Servidores del gran banquete



Para el día de hoy (21/08/14) 

Evangelio según San Mateo 22, 1-14





El banquete -ágape- como reunión amplia y amorosa de Dios, es la celebración de los esponsales del Hijo de Dios con la Iglesia, familia inmensa, familia humana con fecundo destino de eternidad.

Sus servidores, en parte a causa de ofensivos e ignominiosos desplantes de los invitados primeros, han sido enviados a todas las encrucijadas de todos los caminos, en todas las esquinas de la vida. Es una noticia estupenda, magnífica, asombrosa. Han de convidar a todos los que encuentren, nadie ha de quedarse sin invitación.

Pero esta misión tiene cierto color que no puede soslayarse: los servidores han de cumplir con riguroso empeño en llevar las invitaciones. Pero carecen de derecho alguno a seleccionar a los invitados: el rotular, clasificar o seleccionar quién participa y quién no lo hará es atribución exclusiva del Rey.

Para los servidores no ha de contar la bondad o maldad, la luz o la oscuridad, la belleza o fealdad de los invitados. Para los servidores lo que verdaderamente ha de contar es la sorprendente e infinita amplitud de la generosidad del Dueño de casa.

Para nosotros, pobres y pequeños servidores, ha de contar precisamente éso. Para nosotros, que cuente solamente la asombrosa Gracia de Dios.

Paz y Bien 

Una inconmensurable generosidad



Para el día de hoy (20/08/14) 

Evangelio según San Mateo 20, 1-16




Las lecturas lineales no son buenas, siempre es necesario ahondar en las profundidades al modo del buscador de tesoros que cava cada vez más profundo y sin desmayos. La literalidad se suele quedar solamente en la letra escrita o impresa e ignora el significado mayor, y es la madre de todos los fundamentalismos excluyentes, exclusivistas y hasta violentos.

Un ejemplo de este postulado es la lectura del Evangelio para el día de hoy. En la superficialidad, es claro que según los razonables parámetros que solemos manejar, esto es, nuestro criterio primero de justicia entendida como equidad, el a cada uno lo suyo. Más aún en el castigado ámbito del trabajo, en donde la humanidad tan a menudo se encuentra mancillada y menoscabada con condiciones brutales, destratos y salarios indignos. Y hablamos de salario en su sentido primordial, o sea, un trozo de sal entregado al jornalero o trabajador -en épocas del Imperio Romano- que por valioso, se entregaba como pago por una tarea específica realizada en un lapso de tiempo determinado, algo tan infrecuente como razonable que implica el mismo pago por la misma tarea.
No está mal, claro que nó, y quiera Dios que el mundo del trabajo y el trabajo en el mundo -único camino para la inclusión y la dignidad- discurra por caminos así de justos.

Sin embargo, la parábola de Jesús de Nazareth no se refiere a ello, sino más bien tiende a acentuar alegóricamente cualquier presupuesto o esquema que podamos graficarnos interiormente acerca de Dios, y de su esencia primordial, el amor. Y de su indescriptible vínculo paternal y maternal para con toda la humanidad, que supera infinitamente cualquier precálculo.

El Dueño de la viña paga muy bien a estos jornaleros; un denario es un salario altísimo para un día de labor. Y no conforme con ello, les paga primero a los últimos en llegar, a los que prácticamente no han hecho ningún esfuerzo, a los que -en esos válidos criterios humanos- no merecen el mismo salario que los que trabajan desde el amanecer.

La parábola habla de justicia, pero de la justicia de Dios que es la misericordia. Es asombrosa, es inconmensurable, es desmedida, es ilógica y no busca méritos, porque el amor de Dios en Cristo es el Reino aquí y ahora entre nosotros, para todos, sin excepción, sin visas, incondicional, generoso al extremo de no buscar nada a cambio, canastas inagotables de pan vivo para que nadie más pase hambre, la Gracia de Dios.

Paz y Bien


Camellos santos



Para el día de hoy (19/08/14) 

Evangelio según San Mateo 19, 23-30



A simple vista, parecería que toda la enseñanza del Evangelio para el día de hoy gira alrededor del ascetismo y de la austeridad, de tener sólo lo necesario. O, si se quiere, de cierto tipo de pobrismo, la igualación hacia abajo y mil y una razones dialécticas o ideológicas -es menester volver a meditar en silencio acerca de la Hermana Pobreza que nos brindaba el hermanito de Asís-.

Pero hay una cuestión mucho más profunda y raigal, pues la Buena Noticia no admite medias tintas, tibiezas o matices morigeradores.

Del tener al ser, del desalojar del corazón todo lo que perece y muy especialmente, de renegar de la acumulación del dinero entendido como fin último y nó en su carácter instrumental. El dinero ha adquirido status de ídolo, con su liturgia inmanente y sus sacerdotes ubicuos, carece de bandera o lealtad y en su ara cruel se siguen realizando sacrificios humanos, Porque quien elige al dinero, sacrifica al prójimo, reniega de la prioridad por el hermano.

A su vez, en ese mismo sentido, cierta espiritualidad mercantilista está entrelazada a estas tendencias mundanas; es la que supone la búsqueda constante de favores divinos mediante la acumulación de actos piadosos, la obtención de bendición a cambio de promesas, un dios con minúsculas al que se puede manipular, dios que nos enoja cuando no cumple nuestros caprichos, dios antípoda del Dios Padre y Madre de Jesús de Nazareth, Dios de amor, de la Gracia, de la incondicionalidad, de la generosidad sin límites. Porque la Salvación es don y misterio a la que estamos invitados, y está en nosotros aceptar el convite.

Cuando nos sinceramos y nos revestimos de honestidad, el gravamen de nuestras faltas y de todos los pecados se asoma como insostenible. En nuestra idea de justicia retributiva, nadie está a salvo de un razonable y merecido castigo.
Así, la pregunta de Pedro es la pregunta de la comunidad, de todos nosotros cuando olvidamos al Dios que sale al encuentro del hijo perdido, de la oveja extraviada.

No se trata de méritos, se trata de la Gracia de Dios, por la cual con todo y a pesar de todo y todos, nos volvemos camellos santos que a travesamos las más inverosímiles agujas, pues la puerta permanece abierta por el amor infinito brindado por Cristo en la cruz.

Paz y Bien

Vender todo




Para el día de hoy (18/08/14) 

Evangelio según San Mateo 19, 16-22




No puede cuestionarse la honestidad del joven rico que interpela a Jesús, de ninguna manera. Es sincero en sus planteos, y denota un hambre tenaz de plenitud, de volverse completo en humanidad, de trascendencia, de vivir para siempre.
Ha cumplido sobradamente con lo que le han enseñado sus mayores, y practica desde hace siglos su pueblo, que caracteriza su identidad única mediante la relación con su Dios: él ha cumplido con los mandamientos, los ha guardado sin ambages, pero aún intuye que hay algo más. Porque con Cristo hay más, siempre hay más.

