La comprensión profunda de la Palabra sólo acontece en la comunión fraterna














Para el día de hoy (31/07/18):  

 
Evangelio según San Mateo 13, 36-43








Desde un punto de vista estrictamente literario, las parábolas son formas narrativas simbólicas fundadas en hechos verosímiles, que apuntan a contenidos o conclusiones no explícitas; habitualmente tienen un objeto didáctico o sapiencial, y dejan al oyente o al lector la puerta abierta a fines que no son tan evidentes a simple vista.

Jesús de Nazareth se valía de las parábolas para enseñar a las multitudes la novedad absoluta del Reino; sus parábolas se nutrían de hechos de la vida cotidiana que sus oyentes conocían bien, y a partir de eso que re-conocían podían llegar a una trascendencia insospechada, maravillosa y muy distinta a todo lo que habían aprendido hasta el momento, y muy probablemente nosotros hemos perdido esa capacidad de hablar de las cosas del Reino, de anunciar la Palabra a partir de lo que viven las mujeres y los hombres de hoy.

Pero algo ha de pasar y derribará cualquier presunción de automaticidad. Todo debe tener su tiempo de maduración y crecimiento para obtener buenos frutos, y es dable -y hasta necesario- presentar cierta desconfianza hacia todo aquello que se muestre como instantáneo.

Así sucede con la Palabra.

La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Viva, es la buena semilla que debe encontrar tierra buena en donde germinar con su escondida fuerza imparable, crecer en pequeños brotes y brindar, a su tiempo, asombrosos frutos. La Palabra también es un gran mar infinito sin orillas, de aguas mansas en las que nos sumergimos sin otro peligro que el que nos zozobren la soberbia y el egoísmo, y en cuyas profundidades -de seguro- encontraremos tesoros maravillosos.

Hay diversos niveles de profundidad a los que se accede, ante todo, con un corazón dispuesto. Son muy importantes exégesis, análisis y hermenéuticas, pero los buenos buceadores respiran principal y especialmente piedad.
Por ello los discípulos, a menudo, pedían al Maestro que les explicara la parábola, y a veces también esto sucedía por la propia iniciativa de Él. Se trata de ir sumergiéndose un poco más cada vez, en la espléndida ilógica del Reino: uno se hunde para ascender.

La comprensión profunda de la Palabra sólo acontece en la comunión fraterna, junto a los hermanos, y no por esfuerzo individual. La Palabra crece cuando se reune la Iglesia, dos o más juntos en su Nombre.

Sólo en la cercanía cordial del Maestro podemos acceder a las honduras infinitas de esa eternidad que se nos entreteje y ofrece en el aquí y el ahora.

Paz y Bien

Reino de Dios, Reino humilde y silencioso, Reino tenaz, Reino actual de una fuerza imparable











Para el día de hoy (30/07/18):  

Evangelio según San Mateo 13, 31-35







En pos de un Cristo glorioso y celestial, lejano en ornados altares -productos todos ellos de la piedad, claro está- solemos olvidar una imagen que debería ser carísima a nuestra memoria y nuestros afectos, la de un Jesús niño pobre, criado en una pequeña aldea de la periférica Galilea, a la sombra bienhechora de su abba José, al calor de su imma María.
Es un niño tan común, tan parecido a cada uno de nosotros que cualquier esfuerzo racional por encasillar a ese niño como un Dios es tarea vana. Por el contrario, a través de la fé que se nos ofrece, allí nos estremecemos frente a un Dios que se hace historia, tiempo, pariente, vecino, uno más entre nosotros.

Así no es difícil imaginar a ese niño mirando con grandes ojos poblados de asombro a su madre y a otras mujeres del poblado tomar un puñado de levadura -una pizca, una nada- mezclarla con una medida de harina y luego de un tiempo, ver como ese bollo amasado crecía y se levantaba y se transformaba en el pan cotidiano.
También, como hijo de su pueblo conocía bien la flora del lugar; en Palestina es habitual que crezca la planta de mostaza, amplia, frondosa, nacida a partir de una semilla pequeñísima, tan insignificante que se pierde entre los dedos. Y sin embargo, esa semilla ínfima tiene escondida una fuerza asombrosa que crece y crece.

De todo eso que bebían sus ojos asombrados, Jesús ya hombre enseñará y revelará las verdades de Dios. Quizás por ello suscitaba tantas furias y reprobaciones, pues no se aferra a arcanos rituales acotados al culto oficial en el Templo, sino que a su Dios se lo descubre en lo cotidiano, en lo habitual, y es una cuestión -para algunos corazones estrechos- una condición peligrosamente secular. Nada bueno puede salir de Galilea, nada bueno ha de esperarse de aquellos sitios y personas que preencasillamos como marginales o sospechosos.

Pero esa es la lógica de los poderosos, la ratio de los esclavos.
La ilógica del Reino es el sentido de libertad de las hijas y los hijos de Dios, que aman la liberación que su Dios les ofrece porque es, ante todo, un Padre que ama.

La esperanza que Cristo ofrece no tiene nada de instantaneidad. Esas tendencias a resolver todo con soluciones instantáneas deberían estar lejos de nuestros corazones.
Lo que cuenta es que el Reino de Dios es un acontecer que sucede aquí y ahora, que sigue fecundando nuestro tiempo gris y vacío, que empuja hacia la luz a tantas gentes hundidas en el fango del dolor y de todas las rutinas sin destino, Reino humilde y silencioso, Reino tenaz, Reino actual de una fuerza imparable, que suele pasar inadvertido para quienes se imaginan mundos fantásticos que se imponen por la fuerza, pero que aquí se nos crece como pidiendo permiso, pero sin aflojar en esa tenacidad que no es otra cosa que el persistente amor de Dios, la Gracia que nos fecunda todos y cada uno de los días de la vida.

Paz y Bien

Hacerse pan para el hermano hambriento














17º Domingo durante el año

Para el día de hoy (29/07/18):  

Evangelio según San Juan 6, 1-15








Una multitud cada vez más creciente seguía a Jesús. Él realizaba milagros por demás asombrosos, sanando enfermos que la religiosidad de la época dejaba abandonados a su suerte y dolor, en la mentalidad de considerar esos penares deseados por Dios a consecuencia de pretéritos pecados. Así, que ese humilde rabbí galileo les trajera esa bendición increíble los movilizaba de a mares.

Dable y razonable es la causa de tanto fervor. Pero los signos del Maestro -los milagros- son gestos de bondad que apuntan a otra realidad amplísima, que supera cualquier estrechez de miras, la trascendencia del amor de Dios que invita a vivir de otra manera renovada y recreada, la pascua de la conversión. Por ello es que Jesús se retira a la montaña, por todo ello pero muy especialmente por los discípulos, que discurren montados a lomos de los mismos fervores sin destino.
La dialéctica de éxito y fracaso es una tentación siempre presente pero, a su vez, es la arena movediza de un mundo que nada tiene que ver con la Gracia, con le Reino de Dios, con vidas que sigan igual, sin modificarse, sin convertirse, sin solidaridad ni justicia.

Las Escrituras nos ofrecen niveles de profundidad, para asomarnos paulatinamente a la inmensidad del misterio de Dios. Por ello cualquier lectura lineal -causa primera de los fundamentalismos- o superficial supone dejar de lado prejuicios o preconceptos, y permitir/nos que los símbolos allí ofrecidos, que son ventanas al infinito, nos vayan iluminando los pasos.

Así, los cinco panes de cebada y los dos pescaditos ofrecidos por el muchacho -humilde comida de pobre-, refleja en silencio el número siete, que para la memoria ancestral judía representa la totalidad, plenitud. Y las doce canastas llenas que sobran reflejan también a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles, espejo primordial de un nuevo comienzo para todos los pueblos.

Los discípulos oscilaban entre los viejos esquemas de gloria y poder y las cosas que el Maestro les enseñaba. Allí, frente a la multitud hambrienta, unos esgrimen la lógica habitual de que todo puede resolverse mediante el dinero, y sin dudas no hay suficiente para una comida para miles. Pero no todo se puede comprar, ni tampoco hay que someterse al dinero como a un ídolo cruel que todo lo decide.
Otros como Andrés, el hermano de Simón Pedro, avizoran que hay otro modo querido por Jesús, pero se quedan en los umbrales; por ello los panes y los pescados compartidos por el niño se le hacen nada, una irrelevancia.

Pero esa ofrenda generosa de algo tan pequeño -un humilde almuerzo- puede ser el comienzo que todo lo transforma. La solidaridad fué, es y será gratamente escandalosa.
Los milagros son una mixtura santa entre la confianza del hombre y el amor de Dios.

