Con Cristo, para que el descarte humano no sea costumbre
















Para el día de hoy (21/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 30-20, 16







Las parábolas, literariamente, son relatos figurados o comparaciones que conducen desde la verosimilitud de lo que se narra a una realidad que en ellas no está explicitada. Si ello lo trasladamos al modo en el cual Jesús de Nazareth enseñaba, las parábolas son ventanas que nos vá abriendo para asomarnos a la infinita realidad de las cosas de Dios, del Reino. Por ello es muy importante no confundir medios con fines, es decir, las diversas figuras que utiliza en la comparación con la inmarcesible luz que se nos ofrece, con ese Dios absoluto que se hace uno de nosotros.

En el caso de la lectura para el día de hoy, ello aplica a esa persistente tendencia que nos desvía la mirada y que tanto daño provoca, y que es aferrarse a la literalidad, a interpretaciones lineales sin profundidad, a la pura letra. Allí comienzan los fundamentalismos, allí no hay sitio para el Espíritu ni para el hermano.
No debería importar tanto la pura letra como la pura Gracia.

Así entonces el Dios de Jesús de Nazareth no es un rico terrateniente que se ajusta al clásico modelo de clases sociales que someten mediante salarios que, a menudo, apenas alcanzan para la supervivencia luego de deslomarse de sol a sol.
Nada de eso. El Dios de Jesús de Nazareth es muy extraño: pudiendo enviar a mayordomos o capataces, sale al encuentro de los trabajadores muy de madrugada, cuando a éstos todavía no se les ha despejado el sueño de sus rostros, Dios del encuentro en nuestros amaneceres, Dios de nuestras existencias y nuestros esfuerzos, Dios al alba.
Dios que también sale a des-horas, a horarios irrazonables, cuando el trabajo ya está en plena marcha.
Dios que sí, cuando el día finaliza, llama a gente de su confianza para que busque a los que aún no están.
Dios escandaloso, Dios derrochón que paga generoso con monedas generosas de igualdad a aquellos que han llegado tardísimo, en igual medida a los que llegaron primero.

Volviendo por un momento a la literalidad, no es descabellado imaginarnos entre el grupo de quejosos. Esa espiritualidad retributiva, esa teología meritoria que expresa el reclamo por lo que en más o en menos merecemos de acuerdo a nuestros esfuerzos. Ello estaría de acuerdo a la búsqueda de justicia humana, pero en verdad la Gracia de Dios es escandalosa en su abundancia incondicional, a pesar de lo mucho o poco que nos merezcamos. El Evangelio es cosa de locos.

Quizás por ello, al modo de las señales de las rutas, nosotros deberíamos proclamar y señalar un rotundo ceda el paso. A la manera de la desmesura de la cruz, hacerse último para que las hermanas y los hermanos que languidecen en el olvido final y el descarte humano avancen hacia adelante, hacia la dignidad fraterna de las hijas y los hijos de Dios, para allí juntos celebrar la fabulosa locura de amor del Dueño de la viña, que paga según la escala inmensa de su corazón sagrado.

Paz y Bien

Nuestra herencia es la vida eterna
















Para el día de hoy (20/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 23-30








Lejos de cualquier parcialización o de cualquier lectura lineal, es muy importante situarnos en el escenario de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, y es la continuidad literaria y sobre todo teológica de la conversación entre Jesús de Nazareth y el joven rico.
Por ello mismo la necesidad de no caer en una perspectiva apológica de cierta clase de pobrismo -especialmente el que se impone y no se elige-, o la trampa de ideologizar y aplicar a la Buena Noticia categorías sociológicas y hasta ideológicas respecto de ciertas clases sociales.

Lo cierto es que en aras del falso dios Dinero se realizan sacrificios humanos pues se aniquila al prójimo. Lo cierto es que no se puede servir a dos señores, a Dios y al Dinero. Lo cierto es que en esas cuestiones se juega nuestra vocación infinita de ser libres, con la libertad de los hijos de Dios.

Los discípulos están más que preocupados. Ellos, si bien han dejado familia y bienes siguiendo los pasos de Cristo, aún se aferran también a determinadas cosas, y ese aferrarse es similar a las limitaciones que se autoimpone el joven rico. Las viejas ideas, los viejos esquemas, un corazón que paulatinamente envejece porque se per-vierte, es decir, que no se con-vierte.

Lo saben en sus corazones, y la razón no puede indicarles otra cosa: la carga de las propias miserias es tal que nadie, desde una lógica mundana, de justicia retributiva, puede salvarse. Nadie.
Y es verdad. A la Salvación no se la adquiere, por ella ya ha pagado con su propia vida, el costo mayor, Cristo en la cruz por todos nosotros.
Porque la Salvación es don y misterio del amor de Dios, y nó fruto de nuestros meritos ahorrados.

Lo cierto es que nosotros vamos montados a lomos de otros camellos. Lo cierto es que en esta monta atravesaremos todos los ojos de agujas.
Porque vamos en la feliz montura de la Gracia, del amor infinito de un Dios que es Padre y que nos sale al encuentro, de un Dios que todo lo puede y para el que no hay imposibles.

Nuestra herencia -inmerecida, generosa, asombrosamente desproporcionada- es la vida eterna, plena, feliz, en los brazos del Dios que nunca se resigna.

Paz y Bien

Salvación, don y misterio en comunidad












Para el día de hoy (19/08/19) 

Evangelio según San Mateo 19, 16-22






No puede cuestionarse la honestidad del joven rico que interpela a Jesús, de ninguna manera. Es sincero en sus planteos, y denota un hambre tenaz de plenitud, de volverse completo en humanidad, de trascendencia, de vivir para siempre.
Ha cumplido sobradamente con lo que le han enseñado sus mayores, y practica desde hace siglos su pueblo, que caracteriza su identidad única mediante la relación con su Dios: él ha cumplido con los mandamientos, los ha guardado sin ambages, pero aún intuye que hay algo más. Porque con Cristo hay más, siempre hay más.

Pero ese joven porta un problema y se afirma en un error. Su problema no son sólo los numerosos bienes que posee, sino quizás el pretender que sea más definitorio el tener que el ser. Y a la vez, su error estriba en el postulado inicial, y en el modo en que lo expresa: quiere saber el modo de acceder a la eternidad, y en todo momento habla de sí mismo.

La dinámica asombrosa de la Gracia no se ha afincado en su corazón. Porque la Salvación es, ante todo, don y misterio antes antes que premio o adquisición, acto infinito de amor, de la bondad de Dios. Y siempre está intrínsecamente relacionada a la familia, a la vida en comunidad cuando florece el nosotros, donde es más importante el tú que el yo.

Liquidar los bienes y dar el producto a los pobres es tender con confianza lazos hacia la misma sintonía de Dios. Es hacer espacio en el corazón, para desprenderse con alegría de todo lo que perece, y llenarse de los tesoros definitivos que son la compasión, la misericordia, la solidaridad, corazones capaces de poblarse de hermanos.

Y así, con el alma ligera de tantas cosas gravosas, irse tras los pasos libres del Maestro, hacia campos de plenitud.

Paz y Bien


Cristo, Sagrado Corazón en llamas













Domingo 20º durante el año

Para el día de hoy (18/08/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 49-53







Acaso por la persistente imagen bucólica y pueril de un Cristo dulcificado en ciertas imágenes, se nos puede antojar ajena y controversial la escena que contemplamos en el Evangelio para este día, un Cristo encendido de palabras sin ambages, que habla de fuego, de angustia, de negación de la paz, de división.

Más es necesario superar la pura letra y adentrarse en el significado profundo, en la enseñanza de los corazones. 
El dramatismo explícito que expresa el texto se corresponde con la intensidad del mensaje que se envía, y nos encontramos ante un Cristo que habla y grita en pura profecía, y como en todo discurso profético esa intensidad puede acarrear luces y sombras, emociones y pasiones y algo de sana confusión que nos espabile de todos los adormecimientos mundanos que nos hacen aferrarnos a lo que no cuenta, a lo que perece.

