La maravillosa desmesura del Reino

 








Para el día de hoy (02/12/20):  

Evangelio según San Mateo 15, 29-37



Estamos con Jesús de Nazareth en territorio pagano, a orillas del mar de Galilea. Si bien la alusión no es directa, lo podemos entrever en las alabanzas jubilosas de los sanados y de sus familias hacia el Dios de Israel, para ellos dios ajeno y distante, además de numerosos signos y símbolos subyacentes en toda la lectura.


Hay algo tan evidente, que en aras de profusas exégesis y estudios se nos suele escapar como arena entre los dedos, y es precisamente ese rabbí galileo que se conmueve frente a la necesidad ajena y la hace propia, y no se queda en la pura emoción. Él se preocupa y ocupa, y llama especialmente la atención que no haya contraprestación ni condiciones que se requieran. 

Los dolientes son sanados, los hambrientos son saciados, y no se les pide credencial de pertenencia, identificación religiosa ni prácticas de piedad específicas. Para el corazón Sagrado de ese Cristo sólo hay hijas e hijos de Dios doblegados por el dolor y sumidos en la necesidad, y es precisamente esa misericordia insondable el paso primero que nos esté faltando para edificar un mundo en donde campee la justicia.


No puede haber demasiadas elucubraciones por razonables que estas sean cuando la condición humana está atacada. Porque si el primer derecho es el derecho a la vida, el siguiente es el derecho a una vida digna y plena.

Y las soluciones están entre nosotros, en nosotros, y la llave para abrir tantas puertas cerradas es esa escandalosa solidaridad que nos propone y ofrece el Maestro.


Es el tiempo santo de Dios y el hombre, el tiempo de la Gracia, de lo que se ofrece y se entrega sin ninguna condición, a pura generosidad, reflejo absoluto del amor de Dios que es su esencia y su sueño para todos, el Reino inaugurado por Cristo.


Pedro y Juan, Santiago y Felipe, los Doce, los discípulos, tu y yo, todos nosotros estamos llamados a ser servidores de esa Gracia, llevando el pan que se multiplica al infinito de la vida compartida que jamás se agota, que alcanza para todos los que están y queda para todos aquellos que algún día llegarán, en la maravillosa desmesura del Reino.


Paz y Bien


Dios se revela y rebela en los niños

 





Para el día de hoy (01/12/20):  

Evangelio según San Lucas 10, 21-24




Jesús se estremece de certeza ante la ternura de Dios. A cada instante descubre la bondad salvadora de su Padre, y por eso exclama su bendición; más aún, hasta su respirar es una bendición, pues toda su vida es una vida orante, en perfecta y absoluta sintonía con su Padre.


Porque este Dios que se revela en Jesús de Nazareth no se expresa a través de sabihondos y doctores, esos mismos que se apropiaron en exclusiva de la interpretación y exégesis exacta de la palabra, pero se han vuelto incapaces de aceptar la revelación y toda verdad que se les presente, por más que ésta sea evidente. No escuchan otra voz que la propia, y ese es el motivo primordial por el que viven en su mundo ampuloso de sombras.


El Dios de Jesús de Nazareth se revela en plenitud a través de aquellos que no tienen voz, que apenas pueden hablar. De los más pequeños, de los que no tienen relevancia ni son tenidos en cuenta. 

A ellos, por ellos y con ellos Él se manifiesta, y su rostro puede encontrarse, resplandeciente, especialmente allí en donde nada suele esperarse, donde las clasificaciones preconcebidas son condena y son yugo fiero y demoledor.


Adviento es así. 

Descubrir que Dios nos habla cada momento, que Su Rostro puede encontrarse en cada esquina, en los arrabales, en las periferias de la mera supervivencia. Descubrir su manifestación bondadosa y volvernos bendición.


Dios se revela en los pequeños, en los que balbucean, en los que lloran su frío y su hambre, en los niños, en un Niño que será todo en todos.


Paz y Bien

San Andrés, amigo y obrero del Señor

 





San Andrés, apóstol

Para el día de hoy (30/11/20):  

Evangelio según San Mateo 4, 18-22





El dato puede ser visto como una mera anécdota, un rabbí pobretón y provinciano caminando a orillas del mar de Galilea, quizás aliviando un poco el intenso calor de la zona con la brisa que le llega. 

Pero es necesario ir más allá, mar adentro del significado. Ese Cristo que camina a la vera del mar es el que se arrima a la orilla de la vida, de las existencias de cada uno de nosotros, sin imposiciones pero con invitaciones fuertes, definidas, sin ambages, un Cristo que quiere ser parte de la vida, un encuentro que acontece en la cotidianeidad revistiéndola de milagro, de Gracia, de eternidad. Hay que estar despiertos y atentos.


Allí hay dos hermanos inmersos en su oficio, Simón y Andrés. Otra vez, el dato simple nos indica un vínculo biológico, familiar. Sin embargo, estos hombres están llamados a ser hermanos más allá de cualquier previsión, pues lo bueno y nuevo que acontece, el Reino, será tarea fraterna, que nó individual, de hermanos congregados por un mismo Padre.


