La Virgen nos visita








Visitación de la Virgen María

Para el día de hoy (31/05/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 39-56




La Virgen nos visita.

Es una muchacha muy joven, casi una niña con un embarazo extraño y sospechoso que se larga de su pequeña aldea polvorienta con las prisas de la solidaridad, de esa caridad que es socorro, compasión, que no admite demoras en la búsqueda del otro.
Ella vá de Nazareth hacia Ain Karem, es decir, recorre sola la tierra de Israel de norte a sur por rutas a menudo muy peligrosas. Pero la impulsa la Gracia, la misma Gracia que la ha colmado y fecundado, y nada puede detenerla: lleva en su seno la Salvación al Hijo de Dios, causa primordial de todas las alegrías.

La lógica indica que los cambios han de venir por príncipes, guerreros e importantes sacerdotes. Pero la Salvación y la historia se ha de resolver por las mujeres y los niños, dos niños santos y maravillosos.

El encuentro entre esas dos mujeres, tan distintas entre sí, es motivo de júbilo. Cuando nos juntamos y reconocemos como somos pueden suceder cosas asombrosas. Cuando María visita a los suyos, el Señor se hace presente y un tiempo de gozo y gratitud nos nace y no tiene fin, con la tenaz persistencia del amor.

María sabe conoce como nadie el misterio de la Redención que ha transformado su vida y que renovará la faz de la tierra. Porque su Dios -el Dios de José y Jesús de Nazareth- no es lejano ni difuso. Tiene un rostro concreto y está cerca, muy cerca, inclinado abiertamente del lado de los pobres, los pequeños, los humildes, un Dios que se brinda como lluvia fresca que nos vivifica, que derriba a los poderosos de sus tronos, que siempre cumple sus promesas, y que nunca, por ningún motivo, nos abandonará.

Paz y Bien

Gloria de Dios, gloria del hombre










Para el día de hoy (30/05/17) 

Evangelio según San Juan 17, 1-11



La liturgia nos regala hoy la llamada oración sacerdotal de Jesús. El Maestro, a las puertas de su Pasión, es un hombre a punto de morir que suplica por los suyos, porque prevalezca en Él y en los que son de Él -los Once, todos nosotros- la gloria de Dios.

Contrariamente a lo que se supone, la gloria de Dios no implica una alteridad tal que se pueda inferir al resplandor de un cielo inaccesible para nuestra limitadísima humanidad. Más bien la plegaria de Jesús tiene que ver con la acción bondadosa de Dios en la historia de la humanidad, ese Dios desconocido que se revela y manifiesta en Jesús de Nazareth, en todas sus enseñanzas, en sus gestos, en sus acciones y, por sobre todo, en su modo de amar hasta las últimas consecuencias. Paradójicamente, esa glorificación está asociada a la muerte en tanto que ofrenda libre de su propia vida, amor supremo.

La gloria de Dios se explicita en la eternidad que se vuelca generosa y abundante en la finitud de la vida humana. Es el misterio amoroso de la Encarnación -urdimbre santa de Dios y el hombre- ratificado en la Cruz y hecho definitivo en la Resurrección.

Por eso, cada vez que se ama sin reservas, que se ofrece la vida por el bien de los otros, que se vive en cada latido la Buena Noticia, se alaba y glorifica a Dios, y recíprocamente, como es siempre el carácter dialógico de ese amor que es Dios, Dios glorifica al mundo, y renueva la faz de la tierra.

Porque eso que llamamos cielo es don y es misterio, pero comienza aquí y ahora y por ese afecto y esa confianza incondicional que se nos ha brindado, se nos invita a edificarlo en el día a día, a cada instante, en todos los rincones de la tierra y el universo.

La gloria de Dios es que el hombre viva en plenitud, una vida que no tenga fin, y comienza humilde y fiel cuando el pobre se yergue como un hombre digno e íntegro, más allá de la mera supervivencia, con el rostro vuelto al sol de la vida, Cristo, Señor de la historia y hermano nuestro.

Paz y Bien

Vencer al mundo, permitirse la esperanza









Para el día de hoy (29/05/17) 

Evangelio según San Juan 16, 29-33





En el ambiente cargado de sentimientos de la Última Cena confluyen varias posturas.

Por un lado, el miedo, la confusión y la tristeza que ya sienten los discípulos. Ellos no suponían de ningún modo que el Mesías esperado fuera como su Maestro, un hombre pobre y humilde que, contra todas sus expectativas, se iba a entregar voluntariamente a las manos de sus enemigos, al horror y a la abyección de la cruz, un Mesías derrotado y muerto, un Maestro que les enseña a amar y amarse por sobre todo, en la locura imposible de amar también a esos enemigos que buscan su mal y su destrucción.

Pareciera que en estas contradicciones -extremándolas, agudizándolas con esas ansias deshumanizantes que tantos esgrimen- se ubicaría Jesús de Nazareth. Él predica un reino que no es de este mundo porque sólo acepta al poder como servicio, y por ello mismo cualquier ansia de dominio,de prebendas y glorias nada tienen que ver con la Buena Noticia que respira y que es su horizonte fiel.

Él les afirma con su misma existencia en ese suplicio inminente que morirse por lo demás está bien, que es bueno, que es necesario para que todos vivan, que no hay que desanimarse ni abdicar de cualquier esperanza porque Él, aún antes de los espantos de la Pasión, ya ha vencido al mundo.

Porque vencer al mundo es confiarse en ese Cristo, en espejo a esa confianza desmedida e inusitada que Dios ha puesto en cada uno de nosotros, mujeres y hombres poco fiables y quebradizos en nuestras miserias.
Vencer al mundo es afirmar cada día que morirse para que otros vivan y pervivan no es derrota por la muerte sino afirmación tenaz del amor, dar la vida de una vez, dar vida a cada día, con paciencia, con obstinación solidaria, con generosidad que no busca otro salario que el deber cumplido.

Vencer al mundo es permitirse la esperanza, con todo y a pesar de todo.

Paz y Bien

Ascensión del Señor, bendición universal








La Ascensión del Señor

Para el día de hoy (28/05/17) 

Evangelio según San Mateo 28, 16-20




Ellos son Once discípulos, y ese número preciso señala el paso abyecto de la traición por esa comunidad incipiente. Es símbolo exacto de una Iglesia quebradiza e imperfecta que aún así, con esas limitaciones y miserias, de la mano de Cristo cumplirá con su destino misionero y será capaz de todos los imposibles, de acciones humildemente maravillosas.

El punto de encuentro entre el Resucitado y los suyos es el monte, y es en Galilea.

Del monte no sabemos el nombre y quizás la importancia no es cartográfica, pues responde a una geografía teológica, a un punto concretamente espiritual: el monte como sitio en donde Dios se revela y manifiesta, en donde la altura representa a esa divinidad que es el Totalmente Otro.

Pero han de encontrarse en Galilea, y esto es clave y decisivo: en Galilea todo comienza, en la Galilea sospechosa y marginal, teñida de contaminación heterodoxa, en esos bordes mismos de la existencia comienza el ministerio y misterio de la Salvación, y es por ello mismo que es imperioso que todos regresemos a todas las Galileas de los bordes, para que la vida amanezca de una vez por todas.

