Esperar contra toda esperanza, confiar aún sin ver
















Para el día de hoy (16/09/19):  

Evangelio según San Lucas 7, 1-10







A través de los Evangelios, podemos rastrear toda una geografía -perfectamente trazable- que se corresponde con el ministerio y predicación misioneras de Jesús de Nazareth, y es menester prestar especial atención a su contenido simbólico, por todo lo que nos revela, por las ventanas que se nos abren. 
Así entonces, en esa geografía podemos intuir senderos de Salvación que el Dios de la Vida nos regala, una geografía de la Salvación.

En el Evangelio para el día de hoy nos situamos en Cafarnaúm, plena Galilea. Esa Galilea, si bien parte de la tierra santa, era mirada con desconfianza religiosa por los sectores más ortodoxos de la fé de Israel, pues Galilea era zona de intercambio y comercio con extranjeros, y por lo mismo, muy pasible de contaminación con lo ajeno y distinto, considerando al extranjero como el epítome de la impureza. Socialmente, no era mejor su consideración: desde las colinas jerosolimitanas, los galileos eran observados con condescendiente desprecio, varios escalones por debajo de la escala social -nada bueno puede salir de Nazareth-, algo así como kelpers judíos a los que todo se le exige pero pocos derechos se les concede.

La gran señal es que Dios se ha despojado de todo para hacerse uno de nosotros, uno entre tantos, el insondable y asombroso misterio de la Encarnación de un Dios que elige hacerse compañero y hermano de los que no cuentan, de los marginales, de los que son despreciados y no son muy tenidos en cuenta, en la Nazareth de esa Galilea de la periferia.

Por otra parte, la escena acentúa más esa situación: el centurión era un oficial de la fuerza militar del imperio ocupante y opresor de la Tierra Santa. Es un extranjero, un pagano, un proscrito que puede despertar alguna que otra simpatía menor pero que lleva en sí el estigma de su condición y su obrar. 
No obstante ello, suplica por un servidor suyo -casi seguro un esclavo-, que por la postración provocada por su dolencia, también es un proscrito y un impuro a causa de su enfermedad. Es un proscrito que ruega por otro proscrito a ese rabbí galileo que a nadie rechaza y que tanto bien pasa haciendo.
Pero también sabe que entre ese hombre de Dios y él, un soldado romano, hay un abismo insalvable. Por ello le hace llegar a Jesús su súplica a través de terceros, por ello abiertamente confiesa que no es digno de recibir bajo su techo a ese Cristo, y allí mismo germina el milagro. 
Ese hombre confía, tiene su mente y su corazón encendidos de fé en el Maestro y en el poder de su Palabra, aún cuando él no sea parte de ese pueblo elegido.

Ese centurión es imagen de tantos cristianos desconocidos, de tantos creyentes innominados. Son los que rompen toda barrera impuesta y se juegan por los demás, que anteponen el dolor del otro a cualquier interés propio. Son los que saben que la bondad tiende puentes que hacen superar cualquier abismo. Son los que esperan contra toda esperanza, son los que aún sin ser parte, confían aunque no vean.

Son los que sin demasiados aspavientos hacen el bien a todos sin buscar el aplauso o la conveniencia, y a nosotros también muchos nos levantan a diario tantas sinagogas para reunirnos.

Paz y Bien


Cuando descubrimos al Padre misericordioso, toda la vida se vuelve un jubileo

















Domingo 24° durante el año 

Para el día de hoy (15/09/19):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-32









Andamos muy disvaluados, no tanto por menoscabarnos, por ir a menos. Hemos asumido demasiadas categorías mundanas, tácitas o explícitas, por las cuales algunos se suponen más o mejores que otros, cierta teología de la desigualdad que sólo es capaz de parir injusticias.
Quizás no haya que irse demasiado lejos, pues los vicios policiales de los fariseos tengan un grado de persistencia insospechado en nosotros, aún cuando no nos demos cuenta, especialmente cuando nos enfocamos en los que consideramos deleznables, irrecuperables, terribles. 

