Misión cristiana: aceite de consuelo y vino de esperanza














Domingo 15º durante el año

Para el día de hoy (15/07/18):  

 
Evangelio según San Marcos 6, 7-13









El Maestro convoca nuevamente a los Doce para que transiten nuevos senderos, todos en sentido hacia el Reino, todos en clave de Gracia.
Jesús ha sido expulsado de la sinagoga: las puertas de la religión oficial se han cerrado, pero eso no puede ni debe detenerle. Siempre que una puerta de cierra, se entreabren otras tantas esperando nuestros pasos, es cuestión de esperanza y de no resignarse.

Los discípulos son enviados de dos en dos, signo cierto de comunidad, de esfuerzo compartido, de diálogo que enriquece, de sostenerse mutuamente para permanecer en pié, de Iglesia que germina.

Nada han de llevar, y no lo hacen por militancia de pobreza ni escuela ascética: se trata ante todo de confianza en la providencia bondadosa de Aquél, que los envía, de andar ligeros para que nada los detenga.

Esa pobreza y ese despojamiento alegremente voluntario los vuelve dependientes de la solidaridad y la hospitalidad de otros, y allí en donde sean recibidos ellos harán que acontezca la comunidad, expresión genuina de la familia de Dios.

Llevan consigo, en sus corazones, la Salvación que se les ha ofrecido a pura bondad y que han recibido con felicidad, y es un tesoro extraño que se agiganta en la medida en que se brinda y comparte.

Ellos portan salud para los cuerpos, y liberación para las existencias, desalojando todos esos espíritus malvados que oprimen y degradan la condición humana., llevando aceite de consuelo y vino de esperanza, haciéndose ellos mismos salud para los hermanos dolientes.

Paz y Bien

Toda vida es valiosa, única e irrepetible
















Para el día de hoy (14/07/18):  

 
Evangelio según San Mateo 10, 24-33






Como si no fuera suficiente el amor de Dios expresado en cada gesto, palabra y acción de Jesús de Nazareth, nos pone en un pié de igualdad con Él mismo. Las discípulas y discípulos son otros Cristos en camino de misión, ofrenda inexpresable de la eternidad volcada en estas nadas que somos.

Pero no todo es un paisaje tranquilo o bucólico, y por ello el Maestro insiste acerca del miedo. Esa insistencia no responde a un intento burdo de presión psicológica -como tristemente y a menudo nos han educado- sino más bien a una realidad durísima. Es que la Buena Noticia es tan opuesta y peligrosa para los poderes instituidos en el mundo, que el modo de acallar a sus mensajeros es mediante la profusión del temor.

El miedo puede paralizar, tornar los rostros bajo una máscara de pseudo prudencia, menguar la profecía, adormecer la resurrección.
Así entonces el miedo es una de las principales estratagemas de dominio del poder.

Con todo y a pesar de todo, la vida y la verdad han de prevalecer. Podremos encontrar en el camino miles de peligrosos obstáculos, cuya sola vista nos demoren de puro miedo. Pero no hay que temer, pues no vamos solos, y el horizonte de la eternidad, de una humanidad recreada nada ni nadie podrá desdibujarlo ni ocultarlo.
Es natural temer, pero es mucho más humano seguir adelante a pesar de todo. Lo peligroso es llevar una vida cómoda sin sobresaltos, creyendo absurdamente que somos de ese Cristo atrevido e insolente, y la fidelidad es costosa.

En las manos bondadosas de Dios están todas las existencias. Toda vida es valiosa -tan valiosa-, única e irrepetible, y en esa sintonía debería ubicarse todo nuestro obrar.
Cada vida cuenta -hasta la del enemigo-, cada vida debe protegerse, cada vida tiene destino de infinitud en las manos de Aquel que nos crea y sueña con colores de para siempre.

Paz y Bien

La confianza en el amor de Dios produce milagros













Para el día de hoy (13/07/18):  

Evangelio según San Mateo 10, 16-23








El discipulado fiel de Cristo no requiere una profusa formación intelectual como rasgo primordial, aunque ello pueda ser una respetable herramienta de cultivo y disciplina. El discipulado fiel se fundamenta en una profunda y personal experiencia de Jesús.
A partir de esa experiencia, todo se transforma y ya nada será distinto. Superando por lejos lo meramente sensacional -pues la raíz misma de la existencia se vé tocada- hay un impulso decisivo hacia el compromiso con la propia vida y misión de Jesús de Nazareth, el anuncio del Reino de Dios y los signos que lo acompañan.

El compromiso naciente es anuncio y profecía. Anuncio de la Buena Noticia del Reino y denuncia de todo lo que se le opone.
La profecía y los profetas se distinguen por su voz clara, sin ambages, sin discursos velados o arcanos incomprensibles. De cualquier otro modo, hay visos de complicidad.

Pero a menudo el compromiso se expresa en silencio, un silencio por demás elocuente, que es ser sal de la tierra y luz del mundo, existencias transformadas que fecundan la cotidianeidad con destellos de infinito.
Esas vidas que se sustentan en el Espíritu del Resucitado, necesariamente, ponen en evidencia las tinieblas, la muerte, la mentira. Y ello provoca reacciones terribles, pues al mundo y muy especialmente a los poderosos les resulta gravoso que se llame a las cosas por su nombre y que haya personas y corazones que no se puedan comprar.

Las perspectivas que nos ofrece el Maestro, desde una perspectiva mundana, son espantosas. Corderos inermes en medio de lobos. Pero desde lo pequeño, desde lo que es débil, Dios se manifiesta en plenitud.
Somos testigos de Alguien que nunca nos dejará solos, que hablará por nosotros, que está, estará y regresará para congregar a todos sus hermanos y amigos.

Anuncio y profecía encuentran sus raíces en ese Cristo de nuestras esperanzas, desde una sencillez que no desdeña la inteligencia, y desde una confianza que por el amor de Dios produce milagros.

Paz y Bien

El Reino está cerca, muy cerca, al alcance de cada corazón
















Para el día de hoy (12/07/18):

Evangelio según San Mateo 10, 7-15









Desde sus mismos inicios, la misión encomendada por Jesús de Nazareth a los suyos -a los Doce, a los setenta y dos, a nosotros, a toda la Iglesia- ha sido motivo de controversias, escándalos, peligrosas maquinaciones del poder y crueles y demoledores análisis desmerecedores que cualquier esfuerzo.

La razón estriba en que la misión cristiana es, fundamentalmente, una misión humanitaria, y por ello es tan trascendente. No es religiosa como de modo usual puede inferirse, buscando adeptos o prosélitos, propalando doctrinas, imponiendo un culto específico.

La misión cristiana anuncia que el Reino de Dios está cerca, muy cerca, tan cerca que está alcance de todos los corazones. Y antes que una declamación, es una preclamación que se explicita en lo concreto, allí en donde el mal muerde y lastima a la humanidad a través del sufrimiento, el dolor y la exclusión.

Por eso los misioneros han de preocuparse y ocuparse a favor los enfermos, de los excluidos, de los alienados, de los que viven en mundos de sombras y agonizan en silencio, sepultados en vida por el olvido. Ellos han de llevar la bondadosa mano de Dios que no abandonará jamás a sus hijas e hijos, estén en donde estén, haciendo presente ese indomable deseo del Creador de que todos sean felices, plenos, totalmente humanos.

Porque religión es re-ligar, volver a unir a los hombres entre sí, separados por odios, egoísmos y olvidos, y también re-ligarlos con ese Dios que vive entre ellos, que ha llegado humildemente y se ha quedado para siempre.

Es claro que la misión entraña sus riesgos, sus repudios y rechazos. La gratuidad -signo cierto de esa asombrosa Gracia de Dios- vá a contramano de toda especulación, y de esa maldición que supone aquello de que todo tiene su precio o su interés.

Porque la solidaridad y el amor, desde y hacia Jesús de Nazareth, es visto como una peligrosa amenaza para los poderes mundanos.

Quiera el Altísimo que así de pequeños y frágiles como somos, así también nos volvamos cada día más santamente peligrosos, en la cordial dinámica del Espíritu.