Ellos son pescadores, expertos en su oficio de arrojar redes y recoger los frutos del mar, procurarse el sustento a horas inverosímiles, el esfuerzo cotidiano que suele comenzar en plena noche, cuando bullen los peces.

El Maestro los invita a seguirle para convertirlos en pescadores de hombres. Ellos serán expertos en ese oficio misericordioso, ante todo, por Aquél que los ha convocado y por el empeño misericordioso que pongan en la tarea, una tarea de fé, una tarea cordial, una misión vital pues implica que muchos peces pequeños librados a su suerte en las anchuras de un mar que los devora, permanezcan con vida en redes nuevas.


La invitación es tan decisiva que se vuelve conminatoria, urgente. Ya nada será igual, y la respuesta implica dejar atrás lo viejo, la vida anquilosada, los esquemas perimidos, las viejas redes inútiles y emprender nueva marcha con nuevos bríos, a puro impulso del Espíritu. 


Cristo no ha buscado sabios, poderosos, guerreros, personalidades destacadas bajo los falaces criterios mundanos. Sólo hombres y mujeres que transforman su vida comenzando por la cotidianeidad que saben y conocen, y que siguen los pasos del Maestro, humildes pecadores que se vuelven pescadores por esa Gracia que no merecen pero que sobreabunda más que cualquier miseria.


Conocemos bien a Simón, Pedro para todos nosotros, su amistad abierta y extrovertida, su carácter a menudo voluble, sus idas y vueltas, su fidelidad como roca para sus hermanos. la Iglesia.


De Andrés, los datos son más escasos. Pero posee ciertos visos que equilibran el carácter encendido de su hermano, cierto talante reflexivo y muy, muy cercano al corazón y la confianza del Maestro.


Pero es el que comunica a otros que ha encontrado al Mesías, el que se afirma en su fé y en el servicio, buscando en Cristo las respuestas que su razón no atina.


San Andrés, amigo y obrero del Señor que nos vuelve a decir que hemos de encontrarnos con el Mesías que llega como un Niño pequeño a nuestras orillas.


Paz y Bien


Adviento: otra historia está llegando

 





Domingo Primero de Adviento

Para el día de hoy (29/11/20) 

Evangelio según San Marcos 13, 33-37


Más allá de la letra estricta de los tiempos cultuales prescriptos, Adviento es una invitación que no sabe de limitaciones de calendario.

En el tren de la existencia, Adviento es una estación espiritual que no es escala y no es destino, pues nuestro destino -es decir, aquello que nos confiere sentido definitivo y plenitud- es el encuentro con Alguien antes bien que con una idea o abstracción indeterminada.


Adviento es saber que, en verdad, nada nos pertenece, que somos concesionarios de una vida que se nos ha otorgado, tierra fértil para hacerla fructífera. Pero también es descubrir con asombro y alegría la confianza inconmensurable que se nos ha concedido a cada uno de nosotros: la confianza es raíz misma de la fidelidad, de la fé.

Desde esa confianza, sabemos que todos, sin excepción, tenemos una tarea asignada. Ello no es una organización de tareas, y es mucho más que una obligación: esa tarea asignada es el modo de ser plenos, felices, aquello mismo que llamamos vocación, llamados a ser y a hacer de un modo específico, pero invariablemente, con Dios por horizonte.


Con una tarea por realizar a lo largo de toda la existencia -tarea que no es yugo intolerable- no se admiten las perezas ni los letargos. Es claro que no hay sanciones al modo mundano en que nos movemos habitualmente. Sucede que si nos quedamos dormidos, aletargados por las comodidades, las banalidades y muchas preocupaciones que nos inundan, se nos escapa como arena entre los dedos lo que verdaderamente cuenta, y es la capacidad de entrever en nuestros días, en cada segundo, que la historia es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo fecundo de eternidad.


Así, bien despiertos y atentos, con la ayuda de Dios recuperaremos esa capacidad de asombro que es crucial para no languidecer en estos páramos yertos. 

Otra historia es posible, otra historia viene empujando por senderos cordiales y humildes, otra historia se escribe en silencio desde las mujeres y los niños, desde un Niño pequeño por el que serán sagrados todos los niños, y el estar despiertos no es cosa de espectadores, sino de gentes dispuestas a despertar a los demás, a ser protagonistas de la esperanza, a encender los corazones apagados, a ser sal y ser luz.


Feliz Adviento para todos.


Paz y Bien

El tiempo definitivo, el tiempo del Señor

 





Para el día de hoy (28/11/20) 

Evangelio según San Lucas 21, 34-36


El tiempo definitivo llegará. Cesarán todas las esperas; será tiempo de cosecha, y por eso tiempo en que se evidenciarán los frutos buenos.

Será el tiempo del regreso del Hijo del Hombre, Cristo amaneciéndonos de una vez y para siempre.


