El tesoro asombroso de la Gracia de Dios

















Para el día de hoy (31/08/19) 

Evangelio según San Mateo 25, 14-30









Vayamos primero por el sendero de los símbolos.

La parábola nos habla en varias oportunidades de talentos: un talento, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, era una moneda que equivalía a seis mil denarios aproximadamente. Y un denario, a su vez, es la moneda que representa el jornal diario de un trabajador de Palestina del siglo I; un simple cálculo nos indica que los talentos repartidos a los partícipes de la parábola equivale -en el menor de los casos- a veinte años de trabajo de un jornalero. Una suma enorme, una fortuna, un tesoro.

La desproporción entre la suma otorgada y la confianza brindada es abismal.
Pero el gran error es propiciar una lectura lineal. El Dios de Jesús de Nazareth no es un patrón exigente, que dispensa con rapidez premios y castigos, un Dios punitivo e injusto en los repartos. Tampoco es indiferente a la especulación ni al culto esclavista del dinero. El Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos y cada uno de nosotros somos hijas e hijos, no empleados ni asalariados.

No obstante, tampoco portamos demasiados méritos para que se nos brinde una confianza descomunal, inconmensurable como la que simbolizan esos valiosos talentos. Con inefable certeza lo expresa el apóstol Pablo, que llevamos estos tesoros en estas vasijas de barro que somos.

Porque el tesoro es la asombrosa Gracia de Dios que se nos ha confiado, a puro amor y generosidad.

Es un tesoro extraño, que crece en tanto se brinda, se comparte incondicionalmente, vida plena, vida abundante, perdón y salud que es Salvación para toda la humanidad.
Un tesoro así no ha de ser sepultado bajo capaz de pereza ni de miedos profesados. Tampoco -jamás- debe ocultarse tras cúmulos de normas y preceptos.

La Gracia de Dios es tan asombrosa y desbordante, que vale la pena correr todos los riesgos del mundo para proclamarla, para encarnarla, para que se sepa en todos los rincones que la felicidad está ahora mismo, entre nosotros, para ser bebida y vivida, pagada definitivamente por la sangre de Aquél que todo ofrendó de sí mismo y nada se guardó para que nuestros corazones estén siempre colmados.

Paz y Bien

El tesoro inmenso del Reino, al alcance de cada corazón















Santa Rosa de Lima, Patrona de América Latina

Para el día de hoy (30/08/19):  


Evangelio según San Mateo 13, 44-46






Hay dos diferencias sutiles e importantes a la vez en las dos pequeñas parábolas que el Maestro brinda en el Evangelio para el día de hoy.

El tesoro escondido en el campo está allí; ya se encuentra y permanece, aún cuando no se lo busque, aún cuando se lo pase de largo. El labrador que lo encuentra no está buscándolo, sólo pasa por ese campo, probablemente encaminándose a sus tareas cotidianas. Pero el encuentro lo enciende de regocijo, y vende todo para adquirir ese terreno que un valor tan grande tiene escondido a simple vista.

La perla más valiosa también se encuentra allí, oculta entre las valvas de un molusco. Quien la encuentra es un mercader de perlas, un buscador avezado y experto, un hombre que sabe bien el valor de las piedras preciosas, un buscador constante, un hombre que no se deja engañar con facilidad, que sabe reconocer lo valioso. Él también, frente al descubrimiento, vende todo lo que tiene para adquirir esa perla valiosísima.

Para ambos, el vender todo es espontáneo y no supone un gravoso sacrificio. Hay cierta pasión alegre en el encuentro. Lo que han descubierto les demuestra que todo lo demás, en comparación, tiene un valor ínfimo.

El Reino está allí, al alcance de quien lo busca, y para el asombro de quien está sumergido en la rutina.
El Reino está allí disponible para toda la humanidad, para todas las mujeres y los hombres capaces de enamorarse y de apasionarse con esta eternidad entretejida en lo cotidiano.

Y es bueno, muy bueno e imprescindible, dejar atrás lo que no tiene valor, lo que perece, todos los rictus amargos y circunspectos, porque se ha encontrado lo que inevitablemente nos enciende de amores y alegría.
Lo más valioso está allí, a nuestro paso, en cada instante de nuestras existencias por pura bondad de Aquel que todo lo dá, todo lo comparte y nada se reserva para sí.

Paz y Bien

Martirio de San Juan Bautista: firmes en la fé, tenaces en la justicia















Martirio de San Juan Bautista

Para el día de hoy (29/08/19):  


Evangelio según San Marcos 6, 17-29








Él no buscaba la gloria propia, el reconocimiento público, las loas populares. Creía en su misión porque en su misión servía a Dios, aún cuando ello significaba alejarse de los palacios, la pompa y el fasto. Su palacio era el desierto, sus ropajes eran pieles de animales salvajes, sus manjares, langostas y miel silvestre.

Fiel a su Dios, fiel a su Ley, fiel a la Alianza, con todo y a pesar de todo, a pesar de poner en riesgo la vida.
Jubiloso testigo del Esposo, testigo incólume de la verdad, fidelidad sin medias tintas, total, sin reservas.

La lectura superficial de los hechos que condujeron a su muerte puede enlutarnos, revestirnos de horror, de espanto y tristeza, del mismo modo que cuando se atropella la vida de un inocente. El rencor de una mujer, el temor supersticioso de un hombre del poder que prefiere ser esclavo de las veleidades de la opinión de los obsecuentes y de su propia imagen que vivir conforme a una verdad que percibe pero que a su vez niega en los hechos.
La mazmorra para el Bautista es el torpe intento de silenciar una voz veraz que no se calla.

Pero es posible mirar y ver desde otra perspectiva, el ámbito de la fé.
La fidelidad de Juan hasta el fin es la señal del comienzo del ministerio de Jesús de Nazareth. La muerte no es la sentencia del bruto opresor, sino el fruto de un hombre enteramente libre, libérrimo a pesar de estar en la mazmorra, mientras que el prisionero es Herodes en el palacio.
La muerte de Juan también preanuncia la Pasión del Señor.

La Iglesia hace memoria hoy del martirio de Juan y, con él, un humilde y grato homenaje a los que no se doblegan ante ningún ídolo, a los que permanecen fieles a la verdad, a su vociación, firmes en la justicia, tenaces en la fé.

Paz y Bien

Sepulcros blanqueados: culto sin caridad, fé sin Dios












San Agustín de Hipona

Para el día de hoy (28/08/19): .

Evangelio según San Mateo 23, 27-32











Los fariseos no podían excusarse en la no comprensión de las invectivas del Maestro, pues eran tenaces impulsores de la prescripción tradicional de la Ley, mediante la cual todos los sepulcros se blanqueaban, encalándolos de tal modo que el fuerte sol de Palestina los hiciera destacar por sobre el resto del paisaje. Tocar una tumba implicaba lo mismo que tocar a un muerto, algo prohibido pues provocaba impureza ritual y, por ello, la exclusión de la vida religiosa de Israel.
Pero también las tumbas se volvían a encalar cerca de la celebración de la Pascua, con afanes piadosos, para cambiar su talante tétrico y desesperanzador.

A su vez, se edificaban majestuosos mausoleos y sepulcros en donde yacían los restos de los profetas y los justos del Pueblo Elegido: sinceramente, allí no había un afán vindicatorio ni un homenaje honesto, sino la velada intención de apropiarse de la gloria de esos hombres, desligándose de su suerte, pues todos ellos fueron despreciados y asesinados por sus mayores. Y esa misma tesitura mantenían a su vez ellos mismos.

Sea cual fuera el caso, hay una cuestión que por obvia no es menos veraz: un sepulcro alberga la muerte, la degradación persistente de la vida en fuga, lo perecedero, lo que se pudre.

