La familia de Cristo es un insondable misterio de amor

 





Para el día de hoy (22/09/20) 

Evangelio según San Lucas 8, 19-21



En los pueblos semitas mediterráneos del siglo I y en otras tantas culturas, la pertenencia tribal y racial era un factor determinante que confería identidad y pertenencia. En el caso específico de Israel, el núcleo primero de la tribu era la familia, y a su vez era la vía de acceso a la nación y pertenencia judías; en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, las tribus y familias judías se cerraban cada vez más sobre sí mismas pues su nación estaba sometida por el poder militar de una potencia extranjera, y por el riesgo creciente de la contaminación extranjera, de una colonización imperial que les ganara no solamente el territorio sino también su cultura, es decir, sus mentes, sus almas.

Otro factor importante a tener en cuenta también es el miedo, el miedo a que el opresor romano -a quien se desprecia- tome cualquier actitud sospechosa o extravagante como subversiva y, en consecuencia, la aplaste con devastadora violencia.


Como una cuestión puramente objetiva y abstracta, detengámonos por un momento en la vereda de la familia y la tribu nazarena de Jesús: el niño que vieron jugar y crecer, el hombre que tenía el mismo oficio de su padre José -tekton-, de repente se larga a los caminos a hablar de Dios y a hablar en nombre de Dios, a curar enfermos, a juntarse con indeseables, a enfrentarse sin ambages con los guardianes de la tradición religiosa de Israel. Y las gentes más sencillas cada vez lo seguían en número creciente, con especial agrado y atención.

Allí había una ruptura y un peligro para Él y para ellos. Ese Jesús o se había vuelto loco, o estaba cometiendo demasiadas imprudencias que podían desatar las furias romanas. Pero además, hay algo más primordial que eso, y es que este rabbí caminante ha roto el molde, no se corresponde en nada con lo que los suyos esperan de Él, la vida que para Él han imaginado y hasta diseñado. 

Así es harto lógico que se lleguen a Cafarnaúm a buscarle, para en cierto modo rescatarlo de esa locura, hacerlo volver en razones y llevarlo al reducto seguro de Nazareth, menos expuesto que en la ciudad de gran movimiento en donde se encuentran ahora.


Si extrapolamos esta situación al ámbito de nuestros corazones, nosotros también, en cierto modo, gustamos de hacer lo mismo, regresarlo a la tribu de nuestros templos o a la seguridad de nuestras creencias -que nó de nuestra fé- para que este Cristo no nos quiebre nuestros mediocres esquemas ni se nos difuminen las caricaturas mesiánicas a las que nos aferramos, porque es mucho más de lo que esperamos. Y porque no permitimos a Dios ser Dios.


Allí en Cafarnaúm, el Maestro -rodeado de gentes sedientas del agua viva de la Buena Noticia-, la Madre y los parientes, esa tribu originaria, se hacen presentes arrogándose quizás el derecho y la primacía sobre Jesús. Ellos están primero, y a ellos les pertenece.

Pero este Cristo no le pertenece por la sangre, ni por la raza, ni por la cultura. No es de una familia escasa, ni de un grupo puntual, ni de los nazarenos, ni de la misma Iglesia.

Él borra esas fronteras de pago chico, y amplía la familia hasta límites insospechados.


Los nuevos vínculos familiares son vínculos espirituales, crecidos a la luz y cobijo de una Palabra que está viva y es Vida, Palabra escuchada y practicada.

La familia de Cristo es un insondable misterio de amor, abierta a toda la humanidad. Dios mismo nos hace parte de su familia, hijas e hijos, hermanos en el presente en camino hacia la plenitud eterna.


Paz y Bien

La Palabra germina al calor de los corazones creyentes

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 Para el día de hoy (19/09/20) 

Evangelio según San Lucas 8, 4-15

 

 

 

 La escena transmitida por el Evangelista Lucas es magnífica: una multitud venida de todas partes que se reune alrededor del Maestro, escuchándole con atención. Muchos de ellos sin dudas eran labriegos o campesinos, por lo que podemos imaginar sin ninguna dificultad sus gestos de asentimiento y asombro frente a la parábola que Jesús de Nazareth les brinda.

