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Un Cristo humilde y servidor, el redentor que habita entre nosotros
















Para el día de hoy (12/01/19):  

Evangelio según San Juan 3, 22-30






Mucho tenían en común Jesús de Nazareth y Juan -hijo de Zacarías e Isabel- llamado el Bautista.
Ambos convocaban a las gentes a la conversión, y el signo de esa transformación era un bautismo en el río, que ambos practicaban con asiduidad.
Inclusive, algunos de los originarios discípulos de Juan se convierten en seguidores de Jesús.

Por ello mismo, tarde o temprano iban a surgir celos y ansias de exclusividad, esos afanes de determinar predominios y legitimidades. Pero también contaba esa constante que llega hasta nuestros días, y es la de absolutizar lo que es medio o signo, en este caso el ritual de purificación, el bautismo en el río.

Pero Juan no se deja arrastrar a esa polémica estéril. Es un hombre del Espíritu, y es un hombre cabal.
Sabe que el nazareno hace lo que hace porque todo en Él viene de Dios. Sabe que nada de lo suyo es opuesto: por el contrario, Juan es el baqueano de almas que vá abriendo caminos para que pase el Maestro.

Y sabe que si el Cordero está presente, es que el Reino está aconteciendo y creciéndose en las honduras de los corazones. Ello es motivo de una alegría que nadie podrá quitarle, es el horizonte de su existencia al cual se dirige confiado y sin desvíos ni desmayos. Por eso mismo, él ansía disminuir, pues lo que verdaderamente cuenta es que las gentes pongan toda su atención en ese Cristo humilde y servidor que habita entre ellos y entre nosotros.

La integridad del Bautista es enorme, y ni las mazmorras de Herodes podrán hacerla sucumbir.
En las sombras de la prisión de ese opresor despiadado, hay un hombre libre que resplandece de alegría.
Sus carceleros y verdugos son los verdaderos prisioneros)

Paz y Bien

Salvación, éxodo manso de liberación















Para el día de hoy (11/01/19):  


Evangelio según San Lucas 5, 12-16








Jesús de Nazareth, según podemos rastrearlo en los Evangelios, tenía un carácter fuerte, capaz de profundas emociones, de asumir como propio hasta el dolor y las lágrimas el sufrimiento ajeno, de rebelarse ante la injusticia establecida, de que se le conmovieran sus mismas entrañas cuando se encendía de compasión. Y es claro que ello también resalta su actitud de Siervo manso, desdeñoso de toda violencia. Un carácter así hay que tenerlo bien sujeto a la mente y al corazón.
En el Evangelio para el día de hoy, aunque no explícitamente, podemos intuir algo de ello, y es la indignación que parece ganar el alma del Maestro frente al hecho del leproso que le suplica.

Hemos de considerar el status de la lepra en el siglo I en la Palestina del ministerio de Jesús: lepra refería no sólo al llamado Mal de Hansen sino a una multiplicidad de afecciones dérmicas, y se le tenía un verdadero pánico: en su etapa bacilar, la lepra -en ausencia de terapia antibiótica- es altamente contagiosa, produciendo deformaciones progresivas en la piel, en las extremidades, en el rostro y necrosis en los tejidos, es decir, la piel literalmente se vá pudriendo y muriendo. Por ello mismo, y frente a ninguna alternativa posible, la única práctica sanitaria que se había encontrado era aislar al enfermo, y alejarlo de la vida comunitaria. Pero es claro que no es una mera cuestión de salud, y la lepra -o lo que aparecía como tal- tenía su correspondencia religiosa. El leproso era un impuro máximo y absoluto según la Ley mosaica, y se interpretaba que era el debido castigo a pretensos pecados del enfermo o de sus padres. Tal era el grado de implicación religiosa, que los fedatarios de la condición de salud o enfermedad eran los sacerdotes o, eventualmente, los escribas o rabinos. Además de vivir en soledad, fuera de las ciudades, el leproso había de vestir harapos y proclamar a los gritos su condición de impuro.

Un leproso era un muerto en vida. Al gravamen terrible de la enfermedad, debía sumarle el ostracismo social y comunitario y el repudio religioso que lo considera irrecuperable, un impuro justamente condenado por sus culpas, una ideología que lo doblega y demuele.
Tal era el peso de la carga impuesta, que el mismo enfermo acepta la tumba andante que se le ha impuesto. Sin embargo, no se resigna del todo a ese no-vivir, y es por eso que ruega auxilio al Maestro aduciendo su condición que lo condena: no pide ser sanado, sino purificado. Es esa purificación ansiada la que lo devolverá a la vida comunitaria, al contacto con su Dios, a vivir como un hombre pleno aún cuando, quizás, su piel siga lesionada.

Modestamente, creemos que Jesús estaba enojado por esta situación tan cruel, tan religiosamente lógica y a su vez tan inhumana.
El milagro no es la limpieza de las dolorosas llagas: eso es signo de otra realidad mucho más profunda, y es que ha llegado el Reino de Dios, y que no hay mal que a Cristo se le resista.
Milagro es ese Jesús que no vacila en tocar al leproso, al impuro mayor, aún cuando ello estuviera taxativamente prohibido -impureza contagiosa-, algo tan grave como tocar un cadáver. En santa rebeldía, a Jesús no le importa transgredir lo que se opone a los sueños de su Padre, la plenitud del hombre.
Milagro es la bondad incondicional de Dios que se hace historia, tiempo, gestos concretos, el fin de los imposibles.

El leproso vuelve a ser un hombre entero y vivo. Por eso Jesús, fiel a las tradiciones de su pueblo en la justicia del Espíritu que inspira la Ley, lo envía a presentarse al sacerdote, para que obtenga formalmente la certificación de su sanidad. La misma religión que lo expulsó ahora debe readmitirlo ante la contundencia de la verdad. Y más aún: el que ha sanado debe callar, no contar a nadie lo que ha sucedido.
Por otro lado, el Maestro debe retirarse a lugares solitarios: es por su necesidad de orar a solas, pero más aún porque Él mismo se ha impurificado al extremo de perder su derecho a habitar cualquier ciudad o poblado.
 No es el tiempo justo, y las gentes tenderían a afincarse en esas soluciones mágicas e instantáneas, lejanas a la Salvación.

Porque la Salvación, don y misterio, no es la adhesión a doctrinas, ideas y hasta la consecuencia directa de pertenencia religiosa. La Salvación es Gracia, y es el éxodo de liberación que comienza por creer en Alguien antes que en algo, en Jesucristo, hombre y Dios, Señor y hermano nuestro.

Paz y Bien

Tiempo noble, año infinito de Gracia y misericordia














Para el día de hoy (10/01/19) 

Evangelio según San Lucas 4, 14-22a










En las tradiciones de la nación judía, el año sabático tenía una importancia doble, agrícola-económica y espiritual a la vez. Implicaba que la tierra podía trajinarse en cultivo durante seis años continuos, pero el séptimo debía dejarse en barbecho, en descanso para permitirle que se rehaga, que se restablezca su humus, su fertilidad y así retomar, al año siguiente, su capacidad de brindar buenas cosechas. Para una tierra dura como la Palestina -tan distinta a Egipto, abonada constantemente por los limos del Nilo- es una cuestión muy importante, que tiene una influencia directa con el sustento. Pero también esta institución campesina devino en una tradición espiritual, la del Shabbat, siendo un cariz primordial santificar un día de cada siete para ofrecerlo a Dios, para el descanso frutal, para restablecerse, para reencontrarse y poder proseguir.