Contra esas tumbas relucientes nos vuelve a advertir el Maestro hoy, pues no son únicamente ayes dedicados a los fariseos de su tiempo.
Se trata de tumbas vistosas, que sin embargo sólo alojan corrupción en todas sus formas. A veces esas tumbas son simpáticas, presuntamente agradables y caminan, escondidas tras máscaras de poder.
Se trata también de las tumbas de la justificación de lo injustificable, de la violencia razonada, de los atropellos programáticos.
Se trata del culto sin caridad, de la religión sin Dios.

Con todo y a pesar de todo -y de nosotros mismos- seguimos creyendo en el Dios de la Vida y en el Hijo que nos salva, y por el que toda tumba deviene inútil, pues con la fuerza asombrosa del amor de Dios la Resurrección es más que una utopía, es una realidad y una certeza de que viviremos para siempre.

Paz y Bien

La perversión de las devociones exigidas sin conversión
















Para el día de hoy (27/08/19):  



Evangelio según San Mateo 23, 23-26







La tradición y obligatoriedad del diezmo se remontaba a las raíces misma de Israel como pueblo y nación: las tribus debían entregar la décima parte de los frutos de su cosecha y sus rebaños para sostener a la tribu de Leví, quienes a su vez tenían por misión el servicio del Tabernáculo, y luego del culto en el Templo; los levitas no tendrían tierras propias -por ello se ocupaban de ellos las otras tribus-, y con la evolución histórica, todo varón judío pagaría el diezmo para sostener a los sacerdotes y al Templo de Jerusalem.
El impuesto era de carácter anual, y lo recaudado un año de cada tres se destinaba a la protección de los huérfanos y las viudas.

Pero también el diezmo poseía un significado trascendente, y era la soberanía de Dios, la propiedad y el derecho de Dios sobre Israel.

Con el surgimiento de la corriente farisea, el cumplimiento del diezmo se extiende de los frutos de la tierra -cosechas y ganados- a los productos mínimos, incluidas las hierbas silvestres y los condimentos. No es difícil imaginarse a una madre de familia separando una ramita de perejil de cada diez para cumplir.

A pesar de lo ridículo de la escena imaginada, tampoco hemos de caer en el extremo de no prestar atención a las cosas pequeñas. Todo tiene su importancia. Pero esos hombres, extremadamente piadosos -religiosos profesionales- habían absolutizado lo que no lo era, sacralizando nimiedades en desmedro de lo que en verdad cuenta, la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Es una dictadura de la superficialidad, de la apariencia de piedad sin corazón ni Dios que la sustenten, y desde allí el sábado está por sobre el hombre y las abluciones y las rígidas normas de impureza ritual desalojan a la compasión, guías ciegos que llevan al pueblo que doblegan al abismo de la desesperanza y el miedo.

Ésa es la perversión, exigir devociones gesticuladas sin practicar, corazón adentro, la conversión.

Paz y Bien

Honramos al Dios que nos ama sirviendo a sus hijos más pequeños













Para el día de hoy (26/08/19):


Evangelio según San Mateo 23, 13-22





La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Viva: desde este principio espiritual, afirmamos que aquello que nos expresan las escrituras no queda condicionado a una época determinada o a circunstancias específicas. Es claro que cuanto más ahondemos en los contextos, más podremos enriquecernos, pero lo verdaderamente determinante es que Dios nos habla hoy.

De esta manera, Jesús de Nazareth vuelve a despertarnos mente y corazón en este preciso instante, en nuestra cotidianeidad, en esto que somos, en nuestro aquí y ahora.
Quizás se nos ha perdido de vista lo sagrado que está tejido en la historia, la asombrosa afirmación de eternidad que implica Dios con nosotros, y por ello hacemos lo que hacemos y omitimos otras tantas cosas, siempre en detrimento del hermano, en confusos océanos de poder que reniegan de la sencillez y la humildad.
En los altares del egoísmo se siguen realizando sacrificios humanos, pues se realiza el holocausto del prójimo.

Así, el anuncio de la mejor de las noticias deviene en declamación que sólo busca adeptos, números que engrosen estadísticas religiosas y no hermanos que se sientan a la mesa grande de la vida.
Así, el Reino es accesible para unos pocos, una élite selecta que ha cumplido con los rigores normativos, y no don y bendición, Gracia y misericordia.
Así la fé es sólo práctica piadosa y prebenda de pertenencia y poder antes que vida plena y solidaria.
Así, los templos se vuelven más importantes que las personas. Pero Cristo es la eterna afirmación de Dios que vive en las honduras de los corazones, y cada mujer y cada hombre es templo vivo y latiente de ese Dios que nunca nos abandona.

Nos debemos nuevos compromisos. Debemos honrar a Aquél que nos ama entrañablemente en cada una de sus hijas, en todos sus hijos, desde la liturgia verdadera que se nutre de la compasión y la misericordia.

Paz y Bien

La puerta estrecha de la vida virtuosa













21° Domingo durante el año 

Para el día de hoy (25/08/19):  

Evangelio según San Lucas 13, 22-30








A través de los tiempos y de las distintas religiones y en reiteradas oportunidades se ha tratado de establecer si son pocos o muchos los que se salvan, y tristemente la Iglesia no ha sido ajena a ello. 
Esa clase de censos de los beneficios divinos, merced a las a las angustias que provocaban, fueron utilizados como métodos extorsivos para doblegar corazones mediante el miedo que provoca el no pertenecer al estrecho número de los que serán salvos; hoy en día, cierta interpretación lineal -y mezquina- de las Escrituras provoca que una secta afirme sin ambages que el número de los que se salvarán serán 144.000, dura afirmación para la vida virtuosa de los creyentes. Si todo aparece tan cerrado e improbable, mejor es resignarse y devenir de acuerdo a las variaciones del mundo lo mejor posible.

A veces se plantean preguntas que no merecen respuesta, preguntas que son falaces pues su razonamiento inicial induce a error, y el error es preguntarse si serán pocos o muchos los que han de salvarse. Pedro se equivocaba, más su error no estriba solamente en la cuantificación sino en el mensaje subyacente, y es el de suponer que la Salvación es el producto del propio esfuerzo, o en su defecto, que Dios actúa como un titiritero que mueve muñecos sin voluntad que nada hacen.

El Maestro no ingresa en ese lodazal tramposo. No se trata de meter miedo ni de llevar tranquilidades a unos y otros. Se trata de estar atentos, se trata de la urgencia de la conversión, se trata de reconocer a la Salvación como don del amor infinito de Dios y, por ello mismo, vivir una vida virtuosa, vida de hijos de Dios.
La pertenencia como credencial religiosa, identidad nacional o étnica. El cumplimiento de formalidades sin corazón ni misericordia encarnada en lo cotidiano. La rigurosidad litúrgica que olvida la práctica de la justicia.

La puerta de la perdición es amplia pero se angosta sin remedio. No hay allí destino ni trascendencia, sólo la contundencia de la muerte.

La puerta de la Salvación es estrecha pero se amplía al infinito, santa urdimbre de Dios y el hombre que se ofrece a todos los pueblos en todos los tiempos, católica, universal, fraterna, frutos de esfuerzos humildes y felices fecundos por el Espíritu.


Paz y Bien

San Bartolomé: encuentro con Cristo, tiempo santo de Dios y el hombre














San Bartolomé, apóstol

Para el día de hoy (24/08/19):  


Evangelio según San Juan 1, 45-51






El asombro de Felipe, el impacto que produce en su existencia el encuentro con Jesús de Nazareth lo moviliza a contarlo, a compartirlo con un amigo. Quizás sea el modo más sencillo y exacto de expresar la evangelización.
Sin embargo, la fé de Felipe es incompleta, aún debe madurar: él se queda con la idea de un Cristo reflejado por las Escrituras -la Ley y los profetas-, pero sigue siendo el hijo de José de Nazareth. No hay todavía en Felipe asomos de la única y absoluta novedad del Reino.

