Amar, en la sintonía de Cristo, es ser para los demás














María, Auxilio de los Cristianos

Para el día de hoy (24/05/19) 

Evangelio según San Juan 15, 12-17 









Un mandato no es necesariamente una orden que ha de obedecerse ciegamente, sin pensárselo dos veces.

Un mandato implica que se ha confiado en alguien para un cometido determinado, y en el confiar reposa también la certeza de que el mandatario posee las cualidades o capacidades necesarias para lo que se le ha encomendado. Por eso quizás se nos ha desdibujado este sentido básico cuando aplicamos estos conceptos a nuestros gobernantes, en el país que fuere. Y esa confianza brindada implica una responsabilidad, una ética, es decir, un modo de actuar en el mundo y para con los demás.

El mandato de Jesús de Nazareth no es un la obligación de cumplir un número predeterminado de normas específicas, y el Maestro lo ha enseñado del mejor de los modos posibles, viviéndolo Él mismo en cada momento de su existencia, y haciéndose ofrenda infinitamente generosa para el bien de toda la humanidad.
Ese mandato es el amor, y antes que arribar a definiciones que delimitan trascendencias, es menester contemplar al mismo Cristo, al modo en que Él amaba, y cómo Él traducía en nuestro rudimentario lenguaje humano el corazón eterno de Dios que es ese amor infinito.

Amar, en la sintonía de Cristo, es ser para los demás. Y ser para los demás porque primero y ante todo nos descubrimos hijas e hijos amados por Dios, cuyo amor se expresa y explicita en ese Cristo que se desvive por los otros, buenos y malos, justos y pecadores.
No es, como podría inferirse, una progresiva aniquilación del yo y una disolución de la voluntad y la personalidad; antes bien, es una decisión enteramente libre y voluntaria que se fundamenta en que nos ha amado primero, y que no hay otro modo de trascender que el romper caparazones de egoísmo y soberbia, y salir al sol, al encuentro del otro.
Más aún, salir en la afanosa búsqueda del otro porque en verdad, al prójimo se lo edifica toda vez que nos aprojimamos/aproximamos.

Tan intoxicados por los medios de comunicación como estamos, y portadores de criterios tan banales, solemos confundir lo heroico con lo espectacular o con lo eminentemente trágico. Sin embargo, lo heroico es mantenerse en ese principio primordial de ser para los otros, y no transigir jamás.

Y por sobre todo, animarnos y atrevernos así, dando la vida y dando vida, a ser felices.

Paz y Bien


La alegría, rasgo primordial de la fé cristiana













Para el día de hoy (23/05/19):  

Evangelio según San Juan 15, 9-11








El párrafo que nos brinda la liturgia de este día es breve pero a la vez intenso y gravitante. Nos sitúa junto a Cristo en los umbrales de la Pasión, un Cristo que está a punto de morir y no quiere dejar librados a su suerte a sus amigos. Se trata quizás de un último gesto, de la verdadera herencia, y por ello será atesorada por los Once y por todos los discípulos de todos los tiempos.

En la cruz se revelará el misterio mayor de Dios, su amor entrañable e infinito. Por eso mismo, esa cruz asumida en entera libertad y como vida en oblación total y sin reservas para que otros se salven, ya no será patíbulo, cadalso, señal de espanto sino la señal del amor absoluto. Con esa cruz nos identificamos, desde esa cruz encontramos la identidad de hijos, nuestro horizonte inquebrantable de amor y plenitud.

La clave de todo destino pasa, precisamente, por el amor de Dios que se expresa y manifiesta en Jesucristo, el amor del Padre que palpita y expande el Hijo, amor primordial pues de Dios son todas las primacías.
Es Dios quien nos sale al encuentro en cada recodo, en todas las encrucijadas, nos aguarda en cada esquina, vá con nosotros a cada paso que damos, Padre ansioso sin descansos que se desvive por todas sus hijas e hijos.
Amor es ser para el otro, morir a uno mismo y vivir en y por los demás. A-mort, no sin muerte, que despeja todas las banalidades pseudorománticas y se encarna, amar hasta que duela, que conmueva los huesos, que movilice.

Por ese amor dejamos de ser esclavos para gozar la noble libertad de los hijos de Dios, don y misterio. Por ese amor la historia se transforma y todo puede encontrar un sentido trascendente y definitivo.
Por ese amor nace la alegría, la verdadera alegría, firme y frondosa que no se cae aún en las tormentas bravas de la existencia, mansa alegría que permanece y, muy especialmente, alegría que se nota en la mirada y en los gestos.

Permanecer en el amor de Dios es vivir como Jesús vivía, amar como Jesús amaba y nos ama, alegrarnos sin desmayos como identidad primordial de la fé que se nos ha concedido, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Los frutos asombrosos de la Gracia
















Para el día de hoy (22/05/19):  

Evangelio según San Juan 15, 1-8






En cualquier árbol, pero más especialmente en una vid, es menester quitar las ramas que se han secado, madera seca que sólo sirve para las brasas. En la madera seca se evidencia lo que se ha muerto, y esa esterilidad arrastra a las ramas sanas, roba espacio y quema energías de savia buena, cuyo fin es vivificar toda la vid.

En cambio, la madera verde es bien distinta. En ella se evidencia que por sus profundidades la vida corre como un río caudaloso, madera que palpita, madera que cumple felizmente su destino de ofrecer las mejores uvas, los mejores racimos.
El misterioso destino de vino, vino de la vida celebrada, vino sanguíneo y santo, deja de ser una promesa difusa y uno puede imaginarse a los comensales en el ágape universal de los hermanos.

La madera verde denota otra cuestión primordial, y es su firme unión como sarmiento a la vid que le confiere su presente frutal, la presencia de una savia que no se detiene, que le hace florecer brotes nuevos y buenos en todo tiempo.

El viñador a menudo ha de podar las ramas de madera verde para que se incrementen sus frutos, que ya son numerosos. No es cuestión aritmética, sino más bien de que cada sarmiento pueda brindar todos los frutos que su capacidad primera augura en promesa, aunque la poda a veces sea molesta, dolorosa. Quitar lo que ha muerto, lo que impide crecimientos, es tarea propia de un viñador que no se aferra a productivismos, sino que ama profundamente a esa viña que constantemente vivifica.

Porque el viñador es también savia santa que corre por la madera verde.

La promesa del Señor es asombrosa. Dios con nosotros y Dios en nosotros, templos vivos del Dios de la Vida.

Paz y Bien

Paz de los corazones, legado del Señor















Para el día de hoy (21/05/19):  


Evangelio según San Juan 14,  27-31a





Todos aquellos que hemos sufrido la pérdida de un ser querido, solemos atesorar las últimas palabras, gestos y momentos de quien se ha ido. A menos que la memoria nos juegue una extraña pasada -porque la memoria está condicionada por los sentimientos- esos recuerdos tan valiosos no se convertirán en pasto de olvido.

El Maestro lo sabe, porque es conocedor como nadie del corazón humano y más especialmente de aquello que anida en las honduras de los suyos. Él está por partir de la manera más dolorosa e ignominiosa, morirá como un delincuente abyecto y marginal -poco que ver con el Mesías glorioso que ellos aguardaban- y para ellos vendrán días de miedo y soledad. Aún deben pasar por el éxodo de la Resurrección para descubrir que Él se vá para quedarse de manera definitiva.

Por ello mismo, a contrario de un mundo que se precia de elegir el mal menor, Él les hereda un bien mayor, su paz. No es un cúmulo de buenas intenciones, ni una paz mundana, la paz que supone ausencia de conflictos, pax imperial sostenida a fuerza de las armas, paz que se define por el miedo y la necesidad de sobrevivir, paz que encuentra su hogar primordial en los cementerios.

