El Reino crece humilde y silencioso










San Ignacio de Loyola, presbítero

Para el día de hoy (31/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 31-35




Seguramente, el Maestro siendo niño lo observaba con sus ojos asombrados, veía a su madre y a las mujeres de su pequeño pueblo amasar el pan, una medida de harina y una pizca de levadura que hacía maravillas, algo tan insignificante que todo lo transformaba.
Y como hijo de su pueblo, también conocía bien la vegetación circundante: así una pequeña semilla de mostaza que se pierde entre los dedos, se convierte con una fuerza escondida en un arbusto alto y frondoso.

Así, a partir de lo cotidiano Jesús revela y enseña las verdades del Reino. Desde el mismo comienzo de su ministerio suscitó controversias y rechazos, pues el acento no está puesto en los rituales formales vinculados al templo, sino que enseña y re-liga la eternidad con el tiempo humano a partir de la cotidianeidad. Y para severas almas estrechas, incapaces de lo nuevo, ello es peligrosamente secular; para colmo de males, se trata de un galileo, es decir, de un judío de segunda categoría. Y para esos orgullosos fariseos jerosolimitanos, de Galilea no ha de salir nada bueno ni nuevo.

Con todo y a pesar de todo, desde lo pequeño y lo insignificante se edifica la vida nueva, el Reino de Dios presente aquí y ahora, al alcance de todo corazón.
Reconozcamos que estamos demasiado aferrados a lo ampuloso, a lo masivo, al poder detentado. Pero ello nada tiene que ver con la Buena Noticia.

El Reino crece, humilde y silencioso, con una fuerza insospechada, con la tenacidad que sólo conocen los que aman hasta las últimas consecuencias.
 
Más aún, cuando todo se ensombrece, cuando los desprecios y los descartes nos ponen límites espúreos a nuestros horizontes -gravosas situaciones impuestas pero también generadas por nuestras propias miserias- nuestra esperanza se funda y re-crea en la perenne compañía del Señor y en la certeza de que podrán haber tormentas de oscuridad, pero el Reino sigue creciendo, empuje santo que todo lo transforma, que nos crece, que nos fermenta y nos compromete honorablemente desde la bondad.

Paz y Bien

Dios, tesoro cotidiano










17° Domingo durante el año

Para el día de hoy (30/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-52



Los conflictos bélicos en Medio Oriente no son exclusivos de la historia reciente: ya en los tiempos de Jesús de Nazareth -y antes también- las tierras de Israel solían estar surcadas por conflictos armados que todo asolaban. A su vez, la sujeción al emperador romano implicaba un gravamen de tributos obligatorios francamente intolerables. Así entonces, por los saqueos luego de las batallas y con el fin de eludir esa carga impositiva que era un latrocinio para los pobres, muchos ocultaban las monedas que ahorraban y algún objeto de valor en vasijas de barro que enterraban en el campo.

En ese tiempo también, los campesinos y labriegos eran, en su gran mayoría, arrendatarios de grandes terratenientes. Casi nadie era dueño de la tierra que trabajaba. Por esa causa, el labrador de la primer parábola de esta lectura tal vez fuera uno de ellos, que haciendo su tarea cotidiana para procurar su sustento y el de su familia, se encuentra de pronto con una vasija de esas, con un tesoro escondido que vuelve a esconder en otro lugar. Seguramente se deslomaría de sol a sol, pero haría lo imposible para que ese campo fuera suyo, que no se le pierda, que no se le escape de las manos ese tesoro asombroso.

En cambio, el mercader es un buscador profesional, un experto en esos menesteres de comprar perlas a un valor determinado y revenderlas a mayor precio, acumulando pingües beneficios y edificando una fortuna. Un día, enfrascado en su tarea, encuentra una perla única: él lo sabe, conocedor cabal de esos temas. Quizás sea más frío y calculador que el labrador anterior, sabe que esa perla hallada no tiene parangón, ni se compara a nada de su vasta experiencia, y por ello se atreve a liquidar todos sus bienes previos para adquirirla.

Pero en ambos casos, ese magnífico hallazgo que todo lo transforma y por el que nada volverá a ser igual supone una intervención personal, un esfuerzo, un compromiso y hasta un sacrificio. No se trata de un evento fortuito. No existen casualidades sino causalidades, frutos de la amorosa providencia de un Dios cuyo Reino se deja encontrar.

Frente a su Gracia, todo parece ínfimo.

El encuentro con ese tesoro marca un antes y un después en la existencia, el hito fundante de la vocación cristiana.

Más aún: Dios es el tesoro que se deja encontrar en medio de nuestros esfuerzos cotidianos, y que hace la vida resplandecer, dejar de lado lo que perece, y volvernos tenaces buscadores de su amor que siempre nos sale al encuentro todos los días, cada día, cada instante.

Paz y Bien

 

Santa Marta









Santa Marta, memorial.

Patrona de las amas de casa 

Para el día de hoy (29/07/17):  

Evangelio según San Juan 11, 19-27



En Betania, pequeña localidad cercana a Jerusalem, había una familia compuesta por tres hermanos, Lázaro, María y Marta. Cada vez que se reunía con ellos, en un clima de profunda amistad, Jesús se sentía tan a gusto que el hogar de Lázaro y sus hermanas se transformaba en su propio hogar, y es precisamente un espejo espiritual de la Iglesia, una familia reunida junto a un Amigo, en donde Dios se encuentra a sus anchas.

Quizás porque se preveía, no sólo por la razonabilidad de la vida sino por una enfermedad grave, Jesús de Nazareth no está presente cuando el fallecimiento de Lázaro. Él trae algo más que la elusión de la mortalidad. Él trae la vida ofreciendo la suya, vida abundante, vida eterna.

No son difíciles de imaginarse las miradas y los rostros. Marta -tan inquieta y proactiva, tan dada a servir a los demás, aún a riesgo de extraviar de a ratos lo más importante- se dirige a Jesús con palabras propias de amigos, con la confianza de mirarse a los ojos y decirse las cosas como son, sin ambages pero sin lastimarse.
Es un momento de intenso dolor por la pérdida, una pérdida que se magnifica por el luto de los otros. Aún así, Marta sale al encuentro del Maestro, abandonando por un momento ese ambiente enrarecido por el llanto, por las sombras de la muerte.
Cuando nada se vé, cuando el horizonte no indica nada más que tristeza, es preciso abrir la puerta e ir al encuentro de los amigos, y del Amigo fiel que siempre se llega allí en donde nos demolemos de angustia.

Entre ellos dos, Marta y Jesús, hay amistad y hay ternura. Y desde allí surge la fé y acontecen los milagros. Porque a pesar de todo y de todos, Marta sigue confiando en el poder asombroso de ese Amigo que no se priva de llorar abiertamente por Lázaro que ha muerto.

Un Dios que nos llora por amor entrañable no suele estar en nuestras estampitas interiores.

Marta porta en su mente viejas ideas, conceptos férreos esgrimidos por los mismos que condenarán a muerte a Cristo, y que proyectan su sombra ominosa desde la cercana Jerusalem.
La precisión y la ortodoxia son importantes, pero más importante es la fé, la confianza en ese Cristo que es la Resurrección y la vida.