El otro aspecto crucial estriba, precisamente, en esa lógica mercantil que tiñe la ética y que indica, con total razonabilidad, que la pérdida de una oveja en un rebaño de cien -el uno por ciento- es una pérdida aceptable; ello puede verificarse sin demasiada dificultad en los que tienen responsabilidades colectivas o comunitarias. Es más que prudente no poner en riesgo a todos por buscar a la que se ha perdido, a veces suponiendo que en ese extravío tiene responsabilidad la misma oveja perdida.
Lógico y prudente, razonable y reflexivo. Pero no es Evangelio.

Por Cristo sabemos el valor inmenso que implica para Dios la oveja perdida. El afán que pone en su rescate, su hallazgo, su cuidado. Poner a las demás en riesgo destaca de modo fulgurante ese valor único e intransferible que nace del amor de Abbá Dios de Jesús de Nazareth.
Que para Él vale la pena poner todo patas arriba -el mundo especialmente- a horas intempestivas y aún cuando se incomode a muchos, porque nadie debe perderse.

Una cuestión decisiva: el valor de la oveja perdida radica en la decisión del Buscador. Nuestros valores suelen perderse por otras veredas.

En esa oveja que se pierde, en la dracma extraviada, en el joven que dilapida su vida en pantanos de orgullo y soberbia nos espejamos.
Pero hay más, siempre hay más, y es que aún perdidos nos descubramos encontrados por la misericordia de Aquél que no descansa, y por el que cada reencuentro, cada rescate, cada perdón es motivo de celebración que se comparte, de Reino que nos crece aquí y ahora.


Paz y Bien

Cristo ha sido elevado en la cruz para que toda la humanidad viva, y viva en plenitud













Exaltación de la Santa Cruz

Para el día de hoy (14/09/19):  


Evangelio según San Juan 3, 13-17






La cruz es la señal cristiana por antonomasia, y al igual que todos los signos no importa tanto por sí misma sino por la realidad a la que apunta, señala, infiere.

Así, en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth la cruz es un escándalo y una maldición para la mentalidad judía y una locura para la gran mayoría de las gentes. Como eficaz y concienzudo método de ejecución del imperio romano, la cruz se reserva para los reos más abyectos, para los criminales marginales: al condenado se lo eleva al espanto de la cruz para que muera y para que su muerte sea una tenebrosa admonición a todo aquél que pretenda ir por el mismo camino.
Con el tiempo, se ha utilizado esa señal olvidando su significado primordial y a su vez implicó la identificación de una fé imperial, una fé que se impone, pero también una credencial abstracta, desencarnada, sin valor.

Cristo muere en la cruz fiel hasta el extremo a la voluntad del Padre: Verbo de Dios, Cristo en la cruz es la palabra definitiva de Dios que ama a sus hijos sin reservarse nada para sí. Por ese amor inclaudicable ha sido elevado por sobre toda la humanidad en su dolor y en su muerte en contradicción a toda lógica y a todos los poderosos de todos los tiempos. Amar y servir, esclavo de todos, servidor, Señor.

La serpiente de Moisés se elevaba por sobre las cabezas del pueblo para que nadie muriera por la mordedura de la serpiente.
Cristo ha sido elevado en la cruz para que toda la humanidad viva, y viva en plenitud, gloria de Dios.

En esa cruz y por su entrega hasta al final también hemos sido elevados para que nadie más muera, para que no haya más crucificados, para decir con Él a todos los poderosos, a un mundo desbordante de injusticia, elevados desde el amor y el servicio, humildemente atrevidos a ser los últimos, los marginales, hermanos de los olvidados, llevando al hombro el dolor del prójimo en afanes de servicio y misericordia, la justicia y la salvación de Dios.