Quizás por ello el fuego que el Maestro trae no se refiera al Espíritu Santo sino más bien a la honda presencia del Reino que no admite medias tintas ni liviandades, que separa las aguas, un fuego que es crisol y que también nos purifica de todo lo que nos arraiga a las oquedades sin luz, el fuego que enciende la existencia de Jesús de Nazareth y que lo moviliza, casi doliéndole en los huesos.
Así avizora en el horizonte los horrores de la Pasión, el terrible cáliz que debe beber íntegramente y que no eludirá. Su angustia es profundamente humana, la angustia de la espera, la ansiedad de que llegue el momento crucial, como un soldado en las horas previas a la batalla.

A pesar de la sangre que se derramará, ese fuego no se apagará y seguirá encendido en aquellos que sigan los pasos de Cristo. 
La fé cristiana, vivida en plenitud, enarbola desde las entrañas ese fuego sobre la tierra, un fuego sin banalizaciones ni excusas ni relavitismos patológicos. De un lado o del otro.

Ese fuego del compromiso divide, separa, acarrea conflictos pues no transige con los vanos floreos dialécticos de poder del mundo, que suelen replicarse especialmente en la cotidianeidad, porque la fé cristiana no es tanto el sostenimiento o la adhesión a un corpus doctrinal sino muy especialmente la unión e imitación de la persona de Cristo. Vivir como Él vivía, amar como Él amaba, en todo escucharle, hacer lo que Él diga, amar, servir.

Quiera Dios que estos fuegos nunca se nos apaguen, para mayor gloria y alabanza suya.

Paz y Bien

El misterio infinito de un Dios Abba


















Para el día de hoy (17/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 13-15









Habituados a contemplar a las multitudes que llevan a la presencia de Jesús de Nazareth a sus enfermos y dolientes para que los sane, sorprende un poco que el Evangelista haga mención a que unas madres, en esta ocasión, lleven a la presencia del Maestro a sus niños para que Él les imponga las manos y rece sobre ellos, es decir, confían en que por Él llegará a sus hijos la bendición de Dios, fuerza, gracia, protección y buena ventura.

Los discípulos se enojan y reprenden ese pedido, y a los niños que se acercan al Señor. No son ajenos a la mentalidad de la época que infería que un niño no era un ser humano completo, como tampoco carecía de dignidad la mujer: sólo el varón adulto era digno de la Ley, y por ello, de presentarse orgulloso ante Dios. Tal vez, quizás, porque como todo niño pequeño provocaban alegre bulla y ellos, tan circunspectos, se escandalizaban que un clima así invadiera la solemnidad del magisterio del Señor.
En ese mismo criterio, los niños no tenían otro derecho que aquél que provenía de su padre, ninguno propio.

Pero el Maestro, desde siempre, reivindicó los derechos de las mujeres, tratándolas como hermanas e hijas, con plena atención y delicadeza, aún cuando nadie las tomara demasiado en cuenta. Con los niños también.
De ninguna manera iba a aceptar que se menoscabara la dignidad de los pequeños, tan hijos de Dios como el que más.
Pero hay más, siempre hay más.

Tal vez los niños deban aprender muchas cosas, crecer, desarrollarse como hombres y mujeres, pero sin lugar a dudas comprenden y viven mejor que muchos la realidad del Reino, la presencia bondadosa de un Dios que es Padre. Ellos pueden disfrutar sin escándalos ni complejidades abstractas el misterio infinito y amoroso de Dios Abbá.

El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios parcial que tiene preferidos, que no es neutral, que inclina su rostro abiertamente a los niños y a los que son como ellos, los pequeños, los que no han perdido su capacidad de asombro, los que se regocijan con ganas frente a la llegada de los regalos -la Gracia-, los que confían sin quebrantos en ese Padre que los ama y no los abandona.

Paz y Bien

Matrimonio, comunidad de vida y amor















Para el día de hoy (16/08/19):  

 
Evangelio según San Mateo 19, 3-12





La discusión iniciada por los fariseos no es sólo con el ánimo de hacer quedar mal frente al resto de los oyentes a Jesús de Nazareth, sino que se trata de una querella encubierta: una respuesta errónea, heterodoxa, desviada de la recta doctrina imperante sería una causal para el juicio y la condena por el Sanedrín, en cuanto violación flagrante a la ley de Moisés.

Ahora bien, entre los mismos fariseos persistía durante décadas cierto disenso, según se siguiera la escuela rabínica de Shamai o de Hillel, cada uno con una exégesis muy dura respecto de los preceptos mosaicos. Sin embargo, coincidían en varias cuestiones. Por un lado, discutían la licitud del divorcio desde el punto de vista del varón, pues la mujer carecía de derechos. Por otro lado, y esto es crucial, su fundamentalismo había antepuesto la Ley a todo lo demás, de tal modo que el Dios en el que creían se volvía cada vez más inaccesible y simultáneamente manipulable en el cumplimiento puntilloso de las normas.
En una mirada así, no hay ninguna posibilidad de noticias nuevas, es decir, el Dios Abba de Jesús de Nazareth es inaceptable y afrentoso.

Quizás por ello el Maestro discute con ellos en sus mismos términos y desde su misma perspectiva, para tratar de que regresen a lo primordial que es el Dios que inspira a las Escrituras y no la Ley que dibuja una caricatura de Dios.

El Dios de Jesús de Nazareth es amor, es amor que se entrega totalmente y sin reservas, y es ese amor, expresado en el matrimonio, el que no puede diluirse ni disolverse. Ese amor no ha de tener quebrantos, por más esfuerzos en contra. Precisamente éso les señala el Maestro a sus inquisidores: es la dureza de los corazones humanos lo que llevó a las rupturas.
Matrimonio es converger hacia un mismo horizonte eterno y trascendente, conjugando dos existencias -con todas sus diferencias y particularidades- en una vida nueva unificada libremente, una vida que se expande y multiplica, en donde lo sexual es muy importante como decir amoroso de los cuerpos mas nó lo único.

Por muchos motivos, esa conjunción -cónyuges- suele estamparse contra muros y quebrarse, con mucho dolor. Allí se establece una divergencia, un girar cada uno por su lado, una frustración de los sueños de ternura del Dios de la vida. Porque el matrimonio es esa convergencia/planta que se edifica, germina y crece en el día a día, con paciencia, con tolerancia, con el fértil reniego de uno mismo, en la afanosa y grata búsqueda del nosotros al encuentro de Dios.

Pero no podemos quedarnos en la postura legalista.
A no dudar que el matrimonio es indisoluble, pero a no dudar de la posibilidad de levantarse de los que han caído. En caso contrario, el amor queda reducido a un libelo codificado que se decide en los tribunales.

Todos, indefectiblemente, somos esclavos esperanzados de la misericordia de Dios.

Paz y Bien

Asunción de María: motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza















La Asunción de la Virgen María

Para el día de hoy (15/08/19):  


Evangelio según San Lucas 1, 39-56









Celebramos la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, preanuncio y certeza de todas las plenitudes ofrecidas incondicionalmente a toda la humanidad. Celebramos que no somos solamente una idea, una entelequia, una mente escindida, sino que los cuerpos tienen destino de eternidad, que los cuerpos también son sagrados. Celebramos que tenemos un destino infinito de felicidad total, interminable. Celebramos que, a pesar de lo exigua que es esta vida terrena, no hay un fin porque hay más, siempre hay más.

Esa alegría interminable que se consuma en el más allá se comienza edificando en el más acá, día a dia, segundo a segundo.
Porque por la Resurrección de Cristo y con María de Nazareth tenemos la certeza incoercible de que la muerte es éxodo y nuevo comienzo, que no final. Aquí estamos de paso nomás, peregrinos en estos caminos tantas veces ensombrecidos.

