La mansa rebelión de la conversión














Para el día de hoy (14/12/18):  

Evangelio según San Mateo 11, 16-19







En la lectura que nos brinda la liturgia del día, el Maestro se vale de una imagen de juegos infantiles para expresar su crítica a ciertos sectores que le oyen pero no le escuchan. El término generación quizás resulte demasiado abarcativo, y su significado primero refiere a los dirigentes religiosos de esa época, escribas, fariseos y saduceos.
Esos hombres eran profundamente religiosos, pero a su vez estaban atrapados por el entramado legalista de la religiosidad que representaban y conducían. Primaban sus esquemas pero nó su Dios, aunque declamaran piedad y devoción; de ese modo, todo aquello que no se amoldara a sus criterios se execraba con críticas impiadosas y brutales.

Era una actitud caprichosa, la misma de aquellos a los que nada satisface ni conviene. Cuando crece demasiado el ego, no hay sitio ni para Dios ni para el prójimo. Nada les conforma y no se trata de elogiar actitudes antiacomodaticias. Se trata de la crítica porque sí, la expansión de los chismes, los murmullos que socavan, el rostro en rictus amargo que revela una vida des-graciada.
En realidad, si ahondamos un poco, esta actitud es conveniente a todos aquellos que exhalan críticas de continuo pues de ese modo nada vá a cambiar. Criticar para que todo permanezca igual.

De esa manera, el Bautista -profeta en el desierto, ascético e íntegro- es quizás demasiado religioso, un loco místico demasiado sagrado. Pero lo que dicen el Maestro es muy peligroso, aunque sólo apareciera como una expresión de desprecio dedicada a menoscabarlo ante el pueblo.
Esa actitud es conocida en nuestros tiempos, tantas personas ajusticiadas en los medios sin justicia y sin poder defenderse.

El Maestro compartía afablemente la mesa con pecadores, con fariseos, con publicanos. De allí se valían para sindicarlo como un glorón y un borracho: la acusación es grave, pues en Dt.21 esa actitud implica, lisa y llanamente, la pena capital.
Igualmente, encontrarían mil maneras de expresar su desagrado porque el Maestro era nazareno, galileo, pobre, blasfemo. O los de este tiempo porque el pontífice anterior era alemán y frío y este -Dios nos libre- es sudaca y habla como un curita de pueblo, o porque muchos profetas contemporáneos no tengan pergaminos, o porque se ha preclasificado al prójimo en alguna insomne categoría de desprecio caprichoso.

Abandonar las costumbres, lo habitual, no es sencillo. Requiere un gran esfuerzo cordial, y más aún si esa mansa rebelión implica compromisos y muy especialmente conversión.
El Adviento, tiempo santo y bendito que se nos ofrece, es el llamado a desandar esos pantanos y encaminarnos por la huella del Evangelio, en justicia y verdad, en caridad y compasión, en humildad y servicio.

Paz y Bien

Escucha atenta, Cristo ya llega













Para el día de hoy (13/12/18) 

Evangelio según San Mateo 11, 11-15







La situación era, cuanto menos, extraña: las gentes se movilizaban en gran número lejos de sus domicilios, de las ciudades hacia el desierto y hacia la vera del río Jordán para escuchar la voz de Juan el Bautista. Él los despertaba de un oprobioso letargo, y les renacían antiguas esperanzas que la costumbre, las miserias y las injusticias que les ejercían habían opacado, sumido en confusos olvidos.
Allí en el desierto y por ese profeta hacían memoria y revivían el tiempo del éxodo, esas tribus conviviendo con ese Dios que los guiaba, que los liberaba de la esclavitud, que los acrisolaba como pueblo.

Hay una cierta tendencia banal en la capacidad anticipatoria de previsualizar el futuro, en parte adjudicándole un carácter mágico, en parte superstición. Pero desde una perspectiva trascendente, diremos que un profeta es un hombre de Dios, y por ello es un hombre capaz de leer la historia con una mirada distinta, fiel intérprete de un pasado que es historia, que inaugura el futuro posible y que endereza el presente pues lo vive en plenitud, pues su tiempo es don de Dios. Ello implica una confianza total en el Espíritu que lo anima, pues a menudo muchas cosas que mira y vé no llegan a pasar el tamiz estrecho de la razón.
Juan leía las huellas de su Dios en la historia de su pueblo, y advertía que el tiempo estaba maduro, grávido de promesas que estaban cumpliéndose sin ambages, pues su Dios siempre pagaba al contado los compromisos asumidos por fidelidad a su pueblo.

Y otro aspecto importante era la integridad de Juan, que también es parte de su cariz de hombre de Dios. Su integridad es asombrosa como lo es en cada época de la historia en que abundan las turbulencias y corrupciones. La integridad y la honestidad, aún cuando sea silenciosa y humilde, deja en evidencia flagrante a los corruptos, y es esperanza para los que quieren andar por senderos de honradez.

Por su fé y por esa entereza que enarbola porque la respira, Juan no pasa inadvertido, y es percibido como una amenaza por aquellos que detentan poderes.
Los poderosos reaccionan siempre con violencia frente a los que empujan la vida y la humanidad al frente, paso a paso de justicia.

A él se refiere, en la lectura que la liturgia hoy nos ofrece, Jesús de Nazareth. Sus palabras son más que un elogio: son un llamado a la escucha, y a la escucha atenta de un tiempo pleno de signos y símbolos, grávido del Espíritu de Dios, fecundo de eternidad en el aquí y el ahora.

Juan es el más grande, y aún así es el más pequeño en la sintonía del Reino que Cristo inaugura. Ello no vá en desmedro de su figura augusta de fidelidad: Juan es el río caudaloso que atraviesa todo el Antiguo Testamento y desemboca potente en la Buena Noticia, el mar sin orillas de la Gracia.

Porque no somos adeptos a una doctrina, sino que creemos y confiamos en Alguien que está siempre llegándose allí en donde nos encontremos, Dios con nosotros dándose por entero sin condiciones para la Salvación.

Paz y Bien

Tonantzin Guadalupe, Madre de la ternura















Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América

Para el día de hoy (12/12/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 39-48








Aconteció una mañana hace más de cuatro siglos. En estas tierras, periféricas de un enorme imperio, recibíamos la visita de la Madre de Dios con temor y temblor, con ternura entrañable.

Visita incómoda, visita de una Buena Noticia asombrosa. No hay palacios ni notables: allí está Juan Diego, al que casi nadie vé.

Pero el Dios de María de Nazareth -Abbá de Cristo- se inclina con alegre parcialidad a favor de los pobres y los pequeños, el Dios que derriba a los poderosos de sus tronos, que dispersa a los soberbios, que exalta a los humildes, el Dios magnífico que inspira su existencia y se hace canción de liberación.

Día de gozo, para que el corazón salte y baile. Día de oración y memoria, que no estamos solos.

Día de preguntarnos como aquella mañana y junto a Isabel, ¿quienes somos para que la Madre del Señor venga a visitarnos?

La más feliz tiene una felicidad que comparte y contagia. Visita santa de la que se ha quedado entre nosotros. Y donde está la Madre, está el Hijo.

Huey Tonantzin!
Salve Madre de Dios!

Dios guarde a México, a Latinoamérica, a toda la Iglesia, a todos los pueblos.

Paz y Bien

Perspectiva santa, Dios nos rescata, transforma y compromete














Para el día de hoy (11/12/18):  

Evangelio según San Mateo 18, 12-14







Demasiados reglamentos religiosos estaban vigentes en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth -¿sólo en esos tiempos?-. Esas normas rigurosas delimitaban el acceso a las celebraciones sagradas y a la vida piadosa a un número creciente de publicanos y pecadores públicos; a su vez, es necesario tener en cuenta que la colonización de mentes y corazones no es un fenómeno reciente, y en esa inteligencia otros tantos se autoexcluían de los beneficios divinos por resultarles imposible encontrarse entre el reducido número de los aptos, los puros, los reverenciables, los religiosamente correctos.

No es cosa de espantarse, claro está. Como siempre, se trata de hombres severos y profundamente religiosos que creen portar atribuciones suficientes para condicionar en los demás el acceso al amor de Dios, reglamentando el culto y la plegaria, una espiritualidad de ceño fruncido, un Dios severo y distante aislado en un cielo exceptuado de sonrisas. Nunca Abbá.
Como siempre, hay que regresar al Padre bondadoso de Jesús de Nazareth.