La paz de Jesús de Nazareth es Shalom universal que siempre es comienzo, renuevo, hija dilecta de la verdad y hermana gemela de la justicia.
Shalom de tierra prometida, de no resignación -jamás-, de humildad y mansedumbre, de devoción al hermano, de glorificación a Dios en los pobres y pequeños, de seguir adelante con todo y a pesar de todo, la inmensa fidelidad de morir para que otros vivan.

Paz y Bien

El fuego del Espíritu seguirá alimentando por siempre el rescoldo de la fé que nos sustenta














Para el día de hoy (20/05/19):  

Evangelio según San Juan 14, 21-26 









Normas y códigos. Preceptos y observancia. Libros y formación. Todo ello es bueno, es dable y recomendable.
Los problemas comienzan cuando dejan de ser medios y se convierten en fines, en techo, en absolutos. Pero nosotros, por el bautismo, tenemos un destino distinto, un destino que debe ser edificado -nunca escrito en soledad-, un destino que tiene por techo los cielos, el infinito.

Adherir a una idea o a un sistema de ideas, comprometiendo toda la vida, también es laudable. Tiene que ver con compromiso, con renuncia a medias tintas. Y cuando se trata del ámbito religioso, ese sino valioso se incrementa.
Por supuesto, no podemos ignorar aquí los fundamentalismos de cualquier laya. Tienen todos en común el absolutismo del desprecio hacia el otro, hacia lo que es distinto o disidente, su carácter exclusivista y sectario, su justificación de toda brutalidad. En gran parte, suelen enraizar en lecturas lineales sin trascendencia, y en el ámbito cristiano -en la misma Iglesia- no nos son desconocidos estos crueles extravíos.

Pero cuando hablamos de fé cristiana, todas esta cuestiones quedan en un segundo plano. 
La fé cristiana es mucho más que una creencia, es decir, mucho más que la adhesión a las enseñanzas de Jesús de Nazareth; aquí redundaremos un poco, afirmando sin ambages que esa adhesión en sí tiene un rasgo muy valioso.
Porque la fé cristiana es don de Dios, don y misterio, e implica unirse de manera totalmente personal a ese Cristo que es nuestro hermano y nuestro Salvador. Es dejar que la presencia de Cristo en la propia existencia nos transforme de una vez y para siempre, y que cada día sea un milagro pleno de asombros. Es vivir como Él vivía, amar como Él amaba, y guardar en el corazón y en la cotidianeidad sus enseñanzas no tanto por pertenecer...sino porque amamos. Porque le queremos sin desmayo.

Fé que es don y misterio de amor, porque nos descubrimos hijas e hijos amadísimos de ese Dios del universo cuyo rostro resplandece en Jesús de Nazareth, y a partir de esa primacía actuamos en consecuencia amorosa.
Así, se disuelven todas las tentaciones de fronteras que el mundo gusta de imponer. La familia se agranda por amores, no por número ni por adeptos. Y porque nunca estaremos solos.

El fuego del Espíritu seguirá alimentando por siempre el rescoldo de la fé que nos sustenta.

Paz y Bien

Hacerse ofrenda para que otros vivan
















Quinto Domingo de Pascua

Para el día de hoy (19/05/19):  

Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34-35 









Como si de un hito se tratara, de una frontera divisoria que separa territorios, así sucede en la lectura de hoy con la salida de Judas Iscariote del ámbito de la Última Cena. 
Una mirada superficial indicaría que todo se desata desde una traición y el terrible escenario de una derrota total, porque traiciona siempre el que tiene cercanía cordial, el hermano, el amigo, el propio y nó el extraño, el foráneo, el que no es nuestro. Por ello las traiciones suelen ser tan demoledoras, porque la confianza raigal se pisotea en pos de otros intereses y sin importar ni medir las consecuencias.

Extraño tiempo el inaugurado por este Cristo, que aún traicionado persiste -tenaz y locamente- en hablar de amor. Porque la salida de Judas dá inicio a la Pasión, y es precisamente en la cruz donde el grano de trigo caerá para dar fruto.
Ese fruto asombroso es el producto de la muerte del grano de trigo, la vida que se ofrece sin límites ni condiciones porque se ama la vida, y más aún, se ama a Aquél que dá la vida y por quien la vida tiene sentido.

Amor sin adjetivos, a -mort, mucho más que un sentimiento aunque pueda albergarlo. Amor que no se cuantifica, pues responde a la misma infinita esencia de Dios, inconmensurable. 
Se trata, nada más ni nada menos que de morir/se sin reivindicar el horror de la muerte pero tampoco de absolutizar esta vida. Se trata de hacerse ofrenda para que otros vivan, aferrarse sí pero al amor de Dios, la vida eterna entre nosotros.

La comunidad cristiana ha de carecer de credenciales y rótulos. Su identidad se revela en plenitud en el amor que practica y expresa en lo cotidiano, alabanza real y concreta, humilde glorificación de Aquél que nada se reserva para sí.
Mucho más que un reglamento, que una tabulación de estricto y obligatorio cumplimiento, el Maestro nos deja en herencia un mandamiento nuevo que el pueblo de Israel no desconocía, el amor al prójimo. Sin embargo es nuevo porque nueva es esta alianza sellada con sangre, porque no es autorreferencial, porque inaugura el tiempo absoluto en donde el verdadero poder radica en el servicio, donde se derrota al yo buscando la bendición en el nosotros, donde el borde riguroso del par se desdibuja por esa familia grande de los hermanos y amigos del Señor.

Paz y Bien

Cristo, presencia constante de Dios
















Para el día de hoy (18/05/19) 

Evangelio según San Juan 14, 7-14








La pregunta de Felipe nos involucra, nos representa y nos conmueve con su crudeza: quiere ver al Padre pero no ha sabido verlo en Jesús de Nazareth. Se ha quedado en la manifestación externa que es valiosa, pero que requiere la profunda mirada de la fé que trasciende la superficie del signo visible y se dirige a los planos sobrenaturales que están fecundando los días.

En el pedido de Felipe subyace uno de los interrogantes mayores de la humanidad. En tiempos tan secularizados como vivimos, quizás no tenga demasiada relevancia -todo parece haber perdido gravitación- pero en todo corazón anida el deseo y las ganas de trascendencia, el ansia de ir más allá de la biología, la búsqueda de las respuestas a las preguntas primordiales: de dónde venimos, adónde vamos, por quién.

El secularismo es un veneno seductor que socava los corazones, quizás sin demasiadas señales pero con un persistente dolo que cercena miradas y coarta horizontes; de ese modo, todo parece acotarse a lo que puede palparse, a lo que se percibe por los sentidos, a lo empírico.
Sin embargo y muy especialmente en los últimos veinte años, la confluencia de los medios tecnológicos masivos inauguraron otra vertiente igual de peligrosa, lo virtual, mundos que no se corresponden con la realidad más profunda del ser humano, ilusiones que todo condicionan pues detrás de la re-presentación se esconde la verdad, esa misma que nos hace libres.

Aún así, como un sucedáneo banal de fuga ad nauseam, el mundo propone el sopor conveniente de pseudo doctrinas que todo banalizan, supersticiones disfrazadas de modernidad que nos aislan y en las que no hay ni un ápice de fraternidad, de justicia, de misericordia. En esas supersticiones no tienen espacio el otro, el prójimo, el hermano.

La vida cristiana, el seguimiento de Cristo nos apresura, nos urge a mirar y ver la realidad con otra mirada, ojos profundos capaces de reconocer las huellas santas de Dios en la historia. Y esas huellas pueden felizmente encontrarse también fuera de los ámbitos de la Iglesia, de la fé cristiana.