Los Once oscilan entre el asombro, la fé y las vacilaciones de sus dudas. Es comprensible, pues a sus razones -tan limitadas como las nuestras- se les presenta este Cristo Resucitado de un modo novedoso, liberado definitivamente del abrazo oscuro de la muerte. Son hombres sencillos -varios de ellos rudos pescadores- y ninguna experiencia los ha preparado para lo que están viviendo.
Sin embargo, sean sus dudas también las nuestras y a la vez motivo de todas nuestras esperanzas: Dios no ha confiado la misión primordial a los ángeles o a hombres perfectos, sino que se confía, con todo y a pesar de todo, de mujeres y hombres capaces de alabar pero también que a menudo se tambalean en sus inseguridades.

La bendición ha de llegar a todos los rincones del universo desde una comunidad imperfecta que está en marcha por la fé que la congrega y el Espíritu que la anima.

Cristo asciende a los cielos y la naturaleza humana asumida por Dios en Él se plenifica hasta el infinito, a pesar de la muerte.
Es don inmenso que se ofrece generoso e incondicional a toda la humanidad, y es un misterio insondable de amor, de un Dios que al suplicio, al sufrimiento y a todos los desprecios responde con vida plena y perdurablemente eterna.

Pero también es misión. Cristo asciende para que todos podamos llegar a esa plenitud, pero no se vá. Se queda presente a través de los suyos, de todos nosotros, y la misión es precisamente ésa, anunciar que el cielo está aquí y ahora entre nosotros, volvernos docentes en el servicio, obreros en la bondad, compañeros en todos los caminos pues no tenemos otro mandato que el amor, que edifica la Iglesia, que transforma toda la tierra, con la fuerza y la constancia que brinda el saber que nunca jamás iremos ni estaremos solos.

Y aguardamos la llegada del Espíritu.


Paz y Bien

Saber pedir








Para el día de hoy (27/05/17):  

Evangelio según San Juan 16, 23b.-28




Pedir es un rasgo humano característico. Pedimos dinero, pedimos cosas prestadas, a veces pedimos perdón frente a errores y daños cometidos. Pedimos en tono de exigencia seguridad, pedimos instando a la justicia, pedimos a voz en cuello y con los dientes apretados que los poderosos abandonen la muerte y la corrupción. Pedimos amor, cercanía, contacto, tranquilidad, silencio, atención.

En cierto modo, pedir tiene un viso de humildad pues reconocemos que, sin dudas, sólos no podemos, que siempre necesitamos de los demás. Todos nos necesitamos entre sí, los más bravos, las más independientes y firmes. No saber o no querer pedir a veces es cuestión de pudor o vergüenza, de timidez silenciosa. El problema comienza cuando existe el convencimiento, producto de un falso orgullo, de que no tenemos que pedir, de que todo lo podemos por nuestra cuenta; de allí a tomar por la fuerza lo que no nos pertenece hay pocos pasos.

Pedir nos acerca a nuestra estatura real y veraz de mujeres y hombres quebradizos y limitados, todos, sin excepción.

Cuando ello se traslada a los ámbitos de la fé, una fé que transforma la totalidad de la existencia, nos podemos reconocer mendigos de la Divina Providencia, Lázaros malheridos de la misericordia de Dios.

Siempre hay que pedir con confianza. Pan y trabajo, perdón y salud, auxilio, calma, justicia, fortaleza.
La confianza nos la brinda Jesús de Nazareth, nuestro hermano y Señor, que nos ha revelado la esencia intrínseca de Dios que es amor, que nada se reserva para sí, que es donación perpetua, eterna, incondicional, infinitamente generosa.
Como niños que se abandonan al amor de su Padre, sabemos que no quedaremos nunca defraudados.

Pero hay más, siempre hay más en nuestros estrechos horizontes. La Resurrección empujó al destierro definitivo todos los imposibles, los no se puede, los nunca y los jamás.

Aún así, no hemos pedido nada.
La plegaria siempre es escuchada, y extrañamente, nuestra oración es ante todo respuesta antes que súplica. Respondemos como podemos y a nuestro modo a un Dios que tiene todas las primacías, que siempre nos está llamando en frutal silencio con mirada de Padre y manos de Madre.

No hemos pedido nada pues en el nombre de Cristo, la eternidad, la vida sin fin, la Buena Noticia, eso que llamamos cielo, se encuentra al alcance de cada corazón creyente.

Paz y Bien

Cristo, nuestra alegría










Para el día de hoy (26/05/17) 

Evangelio según San Juan 16, 20-23a




Abordar la cuestión del dolor y del sufrimiento humano en unas líneas tan escasas y limitadas como éstas tendría un cariz limitante y fraccionado, toda vez que requiere una profunda reflexión, máxime si lo que intentamos es su comprensión a la luz del Evangelio.

Sin embargo, podemos acercarnos a algunos aspectos que nos sirvan para orientar la mirada.
Es preciso, no obstante, establecer que el sufrimiento no es grato ni deseable, ni es del agrado del Dios de la Vida; en un sentido opuesto, la cruz de Cristo no sería ya la ofrenda inmensamente generosa de su vida sino más bien el precio a pagar a un dios absurdamente cruel. Y ése no es el Dios de Jesús de Nazareth.

Pero este Cristo, sabedor cabal de los horrores que le esperaban, no rehúye a la Pasión. Con entera libertad asume la aparente victoria de sus enemigos, el aplastamiento de una muerte ignominiosa.
Porque Él tiene la capacidad de mirar y ver más allá de lo inmediato y de las apariencias, y en su horizonte -que es el mismo de Dios- hay una vida que no perece. Esa esperanza lo sostiene y lo alimenta, y en sintonía amorosa su sacrificio, sus pesares y sus dolores padecidos cobran nuevo sentido, con todo y a pesar de todo.

En Cristo todo es enseñanza, para los discípulos de los inicios y para los discípulos de todas las épocas entre los que estamos nosotros mismos. Él sabe que su sacrificio no será en vano porque, por intolerables que fueran, esos dolores preanuncian una vida que viene pujando por nacernos, una vida plena, una vida definitiva.

Por eso cuando el dolor se hace ofrenda y se reviste -aún en medio de lágrimas y lamentos- de una humilde esperanza, todo puede cambiar y volverse santo en el aquí y el ahora.
Porque por Cristo sabemos que ninguna tristeza ni ninguna ausencia son definitivas. Él es nuestra alegría plena.

Paz y Bien

La tristeza se convertirá en alegría








Primer Gobierto Patrio Argentino

Para el día de hoy (25/05/17) 

Evangelio según San Juan 16, 16-20



La cruz, como hecho concreto y como símbolo, puede verse de tres modos o aspectos distintos.

Uno es el externo, el del horror y el espanto, el del patíbulo, el de la ignominia, el de la abyecta maldición, el del Mesías derrotado que torna insoportable a los conceptos portados o imaginados.

Otro, es el de las connotaciones interiores de aquellos cercanos al Maestro. Aún cuando la gran mayoría se dispersará presa del miedo, todos ellos -frente a la muerte de Jesús- vestirán sus almas de tristeza. Es muy humano llorar, quebrarse en la pérdida, suspirar ausencias que a menudo se hacen tan patentes en los platos vacíos de la mesa común. Y esa tristeza parece, sombríamente, volverse definitiva, quiere quedarse de modo permanente.

Pero hay un tercer aspecto que deja muy atrás a todos los demás, y que escapa a toda racionalización. Posee la misma ilógica santa del amor. Ese aspecto es el de la cruz que esconde el germen de la alegría perpetua, infinita, eterna, dolores de parto que preanuncian una vida nueva.
El error quizás estribe en aferrarse a la necesariedad, es decir, a que resulte imprescindible el crisol del dolor y el sufrimiento para que haya brotes nuevos, existencias renovadas. Ello tiene poco y nada que ver con la Buena Noticia.

