Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna












Para el día de hoy (22/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 60-69







Disputas y bruscos enfrentamientos entre la novedad de las enseñanzas del Maestro y los escribas y fariseos eran habituales y hasta razonables, pues esos hombres estaban cegados de fundamentalismo, de soberbia y de temor a que el poder que ostentaban se diluyera. Así, ellos devenían en per-versos pues renegaban de toda posibilidad de ser con-versos, de encontrarse con el amor de Dios.
No obstante ello, en la lectura de este día lo que se nos presenta es un conflicto surgido en las mismas entrañas de la comunidad cristiana: son los propios discípulos quienes objetan y discuten la enseñanza de Jesús.

Hay en las honduras de sus mentes un obstáculo en apariencia insalvable, y es que no pueden conciliar que ne la persona de Jesús de Nazareth esté un cuerpo tan humano como el de ellos mismos y, a su vez, que ese cuerpo sea comida de vida ilimitada, alimento de eternidad.
Se trata para ellos de una antítesis escandalosa, que les hace tropezar todos sus esquemas y preconceptos. Por eso tampoco entenderán ni aceptarán lo que el Señor asevera, lo adverso de pertenecer a la carne enfrentado a lo que pertenece al Espíritu.

Aquí no debe entenderse una mención en desmedro de lo corporal, de lo material respecto de lo espiritual. Demasiadas veces hemos caído -y caemos- en esa sugestiva trampa, que banaliza lo creado y allí los cuerpos, como si ellos no fuera también objeto del amor infinito de Dios, obra de Sus manos, templos vivos del Dios de la vida.
Lo que aquí se explicita es la contraposición entre lo que perece y lo que permanece, entre las cosas mundanas y la eternidad de Dios. Para aprehenderlo, para aceptarlo, es menester nacer de nuevo, del mismo modo que el Maestro indicaba a su amigo Nicodemo.
Y se nace de nuevo emprendiendo el camino de la fé, una fé que ante todo es don y misterio de un Dios que nos busca, que nos sale al encuentro, muy distante y diferenciado de los méritos acumulados, a puro impulso de su generosidad y su amor.

Parece entonces como si la contundencia de lo que Jesús de Nazareth plantea espanta a más de uno. Muchos de esos discípulos se van de su lado, semilla sin germinar caída en terreno pedregoso.

Pero Pedro y los otros permanecen, y en nombre de ellos hace una afirmación que aún hoy nos estremece, pues provoca resonancias profundas en todos nosotros.

¿A quién iremos? Tú tienes Palabras de vida eterna.

Signo de que la fé sólo puede madurar y sostenerse en la comunidad apostólica. Señal certera del aferrarse al Cristo de nuestra salvación no por un descarte último, ni por una selección de conveniencia, sino por descubrir que sólo en Cristo, sólo por su Gracia la vida trasciende, encuentra pleno sentido y no tiene fin.

Con todo y a pesar de todo, nosotros permanecemos y seguiremos estando porque hemos creído. Y hemos creído por la inmensa bendición de una fé que se nos recrea a cada instante, a impulsos bondadosos del Espíritu que todo lo fecunda.

Porque hemos creído no nos resignamos, porque hemos creído confiamos en su Misericordia, porque hemos creído vamos en busca del hermano, porque hemos creído estamos famélicos de justicia, porque hemos creído sabemos que emprendimos el éxodo de la tierra de los imposibles.

Paz y Bien 

Humilde, sencillo y trascendente como el pan












Para el día de hoy (20/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 51-59








A veces es necesario regresar a los recuerdos vívidos que en la velocidad cotidiana suelen olvidarse, gratas y valiosas vivencias que explican lo que somos y lo que podemos ser. Así, en la memoria de muchos de nosotros está el calor familiar de padres y abuelos: los increíbles esfuerzos, las inverosímiles luchas de nuestros mayores para que nada nos falte, aún en momentos críticos, toda una existencia ofrecida en el pan que se nos ofrece en la mesa familiar, un pan amasado con trabajo y silencioso amor incondicional de la madre. Por eso mismo, por más que el pan tenga que ver con la pervivencia biológica, no tiene sentido en sí mismo sino por la vida que se brinda generosa en la mesa de la familia. Cuando compartimos el pan cotidiano también compartimos la vida de todos los que trabajaron para que ese pan llegue a nuestra mesa, nos alimentamos de ese amor, mos nutrimos de ese afecto entrañable y fiel.

Con Cristo en la Eucaristía encontramos también señales similares pero llevadas a su estadio perfecto, absoluto. su vida entera ofrecida para la vida del mundo, para la vida eterna, para sostenernos en este peregrinar hacia la casa del Padre.
Nada más ni nada menos que una convocatoria a todos los pueblos, una humilde invitación a ser partícipes de la eternidad.

Comer su carne no puede comprenderse en el sentido literal, tal como hacían los fariseos, que se horrorizaban ante una imagen de comer trozos de un cadáver. Pero hemos andado algo extraviados, y quizás la Eucaristía se nos haya vuelto demasiado abstracta, confusamente impoluta.
No podemos soslayar a la sencillez del pan ni a la existencia misma de Cristo que se nos brinda desde la cruz, la vida de un Dios que desanda su eterna gloria y desciende a nuestros bajíos de humanidad en el fango, comunión total de amor, de destino, de vida que se ofrece en los altares diarios para que otros vivan, vidas como pan para que nadie desfallezca en un mundo que desciende a pasos agigantados en humanidad y, por lo tanto, en espacios santos.

Paz y Bien

La vida, don de Dios, pan para el hermano













Para el día de hoy (19/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 44-51








Es preciso recordar el entorno que rodea al discurso del Maestro sobre el Pan de Vida, parte del cual nos brinda la lectura del día: los eruditos judíos y la gran mayoría de la dirigencia religiosa se escandalizaba y murmuraba colérica cuando escuchaban que Jesús de Nazareth se identificaba como pan vivo bajado del cielo. En ellos había una gran carga de literalidad -origen de todos los fundamentalismos-, de desprecio y de prejuicio. Era injurioso que ese galileo pobre dijera que era como el maná cuando ellos presumían conocer sus orígenes nazarenos, su padre y su madre tan pero tan terrenales, tan poco celestiales según sus criterios.

El Maestro no hace en esta ocasión referencia a sí mismo o a sus signos, sino directamente al Creador, al que Él llama y reconoce como Padre.
Escuchando con atención al Padre, a sus amigos los profetas, aprendiendo de las Escrituras, se llega felizmente al Hijo. Todo lo señala, todo se encamina a Él.
Dios es el Totalmente Otro, infinito, incognoscible, y es el Hijo el único que conoce en verdad al Padre, y es a través del Hijo como conocemos la esencia misma de Dios y podemos ser partícipes felices de su eternidad.

El maná era crucial para la supervivencia del pueblo recién liberado en el desierto, peregrino hacia la tierra prometida; signo certero de la bondadosa providencia divina. Pero ese maná tenía por objeto precisamente el sustento corporal, y revelaba la bondad de Dios, más no revelaba al Padre como vida eterna: quienes se alimentaron del maná cumplieron su ciclo vital y murieron.
Aún así, el Padre es un Dios muy extraño para ciertos conceptos, un Dios inaccesible pero que nada se reserva, que se brinda por entero y sin reservas a sí mismo en el Hijo para la salvación de la humanidad, y el Hijo, en la donación total de su vida en la cruz, revela el amor absoluto del Padre, amor eterno en donde la muerte no tiene lugar ni preponderancia.

Lejos de toda teorización conceptual o de toda abstracción desencarnada, Cristo deja las cosas bien claras: el pan es su carne, ofrenda para la vida del mundo, cordero de Dios de nuestra liberación. Con su sangre pintamos las puertas de nuestros corazones para que la muerte pase de largo.   

Las primacías son de Dios. En Cristo, Dios nos sale al encuentro para que nadie se pierda, para vivir la vida en plenitud del mismo modo que el Hijo, por el cual todos somos hermanos, hijos amados de un Padre que nunca nos abandona.

Paz y Bien

Cristo pan vivo, pan de vida












Para el día de hoy (18/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 35-40








El sentido común dicta cuestiones fundamentales que tienen que ver con la pervivencia, con las limitaciones existenciales, con la finitud biológica; sin embargo, a menudo es imprescindible su ejercicio desde una perspectiva de madurez y nó tanto desde una ilusoria adolescencia que proyecta imágenes de un modo cinematográfico. A cada cosa su tiempo y su edad.

Así, ese sentido común -el menos común de los sentidos, es claro- indica que el pan entendido como sustento es decisivo a la hora de la supervivencia. Sin sustento no hay nutrientes, proteínas, oligoelementos, vitaminas que respalden al organismo y lo establezcan sano; por ello, sin pan uno se muere.
No obstante ello, en muchas sociedades y comunidades el hambre no es una urgencia ni una preocupación, pero aún así la muerte es un horizonte cierto al que tarde o temprano se arriba de manera ineludible.

Por eso podemos intuir asombro y estupor entre esas gentes en Cafarnaúm que escuchaban atentamente al Maestro: Él mismo se presenta como Pan de vida, y como si no fuera suficiente, que ese pan generosamente ofrecido es alimento para la vida eterna, para franquear gratamente las fronteras de la muerte.

