
Sucedió en la capilla de Hospitalito, en la celebración de la Eucaristía.
No podía ser de otro modo: al igual que su Maestro, Oscar Arnulfo Romero y Galdamez - arzobispo de San Salvador- en el Ofertorio ofrendaba su vida por sus amigos, por su amado pueblo salvadoreño.
Era un 24 de marzo de 1980 -para nosotros los argentinos, los días 24 de marzo tienen también un significado muy especial-.
Es preciso resistir la inveterada tentación de quedarse en lo luctuoso, en la acentuación del crimen.
Aún con la tristeza y el espanto que puedan asaltarnos, debemos recuperarnos en la esperanza que germina desde un amor tan grande.
Con nuestros hermanos salvadoreños, con los hermanos de esta Patria Grande latinoamericana y con toda la Iglesia, agradecemos a Dios la gracia de su voz de profeta que nos anima a no cejar jamás en la mansa búsqueda de la justicia, en la edificación de la paz y en descubrir el rostro de Cristo que resplandece en los más pobres.
El padre obispo Romero ha sido, es y será una Gracia de Dios para todos nosotros.
En este día de recuerdo y gratitud, mucho mejor que esta torpes palabras es una poesía de Dom Pedro Casaldáliga
Paz y Bien
Ricardo
San Romero de América, Pastor y Mártir nuestro
El ángel del Señor anunció en la víspera...
El corazón de El Salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
-el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
-¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!
El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.
¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!
Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.
Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).
Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.
Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!
Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma-aureola de sus mares,
en el retablo antiguo de los Andes alertos,
en el dosel airado de todas sus florestas,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares...
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!
San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!
Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil
fuente: Koinonía
Monseñor Oscar Arnulfo Romero, a 30 años de su martirio
1976 - 24 de marzo - 2010: perdón y reconciliación desde la verdad y la memoria
No son válidas las apologías y mucho menos, los panfletos condenatorios.
Hacia fines de 1975 y comienzos de 1976, en esta Casa Común que se nos ha regalado y que llamamos Patria, se había instalado la violencia como expresión política corriente.
Para sectores de diversos signos ideológicos, las vidas humanas eran sólo fichas con las cuales jugar a una ruleta demencial de poder, y parecía que la brutalidad de las armas se había instalado en la cotidianeidad.
Pero además del obrar nefasto de todos estos predicadores de la muerte, el 24 de marzo de 1976 sucedió lo peor.
El terror se volvió cuestión de Estado.
Secuestros y torturas en la orden del día.
Encarcelamiento por tiempo indeterminado sin el debido proceso y sin derecho a la defensa en juicio.
Campos clandestinos de detenidos que harían morir de envidia a más de un devoto hitleriano.
Ejecuciones sumarias que incluían arrojar a detenidos con vida al mar desde aviones en vuelo por el Atlántico.
Exacción de los bienes de los detenidos; dentro de las cosas que se apropiaban, estaban los niños de los detenidos-desaparecidos, considerados como trofeos de guerra.
Genocidio, es decir, matanza cuidadosamente planificada.
Todo bajo el eje moral del fin que justifica los medios, y desde el sofisma de salvaguardar en la Patria los valores occidentales y cristianos.
¿Cómo se expresa con las limitaciones propias y en escasas líneas tanto dolor, tanto espanto?
Es una herida de tristeza que se magnifica por la aquiescencia tácita o, peor aún, expresa de muchos hermanos nuestros.
Así como el fin justifica los medios está bien lejos de las enseñanzas del Maestro, también es mandato de Jesús el perdón y la reconciliación.
El perdón y la reconciliación van de la mano con la memoria y la verdad.
Quiera el Espíritu auxiliarnos en esta tarea de construir un frondoso árbol de paz y justicia, en donde puedan cobijarse todos, hijas e hijos de estas tierras, sin distinción ni condiciones.
Así lo creemos quienes sostenemos como principio y como destino el Reino de Dios.
Es un día de silencio y reflexión.
Que Dios en su infinita misericordia nos perdone y nos haga reencontrar
Paz y Bien
Ricardo
Una Palabra que libera
Para el día de hoy (24/03/10)
Evangelio según San Juan 8, 31-42
(Suele suceder que la pregunta planteada es errónea y falaz: no se trata tanto de ser libres de qué sino más bien de inquirir/se el libres para qué...
La auténtica liberación es el paso de la servidumbre al servicio.
Se podrán esgrimir muchas excusas, declamar justificaciones -praxis de izquierdas, pertenezco a la Iglesia, soy hijo de Abrahám, no soy esclavo de nada ni nadie-.
Pero la libertad comienza por la disipación de toda tiniebla que tiende su cerco al corazón e impide que vaya creciéndose como árbol frutal la Palabra de Dios.
Las tinieblas de muerte -que son producto de eso que llamamos pecado- ceden su cerco de modo inmediato cuando surge con toda su fuerza la luz de la Verdad.
Y la Verdad es que no somos Mesías ni Maestros, ni amos ni esclavos: somo hijas e hijos de un Dios que nos ama hasta las últimas consecuencias, y que de un modo maravilloso -con nuestras miserias y ruindades- cree en nosotros. Por ese mismo amor somos llamados a ser discípulos de Jesús, hermano y Señor nuestro.
No se trata de la acumulación de méritos ni de esa soberbia disfrazada que impetra lo que uno puede hacer por Dios -o por Cristo, o por la verdad, o por la Iglesia-... Se trata ante todo de redescubrir cuales son las maravillas que Dios hace por nosotros cada día de nuestras vidas.
Y cantarlo sin miedo, como lo canto María.
Esa es la libertad de los hijos: la libertad regalada -¡Gracia!- por Dios, Padre y Madre, a través de su Hijo que nunca dejará de llevarnos de la mano)
Paz y Bien
Distancias insalvables
Para el día de hoy (23/03/10)
Evangelio según San Juan 8, 21-30
(Una distancia imposible de sortear separa a las almas incapaces de reconocer la verdad que hay en Jesús.
El Maestro es taxativo al hablar de "yo" y de "ustedes".
Ese rechazo de creer en Jesús como enviado del Padre lleva a la perdición, a la muerte definitiva.
Porque la muerte implica no estar cerca de Dios.
Demasiados preconceptos agobian las mentes; demasiadas intenciones de hacernos un dios a nuestra imagen y semejanza y no a la inversa.
Allí estriba el mundo que perece, y el Reino de Jesús no es de este mundo.
Al decir Yo Soy, Jesús muestra su identidad plena con el Padre, y por tanto, su divinidad.
Hoy se nos invita a encarnar, desde la Buena Noticia, no sólo que Jesús es Dios, el Mesías que ha venido por todos... Sino también que Dios es Jesús. Es y Está.
La cruz en donde será levantado por odios y mezquindades sólo cobrará sentido pleno con su Resurrección.
Por eso, la única manera de salvar ese abismo de misterio es desde la fé sustentada en el amor.
No hay razones humanas que nos permitan dar tal paso; sólo conducen al abismo.
Quizás serán tiempos de plantearse el identificarse en plenitud con Él, así como Él se identifica totalmente con su Padre que es el nuestro.
Desde allí comienza la adoración al verdadero Dios, no a aquella imagen ni a aquella idea que es fruto de nuestra conveniencia y nuestras miserias.
Él ha bajado a nosotros, y si no hay conversión, es como si caváramos un pozo profundo para que su mano no llegue a nosotros.
A no caerse, es un Dios que por sobre todas las cosas nos ama y es tenaz y persistente en el rescate de sus hijas e hijos)
Paz y Bien
Testigos de la Luz
Para el día de hoy (22/03/10)
Evangelio según San Juan 8, 12-20
(Según es usual, nos referimos a un testigo como a aquella persona que ha presenciado un acontecimiento determinado. Es alguien que sabe algo por haberlo visto y oído. Y cuando hay un proceso judicial, se le toma declaración testimonial, es decir, que ante el Tribunal declara fielmente acerca de aquello que ha visto y oído.
En ese proceso, la validez de lo que declara está sujeta a su credibilidad y a su legitimación como testigo.
En esos momentos, la verdad queda atada a la legitimidad del testigo.
En tiempos de la predicación de Jesús -no olvidemos, tiempos teocráticos en los que estaba intrínsecamente unido y regulado lo social por lo religioso- sólo era considerado válido en un juicio el testimonio de al menos dos personas acerca de un tema en cuestión, en un juicio.
Así la verdad dependía de esas dos declaraciones, y Jesús cuestiona ese modo... La verdad tiene una fuerza tal que a veces se manifiesta más allá de lo permitido y codificado por nuestras instituciones.