Así Felipe vá al encuentro de su amigo, Natanael. Su imagen remite al símbolo tradicional que tenían los rabbíes para enseñar, bajo la higuera, pero también la higuera representa al pueblo de Israel que permanece fiel a su Dios a través de los tiempos.
Quizás como estudioso de la Torah porte viejos prejuicios, y de allí su mención a que nada bueno puede salir de Nazareth, prejuicios a menudo esgrimidos con virulencia por los enemigos del Maestro.

Pero algo pasa en el encuentro personal con Cristo. Descubrimos que Él nos conoce mejor de lo que nosotros mismos suponemos. Ese encuentro es transformador, más las cosas no son automáticas. No somos robots, intervienen el corazón, interviene la voluntad.
Allí destaca la persona de Natanael / Bartolomé: el que era rabbí, no tiene ahora inconvenientes en ser un feliz discípulo y seguidor, y por haber dejado atrás esquemas y prejuicios, con el auxilio del Espíritu reconoce en ese joven y pobre rabbí de Nazareth al Hijo de Dios.

Aún así, ese encuentro fundamental es sólo el comienzo de un tiempo de maravillas, de cielos abiertos. Cristo, Dios-con-nosotros, es el puente entre la eternidad de Dios y la temporalidad humana, el tiempo santo de Dios y el hombre que supera todas las expectativas e inaugura las maravillas de la Gracia.

Paz y Bien

Encontrar a Dios en el rostro del prójimo













Para el día de hoy (23/08/19):  


Evangelio según San Mateo 22, 34-40








Los fariseos plantean a Jesús una pregunta teñida de engaños, es decir, una falacia pues necesariamente su razonamiento implica un silogismo que induce a error. No hay hambre de verdad, sólo intención de detectar heterodoxia o blasfemia en el joven rabbí galileo, para poseer así un motivo de condena.

El tema no es menor: los maestro y doctores de la Ley distinguían un total de 613 mandamientos, 365 preceptos de carácter prohibitivo y 248 de carácter positivo, números que a su vez implicaban una profunda simbología: 365 por cada uno de los días del año y 248 por los huesos del cuerpo, con lo cual la Ley brindaba sustento y moldeaba a la totalidad de la existencia humana.
Así entonces tornaba imperativo que los sabios de Israel determinaran cuáles entre ellos eran los más importantes, o bien encontrar una fórmula que los resuma y contenga sin menoscabo, pues de lo contrario  todo se tornaba en un fárrago legal de improbable cumplimiento.

Las diversas corrientes rabínicas se embarcaban en profusas casuísticas en busca de la fórmula perfecta; no obstante ello, la tradición de Israel brindaba cierto fundamento a partir de la plegaria diaria -Shema Ysrael-, en el que se alababa al Dios único, y se expresaba el amor absoluto que se le debía.
Así, algunos maestros como Hillel complementaba ese fundamento, expresando que no hagas a otro lo que no quieras para tí: esto es toda la Ley.

El Maestro no reniega de ello, pero establece, con una originalidad fundante, un principio unificador para toda existencia, puerto seguro para todo destino que quiera edificarse.
Son como los dos maderos de la cruz, esos dos maderos que refieren a la totalidad del amor mayor, a la mansa y definitiva ratificación de la Encarnación de Dios: un brazo que se eleva al cielo, el otro -unido intrínsecamente al primero- que se extiende a los hermanos.
La primacía siempre el amor a Dios -con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma-, pero ello jamás ha de escindirse del amor a los hermanos, al prójimo que reconocemos y que buscamos.
El prójimo no es solamente el cercano, el par, el que es de mi tribu, mi clan, mi religión, mi nación: el prójimo es el hermano que descubro en todas partes, sin limitaciones, como otro hijo bendito de Dios.

Ese amor es clave/llave que abre todas las puertas y que a su vez revela de una vez y para siempre el carácter universal y redentor de la Buena Noticia, Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros.

Paz y Bien

Un Dios que sale a nuestro encuentro















Para el día de hoy (22/08/19):  

Evangelio según San Mateo 22, 1-14





Siempre es menester detenernos sobre ciertas cuestiones, en especial aquella tendencia a leer linealmente, por sobre la superficie, los textos sagrados. Toda literalidad conduce a ominosos fundamentalismos, y por tal, a senderos opuestos y ajenos a la Buena Noticia.
Así no nos espanta ni nos indicar conductas a seguir las acciones de ese rey dibujado en la parábola, que preso de sus enojos, sale en tren de venganza a aplastar a los homicidas y a prender fuego a la ciudad. Se trata de un recurso que es a la vez literario y educativo, más hipérbole que parábola, en donde se acentúan y exageran contenidos de un relato con la intención de generar una imagen duradera, que cale hondo en las mentes. Y en los corazones.

Lo que en verdad cuenta tiene más de una vertiente nutricia.

Por una parte, la revelación de que Dios quiere celebrar con la creación las bodas de su Hijo: unas bodas implican amor, celebración del compromiso que perdura más allá de los problemas, fidelidad hasta la muerte y más allá, vida que se re-crea y se expande. Son los sagrados esponsales de un Dios que, ante todo, está enamorado de la creación, de la humanidad. Y todos sabemos que los enamorados son capaces de todas las locuras, de todos los asombros, de romper las costuras estrechas de la lógica.

Por otra parte, la misión de los servidores. Es tarea que se encomienda a la gente cercana, en la que se confía plenamente. Y aunque nos cueste, es preciso identificarnos allí a todos y cada uno de nosotros.
Es preciso salir, largarse a los caminos. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, en las encrucijadas o cruces de caminos se ubicaban, abandonados a su suerte, los paralíticos, los ciegos, los leprosos y todos los indeseables de siempre. 
Hay invitaciones preferenciales al ágape inmenso de Dios que es prioritario entregar de manera clara y efectiva a todos aquellos que languidecen en todas las periferias de la existencia, allí en donde se descarta lo humano como sobrante, como resto, como nada, oquedades en donde toda noticia necesariamente es igual a la anterior, puro devenir de oscuridad continua y resignación.

Tal tarea, tan enorme, revela la esencia misionera de la Iglesia, que porta un mensaje único y universal y que no discrimina entre buenos y malos, feos o agradables, justos y pecadores. Nadie debe faltar a la mesa grande de Dios en donde la vida se celebra, pues la Buena Noticia es savia que corre sin detenerse, fecundando todas las ramas de la existencia humana.

Eso sí, es importantísimo recalcar para todos, sin excepción -incluidos especialmente todos nosotros- la etiqueta especial que se requiere.
Porque para la mesa del Reino, que es mesa de hermanos y amigos, es imprescindible revestirse de caridad, reflejo perfecto de la Gracia de Dios que todo lo transforma.

Paz y Bien



Con Cristo, para que el descarte humano no sea costumbre
















Para el día de hoy (21/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 30-20, 16







Las parábolas, literariamente, son relatos figurados o comparaciones que conducen desde la verosimilitud de lo que se narra a una realidad que en ellas no está explicitada. Si ello lo trasladamos al modo en el cual Jesús de Nazareth enseñaba, las parábolas son ventanas que nos vá abriendo para asomarnos a la infinita realidad de las cosas de Dios, del Reino. Por ello es muy importante no confundir medios con fines, es decir, las diversas figuras que utiliza en la comparación con la inmarcesible luz que se nos ofrece, con ese Dios absoluto que se hace uno de nosotros.

En el caso de la lectura para el día de hoy, ello aplica a esa persistente tendencia que nos desvía la mirada y que tanto daño provoca, y que es aferrarse a la literalidad, a interpretaciones lineales sin profundidad, a la pura letra. Allí comienzan los fundamentalismos, allí no hay sitio para el Espíritu ni para el hermano.
No debería importar tanto la pura letra como la pura Gracia.