Porque contra todo pronóstico, Marta intuye y sabe en las honduras de su alma que nada el Padre deniega a lo que el Hijo le pida.

Esa amistad es también signo para nosotros de que la fé no es una abstracta cuestión doctrinaria. Hay afectos, razón, co-razón,  piel, sangre, huesos, toda la existencia transformada por el encuentro con el Salvador, que es hermano, es Dios y es Amigo fiel por siempre.

Paz y Bien

Hombres y mujeres con destino de pan santo









Para el día de hoy (28/07/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 18-23




En los afanes de racionalizar la parábola del sembrador, nos solemos detener en los problemas que se plantean luego de sembrada la semilla. Ciertos sentimientos culposos y justificados nos llevan a identificarnos con las situaciones planteadas por el Maestro en la parábola, todas las veces que nos hemos dejado embarcar en las euforias nimias, el pedregullo de la superficialidad. La cizaña de las tentaciones mundanas que impiden que la semilla del Reino crezca y se vuelva árbol frondoso. Las raíces sin profundidad, que arrancan de cuajo el humilde brote ante el primer ventarrón.

Pero es menester ahondar en la Palabra, tal como hace la semilla, que muere en lo profundo para que nazca una vida nueva, pujante, imparable.
Quizás sea tan evidente que nos sobresaturemos de obviedades. Pero lo importante es que en todos nosotros -en toda persona- hay un reducto de buena tierra, parcela santa en donde se espeja el rostro de Dios. Porque con todo y a pesar de todo, la creación y las creaturas son buenas y santas.

Así, somos tierra que anda, tierra que late, y tenemos una infinita invitación a ser tierra santa de la Salvación, en las honduras de los corazones.
Todo es posible cuando se mixturan en el cáliz de la fé la confianza cordial del hombre y el amor infinito y paternal de Dios.

La semilla es asombrosa, pues nadie repara en ella, tan pequeña y humilde que resulta. Sin embargo tiene una fuerza increíble, pujante, que no ceja en su germinar y en su crecer.

Tiempo santo de Dios y el hombre es el tiempo inaugurado por Cristo.

Por esa semilla asombrosa y desde la libertad de ofrecer esta pequeña parcela de buena tierra que somos, frutos santos y abundantes, frutos que son bendición pues se agigantan como un magnífico tesoro en tanto se comparten.

Hombres y mujeres de trigo con destino de pan santo.

Paz y Bien

Parábolas, ventanas al infinito












Para el día de hoy (27/07/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 10-17 





Más que una técnica pedagógica o una metodología de enseñanza, las parábolas eran el medio del cual el Maestro se valía para revelar a las multitudes la realidad absoluta del Reino de Dios presente ya entre ellos.
Así, mediante ejemplos tomados de la vida cotidiana -todas cuestiones que esas gentes vivían a diario-, el Maestro les iba abriendo paulatinamente ventanas a la eternidad.

Por eso nadie hablaba como Él, con tal autoridad que refería a la trascendencia amorosa de Dios. Pero a su vez, mediante las parábolas nos vamos desprendiendo de cualquier presunción vana de automaticidad..
Todo tiene su tiempo, su crecimiento y su maduración, y aunque no haya lapsos tabulados, en cambio sí hay momentos de crecimiento que no se replican cuantitativamente pero nos igualan en humanidad, en ascenso más allá del fango.
La realidad de Dios es demasiado inmensa y abrumadora como para observarla de frente, como al sol, a riesgos de enceguecernos. Cristo es el puente por el que podemos entrever el rostro pleno de Dios.
Toda semilla ha de crecer a su debido tiempo, para brindar frutos buenos. Así sea la Palabra con nosotros.

Sin embargo, los discípulos se extrañaban de que a la multitud Jesús les enseñara mediante parábolas, y a ellos nó. Ellos bebían de las fuentes mismas del misterio.
Porque ser discípulo es, ante todo, compartir el pan y la vida con Cristo, la propia existencia transformada y fecunda por el paso salvador de Dios.

De cualquier modo, las parábolas siguen estando allí como ramas fragantes del árbol santo de la salvación, pues la Palabra de Dios es Palabra de vida y Palabra viva, y continúa el Maestro, ofreciéndonos ventanas extraordinarias para asomarnos al infinito.

Paz y Bien


A no desesperar, el Reino sigue creciendo








Para el día de hoy (26/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 1-9




En la invitación y enseñanza que la liturgia nos obsequia en el Evangelio para el día de hoy, hay una constante que recorre la lectura y tal vez, de tan evidente la pasamos por alto. Esa constante es que Jesús en ningún momento habla explícita y directamente de Dios, del Reino, de discípulos y Mesías, y si no fueran palabras del Señor, nos encontraríamos frente a una secularización peligrosa, en donde lo tradicionalmente sagrado ha sido dejado de lado.

Para colmo de males, el sembrador de su parábola es, cuanto menos, extraño y desaprensivo. Sin dudas es un trabajador que se ocupa de su tarea, aunque quizás no sea puntilloso en los terrenos diversos en donde las semillas caen, y en este sentido, es un trabajador eminentemente despreocupado pues parece no darse cuenta que está desperdiciando esas semillas tan valiosas.

Sin embargo, estamos en otro tiempo, un tiempo nuevo, el tiempo de la Gracia. Y para Cristo -nos cueste lo que nos cueste- el Reino ya mismo está entre nosotros, y a lo sagrado, a Dios, se lo encuentra en la vida cotidiana. Quizás debamos volvernos buenos ladrones, y esforzarnos por quitar a Dios de tantas imágenes muertas y volver a reencontrarnos con Él en las calles, en las plazas, en el hermano. Porque si el corazón es el altar primero, la compasión y la fraternidad son culto y liturgia verdaderos.

Quiera Dios que nos volvamos así, sembradores ocupados y a la vez despreocupados, despreocupados no por desidia sino por confianza. Porque la semilla infinita y eterna que se nos ha confiado -y que no nos pertenece- ha de crecer, germinar y rendir frutos impensados, magníficos, santos.

Paz y Bien

El cáliz de Cristo









Santiago Apóstol, patrono de España, patrono de Bilbao 

Para el día de hoy (25/07/17) 

Evangelio según San Mateo 20, 20-28




El episodio sucedido con la madre de los hijos de Zebedeo -nótese el desmedro de la mujer, son hijos de Zebedeo antes que de ella- revela un gran problema enraizado en los corazones de todos los discípulos, mucho más que las ansias, erradas o nó, de prosperidad de una madre para con sus hijos. Por eso mismo el tenor y el tono de la respuesta de Jesús será mucho más leve y comprensivo para con ella que para con el resto; al fin y al cabo, se trata de una madre que se preocupa por el futuro de sus hijos, Santiago y Juan, conocidos también como boanerges o hijos del trueno por sus caracteres usualmente bravos y encendidos.