Ver, venir y creer. Ingresar sin miedos y con valor a esa dinámica que Cristo nos propone, la aceptación de su Persona, muy diferente a la simple adhesión a una idea. Alimentarnos con el pan definitivo de su Palabra para que nadie más languidezca en estos arrabales mundanos. Aceptar con gratitud la vida plena que se nos ofrece, que sólo Cristo comunica, pan que nos vivifica para llegar íntegros y libres a la tierra prometida de la eternidad.

El Dios del universo ha tendido un puente salvando todas las distancias, y ese puente/sacerdote es Cristo, Dios con nosotros, nuestro hermano y Señor.

Paz y Bien

El corazón sagrado de Cristo, multiplicador del bien












Para el día de hoy (17/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 22-29





La lectura que nos ofrece la liturgia de este día nos presenta una especie de movimiento centrífugo, de la multitud que se sacia hasta el Maestro que llega solo a las inmediaciones de Cafarnaúm, pues los discípulos habían decidido navegar sin Él.
Cuando vamos más allá de la simple letra, podemos descubrir que este movimiento se corresponde a la profundización en las enseñanzas del Reino, en la trascendente referencia de los signos, en el compromiso que implica el creer, como si a medida que Cristo revele la voluntad de Dios las gentes se alejen, enfrascadas en sus limitados intereses.

La multitud -miles de personas- habían sido saciadas en su hambre. Quizás por el hecho milagroso, quizás porque el Maestro era en verdad el único que se preocupaba y ocupaba de ellos, de lo difícil de sus existencias cotidianas, se encendieron de euforia. Quisieron coronarlo rey, allí mismo, en los arrebatos típicos de esa euforia que a menudo es tan lábil que sólo es la contracara de la depresión y el desánimo.

Nada peor que vivir atados a los estados de ánimo y no afirmarnos en suelos más sólidos.

Por ello es que cuando lo buscan advierten que el Maestro no está en el lugar que ellos esperan, sus senderos son otros y nó, no pide permiso ni conformidad masiva para permanecer fiel. Ellos se quedaron con la expectativa milagrera y desdeñaron el destino del signo, que es orientar la mirada pues no es un fin en sí mismo. Lo decisivo se encuentra en el corazón sagrado de ese Dios que multiplica los panes, y no en el pan abundante y multiplicado.

En la ilógica del Reino, el pan definitivo no es el que sacia el hambre circunstancial, más allá de que luchar contra el hambre que se impone es santa tarea. El pan definitivo es creer en Cristo, unirse Su persona antes que a un compilado de ideas, vivir como Él vivía, amar como Él amaba, servir sin condiciones, suplicar a diario para que nunca nos falte el hambre de Dios.

Paz y Bien






(por un error involuntario, publiqué ayer el comentario correspondiente al día de hoy y viceversa. Mis sinceras disculpas por esta desprolijidad. Paz y Bien)

Eucaristía, generosidad total de Cristo ofrecido











Para el día de hoy (16/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 30-35






La lectura del día nos presenta la tensión existente entre tradiciones y tiempos viejos y la novedad del Reino inaugurada y proclamada por Jesús de Nazareth.
Para las gentes que lo interpelaban había una separación que no podían ni querían franquear: antigua y nueva alianza, tiempo de maduración, de preparación, de promesas y tiempo de cumplimiento y plenitud.

La figura de Moisés para el pueblo judío es incuestionable y es el ejemplo en donde todos se miran. Lo que él hizo por su pueblo es determinante para todas las generaciones, y no debe controvertirse por ningún motivo. Por ello el planteo de exigir un milagro mayor o espectacularmente superador que la distribución del maná durante los años de peregrinación en el desierto, camino a la tierra prometida.

Señal de la divina providencia, de la bondad de Dios para con su pueblo, el maná sostenía la vida, respaldaba la supervivencia de toda la comunidad, buenos y malos, justos y pecadores por igual. No era propiedad de nadie, pan gratuito y generoso para todos, pan equitativo, pan fraterno. No era acaparable ni acumulable, por eso cuando los peregrinos lo guardaban se echaba a perder, y desde ese tiempo, con ellos y con todos los pueblos, suplicamos a Dios que nos dé el pan nuestro y suyo de cada día, porque prevalece la confianza en la bondad de Dios.

El mana sostenía la vida para que el pueblo fuera libre para honrar y vivir según su Dios: al llegar a la Tierra Prometida finaliza su función, su mediación.

Frente a ese Cristo que nos recuerda y hace presente el amor de Dios, que nos regresa siempre a los orígenes frutales -tal es el significado primero del vocablo jerarquía, jer arjé, regresar al origen- volvemos a rogar por el pan bajado del cielo, pan vivo para la vida. 

En cierto modo, nosotros también somos peregrinos como Israel, pero nuestro andar se dirige a la casa del Padre, y es precisamente ese Pan, la Eucaristía, el pan de Dios que  ha sido concedido al pueblo de Dios, a la Iglesia y a todos los pueblos para sostener nuestros pasos, para establecernos firmes en el amor de Dios, para volvernos nosotros mismos pan de servicio y oblación para el hermano, como el Pan asombroso e inagotable que sacia todas las angustias y hambres, Cristo, verdadero pan de vida que perdura por siempre.

Paz y Bien

Cristo vivo y presente en medio de su pueblo











Domingo tercero de Pascua

Para el día de hoy (15/04/18) 

Evangelio según San Lucas 24, 35-48






Los peregrinos de Emaús contaban la profunda experiencia vivida a los Once, el Cristo Resucitado reconocido al atardecer, al partir el pan, el Cristo que también se había aparecido a Simón Pedro. El ánimo del grupo oscilaba entre el temor a represalias y venganzas, tal vez el miedo a correr la misma suerte del Maestro, y la esperanza sustentada por esas noticias asombrosas que ahora conocían.

El Resucitado de golpe se hace presente en medio de ellos con un Shalom inmenso, un saludo de paz a esos hombres atemorizados. La presencia del Señor los deja atónitos, estupefactos. A veces pasa que frente a constantes de miseria, dolor y tristeza -cuando algo bueno sucede- se descree de ello, se mira con desconcierto. Pero también la Resurrección de Cristo sólo puede comprenderse de manera cabal desde la fé; una mirada acotada al plano de lo racional remite a lo que ellos percibían, un espíritu o, más bien, un fantasma.

El Resucitado no es una aparición. Se trata del Crucificado, del hijo de María de Nazareth, del mismo que proclamaba la Buena Nueva, que revelaba el rostro amoroso de Dios, que pasó haciendo el bien, que padeció bajo el poder imperial regido por Pilatos, que murió en la cruz y que ahora está vivo. Las heridas de sus manos y sus pies dan cuenta de ello, la santa continuidad de su fidelidad absoluta al Padre y su oblación para la salvación.

Él comparte la mesa con sus amigos, y desde allí se iluminan las inteligencias para comprender el sentido verdadero de la Escrituras: todo conduce a Él y en Él adquiere pleno significado. Con Él también la historia humana puede comprenderse, a pesar de todo, como historia de la Salvación, porque el testimonio de los suyos se transmite fielmente de generación en generación en su Iglesia, que por amor en su testimonio de la Palabra y el pan compartidos celebra la presencia de Aquél que está vivo y presente en medio de su pueblo.

Paz y Bien



Cristo presente en todas nuestras noches y tormentas












Nuestra Señora del Valle

Para el día de hoy (14/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 16-21







Ya se había alimentado a esa nutrida multitud en el campo, en medio de la nada. Todos se habían saciado y quedaban doce canastas llenas. Los discípulos, entre tanto, se dirigieron a la costa y se embarcaron en una barca -quizás la de Pedro- en dirección a Cafarnaúm que se ubicaba en el otro margen del mar de Galilea, probablemente a la casa familiar de Andrés y Pedro.

El primer dato importante es que ellos van solos. La ausencia de Jesús de Nazareth a bordo es ante todo cordial: la multitud, montada en el potro bravo de la euforia, había intentado coronar al Maestro como su rey, un monarca poderoso que escuche a los pobres y dolientes, un rey de gloria que restaure la nación judía libre de todas las opresiones que la aplastan. Los discípulos estaban muy cerca de esos pareceres, pues también ellos tenían enquistada esa imagen de un mesías que se impondría por la fuerza a los enemigos, un caudillo santo, un jefe incuestionable; no habían comprendido el verdadero y real carácter mesiánico del Señor. Por eso es que van solos y por eso es que el Señor se vá, pues le es ajeno el poder mundano, los rótulos vanos, lo que aquí se considera superior.

Así también cada vez que nos borroneamos un ídolo falso a medida de nuestras necesidades, y no dejamos que Dios sea Él mismo en nuestros corazones. Eso es navegar solos por acción, por elección y también por omisión.

La noche cerrada remarca la ausencia de Cristo en la barca. Las oscuridades y tinieblas que lastiman a tantos desde la frágil barca de la Iglesia indican también el olvido del Resucitado, la indifelidad a quien se ha quitado del navegar hace ya tiempo.
El fuerte viento que agita el mar y las tranquilidades señala que el calado es pequeño, que la barca es frágil, que las tormentas nos superan con facilidad. A veces quizás sean dables y deseables los temporales para recordar lo pequeños que somos, la debilidad que nos constituye.

