Las acciones de Cristo son actos de ruptura con el orden inhumano que se establece y se acepta















Para el día de hoy (17/01/19): 

Evangelio según San Marcos 1, 40-45









En en siglo I, padecer lepra implicaba un panorama horroroso pues el enfermo quedaba totalmente segregado y aislado de la vida familiar, comunitaria y religiosa.
Sin los avances médicos del presente, el mal de Hansen -degenerativo, implacable- carcomía los cuerpos deformándolos hasta lo irreconocible, y lógicamente producía un gran temor por la virulencia del contagio. Pero a la cuestión sanitaria debía añadírsele el aspecto religioso: para la religiosidad imperante, la lepra era la peor de las impurezas, en la teología que comprendía las dolencias como castigos por los pecados propios o de los padres, y así el leproso debía vivir lejos de cualquier asentamiento humano, en soledad o a lo sumo con otros leprosos, vestirse con harapos y declamar a los gritos su condición de impuro para evitar el doble contagio de otras personas: la enfermedad y la impureza ritual, ambas altamente contagiosas.

Seguramente la escena que nos brinda el Evangelista Marcos se sitúe en las afueras de alguna ciudad, por las razones que se exponen en el párrafo anterior, pero además el Maestro no quiso quedarse atrapado en vanos éxitos en Cafarnaúm, impulsando a los suyos a anunciar la Buena Noticia por todas partes.
Sin embargo, hay en el leproso una fantástica osadía y una confianza que estremece; cualquier leproso mostraría los síntomas propios de los excluidos que se han resignado a su condición, aceptando sus miserias sin rechistar, doblegando la voluntad a lo que se le impone. Pero este hombre no abdica en su esperanza, lo moviliza la confianza en ese joven rabbí galileo que pasa por el camino, un camino que es su misma existencia, y que no lo rechaza ni espanta.

Las cadenas impuestas perduran, y por eso el leproso suplica ser purificado si es la voluntad del Cristo. Además de las llagas de su piel, lo doblegan las llagas de su alma.
El Maestro se conmueve, y será esa compasión la que signará y definirá todo su ministerio, signo cierto del Padre: por eso extiende su mano y no vacila en tocarlo, purificándolo de la enfermedad que sufre su cuerpo, liberando su corazón del durísimo gravamen que le han impuesto.

Las acciones de Cristo son actos de ruptura con cierto orden inhumano que se establece y se acepta. Pero por sobre todo, son canales perfectos del amor de Dios que descubre a cada instante en su interior, y que sabe es la esencia de la Buena Noticia.

El silencio que trata de imponer a ese hombre nuevamente sano y pleno se debe a los tiempos de los corazones. Aún no han madurado para reconocer la extraña gloria del Salvador.
Pero para ese hombre se ha descubierto el rostro amable del Mesías, que es el mismo rostro bondadoso de un Dios que sana y salva.

Habrá pues que preguntarse qué cosas nos conmueven, cuales nos movilizan, y si con mansedumbre y humildad estamos dispuestos a propiciar santas rupturas con todo aquello que degrade la condición humana.

Paz y Bien

El mal en fuga por la presencia de Cristo














Para el día de hoy (16/01/19):  

Evangelio según San Marcos 1, 29-39







En la lectura del día podemos contemplar un desplazamiento que no es solamente físico sino teológico, es decir, espiritual: el Maestro ha participado de las celebraciones propias del Shabbath, ha sanado a un hombre poseído por un espíritu impuro y se ha dirigido a la casa de amigos, y en esa casa en donde el Reino se manifiesta en plenitud, señal de un pueblo nuevo que tiene calor hogareño, una Iglesia que crece con Cristo y se reconoce familia bendita.

El ambiente es extrañamente profano, secular. Aún así, lo sagrado no refiere tanto a las cosas rituales de los hombres sino más bien a la presencia del Señor en medio de los suyos, y las primeras comunidades cristianas no diferenciarán templos de hogares, pues en las casas crecía la Iglesia.

Había terminado el culto más no el Shabbath con sus estrictas normas que se observaban sin excepción; sin embargo, el Maestro entendía que el Sábado era para el hombre y nó a la inversa como se imponía, ante lo cual no le preocupaba demasiado transgredir ciertos reglamentos que deshumanizaban.
Así entonces le avisan de la enfermedad de la suegra de Pedro. Nunca debe haber excusas ni demoras frente al sufrimiento y al dolor.
Pero se trata de una mujer y, para colmo, de una mujer enferma. Socialmente, carece de derechos, de voz y de voto; religiosamente, es una impura ritual -por la enfermedad- que debe aislarse, en una suerte de estado de contagio de esa condición cultual. Quizás las fiebres que la doblegan sean también reflejo de cierta ideología que razona dolores, que justifica sufrimientos, que aplauden humillaciones impuestas.
Entonces el milagro acontece, con el carácter sencillo y profundamente humano de Cristo: no hay en Él ritos ni fórmulas arcanas, sólo el gesto de tomar su mano y hacerla levantar. Precisamente ése es el milagro de bondad, reconocerla en su dignidad de mujer, de hija y de hermana, sin importarle las consecuencias transgresoras del Sábado y de esas normas sociales que lo obligaban a tomar distancia.

El mal en fuga por la presencia de Cristo, el bien que florece desde la ternura y la misericordia, la salud restablecida que es expresión de una Salvación que atañe a toda la existencia.

Esa mujer, inmediatamente, se pone a servir a los presentes. No se trata solamente de tarea de mujeres, sino de una nueva diaconía que desafía estructuras y que es a su vez plegaria de gratitud. A menudo la oración no se expresa con palabras pero sí con gestos concretos.

Por la tarde, una multitud de dolientes se congrega a las puertas de aquella casa, un desfile interminable de enfermos que parece no terminar. Van a esa hora, pues las imposiciones del Shabbath restringían movimientos más temprano, y hay un cariz de querer esconder lo doloroso por fuera de la sacralidad.
Quizás muchas de esas personas buscaban al sanador mágico, y otros al Mesías restaurador de la corona davídica, pero no al Mesías sufriente y servidor, y está el peligro de embarcarse en la nave fútil del éxito, con el riesgo paralelo de quedarse con los beneficios de la presencia del rabbí galileo para unos cuantos.

Pero el Señor no es de nadie y es de todos. La Buena Noticia ha de llegar a todos los pueblos, sin esperar gratitudes ni actos de reconocimiento por todo el bien que ha prodigado. La bendición de Dios ha de llegar a todas las naciones, y ésa es nuestra misión y nuestro horizonte que edificamos a diario con el Cristo orante que camina con nosotros.