Así entonces el Dios de Jesús de Nazareth no es un rico terrateniente que se ajusta al clásico modelo de clases sociales que someten mediante salarios que, a menudo, apenas alcanzan para la supervivencia luego de deslomarse de sol a sol.
Nada de eso. El Dios de Jesús de Nazareth es muy extraño: pudiendo enviar a mayordomos o capataces, sale al encuentro de los trabajadores muy de madrugada, cuando a éstos todavía no se les ha despejado el sueño de sus rostros, Dios del encuentro en nuestros amaneceres, Dios de nuestras existencias y nuestros esfuerzos, Dios al alba.
Dios que también sale a des-horas, a horarios irrazonables, cuando el trabajo ya está en plena marcha.
Dios que sí, cuando el día finaliza, llama a gente de su confianza para que busque a los que aún no están.
Dios escandaloso, Dios derrochón que paga generoso con monedas generosas de igualdad a aquellos que han llegado tardísimo, en igual medida a los que llegaron primero.

Volviendo por un momento a la literalidad, no es descabellado imaginarnos entre el grupo de quejosos. Esa espiritualidad retributiva, esa teología meritoria que expresa el reclamo por lo que en más o en menos merecemos de acuerdo a nuestros esfuerzos. Ello estaría de acuerdo a la búsqueda de justicia humana, pero en verdad la Gracia de Dios es escandalosa en su abundancia incondicional, a pesar de lo mucho o poco que nos merezcamos. El Evangelio es cosa de locos.

Quizás por ello, al modo de las señales de las rutas, nosotros deberíamos proclamar y señalar un rotundo ceda el paso. A la manera de la desmesura de la cruz, hacerse último para que las hermanas y los hermanos que languidecen en el olvido final y el descarte humano avancen hacia adelante, hacia la dignidad fraterna de las hijas y los hijos de Dios, para allí juntos celebrar la fabulosa locura de amor del Dueño de la viña, que paga según la escala inmensa de su corazón sagrado.

Paz y Bien

Nuestra herencia es la vida eterna
















Para el día de hoy (20/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 23-30








Lejos de cualquier parcialización o de cualquier lectura lineal, es muy importante situarnos en el escenario de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, y es la continuidad literaria y sobre todo teológica de la conversación entre Jesús de Nazareth y el joven rico.
Por ello mismo la necesidad de no caer en una perspectiva apológica de cierta clase de pobrismo -especialmente el que se impone y no se elige-, o la trampa de ideologizar y aplicar a la Buena Noticia categorías sociológicas y hasta ideológicas respecto de ciertas clases sociales.

Lo cierto es que en aras del falso dios Dinero se realizan sacrificios humanos pues se aniquila al prójimo. Lo cierto es que no se puede servir a dos señores, a Dios y al Dinero. Lo cierto es que en esas cuestiones se juega nuestra vocación infinita de ser libres, con la libertad de los hijos de Dios.

Los discípulos están más que preocupados. Ellos, si bien han dejado familia y bienes siguiendo los pasos de Cristo, aún se aferran también a determinadas cosas, y ese aferrarse es similar a las limitaciones que se autoimpone el joven rico. Las viejas ideas, los viejos esquemas, un corazón que paulatinamente envejece porque se per-vierte, es decir, que no se con-vierte.

Lo saben en sus corazones, y la razón no puede indicarles otra cosa: la carga de las propias miserias es tal que nadie, desde una lógica mundana, de justicia retributiva, puede salvarse. Nadie.
Y es verdad. A la Salvación no se la adquiere, por ella ya ha pagado con su propia vida, el costo mayor, Cristo en la cruz por todos nosotros.
Porque la Salvación es don y misterio del amor de Dios, y nó fruto de nuestros meritos ahorrados.

Lo cierto es que nosotros vamos montados a lomos de otros camellos. Lo cierto es que en esta monta atravesaremos todos los ojos de agujas.
Porque vamos en la feliz montura de la Gracia, del amor infinito de un Dios que es Padre y que nos sale al encuentro, de un Dios que todo lo puede y para el que no hay imposibles.

Nuestra herencia -inmerecida, generosa, asombrosamente desproporcionada- es la vida eterna, plena, feliz, en los brazos del Dios que nunca se resigna.

Paz y Bien

Salvación, don y misterio en comunidad












Para el día de hoy (19/08/19) 

Evangelio según San Mateo 19, 16-22






No puede cuestionarse la honestidad del joven rico que interpela a Jesús, de ninguna manera. Es sincero en sus planteos, y denota un hambre tenaz de plenitud, de volverse completo en humanidad, de trascendencia, de vivir para siempre.
Ha cumplido sobradamente con lo que le han enseñado sus mayores, y practica desde hace siglos su pueblo, que caracteriza su identidad única mediante la relación con su Dios: él ha cumplido con los mandamientos, los ha guardado sin ambages, pero aún intuye que hay algo más. Porque con Cristo hay más, siempre hay más.

Pero ese joven porta un problema y se afirma en un error. Su problema no son sólo los numerosos bienes que posee, sino quizás el pretender que sea más definitorio el tener que el ser. Y a la vez, su error estriba en el postulado inicial, y en el modo en que lo expresa: quiere saber el modo de acceder a la eternidad, y en todo momento habla de sí mismo.

La dinámica asombrosa de la Gracia no se ha afincado en su corazón. Porque la Salvación es, ante todo, don y misterio antes antes que premio o adquisición, acto infinito de amor, de la bondad de Dios. Y siempre está intrínsecamente relacionada a la familia, a la vida en comunidad cuando florece el nosotros, donde es más importante el tú que el yo.

Liquidar los bienes y dar el producto a los pobres es tender con confianza lazos hacia la misma sintonía de Dios. Es hacer espacio en el corazón, para desprenderse con alegría de todo lo que perece, y llenarse de los tesoros definitivos que son la compasión, la misericordia, la solidaridad, corazones capaces de poblarse de hermanos.

Y así, con el alma ligera de tantas cosas gravosas, irse tras los pasos libres del Maestro, hacia campos de plenitud.

Paz y Bien


Cristo, Sagrado Corazón en llamas













Domingo 20º durante el año

Para el día de hoy (18/08/19):  

Evangelio según San Lucas 12, 49-53







Acaso por la persistente imagen bucólica y pueril de un Cristo dulcificado en ciertas imágenes, se nos puede antojar ajena y controversial la escena que contemplamos en el Evangelio para este día, un Cristo encendido de palabras sin ambages, que habla de fuego, de angustia, de negación de la paz, de división.

Más es necesario superar la pura letra y adentrarse en el significado profundo, en la enseñanza de los corazones. 
El dramatismo explícito que expresa el texto se corresponde con la intensidad del mensaje que se envía, y nos encontramos ante un Cristo que habla y grita en pura profecía, y como en todo discurso profético esa intensidad puede acarrear luces y sombras, emociones y pasiones y algo de sana confusión que nos espabile de todos los adormecimientos mundanos que nos hacen aferrarnos a lo que no cuenta, a lo que perece.

Quizás por ello el fuego que el Maestro trae no se refiera al Espíritu Santo sino más bien a la honda presencia del Reino que no admite medias tintas ni liviandades, que separa las aguas, un fuego que es crisol y que también nos purifica de todo lo que nos arraiga a las oquedades sin luz, el fuego que enciende la existencia de Jesús de Nazareth y que lo moviliza, casi doliéndole en los huesos.
Así avizora en el horizonte los horrores de la Pasión, el terrible cáliz que debe beber íntegramente y que no eludirá. Su angustia es profundamente humana, la angustia de la espera, la ansiedad de que llegue el momento crucial, como un soldado en las horas previas a la batalla.