La Encarnación motiva nuestra esperanza, un Dios tan involucrado en nuestras cosas que se ha hecho tiempo, historia, vecino, un Hijo queridísimo que acampa entre nosotros.

Paz y Bien

Cristo camino, verdad y vida para todos los pueblos

















Para el día de hoy (17/05/19):  

Evangelio según San Juan 14, 1-6









Una clave fundamental para bucear en las profundidades del Evangelio para este día la encontramos situándonos en ambiente y lugar: la enseñanza del Maestro acontece durante la última Cena, ágape de despedida de un Cristo que está a las puertas de la Pasión y de la muerte, un Cristo que se irá, unos discípulos demolidos de tristeza y confusos, enredados en imágenes antiguas. En cierto modo Jesús de Nazareth les está dejando su herencia, y por ello no se acota a los Doce sino a los discípulos de todo tiempo y lugar.

Dios nunca ha dejado solos a los suyos. Lo encontraban en la nube que acompañaba a los peregrinos en el desierto, lo escuchaban en la voz fuerte de los profetas, lo reverenciaban en el ámbito sagrado del Templo de Jerusalem. Sin embargo, en los últimos tiempos -tan nuevos, tan definitivos- ese Dios ya no estará en la nube distante, y la voz de los profetas será plenamente justificada y renovada en Jesucristo su Hijo, presencia real de un Dios que se encarna, se hace hombre, pariente, vecino.

Con un Dios tan cercano se produce un nuevo éxodo, un desplazamiento del Templo de piedra al Templo vivo que es Jesús de Nazareth, la perfecta casa de oración que no ha sido mancillada por los traficantes y ladrones de fé, morada ofrecida por el Padre a todos los hijos.
La casa del Padre tiene muchas habitaciones, tantas como caracteres e identidades quizás encontremos en esos hijos, la palpitante diversidad que se nutre del mismo tronco raigal, la caridad; patria definitiva en donde habitaremos para siempre, viviendo plenamente la vida misma de Dios, un modo pleno de existencia más que la mera descripción de un lugar físico.

A esa patria prometida nos conduce el Maestro: la puerta ha sido abierta por el sacrificio inmenso de su vida ofrecida en la cruz. Es preciso descreer de esas cuestiones mágicas, instantáneas, clicks de los corazones. Todo tiene su tiempo y su proceso, su germinación y su crecimiento hasta el tiempo santo de la cosecha, y es en el durante, en el mientras tanto que debemos seguir andando, a paso firme, sin claudicar ni desfallecer.
Cristo, nuestro hermano y Señor, es precisamente el camino para llegar a la casa del Padre, camino para no quedarse, verdad para encontrar destino, sentido y libertad, vida que nos despeje todas las muertes que nos aquejan.

La morada de Dios no es una locación espiritual post mortem, una difusa promesa para el después, sino que se intuye y se comienza a saborear en lo cotidiano. Dios se brinda a sí mismo aquí y ahora.

Paz y Bien

La identidad plena de Cristo con el discípulo














Para el día de hoy (16/05/19):  

Evangelio según San Juan 13, 16-20









Ya habían pasado varios centenares de años, pero su memoria seguía viva. A todas esas tribus de esclavos libertos que se iban acrisolando como pueblo en los calores del desierto, el Dios desconocido se revela, a través de Moisés, como un Dios que es y está, Dios Yo Soy que es un mensaje de envío hacia tierras soñadas, Dios de liberación, Dios de esperanza.

Del mismo modo, ese Cristo servidor se revela a los suyos, y en ese Yo Soy que se comprende únicamente en su plenitud a través de la fé, revela su plena identidad con el Dios de Moisés, Dios de Abraham, Dios de Jacob, Dios de Israel, Dios del universo. Jesús es Dios y Dios es Jesús.

Pero como recién se señalaba, es una cuestión de fé. No resulta nada fácil para esos hombres reconocer como su Salvador y su Dios a un Maestro que descubren como servidor y esclavo que nada reserva de sí mismo en la entrega generosa e incondicional de su vida a los demás. Ellos esperan a un Salvador glorioso, revestido de poder absoluto, y nó a es humilde servidor que les lava los pies, en plena comida de despedida, pues se está despidiendo. Las sombras de la muerte, el espanto de la Pasión están sólo a un paso.

Sin embargo, esa identidad absoluta entre el Padre y el Hijo se revela en plenitud en el Cristo servidor de sus amigos y hermanos.

La plenitud, la felicidad, se enraiza en el amor. Y amor es salir de sí mismo, sin guardarse nada, yendo al encuentro servicial de los demás. Descubrir y reconocer al prójimo desde la caridad. Y así, ramas frutales del mismo árbol de la vida, como hijas e hijos del Padre común, edificar un destino de libertad y una historia plena desde el servicio y la donación de la existencia.

Así entonces Pascua -el paso salvador de Dios por nuestro tiempo, paso de liberación- comienza por permitir que ese Cristo nos lave los pies. Para andar con nueva pisada, con pasos renovados hacia tiempos mejores. Nosotros hemos de andar: de todo lo demás, Él se encarga.

Paz y Bien

Cristo, palabra de vida y palabra viva














Para el día de hoy (15/05/19):  

Evangelio según San Juan 12, 44-50






La Palabra de Dios es Palabra de vida y Palabra viva que nos habla hoy, nos interpela, nos despierta y con frecuencia nos pone evidencia.
Así el Evangelio es Buena Noticia y enseñanza del Maestro en un presente perpetuo, en el siglo I, en nuestros días y en los días de aquellos que vengan tras de nosotros hasta el retorno final del Señor.

En la lectura que la liturgia del día nos ofrece nos encontramos con un Cristo que eleva su voz, que enarbola un grito dirigido no solamente a esos hombres empecinados en el odio y en la incredulidad en el Templo de Jerusalem, sino a todas las gentes de todos los tiempos, entre los que nos encontramos también nosotros mismos.
Su grito realza la importancia fundamental de lo que revela, para que no se pase por alto, para que se escuche y no se olvide, y es que quien cree en Cristo cree también en Dios, el Padre. Dios es Jesús y Jesús es Dios, la fé en Cristo y la fé en Dios son indivisibles. El Padre y el Hijo son uno.

Mensaje para los creyentes: la fé en Jesucristo no se agota en una creencia, en una idea abstracta a la cual se adhiere. La fé en Jesucristo es, precisamente, seguir a una persona, a la persona del Resucitado, sacerdote eterno, puente hacia Dios.

En el Templo, unos enormes hachones iluminaban la imponente construcción y su fulgor se distinguía a varios kilómetros de distancia. Justamente allí, el Maestro se presenta como la luz del mundo; la luz no es ya un hecho físico ni una expresión alegórica, sino la persona de Jesucristo que nos tiende desde un amor infinito la voluntad salvadora de Dios para todos los pueblos. Para que nadie se pierda, para que florezca la Gracia y despunte un sol de justicia, para que la muerte no se afinque por todas partes, pues en Cristo se revela el amor incondicional que Dios tiene por toda la humanidad.

Paz y Bien

La fraternidad, espejo y don del amor infinito de Dios

















San Matías, apóstol

Para el día de hoy (14/05/19):  

Evangelio según San Juan 15, 9-17 








Lejos de cualquier escuela o grupo formal, con arcanos, idiomas y rituales peculiares, los discípulos de Cristo -la Iglesia- se saben asombrosamente bendecidos en la invitación a seguir los pasos del Maestro, porque esa invitación es, ante todo, vivir su vida, amar como Él amaba, servir como Él servía a los demás, ser fiel hasta las últimas consecuencias. 
Porque el discipulado -la vida compartida con Cristo y los hermanos- es fruto del amor infinito entre el Padre y el Hijo que se trasmite a todas las hijas e hijos de manera incondicional. El amor de Dios es ágape, vida que se expresa dándose, viviendo por y para los demás, sin excluir jamás el sacrificio si con ello se sorteara cualquier intento de menoscabar o socavar servicio y ofrenda de la existencia.

