Nuestro espacio sagrado es el Corazón de Jesús

 




Para el día de hoy (24/11/20):  

Evangelio según San Lucas 21, 5-9



Para la fé de Israel, el Templo era su centro primordial, lugar en el que habitaba su Dios y en el que, mediante el ritual preciso, era posible encontrarse con Él y obtener sus favores. De allí también, en parte, la necesidad de que fuera imponente, magnífico, deslumbrante, un faro dorado que atrajera a toda la nación judía, tanto la Palestina como la de la Diáspora.


Sus mismos discípulos eran totalmente dependientes de esas ideas: el Templo les brindaba certezas y seguridades, aún en esos tiempos en que agobiaba la presión ejercida por el opresor romano, y por tantos que anunciaban tiempos finales. En cierto modo, el Templo les espantaba angustias y les ofrecía un espacio sagrado y trascendente que no podían hallar en el transcurrir diario. De allí el ánimo de hacerle cambiar de ideas a Jesús, comentando las bellezas, la pompa y los lujos evidentes de ese sitio enorme.


La profecía del Maestro los golpea con toda crudeza. Les preanuncia con exactitud que el Templo sería derribado años después, quedando reducido a escombros. De ello se encargarían las legiones de Vespasiano y Tito, aproximadamente por el año 70 dc.

Pero también los previene contra todos aquellos mensajeros falaces de horrores, de tormentas finales, portavoces necios de dioses falsos, embajadores plenipotenciarios de miedos coactivos.


Lo que permanece inalterablemente vivo y vivificante es la Palabra. Todo lo demás -hasta lo mejor cimentado, hasta lo más firme- dominios, imperios, sitios, templos y situaciones, mundos abrumadores y cielos perpetuamente oscuros han de pasar. Más la Palabra permanece.


En el tiempo definitivo de la Gracia, nuestro espacio sagrado es el Corazón de Jesús.


Paz y Bien

Sembrar futuro desde la caridad y la compasión

 





Para el día de hoy (23/11/20):  

Evangelio según San Lucas 21, 1-4


Paradójicamente, entonces y ahora nadie daría un centavo por las dos moneditas de cobre arrojadas a la alcancía del Templo por esa viuda pobre, desamparada. 

Pero en esa insignificancia aparente, hay un misterio escondido de valor profundísimo que sólo el corazón sagrado de Jesús puede descubrir.


Ese misterio revelado quiere decir que todo tiempo se decide y resuelve en el presente, especialmente cuando con la desmesura del amor y la locura de la solidaridad las cosas se hacen sin reservas, a pura entrega cordial, sin especulaciones y -horror de horrores- sin precauciones. Porque el Reino no es para precavidos que, tal vez, nos animemos a alguna que otra acción pero siempre tenemos alguna resto escondido por si las cosas van mal.

Esa es la mundana lógica de la especulación, del sí a medias y con condiciones, de la emoción pero vamos a ver, de la ampuloso gesto de donar los sobrantes.


Pero el Reino es ilógico, y es pura desmesura, como el vino de Caná, como las cestas del pan compartido y multiplicado, como la frutal Gracia que nos llueve mansa, como la desbordante y asombrosa misericordia que sostiene al universo.


Así la viuda pobre ofreciendo todo lo que tenía para subsistir, es decir, ofreciendo sin reservas su propia existencia es la levadura humilde que todo lo transforma, es la pequeñez insobornable que conmueve las entrañas de Dios, es el darse sin medidas del mismo Cristo, sea cual fuere la consecuencia.


Arrojar estas pequeñas moneditas que en verdad somos es sembrar un futuro desde un presente que germina distinto, incondicionalmente, con todo el corazón y toda el alma, con la confianza fundante del mandamiento mayor de amar a Dios y al prójimo por sobre todas las cosas.