Paz y Bien


Volver a amigarse con un Dios que fructifica corazones
















Para el día de hoy (15/01/19): 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28







Todo varón judío tenía el derecho de leer un pasaje de las Escrituras y comentarlo según su leal saber y entender, aún cuando no tuviera una formación académica, a diferencia de los escribas, los que predicaban cuestiones referentes a la Torah a partir de los comentarios de maestros -rabinos- acreditados, y en numerosas ocasiones se utilizaba los análisis de reputados estudiosos respecto a comentaristas precedentes. Es decir, el comentario del comentario, con claras referencias autorales, más nunca arriesgarían, por ello mismo, una opinión personal, surgida de sus vivencias más profundas.

Pero la erudición no implica necesariamente sabiduría.

Un sábado, en la celebración comunitaria del Shabbat sinagogal, Jesús de Nazareth hace uso de ese derecho respecto de la Escritura, y desde allí comienza a enseñar. Los asistentes estaban asombrados y estupefactos: Jesús no ostenta ningún pergamino académico -es galileo, hijo de carpintero-, y sin embargo habla con una autoridad muy distinta de la que esgrimen los escribas.
Los escribas argumentan a partir de los profusos estudios de reputados maestros, mientras que el Maestro habla de lo que vive hasta sus huesos, su vivencia plena de Dios Padre. En Él cobran sentido y plenitud la Ley y los profetas.

El endemoniado en medio del Shabbat probablemente sea una construcción simbólica: la realidad es que las rígidas normas de pureza ritual hubieran impedido la presencia de cualquier enfermo en la congregación -tal es el significado de la palabra sinagoga-. Quizás responda a una religiosidad enferma, a corazones desviados y poseídos por la imagen difusa y caricaturizada de un Dios violentamente exigente, rápido para los castigos y totalmente lejano del pueblo, un dios que nada tiene que ver con el Padre de Jesús.
Una religiosidad así oprime los corazones de los pequeños, doblega las almas, y de allí la queja airada de los demonios: la presencia del Señor desaloja todo mal, libera los cuerpos, las mentes, las almas. No hay abstracciones ni buenas intenciones pretendidas, sino hechos concretos en Cristo, hechos de humanidad restituída, en camino hacia la plenitud.
La presencia del Señor aleja todos los demonios de la opresión.

Hay allí cierta adulación zalamera más que un reconocimiento veraz: el tiempo de la revelación como Mesías debe ser el tiempo propicio, de fruta madura, y no el instante decidido por quienes hacen daño. Por eso esos demonios deben callar, pues han hablado demasiado durante demasiado tiempo. Es menester hacer silencio, volver a amigarse con un Dios que fructifica corazones en las honduras de un silencio en donde crece humilde el germen de la Palabra.

La enseñanza de Jesús de Nazareth entonces es enseñanza nueva no por adecuarse a secuencias cronológicas, sino por una novedad escatológica: se ha cumplido el tiempo santo de Dios y el hombre, la grata novedad de un Dios que asume la condición humana para restaurarla y salvarla.
En esa novedad, la autoridad de Cristo es basal desde su concepto primordial, augere, hacer crecer. El Maestro no utiliza el poder para aplastar, silenciar, oprimir, sino para hacer crecer, como santo viñador cosas nuevas, el vino nuevo de la Gracia.

Paz y Bien

Kairós, tiempo propicio, tiempo santo de Dios y el hombre















Para el día de hoy (14/01/19):  

Evangelio según San Marcos 1, 14-20






La lectura que nos presenta la liturgia del día habla de una ruptura.

Es claro que en la superficie, esa ruptura se correspondería con el fin del ministerio de Juan el Bautista y el inicio del ministerio de Jesús de Nazareth, la Antigua Alianza que llega a su fin y deja paso a la Nueva. El arresto de Juan trae también señales ominosas para Cristo y para todos los profetas, pues un profeta siempre es inconveniente, anuncia las cosas de Dios y denuncia todo aquello que se le opone.

En realidad, con Juan todo el Antiguo Testamento llega a su plenitud en fidelidad: ha señalado sin ambages a Aquél que su pueblo tanto tiempo ha esperado. Las promesas se han cumplido en la persona de Cristo, quien dá comienzo a los tiempos definitivos, ya no hay más espera, el tiempo se ha cumplido.

La ruptura es otra. La ruptura es del tiempo secuencial -chronos-, que dá paso al kairós, tiempo propicio, tiempo santo de Dios y el hombre.

Tiempo fecundo por la Gracia.

El tiempo definitivo no admite vuelta atrás, por ello la urgencia de la conversión que es también romper con el devenir cronológico sin destino, vaciarse de todo lo vano, espacio cordial para una Buena Noticia que nos llega para que todo cambie desde la misma raíz y se encamine a cielos eternos y plenos.

El Maestro señala que la tarea es inmensa, y que no es cosa individual. Vá sumando amigos a su camino.
A diferencia de los rabinos clásicos, a los cuales los discípulos solían buscar en el lugar en donde impartían sabiduría, Él sale a los caminos a buscar a los suyos, y el encuentro acontece allí mismo en donde discurre la vida cotidiana de las gentes. Pescadores por oficio que se convertirán en pescadores de hombres, vocación y misión de mantener con vida a una multitud de tantos peces a la deriva.

Romper con una rutina gris que a nada conduce y que suele ser fácilmente manipulable por los poderosos sin escrúpulos. Encaminarse tras los pasos de Cristo para que la vida sea plena, en la asombrosa noticia que Dios reina y está entre nosotros.

Paz y Bien


El Bautismo del Señor, los cielos se han abierto para siempre















El Bautismo del Señor

Para el día de hoy (13/01/19):  

Evangelio según San Lucas 3, 15-16. 21-22








El clima de los tiempos del surgimiento de Cristo en Israel no era sencillo, estaba espeso, confuso, violento como sucede cuando no hay respuestas ni horizontes a la vista. 
Un pueblo humillado por la bota imperial romana, sojuzgado por una dirigencia religiosa preocupada por las formas pero no por las almas, agobiado por impuestos exactivos que demolían los esfuerzos, especialmente de los más pobres. Cuatro siglos sin un profeta que les despertara las conciencias y la esperanza.

Siempre hacen falta profetas.

Todo hambre es peligroso, pone en riesgo vidas y claridades. Así entonces, la voz clara y fuerte, plena de integridad, de Juan el Bautista despierta viejos anhelos y el pueblo se pregunta si ese profeta -porque es claro que lo es- no sería el Mesías prometido y esperado con ansias.
Es dable imaginarnos los rostros plenos de asombro cuando el Bautista, claramente, les señala que no lo es y más aún, que deben esperar a Alguien más fuerte que él, que los bautizaría en Espíritu Santo y fuego.