Pero ese joven porta un problema y se afirma en un error. Su problema no son sólo los numerosos bienes que posee, sino quizás el pretender que sea más definitorio el tener que el ser. Y a la vez, su error estriba en el postulado inicial, y en el modo en que lo expresa: quiere saber el modo de acceder a la eternidad, y en todo momento habla de sí mismo.

La dinámica asombrosa de la Gracia no se ha afincado en su corazón. Porque la Salvación es, ante todo, don y misterio antes antes que premio o adquisición, acto infinito de amor, de la bondad de Dios. Y siempre está intrínsecamente relacionada a la familia, a la vida en comunidad cuando florece el nosotros, donde es más importante el tú que el yo.

Liquidar los bienes y dar el producto a los pobres es tender con confianza lazos hacia la misma sintonía de Dios. Es hacer espacio en el corazón, para desprenderse con alegría de todo lo que perece, y llenarse de los tesoros definitivos que son la compasión, la misericordia, la solidaridad, corazones capaces de poblarse de hermanos.

Y así, con el alma ligera de tantas cosas gravosas, irse tras los pasos libres del Maestro, hacia campos de plenitud.

Paz y Bien
 

Migajas de pan bueno



Para el día de hoy (17/08/14) 

Evangelio según San Mateo 15, 21-28



La región de Tiro y Sidón, si bien bajo soberanía de Israel, durante siglos fueron objetivo primario de cuanta fuerza enemiga invasora pasara en camino al combate con los ejércitos judíos. Pero además, su situación fué variando con el correr del tiempo, siendo ocupadas militarmente y colonizadas en varias oportunidades por filisteos y por fenicios, todos ellos enemigos acérrimos del Pueblo Elegido.
Ello conllevó a que los judíos más cercanos a Jerusalem y, por lo tanto, al Templo y a la ortodoxia, tendieran sobre los habitantes de esos parajes un manto permanente de sospecha, rótulos de impureza, de extranjería contaminante, de heterodoxia, y preconceptos a menudo cruelmente peyorativos. Entre esas carátulas, estaba la de cananeo, que literalmente significa -además de habitante de Canaan- traficante o mercader menor.

En el episodio que nos ofrece la liturgia en el día de hoy, acontecen algunas transgresiones escandalosas para los estándares de aquel tiempo, que bien pueden trasponerse a nuestros días.
Por un lado, el ímpetu misionero del Maestro que no conoce fronteras, que se atreve a ir abiertamente a todos esos sitios sospechosos y marginales, en donde nada bueno cabe esperarse.
Por otro lado, la actitud de esa mujer: según las normas sociales de la época, ninguna mujer se dirigiría a ningún varón desconocido, menos aún en plena calle, excepto a su esposo o a su hijo. El apartarse de tales conductas implicaba automáticamente que se prejuzgara a una infractora así como una mujer de dudosa moralidad, indecente. De allí la molestia incomodidad de los discípulos, que tienen que soportar las súplicas gritonas y esa actitud de descaro de una mujer que, para colmo de males, es una extranjera, una impura, una extraña absoluta.

Y sorprende bastante, tal vez mucho, pues es dable presumir que la mujer deba insistir en sus gritos un buen trecho. 
Jesús no es un milagrero ni un mago al que se le arrancan intervenciones espectaculares mediante acciones prefijadas, y ya está, como si nada. Es el rostro de un Dios para el que todo es personal, hay que acercarse a las puertas grandes de su corazón sagrado, por la vía cierta de la confianza. No se requiere tal vez exactitud -esa mujer lo llamaba Hijo de David, título impreciso que al Maestro no le gustaba- pero persiste con la tozudez de los que aman.

Ella intuye que ese rabbí galileo ha tendido una mesa inmensa, mucho más grande que la pequeña y exclusiva que muchos de los suyos relativizan. Ella sabe el valor de las migajas, tan valiosas en sí mismas porque provienen del pan bueno, de ese pan que a menudo olvidamos, el pan de la misericordia y la Salvación, el pan vivo bajado del cielo, Cristo, pan que ha de compartirse entre todos y que es alimento verdadero y definitivo.

Paz y Bien

Los preferidos de Dios



Para el día de hoy (16/08/14) 

Evangelio según San Mateo 19, 13-15




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los niños tenían una clasificación social cuanto menos complicada. Estaban situados en un escalón similar a los esclavos y a las mujeres, es decir, que carecían de derechos, y a su vez se definían por ser seres incompletos. Y excepto en contadísimas ocasiones, las condiciones en que eran criados no pasaban el tamiz severo de las normas de pureza/impureza vigentes, por lo que si el Maestro les imponía sus manos, Él también se volvería un impuro, un proscrito para la vida religiosa y comunitaria.

A ello se debe, en gran parte, el reproche de los discípulos a las madres de los niños. Pero también otro enojo subyace a la par de la reprensión, y es que esos hombres -prisioneros de sus tradiciones y su cultura- no toleran en las honduras de sus corazones que los niños -tal como esclavos o mujeres- sean parte privilegiada del Reino de Dios que Cristo les inaugura y revela.

A diferencia de esa mentalidad que es tan persistente a través del tiempo, Jesús recibe, abraza y bendice a los niños. Es el signo cierto de la preferencia de Dios por los pequeños, por los que no cuentan, por los indefensos, por los que son capaces de asombrarse, por los que aún mantienen esperanzas indestructibles de mirada transparente.
Y más aún, su reclamo perentorio para que permitan que los niños lleguen a Él es también una toma de posición que no admite medias tintas y que debería también ser el carácter primordial de la comunidad cristiana.
Proteger a los indefensos, hacerse familia de los pequeños, hermanarse con los que no cuentan y muy especialmente, ponerse del lado de las víctimas, jamás buscar justificar a los victimarios.

Porque Dios tiene sus preferidos, a los que pertenece el futuro y desde donde el Reino florece.

Paz y Bien

La Pascua de María de Nazareth


La Asunción de la Virgen María, solemnidad

Para el día de hoy (15/08/14) 

Evangelio según San Lucas 1, 39-56




Es una muchacha judía, casi una niña, que recorre una gran cantidad de kilómetros -Palestina, de norte a sur, de Galilea a Judea-, incluso por rutas peligrosas, con el Hijo de Dios en su seno.

María, portadora de la Salvación.

Ella llega al hogar de Zacarías e Isabel, y se desatan la alegría y el entusiasmo adormecidos. Cada vez que nos encontramos y somos capaces de conocernos y reconocer en el otro la presencia del Altísimo, todo se transforma.

María, causa de nuestra alegría.

María es consuelo, es ternura, es presencia, es servicio pero también nos cuestiona. Bendita entre todas las mujeres, nos revela el rostro materno de Dios y nos pregunta, en silencio, si también portamos en nuestros corazones la alegría del Salvador. Si somos capaces de permitir/nos que el Espíritu nos vuelva fecundos. Si nos atrevemos a descubrir el paso salvador del Dios liberador en nuestras existencias.