Paz y Bien

Cristo Rey del universo, al que se honra en espíritu y en verdad

 





Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (22/11/20) 

Evangelio según San Mateo 25, 31-46




Las variaciones suceden de acuerdo a las circunstancias históricas y a las diferentes culturas y costumbres nacionales. Sin embargo, hay ciertas constantes que podemos entrever sin demasiadas dificultades en torno al soberano que rija los destinos de un pueblo determinado.


Están los adulones de siempre, los que se postran solamente en el gesto -aplaudidores incansables y seriales- que a menudo esconden la intención de obtener favores del rey. No hay mucho más que les interese en ese trueque encubierto.


No pueden faltar los cortesanos usuales, habitués de un grupo reducido que suele arracimarse en las cercanías del trono, y de ese modo hacen que el rey esté cada vez más lejos de su pueblo.


Otros se limitan a las ceremonias específicas y protocolos reales de momentos puntuales. Pero finalizadas las ocasiones solemnes, vuelven a sus existencias como si nada, y especialmente se dedican a olvidar la soberanía del Rey.


Pero muchos otros, a veces la mayoría del pueblo, no están en los primeros puestos y a veces no saben bien las cosas que deben decir en presencia de su rey, pero al rey lo respetan y veneran, y son de cumplir con los mandatos porque es su deber y porque así no van a andarse con problemas.


Los discípulos de Jesús de Nazareth actúan de manera similar a estos someros ejemplos. Pero más allá de proyectar en Cristo sus ansias y sus frustraciones, persistían obcecados en adjudicarle categorías enteramente mundanas al Reino que Él les revelaba, porque en esos esquemas escondían también sus ambiciones.


Pero Cristo es un rey muy extraño, que rehuye de palacios, pompas y ornas solemnes. El acontecimiento que cambia la historia de la humanidad, su nacimiento, acontece en un refugio de animales por castillo, y por trono los brazos de su Madre, rodeado de una paupérrima corte de pastores cuidadosa y expresamente elegidos.

Es un rey que no encaja en ningún molde, porque reniega del uso de la fuerza -siervo manso de sus hermanos y también de sus enemigos-, que no admite derramar ninguna otra sangre que no sea la propia, que es glorificado en el momento absoluto de la aparente derrota total de la crucifixión, asumiendo en sus hombros lastimados todas las muertes para que no haya más crucificados.


Es que el reino de este Rey no se encamina por canales razonables, lógicos. El dominio de este rey es humilde y pujante en el ámbito de los corazones, un reinado que no se impone, porque su esencia es el amor, y el amor no tiene nada de abstracto ni de ilusorio. Es bien concreto, sanguíneo y eterno a la vez.


Por eso a este rey se lo honra en espíritu y en verdad en cada acción de misericordia, de compasión, de justicia, de solidaridad, soberanía de la esperanza que se crece entre hermanos, territorio definitivo del Resucitado.


Paz y Bien

En el horizonte de Dios hay reencuentro y plenitud

 








Presentación de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (21/11/20): 

Evangelio según San Lucas 20, 27-40



En apariencia, la discusión entre un grupo de saduceos y el Maestro intenta aclarar un nudo exegético que para ellos es muy importante, la llamada Ley de Levirato, aunque sin dudas también es probable que exista cierta intencionalidad oculta de desacreditar a Jesús de acuerdo a la respuesta que Él brinde.


Porque el silogismo que sostienen es falaz, lleva engañosamente implícita la respuesta que buscan, inclusive más allá de la situación casi absurda que se plantean.


Los saduceos eran una élite aristocrática y laica de creciente influencia política y social por el inmenso poder económico que poseían. Es por eso mismo su rechazo a cualquier idea de una vida postrera, y lo es por una cuestión evidente: no les importa demasiado el más allá, pues en el más acá están cómodos y satisfechos, a sus anchas. Se puede entrever que aceptarían un sucedáneo -al modo de la absurda argumentación de la viuda sin descendencia- sólo y si la muerte implicara una continuidad absoluta del confort y del bienestar del que disfrutan.