Él no se considera digno de desatar la correa de sus sandalias: esto es importantísimo, es crucial en cuanto a la misión del propio Juan y del Mesías.
Era tradición en Israel que las familias/tribus designaran a un varón fuerte -el Go'El- que se encargaba de rescatar a los hermanos y parientes en problemas serios, agobiados por la pobreza y la miseria, y en especial rescatar a aquellos que caían en la esclavitud a causa de las deudas contraídas. El gesto simbólico de su autoridad era, precisamente, calzar sus sandalias asumiendo su responsabilidad.
Por ello, esta declaración excede por lejos una afirmación de humildad y refiere a que el Mesías que llega es tan cercano, es de la familia, y viene en misión de justicia y liberación.

El pueblo acudía en gran número a orillas del río Jordán a bautizarse por Juan, un bautismo que implicaba conversión y perdón de los pecados.
La escena estremece: por entre el pueblo atribulado camina, como uno más, el Cristo esperando su propio bautismo.

Un horror para las almas vacías de misericordia, un escándalo para los corazones robustos de puras formalidades sin caridad: Jesús de Nazareth se ubica y encuentra entre los pecadores.

Él comparte el destino de su pueblo, el destino de la humanidad misma, nuestra torpe fragilidad, nuestros quebrantos. En todo se hace uno de nosotros menos en ese pecado del que nos libera.

Un bautismo no es un mero ritual. Un bautismo es sumergirse y, en cierto modo, morir para renacer a una vida nueva. Por su fuego que purifica y por el Espíritu Santo, los bautizados participamos de la vida divina.

Cristo se encontraba orando al momento de su bautismo, y es la señal exacta de orando se nos vuelven a abrir los cielos que tan a menudo se nos cierran.

Epifanía de la Santísima Trinidad, el bautismo del Señor nos dice que el redentor camina entre nosotros, y que por Él somos todos queridísimos y predilectos hijos del Dios Abbá, Padre Nuestro.

Paz y Bien

Un Cristo humilde y servidor, el redentor que habita entre nosotros
















Para el día de hoy (12/01/19):  

Evangelio según San Juan 3, 22-30






Mucho tenían en común Jesús de Nazareth y Juan -hijo de Zacarías e Isabel- llamado el Bautista.
Ambos convocaban a las gentes a la conversión, y el signo de esa transformación era un bautismo en el río, que ambos practicaban con asiduidad.
Inclusive, algunos de los originarios discípulos de Juan se convierten en seguidores de Jesús.

Por ello mismo, tarde o temprano iban a surgir celos y ansias de exclusividad, esos afanes de determinar predominios y legitimidades. Pero también contaba esa constante que llega hasta nuestros días, y es la de absolutizar lo que es medio o signo, en este caso el ritual de purificación, el bautismo en el río.

Pero Juan no se deja arrastrar a esa polémica estéril. Es un hombre del Espíritu, y es un hombre cabal.
Sabe que el nazareno hace lo que hace porque todo en Él viene de Dios. Sabe que nada de lo suyo es opuesto: por el contrario, Juan es el baqueano de almas que vá abriendo caminos para que pase el Maestro.

Y sabe que si el Cordero está presente, es que el Reino está aconteciendo y creciéndose en las honduras de los corazones. Ello es motivo de una alegría que nadie podrá quitarle, es el horizonte de su existencia al cual se dirige confiado y sin desvíos ni desmayos. Por eso mismo, él ansía disminuir, pues lo que verdaderamente cuenta es que las gentes pongan toda su atención en ese Cristo humilde y servidor que habita entre ellos y entre nosotros.

La integridad del Bautista es enorme, y ni las mazmorras de Herodes podrán hacerla sucumbir.
En las sombras de la prisión de ese opresor despiadado, hay un hombre libre que resplandece de alegría.
Sus carceleros y verdugos son los verdaderos prisioneros)

Paz y Bien

Salvación, éxodo manso de liberación















Para el día de hoy (11/01/19):  


Evangelio según San Lucas 5, 12-16








Jesús de Nazareth, según podemos rastrearlo en los Evangelios, tenía un carácter fuerte, capaz de profundas emociones, de asumir como propio hasta el dolor y las lágrimas el sufrimiento ajeno, de rebelarse ante la injusticia establecida, de que se le conmovieran sus mismas entrañas cuando se encendía de compasión. Y es claro que ello también resalta su actitud de Siervo manso, desdeñoso de toda violencia. Un carácter así hay que tenerlo bien sujeto a la mente y al corazón.
En el Evangelio para el día de hoy, aunque no explícitamente, podemos intuir algo de ello, y es la indignación que parece ganar el alma del Maestro frente al hecho del leproso que le suplica.

Hemos de considerar el status de la lepra en el siglo I en la Palestina del ministerio de Jesús: lepra refería no sólo al llamado Mal de Hansen sino a una multiplicidad de afecciones dérmicas, y se le tenía un verdadero pánico: en su etapa bacilar, la lepra -en ausencia de terapia antibiótica- es altamente contagiosa, produciendo deformaciones progresivas en la piel, en las extremidades, en el rostro y necrosis en los tejidos, es decir, la piel literalmente se vá pudriendo y muriendo. Por ello mismo, y frente a ninguna alternativa posible, la única práctica sanitaria que se había encontrado era aislar al enfermo, y alejarlo de la vida comunitaria. Pero es claro que no es una mera cuestión de salud, y la lepra -o lo que aparecía como tal- tenía su correspondencia religiosa. El leproso era un impuro máximo y absoluto según la Ley mosaica, y se interpretaba que era el debido castigo a pretensos pecados del enfermo o de sus padres. Tal era el grado de implicación religiosa, que los fedatarios de la condición de salud o enfermedad eran los sacerdotes o, eventualmente, los escribas o rabinos. Además de vivir en soledad, fuera de las ciudades, el leproso había de vestir harapos y proclamar a los gritos su condición de impuro.

Un leproso era un muerto en vida. Al gravamen terrible de la enfermedad, debía sumarle el ostracismo social y comunitario y el repudio religioso que lo considera irrecuperable, un impuro justamente condenado por sus culpas, una ideología que lo doblega y demuele.
Tal era el peso de la carga impuesta, que el mismo enfermo acepta la tumba andante que se le ha impuesto. Sin embargo, no se resigna del todo a ese no-vivir, y es por eso que ruega auxilio al Maestro aduciendo su condición que lo condena: no pide ser sanado, sino purificado. Es esa purificación ansiada la que lo devolverá a la vida comunitaria, al contacto con su Dios, a vivir como un hombre pleno aún cuando, quizás, su piel siga lesionada.