Un Cristo que camina apacible sobre las aguas turbulentas los reviste de temor, pero no es un miedo a un fantasma ante sus ojos, ni a un espíritu confuso que los confunde. Él expresa sin ambages -Yo Soy-, expresión divina del santo Nombre de Dios, cuya presencia despeja todos los males que aquejan y acosan las existencias de los hombres.
El temor de los discípulos es reverencial pues son testigos de una teofanía, de una inequívoca manifestación de lo divino, y contra toda especulación llegan a buen puerto, llegan a la costa, una costa que en el maremagnum del miedo les parecía demasiado distante pero en realidad estaba cercana.
A veces en las crisis nos parece que todo termina allí pues se nos disuelven las perspectivas y se nos desdibuja el horizonte.

Pero la presencia poderosa del Señor jamás nos abandona, el mismo Señor que nos sana de todas las dolencias, el mismo Señor que multiplica los panes y nos colma de Dios.

Quiera el Espíritu que recuperemos una honda capacidad de reverenciar esa presencia sagrada y salvadora de Dios en todo nuestro andar, en el pan compartido, en medio de su pueblo.

Paz y Bien  

Que nunca nos falte el hambre de Dios












Para el día de hoy (13/04/18):  

Evangelio según San Juan 6, 1-15







Los cuatro Evangelios dan cuenta de la multiplicación de los panes en tierra de Israel; no obstante, sólo el Evangelista Juan es quien nos brinda un dato importantísimo y es que acontece en cercanía a la celebración de la Pascua judía. Es un signo crucial que no podemos pasar por alto.
Las gentes que acudían masivamente para las festividades al Templo de Jerusalem ahora llegan a celebrar la Pascua allí en donde se encuentre Cristo, verdadero templo vivo de Dios, espacio definitivo de Salvación. Celebrar la Pascua era hacer memoria del paso liberador de Dios en la historia de Israel: ahora, la verdadera liberación sólo se encontrará en Aquél que a todos recibe y a nadie rechaza.

El protagonismo del pan en la historia de la Salvación es, cuanto menos, asombroso y extraño. Hay una lista inverosímil de alimentos y comidas, pero para todas las culturas el pan representa el núcleo del sustento sin el cual es imposible la vida. Dios decide y elige la vía del pan para llegar a la vecindad humana, y se hace hombre en Belén -Beth-Lehem, literalmente Casa del Pan-. Dios se hace algo tan sencillo y tan común a todos los hombres como ese pan que se parte, reparte y comparte.
Su Hijo amado es el pan de vida para todos los pueblos.
En un camino cercano a una aldea perdida, es reconocido por los suyos en ese pan compartido, una existencia corporal que se abandona y se hace ese pan bendito, ofrenda divina para la Salvación.

El cálculo de Felipe bien puede ser el nuestro, y expresa el problema desde el lado de los costos, de las imposibilidades razonadas, del cruzarse los brazos resignados frente a la necesidad del otro. Igualmente, doscientos denarios son un dineral para esas gentes en ese tiempo: sin embargo, será Cristo quien pague el precio mayor, su propia sangre derramada generosamente, para que esa multitud se sacie, y haya abundante pan para todos los que vengan, peregrinos de todos los tiempos.

Un niño tiene cinco panes de cebada y dos pescaditos, un almuerzo de pobre, y aún así ofrece al Maestro lo que tiene, que aparenta poco pero es muy valioso, porque allí se juega su existencia. Con el apóstol Andrés, cuando las situaciones nos sobrepasan y la razón nos indica que nada se puede hacer, es menester volver a los gestos de humilde solidaridad, a la mano tendida en silencio, que aunque parezca mínima esconde un tesoro cordial que Dios hará maravillas. Probablemente sea una ingenuidad frente a los terribles problemas actuales, pero si así fuera, es preferible esa pretendida ingenuidad compasiva y solidaria a la razonada aplicación de políticas de hambre. Porque el hambre impuesto y no elegido es una ofensa gravísima a Dios en el rostro del prójimo, y si ese hambre sucede a causa de la corrupción, hay allí una maldición mortal que es imperativo barrer de nuestros patios y nuestros corazones, en manso afán de justicia.

Cristo, Pan de vida, nos compromete con la oblación de su vida entregada por todos, incluidos los que le odian y le persiguen. Porque no debe faltar pan en el plato del hermano, porque solidaridad y inteligencia no se contraponen, y cuando ellas están iluminadas y orientadas por la fé, la mesa de los hermanos se agranda y celebraremos cada vez más, agradecidos, a ese Cristo que se ha ido para quedarse definitivamente como sustento eterno.

Y roguemos, amigos y hermanos, roguemos sin cesar para que nunca nos falte el hambre de Dios, un intenso hambre de paz, una persistente sed de justicia, un hambre sin desmayos por el amor de Dios que restaura, crea, perdona y nos pone de pié frente a Su mirada.

Paz y Bien

Cristo, clave de todo destino











Para el día de hoy (12/04/18):  

Evangelio según San Juan 3, 31-36






Si un aspecto del misterio de Dios revelado por Jesucristo nos deslumbra es su absoluta pobreza, una pobreza que no debe entenderse como carencia sino como entrañable decisión amorosa de no reservarse nada para sí, de brindarse por entero a sí mismo para el bien de sus hijas e hijos, para toda la humanidad.

Pobre sin menoscabo, infinitamente rico en misericordia, Dios que se despoja de su divinidad y se abaja, se hace humano, se hace tan cercano como un vecino, un Padre, un Hijo que amamos y que nos abre todas las puertas y nos despeja todos los horizontes.

Un Dios que todo lo ofrece, hasta su propio Hijo, nuevo Cordero que quita todo el mal que a veces parece enseñorearse sobre el mundo.
El Dios que se hace un Niño frágil en brazos de su Madre, y que busca nuestros brazos en esa pequeñez que ama y que amará y conmoverá a Jesús de Nazareth.

Es menester, es imprescindible ingresar confiados a ese Reino asombroso que no se rige por la lógica del mundo. El amor de Dios es ilimitado y es también una señal y una invitación para cada uno de nosotros, a no tener límites en la caridad, a romper ciertas fronteras que imponemos y que impiden llegar al prójimo en donde el rostro del Altísimo resplandece.

No hay recetas ni reglamentos prioritarios; en todo caso, éstos tienen un carácter instrumental o de medios. La clave/llave de todo destino radica en seguir los pasos de Cristo, quien tiene todo en sus manos, quien jamás nos abandona, un compromiso que antes que adhesión a una idea implica una cercanía inseparable a una persona, Aquél que es camino, verdad y vida.

Paz y Bien

La Salvación, llamado a todos los pueblos













Para el día de hoy (10/04/18):  

Evangelio según San Juan 3, 16-21









El ambiente de la lectura de este día nos sitúa, como ayer, en el encuentro nocturno y a escondidas entre el Maestro y Nicodemo, una continuación de la conversación precedente en donde el Señor continúa profundizando en el misterio salvífico, en su misión redentora.
El mensaje es soprendentemente esperanzador, durísimo si se quiere, para determinados criterios religiosos que se basan en amenazar de continuo con terribles castigos.
En verdad, si somos sinceros y según nuestros criterios retributivos, lo justo frente a un mundo que se perfecciona en crueldad e inhumanidad y por todas nuestras traiciones o quebrantos, muchos nos volveríamos madera seca, alimento natural del fuego, con toda justicia. Pero la revelación de Jesucristo no demuele la justicia, sino que vá más allá, al corazón mismo del Creador: como si por un momento, con nuestro limitado lenguaje, pudiéramos reflejar ese milagro insondable, nos atreveríamos a afirmar su motivo y su objetivo, amor y Salvación.

Dios nos ha concedido el tiempo de más, que no nos merecemos pero que es fruto de su infinita misericordia, de su amor sin límites, un Dios que nada se reserva para sí sino que todo lo entrega, hasta su mismo Hijo Jesucristo para la Salvación de todos.

Sin embargo no es un Dios de ideas abstractas. El Dios de Jesús de Nazareth es un Padre que nos ama sin medida, y como tal no actúa con indolente indulgencia, sino mediante un divino y santo sacrificio. La creación es también un acto de amor, de separar la luz de las tinieblas, y esa creación es también perpetua bondad en todos los corazones, para que prevalezca la luz de esa verdad que nos hace libres por sobre todas las sombras que nos suelen merodear, la libertad de las hijas y los hijos de Dios.
No es poca cosa: en esa misma libertad podemos aceptar o rechazar el amor entrañable de Dios, y de allí que podamos embarcarnos hacia la Salvación o hundirnos en la perdición, comenzando aquí y ahora.

Otra vez, rondamos lo concreto. Son las obras, los frutos cordiales, las señales de la luz elegida, de que nada tenemos que esconder, de que andamos -aún con nuestras miserias- confiados en ese Padre que nos cuida, protege y bendice, señales de compasión y solidaridad, de justicia y liberación, de vida ofrecida del mismo modo que la vida se nos ha concedido como un inmenso regalo a agradecer en cada despertar.
Y aunque digan lo que digan y hagan lo que hagan, a pesar de los que siguen eligiendo las sombras, a pesar de los tenebrosos que se juegan la vida de los otros en siniestros altares corruptos, a pesar de todo y de todos seguimos en esos esfuerzos que no son pesada carga, sino camino de Salvación.