El Maestro dá testimonio de la verdad, y también son dos los testigos: Él cuenta lo que sabe y conoce acerca de su Padre, y a la vez el Padre dá testimonio de Él.
Para rabia de fariseos y escribas, su testimonio comienza con dos palabras muy caras a la fé de Israel -Yo soy-... Tal era el Nombre que Dios le había revelado a Moisés en el monte santo y por el cual debía ser conocido por el pueblo -Yahveh-.
Al identificarse así, se identificaba como Dios y eso sería motivo de blasfemia para esas almas mezquinas, una de las causas por las que buscarían su muerte.
Nosotros también estamos llamados a dar testimonio acerca de lo que sabemos y conocemos. Y, más que nunca, ese testimonio será válido de acuerdo a la credibilidad del testigo.
Estamos muy acostumbrados a la declamación constante y a menudo olvidamos la proclamación que comienza con la Palabra que se ha hecho vida diaria.
Pero la verdad prevalece.
Habrá que empezar a preguntarse si ese testimonio no debe comenzar por contar lo que nos ha sucedido y nos ha cambiado la existencia, aquello que sabemos y conocemos por haberlo vivido.
Somos llamados a dar testimonio de la luz en un mundo en tinieblas.
No hay que estar demasiado inquietos: la luz, con sólo mostrarse, disipa cualquier oscuridad por más cerrada que parezca esa noche.
Y la luz no nos pertenece, y esa luz de la que somos testigos tiene vida propia, y una fuerza tal que nada ni nadie puede apagarla)
Paz y Bien
Escribiendo justicia y compasión
Para el día de hoy (21/03/10)
Evangelio según San Juan 8, 1-11
(Conocemos a los pertinaces custodios y jueces de la virtud... ajena. Entre ellos, es claro, podemos estar a veces.
Esta actitud que busca consuetudinariamente el rigor del cumplimiento de códigos y normas por sobre la vida misma no conoce el significado de la misericordia. Y cuando se la desconoce, se desconoce a Dios.
La autosuficiencia y soberbia de erigirse en jueces del hermano conduce a la hipocresía y a extremos de violencia, pues se trata ante todo de fanatismos crueles y no de actos piadosos.
En los tiempos de Jesús, la mujer era menos que nada: quedaba relegada a las tareas hogareñas, a la reproducción y era legalmente considerada propiedad del esposo. Carecía de derechos tanto sociales, legales y religiosos.
Sin embargo, el Dios de la Vida venía tejiendo la historia de la Salvación a través de mujeres, arbol cuya flor primordial es María, madre de Jesús hermano y Señor nuestro.
El Hijo se identifica totalmente con el Padre; el Hijo actúa como vé actuar al Padre.
Por eso cuando un grupo de escribas y fariseos le traen a los empujones a una mujer sorprendida in fraganti en adulterio, no deja de seguir el sendero aprendido de su Padre.
Según la Ley mosaica, el hombre y la mujer sorprendidos en adulterio debían ser conducidos fuera de la ciudad y lapidados hasta la muerte. Las primeras piedras debían ser arrojadas por los testigos de ese pecado.
Pero la la Palabra nos trae un hecho que no debe sorprendernos demasiado: traen al Maestro a la mujer acusada... más no al hombre copartícipe del delito que le imputaban. Torcían sus propias normas según sus sustratos ideológicos, por eso la candidata a morir debía ser invariablemente la mujer -ya encontrarían motivo para disculpar y/o absolver al hombre adúltero-.
La historia de aquel entonces sigue vigente, traduciéndose en otras actitudes de igual desprecio y violencia.
En realidad, la mujer bien podía haber sido masacrada tranquilamente sin que Jesús lo supiera; pero estos jueces falaces sostenían la doble pretensión de matar a la mujer y trampear a Jesús. Una respuesta inadecuada por parte suya lo habría hecho también alimento de esas piedras hambrientas de sangre, tan voraces como las almas de quienes las empuñaban.
Y el Maestro sorprende a todos, a los escribas y fariseos y a nosotros también.
Los rostros desencajados de rabia que lo interpelaban, se encontraban con un Jesús que se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo.
Esta imagen ha tenido muchas interpretaciones: una de ellas, sostenida por estupendos exégetas de la Palabra, sostiene que el Señor iba escribiendo en el suelo los nombres y los pecados de todos y cada uno de los acusadores.
Pero también es dable y agradable pensar desde el corazón que el Maestro escribía en la tierra los pecados de la mujer adúltera y los de sus acusadores y verdugos...un viento leve o una lluvia fina borrarán lo escrito con facilidad.
Así son los pecados de todos, de ellos y de cada uno de nosotros para el corazón Misericordioso de ese Dios Padre y Madre: en su infinita bondad, los males no tienen futuro.
Quizás también el Maestro quería escribir los nombres de los verdugos y de la mujer representando la Misericordia de ese Dios que quiere que todos tengan sus nombres y apellidos inscritos en el gran libro de la Vida.
Y la respuesta del Señor es sencilla y muy, muy valiente: a esas almas iracundas al borde del homicidio, les dice: -Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra-.
Nos lo dice a nosotros, a veces testigos, jueces y verdugos de las miserias ajenas -no de las propias- antes que almas satisfechas y agradecidas por el bien y la bondad que se encuentran en el hermano.
En el -Yo tampoco te condeno- que Jesús en su ternura le brinda a la mujer rescatada de la muerte que parecía inevitable, está llave -clave- de la restauración y reconstrucción de la vida derrumbada por el mal.
Dios ama y perdona, y desde allí se comienza a escribir con letras que no se borran el cartel de bienvenida al Reino que gozo y dicha, justicia y compasión.
Para esta Cuaresma que vá finalizando, un deseo que que las manos suelten las piedras de la discriminación, la acusación y la muerte, y se abran para estrechar otras tantas manos en talante de justicia, en abrazo fraterno, en ayuda a levantarse al caído)
Paz y Bien
Origen y contradicciones
Para el día de hoy (20/03/10)
Evangelio según San Juan 7, 40-53
(Así como Moisés separó las aguas del mar Rojo para el difícil paso hacia la libertad del pueblo de Israel, las palabras del Maestro también dividen las aguas de la historia.
Nadie estaba exento del poder que emanaba de su Palabra: algunos afirmaban que era un Profeta, otros que era el Mesías... Y también estaban los sabihondos fanáticos de siempre que cuestionaban lo que decía y lo que hacía por su origen escondido y humilde.
Sus raíces galileas eran causa de profundo desprecio, y desde esa cerrazón del alma lo juzgaban; y no creían en Él a causa de esos mismos orígenes.
El Maestro se identifica plenamente con los emigrantes despreciados.
Llega a tal extremo el desprecio que envían a la policía del Templo a detenerlo.
Ni modo. La Palabra de ese galileo es tan poderosa, que los guardias regresan con las manos vacías y mudos de asombro: - Nadie habló jamás como este hombre - dirán a los rabiosos fariseos y escribas, apropiadores de religión y almas.
Demudados de ira y de exterioridad, provocan su propio juicio: al excluir a Jesús por su origen y difamarlo, ellos mismos se autoexcluyen y reniegan de esa Salvación que se les entrega con bondad y gratuidad.
Es Cuaresma, tiempo de atravesar aguas divididas para llegar a la libertad de la tierra fértil de la Gracia.
Es tiempo de volver a preguntarse plenos de asombro quién es este hombre.
Que su Palabra se nos vuelva nuevamente única y asombrosa, y que podamos curarnos la ceguera de no ver su rostro en el hermano despreciado, excluído y marginado)
Paz y Bien
San José, de cuando no hacen falta palabras
19 de marzo - San José
Para el día de hoy (19/03/10)
Evangelio según San Mateo 1, 16.18-21.24
(Las Escrituras son obra de Dios y el hombre: más precisamente, hombres inspirados por el Espíritu que dejan para toda la humanidad el mensaje de Salvación contenido en la Palabra de Dios.
Y en la Palabra, como en la vida, nada sucede por casualidad; hay siempre, inevitablemente, una causalidad plena de misterio, la mano bondadosa de Dios que vá tejiendo la red que nos rescata para la vida.
Tal es el caso de San José.
En los Evangelios en donde se lo menciona, no encontraremos una sola palabra pronunciada por él.
Nada sucede por casualidad: quizás los evangelistas no reproducen palabras pronunciadas por el justo José porque no es necesario -más allá de nuestros razonables apetitos intelectuales-.
José se nos presenta muy silencioso: pero es un silencio que habla más que miles de palabras vanas.
