Cizaña y paciencia











Domingo 16º durante el año

Para el día de hoy (23/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 24-43 



Jesús de Nazareth tenía por oyentes habituales a sus discípulos -varios de ellos pescadores del mar de Galilea- y a una gran multitud que se componía, en su gran mayoría, de campesinos y jornaleros, toda vez que la economía judía del siglo I era predominantemente agrícola. Es por ello que los que le escuchaban -incluidos también escribas, fariseos y herodianos- sabían bien de qué hablaba cuando les ofrecía sus parábolas, pues las parábolas son propuestas, ventanas que se abren hacia otra dimensión insospechada que es el Reino de Dios aquí y ahora, la eternidad entretejida en la cotidianeidad. 

Nosotros quizás hemos perdido esa capacidad de diálogo con las mujeres y los hombres de hoy, anunciar Buenas Noticias a partir de las cosas que le suceden a diario, y así nos perdemos en declamaciones puras y estériles, en abstracciones sin sentido.

En ese orden de ideas, el Maestro plantea la parábola de la cizaña, que con mayor precisión debería llamarse, tal vez, parábola de la cosecha.

La cizaña es una gramínea muy similar a la planta de trigo, y crece con regularidad en las zonas en donde el trigo se siembra. El crecimiento de ambos es simultáneo, y es harto difícil discriminar entre la buena planta de trigo de la mala cizaña, de tan parecidas que son. Pero esa similitud -esas gentes lo sabían con toda certeza- no exime a la cizaña de ser una maleza, que puede conferir una naturaleza tóxica a las espigas de trigo por un hongo que suele incubar en sus propias espigas; pero también, esa cizaña hará que la harina producto de ese trigo contaminado se vuelva ácida y amarga, y por lo tanto, cualquier pan amasado con ella tornará incomible, más veneno que alimento.

Sin embargo, hay un problema: la cizaña es tan idéntica al trigo, que la pretensión de arrancarla de raíz implica arrancar también el tallo de trigo, y así dejarlo morir. La solución estará en el tiempo de la cosecha, tiempo de separar malezas inútiles y malsanas del trigo noble, que tiene destino de pan que alimenta y se comparte.

Toda la humanidad, y no sólo los cristianos, tenemos destino de pan, destino frutal, destino de plenitud que se mide por esos frutos prodigados. Pero también todos tenemos las ansias de volvernos purificadores fulminantes de toda cizaña, sin reconocer tal vez que portamos buena cantidad de ella en nuestros corazones.
Por eso el aguardar a la cosecha implica paciencia, mucha paciencia, más no tolerancia ingenua o prudencia falaz que esconde cobardía. Hay cosas que no pueden ni deben tolerarse, de ninguna manera. Pero -literal y figuradamente- a través de la historia nos empecinamos en arrojar al fuego a demasiados cizañeros, todos nosotros expertos en descubrir briznas en miradas ajenas pero negadores empecinados en las vigas propias.

Porque el campo -la humanidad toda- no nos pertenece, y hemos de ser pequeños y felices labriegos. El Dueño del campo es el que decide el cuando y el cómo de la cosecha, e invariablemente, a pesar de todo y de todos, aún con toda una miríada de señales ansiosas, el destino de pan santo se ha de cumplir, y allí se enraiza orgullosamente humilde este tallo de trigo que es nuestra existencia.

Paz y Bien


María Magdalena apóstol y misionera










Santa María Magdalena 

Para el día de hoy (22/07/17) 

Evangelio según San Juan 20, 1. 11-18





Con un destrato a veces cruel, María Magdalena se la ha encasillado en cuestiones de índole moral sin fundamento histórico, literario ni evangélico, y así se ha relativizado su enorme estatura espiritual y su relevancia fundamental para la Iglesia. Más aún, en los últimos tiempos y a partir de especulaciones absurdas se ha montado un pingüe negocio editorial y audiovisual, el que es dable razonar como intención primordial antes que ansias de verdad. Las teorías conspirativas recaudan mucho dinero sin importar certeza ni justicia.

Por otra parte, con un dócil y triste conformismo hemos aceptado irreflexivamente todos los rótulos que a ella le han impuesto -pecadora, prostituta, penitente- y de ese modo renegamos y soslayamos lo que verdaderamente cuenta, su importancia como mujer creyente, como discípula y como apóstol de los apóstoles.

Porque Santa María Magdalena es una mujer de fé que, a pesar de que todo indica lo contrario, de que campea el miedo, de que los varones cercanos al Maestro han huido y están ocultos atenazados por el miedo, permanece fiel en un amor que no se resigna ni se doblega, corazón demolido pero erguido al pié de la cruz.

En ella podemos descubrirnos cuando las sombras de la muerte y los silencios tristes nos cercan los días. En ella están todos aquellos que aún cuando porten algunas razones equivocadas, no se abandonan porque no se aferran a ideas sino que están indisolublemente ligados a Alguien. Las lágrimas que anegan su horizonte no impiden que pierda su centro, ese Maestro que supone habitante del sepulcro frío.

En el tiempo de la Gracia, ya no hay más imposibles y hay un destierro de los nunca, de los jamás, de los no se puede. Ese sepulcro al que imagina hogar de un cadáver, es hueco inútil de una muerte que está en fuga definitiva, a la que sólo le queda retroceder.
Con sus errores y confusiones, con una tristeza que parece permanente, prevalece ese amor que la moviliza en la madrugada solitaria, y es ese amor el que la hace descubrir al Maestro vivo, Cristo resucitado, encuentro y re-encuentro que salva.

No hay nada más importante, y esa prisa le pone alas a sus pies y a su corazón, y es una noticia que debe ser comunicada, mandato urgente de que Jesús de Nazareth está vivo, que la muerte no tiene la última palabra, que la vida y el amor de Dios prevalecen. 
Ella es mujer y en la sociedad de su tiempo es una nadie, alguien que no tiene derechos ni ha de ser tomada en cuenta. Ella es pequeña, de esos pequeños a los que Dios inclina su rostro y se revela en todo su esplendor. 
Ella tiene el asombroso mandato y la enorme misión de ser testigo del Cristo vivo a la Iglesia, a aquellos que se han escondido por el miedo y la desazón, por una Pascua que tienen pendiente. Ella es apóstol de los apóstoles, mensajera crucial para que ellos puedan cumplir con su misión a todos los confines del mundo.

Quiera Dios que volvamos a descubrir la importancia de todas las Magdalenas que tenaces y fieles nos siguen diciendo que Cristo está vivo, que la vida perdura, que la muerte no es el final.

Paz y Bien

Cosechas de misericordia










Para el día de hoy (21/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 1-8 





La religión oficial en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era muy estricta en todos sus aspectos. Estricta en los preceptos a cumplir, rotunda en el acceso y las formas del culto, incólume en la ortodoxia detentada por escribas y fariseos.
Ello, de por sí y en una mirada superficial es loable, a sabiendas de los perjuicios que causa en todos los ámbitos los relativismos y las moralidades laxas. Pero el problema estribaba en que esos rigores habían perdido su sentido primigenio, el vínculo con el Dios que inspiraba esa fé, y así ley, normas, preceptos devenían en fines en sí mismos, sin trascendencia ni referencia a una eternidad que le brinde sustento.
A ello se añadía una lectura literal de las Escrituras, que es causa de todos los fundamentalismos, y todo ello se combinaba en un espeso ambiente opresivo que solía demoler y agobiar las almas más sencillas.