Y en ese monte, frente a esa multitud sentada, el milagro es mucho más profundo que los miles que se sacian. El verdadero milagro es que si es el Señor quien alimenta, el hambre retrocede, el hambre desparece y más aún, no habrá más hambre.

Desde el pan compartido, por la acción bondadosa de Cristo, el pan que se comparte y reparte alcanza para todos y se guarda en cantidades siempre generosas para los que todavía no han llegado.

Porque esos panes y esos pescados son señales. Lo que verdaderamente cuenta es hacerse pan para el hermano hambriento, como ese Cristo que es el Pan de vida para todas las existencias.

Paz y Bien

No se puede arrancar lo malo sin lastimar profundamente lo bueno















Para el día de hoy (28/07/18):  

Evangelio según San Mateo 13, 24-30






Quizás en la lectura de hoy volvamos a encontrar la trascendencia de las parábolas: Jesús les enseñaba a las gentes las cosas de Dios a partir de lo cotidiano, de cosas que vivían a diario esas personas que, en gran medida, eran peones de campo y agricultores. Pero hay más, y se trata de que mediante esas comparaciones sencillas, el pueblo intuía que el Reino se entrelazaba con la realidad cotidiana.

En aquellos tiempos el cultivo del trigo tenía un carácter de primera necesidad, pues a partir de la harina se amasaba el pan que para Israel y para los pueblos de Oriente Medio era el alimento primordial por excelencia. Era raro que los pobres comieran carne excepto algunos pequeños peces, y por eso la falta de pan implicaba el hambre y ponía en riesgo la supervivencia.

Esos campesinos conocían lo que solía pasar en los sembrados: junto a los tallos del trigo crecía también la llamada cizaña, término que remite a una serie de plantas similares conocidas como falso trigo -lolium temulentum-. Las dos plantas, en los estadios iniciales del crecimiento son muy parecidas y por ello muy difíciles de diferenciar. Pero la cosa cambia cuando fructifican, las espigas de trigo tienen granos dorados y ovalados mientras que la cizaña brinda frutos redondos de color violáceo. La primera producirá la harina elemental, mientras que la segunda es venenosa, altamente tóxica, incomible.
El otro gran aspecto es el de las raíces: la cizaña poseía raíces fuertes y frondosas que en la etapa del crecimiento se entrelazan con las raíces del trigo. Una vez crecidas y germinales, los campesinos -al advertir al fin la diferencia- no pueden simplemente arrancar la cizaña pues al hacerlo dañarían al buen trigo.
No se puede erradicar lo malo sin lastimar profundamente lo bueno.

El Maestro dá un paso más, y es revelar que ese surgimiento no es fortuito sino deliberado, neta acción del enemigo para que no haya buen trigo, para impedir el pan, para que se disemine el veneno y la muerte.

Nosotros, como labriegos al cuidado del campo que se nos ha confiado, no nos podemos arrogar la función propia del Dueño, que al tiempo final de la cosecha separará el trigo de la cizaña, porque no nos corresponde y porque a su vez, el dañor que provocaremos será aún mayor que el bien que se pretende.

La convocatoria a la paciencia es asombrosa, y a la vez nos abre los ojos a la quebradiza realidad humana. No se trata de internarse en el fango de un maniqueísmo que justifique los quebrantos y miserias. Trigo y cizaña son muy parecidos, pero no son lo mismo, de ninguna manera.
Lo que importa es el fruto, el destino de pan que será la evidencia de la bondad de la semilla que nos ha crecido en este pequeño terreno fértil que es nuestro corazón.
Paciencia y esperanza.



Paz y Bien

La iniciativa primordial es de Dios, sembrador de la vida















Para el día de hoy (27/07/18):  

 
Evangelio según San Mateo 13, 18-23






En apariencia, la actitud del sembrador es en extremo despreocupada, quizás indolente. Arroja aquí y allá las semillas con una confianza inusitada, sin fijarse demasiado en donde ha de caer esa simiente tan valiosa: es que sabe que lo que siembra tiene un poder escondido asombroso, tiene esa certeza campesina de que ha de crecer por su propia fuerza, por ese empuje oculto, y su esfuerzo jamás ha de ser de balde.

El tiempo inaugurado por Jesús de Nazareth es la era maravillosa de la Gracia, de la historia fecunda, esa Encarnación que implica una cercanía total de Dios-con-nosotros, y es precisamente la Encarnación el tiempo urdido en urdimbre santa entre Dios y el hombre. Las iniciativas son siempre primacías amorosas de ese Dios que sale al encuentro hecho hijo, hecho pan, hecho semilla, pero la humanidad no está desconectada de la bendición ni tiene por ello una actitud pasiva, aguardando que Otro resuelva por ella sus miserias y problemas. Nada de eso. La esperanza cristiana -señal de fidelidad y confianza- siempre es activa, la vida en el Espíritu siempre es movimiento, corazones peregrinos.

De algún modo la simbología del Génesis es algo más que alegórica: somos tierra que anda, tierra moldeada entre manos bondadosas, tierra con aliento de vida.

Esta tierra viva que somos tiene destino de fecundidad inscrito en sus honduras, pero también posee un color de libertad, aún cuando esa libertad la lleve a traicionar su mejor horizonte. Es por ello que esa semilla de fuerza imparable a veces es rechazada,  a veces germina pero no crece, a veces crece a medias -puro asomo-, y otras veces produce un rinde extraordinario. Está en nosotros.

María de Nazareth -tierra sin mal, tierra fiel- es la que mejor comprendió este camino y en su pequeñez se creación la eternidad de ese Dios enamorado de su creación.

Paz y Bien

Evangelio, palabra de Vida y palabra viva















Para el día de hoy (26/07/18):  

 
Evangelio según San Mateo 13, 10-17







Desde un punto de vista estrictamente literario, las parábolas son formas narrativas simbólicas fundadas en hechos verosímiles, que apuntan a contenidos o conclusiones no explícitas; habitualmente tienen un objeto didáctico o sapiencial, y dejan al oyente o al lector la puerta abierta a fines que no son tan evidentes a simple vista.

Jesús de Nazareth se valía de las parábolas para enseñar a las multitudes la novedad absoluta del Reino; sus parábolas se nutrían de hechos de la vida cotidiana que sus oyentes conocían bien, y a partir de eso que re-conocían podían llegar a una trascendencia insospechada, maravillosa y muy distinta a todo lo que habían aprendido hasta el momento, y muy probablemente nosotros hemos perdido esa capacidad de hablar de las cosas del Reino, de anunciar la Palabra a partir de lo que viven las mujeres y los hombres de hoy.

Pero algo ha de pasar y derribará cualquier presunción de automaticidad. Todo debe tener su tiempo de maduración y crecimiento para obtener buenos frutos, y es dable -y hasta necesario- presentar cierta desconfianza hacia todo aquello que se muestre como instantáneo.

Así sucede con la Palabra.

La Palabra de Dios es Palabra de Vida y Palabra Viva, es la buena semilla que debe encontrar tierra buena en donde germinar con su escondida fuerza imparable, crecer en pequeños brotes y brindar, a su tiempo, asombrosos frutos. La Palabra también es un gran mar infinito sin orillas, de aguas mansas en las que nos sumergimos sin otro peligro que el que nos zozobren la soberbia y el egoísmo, y en cuyas profundidades -de seguro- encontraremos tesoros maravillosos.

Hay diversos niveles de profundidad a los que se accede, ante todo, con un corazón dispuesto. Son muy importantes exégesis, análisis y hermenéuticas, pero los buenos buceadores respiran principal y especialmente piedad.
Por ello los discípulos, a menudo, pedían al Maestro que les explicara la parábola, y a veces también esto sucedía por la propia iniciativa de Él. Se trata de ir sumergiéndose un poco más cada vez, en la espléndida ilógica del Reino: uno se hunde para ascender.

La comprensión profunda de la Palabra sólo acontece en la comunión fraterna, junto a los hermanos, y no por esfuerzo individual. La Palabra crece cuando se reune la Iglesia, dos o más juntos en su Nombre.
Sólo en la cercanía cordial del Maestro podemos acceder a las honduras infinitas de esa eternidad que se nos entreteje y ofrece en el aquí y el ahora.

Paz y Bien

Peregrinos con Santiago hacia los gratos pagos de la Buena Noticia














Santiago apóstol, Patrono de España

Para el día de hoy (25/07/18):  

Evangelio según San Mateo 20, 20-28









La existencia, y muy especialmente la vida cristiana, es un peregrinar con otros, un ir hacia, un salir de uno mismo para ir al encuentro del otro y de Otro.
Quizás nuestro primer antecedente lo encontremos en los magos de Oriente, incansables buscadores de verdad y trascendencia que no se amilanaron por las distancias físicas ni por los abismos cordiales. Ponerse en marcha sabiendo que el que busca, encuentra.