En este peregrinar se nos suelen trabar los pies en el fango del dolor, del que provocamos y del que nos infringen. Retrocedemos por la carga de nuestras mezquindades, nos sometemos a los egoístas y temerosos designios de la comodidad.

Pero Ella no se amilana, ni baja los brazos.

La Asunta es María de Nazareth, esposa de José de Nazareth, Madre de Jesús, Madre de Dios, esposa, madre, hermana y discípula fiel. María es presencia que alumbra nuestras incertidumbres, espejo perfecto de Aquel que es la luz, señal cierta de que estos cuerpos a veces dan doblegados no son sólo un envase que se descarta, sino más bien templos vivos con promesa inquebrantable de eternidad.

Ella enciende nuestras esperanzas desde el milagro de la solidaridad y el servicio.
Ella es la testigo espléndida de todo lo que Dios quiere hacer por nosotros, pura bondad y ternura, la Gracia de todos los asombros.
Ella nos vuelve a decir sin cansancio que Dios está muy cerca, que siempre cumple sus promesas, que su sueño es la liberación para que todas sus hijas e hijos sean felices, que tiene prefiere abiertamente a los pobres, los pequeños y los humildes, un Dios que hace que la vida florezca, crezca y se expanda, un Dios que derriba a los poderosos de sus tronos.

Ella es pequeña, pequeñísima. Sin embargo, en su corazón fecundo por la Gracia caben todas las ansias, alegrías y dolores de todos los hijos, y aún hay más lugar.

Ella se puso en marcha hacia el Hijo que supo llevar en sus entrañas, Ella es certeza firme de reencuentro definitivo, Ella es fé y es abrazo, Ella es confianza y es vida siempre creciente, Ella le habla al Hijo del vino que nos anda faltando.

Porque donde está la Madre, está el Hijo, está la vida, está el motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza


Paz y Bien

Iglesia, espacio sagrado de perdón y reconciliación














Para el día de hoy (14/08/19) 

Evangelio según San Mateo 18, 15-20








Por la certeza de la presencia del Señor, a partir de la verdad comunitaria de dos o más reunidos en su Nombre, la Iglesia es espacio sagrado de Salvación. Y es Cristo el que convoca, el que re-une, el que edifica comunidad junto a hombres y mujeres que le sigan.

Quizás los mecanismos institucionales sean necesarios, y con ellos las tabulaciones y normas disciplinarias. Los problemas comienzan cuando estos procedimientos se ponen por delante o en desmedro de lo que verdaderamente cuenta, la fidelidad y la misericordia.

Los frutos mejores de ese ámbito sagrado, entonces, han de ser el perdón y la reconciliación, señales ciertas del cuidado recíproco, de la búsqueda del hermano, de la paciencia respirada.

El perdón sana y cierra heridas; y como toda cura, no es cosa sencilla, pues es multicausal y a su vez produce varios efectos. Especialmente el derribo de los muros de egoísmo y de orgullo, y el reencuentro de los alejados. Es cierto que no es fácil, pero mucho peor y terrible es el rencor.
El perdón no es solamente una cuestión de amores rituales, sino que tiene efectos concretos sobre la cotidianeidad, es decir, sobre la historia. Por eso, en tanto que surge de modo primordial del amor entrañable de Dios, el perdón es revolucionario.

Y la reconciliación es expresión del reencuentro, la venda de los corazones heridos, la posibilidad de un presente distinto y fructífero, y de un futuro en común con el hermano. Perdón no es desmemoria: perdón es la posibilidad de inaugurar una nueva historia, con todo y a pesar de todo y todos.

Quiera Dios que nos reconozcan y nos identifiquemos por las canastas asombrosas de perdón que seamos capaces de compartir.

Paz y Bien

Un Cristo plenamente identificado con los que no cuentan ni tienen voz propia












Para el día de hoy (13/08/19):  

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14










Los discípulos de Jesús de Nazareth estaban imbuidos de viejas ideas y prejuicios mundanos: a pesar de tantos caminos y enseñanzas recorridos juntos, no podían ocultar sus ansias de gloria, de poder, de dominio. De ese modo se embarcaban en profusas discusiones con el fin de averiguar quien, de entre todos ellos, era el mayor, el primero, el más importante, y en esos menesteres solían aflorar celos y envidias, flagrantes buscadores de prestigio y preponderancia.

La respuesta del Maestro es asombrosa. No se embarca en vanas disputas que no tienen nada que ver con el Reino de su Padre. Llama a un niño -un sirviente de la casa- y lo pone en el centro de toda atención, como medida de una vida nueva acorde a la Buena Noticia.
 
Aquí es necesario destacar una cuestión decisiva: un niño, en la mentalidad imperante del siglo I, no es solamente una persona de corta edad, sino que expresa al ser humano incompleto, irrelevante, insignificante, sólo valioso -a veces- para sus padres y para nadie más, alguien que no cuenta para nada y que carece de derechos reconocidos.
 
Por ello quedan en un segundo plano la ternura hacia los niños o cualquier voluntarismo de carácter ingenuo, pueril. Implica una opción decisiva por los que no son tenidos en cuenta por nadie, ponerse del lado de los que el mundo execra, una ruptura con ciertos esquemas de exclusión que están lejos de cualquier postura ideológica o social.
Se trata de conversión, de converger hacia los más débiles en fraterna solidaridad y servicial compasión, desertando de toda condescendencia.

Las estructuras son importantes, los reglamentos también. Las fórmulas tienen su relevancia simbólica, claro está.
Pero las claves de acceso al Reino están en otro lado. Se encuentran en las infinitas honduras del corazón sagrado de Cristo, un Cristo plenamente identificado con todos aquellos que a menudo no tienen rostro ni voz.

No se trata de posturas políticas. Se trata de la Buena Noticia.

Paz y Bien

La solidaridad que palpita en cada gesto del Maestro















Para el día de hoy (12/08/19):  

Evangelio según San Mateo 17, 22-27








Desde el regreso de la esclavitud y el exilio babilónicos, todos los varones judíos tenían la obligación de pagar dos dracmas para sostener el mantenimiento del Templo de Jerusalem y también el sostenimiento del servicio sacerdotal. Por ello era sumamente extraño que ningún hijo de Israel se negara a pagar este gravamen; de allí que tanto los discípulos lo pagaran, y la afirmación de Pedro de que el Maestro no se apartaría de las tradiciones y obligaciones de sus mayores, de su pueblo.

Sin embargo, el talante y tenor de las enseñanzas de Jesús requerían una explicación más profunda. Se trataba del respaldo efectivo al culto vigente, y eso confrontaba con cualquier novedad que Él anunciara, o más aún, el preguntarse en donde habría quedado lo nuevo del Reino.

Frente a toda especulación, sea cual fuere su grado mayor o menor de razonabilidad, lo verdaderamente importante es la libertad imborrable otorgada por ese asombroso vínculo filial dado, el de ser hijas e hijos de Dios. 
Cuando hay una raíz amorosa fundante, no hay imposición que valga, y todo lo que se impone a la fuerza se vuelve irremisiblemente ajeno. Para el Dios Abba de Jesús de Nazareth las cosas no se imponen, se ofrecen y proponen gratuitamente, sin condiciones, desde la ternura.
Porque hay una nueva relación que es la definitiva: las gentes no se vinculan ya con Dios a través del Templo enorme sino a través de la persona de Jesús de Nazareth.

El pez con la moneda de plata en la boca es símbolo entrañable de esa solidaridad que late en cada gesto, en cada silncio y en cada palabra del Maestro, signo manso de buscar el bien común desde la libertad y nunca desde el miedo. Él está indefectiblemente con nosotros.