Pero también el requerimiento de esa madre esconde una gran incomprensión de la misión de Cristo, del misterio del Reino y de la perdurabilidad de ciertos esquemas viejos a los que no permiten que sean pasado. Porque tanto Santiago como Juan y todos los demás imaginan a un Mesías glorioso y reinante, vindicante de su pueblo que aplasta a sus enemigos y que gobernará como monarca y caudillo real la tierra que Dios concedió a sus mayores.
Los otros diez discípulos se enfurecen de indignación, más no por el pedido inusual: ellos piensan del mismo modo. En realidad, están enojados porque esos dos hijos de Zebedeo se les han adelantado.

Santiago y Juan, Juan y Santiago -con mucha ligereza- se declaran aptos y seguros a la hora de confirmar que beberán el mismo cáliz de Cristo. Sin embargo, ellos siguen pensando en esas categorías mundanas de poder e imposición.
Pero el cáliz de Cristo contiene el vino bueno, nuevo y santo del Reino, vino de la vida ofrecida generosamente, vino del servicio, vino de la fraternidad, vino de la abnegación, vino del hacerse último para estar en el mismo sitio y con el mismo corazón de aquellos a los que nadie quiere, a los que nadie escucha, a los últimos entre los últimos.

Santiago finalmente, por su unión a Cristo y una amistad entrañable será un misionero tenaz y un fiel testigo de la Buena Noticia, y así su cáliz será el del Señor, amor hasta las últimas consecuencias, vida que se hace bendición para los demás.

Que Santiago el Apóstol ruegue e interceda siempre por España, y que su pueblo prospere en paz y en justicia.

Paz y Bien

Generación perversa









San Francisco Solano, religioso

Para el día de hoy (24/07/17) 

Evangelio según San Mateo 12, 38-42




La exigencia de esos fariseos -todos ellos hombres muy religiosos- no responde a un ansia de verdad, a corazones afanosos por encontrar el camino recto de Dios. En realidad, esos hombres, con sus actitudes y requisitorias esconden varias cuestiones.

Por un lado, se autoconsideran la ortodoxia en la interpretación cabal de todo lo relacionado con Dios, y de ese modo, discriminadores taxativos entre lo sagrado y lo que no lo es. En su horizonte de miras muy estrechas, es dable y razonable suponer que sus prejuicios no aceptarán siquiera lo evidente, la bondad practicada por Jesús de Nazareth como signo cierto del amor de Dios.
En realidad, ellos exigen que ese rabbí galileo realice un milagro tal como ellos lo entienden, espectacular, pretendidamente celestial, y será a partir de esa soberbia primordial el motivo fundante que los llevará a dividir aguas, a discriminar, a ejercer violencia en nombre de Dios, una historia tristemente conocida que se repite a través de la historia.

Por otro lado, no confiaban en el Maestro y por ello rechazaban en sus corazones todo lo que Él realizaba, en la razón de que -por no encajar en sus ideas premoldeadas- los hechos de ese Mesías tan extraño eran demasiado humanos. En su mismo modo de dirigirse a Jesús, hay un velado tono de burla y desprecio: es un rabbí galileo sospechoso, un profeta campesino sin formación, y a pesar de la avidez de las gentes por beber sus palabras, no es más que un provocador más: nada de Dios hay en Él.

El hambre de señales divinas esconde el rechazo a lo evidente, y es que el Reino está aquí y ahora y enriquece, santifica y redime la condición humana y toda la creación. Por eso mismo todos los gestos de amor y ternura, de salud y fraternidad realizados por Jesús de Nazareth y los suyos nunca serán suficientes ni santos para miradas así, tan juiciosas, tan crueles, tan angostas.

Así será la asombrosa respuesta de Jesús: a esa generación per-versa -jamás con-versa- sólo se le dará el signo de Jonás y la ballena, es decir, Cristo entregado a las fauces de la muerte, que emergerá victorioso, vivo para siempre desde las mismas sombras que se aparecen como definitivas.

Porque la Resurrección es el signo definitivo del amor de Dios, de que la vida prevalece, y los discípulos de Jesús que permanecen fieles practican en la cotidianeidad una fidelidad a ese signo que es mayor a todo lo que pueda preverse. La vida está allí y aquí mismo, es menester atreverse a darse cuenta, y estamos en verdad escasos de gratitud.

Paz y Bien

Cizaña y paciencia











Domingo 16º durante el año

Para el día de hoy (23/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 24-43 



Jesús de Nazareth tenía por oyentes habituales a sus discípulos -varios de ellos pescadores del mar de Galilea- y a una gran multitud que se componía, en su gran mayoría, de campesinos y jornaleros, toda vez que la economía judía del siglo I era predominantemente agrícola. Es por ello que los que le escuchaban -incluidos también escribas, fariseos y herodianos- sabían bien de qué hablaba cuando les ofrecía sus parábolas, pues las parábolas son propuestas, ventanas que se abren hacia otra dimensión insospechada que es el Reino de Dios aquí y ahora, la eternidad entretejida en la cotidianeidad. 

Nosotros quizás hemos perdido esa capacidad de diálogo con las mujeres y los hombres de hoy, anunciar Buenas Noticias a partir de las cosas que le suceden a diario, y así nos perdemos en declamaciones puras y estériles, en abstracciones sin sentido.

En ese orden de ideas, el Maestro plantea la parábola de la cizaña, que con mayor precisión debería llamarse, tal vez, parábola de la cosecha.

La cizaña es una gramínea muy similar a la planta de trigo, y crece con regularidad en las zonas en donde el trigo se siembra. El crecimiento de ambos es simultáneo, y es harto difícil discriminar entre la buena planta de trigo de la mala cizaña, de tan parecidas que son. Pero esa similitud -esas gentes lo sabían con toda certeza- no exime a la cizaña de ser una maleza, que puede conferir una naturaleza tóxica a las espigas de trigo por un hongo que suele incubar en sus propias espigas; pero también, esa cizaña hará que la harina producto de ese trigo contaminado se vuelva ácida y amarga, y por lo tanto, cualquier pan amasado con ella tornará incomible, más veneno que alimento.

Sin embargo, hay un problema: la cizaña es tan idéntica al trigo, que la pretensión de arrancarla de raíz implica arrancar también el tallo de trigo, y así dejarlo morir. La solución estará en el tiempo de la cosecha, tiempo de separar malezas inútiles y malsanas del trigo noble, que tiene destino de pan que alimenta y se comparte.

Toda la humanidad, y no sólo los cristianos, tenemos destino de pan, destino frutal, destino de plenitud que se mide por esos frutos prodigados. Pero también todos tenemos las ansias de volvernos purificadores fulminantes de toda cizaña, sin reconocer tal vez que portamos buena cantidad de ella en nuestros corazones.
Por eso el aguardar a la cosecha implica paciencia, mucha paciencia, más no tolerancia ingenua o prudencia falaz que esconde cobardía. Hay cosas que no pueden ni deben tolerarse, de ninguna manera. Pero -literal y figuradamente- a través de la historia nos empecinamos en arrojar al fuego a demasiados cizañeros, todos nosotros expertos en descubrir briznas en miradas ajenas pero negadores empecinados en las vigas propias.