Pero cuando llega el dolor, cuando se hace tan duramente presente, hay que abrazarlo. Hay que hermanarse al dolor, hay que asumirlo como esa cruz que por el misterio insondable de la bondad divina deviene en símbolo y signo de paz y de bien aún cuando su intención primera y su sentido inicial sea cruel.

Con su Resurrección, Jesús de Nazareth dá el primer paso rotundo para que todos y cada uno de nosotros nos volvamos audazmente capaces de realizar nuestra Pascua. Pues nunca, jamás, estaremos librados a nuestras limitaciones ni sometidos a los azares.

Paz y Bien

Espíritu Santo, verdad en plenitud








Para el día de hoy (23/05/17) 

Evangelio según San Juan 16, 12-15



A pesar de haber compartido tanto con Jesús, casi todo su ministerio, conviviendo con Él por los caminos durante tres años, los discípulos no alcanzaban a comprender la real dimensión de su Maestro, la Salvación ofrecida, el rostro de Dios que en Él resplandecía.
Están en el cenáculo, la cruz está demasiado cerca y no queda casi tiempo; Jesús de Nazareth es un hombre que se sabe próximo a la muerte -una muerte horrorosa- y no quiere dejar a sus amigos librados a su suerte, con tantas dudas y tanto por aprender y aprehender en las honduras de sus corazones.

En Jesús todo es darse, expresión total de la esencia de Dios, un Dios que es comunidad, que es familia, que es movimiento y donación amorosa perpetua y eterna. Por eso, para no dejarlos solos les dejará el Paráclito, Espíritu Santo que es la vida que no se apaga.
Por el Espíritu se llega a la verdad en plenitud, los primeros discípulos y los de todos los tiempos y todas las épocas. Pues la verdad en plenitud es el conocimiento profundo de Cristo y su seguimiento, pues la verdad ya ha dejado de ser un concepto que se internaliza, una abstracción inteligida, un categorema adoptado.

La verdad, en este tiempo nuevo y asombroso, es una persona, Jesús el Cristo, hombre y Dios.

Esa esencia amorosa de Dios es el salir siempre de sí mismo y donarse incondicionalmente, a pura generosidad, y por el Espíritu del Resucitado podemos ser capaces de conocer plenamente al Redentor, su misión y la Salvación ofrecida a toda la humanidad.

El Espíritu es movimiento, viento divino que sopla en todas partes, que enciende lo que se ha apagado, que moviliza lo que se ha quedado paralizado, que despierta los corazones adormecidos.
Por el Espíritu todo puede cambiar, y esa verdad que seremos capaces de hacer nuestra, de encarnarla en el día a día nos volveremos enteramente libres, seres transformados que siguen los pasos de Aquel que encabeza la gran caravana de la vida que jamás finalizará.

Paz y Bien

Espíritu Santo, herencia de Cristo








Para el día de hoy (23/05/17) 

Evangelio según San Juan 16, 5-11



Afirmación y don generoso e incondicional, pagado a precio de sangre, el Espíritu Santo es el legado más precioso que Cristo ha dejado para toda la humanidad.

Luz para los pueblos, consciencia plena, Padre de los pobres, consuelo de los afligidos, fuente de todas las esperanzas, defensor de los perseguidos, palabra recuperada, vida divina que se dona sin reservas.

Con todo y a pesar de todo, no podemos ser esclavos del temor, aún cuando ese temor refiera al Maligno: la Resurrección es la victoria definitiva sobre la muerte, sobre todas las muertes amargas que nos toca beber, que nos imponen y que en nuestras miserias elegimos.

La Salvación como don y misterio se expande en mujeres y hombres con corazón de hijos y alma de prismas, que en su transparencia multiplican los destellos de esa vida nueva y definitiva que sopla sin cesar por todo el universo y especialmente sobre la superficie de la tierra, en la tierra fértil de los corazones haciendo que nazcan cosas nuevas y buenas.

Con tanta generosidad que se desborda inconmensurablemente -como el pan en doce canastas, como las tinajas repletas de vino bueno- el eco que hemos de producir no ha de tener los sonidos disfónicos y aturdidores del egoísmo y el individualismo. El Espíritu resplandece y se hace presencia en aquellos que se hacen vida para los otros, y cuando la comunidad se reune como familia, como imagen de ese Dios que sale de sí de continuo porque ama, sin reservarse nada, des-viviendose por los demás.

Todo es promesa y horizonte si nos animamos a confiar que no estamos solos, que Él se ha ido para quedarse definitivamente.

Paz y Bien

Paráclito: abogado, consejero, consolador, intercesor










Para el día de hoy (22/05/17) 

Evangelio según San Juan 15, 26-16, 4




La fidelidad a Cristo y a su Buena Noticia no es un proceso abstracto ni aséptico, sin consecuencias. Más aún, vivir el Evangelio necesariamente tendrá sus consecuencias, consecuencias graves, durísimas, violentas: ninguna fidelidad, desde la mirada obtusa del poder, quedará impune.

Esto lo sabían bien los discípulos y las primeras comunidades: serían expulsados ignominiosamente de su espacio religioso de siempre, excomulgados sin más trámites de las sinagogas, y serían perseguidos hasta la muerte -previo juicio- por los poderes políticos, especialmente por la Roma imperial.
Los cristianos de hoy en día tampoco están exentos de las persecuciones, las que se han refinado en sus modos pero siguen teniendo su carga de odio y su dosis de crueldad, y no es aventurado afirmar también que la medida de las persecuciones y repudios sufridos es también la medida de la fidelidad practicada.

El Maestro promete sin ambages el Paráclito -Parakletos en su origen griego, o alguien llamado en su traducción literal. Es Aquel a quien se clamará por ayuda, es el Espíritu Santo de Dios que acudirá como Abogado, Consejero, Consolador e Intercesor.

Abogado que nos defenderá en principio de nosotros mismos, de todo el mal que hemos hecho -Espíritu de misericordia y perdón.
Consejero que nos dará las palabras justas para que nuestro testimonio sea veraz, aún en los momentos más difíciles.
Consuelo en nuestras horas más bravas, en las noches que se hacen perpetuas, en las angustias y en las lágrimas.
Intercesor de nuestra pequeñez y limitación frente al misterio eterno de Dios, fuerza de la vida, vida plena, alegría y profecía.

No hay precio porque no hay condiciones, porque todo se decide por la Gracia de Dios.

Por ello, en feliz reniego de una religiosidad retributiva o de obligaciones tabuladas, roguemos que nuestra obediencia sea sencillamente que nos reconocemos hombres y mujeres que hacemos lo que debemos porque Alguien, a costo de su propia vida, nos ha comprado tiempo, tiempo eterno para crecer y dar frutos.

Paz y Bien

Vivificados por el Espíritu










Domingo 6° de Pascua

Para el día de hoy (21/05/17):  

 Evangelio según San Juan 14, 15-21




El Maestro se está despidiendo de los suyos. El ambiente de esa cena última sobreabunda en miedo y en tristeza; es que toda despedida implica dolor, y en el caso del Señor, la certeza de su derrota aparente en la cruz y su muerte demuele el corazón de los discípulos.

Jesús se dispone a amar hasta al extremo a Dios y a los suyos, y esa fidelidad total tiene su horizonte definitivo en el regreso a su Padre. Por ello mismo su misión encontrará pleno sentido y se consumará regresando a la casa de Abba de donde vino, por ello mismo es conveniente que Él se vaya.