En la asombrosa dinámica de la Gracia, no cuentan tanto los méritos que se acumulan como la insondable ternura de un Padre que sale de sí mismo al encuentro de lo que está perdido, de lo que nadie busca, de lo que se razona y justifica su extravío y su pérdida. Un Dios que alegremente nos disuelve los no se puede, los nunca, los jamás.
No hay miseria mayor que, siquiera, se arrime a los umbrales de la misericordia.
Con todo y a pesar de todo, a este Dios le duelen las hijas y los hijos abandonados y descartados. Todos cuentan, todos, sin excepción, y el reencuentro con los perdidos siempre es motivo de celebración.

El Adviento -tiempo santo de Dios que sale al encuentro- nos vuelve a ubicar en perspectiva santa, en esa misericordia que rescata, transforma y compromete. Está en nuestras manos dejarse encontrar por ese Dios incansable, que nunca baja los brazos, que no conoce resignaciones ni deserta en su profundo afecto.

Paz y Bien

Un Dios que nunca se dá por vencido













Para el día de hoy (10/12/18):  

Evangelio según San Lucas 5, 17-26






En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los enfermos postrados se transportaban en una suerte de camillas o angarillas que, a su ven, hacían las veces de lecho habitual; es decir, aún cuando se los movilizara así, esa camilla representaba el angosto mundo en el que se había trastocado su existencia.
Así, esos hombres que intentan con empeño sin desmayos llevar al hombre paralizado a la presencia de Cristo, llevan también toda la vida de ese hombre, la existencia del doliente en sus manos.

El Maestro gustaba enseñar en los hogares, tal vez significando que el tiempo nuevo es tiempo de familia grande, de nuevos vínculos para reconocernos y en donde crecer con los demás.
Ahora bien, excepto la nobleza y los comerciantes muy ricos, los hogares comunes se conformaban de una única habitación amplia en la cual transcurría toda la vida familiar. Una puerta y una ventana, no m{as, y un techo compuesto de barro aglomerado y paja entrecruzada que le brindaba consistencia.

Esa vez, había una gran multitud reunida alrededor de la casa, ansiosa de escuchar la voz nueva y plena de autoridad del Maestro. Pero a veces ciertas euforias y ciertos criterios de pertenencia llevan a conductas que, a la larga, son erróneas. 
Quizás cerrar filas no sea tanto amontonarse formando muros infranqueables, sino re-ligarse cordialmente a través de la persona de Cristo. A veces también, en esos andares solemos vedar accesos a los que aún no han llegado; a menudo no prestamos atención al mal que podemos cometer sin darnos cuenta.

El enfermo está postrado por su dolencia y por un criterio religioso culpógeno que implicaba el asumir con resignación la enfermedad como justo castigo por los pecados cometidos. Pero las personas que lo llevan no se dan por vencidos ni aún cuando las gentes se arraciman como una muralla.
Cuando todas las puertas se han cerrado, hay que animarse a entrar por la ventana, y si la ventana pareciera estar también clausurada, es imprescindible procurar novedosas aberturas para que las gentes, especialmente los pobres y dolientes, lleguen a la presencia de Cristo. Nada ni nadie debe impedirlo, ni tampoco debe justificarse jamás la regulación de la misericordia, la tabulación del amor de Dios.

En Cristo despunta y resplandece el amor de Dios en perdón y sanación. Sus signos son señales de ese amor inclaudicable pero también una interpelación que convoca al hombre a la fé y al esfuerzo fraterno de los demás por los hermanos caídos.

Paz y Bien

Dios nos sale al encuentro, tiempo de restaurar caminos y corazones














Segundo Domingo de Adviento

Para el día de hoy (09/12/18): 

Evangelio según San Lucas 3, 1-6





En este segundo Domingo de Adviento nos encontramos con una serie de coordenadas extrañamente precisas. Y resultan sorprendentes pues los Evangelios no son relatos históricos, sino crónicas espirituales, teológicas, en donde nada es circunstancial ni casual. Hay diversos niveles de profundidad a los que estamos invitados a sumergirnos, profundizar corazón adentro en una Palabra que es Vida y está viva.

Hitos históricos. El pretor romano de Tierra Santa es Pilato; Herodes Antipas es tetrarca de Galilea, y su hermano Filipos tetrarca de Iturea y Traconítide, mientras que Lisanias regía en la tetrarquía de Abilene.
Anás y Caifás son los sumos sacerdotes del Templo: en realidad, en ese momento concreto el pontificado era ejercido por Caifás y no poa Anás su suegro. El sumo sacerdote era designado bajo la venia expresa del ocupante romano, quienes eligieron a Caifás, quien sucede en el cargo a Anás, que era su suegro. Sin embargo este último tiene un poder enorme, manda en el Sanedrín y posee todos los privilegios de tan alta posición. Esos dos hombres deciden sobre los corazones del pueblo judío.

Sin embargo, el verdadero poder lo detenta Tiberio, el emperador. Herodes y los otros tetrarcas son marionetas, gobernantes vasallos odiados con fervor por el pueblo más sencillo. El que decide es Tiberio, y sus decisiones las ejecuta Pilato, bruto y cruel, respaldado por el poder de las legiones estacionadas en la zona.

Los títulos y las funciones nos sitúan con precisión en un momento único de la historia humana, que excede a la cronología de Israel. 
No hay casualidades ni menciones al pasar en el Evangelio. 
Nos encontramos en una encrucijada de la historia en donde se entrecruzan las cosas de Dios y las cosas de los hombres.

A pesar del poder imperial romano, del fasto de los tetrarcas, de la brutalidad del pretor, a pesar de que los sumos sacerdotes son los únicos que pueden acceder al reducto santísimo del Templo, todos ellos parecen haber enmudecido.

Dios no se dirige al César, ni a sus subalternos, ni a los profesionales expertos de la religión.
Dios le habla a un hombre joven y humilde, Juan, hijo de Isabel y Zacarías.

Juan no ocupa palacios ni viste lujosos ropajes.
Él habita en el desierto, se viste con pieles de animales y se alimenta de miel silvestre, despojado de todo lo superfluo, puro en su alma, puro en sus gestos, puro en sus acciones.

El desierto, simbólicamente, es el punto de encuentro de los corazones con su Dios, y allí no prevalecen las miserias de las ciudades.
Desde allí se alza la voz de Juan con la fuerza de la verdad. sin ambages de conveniencia, voz de Dios que se hace puente y convite de regreso, con todo y a pesar de todo lo que somos, lo que hacemos y lo que omitimos.

Andamos por veredas sinuosas, y es menester enderezar lo que se ha torcido, en alegre regreso a Dios y al hermano. Heridos sin remedio aparente por el pecado que demuele y quebranta, todos necesitamos el perdón que restaura y nos poné de pié, nuevamente en camino.

Dios nos sale al encuentro, en la luminosa encrucijada de Belén.

Paz y Bien

Inmaculada Concepción, Madre de la Buena Noticia













La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/18): 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38







Hoy la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. En ella florece una especial devoción por la cercanía y la ternura, especialmente entre la gente más sencilla que la reconoce como uno más entre nosotros, como Madre y compañera fiel.

Sin embargo, una piedad que no ha crecido recta y frutal, la ha elevado al honor de los altares, con coronas, joyas y ropas lujosas, quizás olvidando a esa mujer de pueblo, mujer creyente, toda de Dios y toda nuestra.
Pies de barro y corazón de cielo.

Así también, cierta catequesis errónea ha impuesto el criterio de excepción y de privilegio que diferencie de manera raigal a María de Nazareth del resto de la humanidad, relegando y renegando de la gratuidad insondable del amor de Dios.
No hay obligación o capricho divino, no hay obcecada pretensión humana. Sólo prima la elección gratuita y amorosa de Dios, y así la Salvación es la expresión mayor de la soberanía de Dios, absolutamente libre, absolutamente incondicional, absolutamente amorosa.