Paz y Bien

Apostolado, alma y corazón del mundo













San Benito, abad

Para el día de hoy (11/07/18):  


Evangelio según San Mateo 10, 1-7







La convocatoria de Jesús de Nazareth es siempre personal, jamás abstracta ni pendiente de generalizaciones. Por ello se tiene memoria de los nombres de los enviados -Apóstoles-, de sus orígenes, de sus caracteres, y el llamado es tan fundamental que dejan todo atrás, porque no pueden quedarse quietos, porque no pueden callar.

Simón deja hogar, esposa, oficio. Mateo, empleo y fortuna. Juan y Santiago el negocio familiar. Natanael, el estudio, todos ellos han renunciado a lo conocido y confortable para embarcarse en la aventura desconocida de anunciar la Buena Noticia del Reino, éxodo de liberación y confianza.

El Reino está cerca, muy cerca, tan cerca que está al alcance de todo corazón.

Los apóstoles -varones y mujeres- han sido enviados con el mismo poder y misión del Maestro, artesanos y obreros capaces de liberar espíritus prisioneros del egoísmo, manos capaces de sanar heridas del cuerpo, de la sociedad, lesiones que provoca la miseria, la injusticia, la opresión.

En un mundo des-graciado, ellos rinden culto al Dios de la Vida con gestos gratuitos de paz, revestidos de solidaridad y compasión.

Ellos se vuelven alma del mundo allí donde campea la muerte, donde hace falta la sal, para que esta vida dé gusto vivirla, al sol del tiempo nuevo.

Paz y Bien

Humildes edificadores de bondad y justicia













Para el día de hoy (10/07/18):

Evangelio según San Mateo 9, 32-38





Las acciones de curación -milagros de sanación- de Jesús de Nazareth tienen siempre denominadores comunes a todas ellas: que Él se vuelca por entero hacia el que sufre, que se involucra en situaciones concretas y no en abstracciones y que todo lo que hace en favor del doliente está dirigido a la plenitud de la persona y no solamente a una situación particular.

Todo esto se magnifica cuando observamos con detenimiento el contexto: en la Palestina del siglo I abundaban las enfermedades, y estos padecimientos significaban con toda certeza abandono, ostracismo y soledad para el enfermo, a lo que debía añadirse el cruel concepto de que las dolencias eran castigos justificados de un dios verdugo a causa de pretéritos pecados. También y por ello mismo, la enfermedad era sinónimo de impureza religiosa que automáticamente excluía al enfermo de toda participación plena en el culto y en la sinagoga.
Esta situación tenía ribetes moralmente contagiosos: por esas normas de pureza, era menester alejarse del enfermo so pena de volverse uno mismo impuro.

Por ello mismo, las gentes estaban gratamente asombradas: lo que el rabbí nazareno hacía, nadie se había atrevido a hacerlo. Nunca había sucedido, esas bondades que llegaban a ellos de las manos de ese Jesús los volvía reales, existentes, importantes todos y cada uno de ellos para Alguien.
Sin embargo, los dirigentes fariseos lo repudiaban con denuedo; suele suceder siempre lo mismo, cada vez que el poder es silenciosamente cuestionado desde la caridad, y los fariseos no tienen en cuenta el bien que se hace, ni el amor de Dios invocado y proclamado. Sólo acusan por el poder que creen en disputa.

Aún así, Él iba por ciudades y pueblos anunciando la Buena Noticia y sanando todas las enfermedades y dolencias.
La Buena Noticia de un Dios Amor y Abbá allí en donde toda novedad suele ser mala, y junto a ello el alivio de penas y pesares.
Jesús de Nazareth no funda instituciones, no se detiene en la instrucción académica de doctrinas ni en especificaciones de culto. Él camina diciendo lo que nadie dice, y regala salud y consuelo en medio de un mar de sufrimiento e indiferencia.

Quizás nos hemos incapacitado para estas cosas tan decisivas: Palabras que den viva, compasión sin condiciones. Algún espíritu malo llevamos, y hemos perdido el habla, y con un poco de confianza Él nos curará para volver a decir lo que se calla, y volvernos humildes obreros en la edificación del Reino, ese recinto de bondad y justicia eternas que comienza en el aquí y ahora.

Paz y Bien

María Itatí nos congrega entre sus manos orantes













Día de la Independencia Argentina

Nuestra Señora de Itatí

Para el día de hoy (09/07/18):

 
Evangelio según San Lucas 1, 39-47









Tupasy.
Así llaman a María de Nazareth nuestros hermanos primeros, en la antigua y bella lengua guaraní.
Tupasy, Madre de Dios, y es reconocimiento pleno de afecto, y es identidad en la que germina la confianza maternal, y es señal de liberación.

Porque nada sucede por casualidad, y es cada vez más necesario redescubrir la silente y asombrosa acción de la Gracia a cada instante, especialmente allí cuando lo que acontece parece surgir solamente por cuestiones azarosas.
Porque no es casual que un día como hoy, celebración de nuestra libertad como pueblo joven, festejemos a Tupasy entre nosotros y con nosotros.

-Donde está la Madre está el Hijo-

María es profecía, signo de esa Salvación que nace de entre los más pequeños, María es encuentro jubiloso y canto pleno de liberación a un Dios que nunca nos abandona, que siempre ha estado entre nosotros en nuestras cruces, en nuestros dolores, en nuestras alegrías, Dios que es misericordia, Dios que ama entrañablemente a los más pobres, Dios que libera a los oprimidos y nos redime de toda cautividad, Dios que se hace historia para que edifiquemos Reino en este aquí y ahora con mansos sueños de futuro, Madre color de patria, hermana y compañera, chesy de los humildes, ternura cierta para los que no cuentan.

Sin embargo, no podemos acotarnos a un puro recuerdo de épicas pasadas.
La liberación ha de contruirse cada día, desde el trabajo honesto, con los perpetuos hambrientos de justicia y sedientos de fraternidad. La Patria se llama papá, se llama mamá, florece en los hijos, es madre y esposa, Patria que es amigos, abuelos venidos de lejos, pueblos de raíz milenaria, rostros morenos -a menudo sin nombre-, corazones y afectos en urdimbre santa de paz.

María Itatí nos congrega entre sus manos pequeñas, silencio fecundo, vida orante que se crece en el servicio, Madre que vuelve a celebrar con nosotros que no estamos solos y que todo está por hacerse, y que aún hay una Palabra por escucharse.


Paz y Bien


Fidelidad, a pesar de todos los rechazos












14º Domingo durante el año

Para el día de hoy (08/07/18):  

Evangelio según San Marcos 6, 1-6a










Jesús había nacido en Belén de Judea pero se había criado y había crecido en Nazareth. De allí que se lo reconociera más por el lugar en donde estaban sus raíces -Jesús de Nazareth- que por el patronímico usual que solía utilizarse en su cultura, y que sería Jesús bar José, Jesús hijo de José. Quizás se deba a que en parte, somos lo que somos por donde se hallan nuestras raíces antes que por el lugar en donde se ha nacido, raíces familiares, raíces cordiales.

Él se largó a los caminos, fiel a su misión, en la plenitud de su ministerio de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos, a todas las gentes, comenzando por Israel. Su fama de rabbí sanador se expandía y trascendía las fronteras, de modo que en cada lugar donde llegaba lo esperaba una multitud ansiosa de salud y hambrienta de verdad y justicia.

Pero en esa ocasión Él había regresado a su querencia, a su patria chica acompañado de sus discípulos. Ya no es el mismo, claro que nó, es Maestro, es profeta, es un Dios que se expresa y revela entre los suyos.
Sin embargo, los suyos no le reciben, y cuando ejerce su derecho a enseñar en el culto sabatino en la sinagoga, se miran estupefactos. No puede ser. Ellos lo conocen bien: es el hijo del carpintero y María, pariente de unos cuantos -el clan tiene su duro peso-, lo han visto jugar de niño, crecer a la sombra de su padre en el trabajo, hacerse hombre.
De ningún modo existe la posibilidad de que Él hable con esa sabiduría nueva y extraña -quién se cree que es-, no hay forma de que por derecha pueda hacer las cosas que hace. Sigue hablando con la misma tonada galilea, campesina y sencilla, sigue siendo un hombre pobre que se ha negado a construir una familia como es costumbre, es el mismo de siempre, que no pretenda hacerse el portavoz de Dios.