Con el correr de los siglos, se instituyó el año jubilar o año del jubileo; el término, en español, nos trae reminiscencias fonéticas relativas al júbilo, a la alegría. Pero muy probablemente, su raíz etimológica provenga de yobel, que significa trompeta o, mejor aún, toque de trompeta, en referencia al sonido de un cuerno que anunciaba al pueblo el comienzo de ese año jubilar.
Un año jubilar era el que se celebraba tras siete años sabáticos consecutivos, es decir, cada cincuenta años. En ese año santo, recobrarían la libertad todos aquellos que habían caído en la esclavitud a causa de múltiples deudas. También, se restituirían las tierras a sus dueños originales, quienes por diversos motivos se hubieran visto obligados a venderlas, y ello implicaba un retorno a la equidad, los bienes de Dios en igualdad para todos, y un detalle que no es menor: como las tierras eran de propiedad familiar, de clan, tribal, significaba que cada niño que naciera luego de ese año santo no pasaría hambre ni miseria, pues habría tierra para cosechas. Y por supuesto, también en ese año jubilar la tierra debía descansar.

Ese sábado, en la sinagoga de su pueblo natal, Jesús de Nazareth asume en su propia persona las profecías antiguas de redención, de liberación, de justicia. Porque la Salvación tiene el perfume primordial del aquí y el hoy, y revela el rostro de un Dios que se involucra amorosamente en la historia, un Dios que se desvive por el bien de sus hijas e hijos.

No se trata ya del sonido de una trompeta como iniciador de un tiempo agradable. Jesús de Nazareth inaugura un año jubilar que comienza con su anuncio, con Él mismo, pero que no tiene fin. La Buena Noticia es esperanza para los cautivos, para los ciegos, para los pobres, para los que no pueden más, y muy especialmente para todos los hambrientos de justicia, Año de Gracia y Misericordia que es la misión eterna de una Iglesia que anuncia a todos los pueblos que un nuevo tiempo ha comenzado con este Cristo que vive en nosotros.

Paz y Bien

La frágil barca de la Iglesia nunca perecerá














Para el día de hoy (09/01/18) 

Evangelio según San Marcos 6, 45-52







La contemplación del Evangelio para el día de hoy debe tener presente la lectura del día que precede: el Maestro había alimentado a más de cinco mil personas en una zona casi desértica, despoblada, a partir del compartir de cinco humildes panes y dos peces.
El Maestro, llamativamente, debe obligar a sus discípulos a que suban a la barca y naveguen a la otra orilla del mar mientras Él despide a la nutrida multitud.

Hay una obviedad: Él los obliga pues ellos no quieren irse de allí: en realidad -el Evangelista Juan se refiere a ello- tanto la multitud como sus discípulos estaban colmados de cierta euforia por el milagro que habían presenciado, y en ese estado de ánimo exaltado intentaban proclamarlo rey de Israel. Mientras que el milagro revela su misión mesiánica, esas gentes, imbuidas de fervores nacionalistas, quieren apropiarse de Él y hacer con su persona una caricatura mundana, totalmente opuesta al Reino de Dios.
Por esas emociones erróneas y peligrosas es que el Señor quiere que las gentes vuelvan a sus hogares y los suyos se embarquen: es menester disipar ese clima que nada tiene de saludable, y es también una triste señal que sus amigos, a pesar de todo lo que Él les enseñaba y de todo el bien que prodigaba, no lo comprendían ni aceptaban la trascendencia eterna de su misión. Seguían presos de viejos esquemas obsoletos, esos moldes por el cual nosotros también gustamos de imaginar a un Dios que se adecue a nuestras necesidades e ilusiones, y así no nos permitimos ni dejamos a Dios ser Dios.

Ellos eran pecadores experimentados, navegantes profesionales. Así y todo, navegando en plena noche el viento se les vuelve en contra, y todo esfuerzo deviene inútil, penoso, estéril.
El Maestro se había retirado a un cerro a orar, y en esa comunión total con su Padre advierte los problemas que acucian a sus amigos, y lo deja todo para ir en su auxilio, caminando sobre las aguas, superando las borrascas contrarias. Pero ellos se mantienen obcecados en una noche que no sólo oculta al sol, sino que les trampea el corazón, y es por eso que la visión de ese Cristo que se acerca se les hace un fantasma.
Es una aparición que los asusta pues derriba el andamiaje vano en el que tantos afanes han volcado.

Aún así, no hay recriminaciones. Sólo una infinita paciencia, y palabras de paz que calman todas las aguas. Porque cuando Él viene a bordo, se navega con rumbo cierto, campeando cualquier tempestad.

La frágil barca que se cimbrea sin destino es la barca de la Iglesia que a menudo se extravía en torpes veleidades mundanas y en crueles ambiciones de carreras clericales y de poder que se detenta, que abandona el servicio, que se sobrecarga de doctrinas exigibles pero olvida a la Buena Noticia. Mucha institución y poco Evangelio.

Pero el Maestro nunca nos abandona. Jamás. La barca de la Iglesia no perecerá. Es una cuestión de amores y de fidelidad.
Y así como la barca de la Iglesia, es la barca frágil de nuestra existencia. Y ante esos temporales que nos agobian, siempre surge la voz cálida del Maestro que nos despeina los temores, porque Él está, Él siempre estará.

Paz y Bien

Cristo, Moisés definitivo hacia la tierra prometida de la Salvación















Para el día de hoy (08/01/18): 

Evangelio según San Marcos 6, 34-44









Como continuador de la memoria viva de su pueblo, el Evangelista Marcos nos presenta a Jesús de Nazareth como el nuevo Moisés.
Al igual que el viejo caudillo de Israel, la preocupación es similar y es no dejar al pueblo librado a su suerte, buscando afanosamente un sucesor que lo conduzca a los buenos pastos de la libertad en la Tierra Prometida. Porque Moisés, sabemos, no llegará.
Cristo, nuevo Moisés -Moisés definitivo- profundamente enamorado y comprometido con su pueblo hasta los huesos, los llevará hasta los pastos definitivos de la Gracia y los alimentará con el verdadero maná, su Palabra, que permanece y no perece, que conduce a la eternidad, que sostiene los corazones.

Varias serán las escenas de multiplicación de panes que nos brindan los Evangelistas: en el ejemplo de hoy, nos encontramos en tierras judías, y el indicio serán las doce canastas sobrantes, símbolo de las doce tribus iniciales.

Cuando superamos lo episódico y nos sumergimos en los distintos niveles de profundidad que nos ofrece la Palabra, podremos advertir varias cuestiones. En primer lugar, que el Maestro nunca realiza signos en sentido exhibicionista, ostentoso o milagrero: su intención es revelar la trascendente verdad de un Dios que se acerca al hombre, de un Reino que está aquí y ahora.
En segundo lugar, esa multitud que está allí con Él significativamente no pide alimentarse; al lado del Señor, y aunque pasen muchas horas, el tiempo parece no discurrir. Esas gentes se siguen alimentando de su Palabra, verdadero maná.
En tercer lugar, quizás los que en verdad estén hambrientos de verdad por no haber sabido mirar y ver, abrir sus ojos a la realidad del Reino, son los discípulos. Ellos pretenden aparecer como propietarios exclusivos de las enseñanzas del Maestro, y por ello quieren que finalice de una buena vez la docencia, y que ese Cristo vuelva a ser sólo de ellos: hay que despedir a la gente, y son sólo ellos los que se preocupan por la comida, atados a los limitados esquemas de la razón, plenos de excusas a la hora de los problemas.

En el tiempo nuevo del Reino, será la compasión -amor de Dios encarnado- el motor que transforma la historia. Serán entonces los discípulos los que deberán involucrarse, como levadura en la masa, diáconos sin resignaciones servidores del pueblo, apóstoles de la misericordia y la Eucaristía.