Porque la Salvación es vocación universal para todos los pueblos, todas las naciones, una invitación sin fecha de vencimiento e incondicional para levantarnos humildemente en humanidad junto a Cristo, hermano y Señor nuestro.

Paz y Bien

Nicodemo: nacer de nuevo a la Gracia de Dios













Para el día de hoy (10/04/18):  

Evangelio según San Juan 3, 7b-15







Celebrar la Pascua de manera cabal, trascendente, es afirmar la posibilidad de renacer, de dejar de ser esclavos, seguir confiando tenazmente y contra toda lógica en la vida como don de Dios. El Resucitado, ascendido a la derecha del Padre, nos atrae a lo alto, y esas alturas son cordiales antes que físicas. El Espíritu Santo, viento y aliento de Dios, nos eleva y nos hace partícipes de su vida como hijos queridos, con plenos derechos que no merecemos pero que se nos han brindado desde el amor que es su esencia.

Nicodemo era un hombre importante: integraba como miembro de pleno derecho el Sanedrín, que condensaba el poder religioso, comunitario y político de la nación judía como Tribunal Supremo. Su formación religiosa era farisea, y tenía un gran ascendiente sobre sus pares sanedritas, al punto de considerársele un príncipe o notable de Israel a pesar de su naturaleza laica. Destaquemos también que el único límite del Sanedrín se encontraba en el procurador romano y en las legiones estacionadas en la zona que, a su vez, garantizaban la soberanía imperial en desmedro de la libertad de Israel.
A través del Evangelio según San Juan podemos conocer más datos que nos pintan un retrato de su carácter: en un momento espantoso, el del juicio amañado con el fin de condenar sí o sí a Jesús de Nazareth, Nicodemo alza su voz con valentía reclamando se escuche y respeten los derechos del acusado galileo, un ansia de justicia que no puede pasarse por alto. Luego, en las horas durísimas de la muerte del Señor, cuando los apóstoles estaban dispersos y escondidos y sólo permanecían fielmente en pié las mujeres, Nicodemo y José de Arimatea se hacen cargo de la situación, interceden ante Pilatos para reclamar el cadáver y darle una honorable sepultura.

Ese mismo talante puede intuírse en el modo de las preguntas que le realiza al Maestro.
Nicodemo vá de noche al encuentro de Jesús, una visita clandestina pues él sigue siendo un fariseo y un notable que no puede ser visto en público con el nefasto rabbí de Nazareth. Sin embargo, esa especificación del momento no es solamente horaria, sino simbólica: Nicodemo se encuentra en el atarceder de su vida y su alma oscila entre las sombras de una religiosidad cerrada, aferrada a las normas pero escasa de corazón y lejana, distante al amor de Dios, al que suponen gloriosamente lejano, un verdugo de ceño fruncido, un terrible vengador, caminos en donde todo se racionaliza según convenga, la fé, la religión, la justicia y mucho más la injusticia.

Por eso es tan lineal, tan literal en su comprensión, tan mundano. Nicodemo, sin dudas, aprecia con gran afecto a Jesús, al punto de ser un discípulo confidencial, oculto. Él vé al Maestro como un rabbí de la tradición de Israel y no más que ello; aún así, ha debido hacer un esfuerzo inimaginable, pues sólo podía ser rabbí o maestro aquél que hubiera tenido una formación académica reconocida oficialmente, toda una vida erudita y prestigiosa, una cuestión que no se condecía con la pobreza y humildad de ese joven rabbí de las provincias.
El problema, quizás, que para esa mentalidad cerrada -y para todos nosotros también- un Dios tan cercano y un Mesías tan pero tan humano, humilde y servidor es terriblemente inconveniente, pues pone en entredicho ciertos valores rígidos que no son tales y tradiciones inamovibles que más que tradiciones son traiciones.

Por eso la necesidad de nacer de nuevo.
Renacer en una Pascua perpetua de vida y liberación que inaugura Cristo. Renacer a un Dios que es Padre, que nos ama sin límites. Renacer a ese Hijo tan parecido a nosotros, que es nuestro hermano y nuestro Señor. Renacer a la asombrosa Gracia de Dios.

Renacer al Espíritu, que nos revista de nueva vida, que nos conduzca a la Salvación, que nos haga humildes obreros de un Reino que lleva luz allí en donde campean las sombras, anunciar la magnífica noticia de que la vida prevalece por sobre la muerte, y que tiene destino de felicidad y plenitud.

Paz y Bien

Anunciaciön: Dios sale al paso de nuestra historia











La Anunciación del Señor

Para el día de hoy (09/04/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 26-38









Hoy la liturgia celebra la Anunciación del Señor a María de Nazareth; habitualmente la fecha de la celebración es el 25 de marzo, pero este año se ha pasado a este día pues el 25 coincidió con Semana Santa.
La elección de la fecha no es fortuita ni tiene aristas caprichosas: la Iglesia celebra la Anunciación del Señor exactamente nueve meses antes del Nacimiento del Salvador, una serena afirmación devocional de un misterio que le ha sido revelado como pródiga bendición.

Celebrar la Anunciación del Señor es recuperar para la cotidianeidad que la presencia de Dios entre sus fieles siempre es motivo de alegría, primer palabra que escucha María de Nazareth, Palabra que crea y re-crea, y que escucha con atención desde su corazón humilde y grande a la vez.

-¡Jaire Kejaritomene!- El saludo del Ángel tiene un talante respetuoso, como pidiendo permiso. No es demasiado arriesgado imaginar la reverencia de un súbdito frente a un monarca. Lo que marca la diferencia sustancial es que nos encontramos en medio de la nada, en una aldea ignota -Nazareth- que es apenas un caserío de campesinos y artesanos.
La destinataria del saludo es una muchachita judía, casi una niña, tan pequeña y pobre que nos estremecemos con sólo imaginarla. De ella, de la plena y llena de Gracia, depende toda la historia de su pueblo y de la humanidad, como si el universo se enervara de ansiedad esperando su respuesta.

Su Fiat es respuesta de creyente que confía aún cuando no comprenda, que sabe que Dios hace maravillas, que ha descubierto su infinita misericordia, su fuerza creadora, el poder de su amor.

Su embarazo es la asombrosa revelación de un Dios que se hace historia, que se hace vecino, que se hace pariente, que se hace hijo querido para acunarlo en nuestros brazos, que nos busca para que se geste la Salvación en nuestros días, que asume nuestra pequeñez para elevarla, para poner luz allí en donde campean las sombras.

Dios nos sigue saliendo al paso de nuestra historia, allí en donde transcurre nuestra existencia, con un saludo alegre nos dice que viene empujando la vida desde lo pequeño, lo que no cuenta, lo humilde, y que con todo y a pesar de todo el tiempo está grávido de la Gracia.

Paz y Bien

Mendigos felices de la misericordia de Dios










Domingo Segundo de Pascua - De la Divina Misericordia

Para el día de hoy (08/04/18):  

Evangelio según San Juan 20, 19-31








En términos mundanos y usuales, el apóstol Tomás tiene bastante mala prensa. Se asocia su nombre solamente a la incredulidad, de tal modo que la adjetivación deviene en apellido, Tomás el Incrédulo, desde cierta espiritualidad fundada en juicios de valor que no nos corresponden, pues es prerrogativa de Dios.
No no es ajena tampoco esa tendencia a usufructuar ciertos razonamientos ajenos y trasegarlos sin reflexión, sin rumia propia.

Pero es menester ir más allá de las simples apariencias, buscar sentidos y profundidades.

En verdad, hay una cuestión incontrastable: esos hombres estaban encerrados, revestidos de miedo a lo que pudiera pasarles. Tenían evidencias de la resurrección de Cristo a través de María Magdalena y de los peregrinos de Emaús, más seguían aferrados a sus propias culpas por las deserciones de la Pasión. Una Pascua a medias o apenas declamada no es Pascua sino rito sin corazón ni Dios, y la señal de ello es la puerta cerrada que brinda un sucedáneo de seguridad.
Cristo es la puerta verdadera por la cual las ovejas pueden entrar y salir y encontrar refugio y salvación, y ellos han reemplazado esa puerta vital por un portón vano e inmóvil destinado a impedir accesos y salidas.

En medio de ese mar de miedos se hace presente el Señor. Tal vez no cuente tanto el modo de acceso -estaba todo cerrado- sino que nada hay que pueda obstruir la presencia de Dios, y esa presencia renueva y recrea, despertando de todos los letargos, desatando alegrías, tenaz presencia de un Dios que siempre está junto a su pueblo, en las buenas y en las malas, en tiempos de llanto y en tiempos de sonrisas.

Tomás no se encontraba allí cuando se hizo presente el Señor. No sabemos el porqué, quizás el ambiente era demasiado denso, quizás la angustia de los días pasados comenzaba a desgastarlos.
Si bien no abunda la información, conocemos por el mismo Evangelista Juan ciertos aspectos del carácter de Tomás, rasgos francos y realistas: enterado de la muerte de Lázaro, el Maestro decide ir hacia Betania, hogar de Lázaro, María y Marta. Ello entrañaba enormes riesgos, pues los integrantes del Sanedrín ya habían decidido la suerte de Jesús y lo estaban buscando; la mayoría de los apóstoles, frente a esta situación, sugiere prudencia y, razonablemente, bajar el perfil y no exponerse a peligros innecesarios.
Tomás es la voz en discordia que se erige con coraje, inclusive con un poco de temeridad: él se ha dado cuenta de que es inclaudicable la decisión de Jesús de estar junto a sus amigos de Betania, y prefiere ir a morir con Él a dejarle sólo o razonarse prudencias que, a veces, esconden miedos y cobardías.