Porque el campo -la humanidad toda- no nos pertenece, y hemos de ser pequeños y felices labriegos. El Dueño del campo es el que decide el cuando y el cómo de la cosecha, e invariablemente, a pesar de todo y de todos, aún con toda una miríada de señales ansiosas, el destino de pan santo se ha de cumplir, y allí se enraiza orgullosamente humilde este tallo de trigo que es nuestra existencia.

Paz y Bien


María Magdalena apóstol y misionera










Santa María Magdalena 

Para el día de hoy (22/07/17) 

Evangelio según San Juan 20, 1. 11-18





Con un destrato a veces cruel, María Magdalena se la ha encasillado en cuestiones de índole moral sin fundamento histórico, literario ni evangélico, y así se ha relativizado su enorme estatura espiritual y su relevancia fundamental para la Iglesia. Más aún, en los últimos tiempos y a partir de especulaciones absurdas se ha montado un pingüe negocio editorial y audiovisual, el que es dable razonar como intención primordial antes que ansias de verdad. Las teorías conspirativas recaudan mucho dinero sin importar certeza ni justicia.

Por otra parte, con un dócil y triste conformismo hemos aceptado irreflexivamente todos los rótulos que a ella le han impuesto -pecadora, prostituta, penitente- y de ese modo renegamos y soslayamos lo que verdaderamente cuenta, su importancia como mujer creyente, como discípula y como apóstol de los apóstoles.

Porque Santa María Magdalena es una mujer de fé que, a pesar de que todo indica lo contrario, de que campea el miedo, de que los varones cercanos al Maestro han huido y están ocultos atenazados por el miedo, permanece fiel en un amor que no se resigna ni se doblega, corazón demolido pero erguido al pié de la cruz.

En ella podemos descubrirnos cuando las sombras de la muerte y los silencios tristes nos cercan los días. En ella están todos aquellos que aún cuando porten algunas razones equivocadas, no se abandonan porque no se aferran a ideas sino que están indisolublemente ligados a Alguien. Las lágrimas que anegan su horizonte no impiden que pierda su centro, ese Maestro que supone habitante del sepulcro frío.

En el tiempo de la Gracia, ya no hay más imposibles y hay un destierro de los nunca, de los jamás, de los no se puede. Ese sepulcro al que imagina hogar de un cadáver, es hueco inútil de una muerte que está en fuga definitiva, a la que sólo le queda retroceder.
Con sus errores y confusiones, con una tristeza que parece permanente, prevalece ese amor que la moviliza en la madrugada solitaria, y es ese amor el que la hace descubrir al Maestro vivo, Cristo resucitado, encuentro y re-encuentro que salva.

No hay nada más importante, y esa prisa le pone alas a sus pies y a su corazón, y es una noticia que debe ser comunicada, mandato urgente de que Jesús de Nazareth está vivo, que la muerte no tiene la última palabra, que la vida y el amor de Dios prevalecen. 
Ella es mujer y en la sociedad de su tiempo es una nadie, alguien que no tiene derechos ni ha de ser tomada en cuenta. Ella es pequeña, de esos pequeños a los que Dios inclina su rostro y se revela en todo su esplendor. 
Ella tiene el asombroso mandato y la enorme misión de ser testigo del Cristo vivo a la Iglesia, a aquellos que se han escondido por el miedo y la desazón, por una Pascua que tienen pendiente. Ella es apóstol de los apóstoles, mensajera crucial para que ellos puedan cumplir con su misión a todos los confines del mundo.

Quiera Dios que volvamos a descubrir la importancia de todas las Magdalenas que tenaces y fieles nos siguen diciendo que Cristo está vivo, que la vida perdura, que la muerte no es el final.

Paz y Bien

Cosechas de misericordia










Para el día de hoy (21/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 1-8 





La religión oficial en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era muy estricta en todos sus aspectos. Estricta en los preceptos a cumplir, rotunda en el acceso y las formas del culto, incólume en la ortodoxia detentada por escribas y fariseos.
Ello, de por sí y en una mirada superficial es loable, a sabiendas de los perjuicios que causa en todos los ámbitos los relativismos y las moralidades laxas. Pero el problema estribaba en que esos rigores habían perdido su sentido primigenio, el vínculo con el Dios que inspiraba esa fé, y así ley, normas, preceptos devenían en fines en sí mismos, sin trascendencia ni referencia a una eternidad que le brinde sustento.
A ello se añadía una lectura literal de las Escrituras, que es causa de todos los fundamentalismos, y todo ello se combinaba en un espeso ambiente opresivo que solía demoler y agobiar las almas más sencillas.

Pero la Encarnación de Dios inaugura un tiempo santo -kairós-, tiempo de Dios y el hombre, de la humanidad asumida por ese Dios para levantarla hacia la plenitud y la eternidad a puro empuje bondadoso del amor que se expresa en todas las enseñanzas, gestos y acciones de Jesús de Nazareth. Lo divino, entonces, no se desliga por ningún motivo de lo humano pues Cristo tiende un puente irreductible entre la inmensidad de Dios y la pequeñez del hombre, sacerdote eterno que acampa entre nosotros.

Ese día, un sábado, el Maestro y sus amigos atravesaban a pié un trigal. Algo tan elemental y tan humano como el hambre se hace presente, y ellos toman algunas espigas entre sus manos, y las frotan para poder comerse los granos, y así quizás engañar un poco esa langudez que empieza a dolerles.

Al instante, surge la crítica virulenta, y no por tomar espigas de un sembrado que no les pertenece, sino por quebrantar las normas del Shabbat.
Pero el Maestro no retrocede. Con paciencia trata de razonar con esos hombres furiosos, intentando que comprendan que desde la misma Palabra se arriba a ese puerto, y que el Shabbat es a favor del hombre, que el deseo de Dios es el bien de todos los hijos.
Quizás el Shabbat hubiera sido más pleno si se rindiera culto a Dios desde la libertad y desde la compasión.

Porque Jesús de revela como Señor del Sábado, y más aún. En la historia de Israel, Dios se encontraba con su pueblo en una tienda elegida que habitaba en el desierto, y luego el Templo de Jerusalem pasó a ser el lugar sagrado por excelencia.
Sin embargo hay un desplazamiento definitivo: a Dios se le encuentra en la persona de Cristo, templo vivo y peregrino de ese Dios que nos ama sin medida ni condiciones, y por el que cada mujer y cada hombre se vuelven también templos santos del Dios de la vida.

En esos templos latientes es en donde se rinde el culto primero, que no está codificado pues es la compasión.
Quiera Dios que florezcan entre nosotros espigas de misericordia que alimenten tantos estómagos doloridos y tantas almas vacías de sentido, espigas de Dios que hemos de cuidar como tesoro preciado que son, la Gracia entre nosotros.

Paz y Bien

Cristo es nuestro descanso









Para el día de hoy (20/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 28-30




Tanto para el arado como para el transporte de cargas pesadas, el yugo era fundamental; consistía en una pesada pieza de madera que, doblegando los cuellos de los bueyes -bestias de cargas por excelencia- o de las mulas, mantenía sus cabezas unidas y bajas para que quien lleve el látigo y las riendas los dirija a voluntad. 
Simbólicamente, la imagen es dura, sobrecogedora. Es lo que se impone a la fuerza, la opresión, las almas aplastadas. Peor aún, implica que unos pocos se arrogan el derecho absoluto de conducir a la fuerza a muchos, a menudo en flagrante desprecio de unos por sobre otros, el poder no limitado por la ética y habitualmente justificado en nombre de Dios.