Así entonces, la Inmaculada Concepción de María no es una cuestión de fé de la Santísima Virgen, sino una luminosa señal de la bondad de Dios, que interviene en la historia aún cuando no haya respuesta previa del creyente.
María Inmaculada nos habla hoy de un Dios que tiene todas las primacías, que desde su infinita eternidad decide la salvación de la humanidad, una transparencia que recree la vida desde la pequeñez de esa muchacha nazarena.

Clave y luz de los corazones, la Inmaculada nos recuerda el amor de Dios en nosotros que redime y santifica.

Ella es Madre de buenas noticias, de que Dios nos ama desde siempre, que nos resguarda en sus manos paternas, que guarda nuestros pasos, que nos sueña plenos, felices, eternos interviniendo Él mismo en la pequeñez de nuestras existencias, paso salvador de Dios por nuestra cotidianeidad.

Paz y Bien

Una luz destella desde Belén, contra todas las cegueras
















Para el día de hoy (07/12/18): 

Evangelio según San Mateo 9, 27-31








En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la ceguera era una de las patologías más comunes e incapacitantes en esa Palestina del siglo I: las frecuentes tormentas de arena y el fuerte reflejo del sol contra las rocas blancas solían lesionar las córneas.
Un ciego no podía trabajar y, de ese modo, no podía ganar el sustento para su familia, pero su dolencia se incrementaba aún más: el criterio religioso imperante en la época vindicaba toda patología como castigo divino por los propios pecados o, acaso, de los padres, imagen de un Dios severo, cruel, rápido dispensador de desgracias.

Aún así, esos hombres de corazón grande y mirada profunda -los profetas de Israel-, encendidos por el fuego del Espíritu de Dios-, supieron poner de relieve uno de los caracteres primordiales del Mesías prometido, y es que devolvería la luz a los ciegos, vista restaurada en los ojos y en la mirada interior.

Sin embargo, en ese tiempo también había mucho más ciegos que los no videntes convencionales, y eran precisamente los dirigentes de Israel -todos ellos hombres piadosos, religiosos puntillosos- que no querían ver el rostro mesiánico de Jesús de Nazareth, y a su vez se empeñaban en imponer su propia ceguera al pueblo bajo coacción y miedo. De allí es también la insistencia en llamar al esperado Mesías como Hijo de David: la identidad es teológica, es decir, espiritual, más ellos la reivindicaban en lo mundano, en lo nacionalista, en la exclusividad de una liberación de la Tierra Prometida hollada por sus enemigos, y con eso la restauración de la corona davídica.

La lectura nos presenta entonces a dos no-videntes en un trasfondo de ciegos múltiples. Aún cuando lo doctrinario es inexacto y hasta equivocado en el criterio -Hijo de David-, lo que cuenta en el tiempo de la Buena Noticia es la confianza que se deposita en la persona de Cristo, confianza que es el paso segundo de la fé, pues el paso primero es el de un Dios que sale en nuestra búsqueda. La fé es don y misterio.

Y la fé sólo puede crecer y fructificar en la casa del Maestro, la comunidad creyente, la Iglesia. Y desde allí, volvernos quizás felices desobedientes que no se callan, y que cuentan a los demás las maravillas del paso salvador de Dios por nuestra existencia, una luz que destella desde Belén.

Paz y Bien

La firmeza de estas casas que somos se cimenta en la Palabra de Dios que se escucha y se pone en práctica















Para el día de hoy (06/12/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 21. 24-27







En la lectura que nos presenta la lectura del día, el Maestro habla de edificar. Seguramente, junto a José de Nazareth, comprendió desde niño ciertas cuestiones fundamentales a la hora de crear, de levantar una casa, las prioridades, lo que es importante. Especialmente, Él enseñaba a partir de cosas sencillas que había vivido o bien, de cosas que sus oyentes conocían bien a partir de su cotidianeidad: desde allí los impulsaba a las honduras del Reino.

Él se refiere a la edificación de la casa/existencia, que también tiene un correlato con la casa/Iglesia. Curiosamente, no se detiene en alabar lo confortable de la casa, las amplias comodidades, los balcones luminosos, pues la clave está en los cimientos sobre la cual cada casa se ha edificado.
La casa de la prudencia y la casa de la insensatez, casi inevitablemente, han de afrontar la acción de los elementos y toda suerte de tormentas y huracanes. Y no se trata, claro que nó, de tácticas elusivas, de encontrar sucedáneos para escaparse de los problemas y menguar las heridas que suelen dejar los conflictos.

Nuevamente, se trata de los cimientos.
Cuando se edifica sobre roca, cuando los cimientos son firmes, pasarán los temporales más bravos pero prevalece la firmeza sobre la cual se ha edificado.
Cuando se edifica sobre arena, aún cuando la casa por fuera aparezca hermosa y espléndida, todo se vendrá abajo, destino cierto de derrumbe.

La firmeza de estas casas que somos se cimenta en la Palabra de Dios que se escucha y se pone en práctica.

No basta la formulación exacta de la plegaria, ni la rigurosidad litúrgica si no se mira al mundo con la mirada del Señor, confiar como Él confiaba, amar como Él amaba, servir como Él servía sin medias tintas ni menoscabos light.

Inmersa en las duras correntadas de la historia, la Iglesia también se mantiene firme sobre la roca apostólica, baluarte y esperanza de Salvación para todos los pueblos.

Paz y Bien

Canastas llenas de misericordia para todos los pueblos

















Para el día de hoy (05/12/18): 

Evangelio según San Mateo 15, 29-37





La liturgia hoy nos ubica en territorio pagano, en zona extranjera, la otra orilla del mar de Galilea.

Una multitud creciente lleva a la presencia del Maestro a paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos: la sanación/salvación es don para todos los pueblos, y no se adquiere por pertenencia a un grupo, raza o nación específicos, sino por una adhesión vital, por la confianza puesta en la persona de Jesús de Nazareth.

Allí encontramos una pista significativa: al ver tanto bien prodigado en sus existencias, todas esas gentes glorifican al Dios de Israel; en el caso de tratarse de una multitud judía, se hubieran limitado a glorificar a Dios.
Otra de las señales precisas es que Cristo, en vez de bendecir los alimentos -expresión de naturaleza judía-, dá gracias, que es el modo helénico de bendecir -Eucaristía-, y en esa expresión se ratifica el extrañamiento de la misión también.

El Pan de vida, que es pan de la Palabra de Dios y pan del sustento -Cristo mismo- se comparte tanto en Tierra Santa como en tierras paganas.

Aquí el Maestro toma la iniciativa, movido por la compasión. No se trata de un grupo de gentes con hambre habitual, crónica, persistente. Están hambrientos por permanecer felizmente en vilo durante tres días junto a Jesús, y es en esos tres días en los que acontece entre ellos la Salvación. El tercer día es señal de la muerte vencida, del mal que retrocede, de la Resurrección del Señor.

Todos comen y se sacian, recostados en la gramilla y las piedras del lugar, como hombres libres. La mediación, aún cuando es dubitativa y desconfiada, por parte de los discípulos es signo de un Dios que lleva su bendición, su amor y su Salvación a través del hombre, comenzando por Cristo y siguiendo por los discípulos de todos los tiempos, Dios encarnado en nuestra vecindad, un Niño Santo que es un poco hijo de cada uno de nosotros.

Siete canastas se llenan luego de saciarse todos. A diferencia de la otra oportunidad, con las doce canastas, el número hace una referencia simbólica: en tierras judías las canastas llenas son doce, en alusión a las doce tribus primordiales. En tierras paganas las canastas rebosantes son siete, en alusión al número veterotestamentario de setenta que engloba a las naciones paganas. Pero más allá de los números, canastas llenas de misericordia para todos los pueblos.

Siete canastas que no es descarte ni exceso, sino calurosa previsión de ternura de un Dios que está pensando en todos aquellos que se sentarán a comer del Pan de vida, nosotros mismos entre ellos.