La otra ocasión acontece durante la Última Cena. Los Doce no terminan de entender la verdadera vocación mesiánica de Jesús, no aceptan en su corazón al Señor derrotado, no quieren comprender que sus caminos no son los de Él. Seguramente están todos poblados de interrogantes, pero sólo es Tomás quien explicita la pregunta, ¿cómo podrán saber ellos cual es el camino? Cristo es el camino, la verdad y la vida, respuesta directa a Tomás que se extiende a toda la Iglesia.
Por todo ello encontramos en Tomás un coraje inusual, una franqueza magnífica. Aún así siempre hay que andarse con cuidado, pues el realismo se encuentra a un paso nomás del cinismo, y nunca, por ningún motivo, se debe romper la comunión eclesial.

Como sea, la incredulidad de Tomás no refiere al Señor, de ninguna manera. La incredulidad de Tomás apunta más bien a sus hermanos, algo no cuadra, hay algo que no concuerda, no se lee en esos rostros la Resurrección. Así otra vez en franqueza sin maquillaje, expone que sólo ha de creer en la Resurrección del Señor si puede mirar y tocar las huellas de la Pasión.
La fé no suele ser una acción instantánea, sino un proceso de maduración personal y encuentro que surge del amor de Dios, de las primacías de un Dios que nos busca y nos bendice con el creer. En Tomás, quizás, también se exprese esa necesidad de encuentro personal con Cristo para que todo cambie, comenzando por el propio corazón.

Y a partir de allí, renovados y con la vista recuperada, afirmar con estremecedora contundencia que allí esta Aquél que es nuestro Señor y nuestro Dios porque ha visto llagas y heridas y más aún, porque ha descubierto el amor infinito que Dios nos tiene y que Cristo hace presente. Y vivir de acuerdo a ello, Evangelios vivos que palpitan buenas noticias, creyentes tenaces como Tomás.

Paz y Bien

Todos somos importantes a los ojos de Dios











Para el día de hoy (07/04/18):  

Evangelio según San Marcos 16, 9-15







La escena que nos presenta el Evangelio que nos brinda la liturgia del día, con una rítmica tranquila, es durísima. El grupo inicial de apóstoles -el primer colegio apostólico- oscilaba con flagrancia entre la traición y la incredulidad.

Traición, pues han abandonado con temerosa presteza al Maestro en las horas decisivas de la Pasión. Ellos persistían en los viejos moldes de un Mesías revestido de poder, que aplastara a sus enemigos por la fuerza y que por esa fuerza y ese poder restaurara la soberanía de Israel desde la corona davídica. Pero Jesús de Nazareth nada tenía que ver con poderes terrenales, ni con dominios y violencias. Su reino no es de este mundo porque desde la mansedumbre y el servicio de la vida ofrecida hasta el fin hace presente el amor de Dios y todo lo transforma. El Iscariote fué quien lo entregó a manos de los enemigos, pero ellos se escondieron cuando había que dar la cara, y se callaron cuando, tal vez, había que gritar.

El Resucitado se había aparecido en primer lugar a María de Magdala: ella lo reconoció al escuchar su voz -las buenas ovejas conocen la voz del Buen Pastor-, y había corrido alborozada a contar esa noticia maravillosa al grupo de discípulos demolidos de tristeza y aflicción. Ellos no creen, quizás en primer lugar por ser mujer y luego por no pertenecer a ese círculo tan cercano al Señor.

En segundo lugar, los peregrinos de Emaús reconocieron al Resucitado en la fracción del pan, en la mesa compartida de hermanos, en la Palabra que ilumina los caminos de la existencia. Ellos también van de la aldea a Jerusalem, a comunicar esa magnífica novedad del Cristo vivo. Sin embargo, a ellos tampoco le creen, probablemente por similares motivos a los de María Magdalena: los peregrinos son discípulos pero no pertenecen al grupo estrecho de los Once.

Se nos presenta así cierta tensión fluctuante entre lo institucional y la vida de fé en las primeras comunidades, una tensión que suele perdurar a través del tiempo. Y la verdad es que vocación es ante todo llamado, convocatoria, y son múltiples y frondosos los carismas dentro de la Iglesia que no son, de ningún modo, opuestos entre sí, pues todos se nutren de la misma savia del Espíritu.

Volviendo a la incredulidad de los Once, existen ciertas cuestiones que no podemos soslayar. María de Magdala y los peregrinos de Emaús son testigos veraces y misioneros del Resucitado, misión que ante todo es misión de fé, y esa fé no ha sido suscitada por la acción evangelizadora de los Once. Hay en María y en los peregrinos una fé tenaz y un compromiso que no ha sido encomendado por el colegio apostólico, y aún así no es menos fé ni hay menos veracidad en ellos.

El Evangelista destaca entonces la reprimenda del Señor: esos hombres han hecho ostentación de su incredulidad frente a sus hermanos, cuando se esperaba de ellos capacidad de escucha y discernimiento, pastores serviciales antes que jefes o comandantes.
Aún así, con sus traiciones, su falta de fé, el Maestro les confía una misión específica, sacerdotal, mediadora de la Buena Noticia, y hay otro detalle que no es menor: la reticencia de esos hombres a aceptar el alba de la Resurrección despeja también cualquier intencionalidad pueril o imaginería aleatoria respecto al Resucitado. En una ilógica que es propia del Reino, testimonio y certeza surgen del cabezahuequismo de esos hombres.

Lo importante es que el ministerio apostólico ha sido confiado por Dios, es su decisión y en ella esta su confianza aún cuando los responsables a veces sean traidores y, muy a menudo, hombres de escasa fé.

Todo se decide por el amor de Dios. No hay, desde esa perspectiva, ministerio o vocaciones menos o más importantes en la comunidad eclesial. Todos somos importantes pues todos hemos sido llamados a caminar los caminos de Cristo desde nuestros lugares, que pueden ser muy diversos pero no obstante todos tienen la misma raíz.
Y todos somos esclavos suplicantes del perdón de Dios, que desciende sobre nosotros en canastas llenas y asombrosas de entrañable misericordia.

Paz y Bien

El Discípulo Amado, la comunidad cristiana











Para el día de hoy (06/04/18):  

Evangelio según San Juan 21, 1-14








Siempre es necesario estar atentos a los detalles, a las pequeñas señales. Aunque quizás inadvertidas, tienen por objeto dirigir nuestra mirada hacia profundidades que estén más allá de lo evidente, y aquí implica ir mar adentro de la Palabra.

Así nos encontraremos con la primer señal: la escena que nos brinda el Evangelio del día acontece en inmediaciones del mar de Tiberiades. La nomenclatura judía no llamaría a esas aguas así sino Mar de Galilea, Tiberiades es una denominación pagana, y precisamente ese error presunto impulsa a ir más allá de los escasos límites tradicionalmente establecidos, en misión hacia los gentiles.

Los discípulos presentes son siete, Pedro, Tomás, Natanael o Bartolomé, Juan y Santiago y otros dos discípulos cuyos nombres no se consignan para que allí ubiquemos nuestros nombres. Ellos han disminuido en su conformación primera por un traidor, pero también porque ellos se han dispersado en parte por sus miedos y en parte porque no han creído en el Maestro; la falta de fé inevitablemente hace mella. Sin embargo, lo decisivo aquí es el número siete, que refiere en la tradición bíblica como en el plano simbólico a todos los pueblos de la tierra; ya no será solamente doce por acotarse a las doce tribus iniciales de Israel, su misión debe encaminarse hacia todas las naciones. Pescadores de hombres, pescadores de humanidad en el mar de todo el mundo.

Ellos, siguiendo un impulso de Pedro, van a pescar. Es el regreso a lo viejo, a las antiguas costumbres conocidas sin riesgos ni peligros, desandar los caminos que recorrieron con el Maestro, un regreso al oficio anterior que no es misión vital sino abdicación de su misión apostólica y escatológica; ellos navegan en una noche que no es solamente una cuestión horaria sino el reflejo de sus vidas vacías y lúgubres por el Maestro ausente.
Los esfuerzos vanos, el hambre que se hace presente es el reflejo de una Iglesia que se embarca a menudo en grandes planes pero olvida navegar con Cristo. Sólo con Cristo los esfuerzos fructifican, tienen sentido, se hacen santos y quebrantan las grises rutinas que demuelen esperanzas.

Ese Cristo nos busca desde las orillas de nuestras existencias, santo afán de que nuestras vidas fructifiquen, que se navegue sin naufragios, que todo cambie, que nada sea en vano.
Entonces allí sí, contra todo pronóstico o especulación la pesca será milagrosa, una increíble cantidad de peces mantenidos con vida en redes asombrosas que nunca se romperán, que permanecerán firmes, las redes cordiales de la Iglesia que siempre se reencuentra con el Resucitado en la mesa compartida, en el servicio generoso.