Discipulado es vida de Dios comunicada a pura bondad.

La gran diferencia, el gran éxodo radica ahora en que los discípulos lo saben, y lo saben porque conocen: Cristo ha revelado todo, nada se ha guardado para sí, fiel al extremo como ese Dios que es donación absoluta, eternidad que se hace historia en un niño en brazos de su Madre.

Y porque los discípulos conocen, a su vez se re-conocen en la mirada del Maestro. La desproporción entre la pequeñez humana y la eternidad de Dios es abismal. Dios es el totalmente Otro.
Pero un puente se ha tendido, Cristo sacerdote definitivo que nos dice que a pesar de todo, de tan mínima nuestra estatura, somos valiosísimos en el corazón sagrado de Dios. Todos lo somos, y es ese amor entrañable lo que confiere sentido y trascendencia a la existencia.

Más aún, ese reconocimiento enteramente personal está revestido de una cualidad primordial, y es la libertad.
Discipulado implica mujeres y hombres libres de toda cautividad, amigos antes que empleados, servidores antes que mercenarios de ocasión. Nuevos vínculos se forjan al calor de la Buena Noticia.

El discipulado también es fecundo. No es solamente un ejemplo fundante de un momento remoto, sino que se actualiza constantemente en el amor de Dios que es presente puro, y en la reciprocidad que nos atrevemos a ejercer y que dá frutos entre los hermanos, porque Dios nos ha amado primero.

Paz y Bien

Los buenos pastores se reconocen por la salud de sus rebaños











Para el día de hoy (13/05/19):  


Evangelio según San Juan 10, 1-10 






Cada vez que nos acercamos a la Palabra de Dios, es menester ejercer cierto tipo de prudencia que es la de dejar en los umbrales todo tipo de preconceptos. Quizás, uno de ellos en este caso sea el pensar que el Evangelio para el día de hoy tiene por destinatario principal la clerecía o aquellos que tienen una función eclesiástica específica, en un momento puntual.
Solemos olvidar el carácter de catolicidad, es decir de universalidad, y el mandato de Jesús de Nazareth de llevar la Buena Noticia a todas las naciones y todos los sitios. Más frutal es, entonces, embarcarnos en la nutricia reflexión sabiendo que Dios nos habla hoy y nos habla a todos.

El Maestro se valía de situaciones y lugares conocidos por sus oyentes para enseñar y revelar los misterios del Reino de Dios y de ese amor infinito, y nosotros en ese aspecto nos hemos quedado muy lentos en el diálogo con las mujeres y los hombres de hoy. La Buena Noticia ha de anunciarse a partir de lo que las gentes saben y conocen, semilla asombrosa que ha de crecer imparable y frondosa.
El conocía bien qué sucedía en la Judea del siglo I, en la realidad de todos esas mujeres y hombres que le escuchaban con atención: tierra rocosa, semi desértica, en donde más que espacios de cultivo hay tierras de pastoreo, la crianza del ganado ovino devenía fundamental, especialmente en la producción de lanas para el vestido y para el comercio.
En ese trabajo, los pastores desarrollaban sus tareas con el rebaño asignado a menudo por años, y obviamente llevaba a un conocimiento muy particular del pastor y las ovejas, y a vínculos muy profundos entre ellos.

En esas aldeas judías, solía haber un gran corral comunitario en donde todos los rebaños de la vecindad se juntaban por una cuestión de protección; pero, a su vez, dentro de ese corral grande había pequeños rediles en donde cada rebaño específico tiene su sitio. Esos espacios particulares no tienen portón o tranquera, sino sólo una pequeña abertura en la que el pastor tendía su manta, convirtiéndose él mismo en puerta, en acceso pero a la vez en protección de esas ovejas que conoce bien. El pastor protege y se hace puerta del rebaño con su cuerpo, con su propia vida.
Por eso los verdaderos pastores tienen un imperecedero perfume a oveja, tal es su cercanía y su contacto.

De ese corral y de cada redil salia cada rebaño a pastar. En medio de la multitud de ovejas, no es impensable que muchas de ellas se extravíen. Pero las ovejas conocen bien a su pastor y éste a su vez las reconoce a cada una, y evita que se pierdan llamándolas por su nombre, un nombre que es identidad única, irrepetible e intransferible.

Si nos detenemos un momento, hablamos de ovejas, que no de borregos sumisos amontonados en un espacio en donde todos son una masa informe. Hablamos de ovejas plenas, que no están encerradas para su venta o para que no escapen, sino que habitan un recinto amplio en donde cada una es reconocida en su subjetividad primordial, en su carácter personal, en donde hay protección, con-vivencia y reconocimiento entre ellas.

Hay que volver a confiar en las ovejas, si señor.

El rebaño no es propiedad del pastor, el pastor sólo es servidor eficaz y dedicado de esas ovejas que son de Alguien infinitamente mayor.

Y las ovejas saben reconocer la voz señera y clara del Buen Pastor; hay muchas otras voces de ladrones y apropiadores que sólo buscan su beneficio. Por eso los buenos pastores se reconocen por la salud de sus rebaños.

Hoy celebramos a los buenos pastores pero,más aún, a los buenos rebaños.
Todos pertenecemos al mismo Dueño que hará lo imposible por la felicidad de pastores y ovejas.

Paz y Bien

El Buen Pastor nos sale al encuentro en cada encrucijada de la vida














Domingo Cuarto de Pascua 

Para el día de hoy (12/05/19):  

Evangelio según San Juan 10, 27-30





Hay cosas que se dan por supuestas en el vertiginoso acontecer diario, una uniformidad sin matices, sin detenerse a la reflexión, perdiendo el sentido. Es comprensible, pues en lo habitual se prioriza la pura praxis y la eficiencia por sobre todo lo demás, pero así se extravía cualquier atisbo de orientación. 
Así nos sucede con lo que pasa alrededor, pues es mucho lo que oímos pero quizás poco lo que escuchamos.

Oír remite a una función sensorial, biológica en la que no media la voluntad; a menos que utilicemos algún instrumento hecho para eso o padezcamos alguna patología incapacitante, el oír es una cuestión prácticamente refleja, automática.
Muchos de nosotros, insertos sin remedio en la locura mórbida de la vida moderna en las grandes urbes, solemos estar agobiados de tantas cosas que oímos, y por desgracia se nos hace costumbre, la bulla habitual que no tiene demasiado sentido o que está allí puesta ex profeso para desviar la atención, para mirar para otro lado, para andar siempre distraídos, embarcados en batallas vanas que no son nuestras sino impuestas por los poderosos. Pero lo verdaderamente grave es que perdemos la capacidad de disfrutar el silencio y, más aún, la capacidad de la escucha, de la escucha atenta que puede cambiar todo. Escuchar con atención al hermano, al pueblo, a Dios.