Paz y Bien

Un Dios amorosamente parcial, que inclina su rostro y su corazón hacia los pequeños














Para el día de hoy (04/12/18):  

Evangelio según San Lucas 10, 21-24





Los setenta y dos discípulos regresaban de cumplir con la misión que Jesús de Nazareth les había encomendado: habían recorrido pueblos y ciudades galilea, con los mandatos del Reino, y el mal había ido en retroceso. Expulsaron demonios, liberando mentes de toda alienación, y sanaron enfermos, agobiados por múltiples dolencias y por criterios culposos.
Estaban felices y satisfechos de todo lo que habían hecho, pero también sobrevolaban los peligros de la euforia, los tóxicos parámetros de éxito y fracaso.

El Maestro se estremece de gozo, de profunda alegría, y el Espíritu Santo que lo moviliza es la señal cierta de que aquello que dirá es expresión misma de Dios.
Él se alegra con los suyos porque el Reino se hace presente, especialmente entre las gentes más sencillas y los humildes. Él alaba a su Padre porque se revela en los pequeños.

Es menester detenernos por un momento. La mención a los pequeños no refiere tanto a los niños, ni es una contraposición entre adultos y pequeños: la distinción correcta es entre sabios y pequeños.
Pequeños son los que no cuentan, los que siempre son dejados al margen de todo, los que no tienen relevancia, los que apenas son una variable más en siniestros escritorios, los que posiblemente tengan una formación religiosa deficiente o incompleta, los que a menudo tienen un léxico acotado pero que confían y esperan, porque saben que en Dios siempre hay respuestas, que Dios es un Padre que nunca falla ni los abandona, los que en todo dependen de los demás, los que se reconocen mínimos, frágiles, pobres en espíritu y en medios pero que a pesar de todo no se resignan.

Seguramente Cristo se estremece porque Él mismo los conoce y se reconoce allí, Dios que se abaja, Dios que se anonada humildemente en el seno de una muchachita judía de una aldea ignota, un Dios que se hace un bebé santo, un Dios tan parecido a cada uno de nosotros y que por ello mismo es tan inconveniente, interpelante, maravilloso.

Abbá Padre de Jesús y de todos es un Dios amorosamente parcial, que inclina su rostro y su corazón hacia los pequeños, los que no cuentan para el mundo pero que son su tesoro y el motivo de su ternura.

Que este Adviento nos renueve en pequeñez y en humildad, como el Niño que nos llega, felices por la fé que se nos ha dado, felices por creer, felices por esperar.

Paz y Bien

El Dios del universo se hace Palabra














Para el día de hoy (03/12/18):  

Evangelio según San Mateo 8, 5-11








En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, actuaban en Palestina dos tipos de tropas: por un lado, los soldados romanos, legiones estacionadas habitualmente en Cesarea que obedecían a sus mandos naturales y cuya cabeza política era el pretor -por ejemplo, Pilatos-. Por otro lado, los mercenarios contratados por el tetrarca de turno -Herodes en nuestro caso- que actuaban como fuerza policial y represiva, y soporte militar para el cobro de tributos.
En ambos casos, se trataba de estructuras jerárquico-militares conformadas en su totalidad por extranjeros y, por lo tanto, paganos. Ello es decisivo a la hora de considerar los rígidos criterios de pureza e impureza, de inclusión y exclusión religiosas imperantes. Todo judío observante escapa al contacto social con cualquiera de esas personas, y además está la cuestión nacionalista: unos y otros son represores, fuerzas de ocupación que humillan a la nación judía, aún cuando el padre de Herodes haya edificado el Segundo Templo.

Por todo eso, un militar está condenado de antemano como réprobo por su origen gentil y pagano, y además porta la carga de resentimiento que se tiene con su persona. Pero sus dioses paganos no dan respuesta a sus prisas -el criado que agoniza en su enfermedad- y le está vedada la fé de Israel.
Aún así, por oficio y praxis es un hombre decidido y práctico, un hombre con pocas dudas, un hombre acostumbrado a ordenar y a obedecer, y en esos menesteres a menudo se juega la vida de los otros.

Seguramente, al Maestro lo precedía su fama de taumaturgo milagroso, pero también su talante tan asombroso como extraño de no rechazar a nadie, de aceptar a todos por igual, sin distinción.
El centurión, con sus urgencias y sus miserias al hombro, dá el primer paso de la fé que es confiar, confiar en ese Cristo que pasa. Más aún, hay en ese soldado una confianza mayor que la de los mismos discípulos. Hasta le reconoce como Kyrios, Señor.

El auxilio de Cristo nunca se demora para los que creen y confían. El Maestro tampoco retacea bendiciones discriminando entre propios y ajenos, y es algo que tantos siglos después no terminamos de entender, la extraordinaria amplitud infinita del amor de Dios, un amor que no se calcula, un amor tan generoso como desbordante de expectativas. Así entonces el Maestro se dispone, sin más, a ir a la casa -o al cuartel?- del centurión a sanar a su criado doliente.

Sin embargo, ese soldado no tiene un ápice de tonto y es humilde. Él porta una condición habitual por la que se reconoce indigno de la presencia bondadosa de Cristo, pero además sabe que sometería al rabbí galileo a un escándalo mayor. No, así no, nada de eso.
Ese hombre, acostumbrado a mandar, a dar órdenes, conoce como nadie el valor de las palabras. Por eso mismo le basta conque el Señor pronuncie una palabra que alivie sus penas y su mal. 
Ese hombre reconoce el valor de la palabra y más todavía, el valor de la Palabra de Cristo.

Posiblemente nosotros no tanto, pero nuestros padres y nuestros abuelos reconocían y valoraban el valor de la palabra, de la palabra prometida y empeñada, el impostergable compromiso de la palabra dada a los demás. Al fin y al cabo, y a pesar de tantos sofistas empedernidos y tanta propaganda vacua y tóxica, somos en gran medida nuestras palabras, las palabras que pronunciamos, las que callamos, las que omitimos.

El Dios del universo de hace palabra, palabra de Vida y palabra viva, para que la humanidad recupere el habla y la capacidad de comunicarse entre sí y con Dios. Dios es palabra que se hace historia, Verbo que se encarna en un Niño en el que palpitan todos los sueños y todas las esperanzas de todos los pueblos.

Paz y Bien


Adviento, señal de nuestra liberación















Domingo 1º de Adviento 

Para el día de hoy (02/11/18): 

Evangelio según San Lucas 21, 25-28. 34-36







Hoy celebramos el primer Domingo de este tiempo litúrgico denominado Adviento.

Con una causalidad que tiene mucho de asombroso misterio, el idioma nos brinda hermosos indicios para la celebración de este día de la venida del Señor: en griego, venida se dice Parusía -parousia-, mientras que en latín se pronuncia Adventus -Adviento-. 
Se trata del mismo amor entrañable de Dios, de un Cristo que regresará para consumar la historia, el reencuentro final de Dios con la humanidad, y la llegada humilde del Salvador a través de una muchachita judía fiel y creyente, el Dios encarnado que se hace tiempo y se hace vecino, un Dios que ingresa a la historia a través de la frágil condición humana.

Adviento entonces es la llegada del Señor a través nuestro, mujeres y hombres creyentes. Y así suplicamos en este día el estar atentos y vigilantes, despejados de miedos y sopores, firmes en la esperanza, porque el Dios de la justicia y el derecho acampa entre nosotros, porque nuestra liberación está muy cerca, aún cuando nos acosen las sombras de la muerte, los abismos deprimentes en que suelen caer nuestras existencias, aún cuando todo parezca indicar que nó. El Dios de Jesucristo no se desentiende de la historia, madera de cuna y madera de cruz.

Madera, materia, mater, Madre de nuestra alegría, venida de un Dios que se acerca con la ternura y fragilidad de un Niño en sus brazos.

Ese Dios que se llega en silencio, como pidiendo permiso, es el mismo Dios que regresará en Cristo cuando el tiempo madure, cuando acontezca la plenitud absoluta, cuando Dios sea todo en todos.

Permanecer atentos, con la mirada encendida y las manos dispuestas, Buena Noticia que vive y palpita para nuestra gente, para todas las gentes.

Feliz y santo Adviento para todos.

Paz y Bien

Nuestra certeza y nuestra esperanza se fundamenta en el regreso de Cristo, Señor de la historia
















Para el día de hoy (01/12/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 34-36








Nuestra certeza y nuestra esperanza se fundamenta en el regreso de Cristo, Señor de la historia.
Durante el tiempo de la espera, es menester estar atentos y despiertos, alerta que no admite medias tintas, alerta completa, tenaz, alerta proactiva pues resignifica todo lo que somos y todo lo que hacemos.