En realidad, lo que sucede es mucho más profundo que un simple y tóxico prejuicio por parte de esas gentes.
Se trata de que Cristo les revela un Dios cercano, un Dios tan accesible que se hace presente en medio de ellos, un Dios que se hace ofrenda, un Dios incondicional en su amor y sus afectos -aún cuando se esfuercen en los méritos-, un Dios profundamente escondido en lo humano.
Pero ellos siguen aferrados a esa imagen de un Dios distante, terrible y a la vez inaccesible, al que a la vez puede torcerse su favor mediante la observancia estricta de los preceptos. En esas estrategias retributivas, la misericordia no tiene lugar.

Sólo por el camino de la fé -don y misterio- es posible volver a reencontrarnos con ese Dios que siempre está de regreso, amigo y pariente fiel que nos visita en nuestra cotidianeidad. Y que tan a menudo se expresa por profetas de barrio y profetisas sencillas y humildes que la Iglesia nos florece, y que la misma Iglesia tristemente suele acallar.

Quiera Dios que nos podamos felizmente reencontrar con ese Dios carpintero que nos talle el corazón como mesa grande para los hermanos, cuna para nuestros hijos, cruz de la vida que se ofrece.

Paz y Bien

El vino nuevo de Cristo, celebración del milagro de la vida















Para el día de hoy (07/07/18) 

Evangelio según San Mateo 9, 14-17







En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth coexistían, en simultáneo, distintas concepciones de convivencia y cosmovisión religiosa; podemos, entre ellas, mencionar a los fariseos, los publicanos, los esenios, los saduceos, los discípulos del Bautista, la incipiente comunidad cristiana de los seguidores del Maestro.

Dos de estos grupos tenían rasgos muy específicos. Por un lado, los fariseos -profundamente piadosos- observaban con extrema minuciosidad lo preceptuado en la ley de Moisés, evitando laxitudes religiosas, y suponiéndose receptores perfectos de todas las bendiciones por la acumulación de esos méritos de piedad y observancia. No estaban exentos tampoco de una lectura lineal y literal de las Escrituras, y por ello mismo devenían en un fundamentalismo extremo que no admitía a otros que no fueran pares, tales como ellos: esta comunidad es muy reducida, tal como su mismo nombre lo sugiere -fariseo implica separado-.

Por otro lado, los discípulos de Juan el Bautista predicaban un bautismo de conversión y una vida de penitencia, con el fin de acelerar los tiempos mesiánicos, de que la llegada del Mesías aconteciera cuanto antes.

Por eso mismo, el surgimiento humilde de la primera comunidad cristiana los confunde, los desestabiliza y los escandaliza. Porque en esa comunidad creciente no hay adhesiones voluntarias, sino que sus miembros se descubren felizmente llamados a ser hermanos. No cuentan tanto los méritos ni se buscan recompensas, pues sin merecimientos se les ha regalado a pura bondad Salvación y eternidad. No esperan que lo que hagan decida advenimiento alguno, pues saben que el Maestro siempre estará con ellos, que la Gracia los sostendrá, que el Espíritu encenderá sus vidas apagadas para que el Reino suceda y la Iglesia se edifique.

Ellos se han descubierto hijos y, por lo tanto, hermanos. En la comunidad cristiana se ha de beber el vino nuevo de la caridad, vino de fiesta, vino nuevo para vidas nuevas que celebran el milagro de la existencia.

Paz y Bien

La crítica y la persecución, signos de la fidelidad de la Iglesia














Para el día de hoy (06/07/18):  

 
Evangelio según San Mateo 9, 9-13







No era gentes muy apreciadas los llamados publicanos. Más bien, todo lo contrario: eran subcontratados entre los paisanos de los países vasallos de Roma por los recaudadores oficiales de impuestos, los gravosos tributos que debían pagarse a la potencia ocupante, por lo general a costa de la miseria de los más pobres. Estos publicanos, a menudo, aprovechaban su posición para prácticas extorsivas y corruptas, de modo tal que en sus funciones solían amasar pingües fortunas personales. Por ello, por su sumisión a los opresores de Israel, por su contacto con los paganos y por su inclemencia para con los suyos eran profusamente odiados, a tal punto de ser considerados impuros de toda impureza, en la misma categoría moral pecadora de las prostitutas. Nadie quería juntarse con ellos.

Sin embargo, este Cristo que pasa junto a este publicano Mateo, inesperada y asombrosamente lo invita a seguirlo. Tal es lo que el encuentro suscita, que Mateo deja atrás su mesa recaudatoria, sus prácticas corruptas y opresivas, el que dirán, y su pasado. Ese rabbí galileo le ha abierto la puerta a una vida nueva, re-creada. Y como si eso no bastara, el Maestro comparte la mesa con varios otros publicanos más.

A diferencia de los otros Evangelios sinópticos, en donde se lo menta como Leví, en la Palabra para el día de hoy al publicano se lo reconoce por su nombre Mateo, y no es una expresión casual ni coyuntural: literalmente, Mateo significa don o regalo de Dios, y el nombre es signo y símbolo.
El publicano, el perdido, el extraviado, es el don de Dios para que la comunidad -cuerpo vivo de Cristo- se transforme en señal de auxilio y salvación para toda la humanidad, comenzando con los perdidos, los desechados, los que nadie quiere, con luz de compasión y misericordia.

Es claro que de un modo casi automático, los fariseos expresan su repudio y desconcierto, aún cuando lo hagan con buenos modos. Para estas almas severas y puntillosas, que se erigen en jueces exactos de sus hermanos, no hay un Cristo posible que se encuadre en sus parámetros.

Por eso, cada vez que la Iglesia florezca en compasión y se crezca en misericordia y servicio, es dable y razonable que arrecien tormentas de críticas en variadas formas.

Benditos sean esos momentos, signos ciertos de la fidelidad a la Buena Noticia, moleste a quien le moleste.

Paz y Bien

Ponerse al hermano caído al hombro, sin condescendencia, a puro servicio












Para el día de hoy (05/07/18):  

Evangelio según San Mateo 9, 1-8









El relato de la sanación del paralítico lo podemos encontrar en los tres Evangelios sinópticos; especialmente en Marcos y Lucas hay una abundancia de detalles -recordemos que se menciona cuando descuelgan al enfermo a través de un boquete que abren en el techo- mientras que en Mateo la descripción es mucho más concisa, casi austera.
Mateo parece dejar de lado esos detalles de varios colores para que la mirada del oyente/lector se enfoque en el maestro y en Su Palabra.

Cristo ha manifestado su soberanía, su poder -exousía- en la predicación de la Buena Noticia, quizás con mayor relevancia en el Sermón del Monte, y su señorío sobre los elementos y las fuerzas de la naturaleza. Ahora ha llegado el momento de revelar su autoridad sobre aquello que oprime y demuele el corazón del hombre, el pecado, cuyas consecuencias afectan inclusive a la constitución física, corporal.
Así expresará el amor liberador, la misericordia de Dios que redime, restaura y levanta al caído, pues no ha venido en tren de juicio sino en santa misión de rescate de los perdidos. Esa misericordia del Padre se hará explícita perdonando.

El paralítico no es solamente un hombre incapacitado de moverse. Su postración también es simbólica, un cuerpo agobiado por la enfermedad, un corazón doblegado por las miserias y la esperanza en retroceso por cierta mentalidad que induce a la resignación, a aceptar las patologías como insigne castigo de un Dios juez y verdugo severo, a cuenta de los pecados propios o de los padres. Su mundo se reduce a la estrechísima superficie de la camilla inmóvil, como a tantos de los nuestros se le ha acotado el horizonte a un presente sin destino, obscuro y agobiante.

Cuando eso acontece, es menester estar atentos.

A veces hay que ponerse al hermano postrado al hombro, y conducirlo humildemente de regreso al ámbito amplio de la mesa grande, de la serena alegría, de estas pequeñísimas existencias que somos y que compartimos en el nombre de Cristo.

Ponerse el hermano al hombro sin aspavientos ni condescendencia, en afanes de esperanzas recuperadas, de tiempos mejores, de sal y de luz, de Cristo vivo, amigo, hermano y Señor. Cuando el hermano se apaga, el pequeño rescoldo de la salvación se mantiene encendido por la caridad aunada de la Iglesia, brasa grata y fraterna que nos despeja los fríos de la muerte.