La lectura del Evaangelio que hoy nos convoca se desarrolla en Jerusalem, durante la celebración de la Fiesta de la Dedicación -Hannukah-: en ella se hacía memoria y se renovaba el festejo de la victoria de Judas Macabeo y sus hermanos sobre las tropas invasoras del rey Antíoco Epífanes., quien en el ámbito sagrado del Templo había erigido un altar para adorar al dios Zeus. De allí el nombre de Dedicación: se purificaba el Templo de toda profanación y se lo volvía a dedicar al culto del Dios de Israel.
Como festividad, poseía un doble cariz religioso y nacionalista, pues se restaauraba la fé verdadera y se liberaba al pueblo del yugo extranjero, despejando toda posible contaminación con no judíos o gentiles profanos/paganos. Con el correr de los años, esa fiesta cuyo núcleo era la grata memoria de la liberación devino en una elitista reivindicación exclusivista que rechazaba y expulsaba todo asomo de gentilidad o extranjería, por somero que éste fuera. 
Por ello es que los dirigentes religiosos judíos estaban furiosos con Jesús de Nazareth: su predicación, su enseñanza que Él declaraba producida por su total identidad con el Padre contradecía todos esos postulados. Para ellos, ese rabbí galileo pobretón y sin pergaminos estaba subido a lomos de una blasfemia brava, pues el Dios que presentaba era un Padre que a todos llamaba y aceptaba sin excepciones, un Dios Padre de la humanidad, de todos los pueblos, inclusive esos que ellos despreciaban con fervor. 

Para la cultura de ese tiempo, la imagen del pastor es corriente, y en lo simbólico tiene una carga decisiva. Sin embargo, para esos hombres -tremendamente piadosos, religiosos profesionales- tienen una función de pastores del pueblo de Israel, pero en un sentido de propietarios pastoriles por su lado, y en el escalón del pueblo de una sumisión sin desvíos, manada que se lleva de un lado hacia otro sin cuestionamientos, ovejas que oyen las órdenes y son llevadas según los caprichos y el sometimiento establecido de un lado hacia otro, masa informe de bajo valor.

Nada más opuesto a la predicación del Maestro.

Mientras esos hombres consideraban al pueblo que conducían su propiedad, y le imponían intolerables reglamentos -una Ley interpretada múltiples veces- como medio para acceder a los favores divinos, Jesús de Nazareth se presenta como Buen Pastor, servidor generoso e incondicional de sus ovejas al punto de dar la vida por ellas, ovejas a las que ama y respeta, ovejas que pueden correr el riesgo de extraviarse porque son libres, y que son felices porque la única mediación para llegar a Dios, a su plenitud la encuentran en Cristo.

Puede que tengamos que oír un cúmulo de cosas. Las trampas mundanas, las tentaciones del poder, el egoísmo masificado, las vanidades que desdibujan rostros e identidades.
A pesar de todo, aún con nuestras limitaciones y quebrantos, escuchamos la voz del Buen Pastor y lo reconocemos, pues sabemos que para Él todas las ovejas, sin excepción, son importantes, ninguna vale menos, ninguna ha de perderse, todas han de resplandecer en justicia y caridad frente a ese Dios que nos sale al encuentro en cada encrucijada de la vida.

Paz y Bien

Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna















Para el día de hoy (11/05/19):  


 
Evangelio según San Juan 6, 60-69









Era fácil estar con el Maestro en los momentos de éxito aparente y fama merecida; las gentes lo seguían y querían coronarlo Rey,especialmente cuando alimentaba a miles con panes y pescado, cuando sanaba enfermos, cuando hablaba de Reino y liberación. Ellos ansiaban permanecer allí, querían ser parte de ello.

Sin embargo, cuando Él les revela que el Hijo del Hombre -el Hijo de la Humanidad- será glorificado en el cadalso, en medio del espanto de la Pasión, todo se les vuelve contrario a lo que añoraban, a sus esquemas de gloria e imperio, de poder temporal, de derrota de los enemigos.

Por ello expresan que sus palabras son demasiado duras, y que nadie puede escucharlas.

La cruz es locura y escándalo, y por ese principio de amor, de servicio, de Salvación muchos han de dejarlo, de partir, de regresar a lo cómodamente viejo. No se atreven a ninguna novedad, prefieren la seguridad de sus prisiones antiguas a la libertad incierta de este rabbí galileo.

Pocos se quedan con Él, junto a Él, y Pedro -en nombre de los discípulos- se sincera; ¿adónde irán?. A pesar de todo lo que no comprenden, de esas pretendidas contradicciones, lo saben: las palabras de eternidad, la respuesta a los interrogantes primordiales, el saciar ese hambre de estar vivos sólo puede venir de Él.

Sólo Él tiene palabras de vida eterna, de vida perpetua, de vida sin límites, de vida plena.

Señor, ¿a quien iremos?

¿A los fariseos de todos los tiempos, puntillosos y exactos en las normas de piedad, tenaces negadores del hermano?

¿A los que prometen paraísos terrenales mediante la violencia?

¿A los profetas de la prosperidad, portavoces del dios mercado?

¿A los tenaces propaladores de dogmas pero no de personas, a los renegados de cualquier solidaridad, a los fugados de toda compasión?

Sólo Tú tienes palabras de vida eterna





Paz y Bien

Dios encarnado, Dios ofrecido en cuerpo y sangre para la vida del mundo















Para el día de hoy (10/05/19):  

Evangelio según San Juan 6, 51-59 











En la mentalidad semítica el término carne remite a veces a la parte comestible de los animales, y a veces a una parte del cuerpo humano, y por trasposición, carne entonces refiere a la totalidad del cuerpo, al ser humano viviente.
En ese ámbito amplio se encontraba Israel, en la que su fé terciaba en todas las cuestiones. Así carne será todo el cuerpo, y la sangre -Lv 17, 11- es en donde se afinca la vida, es decir, la vida está en la sangre. Por ellos las estrictas normas nutricionales prohíben taxativamente consumir sangre de cualquier tipo o forma, muy especialmente puesta la atención en la cocción de las carnes de animales. Su significado siempre es místico, pues no se puede transferir energía o vida en la sangre, pues Dios es siempre la única fuente de la vida.
En resumen, hablar de cuerpo y sangre es hablar del ser humano vivo en su totalidad.

Esos hombres que critican con fiereza a Jesús de Nazareth, más que confundidos o estupefactos, están escandalizados. De ningún modo pueden tolerar lo que Jesús ofrece, aunque fuera -y no lo es- una figura simbólica o literaria. En un plano realista, implicaría que para comerse a ese Cristo -el texto original del Evangelio habla de masticar, trogein- primero habría que desangrarlo. El árbol de la cruz, tan cercano y definitivo, nos impone sin violencias un respetuoso silencio que es estruendoso, que todo lo dice.

Dios encarnado, Dios hecho hombre que se ofrece en la totalidad de su ser como pan y como vino, las penas y miserias del mundo sobre sus hombros para que todos vivan, cordero sin mancha ofrecido para que la muerte pase de largo, para que la muerte retroceda.

Los discípulos y seguidores del Señor, reunidos en mesa fraterna de hermanas y hermanos, se reunirán en memoria suya y en la concreción del amor absoluto. Dejarán de lado espiritualizaciones que encierran y alejan, celebrando la Encarnación de Dios para la salvación de la humanidad, un Dios que se desvive para que no haya más crucificados, pan compartido y vida ofrecida agradecida, porque es el Espíritu de Dios el que fecunda la historia y la humanidad, savia que nos recorre las venas y los corazones.

Paz y Bien

La levadura santa de la caridad













Para el día de hoy (09/05/19):  

Evangelio según San Juan 6, 44-51







Nada podríamos decir acerca de Dios. Apenas unos balbuceos incomprensibles y lejanos, tan inmenso es Él.
Aún desde una perspectiva ajena a la fé -por ejemplo, fenomenológica- la idea de divinidad es contraria a cualquier tipo de descripción, de definición en tanto que de-finir es marcar o establecer los límites abarcativos de la razón.

Dios es el Totalmente Otro respecto de nuestra finitud y nuestra pequeñez. Mudos totales somos a la hora de hablar de Él, y quizás el misterio no sea un arcano de trasfondo oscuro, sino un mar infinito sin orillas que no puede dibujarse, pero cuyos sonidos y frescores son perceptibles si se pone atención.

