Una dudosa legalidad

Para el día de hoy (18/09/11):
Evangelio según San Mateo 20, 1-16

(A través del tiempo, nos hemos dibujado ciertas imágenes de un Jesús acicalado con ornamentos celestiales, un Cristo muy conveniente a nuestros estados de ánimos o, con mayor frecuencia, adaptado a nuestros preconceptos e ideas.
Y desde allí, anunciamos a un ídolo hecho a medida de vagas necesidades y prejuicios, un tótem cruel de pagos y premios, de méritos y castigos, un dios menor para unos pocos y condena de muchos.

Pero ése no es el Dios de Jesús de Nazareth, Abbá que Él nos anunciaba con mansedumbre y valor, tejiendo ternura y coraje y sin preocuparse demasiado acerca de lo que de Él pudieran decir.
Más aún, el modo y el tenor de Su palabra irritaba a muchos, al punto de desatar en almas mezquinas violentas respuestas: este rabbí nazareno se atreve a cuestionar a la élite farisea esa idea de un Dios cuya presencia se acota al Templo y al que sólo se accede en el cumplimiento puntilloso de la ley.

El Dios que anuncia Jesús tiene un accionar de dudosa legalidad: ese galileo es un irreverente que afirma sin vacilar que a su Padre se lo puede encontrar en cada instante de la existencia, en la naturaleza, en el cosmos, urdiendo la vida junto a mujeres y hombres a través de la historia.
Un Dios que se desvive por todas sus hijas e hijos, que le place llamar a los primeros sitios a los pobres y a los perdidos, un Dios compañero que se anima a la fiesta cuando el que trabaja gana su sustento y es respetado en su dignidad única, un Dios cuyos senderos van a contramano de envidiosos, egoístas y soberbios.

Un Dios cuya única ley es el amor y cuya justicia -mal que nos pese a unos cuantos- es la Misericordia, flor primera y fragante de la Gracia.

¿Cómo anunciaremos al Dios de Jesús?
Quizás -sólo quizás- empeñando estas escasas existencias terrenales que somos en procurar, mansa y humildemente, que los últimos, los que nadie quiere, los que todos olvidan, los ninguneados y sometidos estén en los primeros lugares y allí, en la plenitud, podamos reunirnos todos en torno a su mesa grande en el aquí y ahora que es donde se nos crece la eternidad)

Paz y Bien


Semilla increíble, sembrador confiado, tierra dispuesta

Para el día de hoy (17/09/11):
Evangelio según San Lucas 8, 4-15

(Esta parábola -que recogen, cada uno a su manera, los Evangelistas Mateo, Marcos y Lucas- nos enciende la mirada en la santa ilógica del Reino.

Es claro que cierto aspecto de escándalo puede desatarse: la parábola en sí misma en ningún momento habla directamente de Dios, ni de la Palabra ni del Reino.
Esto es signo para todos y cada uno de nosotros también: el Maestro les está hablando a campesinos, a gentes que saben de cosechas y sembradíos. De allí, un salto infinito, pues lo sagrado se nos vá revelando en la cotidianeidad, en las cosas rutinarias que solemos pasar por alto: en el acontecer diario está escondido -humilde, tenaz e imparable- la Salvación y la eternidad, Dios mismo entre nosotros.
Y tiene otro rescoldo palpitante, aguardando a almas buenas que enciendan otros fuegos: las cosas del Reino deben proclamarse y enseñarse desde las realidades de las gentes, y nó tanto desde abstracciones desencarnadas.

Se trata de una semilla increíble, sencilla e inadvertida que tiene una fuerza escondida que no puede detenerse. Su ímpetu siempre es el crecimiento, su destino siempre es el de la abundancia de frutos buenos que han de compartirse.

La semilla es la Gracia, la semilla es la clave: hacen falta sembradores que confíen en las virtudes de su pequeñez, antes que en su propia pericia.
Luego, si hay buena tierra dispuesta -estas vidas que somos, sencillos retazos de tierra que anda- la cosecha será múltiple, impensada, trigo fantástico que será pan para todos.

Por eso mismo, cuando el acento se pone en la experticia de los sembradores antes que en las bondades eternas de la semilla, comienzan nuestros problemas, pues se intenta desvirtuar la gratuidad y a infinitud de lo eterno regalado a toda la humanidad sin condiciones, pura ternura de un Dios que es Padre y Madre también.

Lo eterno palpita vital y urgente en el aquí y ahora, entre nosotros por la bondad de Aquél que nunca dejará de querernos)

Paz y Bien



Ese galileo provocador


Para el día de hoy (16/09/11):
Evangelio según San Lucas 8, 1-3

(La verdad, no le daba importancia al que dirán. Y no ponía ningún empeño en respetar costumbres y tradiciones que Él consideraba opresivas e inhumanas, contrarias a todo aquello que latía en las honduras de su corazón sagrado, ajeno a esa vida plena que veía como regalo y bien mayor de su Padre.
Para señores bienpensantes y rigurosamente ortodoxos, no dejaba de ser un judío a contramano, un galileo marginal y provocador.

No existen las casualidades: menos aún en la Palabra, en donde cada término ha sido colocado por los Evangelistas con causalidad meditada e impulsada por el Espíritu.
Hoy lo vemos: no sólo acompañaban en su peregrinar, en su misión de anunciar la Buena Noticia los Doce discípulos, sino que muchas mujeres compartían con Él su ministerio. Una locura, algo impensado en su época: la mujer -en el mejor de los casos- debería remitirse al hogar, al silencio y a parir hijos.
Aquí podemos descubrir a María de Magdala, a la esposa del procurador de Herodes, a Susana y a muchas otras... ¿Cómo olvidarnos de Marta y María, sus amigas -las hermanas de Lázaro-, de Ana la profetisa octogenaria, de la viuda de Naím, de la otra viuda porbe que comparte sus moneditas en el Templo y es mostrada como modelo de virtud y discipulado, de la suegra de Pedro, de la sirofenicia, de la que padecía hemorragias, de la cananea del cántaro, de María su Madre, su hermana, su discípula y tantas más?...

Parecería haber aquí cierta intencionalidad en plantear una cuestión de género. Claro que sí, por supuesto, abiertamente y sin miedos, pero hay más, mucho más, siempre hay más.
Muchas de esas mujeres que seguían al Maestro corrían el riesgo de quedar al más absoluto desamparo, al establecer causales suficientes para ser repudiadas según la Ley por sus esposos, y así quedar al puro desamparo social y religioso.
El mismo Maestro a su vez podía ser acusado con insultos y ofensas graves, pero no le daba importancia, su trato con ellas era natural y sin tapujos, decididamente humano.
No se preocupaba por quedar bien frente a otros, sino abrir las ventanas para que a la vida llegue el aire puro y fresco del Reino sin excepciones.