No tenía -socialmente- demasiado a su favor: sin duda, su acento galileo lo delataba y como tal era minusvalorado por otros judíos -¿acaso puede venir algo bueno de Nazareth? dirían con triste frecuencia-.
La tradición nos lo presenta como carpintero: quizás más preciso sería decir que su oficio era el de artesano, es decir, hábil en el tallado de la madera y en la albañilería.
Y en esa perdida Nazareth no había una vida pletórica de comodidades; antes bien, campeaban las estrecheces y la pobreza.
La Palabra nos lo presenta como un hombre justo: ajustaba su voluntad al Dios de Israel, permanecía fiel, obediente y esperanzado al Dios de la Alianza.
Y en esa fidelidad era observante de la Ley: sin embargo, por el mismo hecho de ser justo, prevalecía la voluntad de Dios que es la vida por sobre la esclavitud de las normas.
Y ese ignoto carpintero de sangre real -ascendencia davídica- amaba a su esposa. Por eso, frente al desconcierto del embarazo de María fruto del Espíritu y con la posibilidad del oprobio y hasta de la muerte de la mujer que amaba -pues no habitaban aún juntos, y el hecho de María encontrarse encinta era flagrante violación de la Ley, severamente castigada- decide repudiarla en secreto, preservando la vida de esa joven, del niño que iba creciéndose en su seno y a la vez, manteniéndose fiel al Dios de sus padres.
Pero advertido por un Mensajero, y aún sin comprenderlo, dá un enorme salto de fé y la toma plenamente como esposa. En su noche más oscura y angustiante, desde su fidelidad surge la luz divina que inaugurará el tiempo de la Gracia, Buena Noticia de Salvación que traía ese Dios que llamaría hijito.
Seguramente, el Dios de la Vida hecho hombre comenzó balbuceando por primeras palabras -¡Immá!- por María y -¡Abbá!- por José.
Ese Hijo utilizaría lo que había aprendido del silencioso carpintero para contarle a todos los hombres que el Dios escondido es ante todo un Padre bondadoso y protector, y así lo llamaría: -¡Abbá!- -¡Papá!-.
La divinidad y la salvación que estaban en ese Niño estaban a su cuidado, como lo estaba su esposa.
Y desde ese silencio fiel, procuró en un mundo de pobreza el sustento y, a la vez, criaba a ese Hijo Dios como hijo propio.
Como Yehoshua bar Yosef sería conocido por sus paisanos el Maestro -Jesús hijo de José-.
Ese cuidado solícito no estuvo exento de peligros y riesgos: conoció junto con los suyos la dureza del exilio, escapando -merced al aviso de un Mensajero- de las espadas homicidas de Herodes.
Es de imaginarse lo duro del vivir en Egipto, lejos de su patria, en una cultura distinta, distinto idioma, el desprecio de los egipcios frente al extranjero emigrante -algo con reminiscencias dolorosamente actuales-, el buscar trabajo de cualquier cosa para el pan de su Hijo y de su esposa.
El regreso a Nazareth, de nuevo el trabajo que seguramente le fué enseñando a ese Dios al que llamaba Hijo, hijito.
Nos dice la Palabra que el Niño Jesús crecía en gracia y sabiduría y vivía sujeto a sus padres...
Ese carpintero educando a su Hijo, acompañándolo en su crecimiento, protegiendo esa vida en ciernes que cambiaría la Historia.
Ese Hijo que era su Dios y Señor, ese Hijo que seguramente fué descubriendo en su amor y solicitud la bondad del Padre Eterno del cual provenía.
Ese Hijo que como él se hizo artesano, carpintero, y al que le pedimos que con la dedicación y el esmero de sus manos callosas de trabajo nos talle el alma, nos edifique el Espíritu, nos repare el corazón.
En ese José del silencio están todas nuestras hermanas y hermanos que en silencio sirven, protejen y preservan la vida a toda costa, sin reclamar primeros planos, por puro amor y fidelidad.
Y es un silencio que debemos rogar, con la ayuda del Espíritu, se nos haga estruendoso y nos haga retornar a la sencillez de su humildad, su entrega, su fé, su servicio.
No hacen falta palabras cuando la Palabra está presente y se hace vida cotidiana)
Paz y Bien
De la erudición y de la sabiduría
Para el día de hoy (18/03/10)
Evangelio según San Juan 5, 31-47
(La dureza de las palabras de Jesús atraviesan la historia, desde el tiempo de escribas y fariseos hasta nuestro tiempo:
-"Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí, y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida..."-
Ser discípulos, ser testigos de Jesús significa dar un salto vital, implica dar un paso para seguirlo, aceptar su perdón y su Misericordia.
La conversión -metanoia- es ante todo aceptar ser una nueva creación y obrar como tal, dejando resplandecer su rostro, haciendo vida su Palabra.
La sabiduría comienza por allí, y no tanto por la erudición amplia acerca de las Escrituras.
El estudio y los conocimientos bíblicos son importantes, pero se desnaturalizan y se vuelven estériles si no implican un cambio radical en la existencia.
Es Cuaresma, tiempo de silencio, desierto y conversión.
Tiempo de dejarnos llenar por la vida que el nos regala)
Paz y Bien
Un rostro de vida

Para el día de hoy (17/03/10)
Evangelio según San Juan 5, 17-30
(Ante los que murmuraban críticas despiadadas y enconadamente tramaban su muerte, Jesús les responde revelando el misterio de Gracia y Misericordia infinitas de su Padre.
Aún a los responsables de los crímenes más horrendos el Maestro no retacea su rostro de ternura.
Se identifica en absoluta dependencia, plena y totalmente con su Padre, que es también el nuestro, a tal punto de descubrir a nuestros ojos escasos su condición de Hijo de Dios y de que ese mismo Dios actúa a través de Él.
Cuando expresa su misión, no se desvía de la mirada bondadosa de su Padre, y la condensa y sintetiza en dos vertientes: la resurrección de los muertos y el juicio sobre el mundo.
En la Resurrección en la que tendrá primacía, se alza su voz todopoderosa porque es voz de amor: la muerte habrá de soltar a sus cautivos.
La Resurrección de los muertos es la expresión cabal y perfecta de la vida dada en plenitud y gratuidad.
La promesa certera de que los muertos escucharán esa voz única no está dirigida únicamente al día en que Él regrese, al día en que nos reencontremos todos de una vez y para siempre... Hoy también hay muchos muertos en vida, y nosotros también experimentamos esa muerte fragmentaria.
Es aquello que llamamos pecado, y nada ni nadie puede resistirse a su voz.
En el juicio, es la mano del Creador impulsándonos a una vida de justicia, a una existencia ajustada a su voluntad, a una vida en plenitud sin límite de fronteras ni discriminación de gentes... Es grato pensar también que ha dejado en nuestras manos la posibilidad de la vida o de la muerte, de la opresión o de la justicia.
Su Padre y Él creen en nosotros, confían en nosotros -aún más que nosotros mismos-.
Ver su rostro y escuchar su Palabra significa el aquí y el ahora del Reino, la creación que se renueva en este preciso instante por la Infinita Misericordia de un Dios que nunca nos abandonará)
Paz y Bien
Desacostumbrarse
Para el día de hoy (16/03/10)
Evangelio según San Juan 5, 1-16
(Por un lado, un clima de fiesta y celebración.
Por otro, rodeando la piscina de Betzatá, una multitud de enfermos abandonados a su suerte; los que pasaban por el Templo se habían acostumbrado a su presencia, y su respuesta era el destrato que se expresa en pasar de largo.
Y entre el nutrido grupo de enfermos e impedidos, había un hombre tendido al costado de la piscina; nos dice la Palabra que hacía...38 años que estaba enfermo!, y se encontraba allí acostado pues no había nadie capaz de sumergirlo en esas aguas, a las que atribuían en ese entonces milagrosos poderes curativos.
En esa multitud de mujeres y hombres impedidos, caídos a un costado están hoy muchas de nuestras hermanos y hermanos. Su agonía es de larga data, años y años de no poder ponerse en pié. están postrados de enfermedades, de hambre, de miseria, de explotación, de desprecio o, peor aún, de ignorancia expresa por nuestra parte.
Pasamos de largo frente a su dolor pues nos hemos acostumbrado al desorden establecido.
Y hoy como ayer son los ojos del Maestro los capaces de ver en verdad qué sucede y de expresar la infinita Misericordia de Dios en hechos concretos, haciendo presente el Reino a través de la ternura y la solidaridad.
No hay nada más prioritario.