Es claro que los razonadores de siempre pondrán las objeciones del caso, como si para hacer el bien hubiera que andar pidiendo permisos y autorizaciones.
Sin embargo, en una revelación de asombrosa confianza, así como el Padre ha dado la autoridad del perdón al Hijo, éste la ha concedido a su Iglesia. El perdón de los pecados, vendar los corazones, sanar la totalidad de la persona humana, salud y salvación, alegría para el pueblo que cree, espera y confía.

Paz y Bien

En presencia del Señor, el mal férreamente establecido se trastoca y espanta
















Para el día de hoy (04/07/18):
 
Evangelio según San Mateo 8, 28-34








Hoy la Palabra nos sitúa en la Decápolis en la ciudad de Gadara, al sudeste del mar de Galilea.
Hay una geografía a la cual debemos prestarle atención, plena de los signos y símbolos que nos brindan los Evangelistas en estos detalles.

Es una región harto sospechosa de heterodoxia, teñida de cultura griega y cultos seguramente paganos: es de inferir que el manto de rechazo que se cierne sobre la zona presupone la imposibilidad de que Jesús de Nazareth realice allí milagro alguno.
No es algo demasiado distinto a nuestras condiciones de fé supuesta -como si la caridad y la mejor de las Noticias se acotara a algunos buenos y puros-.

La acción, los gestos y las Palabras del Maestro son mansamente revolucionarias y desafían cualquier condicionamiento previo, despertándonos del sopor de exclusiones varias.
Porque en todas partes agobia el dolor: el cementerio que significa la muerte, los cerdos -animales impuros para la cultura judía- que simbolizan las opacidades e impurezas que nos impiden aceptar el abrazo de Dios, el mar significante del caos y el alma en desorden.

Sin embargo, basta la presencia del Señor para que todo el mal férreamente establecido se trastoque y espante. No importa el lugar, no cuenta la intensidad, no hay resignación posible, y es mandato para todas las hijas e hijos de Dios anunciar con hechos concretos -a menudo en silencio- vida y liberación para todos, sin exclusiones ni condiciones previas.

Paz y Bien

Nos reencontraremos con Dios en los hermanos que sufren












Santo Tomás, Apóstol

Para el día de hoy (03/07/18):

Evangelio según San Juan 20, 24-29






Fácil y razonable es la lectura que supone solamente la incredulidad de Tomás, y su empecinamiento en ver y tocar él mismo a su Maestro resucitado, aún cuando el resto de sus compañeros le insistieran en contrario.

Mas, podemos atrevernos a navegar en otros niveles de profundidad que en nada contradicen este postulado inicial. La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Vida que nos expande siempre el horizonte escaso de nuestras mínimas existencias.

Por ello mismo, podemos ubicarnos en esos ocho días de increíble testarudez.
Los otros diez discípulos -pueblo nuevo en ciernes, comunidad fundada desde la vida recobrada- estaban jubilosos porque Jesús vuelto a la vida y presente entre ellos les había devuelto la esperanza, y es símbolo de esa gente recreada que llamamos Iglesia.
Tomás no ha sido partícipe de esa alegría inconmensurable que significa vida victoriosa, muerte que no tiene la última palabra, el fin de todo temor, el destierro del no se puede. Se obstina en sus trece, a pesar del testimonio de lo que le relatan los otros, que han vivenciado en plenitud la increíble resurrección de Jesús y están movilizados por el Espíritu.

Tomás permanece en parámetros antiguos y lógicos, esos mismos que entienden la muerte como final, a un Mesías gloriosamente vencedor de sus enemigos y no a este Cristo derrotado en la cruz, y se encierra en su resignación.
Por otra parte, la escena conmueve: ocho días firme en su ceguera, a pesar de la insistencia de los otros.

Aún así, aún cuando Tomás bordea el orgullo, sucede lo impensado quizás como signo de los nuevos tiempos de la Gracia asombrosa y magnífica.
Se aparece ante ellos, y a Tomás especialmente, Jesús de Nazareth el Resucitado.

Sus manos tienen las marcas de los clavos romanos, su costado muestra la crueldad torpe de la lanza del soldado. Las marcas de la Pasión no se esconden, tal vez para recordarnos que el Resucitado es el Crucificado, y que la Resurrección sucede porque antes aconteció el amor mayor de la Cruz.

Sólo entonces Tomás lo reconoce, y es el Maestro, y es el Señor y es su Dios.

Nosotros tenemos ese reconocimiento pendiente.

Y es que Cristo está vivo y presente en las llagas y en las heridas de nuestros hermanos lastimados, de nuestros heridos, de nuestros crucificados.

Cuando nos arrecie la incertidumbre y nos acosen las dudas, nos reencontraremos con nuestro Dios en ese Jesús cuyo rostro resplandece especialmente en los que sufren.

Paz y Bien

El seguimiento de Cristo no es para simpatizantes o cristianos de medio tiempo














Para el día de hoy (02/07/18) 

Evangelio según San Mateo 8, 18-22







A Jesús no le gustaban demasiado las multitudes fervorosas o eufóricas. Lo masivo no necesariamente es popular y suele despersonalizar a las gentes, por más que tan a menudo gustemos de afirmarnos en la aparente fuerza de los números y la masividad; sin embargo, lo que cuenta es lo que habita en los corazones, y un corazón transparente, humildemente firme en Dios, puede lo que no pueden ejércitos ni poderes.

Hay que atreverse a sumergirse en las profundidades de ese mar sin orillas del Evangelio, con el coraje necesario para ir más allá de la literalidad, infinito universo de los corazones que se entreve desde los signos y los símbolos.

Así entonces, a Cristo no se lo puede encerrar en moldes prefabricados ni pretender -absurdamente- apropiárselo por la fuerza de la cantidad o la pertenencia. Este Cristo siempre se nos cruza a las otras orillas, tierra sin mal de la libertad, de la Salvación.

Pero el seguimiento de Cristo no es para simpatizantes, adherentes o piadosos cristianos de medio tiempo.

El seguimiento de Cristo implica imitar en la propia existencia toda su vida, vivir como Él vivía, amar como Él amaba, ser fiel hasta el extremo de morir por esa tenacidad, no reservarse nada para sí, no buscar excusas ni atenuantes. La radicalidad del Reino es una vida nueva, de contundencia definitiva.
Es también desprenderse de todo lo que se hace lastre, lo que ata, lo que detiene, que el pasado sea en verdad historia para que pueda ser fértil el presente y germine el futuro, para que lo que es viejo, lo que perece no condicione ni imponga determinaciones.

Para que acontezca la Salvación a partir de nuestro testimonio, no por nuestros méritos, sino porque es Cristo quien vive en nosotros.

Paz y Bien


Bendito sea Dios que nos incomoda y nos desestabiliza


















Domingo 13º durante el año

Para el día de hoy (01/07/18):  



Evangelio según San Marcos 5, 21-24. 35b-43








Se trata de dos mujeres.

Una que recién asoma a la vida, y que sin embargo es dada por muerta, parece que la vida se le ha apagado, es una joven flor trunca de doce años. Para todos ya sólo le queda el rótulo lóbrego de la vida que se fué. Pero para el Maestro sólo duerme.

La otra, en similitud numérica, lleva doce años con hemorragias -¿metrorragias? ¿alguna displasia ginecológica?- por las que la vida se le vá yendo sin detenerse. Es una mujer que es mejor evitar, pues todo el que se le acerque se volverá tan impuro como ella misma. Esa mujer está condenada por esas ideas a la soledad agravada por la dolencia que le impide ser una mujer plena en su cuerpo y su feminidad, excluida de suyo del amor matrimonial, del engendrar hijos, demolida por todas las vergüenzas que le endilgan.

La niña es hija de un hombre poderoso, Jairo, jefe religioso de muy buena posición; seguramente por su edad, ya se planea un casamiento arreglado sin sus afectos y sin su opinión. Aún con todo su poder, Jairo nada puede hacer, sólo le queda el rescoldo inapagable de la fé y la orientará a ese rabbí galileo que tanto bien dicen que brinda.

La otra mujer, con todo y a pesar de todo no se resigna, y clandestina -pues las precondiciones la excluyen de todo- se acerca al Maestro con una fé conmovedora, sabedora de que si puede llegar siquiera a su periferia encontrará salud y liberación.