Modestamente, creemos que Jesús estaba enojado por esta situación tan cruel, tan religiosamente lógica y a su vez tan inhumana.
El milagro no es la limpieza de las dolorosas llagas: eso es signo de otra realidad mucho más profunda, y es que ha llegado el Reino de Dios, y que no hay mal que a Cristo se le resista.
Milagro es ese Jesús que no vacila en tocar al leproso, al impuro mayor, aún cuando ello estuviera taxativamente prohibido -impureza contagiosa-, algo tan grave como tocar un cadáver. En santa rebeldía, a Jesús no le importa transgredir lo que se opone a los sueños de su Padre, la plenitud del hombre.
Milagro es la bondad incondicional de Dios que se hace historia, tiempo, gestos concretos, el fin de los imposibles.

El leproso vuelve a ser un hombre entero y vivo. Por eso Jesús, fiel a las tradiciones de su pueblo en la justicia del Espíritu que inspira la Ley, lo envía a presentarse al sacerdote, para que obtenga formalmente la certificación de su sanidad. La misma religión que lo expulsó ahora debe readmitirlo ante la contundencia de la verdad. Y más aún: el que ha sanado debe callar, no contar a nadie lo que ha sucedido.
Por otro lado, el Maestro debe retirarse a lugares solitarios: es por su necesidad de orar a solas, pero más aún porque Él mismo se ha impurificado al extremo de perder su derecho a habitar cualquier ciudad o poblado.
 No es el tiempo justo, y las gentes tenderían a afincarse en esas soluciones mágicas e instantáneas, lejanas a la Salvación.

Porque la Salvación, don y misterio, no es la adhesión a doctrinas, ideas y hasta la consecuencia directa de pertenencia religiosa. La Salvación es Gracia, y es el éxodo de liberación que comienza por creer en Alguien antes que en algo, en Jesucristo, hombre y Dios, Señor y hermano nuestro.

Paz y Bien

Tiempo noble, año infinito de Gracia y misericordia














Para el día de hoy (10/01/19) 

Evangelio según San Lucas 4, 14-22a










En las tradiciones de la nación judía, el año sabático tenía una importancia doble, agrícola-económica y espiritual a la vez. Implicaba que la tierra podía trajinarse en cultivo durante seis años continuos, pero el séptimo debía dejarse en barbecho, en descanso para permitirle que se rehaga, que se restablezca su humus, su fertilidad y así retomar, al año siguiente, su capacidad de brindar buenas cosechas. Para una tierra dura como la Palestina -tan distinta a Egipto, abonada constantemente por los limos del Nilo- es una cuestión muy importante, que tiene una influencia directa con el sustento. Pero también esta institución campesina devino en una tradición espiritual, la del Shabbat, siendo un cariz primordial santificar un día de cada siete para ofrecerlo a Dios, para el descanso frutal, para restablecerse, para reencontrarse y poder proseguir.

Con el correr de los siglos, se instituyó el año jubilar o año del jubileo; el término, en español, nos trae reminiscencias fonéticas relativas al júbilo, a la alegría. Pero muy probablemente, su raíz etimológica provenga de yobel, que significa trompeta o, mejor aún, toque de trompeta, en referencia al sonido de un cuerno que anunciaba al pueblo el comienzo de ese año jubilar.
Un año jubilar era el que se celebraba tras siete años sabáticos consecutivos, es decir, cada cincuenta años. En ese año santo, recobrarían la libertad todos aquellos que habían caído en la esclavitud a causa de múltiples deudas. También, se restituirían las tierras a sus dueños originales, quienes por diversos motivos se hubieran visto obligados a venderlas, y ello implicaba un retorno a la equidad, los bienes de Dios en igualdad para todos, y un detalle que no es menor: como las tierras eran de propiedad familiar, de clan, tribal, significaba que cada niño que naciera luego de ese año santo no pasaría hambre ni miseria, pues habría tierra para cosechas. Y por supuesto, también en ese año jubilar la tierra debía descansar.

Ese sábado, en la sinagoga de su pueblo natal, Jesús de Nazareth asume en su propia persona las profecías antiguas de redención, de liberación, de justicia. Porque la Salvación tiene el perfume primordial del aquí y el hoy, y revela el rostro de un Dios que se involucra amorosamente en la historia, un Dios que se desvive por el bien de sus hijas e hijos.

No se trata ya del sonido de una trompeta como iniciador de un tiempo agradable. Jesús de Nazareth inaugura un año jubilar que comienza con su anuncio, con Él mismo, pero que no tiene fin. La Buena Noticia es esperanza para los cautivos, para los ciegos, para los pobres, para los que no pueden más, y muy especialmente para todos los hambrientos de justicia, Año de Gracia y Misericordia que es la misión eterna de una Iglesia que anuncia a todos los pueblos que un nuevo tiempo ha comenzado con este Cristo que vive en nosotros.

Paz y Bien

La frágil barca de la Iglesia nunca perecerá














Para el día de hoy (09/01/18) 

Evangelio según San Marcos 6, 45-52







La contemplación del Evangelio para el día de hoy debe tener presente la lectura del día que precede: el Maestro había alimentado a más de cinco mil personas en una zona casi desértica, despoblada, a partir del compartir de cinco humildes panes y dos peces.
El Maestro, llamativamente, debe obligar a sus discípulos a que suban a la barca y naveguen a la otra orilla del mar mientras Él despide a la nutrida multitud.

Hay una obviedad: Él los obliga pues ellos no quieren irse de allí: en realidad -el Evangelista Juan se refiere a ello- tanto la multitud como sus discípulos estaban colmados de cierta euforia por el milagro que habían presenciado, y en ese estado de ánimo exaltado intentaban proclamarlo rey de Israel. Mientras que el milagro revela su misión mesiánica, esas gentes, imbuidas de fervores nacionalistas, quieren apropiarse de Él y hacer con su persona una caricatura mundana, totalmente opuesta al Reino de Dios.
Por esas emociones erróneas y peligrosas es que el Señor quiere que las gentes vuelvan a sus hogares y los suyos se embarquen: es menester disipar ese clima que nada tiene de saludable, y es también una triste señal que sus amigos, a pesar de todo lo que Él les enseñaba y de todo el bien que prodigaba, no lo comprendían ni aceptaban la trascendencia eterna de su misión. Seguían presos de viejos esquemas obsoletos, esos moldes por el cual nosotros también gustamos de imaginar a un Dios que se adecue a nuestras necesidades e ilusiones, y así no nos permitimos ni dejamos a Dios ser Dios.