Su partida, en la ilógica del Reino, implica una presencia suya más plena y permanente. Esa presencia perpetua suya obrará a partir de la llegada de su Espíritu, el Paráclito, el Abogado, el Defensor, el que todo lo fecunda, Él mismo habitando los corazones de toda la humanidad.

Su nueva presencia -Espíritu Santo- es fuerza y es dinamismo. Nadie podrá quedarse quieto ni paralizado por miedos o comodidades.
Es Espíritu de verdad y por ello Espíritu de justicia, posibilitando en los corazones de mujeres y hombres fieles discernir lo que es justo de lo que no lo es, lo que es de Dios de lo que se le opone, lo que acrecienta la vida de lo que la socava.

En aquellos que se dejan transformar acontece el juicio porque todo ha de salir a la luz. Dios no condena -Dios es amor y salvación-, más somos nosotros los que solemos elegir senderos de muerte y olvido, dilapidando el regalo mayor de la existencia.

El Espíritu impulsa y anima.
 
Habrá que atreverse a la irreverencia de vivir en plenitud con su fuerza, con todo y a pesar de todo, la terrible rebelión de ser felices con Dios y con los hermanos.

Paz y Bien

Falsas seguridades








Para el día de hoy (20/05/17):
 
Evangelio según San Juan 15, 18-21



Antes de partir, Jesús establece la comunidad en la que su Espíritu -Él mismo- ha de permanecer, y que ha de ser signo de salvación, señal del Reino.

Esta comunidad se establece desde el amor, y aún más, desde el amor expresado en amistad. Es decir, entre los que pertenezcan a ella prevalecerá la igualdad a pesar de las diferencias, el bien común por sobre el individual libremente aceptado, la trascendencia encontrada y descubierta desde el gesto más sencillo, el cuidado y la protección de cada uno como único y sagrado.

Frente a esto, el Maestro advierte que el mundo ha de ofrecer ciertas seguridades.
 
La seguridad de que el egoísmo y la avaricia son rectores de almas a cualquier costo, aún cuando suponga devorarse la vida de millones.
 
La seguridad de que habrá paz imperial, la paz de la sumisión, la calma de los cementerios.
 
La seguridad de que la exclusión y la miseria son dables, deseables y justificables.
 
La seguridad de vidas violentas, de ideologías impuestas a los golpes, de la disidencia mansa acallada con la prisión y la tortura.
 
La seguridad de que toda dignidad será atropellada, menoscabada y vulnerada en el culto al cruel dios Mercado.

Por eso mismo, seguir con fidelidad los pasos de ese Jesús que vá con nosotros por delante, nos trae certezas de persecuciones y de odio profuso.
A medida que nos crezca el corazón desde la oración y en la comunidad, el mundo se nos hará cada vez más ajeno,terriblemente contrario, dolorosamente adverso. Más aún, las persecuciones son signo cierto de la fidelidad al Evangelio, y su ausencia ha de preocuparnos

Sin embargo y a pesar de todo, ese odio también es tarea y mandato.
 
Con el auxilio del Espíritu es posible renovar la faz de la tierra, tarea santa de los seguidores del Resucitado que se sumergen voluntariamente y con alegría en esas aguas turbulentas y mundanas.

Paz y Bien

El amor, mandato y herencia








Para el día de hoy (18/05/17) 

Evangelio según San Juan 15, 12-17 



Un mandato no es necesariamente una orden que ha de obedecerse ciegamente, sin pensárselo dos veces.

Un mandato implica que se ha confiado en alguien para un cometido determinado, y en el confiar reposa también la certeza de que el mandatario posee las cualidades o capacidades necesarias para lo que se le ha encomendado. Por eso quizás se nos ha desdibujado este sentido básico cuando aplicamos estos conceptos a nuestros gobernantes, en el país que fuere. Y esa confianza brindada implica una responsabilidad, una ética, es decir, un modo de actuar en el mundo y para con los demás.

El mandato de Jesús de Nazareth no es un la obligación de cumplir un número predeterminado de normas específicas, y el Maestro lo ha enseñado del mejor de los modos posibles, viviéndolo Él mismo en cada momento de su existencia, y haciéndose ofrenda infinitamente generosa para el bien de toda la humanidad.
Ese mandato es el amor, y antes que arribar a definiciones que delimitan trascendencias, es menester contemplar al mismo Cristo, al modo en que Él amaba, y cómo Él traducía en nuestro rudimentario lenguaje humano el corazón eterno de Dios que es ese amor infinito.

Amar, en la sintonía de Cristo, es ser para los demás. Y ser para los demás porque primero y ante todo nos descubrimos hijas e hijos amados por Dios, cuyo amor se expresa y explicita en ese Cristo que se desvive por los otros, buenos y malos, justos y pecadores.
No es, como podría inferirse, una progresiva aniquilación del yo y una disolución de la voluntad y la personalidad; antes bien, es una decisión enteramente libre y voluntaria que se fundamenta en que nos ha amado primero, y que no hay otro modo de trascender que el romper caparazones de egoísmo y soberbia, y salir al sol, al encuentro del otro.
Más aún, salir en la afanosa búsqueda del otro porque en verdad, al prójimo se lo edifica toda vez que nos aprojimamos/aproximamos.

Tan intoxicados por los medios de comunicación como estamos, y portadores de criterios tan banales, solemos confundir lo heroico con lo espectacular o con lo eminentemente trágico. Sin embargo, lo heroico es mantenerse en ese principio primordial de ser para los otros, y no transigir jamás.

Y por sobre todo, animarnos y atrevernos así, dando la vida y dando vida, a ser felices.

Paz y Bien





La alegría, identidad cristiana








Para el día de hoy (18/05/17):  

Evangelio según San Juan 15, 9-11




El amor de Dios es infinito e incondicional. Jesús de Nazareth lo sabe bien y lo revela: Dios nos ama con amor de Padre y Madre, un amor de dación perpetua, porque el amor de Dios -su propia esencia- es ágape, es decir, es mucho más que un sentimiento o algo con un cariz gustoso, agradable. Ágape es ser para los demás, para una persona en concreto, sin dispersarse en generalidades banales, actuando y obrando por y para los demás sin reservas, aún cuando ello implique abordar la nave del sacrificio, del morir para que otro viva. Nunca mejor utilizado aquí es el término des-vivirse.

Ese amor de Dios permanece con todo y a pesar de todo, a pesar de nuestros quebrantos e infidelidades, a pesar de que bajo parámetros mundanos nuestras miserias no nos conceden escapatoria. La misericordia alimenta los asombros y sostiene al universo, y así sacrificio abandona cualquier pretensión luctuosa y se nos abren las aguas pascuales hacia su sentido primordial: sacrificio es hacer sagrado lo que no lo es, consagrar.

Ese amor entrañable nos revela nuestra identidad primordial e irrevocable, y es la de ser hijas e hijos, y por ello mismo, mujeres y hombres libres.
Sólo las mujeres y los hombres libres actúan de acuerdo a ese amor fundante, pues somos tales porque nos sabemos amados primero por Dios en la mano salvadora de Cristo Resucitado. Por ello mismo seguimos sus enseñanzas, por ello mismo guardamos como un tesoro la Palabra y observamos los mandamientos, por ese Padre que nos ama con amor de Madre.

La observancia de los mandamientos por conveniencia, por pertenencia simple o por miedo es referencia de los esclavos, de los mercenarios. Nunca de los hijos.
El amor de Dios es fuente inagotable de todas las alegrías, por el valor inmenso que cada uno de nosotros -mínimos, quebradizos, invisibles- tenemos a la mirada y a la bondad de Él. Ésa es la Alegría del Evangelio que con voz profética Francisco intenta despertarnos de tantos sopores y angustias.