En los tiempos del ministerio del Maestro, esto era bien conocido por Jesús de Nazareth. Una multitud incontable vivía sometida a los dictados de una pequeña élite religiosa, que les imponía una miríada de preceptos casi imposibles de cumplir, a lo que se sumaba una mirada excluyente y despreciativa de escribas y fariseos a todos esos labriegos, pescadores, campesinos y artesanos pobres a los que consideraban varios escalones por debajo de la dignidad de los hijos de Israel, impuros, malditos a los ojos esquivos de un dios cruel y vengativo. Ellos eran, precisamente, los pequeños a los que Jesús hablaba y llamaba con inefable ternura, revelando que Dios es un Padre que ama y que tiene un amor preferencial hacia esos pequeños que no tienen voz, que nadie escucha, mucho más allá de cualquier clasificación ideológica o social.

Esos hombres trabajaban de sol a sol, y conocían bien el cansancio. Pero ese cansancio se disipa comiendo bien y durmiendo las horas necesarias.
Sin embargo hay otro cansancio más profundo que no ceden tan fácilmente. Son los agobios de las almas, los cansancios de los corazones derribados en la desesperanza, ahogados de rutina, carentes de novedades buenas.

A esos corazones -que también son los nuestros- les habla el Señor. Su yugo no es una opción más, su yugo ligero es grato, es la mano bienhechora de Dios que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios, a la paz verdadera, al reconocimiento del prójimo, a la restauración y sanación que nos trae su perdón.

Cristo es nuestro descanso y nuestra paz

Paz y Bien

El Reino se revela a los pequeños









Para el día de hoy (19/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-27




Las lecturas lineales nunca son buenas ni justas y suelen eludir la profundidad de la verdad, arañando apenas la superficie literaria. Por ello es menester siempre andar paso a paso, rumiar espiritualmente el alimento eterno que es la Palabra. Permitirnos que la Palabra nos vaya transformando.

Así entonces, los pequeños que expresa el Maestro no hace una referencia a una edad cronológica, a un pretérito ámbito pueril ni tampoco una reivindicación de la inocencia. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que se suele descartar a la vera de todo, los que no cuentan para nadie, los que no saben expresarse muy bien, aquellos tan habituados a las malas noticias. Los que sólo pueden encontrar esperanza y reconocimieno de parte de Dios, pues todos los demás le dan la espalda.

En contraposición, los sabios y prudentes son aquellos que nadan en el cieno de la autosuficiencia y en el fango de la soberbia, aferrándose a los boatos que los llevan a despreciar con fervor a los más humildes. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los sabios eran los que tragaban bibliotecas enteras pero solían carecer de piedad y amor. A lomos de su erudición -que no sabiduría-, tomaban distancia del resto del pueblo, pastores sin aroma a ovejas.

Esos hombres eran tan expertos en las Escrituras como en cerrar su corazón a las cosas de Dios y por ello las cosas del Reino se les ocultan.

No es preciso encaramarse a profusas elucubraciones, pues no se trata tanto de razón como de co-razón.

El Reino se revela a los pequeños, a los sencillos, a los que carecen de todo. Mucho más que preferencia puntual, se trata del asombroso amor de Dios, de un Dios que se nos revela Padre eterno, tiernamente parcial con los débiles.

María de Nazareth lo sabía bien, y cantaba con su alma a ese Dios magnífico que exalta a los humildes y dispersa a los soberbios.

Con Cristo, alegrémonos serenamente que el Reino resplandece aún en la mirada de los pequeños, y desde la compasión y el servicio, edifiquemos justicia y esperanza.

Paz y Bien

Ciudades ingratas, territorios del olvido









Para el día de hoy (18/07/15):  

Evangelio según San Mateo 11, 20-24




Corozaín o Corazin, Betsaida y Cafarnaúm era ciudades galileas y costeras del lago de Genesaret. Todas ellas eran bien conocidas por Jesús de Nazareth, eran parte de la Galilea en donde se había criado y en donde con afectuosa dedicación y empeño había volcado los esfuerzos de su corazón generoso en su ministerio, el anuncio del Reino de Dios mediante palabras, obras y signos.

De hecho, Cafarnaúm se convirtió en su segundo hogar, toda vez que se aloja allí -presumiblemente, en la casa familiar de Pedro y Andrés- al regreso de cada viaje misionero.

Pero a su vez. esas ciudades tenían cada una de ellas sus centros intelectuales/religiosos dominados por la religiosidad farisea imperante, una mentalidad cerrada a cualquier novedad, que se aferraba a duros prejuicios no exentos de velado desprecio. Al fin y al cabo, Jesús era un rabbí campesino sin formación ni pergaminos, pobre y humilde cuyas enseñanzas les hacía poner los ojos en blanco de furia y de espanto ortodoxo, todo un jardín mustio de tradiciones muertas.
Lo peor de todo fué que se negaban a mirar y ver lo evidente, el Reino de Dios entre ellos: los ciegos ven, los lisiados caminan, los sordos oyen, los endemoniados son liberados, la Buena Noticia se anuncia a los pobres.

Todo ello les auguraba un porvenir oscuro, no tanto como castigo post juicio, sino por la propia disolución de su sinsentido. 

Nuestras ciudades no son demasiado distintas. Otras son las soberbias y otros los olvidos, pero las negaciones furibundas se repiten. Los materialismos que domestican, la inhumanidad que deviene en picadoras de carne, la vida de los pequeños que se compra y se vende como una cosa, los signos santos humildes y siempre presentes que se ignoran y desprecian, y esos ayes de Cristo, esos lamentos de su corazón sagrado han de estremecernos pues son dolorosamente presentes, actuales.

Quiera Dios que no nos volvamos como esa ciudades tierra de olvido. Se nos ha ofrecido la fé, el Pan y la Palabra, y en aras de la costumbre dejamos pasar de largo todo el bien que Dios hace de continuo por nosotros, su paso salvador por nuestras existencias.

La ingratitud es un clavo más que hiere al Crucificado.

Paz y Bien

Con la cruz en el corazón









Para el día de hoy (17/07/17):  

Evangelio según San Mateo 10, 34-11, 1




Durante mucho tiempo -y persiste en algunas mentes- se asoció invariablemente la espada y la cruz, es decir, la espada como medio necesario para imponer la cruz, el uso del poder para imponer la religión. Amplios razonamientos se han articulado, realizando una mixtura espuria de los intereses mundanos con las cuestiones del Reino. Y la Iglesia no ha sido ajena a estas cuestiones.

Pero religión que se impone no tiene nada que ver con la fé, jamás. La fé es don y misterio y aceptación libre y confiada en una Persona, la experiencia transformadora de la vida de Jesucristo en la propia existencia.