Ellos eran pecadores experimentados, navegantes profesionales. Así y todo, navegando en plena noche el viento se les vuelve en contra, y todo esfuerzo deviene inútil, penoso, estéril.
El Maestro se había retirado a un cerro a orar, y en esa comunión total con su Padre advierte los problemas que acucian a sus amigos, y lo deja todo para ir en su auxilio, caminando sobre las aguas, superando las borrascas contrarias. Pero ellos se mantienen obcecados en una noche que no sólo oculta al sol, sino que les trampea el corazón, y es por eso que la visión de ese Cristo que se acerca se les hace un fantasma.
Es una aparición que los asusta pues derriba el andamiaje vano en el que tantos afanes han volcado.

Aún así, no hay recriminaciones. Sólo una infinita paciencia, y palabras de paz que calman todas las aguas. Porque cuando Él viene a bordo, se navega con rumbo cierto, campeando cualquier tempestad.

La frágil barca que se cimbrea sin destino es la barca de la Iglesia que a menudo se extravía en torpes veleidades mundanas y en crueles ambiciones de carreras clericales y de poder que se detenta, que abandona el servicio, que se sobrecarga de doctrinas exigibles pero olvida a la Buena Noticia. Mucha institución y poco Evangelio.

Pero el Maestro nunca nos abandona. Jamás. La barca de la Iglesia no perecerá. Es una cuestión de amores y de fidelidad.
Y así como la barca de la Iglesia, es la barca frágil de nuestra existencia. Y ante esos temporales que nos agobian, siempre surge la voz cálida del Maestro que nos despeina los temores, porque Él está, Él siempre estará.

Paz y Bien

Cristo, Moisés definitivo hacia la tierra prometida de la Salvación















Para el día de hoy (08/01/18): 

Evangelio según San Marcos 6, 34-44









Como continuador de la memoria viva de su pueblo, el Evangelista Marcos nos presenta a Jesús de Nazareth como el nuevo Moisés.
Al igual que el viejo caudillo de Israel, la preocupación es similar y es no dejar al pueblo librado a su suerte, buscando afanosamente un sucesor que lo conduzca a los buenos pastos de la libertad en la Tierra Prometida. Porque Moisés, sabemos, no llegará.
Cristo, nuevo Moisés -Moisés definitivo- profundamente enamorado y comprometido con su pueblo hasta los huesos, los llevará hasta los pastos definitivos de la Gracia y los alimentará con el verdadero maná, su Palabra, que permanece y no perece, que conduce a la eternidad, que sostiene los corazones.

Varias serán las escenas de multiplicación de panes que nos brindan los Evangelistas: en el ejemplo de hoy, nos encontramos en tierras judías, y el indicio serán las doce canastas sobrantes, símbolo de las doce tribus iniciales.

Cuando superamos lo episódico y nos sumergimos en los distintos niveles de profundidad que nos ofrece la Palabra, podremos advertir varias cuestiones. En primer lugar, que el Maestro nunca realiza signos en sentido exhibicionista, ostentoso o milagrero: su intención es revelar la trascendente verdad de un Dios que se acerca al hombre, de un Reino que está aquí y ahora.
En segundo lugar, esa multitud que está allí con Él significativamente no pide alimentarse; al lado del Señor, y aunque pasen muchas horas, el tiempo parece no discurrir. Esas gentes se siguen alimentando de su Palabra, verdadero maná.
En tercer lugar, quizás los que en verdad estén hambrientos de verdad por no haber sabido mirar y ver, abrir sus ojos a la realidad del Reino, son los discípulos. Ellos pretenden aparecer como propietarios exclusivos de las enseñanzas del Maestro, y por ello quieren que finalice de una buena vez la docencia, y que ese Cristo vuelva a ser sólo de ellos: hay que despedir a la gente, y son sólo ellos los que se preocupan por la comida, atados a los limitados esquemas de la razón, plenos de excusas a la hora de los problemas.

En el tiempo nuevo del Reino, será la compasión -amor de Dios encarnado- el motor que transforma la historia. Serán entonces los discípulos los que deberán involucrarse, como levadura en la masa, diáconos sin resignaciones servidores del pueblo, apóstoles de la misericordia y la Eucaristía.

Quedarán doce canastas, porque el banquete no se limita a esa multitud allí reunida. Las doce canastas refieren al misterio bondadoso de la Divina Providencia, de los que aún no han llegado y que -sin dudas- un día llegarán, pan siempre abundantes para todo el pueblo, para todas las naciones.

Paz y Bien

En todas las Galileas de este mundo nos aguarda un compromiso y una misión













Para el día de hoy (07/01/19):  

Evangelio según San Mateo 4, 12-17. 23-25







Las coordenadas geográficas nos indican que el arresto de Juan el Bautista -que se desembocará en su asesinato- acontece en Judea, y ante esta noticia el Maestro se retira a Galilea. Una mirada superficial se quedaría solamente en ello, quizás en un análisis social y cultural; pero los Evangelios nos plantean un más allá que implica una geografía teológica o espiritual.

Porque en Judea está Jerusalem, la sede de la estricta religiosidad oficial que abunda en puntillosidad y adolece de misericordia, la Judea que suele mirar a los demás desde un pedestal pues supone primacías, una élite bendita que suele mirar condescendiente y despreciativa a los demás. 
En cambio Galilea es la periferia, el borde de todo que está siempre bajo sospecha de laxitud en las costumbres y la observancia de la Ley; a los galileos se los tiene a menos y el contacto frecuente con extranjeros -está en plena ruta comercial- no ayuda demasiado. De allí no se esperan cosas buenas ni nuevas, y mucho menos que provenga el Mesías, el que debe ser gloriosamente de Jerusalem y punto.

Galilea de los gentiles, el título habitual de desprecio, se reemplaza con el anuncio profético de Galilea de las naciones. Desde los confines, desde los márgenes, desde todas las periferias, desde donde se supone con razonados prejuicios que nunca pasa nada, Abbá Dios de Jesús de Nazareth se mantiene fiel a sus promesas y empuja la vida y la bendición a todos los pueblos.

