Señor, te seguimos con todo y a pesar de todo













Para el día de hoy (18/01/20):  

 
Evangelio según San Marcos 2, 13-17









Seguirte, Señor, es tener la maravillosa certeza de que nos has buscado, que has salido a nuestro encuentro, en nuestros quehaceres cotidianos, en esos presentes a veces tan insípidos de rutina, y les diste un sentido nuevo. Nos brindaste junto a tu amistad incondicional un horizonte seguro hacia donde ir, una razón para vivir -que no sobrevivir-, tu respaldo perpetuo más allá de nuestros quebrantos.

Seguirte, Señor, es descubrir corazón adentro que nunca se nos apaga el rescoldo de eternidad que se nos ha concedido, imagen de ese Dios que se ha llegado hasta aquí y se ha quedado entre nosotros.

Seguirte, Señor, es esa confianza de que sos el mejor médico, ese mismo que jamás abandona a sus pacientes, todos nosotros, tan doblegados por el peso de las miserias que elegimos, la ceguera de nuestras fugas, las camillas de nuestras comodidades, las llagas del egoísmo, la crueldad de ignorar al hermano.
A veces la carga que portamos libremente es tan gravosa... pero aún así, tu invitación sigue firme y constante a pesar de los escasos méritos. Todo es Gracia.

Seguirte, Señor, es saber también que tu mesa es amplia, enorme, y que tienen asientos preferenciales todos aquellos a los que ni soñando invitaríamos a nuestras mesas restringidas. Tu mesa es donde la vida se comparte, la vida se celebra, la vida se agradece, la vida se expande y multiplica.

Seguirte, Señor, es enarbolar humildemente la bandera de tu tenacidad. Desde nuestras mínimas y modestas existencias, seguir, siempre seguir, jamás rendirse ni bajar los brazos, a pesar de tantos rostros circunspectos, agrios árbitros de lo correcto pero jamás de lo justo, lo que se ajusta a la voluntad de Dios.

Seguirte, Señor, es manifestar tu confianza en nosotros, porque creés en nosotros mucho más que lo poco que nos aferramos a tu esperanza. Porque no te importa tanto lo que somos, sino lo que podemos llegar a ser, la vida que podemos acrecentar, la plenitud que siempre está allí, al alcance de cada corazón, esa alegría que no se agota.

Seguirte, Señor, es andar a paso firme sabiendo que nos andás resucitando de tantas muertes con tu perdón y tu misericordia que nos sanan y liberan.

Paz y Bien

Cristo, sanador de la existencia















Para el día de hoy (17/01/20) 

Evangelio según San Marcos 2, 1-12







El ministerio galileo de Jesús de Nazareth tenía como epicentro Cafarnaúm, más precisamente la casa familiar de Pedro y Andrés, algo así como un centro de operaciones en el cual se reunía con sus amigos y descansaba tras los ingentes esfuerzos de la misión. Es también un signo de que Cristo se hace presente allí en donde le reciben, en donde dos o más se reunen en su nombre, en donde le brindan afectuoso hospedaje cordial.

La fama creciente del Maestro entre las gentes -con tantos enfermos librados a su suerte- ubica ese hogar como su propia casa. No es del todo errado, claro está, la casa de Cristo está allí en donde se encuentran sus amigos y hermanos, signo cierto de la Iglesia.
Pero esas gentes, por esos motivos plagados de la desesperación conducente que les ocasionaba los criterios imperantes que vindicaban toda enfermedad como efecto necesario de una causal pecaminosa, es decir, un castigo divino frente a pecados propios o de los padres -Jn 9, 2-. En síntesis, no sólo se consideraba al enfermo un impuro ritual y social, sino lo que es más grave aún, que está bien y es justo que esté así, que sufra, que se aguante. Esas gentes buscaban a Jesús de Nazareth por su fama de sanador, taumaturgo inmediato de tantos padeceres, sin escuchar la Palabra, sin mirar más allá del signo amoroso de la sanación, y tal vez por ello el Maestro enseña en parábolas. Pero aunque esos errores a menudo campeaban en las mentes, no obstaban a la compasión infinita del Maestro.

