Profesionales de la fé

Para el día de hoy (29/05/10):
Evangelio según San Marcos 11, 27-33

(Escribas y fariseos, jefes del Templo y sumos sacerdotes estaban muy enojados.
Ese galileo había dado por tierra con un negocio fabuloso -las mesas de los cambistas- y con ello, había socavado su autoridad absoluta. Para colmo de males, el pueblo, la gente común cada vez sentía mayor afecto y se acercaba con más y más respeto y atención al Rabbí pobre.

El hecho puntual: no podían hacer nada directamente contra Él por temor a un levantamiento popular; sin embargo, había otro camino, el de la deslegitimación.
Utilizando sus conocimientos a través de razonamientos falaces y preguntas capciosas, intentaban hacer tropezar a Jesús.

Pero el Maestro conoce, ante todo, cual es la urdimbre de cada corazón.
Sabe que en estos profesionales de la fé de Israel hay pura superficialidad, hay hambre de poder más ningún apetito de verdad.

No han sido capaces de reconocer la presencia de Dios en los signos proféticos y en las enseñanzas de Juan y de Jesús. Y no han sido capaces pues, de reconocerlo, hubieran minado la falsa comodidad que les brindaba su posición de poder religioso.

Al "profesionalizarse" han dejado de lado la misericordia y la piedad del corazón; se han quedado con un culto estricto en sus formas pero vacío de fé y amor, con el que oprimen al pueblo.

Por ello el Señor, frente a su negativa a responder la pregunta que Él mismo les había hecho, decide no responderles...

Su autoridad significa, ante todo, augere, es decir, hacer crecer.
Ellos habían socavado de antemano la posibilidad de que nada nuevo creciera en sus almas. De allí su rechazo a la autoridad de Jesús.

Quiera el Espíritu iluminarnos en este camino que es nuestra existencia, para reconocer desde bien adentro la autoridad del Maestro, para que Él haga crecer cosas buenas y nuevas en nuestra pequeña parcela de tierra fértil. Amén)

Paz y Bien

4 comentarios:

Salvador Pérez Alayón dijo...

Nos volvemos ciegos cuando dejamos entrar en nuestro corazón la soberbia que incita nuestro egoísmo al poder y al someter a los demás a nuestro servicio.

Y experimentamos, una vez más, qué tal deseo no nos llena plenamente sino como agua que corre, pronto pasa sin dejar huella.

Sólo la Verdad Absoluta nos satisface plenamente y nos descubre que nuestra meta está en aceptarla y hacerla vida de nuestra vida.

Un fuerte abrazo en XTO.JESÚS.

rgr dijo...

Y también, hermano, debemos portar la escoba de la oración para barrer cualquier envidia -que a menudo se disfraza de motivos varios-; los fariseos y escribas también estaban envidiosos del Maestro, y como tales, buscaban eliminar al motivo de su envidia.
Un abrazo en Cristo y María
Paz y Bien
Ricardo

Teresa dijo...

Magnífico comentario. Me parece que esa palabra "profesionalizarse" si bien es positiva cuando se trata de actividades del mundo (un trabajo, por ejemplo) es totalmente incompatible con aquello que atañe al espíritu. El "profesional" busca una excelencia en su quehacer a base de SU esfuerzo, formación teórica y práctica, etc.... Todo lo contrario de lo que nos pide Jesús. Él no nos pide ese tipo de esfuerzo (que por añadidura atrae la soberbia, el egocentrismo, los aires de superioridad...) sino que nos pide que nos abramos confiadamente -como niños- a la acción de Dios en nosotros y que nos hagamos sencillos para dejarle hacer a Él... ¡Y es que la "excelencia" con Jesús toma otro cariz... el de la entrega y el servicio. Un abrazo.

rgr dijo...

Siempre es grato encontrar tus palabras, Teresa.
Esa excelencia que tan bien describes con Jesús también es la eficacia de la Palabra que crea y nos recrea, en antítesis con esa eficiencia que continuamente se propugna, y que sólo busca un fin a menudo egoísta, o para unos pocos.
Sin dudas debemos hacernos niños; nos hemos vuelto demasiado "grandes", demasiado adultos, demasiado profesionales y no hay nada peor para el Espíritu... se pierde la capacidad de descubrir regalos -Gracia!- y de vivir sin condicionamientos la gran fiesta a la que todos estamos invitados.
Un abrazo en Cristo y María
Paz y Bien
Ricardo

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