Porque la alegría con que vivamos es señal de identidad. Signo de que nada ni nadie -ni nosotros mismos- podrá separarnos del amor de Dios. Y que la vida cristiana es plenitud, eso que llamamos felicidad, porque se explaya en los demás, desertores felices de cualquier egoísmo.

Paz y Bien

Cristo, la vid verdadera








Para el día de hoy (17/05/17) 

Evangelio según San Juan 15, 1-8



La vitivinicultura es milenaria; a través de los siglos, aún cuando hubo muchos cambios por los avances tecnológicos, la raíz sigue siendo la misma, y es la calidad de la uva, fruto de la vid.

Los oyentes de Jesús lo sabían bien: las mejores uvas son las que surgen de las ramas o sarmientos más cercanos al tronco, a la vid, toda vez que reciben plena la savia nutricia que las vivifica y florece. Las más alejadas son, por lo general, desechadas para la fermentación del mosto primario.
Y sucede lo mismo con las ramas: cuando se alejan demasiado de la vid, se resecan y no dan fruto, y la única utilidad o destino de esos sarmientos es el ser utilizadas como leña, y también han de ser podadas del cuerpo principal de la vid para que ésta genere brazos nuevos y fructíferos.

Contra todo pronóstico de pervivencia fundado sólo en el sustento que se adquiere desde fuera, la enseñanza del Maestro remite a una interioridad total entre Él y el creyente, dador generoso de la savia que nos hace vivir.
En su cercanía nos volvemos madera verde que brinda buenas uvas, uvas que han de pisarse y fermentarse para transformarse en vino bueno.
En cambio, cuanto más nos alejamos nos resecamos y nuestra existencia deviene inútil, sin horizonte, estériles en todos los aspectos. Y aquí es menester derogar esa imagen de un Dios que entrega como pasto de las llamas a las ramas secas. El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre y una Madre que ama y cuida, es el Viñador que a veces nos poda para que nos crezcan cosas nuevas, es Aquél único conducto por el cual nos viene la vida.

Porque tenemos un destino de vino bueno, y María de Nazareth lo sabía bien pidiéndolo para nosotros, y el Maestro se funde en nuestro devenir transformando cada día, en la mesa de los hermanos, a ese vino en su sangre para la Redención.

Que nosotros también, merced a nuestra unión con Cristo, nos volvamos vino bieno que vivifique a los hermanos.
 
 
Paz y Bien

Paz de Cristo, don y compromiso








Para el día de hoy (16/05/17) 

Evangelio según San Juan 14, 27-31a





La sociedad actual ofrece un menú variopinto y múltiple de la cuestión de la paz.

Una paz que implica la ausencia de conflictos, y esto procurando evitar las situaciones conflictivas, las crisis, el repliegue sobre sí mismo evitando a los que la pasan mal.
 
Una paz química, que puede ser la medicación -a menudo necesaria- que adormece los sentidos de las almas agobiadas, y en casos extremos, las drogas que subyugan con su cruel adicción a las personas.
 
Pax romana, es decir, la paz que se impone mediante el uso explícito de la fuerza; sus variantes pueden ser la acumulación de poder bélico con el fin de persuadir al enemigo de una destrucción mutua o de una guerra encarnizada, la paz obtenida luego de sangrientas batallas.
 
La paz de los cementerios, de la que todos guarden silencios, la paz de la comodidad, del miedo, del mirar para otro lado, y otras tantas modalidades parciales e inmanentes, sin futuro ni trascendencia.

Pero la paz que Cristo regala y ofrece de modo generoso e incondicional es muy distinta.
Abarca sí todos los aspectos de la vida humana, genera bienestar y calma, pero no practica escapismos ni rehuye de los problemas. La paz de Cristo, se apoya en la verdad absoluta del amor total de Dios para con la humanidad. Y es una paz que compromete, y que se edifica en este mundo cuando florece la justicia, cuando se reniega de la violencia, cuando servicio y mansedumbre son las ilógicas armas de los que se atreven y tienen coraje de vivir y propagar esa paz.

La paz de Cristo es don, es regalo, y acaso no se limite a ello. Su paz moviliza, su paz impulsa a salir en la búsqueda de los demás, su paz es la certeza de que aunque nuestras mínimas barcas estén sometidas a las tormentas más bravas, si Él viene a bordo, hemos de llegar a buen puerto y no pereceremos.

La paz de Cristo es señal de que a pesar de todas las cruces, la vida nos amanece en la Resurrección.

Paz y Bien

Somos templos vivos








Para el día de hoy (15/05/17) 

Evangelio según San Juan 14, 21-26



Quien más, quien menos, todos tenemos uno o más sitios a los que nos sentimos ligados por los afectos, por devoción, por espiritualidad; en fin, por cuestiones de Dios.

Humildes capillas, pequeñísimas ermitas o imponentes basílicas son esos lugares en donde expresamos la fé, nos reunimos como familia de Dios, elevamos súplicas de perdón y de petición y realizamos ofrendas y promesas de gratitud. En muchos lugares las peregrinaciones a esos santuarios son conmovedoramente multitudinarias, pueblo de Dios en marcha.
Todo ello es bueno, es salud para nuestras almas pues hay fé y hay oración de la comunidad y por eso mismo Cristo está presente, aunque hemos de tener cuidado con ciertas desmesuras, ciertas tendencias escondidas a vindicar las construcciones y no honrar a Aquél que les otorga pleno sentido, y también la tentación de la masividad como exhibición -a veces obscena- de un poder desprendido de los números y las masas.

Más allá de todo ello, la revelación de la Buena Noticia de Jesús de Nazareth establece de modo definitivo un asombroso misterio de identidad, ajeno a cualquier parámetro de razón mundana, inasible con cualquier tipo de molde o esquema.

Así, la identidad cristiana ya no surgirá de la aceptación de conceptos abstractos, de la adhesión a doctrinas o de la simple pertenencia, sino antes bien de vivir y respirar ese único mandamiento que es también nuestra herencia infinita, el amor, esencia misma de Dios.

Nuestra identidad cristiana quedará en evidencia si amamos como nos ha amado Cristo y del mismo modo en que Él, con toda su vida, nos ha enseñado a amar. Por eso mismo una fé sin frutos de justicia, de misericordia, de fraternidad no es verdaderamente una fé sino una mera creencia menor declamada.

Y si nos mantenemos fieles a su Palabra, en todos esos variados rebaños y con destino a un hogar para todos con múltiples habitaciones, hemos de descubrir que Dios no está para nada lejos, sino que habita los corazones de las mujeres y los hombres que tengan el coraje y la locura de atreverse a amar, a reconocerse entre sí como hijos y por tanto, hermanos.

La presencia real de Dios está en el hermano, y es ese prójimo que debemos edificar y descubrir el verdadero santuario, templo santo y latiente del Dios de la Vida, y el culto primero es la compasión.

Paz y Bien

Con los sentimientos de Cristo









Domingo 5° de Pascua

Para el día de hoy (14/05/17) 

Evangelio según San Juan 14, 1-12



Hay una constante, y es que oscilamos entre una espiritualidad desencarnada de la realidad a una religiosidad que se remite específicamente a las necesidades comunes, a lo coyuntural, a lo que suele perecer.

Quizás, en parte, esto suceda porque el acostumbrarse y transcurrir sin crecer ni expandir el corazón demuele cualquier esperanza.
Por ello mismo es necesario y hasta imprescindible volver a hacer preguntas como la de Felipe, que aunque errónea ante toda la evidencia de la Gracia, es signo de un alma que no se queda quieta y no se conforma.