En esa ocasión, las gentes se arracimaban en torno a la casa en donde estaba Jesús. Una multitud tan abigarrada que impedía entrar o salir de la casa, un grupo tan grande y cerrado que no permite que otros se acerquen a ese Cristo.

Para ese hombre la situación no era nada fácil, prácticamente imposible. La parálisis lo aferra a la inmovilidad y a la dependencia en todo de otros, y su universo no se extiende más allá de la camilla en donde languidecen sus días. No hay modo, entre tanta gente, de sostener su esperanza de que ese rabbí galileo lo cure.
Pero cuando se apagan las esperanza, cuando el no se puede parece decidirlo todo, entra en juego la solidaridad. Esos cuatro hombres no se resignan, los conmueve y moviliza el sufrimiento de ese hombre que no puede levantarse, y es una cuestión de fé, pues la fé nunca es abstracta, siempre es concreta, siempre se expresa en acciones, siempre moviliza.

En aquel tiempo las casas familiares se edificaban en sus muros con adobes, y los techos -en parte a los bravos calores estivales y a los duros inviernos- constaban de madera, barro y paja. A esos hombres estos inconvenientes no los detienen. Para corazones solidarios y plenos de fé, no hay imposibles.
Esos hombres, cuando la cerrazón de las gentes que, expectantes, esperaban al Maestro, hicieron lo que nosotros solemos olvidar.

Ellos miraron hacia arriba.

No los amilana ni la brecha que hacen en el techo, ni el riesgo patente de que el enfermo se les caiga al bajarlo con sogas. No hay impedimento que valga cuando hay que llevar a un hermano a la presencia salvadora de Cristo, máxime cuando ese hermano tiene paralizados cuerpo y, muy especialmente, el alma.

La fé de esos hombres y el amor de Dios expresado en Jesús de Nazareth provocan los milagros. Porque allí se sana un cuerpo que no se puede mover, pero muy especialmente se libera un alma encadenada por la culpa.

Algunos hombres severos y celosos -religiosos profesionales que se creen propietarios de Dios- infieren que el joven galileo blasfema pues perdona los pecados que pudiera portar ese hombre. No es una acusación menor, aunque sea tácita: la blasfemia, en ese tiempo, acarreaba directamente a la muerte por lapidación, una costumbre espantosa que sigue hoy vigente en ciertos sitios.

Cristo también abre brechas en ciertos techos. No hay medida ni condicionamientos para el amor de Dios, y seguir abriendo esos huecos es tarea muy actual para todos nosotros, vocación misionera esencialmente humana indelegable.

Paz y Bien

Testigos de todo el bien que ha hecho el Señor en nuestras vidas
















Para el día de hoy (16/01/20):  


Evangelio según San Marcos 1, 40-45








Como un signo cierto de los tiempos, a partir de la injusticia obrada contra Juan el Bautista, Jesús de Nazareth regresa a Galilea y se larga a los caminos. Lleva a todas partes el anuncio de la Buena Noticia, por los poblados, las ciudades, en donde las gentes trabajan, en las sinagogas en donde se reunen a orar y a hablar de las Escrituras.
Es muy diferente a Juan, que se queda en el desierto, bautiza a orillas del río y allí recibe a muchos. Jesús es dinamismo, es la imagen misma de Dios que sale al encuentro del hombre, y tiene un terrible hambre de enseñanza. Nada ni nadie puede detener su vocación docente, la revelación de ese Dios que es Padre y ama a todas sus hijas y a todos sus hijos.