Paz y Bien

La mirada salvadora de Jesús de Nazareth



















Para el día de hoy (13/09/19): 

Evangelio según San Lucas 6, 37-42






Hay otra manera de mirar al mundo y al otro.
No es tarea fácil, pues implica dar la más brava de las batallas, la que se libra contra el propio ego, y animarse a tener la mirada de Jesús de Nazareth.

Se dice con veracidad que los ojos son la ventana del alma; pero también, a través de la mirada el mundo puede adquirir distintos significados.
La mirada de Jesús de Nazareth es una mirada bondadosa, por la que a pesar de todo y todos no se abdica jamás de la esperanza en que el hombre puede ser mejor, puede trascender, puede ser pleno, compasivo, fraterno.

Para nuestros limitados horizontes, puede sonar a ingenuidad. Pero aunque la rítmica del desprecio y del ridículo intente marcarnos el paso, no hay que bajar los brazos. En cada corazón -aún en el más malo, en el más vil- hay una posibilidad de regreso, hay un destello de Dios que puede disipar sombras.
Las gentes así, que se animan a despojarse de preconceptos y arrogancias de dominio que suponen la posesión del derecho absoluto a la crítica. Las gentes así, que a pesar de todo lo tenebroso que a veces nos cerca, siguen siendo tenaces en la esperanza de edificar un nosotros, porque por entre la multitud descubren al tú real y se despojan alegremente del yo. Las gentes así son frutales, imprescindibles, Buenas Noticias que laten.

Eso no implica, jamás, renunciar a la justicia o anegarse en pantanos de indiferencia. La verdad siempre por delante, la verdad ha de hacernos libres.
Dejar atrás la ceguera de no reconocernos tal cual somos, con luces y sombras, y así ir al encuentro del prójimo, en donde nos encontraremos con el Cristo de nuestra salvación.

Paz y Bien

Bondad y compasión sin excepciones ni condicionales
















Para el día de hoy (12/09/19):  

Evangelio según San Lucas 6, 27-36









No es fácil. Las palabras del Maestro son revolucionarias, y se aparecen como una utopía imposible: el fundamento de la humanización total es un éxodo continuo de cualquier atisbo de egoísmo, aún cuando se asome como una lícita búsqueda personal.

La exhortación es inequívoca, se trata de amar, de bendecir y de orar, pero ante todo y especialmente por aquellos que nos odian, que nos maldicen, ese enemigo al que le place nuestra destrucción y nuestro silencio, la supresiva acción violenta.

Las palabras de Jesús de Nazareth son más que un discurso, y Él las ratifica ofreciendo mansamente su propia vida.
Se trata de que nadie más perezca, se trata de proteger la vida, y la vida de todos.
En el chato horizonte de nuestras mezquindades, el perdón deviene inútil cuando no imposible; pero en la santa ilógica del Reino, el perdón es camino de liberación que refunda existencias y naciones. El perdón es la gran revolución pendiente para nuestros corazones agobiados.

Es cuestión de comenzar a darse cuenta.
El perdón es la expresión de esa infinita misericordia que sostiene al universo, la dinámica de la Gracia de un Dios Abba que sólo vé hijas e hijos antes que propios y ajenos.
Por ello la bondad no ha de tener excepciones ni condicionales, y porque hemos sido reconocidos como tales por un Padre entrañable es que podemos descubrir hermanos a los que, quizás, en estos momentos descartamos.

Por ello la vida pueda expresarse como el paso salvador de Dios por nuestras vidas, unas existencias que tuercen destinos estériles en valles fecundos por esa gratitud renacida, la generosidad incondicional, la solidaridad tan necesaria como el respirar, la compasión como motor de la historia.

Paz y Bien

Malaventuranzas: senderos disipados, mundos sin hermano, sin Dios y sin destino
















Para el día de hoy (11/09/19): 

Evangelio según San Lucas 6, 20-26








En la montaña y en el llano. En los hogares y a la vera del camino. Con los enfermos y los excluidos. Parece que los lugares sagrados no se dejan atrapar tras los muros del Templo y de todos los templos, y que éstos florecen allí en donde se hace presente Jesús de Nazareth, Dios con nosotros, y que interpela al hombre, lo convida a cuestionarse lo que parece inalterable y definitivo, asumido con el alma en derrota.