Las especulaciones y cálculos carecen de sentido, y se los aligera el andar de toda ansia de precisión calendaria, pues Cristo viene. Y vendrá de improviso, y es menester estar dispuestos para el encuentro final, un final que es el comienzo de la vida absoluta.


Por eso no podemos permitirnos quedar atrapados por las preocupaciones, ni por todas esas cosas que nos distraen.

La alerta que nos enciende Jesús de Nazareth es un mensaje de pura esperanza, porque despojados de todos los sinsentidos, de todo lo que perece, podremos presentarnos humildemente de pié, mirando a los ojos a Aquél que ya hizo morada en nuestros corazones.


No hay manuales, ni soluciones mágicas, ni profusos razonamientos. La espera atenta es un rescoldo que se mantiene encendido con la oración.


Se trata de orar siempre, acercándonos al horizonte que es Cristo que llega.

Orar siempre, orar sin desmayos, orar con confianza, orar en la fecundidad de la escucha atenta, orar con las manos, con cada paso, con cada palabra y cada silencio, orar en soledad, orar en comunidad.

Orar para que nuestras vidas estén en la misma sintonía eterna de Aquél que no deja de buscarnos, orar para transparentar ese amor entrañable.


Orar para que toda la existencia se haga plegaria.


Paz y Bien

Viene naciendo nuestra liberación

 





Para el día de hoy (26/11/20):  

Evangelio según San Lucas 21, 20-28



Imágenes de horror. Cataclismos cósmicos, terribles tambores de guerra, el sonido atronador de todas las miserias que devienen en luto, en angustia, en opresión, en descenso brutal de la condición humana. 


Pareciera que a medida que transcurren los siglos se vá perfeccionando -meticulosamente- la capacidad de hacer daño, de lastimar y suprimir a los demás. No siempre se trata de armas de fuego; existen otros métodos tan violentos como los de éstas, el destrato, la exclusión, el desprecio, el abandono, el ninguneo de oír pero no escuchar a nadie excepto a la voz voraz del propio egoísmo.


Para los contemporáneos de Jesús de Nazareth esto se agravaba, pues su centro se ubicaba en ese Templo enorme habitado por su Dios, el mismo que les brindaba identidad y carácter. Ese Templo sería reducido a escombros por las legiones de Tito y Vespasiano, y muchos de los jerosolimitanos pasados a cuchillo o vendidos como esclavos.


Todo ello, tempus fugit, cronos que se escurre inexorable como arena entre los dedos.


Con todo y a pesar de todo, la Encarnación es el misterio asombroso que inaugura el tiempo nuevo de Dios y el hombre, tiempo de Niño Santo, tiempo de vida que se expande humilde y silenciosa pero imparable.


En la noche más cerrada, en los lapsos de mayor dolor y oscuridad, una mínima luz se hace imposible de apagar. 

Cristo está llegando, Dios que sale al encuentro de los extraviados, de los que no pueden más.


Otro tiempo está llegando, ad-viene, y hay que permanecer fieles, con la mirada en alto, porque nos está naciendo -aún con tantos dolores de parto- nuestra liberación.


Paz y Bien

Permanecer fieles hasta el fin

 





Para el día de hoy (25/11/20):  

Evangelio según San Lucas 21, 12-19



El panorama que plantea Jesús a sus discípulos no es nada grato. Más aún, es aterrador.

Habla de persecuciones políticas y religiosas, de cárceles, de violencias y hasta de muerte por permanecer fieles a la Buena Noticia, y más aún: estos vendavales pueden desatarse también de los más cercanos, del entorno que los discípulos consideran como propio y firme.


Es que el Evangelio es opuesto a esto que entendemos por mundo, nada tiene que ver con el poder, con la opresión, con la injusticia, con todo lo que atenta contra la vida humana. Y esta oposición implica tomar partido de manera profética, es decir, anunciar la mejor de las Noticias y denunciar todo lo que arrolla la dignidad y plenitud humanas.


El mensaje de Jesús de Nazareth no se dirige solamente a la primera comunidad cristiana, la que luego de la Pasión y resurrección del Señor comenzaría un largo camino de persecuciones por parte de las autoridades de la religión de Israel y sufrirían las violencias de la prepotencia imperial romana.

El mensaje a traviesa todos los tiempos y llega hasta nuestro presente.


Es necesario también mirar, desde el prisma de nuestros corazones, otra consecuencia: si las persecuciones son consecuencia directa de la fidelidad, su ausencia ha de ser significativa y hasta peligrosa.

La recepción sin inmutarse del Evangelio -claro está, de modo superficial- por parte de los poderosos y de los sistemas de dominio es síntoma de que algo no está bien. Quizás signifique que cedimos a nuestros miedos y dimos paso a una versión edulcorada de la Buena Noticia que no compromete, nada arriesga y poco transforma.

Es renegar de esta vocación de semilla de mostaza y de levadura en la masa.


Con todo y a pesar de todo, nada ni nadie podrá detenernos ni acallarnos.

No estamos solos, no vamos solos, el Espíritu nos sostiene y nos impulsa en coraje y elocuencia.


Paz y Bien


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