La comunidad cristiana será reconocida en su fidelidad y en el servicio a los demás


















Para el día de hoy (12/11/19): 

Evangelio según San Lucas 17, 7-10









El saber popular lo afirma de manera rotunda: de imprescindibles están llenos los cementerios.

Esa consciencia incrementada de la propia valía suele traer aparejada una creencia cuasi mercantil que poco tiene de fé; se trata más bien de la acumulación piadosa de méritos, de un Dios que troca bendiciones por piedad o promesas cumplidas, que premia o castiga según corresponda. Y así, esa creencia pretende una Iglesia legalista y absurdamente jerárquica -algunos grandes, y el resto pequeños-, en donde no hay espacio para la mesa compartida, para la fraternidad, para la Eucaristía, la Iglesia de la Gracia, del Espíritu del Resucitado.

La eficacia y la importancia de la misión no radica en la capacidad y el esfuerzo del sembrador, sino en la asombrosa vida de la más humilde de las semillas.
El absoluto, el horizonte de la vida cristiana es Dios, y nó el espejo aumentado del propio ego.

La comunidad cristiana entonces será reconocida en su fidelidad en tanto ofrezca su vida en el servicio a los demás, en cada pequeño gesto generoso y desinteresado, en ceder el paso, en brindar frutos desde el humus manso de la humildad.

Que el Reino crezca por obra y gracia de Aquél que nunca nos abandona. Porque el Reino acontece aquí y ahora.

Y cuando dejemos estos arrabales, cuando nos toque el tiempo de la partida, irnos como José de Nazareth, en silencio y sin estridencias, felices siervos inútiles que hemos hecho lo que debíamos hacer, plenos por cumplir, felices por ser fieles a nuestro destino ofrecido.

Paz y Bien

Sólo la fé en Jesucristo puede tender puentes de perdón y reconciliación


















Para el día de hoy (11/11/19):  

Evangelio según San Lucas 17, 1-6








No es cosa fácil ni sencilla el perdón.
A menudo, las heridas que se infringen se realizan en unos pocos instantes... pero las heridas tardan muchísimo tiempo en cerrar, en finalizar el doloroso sangrado. Ello en lo interpersonal. En las naciones es peor aún, odios y rencores son herramientas usuales a la hora de ciertas concepciones espúreas de la política; y muchos pueblos cometen el crimen imperdonable -para los poderosos- de tener memoria larga.

Frente a esas heridas, nada volverá a ser igual. Hay que sincerarse, pues a menudo se cruzan puentes hacia territorios de odio y resentimiento de los que es muy difícil regresar. Y cuando se arriba a esos sitios tenebrosos -a veces, necesariamente equitativos, que nó justos- quien impera es el espíritu de venganza. Ni siquiera el de Talión, de la devolución del golpe proporcionado, sino el abismo del ansia de aniquilar a quien nos ha malherido. Esa actitud no es sólo violencia física, sino también la disolución del otro como tal, su borrado en el horizonte de la propia existencia.

Por ello el perdón se confunde a veces como ingenua debilidad, con resignación frente a la fuerza del otro, con estupidez y militante masoquismo.

Nada de eso. El ejercicio del perdón es para mujeres y hombres hechos y derechos, hombres y mujeres con todas las letras, los que con todo y a pesar de todo se animan a emprender nuevos rumbos y exiliarse de la oscura tierra del golpe devuelto, del rencor persistente, de las mandíbulas crujiendo de rabia e impotencia.

El perdón es cosa de atrevidos, de locos, de revolucionarios, de mujeres y hombres que se saben perdonados a diario y de continuo por un Dios que es misericordia, y que saben que ese perdón que propone Jesús de Nazareth -ilimitado e incondicional- no es imposible, y renueva y recrea a uno mismo y al que nos ha hecho daño. Pues todo puede cambiar aún cuando insuma mucho tiempo a nuestros ojos escasos.

Pero el perdón, para ser legítimo, trascendente y eficaz exige un salto de fé que se nos muestra sin ninguna garantía.
Sólo la fé en Jesucristo, en la acción asombrosa del Espíritu del Resucitado que todo lo renueva puede sanar, tender puentes inauditos, con el empuje de un grano de mostaza y transladar montañas con sólo el fuego cordial de quienes quieren volverse cada día más humanos.