En nuestro presente y a pesar de todo lo que hemos evolucionado y crecido, seguimos escondiendo en un rincón a nuestras hermanas. Las aplaudimos y a algunas de ellas las elevamos al honor de los altares, siempre y cuando sepan ubicarse y no rompan ni quebranten determinados reglamentos y cánones preestablecidos, y es menester, desde esta familia siempre creciente que somos y que conocemos como Iglesia, reflexionar y reconocer si estamos actuando de acuerdo a la Buena Noticia, y si por miedo o por costumbre no nos animamos a volvernos santamente provocadores como Aquel que nos ha rescatado de las tinieblas y de las sombras de la muerte)

Paz y Bien



María de los Dolores, Dios se te parece

Nuestra Señora de los Dolores

Para el día de hoy (15/09/11):
Evangelio según San Juan 19, 25-27

(La pequeña muchacha galilea no salía de su asombro: primero, el saludo respetuoso y cálido del Mensajero, y justamente a ella, la más pequeña entre los pequeños.
Y un Dios enamorado de Ella que le pide permiso.

Un Dios que se crece al calor de sus entrañas, un Hijo que nacerá en la miseria, y que Ella no deja de mirar y ver con sus ojos grandes, tan grandes como su corazón.
Un Niño que es Hijo, Maestro y Señor, un Dios que se le parece, que tiene su mirada, un Dios que se descubre en su rostro, de tan parecidos que son.

Es claro que no tiene solamente un parecido físico -que sin duda lo hay-. Tampoco que Ella es muy parecida a su Dios -que es el nuestro.

Dios se le parece, y ello no es ese falso ídolo triste que solemos inventarnos para nuestra conveniencia, sino que el Dios del Universo muestra su rostro materno a través de sus ojos morenos y mansos.

Dios se le parece, y Ella lo cantará con voz fuerte y confiada: Dios defiende a los pobres, auxilia a los oprimidos, rescata a los olvidados, derriba a los poderosos, dispersa a los soberbios, un Dios que siempre cumple y paga al contado lo que promete.

Dios se le parece, y Ella lo dice desde su silencio humilde, acompañando siempre a ese Hijo al que, a veces, quizás no entendía pero que siempre volvía a gestarlo pacientemente corazón adentro.

Dios se le parece, por eso Ella se preocupará de que toda fiesta no se apague, de que haya vino bueno, de que hagamos lo que Él nos diga.

Dios se le parece, por eso Ella permanecerá de pié aún en su dolor mayor, viendo morir a ese Hijo quebrantado, torturado, que carga cruz de suplicio y maldición, de humillación y soledad. Ella permanece por fé y fidelidad, dos palabras de igual raíz, dos vertientes del mismo río.

Dios se le parece, porque aunque se desviva por el sufrimiento de los hijos no se abandona al pesar ni se resigna a la tristeza, ni permite que se apague su esperanza.

Dios se le parece, porque su Dios y Ella no tienen casa propia: desde esa cruz del Redentor, su casa será aquella en donde vivan sus hijas e hijos, su hogar estará en donde se le reciba, imagen y signo de aquella posada que les fue negada en las urgencias del parto.

Dios se le parece porque es olvido de sí mismo y entrega sin medida al cuidado de los demás.
María, Dios se te parece porque como vos, es siempre presencia constante aún cuando campee el dolor)

Paz y Bien

Exaltando la cruz

Exaltación de la Santa Cruz

Para el día de hoy (14/09/11):
Evangelio según San Juan 3, 13-17

(Cuando exaltamos la cruz, debemos hacer un alto en la huella para reencontrarnos con su significado más profundo.
Cadalso e infamia para los condenados, escándalo y locura para algunos, símbolo de muerte para otros tantos.

Cuando exaltamos la cruz, decimos amor mayor, y renegamos de todo sufrimiento impuesto.

Cuando exaltamos la cruz, afirmamos desde la humildad y el silencio que Dios es un Padre y una Madre que no quiere que sus hijas e hijos padezcan, y que es capaz de des-vivirse por todos y cada uno de ellos.

Cuando exaltamos la cruz, enmudecemos frente a los ojos cálidos de María, que vé morir al Hijo que supo acunar en sus brazos, ese Hijo que es su Maestro y Señor.

Cuando exaltamos la cruz, reivindicamos el valor santo de la entrega y el servicio desinteresados.

Cuando exaltamos la cruz, hacemos propia esa aparente derrota para hacernos hermanos de todos los derrotados de la historia, de los que agonizan en silencio, de los sojuzgados por la injusticia y el desprecio.

Cuando exaltamos la cruz, decimos que -a pesar de llantos y dolores que nos agobien- la muerte no tiene la última palabra.

Cuando exaltamos la cruz, volvemos a afirmar que ese Cristo lastimado, torturado y maldecido es el Redentor que ha cargado voluntariamente todo llanto, y asume en su cuerpo y en su alma todo sufrimiento para que nadie más muera, para que nadie más sea presa de la violencia voraz.

Cuando exaltamos la cruz, sabemos que esa entrega sin límites de Jesús se nos hace camino para hacernos definitivamente humanos, portadores de esperanza)


Paz y Bien

Una muerte previsible, dos vidas rescatadas


Para el día de hoy (13/09/11):
Evangelio según San Lucas 7, 11-17

(La escena es tristísima, y seguramente la mirada del Maestro se conmovió en sus mismas entrañas: ese grupo de gente acompañando al cementerio a esa mujer en las honduras de su dolor y su soledad total. No debe haber dolor tan profundo como despedir a un hijo.

Pero Jesús vé más allá: mira a una mujer abandonada a su suerte, una muerte que viene programándose aún cuando su corazón siga latiendo. Es mujer, por lo tanto no tiene derechos excepto aquellos que le llegan como sobras desde la mesa de los deseos del esposo: cada mujer era -literalmente- considerada propiedad del marido, objeto destinado al cuidado de la casa y a parir la prole.
En el caso del Evangelio para el día de hoy, es una mujer que ya ha quedado en el desamparo al quedarse viuda; sólo resta esperar protección y cuidado de otro varón de la familia -su hijo- y esta última garantía que le quedaba vá camino a su tumba. Está muerta socialmente, en el más absoluto desamparo, y ese cortejo fúnebre es por la madre y por el hijo, y somos conocedores de muchos cortejos -a menudo, integramos varios de ellos, cortejos de resignación y de aceptación silenciosa de lo que impone la muerte a los demás.

Como un signo para todos los tiempos, a Jesús no le importa transgredir todo aquello que, aunque esté férreamente establecido como costumbre y tradición, sea contrario a la Buena Noticia de su Padre. No hay tabú ni regulación que pueda detener sus pasos ni esa misericordia entrañable que lo impulsa.

La Ley prohibía taxativamente todo contacto con cadáveres y con todo lo que se relacione con la muerte pues era consecuencia directa de la impureza ritual. Esa impureza implicaba ser separado de la comunidad pues esa impureza era considerada maldición contagiosa que impedía la relación con el Dios de Israel.

En un solo gesto, Jesús de Nazareth se atreve a ser considerado impuro y blasfemo, a ser excluido de toda vida social, a ser despreciado y condenado por almas mezquinamente establecidas que habitualmente se creen mejores y más puros que los otros, con derecho a decidir la salvación o condenación de otros.
Ese gesto de tocar el féretro es el verdadero milagro que la Palabra nos regala el día de hoy.