Paz y Bien

Atentos y vigilantes, con el corazón y las manos en la historia














19º Domingo durante el año


Para el día de hoy (11/08/19):  


Evangelio según San Lucas 12, 32-48












Las palabras de Jesús de Nazareth a sus discípulos, unos pocos -muy pocos- en medio de multitudes que tienden a la masa disolvente a innominada, son palabras que encienden y sostienen la esperanza. Porque no sólo son pocos en número, sino que no tienden a lo multitudinario, a lo que se impone, a los conteos de adeptos o adherentes. Son la semilla escondida, la humilde levadura en la masa, la sal que dá sabor a la vida.

Son todos ellos y somos nosotros también los que estamos cuidados por la inmensa ternura de un Dios que inaugura un espacio definitivo, el Reino, recinto infinito que acontece porque Él mismo se entrega, se ofrece y nada se guarda para sí.

El pequeño rebaño se afirma en la ilógica de la pobreza mundana, en el poco afecto a los medios y las cosas, en el rechazo al dinero, porque el pequeño rebaño es inmensamente rico por la Gracia, por lo que permanece y no perece, por lo que se atesora dándolo y no se acumula.

Se está siempre atento, velante, en movimiento. Rebaño que se duerme y acomoda, que deja pasar los trenes de la existencia, es rebaño que se muere hacia dentro, higuera estéril que no dá fruto. 
Es cuidar que no se nos opaque el alma, es des-vivirse por el hermano, es respirar compasión y solidaridad en todo tiempo y a toda hora. Es portar pequeñas luces aún en las noches más cerradas.

Es menester dejar todo atrás., renegar de todas las imposturas y tentaciones.

Este tesoro que portamos es muy extraño: se acrecienta en tanto que se dá sin condiciones y se comparte con alegría.

Está todo en nuestras manos, así de pequeños y mínimos como somos, pero no estamos solos y el temor no puede detenernos,
Él vá por delante para guiarnos, detrás nuestro para protegernos y al lado nuestro para acompañarnos en cada paso de nuestras vidas.

Paz y Bien

La fuerza escondida en lo pequeño














San Lorenzo, diácono y martir

Para el día de hoy (10/08/19):  

Evangelio según San Juan 12, 24-26








Una amplia idea instalada y sostenida en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era la de un Mesías glorioso y revestido de poder que imponía la victoria de Israel mediante la derrota militar de sus enemigos, pura fuerza esgrimida y detentada. Si bien esto era reivindicado por la ortodoxia religiosa -escribas y fariseos- era ampliamente compartido por mucha gente, especialmente por los discípulos del Maestro.

Por ello, frente a los anuncios de la Pasión, de la muerte en la cruz como un criminal abyecto y marginal, como un epítome de todas las derrotas, sus discípulos se hunden en el estupor, y los fariseos se escandalizan. En sus estrechos esquemas es inaceptable que la muerte sea algo más que eso mismo, un final, y en este caso un final ignominioso.
Pero Cristo revela el rostro afable de un Dios que es Padre, de un Dios que es amor. Y amor es mucho más que un sentimiento, es ante todo la donación incondicional de sí mismo, de la propia existencia en favor de los demás. Dar la vida para dar vida.

Aún así, es menester que ellos entiendan, y la paciencia del Maestro no tiene límites ni cercenada su tenacidad.
Se vale para ello de una sencilla parábola que se origina en la experiencia campesina, en la semilla.

Semilla que como grano de trigo cae en tierra, y se esconde entre los pliegues fértiles del humus, abrazo cerrado de la tierra. Allí, en silencio se humedece y los procesos biológicos la pudren y deshacen.
Podríamos quedarnos con eso, claro está. Pero nos quedaríamos con la pérdida, la disolución, la degradación.

Sin embargo, hay más. Siempre hay más, hay que animarse a tener una mirada profunda.
A su tiempo, esa semilla que se deshizo se transforma, pequeñísimo brote oculto que asomará humilde por entre el surco marcado, tallo cimbreante, espiga dorada, pan de bondades.
En un pequeño grano de trigo acontece la plenitud, pues cumple en su totalidad un destino que lo sobrepasa y que está más allá de los escasos márgenes de sí mismo, arribando al pan bendito.

La Encarnación es la imagen primera de ese grano de trigo, la vida que se esconde en la fecunda profundidad de María de Nazareth, Dios que se encarna desde lo pequeño, de lo humilde, de lo que no cuenta.
El Hijo, que tiene los mismos ojos de la Madre, abre caminos ofrendando su propia vida como rescate de muchos.

Porque la vida, don de Dios, tiene una fuerza escondida en lo pequeño, en la ofrenda generosa, en la entrega incondicional para que un hermano -y un hermano pobre- viva pleno, dé un paso adelante, germine hacia la Salvación.

Paz y Bien

Con la cruz al hombro y el hermano en el costado
















Para el día de hoy (09/08/19) 

Evangelio según San Mateo 16, 24-28








Refresquemos por un momento lo que sabemos acerca de la cruz: eran el patíbulo elegido por el imperio romano, especialmente, para ejecutar a los reos condenados a muerte por los delitos más abyectos, a los criminales marginales. El mismo horror producido y la exhibición obscena del ejecutado a la vez tenían por objeto una clara intención disuasoria y amenazante, de tal modo de taladrar mentes y corazones con el metamensaje de si haces lo mismo que éste, así terminarás.
Por otra parte, la Ley mosaica estipulaba que todo ajusticiado de esa manera o por la horca se debía a pretéritos o cercanos pecados, y a su vez el reo era un maldito, un impuro mayor, el sambenito cruel de los maldecidos por el nefasto silogismos del por algo será.

Muerte, marginalidad y maldición parece ser la consecuencia directa de la cruz, y puede desatarse un temporal de emociones encontradas en nuestras almas porque es Cristo quien nos dice que quien lo siga -el verdadero discípulo- ha de negarse a sí mismo, renunciar a cualquier apetito personal y ponerse al hombro esa cruz que es un horror y se asoma en las cumbres de la inhumanidad.
Sin embargo y con todo lo gravoso, con todo y a pesar de todo, el distingo fundamental, quien cambia la polaridad del espanto y cualquier otro rótulo es el amor y la fidelidad.

Esa abnegación es un bien evangélico que escasea, pero que otros tanto, en fructífero silencio, cultivan en las parcelas fértiles de sus corazones, para mayor gloria de Dios y bien de los hermanos.

Seguir a Cristo no es nada fácil ni simpático, máxime en los vaivenes cotidianos y en medio de las enfermas posturas sociales de nuestros días. Porque todo parece indicar que es una locura no apostar a la individualidad, al bienestar personal, al goce y a los disfrutes propios sin ningún tipo de incovenientes que se acepten consciente y voluntariamente.

Seguir a Cristo es atreverse a hacerse marginal y maldito, a renunciarse a cada momento, a no medrar con la existencia y el esfuerzo de los demás, y a ascender hacia otros niveles de humanidad -a crecer- sin utilizar las cabezas de los otros como escalones, sino más bien a ir con los demás, y desde la propia pequeñez a aliviar la carga de tantos que están doblegados por tantas cruces que se les impone.

Con la cruz al hombro y el hermano en el costado, luces fieles en nuestro mundo de tinieblas.

Paz y Bien

Reconocemos a Cristo en cada crucificado














Para el día de hoy (08/08/19) 

Evangelio según San Mateo 16, 13-23







La pregunta de Jesús a sus discípulos no es tanto una inquietud personal acerca de qué piensan u opinan las gentes acerca de su persona, sino más bien una saludable provocación que tiene por intención el enseñar y el aprender, a partir de las cosas que los discípulos han guardado en sus corazones.

