas y preparará desde su integridad los caminos.
El otro, bebé santo, traerá la vida definitiva que nada ni nadie podrá quitarnos, esta alegría perenne de Dios con nosotros, de sabernos hijas e hijos de Dios.

Paz y Bien

Corazón del Señor, alivio, paciencia y sabiduría









Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Para el día de hoy (23/06/17) 

Evangelio según San Mateo 11, 25-30




Cuando hablamos de corazón, lejos de los límites biológicos, nos remitimos simbólicamente a la esencia misma del ser, a la fuente primordial de cada persona, a aquello que define y decide su obrar y su existir.

En esta Solemnidad, nos detenemos del diario trajín para contemplar en silencio, con devoción y una mirada capaz de asombros al corazón sagrado de Jesús, a su intimidad primordial, a lo que lo constituye y que, por eso mismo, decide nuestra pertenencia, nuestra misión y nuestro destino.

Y desde el vamos el asombro comienza: en este corazón no hay visos de abstracciones ni de vanas declamaciones. Este corazón es inmenso, pues nos contiene a todos -buenos y malos, justos y pecadores- pero se inclina decididamente en favor de los pequeños, un corazón escandalosamente parcial, y esa parcialidad tiene sus raíces en el amor, esencia del Dios del universo.

Esos pequeños no son exactamente los niños, por quien Jesús tenía y tiene un especial cuidado y dedicación: los pequeños aquí refiere a los humildes, a los mansos, a los que por lo general no cuentan pero que sin ellos la vida no sería posible pues en su confianza, en su fé salan e iluminan estos páramos desolados. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que nadie escucha pero tienen a Dios de su parte, y otro corazón inmenso, el de María de Nazareth, lo supo cantar con palabras imborrables.

En el Sagrado Corazón del Señor es el amor lo que prevalece y sobreabunda como pan bueno y santo, perdón y misericordia, redención y liberación, compasión y socorro.

Nada ni nadie le es ajeno, y en esa bondad se funda nuestra esperanza. Porque Cristo estuvo, está y estará junto a nosotros y en nosotros, con todo y a pesar de todo, celebración de todos los regresos, rescate de los extraviados, consuelo de los afligidos, serena alegría que permanece para siempre porque no hay cruz ni muerte que sean definitivas, tesoro escondido que se multiplica cuando, como Él, se ofrece la vida, la existencia toda en las manos, corazones transparentes a pura Gracia de Dios.

Paz y Bien

Por la causa de Dios y del prójimo










Para el día de hoy (22/06/17) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15





Por Cristo, sabemos que la vida cristiana en plenitud se fundamenta en el devenir cotidiano a partir de dos pilares, dos aspectos o ramas de un único tronco frutal, la Gracia de Dios.

Esos dos fundamentos son el amor y la oración.

El amor que se explicita en la abnegación, en el servicio incondicional al prójimo.

La oración, que antes de dicción tenaz y exacta de fórmulas, es escucha cordial del susurro primordial de un Dios que jamás deja de buscarnos, de ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

La cruz de Cristo ya no es señal de muerte y horror, sino signo cierto del amor mayor, de la vida ofrecida para que todos vivan. Y también es un profundo símbolo en su constitución misma: a una cruz la constituyen dos maderos cruzados, uno elevado hacia el cielo, el otro que se expande horizontalmente hacia los lados, así la Buena Noticia también se constituye -indisolublemente- de ese vínculo hacia el Dios del universo y hacia los hermanos.

Por ello mismo, por la oración en la que nos identificamos y que es la oración misma de Cristo, la plegaria es por la causa de Dios y por la causa de los hermanos, sarmientos frutales de la misma savia.

Essa savia nutricia es el amor de Dios, que se revela y nos rebela de toda rutina y acomodamiento cuando descubrimos a Dios como Padre, y nos sabemos hijas e hijos amadísimos que no buscan demasiadas palabras, sino que se aferran a la Palabra.

Paz y Bien

La tierra santa de la caridad










Para el día de hoy (21/06/17) 

Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18




En la tradición del pueblo de Israel, tres eran las prácticas básicas piadosas, la limosna, la oración y el ayuno. Más aún, con un profundo sentido metafísico, la limosna era a menudo llamada también justicia.

Jesús las asume como propias, y a la vez las hace extensivas a todos los suyos en principio, fundamento de una nueva humanidad. No está demás pensar que el Señor también soñaba con un mundo mejor, más justo y fraterno a partir de la irrupción del Reino aquí y ahora entre nosotros, y de cómo Él podía contribuir a ese mundo para su humanización.
No obstante ello, la perspectiva es nueva, es distinta y, si se quiere, humildemente revolucionaria.

Se trata de un éxodo cordial, de un peregrinar de los corazones que abandonan los lúgubres desiertos del oportunismo y la conveniencia, de una espiritualidad mercantilizada que supone la acumulación de méritos piadosos para la consecución de bendiciones y cielo, negando tácitamente la asombrosa dinámica de amor de la Gracia de Dios.
Se trata de arribar a la tierra santa de la caridad, de la abnegación, del servicio desinteresado, de la fraternidad.

Porque, siguiendo una antigua pero vigente idea, los justos de las Escrituras son los que ajustan su voluntad a la voluntad de Dios. Así entonces limosna, oración y ayuno son nítidas y evidentes acciones de justicia.

La limosna que socorre sin demoras al necesitado, porque todos somos hijas e hijos de Dios, brindándonos ante todo a nosotros mismos y no tanto lo que viene sobrando.
La oración que es escucha y es diálogo filial, que nos ubica en la misma sintonía eterna de un Dios encarnado, uno más entre nosotros.
El ayuno que nos disciplina deseos, y que por amor implica privarse de alimentos para que otros no pasen privaciones, no adolezcan de dolosos platos vacíos.

La caridad no busca reconocimientos ni esgrime alardes vanos.
En los pequeños gestos de caridad y bondad se anticipa el Reino.
El deber ser, desde Cristo, es fruto necesario del descubrirse amadísimos hijas e hijos de ese Dios que se desvive por nosotros.

Paz y Bien

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