Sin embargo, las advertencias del Maestro son claras.

Es claro que muchos están sometidos a las garras de esas aves negras de las drogas que embotan mentes, corazones, que demuelen familias y borran horizontes y futuros.
Otros tantos, como el epulón de la parábola, siguen en tren de fiesta falaz aún cuando a su puerta languidezca un hermano que sólo suplica migajas, banquetes -que no ágapes- orgiásticos que se perpetúan como si la vida no se terminara, como si nada más que el ego fuese lo importante.

Pero también estamos lastimados de ansiedad. Heridos por la propaganda. Socavados de violencia y miseria. Injuriados por la corrupción y la prepotencia. Menoscabados por el destrato y el descarte humano.
Esa cotidianeidad abrumadora, además de dolorosa, es peligrosa pues acota la mirada a la pertinencia de un ahora sin remedio. Y la mente, en afán de supervivencia, juega malas pasadas.

Pero hay más, siempre hay más. La Resurrección de Cristo es la firme afirmación que nos recuerda a diario que se han terminado los nunca, los jamás, los no se puede.

Seguiremos pues, con todo y a pesar de todo, atentos y despiertos. La estrella amiga de Belén también parpadea para nosotros a pura Gracia.
Arraigados en la oración, nos aferramos cordialmente a esa primavera perfecta de Dios con nosotros.

Paz y Bien

San Andrés apóstol, amigo del Señor
















San Andrés, apóstol

Para el día de hoy (30/11/18):  

Evangelio según San Mateo 4, 18-22












El dato puede ser visto como una mera anécdota, un rabbí pobretón y provinciano caminando a orillas del mar de Galilea, quizás aliviando un poco el intenso calor de la zona con la brisa que le llega.
Pero es necesario ir más allá, mar adentro del significado. Ese Cristo que camina a la vera del mar es el que se arrima a la orilla de la vida, de las existencias de cada uno de nosotros, sin imposiciones pero con invitaciones fuertes, definidas, sin ambages, un Cristo que quiere ser parte de la vida, un encuentro que acontece en la cotidianeidad revistiéndola de milagro, de Gracia, de eternidad. Hay que estar despiertos y atentos.

Allí hay dos hermanos inmersos en su oficio, Simón y Andrés. Otra vez, el dato simple nos indica un vínculo biológico, familiar. Sin embargo, estos hombres están llamados a ser hermanos más allá de cualquier previsión, pues lo bueno y nuevo que acontece, el Reino, será tarea fraterna, que nó individual, de hermanos congregados por un mismo Padre.

Ellos son pescadores, expertos en su oficio de arrojar redes y recoger los frutos del mar, procurarse el sustento a horas inverosímiles, el esfuerzo cotidiano que suele comenzar en plena noche, cuando bullen los peces.
El Maestro los invita a seguirle para convertirlos en pescadores de hombres. Ellos serán expertos en ese oficio misericordioso, ante todo, por Aquél que los ha convocado y por el empeño misericordioso que pongan en la tarea, una tarea de fé, una tarea cordial, una misión vital pues implica que muchos peces pequeños librados a su suerte en las anchuras de un mar que los devora, permanezcan con vida en redes nuevas.

La invitación es tan decisiva que se vuelve conminatoria, urgente. Ya nada será igual, y la respuesta implica dejar atrás lo viejo, la vida anquilosada, los esquemas perimidos, las viejas redes inútiles y emprender nueva marcha con nuevos bríos, a puro impulso del Espíritu.

Cristo no ha buscado sabios, poderosos, guerreros, personalidades destacadas bajo los falaces criterios mundanos. Sólo hombres y mujeres que transforman su vida comenzando por la cotidianeidad que saben y conocen, y que siguen los pasos del Maestro, humildes pecadores que se vuelven pescadores por esa Gracia que no merecen pero que sobreabunda más que cualquier miseria.

Conocemos bien a Simón, Pedro para todos nosotros, su amistad abierta y extrovertida, su carácter a menudo voluble, sus idas y vueltas, su fidelidad como roca para sus hermanos. la Iglesia.

De Andrés, los datos son más escasos. Pero posee ciertos visos que equilibran el carácter encendido de su hermano, cierto talante reflexivo y muy, muy cercano al corazón y la confianza del Maestro.

Pero es el que comunica a otros que ha encontrado al Mesías, el que se afirma en su fé y en el servicio, buscando en Cristo las respuestas que su razón no atina.

San Andrés, amigo y obrero del Señor que nos vuelve a decir que hemos de encontrarnos con el Mesías que llega como un Niño pequeño a nuestras orillas.

Paz y Bien

Con la frente en alto, con obstinada ternura, con la esperanza en Cristo













Para el día de hoy (29/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 20-28








En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, nadie en su sano juicio hubiera pensado o siquiera imaginado que sobrevendría la destrucción del Templo, la deportación y el homicidio de miles, la ocupación militar extranjera de la Ciudad Santa.
Pero ello sucedió. Por el año 70, las legiones romanas comandadas por Vespasiano y Tito logran franquear las murallas de Jerusalem tras cuatro años de terrible asedio, ocupan la Ciudad, profanan el santuario y luego no dejan piedra sobre piedra del Templo, a tal punto que al día de hoy sólo se ha conservado una fracción de una pared exterior -el Muro de los Lamentos-.

Ello supuso una hecatombe para ciertas mentalidades, y la dispersión del pueblo judío por la Diáspora, sin tierras y sin estado, el horror en sus ojos, el estupor en sus almas.
Pero también, con el correr de los años, el imperio romano a su vez caería.

No caeremos en la fácil empresa de la bravuconada que suele olvidarse de las víctimas, el espantoso tendal que dejan a su paso los opresores de todos los tiempos, y muy especialmente los de esta época, bestias monstruosas de guantes blancos y buenas maneras.

Es claro que la historia humana puede ser leída desde una sola perspectiva, y en ese marco escaso sólo veríamos violencia, guerras, cataclismos naturales -y no tanto-, la vida atropellada, la dignidad vulnerada, la injusticia como norma, la miseria razonada.
Pero hay otra historia que se gesta silenciosa, humilde y tenaz, tan frutal y persistente como el amor de Dios.

Es el kairós, tiempo santo de Dios y el hombre. El tiempo propicio de la Gracia, la misericordia, la Salvación.

Es tiempo de llevar la frente en alto, con obstinada ternura y esperanza indestructible, pues todas nuestras sombras se disipan merced a la luz que nos está llegando, en las manos pequeñas de un Niño en brazos de su Madre.

Paz y Bien

Todo se decide en la fidelidad















Para el día de hoy (28/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 10-19








La lectura que hoy nos convoca, de tono apocalíptico, no refleja solamente la dura realidad de las primeras comunidades cristianas, sino que es un llamado de atención a todos los discípulos de todos los tiempos.

La historia de la Iglesia y la propia existencia nos pueden traer referencias explícitas: la fidelidad al Evangelio necesariamente acarrea persecuciones, calumnias, odios. Inclusive, el rechazo y el gesto despectivo de los que se consideran propios, de la misma familia, la incomprensión violenta, el desmedro clasificatorio, el rótulo impuesto y definitivo.

Es que vivir la Buena Noticia, proclamarla con la voz y sobre todo con los hechos, implica ir contra corriente a los intereses mezquinos e interesados del mundo; el servicio es un humilde desafío a las ansias desenfrenadas de dominio y poder, y el amor, el amor discute mansamente la preeminencia del odio que campea en planos de sombra.

Al igual que en la vida cotidiana, el amor, la fidelidad, la amistad y la esperanza cobran real dimensión en los momentos difíciles, en los tiempos asfixiantes.
Más aún, la fidelidad al Evangelio puede mensurarse por las persecuciones que sufra la Iglesia, una Iglesia misionera y comprometida que no se repliega sobre sí misma ni se encierra tras las puertas de falsas seguridades vanas y elitistas.

Es claro que el agobio que nos provocan las noticias y los golpes asumidos son demoledores. Desandan demasiados esfuerzos, y al acecho están los miserables, es decir, los eficaces dispensadores de miserias aún cuando tengan buenos modos.