Feliz por creer. La fé es don y misterio, y es realidad transformada, de la felicidad definitiva que se expresa en la alegría que somos capaces de compartir.

María descubre la acción redentora de Dios en su pueblo y en todos los pueblos, Dios que libera, Dios de todas las esperanzas para los pequeños, para los cautivos, para los oprimidos, Dios inclinado a los que ya no pueden más, Dios que sostiene, restaura y levanta a los caídos, Dios al que hay que celebrar cantando las maravillas de su magnífica mirada bondadosa.

Ella nos precede en la plenitud. Su Pascua es anticipo de plenitud para toda la humanidad que se anima a creer, a amar, a reconocerse pequeños y amados por Dios.

María de Nazareth, madre, hermana y discípula, compañera de nuestras caídas, guardiana de nuestros afectos, protectora de nuestras esperanzas, socorro perpetuo de nuestros esfuerzos misioneros para que toda noticia sea buena y sea nueva.

Paz y Bien



Recalculando la misericordia




San Maximiliano María Kolbe, mártir

Para el día de hoy (14/08/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1



El diálogo entre el Maestro y Pedro entraña una profunda enseñanza, pues siempre hay algo más que saber y conocer, y el mejor modo es dialógico en donde la escucha sea atenta y se deje de lado esa pasión por los monólogos sordos que suelen gustarnos.
Curiosamente, parece que la iniciativa está hoy en manos de Pedro; en realidad, la cuidadosa pregunta del pescador galileo es consecuencia del ministerio y de las enseñanzas de Jesús acerca del rostro misericordioso de Dios y de ese perdón restaurador y re-creador que ha de nutrir la vida de la comunidad.

Pedro realiza una reflexión delicada y meticulosa acerca del tema en cuestión, y además se muestra en extremo generoso. Su cultura y sus tradiciones le indican que el perdón debido al ofensor debe acotarse a tres oportunidades, y sin embargo Pedro lo extiende a siete, número simbólico de la perfección, de la divinidad. Y el Maestro le responde que, en realidad, no debe perdonar siete veces sino setenta veces siete.
No es un recálculo meritorio, sino más bien ha de interpretarse como setenta veces siempre.

Porque el error primordial de Pedro no radica en la aritmética que busca perfeccionar, sino en pensar que el perdón -aún cuando en la postura del pescador sea amplio y generoso- deba limitarse.

Es el tiempo de la Gracia, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo de desproporciones milagrosas. Pues la justicia de Dios se expresa en su misericordia: si todo se quedara en un plano retributivo, hace un buen rato que estaríamos justamente purgando las penas que lógicamente nos corresponden, sin atenuantes. Pero el Dios de Jesús de Nazareth no es juez ni verdugo, es un Padre y una Madre que ama sin límites y supera cualquier extremo imaginado. 
El perdón de Dios es la rama del olivo de la paz ofrecida contínuamente, incondicionalmente, que nos levanta, nos hace nuevos, nos recrea en humanidad. El principio misericordia sostiene al universo.

Así, descubriéndonos perdonados -salvados- no podemos limitar el perdón. Siempre habrá una desproporción, una deuda impagable como una fortuna de diez mil talentos: ni en varias vidas seríamos capaces de pagar. Y por ello mismo, astillas del mismo árbol frutal, no podemos ser menos.

El perdón nos re-úne, nos re-crea, nos re-liga, nos hace mejores, más humanos, más santos, aún cuando a menudo se nos haga cuasi imposible por la gravedad de las ofensas que se confieren. Cuando dejamos espacio al rencor y a la violencia en cambio de buscar, a riesgos de la propia vida, ese perdón liberador, nos condenamos de modo flagrante, sin necesidad de pasar por ningún tribunal, pues rechazamos en la existencia ese perdón infinito por el que Cristo ha dado su vida, su sangre en la cruz ofrecida sin límites ni condiciones.

Paz y Bien  


Ámbito de perdón y reconciliación



Para el día de hoy (13/08/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 15-20





Por la certeza de la presencia del Señor, a partir de la verdad comunitaria de dos o más reunidos en su Nombre, la Iglesia es espacio sagrado de Salvación. Y es Cristo el que convoca, el que re-une, el que edifica comunidad junto a hombres y mujeres que le sigan.

Quizás los mecanismos institucionales sean necesarios, y con ellos las tabulaciones y normas disciplinarias. Los problemas comienzan cuando estos procedimientos se ponen por delante o en desmedro de lo que verdaderamente cuenta, la fidelidad y la misericordia.

Los frutos mejores de ese ámbito sagrado, entonces, han de ser el perdón y la reconciliación, señales ciertas del cuidado recíproco, de la búsqueda del hermano, de la paciencia respirada.

El perdón sana y cierra heridas; y como toda cura, no es cosa sencilla, pues es multicausal y a su vez produce varios efectos. Especialmente el derribo de los muros de egoísmo y de orgullo, y el reencuentro de los alejados. Es cierto que no es fácil, pero mucho peor y terrible es el rencor.
El perdón no es solamente una cuestión de amores rituales, sino que tiene efectos concretos sobre la cotidianeidad, es decir, sobre la historia. Por eso, en tanto que surge de modo primordial del amor entrañable de Dios, el perdón es revolucionario.

Y la reconciliación es expresión del reencuentro, la venda de los corazones heridos, la posibilidad de un presente distinto y fructífero, y de un futuro en común con el hermano.

Quiera Dios que nos reconozcan y nos identifiquemos por las canastas asombrosas de perdón que seamos capaces de compartir.

Paz y Bien

La otra grandeza



Para el día de hoy (12/08/14) 

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14



Los discípulos no podían abandonar su hambre mundano de poder y preeminencia. Y eso, a su vez, estaba profundamente entrelazado con su idea de un Mesías glorioso y vencedor de sus enemigos, que gobernaría Israel mediante la fuerza y a través de imponentes victorias militares por sobre sus enemigos.
Aún cuando siguieran por los caminos al Maestro, aún cuando lo amaran y trataran de seguir sus enseñanzas, persistía en ellos esa idea de grandeza, de preponderancia de unos por sobre otros, de una verticalidad que se decide por los rótulos y nó por lo que se hace, y es precisamente el motivo de la pregunta a Jesús acerca de quién es el mayor en el Reino de los cielos.

Y es dable suponer el estupor y el asombro de esos hombres cuando Jesús, como respuesta, pone a un niño en el medio de la reunión, como centro de la reunión, y asevera que quien no se hace como un niño, no entrará en el Reino de los cielos. Así de terminante, así de taxativo, sin medias tintas y sin ambigüedades: o hacerse como niños o no ser parte del Reino, de las cosas de Dios, de la eternidad, de la trascendencia.