Pero la Encarnación de Dios inaugura un tiempo santo -kairós-, tiempo de Dios y el hombre, de la humanidad asumida por ese Dios para levantarla hacia la plenitud y la eternidad a puro empuje bondadoso del amor que se expresa en todas las enseñanzas, gestos y acciones de Jesús de Nazareth. Lo divino, entonces, no se desliga por ningún motivo de lo humano pues Cristo tiende un puente irreductible entre la inmensidad de Dios y la pequeñez del hombre, sacerdote eterno que acampa entre nosotros.

Ese día, un sábado, el Maestro y sus amigos atravesaban a pié un trigal. Algo tan elemental y tan humano como el hambre se hace presente, y ellos toman algunas espigas entre sus manos, y las frotan para poder comerse los granos, y así quizás engañar un poco esa langudez que empieza a dolerles.

Al instante, surge la crítica virulenta, y no por tomar espigas de un sembrado que no les pertenece, sino por quebrantar las normas del Shabbat.
Pero el Maestro no retrocede. Con paciencia trata de razonar con esos hombres furiosos, intentando que comprendan que desde la misma Palabra se arriba a ese puerto, y que el Shabbat es a favor del hombre, que el deseo de Dios es el bien de todos los hijos.
Quizás el Shabbat hubiera sido más pleno si se rindiera culto a Dios desde la libertad y desde la compasión.

Porque Jesús de revela como Señor del Sábado, y más aún. En la historia de Israel, Dios se encontraba con su pueblo en una tienda elegida que habitaba en el desierto, y luego el Templo de Jerusalem pasó a ser el lugar sagrado por excelencia.
Sin embargo hay un desplazamiento definitivo: a Dios se le encuentra en la persona de Cristo, templo vivo y peregrino de ese Dios que nos ama sin medida ni condiciones, y por el que cada mujer y cada hombre se vuelven también templos santos del Dios de la vida.

En esos templos latientes es en donde se rinde el culto primero, que no está codificado pues es la compasión.
Quiera Dios que florezcan entre nosotros espigas de misericordia que alimenten tantos estómagos doloridos y tantas almas vacías de sentido, espigas de Dios que hemos de cuidar como tesoro preciado que son, la Gracia entre nosotros.

Paz y Bien

Cristo es nuestro descanso









Para el día de hoy (20/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 28-30




Tanto para el arado como para el transporte de cargas pesadas, el yugo era fundamental; consistía en una pesada pieza de madera que, doblegando los cuellos de los bueyes -bestias de cargas por excelencia- o de las mulas, mantenía sus cabezas unidas y bajas para que quien lleve el látigo y las riendas los dirija a voluntad. 
Simbólicamente, la imagen es dura, sobrecogedora. Es lo que se impone a la fuerza, la opresión, las almas aplastadas. Peor aún, implica que unos pocos se arrogan el derecho absoluto de conducir a la fuerza a muchos, a menudo en flagrante desprecio de unos por sobre otros, el poder no limitado por la ética y habitualmente justificado en nombre de Dios.

En los tiempos del ministerio del Maestro, esto era bien conocido por Jesús de Nazareth. Una multitud incontable vivía sometida a los dictados de una pequeña élite religiosa, que les imponía una miríada de preceptos casi imposibles de cumplir, a lo que se sumaba una mirada excluyente y despreciativa de escribas y fariseos a todos esos labriegos, pescadores, campesinos y artesanos pobres a los que consideraban varios escalones por debajo de la dignidad de los hijos de Israel, impuros, malditos a los ojos esquivos de un dios cruel y vengativo. Ellos eran, precisamente, los pequeños a los que Jesús hablaba y llamaba con inefable ternura, revelando que Dios es un Padre que ama y que tiene un amor preferencial hacia esos pequeños que no tienen voz, que nadie escucha, mucho más allá de cualquier clasificación ideológica o social.

Esos hombres trabajaban de sol a sol, y conocían bien el cansancio. Pero ese cansancio se disipa comiendo bien y durmiendo las horas necesarias.
Sin embargo hay otro cansancio más profundo que no ceden tan fácilmente. Son los agobios de las almas, los cansancios de los corazones derribados en la desesperanza, ahogados de rutina, carentes de novedades buenas.

A esos corazones -que también son los nuestros- les habla el Señor. Su yugo no es una opción más, su yugo ligero es grato, es la mano bienhechora de Dios que nos conduce a la libertad de los hijos de Dios, a la paz verdadera, al reconocimiento del prójimo, a la restauración y sanación que nos trae su perdón.

Cristo es nuestro descanso y nuestra paz

Paz y Bien

El Reino se revela a los pequeños









Para el día de hoy (19/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-27




Las lecturas lineales nunca son buenas ni justas y suelen eludir la profundidad de la verdad, arañando apenas la superficie literaria. Por ello es menester siempre andar paso a paso, rumiar espiritualmente el alimento eterno que es la Palabra. Permitirnos que la Palabra nos vaya transformando.

Así entonces, los pequeños que expresa el Maestro no hace una referencia a una edad cronológica, a un pretérito ámbito pueril ni tampoco una reivindicación de la inocencia. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que se suele descartar a la vera de todo, los que no cuentan para nadie, los que no saben expresarse muy bien, aquellos tan habituados a las malas noticias. Los que sólo pueden encontrar esperanza y reconocimieno de parte de Dios, pues todos los demás le dan la espalda.

En contraposición, los sabios y prudentes son aquellos que nadan en el cieno de la autosuficiencia y en el fango de la soberbia, aferrándose a los boatos que los llevan a despreciar con fervor a los más humildes. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los sabios eran los que tragaban bibliotecas enteras pero solían carecer de piedad y amor. A lomos de su erudición -que no sabiduría-, tomaban distancia del resto del pueblo, pastores sin aroma a ovejas.

Esos hombres eran tan expertos en las Escrituras como en cerrar su corazón a las cosas de Dios y por ello las cosas del Reino se les ocultan.

No es preciso encaramarse a profusas elucubraciones, pues no se trata tanto de razón como de co-razón.

El Reino se revela a los pequeños, a los sencillos, a los que carecen de todo. Mucho más que preferencia puntual, se trata del asombroso amor de Dios, de un Dios que se nos revela Padre eterno, tiernamente parcial con los débiles.

María de Nazareth lo sabía bien, y cantaba con su alma a ese Dios magnífico que exalta a los humildes y dispersa a los soberbios.

Con Cristo, alegrémonos serenamente que el Reino resplandece aún en la mirada de los pequeños, y desde la compasión y el servicio, edifiquemos justicia y esperanza.

Paz y Bien

Ciudades ingratas, territorios del olvido









Para el día de hoy (18/07/15):  

Evangelio según San Mateo 11, 20-24




Corozaín o Corazin, Betsaida y Cafarnaúm era ciudades galileas y costeras del lago de Genesaret. Todas ellas eran bien conocidas por Jesús de Nazareth, eran parte de la Galilea en donde se había criado y en donde con afectuosa dedicación y empeño había volcado los esfuerzos de su corazón generoso en su ministerio, el anuncio del Reino de Dios mediante palabras, obras y signos.