Paz y Bien

Un Dios Abbá que ama sin descanso, obstinado en la plenitud de sus hijos



















32° Domingo durante el año 

Para el día de hoy (10/11/19):  

Evangelio según San Lucas 20, 27-38










El hipotético escenario planteado por los saduceos al Maestro es tan improbable como ridículo, una exacerbación en la interpretación de las Escrituras en pos de sustentar sus intenciones, que en este caso es menoscabar la figura de Jesús de Nazareth.

Los saduceos integraban la nobleza laica y, a su vez, desde sus filas salían varios Sumos sacerdotes como Anás y Caifás. Poseían las fortunas más importantes de Israel, y por ello una gram influencia política que se sustentaba por sus pactos y su amistad con el opresor romano. 
Los fariseos, a pesar de todo, gozaban de una alta estima por el pueblo; por el contrario, los saduceos solían ser despreciados precisamente por su talante colaboracionista, cuasi traidor de las tradiciones.

Otro aspecto a tener en cuenta era su religiosidad: sostenían que la prosperidad era el producto de la bendición divina, y la pobreza originada en el justo castigo impuesto por pretéritos pecados. Desde allí, la consecuencia indirecta es su no creencia en la Resurrección.
Es claro: la opulencia en la que viven les hace desdeñar cualquier más allá. Sólo cuenta su confortable más acá.

La tergiversación a niveles absurdos de la antigua Ley de Levirato -por la cual una mujer que enviudara sin descendencia debía casarse con su cuñado- reafirma esos criterios, y manifiesta el desprecio que sienten por ese rabbí galileo, humilde y pobre. Viven su bienestar como si Dios dispensara prosperidad a algunos y miserias a muchos, viven como si el futuro no contara, viven sin pensar que un día morirán y han de presentarse a rendir cuentas al Creador. Un horrible mundo en donde los ricos festejan su opulencia y los pobres han de resignarse y languidecer en su miseria porque todo está así establecido, el siniestro determinismo en donde no hay espacio para la conversión, en donde la Gracia no echa raíces.

Pero Abbá, Padre de nuestro Señor Jesucristo es el Dios de la vida, un Dios que ama sin descanso, obstinado en la plenitud de sus hijas e hijos, el Dios que fecunda la historia y los tiempos con su amor entrañable, que ha abierto los cielos aquí y ahora, que edifica el Reino junto al hombre, y que asombrosamente nos ofrece una vida que no se termina, que no se acota por la muerte, una esperanza en esa Resurrección que no se encuentra en la rítmica opaca de los reglamentos, sino en un profundo encuentro personal con el Señor Resucitado, en cada calle, en cada esquina de la existencia en donde Él nos sale al paso.

Paz y Bien

Cristo, Templo total y definitivo



















Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/19):  


 
Evangelio según San Juan 2, 13-22











En los ámbitos piadosos habituales, suele adjudicarse a la mansedumbre de Jesús de Nazareth un carácter bucólico y hasta banal, un ingenuo pacifismo.
Pero suele olvidarse que el Maestro era un hombre de emociones fuertes, de pasiones vívidas, de una compasión que lo conmovía desde sus mismas entrañas, del fuego del Espíritu que animaba cada uno de sus pasos.

Así los hechos en los atrios del Templo de Jerusalem. Es menester ubicarnos en el contexto histórico y social de aquel siglo I en Jerusalem: el Templo era el faro que congregaba a toda la nación judía y también de la diáspora, signo de la presencia de Dios en medio de Israel, único sitio de encuentro entre el pueblo y su Dios.
Jerusalem está ubicada, desde hace siglos, en el cruce de distintas rutas comerciales de esa zona de Oriente Medio; a ello, hemos de añadir la gran afluencia de peregrinos venidos de sitios muy dispares y lejanos, y la omnipresencia de la potencia imperial ocupante.
Así, pululaban monedas de muy diverso valor y origen, las que debían invariablemente ser cambiadas por la moneda oficial de Judea para poder pagar los tributos del Templo, y para adquirir la variedad de animales kosher, es decir, religiosamente puros que se ofrecerían en los holocaustos rituales al Dios de Israel. De allí que en los atrios del Templo sobreabundaran los cambistas y los comerciantes de animales para tal fin, y a su vez implicaba un inmenso negocio para los sumos sacerdotes que regulaban tales actividades.

Por eso, la virulencia de la acción de Jesús allí debe entenderse en ese ámbito tan cargado de significados profundos. El Maestro derriba las mesas de los cambistas y espanta a los animales de los corrales de venta, encendido por ese fuego de fidelidad que lo consume, pero hace una declaración que se ubica en un plano muchísimo más trascendente que los mismos gestos.