Quedarán doce canastas, porque el banquete no se limita a esa multitud allí reunida. Las doce canastas refieren al misterio bondadoso de la Divina Providencia, de los que aún no han llegado y que -sin dudas- un día llegarán, pan siempre abundantes para todo el pueblo, para todas las naciones.

Paz y Bien

En todas las Galileas de este mundo nos aguarda un compromiso y una misión













Para el día de hoy (07/01/19):  

Evangelio según San Mateo 4, 12-17. 23-25







Las coordenadas geográficas nos indican que el arresto de Juan el Bautista -que se desembocará en su asesinato- acontece en Judea, y ante esta noticia el Maestro se retira a Galilea. Una mirada superficial se quedaría solamente en ello, quizás en un análisis social y cultural; pero los Evangelios nos plantean un más allá que implica una geografía teológica o espiritual.

Porque en Judea está Jerusalem, la sede de la estricta religiosidad oficial que abunda en puntillosidad y adolece de misericordia, la Judea que suele mirar a los demás desde un pedestal pues supone primacías, una élite bendita que suele mirar condescendiente y despreciativa a los demás. 
En cambio Galilea es la periferia, el borde de todo que está siempre bajo sospecha de laxitud en las costumbres y la observancia de la Ley; a los galileos se los tiene a menos y el contacto frecuente con extranjeros -está en plena ruta comercial- no ayuda demasiado. De allí no se esperan cosas buenas ni nuevas, y mucho menos que provenga el Mesías, el que debe ser gloriosamente de Jerusalem y punto.

Galilea de los gentiles, el título habitual de desprecio, se reemplaza con el anuncio profético de Galilea de las naciones. Desde los confines, desde los márgenes, desde todas las periferias, desde donde se supone con razonados prejuicios que nunca pasa nada, Abbá Dios de Jesús de Nazareth se mantiene fiel a sus promesas y empuja la vida y la bendición a todos los pueblos.

Con todo y a pesar de todo, los galileos no tienen privilegios. Al igual que Juan, Jesús insiste: hay que convertirse porque el Reino está cerca, un Reino que no es una alternativa, ni un cambio de época ni solamente dejar atrás ciertas actitudes. El Reino es lo totalmente distinto, totalmente nuevo, un Dios que se hace presente y vive en medio de su pueblo, la eternidad tan cercana que se puede ingresar desde el propio corazón porque Cristo ha abierto todas las puertas.

Ayer contemplábamos la Epifanía del Señor, el Dios del Universo que se manifiesta en un Niño en brazos de su Madre, al cual adoran los magos venidos de lejos. Hoy, el mismo Dios encarnado se manifiesta en la Palabra que comunica en primer lugar a los pobres, y sanando todas las enfermedades y dolencias, todo aquello que trae a menos lo humano.

En todas las Galileas de este mundo nos aguarda un compromiso y una misión. Que todos los pueblos agobiados por tanto dolor y muerte encuentren la luz del Evangelio, el amor de Dios entre nosotros.

Paz y Bien 

Epifanía: el oro cordial de los afectos, el incienso de la oración y la mirra de la caridad














La Epifanía del Señor
 
Para el día de hoy (06/01/19):  

Evangelio según San Mateo 2, 1-12






En estos tiempos, a veces tan mercantilizados, a veces tan banalizados en su insípida superficialidad, se hace imperioso regresar a las honduras que nos ofrece con inmensa generosidad la Palabra de Dios.

Debido a ciertas tradiciones provenientes del siglo VI, se dice que los "reyes magos" eran tres. También, hasta se les ha adjudicado nombres en un afán pueril. Pero el Evangelio de Mateo nos dice que eran unos magos de oiente. Magos -magoi en el griego original- que tal vez no tengan que ver con prestidigitación ni hechicería sino más bien con astrología/astronomía. Esos hombres sabían leer el firmamento, y en esa época era un conocimiento científico verdadero, donde la mística no era del todo ajena. 
Si nos situamos en un mapa de la época, al este de la Palestina de los tiempos del nacimiento de Cristo se encuentra Persia; podemos inferir que esos magoi eran astrónomos/astrólogos persas, muy probablemente seguidores de Zoroastro. Y tal vez -sólo tal vez- se dice que estos magos son tres -el Evangelista nada dice-, pues son tres los regalos ofrecidos al Niño Santo.

No es poca la distancia entre Persia y Jerusalem. Es dable pensar -desiertos y rutas de montaña mediante- que el viaje les ha insumido bastante tiempo y esfuerzos, quizás una caravana pues los salteadores de caminos eran una posibilidad ingente.
¿Porqué no representarnos un ámbito de estudio y ciencia, donde esos hombres escrutan los cielos y el descubrimiento de una estrella movediza e increíble? Y que ese hallazgo los impulse a ponerse en marcha, llevados a una distancia inverosímil en busca de un nuevo Rey ante el cual han de postrarse.
Confluyen armónicamente en sus almas razón y fé, y es menester preguntarse en qué momento establecimos que fé y ciencia van por senderos demasiado separados y disímiles.

Buscar. Buscar sin descanso, buscar con ganas, buscar con fé, buscar a pesar de todas las nubes que se interpongan, seguir buscando en la noche más cerrada. Siempre hay una estrella amiga que ha de enseñar el sendero recto cuando no se sabe hacia donde rumbear.

En Jerusalem gobierna Herodes el Grande -padre del otro Herodes llamado Antipas-. Herodes gobierna pero quien en verdad detenta el poder es Roma: ahí están las legiones para imponer la pax romana a la fuerza, un orden ejercido mediante la espada desde los caprichos del César.
En Jerusalem está el palacio que representa a su reinado, el Templo impresionante que él hizo construir, la magnificencia de la Ciudad Santa. Pero también es la sede de la religión oficial, de los escribas y sumos sacerdotes que rigen sobre las almas de todo el pueblo judío. Es la ortodoxia rígida que no admite intromisiones, los criterios impuestos de pureza ritual que a tantos deja fuera.

Herodes, quizás, fué el último rey importante de la nación judía; aún así era la encarnación de la paranoia y de la brutalidad ejercidad sin mesura para la conservación del poder. El infanticidio belenita dá cuenta de ello.

Nuestros amigos magos llegan a Jesuralem y parece desatarse un cataclismo que hace cimbrear a todos. Al gobernante le preguntan por el sitio exacto en donde se encuentra el rey de los judíos para rendirle honores. Tal vez sin advertirlo, ponen en entredicho la misma autoridad de Herodes. El rey legítimo y veraz no es bruto, ni opresor, ni se reviste de fasto y oropeles, y no tiene otro trono que los brazos de su Madre.
Con el tiempo y un corazón dispuesto comprenderemos que su reino no es de este mundo.

Los exégetas y eruditos brindan una respuesta: el lugar preciso para hallar al Mesías es Belén de Judá, ciudad de David.
Mucha erudición y poca sabiduría: todos esos hombres -religiosos profesionales y rigurosos- viven muy cerca del Salvador pero se aferran a sus comodidades jerosolimitanas. En cambio son los extranjeros -los gentiles- los que, viniendo de muy lejos, van a rendirle culto verdadero, el que nace en las profundidades de los corazones antes que en los gestos de la superficie.

La estrella que guió su ruta vuelve a aparecer y se posa sobre Belén. La estrella de cada uno de nosotros a veces se pierde de vista pero nunca se apaga.
Ellos se postran ante ese extraño rey, pequeño y frágil, que vive con sus padres en el hogar familiar, lejano en todo sentido al palacio de la capital. Le ofrecen unos presentes que han traído desde su patria.