Es un gesto simple, sencillo y a veces inadvertido, la humildad de una mano tendida hacia quien está considerado muerto, es decir, olvidado e ignorado, social y religiosamente destinado a habitar un mundo que tiene mucho de necrópolis, hogar de aquellos que sólo entienden como paz la quietud de los cementerios.

Más aún: las primeras palabras de Jesús no van previsiblemente hacia el hijo yacente en el ataúd, sino que son palabras de consuelo hacia esa madre muerta en vida. En el -No llores- se condensa toda la Buena Noticia, la compasión, la ternura, la vida que prevalece aún cuando todo grite que nó, que es tiempo de llantos.

La gente lo sabe, lo intuye, se dá cuenta: está entre ellos el más grande de los profetas, Dios que visita y se queda con su pueblo, dos vidas rescatadas para la vida.

Quizás no haya otra misión más importante que ésta para la Iglesia: atreverse a tender una mano hacia los que agonizan en las tinieblas de la exclusión y en las sombras de la muerte, misión de rescate y de abrazo sin pedir permiso, asumiendo todo riesgo, signo cierto de que Dios se ha quedado y vive entre su pueblo)

Paz y Bien

Decir tu nombre, María

12 de setiembre - Santísimo Nombre de María

Decir tu nombre, María,
es decir que la Pobreza
compra los ojos de Dios.

Decir tu nombre, María,
es decir que la Promesa
sabe a leche de mujer.

Decir tu nombre, María,
es decir que nuestra carne
viste el silencio del Verbo.

Decir tu nombre, María,
es decir que el Reino viene
caminando con la Historia.

Decir tu nombre, María,
es decir junto a la Cruz
y en las llamas del Espíritu.

Decir tu nombre, María,
es decir que todo nombre
puede estar lleno de Gracia.

Decir tu nombre, María,
es decir que toda suerte
puede ser también Su Pascua.

Decir tu nombre, María,
es decirte toda Suya,
Causa de Nuestra Alegría.

Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil

Lo que queda en pié

Para el día de hoy (12/09/11):
Evangelio según San Lucas 7, 1-10

(Era un centurión, militar del ejército de ocupación. Seguramente pagano en su religiosidad: a contrario de las prácticas habituales de los romanos, que decidían la suerte de las naciones ocupadas por los caprichos de césares y pretores mediante el uso indiscriminado de la fuerza de sus armas -y cierto antisemitismo militante-, éste centurión quería y respetaba al pueblo que debía someter.
Les había hecho construir una sinagoga, confía en ellos como interlocutores.

Se le ha enfermado su sirviente, el que se encuentra a las puertas de la muerte. La medicina convencional no ha podido hacer nada por el enfermo, y la fama de Jesús no le es desconocida.
Pero aún pudiendo ir personalmente -¿quién se le opondría?- a rogar por su criado, sabe que es un extranjero y un pagano: por eso envía como mensajeros a notables de la comunidad, para que en su nombre supliquen al Galileo.
Más aún: conoce su justa medida -se humilla- y confía en la extraña fuerza que surge de aquel rabbí: no se considera digno de que Jesús se llegue hasta su casa, la Palabra del Maestro será vida para el que agoniza.

Su actitud confiada y humilde es reconocida por Jesús con voz clara y contundente; tanto, que dos milenios después hemos asumido como propia la expresión del centurión, descubriéndonos como indignos de su presencia cada vez que nos reunimos en torno a su mesa.

La fuerza de la Buena Noticia es inconmensurable, no se circunscribe a algunos, no está acotada por esquemas culturales, sociales, políticos y religiosos.
Es vida plena para todos.

Pasarán los que se creen únicos depositarios de la Salvación. Pasarán las torpezas del poder que se afirma en la fuerza de las armas. Pasarán los imperialismos. Pasarán las exclusiones por pertenencia o nacimiento, por religiosidad o funciones.

Lo que queda en pié es la humildad y la compasión, lo que prevalece en este tiempo nuevo es la Misericordia.)


Paz y Bien


Reglamentos

Para el día de hoy (11/09/11):
Evangelio según San Mateo 18, 21-35

(Más de uno miraba al Maestro con ojos de simpatía, pero hasta allí, nada más.
En el mejor de los casos, se trataba de un soñador fantástico que, sin embargo, poco tenía que ver con la realidad y con las complejidades humanas.

Hay demasiados conflictos y problemas que exigen normas claras y precisas, códigos de conducta que regulen y morigeren las consecuencias de envidias, egoísmos, resquemores y conflictos de menor o mayor grado.

Por ello mismo Pedro interpela a Jesús con extrema razonabilidad: sabe que su Maestro ha inaugurado un tiempo nuevo, y que deben comportarse ellos también de manera novedosa. Presume que hay que superar la ley de la venganza -Talión- y las posibilidades de perdonar al otro, y dá un paso más: con patente generosidad, él mismo le sugiere que puede esforzarse hasta siete veces en el ejercicio de la reconciliación.

Hay dos vertientes aquí: Pedro necesita que se le especifique un canon de convivencia en el que no haya lugar a dudas ni zonas grises. En su alma las cosas están cuantificadas de tal modo que actuará con humana justicia entre iguales: es claro que cuando pregunta, tácitamente no incluye al extranjero, al ajeno al pueblo elegido, al distinto.
Y más aún: aún cuando tiene sed de verdad -que expresa en esa pregunta crucial-, también pretende adelantarse en la interpretación de la voluntad de Dios, imponiendo sus moldes y razones teñidos de temporalidad a las cosas eternas.

Nosotros no somos demasiado distintos.
Nos aferramos fervorosamente a casuísticas y normativas que delimiten y regulen nuestra relación con Dios y con el otro... siempre y cuando ese otro sea par, esté vinculado por pertenencia común religiosa, nacional, cultural o de género. No hay lugar para el distinto, para el extranjero, para el extraño.
Estamos presos de los reglamentos porque somos esclavos del menor o mayor poder que podamos ejercer sobre el otro, y porque todo tiene su precio.
Cuando eso sucede, la gratuidad se vuelve algo imposible e impensado y allí, justamente allí, está la raíz de toda des-gracia.

Frente a todo cálculo mezquino, Jesús nos revela el rostro de Abbá Padre suyo y nuestro que no anda tabulando los yerros, tropiezos y miserias de sus criaturas.

Ante todo, es un Padre y más aún, una Madre que no quiere hijas e hijos lastimados, heridos de rencor y violencia. Ninguno debe perderse, y es capaz de morirse en la cruz, Dios que se des-vive para que nadie más se muera.

Quizás entonces la Iglesia sea una familia de mujeres y hombres que se han descubierto rescatados de todo dolor, sanados en perdón y misericordia que se animan desde el coraje y la humildad a anunciar la desmesura de un mundo que es posible recrear desde la cruz, el amor mayor que ofrece la resurrección, incondicional y gratuita, vida plena para todos.)