Las lesiones no las reciben cambistas ni comerciantes, sino los que se enriquecían con el negocio religioso -la prostitución de la casa de oración-. Ello, sin dudas, no se lo perdonarán.
Pero más grave es la afirmación que realiza: ese templo enorme de piedras talladas, de oro enjaezado, torna casa estéril pues sólo adquiere significado si lo habita Aquél que a todo lo dá sentido. Y ese Dios ahora resplandece en Cristo.

Es su cuerpo el Templo definitivo, y es mucho más que una trama de la biología. Ese Templo implica asumir propia su misma existencia, caminar como Él, vivir como Él, amar como Él.
Por eso también, cada hombre y cada mujer serán templos vivos del Dios de la Vida, sagrados, únicos.

El signo mayor será que ese Templo, a pesar de los odios y de la muerte que arrasa, será reedificado y se levantará para siempre en la Resurrección, compromiso inquebrantable del amor de Dios.

Nos queda preguntarnos en cual Templo rendimos culto verdadero al Verdadero y Único Dios.

Paz y Bien

Santos acumuladores de tesoros en el cielo















Para el día de hoy (08/11/19):  

Evangelio según San Lucas 16, 1-8








Esta parábola es bastante compleja, y su reflexión ha dado lugar a numerosas interpretaciones.

Como elemento de ayuda, es menester tener en cuenta que en Oriente medio, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, el mayordomo o administrador era a menudo un esclavo o en ocasiones un liberto que se encargaba puntualmente de todas las transacciones comerciales de su amo: cuando se entregaban bienes a terceros, se escribía un cartular o documento mercantil en donde constaba el valor de dichos bienes y, allí mismo, se adicionaba una suma que correspondía a la comisión que ganaba el administrador. Es decir, esa comisión conformaba en gran medida su salario y cualquier atisbo de prosperidad.

El texto de San Lucas nos indica que hay en el ambiente ciertos rumores y acusaciones, tal vez infundadas, de corrupción, de administración deshonesta; sin embargo, si tomamos en cuenta lo expresado en el párrafo anterior, se nos abre otra perspectiva.
El administrador no corrompe los bienes de su amo, sino que altera los boletos de deuda modificando la parte propia, la comisión que por derecho le corresponde. 

Sin dudas, eso le granjea gratitudes y amistades, y desde ese aspecto, la aparente maquinación de este administrador se reviste de una astucia que elogia el Maestro. El hombre, con sagacidad e inteligencia renuncia a unos bienes y beneficios actuales en pos de procurarse un futuro, enriqueciendo de ese modo su porvenir.

No haremos mención de lo que Cristo enseñaba acerca del dinero, la esclavitud que produce, su carácter de falso dios.
Pero los hijos de la luz -los hijos del Evangelio- a menudo desechamos la astucia, la perspicacia, la sagacidad en la vida cotidiana de la Buena Noticia, en nuestro humilde oficio de obreros del Reino, un Reino que suplicamos venga y sea, aquí y ahora.

Implicarse con inteligencia significa también renunciar alegremente a todos los no se puede, a los nefastos pensamientos únicos, planos, sin trascendencia, impuestos para sojuzgar y resignar.

Nosotros también hemos de dejar de lado bienes y beneficios actuales menores, acumulando tesoros en el cielo para un futuro eterno que se nos crece en este presente.

Paz y Bien

Allí donde está la Madre, está el Hijo


















Santa María, Madre y medianera de la Gracia

Para el día de hoy (07/11/19):  

Evangelio según San Juan 2, 1-11







En el texto que hoy nos ofrece la liturgia del día, llama poderosamente la atención que el Evangelista Lucas mencione que el Maestro y sus amigos fueron invitados a unas bodas en Caná de Galilea, pero que la madre de Jesús estaba allí, como si hubiera llegado primero...

Por supuesto, quedarnos en la mera descripción implica un severo error y desairar el universo simbólico que se nos ofrece. Nada es casual, y es menester buscar con empeño las causalidades, la mano silenciosa de Dios que escribe una nueva historia junto al hombre.

Por una creciente banalización de los afectos -y quizás también por los intereses comerciales que suelen imponerse- las bodas son, apenas, una fiesta más, un complejo entramado de cosas a organizar y de fuertes gastos que se deben afrontar.
Sin embargo, aún no se han perdido las ganas de celebrar esa afirmación de la vida y el amor, imaginar un futuro venturoso y bendito con los hijos que vendrán, la permanencia fiel a pesar de todas las tormentas de la existencia.
En la memoria de Israel, Dios se desposa con su pueblo, imagen de la fidelidad y el amor para con los suyos de generación en generación.