-es dable pensar que nosotros, con nuestro acostumbramiento, somos los auténticos caídos-
Es tiempo de mirar con los ojos de Jesús, de ver al caído y hacerlo poner en pié.
Allí comienza el culto agradable a Dios, más importante que todos los sacrificios, aunque -como a Jesús- surjan impiadosas voces de anatema, prohibido, blasfemo que quebranta el sábado... o izquierdista, subversivo, heterodoxo o cuanto epíteto de una vasta y cruel colección anda dando vueltas.
-¿Quieres sanarte?- dice el Señor ayer y hoy
No hay excusas.
Que el Espíritu de Jesús nos cure de tanta ceguera y podamos desacostumbrarnos a tanto dolor permanente.
Quiera Dios que, de una vez por todas, asumamos como discípulos del Maestro, el dolor del otro como propio.
Va siendo hora que la realidad nos duela y que ejerzamos nuestra vocación del Reino y de la esperanza.)
Paz y Bien
Dar vida

Para el día de hoy (15/03/10)
Evangelio según San Juan 4, 43-54
(Viene a Jesús un funcionario real a pedirle que sane a su hijo.
Según la mentalidad imperante, no debería recibirlo: primero por pagano, y segundo por ser funcionario del tetrarca galileo -Herodes Antipas- a quienes casi todos despreciaban por ser lacayo de los romanos.
Sin embargo, el Maestro no está preso de preconceptos, ideologías, razas o religiones: su Palabra llega a todos.
El funcionario es un padre angustiado por su hijo gravemente enfermo, en peligro de muerte, que al enterarse de la presencia de Jesús en Galilea no se demora un instante y vá en su búsqueda: sabe que ese extraño Rabbí judío tiene el poder de sanar. Con ese espíritu, lo interpela y le suplica que "baje" a su casa... de lo contrario su hijo morirá.
Pero el Maestro le dá una respuesta inesperada: le recalca y reconviene, pues sabe que la gran mayoría quiere presenciar la cosa prodigiosa, el signo maravilloso y espectacular para poder creer.
Pero los milagros suceden por la Misericordia de Dios y, a la vez, por la fé del hombre que confía más allá de su razón, más allá de los signos evidentes.
Quizás por eso, quizás porque cree en Él y quizás también porque ante todo es un padre angustiado por su hijo, el funcionario confía en lo que le dice el Maestro, y regresa a su casa.
-Vete, tu hijo vive-
-nada sucede por casualidad: si abrimos los ojos del alma, siempre podremos descubrir la causalidad escondida en todas las cosas, la mano silenciosa y amorosa de ese Dios incansable en querer dar vida a todas sus hijas e hijos.
Nada es casual, no es casual que ayer precisamente hayamos reflexionado acerca de otro Padre también preocupado por que su hijo perdido viva...-
Al llegar a su casa y descubrir a su pequeño sano, el funcionario descubre esa mano silenciosa de la Gracia expresada en Jesús: esa vida recuperada fué causa de que tanto él como su familia creyera en Jesús.
El signo mayor es precisamente ése: conforme al ruego del funcionario -¡baja a mi casa!- el Dios de la Vida ha bajado a nuestros hogares primeros, a nuestras almas, para ser sanos y salvos en su Hijo, Jesús.
Él bajó y se ha hecho uno de nosotros para dar vida a este mundo inundado de muerte en todas sus formas.
Y sus discípulos -los Doce, todos y cada uno de nosotros- tenemos una misma misión: dar vida.
En esas dos simples palabras se expresa la Palabra y la misión.
Queda en nuestras manos descubrir y articular los medios y, por sobre todo, escuchar las súplicas de tantas madres y padres agobiados por la suerte de sus niños)
Paz y Bien
Las distancias y el regreso: tiempo de fiesta y reencuentro.

Para el día de hoy (14/03/10)
Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32
(Esta parábola -erróneamente, quizás, llamada del hijo pródigo- es la parábola del Padre Misericordioso.
Todo orbita alrededor de su ternura y su bondad, incluso dos personajes fuertes como son los hijos.
Es una pintura de las distancias que a veces ponemos y de la fiesta que desata el regreso.
El hijo menor toma su parte de los bienes y parte hacia un país lejano; se zambulle de lleno en el fulgor pasajero de algún rayo tentador mundano, malgasta todo lo bueno que posee -su herencia- llevando una vida disipada. Las consecuencias no pueden ser peores: la miseria, la esclavitud y el hambre.
-porque esas flores de la pobreza son siempre consecuencias directas del egoísmo, propio o ajeno-
Inmerso en su dolor, sometido al destrato y acuciado por el hambre, toma conciencia de lo que ha dejado atrás: se dá cuenta que hasta el último de los obreros de su padre vive mejor que él, ninguno de ellos pasa hambre en la casa paterna.
La distancia se le hace insoportable y decide emprender el regreso: hasta prepara en su interior las palabras que le dirá a su padre en cuanto lo encuentre. Por eso, en su indignidad descubierta, quiere volver a su padre distante y ya no ser tratado como un hijo, simplemente vá a suplicarle que lo tome a su servicio como jornalero: sabe que así tendrá asegurada su subsistencia cumpliendo sus órdenes.
Nos cuenta el Maestro: el hijo aún estaba a una buena distancia de la casa paterna. No obstante, el padre lo distingue a lo lejos y conmovido, corre a su encuentro.
En la conmoción del Padre, Jesús nos revela una faz impensada de ese Dios que nos ama: un rostro materno de ese Dios que lleva a su hijo tan adentro de su corazón al igual que una madre lleva a su hijo en sus entrañas.
Ese rostro de Dios Padre y Madre es un rostro de Misericordia: y esa Misericordia cura, sana, libera la dignidad humana quebrantada de ese hijo menor.
El Padre lo abraza: no espera explicaciones ni pretende explicaciones. No hay castigo, no hay purificaciones rituales para tanta impureza, no hay razonables acciones punitivas correccionales de una vida equivocada. Tampoco será aceptado como un empleado. Simplemente y especialmente, se trata de su hijo que nunca estuvo lejos de su corazón, más allá del lejano país de perdición al que lo llevaron sus pasos.
El Padre lo abraza y lo besa: antes de cualquier expresión de arrepentimiento...¡surge el perdón increíble de ese Padre maravilloso!
Y la conmoción que lo agobiaba dá paso a la alegría: el hijo ha regresado, se ha recuperado una vida y, por lo tanto, no se repara en gastos, nada se reserva. Como suele decirse, se tira la casa por la ventana en una fiesta a la que se convoca a todos, pues la vida de un hijo perdido se ha recuperado.
Pero de quien menos se lo espera, brota un conato de queja y rabia por la actitud del Padre.
El hijo mayor también regresaba; más él regresaba de sus tareas en el campo. Siempre había cumplido con las normas, y esperaba la recompensa prometida por esa escrupulosa observancia. No puede -o no quiere- entender la actitud de su Padre para con el hijo menor, a tal punto de no querer ingresar a la casa, ser partícipe de la fiesta. Hasta desconoce a su hermano: lo menta a su Padre como " ese hijo tuyo", no "mi hermano".
Uno se había ido lejos en apariencia, pero siempre estuvo presente en el alma entristecida de su Padre, para quien no había distancia. El hijo -todos los hijos- siempre están presentes en su corazón.
El otro, aunque había estado junto a su Padre cumpliendo lo ordenado, quizás estaba más lejos que el hijo menor: aún estando en cercanía física con su Padre, se encontraba bien alejado de lo que el corazón paterno latía, a tal punto de ignorar su tristeza por la ausencia del hijo.
Pero tampoco para este hijo envidioso, airado en su soberbia, hay regaños por parte del Padre: sale en su búsqueda, trata de persuadirlo de que él también regrese a la casa, que participe de una fiesta que debe ser común a todos. Y esa fiesta será posible si regresan los hijos y se reconstruye esa fraternidad rota: el Padre le recuerda que no es un extraño, sino tan hijo como él, su hermano.
Este Padre no se preocupa por los bienes perdidos, sino que se alegra hasta lo indecible por la vida recuperada, por el hijo que ha regresado. E intenta y tratará sin imposiciones de que el otro hijo mayor no se convierta a sí mismo en un extraño: la fraternidad sucede por el amor del Padre cuando los hijos se reconocen como tales entre sí.
Este Dios Padre y Madre es el que espera ansioso nuestro regreso, sin importar la distancia que nosotros mismos hayamos puesto en nuestras sendas de miserias, y ansía el regreso de todos los hijos.
El Maestro nos revela a un Dios tal que es capaz de gastar todos sus bienes con tal de que una vida sea recuperada.