De hecho, Cafarnaúm se convirtió en su segundo hogar, toda vez que se aloja allí -presumiblemente, en la casa familiar de Pedro y Andrés- al regreso de cada viaje misionero.

Pero a su vez. esas ciudades tenían cada una de ellas sus centros intelectuales/religiosos dominados por la religiosidad farisea imperante, una mentalidad cerrada a cualquier novedad, que se aferraba a duros prejuicios no exentos de velado desprecio. Al fin y al cabo, Jesús era un rabbí campesino sin formación ni pergaminos, pobre y humilde cuyas enseñanzas les hacía poner los ojos en blanco de furia y de espanto ortodoxo, todo un jardín mustio de tradiciones muertas.
Lo peor de todo fué que se negaban a mirar y ver lo evidente, el Reino de Dios entre ellos: los ciegos ven, los lisiados caminan, los sordos oyen, los endemoniados son liberados, la Buena Noticia se anuncia a los pobres.

Todo ello les auguraba un porvenir oscuro, no tanto como castigo post juicio, sino por la propia disolución de su sinsentido. 

Nuestras ciudades no son demasiado distintas. Otras son las soberbias y otros los olvidos, pero las negaciones furibundas se repiten. Los materialismos que domestican, la inhumanidad que deviene en picadoras de carne, la vida de los pequeños que se compra y se vende como una cosa, los signos santos humildes y siempre presentes que se ignoran y desprecian, y esos ayes de Cristo, esos lamentos de su corazón sagrado han de estremecernos pues son dolorosamente presentes, actuales.

Quiera Dios que no nos volvamos como esa ciudades tierra de olvido. Se nos ha ofrecido la fé, el Pan y la Palabra, y en aras de la costumbre dejamos pasar de largo todo el bien que Dios hace de continuo por nosotros, su paso salvador por nuestras existencias.

La ingratitud es un clavo más que hiere al Crucificado.

Paz y Bien

Con la cruz en el corazón









Para el día de hoy (17/07/17):  

Evangelio según San Mateo 10, 34-11, 1




Durante mucho tiempo -y persiste en algunas mentes- se asoció invariablemente la espada y la cruz, es decir, la espada como medio necesario para imponer la cruz, el uso del poder para imponer la religión. Amplios razonamientos se han articulado, realizando una mixtura espuria de los intereses mundanos con las cuestiones del Reino. Y la Iglesia no ha sido ajena a estas cuestiones.

Pero religión que se impone no tiene nada que ver con la fé, jamás. La fé es don y misterio y aceptación libre y confiada en una Persona, la experiencia transformadora de la vida de Jesucristo en la propia existencia.

También es habitual adaptar la Palabra a las propias necesidades, de tal modo que se encuentren justificativos a todas las acciones y situaciones en las Escrituras, una Palabra cómoda o light que no interpele, ni desestabilice ni conmueva. Quizás un ejemplo sea la lectura que la liturgia del día nos ofrece: la tentación estriba en imaginar a un Cristo impositivo, que zanja violentamente las cosas del Reino.

Pero nada es más ajeno a la Buena Noticia que la violencia ejercida sobre el prójimo, menos aún en los afanes de expandir la base religiosa. Esas son puras cuestiones de sumisión y dominio de almas, el poder religioso teñido de ratio ideológica de cualquier época.

Sin embargo vivir el Evangelio en fidelidad y plenitud es en cierto modo aceptar que no hay visos ambivalentes o melosos, a tono con nuestras miserias. La vida cristiana si es tal debe ser radical, porque a Cristo se lo sigue totalmente, no a medias, no cuando conviene, no cuando no hay conflictos.
Más aún, las persecuciones a causa de la fé son, efectivamente, señales inequívocas de esa fidelidad hasta el fin, al igual que el Maestro para con el sueño de su Padre y la vida de sus hermanos.

Cristo es el nuevo y definitivo Moisés que abre las aguas del ego y de los relativismos, dejando atrás la vida esclava del pecado, de las sombras, para caminar confiados hacia la tierra prometida y cumplida de la Salvación. Y no hay vuelta atrás, por más tentación que insinúe la vieja comodidad de la esclavitud anterior.
Porque en esta vida que se nos ofrece y no se nos impone, el único absoluto debe ser Dios.

Así también la cruz. 
Los crucifijos que colgamos de nuestros cuellos han de estar grabados pecho adentro, en las honduras de nuestros corazones. No es fiel y poco tiene que ver con el Evangelio que la cruz se convierta en un mero objeto decorativo y, en ocasiones, declarativo.
Porque no declamamos la cruz, la proclamamos. Y cargar la cruz es, al igual que Jesús de Nazareth, dar un salto enorme y sin redes, atreverse por amor a Dios y a los hermanos a ser un marginal, despreciado, o un criminal abyecto, sabiendo y confiando que esa cruz de dolores que portamos y asumimos no es símbolo mortal sino signo cierto del amor mayor, que es justicia y liberación, para que no haya más crucificados, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Confianza campesina










Domingo 15° durante el año

Para el día de hoy (16/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 1-23



La lectura que hoy nos trae la liturgia del día tiene una parábola tan agradable como extraña. Extraña pues el Maestro en ningún momento menciona de manera explícita a Dios y a su Reino.
Quizás se trate de algo más que un método de enseñanza, e implique el gran misterio de que la eternidad, desde la Encarnación de Dios, se halla tan profundamente implicada en la historia humana y atraviesa lo cotidiano que, ante todo, es menester saber abrir los ojos y descubrir esa inmensa bendición que está allí, al alcance de todos los corazones.

Aún así, Jesús de Nazareth hablaba con sus contemporáneos desde un lenguaje sencillo, a partir de las cosas que solían acontecerle día a día. Tal es el caso de la siembra, pues muchos de sus oyentes comprendían bien de qué hablaba y lo escuchaban con agrado, humildes campesinos judíos y labradores ancestrales. Tal vez la sencillez de sus palabras -que nó es simplicidad- es lo que alteraba y enojaba a los sabios y doctores pues no se valía de arcanos ni verba académica que se remite a unos pocos elegidos para revelar las cosas de Dios. En la universalidad de su enseñanza sin límites palpita una catolicidad que solemos declamar y no practicar.
Pero allí había una multitud, y por entre ellos podemos descubrir a pescadores, publicanos, estudiosos de la Torah, soldados, artesanos como José de Nazareth, pastores de ovejas, comerciantes y otros tantos que no tenían muy en claro las cuestiones del campo. Con una paciencia infinita, explica también a aquellos que no arriban a la misma claridad las cosas de su Padre. Hay que dejarse enseñar, escuchar atentamente a ese Cristo que hoy nos habla.

Los campesinos judíos más humildes no utilizaban demasiado el arado pues, sencillamente, un arado era demasiado oneroso. Ellos andaban por los campos -a veces demasiado nutridos de arena y piedras- y arrojaban semillas a diestra y siniestra, sin cerciorarse demasiado si éstas caían en humus nutricio, en rocas infranqueables o a escasa distancia de los surcos delineados. Ellos confiaban en la calidad de la semilla, en su fuerza escondida y a esa fuerza sumaban sus esfuerzos.