Como contrasigno, ese hombre agobiado por la lepra es el opuesto total. Es un cuerpo doliente y un alma sometida. En aquel entonces, la lepra era una cuestión sanitaria, una cuestión social, una cuestión económica y una cuestión religiosa, siendo ésta última la principal que subsumía a todas las otras.
Sanitaria, pues no se tenían respuestas médicas que aliviaran las terribles consecuencias degenerativas y contagiosas.
Social, pues al no tener respuesta médica, al enfermo es menester aislarlo de familia y comunidad.
Económica, pues el ostracismo obligado impide que el enfermo se gane el pan diario y permanezca sumido en la miseria, apenas subsistiendo por una ocasional limosna.
Y religiosa, pues los sabios y eruditos habían determinado que la lepra era señal de impureza ritual absoluta, por lo que -además del lógico contagio- era considerado en el escalón espiritual más bajo, todo ello producto del castigo divino frente a pretéritos pecados. Tal es así, que quienes determinaban la presencia o ausencia de la enfermedad eran los sacerdotes. Una vez colocado el terrible sambenito, el leproso no podía vivir en las ciudades, ni acercarse a ningún judío que pasase cerca, exclamando a viva voz su condición de impuro, vestido de harapos y revestido de suciedad. Muerto en vida -pues los casos de remisión eran casi inexistentes- es apenas un cuerpo a la vera del camino.

Y sucede lo impensado. Ese hombre, contra todas las normas estrictas de contacto y segregación se acerca al Maestro, lo aborda y le ruega. Es un hombre que tiene su mente conquistada por ese ideario religioso imperante, pero a la vez es un hombre que no se resigna, y que seguramente ha oído maravillas de ese joven rabbí nazareno que a nadie rechaza, que habla con autoridad, que expulsa espíritus malos. Por ello mismo suplica ser limpiado, purificado, si tal es la voluntad del Maestro, y en esa plegaria hay un reconocimiento de Jesús como Señor: sólo Dios puede purificar, es decir, sólo Dios -para esa mentalidad- puede quitar la pena que ha impuesto. Aún así, su atrevimiento porta una fé grande, y una confianza ilimitada en la persona de Jesús de Nazareth.

Jesús no está cómodo. Él está de camino, de camino misionero, peregrino de enseñanzas nuevas, y no quiere ser presas de multitudes atadas a los fenómenos -que lo consideran un sanador nomás- ni tampoco quebrantar porque sí las normas. La Ley no es mala, la Ley se ha desviado y ya no sirve al hombre.
Jesús está alterado por la interrupción y por esa condena cruel. Por ello se conmueve, y por ello quedan en un plano muy posterior sus enojos eventuales. La compasión ha de signar todo su ministerio, y no vacila en en demoler la costumbre instaurada: así tocará al intocable, al prohibido, y el hombre se ha purificado desde su misma raíz. Ese contacto bondadoso le ha restituido su humanidad plena, su identidad única e irreductible.
El antiguo leproso recibe instrucciones precisas: ha de presentarse al sacerdote, para que éste certifique su estado de salud y pureza. Ha de ser readmitido en la vida comunitaria y religiosa por los mismos que lo han execrado, con la estricta instrucción de no revelar nada de lo que ha sucedido, Cada cosa tiene su tiempo, y si hay alguien que no es amigo de propaganda alguna es, precisamente, el Maestro.

Pero el ex-leproso desobedece, y vá por todas parte contando lo que le ha sucedido. El Maestro caminante se ha impurificado -se contagió esa impureza condenatoria- y por eso debe retirarse a un lugar solitario. El hombre ya sano, es un misionero sorprendente, un apóstol improbable, que anunciará el paso salvador de Dios por su existencia, y eso es lo que llamamos Evangelización: contar la Buena Noticia que nos ha acontecido por nuestros encuentros personales con Jesús de Nazareth.

Paz y Bien

Libres para servir















Para el día de hoy (15/01/20):  

Evangelio según San Marcos 1, 29-39










En la lectura del día podemos contemplar un desplazamiento que no es solamente físico sino teológico, es decir, espiritual: el Maestro ha participado de las celebraciones propias del Shabbath, ha sanado a un hombre poseído por un espíritu impuro y se ha dirigido a la casa de amigos, y en esa casa en donde el Reino se manifiesta en plenitud, señal de un pueblo nuevo que tiene calor hogareño, una Iglesia que crece con Cristo y se reconoce familia bendita.