Así sea nuestra existencia: no hay bien que no deba gastarse alegremente con tal de que la vida de un hermano sea recuperada en plenitud.
No hay nada más valioso que una vida.
Amén. Así sea)
Paz y Bien
Deus Abscónditus
pero en la carne de un hombre.
Eres un Dios escondido
en cada rostro de pobre.
Más tu Amor se nos revela
cuanto más se nos esconde.
Siempre entre Tú y yo,
un puente.
Es imposible el vado.
Tanto me llamas Tú
como Te busco yo.
Los dos somos encuentro.
Haciéndome el que soy
-anhelo y búsqueda-
Tú eres el que eres
-don y abrazo-.
Dom Pedro Casaldáliga, cmf
Obispo Emérito de Sao Félix de Araguaia, Brasil
Vida de oración, el comienzo de la justicia
Para el día de hoy (13/03/10)
Evangelio según San Lucas 18, 9-14
(Gentes que se tienen por justas, puras y fieles, y desprecian a otros por ignorantes, pecadores e infieles.
Tiempo de fariseos y tiempo nuestro.
Dos hombres se dirigen al templo a orar.
Uno de ellos, el fariseo -autoconsiderado puro, observante fiel de la ley- se planta ante el dios que se había construído y lo alaba por ser puro, por cumplir con la Ley, por no ser pecador como otros, por atenerse a las normas.
La realidad es que tiene un momento de oración dirigida al autoelogio -aroma de soberbia-; a ese dios que se ha creado lo supone un procesador que recuenta virtudes y de acuerdo al saldo, premia o castiga.
El otro, un publicano -despreciado por todos, recaudador de impuestos- ni se atreve a levantar sus ojos y sólo puede, contrito, golpearse el pecho y suplicar compasión y misericordia por considerarse un pecador.
Ha visto su estatura, se ha ubicado en su lugar, intuye la magnitud de ese Dios verdadero que lo busca y se descubre pequeño, y desde allí suplica su perdón.
Y el Maestro, luego de contar esta parábola, es terminante: quien regresa justificado a su hogar es el publicano, ha recompuesto su comunión con el Dios de la Vida.
Desde su estatura de pecador, desde el descubrirse frágil y dependiente de la bondad de Dios ha dado el paso: se ha humillado, es decir, es humilde y esa humildad es la verdad, la justa medida de todas las cosas.
Para este momento de desierto, conversión y silencio es dable reconsiderarnos en la verdad de nuestra existencia: oramos porque el Espíritu sopla en nosotros y nos hace decir -¡Abbá!-.
La primacía es de Dios, es Él quien siempre se mueve primero. Y desde esa respuesta que se transforma en oración, buscar no tantos momentos de oración sino encaminarnos hacia una vida orante.
Sólo desde allí comienza la justicia: ajustar la existencia a la voluntad de Dios, y desde allí buscar la justicia del Reino para los hermanos.
Sólo desde una vida orante es posible una búsqueda íntegra de la justicia y la liberación para todas las hijas e hijos de Dios.
Jesús ha vencido a la muerte: ha quedado erradicado de nuestras posibilidades el no se puede)
Paz y Bien
Volver a vos (una canción para Cuaresma)
que merece ser escuchada;
puede servir para un momento de oración y reflexión,
para el regreso a ese Dios que siempre espera nuestro regreso.
Su autor es el sacerdote salesiano padre Eduardo Meana.
Paz y Bien.
Ricardo)
VOLVER A VOS
VOLVER A VOS, VOLVER A SER,
VOLVER A RESPIRAR,
SABERME SOSTENIDO POR TU AMOR,
VOLVER A AMAR.
Dejar atrás la confusión,
el pozo sin salida.
Volver a estar unido a vos,
volver a la alegría.
Del barro antiguo hacia tu imagen,
dejar soplar tu aliento.
Recuperar mi nombre de hijo,
estar vivo de nuevo.
Decirte que por sobre todo,
Dios mío, te deseo.
Mi angustia desandar y anclar
en tu amor fiel y eterno.
padre Eduardo Meana, sdb
aquí puede escucharse:
Desde un Dios próximo, redescubrir al prójimo

Para el día de hoy (12/03/10)
Evangelio según San Marcos 12, 28b-34
(Escribas y fariseos interrogaban a Jesús acerca de la escala de preeminencia de los mandamientos: como especialistas en temas religiosos, querían oír en sus propias palabras qué era lo que debía ser considerado más importante.
La meta de tales afanes estribaba en la exhaltación de las normas, y no en la trnasformación de su vida desde los mandamientos.
Esto sucedía en tiempos de la predicación de Jesús y en nuestros tiempos también, cuando se acentúa la subordinación a la ortodoxia por sobre el amor expresado en servicio o la devoción a determinadas tradiciones por sobre la necesidad el hermano pobre y excluído.
Sin embargo, entre los hombres que lo interrogaban había un hombre -un escriba- que intuía que en ese galileo que les hablaba había algo más que meros discursos o palabras vacuas; por eso le pregunta -con sinceridad y sin intenciones ocultas- cual es el mandamiento más importante.
El Maestro le responde con un pasaje de la Torá que para los judíos piadosos era su oración principal: -¡Shemá, Ysrael!¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente-
La fé no admite medias tintas, no se condice con tibieza pues sólo es fé verdadera cuando se pone el cuerpo, la mente y el corazón, nuestra totalidad sin reservas.
Y no se queda allí: le continúa diciendo al escriba -El segundo es amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos-.
El escriba busca en su arcón doctoral y desde su sinceridad, coincide con Jesús en que ésos son los mandamientos principales, los fundamentales.
Y el Maestro, frente a su honradez intelectual y sensatez le señala -No estás lejos del Reino de Dios-
El escriba había respondido con verdad, y por dicho motivo Jesús señala su cercanía con el Reino. No obstante, al escriba le faltaba dar un paso. Estaba cerca del Reino, pero le faltaba llegar.
Ese paso faltante es la distancia que debemos recuperar: el regreso al hermano desde Dios, el retorno al prójimo, el hacernos nosotros mismos próximos.
Porque el Dios del Universo se ha hecho uno de nosotros.
Siempre toma la iniciativa: Él se ha aproximado a nuestras existencias, hijas e hijos dispersos.
Y la respuesta a esa proximidad debería ser redescubrir al hermano, al prójimo aproximándonos nosotros.
Primero al pobre, al olvidado, al despreciado, y luego a todos los demás.
Volver a Dios es también volver al hermano; amar a Dios es amar al hermano, y todo se cimenta en que Él nos ha amado y querido primero)
Paz y Bien
De cegueras y mutismos

Para el día de hoy (11/03/10)
Evangelio según San Lucas 11, 14-23
(Jesús expulsa al demonio de un hombre -el mal que lo atenazaba no puede resistirse al amor de Dios- y es curado de su mutismo; al instante, recupera el habla.
Los signos están a la vista, sucede ante los ojos un milagro, el bien se hace presente y hay una vida que se restablece, hay un hombre incapacitado para expresarse que recobra el habla desde la compasión del Maestro.
Aún así, hay otra incapacidad mayor -casi incurable-: la ceguera de no poder ver las señales de Dios, la presencia de su Misericordia.
Surgen los cuestionamientos, las interpretaciones crueles y mezquinas, las atribuciones demoníacas.
No obstante, a pesar de esa ceguera del alma, el Reino sigue creciendo aquí y ahora.
Sólo basta confiar y re-hacerse sencillos... quizás, en parte, porque por eso que llamamos pecado nos hemos vuelto decididamente complejos.
Porque la discapacidad verdadera no es física... es alma tronchada por la soberbia y el egoísmo.
Con la confianza en el perdón y la Misericordia de Abbá Padre de Jesús y Padre nuestro, supliquemos que nos cure toda ceguera que nos impida ver en donde sea y de donde provenga, la bondad y el bien como expresiones de Dios y su Reino.)
Paz y Bien
El Dios de nuestros padres
Para el día de hoy (10/03/10)
Evangelio según San Mateo 5, 17-19
(Hay una línea ininterrumpida que atraviesa la historia desde Abrahám, el viejo pastor de Ur, hasta nuestros días.
El Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de Moisés.
El Dios que guiaba a su pueblo por el desierto.
El Dios que hablaba de justicia y conversión a través de los profetas, y que permanentemente recordaba a los suyos -a pesar de sus pecados, de sus traiciones, de su desesperanza- que Él nunca se olvidaba de ellos, que Él mismo iría a su rescate.
El mismo Dios de nuestros padres, Abbá Padre de Jesús y Padre tuyo, mío, nuestro...