Pero seguiremos andando. Todo se decide en la fidelidad, comenzando por la fidelidad de un Cristo que vá con nosotros hasta el fin de los tiempos, que nos hace hablar, que nos pone prisas ante las parálisis del miedo, que nos reviste el corazón con una esperanza inquebrantable, su presencia y su compañía.

Paz y Bien

Muchos templos carecen de rocas vivas, no poseen la piedra angular que todo lo sostiene, Cristo



















Para el día de hoy (27/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 5-9






En la ocasión que nos presenta la liturgia del día, el Maestro no se encuentra como en otras oportunidades acompañado de una multitud, sino apenas por algunos de sus discípulos. Varios de ellos eran zelotas, es decir, combinaban una estricta religiosidad con un celo abiertamente antirromano, llegando a propugnar la lucha armada contra el opresor; sin embargo, todos ellos -en mayor o menor medida- estaban orgullosos de la belleza y opulencia del Templo de Jerusalem que en ese momento contemplaban, orgullo nacionalista que a su vez les brindaba seguridad y reafirmaba su identidad.

No es complicado adivinar el estupor que las palabras del Maestro les habrían de ocasionar: les habla de la destrucción de ese sitio sagrado, les preanuncia lo que sucederá tiempo después, alrededor del año 70, con las tropas romanas de Tito y Vespasiano.
El golpe sería tan demoledor que pondría en gravísimo riesgo la misma identidad judía.

Aún así, Jesús de Nazareth sí es un profeta, pero más que un profeta. Su enseñanza no se acota a una crónica futura de hechos puntuales y verificables, sino a los aconteceres teológicos -espirituales- que han se sobrevenir.

En mayor o menor medida, todos tenemos templos sagrados que nos brindan seguridad y certeza, templos hermosos edificados en piedra y enjaezados con todas nuestras ansias, nuestras expectativas.
Pero esos templos carecen de rocas vivas, y peor aún, no poseen la piedra angular que todo lo sostiene, Cristo.

Adormecidos en esos recintos escasos, hemos olvidado el carácter misionero de la fé cristiana, de puertas y ventanas abiertas, de Iglesia peregrina, samaritana, servidora. Y cuando llegan los momentos difíciles, las épocas bravas de persecuciones y peligros, nos amurallamos allí dentro.
Pero el Señor es nuestra roca y nuestra fortaleza, baluarte en donde nos ponemos a salvo.

Quiera el Espíritu que sea otro el templo que nos convoque, otro el fundamento de nuestra seguridad y nuestra certeza. Desertores felices de los tramposos, de los lobos hambrientos del poder y la sumisión sin cuestionamientos ni fraternidad, hemos de volver al Cristo pobre y servidor, el grano de trigo, Dios del pan, del vino y de la vida.

Paz y Bien

La inmensa ofrenda de los pobres













Para el día de hoy (26/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 1-4 






Por el Templo de Jerusalem pasaba a diario una multitud llegada desde toda la nación judía y desde la Diáspora; ese número se incrementaba notablemente en las fiestas importantes como la Pascua.
En la llamada sala del Tesoro se encontraban grandes alcancías metálicas llamadas gazofilacios que tenían una amplia boca que se iba angostando hasta desembocar en el reducto reservado donde se guardaba el dinero que allí se colocaba producto de las limosnas.

La tradición de la limosna estaba profundamente arraigada en la nación judía, y merced a ella se constituía un fondo destinado a socorrer a las viudas sin parientes y a los huérfanos, una seguridad social eficaz en estadíos históricos tempranos. Lógicamente, al ser metálicas las bocas de las alcancías las monedas caían con un repique estridente. Los ricos, con afanes de figuración, dejaban caer sus ofrendas y el clanc! que se oía era proporcional a sus ansias de ostentación.

El Evangelista Lucas nos presenta a una mujer viuda y pobre, en donde viuda no es tanto una condición civil o marital sino una adjetivación contundente.
En aquellos tiempos, una mujer sólo tenía los derechos que le otorgaba el varón que la protegía y sostenía económicamente: cuando niña, su padre, cuando adulta el esposo, al enviudar sus hijos varones. Sin embargo, una mujer -por sí misma- era alguien a quien no se tenía demasiado en cuenta, no se escuchaba y se relativizaba; en el mejor de los casos, se la trataba con torpe condescendencia.
Por ello, en ese mar de gente que viene y que vá, a una mujer así, sola y pobre se la mira pero no se la vé. Es parte del paisaje, algo menos que una cosa.

Pero el Señor la mira y la vé. Ella pone dos moneditas mínimas en la alcancía, y seguro que al caer ni hacen ruido. Aún así, en esos dos cobres se le vá su sustento. Aún así, ella confía y sin medir consecuencias brinda todo lo suyo en pos de otras viudas y otros huérfanos que la pasan mal en verdad. En esas dos monedas -que parecen tan poco pero que son un tesoro- se ha brindado ella misma por entero.

Ella es tan parecida a Abbá de Cristo... Un Dios que nada se reserva, un Dios que no hace gala de su poder, un Dios que se brinda por entero para socorrer a la humanidad que languidece en el pecado, en la miseria, en el olvido.

La ofrenda de esa mujer, anawin del Señor, es liturgia santa de la compasión en un Templo purificado de ladrones por la presencia de Aquel que es la luz, la paz y la justicia.

Paz y Bien

Cristo, único Rey












Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (25/11/18):

Evangelio según San Juan 18, 33b-37








El ámbito en donde se desarrollan los acontecimientos que nos brinda la lectura de este día es el pretorio, es decir, la residencia del gobernador romano -aquí, Poncio Pilato- cuando éste se encontraba en Jerusalem; el pretor habitualmente residía en Cesarea, pero se constituía en la Ciudad Santa para las fiestas más importantes, o por circunstancias políticas muy especiales.

Pilato es el delegado del César en la provincia vasalla, y como tal detenta la soberanía imperial sobre personas, territorios y bienes. Esa potestad absoluta también refiere a la autoridad de ejecutar o nó a los condenados a muerte.
Al pretorio llevan entonces al rabbí galileo maniatado como un criminal, entre sombras, pues las autoridades religiosas temen un levantamiento popular en favor del Nazareno. Sin embargo, hay otros motivos importantes: por un lado, el Sanedrín ha condenado a muerte a Jesús por encontrarlo culpable del delito capital de blasfemia, en un proceso amañado y virulento de odio. Como ese consejo superior carece de facultades ejecutorias, lo envían donde el procurador romano. Pero además, han de apurarse: al prisionero lo dejan a las puertas del pretorio, pues la sola presencia extranjera supone un contacto con lo impuro que evitan a toda costa, y el horario no es fortuito. Las prisas radican en el cercano inicio del Shabbat.
La antinomia es dura. Hombres que se afanan por igual en permanecer rigurosamente observantes de los preceptos religiosos y puntillosos en sus deseos de muerte de un inocente.

La escena estremece. Ese Cristo es un hombre solo, abandonado por sus amigos, frente al pretor que representa el poder omnímodo y brutal de Roma, de la opresión, de la brutalidad de las legiones estacionadas allí cerca. Un hombre solo frente al pretor, frente al imperio, frente al mundo.
Y Pilato vacila: la línea políticamente correcta le indica que debe ejecutar sin más trámites a los culpables de sedición, y nó a los condenados por juicios religiosos. A Roma le importa y compete la sumisión, no la religión. Sus dudas surgen porque ese humilde galileo reivindica un reinado extraño, y no sabe si ello supone una amenaza al poder imperial...y a su propio status de pretor; Pilato, con un antisemitismo que no oculta, desprecia con abierto fervor a los acusadores de Jesús, pero al igual que ellos está atrapado por los preconceptos y la ideología, y así relativiza la fuerza liberadora de la verdad, en la búsqueda de un sucedáneo que aquiete su conciencia.