Los apóstoles, en nuestro andar por los caminos de la fé, también han debido realizar un éxodo de liberación, desde la vana imagen de un Dios inaccesible, violentamente vengador y de un Mesías glorioso revestido de poder militar a la tierra prometida de la Gracia, el Dios Abbá de Jesus el Señor, servidor y esclavo de sus hermanos.

Santiago -Jacobo- y su hermano Juan eran dos hombres de carácter bravo y de una religiosidad teñida de brusco fundamentalismo. que no toleraba disidencias, a tal punto de ser conocidos como Boanerges o hijos del trueno, y no tanto como hijos de Zebedeo, su padre. En esos fuegos de sus personalidades se aferraban al viejo esquema del poder que se impone desde el dominio, un Mesías monárquico al que le reclaman, en esa tesitura, la porción de poder que les corresponde.
Tal vez a riesgo de volvernos simplistas, es dable pensar que su exigencia cuadraba con el ídolo que se habían fabricado a su conveniencia, sin entender que el camino de Cristo es camino de amor y servicio y, por ello mismo, camino de liberación.

Con Santiago también somos peregrinos, esforzados exiliados de esas idolatrías que a veces no son tan pequeñas, y que a veces se llaman ego, poder, mercado, ideología, dinero, y que rechazan de plano la presencia de Aquél que le dá sentido a todas las cosas, el Espíritu del Resucitado que vivifica, re-crea y sustenta andares y horizontes.

Peregrinos con Santiago hacia los gratos pagos de la Buena Noticia, querencias de amor, romerías de la familia de las  hijas y los hijos de Dios que se descubren felices por la misma pertenencia cordial y por un destino común que se edifica andando, aún cuando a menudo implique ofrecer la vida para que otros vivan, peregrinos de la Salvación.

Dios bendiga y guarde a España.

Paz y Bien

La asombrosa cercanía de un Dios pariente de todos














San Francisco Solano, presbítero

Para el día de hoy (24/07/18):  

Evangelio según San Mateo 12, 46-50







Probablemente, la escena que nos brinda el Evangelio para el día de hoy deba ser considerada en un marco mayor, más amplio. Es que Jesús de Nazareth asombraba y escandalizaba a propios y ajenos, no se comportaba de la manera que todos esperaban que lo hiciera; los dirigentes religiosos, que se sometiera dócilmente y sin cuestionamientos a su autoridad omnímoda, ortodoxa, excluyente, que no inventara más patrañas nuevas como las que propalaba y que cada día más se acercaban a la pena capital por blasfemo.

Pero sus parientes -su tribu nazarena, su clan- también lo miraban desconcertados: si bien de niño siguió a pies juntillas los pasos de su padre en el trabajo y la vida familiar, en cuanto se hizo hombre se largó a los caminos, a hablar de Dios de una manera asombrosa, a sanar enfermos, a rescatar excluidos e intocables, a decir las cosas sin ambages aún cuando ello supusiera exponerse a potenciales y terribles represalias por parte de las autoridades. Además de todo, no había en Él ningún deseo de prosperar, permanecía tan pobre o más que cuando se fué, voluntariamente se abstiene del amor de una mujer y del matrimonio y no quiere establecer una familia, sus esfuerzos nada aportan al villorrio.
Así, oscilando entre los enfrentamientos con los poderosos y la negación pertinaz de las tradiciones familiares, es dable inferir que sus parientes supongan que ese hombre esté fuera de sus cabales. Por lo general, a los que no comprendemos les adjudicamos cierto grado de patología. Su presencia a las puertas de esa casa en Cafarnaúm es por demás elocuente: no están allí para dialogar y razonar, están allí para reclamar pertenencia y hasta propiedad. Ese Jesús es de ellos y de nadie más, y por más fervores que palpite la multitud, Jesús no les pertenece.

Pero frente a esa presencia de reivindicación exclusivista, no hay invectivas ni recriminaciones por parte del Maestro. Él no se separa de los suyos, especialmente de su Madre, que quizás esté confundida pero que tenazmente cobija todas las cosas en las honduras cálidas de su corazón.
Son otras las cuestiones que verdaderamente le importan al Maestro, son otras las cosas que quiere establecer y escapar de los limitados parámetros sociales y hasta sanguíneos.

Porque la convocatoria del Dios de la vida trasciende esos lazos familiares, ampliándolos infinitamente y haciéndolos plenos. Son lazos familiares y espirituales los que quiere ofrecer Cristo, de familia inmensa, fruto de la paternidad amorosa de un Dios incansable.
Por eso mismo, señala a los suyos y los refiere como discípulos antes que apóstoles. Apóstol es el carácter que adquirirán por la misión conferida. Discípulo no es sólo el aprendiz, sino aquel que comparte pan y vida con Cristo, y que por la cercanía del Señor su existencia se transforma y su corazón se amplía de forma tal que en su alma pueden habitar sin problemas multitudes de hermanos.

Porque ser discípulo es volverse, por la Gracia, padre y madre, hermano y hermana, familiar muy cercano del mismo Dios.

Paz y Bien

La urgencia de pasar a una vida bondadosa y fiel















Para el día de hoy (23/07/18):  

Evangelio según San Mateo 12, 38-42







El pedido que le hacen algunos escribas y fariseos a Jesús de Nazareth no tiene nada de inocente, ni hay en ella intención de encontrar la verdad.
Esos hombres eran prejuiciosos en el sentido literal del término, es decir, que de antemano tenían un juicio amoldado a las personas y a las ideas a través del cual todo lo tamizaban, Ese filtro falaz todo lo mediatizaba, por lo cual era improbable que se encontraran frente a la realidad de la gente y al ámbito espiritual. Así, para ellos el Maestro era un provocador heterodoxo que socavaba las férreas tradiciones instauradas, un provocador de intenciones obscuras, un blasfemo irredimible.

Quizás lo peor fuera que ese hombre hablara de Dios Abbá, un Dios tan cercano como Padre, un Dios que salía en busca del hombre y que se hacía historia, tiempo, amigo, vecino, Hijo queridísimo. Ello echaba por tierra la imagen que propugnaban, un Dios terrible, severo y eternamente distante al que sólo se accede a través de los reglamentos de los que sólo ellos son guardianes absolutos e incuestionables.
Pero además hay otra cuestión más terrena, capciosa, espinosa de envidias bravas: ese Jesús era un galileo pobre de la periferia, que no tenía formación académica -hijo de carpintero al que se le nota el acento provinciano- que se arroga la potestad de enseñar cosas de Dios. Inadmisible.
El pedido de una señal o signo refiere a esos criterios: si ese hombre habla en nombre de Dios, que haga algo sobrenatural que vindique lo que dice, y así desdeñan todos los gestos de bondad, todas las señales de sanación, todos los signos de liberación que el prodiga a pura bondad.

La respuesta del Señor es durísima. Escribas y fariseos pertenecen a una generación malvada y adúltera que reclama un signo.
Malvada pues su soberbia obstinación impide que florezca el bien.
Adúltera, pues los esponsales amorosos de Dios con Israel han sido reemplazados por el maridaje de ellos con sus propios egos, con sus ambiciones de poder, con sus desprecios encendidos, con su perenne torpeza autorreferencial que no admite al otro.

La mención al profeta Jonás es la rebeldía del amor de Dios, del Reino aquí y ahora; Él no se somete a ese interrogatorio que busca la aprobación de esos hombres de religiosidad opresiva sin corazón. El profeta estuvo oculto en el vientre de la ballena y luego de tres días emerge en Nínive anunciando un mensaje divino de conversión.
El Señor estará tres días en el vientre de la tierra -tumba inútil- y emergerá resucitado, signo definitivo del amor de Dios que prevalece sobre la muerte. Algo más que Jonás, algo más que Salomón, algo más que la simple imagen de un Mesías conveniente adaptado a nuestros criterios mezquinos, solución temporal de algunas neurosis sin conversión, sin existencia transformada.

La urgencia de pasar a una vida bondadosa y fiel.

Paz y Bien


No hay momento inconveniente para ir a Cristo
















Domingo 16º durante el año

Para el día de hoy (22/07/18) 

Evangelio según San Marcos 6, 30-34






Los Doce habían regresado de la misión que el Maestro les había encomendado: habían hecho todo lo que Él les había mandado, sanado enfermos, enseñado las cosas de Dios. Será la primera vez que el Evangelista los llama apóstoles, es decir, enviados, que tienen la misma estatura ética y autoridad por Aquél que los ha enviado, y nó por mérito propio.