Sucede que esa entelequia que solemos denominar o reconocer como opinión pública, es en realidad un complejo entramado de sentimientos, raciocinios y estados de ánimo del pueblo. Y ese pueblo en especial sufría un estado de opresión y abandono, de una progresiva disolución de su identidad nacional, de imposiciones extremas y absurdas; todas cuestiones que muchos de nosotros conocemos con actual tristeza y enojo. Quizás por ello, algunos decían que ese rabbí galileo era el Bautista redivivo, con su voz potente e íntegra, o Elías restaurando la soberanía de Israel y de su Dios, o alguno de aquellos antiguos profetas que siempre recondujeron al pueblo extraviado, nuevamente, a caminos santos y de libertad.

Aquí la crítica sería extremadamente fácil, pero a la vez inútil. Porque toda búsqueda de la verdad es buena y es noble, aún cuando puedan inferirse errores como los que las gentes señalaban respecto de Jesús de Nazareth. Sin embargo, el problema real -que a la vez es el gran interrogante y desafío para los discípulos, es decir, para todos nosotros- es que esas gentes se aferraban a un personaje en desmedro de la persona: en un personaje hay una imagen y se le suele endilgar o proyectar ansias, deseos, frustaciones. Y así se transfiere al personaje idealizado los moldes y preconceptos...pero eso suele estar lejos de la verdad de la persona, y si en algo se distingue la fé cristiana no es por su corpus dogmático ni por su sistema de ideas, sino antes bien por su adhesión y cercanía con la persona de Jesús de Nazareth.

Asombrosamente, Simón Pedro lo intuye con absoluta certeza, y ello no es producto de un esfuerzo de su razón, ni de una profusa especulación: es el Espíritu de Dios que se manifiesta, rotundo, en sus palabras. El Maestro es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, pues la fé es don y misterio, semilla de fuerza imparable que sólo requiere la tierra fértil de corazones que la abriguen. Y Pedro -ha cambiado el nombre pues su misma existencia se ha transformado- tendrá por misión fundamentar desde la caridad a la comunidad, a sus hermanos, desatar los nudos de inhumanidad, y atar entre sí a los alejados mediante lazos de fraternidad y bondad.

Aún así, y ante el anuncio de la Pasión próxima, de los sufrimientos por los que debía pasar, de las humillaciones que debía sufrir a manos de aquellos que regían la fé de Israel, Pedro se rebela con virulencia frente a ese escenario de dolor y cruz. Él también, a pesar de la confesión que ha realizado, permanece aferrado a un personaje, a la imagen de un Mesías victorioso, revestido de gloria y poder, y pretende enderezar las cosas.
Así acontece un quebranto apostólico, que no es otra cosa que pretender a un dios elaborado a la propia semejanza, un Cristo que haga todo lo que uno quiera. Impedir a Dios ser Dios en nuestras vidas. Y así evitar torpemente la insondable bendición de la Gracia en nuestras existencias.

Los quebrantos apostólicos, tan dolorosos como reales, no son privativos de Pedro sino de toda la comunidad cristiana en su irrevocable vocación misionera. Los quebrantos comienzan cuando uno se aleja y no se aferra a la persona de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor, nuestro Dios, y desde Él, reconocerlo en cada crucificado.

Paz y Bien

Compasión, un corazón vulnerable al dolor del prójimo















Para el día de hoy (07/08/19):  

Evangelio según San Mateo 15, 21-28








Jesús de Nazareth, a pesar de sus raíces galileas -de periferia y cierta heterodoxia cultual- era judío hasta los huesos. Así lo habían criado sus padres, así lo educaron en la fé de sus mayores y en las tradiciones ancestrales de su pueblo.
Por eso le concernían las ideas vigentes, los preceptos obligatorios, los criterios diseminados muchas veces a la fuerza, aún cuando en su interior estuviera en desacuerdo y despuntara otro horizonte, el del Padre.
En resumidas cuentas, Jesús de Nazareth es un fiel y cabal hijo de su pueblo. Y en aras de la autenticidad, se lleva a todas partes y en toda circunstancia lo que uno es, piensa y siente.

Las regiones de Tiro y Sidón hacia donde el Maestro se retira no son áreas estrictamente judías, sino que se encuentran bajo soberanía de Israel por mano militar. Sin embargo, por esos persistentes preconceptos se encontrarán siempre bajo sospecha y observadas con un inocultable desprecio: hay demasiados extranjeros yendo y viniendo por allí, demasiados ajenos que indican impureza ritual, la alteridad desdeñable de los que no son de Israel. También es ruta y a veces hogar de colonos provenientes de los enemigos acérrimos y tradicionales del pueblo judío, fenicios y filisteos.

Para la cultura de su época, una mujer debería guardar recato y silencio, y no trabar conversación en público con ningún hombre fuera de su padre o su esposo, so pena de ser considerada como una mujer de moralidad escasa y/o dudosa -de allí viene el rótulo de mujer pública-. Por todo ello, que una mujer salga corriendo tras del Maestro, a puro grito suplicante, y para colmo de males sea una extranjera, es un escándalo mayor.
Seguramente por ello es que los discípulos le piden a Jesús que la atienda, para menguar aunque sea en parte el impacto de ese bochorno. No hay otra intención, ni siquiera interesarse por su situación. El qué dirán es un rector severo y cruel.

Decíamos que Jesús es un fiel hijo de sus mayores, y así declara que su misión es, ante todo, ofrecida al rebaño de Israel. Las palabras duras  -migas y perros- se destinan usualmente al extraño, aunque quizás haya allí una tácita invitación, pues no hay un desplante abrupto ni una despedida rápida.
Pero la mujer resplandece de inteligencia y de una confianza que opaca la fé torpe de los discípulos, pues en el ruego por su hija está volcada y palpitada la confianza de todo su ser en ese Cristo que pasa, y esa confianza es el mar Rojo de la fé, el inicio de toda Pascua interior.

Pero hay más, siempre hay más.

Y es que el corazón sagrado del Señor es un corazón vulnerable al dolor de los demás, al sufrimiento del prójimo, compasión pura, misericordia genuina e incondicional. Es un corazón en sus manos que se deja conmover y transformar.
Por el amor de Dios expresado en Cristo y la fé del hombre se urden en diáfana humildad todos los milagros, y germina la Salvación.

Paz y Bien

Transfiguración del Señor: bajamos del monte renovados y transformados





















La Transfiguración del Señor
 

Para el día de hoy (06/08/19):  



Evangelio según San Lucas 9, 28b-36







Hay cosas y cuestiones que exceden por lejos las capacidades de la razón, y por ello -tal vez- sea preciso adentrarse en las pampas del co-razón. Así, frente al misterio de fé, es imprescindible dejar por un momento esos esfuerzos de las mentes, tan teñidos de antropomorfismos, y permitirnos que la inmensidad nos vuelva a asombrar, a sorprender, a interpelar.

La transfiguración del Señor en ese monte es una epifanía, una manifestación divina. La plenitud de Dios se manifiesta en el Hijo, y ha de ser vivida antes que razonada. Su rostro cambia de aspecto, sus vestidos refulgen.
Dos hombres hablan con Él: son Moisés -la Ley- y Elías -los profetas-, porque la historia de la Salvación conduce hacia Cristo y en Él encuentra su plenitud y su sentido absoluto.
Ellos hablan acerca de la partida del Señor, que acontecerá en Jerusalem: precisamente, en griego, la palabra para partida es exodon. El camino del Maestro es un éxodo desde el monte de la Trnasfiguración hacia el Gólgota, desde una epifanía deslumbrante hacia la epifanía de la cruz, el amor mayor.

Los discípulos están muy cansados y se adormecen; aún así permanecen despiertos y por ello puede contemplar la gloria de Cristo. Nosotros también debemos despejarnos de los sopores mundanos y permanecer en vigilia, atentos al Cristo que nos sale al encuentro, resplandeciente, en todas nuestras alturas.