Paz y Bien

Fachadas

Para el día de hoy (10/09/11):
Evangelio según San Lucas 6, 43-49

(Conocemos una multiplicidad de rostros y caracteres, entre los que también está la imagen que a menudo nos devuelve el espejo.

Y a menudo, esas fachadas exteriores se nos presentan llamativas, atractivas, prometedoras y esto, precisamente, no es un dato menor. Nos hemos vuelto esclavos de la imagen, cipayos obedientes de la exterioridad y las formas vacuas.

Por ello mismo no debe extrañarnos que tales fachadas palaciales se desplomen rotundamente: sucede que sus cimientos son la arena fina y deslizante de la fama, de la moda, del que dirán, del besamanos y los rótulos.
Y la casa más humilde -ranchito ignorado, tapera casi invisible- se mantiene incólume porque se fundamenta en la roca firme de la fidelidad, la solidaridad y la amistad...o si se quiere expresar con mayor propiedad, en la piedra firme de la Palabra de vida y Palabra viva.

Habituados a merendar a diario catástrofes y espantos, quizás sea dable preguntarnos sobre estamos haciendo pié.
Los análisis psicológicos, dialécticos y políticos pueden llegar a ser de mucha utilidad; sin embargo, es mas sencillo y veraz reconocer que todo se incuba y se crece en cada corazón.

Es menester tener una mirada de ojos lejanos: somos caminantes con la vista puesta en el horizonte del regreso del Maestro. El error grosero pasa por vivir enfocados en un más allá inasible olvidándonos que todo se decide en el más acá, en este presente a menudo sobrecargado de dolores y tristezas.

A pesar de que somos sólo un poco de tierra que anda, cotidianamente sucede el milagro de vidas frutales que regalan sin condiciones cosechas abundantes de cordialidad, de servicio, de solidaridad y compasión.

Habrá entonces que pedirle al Dueño del campo que nos cuide los tallos)

Paz y Bien

La mirada perdida

Para el día de hoy (09/09/11):
Evangelio según San Lucas 6, 39-42

(En la mirada se espeja la realidad: y de acuerdo a la mayor o menor transparencia, sucede una extraña mímesis por la cual esa realidad toma el color propio de la mirada, y así el otro y el mundo se miran y ven con un color monocorde, desvaído, sin distingos buenos.

Esto puede percibirse notoriamente en el ámbito psicológico, pero trasciende ampliamente lo meramente anímico. Es una postura vital.
Sucede a diario -lo sabemos bien- en lo personal y en lo comunitario: esas miradas enmarcadas en un rictus de amargura, de seriedad pretendida que sólo esconde la incapacidad de la esperanza en que el otro puede crecer y mejorar, que con todo y a pesar de todo el Reino acontece y tenemos un destino de felicidad y un alma creada y soñada para la alegría y el festejo.

En algún momento hemos perdido la buena mirada, la mirada del Maestro que nos vé a todos y cada uno de nosotros con ojos benevolentes.
Hay una literalidad que no podemos pasar por alto: benevolencia se enraiza en buena voluntad, y no se trata de cierta ingenuidad de no mirar y ver lo que está mal, como tampoco la estatura cínica de quienes beben a perpetuidad la bebida amarga de la crítica pura.

Los ojos de Jesús se intuyen primero en los ojos de María, y ambos reflejan la mirada de un Dios que es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, y que más allá de nuestros quebrantos, es capaz de ver todo lo que podemos llegar a ser, todo lo bueno que nos puede llegar a crecer, todos los frutos buenos que en promesa y realidad nos florezcan.

Quizás la mirada que hemos perdido es una mirada de misericordia, capaz de despojarse de severidades estériles, dispuesta a renunciar al yo para ir en busca del nosotros, ojos santos felices de descubrir al otro tal como es, que reniegan de esos abismos de egoísmo que tanto nos tientan, ojos transparentes y renovados que se dan cuenta que la Salvación se ofrece a todos, sin excepción ni condiciones previas.)

Paz y Bien

Celebrando el alba

Natividad de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/09/11):
Evangelio según San Mateo 1, 1-16.18-23

(La Iglesia celebra habitualmente la Pascua de sus hijas e hijos mejores: recuerda con afecto el paso de la existencia a los brazos del Padre de quienes han pasado haciendo el bien, han sido fieles, han descollado de luz.

Ello es razonable si pensamos en las idas y vueltas del alma humana, en sus quebrantos, en sus luces y sombras: no se puede saber de antemano si la existencia de alguien será motivo de júbilo y recuerdo orante, pues la vida se vá edificando día a día. Sabidas y conocidas son muchas historias que no tienen nada de celebración, y que son recordadas como condena y maldición.
Hay tres excepciones: el Nacimiento del Salvador, un Cristo añorado del que no habrá dudas ni ambigüedades desde su misma gestación, y que es celebrado con cánticos de gloria al momento de su llegada. El Dios del Universo se hace hombre y nace -Niño frágil en brazos de madre- para que la vida recupere el sentido y el gusto de ser vivida.

El nacimiento de Juan el Bautista, portador de esa antorcha de esperanza, abriendo la huella en las almas para que pase el Esperado.

Y el nacimiento de Ella, María de Nazareth.

La Palabra se empeña en recordarnos la identidad Jesús a partir de una genealogía muy extraña: aquí no se trata solamente de discernir el linaje real de Jesús, sino que hay un significado más profundo.

El Dios de la Vida vá tejiendo en la historia de hombres y mujeres su alianza perpetua, un Dios tenaz y fiel a sus promesas, un Dios que no olvida ni abandona a su sueño mayor, la humanidad.
En esa historia señalada de varones guerreros, jueces, líderes tribales y caudillos de pueblos, soldados, sabios, pastores errantes, peregrinos del desierto, justos y pecadores, destacan como hitos cuatro mujeres extrañas, cuatro mujeres extranjeras -impensadas portadoras de la esperanza de Israel-, cuatro mujeres que conciben sus hijos en circunstancias cuanto menos sospechosas, cuatro mujeres que de suyo habrían de ser estigmatizadas por las normas de pureza imperantes.

Tamar y Raab cananeas, Betsabé hitita, Rut moabita. Algunas prostitutas, otras provenientes de pueblos tradicionalmente enemigos de Israel, todas sospechosas por ser mujeres.

Más cuando Dios interviene en la historia, suceden cosas muy extrañas.

Como brazos caudalosos del río de la vida, esas cuatro mujeres desembocan en María, muchachita judía de aldea campesina, de la Galilea de la periferia en donde nada bueno puede esperarse, jovencita de embarazo sospechoso e irregular.
Sin embargo, con Ella y por Ella llega la Salvación a la humanidad, que concibe al Salvador en su alma pura y fértil aún antes de que se geste en su seno.

Ella, la que permanece fiel a pesar de que quizás no comprende del todo el saludo del Mensajero, la que confía, la que espera contra toda desesperanza, la que canta las maravillas de ese Dios que se ha enamorado de Ella, que enaltece a los humildes y derriba a los poderosos, que defiende a los pobres y dispersa a los soberbios, que se mantendrá de pié a pesar de que ese Hijo que ama muere ante sus ojos.