También es habitual adaptar la Palabra a las propias necesidades, de tal modo que se encuentren justificativos a todas las acciones y situaciones en las Escrituras, una Palabra cómoda o light que no interpele, ni desestabilice ni conmueva. Quizás un ejemplo sea la lectura que la liturgia del día nos ofrece: la tentación estriba en imaginar a un Cristo impositivo, que zanja violentamente las cosas del Reino.

Pero nada es más ajeno a la Buena Noticia que la violencia ejercida sobre el prójimo, menos aún en los afanes de expandir la base religiosa. Esas son puras cuestiones de sumisión y dominio de almas, el poder religioso teñido de ratio ideológica de cualquier época.

Sin embargo vivir el Evangelio en fidelidad y plenitud es en cierto modo aceptar que no hay visos ambivalentes o melosos, a tono con nuestras miserias. La vida cristiana si es tal debe ser radical, porque a Cristo se lo sigue totalmente, no a medias, no cuando conviene, no cuando no hay conflictos.
Más aún, las persecuciones a causa de la fé son, efectivamente, señales inequívocas de esa fidelidad hasta el fin, al igual que el Maestro para con el sueño de su Padre y la vida de sus hermanos.

Cristo es el nuevo y definitivo Moisés que abre las aguas del ego y de los relativismos, dejando atrás la vida esclava del pecado, de las sombras, para caminar confiados hacia la tierra prometida y cumplida de la Salvación. Y no hay vuelta atrás, por más tentación que insinúe la vieja comodidad de la esclavitud anterior.
Porque en esta vida que se nos ofrece y no se nos impone, el único absoluto debe ser Dios.

Así también la cruz. 
Los crucifijos que colgamos de nuestros cuellos han de estar grabados pecho adentro, en las honduras de nuestros corazones. No es fiel y poco tiene que ver con el Evangelio que la cruz se convierta en un mero objeto decorativo y, en ocasiones, declarativo.
Porque no declamamos la cruz, la proclamamos. Y cargar la cruz es, al igual que Jesús de Nazareth, dar un salto enorme y sin redes, atreverse por amor a Dios y a los hermanos a ser un marginal, despreciado, o un criminal abyecto, sabiendo y confiando que esa cruz de dolores que portamos y asumimos no es símbolo mortal sino signo cierto del amor mayor, que es justicia y liberación, para que no haya más crucificados, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Confianza campesina










Domingo 15° durante el año

Para el día de hoy (16/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 1-23



La lectura que hoy nos trae la liturgia del día tiene una parábola tan agradable como extraña. Extraña pues el Maestro en ningún momento menciona de manera explícita a Dios y a su Reino.
Quizás se trate de algo más que un método de enseñanza, e implique el gran misterio de que la eternidad, desde la Encarnación de Dios, se halla tan profundamente implicada en la historia humana y atraviesa lo cotidiano que, ante todo, es menester saber abrir los ojos y descubrir esa inmensa bendición que está allí, al alcance de todos los corazones.

Aún así, Jesús de Nazareth hablaba con sus contemporáneos desde un lenguaje sencillo, a partir de las cosas que solían acontecerle día a día. Tal es el caso de la siembra, pues muchos de sus oyentes comprendían bien de qué hablaba y lo escuchaban con agrado, humildes campesinos judíos y labradores ancestrales. Tal vez la sencillez de sus palabras -que nó es simplicidad- es lo que alteraba y enojaba a los sabios y doctores pues no se valía de arcanos ni verba académica que se remite a unos pocos elegidos para revelar las cosas de Dios. En la universalidad de su enseñanza sin límites palpita una catolicidad que solemos declamar y no practicar.
Pero allí había una multitud, y por entre ellos podemos descubrir a pescadores, publicanos, estudiosos de la Torah, soldados, artesanos como José de Nazareth, pastores de ovejas, comerciantes y otros tantos que no tenían muy en claro las cuestiones del campo. Con una paciencia infinita, explica también a aquellos que no arriban a la misma claridad las cosas de su Padre. Hay que dejarse enseñar, escuchar atentamente a ese Cristo que hoy nos habla.

Los campesinos judíos más humildes no utilizaban demasiado el arado pues, sencillamente, un arado era demasiado oneroso. Ellos andaban por los campos -a veces demasiado nutridos de arena y piedras- y arrojaban semillas a diestra y siniestra, sin cerciorarse demasiado si éstas caían en humus nutricio, en rocas infranqueables o a escasa distancia de los surcos delineados. Ellos confiaban en la calidad de la semilla, en su fuerza escondida y a esa fuerza sumaban sus esfuerzos.

Para cierta mentalidad moderna de la que no estamos exentos, hay allí un problema de exactitud y eficacia. No están para nada mal los planes y los proyectos, claro que nó.

Sin embargo, hay una realidad que palpita con mayor profundidad, y es que el Reino está allí en el mundo, creciendo en silencio, al alcance de todos los corazones, inmensamente generoso y asombroso en los rindes que brinda a partir de esfuerzos y semillas que parecen muy pequeños, insignificantes.

Y a riesgo de aparentar tonterías, se trata de lealtad, de seguir confiando. Hay semillas que han de caer a la vera del camino, sobre rocas que parecen infranqueables, asomos a medias.

No hay que resignarse.

La semilla sigue siendo de Dios, y Él sabrá germinar frutos santos, con todo y a pesar de todo y todos.

Paz y Bien

La Buena Noticia, en clave de fidelidad











Para el día de hoy (15/07/17) 

Evangelio según San Mateo 10, 24-33 




Uno de los temas principales que sobrevuela el Evangelio para el día de hoy es el miedo, el miedo de los discípulos, de los enviados, de los misioneros, es decir, de todos los que permanecen fieles a su vocación cristiana.

Jesús sabía bien las cosas y situaciones que los suyos de todas las épocas habrían de enfrentar: es que la proclamación de la Buena Noticia, que principalmente es imitar en la existencia diaria a Cristo -amar como Él amaba, vivir como Él vivía, ser fieles al Reino hasta las últimas consecuencias y más- implica riesgos severísimos. Vivir el Evangelio, hacerse Buena Noticia es un manso y humilde desafío a los poderes del mundo, poderes que oprimen, esclavizan y deshumanizan. Porque el poder que no es servicio es espurio y se convierte en maldición.

Él conoce bien a los suyos, y entiende las cosas que se entretejen en las honduras a menudo inconscientes de nuestro ser. El miedo paraliza, socava, confunde. El miedo engaña y pervierte la prudencia, pues la prudencia excesiva es cobardía razonada.
Uno puede suponer que los poderosos reaccionan con violencia física; pero no sale de lo habitual que sus procesos se refinen, y hagan uso de descréditos, difamaciones infundadas, acosos por hambre y desempleo, ninguneos personales.

Porque es muy humano el miedo, pues todos -sin excepciones- somos mortales, frágiles y quebradizos. El problema estriba en tanto ese miedo se convierta en horizonte último.
También hemos de reconocer con durísima sensatez que el miedo ha sido religiosamente utilizado para apisonar corazones, bajo el pretexto de cielos ganados o infiernos obtenidos. Pero el Dios de Jesús de Nazareth no es ni un ogro ni un verdugo cruel. Es Padre, y es Madre también.