Las dos serán sanadas y puestas en pié a pura fuerza de bondad.
La niña, merced a la fé de Jairo. La hemorroísa, por la confianza sin desmayos. Ambas, por un Cristo que las reconoce como hermanas e hijas.

Hemos aplastado en nuestras costumbres todo indicio del valor eterno de la feminidad. Porque Dios es Padre y Madre, y fantásticamente se aleja de nuestros torpes moldes masculinos.
En aras de vaya a saberse qué cuestiones disciplinarias, dejamos que la mujer se apague y se duerma poco a poco, en trance casi de muerte. Y, es claro que hay un principio de acción y reacción, y tantos siglos de supresión también han dado origen a nuevos ghettos, esa ideología de género que es un triste remedo de reivindicación de derechos, pero sólo es una discriminación maquillada de positivismo.

Bendito sea Dios que nos incomoda y nos desestabiliza. Porque el Evangelio tiene clave de mujer, desde la misma María de Nazareth y desde el corazón sagrado de Jesús.
 
Quiera Dios que nuestras mujeres se pongan en pié, que dejen de abandonar, por tantos destratos crueles,  una dignidad que el Dios de la Vida ha sembrado en todos los corazones por igual. Y que todos estemos allí, con valor, con coraje, con la mano tendida para que se levanten plenas, íntegras, felices.

Paz y Bien

Volver a fiarnos de Cristo todos los días, cada día, cada momento













Para el día de hoy (30/06/18):  


Evangelio según San Mateo 8, 5-17








Con toda probabilidad, el centurión que se acerca al Maestro era romano; en aquél tiempo había un despliegue militar variopinto en Tierra Santa. Los romanos, como fuerza ocupante imperial, que por lo general se estacionaban en Cesarea junto al procurador Pilatos, el que se desplazaba a Jerusalem para las fiestas. Los mercenarios de Herodes, tetrarca de Galilea, hombres de armas que guardaban las fronteras y garantizaban el orden y los cobros de tributos, cuando no era utilizados como fuerzas represivas. Las tropas auxiliares de los romanos. La policía religiosa, dependiente del Sanedrín.
Señalábamos que el centurión era romano, y ello se desprende de la propia descripción del Evangelista: sólo los militares romanos se encuadraban de esa manera, y no así las fuerzas del tetrarca.

Entre todos ellos, los hombres de Herodes y las fuerzas romanas eran por entero extranjeros, y como tales, paganos; para la rígida mentalidad imperante, un pagano es un impuro mayor con el cual no hay que tener contacto. Pero para el pueblo judío, al romano se lo odiaba profundamente, pues la sumisión al Emperador implicaba desertar de la libertad que su Dios les había concedido: era peligrosísimo rebelarse contra las fuerzas romanas, y debido a ello ese odio y ese rencor se mantenía como un virulento caudal subterráneo, presente y silencioso. Además, el procurador era antisemita de un modo manifiesto, y no perdía oportunidad de ofender a las gentes de la provincia que dominaba.

Por esas cuestiones se comprende la postura del centurión romano. Se sabe ajeno a todo el universo judío, y conoce el rechazo visceral que su presencia induce. Pero la enfermedad de un criado suyo -muy cercano a sus afectos, dado que no es un simple empleado o un esclavo- le hace acercarse a ese rabbí galileo del que todos hablan, buscando acaso lo que su mundo de poder y órdenes no le puede procurar.
Hay en ese oficial romano un gran respeto y una actitud deferente para con Jesús, y sabe ubicarse, pues entre el Maestro y él mismo ha descubierto un abismo.
La humildad es la verdad de la existencia, y ese centurión es plenamente veraz. Se reconoce indigno de que el Señor vaya a su casa, pero Cristo ya ha llegado a su otro hogar, las honduras de su corazón, y es precisamente allí -donde todo se decide y resuelve- donde confía, se fía de la eficacia de la Palabra del Maestro.
Esa fé y esa humildad procuran, en santa mixtura con el amor de Dios, que acontezcan dos milagros: la sanación del sirviente y un alma agobiada que se restituye en toda su estatura al descubrirse amado por Dios con todo y a pesar de todo.

La fé del centurión preanuncia la fé de los gentiles, la fé que crecerá como el grano de mostaza a partir de la predicación y la escucha atenta de la Palabra, y nosotros hemos de regresar a esos rumbos humildes de confianza. Volver a fiarnos de Cristo todos los días, cada día, cada momento.
Él todo lo puede.

Paz y Bien


La Salvación comienza aquí y ahora













Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Para el día de hoy (29/06/18):  


Evangelio según San Mateo 16, 13-19







Estamos en Cesarea de Filipo, la antigua Panias erigida por el culto a dioses extraños y ahora reconstruida y ampliada por Felipe / Filipos, tetrarca de Idumea -el otro hijo de Herodes el Grande- en honor del emperador romano, el mismo César que garantizaba su título vasallo y su poder. Estamos en una región en donde la fé de Israel a duras penas se la encuentra pura, y es una zona sospechosa, teñida de heterodoxia religiosa, social y cultural en donde con espuria devoción se hincan rodillas frente al opresor para que todo siga igual, para que nada cambie.
No es entonces casual que allí, donde nada nuevo pueda esperarse, suceda una de las afirmaciones de fé más contundentes de todos los tiempos, y no es casual que precisamente allí el Maestro revele la misión de Pedro y de toda la comunidad naciente, a la que por vez primera llama Iglesia. Aunque suene algo extraño, hay una geografía de la Salvación que excede el diseño de mapas, y es el dibujo asombroso que en silencio el Dios de la Vida traza por todas partes y en toda la historia humana. Es signo amoroso de una Salvación que se ofrece a todos y se expande especialmente desde los márgenes y desde esos lugares sospechosos en donde nada se espera.

Si nos detenemos en la escena y en las personas que la componen, encontraremos a un grupo mayormente integrado por galileos. Un rabbí caminante que durante años ha sido artesano en la Nazareth de sus padres. Varios pescadores del Mar de Galilea. Algún publicano, algún estudioso menor de la Torah, casi todos ellos personajes irrelevantes pues no son de sangre real, no tienen ninguna influencia política, son hombres pobres. Y para colmo de males, van con ellos también -aunque poco se las mencione- varias mujeres, las que serán más fieles y permanecerán enteras ellas en los bravos momentos de la Pasión.

Simón era sólo un pescador de Cafarnaúm; conocemos a su hermano Andrés, sabemos que tenía esposa, suegra -muy probablemente hijos-, y un carácter fuerte, a menudo arrebatado y hasta violento. Fué rápido también a la hora de renegar de ese Maestro que estaba preso y a punto de ser ejecutado en la noche más oscura. Varias veces se atrevió a regañar a Jesús porque éste no encajaba de ninguna manera en sus esquemas preestablecidos. Con todo y a pesar de todo, él no vacila al afirmar -con una luz que no le es propia y que lo desborda- que ese Jesús de Nazareth es el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Esa afirmación es vital y estremece en su contundencia, y reafirma que la fé que nos sustenta está mucho más allá de la mera especulación: la fé es una aseveración positiva de toda la existencia, hasta los huesos se conmueven. Y cuando la fé se expande en los corazones, también la cotidianeidad se transforma y adquiere nuevo sentido: desde esa fé que se enciende en Simón, el Maestro le descubre la misión que tendrá él, y por él todos los que lo sigamos en la huella de la Buena Noticia.

Simón bar Jonás ya no será el mismo y hasta el nombre se le cambia, señal de una vida nueva, de una identidad recreada. Simón será en adelante Pedro porque será fundamento para sus hermanos, piedra en donde se edificará la comunidad siempre creciente que es la asamblea fraterna de los fieles, familia grande de mujeres y varones que es la Iglesia.

Pedro tiene en sus manos callosas de trabajador un poder, un gran poder que no se identifica con dominios y coronas, con fastos y rótulos. Antes bien, el poder de Pedro es el servicio, ese servicio que no busca nada para sí sino para sus hermanas y hermanos, Pedro tiene por misión edificar puentes que reunan de nuevo a los dispersos -de allí mismo y literalmente pontífice-, puentes de paz y mansedumbre, puentes de justicia y liberación, puentes en los que tienen prioridad de paso los pobres y los pequeños.