Porque sin camino no hay andar, y si no hay andar mucho menos hay un destino cierto.

Porque sin verdad, estamos a la ventura de vientos difíciles y tormentas malignas que nos llevan a ninguna parte.

Porque sin una vida definitiva, hay una muerte rotunda.

Tal vez, nos hemos vuelto puntillosos adeptos a un sistema de creencias y férreos defensores de profundas doctrinas, pero olvidamos la clave/llave de toda vida: la Salvación -don y misterio- no está definida por las cosas y dogmas en los que creemos, sino más bien por Quien creemos. 

Porque no creemos en algo, creemos en Alguien, Jesús de Nazareth, nuestro camino, verdad y vida, nuestro destino, nuestra existencia y nuestra liberación, hermano y Señor nuestro, puerta siempre abierta a la vida plena que no tiene fin.

Hemos de vivir sus sentimientos. Amar como Él amaba, confiar como Él confiaba, fieles hasta lo último, con paso firme y mirada renovada en frutos de servicio y compasión, para mayor gloria y alabanza del Padre.


Paz y Bien


Entre el secularismo y la superstición









Nuestra Señora de Fátima

Para el día de hoy (13/05/17) 

Evangelio según San Juan 14, 7-14




La pregunta de Felipe nos involucra, nos representa y nos conmueve con su crudeza: quiere ver al Padre pero no ha sabido verlo en Jesús de Nazareth. Se ha quedado en la manifestación externa que es valiosa, pero que requiere la profunda mirada de la fé que trasciende la superficie del signo visible y se dirige a los planos sobrenaturales que están fecundando los días.

En el pedido de Felipe subyace uno de los interrogantes mayores de la humanidad. En tiempos tan secularizados como vivimos, quizás no tenga demasiada relevancia -todo parece haber perdido gravitación- pero en todo corazón anida el deseo y las ganas de trascendencia, el ansia de ir más allá de la biología, la búsqueda de las respuestas a las preguntas primordiales: de dónde venimos, adónde vamos, por quién.

El secularismo es un veneno seductor que socava los corazones, quizás sin demasiadas señales pero con un persistente dolo que cercena miradas y coarta horizontes; de ese modo, todo parece acotarse a lo que puede palparse, a lo que se percibe por los sentidos, a lo empírico. 
Sin embargo y muy especialmente en los últimos veinte años, la confluencia de los medios tecnológicos masivos inauguraron otra vertiente igual de peligrosa, lo virtual, mundos que no se corresponden con la realidad más profunda del ser humano, ilusiones que todo condicionan pues detrás de la re-presentación se esconde la verdad, esa misma que nos hace libres.

Aún así, como un sucedáneo banal de fuga ad nauseam, el mundo propone el sopor conveniente de pseudo doctrinas que todo banalizan, supersticiones disfrazadas de modernidad que nos aislan y en las que no hay ni un ápice de fraternidad, de justicia, de misericordia. En esas supersticiones no tienen espacio el otro, el prójimo, el hermano.

La vida cristiana, el seguimiento de Cristo nos apresura, nos urge a mirar y ver la realidad con otra mirada, ojos profundos capaces de reconocer las huellas santas de Dios en la historia. Y esas huellas pueden felizmente encontrarse también fuera de los ámbitos de la Iglesia, de la fé cristiana.

La Encarnación motiva nuestra esperanza, un Dios tan involucrado en nuestras cosas que se ha hecho tiempo, historia, vecino, un Hijo queridísimo que acampa entre nosotros.

Paz y Bien



Creemos en Alguien











Para el día de hoy (12/05/17) 

Evangelio según San Juan 14, 1-6



La liturgia continúa situándonos en el ambiente fraterno y a la vez crítico de la última cena, en donde Jesús, frente a la inminencia de su Pasión y de su muerte se despide de los suyos y les habla, se ofrece en su totalidad sin reservarse nada para sí, y quiere que sus amigos no queden a la intemperie de la tristeza, del miedo y la desolación.
Por eso mismo, insiste con paciencia en llevarles calma a sus corazones, para que no impere el temor y florezca la confianza y la paz, con todo y a pesar de todo.
La clave es la fé, y esa fé no supone la adhesión a una idea. Ni siquiera a un proyecto. La fé cristiana -don y misterio- es confiar y creer el Alguien, Jesús de Nazareth, y vivir conforme a ello.
Desde esa fé los discípulos de todos los tiempos, de todas las épocas, no se detendrán ante nada pues se desdibujan las fronteras de los imposibles y la sentencia del no se puede. En este tiempo santo -kairós- mixtura entre Dios y el hombre que se revela en los asombros de la Encarnación, todo es posible.

A pesar de ello, la persistente tentación de la exclusividad es una amenaza siempre latente. Ese creerse únicos por méritos acumulados, por cumplimiento de normas y ritos o por simple pertenencia. Ese cielo pequeño para unos pocos, esas ganas de dispensar con esquemas racionales la posibilidad de Salvación, aún cuando el Salvador brinda rendención a canastas llenas e incondicionalmente.
La vida en Cristo, que comienza aquí, en estos arrabales y no tiene fin, no es solamente vivir: es con-vivir, y así en el corazón sagrado del Señor conviven multitudes variopintas, con múltiples colores, personalidades, perfiles, pero todos y cada uno amadísimos por el Dios de la Vida, elegidos para siempre, una casa de muchísimas moradas que no es suposición banal de un relativismo metastásico, sino fruto primero de esa asombrosa misericordia de Dios.


Somos cristianos, discípulos y amigos del Señor, no tanto por adherir a un corpus de ideas y doctrina, o por pertenencia eclesial, sino ante todo porque creemos en Alguien, en Jesús de Nazareth el Cristo, que es el camino para no rumbear hacia todos los abismos, la verdad para ser plenamente libres, la vida que hace retroceder todas las muertes.


Creemos en Alguien antes que en algo, creemos en Él, lo escuchamos y lo seguimos.


 Paz y Bien

Llamados a servir












Para el día de hoy (11/05/17) 
 
Evangelio según San Juan 13, 16-20



Ese Dios de liberación y desierto se dá a conocer a Moisés y, por intermedio de éste a todo el pueblo, como Yo Soy.
Es el que es, es el que está.
Del mismo modo, en la calidez de una mesa de amigos y en los umbrales de la Pasión, Jesús de Nazareth se revela del mismo modo, y en su Yo Soy se define eternamente su absoluta identidad con el Padre. Dios es Jesús y Jesús es Dios.
Pero ese rostro, esa imagen que los discípulos y nosotros creemos conocer dista mucho de lo que imaginamos. Alejado de los parámetros ornados de gloria mundana, de poder demoledor, de victoria al modo militar, Aquél que es, que está y estará se revela como siervo de los suyos, como un esclavo.
Puede ser escandaloso, y nos puede desatar la rebeldía al modo de Pedro, pues ese Cristo así, humillado, anonadado nos conmueve cualquier estructura espiritual y mental hasta sus mismos cimientos.
Sin embargo, ese Cristo exhibe una característica familiar que le viene de su Padre y que se traslada también a sus hermanas y hermanos, todos los creyentes, y es precisamente el servicio, la generosidad, el interés primordial por ese otro al que reconocemos y edificamos prójimo/próximo.
Por ello, llave y medida de nuestra felicidad están en el darse incondicionalmente, en ofrecer la vida por pequeña que se nos asome.
Es imprescindible que el Maestro nos lave los pies, signo de ternura y de predilección personal.
Y así ir hacia el horizonte del hermano -pues la gloria de Dios es que el hombre y especialmente el pobre viva- con un caminar renovado, a paso firme, con alegre desprendimiento de todo egoísmo, para mayor gloria de Dios y paz y bien para los que están cerca y los que están lejos.
Paz y Bien