Con todo y a pesar de todo, los galileos no tienen privilegios. Al igual que Juan, Jesús insiste: hay que convertirse porque el Reino está cerca, un Reino que no es una alternativa, ni un cambio de época ni solamente dejar atrás ciertas actitudes. El Reino es lo totalmente distinto, totalmente nuevo, un Dios que se hace presente y vive en medio de su pueblo, la eternidad tan cercana que se puede ingresar desde el propio corazón porque Cristo ha abierto todas las puertas.

Ayer contemplábamos la Epifanía del Señor, el Dios del Universo que se manifiesta en un Niño en brazos de su Madre, al cual adoran los magos venidos de lejos. Hoy, el mismo Dios encarnado se manifiesta en la Palabra que comunica en primer lugar a los pobres, y sanando todas las enfermedades y dolencias, todo aquello que trae a menos lo humano.

En todas las Galileas de este mundo nos aguarda un compromiso y una misión. Que todos los pueblos agobiados por tanto dolor y muerte encuentren la luz del Evangelio, el amor de Dios entre nosotros.

Paz y Bien 

Epifanía: el oro cordial de los afectos, el incienso de la oración y la mirra de la caridad














La Epifanía del Señor
 
Para el día de hoy (06/01/19):  

Evangelio según San Mateo 2, 1-12






En estos tiempos, a veces tan mercantilizados, a veces tan banalizados en su insípida superficialidad, se hace imperioso regresar a las honduras que nos ofrece con inmensa generosidad la Palabra de Dios.

Debido a ciertas tradiciones provenientes del siglo VI, se dice que los "reyes magos" eran tres. También, hasta se les ha adjudicado nombres en un afán pueril. Pero el Evangelio de Mateo nos dice que eran unos magos de oiente. Magos -magoi en el griego original- que tal vez no tengan que ver con prestidigitación ni hechicería sino más bien con astrología/astronomía. Esos hombres sabían leer el firmamento, y en esa época era un conocimiento científico verdadero, donde la mística no era del todo ajena. 
Si nos situamos en un mapa de la época, al este de la Palestina de los tiempos del nacimiento de Cristo se encuentra Persia; podemos inferir que esos magoi eran astrónomos/astrólogos persas, muy probablemente seguidores de Zoroastro. Y tal vez -sólo tal vez- se dice que estos magos son tres -el Evangelista nada dice-, pues son tres los regalos ofrecidos al Niño Santo.

No es poca la distancia entre Persia y Jerusalem. Es dable pensar -desiertos y rutas de montaña mediante- que el viaje les ha insumido bastante tiempo y esfuerzos, quizás una caravana pues los salteadores de caminos eran una posibilidad ingente.
¿Porqué no representarnos un ámbito de estudio y ciencia, donde esos hombres escrutan los cielos y el descubrimiento de una estrella movediza e increíble? Y que ese hallazgo los impulse a ponerse en marcha, llevados a una distancia inverosímil en busca de un nuevo Rey ante el cual han de postrarse.
Confluyen armónicamente en sus almas razón y fé, y es menester preguntarse en qué momento establecimos que fé y ciencia van por senderos demasiado separados y disímiles.

Buscar. Buscar sin descanso, buscar con ganas, buscar con fé, buscar a pesar de todas las nubes que se interpongan, seguir buscando en la noche más cerrada. Siempre hay una estrella amiga que ha de enseñar el sendero recto cuando no se sabe hacia donde rumbear.

En Jerusalem gobierna Herodes el Grande -padre del otro Herodes llamado Antipas-. Herodes gobierna pero quien en verdad detenta el poder es Roma: ahí están las legiones para imponer la pax romana a la fuerza, un orden ejercido mediante la espada desde los caprichos del César.
En Jerusalem está el palacio que representa a su reinado, el Templo impresionante que él hizo construir, la magnificencia de la Ciudad Santa. Pero también es la sede de la religión oficial, de los escribas y sumos sacerdotes que rigen sobre las almas de todo el pueblo judío. Es la ortodoxia rígida que no admite intromisiones, los criterios impuestos de pureza ritual que a tantos deja fuera.

Herodes, quizás, fué el último rey importante de la nación judía; aún así era la encarnación de la paranoia y de la brutalidad ejercidad sin mesura para la conservación del poder. El infanticidio belenita dá cuenta de ello.

Nuestros amigos magos llegan a Jesuralem y parece desatarse un cataclismo que hace cimbrear a todos. Al gobernante le preguntan por el sitio exacto en donde se encuentra el rey de los judíos para rendirle honores. Tal vez sin advertirlo, ponen en entredicho la misma autoridad de Herodes. El rey legítimo y veraz no es bruto, ni opresor, ni se reviste de fasto y oropeles, y no tiene otro trono que los brazos de su Madre.
Con el tiempo y un corazón dispuesto comprenderemos que su reino no es de este mundo.

Los exégetas y eruditos brindan una respuesta: el lugar preciso para hallar al Mesías es Belén de Judá, ciudad de David.
Mucha erudición y poca sabiduría: todos esos hombres -religiosos profesionales y rigurosos- viven muy cerca del Salvador pero se aferran a sus comodidades jerosolimitanas. En cambio son los extranjeros -los gentiles- los que, viniendo de muy lejos, van a rendirle culto verdadero, el que nace en las profundidades de los corazones antes que en los gestos de la superficie.

La estrella que guió su ruta vuelve a aparecer y se posa sobre Belén. La estrella de cada uno de nosotros a veces se pierde de vista pero nunca se apaga.
Ellos se postran ante ese extraño rey, pequeño y frágil, que vive con sus padres en el hogar familiar, lejano en todo sentido al palacio de la capital. Le ofrecen unos presentes que han traído desde su patria.

Los regalos hablan siempre del carácter de quien regala, pero mucho más de aquél que los ha de recibir.

Oro, ofrenda propia de un rey.
Incienso, propio de un sacerdote y aroma del culto divino.
Mirra, perfume carísimo que se utiliza para ungir, especialmente los cuerpos de los difuntos.

Son todos regalos caros pero a su vez portables; seguramente, serán el socorro económico para el exilio subrepticio y la huida nocturna de la Sagrada Familia a Egipto.

Los magos no hacen una visita de Estado, sino que van a adorar a ese Niño Rey que es verdadero Dios y verdadero hombre, que morirá por todo el pueblo.

Cuando la noche parece cerrarse hasta lo indecible, cuando los poderosos cantan siniestras canciones de degüello, cuando nos muerde los talones la rutina cómoda, nunca, por ningún motiva, hay que quedarse quietos, abandonarse, dejar de escrutar el horizonte.