Pero la muerte no es solamente un accidente biológico, ni algo inevitable y ominoso que a todos nos espera.


Desde Cristo, desde su Pasión y su Resurrección la muerte está en fuga, y el morir es, por bondad de ese Dios asombroso, éxodo y Pascua.

Es don y es misterio, es el paso a la plenitud definitiva. Sin embargo, no se recibe pasivamente, ni tampoco es producto de los méritos acumulados.


Es una sintonía insondable de amor de ese Dios que sólo vé hijas e hijos, y es por ese afecto infinito que nosotros tenemos la certeza que nunca moriremos del todo, y que el horizonte ofrecido es reencuentro y felicidad plena.


Paz y Bien

El templo verdadero es Cristo

 





Para el día de hoy (20/11/20):  

Evangelio según San Lucas 19, 45-48



Él había entrado a Jerusalem, fiel hasta el fin a su vocación, al Reino, a los sueños de su Padre.

En la Ciudad Santa estaba ese Templo enorme y fastuoso, que era el centro espiritual de toda la nación judía, la de Israel y la de la Diáspora. Pero se había encontrado en sus atrios a toda una turba de cambistas de monedas de diverso origen y de comerciantes que vendían animales para los sacrificios que el culto exigía. Eso lo enciende de furia, y comienza a derribar las mesas de los cambistas y a abrir los corrales de los animales, pues habían transformado una casa de oración en una cueva de bandidos, aquello que estaba señalado como espacio sagrado, por puro interés. lo convirtieron en espacio banalmente profano.


Pero el Templo no es sagrado por sí mismo, por la sacralidad de sus construcciones sino más bien por Aquél que lo bendice y habita, Aquél que le otorga trascendencia. Aún así, el problema real radicaba -siempre lo hace- en los corazones de las personas.


Todo ese circo malsano hubo de montarse en beneficio económico de unos pocos, y a su vez respondía a una teología retributiva, es decir, al tira y afloje religioso de las cosas que podemos arrancarle a Dios mediante el cumplimiento estricto de algunas prácticas cultuales específicas, a esa piedad del trueque y las recompensas obtenidas.


La Encarnación es misterio insondable de amor en donde se entrecruzan el tiempo y la eternidad en la persona de Jesús de Nazareth, Dios hecho hombre, uno de nosotros, el más humano de todos. Es don, es oblación incondicional, asombrosamente gratuita.


Ni dos vidas ofrecidas por entero pueden obtener un sólo segundo de eternidad. Es el tiempo de la Gracia, de la desproporción, del amor más allá de todo mérito, y la Pasión refrendará a precio de sangre esa verdad.

El templo verdadero es Cristo, y por Él cada mujer y cada hombre son templos vivos del Dios de la Vida.


Nosotros nos debemos algunos desalojos, abandonar este comercio torpe de recompensas pretendidas y el permitirnos la contradicción de liberar a Dios de esos templos en donde lo hemos encerrado tanto tiempo, para volver a rendirle culto primero en el hermano.


Paz y Bien

Ciudades sin corazón

 






Para el día de hoy (19/11/20): 

Evangelio según San Lucas 19, 41-44



Jesús de Nazareth era un fiel hijo de su pueblo, de las tradiciones de sus mayores, de la historia de su nación. 

Se encamina decidido hacia su Pasión, en absoluta libertad a pesar del horror ominoso que se asoma. Lo acompañan los discípulos y, junto a ellos, una multitud que le sigue por diversos motivos, la mayoría de ellos conceptos erróneos de su misión redentora, de su identidad mesiánica.


Pero con Jerusalem a la vista, sus ojos están anegados por la tristeza en un mar de lágrimas. La escena es sobrecogedora: aún con los Doce, aún rodeado de la multitud, se trata de un hombre que llora ante el destino terrible que le espera a su patria.