Con Él debemos también emprender el éxodo definitivo, a la tierra prometida de la Salvación, a pesar de que a menudo, como le ha sucedido a Pedro, nos tienten las ganas de prolongar la bonanza de los momentos calmos y profundos.
Pero la vida cristiana no es de quedarse ni acomodarse, hay un ir primordial que se caracteriza, ante todo, por salir de nosotros mismos e ir al encuentro del otro.

Permanecer despiertos y atentos, prestos al andar, significa también el estar atentos a la Palabra. Cristo es Hijo amado, el Elegido por el que todos nos descubrimos y hacemos hijos y hermanos amados del Padre celestial.

Con el corazón transfigurado, caminamos con la cruz al hombro.

Paz y Bien

En el pan santo compartido se inaugura un tiempo de milagros















Para el día de hoy (05/08/19):  

Evangelio según San Mateo 14, 13-21






Como en una relación de causa/efecto, el Evangelista Mateo nos anoticia, desde el mismo comienzo de la lectura, que el Maestro decide embarcarse hacia un lugar solitario luego de enterarse del asesinato del Bautista. 

Los motivos pueden ser varios: salir de ese ahogo terrible, pues el ambiente estaba demasiado denso por la violenta conducta de Herodes y el feroz encono de las autoridades religiosas. Más que una huida temerosa, se trata de no anticipar las cosas, su Pasión la asumirá en completa libertad pero en el tiempo propicio, su vida será ofrendada cuando Él lo decida, y no cuando lo dictaminen sus enemigos.

Pero también hay otra cuestión, y es que sus paisanos nazarenos no veían en Ël más que al hijo del carpintero, un vecino más del que nada podía esperarse, y que se atribuía cosas ajenas a su competencia y autoridad. Rechazar la persona de Cristo es rechazar la salvación de Dios, y por eso en su patria chica casi no acontecerán milagros. Aún así, es dable suponer que Jesús decide ir hacia un lugar solitario para orar, para beber en solitario el trago amargo de la tristeza por la muerte de Juan, pero muy especialmente -lector como nadie de los signos del tiempo- prepararse pues la plenitud de su misión ha comenzado. El tiempo de la preparación ha finalizado.

Hay una marcada contraposición entre el rechazo de los nazarenos y esa multitud que lo sigue a pié sin importarle distancias, el dejar el hogar o la seguridad de las ciudades. El Maestro se compadece de esas gentes, ovejas sin pastor, una compasión que implica asumir el dolor, el sufrimiento del otro en los propios huesos, una realidad concreta que no se extravía en abstracciones sin rostro,sino la vida misma de Dios que se vuelca hacia los dolientes y necesitados en la sanación que se prodiga.

Las horas pasan y sobreviene la noche junto con la necesidad de alimentar a esos miles de personas. Los discípulos toman una postura errónea, pues el talante de sus expresiones invierte la súplica del Padre Nuestro: ellos quieren que se haga su propia voluntad -como una orden- y nó la de Él.
Aún así, su planteo es razonable: frente a la necesidad urgente, conviene que la gente se arregle por su cuenta a que desfallezcan de hambre ahí nomás. 
La escasez de recursos -cinco panes y dos pescados- destaca la imposibilidad de afrontar el hambre de tantos con tan poco.

Más que panes y pescados compartidos, Cristo multiplica el amor fraterno hacia el infinito, hacia horizontes asombrosos que sacian a todos y aún queda mucho más para los que lleguen. Doce canastas, de las cuales los discípulos se encargarán de repartir, pues no son dueños del Pan, sino sus servidores.

Cuando el pan se comparte en la mesa de los hermanos, cuando el necesitado es tan importante como un hijo, cuando descubrimos que siempre hay lugar para uno más, se inaugura el tiempo de milagros, el tiempo de la misericordia que transforma el rostro brutal del mundo.

Paz y Bien

Codicia, horizonte estrecho sin lugar para el prójimo
















18° Domingo durante el año 

Para el día de hoy (04/08/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 13-21






Por entre la nutrida multitud un hombre requiere que el Maestro intervenga en una disputa familiar por una herencia: los rabbíes no sólo interpretaban la Torah, sino que eran socialmente la autoridad moral y hasta jurídica que mediaban y arbitraban en las disputas. Quizás por su fama de rabbí galileo es que se lo busca, pero en el talante de ese hombre -lo podemos inferir de su tono- no hay una búsqueda de enseñanza, sino la exigencia de un pronunciamiento por parte de Jesús de Nazareth que lo favorezca en su interés personal.
No le interesa la Palabra, sino apenas una palabra acorde a su conveniencia.

Pero el Maestro no quiere embarcarse en esas cuestiones. No es árbitro de intereses menores, y el planteo no conduce a nada. Prefiere ir a la raíz misma de la disputa, la codicia que separa hermanos, destruye vínculos, arrasa corazones a puro egoísmo, y así brinda -a su audiencia de aquel entonces y a todos nosotros- la llamada parábola del rico insensato.

Hay un distingo que sobrevuela todo el carácter de ese terrateniente, y es que monologa, habla para sí mismo. Es un hombre rico que incrementa su fortuna por una cosecha abundante: frente a ello imagina un futuro próximo a puro disfrute y pereza, una vida de placer sin asomo de trabajo. 
Planea derribar los viejos graneros y edificar unos más grandes para acumular el centro de su fortuna, esa cosecha inverosímil que es fruto del esfuerzo de muchos campesinos, más no del propio.

Debemos despojarnos de cualquier filtro ideológico. El monólogo de ese hombre dice primero yo, luego yo, siempre yo. No hay otro ni hay Dios, sólo él mismo, y en esa acumulación olvida que el granero primordial ha de ser el plato vacío de los necesitados, de los hambrientos Esos son los graneros que es menester colmar siempre. 

Es un insensato porque los bienes -el dinero- no compran la vida, porque nada nos llevaremos y porque en el altar de la codicia acontecen sacrificios humanos, por fiero que suene, pues en ese ara cruel se sacrifica la existencia del hermano.

Dios nos libre de todos los argumentos que justifican la pobreza impuesta. Dios nos ampare de los opulentos razonadores de miseria del pueblo.

La codicia es un horizonte estrecho en donde no hay Dios ni prójimo y que conduce a la violencia y a las peores catástrofes, pues no es posible la fraternidad, se reniega del Reino y se cercena todo asomo de justicia.

Paz y Bien


Cuando el Reino acontece, no hay tiranos ni poderosos que puedan oponerse ni acallar la voz de los profetas















Para el día de hoy (03/08/19):  

Evangelio según San Mateo 14, 1-12







Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y vasallo de los romanos, andaba muy preocupado. Se había enterado de todo lo que suscitaban las enseñanzas y las acciones y gestos de Jesús de Nazareth, e infiere que se trata de Juan el Bautista resucitado de entre los muertos, y que por ese motivo posee poderes milagrosos.

De esa manera, Herodes ubica a Cristo en el mismo plano sagrado que el Bautista, intuye en Él una fuerza sobrenatural que lo aterroriza, pues cree que Dios lo ha traído de nuevo para que cobre venganza por su crimen, la perenne pesadilla del culpable. Sin embargo, aún en el ejercicio omnímodo e infame del poder, el tetrarca se encuentra mucho más cerca de la realidad de Cristo que los propios paisanos suyos nazarenos, que sólo veían al hijo de María, al hijo del carpintero, sólo una persona.

Herodes respetaba al Bautista, y hay indicios de que a menudo lo escuchaba con cierto agrado; pero eso no influyó cuando el Bautista comenzó a señalar en pleno rostro del tetrarca la ilicitud de su vínculo con Herodías, mujer de su hermano Filipos. Ni siquiera lo molestaba demasiado los constantes llamados de Juan al pueblo a la conversión, a una vida virtuosa sin ninguna concesión a la corrupción, pero cuando la voz del profeta lo señala sin ambages, lo silencia encerrándolo en la mazmorra de su palacio, como si decir la verdad -por molesta que ella fuera- significara la comisión de un delito grave.
Herodes no podía ir más allá aunque quisiera matarlo, pues temía la reacción del pueblo.