Es claro que regresan muy cansados: es algo nuevo para ellos, y la empatía con las gentes -tantos dolientes, tantos excluidos, tantos agobiados de miseria- les pasa factura. La compasión es asumir en el corazón y en los huesos el dolor del otro, que no es una abstracción romántica y agradable, es santamente concreta.
Es muy necesario el descanso, restablecerse, rehacerse de sentido, reponer fuerzas. Con gran veracidad, san Vicente de Paul observaba acerca de la necesidad de cuidar la salud, pues es trampa del Maligno engañar a las almas dedicadas a que hagan más de lo que pueden, y acaso así lleguen a una instancia de no poder hacer nada por querer hacer todo.

El Maestro lo sabe, conoce bien las necesidades y debilidades de los suyos. De los Doce, las tuyas, las mías, las nuestras, y se preocupa y ocupa, y es necesario prestar atención.

Es de imaginar la situación que se les planteaba: esos hombres agotados, de repente se encuentran rodeados por una multitud que busca a Cristo por todas partes, con confianza a veces, con desesperación muchos más. No tienen un segundo de calma ni pueden comer, y sucede -fruto de la extenuación- que no siempre campea la paciencia frente a instancias tan extremas.

Pero Cristo tiene una disponibilidad extraordinaria. Lo conmueve y moviliza el padecer de esa multitud a la deriva, ovejas perdidas sin pastor que las proteja, que las reconozca, que se ocupe de ellas.

No hay hora, ni momento ni circunstancia alguna que sea inconveniente para acudir a Él. Con nuestras necesidades, con mochilas de miserias, con tantos dolores, con todo lo que hay que llevar a su presencia.
En todo momento y en todo lugar, Él está siempre atento y dispuesto a la escucha y al auxilio, y allí está nuestro refugio y nuestra esperanza.

Paz y Bien

La voz de Dios que se escucha en los sitios más inesperados











Para el día de hoy (21/07/18):
 
Evangelio según San Mateo 12, 14-21



Es usual despreciar a los fariseos y dirigentes religiosos de los tiempos del ministerio del Señor; pero, a veces, este desprecio nos lleva a minusvalorarlos.

Es que estos hombres eran muy inteligentes, y expertos en sus conocimientos religiosos, lo que los favorecía enormemente a la hora de adecuar sus doctrina a sus necesidades. Así volcarán todos esos saberes a su propio favor para fundamentar la eliminación lisa y llana de ese rabbí galileo revoltoso, subversivo y blasfemo.

Es que Jesús de Nazareth se había vuelto demasiado peligroso: el pueblo más sencillo lo escuchaba y seguía, y Él se atrevía a hablar en nombre de Dios y a actuar también en su nombre por fuera de esa estructura que tanto los favorecía.
Podemos suponer que todo iba más allá de un quebranto de la ortodoxia: encontraban amenazados su status, sus prebendas, su autoridad y su poder dominante sobre los otros, y por ello cualquiera que se atribuya la bendición de Dios por fuera de los canales prescriptos por ellos, deberá ser eliminado.

La contraposición no puede ser más extrema: los fariseos que traman encontrar el modo óptimo de suprimirlo, y Él que no se cansa ni descansa haciendo el bien allí en donde se lo necesita, sin preguntar pertenencias, sólo descubriendo los rostros dolientes y sufridos de quienes considera sus hermanos.

Aún sabiendo lo que se prepara en contra de su vida, Él no se detiene ni se esconde. No tiene un ego desbordado que añora la fama, ni es un empecinado buscador de adeptos en misión de afiliación. Es el servidor de todos -sin excepción- y Él pasa haciendo el bien sin estridencias, revelando el rostro bondadoso de un Dios que ama entrañablemente a toda la creación.

Por eso mismo, Jesús de Nazareth no es el portador de una divina balanza de juicios condenatorios. Él dispensa de modo asombroso y abundante salvación, que es liberación y justicia en pos de la felicidad.

Porque juicio y condena nos pertenecen. Nosotros elegimos perdernos, nosotros decidimos rechazarlo, nosotros denegamos la voz de Dios que puede escucharse en los lugares más insospechados.

Paz y Bien

En Cristo se encuentra el horizonte, la clave de todo destino, la plenitud














Para el día de hoy (20/07/18) 

Evangelio según San Mateo 12, 1-8








Muy a pesar de muchas de sus actitudes, Jesús de Nazareth no era un provocador nato, un buscapleitos sin motivo. Él se mantiene firme a algo más que principios, todo lo que Él hace es por obediencia, por fidelidad a ese Padre al que está intrínsecamente unido. De allí que sus enseñanzas provocaran tantos conflictos a aquellos que tenían sus mentes estratificadas por normas y códigos religiosos que, aunque antiguos, con el tiempo habían olvidado a quien daba sentido y plenitud a todo, Dios mismo.

El pueblo de Israel, a través de los siglos, no la había pasado demasiado bien. Rodeado de naciones hostiles y enfrascado en guerras casi habituales, la derrota contra los babilonios los sumió en una perspectiva espantosa: esclavitud y exilio de la Tierra Santa.
En la lejana Babilonia, lejos del hogar de sus mayores y de su propia historia, corrían otro peligro conexo, el que su identidad única se fuera disolviendo. Por ello sus sabios reflexionaron la necesidad de afirmarse en aquello que los hacía únicos, su propia fé, sus tradiciones.

No está nada mal aferrarse a las tradiciones: los problemas comienzan cuando ellas se convierten en horizonte único, cuando son sólo un retorno al pasado, cuando se absolutizan, pues el único absoluto es Dios. Así entonces tradiciones devienen en traiciones, pues en nombre de ese Dios se establecen imposiciones harto gravosas que cada vez más se alejaban del Dios de la Liberación al que Israel siempre se dirigía.

El epítome de esas tradiciones era el Shabbat o sábado: era el día del Señor, día del descanso y reposo de todas las tareas semanales, día del reencuentro orante con su Dios, día santo. Con el correr de los años, esa santidad se fué desdibujando por un cúmulo de imposiciones y normas impuestas que apartaban al pueblo de su centro principal, Dios mismo. Los momentos son santos en tanto y en cuanto Dios se vuelve fundante, y por eso mismo humanizante, profundamente humano. No es más importante la observancia del sábado que Dios, no es más importante la rigurosidad del cumplimiento de cualquier precepto si Dios no está por delante.

La recriminación que a Cristo le enrostran esos fariseos es de carácter moral y social, pues opinan que una observancia relajada de los preceptos implica una banalización de lo religioso que los identifica; sin embargo, volvemos al postulado inicial, Jesús no era un provocador nato.

Estamos ingresando a un tiempo nuevo, a la dinámica de la Gracia, a la eternidad del amor. El centro ya no es la norma a cumplir con rigor, sino que el centro es cristológico: Señor de la historia, el centro de toda la vida -humana y del universo- es ese Cristo que es hermano y Dios. 

La norma no es aferrarse al código escrito sino unirse a a una Persona, Cristo Redentor, Señor del Sábado, Señor de todos los sábados que solemos construir y edificar, pues en Él se encuentra el horizonte, la clave de todo destino, la plenitud y el descanso.

Paz y Bien

Cristo, alivio y descanso














Para el día de hoy (19/07/18): 

Evangelio según San Mateo 11, 28-30









El yugo era conocido en el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth: se utilizaba para uncir los bueyes, y unidos por la fuerza de la madera del yugo que doblega su cerviz, dirigirlos hacia el surco para arar o hacia una ruta determinada, con un rumbo específico. Y el Maestro se valía de imágenes de la vida cotidiana para que todos comprendieran, una capacidad de la que quizás hemos abdicado, hablar de las cosas de Dios con el hombre y la mujer de hoy a partir de las cosas y situaciones que viven a diario.

Ahora bien, a grandes rasgos un yugo representa sumisión, inclinar el orgullo. Sumisión del pueblo ante su Dios. Sumisión ante el poder imperial romano. Pero también y especialmente, sumisión ante la Ley y los preceptos férreamente reivindicados por escribas y fariseos.

En esta oportunidad, Jesús se dirige a los pequeños, a los anawin del Señor, que soportaban la carga intolerable que le irrogaba esa religiosidad, sofocados en un mundo plano sin posibilidades de vincularse a un Dios por demás alejado e inaccesible, cuya bendición se derramaba para algunos pocos. Terrible la carga impuesta, terrible el yugo de la resignación.
En ese ámbito tan cerrado y doloroso, las palabras del Maestro llegan como una suave brisa que todo lo renueva, como rocío bienhechor que redime los desiertos. Son palabras de consuelo, de misericordia revolucionaria: cada mujer y cada hombre puede experimentar directamente y en plenitud el amor de Dios como Padre, la plenitud de la existencia, la cercanía del Creador, fuente de todas las alegrías.
Todo ello se hace posible en los asombros infinitos de la Gracia, y aprendiendo de Cristo, discípulos en mansedumbre y humildad.