En esa estancia hay dos hombres, pero Cristo no es el prisionero aunque esté maniatado. La libertad fiel con la que enfrentará el horror de la cruz es absoluta. Pilato es el verdadero cautivo, aunque pueda moverse con libertad.
Así entonces Cristo será ejecutado como un subversivo, como un criminal marginal por no reconocer como Dios al César, por ser testigo íntegro de la verdad de Dios, por renegar de toda violencia e imposición, por desertar alegremente de toda ansia de dominio, por reivindicar al verdadero poder que es el servicio.
Su reino es veraz, cósmico, universal, pero su Reino no es de este mundo. Su Reino es el de los que entregan su vida para bien de los demás, su Reino es el territorio fértil de las almas, su Reino es el de los edificadores de paz y justicia, su corte se compone de los pobres, los pequeños y los sencillos, y su palacio se encontrará en la calidez de los corazones que guarden su Palabra.

A Cristo nuestro Rey volvemos a dejarlo solo frente a los caprichos de los poderosos, cuando cedemos al cenagal tentador del relativismo, cuando abdicamos de hacer pié en la verdad, cuando renegamos del hermano.

Que el Espíritu del Resucitado nos conduzca nuevamente a honrarlo en espíritu y en verdad, en ofrendas diarias de mansedumbre, en tributos generosos de compasión para con el hermano, en la humilde alabanza de la gratitud.

Paz y Bien

La resurrección acontece en la comunión con Dios












Para el día de hoy (24/11/18):  

Evangelio según San Lucas 20, 27-40










El problema planteado por los saduceos no se corresponde con ciertas dudas respecto a la Ley de levirato ni al matrimonio, ni tampoco a una encendida búsqueda de verdad. En realidad, se trata de una dialéctica tramposa que busca el yerro de Jesús de Nazareth, desacreditarle frente al pueblo y, eventualmente, procurar una condena religiosa que lo silencie de una buena vez.

El tono conque se dirigen a Él no es respetuoso: lo llaman Maestro para maximizar el probable error frente a una casuística insoluble y ridícula.

Tengamos presente que los saduceos conformaban la nobleza laica y política, tenían una notable preponderancia en los círculos de poder y comercio y poseían las fortunas más notables de Israel. A pesar de su carácter principalmente laicista, de sus filas salieron varios sumos sacerdotes del Templo -tales como Anás y Caifás-, con lo cual su influencia se extendía también al ámbito religioso, a diferencia de los fariseos cuya influencia destacaba por entre las clases medias y bajas.

Ellos aceptaban de manera exclusiva y restrictiva la Torah, en desmedro de los libros de los Profetas y la tradición oral que rechazaban de plano. Como su lectura era lineal, literal, rechazaban cualquier idea de resurrección pues allí no estaba explícitamente mencionada: ante ello, inferían que toda doctrina que afirmara la resurrección se apartaba de la Torah y por ello era anatema.
Pero no finalizaba allí su pensamiento: las vertientes escatológicas también eran razonablemente defenestradas con importantes argumentos teológicos, aunque suponemos que la explicación es más sencilla.
Ellos disfrutaban su status, su poder, sus riquezas sin menoscabo, a las que además consideraban una bendición divina por su pertenencia virtuosa: hombres preocupadísimos por prolongar el más acá, a los que no les interesa el más allá. Más aún, la idea de un Mesías les resultaba, en ese contexto, espantosamente inconveniente.

Sin embargo, y aunque su intención primordial es el tropiezo del Maestro, cometen varios errores garrafales, terribles.
Primero, su soberbia interpretativa, pues sus mismos silogismos ponen en evidencia que leen y comprenden lo que quieren bajo pretexto de unicidad de la Torah.
Segundo, y más grave, es suponer -desde el argumento de las múltiples bodas de la mujer varias veces viuda y sin hijos- que la vida tal cual la conocemos se prolonga y regula lo que acontezca más allá de la muerte.

La resurrección no es cosa natural ni lógica ni razonable.

La resurrección surge de la filiación divina. Resucitaremos por ser hijos amados por Dios, porque Dios interviene en la historia, porque el Eterno se hace tiempo, vecino, Hijo querido de todos.

Es menester ir más allá de las trampas de la psiquis, la natural tendencia a perdurar a como dé lugar, y ciertos visos de inmortalidad que suelen esgrimirse.

La resurrección sólo puede acontecer en la comunión con Dios, y es este Dios Abbá de Jesucristo quien ha celebrado esponsales con toda la humanidad, de una vez y para siempre.

Paz y Bien

No todo tiene precio, no todo puede trocarse















Para el día de hoy (23/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 45-48







Jerusalem era el centro físico, político y espiritual de la nación judía, y el Templo era, precisamente, el corazón de la Ciudad. Normalmente era atravesado por miles de personas venidas de toda la nación y también de la Diáspora, y su número se incrementaba geométricamente para las fiestas, Séder Pesaj, la Fiesta de los Tabernáculos, Purim y otras tantas.

En la religiosidad imperante en el siglo I, eran de riguroso cumplimiento las ofrendas destinadas a los sacrificios que realizaban los sacerdotes, el impuesto para el sostenimiento del Templo y la donación de limosnas -diezmos- que se destinaban al sostenimiento de viudas y huérfanos, una forma de temprana y eficaz seguridad social.
Pero esa misma religiosidad consideraba aceptables determinados animales sacrificiales -se regulaban hasta las ofrendas de los pobres- y sólo se aceptaban determinadas monedas o shekkels. Sin embargo, los peregrinos no provenían sólo de las cercanías sino a menudo de sitios muy distantes; lógicamente, traían consigo sus monedas y no viajaban con animales para el holocausto. Por eso en los patios del Templo y con la anuencia de las autoridades religiosas se había instalado una suerte de bazar o mercado en donde los vendedores de animales permitidos y los cambistas de monedas hacían su agosto, permitiéndose toda clase de abusos monopólicos y extorsivos para con los creyentes.

Cuando el Maestro derriba las mesas de los cambistas y espanta a los animales de los corrales comerciales fué motivo de grato asombro para el pueblo. En verdad, el comercio había ganado espacios que debían ser de oración y recogimiento.
Como un siniestro contrapeso, a la alegría del pueblo se correspondía el odio de los dirigentes. Lisa y llanamente, buscaban el modo de matar a Jesús de Nazareth, pues su acción tenía una doble vertiente que los ponía en evidencia y los desafiaba.
En evidencia pues esos negocios -seguramente eran parte y beneficiarios- sólo podían estar allí por su causa y con su venia. En desafío, porque lo verdaderamente grave era que bajo el imperio de la autoridad que esgrimían, imponían criterios mercantiles al hecho milagroso de la fé, como si el favor divino pudiera adquirirse siguiendo procedimientos específicos, olvidando al amor, desdeñando la oración, ignorando que a Dios se le adora en espíritu y en verdad.

Aún así, el Maestro seguía enseñando cotidianamente. Él hablaba con autoridad aunque no estuviera autorizado.

A veces, es necesario abrir la válvula de la indignación. Decir las cosas como son y por su nombre a pesar de que eso no caiga bien, que sea formalmente inconveniente, religiosamente incorrecto.
Es claro que no se trata de la torpe apropiación de la defensa de los derechos de Dios, esa soberbia de suponer que Dios deba ser defendido por la fuerza y aplastando enemigos a diestra y siniestra, dejando encendido el detector de apóstatas y herejes. En esos andares, el amor y la compasión se duelen dejar de lado.

Es menester purificar todas las cuevas de ladrones, comenzando por las que anidan en nuestros corazones, en donde todo tiene su precio, en donde todo puede trocarse, desoyendo el manso y paterno llamado de la Gracia.

Paz y Bien

La comunidad cristiana es nuestra Jerusalem














Santa Cecilia, virgen y mártir

Para el día de hoy (22/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 41-44











El Maestro está a las puertas de Jerusalem, a un paso de su Pasión, a instantes de consumar su vida en fidelidad y amor al Padre. Está acompañado de los Doce y rodeado de una multitud de seguidores y curiosos, el pueblo ansioso que lo busca.

Aún así, la imagen marca un contrapunto estremecedor: a pesar de estar rodeado de tanta gente, Jesús de Nazareth se encuentra sólo, y en esa soledad llora por Jerusalem.