Para cierta mentalidad moderna de la que no estamos exentos, hay allí un problema de exactitud y eficacia. No están para nada mal los planes y los proyectos, claro que nó.

Sin embargo, hay una realidad que palpita con mayor profundidad, y es que el Reino está allí en el mundo, creciendo en silencio, al alcance de todos los corazones, inmensamente generoso y asombroso en los rindes que brinda a partir de esfuerzos y semillas que parecen muy pequeños, insignificantes.

Y a riesgo de aparentar tonterías, se trata de lealtad, de seguir confiando. Hay semillas que han de caer a la vera del camino, sobre rocas que parecen infranqueables, asomos a medias.

No hay que resignarse.

La semilla sigue siendo de Dios, y Él sabrá germinar frutos santos, con todo y a pesar de todo y todos.

Paz y Bien

La Buena Noticia, en clave de fidelidad











Para el día de hoy (15/07/17) 

Evangelio según San Mateo 10, 24-33 




Uno de los temas principales que sobrevuela el Evangelio para el día de hoy es el miedo, el miedo de los discípulos, de los enviados, de los misioneros, es decir, de todos los que permanecen fieles a su vocación cristiana.

Jesús sabía bien las cosas y situaciones que los suyos de todas las épocas habrían de enfrentar: es que la proclamación de la Buena Noticia, que principalmente es imitar en la existencia diaria a Cristo -amar como Él amaba, vivir como Él vivía, ser fieles al Reino hasta las últimas consecuencias y más- implica riesgos severísimos. Vivir el Evangelio, hacerse Buena Noticia es un manso y humilde desafío a los poderes del mundo, poderes que oprimen, esclavizan y deshumanizan. Porque el poder que no es servicio es espurio y se convierte en maldición.

Él conoce bien a los suyos, y entiende las cosas que se entretejen en las honduras a menudo inconscientes de nuestro ser. El miedo paraliza, socava, confunde. El miedo engaña y pervierte la prudencia, pues la prudencia excesiva es cobardía razonada.
Uno puede suponer que los poderosos reaccionan con violencia física; pero no sale de lo habitual que sus procesos se refinen, y hagan uso de descréditos, difamaciones infundadas, acosos por hambre y desempleo, ninguneos personales.

Porque es muy humano el miedo, pues todos -sin excepciones- somos mortales, frágiles y quebradizos. El problema estriba en tanto ese miedo se convierta en horizonte último.
También hemos de reconocer con durísima sensatez que el miedo ha sido religiosamente utilizado para apisonar corazones, bajo el pretexto de cielos ganados o infiernos obtenidos. Pero el Dios de Jesús de Nazareth no es ni un ogro ni un verdugo cruel. Es Padre, y es Madre también.

Con todo y a pesar de todo, nuestra fuerza proviene de la confianza y el amor que el Resucitado ha puesto en cada uno de nosotros, una fé que no suele ser recíproca. Él cree y se confía de nosotros de un modo inversamente proporcional al de nuestra confianza depositada en su corazón sagrado.

Somos inmensamente valiosos a los ojos de Dios todos y cada uno de nosotros, epítome santo de todo lo creado, y es una cuestión de amor, y en esa certeza de valor que no se mide con mesuras humanas, se funda nuestra esperanza y se aligeran nuestros pasos hacia el éxodo de todos nuestros miedos, libres hijas e hijos de Dios edificando comunidad y re-creando un mundo tan inhumano e inhóspito.

Paz y Bien

Tranquilidad sospechosa









Para el día de hoy (14/07/17) 

Evangelio según San Mateo 10, 16-23





La misión cristiana es profética, pues en la raíz de su mandato está el anunciar el Reino de Dios y, a la vez, denunciar todo lo que a ese Reino se oponga, todo lo contrario a Dios, todo lo que sea injusto y por ello mismo inhumano.
La misión está signada y definida por la eternidad de la Gracia de Dios y la perpetua compañía de Cristo, protagonista real de cualquier esfuerzo de los misioneros.

Sin embargo, la misión implica riesgos, a menudo gravísimos. Toda vocación profética que se encarne en este mundo es una amenaza para los poderosos, y los poderosos reaccionan con violencia, dispensando miserias y hambres en un sistema que han edificado para su propio provecho, que nunca para la justicia.

El panorama, lógicamente, asoma desalentador in extremis. Pero no estamos abandonados a los azares de los perversos: en Dios está nuestra suerte.
La mansedumbre necesaria -es Cristo, Señor de la paciencia y príncipe de paz el que vá- exige sencillez. Esa sencillez es la transparencia de la fidelidad, la transparencia que en nada obsta a que se advierta que no es uno quien decide y actúa, sino que es Cristo el que se hace presente, el que obra, el que habla.
El Espíritu de Dios jamás nos abandonará.

Pero mansedumbre y sencillez no implica ingenuidad. Es una tontería y una mezquindad no poner al servicio de la misión todas las capacidades que tengamos, por pequeñas y limitadas que parezcan. Ser astutos como serpientes es una cuestión de inteligencia y perspicacia y nó un supuesto ético que implique moverse rastreramente.
Esa astucia lleva también a identificar a todo lobo, a los que con pieles de ovejas maquillan sus intenciones de lastimar a los hermanos. Porque los carroñeros tienen una constante: para alimentarse han de matar primero. Y los lobos -tristemente, muchas manadas caminan en los ámbitos eclesiales- son tenaces dispensadores de muerte y dolor.

No es un mecanismo de autodefensa, sino un mandato evangélico de protección de los más pequeños desde la verdad, y la humildad de sabernos frágiles.

Más aún: hay que sospechar y cuestionarse fidelidades cuando todo está tranquilo, cuando nada pase. La Iglesia es fiel al Maestro cuando es profética, y el signo de ese amor es, precisamente, la persecución.

Hay que perseverar y nunca, jamás -por ningún motivo- resignarse ni bajar los brazos.

Paz y Bien    

Evangelización, misión plena de humanidad









Para el día de hoy (13/07/14) 

Evangelio según San Mateo 10, 7-15





Desde sus mismos inicios, la misión encomendada por Jesús de Nazareth a los suyos -a los Doce, a los setenta y dos, a nosotros, a toda la Iglesia- ha sido motivo de controversias, escándalos, peligrosas maquinaciones del poder y crueles y demoledores análisis desmerecedores que cualquier esfuerzo.

La razón estriba en que la misión cristiana es, fundamentalmente, una misión humanitaria, y por ello es tan trascendente. No es religiosa como de modo usual puede inferirse, buscando adeptos o prosélitos, propalando doctrinas, imponiendo un culto específico. 
La misión cristiana anuncia que el Reino de Dios está cerca, muy cerca, tan cerca que está alcance de todos los corazones. Y antes que una declamación, es una preclamación que se explicita en lo concreto, allí en donde el mal muerde y lastima a la humanidad a través del sufrimiento, el dolor y la exclusión.