Es llamativo que en toda la parábola -no en su explicación privada y posterior a los discípulos- no se mencione Dios, Reino, Salvación o Mesías. En este sentido, la parábola es descaradamente profana y, tal vez, demasiado secular para los religiosos profesionales de miras estrechas.
El asombroso tesoro escondido tras sus vocablos e ilógica es que el Reino de Dios está indefectiblemente entretejido en lo cotidiano, la eternidad en santa urdimbre con el aquí y ahora.

Pero también enciende las alarmas de nuestras prudencias desmedidas la actitud del sembrador. Pareciera un sembrador demasiado despreocupado, o quizas hasta algo tonto y torpe, pues parte de esa semilla -los campesinos galileos sabían que las semillas eran bastante caras- vá a parar a sitios en donde no hay frutos buenos ni germinación ni crecimiento constantes. Hay algo de pátina azarosa en su conducta, pero hay mucho -muchísimo- de confianza en lo que sucederá en los surcos. Con todo y a pesar de todo, de las tormentas, las piedras, las plagas o la cizaña engañosamente tibia.

El sembrador actúa de ese modo tan extraño porque confía totalmente en la semilla que porta, en su impresionante fuerza escondida, en su maravillosa capacidad de rinde, pródigamente frutal. Y aunque muy a menudo en los surcos no estará a la espera la tierra fértil de las almas, a pesar de ello han de crecer árboles frondosos y habrá una cosecha de frutos extraordinarios.

No podemos permitirnos los desánimos personales ni misioneros. La fuerza de la Palabra de Dios no se deja atrapar por nada, y basta cobijarla al calor de los corazones para que la vida, esa vida que siempre se nos está creciendo y renovando, vuelva a brotarnos en cada amanecer.

Paz y Bien

Discípulas y misioneras

 

 


 

 

 

 

 


 

 

 Para el día de hoy (18/09/20) 

Evangelio según San Lucas 8, 1-3

 

 

  La lectura que la liturgia nos ofrece el día de hoy se limita a sólo tres versículos. Parece muy corta, especialmente si comparamos con otra como la correspondiente al día de ayer; sin embargo en esos pocos versículos condensa y revela la trascendencia que para Jesús de Nazareth tenían, como hijas de Dios y como integrantes de la comunidad cristiana, las mujeres, sus discípulas.

Ello se destaca si por un momento observamos con detenimiento la situación de la mujer en la Palestina del siglo I, especialmente entre el pueblo judío: ellas carecían de derechos y voz propia -ciertos rabinos, incluso, las consideraban indignas de participar en la sinagoga o de aprender a leer y a escribir-, y estaban en la práctica totalmente sometidas y dependientes de su padre o de su esposo, según su edad o estado. Concretamente, su destino era el concebir los hijos y cuidar la casa, y en ese talante, ninguna mujer que tuviera una conducta honorable y adecuada hablaría ni frecuentaría otro varón que no fuera su padre, su esposo o eventualmente su hijo adulto.

Por ello mismo que mujeres de distinta extracción social fueran tratadas como iguales por ese rabbí galileo horrorizaba y llenaba de suspicacias a las mentes rígidas sin corazón. Peor aún cuando Él no dudaba ni un instante en tocar, recibir, sanar y bendecir a aquellas portadoras de algún estigma insoluble, como la impureza, el pecado, o simplemente la baja reputación.

En principio, el Evangelio para el día de hoy anticipa con toda precisión que quienes serán las primeras testigos privilegiadas de la Resurrección, del triunfo de la vida, y a su vez serán evangelizadoras de los apóstoles, son mujeres que no están allí por arribistas, ni por circunstancias fortuitas o azarosas. Ellas han estado junto a Él desde los mismos comienzos de su ministerio en Galilea, han recorrido los caminos a su lado, han participado como misioneras al igual que muchos otros. Ser testigos es parte de esa misión que les ha ido creciendo y madurando en sus existencias.