Hoy recordamos el nacimiento de María y por ello celebramos el espacio inmenso de su corazón por el que nos llega la Salvación, un alma grande que trastoca maravillosamente el rumbo incierto de la historia humana.

Hoy celebramos el alba de un nuevo día en la historia humana, la madrugada del día nuevo de Jesús, la luz de la esperanza que resplandece en la noche más cerrada y que palpita en las honduras de su alma fiel.)

Paz y Bien

Inversiones


Para el día de hoy (07/09/11):
Evangelio según San Lucas 6, 20-26

(Puede resultarnos extraño, causarnos cierta zozobra y algún dolor. Uno imagina las bienaventuranzas como sólo palabras de alegría, pero los ayes entrelazados que nos trae hoy el Evangelista Lucas se nos hacen una sinfonía perfecta, aunque de difícil audición y poco disfrute.

No es casual que el Maestro contraponga paradigmas de felicidad contra ayes de perdición; una lectura superficial y poco cordial nos indicaría presupuestos antitéticos, contraposiciones entre los hijos del Reino y los otros.
Quizás haya que buscar indicios y huellas de un modo más sencillo y profundo: en los ayes están los motivos y causas de aquellos que lloran y sufren, y a los que Jesús reivindica y sostiene desde un caudal de esperanza viva.
Más aún: no puede haber asunción propia de nuestra condición humana -quebradiza y frágil, es decir, limitada y pecadora- sino desde la perspectiva de esa increíble locura de amor que es la cruz.

Estamos habituados en nuestras comunidades a realizar actos solidarios que, por lo general, son políticamente correctos y no incomodan a los poderosos y acomodados.
Cuando el dolor, la pobreza, el hambre y el llanto de tantos nos empiece a doler hasta los huesos, cuando hagamos una inversión de valores decisiva y total desde esa cruz santa de milagros, cuando nos identifiquemos total y verazmente con los que languidecen a la vera del camino de la vida, necesariamente comenzarán las sospechas, la maledicencia, la infamia y el desprecio por su Nombre. Y no será grato descubrir que ello puede suceder especialmente en nuestra comunidad, entre los amigos y hasta en la propia familia.

Es claro que no hay que agregar ni una sola tilde ni un mínimo vocablo a la Palabra: ¿cómo hacer entonces para que no haya tantos ayes, para que florezca la esperanza, para que acontezca el Reino?

Asomará humilde un alba de justicia cuando aquellos que disfrutan riquezas de dinero, poder, capacidades y tiempo ocioso abren los ojos y lo ponen al servicio de los olvidados. Cuando haya gentes dispuestas a asumir la desnudez y la derrota de la cruz para que nadie más sufra. Cuando haya cada vez más intolerantes del hambre y la miseria, y que no se quedan en la queja. Cuando los que tienen la posibilidad de la risa y el buen humor se vuelvan capaces de llevarlos a todos aquellos que beben amarguras. Cuando los que nadan en el confort y las seguridades mundanas se animen a ir mar adentro en estos barquitos frágiles que somos.
Cuando todos y cada uno de nosotros dejemos de considerarnos importantes e imprescindibles y nos descentremos hacia el hermano.)

Paz y Bien


Oración, llamado y llano


Para el día de hoy (06/09/11):
Evangelio según San Lucas 6, 12-19

(El Maestro pasa toda una noche en oración, en la soledad de la montaña.
Para una mirada literal, se ha pasado la noche en vela, rezando en un lugar alto y apartado. Pero tiene un significado mucho mayor.


La oración de Jesús era para Él una necesidad tan vital como respirar; era el momento del encuentro con su Padre, lejos de la repetición rítmica de frases y plegarias, tiempo de escucha y diálogo.
Y pasa toda la noche en oración, en identidad profunda con Abbá Padre suyo y nuestro; esa oración -toda oración- tendrá frutos.
En este caso, los frutos de esa oración es la elección de doce discípulos: no es cuestión azarosa, es decisión tan sagrada como es el llamado de todos y cada uno de nosotros y es envío -tal es el significado literal de apóstoles-.
Ellos han de ir con Él, su misión será la de Él.
Contra todo resabio de espectacularidad, superando cualquier especulación, Jesús elige a hombres con nombre y apellido, desde sus particularidades, con sus luces y sombras, a partir de su cotidianeidad.
Pescadores, recaudadores de impuestos, militantes políticos -zelotas-, estudiosos de las escrituras; tendrán sus quebrantos, uno lo traicionará en ese amor, otro lo negará aterido de miedo, todos negarán con fervor la derrota de la cruz.
Pero un Dios que es Padre, que mira más allá de cualquier apariencia, los mira y elije con ojos de Madre que sabe ver todo lo que pueden llegar a ser sus hijos, a pesar de renuncias y traiciones.
Y allí sí, hay que descender al llano. Multitudes dolientes llegadas de todas partes, agobiadas de dolor y soledad aguardan al Maestro y a los suyos.
La fuerza del Reino, la potencia infinita de la compasión y la Misericordia cura, sana y libera)
Paz y Bien


Discapaces

Para el día de hoy (05/09/11):
Evangelio según San Lucas 6, 6-11


(Hoy no encontramos ninguna urgencia patente: ese hombre de mano contrahecha seguramente podía esperar al día siguiente, un mes más, cualquier otro día de la semana. Su vida no corría peligro inminente.

Ese galileo era un provocador consumado: en pleno rostro de los dirigentes religiosos, de escribas y fariseos, viene a enseñarles en el sagrado Shabbat qué es lo urgente y donde se decide lo importante.

En realidad, no es el hombre del brazo atrofiado el enfermo. Seguramente el necesitado es él, pero los enfermos, los incapaces están alrededor de Jesús juzgándolo y a la espera atenta de que cometa un error y se sumerja en la blasfemia.

Han supeditado las existencias propias y ajenas al cumplimiento estricto de observancias religiosas, cánon de normas que han deificado, que consideran sagradas e inamovibles. En esa mentalidad religiosa, la necesidad humana no tiene espacio: esa casuística cruel llega al extremo de justificar el sufrimiento y la enfermedad como consecuencia de pretéritos pecados.
No hay discapacitados mayores.

Sin embargo, es tiempo de Gracia y Misericordia y no hay nada de casualidad en que Jesús de Nazareth quiera que ese hombre de mano muerta se ubique en el centro de la sinagoga y, especialmente, en el día en que honra a Dios: el culto agradable al Creador -enseñaría alguna vez- es socorrer a la viuda, al huérfano, auxiliar al necesitado, dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, auxiliar al enfermo.

Si una comunidad deja de tener por centro al necesitado y al que sufre, está renunciando a su identidad cristiana y volviéndose una secta religiosa más, que sacraliza los ritos y reniega de lo humano, por más rabia que desate en algunas almas acartonadas.

