El drama de no querer ver









Para el día de hoy (23/01/17):  

Evangelio según San Marcos 3, 22-30


Los escribas habían llegado desde Jerusalem como inquisidores, inspectores que verificarían la ortodoxia y credenciales del joven rabbí galileo que tenía esa creciente influencia sobre el pueblo, especialmente entre el pobrerío, las gentes más sencillas.

No hay en esos hombres ansias de encontrar verdad, sino un cariz puntual de censura. Su cometido es someterle al tamiz de su ojo crítico que, necesariamente, concluirá del peor modo posible, y por eso, hiciera lo que hiciera el Maestro sería condenado.

No es menor la clasificación que le endilgan: aducen que las acciones de Jesús de Nazareth son el producto del demonio, de servir al poder del Maligno. No importaba todo el bien que había prodigado, los enfermos sanados, el pan multiplicado, los muertos redivivos, los gestos de justicia y liberación, la Buena Noticia que se anuncia a los pobres, el perdón que restaura.

Quizás hoy también, con otras artes no tan sutiles, se menoscaban personas mediante la difamación, y los rótulos de moda sobreabundan.

Esos hombres, quizás sin advertirlo, hacían ostentación de un profundo problema, el drama de no querer ver lo evidente, el bien que florece en todos las acciones y palabras de Jesucristo. A pesar de sus afanes de poder, de sus obtusos criterios religiosos, de las infamias propaladas, lo terrible es que al rechazar la acción de Dios en Cristo ellos mismos se condenan, aseverando así que el perdón y la misericordia de Dios no pueden alcanzarles, pues rechazan lo que no se adecua al tamiz de su ideología.

Es menester por ello tener los ojos bien abiertos, la mirada atenta al paso redentor de Dios por nuestras vidas, y las súplicas de perdón y gratitud prestas y latiendo corazón adentro.

Paz y Bien


Cosas de pescadores











Domingo 3° durante el año

Para el día de hoy (22/01/17):  

Evangelio según San Marcos 4, 12-23



En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la situación en todo Israel era brava, complicada, ominosa: el grave peso de la bota romana se hacía sentir, y a la carga de tributos impagables se aunaban las humillaciones continuas que el pueblo sufría. El entorno religioso no ayudaba, pues en parte se infería que lo que se sufría era a causa de los pecados e infidelidades del pueblo, un pueblo sometido a una miríada de reglamentos y normas que dejaban en un culposo estado de impureza ritual a la gran mayoría.
Para los galileos era peor aún, pues su condición provinciana y periférica y poblada por varias concentraciones de gentiles los colocaban bajo la mirada escrutadora y despectiva de los expertos religiosos, creyentes de segunda, que en su mediocridad resultaban nulos para parir cosas nuevas.

Precisamente, en esos ámbitos tenebrosos en donde todo se disuelve, allí comienza el Señor su ministerio. A ese pueblo agobiado le llega al fin la luz, la vida, la esperanza con la presencia de Jesús de Nazareth y su anuncio del Reino de Dios cerca.

No se trata de ir ganando adeptos, claro que nó, ni fanáticos incondicionales y obtusos, ni agrandar el listado de pertenencia. Se trata ante todo de un servicio generoso e incondicional que se ofrece a toda la humanidad, a todos los pueblos comenzando por Galilea. 
A ese pueblo golpeado por el dolor, boyante entre sombras, le ha llegado la luz, una luz que no es producto de un candelero fijo sino que es una luz viva, dinámica, personal, luz que transforma y aclara las miradas.

La tarea es grande pero no es individual, sino comunitaria, familiar. así Él convoca a otros que serán como Él por su decisión, por su iniciativa, por andar con Él, por vivir como Él. Son tan comunes como puede serlo una mujer o un hombre que se descubre en su cotidianeidad, en la identidad de sus tareas diarias.
Los primeros son pescadores de oficio en el mar de Galilea, y el Maestro los convoca a ser pescadores de hombres.