Y otra cuestión también es raigal: con deliberada y magnífica intensidad, el Evangelista Lucas señala que algunas de esas mujeres han sido sanadas por Cristo de enfermedades y malos espíritus. Quizás esos malos espíritus tengan que ver con resignarse, con aceptar ser menoscabadas, con no poder vivir en plenitud, ser felices.
Ése es el distingo: son testigos y son discípulas no por haber aprendido una doctrina, sino por redescubrir a cada instante el paso salvador de Dios por sus vidas, y todo el bien que Cristo ha hecho en ellas, un Cristo que es su hermano, su Señor y su amigo.

Esa esperanza y esa reivindicación fraterna -que nada tiene que ver con un feminismo banal- provienen de Cristo y hoy, en pleno siglo XXI, seguimos sin quererlo aceptar en todas sus dimensiones de Buena Noticia.

Paz y Bien

 

 

El persistente perfume de la misericordia

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 Para el día de hoy (17/09/20): 

Evangelio según San Lucas 7, 36-50

 

 

 

Simón, fariseo notable, invita a Jesús de Nazareth a comer con él. Probablemente ello responda a varias cuestiones: por un lado, la presencia de un rabbí -de cualquier rabbí- incrementa el prestigio del dueño de casa. Por otro lado, ese rabbí nazareno debe despertar en Simón una cierta incógnita, por todas las cosas que de Él se dicen, por por el revuelo que su presencia, sus acciones provocan en el pueblo y en sus pares religiosos.

Pero también Simón no puede con su genio: prisionero de sus prejuicios y atrapado en unos esquemas harto rígidos que poco tienen de religiosos, está atento a cualquier actitud reprochable o heterodoxa del joven maestro galileo.
En aquellos tiempos, las normas de urbanidad y hospitalidad implicaban lavar los pies del invitado recién llegado, pues los caminos de la Palestina del siglo I eran habitualmente muy polvorientos; se lo recibe al invitado besando sus mejillas, en un símbolico Shalom ofrecido cordialmente, y más aún, a un convidado de relevancia se le ungen los cabellos con algún perfume costoso, realzando el honor que confiere su presencia en ese hogar.

Deliberadamente y como un sutil y tácito insulto, Simón pasa por alto estas acciones. Quizás a su manera está expresando un desprecio a ese Maestro que no tiene pliegos académicos que exhibir, que es pobre de toda pobreza, amigo de todos los despreciados, galileo y por ello sospechoso de religiosidad débil y torcida por ser de las periferias.

Una mesa judía farisea tiene un ritual especial, pasos formales y precisos. Sin embargo, la irrupción de una mujer se asemeja a una tormenta de verano.
El nombre omitido tiene que ver con una clasificación condenatoria: es mujer, por lo tanto tiene menos derechos que un varón, pero además es una pecadora pública, es decir, que socialmente son conocidas sus miserias y pecados. De allí quizás provenga el epíteto de mujer pública cuando se evita el rótulo de prostituta, o de palabras más fuertes, y quizás una lectura superficial y torpe nos haga arribar a esos terrenos pantanosos.
Para colmo de males, irrumpe en la estancia sin pedir permiso, ajena a su no-condición de persona habilitada. Es menester tener en cuenta siempre que se haga lo que se haga, se imponga lo que se imponga -aún cuando se haga bajo pretextos religiosos- no se puede impedir que las gentes se acerquen con el corazón el la mano a ese Cristo que a nadie pertenece porque se brinda a todos.

Ese mismo Cristo permite sin ningún problema que esa mujer, anegada en llanto, bese sus pies, los lave y los seque con sus cabellos, y que unja sus cabellos con perfume. Se ubica detrás de Jesús al modo de los esclavos. A Cristo nunca le importó demasiado el qué dirán, sin embargo los hombres que lo observan con atención -representados por Simón el fariseo- se escandalizan. Si fuera en verdad un Maestro y un profeta, Jesús de Nazareth no lo permitiría, no se contaminaría con una impura total, absoluta.
La tradición manda eso: pero hay tradiciones que son traiciones cuando se olvidan del Dios que les confiere sentido.