A pesar de la sangre que se derramará, ese fuego no se apagará y seguirá encendido en aquellos que sigan los pasos de Cristo. 
La fé cristiana, vivida en plenitud, enarbola desde las entrañas ese fuego sobre la tierra, un fuego sin banalizaciones ni excusas ni relavitismos patológicos. De un lado o del otro.

Ese fuego del compromiso divide, separa, acarrea conflictos pues no transige con los vanos floreos dialécticos de poder del mundo, que suelen replicarse especialmente en la cotidianeidad, porque la fé cristiana no es tanto el sostenimiento o la adhesión a un corpus doctrinal sino muy especialmente la unión e imitación de la persona de Cristo. Vivir como Él vivía, amar como Él amaba, en todo escucharle, hacer lo que Él diga, amar, servir.

Quiera Dios que estos fuegos nunca se nos apaguen, para mayor gloria y alabanza suya.

Paz y Bien

El misterio infinito de un Dios Abba


















Para el día de hoy (17/08/19):  

Evangelio según San Mateo 19, 13-15









Habituados a contemplar a las multitudes que llevan a la presencia de Jesús de Nazareth a sus enfermos y dolientes para que los sane, sorprende un poco que el Evangelista haga mención a que unas madres, en esta ocasión, lleven a la presencia del Maestro a sus niños para que Él les imponga las manos y rece sobre ellos, es decir, confían en que por Él llegará a sus hijos la bendición de Dios, fuerza, gracia, protección y buena ventura.

Los discípulos se enojan y reprenden ese pedido, y a los niños que se acercan al Señor. No son ajenos a la mentalidad de la época que infería que un niño no era un ser humano completo, como tampoco carecía de dignidad la mujer: sólo el varón adulto era digno de la Ley, y por ello, de presentarse orgulloso ante Dios. Tal vez, quizás, porque como todo niño pequeño provocaban alegre bulla y ellos, tan circunspectos, se escandalizaban que un clima así invadiera la solemnidad del magisterio del Señor.
En ese mismo criterio, los niños no tenían otro derecho que aquél que provenía de su padre, ninguno propio.

Pero el Maestro, desde siempre, reivindicó los derechos de las mujeres, tratándolas como hermanas e hijas, con plena atención y delicadeza, aún cuando nadie las tomara demasiado en cuenta. Con los niños también.
De ninguna manera iba a aceptar que se menoscabara la dignidad de los pequeños, tan hijos de Dios como el que más.
Pero hay más, siempre hay más.

Tal vez los niños deban aprender muchas cosas, crecer, desarrollarse como hombres y mujeres, pero sin lugar a dudas comprenden y viven mejor que muchos la realidad del Reino, la presencia bondadosa de un Dios que es Padre. Ellos pueden disfrutar sin escándalos ni complejidades abstractas el misterio infinito y amoroso de Dios Abbá.

El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios parcial que tiene preferidos, que no es neutral, que inclina su rostro abiertamente a los niños y a los que son como ellos, los pequeños, los que no han perdido su capacidad de asombro, los que se regocijan con ganas frente a la llegada de los regalos -la Gracia-, los que confían sin quebrantos en ese Padre que los ama y no los abandona.

Paz y Bien

Matrimonio, comunidad de vida y amor















Para el día de hoy (16/08/19):  

 
Evangelio según San Mateo 19, 3-12





La discusión iniciada por los fariseos no es sólo con el ánimo de hacer quedar mal frente al resto de los oyentes a Jesús de Nazareth, sino que se trata de una querella encubierta: una respuesta errónea, heterodoxa, desviada de la recta doctrina imperante sería una causal para el juicio y la condena por el Sanedrín, en cuanto violación flagrante a la ley de Moisés.

Ahora bien, entre los mismos fariseos persistía durante décadas cierto disenso, según se siguiera la escuela rabínica de Shamai o de Hillel, cada uno con una exégesis muy dura respecto de los preceptos mosaicos. Sin embargo, coincidían en varias cuestiones. Por un lado, discutían la licitud del divorcio desde el punto de vista del varón, pues la mujer carecía de derechos. Por otro lado, y esto es crucial, su fundamentalismo había antepuesto la Ley a todo lo demás, de tal modo que el Dios en el que creían se volvía cada vez más inaccesible y simultáneamente manipulable en el cumplimiento puntilloso de las normas.
En una mirada así, no hay ninguna posibilidad de noticias nuevas, es decir, el Dios Abba de Jesús de Nazareth es inaceptable y afrentoso.

Quizás por ello el Maestro discute con ellos en sus mismos términos y desde su misma perspectiva, para tratar de que regresen a lo primordial que es el Dios que inspira a las Escrituras y no la Ley que dibuja una caricatura de Dios.

El Dios de Jesús de Nazareth es amor, es amor que se entrega totalmente y sin reservas, y es ese amor, expresado en el matrimonio, el que no puede diluirse ni disolverse. Ese amor no ha de tener quebrantos, por más esfuerzos en contra. Precisamente éso les señala el Maestro a sus inquisidores: es la dureza de los corazones humanos lo que llevó a las rupturas.
Matrimonio es converger hacia un mismo horizonte eterno y trascendente, conjugando dos existencias -con todas sus diferencias y particularidades- en una vida nueva unificada libremente, una vida que se expande y multiplica, en donde lo sexual es muy importante como decir amoroso de los cuerpos mas nó lo único.

Por muchos motivos, esa conjunción -cónyuges- suele estamparse contra muros y quebrarse, con mucho dolor. Allí se establece una divergencia, un girar cada uno por su lado, una frustración de los sueños de ternura del Dios de la vida. Porque el matrimonio es esa convergencia/planta que se edifica, germina y crece en el día a día, con paciencia, con tolerancia, con el fértil reniego de uno mismo, en la afanosa y grata búsqueda del nosotros al encuentro de Dios.

Pero no podemos quedarnos en la postura legalista.
A no dudar que el matrimonio es indisoluble, pero a no dudar de la posibilidad de levantarse de los que han caído. En caso contrario, el amor queda reducido a un libelo codificado que se decide en los tribunales.

Todos, indefectiblemente, somos esclavos esperanzados de la misericordia de Dios.

Paz y Bien

Asunción de María: motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza















La Asunción de la Virgen María

Para el día de hoy (15/08/19):  


Evangelio según San Lucas 1, 39-56









Celebramos la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, preanuncio y certeza de todas las plenitudes ofrecidas incondicionalmente a toda la humanidad. Celebramos que no somos solamente una idea, una entelequia, una mente escindida, sino que los cuerpos tienen destino de eternidad, que los cuerpos también son sagrados. Celebramos que tenemos un destino infinito de felicidad total, interminable. Celebramos que, a pesar de lo exigua que es esta vida terrena, no hay un fin porque hay más, siempre hay más.

Esa alegría interminable que se consuma en el más allá se comienza edificando en el más acá, día a dia, segundo a segundo.
Porque por la Resurrección de Cristo y con María de Nazareth tenemos la certeza incoercible de que la muerte es éxodo y nuevo comienzo, que no final. Aquí estamos de paso nomás, peregrinos en estos caminos tantas veces ensombrecidos.

En este peregrinar se nos suelen trabar los pies en el fango del dolor, del que provocamos y del que nos infringen. Retrocedemos por la carga de nuestras mezquindades, nos sometemos a los egoístas y temerosos designios de la comodidad.

Pero Ella no se amilana, ni baja los brazos.

La Asunta es María de Nazareth, esposa de José de Nazareth, Madre de Jesús, Madre de Dios, esposa, madre, hermana y discípula fiel. María es presencia que alumbra nuestras incertidumbres, espejo perfecto de Aquel que es la luz, señal cierta de que estos cuerpos a veces dan doblegados no son sólo un envase que se descarta, sino más bien templos vivos con promesa inquebrantable de eternidad.