Por eso los misioneros han de preocuparse y ocuparse a favor los enfermos, de los excluidos, de los alienados, de los que viven en mundos de sombras y agonizan en silencio, sepultados en vida por el olvido. Ellos han de llevar la bondadosa mano de Dios que no abandonará jamás a sus hijas e hijos, estén en donde estén, haciendo presente ese indomable deseo del Creador de que todos sean felices, plenos, totalmente humanos.

Porque religión es re-ligar, volver a unir a los hombres entre sí, separados por odios, egoísmos y olvidos, y también re-ligarlos con ese Dios que vive entre ellos, que ha llegado humildemente y se ha quedado para siempre.

Es claro que la misión entraña sus riesgos, sus repudios y rechazos. La gratuidad -signo cierto de esa asombrosa Gracia de Dios- vá a contramano de toda especulación, y de esa maldición que supone aquello de que todo tiene su precio o su interés.

Porque la solidaridad y el amor, desde y hacia Jesús de Nazareth, es visto como una peligrosa amenaza para los poderes mundanos.

Quiera el Altísimo que así de pequeños y frágiles como somos, así también nos volvamos cada día más santamente peligrosos, en la cordial dinámica del Espíritu.

Paz y Bien

Hacedores de puentes, gestores de encuentro










Para el día de hoy (12/07/17):  

Evangelio según San Mateo 10, 1-7



Los apóstoles eran un grupo extraño, disímil, desparejo si se quiere. Algunos tenían un carácter explosivo, otro era muy voluble, otro prudente, unos quizás muy cercanos a la corriente política que instaba a la rebelión armada contra el opresor romano. Unos eran pescadores de oficio; otro, recaudador de impuestos, otro, un estudioso de la Torah.
Lo llamativo era que habían sido convocados por Jesús de Nazareth allí mismo en donde acontecía su cotidianeidad.
Pero más aún, era la confianza que el Maestro depositaba cordialmente en ellos, aún sabiendo de sus quebrantos y traiciones, aún conociendo sus caracteres oscilantes.

Los Evangelios no son crónicas históricas, sino más bien crónicas teológicas, es decir, espirituales. Así el Evangelista deliberadamente recuerda los nombres de los apóstoles, queriendo señalar la trascendencia de que el llamado -la vocación- refiere siempre a hombres y mujeres concretos, de rostros visibles, con nombre y apellido. Allí también están nuestros nombres.

En la confianza brindada a los suyos -una fé inusitada, desmesurada respecto de la fé que los apóstoles tienen en Él- el Maestro les confiere autoridad, una autoridad que debe ser comprendida en su sentido primordial que nunca es imposición, sino el grato poder de hacer crecer.

Una de las claves de lectura es que es autoridad conferida no les pertenece, les ha sido concedida con un fin, con una misión determinada.
La otra, tan importante como aquella, es que el uso de esa autoridad -llamada exousía- sólo es legítima y auténtica en relación al prójimo y desde el servicio a los demás. Fuera de ese sentido trascendente, la autoridad apostólica deviene en poder mundano, en imposición, en dominio.

Porque esa autoridad es signo cierto de que el Reino está cerca, de que es deseo infinito de Dios la salud, la paz, la alegría, la libertad, la justicia, la compasión, la plenitud de toda la humanidad. 

Los apóstoles retribuyen la confianza de Cristo desde la caridad que profesan, y cuando no pierden de vista su condición primordial de hijos de Dios y de discípulos, es decir, de los que comparten camino, pan y vino, vida misma con el Cristo de nuestra liberación.

Paz y Bien

Trabajadores necesarios, corazones dispuestos









Para el día de hoy (11/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 32-38





Al sumergirnos en las profundidades de este pasaje, es menester tener en cuenta el ámbito en donde se desarrolla la escena: la Palabra nos sitúa en la sinagoga, en plena celebración del Shabbat. Era el día santo y el momento específico de la semana para todo varón judío que se preciara como tal, en el que se oraba en la sinagoga junto a la congregación -tal es la traducción literal del término sinagoga, congregación-, se escuchaban lecturas de la Torah y los profetas, se los comentaba y se debatía.
Las normas para la asistencia eran muy rígidas: tenían vedada la entrada los niños, pero muy especialmente los impuros, es decir, aquellos que la Ley consideraba indignos por enfermedades o acciones productos del pecado. Las mujeres tenían un reducido espacio separado, y carecían de derecho a opinar, espectadoras pasivas de la fé.

Por todo ello, que en medio de la nutrida asistencia le presentaran al Maestro a un hombre sin habla, cuya enfermedad se atribuía a un espíritu demoníaco, no sólo era infrecuente sino hasta escandaloso. Ese hombre no tiene derecho a estar allí, y mucho menos Jesús de Nazareth a recibirle como un igual y a hacer algo por él.
Como si no fuera suficiente, el amor de Dios que desborda en Cristo obra maravillas, y hay un alma purificada y una voz recuperada. Pero la infracción criticada ahora deviene, en los corazones de esos hombres severos, en afrenta intolerable. Hay que trasladarse por un momento al plano simbólico: un hombre sin habla es un hombre que no se puede comunicar con los demás, que no puede expresar lo que piensa y siente, y sobre todo, es un hombre incapaz de proclamar su fé.

Ese hombre mudo es Israel envejecido y envilecido por un cúmulo de normas estrictas y preceptos rígidos sin corazón y sin Dios. Y a veces también ese Israel es -dolorosamente- la misma Iglesia.

Pero contra todo pronóstico, es el tiempo de la Gracia y la Misericordia, tiempo santo de Dios y el hombre, de un Dios decididamente inclinado a todas esas multitudes derrengadas de dolor, como bajas dolorosas de tantas guerras, como ovejas extraviadas por falta de cuidado, como simples objetos librados a su suerte.

Cristo es la constante referencia a desterrar cualquier adjudicación azarosa al acontecer humano. Así como no hay casualidades sino más bien causalidades, así también no vacilaremos en afirmar que en Dios está nuestra suerte y nuestro destino.

Sin embargo, la tarea es enorme. Es imprescindible la súplica por nuevos obreros, pues la mies es abundante; pero esa plegaria no es solamente el rogar por otros distintos de nosotros, sino también ponerse en la sintonía misma de Dios. De corazones dispuestos, de la escucha atenta que surge de la oración, nace y se descubre la misión.


Paz y Bien

Cristo, tiempo santo de Dios y el hombre









Para el día de hoy (10/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 18-26




La liturgia hoy nos brinda una lectura del Evangelio según San Mateo en el que, en principio y en su superficie, podemos encontrar dos paralelismos muy interesantes. En ambos casos se trata de mujeres: una de ellas, degastada por una enfermedad que se la está llevando por ríos de sangre, se encuentra en las cercanías de la muerte, sin dignidad y sin futuro. La otra, es una niña que por las normas sociales imperantes está muy cerca de convertirse en mujer y madre; pero la intempestiva irrupción de la muerte la tala como a un árbol joven que aún no ha dado frutos.

A la mujer adulta, doce años de hemorragias que le llevan su femineidad y su vida. A la niña, doce años que no agregarán ni un día más. A Israel, doce tribus sometidas, sin esperanzas.