Es menester aquí señalar dos cuestiones fundamentales.
Por un lado, en la Palestina del siglo I, los esclavos, las mujeres y los niños no tienen relevancia ni derechos, son débiles, carecen de poder y son en todo dependientes de los demás. Un niño solamente cuenta por sus padres, jamás por sí mismo, y a esos hombres jamás se les habría ocurrido poner a una criatura como ejemplo de esa vida nueva propuesta por el Maestro.
Por otro lado, el hacerse niño no implica una regresión a edades tempranas ni una vindicación banal de la ingenuidad.

Hacerse niño es decidirse por la otra grandeza, la grandeza del Reino, la grandeza de Cristo que es la de un Dios que se despoja de todo para asumir a pura bondad la condición humana. Es recuperar la capacidad de asombro. Es poner en el centro de todos los afanes a los más débiles, a los que no cuentan, a los que para el mundo son insignificantes. Es aferrarse a ese Dios que es Padre y es Madre. Es la abnegación, es decir, anteponer el bien del prójimo por ante cualquier interés individual.

Es la locura de salir en busca de la oveja perdida, en la santa ilógica de que todos cuentan, que todos, a los ojos de Dios, son y somos importantísimos, y que vale la pena jugarse la vida en esos riesgos magníficos.

Paz y Bien

Monedas de paciencia



Santa Clara, memorial

Para el día de hoy (11/08/14) 

Evangelio según San Mateo 17, 22-27



Jesús de Nazareth debía tener, indudablemente, miríadas de paciencia. Frente a un nuevo anuncio de la Pasión que afrontaría en libertad, fidelidad y obediencia, los discípulos se entristecen. Después de tanto andar con Él por caminos misioneros, aún se aferraban a esas imágenes viejas de un Mesías glorioso, de victoria impuesta, de poder detentado. Quizás su tristeza se deba, precisamente, a que todas sus ansias individuales se truncaban de antemano, y en menor medida a los sufrimientos que su amigo debía tolerar en breve; más ninguno de ellos atinaba a comprender que los caminos de Salvación, los senderos de Dios son bien diferentes de los nuestros, de los que solemos elegir.

Ellos, caminando por Galilea, llegan a Cafarnaúm: allí les sale al paso uno de los recaudadores de tributos del Templo, requiriendo el pago de estilo, la tasa usual. Ésta se había instaurado al regreso del exilio babilónico, de tal modo que todo varón judío había de pagar dos dracmas -una de las tantas monedas vigentes, de origen griego- para el sostenimiento del culto en el Templo de Jerusalem y de los sacerdotes. Ello aplicaba no sólo a los judíos de Tierra Santa sino también a los de la Diáspora, y en muchos casos era mirado con cierto rencor, pues muchos de los obligados a duros esfuerzos lograban apenas el sustento diario. Sin embargo, y a pesar de no ser un tributo provincial del Imperio Romano, nadie se atrevía a discutirlo ni a evadirlo pues significaba una rebeldía flagrante contra la institucionalidad de la fé de Israel.

Pero todo lo que enseñanza el Maestro parecía ir en una dirección contraria; es que en realidad, la santidad se desplaza, en el tiempo de la Gracia, desde una imponente construcción de piedra hacia una persona -templo vivo-, Jesús de Nazareth. En este vínculo nuevo no hay duras imposiciones, sino lazos filiales que hacen nuevas todas las cosas. 
Jesús de Nazareth es, de tan obediente, libérrimo. Nada puede atarlo desde fuera, desde lo impuesto; antes bien, Él voluntariamente se rebaja y pone a disposición de los demás en la entera libertad del amor.

La exigencia del recaudador de impuestos abre una encrucijada: si el Maestro no paga, es un rebelde y un apóstata de las tradiciones de su pueblo. Pero si paga, contradice todas sus enseñanzas al modo de escribas y fariseos, hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago.
Pedro es temeroso de cualquier ruptura, y se apresura a confirmar el pago.
Pero Jesús no es un provocador inútil ni un generador banal de escándalos, que habitualmente hacen bulla pero nada cambian. Y Pedro y los discípulos -todos nosotros- somos libres porque este Cristo nos ha liberado, porque ha pagado todo tributo vinculante con la eternidad al costo infinito de su misma vida, de su sangre ofrecida.

El pez con el dracma en la boca quizás sea un símbolo de humor velado, de no dar demasiada relevancia a lo que no lo tiene. Pero también, que sí es importante contribuir a uno de los bienes sociales más importantes, la paz, la concordia. Y a ese tesoro sólo se lo engrosa mediante aportes pacientes.

Como Pedro, pescador galileo y pescador de hombres, nosotros también hemos de hallar en nuestra cotidianeidad monedas de paciencia y libertad para el bien común, con la libertad de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Ligeros, sobre los mares encrespados



Para el día de hoy (10/08/14) 

Evangelio según San Mateo 14, 22-33



El Maestro había, por fin, logrado quedarse a solas para orar, de un modo tan intenso y especial que sólo encontraremos frente a la inminencia de la Pasión, su oración en el huerto de los Olivos. Es que el Bautista había sido asesinado, y Herodes Antipas estaba enfocando todos sus sentidos en el rabbí galileo: era una situación combinada de tristeza por el homicidio de un inocente tan cercano, por la certeza del su vocación y por el peligro inminente que se cernía ominoso a su alrededor. El único modo de mantenerse firme en ocasiones así es la unión con Dios a través de la oración.

Pero las ansias de plegaria, de comunión con su Padre de Jesús se vieron truncadas por la necesidad urgente de la multitud hambrienta y a la deriva, el signo preciso de que Dios se desvive por nuestro bien.

Los discípulos reciben la instrucción del Señor de embarcarse hacia la otra orilla, pues la Buena Noticia jamás debe replegarse a fronteras geográficas, sociales, culturales ni, mucho menos, espirituales. 
Pero a ellos los sorprende la tormenta, y siguiendo ese orden de ideas, están sometidos a los vaivenes violentos de esa aguas enfurecidas. Más el peligroso trajín es a causa de haber hecho exactamente lo que Jesús les había dicho, y es la barca-Iglesia sorteando los embates de un mundo que se pone bravo cuando permanece fiel a la Palabra.

Pero esos pescadores en esa misma barca, cuando crece el miedo y decrece la confianza, tornan turbias sus miradas. No hay nada que vuelva más opaco el entendimiento y el corazón que el miedo, y es por ello que cuando Cristo se acerca sobre la tempestad en su auxilio, ellos creen ver a un fantasma, y es la Iglesia que imagina personajes diversos porque ignora a la persona real y presente del Señor.

Pedro, con cierto tono de exigencia, requiere un signo, una prueba, un milagro, renegando del milagro de estar vivo, olvidando la asombrosa persistencia de ese Cristo que nunca nos abandona.  
Y Pedro se hunde.
Está sobrecargado de soberbia, pesado de desconfianza, gravoso de orgullo banal. Por creer en sí mismo antes que en Cristo vá hacia abajo, y le renace el miedo cuando debe enfrentar la realidad en la soledad de sus limitaciones.