Desde el Maestro todo se recrea, se vuelve una nueva creación.
El cosmos y la humanidad recobran el significado amoroso del acto creativo permanente de su Padre.
Por eso, nada nos es ajeno.
Así, la Ley y los profetas -que quizás atribuímos exclusivamente al pueblo de Israel- nos involucran en esta magnífica historia de la Salvación.
El Maestro no vino a abolirlas: vino para que adquirieran su significado más profundo y trascendente. Ese significado sólo puede aceptarse desde el interior y con los ojos de justicia del Reino.
Ese Reino que está creciendo, aquí y ahora entre nosotros, y que debemos hacer presente viviendo y haciendo vivir la plenitud de la Ley y los profetas: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
Hemos recorrido un largo camino, miles de años, y la mano misericordiosa de Dios nos sigue guiando aún cuando nos podamos caer, tropezar, perdernos o ir en sentido contrario.
Es un buen tiempo para reencontrarnos con quienes nos han precedido y cuyas huellas van orientando nuestros pasos hasta Jesús, nuestra salvación)
Paz y Bien
Desproporción
Para el día de hoy (09/03/10)
Evangelio según San Mateo 18, 21-35
(Es muy difícil el perdón; muchas heridas recibidas continúan doliendo y sangrando por largo tiempo y el recuerdo de lo sucedido se nos hace un obstáculo insalvable en apariencia.
El Maestro, frente al planteo de Pedro -que es el mismo que nosotros podríamos hacer- descubre la desproporción del Reino: se debe perdonar al hermano que me hace daño no hasta siete veces según pautaban las costumbres, sino se debe ir mucho más allá.
Se debe perdonar setenta veces siete, setenta veces siempre; no debe haber medida ni límite para el perdón y la reconciliación.
Y para enseñarles/enseñarnos, Jesús narra la parábola del perdón ilimitado.
Vislumbramos a un súbdito que debía a su rey diez mil talentos.
-para hacernos una idea de la magnitud de esta deuda, diez mil talentos de oro equivalen a...¡ciento sesenta y cuatro toneladas de oro!-
La deuda es enorme, y el destino previsto para el deudor era terrible. Aún así, el acreedor se compadece frente al pedido de clemencia del que debe, y condona su deuda, dejándolo ir en paz.
Sin embargo, el deudor no ejerce la misma compasión con otro súbdito del mismo rey que, a su vez, le debía una suma de dinero no demasiado importante, y ejerce sobre él violencias, dejándolo prisionero y generando una gran tristeza en todos sus compañeros...
Es una metáfora perfecta de nuestras vidas, y pinta los colores del cómo debe ser la comunidad reunida en torno de Jesús.
No por no ofendernos ni sentirnos heridos somos capaces de perdonar: lo somos porque un Dios Misericordioso derrama sobre nosotros, como una lluvia que alivia el calor abrasante su perdón.
Descubriéndonos perdonados podremos perdonar, y así se lo decimos a Abbá Padre de Jesús y Padre Nuestro.
Cuando no hay perdón y reconciliación, hay muerte, pues se mata en nuestro corazón al otro que es, como cada uno de nosotros, hijo de Dios y como tal, hermano.
Pero cuando el perdón sucede, resurge como un torrente la vida y la libertad.
Porque el perdón es causa primera y especial de la salud, señoras y señores.
Que el Espíritu nos vuelva generosos y desproporcionados, maravillosamente generosos en la búsqueda del reencuentro y la vida plena, como lo hace a cada minuto Aquél que no ha vacilado en entregar a su propio Hijo por nuestra liberación)
Paz y Bien
De los privilegios como malas noticias
Para el día de hoy (08/03/10)
Evangelio según San Lucas 14, 24-30
(-...Ningún profeta es bien recibido en su patria...-
Así definía el Maestro -no sin tristeza- el alma cerrada de sus paisanos nazarenos.
Seguramente, muchos de nosotros estamos allí, esa mañana en esa sinagoga.
Como sus paisanos, creemos saber todo de Él -tanto tiempo entre nosotros, es el hijo del carpintero, lo conocemos bien-, y por esa creencia no aceptamos la novedad de su Palabra.
-Porque Él habla con la fuerza del Espíritu, y es ese Espíritu el que siempre hace nuevas todas las cosas, renueva la faz de la tierra y recrea los corazones caídos-
Seguramente, muchos de nosotros también exigimos que se cumplan determinados milagros: creemos tener derecho, por conocerlo, a ciertas prerrogativas por sobre otros, nos irrogamos la pretensión de disfrutar de especiales privilegios.
Y allí, precisamente allí, cuando se quieren esgrimir privilegios se cierra toda puerta a lo nuevo y toda noticia se torna mala.
Porque los milagros suceden cuando hay corazones abiertos para recibir la Buena Noticia; los milagros suceden -y se descubren- cuando hay corazones que reciben la Palabra.
Así sucedió con la viuda de Sarepta -mujer y pagana- a quien fue enviada el profeta Elías; así sucedió con el jefe del ejército sirio, Naamán, a quien fué enviado el profeta Eliseo con un mensaje de misericordia y sanación de parte de Dios.
Y así puede suceder en el momento y lugar más impensado, en especial en quien suponemos de antemano excluídos de toda posibilidad de gracia y bondad de Dios.
-La Gracia y la Misericordia de Dios superan cualquier mesura, todo límite, y llegan más allá de cualquier frontera. Inclusive y especialmente, más allá de nosotros como comunidad, como Iglesia-
Cuando se cae el muro falso de los privilegios, se desata la rabia y con aquellos nazarenos, el rostro se nos vuelve iracundo.
Esa rabia se expresa de muchas formas hacia el prójimo/próximo y hacia Dios.
Pero sucede el milagro: Jesús no se deja atrapar por odios, iras y rabias, pasa por en medio de cualquier multitud de pecados y atraviesa el corazón más cerrado, como atravesará las fronteras infranqueables de la muerte.
Es un maravilloso sendero para transitar en este tiempo: caminito en donde se descubre la infinitud de la Gracia y la Misericordia de un Dios Padre y Madre, tiempo magnífico para redescubrir a ese Maestro que pasa por en medio de todas nuestras miserias)
Paz y Bien
Con el tiempo a favor
Para el día de hoy (07/03/10)
Evangelio según San Lucas 13, 1-9
(Cada vez que sucede una desgracia, aparece un abanico de interpretaciones.
La desgracia vista como consecuencia directa de la condición o las acciones de las víctimas es habitual.
Peor aún es cuando se realiza dicha lectura con la aseveración de un castigo divino, producto de los pecados de las víctimas.
Se habían llegado hasta el Maestro para saber su opinión acerca de una espantosa matanza perpetrada por Pilatos, el cual, no conforme con el homicidio, se regodea mezclando la sangre de las víctimas con la sangre sacrificial dentro del recinto sagrado del templo.
Ayer y hoy, sucede lo mismo.
Porque se toma distancia de las víctimas, y se elaboran sesudas teorías acerca de causas y responsabilidades; es claro, resulta fácil el juicio a lo lejos.
Inclusive -aún hoy- se sigue interpretando como una acción punitiva de Dios a causa de las faltas de las víctimas.
Al dolor -desde la extensa brecha del desconocimiento del prójimo- se le suma el espanto de transformar a la víctima en victimario.
Pero Jesús está siempre al lado y del lado de las víctimas, y desde allí expresa la increíble dimensión de la Buena Noticia: Dios es Misericordia, Padre y Madre, no un juez severo de castigo rápido, veloz en la aplicación de la pena merecida.
Al crimen de Pilatos, añade otro hecho conocido, el derrumbe de una torre de Siloé en Jerusalem que se había cobrado dieciocho vidas. Y desde allí, teje una parábola, la de la higuera estéril.
Higuera sin frutos, higuera sin flor, higuera que ocupa inútilmente terreno, higuera malsana pues la tierra fértil que ocupa bien puede ser aprovechada por otras higueras verdaderamente fructuosas.
Higuera seca que lógicamente no tiene otro fin que el del fuego.
Pero el Reino tiene una lógica increíble que escapa a nuestras limitadas razones.
Esa higuera inútil tiene tiempo a favor; será cuidada y abonada con la esperanza cierta de que cumplirá con el destino que lleva inscripto en su raíz, dar muchos frutos, abrigar con su frondosidad brindando sombra cuando haya un sol que agobie...
El Maestro ha ganado para nosotros tiempo, un tiempo de Dios, no mensurable en términos humanos.