Más aún, su Palabra atraviesa toda la historia y llega a los portales en donde languidecen todos aquellos que han sido menoscabados en humanidad, en integridad, en justicia.
Porque en Cristo y su Evangelio todas las esperanzas se renuevan y recrean.

Paz y Bien 

El culto primero es compasión y misericordia













Para el día de hoy (18/07/18):  

Evangelio según San Mateo 11, 25-27







A menudo la enseñanza que nos brinda la lectura de este día suele acotarse a los niños, a la infancia, quizás por la expresión del Maestro hacia los pequeños. Sin embargo, y a pesar de la muy especial atención evangélica hacia el cuidado y protección de la infancia, en este caso no se habla de ello.

Reflexionemos por unos instantes: en las lecturas de los días precedentes, nos encontramos con las severas discusiones entre el Maestro y los doctores y escribas, las autoridades religiosas y, muy especialmente, la fé reivindicada por ellos, que poco tiene que ver con la fé del Reino.
Hoy seguimos en esa línea.

Podemos advertir una contraposición entre sabios y prudentes y los pequeños. Sabios y prudentes, precisamente, refiere a esos hombres que se consideran completos, llenos por los saberes incorporados, por su cultivo mental que los pone por encima del pueblo al que suelen menospreciar por ese mismo motivo.
Mucha erudición, sin dudas, pero poca sabiduría y escaso corazón.
La prudencia en realidad es el conservadurismo extremo que desdeña cualquier novedad, y que no tiene que ver con lo nuevo por sí mismo, sino cercenar por comodidad o por miedo cualquier germen de conversión.

En cambio, con pequeños no hace mención a una condición socioeconómica .-que es muy importante pues está intrínsecamente vinculada a la justicia- sino antes bien a la disposición cordial, vital de los que tienen una fé humilde, sencilla, a veces rústica y que sin embargo confían en Dios sin resignaciones. A ellos Dios se revela en plenitud, hacia ellos Dios se inclina con alegre y amorosa incondicionalidad, Dios de los anawin que esperan con todo y a pesar de todo.

Pero los sabios y los prudentes no son solamente los escribas y fariseos del siglo I, Están entre ellos los que reivindican una religiosidad exclusivista que suele despreciar a los demás, que repudia la religiosidad distinta, que nunca escucha a nadie excepto el discurso propio.

En la voz de los pequeños hay profecía, hay revelación y resplandece el rostro de Dios, y hemos de prestar atención humilde y afanoso servicio, el culto primero de la compasión y la misericordia.

Paz y Bien

El abandono de todo lo que perece














Para el día de hoy (17/07/18):  

Evangelio según San Mateo 11, 20-24








Las invectivas contra las ciudades que hace el Maestro son durísimas; es el modo y la tonalidad propia de las admoniciones de los profetas de Israel exhortando a la conversión.
Él se dirige puntualmente hacia dos ciudades, Corozaín y Betsaida, cercanas a Cafarnaúm y costeras al lago. Son galileas como Él mismo, pero a su vez son sede de importantes escuelas rabínicas y centros de estudios religiosos.

A pesar de todo el empeño puesto en su ministerio, a pesar de todos los signos obrados allí, signos del Reino de Dios presente, no había allí conversión, no abandonaban la injusticia ni se esforzaban en vivir una vida justa de acuerdo a Dios.
Pero allí prevalecía la presunción de saberlo todo, la autosatisfacción conformista que no admite pecados ni novedades, y también un condescendiente desprecio: Jesús de Nazareth es también galileo, pero acaso se trata sólo de un artesano de poblado menor, sin pergaminos verificables, un judío demasiado marginal al que no hay que darle importancia. Sólo el hijo del carpintero.

Los ayes se incrementan cuando hace referencia a Cafarnaúm: hemos de recordar que Nazareth es la ciudad donde se ha criado, pero Cafarnaúm -patria chica de Pedro y Andrés- es el núcleo que se convierte en epicentro de su actividad misionera, y adonde regresa en busca de descanso y calor familiar, y en donde su corazón sagrado brindará una multiplicidad de signos del amor de Dios, milagros de sanación, de purificación, de liberación.

La comparación es ineludible, y así se menciona a Tiro, a Sidón y a Gomorra. Tiro y Sidón como ejemplos de las ciudades gentiles, Gomorra como epítome de la degradación y la corrupción, en donde sin tanta soberbia hubiera acontecido una conversión humilde y sincera.

Las lecturas lineales y literales engendran fundamentalismos vanos y violentos, y poco tienen que ver con la Buena Noticia.
No estamos aquí frente a una promesa de castigo exacto y demoledor, sino al preaviso de consecuencias horribles, producto de una ceguera elegida y tenaz, el no querer mirar y ver y reconocer en el bien prodigado la presencia de Dios. Eso es, precisamente, la auténtica des-gracia.

Nosotros a menudos también somos así de presuntuosos. Nos aferramos a las bibliotecas que hemos tragado, a la piedad calculada y rigurosa, pero la Buena Noticia parece que no nos incomoda ni nos desestabiliza. Permanecemos inalterables frente al paso bondadoso del Señor por nuestras vidas, e indiferentes a los signos de Salvación que el Espíritu suscita de continuo, especialmente su brillo en los ojos de los más pobres.

Quiera Dios que desertemos alegremente de todos los preconceptos y de esas soberbias que nos atan a lo viejo, a lo que perece y no crece.

Paz y Bien

La fé cristiana, alegre y convencida deserción de todos los facilismos















Nuestra Señora del Carmen

Para el día de hoy (16/07/18):  

Evangelio según San Mateo 10, 34 - 11, 1











La declaración de Jesús de Nazareth que hoy nos presenta el Evamgelio para este día es extraña, duramente paradójica: Él, al que reconocemos como Siervo manso y sufriente y príncipe de paz -ajeno a toda violencia- nos habla de que ha venido a traer espada, división, inquietud.
A simple vista, habría una contradicción con el mensaje de las Bienaventuranzas, por su profundo elogio y reconocimiento de los mansos y los pacificadores, como también en el mandamiento de honrar al padre y a la madre.

Pero hay más, siempre hay más. Es imprescindible ir más allá de la pura letra, y adentrarse en el calmo mar sin orillas de la Buena Noticia.

La fé cristiana implica una radicalidad total, el abandono de medias tintas acomodaticias, las convenciones que suelen expresar corrección política pero infidelidad al Evangelio. Vivir la Buena Noticia hasta las últimas consecuencias, aún cuando ello acarree todo tipo de problemas, inconvenientes, incomprensiones -a menudo de los más cercanos, de la propia familia-.

La fé cristiana es señal del amor de Dios y por eso signo de contradicción, pues se encarna en el mundo pero no es parte de él, pero muy especialmente el compromiso que brota de esa fé en Jesucristo tiene que ver totalmente con la Gracia, con el amor, con lo incondicional.

La fé cristiana, vivida en plenitud, no nos deja tranquilos. La fé no es un sedante de las expectativas que a todos nos angustian por igual. La fé cristiana es confiar en la persona de Cristo, y seguir sus pasos.
La fé cristiana es una alegre y convencida deserción de todos los facilismos y de esas tendencias a igualar para abajo que suele tener la globalización, la disolución de la identidad en pos de los negocios y la sumisión.

La paz del discípulo surge del perdón de Dios y de un corazón que sólo se afirma en el amor de Dios.

Paz y Bien

Misión cristiana: aceite de consuelo y vino de esperanza














Domingo 15º durante el año

Para el día de hoy (15/07/18):  

 
Evangelio según San Marcos 6, 7-13









El Maestro convoca nuevamente a los Doce para que transiten nuevos senderos, todos en sentido hacia el Reino, todos en clave de Gracia.
Jesús ha sido expulsado de la sinagoga: las puertas de la religión oficial se han cerrado, pero eso no puede ni debe detenerle. Siempre que una puerta de cierra, se entreabren otras tantas esperando nuestros pasos, es cuestión de esperanza y de no resignarse.

Los discípulos son enviados de dos en dos, signo cierto de comunidad, de esfuerzo compartido, de diálogo que enriquece, de sostenerse mutuamente para permanecer en pié, de Iglesia que germina.

Nada han de llevar, y no lo hacen por militancia de pobreza ni escuela ascética: se trata ante todo de confianza en la providencia bondadosa de Aquél, que los envía, de andar ligeros para que nada los detenga.