Somos así, a menudo demasiado pesados y nos hundimos, con taras cordiales que no admiten el vuelo libre del Espíritu alma adentro. Pero nuestra vocación es la de andar ligeros, por sobre todo mar encrespado, pero muy especialmente vivir, vivir plenamente y no solo sobrevivir apenas y a penas.
Sólo hay que ser capaces de confiar, que Dios no permitirá -contra toda terrible tempestad- que la barca de la Iglesia naufrague, y que siempre la mano de Cristo está y estará allí para sostenernos.

Paz y Bien 

El límite de los imposibles




Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, mártir

Para el día de hoy (09/08/14) 

Evangelio según San Mateo 17, 14-20




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las enfermedades mentales y las patologías neurológicas, como en el caso del Evangelio para el día de hoy la epilepsia, eran consideradas como producto de la injerencia directa o de la acción de espíritus demoníacos. Por tanto, cada enfermo y sus familias necesariamente estaban condenados al sufrimiento propio de su enfermedad y al ostracismo y la condena social.
A ello debía añadirse una cuestión no menor: según los preceptos legales-religiosos que se encontraban vigentes por aquel entonces, toda enfermedad era consecuencia del pecado propio o de los padres, castigo divino adecuado por ignotas culpas. Por tanto, el enfermo devenía en impuro, es decir, en incapaz e inhábil de participar en la vida religiosa y comunitaria, impureza que se contagiaba y transmitía a aquellos que se estaban en contacto con el impuro primario.

Así entonces veremos en varias oportunidades al Maestro retirarse de las ciudades a la soledad: ello no es únicamente por una necesidad de silencio y oración, sino que sucedía a continuación de algún signo de sanación. A Él no le importaban las consecuencias que debía soportar por sanar a tantos, por rebelarse contra esas rígidas normas que desbordaban de inhumanidad y poco o nada tenían que ver con el Dios que Él bien conocía y revelaba, el Dios Abbá de nuestra Salvación.

Pero los milagros no son solamente intervenciones espectaculares de Dios en la historia mientras el hombre observa como un mero espectador pasivo. La Encarnación inaugura el kairós, tiempo santo de la Gracia, tiempo santo de Dios y el hombre, y los milagros acontecen cuando se conjuga el amor y la bondad de Dios con la fé del hombre.

El padre de ese niño, con seguridad, sufría por partida múltiple. Sufría como sufren los papás y las mamás que viven por y para sus hijos, y que no se quedan de brazos cruzados aún cuando todo le diga que no, que hay que aceptar y resignarse frente al dolor. Pero sufría también la portación de ese estigma que su hijo ni nadie debe portar ni merecer, estigma de impureza o de cualquier clase o categoría. Por eso frente a esos discípulos limitados y vacilantes que no pueden hacer nada por su niño, acude al mismo Cristo en busca de auxilio. Quizás sea un hombre sin formación, con muchos conceptos erróneos o deficientes; pero porta lo más importante, que es confiar, confiar en la persona de Jesús de Nazareth, porque sabe en su corazón que será escuchado, que Él todo lo puede, y más aún, nada pide para sí mismo, es un padre que ama y sufre y suplica por su hijo.

Y el enojo y la reprimenda del Maestro nos pueden sorprender por su fuego, por su apasionamiento. Llama a sus discípulos -y a muchos de los presentes- generación perversa e infiel, y estos términos no han de ser leídos en una perspectiva peyorativa social, sino espiritual: es una generación per-versa la que no es con-versa, la que no se atreve a creer, porque todo está allí, al alcance de cada corazón.
La comparación que les sugiere a los suyos no es, como una lectura ligera indicaría, entre la fé de los discípulos y Él mismo. Ellos deben dirigir sus miradas a ese hombre, a ese padre que cree y que merced a esa confianza obtendrá, a pura caridad, la salud/salvación de su hijo.

Porque el límite de los imposibles se corre y desdibuja cuando la humanidad, cada uno de nosotros, se atreve a creer y confiar.

Paz y Bien

Cargar la cruz en el corazón y en la cotidianeidad



Santo Domingo de Guzmán, memorial

Para el día de hoy (08/08/14) 

Evangelio según San Mateo 16, 24-28




Refresquemos por un momento lo que sabemos acerca de la cruz: eran el patíbulo elegido por el imperio romano, especialmente, para ejecutar a los reos condenados a muerte por los delitos más abyectos, a los criminales marginales. El mismo horror producido y la exhibición obscena del ejecutado a la vez tenían por objeto una clara intención disuasoria y amenazante, de tal modo de taladrar mentes y corazones con el metamensaje de si haces lo mismo que éste, así terminarás. 
Por otra parte, la Ley mosaica estipulaba que todo ajusticiado de esa manera o por la horca se debía a pretéritos o cercanos pecados, y a su vez el reo era un maldito, un impuro mayor, el sambenito cruel de los maldecidos por el nefasto silogismos del por algo será.

Muerte, marginalidad y maldición parece ser la consecuencia directa de la cruz, y puede desatarse un temporal de emociones encontradas en nuestras almas porque es Cristo quien nos dice que quien lo siga -el verdadero discípulo- ha de negarse a sí mismo, renunciar a cualquier apetito personal y ponerse al hombro esa cruz que es un horror y se asoma en las cumbres de la inhumanidad. 
Sin embargo y con todo lo gravoso, con todo y a pesar de todo, el distingo fundamental, quien cambia la polaridad del espanto y cualquier otro rótulo es el amor y la fidelidad.

Esa abnegación es un bien evangélico que escasea, pero que otros tanto, en fructífero silencio, cultivan en las parcelas fértiles de sus corazones, para mayor gloria de Dios y bien de los hermanos.

Seguir a Cristo no es nada fácil ni simpático, máxime en los vaivenes cotidianos y en medio de las enfermas posturas sociales de nuestros días. Porque todo parece indicar que es una locura no apostar a la individualidad, al bienestar personal, al goce y a los disfrutes propios sin ningún tipo de incovenientes que se acepten consciente y voluntariamente.

Seguir a Cristo es atreverse a hacerse marginal y maldito, a renunciarse a cada momento, a no medrar con la existencia y el esfuerzo de los demás, y a ascender hacia otros niveles de humanidad -a crecer- sin utilizar las cabezas de los otros como escalones, sino más bien a ir con los demás, y desde la propia pequeñez a aliviar la carga de tantos que están doblegados por tantas cruces que se les impone.

Como bien lo entendieron, asumieron y practicaron Domingo, Francisco, Clara, Pedro Nolasco y tantos otros santos hermanos nuestros de todos los tiempos, luces fieles en nuestro mundo de tinieblas.

Paz y Bien
 

Quebrantos apostólicos



Para el día de hoy (07/08/14) 

Evangelio según San Mateo 16, 13-23



La pregunta de Jesús a sus discípulos no es tanto una inquietud personal acerca de qué piensan u opinan las gentes acerca de su persona, sino más bien una saludable provocación que tiene por intención el enseñar y el aprender, a partir de las cosas que los discípulos han guardado en sus corazones.