Con él, la misión se extiende a toda la Iglesia: desde ese servicio humilde y generoso, es misión de Cristo el esfuerzo por procurar nuevos nudos buenos que entrelacen a las gentes entre sí, que re-liguen a los que están separados por raza, por religión, por la guerra, por la cultura. Son los nudos de la red de la fraternidad, esa misma red que hace que los pequeños peces permanezcan con vida.
Porque, a no equivocarse, la Salvación no es un hecho postrero sino que comienza en el aquí y ahora, la eternidad entretejida en lo cotidiano, la Encarnación, Dios con nosotros.

Eso que llamamos cielo es de Dios. Pero las llaves de sus puertas están en manos de Pedro, porque cada día se conjuga el hoy de la Redención.

Paz y Bien

Casa firme, la vida que se fundamenta en Cristo
















Para el día de hoy (28/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 21-29







Jesús de Nazareth enseñaba y revelaba las cosas de Dios a partir de circunstancias del acontecer diario. Es una capacidad que quizás hemos dejado en el olvido, el dialogar con la mujer y el hombre de hoy desde las cosas que saben y conocen, y que los oyentes y discípulos del Maestro recibían con alegría y gratitud.
Pero allí hay un significado mucho más profundo, y es que el Dios de Jesús de Nazareth se deja encontrar en el hoy, en el día a día, aquí y ahora.

Esas gentes entendían bien lo que el Maestro les planteaba: en la Palestina del siglo I las casas se edificaban con algunos adobes, barro, piedras -abundantes en la zona-, techos de paja y tal vez mezclas de arcilla y arena como fulminante para pegar ladrillos y bloques. Los cimientos hechos con rocas probablemente podrían encontrarse en las casas de las familias pudientes pues contrataban a maestros constructores; más no eran infrecuentes entre los pobres, por la abundancia de rocas. La diferentes rocas por cimiento brindaban una estabilidad incoercible, fundamento sin vacilaciones potenciales a pesar de todo el devenir del tiempo.

Pero también en la memoria de ese pueblo refulgía la imagen de su Dios como roca firme de la vida.

La casa existencia permanece firme y consistente cuando se afirma en Cristo, roca fiel de nuestra Salvación que encontramos por la fé en la Palabra y en los sacramentos, signos sensibles y eficaces de la Gracia.
Más aún, la firmeza de la vida no se define por replicar con exactitud preceptos y normas, sino antes bien  compartir en todo la vida de Jesús de Nazareth.

Ello trae frutos, y por esos frutos -humildes y silenciosos- esta casa amplía su capacidad de albergar al hermano en los ámbitos del corazón.

Paz y Bien

Entre lobos y ovejas, volver a la mirada transparente del Evangelio













Para el día de hoy (27/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 15-20


 









Hay enseñanzas del Maestro que superan las especulaciones ad intra, es decir, el ámbito de la comunidad cristiana. Más aún, las enseñanzas de Jesús de Nazareth tienen una universalidad tal que quizás los criterios de la comunidad cristiana son sólo otro aspecto y no el primordial. El mensaje de Cristo se dirige a todos los hombres de todos los tiempos.

Es por ello que la lectura de este día nos ofrece criterios de discernimiento, aprender a mirar y ver desde la perspectiva de la Buena Noticia. Es claro que se trata de mucho más que un simple tamiz, o unas gafas a través de las cuales se filtra el acontecer diario: encarnar la mirada de Cristo supone, ante todo, convertirse, escuchar la Palabra y ponerla en práctica, tener a Dios por bien supremo. Desde allí todo se mira y vé de otra manera.

Lobos por ovejas siempre hubo, en cada etapa de la historia, aunque quizás en los últimos tiempos adquirieron cierta pátina peligrosamente falaz y seductora de aquellos que gustan consumir slogans y que ceden a otros su mandato de ser sal de la tierra y luz del mundo.
En nombre de la pura praxis se suele dejar la humanidad a un lado. En reverencia a falsos dioses -mercado, poder, ideología- se justifica pobreza y se razona miseria. Enarbolando pretensas banderas morales, se resigna toda perspectiva de compasión, ética sin bondad ni corazón, agresivo escepticismo con pátina de progreso.
Aunque la vara siempre debería ser la misma: la actitud de servicio, el respeto a los pobres, la integración de los abandonados a su suerte en todas las banquinas de la existencia, impuestas a puro dolor.

En la comunidad cristiana no hay demasiada diferencia, sólo una variable de perfumes. Los pastores auténticos tienen olor a oveja por involucrarse con su grey hasta los huesos, por dar la vida cotidiana y humildemente por ellos, por ocuparse y preocuparse por lo importante, la salvación de las almas antes que el poder y las instituciones.

Volver a lo sencillo, a la mirada transparente del Evangelio es el llamado de este día.

Paz y Bien

Encontrar a Dios en el rostro del hermano













Para el día de hoy (26/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 6. 12-14








La llamada Regla de Oro es un principio de convivencia fundamental a muchos pueblos y a casi todas las religiones. Tiene que ver con la reciprocidad, con el con-vivir, y que cuando nos adentramos en las raíces de la humanidad, los principios éticos no son diferentes entre sí.
Jesús de Nazareth realiza un planteo similar, y tácitamente se revela que la fé cristiana se encontrará siempre profundamente enraizada en la historia, en el acontecer del hombre, en las cosas y situaciones en donde se decide y resuelve la humanidad, fecundándolas de trascendencia y eternidad. Pero el modo es algo distinto: la fórmula habitual de la Regla de Oro es no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan.
Para el Maestro, no sólo debe ser de carácter positivo sino propositivo, y es un trampolín hacia el infinito que no puede ser limitado por circunstancias históricas ni por cotas morales o sociales.

Pero hay más, siempre hay más.

En el horizonte de la Gracia, no hay demasiado espacio para el vive y deja morir. Requiere esfuerzo y decisión, contra toda estructura, tendencia y pronóstico, pues se trata de convivir y se trata de concordia.
Ponerse en el lugar del otro, el reconocimiento de la alteridad, del otro como tal, es la expresión del amor de Dios, que no vive para sí, sino que constantemente vive en y por los demás. El primer paso, por ello, está en reconocer al otro como tal: desde allí es menester realizar la Pascua hacia el prójimo, aprojimarse, aún cuando el otro sea el peor de los enemigos.

Ésa es la puerta estrecha. No hay que desperdiciar lo sagrado de la vida que es don y misterio, y por eso el culto primero es la compasión y la misericordia.

La puerta de la Salvación suele ser estrecha pues nos engrosamos fútilmente la figura con capa tras capa de egoísmo, que nos desdibuja nuestra realidad y nos impide reconocer al hermano, y por ello al mismo Dios.

Paz y Bien

Recuperar, como hijos fieles de la Gracia, una mirada evangélica de justicia













Para el día de hoy (25/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 1-5









Convivir es mucho más que un acontecer biológico o social. Convivir implica vivir con los demás, con los que me agradan y con los que no, con los que soy afín  y con los que mantengo distancia, con los que discrimino entre propios y ajenos.
Es un paso más allá de la simple reciprocidad, toda vez que se encuentra implícita una demoledora obviedad, que es el derecho a la existencia del otro a su modo, con sus características, sus particularidades, su identidad. Y más aún, en el plano de la Gracia significa reconocer que allí hay un hermano, tan hijo de Dios como el que más, como uno mismo.

Juzgar al otro es tomar para sí atribuciones que no se tienen, que son propias de Dios, de un Dios es es misericordia. Juzgar es someterse a la parte nimia -la paja en el ojo ajeno- y transpolarla injustamente a la totalidad de la persona, determinando la imposibilidad de cambio y quizás reconociendo, sin buscarlo, en el otro las propias vigas, vigas que en el fondo impiden reconocer al hermano como tal.
Allí se enraizan enconadamente los prejuicios, los  resentimientos, las discriminaciones. Pero quien queda desalojada es la justicia, porque no hay espacio para la Buena Noticia.

Es menester recuperar, como hijos fieles de la Gracia, una mirada evangélica.