Los tiranos son siempre iguales. No caminan por senderos de justicia, y se paralizan de temor cuando el pueblo se le pone en contra, medidas bastardas en las que no hay búsqueda de bien para el pueblo, sólo perpetuarse en el poder.

La decisión de ejecutar a Juan surge de un compromiso imprudente, y del temor al que dirán sus pares, su mujer y la hija de ésta. La escena trasunta una mesa eminentemente corrupta y mortal, totalmente opuesta a las mesas de Cristo en donde se comparte la vida.

Con todo y a pesar de todo, los discípulos del Bautista sepultan el cuerpo del profeta inocente y fiel, y se dirigen hacia donde está Cristo para darle la noticia. No es solamente la trasmisión de un hecho luctuoso, sino una profunda señal que el Maestro comprenderá en toda su dimensión. La misión del Bautista ha finalizado, y ahora comenzará su ministerio, en el mismo Espíritu que los anima a ambos, y de ese modo la misión comenzada por Juan será llevada a su plenitud definitiva por Jesús de Nazareth.

Cuando el Reino acontece, no hay tiranos ni poderosos que puedan oponerse ni acallar la voz de los profetas.

Paz y Bien

El Hijo del carpintero, bondadosa señal de la Encarnación

















Para el día de hoy (02/08/13):  

Evangelio según San Mateo 13, 54-58







Jesús vuelve a la Nazareth de su querencia, al lugar en donde se ha criado; de algún modo u otro, siempre regresamos al lugar de donde hemos partido porque allí se enraiza parte de nuestra identidad, porque allí se abriga -para bien o para mal- lo que somos y lo que seremos. Siempre se está volviendo al primer amor, siempre se vuelve al pago, siempre se vuelve al tiempo inicial, a la infancia, y el Maestro porta unas ansias muy humanas y naturales, las de llevar lo mejor de sí a los suyos.

Entre esas gentes se había criado, y esas gentes lo vieron crecer entre la pequeña casa paterna, el taller, las calles polvorientas, los otros niños. 
Él regresa a su gente, y toma la palabra en la sinagoga: allí en donde se reúne la comunidad nazarena a orar, a reflexionar y a rendir culto al Dios de Israel quiere enseñar las cosas de su Padre, con esa autoridad que le viene del pleno conocimiento e identidad con Abba Dios suyo y nuestro.
Y los vecinos se impresionan y asombran, claro que sí: Él habla con palabras muy distintas a la enseñanza tradicional, ellos se asombran de ese Reino y esa lectura diferente que hace de las historia de su pueblo, y la fama de milagrero que le precede los condiciona y les alambra las conciencias. 

Pero sus asombros quedan allí, episódicos, como un pequeño golpe de artificio. Ellos lo rechazan, inmunes sus almas a cualquier novedad, y definiéndolo como el hijo del carpintero y el hijo de María pretender extremar en voz alta el repudio que no pueden contener. 
En cierto modo, al llamarlo así intentan un insulto y un menosprecio evidente, pero no se pueden dar cuenta que de ese modo le rinden honras y, a la vez, se sumergen en un sinsentido carente de salidas.

El significado primero de la Encarnación de Dios en Jesucristo es la urdimbre santa de lo divino en lo humano, la eternidad entretejida en el tiempo.
Con ese rechazo, en esa Nazareth de la periferia pocos milagros han de suceder, porque los milagros acontecen por la conjunción del amor de Dios y la fé de hombres y mujeres. Esos galileos siguen creyendo en un Dios lejano e inaccesible, no en un Dios cercano que sale a su encuentro, que se hace historia, que se hace encuentro y abrazo, que se hace un Cristo vecino de sus días.

Nosotros creemos en el Hijo del carpintero, y le suplicamos que nos talle la madera de nuestros corazones.

Paz y Bien

Redes católicas de vida y misericordia, redes universales de salvación














Para el día de hoy (01/08/19):  

Evangelio según San Mateo 13, 47-53











Algunos de los discípulos de Jesús eran experimentados pescadores de oficio, Pedro y Andrés, Juan y Santiago, quizás Felipe. Y seguramente, entre las multitudes que lo seguían con persistencia también otros tantos podrían encontrarse: la cercanía del mar de Galilea es el indicio y de su importancia, de su gravitación social y económica. El mismo Jesús se vale de ejemplos de aquello que Él también conocía de cerca, y es dable imaginarse los rostros de esos hombres asintiendo en silencio cuando Él tomaba como ejemplos circunstancias que los tocaban a diario.
Ello no es solamente una propedéutica o metodología de enseñanza: es el misterio de la eternidad que se esconde en el acontecer diario, el cómo resignificar de modo trascendente aquello que consideramos rutinario y habitual.

Desde aquel entonces muchos siglos han pasado, muchos cambios geológicos y climáticos han dejado su huella, mucha polución ha saturado la zona. Pero en el siglo I, esas aguas bullían de una fauna ictícola multiforme, muy variada, y esos hombres entendían perfectamente lo que el Maestro les planteaba.
No era una acción deportiva o lúdica de caña y anzuelo, sino del esfuerzo común que robustecía la tarea: ellos debían barrenar esas aguas a la mayor profundidad posible, y recogiendo en sus redes todos los peces posibles.
Sólo al finalizar la pesca, se discriminaría entre pescados comestibles o nó, entre pescados útiles e inútiles, entre pescados buenos y malos. Más aún, unos cuantos se arrojarán de nuevo a las aguas pues serán demasiado pequeños, y es mejor que crezcan a nado. Otro tiempo de pesca será el adecuado.

Las redes que el Maestro nos invita a portar, como símbolo magnífico del Reino, son redes católicas.
Las redes de Cristo son tales, no tanto por pertenencia eclesiástica, sino por su universalidad que no discrimina entre peces buenos y malos. Todos son objetos -mejor dicho, sujetos- del infinito y escandaloso amor de Dios.

Ningún pez, por pequeño e insignificante o por grande y fiero ha de quedar fuera de esas redes.
Hay un detalle tan obvio que con toda probabilidad se nos escurra de la reflexión: los peces en las redes son tales pues están con vida.
Sólo finalizada la pesca, sólo fuera de su ambiente se convierten en pescados, es decir, en peces muertos.

Las redes son redes de vida, y aunque cueste su comprensión y su encarnación cotidiana, nuestro destino y vocación es la de pescadores de hombres, servidores de todos, de buenos y malos, todos hijos del mismo Dios de la vida.
Sólo a Él le corresponde el juicio, no a nosotros. A nosotros la justicia del Reino, que es la misericordia.

Paz y Bien

El tesoro más valioso es el Reino hallado en lo cotidiano














San Ignacio de Loyola

Para el día de hoy (31/07/19) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-46







Como al labriego en el campo, como al mercader de perlas, cuando se descubre algo tan valioso todo pasa a un segundo plano. Es decir, que vale la pena dejar todo atrás -venderlo todo- por ese tesoro encontrado.

Pero hay un distingo tanto en el hombre del campo y en el comerciante citadino, y es la alegría, una alegría que perdura y no mengua y que es producto primordial de ese encuentro decisivo.

En ese encuentro prima el asombro, que no el estupor. Un asombro que moviliza, que ilumina la mirada, que transforma la totalidad de la vida. Ya nada será lo mismo, lo pasado será historia y en un presente riquísimo se gesta silencioso un futuro a pura esperanza.

A las personas a las que les ha sucedido ese descubrimiento mayor se les nota en la mirada, en las palabras y en los silencios, en los gestos, en todo lo que hacen. Es gente que merced a ese crisol se vuelve, a su vez, un tesoro valioso para los demás, pues ante todo saben, conocen y ponderan desde las profundidades de su corazón el valor incalculable del prójimo.