Cristo, presencia y salvación










Para el día de hoy (10/05/17):  

Evangelio según San Juan 12, 44-50





La exclamación de Jesús no es sólo un refuerzo enfático a sus palabras: es el celo entrañable, fuego que lo consume desde sus entrañas, por las cosas de su Padre.
Y las cosas de su Padre son la salvación de todos los pueblos, Dios que se desvive por sus hijas e hijos.
Su esfuerzo cordial no se encamina tanto a controversias con las autoridades religiosas de su tiempo, sino que en señal de auxilio perpetua, atraviesa todos los velos de la historia y nos interpela ya mismo, aquí y ahora, para que no claudiquemos, para dejar de deambular entre los absurdos de nuestras miserias electas, para desertar de la desconfianza y exiliarnos alegremente de las tierras del miedo.
Creer es don y misterio, pero creer también implica coraje y humilde valentía.
Aún así, en una dialéctica que nos hunde y que quizás se relacione con los aspectos misteriosos del pecado, seguimos luchando contra la luz. En vidas pretendidamente creyentes, solemos descubrirnos en ámbitos nocturnos que parecen no tener fin, oscuros y totales. 
Más no se trata de la noche. Hasta la noche más cerrada puede ser una Noche Buena. 
Sucede que no se trata tanto de noche como del imperio de las sombras.
Pero no hay que desanimarse. Las sombras se disipan con asombrosa fluidez frente a la luz. Siempre, sin excepciones, al otro lado de las sombras se encuentra la luz.
Creer y ver. Oír y recibir.
El mismo amor y un compromiso inquebrantable desde Belén al Gólgota, y la ratificación absoluta en la Resurrección.
Pasan teorías y dogmas, pasan libros, técnicas, rituales y observancias. Sólo queda una persona que nos confronta con su sola presencia, presencia salvadora, presencia de rescate, presencia que es una mano amiga que nos pone de pié, que guarda nuestros pasos, ese Cristo que es nuestro hermano y Señor, Dios con nosotros, por nosotros, en nosotros.
Paz y Bien

Escuchamos la voz del Buen Pastor y le seguimos









Para el día de hoy (09/05/17):
  
Evangelio según San Juan 10, 22-30




El marco en el que se ubica la lectura de este día es el de la Fiesta de la Dedicación, la que tal vez conozcamos como Hannukah; ella no tiene un día exacto, y varía según el calendario judío, pero suele situarse por el mes de diciembre, es decir, cuando en Israel es invierno.


Esta festividad, que transcurre durante ocho días, es muy cara a los afectos de la nación judía, en ese momento sometida por Roma. Luego del derrumbamiento del imperio de Alejandro Magno, la parte norte del mismo estuvo gobernada por Antíoco IV autodenominado Epífanes, es decir, que se consideraba a sí mismo con carácter de divinidad, y Judea era una provincia más de sus dominios.
Antíoco IV tomó la decisión de imponer todos los aspectos de la cultura helenística en los territorios que gobernaba: precisamente, fué en Judea en donde encontró franca resistencia a esos designios. Esa resistencia fué aplastada sin piedad, con la fuerza de las armas, de cruentos homicidios y de injuriosas humillaciones.

La fé de Israel declarada ilegal, su práctica causal de ejecución sumaria, el Templo profanado una y otra vez, y aquellas mujeres y hombres que permanecían fieles eran sometidos a ultrajes y a la muerte.
Desde una aldea, un sacerdote llamado Matatías se rebela contra la orden real que menoscababa su libertad religiosa, e inaugura una guerra de guerrillas contra el invasor desde las colinas circundantes. A su muerte, uno de sus cinco hijos, Judas, llamado Macabeo -el martillo- toma el mando de la rebelión y al frente de un reducido número de combatientes derrota las ingentes fuerzas opresoras y en el año 164 AC recobra para su pueblo a Jerusalem y al Templo Santo.
Junto con su reconquista, Judas Macabeo y los suyos limpian el Templo, lo purifican y lo dedican nuevamente a su Dios. Su victoria final llegará años más tarde, cuando toda la nación judía vuelve a ser libre, inaugurando una época de paz y prosperidad.

Mucho más allá de una consideración histórica, estratégica y política, Hannukah es una celebración eminentemente espiritual.
Es celebración de un pueblo dispuesto a morir con tal del reencuentro con su Dios, ansias de su cercanía y su trascendencia, hambre de que ese Dios vuelva a ser el centro de su vida, que su santidad todo lo inunde, que su presencia vuelva a ser tangible.

Con Jesús de Nazareth el memorial de la gesta macabea adquiere significado pleno.
Dios se hace nuevamente presente en medio de su pueblo, señal de eternidad y liberación en ese Cristo humilde y servidor que camina y enseña en los atrios del Templo.
Pero es un tiempo nuevo y distinto, y la santidad se desplaza de las piedras suntuosas y de las joyas ornamentales a ese cuerpo que será entregado a la voracidad de la cruz y que por el poder absoluto del amor resucitará. Por Él, cada hombre y cada mujer se revelan templos vivos y latientes del Dios de la Vida, un Dios que continuamente nos llama y nos busca, que nos purifica, que nos libera, que hace que cada momento de la existencia pueda ser santo si nos atrevemos a escuchar su voz y a mantenernos fieles a esa confianza infinita que ha puesto en nosotros, mínimas ovejas cuidadas por las manos bondadosas del Buen Pastor.

Nosotros escuchamos su voz y le seguimos. Demasiadas voces nos empujan al abismo. Sólo su voz nos conduce a la vida, y vida en abundancia. Nada ni nadie puede arrebatarnos de su mano.


Paz y Bien


Madre Gaucha, al pié de todos los hijos








Nuestra Señora de Luján, Patrona de la República Argentina


Para el día de hoy (08/05/17):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27




Los datos, cuando se quita cierta pátina bucólica, se muestran duros, quizás contradictorios. Y es que el milagro de Nuestra Señora de Luján acontece tras andar la carreta por rutas clandestinas de contrabandistas y portando, junto con las imágenes de la Inmaculada Concepción, la siniestra carga de un esclavo, el Negro Manuel, que había nacido en Cabo Verde. Capturado en sus tierras, fué vendido como una mercancía más.

Es duro conciliar, desde eesa cruda perspectiva, milagros, señales de Dios en la historia.

Pero siempre hay otra mirada posible desde la fé, y desde la fé tenemos la serena alegría, la humilde certeza que Dios teje la historia con la gente desde los bordes, que hace música aún cuando haya pentagramas torcidos, que a pesar de todas las tinieblas siempre la luz se abre paso.

Y la Madre del Señor nos lo confirma.

Ella no tiene casa propia, nunca la ha tenido. De niña, vivía con sus padres; ya mujer, su casa era la del carpintero de Nazareth. Al pié de la cruz, como ofrenda absoluta de Cristo, nos brinda a los creyentes el tesoro de su Madre. Desde allí, su casa estará en el hogar de los hijos.

Su presencia tenaz, su ternura obstinada es la mejor de las señales que se prolonga firme a través del tiempo, y nos dice que todos somos hijos, que nadie sobra, que el sueño de Dios es la felicidad de todas sus hijas e hijos, su plenitud, una vida que no se acabe y que florezca en justicia y compasión.