El Discípulo Amado, la comunidad cristiana, es siempre quien descubre la presencia del Señor, y es a ese Discípulo Amado, al pueblo de Dios, a quien Pedro debe escuchar con genuina atención y humilde devoción, para sumergirse con pasión y confianza en las marejadas del mundo, pues el Resucitado lo espera y acompañará en todo su ministerio.

Paz y Bien

Iglesia, comunidad fraterna del Resucitado















Para el día de hoy (05/04/18):  

Evangelio según San Lucas 24, 35-48






La escena que nos brinda el Evangelista Lucas en el Evangelio del día presenta dos aristas contrapuestas que podemos reconocer entre el saludo de paz del Resucitado -Shalom que no deja dudas- y la reacción atónica y temerosa de los Once, el colegio apostólico.

Esa reacción es propia de hombres a los que aqueja grandes culpas, la sombra del abandono del Maestro en las horas decisivas de la Pasión y su incredulidad en la resurrección frente al testimonio veraz de otros discípulos fieles de Jesús.

Ellos se han quedado presos de los esquemas de un Mesías victorioso y revestido de gloria que se imponga por sobre sus enemigos y restaure la corona davídica y, con ello, la soberanía de la nación judía. Pero a la vez, la imagen sangrienta y agonizante del Señor se les había quedado impresa en su memoria y su razón: es por ello que cuando Cristo irrumpe en la estancia en donde se encontraban, creen ver un fantasma, una ilusión, el regreso del ánima de un muerto que viene a exigirles rendición de cuentas.

En las mesas de Cristo siempre acontecen hechos asombrosos, pródigos de eternidad, revelaciones divinas, y esta ocasión no es distinta: el Resucitado come frente a ellos pero también con ellos. Allí están sus manos y sus pies traspasados, pero sigue siendo el mismo Cristo que ha compartido con ellos Palabra, caminos y pan, que murió en la cruz y que ahora ha resucitado. No se trata de una aparición fantasmagórica ni de una trampa psicológica, es el Señor.

Son hombres culposos, pero re-creados por la inmensa misericordia de Dios que los renueva desde el Pan y la Palabra compartidas, porque al Resucitado ha de encontrársele siempre en comunidad, vocación familiar y eterna de un Dios que se hace presente en la Iglesia.

El testimonio de María de Magdala y de los discípulos de Emaús son importantísimos, pero esa no es nuestra fé.

Nuestra fé es la fé de los apóstoles, y se funda en el testimonio de aquellos que han sido testigos vitales de la vida, la muerte y la Resurrección de Cristo, mensaje definitivo que hemos de llevar a todos los pueblos, servidores humildes de una luz que no nos pertenece.

Paz y Bien

Emaús, pan y eternidad compartidos













Para el día de hoy (04/04/18):  

Evangelio según San Lucas 24, 13-35










Emaús es una pequeña aldea, cercana a Jerusalem, a unos diez u once kilómetros; aunque no está explicitado, es dable entender que se trata el poblado en donde viven esos peregrinos, que aunque no forman parte de los Once apóstoles son también discípulos.
Conocemos el nombre de uno de ellos, Cleofás, y por el Evangelista Juan sabemos que una tal María, mujer de Cleofás formaba parte de ese pequeño grupo de mujeres que junto a María de Nazareth permanecen fieles al pie de la cruz. Por ello, suscribimos humildemente la teoría de algunos exégetas que sostienen que esos peregrinos en realidad era un matrimonio: ambos ofrecen la hospitalidad de su hogar con la calidez propia de una familia.

Sin embargo, cada vez que un Evangelista omite un nombre nos está invitando a colocar el nuestro allí, a ser partícipes plenos y no meros espectadores abstractos.

Otra señal que nos brinda Lucas es inequívoca pues nos sitúa en el primer día de la semana, a horas de la Resurrección del Señor pero a pasos también de la pasión, y esos caminantes aún están agobiados por las horas precedentes que han vivido, el clima espantoso de derrota y estupor, de dolor terrible, cuando la soledad se afinca y no parece irse nunca. Así entonces, Emaús es el ámbito conocido en donde encontramos refugio y, quizás, un olvido que aligere las penas y fracasos, un Emaús que solemos buscar en los momentos gravosos que la existencia nos depara.

Ellos van conversando por la ruta, porque el dolor compartido alivia la carga, y porque es mejor verbalizar las cosas a esperar que socaven el corazón cuando el silencio se impone y no se elige. Hay en ellos algo que les impide reconocer al forastero que se une a ellos en el camino, el Señor Resucitado: se trata de la ideología que les impide ver más allá de la superficie, de los viejos esquemas que se expresan en las menciones que refieren, un profeta poderoso en obra y palabras, el esperado libertador de Israel.
Cristo sin dudas es un profeta, pero mucho más que un profeta, y es un rey pero su reino no es de este mundo, no tiene nada que ver con las especulaciones del poder, la restauración davídica, las victorias gloriosas.
Ellos no pueden reconocerlo porque a Cristo se le reconoce desde la fé.

El extraño caminante parece más forastero que nunca, pues aparenta no saber nada de lo que ha sucedido en los pasados días, y es la misma extrañeza que le adjudicamos a aquellos que no ingresan a la lógica cerrada de nuestro dolor. Ellos van con un rumbo definido de refugio, pero es insuficiente, y el peregrino los hace reflexionar desde la Palabra, una Palabra que adquiere pleno sentido en el Cristo que creen perdido.
La Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva que no es solamente objeto de estudio intelectual, que debe encarnarse desde la oración, el diálogo fecundo con ese Cristo compañero de todos los caminos de la vida.

Aún así, no terminan de entender. Su fé está presente, pero es incipiente y debe madurar. Todo tiene su tiempo que no está definido por plazos automáticos predeterminados, y en esa incomprensión se ubica la tarde que cae y el Maestro que quiere seguir de largo.

La cálida hospitalidad ofrecida supera los mandatos sociales solidarios de su tiempo: se trata de ofrecer sinceramente y sin reservas el calor de esta casa-corazón que somos, hogar de hermanos para el Señor, Iglesia que palpita.

Al Maestro vivo, al Cristo Resucitado lo reconocen en la fracción del pan, y todo adquiere un sentido nuevo y definitivo, señal para todos los hermanos que no hemos conocido a Cristo por ser de otro tiempo, pero que está vivo y presente cada vez que en la mesa fraterna se celebra la vida como una bendición infinita de un Dios que nos ama sin descanso, en nuestro Emaús cotidiano

Y también es una humilde invitación a todos aquellos que no creen. A pesar de tantas miserias razonadas, a pesar de ciertas lógicas ideológicas que se asoman inconmovibles, a toda mujer y a todo hombre se le dice que cada vez que se comparte el pan, la eternidad expande la vida cotidiana. Y allí está Dios.

Paz y Bien

María Magdalena, un amor obstinado










Para el día de hoy (03/04/18):  

Evangelio según San Juan 20, 11-18







Ese huerto es un jardín, y aunque ella no lo sepa, es la evocación exacta del jardín del Edén en donde todo era perfecto y la vida perduraba, porque la Resurrección es la nueva creación, el paraíso pagado con la sangre de Aquél que se ofreció como cordero pascual sin mancha.

Ella permanece inundada de llanto. Los discípulos han visto la tumba vacía y se han retirado. Ella permanece en su tristeza pero persiste en ella un amor sin resignaciones, un amor que no se rinde. La Magdalena ama aún cuando sólo pueda entrever los despojos vanos de una muerte injusta, y quizás sea ese amor en donde germine su esperanza.
Porque ella aún no ha realizado su Pascua, pero se aferra con un corazón tenaz a sus afectos que no claudican ni ante esa tristeza que la demuele.

Dos ángeles guardaban el Arca de la Alianza.
Aquí, dos Mensajeros permanecen como atentos guardias de honor de una alianza definitiva, el tiempo de la Salvación, tiempo propicio y santo de Dios y el hombre.

Él está allí. Ha resucitado. La muerte no ha podido con Él, la muerte ya no es frontera, ya no hay imposibles que puedan justificarse.
Tal vez a causa de ese llanto que empaña su mirada -pero que lava su alma- María de Magdala aún no pueda verlo, pues aún espera encontrar al Crucificado, al muerto amado.

Pero ella es discípula con todas las letras y con mayúsculas, aunque ciertas oscuras tradiciones le adjudiquen ciertas veleidades que no le correspondan, en tren de menoscabar su diaconía.
Modelo del discipulado, ella reconoce al Señor cuando es llamada por su nombre. El buen rebaño siempre reconoce la voz del Buen Pastor.

El amor reconocido, el amor que nos reconoce y redescubre nos pone prisas y alas, la urgencia de comunicar a otros esta novedad única y definitoria.
En ese despertar del letargo triste del luto, María lo nombra Maestro y se aferra a sus pies, pero debe abandonar esa imagen que perdura en su corazón: ya no es el Maestro que ha conocido, es el Resucitado que se plenificará a la diestra de Dios, es el Cristo Redentor y cósmico que en la ilógica del Reino está partiendo para quedarse de manera definitiva entre nosotros.