Quizás debamos emprender el regreso a lo raigal, a lo que nos identifica, a aquello que nos vuelve verdaderamente humanos, tan humanos como Aquél que era el más humano de todos y que encontramos en el olvidado, en el que sufre, en el necesitado)

Paz y Bien


La edificación del nosotros

Para el día de hoy (04/09/11):
Evangelio según San Mateo 18, 15-20


(Un grosero error habitual es suponer que el poder y el mandato de atar y desatar ha sido conferido por Jesús solamente a Pedro, a sus sucesores, y a quienes han sido llamados al sacerdocio: esta vocación de reconciliación es el distingo de toda comunidad reunida en su Nombre, y que sabe que Jesús está presente en medio de ellos.

Es normal y natural que en todo grupo humano surjan conflictos, y esto suele ser a veces más evidente en las comunidades cristianas: al fin y al cabo, el egoísmo no ha sido desterrado de estas pampas. Sin embargo, comienzan los problemas cuando, al querer corregir estas conductas que hacen daño -eso que llamamos pecado- nos embarcamos en ímprobas y sinuosas veredas de normas, legislaciones y códigos de conducta y dejamos de lado a ese Jesús presente y vivo en medio de los suyos.

Es claro que nuestras limitaciones nos obligan a ordenarnos de un modo u otro mediante normas de convivencia y, llegado el caso, debidos procesos: aún así, cuando se acentúa lo punitivo, la excomunión, el tablero de penas olvidando al Maestro, se demoniza y se olvida al otro aunque ese otro haya cometido faltas gravísimas o delitos socialmente imperdonables. De allí a las persecuciones, guerras santas, cruzadas y violencias hay una distancia muy pequeña, y son acciones razonables pero muy lejanas y ajenas al corazón misericordioso de Jesús.

Pero por ello mismo la comunidad cristiana es trascendente, y cuando con todo y a pesar de todo se decide a no perder a ningún hermano, el Reino acontece.
Ata las almas separadas por rencores, y desata los nudos que nos atan al pasado y al odio frecuente por el dolor de las heridas recibidas.

Quizás el primer paso sea la superación del yo y el tú, y junto con el Espíritu de Jesús que está aquí, ahora mismo entre nosotros, navegar en estas frágiles barcas que somos hacia la fraternidad.

Se navega bien cuando todos reman y cuando el Maestro vá al timón.

Se llega a buen puerto cuando la mesa deja de ser exclusiva para el consorcio de unos pocos y se vuelve banquete grande con lugares para el publicano excluido, para el pagano negado por distinto, y los que nunca son tenidos en cuenta dejan de pertenecer al ellos y son parte imprescindible del nosotros.)

Paz y Bien

Mixtura de tiempo y cielo

Para el día de hoy (03/09/11):
Evangelio según San Lucas 6, 1-5


(A primera vista, y en varias ocasiones, Jesús puede aparentarse como un consumado transgresor, con una especial pericia en sacar de quicio a fariseos, escribas y saduceos. Y en el fondo, muchos de nosotros -en parte- lo amamos por ello: la carga que los profesionales de la religión de ayer y hoy han impuesto en tantas espaldas nos sigue doliendo.
Sin embargo, todo reduccionismo es torpe y necio.

En Jesús se conjugan de una vez y para siempre lo finito y lo infinito, lo temporal y lo eterno, lo sagrado y lo profano, lo humano y lo divino.
Jesús -hombre y Dios- fué y será siempre escandaloso: ha venido a decir que la fé no es la adhesión a un corpus doctrinario y ritual, sino antes bien unirse y seguir a Alguien.
El ámbito de lo sagrado no está delimitado por los templos en donde se le rinde un culto a un dios lejano, de acceso imposible, al que se le piden favores a través de terceros. Toda la tierra se ha vuelto sagrada, y lo santo resplandece especialmente en la vida humana: el templo primero es el templo vivo y palpitante de cada existencia humana.

Siempre los buscadores serán mirados con especial afecto por un Dios que se revela como Padre y Madre...Sin embargo, este Dios no juega a las escondidas cultuales, sino es un Dios extraño y cercano, que sale Él mismo al encuentro del hombre, un Dios que se impacienta cuando sus hijas e hijos no tienen sustento, cuando algunos quieren justificar la miseria y el hambre.

No es sagrado ni santo subordinar vidas a sábados y preceptos: por el contrario, toda cuestión religiosa que es muro erigido para separar a los hermanos entre sí e imponer ignotas tarifas de acceso a Dios, está muy, muy lejos de esas entrañas de Misericordia de Abbá Padre de Jesús y Padre Nuestro.

Dios ha entrado en la historia humana, haciéndose un hombre pobre, un Niño frágil en brazos de su Madre. No se ha alejado, no compite ni es rival del hombre.
En Jesús se funden con música de para siempre el tiempo y el cielo, y es un signo inefable de que Dios nos ama, y de que toda vida es sagrada, única, irrepetible)

Paz y Bien

Del vino nuevo

Para el día de hoy (02/09/11):
Evangelio según San Lucas 5, 33-39


(Atreverse a vivir la Buena Noticia no tiene un significado de sencillez para todo lo que se ha enquistado en nuestros egos; a menudo es mucho más grato aferrarse a normas y preceptos de cumplimiento habitual porque es cómodo, porque acalla ciertas santas rebeldías de las almas y porque, especialmente, implica una rutina que sólo es compromiso formal y rutinario que no involucra al corazón.

Es claro que no se trata de aceptar con fervor todo lo nuevo por el hecho mismo de ser precisamente algo novedoso: se trata más bien de que la Buena Noticia siempre es buena y es nueva, a cada instante, día a día.
La creación acontece a cada segundo por la bondad del Creador, por eso ciertas cuestiones de conservadurismo se vuelven ideológicas y se dogmatizan: en realidad, esconden un miedo fervoroso a la conversión, a redescubrir el rostro de Dios que resplandece en el hermano, y allí lo religioso pierde su dimensión trascendente y universal -católica- para volverse solamente la metodología cultual de unos pocos.

Volvemos al comienzo: hay que atreverse al brindis.
El vino nuevo de la Buena Noticia significa que el Dios que se nos revela en Jesús de Nazareth es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida, que hay un destino de fiesta grande sin exclusiones, que el culto comienza por el socorro al necesitado, que la Salvación es fruto de un Dios de Misericordia y liberación.
Ese vino nuevo no puede encerrarse en odres viejos, barriles degradados por el temor, la costumbre, las tradiciones devenidas traiciones, las ansias por un Dios que regule las existencias y sea un juez severo de las vidas, dispensador habitual de premios y castigos. Ése no es Abbá Dios de Jesús.

Habrá entonces que animarse al brindis, celebración que prevalecerá a pesar de la cruz, el dolor y la soledad, vino nuevo de nuestra esperanza, festejo de nuestra alegría y nuestra liberación.)

Paz y Bien

Redes de Gracia


Para el día de hoy (01/09/11):
Evangelio según San Lucas 5, 1-11


(La escena es cuanto menos desconcertante: Simón y los otros son pescadores avezados, es su oficio, son expertos en las lides de la navegación y la pesca. Saben que las horas nocturnas son las mejores para obtener los mejores peces y la mayor cantidad; sin embargo, aquella noche todo esfuerzo había resultado en vano, redes vacías y puro cansancio.
Aún así, ese artesano nazareno les viene a decir a esos pescadores expertos que se hagan a la mar a horas intempestivas y con métodos bastante extraños. Y a pesar de todo,le hacen caso: las redes desbordan de peces, parecen romperse, crujen las maderas de la barca, la quilla se sumerge más y más.