Esa pobreza y ese despojamiento alegremente voluntario los vuelve dependientes de la solidaridad y la hospitalidad de otros, y allí en donde sean recibidos ellos harán que acontezca la comunidad, expresión genuina de la familia de Dios.

Llevan consigo, en sus corazones, la Salvación que se les ha ofrecido a pura bondad y que han recibido con felicidad, y es un tesoro extraño que se agiganta en la medida en que se brinda y comparte.

Ellos portan salud para los cuerpos, y liberación para las existencias, desalojando todos esos espíritus malvados que oprimen y degradan la condición humana., llevando aceite de consuelo y vino de esperanza, haciéndose ellos mismos salud para los hermanos dolientes.

Paz y Bien

Toda vida es valiosa, única e irrepetible
















Para el día de hoy (14/07/18):  

 
Evangelio según San Mateo 10, 24-33






Como si no fuera suficiente el amor de Dios expresado en cada gesto, palabra y acción de Jesús de Nazareth, nos pone en un pié de igualdad con Él mismo. Las discípulas y discípulos son otros Cristos en camino de misión, ofrenda inexpresable de la eternidad volcada en estas nadas que somos.

Pero no todo es un paisaje tranquilo o bucólico, y por ello el Maestro insiste acerca del miedo. Esa insistencia no responde a un intento burdo de presión psicológica -como tristemente y a menudo nos han educado- sino más bien a una realidad durísima. Es que la Buena Noticia es tan opuesta y peligrosa para los poderes instituidos en el mundo, que el modo de acallar a sus mensajeros es mediante la profusión del temor.

El miedo puede paralizar, tornar los rostros bajo una máscara de pseudo prudencia, menguar la profecía, adormecer la resurrección.
Así entonces el miedo es una de las principales estratagemas de dominio del poder.

Con todo y a pesar de todo, la vida y la verdad han de prevalecer. Podremos encontrar en el camino miles de peligrosos obstáculos, cuya sola vista nos demoren de puro miedo. Pero no hay que temer, pues no vamos solos, y el horizonte de la eternidad, de una humanidad recreada nada ni nadie podrá desdibujarlo ni ocultarlo.
Es natural temer, pero es mucho más humano seguir adelante a pesar de todo. Lo peligroso es llevar una vida cómoda sin sobresaltos, creyendo absurdamente que somos de ese Cristo atrevido e insolente, y la fidelidad es costosa.

En las manos bondadosas de Dios están todas las existencias. Toda vida es valiosa -tan valiosa-, única e irrepetible, y en esa sintonía debería ubicarse todo nuestro obrar.
Cada vida cuenta -hasta la del enemigo-, cada vida debe protegerse, cada vida tiene destino de infinitud en las manos de Aquel que nos crea y sueña con colores de para siempre.

Paz y Bien

La confianza en el amor de Dios produce milagros













Para el día de hoy (13/07/18):  

Evangelio según San Mateo 10, 16-23








El discipulado fiel de Cristo no requiere una profusa formación intelectual como rasgo primordial, aunque ello pueda ser una respetable herramienta de cultivo y disciplina. El discipulado fiel se fundamenta en una profunda y personal experiencia de Jesús.
A partir de esa experiencia, todo se transforma y ya nada será distinto. Superando por lejos lo meramente sensacional -pues la raíz misma de la existencia se vé tocada- hay un impulso decisivo hacia el compromiso con la propia vida y misión de Jesús de Nazareth, el anuncio del Reino de Dios y los signos que lo acompañan.

El compromiso naciente es anuncio y profecía. Anuncio de la Buena Noticia del Reino y denuncia de todo lo que se le opone.
La profecía y los profetas se distinguen por su voz clara, sin ambages, sin discursos velados o arcanos incomprensibles. De cualquier otro modo, hay visos de complicidad.

Pero a menudo el compromiso se expresa en silencio, un silencio por demás elocuente, que es ser sal de la tierra y luz del mundo, existencias transformadas que fecundan la cotidianeidad con destellos de infinito.
Esas vidas que se sustentan en el Espíritu del Resucitado, necesariamente, ponen en evidencia las tinieblas, la muerte, la mentira. Y ello provoca reacciones terribles, pues al mundo y muy especialmente a los poderosos les resulta gravoso que se llame a las cosas por su nombre y que haya personas y corazones que no se puedan comprar.

Las perspectivas que nos ofrece el Maestro, desde una perspectiva mundana, son espantosas. Corderos inermes en medio de lobos. Pero desde lo pequeño, desde lo que es débil, Dios se manifiesta en plenitud.
Somos testigos de Alguien que nunca nos dejará solos, que hablará por nosotros, que está, estará y regresará para congregar a todos sus hermanos y amigos.

Anuncio y profecía encuentran sus raíces en ese Cristo de nuestras esperanzas, desde una sencillez que no desdeña la inteligencia, y desde una confianza que por el amor de Dios produce milagros.

Paz y Bien

El Reino está cerca, muy cerca, al alcance de cada corazón
















Para el día de hoy (12/07/18):

Evangelio según San Mateo 10, 7-15









Desde sus mismos inicios, la misión encomendada por Jesús de Nazareth a los suyos -a los Doce, a los setenta y dos, a nosotros, a toda la Iglesia- ha sido motivo de controversias, escándalos, peligrosas maquinaciones del poder y crueles y demoledores análisis desmerecedores que cualquier esfuerzo.

La razón estriba en que la misión cristiana es, fundamentalmente, una misión humanitaria, y por ello es tan trascendente. No es religiosa como de modo usual puede inferirse, buscando adeptos o prosélitos, propalando doctrinas, imponiendo un culto específico.

La misión cristiana anuncia que el Reino de Dios está cerca, muy cerca, tan cerca que está alcance de todos los corazones. Y antes que una declamación, es una preclamación que se explicita en lo concreto, allí en donde el mal muerde y lastima a la humanidad a través del sufrimiento, el dolor y la exclusión.

Por eso los misioneros han de preocuparse y ocuparse a favor los enfermos, de los excluidos, de los alienados, de los que viven en mundos de sombras y agonizan en silencio, sepultados en vida por el olvido. Ellos han de llevar la bondadosa mano de Dios que no abandonará jamás a sus hijas e hijos, estén en donde estén, haciendo presente ese indomable deseo del Creador de que todos sean felices, plenos, totalmente humanos.

Porque religión es re-ligar, volver a unir a los hombres entre sí, separados por odios, egoísmos y olvidos, y también re-ligarlos con ese Dios que vive entre ellos, que ha llegado humildemente y se ha quedado para siempre.

Es claro que la misión entraña sus riesgos, sus repudios y rechazos. La gratuidad -signo cierto de esa asombrosa Gracia de Dios- vá a contramano de toda especulación, y de esa maldición que supone aquello de que todo tiene su precio o su interés.

Porque la solidaridad y el amor, desde y hacia Jesús de Nazareth, es visto como una peligrosa amenaza para los poderes mundanos.

Quiera el Altísimo que así de pequeños y frágiles como somos, así también nos volvamos cada día más santamente peligrosos, en la cordial dinámica del Espíritu.

Paz y Bien

Apostolado, alma y corazón del mundo













San Benito, abad

Para el día de hoy (11/07/18):  


Evangelio según San Mateo 10, 1-7







La convocatoria de Jesús de Nazareth es siempre personal, jamás abstracta ni pendiente de generalizaciones. Por ello se tiene memoria de los nombres de los enviados -Apóstoles-, de sus orígenes, de sus caracteres, y el llamado es tan fundamental que dejan todo atrás, porque no pueden quedarse quietos, porque no pueden callar.

Simón deja hogar, esposa, oficio. Mateo, empleo y fortuna. Juan y Santiago el negocio familiar. Natanael, el estudio, todos ellos han renunciado a lo conocido y confortable para embarcarse en la aventura desconocida de anunciar la Buena Noticia del Reino, éxodo de liberación y confianza.

El Reino está cerca, muy cerca, tan cerca que está al alcance de todo corazón.

Los apóstoles -varones y mujeres- han sido enviados con el mismo poder y misión del Maestro, artesanos y obreros capaces de liberar espíritus prisioneros del egoísmo, manos capaces de sanar heridas del cuerpo, de la sociedad, lesiones que provoca la miseria, la injusticia, la opresión.

En un mundo des-graciado, ellos rinden culto al Dios de la Vida con gestos gratuitos de paz, revestidos de solidaridad y compasión.

Ellos se vuelven alma del mundo allí donde campea la muerte, donde hace falta la sal, para que esta vida dé gusto vivirla, al sol del tiempo nuevo.