María Magdalena, obediente a esa bondad que la florece, cumple con el aviso encomendado a los discípulos, que han dejado ese estadio para convertirse en hermanos de ese Cristo al que encontrarán en todas las Galileas de la existencia.

María Magdalena es evangelizadora de los apóstoles, y testigo cordial para todos nosotros.

Paz y Bien

Reencontrar al Resucitado en todas las Galileas de la existencia












Para el día de hoy (02/04/18):  

Evangelio según San Mateo 28, 8-15








Esas mujeres se encaminaron hacia el sepulcro movidas por un amor entrañable al Maestro que había sido ejecutado en la cruz. Van a cumplir con los ritos mortuorios, van en búsqueda de ese cuerpo muerto que veneran, las honras afectuosas que persisten y que no disipa ningún duelo.

Pero se dirigen a una casa de muerte, un sepulcro prestado, un muerto inocente. Sin embargo, sucede algo extraordinario y ese amor que profesan lo que quizás les permita ese asombro poblado de lágrimas y alegría, y es que han encontrado al Señor vivo, hablándoles mansamente con palabras de consuelo y paz.
Es que la vida suele hacer eso, nos sale al cruce y nos despierta en medio de nuestras noches, de las sombras que gustamos permitirnos.
Nada será igual, y ellas -a quien nadie, excepto el mismo Dios, tiene demasiado en cuenta- son testigos privilegiadas del Resucitado, evangelizadoras de los apóstoles pues llevan a los discípulos dispersos y ateridos de miedo la mejor de las noticias, Cristo está vivo, la muerte no tiene la última palabra.

Sin embargo, hay otros testigos también. Ellas no son las únicas.
Unos soldados habían sido ubicados a la entrada del sepulcro para evitar pretendidas manipulaciones, el afán de ponerle vigilancia a ese muerto inquieto al que muchos le temen. Ellos también son testigos de lo acontecido, pero no son testigos de amores sino fedatarios de las tinieblas: con pasmosa facilidad aceptan el dinero sobornador que les ofrecen para comprar su silencio, para que se expanda la muerte que campeó en en la cruz. Terribles los que los compran pero terribles los que se venden, el dinero socio indispensable de la muerte.

Fieles a la verdad, testigos del Resucitado, hemos de irnos a todas las Galileas para el reencuentro, las Galileas donde nada se espera, las periferias olvidadas, para juntarnos con los hermanos del Señor a compartir alegrías, la vida misma.

Paz y Bien

Domingo de Pascua: Resurrección, éxodo de liberación definitiva











Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Para el día de hoy (01/04/18):  
 
Evangelio según San Juan 20, 1-9








María Magdalena se encamina hacia el sepulcro al alba, cuando aún afirma su fuerza la noche pero, sin embargo, se intuye muy cercano el amanecer. Esa oscuridad refiere a la hora del día y refleja a su vez las sombras que pueblan el alma de María.

Pero a pesar de sus sombras, el amor que profesa es un amor que no se rinde, que no se resigna, que es augurio de que hay otro horizonte posible aunque la razón y los sentidos le indiquen lo contrario.

Probablemente, una lectura lineal nos señale que recién a esa hora se puede visitar la tumba del Maestro Amado, pues las rígidas prescripciones del Shabbat lo impedirían con anterioridad. Pero es menester mirar mas allá de lo evidente. Se trata del primer día de la semana pues una nueva creación acontece, un nuevo éxodo de liberación que no es tránsito sino que se revelará definitivo.

La enorme piedra del sepulcro está corrida, pero no se ha movido para permitir posibles salidas desde su interior; en realidad, es signo y presagio para las almas dolientes que se acercan a esa casa inútil de la muerte.

María de Magdala se horroriza, pues supone que ha sucedido al fin una afrenta postrera por parte de los odiadores religiosos, y es el hurto del cuerpo de Jesús, con el ánimo de borrar de la faz de la tierra todo recuerdo del Maestro, y también evitar que el sitio se convierta en un peligroso sitio de peregrinación para sus seguidores. Es una suposición justificada y razonable, más ella sigue pensando en el Maestro muerto. Aún la Resurrección no ha madurado en su alma, pero igualmente no se queda quieta en sus lamentos, y corre presurosa en búsqueda de Pedro y del Discípulo Amado.

El encuentro no puede ser más desparejo ni más disímil: un discípulo de talante místico, el bueno y voluble Pedro, tan dado a los arrebatos y con una misión tan grande, y la Magdalena, sólo una mujer que casi no tiene derechos ni relevancia. Aún así, con todas esas tonalidades tan particulares que hasta parecen contrastes insalvables, allí hay una comunidad, allí está la Iglesia, y la clave es que todos ellos -todos nosotros- somos amados incondicionalmente y para siempre por Dios, y que los congrega el Resucitado.

Pedro y el Discípulo Amado corren con las prisas de la caridad y la urgencia de la fé; es el segundo el que llega primero, porque no hay distancia que limite o retrase a los que aman. Pero es Pedro el que ingresa al sepulcro, pues deberá confirmar a sus hermanos, que no están presentes, en esa fé en el Cristo que ha regresado de la muerte.

Las vendas están en el suelo, el sudario enrollado con cuidado en otra parte, mortajas inútiles para una muerte que no perdura, ni hay un muerto al que cubrir. Son signos ciertos de que el cuerpo estuvo allí, de que el cuerpo no ha sido robado -el cuidado del sudario depositado lo revela- y trascienden la muerte misma. Poco tiempo atrás, cuando un Lázaro redivivo salía de su tumba, debió ser liberado de vendas y sudario para reasumir su vida normal: Cristo emigra del vientre de la tierra desatado, señal de libertad absoluta, de independencia vital, del Dios Viviente al que no condiciona ninguna atadura.
Ellos ven y creen, y para arribar al puerto de la Resurrección aún deberán navegar un trecho más: todo tiene su tiempo, su proceso, su germinación, don y misterio de la fé.

El éxodo definitivo es esa tumba vacía, señal exacta de que hemos sido liberados de la muerte, Cristo vivo entre nosotros, todas las promesas cumplidas, todas las esperanzas encendidas para siempre.

Muy Feliz Pascua de Resurrección.

Paz y Bien

Sábado de Gloria: Cristo ha resucitado, no hay más imposibles














Sábado Santo - Vigilia Pascual en la Noche Santa

Para el día de hoy (31/03/18):  

Evangelio según San Mateo 28, 1-10







Esas mujeres se encaminan a la tumba del Maestro al alba, un alba que aunque aún no lo sepan, es anuncio de un nuevo día, y de un día definitivo, un amanecer que quiebra el mero transcurrir del tiempo.

Son mujeres, y tal vez por ello nadie les dá demasiada importancia a lo que hagan o digan. Ellas van hacia el sepulcro a expresar sus afectos a su Maestro que allí reposa, vestidas de la tristeza inexorable de la muerte; en cambio, los discípulos se han dispersado y escondidos, ateridos de miedo y desconsuelo. Los soldados de custodia permanecen cumpliendo órdenes, afirmados en la aparente legitimidad de sus lanzas y espadas.
Ellas no han comprendido del todo la enseñanza de ese Jesús que amaban, y de allí su humilde tristeza. Aún así, como buenas mujeres que son, prevalece en ellas la intuición, una intuición que les dicta, corazón adentro, que cuando todo se pierde es menester afirmarse en el amor, causa de todos los milagros.

No es tarea menor ni, aunque casi clandestina, está exenta de riesgos. Los que clamaron por la muerte de ese inocente están atentos y a la pesca de sus seguidores. Pero ellas igualmente van, porque las puede el afecto, porque un fermento extraño las moviliza, aunque no lleguen a razonarlo.

La pesada piedra que obtura la entrada está corrida. Hay un ángel por allí que no puede ser obviado. La escena del Mensajero sentado sobre la piedra-puerta es señal divina: la tumba ya no es hogar de la muerte, la tumba vacía es señal de esperanza, de que los imposibles han caducado, de que la luz prevalece sobre cualquier tiniebla, por invasiva que se asome. La transparencia y la blancura del Mensajero indica que no hay nada oculto que ya no permanecerá así, que será revelado, porque el amor de Dios se ha rebelado contra el dolor y la injusticia, porque el amor de Dios levanta a Cristo de la muerte.

Ese terremoto que estremece las entrañas de la tierra es otra señal estruendosa del acontecimiento cósmico de la Resurrección. Toda la creación ha contenido el aliento con su muerte, toda la creación sonríe y celebra con su vida resucitada.

El Señor ha resucitado, y no descansa. Ha sido un muerto inquieto y peligroso, y ahora amorosamente continúa su misión creadora de Salvación.
Por ello les dice con voz clara Alégrense! y nos lo repite ahora a nosotros, porque la presencia de Dios, los sueños eternos de Dios son la alegría de todas las gentes que le aman. 

Esas mujeres tienen un encargo apostólico y sacerdotal: avisar que es tiempo de despojarse de resignaciones y lutos, pues el Crucificado es ahora el Resucitado para siempre, vivo y fiel, caminante y presente entre los suyos.

Con esas mujeres, Señor, iremos a encontrarte en Galilea, allí donde están tus hermanos, allí donde todo comenzó. 
Allí, en las Galileas de todo tiempo y lugar, de la periferia y la pequeñez, de donde poco se espera, Galileas de sospecha y de invisibilidad, allí te encontraremos nuevamente vivo, joven, para el abrazo de una esperanza que llevás encendida en esa mirada que vuelve a convocarnos en esta noche que empuja el día total, grano de trigo frutal que devino en pan santo de Salvación.