El ambiente es extrañamente profano, secular. Aún así, lo sagrado no refiere tanto a las cosas rituales de los hombres sino más bien a la presencia del Señor en medio de los suyos, y las primeras comunidades cristianas no diferenciarán templos de hogares, pues en las casas crecía la Iglesia.

Había terminado el culto más no el Shabbath con sus estrictas normas que se observaban sin excepción; sin embargo, el Maestro entendía que el Sábado era para el hombre y nó a la inversa como se imponía, ante lo cual no le preocupaba demasiado transgredir ciertos reglamentos que deshumanizaban.
Así entonces le avisan de la enfermedad de la suegra de Pedro. Nunca debe haber excusas ni demoras frente al sufrimiento y al dolor.
Pero se trata de una mujer y, para colmo, de una mujer enferma. Socialmente, carece de derechos, de voz y de voto; religiosamente, es una impura ritual -por la enfermedad- que debe aislarse, en una suerte de estado de contagio de esa condición cultual. Quizás las fiebres que la doblegan sean también reflejo de cierta ideología que razona dolores, que justifica sufrimientos, que aplauden humillaciones impuestas.
Entonces el milagro acontece, con el carácter sencillo y profundamente humano de Cristo: no hay en Él ritos ni fórmulas arcanas, sólo el gesto de tomar su mano y hacerla levantar. Precisamente ése es el milagro de bondad, reconocerla en su dignidad de mujer, de hija y de hermana, sin importarle las consecuencias transgresoras del Sábado y de esas normas sociales que lo obligaban a tomar distancia.

El mal en fuga por la presencia de Cristo, el bien que florece desde la ternura y la misericordia, la salud restablecida que es expresión de una Salvación que atañe a toda la existencia.

Esa mujer, inmediatamente, se pone a servir a los presentes. No se trata solamente de tarea de mujeres, sino de una nueva diaconía que desafía estructuras y que es a su vez plegaria de gratitud. A menudo la oración no se expresa con palabras pero sí con gestos concretos.

Por la tarde, una multitud de dolientes se congrega a las puertas de aquella casa, un desfile interminable de enfermos que parece no terminar. Van a esa hora, pues las imposiciones del Shabbath restringían movimientos más temprano, y hay un cariz de querer esconder lo doloroso por fuera de la sacralidad.
Quizás muchas de esas personas buscaban al sanador mágico, y otros al Mesías restaurador de la corona davídica, pero no al Mesías sufriente y servidor, y está el peligro de embarcarse en la nave fútil del éxito, con el riesgo paralelo de quedarse con los beneficios de la presencia del rabbí galileo para unos cuantos.

Pero el Señor no es de nadie y es de todos. La Buena Noticia ha de llegar a todos los pueblos, sin esperar gratitudes ni actos de reconocimiento por todo el bien que ha prodigado. La bendición de Dios ha de llegar a todas las naciones, y ésa es nuestra misión y nuestro horizonte que edificamos a diario con el Cristo orante que camina con nosotros.

Paz y Bien

Nada es ajeno a la autoridad de Cristo

















Para el día de hoy (14/01/20) 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28






La sinagoga era, más que un sitio, una institución que probablemente encuentre su origen en los tiempos del exilio babilónico. Lejos del Templo y sometidos a una cultura y una religión que les era completamente ajena, el pueblo judío comenzó a congregarse para orar y reflexionar la Torah, Palabra de su Dios que le confería sustento espiritual e identidad como pueblo; congregación, tal es el sentido literal del término sinagoga.
Ha de tenerse en cuenta su carácter laico: los sacerdotes, aún cuando no hubieran perdido Jerusalem, estaban afectados específicamente al culto en el Templo.

Con el correr de los años, la institución sinagogal adquirió una importancia cada vez mayor, especialmente durante la celebración del Shabbat. Se oraba, se recitaban salmos, se leía la Torah y se la comentaba públicamente; los escribas -expertos exégetas- suelen comentar las Escrituras de un modo tal que el oyente se vea comprometido a cumplir normas que ellos mismos infieren de su análisis, y su análisis, a su vez, es un juicio emitido en base a precedentes exegéticos. En términos más simples, los escribas comentan los comentarios que otros expresaron, y a mayor cantidad de autores citados, mayor es la autoridad que se les reconoce, asociada a renombre y honores.