Paz y Bien

Humildes edificadores de bondad y justicia













Para el día de hoy (10/07/18):

Evangelio según San Mateo 9, 32-38





Las acciones de curación -milagros de sanación- de Jesús de Nazareth tienen siempre denominadores comunes a todas ellas: que Él se vuelca por entero hacia el que sufre, que se involucra en situaciones concretas y no en abstracciones y que todo lo que hace en favor del doliente está dirigido a la plenitud de la persona y no solamente a una situación particular.

Todo esto se magnifica cuando observamos con detenimiento el contexto: en la Palestina del siglo I abundaban las enfermedades, y estos padecimientos significaban con toda certeza abandono, ostracismo y soledad para el enfermo, a lo que debía añadirse el cruel concepto de que las dolencias eran castigos justificados de un dios verdugo a causa de pretéritos pecados. También y por ello mismo, la enfermedad era sinónimo de impureza religiosa que automáticamente excluía al enfermo de toda participación plena en el culto y en la sinagoga.
Esta situación tenía ribetes moralmente contagiosos: por esas normas de pureza, era menester alejarse del enfermo so pena de volverse uno mismo impuro.

Por ello mismo, las gentes estaban gratamente asombradas: lo que el rabbí nazareno hacía, nadie se había atrevido a hacerlo. Nunca había sucedido, esas bondades que llegaban a ellos de las manos de ese Jesús los volvía reales, existentes, importantes todos y cada uno de ellos para Alguien.
Sin embargo, los dirigentes fariseos lo repudiaban con denuedo; suele suceder siempre lo mismo, cada vez que el poder es silenciosamente cuestionado desde la caridad, y los fariseos no tienen en cuenta el bien que se hace, ni el amor de Dios invocado y proclamado. Sólo acusan por el poder que creen en disputa.

Aún así, Él iba por ciudades y pueblos anunciando la Buena Noticia y sanando todas las enfermedades y dolencias.
La Buena Noticia de un Dios Amor y Abbá allí en donde toda novedad suele ser mala, y junto a ello el alivio de penas y pesares.
Jesús de Nazareth no funda instituciones, no se detiene en la instrucción académica de doctrinas ni en especificaciones de culto. Él camina diciendo lo que nadie dice, y regala salud y consuelo en medio de un mar de sufrimiento e indiferencia.

Quizás nos hemos incapacitado para estas cosas tan decisivas: Palabras que den viva, compasión sin condiciones. Algún espíritu malo llevamos, y hemos perdido el habla, y con un poco de confianza Él nos curará para volver a decir lo que se calla, y volvernos humildes obreros en la edificación del Reino, ese recinto de bondad y justicia eternas que comienza en el aquí y ahora.

Paz y Bien

María Itatí nos congrega entre sus manos orantes













Día de la Independencia Argentina

Nuestra Señora de Itatí

Para el día de hoy (09/07/18):

 
Evangelio según San Lucas 1, 39-47









Tupasy.
Así llaman a María de Nazareth nuestros hermanos primeros, en la antigua y bella lengua guaraní.
Tupasy, Madre de Dios, y es reconocimiento pleno de afecto, y es identidad en la que germina la confianza maternal, y es señal de liberación.

Porque nada sucede por casualidad, y es cada vez más necesario redescubrir la silente y asombrosa acción de la Gracia a cada instante, especialmente allí cuando lo que acontece parece surgir solamente por cuestiones azarosas.
Porque no es casual que un día como hoy, celebración de nuestra libertad como pueblo joven, festejemos a Tupasy entre nosotros y con nosotros.

-Donde está la Madre está el Hijo-

María es profecía, signo de esa Salvación que nace de entre los más pequeños, María es encuentro jubiloso y canto pleno de liberación a un Dios que nunca nos abandona, que siempre ha estado entre nosotros en nuestras cruces, en nuestros dolores, en nuestras alegrías, Dios que es misericordia, Dios que ama entrañablemente a los más pobres, Dios que libera a los oprimidos y nos redime de toda cautividad, Dios que se hace historia para que edifiquemos Reino en este aquí y ahora con mansos sueños de futuro, Madre color de patria, hermana y compañera, chesy de los humildes, ternura cierta para los que no cuentan.

Sin embargo, no podemos acotarnos a un puro recuerdo de épicas pasadas.
La liberación ha de contruirse cada día, desde el trabajo honesto, con los perpetuos hambrientos de justicia y sedientos de fraternidad. La Patria se llama papá, se llama mamá, florece en los hijos, es madre y esposa, Patria que es amigos, abuelos venidos de lejos, pueblos de raíz milenaria, rostros morenos -a menudo sin nombre-, corazones y afectos en urdimbre santa de paz.

María Itatí nos congrega entre sus manos pequeñas, silencio fecundo, vida orante que se crece en el servicio, Madre que vuelve a celebrar con nosotros que no estamos solos y que todo está por hacerse, y que aún hay una Palabra por escucharse.


Paz y Bien


Fidelidad, a pesar de todos los rechazos












14º Domingo durante el año

Para el día de hoy (08/07/18):  

Evangelio según San Marcos 6, 1-6a










Jesús había nacido en Belén de Judea pero se había criado y había crecido en Nazareth. De allí que se lo reconociera más por el lugar en donde estaban sus raíces -Jesús de Nazareth- que por el patronímico usual que solía utilizarse en su cultura, y que sería Jesús bar José, Jesús hijo de José. Quizás se deba a que en parte, somos lo que somos por donde se hallan nuestras raíces antes que por el lugar en donde se ha nacido, raíces familiares, raíces cordiales.

Él se largó a los caminos, fiel a su misión, en la plenitud de su ministerio de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos, a todas las gentes, comenzando por Israel. Su fama de rabbí sanador se expandía y trascendía las fronteras, de modo que en cada lugar donde llegaba lo esperaba una multitud ansiosa de salud y hambrienta de verdad y justicia.

Pero en esa ocasión Él había regresado a su querencia, a su patria chica acompañado de sus discípulos. Ya no es el mismo, claro que nó, es Maestro, es profeta, es un Dios que se expresa y revela entre los suyos.
Sin embargo, los suyos no le reciben, y cuando ejerce su derecho a enseñar en el culto sabatino en la sinagoga, se miran estupefactos. No puede ser. Ellos lo conocen bien: es el hijo del carpintero y María, pariente de unos cuantos -el clan tiene su duro peso-, lo han visto jugar de niño, crecer a la sombra de su padre en el trabajo, hacerse hombre.
De ningún modo existe la posibilidad de que Él hable con esa sabiduría nueva y extraña -quién se cree que es-, no hay forma de que por derecha pueda hacer las cosas que hace. Sigue hablando con la misma tonada galilea, campesina y sencilla, sigue siendo un hombre pobre que se ha negado a construir una familia como es costumbre, es el mismo de siempre, que no pretenda hacerse el portavoz de Dios.

En realidad, lo que sucede es mucho más profundo que un simple y tóxico prejuicio por parte de esas gentes.
Se trata de que Cristo les revela un Dios cercano, un Dios tan accesible que se hace presente en medio de ellos, un Dios que se hace ofrenda, un Dios incondicional en su amor y sus afectos -aún cuando se esfuercen en los méritos-, un Dios profundamente escondido en lo humano.
Pero ellos siguen aferrados a esa imagen de un Dios distante, terrible y a la vez inaccesible, al que a la vez puede torcerse su favor mediante la observancia estricta de los preceptos. En esas estrategias retributivas, la misericordia no tiene lugar.

Sólo por el camino de la fé -don y misterio- es posible volver a reencontrarnos con ese Dios que siempre está de regreso, amigo y pariente fiel que nos visita en nuestra cotidianeidad. Y que tan a menudo se expresa por profetas de barrio y profetisas sencillas y humildes que la Iglesia nos florece, y que la misma Iglesia tristemente suele acallar.

Quiera Dios que nos podamos felizmente reencontrar con ese Dios carpintero que nos talle el corazón como mesa grande para los hermanos, cuna para nuestros hijos, cruz de la vida que se ofrece.

Paz y Bien

El vino nuevo de Cristo, celebración del milagro de la vida















Para el día de hoy (07/07/18) 

Evangelio según San Mateo 9, 14-17







En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth coexistían, en simultáneo, distintas concepciones de convivencia y cosmovisión religiosa; podemos, entre ellas, mencionar a los fariseos, los publicanos, los esenios, los saduceos, los discípulos del Bautista, la incipiente comunidad cristiana de los seguidores del Maestro.