Muy Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien

Madre Dolorosa, su casa es tu corazón






¿Que pasaría por su corazón transparente, en esos momentos espantosos?

Su Hijo amado, ejecutado como un criminal abyecto. Su Hijo, que era también su Maestro, quebrado por las torturas previas y por los tormentos propios de la crucifixión.

El mismo bebé santo de Belén. El mismo que hubieron de proteger camino al exilio. El que se crecía ante sus ojos en santidad y humildad en la pequeña Nazareth. 
El que dejaba boquiabiertos a los letrados del Templo.
El que un día se largó a los caminos a anunciar la Buena Noticia, rompiendo con todas las expectativas usuales, al punto que muchos parientes lo consideraban un loco, un enajenado.
Ese mismo que pasó haciendo el bien, se moría ante sus ojos inmensos.

El Hijo agoniza, y aún así la Madre permanece firme.

Como testamento final -sin guardarse absolutamente nada para sí- Él entrega a su Madre.
El Discípulo Amado tiene cada uno de nuestros nombres. Todos lo somos.

María de Nazareth, Madre del Señor, es una mujer sin casa.
De niña dependía de sus padres.
Ya mujer, habitaba el hogar de José de Nazareth.
Ahora, tampoco tiene casa propia.

Su hogar está allí en donde los discípulos y amigos del Señor la reciban con cordial afecto.
La casa de María es tu corazón, y el mío, y el de todos nosotros, herencia final de un Dios que todo nos ofrece aún cuando las tinieblas parecen campear y cubrirlo todo.

Ella sigue firme y en pié al pié de las cruces de todos los hijos

Paz y Bien




Viernes Santo: silencio y contemplación del amor mayor











Viernes Santo de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (30/03/18):  

Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42








La superabundancia de palabras y sonidos, de ruidos tóxicos y vocablos vanos tiene una morbilidad demasiado habitual. En verdad estamos saturados -a menudo gustosos de ello-, pero por eso mismo es tan necesario hacer silencio, ese silencio fructífero, desierto santo para el encuentro con Dios. Y así, despojados de cualquier intromisión perecedera y de tantas cuestiones distractivas, centrar la mirada y el corazón en ese Cristo crucificado.

Hay que dejar que la cruz nos hable.

Los romanos eran cruelmente eficaces en esos temas punitivos, ejecutorios. Todo estaba cuidadosamente estudiado y se planificaba en busca del mayor efecto. La crucifixión, como pena capital, tenía dos aspectos: por un lado, aplicar el máximo castigo al reo condenado, escarmiento doloroso por crímenes contra el imperio, que tenían como área previa una ingente sesión de flagelos y durísimos maltratos corporales. La exposición del castigado desnudo y agonizante es la humillación mayor, aunado esto a una prolongada e insoportable agonía.
Por otra parte, buscaban un efecto disuasorio hacia otros que pretendieran seguir el mismo camino subverviso del condenado, como indicando esto es lo que te espera. Por ello siempre este tipo de ejecución tiene un carácter público y casi obligatorio.
De estos horrores se exceptuaban a los ciudadanos romanos: con la cruz se reprimía a los esclavos rebeldes y a los alzamientos provinciales, tal era el grado de espanto que se infringía y el tenor de indignidad considerado, impropio de un hijo de Roma.
Para la ley mosaica, un crucificado es directamente un maldito.

Marginalidad y maldición, y la piedad desalojada.

En el Gólgota hay tres condenados levantados, pero un sólo inocente. Como con exactitud lo dirían tiempo después sus amigos, ese galileo pasó haciendo el bien, y sin embargo lo ejecutan como a un criminal peligroso.
Los concienzudos verdugos romanos, luego de burlas y vejámenes, le han aplicado un cartel cuya pretensión es identificar pero también ridiculizar. Está escrito en hebreo, latín y griego, es decir, en todos los idiomas universales para esa época, mensaje que será para todas las naciones de todos los tiempos. Dice: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos -Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm-.
El término pretendidamente mesiánico, rey de los judíos, es una broma torpe, que a su vez reaviva las furias de los sanedritas: el término correcto, de corresponder, hubiera sido rey de Israel. A esos hombres, religiosos profesionales, los puede el odio y el rencor antes que la erudición que dicen profesar.
Pero, aún cuando seguramente el pretor no lo desea, la identidad originaria del Crucificado es motivo de honra y revelación. Jesús Nazareno, Jesús nacido en Nazareth, la pequeña e ignota Nazareth de la periferia, de donde nada se espera y en donde en realidad todo comienza, y la historia señala una encrucijada y un cambio de rumbo total a partir de una pequeña muchachita judía que ahora muere por dos, muere al pié de esos maderos en donde su hijo -que es su Maestro y su Dios- agoniza del peor modo.

Contemplar a ese Crucificado es volver a escuchar la voz de la mansedumbre, de la paz, de la vida que se ofrece para que no haya más crucificados.
Es dejar que el amor se exprese pues es más fuerte y más tenaz que cualquier espanto y cualquier tortura, que la muerte misma.
Es ponerse al hombro las miserias y caminar hacia tiempos mejores y definitivos, en donde no importen tanto las voces autoritarias y cínicas de los Caifás y los Pilatos y los Herodes, e inclinar los corazones hacia los inocentes. Porque siempre, indefectiblemente, hay que estar del lado de las víctimas y no de los victimarios.
Es permitir que esa mujer de corazón enorme y doliente se afinque en nuestro hogar, pues casa propia no tiene: la casa de María está allí en donde están los hermanos de Cristo que la reciben con afecto. María es la herencia más valiosa que nos lega ese Crucificado, en un testamento amoroso apenas pronunciado pero escrito de manera indeleble por su sangre divina vertida como cordero pascual, sangre con la que pintaremos las puertas de nuestros corazones para que todas las muertes pasen de largo.

Estamos en las manos bondadosas de un Dios que es Padre y es Madre, aún cuando los cielos se oscurezcan, aún cuando parezca que nos han arrancado la esperanza a golpes de martillos odiosos, en medio de cualquier noche.

Paz y Bien

Jueves Santo: el servicio, la identidad cristiana












Jueves Santo

Misa Vespertina de la Cena del Señor

Para el día de hoy (29/03/18):  

Evangelio según San Juan 13, 1-15










Lo que no se acepta por razones, suele ser tierra fértil de los co-razones.
Esa última cena, que para los discípulos es tristeza, es despedida, es final, en realidad es un hasta pronto, una esperanza que no se apaga, la cena primera de muchas que repetirán el encuentro infinito de los hermanos alrededor de ese Dios que se vá para quedarse más plenamente.

Lo que sucede en ese ámbito, en esa noche y durante esa cena abre una brecha cósmica, pues revela en plenitud la identidad de Cristo, el misterio de Dios y la clave de la humanidad plena, eso que llamamos felicidad, tres facetas de la misma eternidad.

No se trata de un nuevo culto, de una nueva liturgia establecida, pues acontece en medio de la cena. En caso contrario, el lavatorio de pies se hubiera realizado en un comienzo respetuoso o en un final solemne. No es tampoco un rito de purificación -como las abluciones para lavarse las manos- ni gestos de humildad simbólica.
Lo que Cristo dice y hace responde a su realidad más profunda, a su identidad plena con Dios.

Es por ello que se quita el manto, enrollándolo a la cintura; en la Palestina del siglo I, el manto es la prenda de vestir principal, sin la cual un hombre andará casi desnudo. Así entonces, quitarse el manto es despojarse de sí mismo, a una intemperie absoluta.
En ese entonces también, lavar los pies, limpiar los pies de la tierra del camino era una tarea menor que le correspondía únicamente a los esclavos. Las familias menos pudientes lo hacían cada uno por sí mismos, pues no era algo que se podía delegar a nadie, mucho menos a un familiar.

Este Cristo se despoja de sí mismo y se hace esclavo de sus amigos, y como le sucede a Pedro, nos puede crecer cierto conato de rebelión frente a ese Jesús servidor. Es muy persistente la imagen de un Dios lejano, todopoderoso y glorioso, no la de un Dios hermano, un Dios amigo, un Dios servidor que se hace cargo de nuestras suciedades, por gravoso o deficiente que resulte el término empleado.

En realidad, Jesús ratifica hasta las últimas consecuencias todo lo que ha venido haciendo durante su ministerio: ha lavado a tantos descastados, olvidados, excluidos, impuros, restituyéndoles su plena humanidad a partir de su amor y su amistad.

Porque Dios es amor, y más aún, no es un concepto abstracto. No es del todo erróneo afirmar que Dios es también amar.

En la santa ilógica del Reino, la señal que nos deja Cristo y que es herencia para todas las generaciones de toda la historia, es que la renuncia a sí mismo y el servicio generoso e incondicional son fuente de justicia, de santidad, de eso que llamamos felicidad, aún cuando los desprecios militantes, las cárceles del odio y las cruces más violentas se presenten ominosamente cercanas.

Porque el que se atreve a morirse por los demás, ha de vivir para siempre.

Paz y Bien

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