Ella enciende nuestras esperanzas desde el milagro de la solidaridad y el servicio.
Ella es la testigo espléndida de todo lo que Dios quiere hacer por nosotros, pura bondad y ternura, la Gracia de todos los asombros.
Ella nos vuelve a decir sin cansancio que Dios está muy cerca, que siempre cumple sus promesas, que su sueño es la liberación para que todas sus hijas e hijos sean felices, que tiene prefiere abiertamente a los pobres, los pequeños y los humildes, un Dios que hace que la vida florezca, crezca y se expanda, un Dios que derriba a los poderosos de sus tronos.

Ella es pequeña, pequeñísima. Sin embargo, en su corazón fecundo por la Gracia caben todas las ansias, alegrías y dolores de todos los hijos, y aún hay más lugar.

Ella se puso en marcha hacia el Hijo que supo llevar en sus entrañas, Ella es certeza firme de reencuentro definitivo, Ella es fé y es abrazo, Ella es confianza y es vida siempre creciente, Ella le habla al Hijo del vino que nos anda faltando.

Porque donde está la Madre, está el Hijo, está la vida, está el motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza


Paz y Bien

Iglesia, espacio sagrado de perdón y reconciliación














Para el día de hoy (14/08/19) 

Evangelio según San Mateo 18, 15-20








Por la certeza de la presencia del Señor, a partir de la verdad comunitaria de dos o más reunidos en su Nombre, la Iglesia es espacio sagrado de Salvación. Y es Cristo el que convoca, el que re-une, el que edifica comunidad junto a hombres y mujeres que le sigan.

Quizás los mecanismos institucionales sean necesarios, y con ellos las tabulaciones y normas disciplinarias. Los problemas comienzan cuando estos procedimientos se ponen por delante o en desmedro de lo que verdaderamente cuenta, la fidelidad y la misericordia.

Los frutos mejores de ese ámbito sagrado, entonces, han de ser el perdón y la reconciliación, señales ciertas del cuidado recíproco, de la búsqueda del hermano, de la paciencia respirada.

El perdón sana y cierra heridas; y como toda cura, no es cosa sencilla, pues es multicausal y a su vez produce varios efectos. Especialmente el derribo de los muros de egoísmo y de orgullo, y el reencuentro de los alejados. Es cierto que no es fácil, pero mucho peor y terrible es el rencor.
El perdón no es solamente una cuestión de amores rituales, sino que tiene efectos concretos sobre la cotidianeidad, es decir, sobre la historia. Por eso, en tanto que surge de modo primordial del amor entrañable de Dios, el perdón es revolucionario.

Y la reconciliación es expresión del reencuentro, la venda de los corazones heridos, la posibilidad de un presente distinto y fructífero, y de un futuro en común con el hermano. Perdón no es desmemoria: perdón es la posibilidad de inaugurar una nueva historia, con todo y a pesar de todo y todos.

Quiera Dios que nos reconozcan y nos identifiquemos por las canastas asombrosas de perdón que seamos capaces de compartir.

Paz y Bien

Un Cristo plenamente identificado con los que no cuentan ni tienen voz propia












Para el día de hoy (13/08/19):  

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14










Los discípulos de Jesús de Nazareth estaban imbuidos de viejas ideas y prejuicios mundanos: a pesar de tantos caminos y enseñanzas recorridos juntos, no podían ocultar sus ansias de gloria, de poder, de dominio. De ese modo se embarcaban en profusas discusiones con el fin de averiguar quien, de entre todos ellos, era el mayor, el primero, el más importante, y en esos menesteres solían aflorar celos y envidias, flagrantes buscadores de prestigio y preponderancia.

La respuesta del Maestro es asombrosa. No se embarca en vanas disputas que no tienen nada que ver con el Reino de su Padre. Llama a un niño -un sirviente de la casa- y lo pone en el centro de toda atención, como medida de una vida nueva acorde a la Buena Noticia.
 
Aquí es necesario destacar una cuestión decisiva: un niño, en la mentalidad imperante del siglo I, no es solamente una persona de corta edad, sino que expresa al ser humano incompleto, irrelevante, insignificante, sólo valioso -a veces- para sus padres y para nadie más, alguien que no cuenta para nada y que carece de derechos reconocidos.
 
Por ello quedan en un segundo plano la ternura hacia los niños o cualquier voluntarismo de carácter ingenuo, pueril. Implica una opción decisiva por los que no son tenidos en cuenta por nadie, ponerse del lado de los que el mundo execra, una ruptura con ciertos esquemas de exclusión que están lejos de cualquier postura ideológica o social.
Se trata de conversión, de converger hacia los más débiles en fraterna solidaridad y servicial compasión, desertando de toda condescendencia.

Las estructuras son importantes, los reglamentos también. Las fórmulas tienen su relevancia simbólica, claro está.
Pero las claves de acceso al Reino están en otro lado. Se encuentran en las infinitas honduras del corazón sagrado de Cristo, un Cristo plenamente identificado con todos aquellos que a menudo no tienen rostro ni voz.

No se trata de posturas políticas. Se trata de la Buena Noticia.

Paz y Bien

La solidaridad que palpita en cada gesto del Maestro















Para el día de hoy (12/08/19):  

Evangelio según San Mateo 17, 22-27








Desde el regreso de la esclavitud y el exilio babilónicos, todos los varones judíos tenían la obligación de pagar dos dracmas para sostener el mantenimiento del Templo de Jerusalem y también el sostenimiento del servicio sacerdotal. Por ello era sumamente extraño que ningún hijo de Israel se negara a pagar este gravamen; de allí que tanto los discípulos lo pagaran, y la afirmación de Pedro de que el Maestro no se apartaría de las tradiciones y obligaciones de sus mayores, de su pueblo.

Sin embargo, el talante y tenor de las enseñanzas de Jesús requerían una explicación más profunda. Se trataba del respaldo efectivo al culto vigente, y eso confrontaba con cualquier novedad que Él anunciara, o más aún, el preguntarse en donde habría quedado lo nuevo del Reino.

Frente a toda especulación, sea cual fuere su grado mayor o menor de razonabilidad, lo verdaderamente importante es la libertad imborrable otorgada por ese asombroso vínculo filial dado, el de ser hijas e hijos de Dios. 
Cuando hay una raíz amorosa fundante, no hay imposición que valga, y todo lo que se impone a la fuerza se vuelve irremisiblemente ajeno. Para el Dios Abba de Jesús de Nazareth las cosas no se imponen, se ofrecen y proponen gratuitamente, sin condiciones, desde la ternura.
Porque hay una nueva relación que es la definitiva: las gentes no se vinculan ya con Dios a través del Templo enorme sino a través de la persona de Jesús de Nazareth.

El pez con la moneda de plata en la boca es símbolo entrañable de esa solidaridad que late en cada gesto, en cada silncio y en cada palabra del Maestro, signo manso de buscar el bien común desde la libertad y nunca desde el miedo. Él está indefectiblemente con nosotros.

Paz y Bien

Atentos y vigilantes, con el corazón y las manos en la historia














19º Domingo durante el año


Para el día de hoy (11/08/19):  


Evangelio según San Lucas 12, 32-48












Las palabras de Jesús de Nazareth a sus discípulos, unos pocos -muy pocos- en medio de multitudes que tienden a la masa disolvente a innominada, son palabras que encienden y sostienen la esperanza. Porque no sólo son pocos en número, sino que no tienden a lo multitudinario, a lo que se impone, a los conteos de adeptos o adherentes. Son la semilla escondida, la humilde levadura en la masa, la sal que dá sabor a la vida.

Son todos ellos y somos nosotros también los que estamos cuidados por la inmensa ternura de un Dios que inaugura un espacio definitivo, el Reino, recinto infinito que acontece porque Él mismo se entrega, se ofrece y nada se guarda para sí.