La multitud es creciente, han venido de todas partes. En su inmensa mayoría se trata de mujeres, hombres y niños pobres a los que la cotidianeidad agobia de miseria, de gris desesperanza, de un presente horroroso sin futuro y con un pasado que quisieran no recordar.

La linealidad/literalidad es causa de todos los fundamentalismos -de cualquier religión-. De ese modo se pueden aceptar con resignación los dolores de este mundo, pues habrá recompensas postreras, post mortem. Pero también se corre el riesgo de cierto pobrismo erróneo, como si la pobreza no elegida -la que se impone, la que es resultado de la injusticia- deba aceptarse por ser más favorable a una interpretación evangélica en donde el Cristo de la cruz está ausente.

El pobre y el hambriento, el anegado de llanto, el perseguido por su fidelidad al Evangelio, todos viven en dos mundos, en un presente oscuro, inhumano, demoledor. Pero también en medio de esas sombras, contra toda lógica y en esos precisos momentos, el Reino florece en un aquí y un ahora que, en apariencia, parece incontrovertible. Reino de justicia y paz, de alegría, de mansedumbre, de plenitud, de vida gratamente compartida.

En cambio el rico, el que está conforme con lo que impera, el que se aferra no sólo a la comodidad material sino a una vida light sin compromiso y con un horizonte sin prójimo, tiene esa vida acotada a un sólo mundo finito, que se termina sin destino, significado, trascendencia ni justicia. Porque la justicia se enraiza primero en cada corazón.

Las Bienaventuranzas son una señal de auxilio en plena noche para nuestra gente y para todas las gentes.

Las malaventuranzas, esos ayes que tan a imprecación nos pueden sonar, son un grito salado de lágrimas para abandonar la existencia por senderos disipados, mundos sin hermano, sin Dios y sin destino.

Paz y Bien

Congregados por lo que somos, por quienes somos y por todo lo que podemos llegar a ser.


















Para el día de hoy (10/09/19):  

 
Evangelio según San Lucas 6, 12-19






La oración era para Jesús de Nazareth tan importante y natural como el respirar. Toda su vida es una vida de oración, una vida orante, un diálogo imprescindible entre Él y su Padre, una escucha fértil y afectuosa.
Así lo encontraremos en plena oración en los momentos cruciales de su ministerio: la oración implica permanecer siempre en el horizonte y dentro del proyecto de Dios, su Reino.

Para el Maestro no cuentan las abstracciones, ni se detendrá en declamaciones banales.
Las cosas de Cristo siempre son personales, totalmente personales, siempre reconoce rostros, identidades, nombres y apellidos. Por ello, poco cristiana y lejana a la luz del Evangelio es cualquier despersonalización, la pérdida de identidad, la masificación, la aniquilación de las singularidades.

Los Evangelios han conservado así los nombres de aquellos a los que Jesús ha congregado junto a sí, signo cierto de nuestro llamado.
Todos y cada uno de nosotros hemos sido también congregados desde siempre para estar a su lado, para caminar junto a Él con la misma misión, misión de paz, de justicia, de liberación, de salud, de alegría.

Hay diferencias, claro está, y a pesar de ciertas fricciones es algo que nos enriquece. Pedro no es igual que Santiago, Felipe no es similar al Iscariote, Andrés no es furibundo zelote como el otro Judas. Pero todos tienen la misma distinción, el ser reconocidos como amigos y hermanos de navegación, parte de esa familia siempre creciente que anida en el corazón de Dios, que llamamos Iglesia y que no se limita a ciertos parámetros religiosos.

Hemos sido concienzudamente congregados por lo que somos, por quienes somos y por todo lo que podemos llegar a ser.

Paz y Bien

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