La mujer que padece las hemorragias porta una impureza ritual que deviene en ostracismo social: la Ley supone que la enfermedad es consecuencia del propio pecado -o de pecados de los padres- y esa impureza indica que no tiene permitido participar del culto y de todo contacto comunitario, inclusive familiar, pues el contacto con un impuro, en cierto modo, contagia esa impureza. Para colmo de males, es mujer, y en la sociedad del siglo I tiene muy pocos y escasos derechos, en general los que le otorga el esposo, no se le escucha ni se le protege legalmente. Además de la soledad impuesta, es una mujer que no puede tener hijos, ni vida íntima, ni salud plena, y debe languidecer en soledad, sumida también en la conciencia de una idea culposa propia.

La niña ha fallecido. Siguiendo la Ley, y más allá de cualquier ternura y dolor de los padres, se trata de un cadáver que no debe, por ningún motivo, ser tocado. La misma familia queda teñida de una aureola de impureza y ha de cumplir con los ritos mortuorios, que tienden a ahondar el dolor de la pérdida, fedatarios crueles del luto.

Pero es un tiempo distinto, nuevo y sorprendente, definido para siempre por un Dios que se ha acercado a la humanidad, tan cercano que se ha hecho hombre desde María de Nazareth, uno más entre nosotros en Jesucristo, Señor y hermano de todas nuestras penas y alegrías.
La Encarnación -misterio insondable de amor- inaugura el tiempo santo de Dios y el hombre, urdimbre santa de salvación.

En Cristo acontecen todas nuestras esperanzas, pues a todos busca, a nadie rechaza, dador incansable de bendiciones, del amor de Dios que se derrama como lluvia buena, salud y liberación. Pues no se trata solamente de sanar cuerpos, sino también de vendar corazones heridos y enderezar razones que se extraviaron.
Pero imaginar un Cristo que hace todo, aún cuando fuera causa de nuestros asombros y alabanzas, nos quedaríamos solamente en un Mesías sanador y taumaturgo.

Se ha inaugurado el Reino de Dios, el tiempo de la Gracia, el aquí y el ahora de la Salvación, y esa Encarnación implica también una reciprocidad bondadosa y fiel del hombre. Y toda fidelidad -toda fé- se desarrolla desde la confianza, y confianza en Alguien.

En el caso de la niña y en el caso de la mujer suceden dos cuestiones fundamentales y similares: tanto la hemorroísa como el padre de la niña no se acostumbran ni se resignan a un sufrir sin sentido. A pesar de que todo -y todos- digan e indiquen lo contrario, jamás hay que resignarse al dolor y a la muerte, porque Cristo pasa, porque Cristo jamás dirá que nó y porque desde la fé todo es posible.

La Resurrección ha desterrado para siempre a todos los no se puede. Alabado sea Jesucristo.

Paz y Bien

Dios es santamente parcial










Nuestra Señora de Itatí

Día de la Independencia Argentina

Para el día de hoy (09/07/17):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-30



La lectura que la liturgia para el día de hoy nos brinda es breve e intensa, y podríamos, sin dudar,  afirmar que allí se revela una cristología fundante.
Allí está el núcleo del Evangelio: sólo el Hijo es quien puede en verdad y plenitud revelar el rostro de Dios, Señor de la tierra y el universo, creador y Padre.

Y este Dios, Padre de Jesús, tiene abiertas, flagrantes y magníficas preferencias por los humildes y por los pequeños. María de Nazareth lo sabía bien y lo cantaba feliz.

Jesús de Nazareth, en identidad plena como Hijo de Dios, reconoce a los sabios y prudentes en las élites de la ortodoxia intelectual y religiosa del Israel de su tiempo, en especial escribas y fariseos, contumaces en negar los signos que realizaba y sordos a la palabra clara del Maestro. Esos mismos hombres que se revestían de erudición y se aferraban a una prudencia rayana en el fanatismo y en cierta cobardía tácita, rabiaban cuando este rabbí galileo abrazaba y levantaba a los intocables de aquel entonces, y en especial cuando proclamaba buenas noticias para los pobres.
 
De allí que cuando el Señor habla de los pequeños -por contraposición- no se refería a los niños, por quienes tenía especial predilección. El se refería a aquellos que tan bien conocía, los campesinos pobres de Galilea, de Judea, de Samaria, esos mismos que no hablan muy bien porque su léxico es limitado, los que no tienen habilidad dialéctica y carecen de esa formación que sobreabunda entre los doctos, y que por todo ello son fervorosamente despreciados por esos sabios y prudentes hombres.
En su desprecio razonado y justificado, toda esa multitud de pequeños tenían de hecho vedado el acceso a las cosas del culto, y y rotulados como indignos e impuros, para los que cualquier bendición divina se suponía denegada, y para los que la miríada de estrictas normas y preceptos a observar era sólo una causa de corazones oprimidos y doblegados.

Es menester detenerse y reflexionar, pues la tentación del acotarnos a lo ideológico o a lo sociológico está ahí nomás. Pero el Maestro habla de la Gracia de Dios, de un amor asombroso que se inclina abiertamente hacia los que nadie tiene en cuenta, hacia los que todos descartan, una mirada bondadosa de Padre que interviene en la historia humana para fecundarla y transformarla con amor y mansedumbre desde las periferias de la existencia.

Paz y Bien

El vino nuevo del Reino en odres cordiales










Para el día de hoy (08/07/17):  

Evangelio según San Mateo 9, 14-17





El joven rabbí galileo sorprendía a propios y extraños. Tenía un modo de enseñar novedoso y único, y en verdad nada de lo que hacía era lo que podía esperarse de un maestro de Israel.
De ese modo, los discípulos del Bautista -varios de ellos ahora discípulos directos de Jesús- y los fariseos no terminaban de entenderle; las reglas de vida con las que caracterizaba a su comunidad poco o nada tenían de imposición, y a sus ojos eran bastante laxas en temas muy importantes.

Las abluciones antes de comer. La observancia estricta del sábado. El modo de orar.
En el caso que hoy nos ofrece la lectura del día, el tema de conflicto es el ayuno.
El ayuno es una práctica usual en numerosas religiones y culturas: en el caso puntual de la fé de Israel tiene que ver con lo penitencial, pero más específicamente a proferir una muda queja ocasionada en la espera por la venida del Mesías. Refleja la impaciencia por un tiempo presente ingrato y, quizás, la confianza en un futuro glorioso, aunque ese futuro no pudiera determinarse con precisión.

Pero hay otra cuestión que subyace en el diferendo, y es la tradición.
Podemos entender por tradición lo que su etimología refleja, es decir, tradere, lo que se trae y entrega, de una generación a otra. Ello siempre es valioso, pues enriquece la memoria de los pueblos, y en el plano de la fé es el recuerdo vivo de las cosas de Dios que se transmiten de padres a hijos. 
Los problemas comienzan cuando esa memoria viva sólo se traduce en conductas a repetición que, a menudo, pierden su sentido primordial. Así tradiciones devienen traiciones, tradiciones que se hacen meras costumbres sin trascendencia.

Por ello los conflictos se acrecentaban. Muchos seguían aferrados a esas costumbres, olvidando a Aquél que les confería sentido y destino. Pero a su vez, el tiempo de la queja y el lamento, del rictus amargo de la ausencia ha finalizado, pues el Redentor está vivo y presente en medio de su pueblo.