Dos de estos grupos tenían rasgos muy específicos. Por un lado, los fariseos -profundamente piadosos- observaban con extrema minuciosidad lo preceptuado en la ley de Moisés, evitando laxitudes religiosas, y suponiéndose receptores perfectos de todas las bendiciones por la acumulación de esos méritos de piedad y observancia. No estaban exentos tampoco de una lectura lineal y literal de las Escrituras, y por ello mismo devenían en un fundamentalismo extremo que no admitía a otros que no fueran pares, tales como ellos: esta comunidad es muy reducida, tal como su mismo nombre lo sugiere -fariseo implica separado-.

Por otro lado, los discípulos de Juan el Bautista predicaban un bautismo de conversión y una vida de penitencia, con el fin de acelerar los tiempos mesiánicos, de que la llegada del Mesías aconteciera cuanto antes.

Por eso mismo, el surgimiento humilde de la primera comunidad cristiana los confunde, los desestabiliza y los escandaliza. Porque en esa comunidad creciente no hay adhesiones voluntarias, sino que sus miembros se descubren felizmente llamados a ser hermanos. No cuentan tanto los méritos ni se buscan recompensas, pues sin merecimientos se les ha regalado a pura bondad Salvación y eternidad. No esperan que lo que hagan decida advenimiento alguno, pues saben que el Maestro siempre estará con ellos, que la Gracia los sostendrá, que el Espíritu encenderá sus vidas apagadas para que el Reino suceda y la Iglesia se edifique.

Ellos se han descubierto hijos y, por lo tanto, hermanos. En la comunidad cristiana se ha de beber el vino nuevo de la caridad, vino de fiesta, vino nuevo para vidas nuevas que celebran el milagro de la existencia.

Paz y Bien

La crítica y la persecución, signos de la fidelidad de la Iglesia














Para el día de hoy (06/07/18):  

 
Evangelio según San Mateo 9, 9-13







No era gentes muy apreciadas los llamados publicanos. Más bien, todo lo contrario: eran subcontratados entre los paisanos de los países vasallos de Roma por los recaudadores oficiales de impuestos, los gravosos tributos que debían pagarse a la potencia ocupante, por lo general a costa de la miseria de los más pobres. Estos publicanos, a menudo, aprovechaban su posición para prácticas extorsivas y corruptas, de modo tal que en sus funciones solían amasar pingües fortunas personales. Por ello, por su sumisión a los opresores de Israel, por su contacto con los paganos y por su inclemencia para con los suyos eran profusamente odiados, a tal punto de ser considerados impuros de toda impureza, en la misma categoría moral pecadora de las prostitutas. Nadie quería juntarse con ellos.

Sin embargo, este Cristo que pasa junto a este publicano Mateo, inesperada y asombrosamente lo invita a seguirlo. Tal es lo que el encuentro suscita, que Mateo deja atrás su mesa recaudatoria, sus prácticas corruptas y opresivas, el que dirán, y su pasado. Ese rabbí galileo le ha abierto la puerta a una vida nueva, re-creada. Y como si eso no bastara, el Maestro comparte la mesa con varios otros publicanos más.

A diferencia de los otros Evangelios sinópticos, en donde se lo menta como Leví, en la Palabra para el día de hoy al publicano se lo reconoce por su nombre Mateo, y no es una expresión casual ni coyuntural: literalmente, Mateo significa don o regalo de Dios, y el nombre es signo y símbolo.
El publicano, el perdido, el extraviado, es el don de Dios para que la comunidad -cuerpo vivo de Cristo- se transforme en señal de auxilio y salvación para toda la humanidad, comenzando con los perdidos, los desechados, los que nadie quiere, con luz de compasión y misericordia.

Es claro que de un modo casi automático, los fariseos expresan su repudio y desconcierto, aún cuando lo hagan con buenos modos. Para estas almas severas y puntillosas, que se erigen en jueces exactos de sus hermanos, no hay un Cristo posible que se encuadre en sus parámetros.

Por eso, cada vez que la Iglesia florezca en compasión y se crezca en misericordia y servicio, es dable y razonable que arrecien tormentas de críticas en variadas formas.

Benditos sean esos momentos, signos ciertos de la fidelidad a la Buena Noticia, moleste a quien le moleste.

Paz y Bien

Ponerse al hermano caído al hombro, sin condescendencia, a puro servicio












Para el día de hoy (05/07/18):  

Evangelio según San Mateo 9, 1-8









El relato de la sanación del paralítico lo podemos encontrar en los tres Evangelios sinópticos; especialmente en Marcos y Lucas hay una abundancia de detalles -recordemos que se menciona cuando descuelgan al enfermo a través de un boquete que abren en el techo- mientras que en Mateo la descripción es mucho más concisa, casi austera.
Mateo parece dejar de lado esos detalles de varios colores para que la mirada del oyente/lector se enfoque en el maestro y en Su Palabra.

Cristo ha manifestado su soberanía, su poder -exousía- en la predicación de la Buena Noticia, quizás con mayor relevancia en el Sermón del Monte, y su señorío sobre los elementos y las fuerzas de la naturaleza. Ahora ha llegado el momento de revelar su autoridad sobre aquello que oprime y demuele el corazón del hombre, el pecado, cuyas consecuencias afectan inclusive a la constitución física, corporal.
Así expresará el amor liberador, la misericordia de Dios que redime, restaura y levanta al caído, pues no ha venido en tren de juicio sino en santa misión de rescate de los perdidos. Esa misericordia del Padre se hará explícita perdonando.

El paralítico no es solamente un hombre incapacitado de moverse. Su postración también es simbólica, un cuerpo agobiado por la enfermedad, un corazón doblegado por las miserias y la esperanza en retroceso por cierta mentalidad que induce a la resignación, a aceptar las patologías como insigne castigo de un Dios juez y verdugo severo, a cuenta de los pecados propios o de los padres. Su mundo se reduce a la estrechísima superficie de la camilla inmóvil, como a tantos de los nuestros se le ha acotado el horizonte a un presente sin destino, obscuro y agobiante.

Cuando eso acontece, es menester estar atentos.

A veces hay que ponerse al hermano postrado al hombro, y conducirlo humildemente de regreso al ámbito amplio de la mesa grande, de la serena alegría, de estas pequeñísimas existencias que somos y que compartimos en el nombre de Cristo.

Ponerse el hermano al hombro sin aspavientos ni condescendencia, en afanes de esperanzas recuperadas, de tiempos mejores, de sal y de luz, de Cristo vivo, amigo, hermano y Señor. Cuando el hermano se apaga, el pequeño rescoldo de la salvación se mantiene encendido por la caridad aunada de la Iglesia, brasa grata y fraterna que nos despeja los fríos de la muerte.

Es claro que los razonadores de siempre pondrán las objeciones del caso, como si para hacer el bien hubiera que andar pidiendo permisos y autorizaciones.
Sin embargo, en una revelación de asombrosa confianza, así como el Padre ha dado la autoridad del perdón al Hijo, éste la ha concedido a su Iglesia. El perdón de los pecados, vendar los corazones, sanar la totalidad de la persona humana, salud y salvación, alegría para el pueblo que cree, espera y confía.

Paz y Bien

En presencia del Señor, el mal férreamente establecido se trastoca y espanta
















Para el día de hoy (04/07/18):
 
Evangelio según San Mateo 8, 28-34








Hoy la Palabra nos sitúa en la Decápolis en la ciudad de Gadara, al sudeste del mar de Galilea.
Hay una geografía a la cual debemos prestarle atención, plena de los signos y símbolos que nos brindan los Evangelistas en estos detalles.

Es una región harto sospechosa de heterodoxia, teñida de cultura griega y cultos seguramente paganos: es de inferir que el manto de rechazo que se cierne sobre la zona presupone la imposibilidad de que Jesús de Nazareth realice allí milagro alguno.
No es algo demasiado distinto a nuestras condiciones de fé supuesta -como si la caridad y la mejor de las Noticias se acotara a algunos buenos y puros-.

La acción, los gestos y las Palabras del Maestro son mansamente revolucionarias y desafían cualquier condicionamiento previo, despertándonos del sopor de exclusiones varias.
Porque en todas partes agobia el dolor: el cementerio que significa la muerte, los cerdos -animales impuros para la cultura judía- que simbolizan las opacidades e impurezas que nos impiden aceptar el abrazo de Dios, el mar significante del caos y el alma en desorden.

Sin embargo, basta la presencia del Señor para que todo el mal férreamente establecido se trastoque y espante. No importa el lugar, no cuenta la intensidad, no hay resignación posible, y es mandato para todas las hijas e hijos de Dios anunciar con hechos concretos -a menudo en silencio- vida y liberación para todos, sin exclusiones ni condiciones previas.

Paz y Bien

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