Recuperar al otro en tanto que tal, saber mirarnos tal cual somos, con nuestras transparencias y nuestras opacidades, nuestras fidelidades y nuestros quebrantos. Purificarnos de esas ponzoñas tan aceptadas pero tan nocivas que envenenan toda convivencia y aplastan los brotes nuevos del Evangelio.

Paz y Bien

Nacimiento de San Juan Bautista: cada hijo es un milagro y una bendición












Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80








No hay calendarios ni tabulaciones para las cosas profundamente humanas. Cada persona es un universo único, y todo tiene un tiempo particular de crecimiento, de maduración, de paciente espera de frutos; cuando se plantean soluciones instantáneas o sanidades mágicas, es más que saludable desconfiar.

El anciano sacerdote Zacarías había enmudecido frente al anuncio del Ángel, que le comunicaba una noticia maravillosa, una bendición de Dios: a pesar de la avanzada edad de la esposa y la suya propia, serían -contra toda lógica- papás de un niño luminoso, señal de esperanza para su pueblo.

Isabel se oculta en su hogar varios meses; la joven María de Nazareth sale a los caminos con otro embarazo asombroso, sin esconderse. El tiempo propicio de Dios, kairós, parece que se decide con las mujeres y los niños.

Finalmente, llegó el tiempo del parto y por todo el contexto, se realza el simbolismo del término alumbramiento. Ese niño es una bendición y una alegría para sus padres que se contagia a sus parientes y vecinos.
Todo niño que nace debería ser motivo de serena celebración y gratitud: es importantísima la defensa de los no nacidos, tan importante como la protección de la vida que asoma, su crecimiento sano y en paz.

Esa alegría contagiosa se extiende a los vecinos y a la parentela. Con cierta picardía, quieren imponer sus criterios acerca del nombre que ese niño asombroso e inesperado debe llevar, quizás Zacarías como su padre.
Isabel los detiene: su nombre es Juan, que significa Dios es misericordia. En silente comunión, ella lo sabe por Zacarías, nombre que le ha revelado el Mensajero del Altísimo.

Por cierto, en el cordial ánimo de esas personas hay también una tácita valoración de lo antiguo, del aferrarse a lo conocido, a lo viejo. Además, un hijo no es una prolongación de sus padres, ni quien deba superar las frustraciones paternas. Un hijo es una bendita vida nueva que debe tener vuelo propio.

Nombrar a un hijo, ponerle el nombre que habrá de llevar es crucial, a pesar de las tendencias a adaptarse a modas y a banalidades. Un nombre revela carácter y denota misión vital. Por ello la decisión que se está por tomar allí es tan importante.
Zacarías lo reafirma, escribiéndolo en una tabla: su nombre es Juan. No habla, pero no ha perdido la Palabra.

El tiempo se había cumplido para Isabel pero también para Zacarías. Había madurado desde el silencio. El hijo que les ha llegado es un niño santo, un niño que asombra e interpela al pueblo, pues la mano de Dios está con él.

Niño santo que revela la misericordia de Dios en su gestación, en su nacimiento, en su nombre y en toda su vida. Niño santo que será profeta y precursor del Mesías. Niño que llamará a los fieles al regreso a los caminos de bondad y justicia.

Otro Niño, en poco tiempo, viene a convocarnos a la Salvación.

Paz y Bien

Vivir en Dios, vivir para Dios, vivir para el hermano, vivir plenos











Para el día de hoy (23/06/18):  

Evangelio según San Mateo 6, 24-34








No es demasiado difícil representarse la escena, la mirada del Maestro reposando sobre sus amigos, con una cercanía que es mucho más que física. Él está cerca de sus corazones y de los nuestros, Palabra de vida y Palabra viva, Dios que nos habla hoy. En este preciso momento nos está mirando a los ojos, y nos está despertando de todos los letargos.
Y hay una nueva certidumbre en sus palabras, una que no quedará a la deriva de los embates mundanos ni sometida a las limitaciones de la razón, ni esclava perentoria de los estados de ánimo.

Se trata de la certeza insuperable de sabernos hijos amados por Dios. Valiosísimos, aún con todos los deméritos que enarbolamos.
No es cuestión de alternativas, ni de dogmas, ni de promesas falsas de calmas pasajeras.
Es la raíz y la clave de todo destino que ha de edificarse, pues la vida no está inscrita de antemano ni debemos ser espectadores pasivos y resignados de las cosas que nos acontecen, buenas o malas. Más que artistas, somos barro fiel en manos del Alfarero.

Por todo ello el Maestro nos lleva de regreso al sueño de Dios, el Reino aquí y ahora que es la plenitud, la felicidad para toda la humanidad, la vida que se expande, la vida que es sagrada, humanidad asumida con amor entrañable por el Dios del universo, cada hombre y cada mujer templos santos de ese Dios.
Reconocernos hijos es volver a confiar en ese Dios que es Padre, que otorga y protege la vida -todas las vidas-, que ampara la creación que florece la alegría, que a pesar de todo sigue confiando en nosotros.

Así hay siempre de fondo una tenue y persistente melodía de regreso franco, de humanidad que se recupera a partir de esa sencillez que imita al corazón sagrado de Cristo, a la humildad eterna de la Madre, al amor entrañable del Padre.

No hay que desesperar. Es menester confiar en el valor infinito que tenemos a sus ojos. Y así, como hijos benditos, vivir en su libertad de no estar sometidos a las cosas, ni rendir culto al cruel y falso dios del Dinero.
Vivir en Dios, vivir para Dios, vivir para el hermano, vivir plenos.

Paz y Bien


Tesoros en el cielo












Para el día de hoy (22/06/18):  

Evangelio según San Mateo 6, 19-23










Jesús detestaba la pasión por las riquezas. Sabía bien que más temprano que tarde el alma se partía, y uno se volvía esclavo de un ídolo falso y cruel, y por ello sólo hay dos opciones taxativas: o Dios o el dinero. Sabía también que causante de desencuentros, de violencias y sobre todo, de injusticias, es la fiebre por el dinero, por las cosas.

La clave, quizás, pase por donde ponemos el alma, o mejor, hacia donde orientamos el corazón. Cuál es nuestro absoluto, nuestro valor mayor.
Porque no es aventurado afirmar que tras cualquier materialismo, de cualquier signo ideológico, se esconden sacrificios humanos. Ello debería causarnos el suficiente espanto para la reflexión y la conversión, pero aún así persistimos. Porque en el altar del dinero y las cosas, se sacrifica al prójimo.

Si el corazón está en las cosas, en lo que perece, no hay destino ni futuro. El pueblo a veces sabe afirmar con certeza que nada nos llevaremos, que al momento de la partida lo que se ha acumulado sin límites queda atrás.
Pero peor aún es denostar tácitamente la mano tendida que se nos ofrece de continuo, los brotes santos de la gracia. Porque lo único que en verdad permanece y no desaparece es el amor de Dios, Dios mismo entre nosotros y en nosotros.

Los tesoros en el cielo expresan vidas que tienen a Dios por horizonte y por realidad cotidiana, tesoros que se acrecientan en una asombrosa desproporción con lo que se ofrece a los demás de modo generoso, incondicional y fraterno, Cristos que se multiplican en los discípulos como rocío bondadoso del Evangelio.

Los tesoros en el cielo a menudo se forman a partir de humildes moneditas de compasión, de gestos corteses, de la escucha del hermano, de socorro, de honestidad, de transparencia, de gratitud y mansedumbre.

Paz y Bien

Padre Nuestro: la causa de Dios es la causa del hermano













Para el día de hoy (21/06/18) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15











Durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, la Iglesia primitiva solamente enseñaba la oración de Jesús de Nazareth a las mujeres y los hombres de fé madura y probada. Sólo rezaban el Padre Nuestro aquellos en los que la fé hubiera echado raíces firmes y brindado frutos buenos.

Lejos de cualquier arcano esotérico o iniciático, el Padre Nuestro era el distingo de la comunidad de los creyentes, de la comunidad misionera dispuesta al testimonio perenne, incluso si ello desembocaba en los horrores del martirio.
 
Descenso y ascenso.
 
Un Dios que se inclina hacia la humanidad, un Dios graciosamente miope que sólo puede distinguir hijas e hijos, un Dios que no se encierra en la lejanía, un Dios cercano, un Dios que se comunica, se hace Palabra, Verbo encarnado de nuestra salvación.
 