No se trata sólo de otra novedad. Es la gran novedad, tan distinta a todo lo conocido que no encaja ninguna comparación con la que se especule. La realidad mesiánica de Cristo, Buena Nueva, es totalmente humana y totalmente divina, y excede infinitamente cualquier presunción.
Erróneo es entonces equiparar costumbres antiguas con costumbres nuevas desde esa realidad divina y fundante, y a partir de allí tallar juicios de valor. La realidad del Reino es tan grande, tan novedosa, tan raigal que es menester una mirada nueva para darse cuenta de su presencia, una mirada de fé.

Una verdad infinita en moldes pequeños y miopes jamás puede fijarse. Vino nuevo en odres nuevos. El vino de Cristo en existencias renovadas.

Vida eterna en corazones re-creados.

Paz y Bien

Hospitalidad y comensalidad, señales de un tiempo nuevo











Para el día de hoy (07/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 9-13



La llamada de Cristo al seguimiento, al discipulado es bendición y es milagro, signada por el perfume eterno de la Gracia. No está condicionada por los méritos de quien es llamado, por los merecimientos acumulados, por su posición, su formación o su status social o religioso.
Es una asombrosa invitación a compartir su vida, y por ello el discipulado no es un voluntario. Las primacías son siempre de Dios, es el Señor quien se acerca, quien nos busca sin descanso, quien a pesar de la ristra gravosa de miserias que solemos acarrear insiste con tozudez amorosa de Padre para que nos pongamos en camino, para que abandonemos todo lo que nos ata a las tinieblas.

Más aún: a diferencia de Pedro y los otros -pescadores de oficio todos ellos- Mateo/Leví es un publicano, es decir, un judío reclutado por el opresor romano que ha de recaudar tributos para el César, y que habitualmente extorsiona al pueblo cobrando de más para enriquecerse de modo espúreo, amasando grandes fortunas. Por ser visto como un traidor y por los abusos de explotación que comete, un publicano tiene, para sus paisanos, la misma estatura moral de los criminales y las prostitutas. Es alguien que jamás será bien recibido en ninguna casa de Israel, excepto en la de sus pares.
Con todo y a pesar de todo, Cristo rompe esa tradición establecida. La Gracia desborda cualquier razonabilidad, y destella el insondable amor de Dios que nos busca sin fijarse en el pasado, sino germinando un presente nuevo y pleno, y soñando todo lo que podemos llegar a ser.

El convite al discipulado, a una vida nueva y re-creada desata las alegrías perdidas, y es ocasión de festejo que no debe pasarse jamás por alto. Pero en el caso de Mateo, por los motivos que antes señalábamos, será un banquete acotado a otros hombres similares a él mismo, publicanos, pecadores públicos. Y el Maestro está allí, y también celebra: una vida recuperada vale más que todo el universo.

Sin embargo, un vendaval de críticas se desata, y es que Jesús de Nazareth -efectivamente- se contamina al compartir la mesa con esos hombres. Porque mesa compartida implica ratificación cordial de la existencia, y para esos hombres severos y criticones una comida con publicanos es intolerables, aún cuando ellos conocen bien el mandato de la Ley de Moisés acerca de la hospitalidad.

Es una dolorosa paradoja. Los hombres férreamente religiosos rechazan a Cristo, mientras que los que estaban perdidos y destacaban por sus máculas evidentes, ellos sí lo honran y celebran de veras.
En ese banquete se decide mucho más que un sabroso menú degustado. Allí se resuelve con carácter trascendente la otra hospitalidad, que es recibir en la casa/existencia la presencia del Redentor, y así, descubriéndolo vivo y presente, a nuestro lado, toda la vida se vuelve una acción de Gracias por tanto siendo tan poco, tan pequeños, todo alegría, pura Gracia.

Paz y Bien

El perdón que renueva, recrea y restaura









Para el día de hoy (06/07/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 1-8




Jesús ha emprendido el regreso de tierras de la Decápolis, y atravesando el mar de Galilea, está de nuevo en su ciudad. Su ciudad no es aquella donde se crió, Nazareth, sino que el Evangelista se refiere a Cafarnaúm, ciudad desde donde parte su ministerio y sus esfuerzos misioneros. Probablemente se hospede en el hogar familiar de Pedro y Andrés, pero hay un mensaje también para nosotros, cristianos de este tiempo: el Maestro no tiene casa propia, y su hogar está allí en donde le reciben sus amigos como uno más de la familia.

Traen a su presencia a un paralítico, tendido en una camilla. Ese hombre es la pura inmovilidad, la pasividad extrema, un universo acotado a las angarillas que con mucha fé portan otros hombres. 
A veces, cuando un hermano está postrado por el dolor, la resignación y la miseria es imprescindible que otros lo lleven a la presencia liberadora de Cristo, a fuerza de compasión, de silencioso servicio, de fraterna misericordia que no espera gratitud, sólo el bien del caído. Con el hermano al hombro, y más aún, que el doliente se nos haga un dolor en el costado. El dolor del otro, dolor propio.
Así será la fé de esos hombres en santa conjunción con el amor de Dios la que obrará milagros.

Los expertos pensaban de otra manera. Gobernaban la fé de Israel y los corazones del pueblo judío bajo el criterio de que las enfermedades eran consecuencia directa de un pecado propio o de pecados de los padres, todo ello bajo el tenor de retribución punitiva divina. Es decir, la enfermedad como castigo justo y necesario, que a su vez deviene en impureza ritual, un Dios que castiga y sumerge en la culpa y la vergüenza.

Cristo sana y salva. Restituye la movilidad al cuerpo inmóvil, pero también restaura el corazón del caído mediante su perdón. Ese perdón venda las heridas más profundas, descubriendo el rostro bondadoso de un Dios que ama sin medida, rico en misericorida, lentísimo en la cólera. Así, la palabra hijo es mucho más que una expresión de afecto entrañable, pues proclama una identidad filial conferida.

Algunos mascullan su rabia, pues ese rabbí galileo se atribuye facultades que son sólo de Dios, según su limitado criterio. 
Más Cristo ha inaugurado el tiempo santo de Dios y el hombre, de Dios con nosotros vivo y presente en Jesús de Nazareth, y por ello, su mandato restaurador de perdón sera misión de sus hermanos, de su familia, de la Iglesia.

El perdón libera, reune a los separados, reconciliando a los hombres entre sí y con Dios.

Paz y Bien

Señor, nunca te vayas








Para el día de hoy (05/07/17) 

Evangelio según San Mateo 8, 28-34





Varias veces se ha mencionado, pero nunca está de más recordarlo: los Evangelios no son crónicas históricas o narraciones atadas a devenires históricos exactos, sino que son relatos teológicos, es decir, espirituales. Por eso mismo, como tales y como Palabra de Dios es menester animarse a ir más allá de las apariencias, superar la mera literalidad, ir hacia la escucha atenta y fecunda.

La liturgia hoy nos ofrece una lectura plena de símbolos, es decir, de ventanas por las cuales podemos atisbar al infinito, la eternidad, Dios.