Como todo profeta -y más que un profeta- tiene una mirada profunda y distante, y lector excelente de los signos de los tiempos, sabe lo que la historia le depara a la Ciudad de David: años después de su muerte y Resurrección, por el año 70, las legiones romanas de Vespasiano y Tito aplastarán brutalmente el conato de rebelión contra la opresión romana que encabezarán los severos zelotas.

Las legiones no se limitarán a combatir a los insurrectos: pasarán por las armas a miles, combatientes o pacíficos ciudadanos, y a otros tantos los venderán como esclavos, y arrasarán la ciudad comenzando por el Templo, del que sólo quedarán algunas lajas de una pared externa -el Muro de los Lamentos-, condenando así al pueblo judío a siglos y siglos de una Diáspora harto dolorosa, un pueblo que se quedará sin tierra, sin Estado, sin nación ni símbolos propios que los identifiquen.


La Ciudad Santa lleva por nombre Jerusalem, que es la mixtura de dos términos: Yherushalaim, Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz.

Pero la paz no se obtiene enarbolando nombres adecuados, a pura declamación. La paz es una labor cotidiana, se edifica con muchísima paciencia, desde la tolerancia y a partir de sólidos cimientos de justicia.

Y para los creyentes, la paz es un don de Dios que se confía a nuestras manos y que debe cuidarse como un tesoro muy valioso que no puede perderse de ninguna manera. O peor aún, rechazar ese regalo que se nos ofrece sin condiciones, a pura generosidad.


A veces parecería que no sabemos llorar. O que no hemos llorado lo suficiente, para purificarnos de demasiados espíritus malos que permitimos se nos alojen dentro del pecho. Demonios de creernos mejores que otros. Demonios infames de ejercer la violencia en nombre de un dios espantoso. Demonios de la opresión, del descarte humano, las aves negras del narcotráfico y las esclavitudes que parecen perennes. Los demonios habituales de una niñez olvidada y los demonios cultores del dios dinero.

Todos cultores de sacrificios humanos, pues en las aras solemnes de la soberbia y el egoísmo se sacrifica al prójimo.


Quiera Dios que sepamos llorar de verdad, y a partir de allí, poner manos a la obra, como simples operarios en la edificación de otro tiempo y otro mundo, el Reino entre nosotros.


Paz y Bien 

Confiados en el Viñador que nunca nos abandona

 






Para el día de hoy (18/11/20):  

Evangelio según San Lucas 19, 11-28




La parábola que nos brinda el Evangelio para el día de hoy proviene de un género alegórico el cual, sin darle una adecuada trascendencia, nos limita a una linealidad torpe y contraria a las enseñanzas de Jesús de Nazareth.

Siguiendo esas razones, nos estancaríamos en una espiritualidad que justifique teológicamente desigualdades, desigualdades que por tanto está muy bien que las prorroguemos y prolonguemos entre nosotros, que es deseable la especulación financiera antes que el trabajo, y que Dios es un puntual castigador, cruel y vengativo.


Más en realidad todo debe leerse en clave de la Pasión que Jesús está a punto de vivir, cruz, muerte y Resurrección, clave de todo destino.

Así no se trata de indagar tanto acerca de los bienes recibidos ni tampoco de un juicio final que todos esperamos -rendición de cuentas mediante- sino de qué hacemos, como discípulos y hermanos de ese Cristo, con este don valioso que se nos ha dado, la vida misma.


Por el misterio de la Encarnación, estamos estrechamente unidos a ese Dios que se ha hecho uno de nosotros, y con Él nos volvemos partícipes de la creación. Por ello es menester tomar riesgos, florecer la existencia, no esconder los talentos, no enterrarse por temor, sino hacer que lo que se nos ha dado -y no nos pertenece- podamos devolverlo, orgullosos y felices, al tiempo de la cosecha al Viñador que nunca nos abandona.


Paz y Bien 


 

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