La Madre del Señor está allí, en la celebración de unas bodas, la afirmación desde la ternura de un Dios que quiere la felicidad de todos los hijos, que ha soñado la vida como una celebración.
La Madre del Señor está allí, atenta a todo lo que les acontece a los hijos.

Había en el lugar unas tinajas, unos enormes recipiemtes de piedra colmados de agua , la cual se destinaba a las abluciones rituales y a los ritos de purificación de la religiosidad de aquel tiempo. Pero ha surgido por la misericordia de Dios un tiempo nuevo y distinto: no son los ritos específicos los que nos purifican, sino el Hijo, nuestra liberación, nuestra claridad.

A menudo se nos apaga la vida, se nos agota el vino de la existencia, mordidos por la rutina, la resignación y el desconsuelo, el no se puede.

Hemos de volver a escuchar a la Madre. Ella siempre está, ternura y fidelidad: hay que hacer todo lo que el Hijo nos diga.
Y no tener temor de suplicarle. El Hijo nunca dirá que nó a la Madre.

Y allí donde está la Madre, está el Hijo.

Paz y Bien

La cruz esconde en su madera de árbol frutal una Gracia inconmensurable














Para el día de hoy (06/11/19) 

Evangelio según San Lucas 14, 25-33 








En la liturgia de los días previos, la Palabra nos hablaba de mesa, ágape, invitación. Los oyentes atentos del Maestro de aquel tiempo, de éste y de todas las épocas corren el riesgo de aferrarse a esa imagen única, matizándola de cierto tipo de ingenuidad para hacerlo más llevadero y tolerable, cristianos de fé light. 
Quizás por ello mismo el Evangelista sitúe a continuación esta enseñanza de Jesús de Nazareth, que no tiene tanto que ver con una secuencia temporal pero sí con una cronología espiritual que es, precisamente, el discipulado.

En cada encuentro con la Palabra de Dios hemos de despojarnos de todo lo fútil, de los preconceptos, de esa tentación de que el Evamgelio se adecue a nuestras pequeñas ambiciones, y muy especialmente, relegar al olvido la persistente tendencia a una lectura literal. La literalidad poco tiene que ver con la Buena Noticia y es causa de todos los fundamentalismos.
Así entonces, una mirada literal del Evangelio para el día de hoy nos puede hacer daño, volviéndonos resentidos, amargados y crueles, es decir, muy poco cristianos, tal es la virulencia de los términos utilizados por el Maestro, su énfasis y su entonación afilada y, quizás, hiriente.

Sin embargo, ahondando un poco en nuestra reflexión y con el auxilio de ese Espíritu que pone luz en nuestras mentes y fuego en nuestros corazones, podamos adentrarnos mar adentro de la Palabra, que siempre es bendición.
Literariamente, se trata de una hipérbole, es decir, una figura deliberadamente exagerada con el fin de que el interlocutor -o, en nuestro caso, el lector- adquiera una imagen o una idea que difícilmente pueda olvidar. No se clara, claro está, de instalar una insana obsesión sino de enseñar.
Porque sobreponiéndonos al impacto inicial, lo que prevalece es el amor a Dios y al prójimo, clave de todo destino.

La clave es poner toda la existencia en camino hacia un horizonte luminoso, porque antes, durante y después está siempre Dios, el Absoluto que dá sentido y resignifica familia, vida, bienes, planes, la totalidad de la existencia.
La clave es que Jesús de Nazareth es quien encabeza la marcha, asumiendo todas las primacías; todos los dolores y todos los costos antes han sido pagados por Él con su propia vida. Y nosotros, asombrosamente depositarios de una confianza que no merecemos, seguimos sus pasos.

Como si no fuera suficiente, a esta hipérbole el Maestro implica la necesidad de cargar la cruz para seguirle. En el siglo I, la cruz era el método por el cual el imperio romano ajusticiaba a los criminales más abyectos, los marginales, los malditos. Así entonces, cargar la cruz significa hacerse marginal, abyecto, correr con la gravosa carga de ser maldecido, a asumir la muerte a manos de los violentos y a causa de ser fieles.
Pero siempre, siempre, quien decide es la esencia misma de Dios, el amor. Por eso la necesidad de abrazar la cruz, pues a pesar de todas las horrorosas miserias de su superficie, esconde en su madera de árbol frutal una Gracia inconmensurable, la de ser otro Cristo que peregrina bendiciendo a todas las gentes, prodigando santidad a cada paso.

Paz y Bien

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