Sucede que esa entelequia que solemos denominar o reconocer como opinión pública, es en realidad un complejo entramado de sentimientos, raciocinios y estados de ánimo del pueblo. Y ese pueblo en especial sufría un estado de opresión y abandono, de una progresiva disolución de su identidad nacional, de imposiciones extremas y absurdas; todas cuestiones que muchos de nosotros conocemos con actual tristeza y enojo. Quizás por ello, algunos decían que ese rabbí galileo era el Bautista redivivo, con su voz potente e íntegra, o Elías restaurando la soberanía de Israel y de su Dios, o alguno de aquellos antiguos profetas que siempre recondujeron al pueblo extraviado, nuevamente, a caminos santos y de libertad.

Aquí la crítica sería extremadamente fácil, pero a la vez inútil. Porque toda búsqueda de la verdad es buena y es noble, aún cuando puedan inferirse errores como los que las gentes señalaban respecto de Jesús de Nazareth. Sin embargo, el problema real -que a la vez es el gran interrogante y desafío para los discípulos, es decir, para todos nosotros- es que esas gentes se aferraban a un personaje en desmedro de la persona: en un personaje hay una imagen y se le suele endilgar o proyectar ansias, deseos, frustaciones. Y así se transfiere al personaje idealizado los moldes y preconceptos...pero eso suele estar lejos de la verdad de la persona, y si en algo se distingue la fé cristiana no es por su corpus dogmático ni por su sistema de ideas, sino antes bien por su adhesión y cercanía con la persona de Jesús de Nazareth.

Asombrosamente, Simón Pedro lo intuye con absoluta certeza, y ello no es producto de un esfuerzo de su razón, ni de una profusa especulación: es el Espíritu de Dios que se manifiesta, rotundo, en sus palabras. El Maestro es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, pues la fé es don y misterio, semilla de fuerza imparable que sólo requiere la tierra fértil de corazones que la abriguen. Y Pedro -ha cambiado el nombre pues su misma existencia se ha transformado- tendrá por misión fundamentar desde la caridad a la comunidad, a sus hermanos, desatar los nudos de inhumanidad, y atar entre sí a los alejados mediante lazos de fraternidad y bondad.

Aún así, y ante el anuncio de la Pasión próxima, de los sufrimientos por los que debía pasar, de las humillaciones que debía sufrir a manos de aquellos que regían la fé de Israel, Pedro se rebela con virulencia frente a ese escenario de dolor y cruz. Él también, a pesar de la confesión que ha realizado, permanece aferrado a un personaje, a la imagen de un Mesías victorioso, revestido de gloria y poder, y pretende enderezar las cosas. 
Así acontece un quebranto apostólico, que no es otra cosa que pretender a un dios elaborado a la propia semejanza, un Cristo que haga todo lo que uno quiera. Impedir a Dios ser Dios en nuestras vidas. Y así evitar torpemente la insondable bendición de la Gracia en nuestras existencias.

Los quebrantos apostólicos, tan dolorosos como reales, no son privativos de Pedro sino de toda la comunidad cristiana en su irrevocable vocación misionera. Los quebrantos comienzan cuando uno se aleja y no se aferra a la persona de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor, nuestro Dios, y desde Él, reconocerlo en cada crucificado.

Paz y Bien


Transfiguración del Señor, escucha y horizonte




La Transfiguración del Señor

Para el día de hoy (06/08/14) 

Evangelio según San Mateo 17, 1-9




Todo acontece en el monte, y no es solamente una cuestión de altura física: es el ámbito teológico -espiritual- simbólico en donde suceden los encuentros plenos entre Dios y el hombre.

Pero es menester situarnos en el contexto, y la clave estriba en que Jesús de dirige sin vacilaciones hacia Jerusalem, al encuentro con los horrores de la Pasión, con la brutalidad de sus enemigos, con la voracidad de la cruz. Y este Cristo siempre -siempre- está ocupado y preocupado por los demás, y sus ansias mayores se dirigen hacia los suyos.
Esos discípulos confundidos y miedosos están cariacontecidos y al borde del desánimo, pues han descubierto en su Maestro a un Mesías que en nada se condice con el Redentor glorioso de sus tradiciones, un Mesías imponente y arrollador. Ello es un peligro, y a los discípulos les sucede lo mismo que nos sucede a todos cuando toman las riendas los estados de ánimo y no las más profundas convicciones.

Allí en la cima del monte ese Cristo se transparenta y resplandece, y es posible entrever su diálogo con Moisés -la Ley- y con Elías -los profetas-, pues toda la historia y el cosmos encuentran pleno sentido en Cristo, que la Salvación es mucho más que un puñado de hechos espectaculares detenidos en un momento puntual de la épica judía.
Porque sin Transfiguración es casi imposible la esperanza, pues sin Transfiguración Cristo es solamente un rabbí galileo, un predicador itinerante más que enceguece de furia a algunos, que dice cosas medianamente atractivas, que es un buen recuerdo pero nada más que esos detalles banales.

La Transfiguración del Señor es horizonte y plenitud de sentido para Jesús de Nazareth y para toda existencia. Transfiguración es la capacidad de ver más allá de lo evidente. Transfiguración es darse cuenta del paso salvador de Dios a través de los tiempos. Transfiguración es sabernos hijas e hijos amadísimos ilimitadamente por ese Dios que nos revela la clave de la felicidad, y que es escuchar con atención a ese Hijo por el que todos nos volvemos hijos y hermanos.

Pero también Transfiguración es no quedarse, no estancarse, movilizarse, ponerse en marcha. Es preciso, es imprescindible volver, bajar al llano en donde abundan las somrbas de muerte, la oscuridad, la opacidad del más de los mismo para que destelle la luz de la Gracia, la asombrosa noticia de vidas transparentes que nada esconden, la alegría mayor de sabernos queridos y amados.

Paz y Bien



De la limpieza cordial




Para el día de hoy (05/08/14) 

Evangelio según San Mateo 15, 1-2. 10-14



Cuando surge la voz clara de un hombre de Dios, los poderosos de turno se ponen nerviosos y hacen lo indecible para silenciarlo, o al menos, para mantenerlo a mínimo volumen, bajo control, medrando a menudo con la difamación y con la injusticia para suprimir esa voz libre, esa palabra clara.

Así habían extremado sus acciones los dirigentes de aquel entonces con Jesús de Nazareth, a tal punto de enviar a expertos religiosos y peritos en casuística legal desde la misma Jerusalem para someter a su escrutinio todas las acciones y gestos de ese rabbí galileo que cada vez se les volvía más peligroso. Pero ese temor también esconde una soberbia no exenta de cierto grado de paranoia: ellos son la ortodoxia, y todo lo que pase por fuera de su aprobación ha de ser, de suyo, heterodoxo y por ello execrable. Es muy peligroso, e implica suponer que Dios se expresa a través de unos pocos elegidos.