Los regalos hablan siempre del carácter de quien regala, pero mucho más de aquél que los ha de recibir.

Oro, ofrenda propia de un rey.
Incienso, propio de un sacerdote y aroma del culto divino.
Mirra, perfume carísimo que se utiliza para ungir, especialmente los cuerpos de los difuntos.

Son todos regalos caros pero a su vez portables; seguramente, serán el socorro económico para el exilio subrepticio y la huida nocturna de la Sagrada Familia a Egipto.

Los magos no hacen una visita de Estado, sino que van a adorar a ese Niño Rey que es verdadero Dios y verdadero hombre, que morirá por todo el pueblo.

Cuando la noche parece cerrarse hasta lo indecible, cuando los poderosos cantan siniestras canciones de degüello, cuando nos muerde los talones la rutina cómoda, nunca, por ningún motiva, hay que quedarse quietos, abandonarse, dejar de escrutar el horizonte.

Dios nos anda ofreciendo estrellas cordiales a cada paso. Hay que saber mirar, aprender a escuchar. A veces la estrella movediza es un amigo, la solidaridad de un desconocido, la palabra justa para cuando no sabemos que más decir, la esperanza que milagrosamente se renueva, el hambre tenaz de justicia. El amor que se encarna.

Hay que seguir andando nomás. Y ofrecer, humildemente, a ese Niño que es nuestro Hijo, nuestro hermano, nuestro vecino y nuestro Dios, el oro cordial de los afectos, el incienso de la oración y la mirra de la caridad.

Paz y Bien

Desde el corazón de todas las periferias, Dios impulsa la vida














Para el día de hoy (05/01/19):  

Evangelio según San Juan 1, 43-51









Natanael era de Caná, cercana a Nazareth a escasos kilómetros, y como sucede en todas parte, es dable suponer que entre las dos ciudades -pueblos pequeños- existiera cierto tipo de rivalidad e inquina. Pero la imagen suya bajo la higuera tiene una connotación simbólica, la del hombre que estudia y reflexiona acerca de la Torah y las tradiciones de Israel.
En esas tradiciones, Nazareth no figura. No está mencionada por los profetas, no acontecen hechos importantes como en el caso de Belén, ciudad del rey David. En la práctica, Nazareth es un villorio que casi no figura en los mapas, con el agravante de pertenecer a Galilea de los gentiles.

Galilea es la periferia de la ortodoxa y deslumbrante Jerusalem. Por encontrarse estratégicamente ubicada en una ruta comercial, era frecuente el contacto con mercaderes y culturas foráneas; más aún, en la zona se encontraban ciudades de características marcadamente helénicas como Séforis y Tiberiades. Por ese contacto usual con el gentil, con el extranjero, Galilea está siempre bajo sospecha de heterodoxia e impureza ritual contraria a la segregación estricta de la Ley tal cual se la interpretaba en aquellos tiempos, pero tampoco debemos descartar ciertos prejuicios de carácter social, la mirada despreciativa de los jerosolimitanos para con los paisanos de provincias.

Como sea, de Galiea y tampoco de Nazareth ha de esperarse nada bueno ni nuevo.
Sin embargo, siempre es crucial regresar a las raíces, hacia donde todo comienza y en donde el ministerio del Señor encuentra su identidad. Es imprescindible reconocer las señales de Nazareth.

En Nazareth está la casa de José el carpintero, pero el hogar es de la Virgen. Allí Jesús crece en la pobreza, en la humildad y en el amor servicial que no busca reconocimientos ni intereses angostos.
En Nazareth Jesús conoce y aprende la Palabra de Dios a pesar de que no haya escuela, en donde se encarna en las tradiciones y la historia de su pueblo, en donde mira con ojos asombrados la mano bondadosa de su Padre. Es en Nazareth en donde se expande silenciosa la fidelidad y la Gracia.

Ayer y hoy se suelen buscar respuestas y seguridades en las certezas imponentes de los templos grandes, en los sitios en donde refulge el poder, en donde la propaganda no ha impuesto sospechas ni campean los prejuicios.
Pero las señales nazarenas nos vuelven a decir que hay que marchar con el corazón a la periferia, hacia donde nunca pasa nada ni nada se espera, pues desde allí Abbá Dios de Jesucristo germina la Salvación e impulsa la vida.

Paz y Bien

Toda la vida se transforma en el encuentro con Cristo















Para el día de hoy (04/01/19):  

Evangelio según San Juan 1, 35-42








El Bautista, además de tener una gran influencia sobre el pueblo, tenía un creciente grupo de discípulos. Él testimonia que Jesús de Nazareth es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, un testimonio que sólo puede acontecer desde la fé, descubrir al Mesías que camina humilde entre la multitud, el Redentor que está entre nosotros.

La voz del profeta despierta conciencias, rectifica rumbos e inaugura nuevos tiempos. Por su voz, dos de sus discípulos emprenderán una búsqueda que será camino y vida, tal como el Maestro con el que se encontrarán.

La actitud del Bautista es magnífica en su servicio y su humildad: contrariamente a las pertinaces tendencias de acumulación de poder, de influencias, la edificación de imperios que no siempre son personales, él es un servidor de Dios que es pleno al dar testimonio, y que se aparta hacia el silencio una vez que cumple su misión. José de Nazareth también tendrá el mismo carácter de servicio genuino, santamente desinteresado de cualquier ambición.

Los dos discípulos de Juan se dirigen tras los pasos del Cordero, el joven rabbí galileo que el profeta les había señalado. Él se vuelve hacia ellos, y es la señal de que toda búsqueda sincera del Cristo no será infructuosa, siempre que se busque se encontrará.
Ellos quieren saber el lugar donde vive. Quizás se trate de ciertos estereotipos convencionales, escolares: todo rabbí tenía un ambiente académico propio, un sitio al que acudían aquellos que querían convertirse en sus discípulos.

Extraño tiempo, pleno de novedades: el lugar del Maestro no se halla en un edificio, en una ubicación física aún en las más sagradas. El encuentro siempre es personal, un Cristo que reinará y se afincará en los corazones de los creyentes, templos vivos de la Gracia de Dios.
Por eso no hay discursos grandilocuentes ni transferencias de conocimientos doctrinarios: vengan y lo verán. La fé cristiana es caminar con Cristo, amar como Él amaba, vivir como Él vivía, mirar y ver el mundo con su mirada que es la mirada de Dios.

Andrés presta otro servicio inmenso: su testimonio ante su hermano Simón conducirá a éste al encuentro con Cristo. Es la experiencia existencial que se comunica, tesoro que se expande cuando se comparte, compromiso y misión´, y Simón, ante su propio encuentro con el Cristo que lo mira a los ojos se llamará Cephas -Pedro-, anuncio de su vocación. Un nuevo nombre que expresa la trascendencia de una nueva vida con Cristo.

La vida se transforma en el encuentro con Cristo, el Cordero de Dios que encontramos en la Palabra y en la Eucaristía, y que palpita en el testimonio fiel de sus amigos.

Paz y Bien

El Santísimo Nombre de Jesús, sólo ante el cual se dobla toda rodilla















El Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/19) 

Evangelio según San Juan 1, 29-34







Para la fé y la historia de Israel, el cordero pascual es un signo extremadamente valioso: es el memorial perpetuo y la celebración de la primera noche de la Pascua, el éxodo de las cautividades, la intervención de Dios como fuerza de liberación en su favor.