Que un rabbí galileo tan joven y humilde, sin ninguna clase de antecedentes académicos hable con palabras tan nuevas y frescas, asombra a todos. Él habla con un conocimiento que no se adquiere en los libros, sino a partir de la vivencia e identidad absoluta entre Él y su Padre.
Las gentes se asombran por esta autoridad, que en nada se parece a los dictados de los escribas, que podan corazones y libertades. Cristo hace nacer cosas nuevas, pues revela desde la Palabra a un Dios que ama, un Dios bueno, un Dios Padre y Madre, un Dios de amor y liberación.

Cuan grande no sería el asombro de esas gentes al escuchar hablar de su Dios de esa manera.

Quiera el Altísimo que jamás nos acostumbremos. Que la Palabra jamás se nos haga rutina conocida. Que Cristo nos asombre y nos alegre cada día, a cada momento, en cada encuentro con su Palabra, que es Palabra de Vida y Palabra Viva.

Paz y Bien

Tiempo bendito, tiempo santo de Dios y el hombre












Para el día de hoy (13/01/20):  

Evangelio según San Marcos 1, 14-20







La lectura de los signos de los tiempos, es decir, de una realidad mucho más profunda que el mero acontecer y que remita a una trascendencia definitoria. Esa lectura precisa y veraz conlleva a la toma de decisiones que cambian los rumbos de toda existencia hacia su consumación, hacia su plenitud.

Jesús de Nazareth era un lector exacto de estos signos. En todo descubría el trazo bondadoso de Dios, que junto al hombre quiere reescribir la historia, un Dios que se aproxima -se aprojima-, que acampa entre los pueblos, que se hace tiempo, que se queda para siempre. Ya no es el tiempo del puro transcurrir, del devenir constante, sino que es el tiempo propicio, el tiempo justo, el tiempo bendito, kairos, el hoy de la Salvación.

Probablemente, la señal sea la entrega a manos crueles y vorazmente corruptas del enorme Bautista. Jesús se dá cuenta que la luz que portaba Juan ahora debe llevarla Él mismo, pero con otro sentido que se dirige a su misma plenitud.

Parece una contradicción, pero se trata de la ilógica del Reino. Cuando campean las sombras, cuando parece que sobreabunda el horror -la mazmorra herodiana, la ejecución de un hombre bueno- el Dios de Jesús de Nazareth transforma esas noches densas en asomos tenaces de luz.

Siempre es posible que renazcan noticias mejores, una Buena Noticia que nos cambie de una vez y para siempre.

No es casual, tampoco, que el anuncio de esta Buena Noticia comience en Galilea. Tendrá que ver seguramente que era terreno bien conocido por Jesús; posiblemente, habría allí menos peligros y hostilidades que en Judea y en Samaria, zonas del ministerio de Juan el Bautista.
Pero sin lugar a dudas, tiene que ver que Galilea es periférica, que está siempre bajo sospecha de estar contaminada por extranjeros, bajo escrutinio de impureza y de otros tantos estigmas adjudicados. Y tiene que ver que de allí nada bueno ni nuevo se espera. Galilea es la periferia misma de la existencia, Galilea es el margen de la vida, es el campo de los pobres, es el sitio en donde nadie es escuchado ni tenido en cuenta.

La Buena Noticia de la llegada del Reino -Dios mismo entre nosotros- se abre paso desde los márgenes hacia los centros que solemos establecer como primordiales. Este Reino no se condice con nuestras ambiciones, con nuestros esquemas, con cualquier expectativa razonable.

Es un tiempo de locos, y para ello hace falta gente simple, gente común, gente cotidiana.
Los primeros llamados son pescadores galileos, y el descubrimiento de su vocación primera acontece en su tarea diaria. Porque el llamado de Dios se descubre en la cotidianeidad, y florece en esas rutinas que a menudo nos adormecen.