En este caso que nos regala el Evangelio para el día de hoy, el motivo clave son las abluciones previas a las comidas, esto es, el lavado ritual de manos. Ello no responde a una saludable costumbre higiénica, sino a un precepto rígido por el cual han de volverse puros o impuros los alimentos que se ingieren y, en consecuencia, la condición de todo aquel que de ellos se provea.
No hemos de errar: esos hombres tan severos y rígidos eran profundamente -a su manera- religiosos y piadosos. Pero habían dado rienda suelta a un fundamentalismo tan lineal que recíprocamente olvidaban a ese Dios que otorgaba cabal sentido a todas las prácticas rituales y de piedad. El medio se había convertido en fin en sí mismo, pero siempre es Dios quien hace santo al hombre y a las cosas, y no a la inversa. 
Y todo se resuelve y decide en el terreno fértil de cada corazón.

A despecho de esas ínfulas de catarsis o purificación que a veces elegimos o que nos imponen, es menester regresar a la sencillez y profundidad de la Buena Noticia, a la limpieza cordial, a la re-creación de los corazones.
Para que el Espíritu nos limpie todas las malezas, para que nos vuelva a crecer el buen trigo para volvernos pan para el hermano, para que nos germinen en todo tiempo semillas de eternidad.

Paz y Bien

El mar encrespado del temor



San Juan María Vianney, Santo Cura de Ars, memorial

Para el día de hoy (04/08/14) 

Evangelio según San Mateo 14, 22-36



Jesús de Nazareth había alimentado a la multitud, y ahora quería volver a la soledad, a la oración, al encuentro con Dios; no debemos perder de vista que, poco tiempo atrás, se había enterado de la muerte del Bautista: en esa ocasión -muy reciente- tuvo la necesidad imperiosa, tanto como el respirar, de retirarse a orar, pues el dolor por la muerte de Juan, la plena conciencia de su ministerio y la certeza de que su final ha de ser similar al del profeta lo impulsa a abandonarse a los brazos de su Padre. Más todo esto se interrumpe por la necesidad de las gentes, por las urgencias de una multitud hambrienta y a la deriva.
Hemos de hacer nuestras las prioridades del Maestro.

El Maestro permanece en oración en el monte, pero los discípulos deben embarcar hacia la otra orilla del mar. Es la imagen exacta de la Iglesia: los discípulos han de llevar el pan de la bondad de Dios a todos los pueblos, y no acotarlo a la nación judía, a unos pocos, y en esa orilla se encuentra el extranjero, el extraño, el que no es como uno, el impar, y eso debe terminar. Todos somos hijas e hijos de Dios.

Los discípulos cumplen, en esa débil barca, el mandato del Maestro. Pero las aguas parecen enojadas y el mar se encrespa y maltrata la embarcación. En realidad, no es una tormenta típica de esa zona montañosa: el viento que los zarandea está en sus corazones, es el viento en contra que los quiere depositar a la fuerza, nuevamente, en los terrenos del triunfalismo, del mesianismo fácil, del exitismo espectacular. Son ellos mismos los que actúan como viento contrario y ancla.

Pero el Maestro no es indiferente a lo que les suceda a los suyos. Aún cuando parece desconectar, siempre está allí, y su presencia no disipa las tormentas: antes bien, fortalece la barca-Iglesia y los corazones para que, firmes, atraviesen cualquier temporal. La señal es que Cristo camina mansamente sobre el mar encrespado, siempre está en camino hacia los suyos, jamás los abandona, y la iniciativa y las primacías son suyas, Espíritu de Dios que no nos abandona.

Ellos creen ver a un fantasma, claro está. Pues este Cristo les rompe cordialmente las fotografías trucadas que se han hecho de Él, porque se han quedado con un personaje y han abandonado a lo que cuenta, la Persona.
Pedro no escapa a la media, a los conceptos viejos, al error que impera. Pedro sigue aferrado a los milagros únicamente como intervenciones espectaculares de Dios que actúa frente a una pasividad estupefacta del hombre, y por eso, en cierto modo, pretende tentar a Cristo pidiéndole que lo mande ir hacia Él caminando por sobre las aguas.

Nunca es un momento malo para aprender, y el Maestro lo sabe.

Pedro, obcecado en su error, comienza a hundirse, y ello sucede porque se hunden sus esquemas, sus ideas vanas, los moldes que le ha impuesto alegremente a ese amigo que es su Salvador. Pero sobre todo, Pedro se hunde porque teme, porque no confía, y nó a la inversa. El temor es anterior a la zozobra.

La mano amiga y bondadosa de Dios está siempre allí, cuando todo indica que pereceremos, y hay una cuestión tan obvia que solemos pasarla por alto: el milagro no acontece solamente por la mano tendida de Cristo, sino también por ese Pedro que se aferra a ella y que sobrevive a la catástrofe inminente. 

Es una cuestión primordial de fé: no se trata tanto de lo que Dios puede hacer por nosotros -en especial, en los momentos críticos- sino más bien de lo que juntos podemos hacer de su mano y con su auxilio. Y en verdad, nos atrevemos a bien poco. 
Será cuestión de seguir navegando y animarse, que no nos hundiremos.

Paz y Bien



El santo escándalo del pan compartido




Para el día de hoy (03/08/14) 

Evangelio según San Mateo 14, 13-21




En la lectura del Evangelio que nos brinda la liturgia de este domingo, hay una señal que no puede pasarse por alto, y es el deseo y la necesidad de Jesús de Nazareth de irse a un lugar en donde encuentre silencio y soledad, para la oración, para la reflexión. Se ha enterado del homicidio del Bautista, y son varias cosas las que bullen en su corazón: la tristeza demoledora de la pérdida de un ser querido -y el modo de esa pérdida-, la ejecución de un inocente y el indicio cierto de que ahora es su momento y su tiempo, el inicio de su ministerio, el anuncio y proclamación de que el Reino de Dios ya está entre nosotros. Pero también hay un dato que podemos inferir y que no es menor: en el modo de morir del enorme Juan, Jesús descubre también que ha de morir de un modo similar.

Los poderosos de cualquier laya -mundanos, políticos, religiosos- suprimen y trituran a los profetas, a los jóvenes, a las voces claras que hablan de justicia encendidos por el fuego de Dios.

Para muchos profetas en ciernes, esto debería ser motivo claro y suficiente para desistir, para guardarse, para amedrentarse, para vivir una vida relativamente segura y cómoda. Pero Cristo es un profeta fiel, y más que un profeta, y no se echará atrás. Por delante de cualquier ansia y de cualquier estado de ánimo personal -que los tiene, es muy pero muy parecido a cada uno de nosotros, insospechadamente cercano- está su fidelidad y su obediencia a Dios. Esa obediencia supera largamente esa disciplina cuasi militar, es la obediencia cordial de escuchar atentamente a Dios y actuar en consecuencia.