En este talante y bajo este orden de ideas, adjudicarle a alguien, a una persona, el carácter de cordero pascual, y más aún, de Cordero de Dios, es algo impensado, asombroso y hasta escandaloso para los creyentes de la fé judía. Y la afirmación de Juan el Bautista es provocadora, pues él identifica al Cordero de Dios en un joven galileo desconocido que está inmerso en la multitud.

Para Juan, ese joven que se está acercando humildemente es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No se está refiriendo tanto a los pecados personales, a las miserias individuales de cada uno, sino al mal que oprime, que deshumaniza, que es necesario quitar para liberar corazones.

El Cristo Redentor, el Cordero de nuestra liberación se sigue acercando en silencio y con infinita paciencia a nuestras existencias. No viene a proponer alternativas ni a suplantar estructuras existentes por otras, tal vez, algo mejores. Él plantea una victoria trascendente y extraña, sin derrotados, que no admite otra fuerza que la del servicio y la vida ofrecida.

Nada más ni nada menos que volvernos día a día, cada vez más humanos, y por ello, cada instante más de Dios. A ese Cordero es al que tenemos que encontrar con una profunda mirada cordial de la fé, al fuego del Espíritu.




El Santísimo Nombre de Jesús, sólo ante el cual se dobla toda rodilla, en los cielos, en la tierra, en los abismos, para gloria de la Divina Majestad


Paz y Bien













Juan, heraldo del Altísimo











Para el día de hoy (02/01/19):  

Evangelio según San Juan 1, 19-28






La lectura que nos presenta la liturgia del día posee ciertas distinciones a las que es menester prestarle atención. 

Hay una delegación que llega desde el centro mismo del poder político y religioso de Israel -Jerusalem- que llega hasta Betania, al otro lado del Jordán, en donde Juan el Bautista predica y bautiza. Esa delegación se compone de sacerdotes y levitas, es decir, expertos religiosos consagrados y laicos cuya misión es la de dirimir las graves cuestiones que suscita la persona del Bautista.

Esos hombres representan la ortodoxia religiosa, y como tales son celosos guardianes de una religiosidad de la que se infieren excluyentes depositarios: por eso van en talante inquisidor, para determinar con precisión si se observan los preceptos sin desvíos. Además de la influencia magistral del Bautista, que enseñaba a un número creciente de discípulos, el hijo de Zacarías e Isabel bautizaba y esa tarea solía estar acotada a los sacerdotes, a los especialistas en el tema, por lo cual se puede suponer cierto estupor celoso de ese hombre que parece arrogarse cosas que le son propias de ellos, y porque el bautismo supone también un carácter mesiánico.
Pero además el Bautista era escuchado con atención por muchos y cada vez más, no sólo discípulos suyos sino el pueblo más sencillo. La voz de Juan crecía en influencia restauradora que es un motivo de grave preocupación para los que son la voz única e incuestionable.

De allí el interrogatorio en el que se juega muchísimo, la vida misma del Bautista. Aún así, su triple negativa es clara, taxativa, sin ambages. No es el Mesías. No es Elías. No es el profeta. Sólo una voz que clama en el desierto, allanando los caminos del Señor.

Juan descree de protagonismos exacerbados y reniega de escasos mundos autorreferenciales acotados al ego. Juan convoca al pueblo a la honestidad, a la honradez y aser partícipes activos de la Salvación que les llega desde la conversión, el regreso a Dios y al hermano.
Su vida austera e íntegra estremece y molesta a muchos, pues demasiadas cosas quedan en evidencia.

Juan, desde su humilde compromiso definitivo, es heraldo de Aquél que ha de venir, portavoz de un mensaje que no le pertenece y del cual es sólo un servidor fiel, un profeta que siempre nos recuerda, a través de los tiempos que es necesario regresar siempre al camino de la virtud, de abandono del pecado, de prepararse para la Gracia que nos acontece por el Cristo que precede.

Paz y Bien


Santa María, Madre de Dios y Madre de los creyentes













Santa María, Madre de Dios 
  
Para el día de hoy (01/01/19):  

Evangelio según San Lucas 2, 16-21







Los pastores han tenido un protagonismo decisivo y privilegiado, testigos primeros del Nacimiento del Salvador. Es signo de la hermosa parcialidad de un Dios que se inclina hacia los humildes.

Nadie en su sano juicio hubiera invitado, en la rígida Judea, a esos tipos a su mesa. Además del sambenito social de suponerlos amigos de lo ajeno -quizás sólo se trate de un menosprecio clasista- estaban bajo perpetua sospecha por infringir a menudo las prescripciones religiosas de pureza y también el Shabbat por cuestiones propias de su oficio.

Pero la Palabra nos sitúa en Belén, ciudad de David. Y el rey David era un pastor como lo era también Abraham. Belén, cuyo nombre no es casual -Bet Lehem, casa del pan- es la encrucijada de la historia de Israel y de la humanidad para que se encuentren allí los hombres de fé, aquellos que escuchan la Palabra de Dios con atención y actúan en consecuencia.

Estos pastores han escuchado, han creído, se le abrieron los ojos en mirada profunda y encuentran en ese bebé muy pequeño que descansa en brazos de su Madre al Salvador, y por ello glorifican a Dios y no se callan esa novedad, movedizos mensajeros de la Buena Noticia.

La Madre del Señor conservaba, tras sus asombros, todas estas señales en las honduras de su alma purísima, que es donde todo se decide. Quizás no comprenda con los limitados alcances de la razón, pero sí llega su co-razón, y allí reconoce todas las cosas que vienen de Dios, su paso redentor y fructífero en su propia existencia y en la de todos, que renueva y nos hace plenos, serenamente felices, lejos de cualquier euforia pasajera.

Ella es Madre de Dios y Madre de todos los creyentes, aquellos que se atreven a decir Sí! desde la fé. No hay otra manera mejor de comenzar un año que se nos brinda que no sea bajo su amparo de ternura y tenacidad maternal.

Al bebé santo, luego de ocho días y siguiendo la historia y tradiciones de su pueblo, lo circuncidan y le imponen el nombre, Jesús.
Un nombre no es poca cosa: un nombre define personalidad, misión, destino de quien identifica. El Niño de Belén se llamará Jesús, es decir, Dios Salva.

Un pequeño detalle para los devotos seguidores de Herodes en nuestro tiempo: el nombre de Jesús le fué dado por el Ángel del Señor a José de Nazareth antes de su concepción. Cada Niño es santo, cada Niño es una bendición, cada Niño es una humilde señal de Salvación de un Dios que no baja los brazos, que no descansa, que empuja la vida siempre.

Que todo este año que nos comienza transcurra bajo el amparo maternal de la Madre de Dios.

Muchas felicidades

Bendiciones para todos

Paz y Bien




Cristo origen, transcurrir y destino












Para el día de hoy (31/12/18):  

Evangelio según San Juan 1, 1-18








Palabra, Alfa y Omega, principio y fin. 

Luz en las tinieblas, palabra de amor que crea y re-crea. Palabra eterna, Verbo de Dios. 

Palabra que traza humildes caminos a través de toda la historia humana, y cuyos ecos escuchamos en la lejanía cordial de Abraham, en los sueños de José, en los combates de Jacob, en los andares de Israel por el desierto bajo el cayado de Moisés. 

Palabra que se anuncia por los profetas. Palabra que se clama en el Bautista. Palabra que se hace carne, tiempo, historia, un bebé en brazos de su Madre y habita entre nosotros.

Verbo que se hace tiempo para que recuperemos el habla, la capacidad de decirle cosas a Dios y al hermano, corazones que sepan escuchar y comprender.

Palabra que crea y re-crea.

En el desierto, el pueblo de Israel se afirmaba en la Tienda del Encuentro, encrucijada santa de Dios con su pueblo.
En Tierra Santa, el vórtice se encuentra en el Templo.