La Ciudad Santa será primero cercada y asediada por las legiones de Tito y Vespasiano, y luego -tocando a degüello- ingresarán en ella y arrasarán con todo a su paso. Primero profanarán y demolerán el Templo, del cual sólo dejarán en pié sólo una fracción de una pared exterior -el Muro de los Lamentos-. Como si no bastara, matarán a miles y otros tantos serán capturados y vendidos como esclavos.
Jerusalem y su Templo era faro, orgullo y fundamento de la nación judía; su pérdida y destrucción implicó que ese pueblo, durante siglos, no tuviera nación, estado, tierra y símbolos inamovibles.

Jerusalem / Yherushalaim significa Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz de Dios. Pero la paz de Dios ha sido rechazada por aquellos que no han querido reconocer a Jesús de Nazareth como Salvador, porque se afincaron en el poder, en el dominio y en la especulación. La paz no implica la ausencia de guerras o conflictos -esa pax romana que se impone- sino que se edifica a diario desde el servicio, desde el amor, desde la misericordia, desde la paciencia que es, precisamente, la ciencia de la paz. La paz es don de Dios que ha de cultivarse para que no se seque, para que dé frutos.

Jesús de Nazareth, ese hombre solo rodeado por muchos, llora por el rechazo violento a su mensaje de paz y de bien. Pero llora también porque ama profundamente a su patria, a su historia, a las tradiciones de sus mayores.

Nuestra Jerusalem no es física, sino más bien cordial. La comunidad cristiana es nuestra Jerusalem, con vocación de humilde faro que desaloje las tinieblas y compromiso de sal para que esta vida dé gusto vivirla.
Pero también nos pasa que no sabemos llorar, que nos quedamos en la emoción vana y superficial. Y acontecen tantas cosas, que es menester llorar, llorar fuerte y con ganas suplicando misericordia, para volver a ponernos en el camino de la Gracia.

Paz y Bien

Memoria e inteligencia, tenacidad y esperanza, sal y luz














Presentación de la Virgen María

Para el día de hoy (21/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 11, 28







Una clave de lectura: Jesús de Nazareth está cerca de Jerusalem. Esa cercanía -nosotros ahora lo sabemos- implican los terribles días de la Pasión pero también la consumación de su existencia, en fidelidad y amor absolutos al Padre.
En cambio, para varios de sus discípulos y muchos de sus seguidores, la cercanía a la Ciudad Santa preanuncia la toma del poder y la restitución por la fuerza de la antigua gloria, la restauración de la corona real de Israel.

Por ello el tenor de la enseñanza que nos refleja el Evangelio para este día, y el estilo literario se corresponde más con una alegoría que con una parábola.
El Reino de su Padre no es de este mundo, no se condice con los parámetros de dominio y poder usuales.
Suplicamos que el Reino venga y el Reino sea, que en la plenitud de los tiempos sea definitivo.

Pero hay un mientras tanto, un tiempo de espera atenta y por eso mismo de esperanza, una esperanza que desoye todo llamado a la pasividad, a la conformidad, al retraimiento mórbido so pretexto de no correr riesgos. Justamente, no correr riesgos, hijos, hermanos y amigos del Buen Pastor que dá la vida por las ovejas, y que no duda en arriesgar la seguridad de las noventa y nueve por rescatar a la que se ha extraviado.

No entraremos aquí en el tortuoso andurrial de cierta espiritualidad que justifique desigualdades. A todos -sin excepción- se nos han concedido dones, potencias, posibilidades. Todos somos pequeños terrenos, tierra que anda bendita por Dios, que a pura confianza pone en nuestras manos aquello que le es propio. El hombre, merced a esa confianza y ese amor entrañable, es co-creador con el Dios de la vida.

Cuando llegue el tiempo del regreso del Señor, tiempo del comienzo definitivo que exige estar atentos, será tiempo de rendir cuentas.
Allí la creatividad marcará la diferencia, qué hemos compartido, qué hemos reservado, en qué cosas hemos florecido y brindado frutos buenos.
La creatividad no es cosa de arrebatos o torpezas instantáneas, sino como todo lo bueno, ha de tener su tiempo de maduración, su proceso, su crecimiento, más su ausencia nos desmerece.

Cabe preguntarse si el miedo o el temor paralizan y nos vuelven tan estériles e indiferentes como nos pasa con el pecado.

En esos andares, es menester no perder nunca las raíces -de donde provenimos- y seguir andando junto a Aquél que es camino, verdad y vida. Memoria e inteligencia, tenacidad y esperanza, sal y luz.

Paz y Bien


Zaqueo: sin perder de vista a Cristo y al prójimo















Para el día de hoy (20/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 1-10








A menudo las multitudes son peligrosas, pues el riesgo de la masificación la suele merodear. Así se disuelve cualquier atisbo de comunidad y reflexión y, peor aún, se despersonalizan rostros y voluntades.

Por todos los lugares en donde pasaba el Maestro se agolpaban las gentes, pues suscitaba no sólo interés genuino sino también lo acuciante de las necesidades, el abandono a su suerte como ovejas sin pastor, un desprecio condescendiente por parte de aquellos que debían orientarlos en la fé, y que sin embargo le imponían cargas cada vez más pesadas y opresivas, angostura de las almas.

Sin embargo, en esa multitud persistían viejos esquemas y prejuicios que salían a la superficie con la ponzoña de las murmuraciones. La multitud se creía con derechos de determinar quien era santo y quien era réprobo, arrogándose un derecho que no tenían. Suele suceder cuando el detector de heterodoxos, herejes y apóstatas permanece demasiado tiempo encendido en desmedro de la fraternidad y la compasión.

Zaqueo -cuyo nombre proviene del hebreo antiguo y significa puro- era jefe de publicanos, es decir, mandaba sobre un grupo de funcionarios recaudadores de impuestos que estaban al servicio del Imperio. Su mismo rol a menudo se aprovechaba para maniobras extorsivas que enriquecían su patrimonio.
Por ello eran fervorosamente odiados por sus paisanos, por abusivos y también por traidores, pues trabajaban para el opresor que hollaba la Tierra Santa de sus padres.

Es muy importante no perder de vista que Zaqueo, además de tener un nombre totalmente judío, se sigue considerando a sí mismo otro hijo de Israel, heredero de las promesas de su Dios. En gran parte por ello lo moviliza la llegada de ese rabbí galileo joven y pobre del que tanto hablan, y que tantas cosas suscita pues a todos recibe.

La multitud, como una pared rígida, parece bloquear todos los accesos, pero hay un impulso mayor en Zaqueo, una decisión personal que vá más allá de la curiosidad y por ello mismo toma la delantera a todas esas gentes y se sube a un sicómoro. Aparentemente era bajito, y quizás ello refiera no tanto a una cuestión de longitud sino más bien a su estatura ética y moral. Aún así, él busca a Cristo, quiere encontrarle, quiere verle.
Pero es Cristo quien lo mira y lo vé, lo conoce y reconoce y le realiza un pedido de hospedaje. La fé es, ante todo, la unión a la persona del Resucitado antes que una adhesión doctrinaria. Ese pedido expresa el insondable amor de Dios que quiere hacer morada en los corazones de los hijos.

Todo en Zaqueo es vocación y respuesta a la convocatoria a la conversión, a una nueva vida, a pesar de que la multitud diga que nó, condene de antemano, suprima en mente y corazón cualquier posibilidad de ingreso a la bendición de Dios, a la santidad, a la plenitud.

La respuesta se traduce en hechos. No hay tanto blablá de lo que se declama pero no se encarna, sino que Zaqueo dá la mitad de sus bienes: el tiempo verbal presente es taxativo y no deja lugar a dudas.
Pero hay más, siempre hay más. La retribución cuadruplicada frente a eventuales conductas dolosas está claramente especificada en la Ley, puntualmente en Ex.22, 1. Zaqueo, el jefe de los publicanos, el pretenso corrupto y traidor, vive con sinceridad la fé de sus mayores pues pone en práctica los mandatos sin perder de vista al prójimo.

El Maestro lo sabe, y por eso lo reconoce hijo de Abraham. Todos aquellos quienes profesamos la ffé lo somos, pero en casa de Zaqueo, aún con las rabias de la masa, acude, se hace presente y permanece la Salvación de un Cristo que viene a recuperar a los perdidos, a sanar a los enfermos, a hacerse hermano y pariente en nuestras existencias.

Paz y Bien

ir arriba