Siempre se puede volver, siempre se puede torcer la vereda que lleva a perecer de vida inútil.
Tenemos tiempo a favor, tiempo de conversión, tiempo de transformarnos en vidas fructíferas -destino inscripto la raíz de nuestro corazón-, vidas plenas y felices.
Tenemos tiempo a favor, tiempo de Gracia y Misericordia, tiempo de reconstruirnos -torre derrumbada-, tiempo de Génesis personal: la conversión es la renovación en tiempo presente de la creación, de ese día cuando el Dios Misericordioso hizo brillar la luz por entre la oscuridad imperante.)
Paz y Bien
Sinfonía de herederos, canción de misericordia
Parábola del Hijo pródigo
Para el día de hoy (06/03/10)
Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32
(La televisión y el cine nos han saturado de historias en las que se dan verdaderas batallas entre personas con derecho a una herencia determinada; el nudo casi siempre pasa por la porción -o el todo- que le corresponda a cada heredero.
Sin embargo, la Palabra para el día de hoy nos trae una mirada muy distinta, la mirada de Jesús: la herencia no es una cuestión de méritos ni de derechos de los herederos, sino una cuestión de generosidad testamentaria.
Precisamente, testamento -en su raíz latina- significa testimonio de la voluntad o testatio mentis.
El dador de esta herencia, quien lega sus bienes a una infinidad de herederos es Abbá, Padre de Jesús y Padre Nuestro.
La herencia entonces es don, implica gratuidad -¡Gracia!- y el dador de estos bienes los ha repartido entre toda la humanidad.
Creyentes y no creyentes, judíos y musulmanes, cristianos y budistas, católicos y protestantes: toda mujer y todo hombre está inscrita en su testamento.
A no confundirse: por creer y seguir a Jesús somos discípulos, mientras que somos herederos por nuestra humanidad, a imagen y semejanza de Dios.
Por eso, el sol alrededor del cual orbitará esta parábola no es tanto la actitud de los herederos, sino más bien la increíble bondad del Padre.
Uno de los hijos reclama lo suyo, y se encandila con el resplandor fatuo de lo mundano. Se vá de la casa de su Padre y rápidamente, dilapida su herencia. Las consecuencias no podrían ser peores: acuciado por la necesidad, se somete a la esclavitud, y lo envían a cuidar cerdos. Y aún así, carece del sustento. Suspira por poder acceder a las algarrobas conque alimentaban a la piara.
El hambre y la esclavitud son consecuencias directas del pecado, del egoísmo.
Y el heredero, perdida su parte, hambriento y en harapos, sometido a la esclavitud y al destrato, añora volver junto a su Padre. Se sabe indigno de regresar a la misma condición previa a su partida; aún así, quiere volver y trabajar como jornalero de su Padre. Allí no le faltará el sustento y será reconocida su existencia, al menos como trabajador.
En su dolor y en el agobio de su vida, decide el regreso: hasta medita las palabras con las que se presentará ante su Padre e implorará su perdón.
Y se pone en camino.
Pero el Padre, cargando en su corazón la tristeza por el hijo perdido, no se daba por vencido. Esperaba afanosamente su regreso. Por eso, corre a su encuentro pues desde lejos lo vé venir por el camino. Lo abraza y lo besa con efusión.
El hijo intenta decir todo lo que había pensado anteriormente, pero el Padre no quiere escucharlo, lo interrumpe.
Su hijo no será esclavo, ni perecerá de hambre: ¡ha vuelto a casa!.
No es un gozo personal, es una alegría tan grande que se comunica: por eso, el regreso se celebra con vestidos nuevos y con un banquete espléndido al que se invita a todos los jornaleros.
Ha culminado el extravío del hijo perdido, ha finalizado la tristeza, es tiempo de alegría y abrazos.
Y a esta celebración del regreso no debe faltar nadie; tampoco el otro heredero, el hijo mayor que siempre había cumplido con lo mandado por su Padre.
Y llegan las quejas y el enojo desde fuera de la casa: el hijo mayor siempre ha sido cumplidor de las normas, y nunca se ha festejado nada por eso. Su irritación lo vuelve juez de su Padre y de su hermano, a tal punto de desconocerlo: -ese hijo tuyo- menta a su hermano.
Se ha atenido rigurosamente a las reglas y órdenes, pero nunca estuvo cerca del corazón de su Padre: si hubiera sido así, hubiera compartido su tristeza y bebido alegremente el cáliz de su alegría.
Pero el Padre ama a sus hijos, y no debe faltar ninguno: por eso es que sale a la puerta a buscarlo, a pesar de sus protestas, a pesar de su juicio, a pesar de su desprecio.
No hay modo: ningún heredero ha de desconocer al otro, ningún hermano ha de excluír al otro.
Pues la herencia -y el testamento - cobran sentido cuando todos, mayores y menores, grandes y pequeños, celebran la vida junto al Padre.
No nos son ajenas ni desconocidas la vida del hijo menor ni la del mayor.
Nos hemos disipado y perdido -tantas veces- y sin embargo el Padre está allí, en su ventana, esperando nuestro regreso para abrazarnos apenas nos vea, sin necesidad de decir demasiadas cosas.
Y también, como el mayor, somos juiciosos respecto de quien regresa y se convierte: molesta nuestra soberbia y descalabra nuestro egoísmo la conversión de quien, a veces, consideramos réprobos.
Quiera Dios hacernos comprender que cuando los herederos se pelean por la herencia, un atronar de ruidos malsanos nos impide oír y escuchar. Más si los herederos se comprenden y se aceptan, surge la armonía indestructible de una sinfonía.
Esa sinfonía es la canción de la Misericordia de Dios, que espera ansioso nuestro regreso)
Paz y Bien
Desde nuestros cimientos
Para el día de hoy (05/03/10)
Evangelio según San Mateo 21, 33-43.45-46
(Jesús, en la Palabra del día de hoy, nos hace presente la parábola de los viñadores homicidas.
En ella están reflejadas cabalmente nuestra obstinación en el egoísmo, en la codicia y en la soberbia. Pero también expresa la tenacidad infinita de la Misericordia de Dios, que aún con nuestros rechazos mortales, no cesa de buscarnos.
Ese Dios que nos ama ha expresado y expresa su ternura a través de la historia en su viña: el pueblo de Israel, la Iglesia, todos y cada uno de nosotros.
Ha enviado amigos suyos para los tiempos de la cosecha; esos amigos, santos y profetas, son consecuentemente rechazados.
Pero el Amor de Dios no conoce el cansancio.
Continúa enviándonos mensajeros para el cuidado de su viña; a muchos se los expulsa, a otros se los golpea, a muchos se los mata.
A veces, la crueldad parece no conocer límites.
Pero lo que no tiene límites es la Misericordia de Dios Padre y Madre.
Así entonces, envía a su viña a su propio Hijo.
Y la soberbia, haciéndose violencia bajo el disfraz de celo, llega a lo impensable: asesina al Hijo del Dueño con el afán de apropiarse de la viña.
No hay caso: no hay límite a la Misericordia.
El Hijo del Dueño de la viña vence a la muerte; es la piedra angular desde donde se debe edificar la vida, y ha sido desechada por los consructores.
Es tiempo de volver a Dios, de conversión y reconciliación; tiempo de volver a escuchar a los enviados por Dios para el cuidado de la viña, tiempo para desechar toda violencia, hierba venenosa que arruina los viñedos.
Tiempo de reconstruirnos desde los mismos cimientos de nuestra existencia con el Maestro, único fundamento que no perece.
Hay que derribar las falsas ideas y construir el templo santo de nuestro interior, donde morará Aquél que, a pesar de nuestra miserias, no deja ni dejará de amarnos)
Paz y Bien
Una puerta que se cierra, un abismo que se abre
Para el día de hoy (04/03/10)
Evangelio según San Lucas 16, 19-31
(El Maestro se vale de las parábolas para enseñar, impulsando el pensar y la reflexión; desde realidades cotidianas, visibles, quiere llevar a quienes lo escuchen a descubrir las huellas invisibles y eternas de ese Dios que nos busca y quiere nuestro bien.
En la parábola de hoy Jesús nos presenta a los fariseos y a todos nosotros a dos personajes disímiles, que de tan distintos se vuelven signos y nos invitan a la reflexión.
Un hombre rico que se vestía con grandes lujos y que día a día celebraba fastuosos banquetes; sin embargo, en el umbral de su casa, detrás de su puerta languidecía cubierto de llagas un mendigo.
El mendigo es la imagen de la exclusión total: impuro por sus llagas, indefenso por su pobreza, desplazado por el destrato, sólo esperaba las migajas que caían de la mesa del banquete.