En estos tiempos y para siempre, el punto de encuentro definitivo es Cristo, Señor y hermano nuestro, hijo de María, hijo de Dios.

Que Cristo sea tu comienzo, tu transcurrir, tu destino. Que el Niño en pañales en brazos de su Madre -señal fundamental de la Gloria de Dios- signe tu camino y alumbre tus tinieblas. 

Y que tengas un magnífico año en Dios.

Paz y Bien

La Sagrada Familia: Dios se hace pariente de cada uno de nosotros














La Sagrada Familia de Jesús, María y José

Para el día de hoy (30/12/18)  

Evangelio según San Lucas 2, 41-52








Usualmente, se utilizan conceptos actuales para mensurar acontecimientos de otras épocas, y esos anacronismos poco tienen de veraces y, mucho menos, de justos. Así entonces, cuando abordamos la reflexión de la lectura que nos ofrece la liturgia de este día, nos quedaríamos solamente con una imagen pueril, infantil, del Jesús que junto a sus padres sube a Jerusalem, al Templo.

La religiosidad judía tenía tres fiestas insoslayables para el pueblo: la Pascua, la Fiesta de las Semanas -Pentecostés- y la Fiesta de las Tiendas o Tabernáculos -Sukkot-. En las tres, todos los judíos estaban obligados a participar con presencia personal, aún cuando no vivieran en Jerusalem o en sus cercanías. La presencia de la familia de Nazareth indica que eran fieles a las tradiciones de sus mayores, judíos hasta los huesos, continuadores de una historia que se enraizaba en siglos.
Pero la mención que realiza el Evangelista a la edad del Hijo no es circunstancial, y aquí regresamos al párrafo inicial: a los doce años, todo varón judío alcanza la mayoría de edad, con los derechos y obligaciones propias de un adulto, y es por ello que Él también participa como un hombre de las celebraciones de la Pascua junto a María y José.

En las tradiciones talmúdicas que perduran hasta nuestros días, el varón entre los doce y los trece años es considerado un hijo de la Ley, hijo de los Preceptos, y hay un rito de iniciación y plegaria hacia esa vida adulta y comprometida que se espera del joven -Bar Mitzvah-.

Pero en tiempos de Jesús, a esa edad se consideraba que el joven estaba debidamente formado para asumir sus responsabilidades familiares, comunitarias y religiosas, todas ellas recíprocas entre sí. Y en la vertiente familiar, se ubicaba la continuación del oficio paterno: ya a los doce años, los jóvenes varones judíos eran aprendices avanzados del oficio de su padre, y el no seguimiento del mismo significaba una ruptura con la tradición difícil de remontar -algo de ello podemos observar con Juan el Bautista-. Por lo tanto, la edad de doce años señalada es crucial, decisiva: Jesús de Nazareth asume su condición de Hijo y las cosas de su Padre en el lugar propio para ello, el Templo de Jerusalem. Ello se ubica en la pura tradición de Israel, como un Hijo fiel de su Padre.
Su tarea no será sacerdotal, cultual, eso le corresponde a otros, y por eso enseña a doctores de la ley que lo escuchan estupefactos. El ministerio del Maestro comienza mucho antes de lo que solemos considerar, y asoma humilde desde su infancia madura.

En ese aspecto, su compromiso es absoluto, y parece olvidarse de todo excepto de aquello que concita su atención y toda su existencia, las cosas de Dios. 

Para sus padres, José y María, aún cuando respeten a ultranza la Ley y las tradiciones, ese Jesús sigue siendo su niño, el niño de los asombros, el bebé de Belén, no todavía un adulto. La pérdida o extravío del hijo durante tres días es simbólica, y refiere a un futuro no tan distante, que es parte de la misma fidelidad que encarna: implica el tiempo de muerte y tumba, de luz incontenible en la Resurrección al tercer día.
El joven matrimonio galileo también anda perdido y sin comprender, pero al tercer día no caben en sí de asombro, y surge el discipulado cristiano: aunque la razón no pueda darle respuestas, María -madre y discípula- atesora en las honduras de su corazón la Palabra del Hijo.

El joven Jesús -que ya no es niño- regresará a su Nazareth con sus padres. Allí vivirá sujeto a ellos, obediente y trabajador como el padre, creciendo en Gracia y en sabiduría a los ojos de Dios y de las gentes, un Dios tan cercano que se hace pariente, parte de la familia, que vive y crece con nosotros, que bendice nuestros días, que santifica lo cotidiano.

En la calidez del hogar podemos contemplar al niño y al joven que regirá el universo desde la caridad.

Paz y Bien

Un bebé muy pequeño que es más grande que todo el universo














Para el día de hoy (29/12/18):  

Evangelio según San Lucas 2, 22-35










Los datos crudos y lineales nos dejan sólo en un plano limitado, el de una joven pareja de provincias con un bebé en brazos, que concurren al Templo de Jerusalem a cumplir con las prescripciones estrictas de su religión y con las tradiciones de sus mayores. Son judíos hasta los huesos, pero a su vez son muy pobres y el acento delata que vienen de esa zona galilea de donde nada bueno se espera.

Un bebé tan chiquito en un Templo tan grande e imponente, y ellos como unos granitos de arena en el mar de gente que viene y vá, el aroma del incienso y el humo de la grasa de los animales que se quema en los sacrificios.
El Dios del universo que llega a santificar verdaderamente a ese templo de piedra pero nadie lo vé.

Se presentan por dos ritos puntuales, la purificación de la madre y el rescate del hijo. Bajo las rígidas normas de impureza ritual, las parturientas devenían en cultualmente impuras, y cuarenta días luego del parto debían ofrecer un sacrificio cerca de la Puerta de las Mujeres. Por otra parte, los primogénitos de Israel pertenecían a Dios y debían dedicarse al servicio del Templo: por ello los padres ofrecían un sacrificio o pago como rescate de ese niño.
Extraño tiempo en donde la más pura concurre humildemente a ser purificado, y Aquél que es nuestro redentor y nuestra liberación es llevado en brazos para ser rescatado.

El abuelo Simeón es un hombre profundamente piadoso, de vida orante, esas vidas tenaces que nunca, jamás, abdican la esperanza. Un hombre que reza y confía tiene una mirada extensa y profunda aún cuando el desgaste de los años le complique las cosas. Un hombre así -laico, viejo, gastado- es un profeta aunque no se lo reconozca como tal, amigo de su Dios y fiel vocero de sus cosas.

Un detalle fundamental: Simeón está en Jerusalem pero nó en el Templo, pues su templo se ubica en las honduras de su corazón. Él se dirige a esa construcción imponente movido por el Espíritu de Dios, y se deja conducir por Él. Simeón es un hombre justo que espera contra toda lógica, justo por ajustar su voluntad a la voluntad de Dios.

Cuando el hombre confluye en su alma y sus acciones en las cosas de Dios acontecen los milagros.
Simeón, profeta y abuelo cordial, ingresa al mismo tiempo en que la sagrada familia nazarena se hace presente allí, fiel a la fé y las tradiciones de sus mayores.
No los sacerdotes ni los escribas ni los levitas se dan cuenta de lo que pasa. Pero los ojos cansados de Simeón se encienden a pura profecía.

Ese bebé en sus manos es Aquél que su pueblo espera con ansias, el que fué prometido desde siempre por su Dios, el que rescataría a los suyos, el que revestiría de Gloria a Israel y derramaría bendición a todas las naciones.
Ese bebé santo se vuelve plegaria de gratitud y paz en sus brazos, y él podrá irse en paz porque en Su presencia, su vida ha sido colmada y plena.