El tiempo bendito es aquí y ahora y convoca a mujeres y hombres concretos, con nombres e identidades reconocidas, navegantes tenaces de mares inciertos que han de llegar a buenos puertos.

Paz y Bien

Bautismo del Señor: cielos abiertos definitivos













El Bautismo del Señor 

Para el día de hoy (12/01/20):  

Evangelio según San Mateo 3, 13-17








La práctica ritual del bautismo no era desconocida para la fé de Israel; se bautizaba a los prosélitos -es decir, a los gentiles/extranjeros- conversos al judaísmo. Esto se realizaba en la mikve o piscina ritual, que solía ubicarse primordialmente en el Templo; la inmersión en sus aguas -aguas corrientes, nunca estancadas- suponía parte fundamental de ritos de purificación.

Pero en un momento determinado, surge un hombre recto e íntegro como Juan, hijo del sacerdote Zacarías y de Isabel, que comienza a bautizar en pleno desierto, en las aguas del Jordán. Es grave, es controversial y es muy peligroso. 
Juan es un hijo de un sacerdote del Templo y no desconoce la ortodoxia. El desplazamiento del Templo hacia el desierto supone cierto grado de profanación, es decir, pasar del ámbito sagrado al espacio profano de un río. Pero lo verdaderamente riesgoso es que Juan está bautizando judíos, que se llegan a Betania en un número cada vez mayor.
Es inconcebible que un judío se bautice: como miembro del Pueblo Elegido, como hijo de Abraham, tenía asegurada la Salvación y no requería ningún bautismo, y quien se arrogara ese derecho, derecho de Dios, -como Juan lo hacía- era pasible de ser considerado blasfemo, y por tanto condenado a muerte.

Como si no fuera suficiente, el Bautista presiona más todavía: el bautismo es imprescindible como señal de conversión y arrepentimiento para no perecer, para reconciliarse con el Dios al que han ofendido con una miríada de pecados. 
Simbólicamente, bautizarse es en cierto modo morir bajo las aguas para emerger con una vida nueva, renovada. Juan es un hombre del Espíritu, un hombre con capacidad de leer los signos de los tiempos y poseedor de una mirada lejana, y sabe que su bautismo es necesario pero insuficiente: tras de él vendrá Alguien que es más poderoso, el más fuerte, y que re-creará los corazones -la existencia misma- con un bautismo de fuego, la perenne bendición del Espíritu Santo.

Por entre los ríos crecientes de gentes que se dirigen al río para ser bautizados, camina un hombre joven, galileo de Nazareth. Silencioso entre la multitud, aguarda pacientemente su turno como uno más entre tantos.
Desde lejos, Juan intuye quien es. Y en su presencia, se incomoda violentamente y se resiste: es Juan quien debe ser bautizado por el joven nazareno, y nó a la inversa.

Ese Cristo que se llega a bautizarse es señal inequívoca de las primacías bondadosas de Dios, que siempre se nos está acercando humilde y sencillo, sin estridencias.

 Más Jesús de Nazareth persuade al magnífico Bautista de que lo bautice: se trata de una primordial cuestión de justicia, una justicia que no ha de representarse con una señora de ojos vendados y que porta una balanza en perfecto equilibrio, cuyas platinas se inclinan hacia uno u otro lado según la carga de méritos o pecados.
Lo justo referido por el Maestro es aquello de ajustarse a la voluntad de Dios.

Y la voluntad del Dios de Jesús de Nazareth es ponerse del lado de los pecadores, entre los marginales, en medio de los portadores de cualquier estigma, caminar lentamente con la humanidad quebrantada para que todos levanten la mirada.
Pues los cielos están abiertos y todos -todos, sin excepción, creyentes e incrédulos- somos hijas e hijos predilectos y amadísimos por el Dios del universo que se ha llegado hasta nuestros arrabales existenciales y se ha quedado para siempre.

Paz y Bien

ir arriba