Mudos somos, y por ese mutismo Dios se hace Palabra, Verbo que se comunica por entero, Logos encarnado.
Cristo es ese Verbo que se despoja de su divinidad y se llega a estos rincones oscuros que ocupamos, a través de todas las barreras en apariencia insalvables, a través de los férreos velos de los tiempos, a través de las oscilaciones de la historia. Todo cambia y se disuelve, pero ese Dios que llega y se queda -amor perpetuo- permanece para siempre.

Se ha hecho uno más entre nosotros. Niño pobre de aldea perdida. Rey caminante sin posesiones ni palacios. Médico de todas nuestras dolencias. Compañero de todos nuestros caminos. Go'El de todas nuestras prisiones. Pan en nuestra mesa, la ofrenda mayor.

Dios se ofrece como alimento irradial que convoca a toda la humanidad, no a un número selecto de creyentes.

En el memorial de los hermanos y discípulos del Verbo de Dios, se hace real su Presencia en panes ázimos de blancura única, de sinceridad, de transparencia, de verdad, Dios con nosotros sin condiciones.

Pan ázimo de la Gracia, pan ázimo para celebrar nuestra liberación de la muerte. Pan ázimo de la Pascua definitiva.

Pan ázimo, pan sin levadura, porque está en nosotros agregar la levadura santa de la caridad que todo lo transforma, esencia misma de Dios.

Paz y Bien

Somos de la Virgen Gaucha, nomás














Nuestra Señora de Luján, Patrona de la República Argentina


Para el día de hoy (08/05/19):  


Evangelio según San Juan 19, 25-27








Los datos, cuando se quita cierta pátina bucólica, se muestran duros, quizás contradictorios. Y es que el milagro de Nuestra Señora de Luján acontece tras andar la carreta por rutas clandestinas de contrabandistas y portando, junto con las imágenes de la Inmaculada Concepción, la siniestra carga de un esclavo, el Negro Manuel, que había nacido en Cabo Verde. Capturado en sus tierras, fué vendido como una mercancía más.

Es duro conciliar, desde eesa cruda perspectiva, milagros, señales de Dios en la historia.

Pero siempre hay otra mirada posible desde la fé, y desde la fé tenemos la serena alegría, la humilde certeza que Dios teje la historia con la gente desde los bordes, que hace música aún cuando haya pentagramas torcidos, que a pesar de todas las tinieblas siempre la luz se abre paso.

Y la Madre del Señor nos lo confirma.

Ella no tiene casa propia, nunca la ha tenido. De niña, vivía con sus padres; ya mujer, su casa era la del carpintero de Nazareth. Al pié de la cruz, como ofrenda absoluta de Cristo, nos brinda a los creyentes el tesoro de su Madre. Desde allí, su casa estará en el hogar de los hijos.

Su presencia tenaz, su ternura obstinada es la mejor de las señales que se prolonga firme a través del tiempo, y nos dice que todos somos hijos, que nadie sobra, que el sueño de Dios es la felicidad de todas sus hijas e hijos, su plenitud, una vida que no se acabe y que florezca en justicia y compasión.

La Madre del Señor, la Virgen Gaucha, continúa estando firme al pié de todos los hijos, especialmente de los más pequeños, de los pobres, de los olvidados, allí donde transcurre su vida cotidiana y los congrega bajo el signo cierto de pertenencia familiar, de raíces fraternas.

Desde estos arrabales y para toda la Iglesia, celebramos amor y presencia que nunca se resigna, y entre sus manos orantes se ampara la Patria, y por eso, confiados, le suplicamos a su corazón purísimo que le hable al Hijo de todos nosotros, y que nunca abandonemos nuestro destino de sal y de luz, para mayor gloria y alabanza de Dios.

Nuestra Señora de Luján, ruega por nosotros.

Paz y Bien

El hambre santo del cuerpo de Cristo
















Para el día de hoy (07/05/19):  

Evangelio según San Juan 6, 30-35 






El pasado es importante si es historia que fundamenta y proyecta el presente, y si de esa historia se ha aprendido y aprehendido lo que en verdad es valioso. Pero, aunque suene redundante, el pasado cobra sentido en tanto que tal, es decir, en tanto que uno puede mirar hacia atrás. 
Cuando ese pasado se replica ad nauseam hacia adelante, el presente se desdibuja en una dialéctica perversa de repetición -cuando no también patológica-, y bloquea toda posibilidad de edificar futuro.

Y hay otra cuestión, no menos importante, aunque la herramienta literaria suene banal: las glorias pasadas son importantes, pero los partidos deben ganarse cada día. Vivir el presente sin desmayos, como el Dios de Jesús de Nazareth, el que es.

Esas gentes sencillas, frente al enorme asombro del pan multiplicado que sacia el hambre de miles, reivindican su pertenencia al pueblo elegido por un pasado glorioso al que se aferran: en este caso, se trata del maná del desierto que sostenía sus vida, procurado según ellos por Moisés.
En la misma línea de lo expresado, el memorial es dable y noble. Más aún, es vital. Los problemas comienzan cuando esa memoria se estratifica e impide cualquier otra mirada posterior. Ellos se quedaron con el maná que guardaba la supervivencia de sus padres en el desierto sin poder ver -o querer ver- nada más.
Así se aferraban al signo e ignoraban el sentido fundamental de ese signo, el amor de Dios por su pueblo.

El maná sostenía la existencia en días en que vivir era casi imposible, y esa garantía expresaba la bondad de ese Dios para con los suyos. Sin embargo, y a pesar de ese alimento providencial, esos peregrinos habían muerto.

El Maestro, con una paciencia de la que carecemos, les enseña a ver más allá de las apariencias. 
Hay un hambre que no puede ignorarse ni tolerarse, el hambre impuesto, la necesidad justificada por razones inhumanas, el sufrimiento no elegido y razonado. El hambre que no se elige como ofrenda a Dios y a los hermanos ha de ser entre nosotros una gravísima injuria, intolerable, inexcusable.

Pero hay un hambre deseado, necesario, imprescindible. Hambre de justicia y fraternidad, de compasión y bondad, hambre de eternidad, de Salvación.
El maná del desierto era, en resumidas cuentas, un objeto que fué parte de su historia. Ahora es tiempo de pasar de los objetos a un sujeto, a la persona de Cristo que sacia el hambre fundamental de todos los pueblos, pan del presente, pan de una cena pascual que está vivo y presente en la mesa de los hermanos.

Paz y Bien

Convocados por Cristo a vivir en comunidad

















Para el día de hoy (06/05/19):  

Evangelio según San Juan 6, 22-29






Ellos andaban a los tumbos. El Maestro parecía tener una capacidad elusiva impresionante, pues cuanto más se empeñaban en seguirle y encontrarle, más se les escapaba y lo encontraban de manera inesperada.
En parte, es la consecuencia de ocuparse de lo coyuntural y tan a menudo fútil -miradas cortas-: ellos mismos son los que pretendían, a la fuerza y merced a cierta interpretación tortuosa del milagro de la multitud alimentada, coronarle rey de Israel.
Pero los caminos del Señor no son suyos, como tampoco los caminos de Dios son los nuestros.

En ese Espíritu de libertad absoluta que impulsa a Jesús de Nazareth, Él siempre llega primero y nos sorprende, pues no llegamos a entender cómo lo hace.
Pero Él sabe que esa pregunta no es demasiado importante, lo raigal es aquello a lo que el corazón se aferra. Lo que permanece o lo que perece, lo perenne o lo vano.