El perfume que inunda la estancia por caer sobre los cabellos del Maestro es la respuesta cordial y agradecida de la Misericordia que se encarna en Cristo. Esa mujer despliega la mejor de las hospitalidades, la verdadera, la de recibir al Señor en su corazón que derrama bondad, misericordia, perdón que nos salva.

Paz y Bien

Invectivas contra todo prejuicio

 

 


 

 

 Para el día de hoy (16/09/20): 

Evangelio según San Lucas 7, 31-35

 

 

 La alegoría que Jesús de Nazareth nos plantea desde la Palabra es una dura invectiva, un lamento y un llamado de atención y una invitación para todos nosotros.

Su invectiva no se expresa de manera abstracta y global, sino que tiene destinatarios claramente identificables: los dirigentes religiosos de su tiempo. Ellos, aferrados a sus esquemas y a sus principios, actúan de un modo pueril y caprichoso con tal de autojustificarse; han edificado una religión plagada de normas que oprime al pueblo y les garantiza poder cuasi absoluto, pero en ese ámbito estrecho no hay lugar para Dios ni para el prójimo.
No son capaces de ver más allá de ellos mismos.

Al Bautista, en su ascética integridad, lo criticaban y repudiaban diciendo que estaba endemoniado, un loco peligroso. Al Maestro, que celebraba la vida como don amoroso de Dios y compartía mesa, pan y vino con todos sin restricciones, y en especial con los excluidos y descastados, lo tratan de glotón y borracho, que se atreve a juntarse con pecadores públicos, con impuros sociales.

Esos prejuicios al Maestro le duelen en las honduras de su alma, pues esos hombres se placen de la ceguera en la que están inmersos.
Y entre esos hombres, en sus actitudes, podemos quizás espejarnos.

Por eso la llamada de atención y la invitación.
Los caminos de Dios, sin dudas, no son los nuestros. Pero lo imposible se trasciende y supera en Cristo.

La Sabiduría es el plan de Dios expresado en el amor infinito de su Hijo, vivir como Él vivía, amar como Él amaba. Nunca, jamás abdicar de la esperanza. Confiar en Aquél que todo lo podemos.
Pero muy especialmente, sabiduría es tener mirada y corazón transparentes para descubrir las huellas del Creador en todas partes, en cada rostro, en los actos de justicia, de liberación, de solidaridad, de bondad, en el don bondadoso de una naturaleza que solemos agredir con nuestra indiferencia.

Que esa Sabiduría que proviene del Espíritu nos conduzca a buenos puertos.

Paz y Bien

 

Madre Dolorosa, que entre tus manos orantes, se mantengan encendidos los fuegos santos de nuestros corazones

 

 


 

 

 

 

 

 

Nuestra Señora de los Dolores

Para el día de hoy (15/09/20):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27

 

 

 

 

Al pié de la cruz estaba la Madre, viendo como el Hijo se moría ante sus ojos, muriendo en soledad, abandonado por sus amigos, como un criminal despreciable, como un reo abyecto, como ejemplo cruel para amedrentar con ese terror a cualquier otro que quisiera seguir sus pasos.

Mucho más que antinatural, ninguna madre debería enterrar a un hijo. Menos de esa forma, menos bebiendo la hiel de la impotencia y el desprecio.
Allí estaba su hijo en ciernes, en los caminos montañosos, en el encuentro con Isabel.
Allí estaba el bebé asombroso, el mismo que debió proteger por las arenas del desierto, huyendo del prepotente Herodes que le consideraba un enemigo peligroso.
Allí estaba el muchacho que asombraba a los doctores del Templo.
Allí estaba el joven rabbí que hablaba con autoridad, el Hijo que era también su Maestro, al que tantos consideraban un trastornado. El que se juntaba con los descastados, con los impresentables, con los que nadie sentaría a su mesa, el que hablaba de un Dios Abbá, del Reino y de la gracia que a ella misma había transformado.
Allí estaba el vino de Caná, el día caluroso y polvoriento de la visita del ángel, las miradas silenciosas que se decían todo pues se comprendían desde el amor, la bondad frondosa de José, allí estaban los ciegos que veían, los lisiados que caminaban, los sordos que oían, los cautivos libres. Todo eso estaba allí, en el Hijo que agonizaba y en las honduras de su corazón enorme.