Ese niño colma los corazones de las mujeres y los hombres de buena voluntad que se mantienen en su fé, y a la vez será señal de contradicción y hasta dolor para su Madre, Con Él todo saldrá a la luz.

Paz y Bien

Los Santos Inocentes y los Herodes de todos los tiempos














Los Santos Inocentes, mártires

Para el día de hoy (28/12/18):  

Evangelio según San Mateo 2, 13-18









Las coincidencias históricas entre los diversos hechos narrados por los Evangelistas son, a menudo, difíciles de comprobar por la historiografía y por otras disciplinas. Y está que así sea: los Evangelios no son crónicas históricas exactas, sino más bien relatos teológicos, es decir, espirituales.
Así entonces, de manera directa, es difícil encontrar alguna fuente que ratifique lo que narra San Mateo respecto de la matanza de niños en Belén y alrededores. Sin embargo, por duro que parezca, hubiera significado el homicidio de aproximadamente veinte niños menores a dos años en un pueblo pequeño sin demasiada relevancia. Y la historia no suelen escribirla los pequeños, la dictan los poderosos, y es una causa probable que ello causara un dolor extremo a las familias de dichos niños pero, a la vez, que el hecho hubiera sido relativamente desconocido.

Una vía probable sería a través del instigador de estos homicidios, el rey del lugar llamado Herodes el Grande o Herodes I. Era de origen idumeo, formado bajo una cultura y educación helenizadas, por lo que no era -para Israel- un rey auténtico. Antes bien, era considerado por la mayoría de sus súbditos como un usurpador violento e inescrupuloso, y gobernaba sobre Judea, Galilea, Idumea y Samaria. Su poder se cimentaba especialmente en el apoyo explícito -militar y político- que le brindaba el ocupante imperial romano, de quien se consideraba vasallo absoluto. Así mismo, contrataba mercenarios como propia tropa de choque, feroz e inmoral.
Si bien sería recordado por reconstruir el Templo de Jerusalem, también era temido hasta límites asombrosos. Todos sabían que que había mandado ejecutar a toda la familia real asmonea, dinastía que lo precedió en el dominio de Judea; todos conocían que también envió a la muerte a dos de sus propios hijos bajo sospechas éstos de conspiración y traición, y que no vacilaba a a hora de reprimir violentamente cualquier indicio de disenso o de asomo de alzamiento zelota.

Con estos precedentes, no es para nada improbable que, al enterarse por boca de los magos de Oriente del nacimiento en Belén de un Niño prodigioso de la estirpe de David, imagine allí en ese bebé un enorme riesgo a mediano plazo que venga a cuestionar su corona de dudoso origen, Alguien que con su sola presencia pondría en entredicho su poder. Y que al no tener certezas de quien és, mande ejecutar a todos los niños del lugar, indefensos testigos de ese Cristo que recién amanece a la existencia.
Sus hijos, que heredarían dominio y corona,, no serían mejores que él. Arquelao lo superaría en crueldad junto a Filipos, y Antipas acabaría orgiásticamente con la vida del Bautista.

A través de los siglos, y en nuestros tiempos también, hemos tenido y tenemos muchos Herodes brutales, impunes, impiadosos, especialistas en atropellar las vidas de niños en pos de la conservación de su poder.
Herodes que abusan de los niños, especialmente aquellos que se aprovecharon de investiduras y posiciones.
Herodes del aborto fundado en ideologías, progresismos, modernidad, Herodes del asesinato concienzudo y racionalista, aprovechándose abiertamente de aquellos que no pueden defenderse ni tienen voz.
Herodes pretendidamente pro-vida, que ignoran a los niños luego de que nacen, y no les importa que queden abandonados a su suerte, a la miseria, a la explotación. Si el primer derecho es el derecho a la vida, estos Herodes reniegan del que le sigue, el derecho a una vida digna.
Herodes de la guerra, de la tecnología bélica que justifica la muerte de niños como daños colaterales.
Herodes -aves negras y rapaces- del narcotráfico.
Herodes de la explotación sexual y laboral de criaturas.

La matanza de los inocentes quizás nos recuerde que este Dios con nosotros no ha venido revestido de gloria, con abierta voluntad de imponerse por la fuerza. Este Dios se ha quedado entre nosotros desde la debilidad, la fragilidad, y cuenta con nuestras manos para salir adelante.

Paz y Bien

San Juan Evangelista: la comunidad cristiana es el Discípulo Amado


















San Juan, apóstol y Evangelista

Para el día de hoy (27/12/18):  

Evangelio según San Juan 20, 1-8








En los tiempos del ministerio del Señor, era creencia popular que el espíritu del fallecido permanecería en los alrededores de la tumba por tres días y por ello los deudos visitarían la tumba solamente en ese lapso. El dato es costumbrista, pero nos abre otra perspectiva también al tercer día que anunciaba Cristo para su Resurrección.
Sin embargo, aquí cuenta para referirnos a la mención que realiza el Evangelista acerca de la presencia en la tumba de María Magdalena: ella llega el primer día de la semana. Las rígidas normas religiosas vigentes en su tiempo impedían que en pleno Shabbat se desarrollara cualquier actividad, y menos aún acudir a una tumba por razones de impureza ritual, ante lo cual María de Magdala sólo podría haber ido el sábado al caer el sol -luego de la primer estrella-, y nó antes. Pero nada dice de que haya ido el tercer día post crucifixión: la construcción es simbólica, pues en verdad se trata de un nuevo día que no es tanto cronológico sino fundante del tiempo definitivo de la Salvación, de la victoria de Cristo sobre la muerte.

Un nuevo día. Todo estaba sumido en las sombras, en una oscuridad que refleja la tristeza de María, la luz de la fé que está ausente, y será Cristo quien la iluminará. Cristo enciende todas las luces en nuestras noches.
Ella vé que la enorme piedra que obtura el acceso a la tumba nueva está corrida; piensa -con razón- que como una afrenta postrera, los enemigos del Maestro han robado el cadáver, quizás también en la idea de negarle a sus seguidores un sitio de encuentro y veneración, y así su tristeza dá paso a la desolación, al horror.
Que ella corra a dar parte de lo ocurrido a Simón Pedro y al Discípulo Amado tiene una gran importancia, pues es el símbolo de la comunión eclesial que debe permanecer firme aún en los momentos más difíciles. Pero hay más, siempre hay más.

Ella es mujer, y como tal carece de voz y de derechos legales. De ese modo, los dos apóstoles -Pedro y el Discípulo Amado- haciéndose presentes en la tumba vacía será importantísima: ellos dos conformarán los extremos jurídicos requeridos para que un testimonio sea veraz, la verdad de una tumba que es inútil, que ya no es hogar de la muerte porque la muerte ha sido vencida.

La noticia les pone prisas. Ellos corren como nunca lo han hecho, pero el Discípulo Amado se adelanta, llega primero. Quizás ello delate que es más joven que el pescador amigo del Señor, roca de la comunidad. Pero en verdad se trata del amor, que llega siempre antes y con mayor profundidad que cualquier razón.
El Discípulo Amado mira la tumba vacía, los lienzos que hacían de mortaja apartados, inservibles porque no hay un cuerpo muerto que contener. El Discípulo Amado no ingresa a la tumba vacía, pero mira, vé y cree. Su mirada se aclara y se vuelve profunda desde la fé.