La Palabra nos sitúa en tierras de los gadarenos, parte de la Decápolis; era un grupo de diez ciudades que no pertenecían a Israel, que tenían gobiernos propios y que eran particularmente paganas en su gran mayoría. Como área de gentiles, es casi imposible que un rabbí judío camine por sus calles en talante misionero y de enseñanza: el ministerio de Jesús de Nazareth es asombroso, desafiante y rompe con cualquier norma impuesta, con los preconceptos que se abroquelan en rígidos corazones, pues la Salvación ha de llegar a todos los pueblos.

Todo parece obscuro, plagado de signos de inhumanidad. Son dos los endemoniados, símbolo de un alma alienada, partida, fracturada su existencia por un dolor que es difícil de identificar. Y habitan entre los sepulcros, casas habituales de la muerte, no hogares para ninguna persona; en su miseria y por la pavura que provocan, también conocen como propia a la soledad.
El gran problema es también la resignación, el acostumbrarse a estar mal, el acomodarse al sufrimiento, los devaneos escasos de la mera supervivencia. Por eso se eleva la queja airada. La sola presencia del Maestro quebranta el tempo malsano con música nueva, y en esa queja hay, quizás sin quererlo, una gran verdad: llega una Salvación que es aquí y es ahora, no una cuestión lejana de tiempos postreros.

La piara de cerdos son el símbolo de de lo impuro, de lo aberrante, de lo ajeno a Dios. Está muy bien que se pierda todo en el precipicio del olvido, pero el cuestionamiento de los gadarenos tiene el mismo tenor de aquellos que anteponen posesiones y poder por sobre el bien de los demás. Porque en el horizonte de la Gracia, una sola vida vale más que todos los tesoros del mundo, y es algo que aún no hemos terminado de aceptar.

La sola presencia del Señor es motivo de salud/Salvación, de liberación.
Porque en verdad el único poder que cuenta es el amor de Dios. Todo lo demás es perecedero y pasajero, sólo el amor permanece para siempre.

Señor, nunca te vayas.

Paz y Bien

Navegantes de las tormentas de la vida








Para el día de hoy (04/07/17) 

Evangelio según San Mateo 8, 23-27





Por su ubicación y por la geografía que lo circunda, el llamado Mar de Galilea -que en realidad es un lago de agua dulce- suele presentar, merced a fuertes vientos que se forman en la zona, furiosas tormentas y un oleaje mayúsculo en sus corrientes. En los tiempos del ministerio de Jesús, siglo I de nuestra era, sus aguas bullían de peces, por lo que el mar galileo era fuente de sustento para muchas familias de pescadores y un gran motor económico de toda la zona.

Varios de los discípulos del Maestro eran del oficio, pescadores experimentados y grandes conocedores de mareas y características propias de esas aguas que consideraban suyas. Así, subidos a una barca y en su mar, el grito desesperado de esos hombres curtidos frente a la tormenta que arrecia es signo cierto de que lo que saben y conocen no les basta, no es suficiente, y que tienen miedo a esa fuerza que se les hace desconocida. Para colmo de males, el Maestro dormita tranquilamente.

Un paréntesis: esa imagen de Cristo recostado, tejiendo una siesta reparadora, resplandece el rostro humano de Dios que ha asumido hasta nuestras más pequeñas debilidades, el cansancio de nuestros cuerpos, la necesidad de reposo. Sólo que el Señor no sólo descansa en una tabla de la barca, sino que reposa en su Padre.

En cierto modo, y de no mediar auxilio, esos pescadores son hombres muertos. Toda su experiencia no les sirve para enfrentar la magnitud de la tempestad que los acomete, y es casi seguro que la barca dará una vuelta de campana y han de morir ahogados.
Aún así, presos del terror que los paraliza, no han permitido que se les apague el último rescoldo de confianza que les queda, y a voz en grito acuden al Maestro que sigue durmiendo. Claman por auxilio, porque -aunque sea de un modo imperfecto- tienen algo de fé en el Cristo que vá con ellos.

Y Cristo los rescata, con la autoridad de la vida, con la fuerza misma del amor. Es semblanza perfecta del Todopoderoso porque ama. Y esos hombres no son liberados de una tormenta brava, sino quitados de las garras mismas de la muerte, enteros para la Salvación, plenos para que su fé madure y crezca.

Porque la autoridad del Señor implica que hace nacer cosas nuevas, y no tanto que suprima las malas. Y no hay mal que se resista a su sola presencia.

Somos navegantes, peregrinos en este mar grande que es el mundo. Nuestras débiles y acotadas existencias suelen verse acosadas por tempestades generadas en el devenir de los tiempos o por chubascos electos voluntariamente. Casi siempre nos parece que Dios se ha dormido, pues nos agobia no escuchar las respuestas y palabras que nos imaginamos.

Pero el silencio de Dios es de una diáfana claridad y contundencia para los corazones capaces de confiar y, por tanto, de oír y escuchar a pesar de tantos truenos.

Nadie debe perecer, Cristo navega con nosotros.

Paz y Bien

La fé cristiana, nuestra herencia









Santo Tomás, Apóstol 

Para el día de hoy (03/07/17) 

Evangelio según San Juan 20, 24-29




Recordemos por un momento el escenario en donde se desarrollan los hechos que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy: los discípulos se encontraban encerrados por temor a posibles represalias para con ellos, ese miedo a correr la misma suerte del Maestro. Padeciendo quizás un síndrome de ghetto, están paralizados por temor y por tristeza, pues jamás hubieran esperado que todo sucediera de un modo tan cruel, que Jesús se les hubiera muerto en derrota total a manos de sus enemigos.
 
Pero para el Señor no hay muro ni cerradura que pueda interponerse, especialmente esos obstáculos que gustamos de ubicar en nuestras almas, e inevitablemente se hace presente pleno de paz y de bendición.

Uno de los apóstoles -Tomás, llamado el Mellizo o Dídimo- no se encontraba con ellos. A su regreso, los otros le comunican con fervor que han visto al Señor, de nuevo vivo, otra vez con ellos. Pero Tomás se obstina -es un tenaz cabeza dura- y no cree, exige la certeza sensorial, mirar, tocar, ver para creer.

El símbolo no puede ser más explícito: la experiencia pascual, la experiencia del Resucitado sólo puede acontecer en comunidad, junto a los hermanos, jamás en soledad, y esto es crucial. La Iglesia, en tanto que comunidad y familia de las hijas y los hijos de Dios, es sacramento de Salvación, testigo fiel del Resucitado, y fuera de sus amparos no es posible que la fé madure y crezca.

Pero así como Tomás se obstina en su incredulidad, hemos de notar que a su vez hace una confesión tan contundente que atraviesa el velo de los siglos: Señor mío y Dios mío!. Porque el Crucificado, su Maestro, es el Resucitado que ha derrotado la muerte, que vive para siempre.
Es a través de las idas y vueltas de Tomás, que a pesar de todo es un hombre de fé, que nos llega una bendición y una luz magnífica a todos los creyentes de todos los tiempos, una bienaventuranza decisiva para todos nosotros, frágiles peregrinos de estos rumbos.

La fé en Jesucristo es nuestra herencia mejor, y será por siempre motivo de felicidad y causa de todas las alegrías.

Paz y Bien

ir arriba