Con todo y a pesar de todo, nuestra fuerza proviene de la confianza y el amor que el Resucitado ha puesto en cada uno de nosotros, una fé que no suele ser recíproca. Él cree y se confía de nosotros de un modo inversamente proporcional al de nuestra confianza depositada en su corazón sagrado.

Somos inmensamente valiosos a los ojos de Dios todos y cada uno de nosotros, epítome santo de todo lo creado, y es una cuestión de amor, y en esa certeza de valor que no se mide con mesuras humanas, se funda nuestra esperanza y se aligeran nuestros pasos hacia el éxodo de todos nuestros miedos, libres hijas e hijos de Dios edificando comunidad y re-creando un mundo tan inhumano e inhóspito.

Paz y Bien

Tranquilidad sospechosa









Para el día de hoy (14/07/17) 

Evangelio según San Mateo 10, 16-23





La misión cristiana es profética, pues en la raíz de su mandato está el anunciar el Reino de Dios y, a la vez, denunciar todo lo que a ese Reino se oponga, todo lo contrario a Dios, todo lo que sea injusto y por ello mismo inhumano.
La misión está signada y definida por la eternidad de la Gracia de Dios y la perpetua compañía de Cristo, protagonista real de cualquier esfuerzo de los misioneros.

Sin embargo, la misión implica riesgos, a menudo gravísimos. Toda vocación profética que se encarne en este mundo es una amenaza para los poderosos, y los poderosos reaccionan con violencia, dispensando miserias y hambres en un sistema que han edificado para su propio provecho, que nunca para la justicia.

El panorama, lógicamente, asoma desalentador in extremis. Pero no estamos abandonados a los azares de los perversos: en Dios está nuestra suerte.
La mansedumbre necesaria -es Cristo, Señor de la paciencia y príncipe de paz el que vá- exige sencillez. Esa sencillez es la transparencia de la fidelidad, la transparencia que en nada obsta a que se advierta que no es uno quien decide y actúa, sino que es Cristo el que se hace presente, el que obra, el que habla.
El Espíritu de Dios jamás nos abandonará.

Pero mansedumbre y sencillez no implica ingenuidad. Es una tontería y una mezquindad no poner al servicio de la misión todas las capacidades que tengamos, por pequeñas y limitadas que parezcan. Ser astutos como serpientes es una cuestión de inteligencia y perspicacia y nó un supuesto ético que implique moverse rastreramente.
Esa astucia lleva también a identificar a todo lobo, a los que con pieles de ovejas maquillan sus intenciones de lastimar a los hermanos. Porque los carroñeros tienen una constante: para alimentarse han de matar primero. Y los lobos -tristemente, muchas manadas caminan en los ámbitos eclesiales- son tenaces dispensadores de muerte y dolor.

No es un mecanismo de autodefensa, sino un mandato evangélico de protección de los más pequeños desde la verdad, y la humildad de sabernos frágiles.

Más aún: hay que sospechar y cuestionarse fidelidades cuando todo está tranquilo, cuando nada pase. La Iglesia es fiel al Maestro cuando es profética, y el signo de ese amor es, precisamente, la persecución.

Hay que perseverar y nunca, jamás -por ningún motivo- resignarse ni bajar los brazos.

Paz y Bien    

Evangelización, misión plena de humanidad









Para el día de hoy (13/07/14) 

Evangelio según San Mateo 10, 7-15





Desde sus mismos inicios, la misión encomendada por Jesús de Nazareth a los suyos -a los Doce, a los setenta y dos, a nosotros, a toda la Iglesia- ha sido motivo de controversias, escándalos, peligrosas maquinaciones del poder y crueles y demoledores análisis desmerecedores que cualquier esfuerzo.

La razón estriba en que la misión cristiana es, fundamentalmente, una misión humanitaria, y por ello es tan trascendente. No es religiosa como de modo usual puede inferirse, buscando adeptos o prosélitos, propalando doctrinas, imponiendo un culto específico. 
La misión cristiana anuncia que el Reino de Dios está cerca, muy cerca, tan cerca que está alcance de todos los corazones. Y antes que una declamación, es una preclamación que se explicita en lo concreto, allí en donde el mal muerde y lastima a la humanidad a través del sufrimiento, el dolor y la exclusión.

Por eso los misioneros han de preocuparse y ocuparse a favor los enfermos, de los excluidos, de los alienados, de los que viven en mundos de sombras y agonizan en silencio, sepultados en vida por el olvido. Ellos han de llevar la bondadosa mano de Dios que no abandonará jamás a sus hijas e hijos, estén en donde estén, haciendo presente ese indomable deseo del Creador de que todos sean felices, plenos, totalmente humanos.

Porque religión es re-ligar, volver a unir a los hombres entre sí, separados por odios, egoísmos y olvidos, y también re-ligarlos con ese Dios que vive entre ellos, que ha llegado humildemente y se ha quedado para siempre.

Es claro que la misión entraña sus riesgos, sus repudios y rechazos. La gratuidad -signo cierto de esa asombrosa Gracia de Dios- vá a contramano de toda especulación, y de esa maldición que supone aquello de que todo tiene su precio o su interés.

Porque la solidaridad y el amor, desde y hacia Jesús de Nazareth, es visto como una peligrosa amenaza para los poderes mundanos.

Quiera el Altísimo que así de pequeños y frágiles como somos, así también nos volvamos cada día más santamente peligrosos, en la cordial dinámica del Espíritu.

Paz y Bien

Hacedores de puentes, gestores de encuentro










Para el día de hoy (12/07/17):  

Evangelio según San Mateo 10, 1-7



Los apóstoles eran un grupo extraño, disímil, desparejo si se quiere. Algunos tenían un carácter explosivo, otro era muy voluble, otro prudente, unos quizás muy cercanos a la corriente política que instaba a la rebelión armada contra el opresor romano. Unos eran pescadores de oficio; otro, recaudador de impuestos, otro, un estudioso de la Torah.
Lo llamativo era que habían sido convocados por Jesús de Nazareth allí mismo en donde acontecía su cotidianeidad.
Pero más aún, era la confianza que el Maestro depositaba cordialmente en ellos, aún sabiendo de sus quebrantos y traiciones, aún conociendo sus caracteres oscilantes.

Los Evangelios no son crónicas históricas, sino más bien crónicas teológicas, es decir, espirituales. Así el Evangelista deliberadamente recuerda los nombres de los apóstoles, queriendo señalar la trascendencia de que el llamado -la vocación- refiere siempre a hombres y mujeres concretos, de rostros visibles, con nombre y apellido. Allí también están nuestros nombres.

En la confianza brindada a los suyos -una fé inusitada, desmesurada respecto de la fé que los apóstoles tienen en Él- el Maestro les confiere autoridad, una autoridad que debe ser comprendida en su sentido primordial que nunca es imposición, sino el grato poder de hacer crecer.