La Madre del Señor, la Virgen Gaucha, continúa estando firme al pié de todos los hijos, especialmente de los más pequeños, de los pobres, de los olvidados, allí donde transcurre su vida cotidiana y los congrega bajo el signo cierto de pertenencia familiar, de raíces fraternas.

Desde estos arrabales y para toda la Iglesia, celebramos amor y presencia que nunca se resigna, y entre sus manos orantes se ampara la Patria, y por eso, confiados, le suplicamos a su corazón purísimo que le hable al Hijo de todos nosotros, y que nunca abandonemos nuestro destino de sal y de luz, para mayor gloria y alabanza de Dios.

Nuestra Señora de Luján, ruega por nosotros.

Paz y Bien



Cristo, puerta de salvación






Domingo 4º de Pascua

Para el día de hoy (07/05/17):  

Evangelio según San Juan 10, 1-10




Ciertos hechos y circunstancias históricas nos pueden ser muy útiles al momento de meditar la Palabra. 
Jesús de Nazareth les hablaba a sus contemporáneos en un lenguaje tan sencillo como profundo, y les revelaba los misterios del Padre y del Reino a partir de las cosas que a las gentes les importaba, que conocían bien, cosas de sus cotidianeidad. Algo de eso hemos perdido, dialogar desde el Evangelio con la mujer y el hombre de hoy a partir de lo que viven y les pasa a diario.

En la Palestina del siglo I gran parte de la actividad económica se fundamentaba en la cría de ganado ovino, especialmente por la escasez de tierras cultivables; excepto en el caso de los grandes terratenientes -que solían vivir en el extranjero- los pequeños productores poseían rebaños también pequeños. De ese modo, en cada pueblo y en cada aldea había un gran corral comunitario que, a su vez, poseía pequeños rediles para que los diversos rebaños de la zona pasaran la noche protegidos de todas las inclemencias y de salteadores y ladrones; a este corral se accedía por un hueco que hacía las veces de puerta, y en donde el pastor tendía su manta, de tal modo que con su propio cuerpo hacía las veces de puerta, y eso marcaba la diferencia fundamental en la pervivencia del rebaño.

Otro aspecto importante era la hora del pastoreo: al albergar allí diversos rebaños, podía llegar a ser confuso y hasta peligroso el momento de la salida para alimentarse. Sin embargo, cada rebaño conocía bien a su pastor, en especial por su voz, su silbido y el olor inconfundible de sus ropas que se impregnaba al pasarse en vela al cuidado de la entrada.
Por todo ello hay una unión indisoluble entre el pastor y el rebaño. 

Hay demasiados peligros allí fuera, demasiadas voces que trampean, demasiados salteadores y ladrones. 

Sólo escuchando la voz del Buen Pastor, su Palabra, podremos ir tranquilos hacia buenos pastos. Sólo a través suyo se accede a la Salvación, su propio cuerpo, su misma sangre, su vida entera que se nos ofrece como certeza de vida plena.

Roguemos entonces, junto a Francisco, para que el Espíritu nos siga prodigando pastores fieles con un profundo y persistente olor a oveja.

Paz y Bien



A quien iremos










Para el día de hoy (06/05/17):  

 
Evangelio según San Juan 6, 60-69




Era fácil estar con el Maestro en los momentos de éxito aparente y fama merecida; las gentes lo seguían y querían coronarlo Rey,especialmente cuando alimentaba a miles con panes y pescado, cuando sanaba enfermos, cuando hablaba de Reino y liberación. Ellos ansiaban permanecer allí, querían ser parte de ello.

Sin embargo, cuando Él les revela que el Hijo del Hombre -el Hijo de la Humanidad- será glorificado en el cadalso, en medio del espanto de la Pasión, todo se les vuelve contrario a lo que añoraban, a sus esquemas de gloria e imperio, de poder temporal, de derrota de los enemigos.

Por ello expresan que sus palabras son demasiado duras, y que nadie puede escucharlas.

La cruz es locura y escándalo, y por ese principio de amor, de servicio, de Salvación muchos han de dejarlo, de partir, de regresar a lo cómodamente viejo. No se atreven a ninguna novedad, prefieren la seguridad de sus prisiones antiguas a la libertad incierta de este rabbí galileo.

Pocos se quedan con Él, junto a Él, y Pedro -en nombre de los discípulos- se sincera; ¿adónde irán?. A pesar de todo lo que no comprenden, de esas pretendidas contradicciones, lo saben: las palabras de eternidad, la respuesta a los interrogantes primordiales, el saciar ese hambre de estar vivos sólo puede venir de Él.

Sólo Él tiene palabras de vida eterna, de vida perpetua, de vida sin límites, de vida plena.

Señor, ¿a quien iremos?

¿A los fariseos de todos los tiempos, puntillosos y exactos en las normas de piedad, tenaces negadores del hermano?

¿A los que prometen paraísos terrenales mediante la violencia?

¿A los profetas de la prosperidad, portavoces del dios mercado?

¿A los tenaces propaladores de dogmas pero no de personas, a los renegados de cualquier solidaridad, a los fugados de toda compasión?

Sólo Tú tienes palabras de vida eterna





Paz y Bien

El escándalo eucarístico









Para el día de hoy (05/05/17):  

Evangelio según San Juan 6, 51-59 




En la mentalidad semítica el término carne remite a veces a la parte comestible de los animales, y a veces a una parte del cuerpo humano, y por trasposición, carne entonces refiere a la totalidad del cuerpo, al ser humano viviente.
En ese ámbito amplio se encontraba Israel, en la que su fé terciaba en todas las cuestiones. Así carne será todo el cuerpo, y la sangre -Lv 17, 11- es en donde se afinca la vida, es decir, la vida está en la sangre. Por ellos las estrictas normas nutricionales prohíben taxativamente consumir sangre de cualquier tipo o forma, muy especialmente puesta la atención en la cocción de las carnes de animales. Su significado siempre es místico, pues no se puede transferir energía o vida en la sangre, pues Dios es siempre la única fuente de la vida.
En resumen, hablar de cuerpo y sangre es hablar del ser humano vivo en su totalidad.

Esos hombres que critican con fiereza a Jesús de Nazareth, más que confundidos o estupefactos, están escandalizados. De ningún modo pueden tolerar lo que Jesús ofrece, aunque fuera -y no lo es- una figura simbólica o literaria. En un plano realista, implicaría que para comerse a ese Cristo -el texto original del Evangelio habla de masticar, trogein- primero habría que desangrarlo. El árbol de la cruz, tan cercano y definitivo, nos impone sin violencias un respetuoso silencio que es estruendoso, que todo lo dice.

Dios encarnado, Dios hecho hombre que se ofrece en la totalidad de su ser como pan y como vino, las penas y miserias del mundo sobre sus hombros para que todos vivan, cordero sin mancha ofrecido para que la muerte pase de largo, para que la muerte retroceda.

Los discípulos y seguidores del Señor, reunidos en mesa fraterna de hermanas y hermanos, se reunirán en memoria suya y en la concreción del amor absoluto. Dejarán de lado espiritualizaciones que encierran y alejan, celebrando la Encarnación de Dios para la salvación de la humanidad, un Dios que se desvive para que no haya más crucificados, pan compartido y vida ofrecida agradecida, porque es el Espíritu de Dios el que fecunda la historia y la humanidad, savia que nos recorre las venas y los corazones.

Paz y Bien

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