Esa mujer no tiene casa. De niña, vivía con sus padres. Ya joven y casada, su casa era la de José de Nazareth. Tras la partida del Hijo, su hogar estará allí en donde los hijos la reciban, por ternura cotidiana, por cordial respuesta al pedido de Cristo, a su donación definitiva.

Dinos, Madre, cómo hacemos para seguir en pié. Cómo seguir fieles a pesar de dolor. Cómo mantener encendido el rescoldo de la esperanza a pesar de que la muerte parezca invadirnos.
Dinos Madre cómo seguir confiando, con todo y a pesar de todo y de todos, y que la ofrenda inmensa de tu Hijo traiga vida nueva a este mundo que parece florearse en la miseria y el dolor. Que su corazón traspasado vivifique a los hombres.
Y que en tus dolores, entre tus manos orantes, se mantengan encendidos los fuegos santos de nuestros corazones.

Paz y Bien

Cruz, árbol santo de la Salvación

 










La Exaltación de la Santa Cruz

Para el día de hoy (14/09/20) 

Evangelio según San Juan 3, 13-17



Dos árboles que son símbolo y signo de nuestro destino.


El árbol del paraíso, de la caída, del pecado, de elegir la muerte y el exilio de la vida, el árbol que simboliza todos los males que elegimos.


Pero a través de otro árbol, un árbol santo, hemos recuperado la vida merced al pago del rescate pagado al precio de su propia vida por Jesucristo, árbol de la Salvación.


Es la contradicción mayor para las razones de este mundo. Quizás a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, el pleno significado de una cruz se nos escape en su gravoso significado.

Para nosotros puede significar un símbolo de muerte y horror. Pero para las gentes del siglo I de Palestina y de otras varias provincias del Imperio Romano, la cruz implicaba una ignominia insuperable, el método elegido por los césares para ejecutar a los criminales más abyectos, a los que subvertían el orden, a los marginales. Y como si no fuera suficiente, una interpretación de la Torah implicaba que el ajusticiado era, a su vez, un maldito. Marginal, abyecto y maldecido, sumado al espanto, era la consecuencia de la crucifixión.

Y también un ominoso efecto disuasorio, pues el ajusticiado en su sufrimiento -o su cadáver- queda expuesto a la vista del pueblo para cercenar cualquier asomo de rebeldía o desvío de la autoridad opresiva que se impone.


Sea cual fuere el abordaje pretendido, todos pueden coincidir en el análisis último del sufrimiento y la muerte.

Y en esa lógica, exaltar la cruz es una locura.


Pero en el horizonte de la Gracia, no tratamos tanto con razones sino más bien con co-razones. 

Se trata de un misterio insondable que no puede ser abarcado con mensuras humanas, tan inmenso que es.

Se trata de un Padre que se muere dos veces por los demás: muere dos veces porque es su propio Hijo el que se le muere en esos espantos, y muere para que no haya más crucificados, nunca, y para que toda la humanidad, amada con ternura entrañable, sea plena y encuentre la felicidad y la salud, la Salvación.

Se trata de un misterio de amor y de vida que se propaga imparable porque se ofrece generosa e incondicional.


Ese árbol santo tiene dos ramas, una que lo liga eternamente al cielo de la trascendencia y la eternidad, e inseparablemente otra rama que horizontalmente cobija y señala a todos los hermanos.


Exaltamos la cruz porque en ella Cristo se ha puesto al hombro nuestros sufrimientos, nuestros dolores, nuestras miserias y nuestros pecados, para vivir plenos, sin menoscabo. Y porque no hay amor mayor ni tesoro más valioso que el dar la vida por los demás. Y porque renegamos de todas las cruces que se imponen, crueles y groseras.

Sólo desde la vida ofrecida se nos crece más vida.


Paz y Bien

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