Porque el tesoro es el Reino que se encuentra en el quehacer cotidiano, porque la perla más fina es descubrir la Gracia de Dios, el paso salvador de Dios por la historia de nuestras existencias.

Paz y Bien

Cristo, Señor de la paciencia infinita













Para el día de hoy (30/07/19):


Evangelio según San Mateo 13, 36-43






La enseñanza del Maestro se realiza en la casa, quizás porque lo que es verdaderamente importante se decide al calor del hogar, en familia, allí donde los afectos están cercanos. Esa es la imagen mejor de aquello que entendemos por Iglesia.

Y es menester que en esta casa le volvamos a hacer un lugar, para que se siente entre nosotros. Que se sienta a gusto, en hogar propio, y que vuelva a encendernos una comprensión que se nos ha confundido y nos reencamine ciertas atribuciones que nos tomamos, y que en verdad no nos pertenecen.

Porque su Padre es un Dios de fé absoluta puesta en nosotros, Abbá que confía en todos y cada una de sus hijas e hijos con amorosa tenacidad, infinitamente más creyente en nuestros destinos y existencias a contrario de nuestra fé a menudo vacilante, escasa y mezquina.

Dios cree en nosotros.

Por eso, a pesar de tanta cizaña que nos crece en medio de este trigo en promesa que somos, espera confiado el pan soñado que podemos llegar a ser en su corazón misericordioso.

No arranca las hierbas malas que dejamos nos broten, ni tampoco quiere que hagamos lo mismo.

Por eso los fervores en quitar de en medio lo que es ajeno, distinto o que creemos nocivo poco o nada tienen que ver con el Reino que, con todo y a pesar de todo, sigue creciendo silencioso y humilde.

Paz y Bien

Santa Marta de Betania: seguimos confiando, con todo y a pesar de todo

















Santa Marta

Para el día de hoy (29/07/19):  

Evangelio según San Juan 11, 19-27







El ambiente con el cual se dá comienzo a la lectura del día es fúnebre, luctuoso. Es casa de discípulos del Señor, de Marta y María y el fallecido Lázaro; ellos tres profesaban un gran afecto hacia el Maestro, un afecto recíproco que nos representa a la Iglesia como familia, como ámbito de cordial amistad en donde Jesús de Nazareth se siente a gusto, en casa propia. 
Pero ese día prevalecía el dolor, la oscuridad de la pérdida, el horizonte cerrado por la tristeza.

La mención que hace el Evangelista a que muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María remite, puntualmente, a la presencia de integrantes de la fé de Israel que están en veredas opuestas a las enseñanzas de Cristo, habitualmente sus enemigos -escribas, fariseos, saduceos-. Hay un distingo significativo: en los gestos de consuelo que brindan a las hermanas de Lázaro no se manifiesta la misma violencia que esgrimen en gestos, palabras y corazón contra el Maestro.
Como sea, su presencia augura también que allí están con ellos sus viejas ideas, esquemas que en nada se corresponden con la enseñanza acerca de la Resurrección que brindaba Jesús, antiguos criterios que se resignaban ante la muerte -quizás en mayor medida los saduceos-, y frente a una muerte que parece tener la última palabra, no hay lugar para ninguna esperanza, sólo parálisis que se extiende.

Conocemos a las hermanas. María era la que se quedaba con la mejor parte, aferrándose a la Palabra a los pies del Maestro, en la escucha atenta, en la contemplación de lo que no perece. Marta, volcada por entero al servicio de los demás, solía perderse en los afanes de hacer bien las cosas, de brindarse sin medida. En las urgencias, tal vez, se mareaba. 
Pero en esta ocasión es María quien se queda sentada en la casa, y Marta quien sale al encuentro del Cristo que llega, un Cristo que no ingresará a ese hogar tan caro a sus afectos pues allí se ha instalado la muerte, usurpadora de cualquier asomo de vida, de futuro, de verdad.
Marta, impulsiva y proactiva, sale al encuentro del Maestro porque Él es quien en verdad puede compartir su dolor y llorar con ella, y no guardar ciertas formalidades usuales frente al luto, un lo siento, un mi pésame que lastiman más.

Ella sale con la energía de siempre, quizás portando resabios de las viejas ideas, pero con una constante que tampoco se pierde: el Maestro los ama profundamente a los tres hermanos, el Maestro es su amigo, y ella confía, ella lo ama, ella se aferra a Él para no perecer en esos mares de dolor que están agobiándola. Él es su amigo, y en ese tenor afectuoso y entrañable se dirige a Él.
No hay reproche, sino una afirmación confiada y ciertas ganas que tenemos de dibujar hubieras cuando se vá un ser querido hacia las pampas de Dios.

Ella, a causa de esos viejos conceptos, supone que la resurrección será un hecho postrero, post mortem. Pero aún cuando persistan esos criterios erróneos, todo lo define su cercanía cordial con el Señor. La amistad es magnífica expresión de amor y confianza, y por sobre todo -aún por sobre su razón- ella confía en Cristo, y ese es el distingo de la fé cristiana. No implica tanto la pertenencia o adhesión a una idea como la cercanía y la confianza con el Cristo, nuestro Dios, nuestro hermano, nuestro amigo.

En Él acontece la Resurrección aquí y ahora, salvación que es misterio y don de amor de Aquél que nos amó primero. 

Por esa confianza y es cercanía cordial, Marta reconoce a su amigo como Mesías, el Hijo de Dios, y es su amigo y su Dios el que le dice que su hermano vivirá, que todo es posible si seguimos confiando, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien

Un Dios incansable por el bien de sus hijos
















Domingo 17° durante el año 

Para el día de hoy (29/07/19):  

Evangelio según San Lucas 11, 1-13









Sin ánimos de plantarse en nefastas veredas de miedos patológicos, no es demasiado aventurado afirmar de que las ciudades -las sociedades- se encuentran frente a la disyuntiva de la supervivencia o la destrucción.
El relato de la súplica de Abraham para salvar del abismo a Sodoma y Gomorra expresa a la justicia como sustento de todo destino, es decir, la supervivencia se decide por la justicia que pueda haber en el mundo.
A su vez, esa justicia depende del diálogo con Dios. Hablarle a Dios y dejar que Dios nos hable, escucharle con atención, suplicar con confianza y sin desmayos, con la franca tenacidad de Abraham que confía en su Dios por sobre todo y a pesar de todo.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, cada grupo y secta religiosa tenía una plegaria propia, característica y única que los distinguía de los demás. A menudo, esa oración sólo podía ser pronunciada por aquellos que hubieran sido iniciados en los misterios propios de su grupo, en talante mistérico y restricto, secreto, arcano. Quizás por ello los discípulos le piden al Señor que les enseñe a orar, para diferenciarse ellos también de los demás, incluso como los discípulos del Bautista.

Pero hay otra cuestión evidente a nuestra reflexión, y es que la lectura del Evangelio para este día comienza con el Maestro orando al Padre en soledad, en inmediatamente seguido el pedido de aprender a orar. El discípulo que realiza el pedido permanece anónimo, y es la señal del Evangelista para colocar allí nuestro nombre. Por ello la petición tenga que ver no sólo con un rasgo fundamental de identidad, sino también de orar como Él.

Asombrosa escena de un Dios que reza.

Por Jesús de Nazareth sabemos que Dios no es un violento y rápido verdugo que castiga con prontitud faltas y desvíos, sino que es un Padre que nos ama sin medida ni descanso, un Dios que no se duerme aún cuando nuestros ruegos sean intempestivos y, a menudo, errados. Escucha y protege como sólo un Padre puede escuchar y proteger a sus hijos, y que nos dá el don primordial de la existencia, el Espíritu Santo.

En él se sustenta nuestra esperanza y se hace posible una justicia que haga prevalecer la vida desde el perdón, la compasión, la mesa común, la voluntad amorosa de un Dios que nos habla y nos escucha.


Paz y Bien

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