En demasiadas ocasiones buscamos a un dios aspirina que nos alivie los quebraderos de cabeza en que, en nuestras torpezas, nos solemos sumergir. O el dios calmante, aquél que es objeto de frenéticas súplicas en los momentos difíciles, para que nos aplaque las tormentas y ya, no más que eso. O el dios terapeuta que nos resuelve algún que otro conflicto, para seguir boyando entre nimiedades y sinsentidos que son rutina, cotidianeidad sin sazón, harina sin fermento que nunca será pan bueno.

Muchos dioses o, mejor dicho, muchas caricaturas de dioses fingidos así buscamos. Pero en nada tienen que ver con el Dios de Jesús de Nazareth.
Este Dios se revela como amor, es decir, un Dios que de continuo sale de sí mismo, y en nada se reserva, y que se desvive por los demás, Dios de la vida donada sin condiciones, Dios de la generosidad y la bondad absolutas.

Habitamos los limitadísimos terrenos del yo, del egoísmo, de universos muy menores de los que no creemos soles, y allí -precisamente allí- invertimos los reales valores de las cosas, de lo que perece, de lo que permanece, de lo que en verdad es eterno. Y es preciso emigrar, hacer un éxodo sin regresos a los confortables platos de comida de los esclavos.

El paso salvador de Dios por nuestras vidas nos impulsa hoy a descentrarnos de nosotros mismos, que se nos expanda ese universo hacia infinitos en donde no hay cotos de tiempo, donde el sol que nos haga girar sea ese Dios, cuya luz destella en Cristo, nuestro hermano y Señor, comenzar a creer de verás, una fé que es don y misterio de confianza y que es respuesta a ese llamado primordial a vivir plenos junto a los hermanos.

Paz y Bien


El liderazgo único de la caridad















Domingo Tercero de Pascua

Para el día de hoy (05/05/19):  

Evangelio según San Juan 21, 1-19








Desde los Doce discípulos iniciales, pasando por la traición de Judas, nos encontramos hoy con siete de ellos, cada uno con sus caracteres puntuales, con su personalidad, con sus lealtades y quebrantos: ello simboliza la unidad en la diversidad de la barca de la Iglesia, mientras el número siete su universalidad.

Varios de ellos, antes de la vocación a la Buena Nueva, habían sido pescadores de ese mar en el cual navegaban, pescadores de oficio, pescadores expertos. 
Habían tenido la experiencia del encuentro con el Señor Resucitado, pero esa Pascua aún no había calado hondo en sus corazones, pues en ellos persistían las viejas ideas, los antiguos esquemas, la vida anterior que ya se había dejado atrás. Por ello, que se embarquen con ganas de pescar implica un regreso a lo anterior, cierto retroceso en pos de buscar la tranquilidad de lo conocido, volver a ser simples pescadores en desmedro del llamado e invitación sagrados a ser pescadores de hombres.
La preponderancia de Simón Pedro, llevando la iniciativa y la voz cantante, intenta destacar a nuestra mirada la importancia de la iniciativa y misión del pescador galileo y de todos los Pedros que a través de los tiempos le sucederán.

La noche refleja sus ánimos confusos y los esfuerzos vanos -la pesca estéril- son signos contundentes de una Iglesia que olvida y que no navega con Aquél que es luz del mundo. Aún así, es imperativo no desesperar y seguir, no aflojar, no bajar los brazos porque el amanecer de la presencia sagrada del Resucitado nos arrima a las orillas de la Gracia, a la tierra firme de la Salvación. Él está allí a pesar de que a veces no seamos capaces de verlo, de reconocerlo desde las lejanías que solemos poner para un resguardo propio sin sentido ni destino.
La ausencia de comida es el alma que languidece sin la Palabra y sin el Pan de Vida. Pero Él está allí, fiel, incansable. Como bien lo sabía María de Nazareth, hay que hacer lo que Él diga.
Así entonces los esfuerzos no devienen inútiles, así las redes desbordan de peces de toda forma y tamaño. Esas redes jamás se romperán: si la Iglesia se mantiene unida y fiel, esas redes tendrán el entramado absoluto de la caridad.

En la lejanía, el Discípulo Amado -la comunidad cristiana- reconoce la presencia del Señor, fé y amor en mixtura de esperanza que no se resigna, y Simón Pedro ha de escuchar siempre a ese discípulo amado que reconoce desde el amor al Cristo Viviente en todas las orillas de la existencia.

Ceñirse los vestidos, en aquellos tiempos, poseía el valor simbólico de alistarse para la batalla. Pedro sólo lleva una túnica, reflejo de una desnudez interior aparejada por las veces que negó con rapidez al Maestro en las horas de la Pasión. 
Aún así, se ciñe lo poco que tiene pues emprenderá la más difícil de las batallas, que es la que se libra contra el propio ego.
Aún así, se arroja sin vacilaciones a las aguas, y mientras nada sucede su bautismo definitivo, las aguas lavan su alma, tiene el coraje de la fé en el Cristo que lo espera y no lo abandona.

La mesa está tendida. Es un desayuno que alivia el luto/ayuno de la muerte, es el ágape cordial del Resucitado, del pan de los hermanos, el pan del servicio, el feliz anticipo de la mesa definitiva.

Las preguntas que el Resucitado le realiza a Pedro parecen demudar de tristeza al pescador galileo; no hay recriminaciones ni castigos, pero al pescador le pesan los quebrantos pasados. Por eso mismo, las preguntas son una enseñanza y también una liberación: a pesar de todo, el perdón hace historia las miserias e inaugura futuro y compromiso que estará signado por el amor a Aquél que nos amó primero, misión de paz para los hermanos, misión de servicio antes que de jefaturas, misión que a menudo es cruz que se asume con serena alegría porque Cristo le confía el cuidado de lo que más quiere, su rebaño, sus ovejas.

Paz y Bien


Presencia sagrada, Cristo sobre todas las turbulencias de la vida
















Nuestra Señora del Valle

Para el día de hoy (04/04/19):  

Evangelio según San Juan 6, 16-21









Ya se había alimentado a esa nutrida multitud en el campo, en medio de la nada. Todos se habían saciado y quedaban doce canastas llenas. Los discípulos, entre tanto, se dirigieron a la costa y se embarcaron en una barca -quizás la de Pedro- en dirección a Cafarnaúm que se ubicaba en el otro margen del mar de Galilea, probablemente a la casa familiar de Andrés y Pedro.

El primer dato importante es que ellos van solos. La ausencia de Jesús de Nazareth a bordo es ante todo cordial: la multitud, montada en el potro bravo de la euforia, había intentado coronar al Maestro como su rey, un monarca poderoso que escuche a los pobres y dolientes, un rey de gloria que restaure la nación judía libre de todas las opresiones que la aplastan. Los discípulos estaban muy cerca de esos pareceres, pues también ellos tenían enquistada esa imagen de un mesías que se impondría por la fuerza a los enemigos, un caudillo santo, un jefe incuestionable; no habían comprendido el verdadero y real carácter mesiánico del Señor. Por eso es que van solos y por eso es que el Señor se vá, pues le es ajeno el poder mundano, los rótulos vanos, lo que aquí se considera superior.

Así también cada vez que nos borroneamos un ídolo falso a medida de nuestras necesidades, y no dejamos que Dios sea Él mismo en nuestros corazones. Eso es navegar solos por acción, por elección y también por omisión.

La noche cerrada remarca la ausencia de Cristo en la barca. Las oscuridades y tinieblas que lastiman a tantos desde la frágil barca de la Iglesia indican también el olvido del Resucitado, la indifelidad a quien se ha quitado del navegar hace ya tiempo.
El fuerte viento que agita el mar y las tranquilidades señala que el calado es pequeño, que la barca es frágil, que las tormentas nos superan con facilidad. A veces quizás sean dables y deseables los temporales para recordar lo pequeños que somos, la debilidad que nos constituye.