Dios nos anda ofreciendo estrellas cordiales a cada paso. Hay que saber mirar, aprender a escuchar. A veces la estrella movediza es un amigo, la solidaridad de un desconocido, la palabra justa para cuando no sabemos que más decir, la esperanza que milagrosamente se renueva, el hambre tenaz de justicia. El amor que se encarna.

Hay que seguir andando nomás. Y ofrecer, humildemente, a ese Niño que es nuestro Hijo, nuestro hermano, nuestro vecino y nuestro Dios, el oro cordial de los afectos, el incienso de la oración y la mirra de la caridad.

Paz y Bien

Desde el corazón de todas las periferias, Dios impulsa la vida














Para el día de hoy (05/01/19):  

Evangelio según San Juan 1, 43-51









Natanael era de Caná, cercana a Nazareth a escasos kilómetros, y como sucede en todas parte, es dable suponer que entre las dos ciudades -pueblos pequeños- existiera cierto tipo de rivalidad e inquina. Pero la imagen suya bajo la higuera tiene una connotación simbólica, la del hombre que estudia y reflexiona acerca de la Torah y las tradiciones de Israel.
En esas tradiciones, Nazareth no figura. No está mencionada por los profetas, no acontecen hechos importantes como en el caso de Belén, ciudad del rey David. En la práctica, Nazareth es un villorio que casi no figura en los mapas, con el agravante de pertenecer a Galilea de los gentiles.

Galilea es la periferia de la ortodoxa y deslumbrante Jerusalem. Por encontrarse estratégicamente ubicada en una ruta comercial, era frecuente el contacto con mercaderes y culturas foráneas; más aún, en la zona se encontraban ciudades de características marcadamente helénicas como Séforis y Tiberiades. Por ese contacto usual con el gentil, con el extranjero, Galilea está siempre bajo sospecha de heterodoxia e impureza ritual contraria a la segregación estricta de la Ley tal cual se la interpretaba en aquellos tiempos, pero tampoco debemos descartar ciertos prejuicios de carácter social, la mirada despreciativa de los jerosolimitanos para con los paisanos de provincias.

Como sea, de Galiea y tampoco de Nazareth ha de esperarse nada bueno ni nuevo.
Sin embargo, siempre es crucial regresar a las raíces, hacia donde todo comienza y en donde el ministerio del Señor encuentra su identidad. Es imprescindible reconocer las señales de Nazareth.

En Nazareth está la casa de José el carpintero, pero el hogar es de la Virgen. Allí Jesús crece en la pobreza, en la humildad y en el amor servicial que no busca reconocimientos ni intereses angostos.
En Nazareth Jesús conoce y aprende la Palabra de Dios a pesar de que no haya escuela, en donde se encarna en las tradiciones y la historia de su pueblo, en donde mira con ojos asombrados la mano bondadosa de su Padre. Es en Nazareth en donde se expande silenciosa la fidelidad y la Gracia.

Ayer y hoy se suelen buscar respuestas y seguridades en las certezas imponentes de los templos grandes, en los sitios en donde refulge el poder, en donde la propaganda no ha impuesto sospechas ni campean los prejuicios.
Pero las señales nazarenas nos vuelven a decir que hay que marchar con el corazón a la periferia, hacia donde nunca pasa nada ni nada se espera, pues desde allí Abbá Dios de Jesucristo germina la Salvación e impulsa la vida.

Paz y Bien

Toda la vida se transforma en el encuentro con Cristo















Para el día de hoy (04/01/19):  

Evangelio según San Juan 1, 35-42








El Bautista, además de tener una gran influencia sobre el pueblo, tenía un creciente grupo de discípulos. Él testimonia que Jesús de Nazareth es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, un testimonio que sólo puede acontecer desde la fé, descubrir al Mesías que camina humilde entre la multitud, el Redentor que está entre nosotros.

La voz del profeta despierta conciencias, rectifica rumbos e inaugura nuevos tiempos. Por su voz, dos de sus discípulos emprenderán una búsqueda que será camino y vida, tal como el Maestro con el que se encontrarán.

La actitud del Bautista es magnífica en su servicio y su humildad: contrariamente a las pertinaces tendencias de acumulación de poder, de influencias, la edificación de imperios que no siempre son personales, él es un servidor de Dios que es pleno al dar testimonio, y que se aparta hacia el silencio una vez que cumple su misión. José de Nazareth también tendrá el mismo carácter de servicio genuino, santamente desinteresado de cualquier ambición.

Los dos discípulos de Juan se dirigen tras los pasos del Cordero, el joven rabbí galileo que el profeta les había señalado. Él se vuelve hacia ellos, y es la señal de que toda búsqueda sincera del Cristo no será infructuosa, siempre que se busque se encontrará.
Ellos quieren saber el lugar donde vive. Quizás se trate de ciertos estereotipos convencionales, escolares: todo rabbí tenía un ambiente académico propio, un sitio al que acudían aquellos que querían convertirse en sus discípulos.

Extraño tiempo, pleno de novedades: el lugar del Maestro no se halla en un edificio, en una ubicación física aún en las más sagradas. El encuentro siempre es personal, un Cristo que reinará y se afincará en los corazones de los creyentes, templos vivos de la Gracia de Dios.
Por eso no hay discursos grandilocuentes ni transferencias de conocimientos doctrinarios: vengan y lo verán. La fé cristiana es caminar con Cristo, amar como Él amaba, vivir como Él vivía, mirar y ver el mundo con su mirada que es la mirada de Dios.

Andrés presta otro servicio inmenso: su testimonio ante su hermano Simón conducirá a éste al encuentro con Cristo. Es la experiencia existencial que se comunica, tesoro que se expande cuando se comparte, compromiso y misión´, y Simón, ante su propio encuentro con el Cristo que lo mira a los ojos se llamará Cephas -Pedro-, anuncio de su vocación. Un nuevo nombre que expresa la trascendencia de una nueva vida con Cristo.

La vida se transforma en el encuentro con Cristo, el Cordero de Dios que encontramos en la Palabra y en la Eucaristía, y que palpita en el testimonio fiel de sus amigos.

Paz y Bien

El Santísimo Nombre de Jesús, sólo ante el cual se dobla toda rodilla















El Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/19) 

Evangelio según San Juan 1, 29-34







Para la fé y la historia de Israel, el cordero pascual es un signo extremadamente valioso: es el memorial perpetuo y la celebración de la primera noche de la Pascua, el éxodo de las cautividades, la intervención de Dios como fuerza de liberación en su favor.

En este talante y bajo este orden de ideas, adjudicarle a alguien, a una persona, el carácter de cordero pascual, y más aún, de Cordero de Dios, es algo impensado, asombroso y hasta escandaloso para los creyentes de la fé judía. Y la afirmación de Juan el Bautista es provocadora, pues él identifica al Cordero de Dios en un joven galileo desconocido que está inmerso en la multitud.