El pequeño rebaño se afirma en la ilógica de la pobreza mundana, en el poco afecto a los medios y las cosas, en el rechazo al dinero, porque el pequeño rebaño es inmensamente rico por la Gracia, por lo que permanece y no perece, por lo que se atesora dándolo y no se acumula.

Se está siempre atento, velante, en movimiento. Rebaño que se duerme y acomoda, que deja pasar los trenes de la existencia, es rebaño que se muere hacia dentro, higuera estéril que no dá fruto. 
Es cuidar que no se nos opaque el alma, es des-vivirse por el hermano, es respirar compasión y solidaridad en todo tiempo y a toda hora. Es portar pequeñas luces aún en las noches más cerradas.

Es menester dejar todo atrás., renegar de todas las imposturas y tentaciones.

Este tesoro que portamos es muy extraño: se acrecienta en tanto que se dá sin condiciones y se comparte con alegría.

Está todo en nuestras manos, así de pequeños y mínimos como somos, pero no estamos solos y el temor no puede detenernos,
Él vá por delante para guiarnos, detrás nuestro para protegernos y al lado nuestro para acompañarnos en cada paso de nuestras vidas.

Paz y Bien

La fuerza escondida en lo pequeño














San Lorenzo, diácono y martir

Para el día de hoy (10/08/19):  

Evangelio según San Juan 12, 24-26








Una amplia idea instalada y sostenida en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era la de un Mesías glorioso y revestido de poder que imponía la victoria de Israel mediante la derrota militar de sus enemigos, pura fuerza esgrimida y detentada. Si bien esto era reivindicado por la ortodoxia religiosa -escribas y fariseos- era ampliamente compartido por mucha gente, especialmente por los discípulos del Maestro.

Por ello, frente a los anuncios de la Pasión, de la muerte en la cruz como un criminal abyecto y marginal, como un epítome de todas las derrotas, sus discípulos se hunden en el estupor, y los fariseos se escandalizan. En sus estrechos esquemas es inaceptable que la muerte sea algo más que eso mismo, un final, y en este caso un final ignominioso.
Pero Cristo revela el rostro afable de un Dios que es Padre, de un Dios que es amor. Y amor es mucho más que un sentimiento, es ante todo la donación incondicional de sí mismo, de la propia existencia en favor de los demás. Dar la vida para dar vida.

Aún así, es menester que ellos entiendan, y la paciencia del Maestro no tiene límites ni cercenada su tenacidad.
Se vale para ello de una sencilla parábola que se origina en la experiencia campesina, en la semilla.

Semilla que como grano de trigo cae en tierra, y se esconde entre los pliegues fértiles del humus, abrazo cerrado de la tierra. Allí, en silencio se humedece y los procesos biológicos la pudren y deshacen.
Podríamos quedarnos con eso, claro está. Pero nos quedaríamos con la pérdida, la disolución, la degradación.

Sin embargo, hay más. Siempre hay más, hay que animarse a tener una mirada profunda.
A su tiempo, esa semilla que se deshizo se transforma, pequeñísimo brote oculto que asomará humilde por entre el surco marcado, tallo cimbreante, espiga dorada, pan de bondades.
En un pequeño grano de trigo acontece la plenitud, pues cumple en su totalidad un destino que lo sobrepasa y que está más allá de los escasos márgenes de sí mismo, arribando al pan bendito.

La Encarnación es la imagen primera de ese grano de trigo, la vida que se esconde en la fecunda profundidad de María de Nazareth, Dios que se encarna desde lo pequeño, de lo humilde, de lo que no cuenta.
El Hijo, que tiene los mismos ojos de la Madre, abre caminos ofrendando su propia vida como rescate de muchos.

Porque la vida, don de Dios, tiene una fuerza escondida en lo pequeño, en la ofrenda generosa, en la entrega incondicional para que un hermano -y un hermano pobre- viva pleno, dé un paso adelante, germine hacia la Salvación.

Paz y Bien

Con la cruz al hombro y el hermano en el costado
















Para el día de hoy (09/08/19) 

Evangelio según San Mateo 16, 24-28








Refresquemos por un momento lo que sabemos acerca de la cruz: eran el patíbulo elegido por el imperio romano, especialmente, para ejecutar a los reos condenados a muerte por los delitos más abyectos, a los criminales marginales. El mismo horror producido y la exhibición obscena del ejecutado a la vez tenían por objeto una clara intención disuasoria y amenazante, de tal modo de taladrar mentes y corazones con el metamensaje de si haces lo mismo que éste, así terminarás.
Por otra parte, la Ley mosaica estipulaba que todo ajusticiado de esa manera o por la horca se debía a pretéritos o cercanos pecados, y a su vez el reo era un maldito, un impuro mayor, el sambenito cruel de los maldecidos por el nefasto silogismos del por algo será.

Muerte, marginalidad y maldición parece ser la consecuencia directa de la cruz, y puede desatarse un temporal de emociones encontradas en nuestras almas porque es Cristo quien nos dice que quien lo siga -el verdadero discípulo- ha de negarse a sí mismo, renunciar a cualquier apetito personal y ponerse al hombro esa cruz que es un horror y se asoma en las cumbres de la inhumanidad.
Sin embargo y con todo lo gravoso, con todo y a pesar de todo, el distingo fundamental, quien cambia la polaridad del espanto y cualquier otro rótulo es el amor y la fidelidad.

Esa abnegación es un bien evangélico que escasea, pero que otros tanto, en fructífero silencio, cultivan en las parcelas fértiles de sus corazones, para mayor gloria de Dios y bien de los hermanos.

Seguir a Cristo no es nada fácil ni simpático, máxime en los vaivenes cotidianos y en medio de las enfermas posturas sociales de nuestros días. Porque todo parece indicar que es una locura no apostar a la individualidad, al bienestar personal, al goce y a los disfrutes propios sin ningún tipo de incovenientes que se acepten consciente y voluntariamente.

Seguir a Cristo es atreverse a hacerse marginal y maldito, a renunciarse a cada momento, a no medrar con la existencia y el esfuerzo de los demás, y a ascender hacia otros niveles de humanidad -a crecer- sin utilizar las cabezas de los otros como escalones, sino más bien a ir con los demás, y desde la propia pequeñez a aliviar la carga de tantos que están doblegados por tantas cruces que se les impone.

Con la cruz al hombro y el hermano en el costado, luces fieles en nuestro mundo de tinieblas.

Paz y Bien

Reconocemos a Cristo en cada crucificado














Para el día de hoy (08/08/19) 

Evangelio según San Mateo 16, 13-23







La pregunta de Jesús a sus discípulos no es tanto una inquietud personal acerca de qué piensan u opinan las gentes acerca de su persona, sino más bien una saludable provocación que tiene por intención el enseñar y el aprender, a partir de las cosas que los discípulos han guardado en sus corazones.

Sucede que esa entelequia que solemos denominar o reconocer como opinión pública, es en realidad un complejo entramado de sentimientos, raciocinios y estados de ánimo del pueblo. Y ese pueblo en especial sufría un estado de opresión y abandono, de una progresiva disolución de su identidad nacional, de imposiciones extremas y absurdas; todas cuestiones que muchos de nosotros conocemos con actual tristeza y enojo. Quizás por ello, algunos decían que ese rabbí galileo era el Bautista redivivo, con su voz potente e íntegra, o Elías restaurando la soberanía de Israel y de su Dios, o alguno de aquellos antiguos profetas que siempre recondujeron al pueblo extraviado, nuevamente, a caminos santos y de libertad.