Hasta esto le era negado; sólo los perros se acercaban a lamer sus llagas.
Por un lado, el rico en esta parábola no tiene nombre: la carencia de nombre es símbolo de deshumanización.
Por otro lado, sólo el pobre es identificado: su nombre es Lázaro -Dios ayuda-; es un nadie, un ignorado por el mundo pero cabal y expresamente identificado por Dios.
Busca ayuda -aunque más no sea unas migajas- de parte del rico; más sólo encuentra una puerta cerrada.
Esa puerta cerrada abre un abismo que separa la condenación de la Salvación.
Es el abismo que en aquellos y en estos días abre la soberbia y el egoísmo.
Es el abismo de no reconocer al hermano.
Y la condena -expresada en la parábola luego de la muerte de ambos- proviene no de un dios juez, fiscal, jurado y verdugo; Dios es Misericordia.
La condena es consecuencia de la negación del amor, de hacer posible la solidaridad.
En estas pobres líneas hay una invitación a preguntarse -en este tiempo de desierto, oración y conversión- si nos hemos vuelto herméticos y cerrados a la necesidad del otro, si nuestra vida es un contínuo banquete de celebraciones egoístas que niegan al prójimo como hermano e hijo, como nosotros, del mismo Padre.
Quizás sea tiempo de preguntarse acerca de esos abismos que a veces adoptamos de un mundo que propugna el individualismo y el cerrar la puerta del corazón al otro.
Y preguntarnos también porqué ese Dios Padre y Madre, que quiere la Salvación de todos, toma partido decididamente por los pobres y excluídos.
No es una cuestión de ideologización ni de doctrinas: es una simple cuestión de decidir si seguimos los pasos del Maestro y buscamos al otro en su necesidad y en su identidad)
Paz y Bien
El privilegio del servicio

Para el día de hoy (03/03/10)
Evangelio según San Mateo 20, 17-28
(Jesús se encamina con los Doce hacia Jerusalém.
Tiene plena certeza de que será humillado, escarnecido, torturado y muerto en la cruz.
Pero no es cuestión de un destino inevitable o de una estrategia cuidadosamente planeada de la cual no se puede escapar: sus sufrimientos y su muerte serán ante todo consecuencia de la asunción total y plena de su compromiso y su misión, en obediencia a su Padre.
Y se los cuenta a sus amigos: a ellos también les espera la tortura y la muerte.
Los discípulos no pueden esperar menos que su Maestro.
Sin embargo, no son capaces de entender lo que Jesús les dice. Están atrapados en sus miedos y en sus esquemas de un Mesías glorioso, reinante y poderoso; se les hace totalmente ajeno y escandaloso un Mesías convertido en siervo sufriente.
En ese mismo plano, surge la madre de los hijos de Zebedeo -Santiago y Juan- reclamando privilegios para sus dos hijos en ese Reino que se habían imaginado...
Pero ese Reino no es el de Jesús, el de su Padre, el de la Buena Noticia.
El reclamo de esta madre, a la vez, desata la discusión y la indignación de los otros discípulos: bajo la crítica a este pedido, se escondía el ansia de ser primero, del poder y de la figuración.
El Maestro se los había advertido: en ellos todavía persistía la levadura de los fariseos.
Aún con ese error grosero, fruto de la mezquindad y la soberbia, Jesús no los deja librados a su suerte.
El remedio perfecto contra el egoísmo y la soberbia es el servicio.
El servicio definirá la estatura espiritual, la grandeza y la primacía de los suyos: el Maestro redefine desde la increíble lógica del Reino el ejercicio del poder, y lo ratifica con su propia vida: el poder que no es causa de opresión y dominio, el poder real que libera es el amor y se traduce en servicio al prójimo.
Más aún: el servicio es un privilegio que nos conduce por la huella del Maestro a la Salvación.
Habrá que preguntarse y cuestionarse en este tiempo de desierto y oración cómo ejercemos el poder desde lo personal, desde lo familiar, desde lo comunitario y desde esa gran familia que llamamos Iglesia)
Paz y Bien
Maestro, servidor y humilde
Para el día de hoy (02/03/10)
Evangelio según San Mateo 23, 1-12
(Las palabras de Jesús son dirigidas a sus discípulos, de ayer y de hoy.
Hay que estar atentos para no ser carga para los hermanos; es preciso desterrar del corazón todo afán de figuración, de hipocresía y de vanidad, máxime cuando nos enfocamos en el anuncio de la Buena Noticia.
Pues cuando la Buena Noticia se anuncia sólo como doctrina a aprender pero no se hace vida, deja de ser anuncio y es causa de agobio y caída.
La Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva que debe encarnarse como primer paso a su anuncio.
Más aún: la Palabra hecha vida, quizás, no requiere de muchas palabras: la vida transformada es testimonio suficiente y habla por sí mismo de ese algo más allá de toda imaginación.
Es tiempo de Cuaresma, de volver a Dios y volver al hermano.
Volver con Jesús, el Maestro verdadero y único porque respaldó con su vida lo que predicaba, y volver con Abbá Padre, por el que todos somos hermanas y hermanos junto a ese Dios-con-nosotros.
Ese Dios que se ha hecho uno de nosotros, el último; Señor de la Historia y servidor de todos, Todopoderoso porque es el que es capaz de amar más.
Es tiempo de volver a nuestra medida justa -la humildad- y a la alegría de romper la coraza que nos aísla del prójimo mediante el servicio desinteresado, tras las huellas de ese Maestro que nos ama.
Somos llamados a ser discípulos, no maestros, no jefes, no señores: siervos humildes dependientes de la Misericordia infinita, hijos de la Gracia perpetua)
Paz y Bien
Con el corazón en nuestras miserias
Para el día de hoy (01/03/10)
Evangelio según San Lucas 6, 36-38
(Jesús expresa la Buena Noticia revelando -quitando los velos- la verdad primordial: Dios es Padre y Madre y es misericordioso.
Misericordia: literalmente significa corazón en la miseria.
Dios es misericordioso, es ternura infinita, es su Sagrado Corazón puesto en las miserias de sus hijas e hijos, buenos y malos, santos y pecadores, en todos por igual.
Esa misericordia se nos revela en Jesús, su Hijo amado: Dios ha bajado, se ha hecho uno de nosotros.
Es compasión: comparte las pasiones, el sufrimiento de los suyos.
Todo se transforma y transfigura cuando se lee la historia de la humanidad desde la misericordia de Dios.
Y la experiencia de Dios Misericordioso es la puerta abierta y la invitación a transformar nuestra vida.
Como pequeños seres, limitados y pecadores, nos volvemos mendigos de unas migajas de perdón... y el Dios de la Vida derrama sobre nosotros canastos llenos de su Amor, de manera ilimitada, abundante, increíble.
Siempre es muchísimo más de lo que podemos esperar o imaginar.
Y si todo se transforma, ya no será la vida regida por un obrar condicionado a lo que recibamos del otro.
El amor -Dios mismo- es incondicional, busca el bien del otro sin importar si es bueno o malo, si es amigo o encarnizado enemigo, al extremo de la enseñanza del Maestro: amar a los enemigos y bendecir a los que nos maldicen.
La gran tarea interior para esta Cuaresma está en descubrir-nos, desde lo que el Maestro nos enseña, como expresamos en la vida diaria esa misericordia que Dios nos regala sin pedir nada a cambio, pura gratuidad, Gracia!
No juzgando al otro, soberbia que se traduce en ponerse uno mismo como medida de todas las cosas; es la negación de ese Dios Misericordia.
No condenando al otro, que es esa misma soberbia expresada en voz alta; Dios comparte nuestros sufrimientos, se compadece y a pesar del tamaño de nuestras miserias, nos perdona.
Dar: el dar primero no está acotado cuantitativamente, sino es ante todo la actitud del dar-se, es la disposición a la donación para el bien del otro, comenzando por la propia vida.
Ese Dios que nos ama sin límite ha desechado todo juicio y condena: la medida, el juicio, el castigo ha quedado en nuestras manos... Quizás haya que mirar y volver a ver la existencia desde la perspectiva del perdón y la misericordia de Dios y nó desde un juicio, una condena y un castigo finales que son consecuencias de las propias mezquindades y no reflejan la esencia amorosa de ese Dios que nos ha creado y criado.
Dios ha puesto su corazón en nuestras miserias; es hora de volver a su casa y a la casa en común que tenemos con quien nos hemos enemistado y distanciado.
Dios es Misericordia y con María cantemos su amor y su justicia)
Paz y Bien