Y su fidelidad tiene sus raíces en esa asombrosa misericordia de Dios. Una multitud agobiada, a la deriva, hambrienta y desolada mueve su corazón. El abandono y el hambre conmueven el corazón sagrado de Cristo que es el corazón mismo de Dios y ambos, hambre y abandono, son afrentas demoledoras al amor, a la creación. Y aquellos que se dicen de Dios, amigos y seguidores de Cristo, no pueden/podemos permanecer como espectadores -aún conmovidos- de tanto dolor. Está en nuestras manos el llenar platos y corazones vacíos, y en cierta forma somos las manos bondadosas de Dios en el mundo, aún cuando lo que se tenga para compartir aparezca mínimo, nimio, insuficiente. Con fé, los milagros suceden.

Pero hay que tener presente que la mesa de Cristo es un santo escándalo, y es escándalo pues es piedra de tropiezo para tanto desorden e injusticias establecidas. No es la mesa de Herodes, donde unos cuantos corruptos sortean espantosamente la vida de los inocentes. No es la mesa severa de los fariseos, mesa escuálida para unos pocos. No es tampoco mesa que distinga entre propios y ajenos.

En la mirada de Jesús de Nazareth no hay amigos o enemigos, cercanos o lejanos, sino solamente hijas e hijos de Dios que pueden y deben sentarse juntos a comer, para que la vida se sustente y se propague. Es mesa incondicional, y es mesa única de tan desproporcionada: miles se alimentan a partir de una ofrenda de pobre, cinco panes baratos y dos pescaditos. 

Esa magnífica y asombrosa desproporción es la Gracia de Dios, y quiera su Espíritu que nuestras mesas se conviertan en acción de Gracias -Eucaristía- por encontrarnos y reconocernos en la misericordia de Aquél que nunca, pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, jamás nos abandona.

Paz y Bien
 


Indicios veraces



Para el día de hoy (02/08/14) 

Evangelio según San Mateo 14, 1-12




La lectura del Evangelio para el día de hoy nos presenta una imagen espantosa, en la que se contraponen como polos opuestos la integridad del Bautista y la corrupta violencia de Herodes Antipas.

Este último, hijo de Herodes el Grande, era tetrarca de la Perea y de Galilea, tierra natal de Jesús de Nazareth.  Era fervorosamente despreciado por los judíos por su formación helenística y su origen difuso, idumeo, extranjero, es decir, un usurpador. Para sostenerse en el poder se valía de tropas mercenarias de ferocidad conocida, pero más aún del ocupante imperial romano, del cual era abiertamente vasallo: la corona que detentaba dependía casi exclusivamente del César y de las legiones estacionadas en Judea y Siria.

Sin enderezar esta mínima reflexión hacia márgenes ideológicos, Herodes Antipas es el arquetipo del poderoso que reivindica la política como pura praxis: la propuesta puede resultar en la superficie tentadora y razonablemente lógica -de allí el afirmar que es el arte de lo posible-. Pero sin embargo adolece del fundamento primordial de la ética. Política sin ética no es búsqueda del bien común, sino solamente búsqueda y acumulación de poder sin limitación alguna, y de allí al autoritarismo, la explotación y el sojuzgamiento del pueblo hay una sola baldosa.

En un momento así, frente a un hombre inescrupuloso y ávido de todo lo que incremente su ya significativo poder -con toda su sombra asfixiante de opresión- el surgimiento de una voz clara y profética como la de Juan el Bautista es un viento de aire puro en un ambiente tan enrarecido. 
Juan es un hombre que no se calla, que no vacila en denunciar todo lo que se opone al Dios, aún cuando ello suponga una crítica frontal a la dudosa moralidad del poderoso, aún cuando ello ponga en grave riesgo su misma vida. Juan es un hombre peligroso en su enorme integridad y en su mansa fidelidad incoercible.

Herodes Antipas no le importa nada más que sí mismo, y además de supersticioso, es un esclavo del qué dirán -quizás en nuestra época, denominaríamos a esto como opinión pública-. Por eso, una danza dudosamente erótica es la excusa perfecta para suprimir esa voz molesta a la que el pueblo presta cada vez más atención.

Significativamente, la muerte y sepultura del enorme Juan será para Jesús de Nazareth el indicio veraz y primordial de que ha llegado su tiempo, el tiempo de anunciar que el Reino de Dios ha llegado, que está aquí entre nosotros, que la historia está grávida de la Gracia, que la Salvación se ofrece incondicional a toda la humanidad.

Allí en donde muchos ven signos luctuosos y de dolor, el Maestro descubre subyacentes signos verdaderos de bendición, de tiempo florecido, con todo y a pesar de todo.

Quiera Dios que también para nosotros tanta muerte y tanto dolor se nos transformen en indicios ciertos de una vida que persiste, tenaz y obstinado como el amor de Dios.

Paz y Bien

El lugar de donde venimos



San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (01/08/14) 

Evangelio según San Mateo 13, 54-58



Los preconceptos no son buenos, minimizan cualquier amplitud de miradas. En cierto modo implican un molde a lo que todo debe adaptarse, y cuando ello no ocurre, surge la necesidad de que, a la fuerza, lo nuevo se amolde a la estructura prefijada.

Los paisanos nazarenos de Jesús se habían así quedado con el viejo molde. Él no podía hablar como hablaba, ni hacer lo que hacía, ni tener autoridad alguna, pues ese pretendido rabbí era el hijo del tekton, del carpintero, y de María, y vivían allí sus hermanos o parientes. Se habían quedado aferrados a una imagen y dejaban de lado de manera flagrante a la persona real. De allí el escándalo que les crecía, y más aún en su sentido literal, pues el término skandalon remite a la piedra con la que uno se tropieza cuando vá caminando. Y ellos, frente a este Cristo que creían conocer bien pero en verdad desconocían por completo, los hacía tropezar y caer al suelo con el estruendo de su estupor.

Así entonces en su querencia no realizaría demasiados signos o milagros. Los milagros no son solamente cuestiones de la bondad divina, sino mixtura santa del amor de Dios y de la fé del hombre. Y cuando falta esa confianza fundante, la Gracia busca terrenos más fértiles para que el Reino germine.

Sin embargo, el lugar de donde venimos es importantísimo. Confiere identidad y revela muchas cosas, y que Jesús el Cristo fuera originario de Nazareth, que su padre fuera el tekton del pueblo, que su madre fuera María es parte también del misterio de Dios que ha querido encarnarse, ser parte de la historia humana a partir de una cultura específica, en un tiempo determinado y propicio, pero muy especialmente de un modo poco pomposo e imponente, que confunde en su sencillez y humildad y que pertenece a esa periferia galilea sospechosa, la periferia de donde nada bueno puede esperarse.

Quiera Dios que este Cristo sea escandaloso también para todos nuestros preconceptos, que confunda nuestros prejuicios y nos altere las caricaturas que nos hemos hecho de su persona, para con el auxilio del Espíritu poder al fin encontrarnos con el Cristo hermano y Señor de nuestra salvación.

Paz y Bien

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