Para Juan, ese joven que se está acercando humildemente es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No se está refiriendo tanto a los pecados personales, a las miserias individuales de cada uno, sino al mal que oprime, que deshumaniza, que es necesario quitar para liberar corazones.

El Cristo Redentor, el Cordero de nuestra liberación se sigue acercando en silencio y con infinita paciencia a nuestras existencias. No viene a proponer alternativas ni a suplantar estructuras existentes por otras, tal vez, algo mejores. Él plantea una victoria trascendente y extraña, sin derrotados, que no admite otra fuerza que la del servicio y la vida ofrecida.

Nada más ni nada menos que volvernos día a día, cada vez más humanos, y por ello, cada instante más de Dios. A ese Cordero es al que tenemos que encontrar con una profunda mirada cordial de la fé, al fuego del Espíritu.




El Santísimo Nombre de Jesús, sólo ante el cual se dobla toda rodilla, en los cielos, en la tierra, en los abismos, para gloria de la Divina Majestad


Paz y Bien













Juan, heraldo del Altísimo











Para el día de hoy (02/01/19):  

Evangelio según San Juan 1, 19-28






La lectura que nos presenta la liturgia del día posee ciertas distinciones a las que es menester prestarle atención. 

Hay una delegación que llega desde el centro mismo del poder político y religioso de Israel -Jerusalem- que llega hasta Betania, al otro lado del Jordán, en donde Juan el Bautista predica y bautiza. Esa delegación se compone de sacerdotes y levitas, es decir, expertos religiosos consagrados y laicos cuya misión es la de dirimir las graves cuestiones que suscita la persona del Bautista.

Esos hombres representan la ortodoxia religiosa, y como tales son celosos guardianes de una religiosidad de la que se infieren excluyentes depositarios: por eso van en talante inquisidor, para determinar con precisión si se observan los preceptos sin desvíos. Además de la influencia magistral del Bautista, que enseñaba a un número creciente de discípulos, el hijo de Zacarías e Isabel bautizaba y esa tarea solía estar acotada a los sacerdotes, a los especialistas en el tema, por lo cual se puede suponer cierto estupor celoso de ese hombre que parece arrogarse cosas que le son propias de ellos, y porque el bautismo supone también un carácter mesiánico.
Pero además el Bautista era escuchado con atención por muchos y cada vez más, no sólo discípulos suyos sino el pueblo más sencillo. La voz de Juan crecía en influencia restauradora que es un motivo de grave preocupación para los que son la voz única e incuestionable.

De allí el interrogatorio en el que se juega muchísimo, la vida misma del Bautista. Aún así, su triple negativa es clara, taxativa, sin ambages. No es el Mesías. No es Elías. No es el profeta. Sólo una voz que clama en el desierto, allanando los caminos del Señor.

Juan descree de protagonismos exacerbados y reniega de escasos mundos autorreferenciales acotados al ego. Juan convoca al pueblo a la honestidad, a la honradez y aser partícipes activos de la Salvación que les llega desde la conversión, el regreso a Dios y al hermano.
Su vida austera e íntegra estremece y molesta a muchos, pues demasiadas cosas quedan en evidencia.

Juan, desde su humilde compromiso definitivo, es heraldo de Aquél que ha de venir, portavoz de un mensaje que no le pertenece y del cual es sólo un servidor fiel, un profeta que siempre nos recuerda, a través de los tiempos que es necesario regresar siempre al camino de la virtud, de abandono del pecado, de prepararse para la Gracia que nos acontece por el Cristo que precede.

Paz y Bien


Santa María, Madre de Dios y Madre de los creyentes













Santa María, Madre de Dios 
  
Para el día de hoy (01/01/19):  

Evangelio según San Lucas 2, 16-21







Los pastores han tenido un protagonismo decisivo y privilegiado, testigos primeros del Nacimiento del Salvador. Es signo de la hermosa parcialidad de un Dios que se inclina hacia los humildes.

Nadie en su sano juicio hubiera invitado, en la rígida Judea, a esos tipos a su mesa. Además del sambenito social de suponerlos amigos de lo ajeno -quizás sólo se trate de un menosprecio clasista- estaban bajo perpetua sospecha por infringir a menudo las prescripciones religiosas de pureza y también el Shabbat por cuestiones propias de su oficio.

Pero la Palabra nos sitúa en Belén, ciudad de David. Y el rey David era un pastor como lo era también Abraham. Belén, cuyo nombre no es casual -Bet Lehem, casa del pan- es la encrucijada de la historia de Israel y de la humanidad para que se encuentren allí los hombres de fé, aquellos que escuchan la Palabra de Dios con atención y actúan en consecuencia.

Estos pastores han escuchado, han creído, se le abrieron los ojos en mirada profunda y encuentran en ese bebé muy pequeño que descansa en brazos de su Madre al Salvador, y por ello glorifican a Dios y no se callan esa novedad, movedizos mensajeros de la Buena Noticia.

La Madre del Señor conservaba, tras sus asombros, todas estas señales en las honduras de su alma purísima, que es donde todo se decide. Quizás no comprenda con los limitados alcances de la razón, pero sí llega su co-razón, y allí reconoce todas las cosas que vienen de Dios, su paso redentor y fructífero en su propia existencia y en la de todos, que renueva y nos hace plenos, serenamente felices, lejos de cualquier euforia pasajera.

Ella es Madre de Dios y Madre de todos los creyentes, aquellos que se atreven a decir Sí! desde la fé. No hay otra manera mejor de comenzar un año que se nos brinda que no sea bajo su amparo de ternura y tenacidad maternal.

Al bebé santo, luego de ocho días y siguiendo la historia y tradiciones de su pueblo, lo circuncidan y le imponen el nombre, Jesús.
Un nombre no es poca cosa: un nombre define personalidad, misión, destino de quien identifica. El Niño de Belén se llamará Jesús, es decir, Dios Salva.

Un pequeño detalle para los devotos seguidores de Herodes en nuestro tiempo: el nombre de Jesús le fué dado por el Ángel del Señor a José de Nazareth antes de su concepción. Cada Niño es santo, cada Niño es una bendición, cada Niño es una humilde señal de Salvación de un Dios que no baja los brazos, que no descansa, que empuja la vida siempre.

Que todo este año que nos comienza transcurra bajo el amparo maternal de la Madre de Dios.

Muchas felicidades

Bendiciones para todos

Paz y Bien




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