Un Cristo que camina apacible sobre las aguas turbulentas los reviste de temor, pero no es un miedo a un fantasma ante sus ojos, ni a un espíritu confuso que los confunde. Él expresa sin ambages -Yo Soy-, expresión divina del santo Nombre de Dios, cuya presencia despeja todos los males que aquejan y acosan las existencias de los hombres.
El temor de los discípulos es reverencial pues son testigos de una teofanía, de una inequívoca manifestación de lo divino, y contra toda especulación llegan a buen puerto, llegan a la costa, una costa que en el maremagnum del miedo les parecía demasiado distante pero en realidad estaba cercana.
A veces en las crisis nos parece que todo termina allí pues se nos disuelven las perspectivas y se nos desdibuja el horizonte.

Pero la presencia poderosa del Señor jamás nos abandona, el mismo Señor que nos sana de todas las dolencias, el mismo Señor que multiplica los panes y nos colma de Dios.

Quiera el Espíritu que recuperemos una honda capacidad de reverenciar esa presencia sagrada y salvadora de Dios en todo nuestro andar, en el pan compartido, en medio de su pueblo.

Paz y Bien 


Cristo camino con rumbo, verdad que nos hace libres, vida plena sin límites















Santos Felipe y Santiago, apóstoles

Para el día de hoy (03/05/19):  

Evangelio según San Juan 14, 6-14











Cristo camino, verdad y vida.
Camino con rumbo, con horizonte concreto para no extraviarse.
Verdad que nos hace libres, que nos rescata de todas las tinieblas erróneas.
Vida plena, vida sin límites, vida que traspone todas las fronteras inmanentes de la muerte.

Todo lo que el Maestro enseñaba, todo lo que hacía, todo lo que decía -desde el mínimo gesto hasta la señal más asombrosa- invariablemente Él refería a su Padre. Toda su existencia es transparencia e identidad con su Padre. En todo lo que Él dice y hace se descubre al Dios del universo.

En el pedido de Felipe subyace uno de los interrogantes mayores de la humanidad. En tiempos tan secularizados como vivimos, quizás no tenga demasiada relevancia -todo parece haber perdido gravitación- pero en todo corazón anida el deseo y las ganas de trascendencia, el ansia de ir más allá de la biología, la búsqueda de las respuestas a las preguntas primordiales: de dónde venimos, adónde vamos, por quién.

La invitación del Maestro implica cierto coraje.
La fé es un salto de trascendencia sin redes de seguridad, pero sin peligros de lastimarse. Las verdaderas heridas son las ocasionadas por cotidianidades opacas, en donde sólo cuenta el más acá, en donde el límite es la muerte como horizonte final y en donde el sentido se regula por la fría razón y los parámetros impuestos por la lógica.

No está nada mal guiarse por la razón, pero en la dinámica del Reino hay más, siempre hay más.

Hay una realidad trascendente e infinita que se deja encontrar, y que está allí nomás, traspasando el umbral de lo evidente.

La gran diferencia, lo que es decisivo es que el acceso a esos campos infinitos no se procura a través de doctrina ni de acciones tabuladas, ritos prescritos y fijos. La puerta es una persona, Jesús de Nazareth el Resucitado.

Conocer, ver, hacer son matices y ramas fragantes del árbol de la vida, la fé, que es don y misterio.
Actuamos de un modo determinado porque creemos, porque creer no es una cuestión de adhesión a pensamientos sino porque el encuentro con una Persona nos ha transformado de una vez y para siempre. Dios es Jesús y Jesús es Dios.

Dios por estos campos desolados. Dios con nosotros. Dios por nosotros. Dios en nosotros.

Nunca estaremos solos. Todo lo podemos en Aquél que se ha quedado a nuestro lado para siempre.

Paz y Bien

La eternidad, don de Dios, comienza aquí y ahora













Para el día de hoy (02/05/19):  

Evangelio según San Juan 3, 31-36 








Cristo, el que era, el que es, el que será por siempre es Aquél que viene de lo alto, quien está por sobre todos. En Jesús de Nazareth Dios se manifiesta en toda su plenitud pues su identidad con el Padre es absoluta. Dios es Jesús y Jesús es Dios.

Por los parámetros limitados de nuestra razón, adjudicamos características físicas o geométricas a las cosas divinas, es decir, lo alto, lo bajo. Es natural que así sea, y más aún, puede resultar un auxilio al tiempo de sumergirnos en honduras espirituales: la contemplación del cielo es una muestra cabal de ello.

Pero este Cristo nos sorprende con la ilògica del Reino. Viniendo de esas alturas se hace demoladoramente bajo, Dios que se abaja. Siembra eternidad en el vino nuevo de las bodas, en la multitud saciada, en los enfermos sanados, sentándose a la mesa con los descartados de toda laya, servidor como un esclavo, manso y paciente, que muere como un criminal en la cruz para que nadie más muera, para que no haya más crucificados.

Esa humanidad extrema de Cristo es el compromiso inclaudicable del amor de Dios para con toda la humanidad.

Como discípulos y seguidores del Maestro, del Resucitado que está a la derecha del Padre y vivo y presente entre nosotros, nuestro testimonio es una declaración de eternidad todos los días, a cada instante, en cada palabra y en cada silencio, en cada gesto y cada acción, obreros de la compasión y la misericordia.

Porque la Salvación, la eternidad, comienza aquí y ahora.

Paz y Bien

San José Obrero, las santas manos del trabajador














San José Obrero

Para el día de hoy (01/05/19):  

Evangelio según San Juan 3, 16-21








Hoy la Iglesia que también es la familia grande del carpintero nazareno, nos propone reflexionar acerca de su vida, su existencia generosa, la ofrenda de su ser a través de la santidad del trabajo.

Los Evangelios no nos traen ninguna palabra pronunciada por José de Nazareth, pero su silencio es más que elocuente. Su silencio es estridente, manso grito de justicia, alegre despertar de todos los letargos del mundo. Es un silencio decidor de cosas que vale la pena escuchar, de cosas que es necesario escuchar.

Que es noble el esfuerzo por lograr el sustento, y que la dádiva limosnera de los poderosos es una afrenta ignominiosa.

Que el trabajo es mucho más que la obtención del salario, que es un derecho que no debe avasallarse ni coartarse por ciertas variables de costos y beneficios, miseria razonada esgrimida por ciertos cultores de libertades falsas, libertad para unos pocos, pobreza para muchos.

Que las manos callosas de las mujeres y los hombres honrados brindan las mejores caricias, y en cada gesto dispensan humildemente bendiciones a su paso. Y celebran y engalanan la existencia. Jamás se rinden ante la corrupción.

José de Nazareth nos afirma cada día que aunque se escuche atronadora la llamada a degüello, no hay que resignarse. Contra toda señal de abismos infranqueables, hay que seguir aferrándose a la vida tenazmente, con fervor enamorado. Y jamás, jamás, hay que dejar de soñar.

Nombrando a Dios cada día, a un Dios tan cercano como un Hijo que se ama hasta los huesos, ternura sin desmayos, esperanza que se talla con paciencia. Porque Dios te reconoce desde siempre en tu taller nazareno, y lo encontramos atentamente enfrascado en los mismos trajines cotidianos en los que se decide nuestra existencia.

Y cuando llegue el tiempo de partir, irnos felices y plenos de haber cumplido con la misión que se nos ha encomendado, sin estridencias ni esperando reconocimientos, felices en la justicia que es ajustar el alma al corazón sagrado de Dios.

San José Obrero, patrono de los trabajadores, grato custodio de nuestra fé y nuestros esfuerzos, ruega por nosotros.

Paz y Bien  

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