En esa ilógica, a partir de esa desmesura, Simón intuye que está frente a Alguien que es mucho más que un campesino galileo: se dá cuenta que hay una brecha inmensa entre el Maestro y Él, se descubre indigno de compartir las mismas pisadas y el mismo espacio de Jesús. Y otra vez hay una reversión increíble que sucede ahora luego de la conversión: Simón suplica en su indignidad descubierta que el Maestro se aleje...pero Jesús responde con un -no tengas miedo-, y su tarea diaria es transformada y santificada: el pescador de mar galileo será ahora pescador de hombres.

Es el tiempo nuevo de la Gracia, año infinito de Misericordia y compasión, de lo santamente irrazonable del Reino: se superan todas las expectativas previas, la desmesura de bondad es imposible de racionalizar.
Esa Gracia -que es la ternura de Dios en la historia humana- se hace también horizonte y misión: la invitación a Simón y los otros es invitación a todos y cada uno de nosotros.

El mar es ancho, muy ancho y muy profundo, y hay demasiados peces a la deriva, multitudes de hermanos sumergidos.
Las redes de la Gracia no se rompen, y es tarea sagrada mantener -ante todo- a esos pequeños peces con vida, sacarlos a flote de las profundidades de la miseria, la soledad, el olvido y el dolor.

Sin embargo, es menester darse cuenta de lo obvio: la clave/llave está en las bondades infinitas de las redes, es decir, en lo maravilloso de la Gracia.
Cuando nosotros -pequeñísimos pescadores- lo olvidamos, todo esfuerzo se vuelve vano y serán noches de cansancio extenuante y redes vacías.
Así en nuestras comunidades, así en esta barca a veces vacilante que llamamos Iglesia: cuando el acento se pone en las capacidades de Pedro, en las virtudes de los anzuelos, en lo atractivo de la carnada, comienzan los problemas y miles de peces seguirán en las profundidades negras del mar mundo.

La Iglesia se vuelve fiel pescadora de hombres cuando pone su fé en las bondades increíbles de la Gracia que conforma las redes, redes que son eficaces aún en horarios intempestivos e ilógicos, redes que se ensanchan sin romperse plenas de peces vivos aún en aquellos retazos de mar que, en apariencia, no ha de esperarse ningún buen resultado, aún cuando cimbree y vacile el maderamen de estas pequeñas y frágiles barcas de nuestras existencias)

Paz y Bien

En el principio, la comunidad y el servicio


Para el día de hoy (31/08/11):
Evangelio según San Lucas 4, 38-44


(Casa de Cafarnaúm, de Pedro y Andrés, casa de pescadores, será durante largo tiempo hogar del Maestro.
Hace poco Juan cayó en las garras voraces herodianas, pero ni la brutalidad de los poderosos detiene el anuncio de la Buena Noticia: Jesús comienza su ministerio, y en ese ámbito doméstico Jesús edifica y abre el espacio de la primera comunidad.

Esa comunidad primera tendrá por distingo la liberación y el servicio, el enfrentamiento abierto contra toda marginalidad y discriminación: posiblemente sea una casa pequeña -casa de pescadores humildes- pero a la vez será hogar grande, con cabida para muchos. Hemos de suponer lo obvio: si hay suegra, Pedro ha de tener esposa e hijos corriendo por el lugar, al igual que Andrés, al igual que Juan y Santiago, los Zebedeos de igual oficio.

Allí no hay lugar para ningún estigma impuesto, marcas crueles que deshumanizan arguyendo normas sociales y religiosas inviolables.
El Señor embiste santamente contra cualquier cadena-condena que impida la vida plena, y allí sucede precisamente eso.
Ella sufre la dura carga de ser mujer, de ser mayor y de estar enferma. Es mujer y por lo tanto no tiene otro derecho que el de parir hijos y someterse a la voluntad y el capricho de su esposo -si lo tiene-; al ser anciana, esta aún más desprotegida.
Y como si ello no bastara, está enferma: era de amplia aceptación -sacralizado- el concepto de la enfermedad como condena divina por ignotos pecados y, a la vez, motivo de impureza intocable.

Seguramente Jesús al llegarse a ese hogar no sabía lo que estaba sucediendo: sin embargo, al enterarse no duda ni vacila en inclinarse hacia esa mujer que es apenas algo más que nada, que sólo puede esperar morir en silencio, a la que nadie quiere acercarse para no volverse impuro.
El Maestro desafía abiertamente tabúes y demonizaciones habituales y tristemente normales, y tomando su mano, la hace poner de pié, sana y entera: Él mismo, con ese gesto, se vuelve impuro y marginal.
El Evangelista no nos trae el nombre de la suegra de Simón Pedro quizás porque lo verdaderamente importante es la consecuencia de esa liberación que sucede: esa mujer redimida se pone en pié y los sirve, y no se trata solamente de poner la mesa ,tarea de mujeres y esclavos, sino de un sentido mucho más profundo, el de la diaconía. La liberación es el paso de la servidumbre al servicio, no es tanto librarse de sino más bien ser libre para -veinte siglos después seguimos discutiendo con sesudos fundamentos cuestiones de servicios en nuestras comunidades a partir del género...-

Al atardecer las multitudes se acercan a ese hogar-comunidad llevándole a todos los que sufrían alguna dolencia: no van a esos horarios por casualidad, ni por disponibilidad fuera del tiempo laboral, nada de eso. Esas gentes aún son prisioneras del Shabbat impuesto que finaliza al atardecer, están cautivos de normas e ideología imperantes y tienen condicionadas sus urgencias por eso mismo. Aún así, el Maestro no rechaza a nadie, a todos sana, no vacila en imponer y tocar con sus manos a todos y cada uno de ellos, y hay gritos fieros que deben acallarse, demonios que se agitan y alzan voces ofendidas.
Los demonios de la exclusión y de la inhumanidad deben acallarse para que el pueblo recupere la palabra.

Es comprensible, en la ilógica del Reino, que luego Jesús busque retirarse a un lugar desierto a orar: Él rehuye de las mieles amargas del éxito, y su alimento es hacer la voluntad de Aquél que lo envió, sustentado y fortalecido en la oración.

Esas gentes renovadas y benditas de sanación quieren retenerlo, lo quieren sólo para ellos: pero Jesús no lo permite, el anuncio de la Buena Noticia no puede acotarse a unos cuantos privilegiados, debe llegar a todas partes, aún a los sitios más insospechados, lugares inimaginables en donde pocos esperan que acontezca el Reino, lugares descartados de antemano. Esto no nos es extraño: en nuestras comunidades solemos ansiar y degustar de un Cristo que nos pertenezca a nosotros solos, a unos pocos, un Redentor perfectamente ubicado en los altares y circunscrito a templos de cemento y piedra.