Una de las claves de lectura es que es autoridad conferida no les pertenece, les ha sido concedida con un fin, con una misión determinada.
La otra, tan importante como aquella, es que el uso de esa autoridad -llamada exousía- sólo es legítima y auténtica en relación al prójimo y desde el servicio a los demás. Fuera de ese sentido trascendente, la autoridad apostólica deviene en poder mundano, en imposición, en dominio.

Porque esa autoridad es signo cierto de que el Reino está cerca, de que es deseo infinito de Dios la salud, la paz, la alegría, la libertad, la justicia, la compasión, la plenitud de toda la humanidad. 

Los apóstoles retribuyen la confianza de Cristo desde la caridad que profesan, y cuando no pierden de vista su condición primordial de hijos de Dios y de discípulos, es decir, de los que comparten camino, pan y vino, vida misma con el Cristo de nuestra liberación.

Paz y Bien

Trabajadores necesarios, corazones dispuestos









Para el día de hoy (11/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 32-38





Al sumergirnos en las profundidades de este pasaje, es menester tener en cuenta el ámbito en donde se desarrolla la escena: la Palabra nos sitúa en la sinagoga, en plena celebración del Shabbat. Era el día santo y el momento específico de la semana para todo varón judío que se preciara como tal, en el que se oraba en la sinagoga junto a la congregación -tal es la traducción literal del término sinagoga, congregación-, se escuchaban lecturas de la Torah y los profetas, se los comentaba y se debatía.
Las normas para la asistencia eran muy rígidas: tenían vedada la entrada los niños, pero muy especialmente los impuros, es decir, aquellos que la Ley consideraba indignos por enfermedades o acciones productos del pecado. Las mujeres tenían un reducido espacio separado, y carecían de derecho a opinar, espectadoras pasivas de la fé.

Por todo ello, que en medio de la nutrida asistencia le presentaran al Maestro a un hombre sin habla, cuya enfermedad se atribuía a un espíritu demoníaco, no sólo era infrecuente sino hasta escandaloso. Ese hombre no tiene derecho a estar allí, y mucho menos Jesús de Nazareth a recibirle como un igual y a hacer algo por él.
Como si no fuera suficiente, el amor de Dios que desborda en Cristo obra maravillas, y hay un alma purificada y una voz recuperada. Pero la infracción criticada ahora deviene, en los corazones de esos hombres severos, en afrenta intolerable. Hay que trasladarse por un momento al plano simbólico: un hombre sin habla es un hombre que no se puede comunicar con los demás, que no puede expresar lo que piensa y siente, y sobre todo, es un hombre incapaz de proclamar su fé.

Ese hombre mudo es Israel envejecido y envilecido por un cúmulo de normas estrictas y preceptos rígidos sin corazón y sin Dios. Y a veces también ese Israel es -dolorosamente- la misma Iglesia.

Pero contra todo pronóstico, es el tiempo de la Gracia y la Misericordia, tiempo santo de Dios y el hombre, de un Dios decididamente inclinado a todas esas multitudes derrengadas de dolor, como bajas dolorosas de tantas guerras, como ovejas extraviadas por falta de cuidado, como simples objetos librados a su suerte.

Cristo es la constante referencia a desterrar cualquier adjudicación azarosa al acontecer humano. Así como no hay casualidades sino más bien causalidades, así también no vacilaremos en afirmar que en Dios está nuestra suerte y nuestro destino.

Sin embargo, la tarea es enorme. Es imprescindible la súplica por nuevos obreros, pues la mies es abundante; pero esa plegaria no es solamente el rogar por otros distintos de nosotros, sino también ponerse en la sintonía misma de Dios. De corazones dispuestos, de la escucha atenta que surge de la oración, nace y se descubre la misión.


Paz y Bien

Cristo, tiempo santo de Dios y el hombre









Para el día de hoy (10/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 18-26




La liturgia hoy nos brinda una lectura del Evangelio según San Mateo en el que, en principio y en su superficie, podemos encontrar dos paralelismos muy interesantes. En ambos casos se trata de mujeres: una de ellas, degastada por una enfermedad que se la está llevando por ríos de sangre, se encuentra en las cercanías de la muerte, sin dignidad y sin futuro. La otra, es una niña que por las normas sociales imperantes está muy cerca de convertirse en mujer y madre; pero la intempestiva irrupción de la muerte la tala como a un árbol joven que aún no ha dado frutos.

A la mujer adulta, doce años de hemorragias que le llevan su femineidad y su vida. A la niña, doce años que no agregarán ni un día más. A Israel, doce tribus sometidas, sin esperanzas.

La mujer que padece las hemorragias porta una impureza ritual que deviene en ostracismo social: la Ley supone que la enfermedad es consecuencia del propio pecado -o de pecados de los padres- y esa impureza indica que no tiene permitido participar del culto y de todo contacto comunitario, inclusive familiar, pues el contacto con un impuro, en cierto modo, contagia esa impureza. Para colmo de males, es mujer, y en la sociedad del siglo I tiene muy pocos y escasos derechos, en general los que le otorga el esposo, no se le escucha ni se le protege legalmente. Además de la soledad impuesta, es una mujer que no puede tener hijos, ni vida íntima, ni salud plena, y debe languidecer en soledad, sumida también en la conciencia de una idea culposa propia.

La niña ha fallecido. Siguiendo la Ley, y más allá de cualquier ternura y dolor de los padres, se trata de un cadáver que no debe, por ningún motivo, ser tocado. La misma familia queda teñida de una aureola de impureza y ha de cumplir con los ritos mortuorios, que tienden a ahondar el dolor de la pérdida, fedatarios crueles del luto.

Pero es un tiempo distinto, nuevo y sorprendente, definido para siempre por un Dios que se ha acercado a la humanidad, tan cercano que se ha hecho hombre desde María de Nazareth, uno más entre nosotros en Jesucristo, Señor y hermano de todas nuestras penas y alegrías.
La Encarnación -misterio insondable de amor- inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, urdimbre santa de salvación.

En Cristo acontecen todas nuestras esperanzas, pues a todos busca, a nadie rechaza, dador incansable de bendiciones, del amor de Dios que se derrama como lluvia buena, salud y liberación. Pues no se trata solamente de sanar cuerpos, sino también de vendar corazones heridos y enderezar razones que se extraviaron.
Pero imaginar un Cristo que hace todo, aún cuando fuera causa de nuestros asombros y alabanzas, nos quedaríamos solamente en un Mesías sanador y taumaturgo.

Se ha inaugurado el Reino de Dios, el tiempo de la Gracia, el aquí y el ahora de la Salvación, y esa Encarnación implica también una reciprocidad bondadosa y fiel del hombre. Y toda fidelidad -toda fé- se desarrolla desde la confianza, y confianza en Alguien.

En el caso de la niña y en el caso de la mujer suceden dos cuestiones fundamentales y similares: tanto la hemorroísa como el padre de la niña no se acostumbran ni se resignan a un sufrir sin sentido. A pesar de que todo -y todos- digan e indiquen lo contrario, jamás hay que resignarse al dolor y a la muerte, porque Cristo pasa, porque Cristo jamás dirá que nó y porque desde la fé todo es posible.

La Resurrección ha desterrado para siempre a todos los no se puede. Alabado sea Jesucristo.

Paz y Bien

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