Aquí la crítica sería extremadamente fácil, pero a la vez inútil. Porque toda búsqueda de la verdad es buena y es noble, aún cuando puedan inferirse errores como los que las gentes señalaban respecto de Jesús de Nazareth. Sin embargo, el problema real -que a la vez es el gran interrogante y desafío para los discípulos, es decir, para todos nosotros- es que esas gentes se aferraban a un personaje en desmedro de la persona: en un personaje hay una imagen y se le suele endilgar o proyectar ansias, deseos, frustaciones. Y así se transfiere al personaje idealizado los moldes y preconceptos...pero eso suele estar lejos de la verdad de la persona, y si en algo se distingue la fé cristiana no es por su corpus dogmático ni por su sistema de ideas, sino antes bien por su adhesión y cercanía con la persona de Jesús de Nazareth.

Asombrosamente, Simón Pedro lo intuye con absoluta certeza, y ello no es producto de un esfuerzo de su razón, ni de una profusa especulación: es el Espíritu de Dios que se manifiesta, rotundo, en sus palabras. El Maestro es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, pues la fé es don y misterio, semilla de fuerza imparable que sólo requiere la tierra fértil de corazones que la abriguen. Y Pedro -ha cambiado el nombre pues su misma existencia se ha transformado- tendrá por misión fundamentar desde la caridad a la comunidad, a sus hermanos, desatar los nudos de inhumanidad, y atar entre sí a los alejados mediante lazos de fraternidad y bondad.

Aún así, y ante el anuncio de la Pasión próxima, de los sufrimientos por los que debía pasar, de las humillaciones que debía sufrir a manos de aquellos que regían la fé de Israel, Pedro se rebela con virulencia frente a ese escenario de dolor y cruz. Él también, a pesar de la confesión que ha realizado, permanece aferrado a un personaje, a la imagen de un Mesías victorioso, revestido de gloria y poder, y pretende enderezar las cosas.
Así acontece un quebranto apostólico, que no es otra cosa que pretender a un dios elaborado a la propia semejanza, un Cristo que haga todo lo que uno quiera. Impedir a Dios ser Dios en nuestras vidas. Y así evitar torpemente la insondable bendición de la Gracia en nuestras existencias.

Los quebrantos apostólicos, tan dolorosos como reales, no son privativos de Pedro sino de toda la comunidad cristiana en su irrevocable vocación misionera. Los quebrantos comienzan cuando uno se aleja y no se aferra a la persona de Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor, nuestro Dios, y desde Él, reconocerlo en cada crucificado.

Paz y Bien

Compasión, un corazón vulnerable al dolor del prójimo















Para el día de hoy (07/08/19):  

Evangelio según San Mateo 15, 21-28








Jesús de Nazareth, a pesar de sus raíces galileas -de periferia y cierta heterodoxia cultual- era judío hasta los huesos. Así lo habían criado sus padres, así lo educaron en la fé de sus mayores y en las tradiciones ancestrales de su pueblo.
Por eso le concernían las ideas vigentes, los preceptos obligatorios, los criterios diseminados muchas veces a la fuerza, aún cuando en su interior estuviera en desacuerdo y despuntara otro horizonte, el del Padre.
En resumidas cuentas, Jesús de Nazareth es un fiel y cabal hijo de su pueblo. Y en aras de la autenticidad, se lleva a todas partes y en toda circunstancia lo que uno es, piensa y siente.

Las regiones de Tiro y Sidón hacia donde el Maestro se retira no son áreas estrictamente judías, sino que se encuentran bajo soberanía de Israel por mano militar. Sin embargo, por esos persistentes preconceptos se encontrarán siempre bajo sospecha y observadas con un inocultable desprecio: hay demasiados extranjeros yendo y viniendo por allí, demasiados ajenos que indican impureza ritual, la alteridad desdeñable de los que no son de Israel. También es ruta y a veces hogar de colonos provenientes de los enemigos acérrimos y tradicionales del pueblo judío, fenicios y filisteos.

Para la cultura de su época, una mujer debería guardar recato y silencio, y no trabar conversación en público con ningún hombre fuera de su padre o su esposo, so pena de ser considerada como una mujer de moralidad escasa y/o dudosa -de allí viene el rótulo de mujer pública-. Por todo ello, que una mujer salga corriendo tras del Maestro, a puro grito suplicante, y para colmo de males sea una extranjera, es un escándalo mayor.
Seguramente por ello es que los discípulos le piden a Jesús que la atienda, para menguar aunque sea en parte el impacto de ese bochorno. No hay otra intención, ni siquiera interesarse por su situación. El qué dirán es un rector severo y cruel.

Decíamos que Jesús es un fiel hijo de sus mayores, y así declara que su misión es, ante todo, ofrecida al rebaño de Israel. Las palabras duras  -migas y perros- se destinan usualmente al extraño, aunque quizás haya allí una tácita invitación, pues no hay un desplante abrupto ni una despedida rápida.
Pero la mujer resplandece de inteligencia y de una confianza que opaca la fé torpe de los discípulos, pues en el ruego por su hija está volcada y palpitada la confianza de todo su ser en ese Cristo que pasa, y esa confianza es el mar Rojo de la fé, el inicio de toda Pascua interior.

Pero hay más, siempre hay más.

Y es que el corazón sagrado del Señor es un corazón vulnerable al dolor de los demás, al sufrimiento del prójimo, compasión pura, misericordia genuina e incondicional. Es un corazón en sus manos que se deja conmover y transformar.
Por el amor de Dios expresado en Cristo y la fé del hombre se urden en diáfana humildad todos los milagros, y germina la Salvación.

Paz y Bien

Transfiguración del Señor: bajamos del monte renovados y transformados





















La Transfiguración del Señor
 

Para el día de hoy (06/08/19):  



Evangelio según San Lucas 9, 28b-36







Hay cosas y cuestiones que exceden por lejos las capacidades de la razón, y por ello -tal vez- sea preciso adentrarse en las pampas del co-razón. Así, frente al misterio de fé, es imprescindible dejar por un momento esos esfuerzos de las mentes, tan teñidos de antropomorfismos, y permitirnos que la inmensidad nos vuelva a asombrar, a sorprender, a interpelar.

La transfiguración del Señor en ese monte es una epifanía, una manifestación divina. La plenitud de Dios se manifiesta en el Hijo, y ha de ser vivida antes que razonada. Su rostro cambia de aspecto, sus vestidos refulgen.
Dos hombres hablan con Él: son Moisés -la Ley- y Elías -los profetas-, porque la historia de la Salvación conduce hacia Cristo y en Él encuentra su plenitud y su sentido absoluto.
Ellos hablan acerca de la partida del Señor, que acontecerá en Jerusalem: precisamente, en griego, la palabra para partida es exodon. El camino del Maestro es un éxodo desde el monte de la Trnasfiguración hacia el Gólgota, desde una epifanía deslumbrante hacia la epifanía de la cruz, el amor mayor.

Los discípulos están muy cansados y se adormecen; aún así permanecen despiertos y por ello puede contemplar la gloria de Cristo. Nosotros también debemos despejarnos de los sopores mundanos y permanecer en vigilia, atentos al Cristo que nos sale al encuentro, resplandeciente, en todas nuestras alturas.

Con Él debemos también emprender el éxodo definitivo, a la tierra prometida de la Salvación, a pesar de que a menudo, como le ha sucedido a Pedro, nos tienten las ganas de prolongar la bonanza de los momentos calmos y profundos.
Pero la vida cristiana no es de quedarse ni acomodarse, hay un ir primordial que se caracteriza, ante todo, por salir de nosotros mismos e ir al encuentro del otro.

Permanecer despiertos y atentos, prestos al andar, significa también el estar atentos a la Palabra. Cristo es Hijo amado, el Elegido por el que todos nos descubrimos y hacemos hijos y hermanos amados del Padre celestial.

Con el corazón transfigurado, caminamos con la cruz al hombro.

Paz y Bien

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