Y suben hacia su amorosa eternidad como ofrenda la respuesta de los hijos. Porque orar es adentrarse en el misterio infinito de Dios, a pura bondad suya, sin condiciones.
 
La causa de ese Dios es indisolublemente la causa de los hermanos, ambos brazos de la santa cruz.
 
El Maestro nos revela el misterio mayor, que Dios es tan cercano y dador de vida como un Padre, y más aún, como Abbá, Papá nuestro, por el que todos recibimos como rocío bendito el bautismo filial de ser sus hijos, y por ello hermanos entre nosotros, hermanos que suplicamos por un Reino que es puerto y destino de nuestro peregrinar, hambre feliz de nuestras almas, un Reino que acontece aquí y ahora y que es la plenitud para toda la creación. Porque la voluntad de Dios es la vida que prevalece, que no se acota al tiempo ni a la muerte, cielos abiertos iluminando estos arrabales a veces tan agostados.
 
Pan de la Vida es el cuerpo de Cristo ofrecido, pan del sustento en la mesa de los pobres es nuestra confianza en una justicia que es preciso edificar.
 
Perdón que descubrimos redentor, que libera prisiones autoimpuestas que nos alejan de Dios y del otro, perdón que cura, que sana, que salva, que vuelve a conciliar los corazones opuestos por todos los odios.
 
Y que la tentación del olvido se aleje de nosotros, la desmemoria de esa identidad única de las hijas y los hijos que quieren desertar de todo mal, para celebrar el ágape maravilloso de la vida compartida por Dios y en Dios.
 
Paz y Bien

El paso salvador de Cristo por nuestras existencias













Para el día de hoy (20/06/18):  

Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18







En los últimos años, merced a una desmesurada aplicación de recursos en los diversos canales de medios, hemos sido inmersos en el fango profundo y persistente de la pura exterioridad, la apariencia superficial en desmedro del ser y del hacer con sentido. Ello afecta las grandes decisiones políticas, las acciones de los gobiernos y naciones pero también nuestra cotidianeidad: en cierto modo, por el mismo carácter mediático, lo que debería ser medio, instrumento, ha devenido como fin en sí mismo. Lo que no se vé parece no existir.
Más aún, nuestro obrar a menudo está regido por lo que mostramos, por el qué dirán, en un enfermo afán de buscar la aprobación y el reconocimiento de los otros en cada acción.

A veces es necesario bordear cierta ingenuidad y volver a preguntarse cómo actuaríamos sin que nadie nos observe. Regresar a la autenticidad de los gestos, a hacer las cosas porque es lo que corresponde hacer sin buscar el aplauso, sólo esa humilde satisfacción de cumplir, de batallar con hidalguía contra el ego. La bondad como actitud corriente y normal por pertenencia familiar, actuando como el Padre.

Los fariseos eran hombres extremadamente piadosos; en todo lo que hacían y declamaban creían honrar a su Dios. El problema estribaba en que se quedaban en la superficie, sin ahondar, sin buscar sentido más allá de sí mismos. El mismo celo religioso que exhibían lo ejercían en procurar prestigio y reconocimiento horizontal, y de esa manera cercenaban su encuentro con Dios y con el hermano. La hipocresía -literalmente, el uso de máscaras- es una elusión de la verdad que sólo conduce al propio ego, amo y señor de todo.

El Maestro nos llama a abandonar esas cuestiones, y a regresar a Dios y al prójimo, y por eso la lectura que hoy nos ofrece la liturgia del día es la que identifica al Miércoles de Cenizas, comienzo de la Cuaresma. Practicar la limosna sin figuraciones, ejercer la justicia desde la fraternidad y la vida compartidas en donde no hay lugar para la condescendencia que ofende, sólo el servicio que enaltece, que cede el paso al otro, la mesa que se agranda por el ayuno, un ayuno que nos ayuda a dominar las pasiones, que se hace ofrenda desde lo quebradizos que somos, la oración que nos pone en la sintonía eterna del Padre.

Ser y hacer lo que no se anuncia porque se ha experimentado el amor de Dios, su paso salvador por la existencia, y ello no se esconde ni se guarda, es el tesoro que se comparte con serena alegría para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

La misericordia es la nueva aurora de los pueblos












Para el día de hoy (19/02/18): 

Evangelio según San Mateo 5, 43-48









El Maestro continúa reflexionando y enseñando acerca de la Ley, y tanto en ésta como en otras oportunidades lo medular es tener presente que no ha venido a reemplazarla ni a brindar una casuística distinta, sino a darle pleno cumplimiento, desde la mirada de Aquél que le confiere sentido y trascendencia.

Hoy, el centro de atención es el amor al prójimo, el corazón de la Ley.
El amor al prójimo no era desconocido en las normas y en la memoria de Israel: por el contrario, desde el libro del Levítico -Lv 19,18- se especifica sin ambages que se debe amar al prójimo como a sí mismo por mandato del Dios de Israel, desandando venganzas y rencores, pero el mismo precepto instauraba esa reciprocidad concerniendo a los hijos del mismo pueblo, es decir, a los paisanos, a los connacionales, a los judíos. Los gentiles, los extranjeros no están incluidos.

Con el tiempo, quizás en gran parte por las terribles guerras e invasiones a la que la nación judía se vió sometida, y en parte también a un férreo y ciego nacionalismo, se añadió el odio hacia los enemigos, la venganza contra los opresores.

Pero ahora se trata de un tiempo nuevo, de Dios con nosotros, Dios encarnado en Jesucristo, tierra prometida de la Gracia. Un Dios que en Cristo revela a todas las naciones su asombroso rostro de Padre sempiterno y universal.

Por ello el amor al prójimo que expresa el Maestro no puede tener limitación alguna, ni restricción de ninguna clase. Todos somos hijas e hijos del mismo Padre, y así entonces el amor al prójimo -desertando de violencias y odios- ha de extenderse a todo ser humano. Más aún, a toda la creación, sin esperar devolución o eco favorable.
La mención a los publicanos es clara: éstos eran un grupo tan cerrado por el desprecio profesado por el resto de la población, que la posibilidad del amor se acotaba a los pares, a los iguales.

No es tarea sencilla, claro está, máxime cuando el sujeto destinatario puede ser un enemigo brutal y feroz, o simplemente alguien que nos desea el mal o la miseria. Pero así como no hay imposibles para Dios, no hay imposibles, si tienen fé, para los hijos.

El amor al prójimo, expresado en la plegaria por el enemigo, ha de ser la credencial distintiva de la Iglesia, su corazón palpitante, su vocación filial, muy por delante de normas, códigos canónicos y preceptos.
La misericordia debe refulgir en cada gesto como la aurora.

Paz y Bien

La misericordia disipa las sombras de la muerte















Para el día de hoy (18/06/18):  

 
Evangelio según San Mateo 5, 38-42







A través de su crecimiento como nación, el pueblo de Israel hubo de establecer normas de convivencia que luego se convirtieron en ordenamientos jurídicos, y en ese sentido, la ley del Talión fué un hito que propendía a limitar los efectos de las venganzas personales mediante una pareja aplicación de castigos frente a delitos cometidos: es volver objetivas las normas sociales, dejando atrás los intereses individuales, sean o no razonables. Por ello el texto expresado en el capítulo 24 del libro del Levítico: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida y contusión por contusión...
En cierto modo, la ley del Talión es un precedente fundante de los sistemas legales occidentales por varias cuestiones, en la búsqueda de una justa retribución o pena frente al delito infringido, articulación penal que a la vez, de un modo lógico, norma la interrelación entre las gentes.

La propuesta de Jesús de Nazareth se inscribe en el horizonte del Reino de su Padre, en donde se entretejen la eternidad y los tiempos humanos, milagro asombroso de la Encarnación.

Se trata de otro modo de vivir, que es mucho más que una mera alternativa; es no recurrir a la violencia de ningún modo y bajo cualquier pretexto o motivo, desde una decisión que se adopta desde las honduras del corazón antes que desde la imposición.
Se trata de dejar de lado la aritmética de los castigos progresivos y elegir abiertamente el camino del amor al prójimo y más aún, el amor a los enemigos, para que campee la vida y se disipen las sombras de la muerte.

Se trata de cambiar mansamente la faz de la tierra a fuerza de bien.

Paz y Bien

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