Tradicionalmente se ha asociado al Discípulo Amado con el Evangelista Juan, hermano de Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé, y razones no faltan. Algunos exégetas, en cambio, lo identifican con Lázaro de Betania, amigo del Señor.
Sin embargo, hay un dato significativo: el Discípulo Amado no tiene, en esta lectura, un nombre que lo identifique. Allí pueden estar los nombres de cada uno de nosotros, y por ello el Discípulo Amado es la comunidad cristiana, testigo fiel de la resurección de Cristo.

Del pesebre pobre y humilde de Belén nada se esperaba.
De la tumba sólo se supone muerte y final. Pero el Padre de Jesús de Nazareth empuja la vida con su Gracia en un pesebre en donde todo comienza y en una tumba inútil en donde todo amanece de manera definitiva.

Paz y Bien

San Esteban, testigo fiel de la vida















San Esteban, primer mártir

Para el día de hoy (26/12/18)  

Evangelio según San Mateo 10, 17-22






Como un contrapunto de notas graves y agudas, la Iglesia nos propone a través de la liturgia del día la contemplación del martirio de San Esteban, protomártir -primer mártir-, y en apariencia, se derrumba la imagen bucólica del pesebre de Belén que tanto nos gusta, y que suele estar tan alejada de la infinita fidelidad del Dios que nos nace. 

Porque del pesebre de Belén surge una luz incandescente que poco tiene de folklórica o romántica: ese Niño Santo es también un Niño frágil que por ese amor que se encarna, será perseguido con saña, sin compasión. Ese Niño lleva inscrito en las honduras de su corazón sagrado una fidelidad que, a su tiempo, lo conducirá al Gólgota, a los horrores de la cruz.

Amar a ese Niño implica involucrarse, comprometer toda la existencia tras esa vida que nos amanece hasta las últimas consecuencias. 

La otra cara de Belén entonces es, precisamente, permanecer fieles frente a las persecuciones. El amor es peligroso para los déspotas de todos los tiempos. Y signo de salvación es la fidelidad que se mantiene y no se resigna.

Esteban lo comprendió en lo profundo de su existencia. El Niño de Belén, el que sería su Maestro y Señor, eligió la pobreza, los márgenes, la bondad y la mansedumbre. Y Esteban, frente al embate cruel de los poderosos, frente a la persecución enardecida, no abdica en su fidelidad, testigo de la vida en medio de la noche de la violencia.

Que el Espíritu nos mantenga en pié en los momentos difíciles.

Paz y Bien

El Verbo se hizo carne, misterio de ternura y solidaridad













La Natividad del Señor

Para el día de hoy (25/12/18)  

Evangelio según San Juan 1, 1-18







Misterio infinito de ternura. Puente que franquea todos los abismos insondables, el Verbo de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros.

Perdidos entre el ruido, heridos de soledad, mudos sin remedio, Dios se hace Palabra para que recuperemos el habla. Para dialogar y escucharnos entre nosotros. Para escuchar y hablarle a Dios.

Misterio maravilloso de solidaridad y compasión, Dios asume nuestra frágil condición para elevarla a su plenitud. 

Todo parte desde Él, todo vá hacia Él,  todo destino encuentra su sentido pleno en Él.

El mundo se empeña en no escuchar esa Palabra que es su salvación y su vida, en violentos esfuerzos que pretenden imponer una reducción a un silencio estéril.
Cómo haremos para reencontrarnos, en estos tiempos tan oscuros y confusos, con ese Dios que abaja, que se llega al arrabal de nuestras existencias?

El Verbo es la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Buenos y malos. Creyentes o incrédulos, amigos y enemigos.

Aquél que hizo cielos y tierra, que sostiene al cosmos, que es infinito y todopoderoso se ha hecho un bebé santo que tiembla en la noche fría. Niño Rey sin otro palacio que un refugio nocturno de animales, sin otro trono que los brazos de su Madre.

Cómo se celebra entonces la Navidad?

Haciendo familia al extraño, al que nadie quiere, al que languidece en soledad. Edificando humildes puentes de solidaridad. Tendiendo manos fraternas que se ocupan y preocupan por el otro. Reivindicando y defendiendo la vida cada día, todos los días sin medias tintas. Bajando al llano del hermano doliente desde los páramos cerrados de nuestros egoísmos.
Descubriendo al Dios del universo en cada niño que se gesta y que nace, misterio total de la vida que siempre prevalecerá.

Dios se encarna en la historia desde la fragilidad y la inocencia, desde la ternura y la compasión, y nada será igual. No hay más imposibles.

Muy feliz Navidad.

Paz y Bien


Niño, pañales y pesebre, señal de Salvación












Vigilia de Navidad - Misa del Gallo

Para el día de hoy (24/12/18)  

Evangelio según San Lucas 2, 1-14








Ciento veinte kilómetros, aproximadamente, es la distancia que separa Nazareth de Galilea de Belén de Judá.
Visto sobre un mapa, y más en estos tiempos, no parece una gran distancia. Tampoco le importa mucho al César Augusto, que manda empadronarse a todos sus súbditos a su lugar de origen.

José y su familia son originarios de esa Belén que tantas tradiciones porta, y cuyos orígenes refieren al rey David. Y hacia allí van, quizás en un viaje arduo y trabajoso por varios senderos de montaña, tal vez un viaje de diez días.

Una distancia sin dudas enorme para un embarazo tan avanzado como el de María.

Pero otra distancia no tan visible es la que no pueden franquear. Ellos son galileos, de un pueblito que no figura en los mapas: como tales, son siempre sospechosos de heterodoxia, de contaminación profana, y una mirada despectiva hacia los provincianos desde la rigurosa Judá de la estricta observancia religiosa. Seguramente las ropas y el acento los venden sin ambages. Quizás fuera ése uno de los motivos para no brindarles alojamiento en la posada, con la excusa de que no hay lugar por la marea de gente que vá de un lado hacia el otro por el censo imperial.
Pero María está en trabajo de parto, y una parturienta -para los severos criterios imperantes- es una impura que es mejor aislar, y esa impureza se propala a todos los que estén cerca o entre en contacto con la novel madre. Esa misma muchachita judía de la periferia concurrirá poco tiempo después al Templo y ofrecerá dos pajaritos como ofrenda de purificación.
Mejor no arriesgarse a tales problemas, ni locos. Fuera, es una posada respetable.

El apuro no se puede postergar. Basta un poco de imaginación para situarse en las angustias de esa joven madre primeriza en un refugio de animales -casi a la intemperie-, y de ese artesano galileo que quizás no sepa qué hacer en esos menesteres del parto.

Por la zona trabajan unos pastores que pasan la noche al aire libre, al cuidado de sus rebaños. Son los últimos, los trabajadores muy mal pagos y que se desloman por su pan. Carecen de buena fama porque los suponen amigos de lo ajeno y, por oficio, infractores frecuentes del sábado e impuros por las heces de las ovejas. No, no los invitarías a tu mesa navideña, y en esos tiempos menos que menos les abrirían las puertas del hogar familiar.

Tiempo nuevo, tiempo extraño, tiempo asombroso. El Ángel del Señor lleva una gran noticia, la mejor de las noticias: ha nacido un Salvador que será una enorme alegría para todo el pueblo, Aquél que todos esperaban, empezando por ellos mismos.
Mensaje imborrable por el cual la historia humana dá un giro definitivo, y que se escucha con gloria y con paz en los corazones de los humildes.

Hay una señal para reconocer al Salvador: bebé, pañales y pesebre.

Dios asume nuestra limitadísima condición desde la fragilidad de un niño que se adormece en brazos de su madre, que sufre el frío y tiene hambre.

Bebé santo, pañales para cuidar la vida, pesebre humilde de cobijo. Señales de salvación para todos los pueblos.

Feliz Navidad para todos

Paz y Bien



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