Pero es tiempo de Gracia y Misericordia, y el sagradamente se nos escapa, y llega con milagros de comunión y salud allí, precisamente allí, a esos lugares en donde nada se espera, en donde no hay más espacio, en donde toda noticia es habitualmente mala.)

Paz y Bien




Sin condiciones previas

Para el día de hoy (30/08/11):
Evangelio según San Mateo 13, 44-46


(Las dos parábolas refieren directamente a la vida cotidiana: en un caso, se trata de un labrador, un campesino que hace a diario lo que sabe, caminando el surco descubre algo que es mucho más valioso que miles de las mejores cosechas.
En el otro, se trata de un comerciante de perlas: su oficio es, precisamente, buscar perlas valiosas hasta que un día encuentra esa perla única y asombrosa, incomparable, indescriptible.

A ambos les sucede lo increíble en su cotidianeidad; ambos se despojan de todo lo que poseen para no perder ese tesoro escondido, esa perla invaluable. Porque el despojarse de todo es consecuencia y no tanto condición previa: el abandonar lo fútil, lo que perece, sucede por la alegría del encuentro de ese valor único escondido, impensado, maravilloso, el Reino.

Podrá ser el que lo encuentra de modo aparentemente casual, o podrá ser el buscador tenaz, constante y habitual, el Reino se revela sin condiciones previas y de modo insospechado, pura gratuidad, total Gracia del Dios de toda Misericordia y compasión.

El encuentro es causa de alegría, es abrir los ojos a una dimensión escondida en lo habitual, en la aparente nada de la rutina y entonces sí, cada día se nos hace único e irrepetible, magnífico, y vale la pena el escándalo del despojarse de todo para vivir la eternidad en el aquí y ahora, dejar atrás esas falsas seguridades con las que solemos conformarnos y atrevernos a ser felices)

Paz y Bien

Molesto y peligroso como un hombre veraz

Martirio de San Juan Bautista


Para el día de hoy (29/08/11):
Evangelio según San Marcos 6, 17-29

(La escena trae matices fuertes, antinomias patentes: de un lado el poder corrupto y omnímodo, inmisericorde, que saborea lo fastuoso y no le importa la vida ajena.
Del otro, un hombre austero, erguido en la entereza de su alma y en la verdad que lo constituye y que expresa sin miedos.

Ese hombre en soledad es el mismo niño ansiado por décadas, hijo de la vejez maravillosa de Zacarías e Isabel, aquel niño que danzaba en el seno materno al presentir la presencia en ciernes del Mesías, ese niño que no se llamaría como sus antepasados pues tendrá un nombre nuevo, prefigurando los tiempos que ya se acercan: ese niño se llamaría Juan -Dios Salva-, y ese niño abriría caminos al que era la esperanza del pueblo.

El niño no defraudó las expectativas de sus padres: el niño iría allanando los senderos de la Salvación, llamando a la conversión sincera, despojado de todo -vestido, sustento, familia- afirmado sólo en su Dios con el que se encontraba en el desierto.

Seguramente el pueblo -que también debía convertirse- escucharía con gratitud sus palabras firmes y veraces, su clamor contra la corrupción, su voz entera anunciando que era inminente la llegada del Redentor y denunciando todo aquello que era contrario a la vida misma, el ejercicio impune del poder desmedido.

Pero ese hombre veraz, que confiaba en la providencia y encontraba sustento en los frutos del desierto, se había vuelto una molestia mayor y un peligro amenazante en el horizonte herodiano: quizás por ello el Evangelista se encarga de señalar que en esa fiesta estaban presentes los dignatarios -el poder político-, los oficiales -el poder militar- y los notables galileos -el poder económico-.
Y será una constante en la historia, y anticipará el misterio de la cruz: Juan languidece en las sombras de las mazmorras herodianas mientras a pasos de allí se festeja a puro fasto.
Sin embargo, en las sombras de ese calabozo había más luz que en todo el palacio del tetrarca, reyezuelo sometido graciosamente al poder imperial romano.

En muchos reductos de poder obsceno, de fastuosidad insultante se vá diluyendo el sentido de la propia existencia, y se decide sin compasión el fin de la vida de otros, especialmente de aquellos que se vuelven molestos, de los que se convierten en amenaza.

Pero la violencia ruin no tiene destino.
El martirio del Bautista desata el ministerio de Jesús y multiplica el andar de los mensajeros de la Buena Noticia, y así ha sucedido y sucederá con las mujeres y los hombres mansos que no se callan ni se arredran sean cuales fueran los temores que desplieguen los poderosos.)

Paz y Bien

No, nuestros caminos no son los tuyos

Para el día de hoy (28/08/11):
Evangelio según San Mateo 16, 21-27


(Hace muy poco leíamos la contundente confesión de Pedro: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo-.
Sin embargo, con la Pasión como horizonte cercano, esta confesión no es suficiente, no basta, parece que es preciso atreverse a más, y entonces se desata un conflicto borrascoso.

Es que Pedro -portavoz de los discípulos- sigue aferrado a un Cristo glorioso, un Mesías del poder y la victoria, un Cristo en donde los discípulos cómodamente disfruten las mieles de su Maestro vencedor.
Sin embargo, no son los caminos de Jesús de Nazareth, y es menester volver a ponernos tras sus pasos, con la cruz al hombro.

A menudo afirmamos -con razones convincentes- que cargar la cruz es asumir nuestras miserias, y sostenernos en la confianza de que habrá un mañana mejor, que Dios no nos dá maderos más pesados de lo que nuestros hombros soportan.
Pero no es suficiente, y es una espiritualidad que arrastra ciertos preconceptos que son ajenos al Reino: subyace en este criterio, entendido como excluyente, la idea de la cruz como requisito necesario para los discípulos. Y suponer esto es la negación fervorosa de Abbá Padre de Jesús y Padre nuestro pues ¿qué Padre desea el dolor y el sufrimiento sus hijas e hijos?.

Por ello son tan duras las palabras del Maestro, y por ello la cruz es antes bien consecuencia de vivir la Buena Noticia...

La cruz es consecuencia de sentar a tu mesa a los despreciados, a los que nadie en su sano juicio invitaría, de aceptar como hermanos tuyos a los marginales, de no resignarse a la injusticia, al hambre, a la miseria, de reivindicar al poder como servicio, de no silenciarse frente a todo autoritarismo ni tolerar cualquier indicio de corrupción, de atreverse al escándalo increíble de la comunión desde la fraternidad, de no someterse a la falsa calma de la comodidad y la prosperidad, es tener el valor de igualarse a los condenados a muerte, a los maldecidos.

Y nos agrada, nos gusta mucho la actitud de Pedro: ansiamos un Jesús que acate nuestros deseos, un Dios manipulable que obedezca nuestros criterios.

No, Señor, nuestros caminos no son los tuyos, en algún punto de la huella nos hemos extraviado y estamos a la cabeza de una multitud con un derrotero oscuro.

Hemos de volver, y si queremos recobrar el rumbo santo, tenemos que ir detrás tuyo con la cruz al hombro, asumida desde la libertad y el amor)

Paz y Bien

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