Atención: estos pescadores no ejercen su oficio con anzuelos y carnadas. Suelen utilizar redes amplias, y quizás sea un preanuncio de su vocación. Como pescadores de hombres, en su misión que es ante todo servicio, echarán sus redes de misericordia y compasión para que muchísimos peces permanezcan con vida, pequeños peces extraviados en el caos terrible de un mundo que los desdibuja y masifica.

Han pasado los siglos y cambiaron los opresores, y variaron los criterios religiosos. Brutos abyectos siempre hay, más hoy destacan los opresores de buenos modos, los que te razonan miserias y justifican dolores bajo diluvios de propaganda. Religiosamente, sigue esa tendencia a clasificar puros e impuros, propios y ajenos, desmedro del corazón misionero y la catolicidad de la Buena Noticia.

Pero a la vera de nuestros días, por la orilla de lo que somos pasa el Señor y nos vuelve a convocar, y vale la pena dejarlo todo y ponernos en marcha tras sus pasos, pescadores felices con una tarea que se nos ha confiado a nuestras manos.

Paz y Bien

El loco de Nazareth








Para el día de hoy (21/01/17):  

Evangelio según San Marcos 3, 20-21




No era nada fácil andar con Jesús de Nazareth.

Sus enseñanzas y el modo en que vivía, la firmeza y fidelidad a su misión, sus claros indicios de ruptura con lo que se suponía firme y férreo. 

A veces resulta útil situarse como un observador neutral del ministerio del Señor.
Originario de un pueblito galileo que se pierde en los mapas y que no importa a nadie, se larga a los caminos anunciando que el Reino de Dios está cerca, muy cerca, al alcance de todos los corazones.
Que Dios es un Padre que ama, un Dios Abbá, y que ama a todos especialmente a los pobres y a los pequeños, a los que nadie quiere.

Los olvidados se maravillaban con su palabra de esperanza, los descartados rituales se asombraban pues los sanaba de todos sus males, los pecadores públicos se estremecían pues los convocaba a una nueva vida y compartía con ellos pan y vino.
No escatimaba manos cordiales, bendiciones ni abrazos. No se callaba frente a las infamias, a la injusticia y a la opresión.
Para colmo, estaba de narices con las autoridades religiosas -o mejor dicho, lo tenían montado entre ceja y ceja-: lo que hacía y decía rompía los criterios estrictos, vulneraba los reglamentos que ellos mismos establecían y aplicaban y el pueblo -doblegado por la imagen de un Dios severísimo y verdugo- comenzaba a sonreír pleno de esperanza y perdón, en los asombros de la Gracia que de Él florecía.

Es claro que no prometía una alternativa religiosa o política. Todo en Él era rotundamente nuevo, Buenas Nuevas para todos aquellos a quienes la realidad cotidiana era tristemente gris, continuamente terrible, insoluble sin horizonte.

La incomprensión acerca de su misión y su identidad alcanzaba a sus allegados. El término parientes, en el siglo I, involucraba a la tribu, a la familia en el sentido amplio y nó tanto al grupo familiar primario. La tribu tenía una importancia crucial en el resguardo de la identidad y la protección del patrimonio común, pero también fijaba criterios de conservación moral y honor; de ese modo, si uno de ellos cometía un delito o un acto deshonroso, acarreaba desgracia e injurias a toda la familia. Pensemos por un momento que Jesús de Nazareth no ha cumplido nada de lo que de Él se espera, es decir, que siga el oficio de su padre carpintero, que busque una mujer, se case y tenga hijos, que siga las tradiciones de sus mayores y especialmente que no genere escándalos. Su enfrentamiento terrible con escribas y fariseos, a la par de toda su actividad, hace suponer a sus parientes que ha enloquecido y tratan de retenerlo pues infieren que ha enloquecido, traatando quizás que la cosa no pase a mayores.
Difícil vida la del Maestro, frente a la incomprensión de los suyos, de los cercanos, de los que treinta años crecieron a su lado.

Que el Espíritu de Dios nos siga encendiendo con la amable locura del Reino, en medio de tanta inhumana racionalidad, locos de amor, locos de esperanza, locos de fidelidad y servicio, para mayor gloria de Dios y bien de los hermanos.

Paz y Bien


Convocatoria divina









Para el día de hoy (20/01/17):  

Evangelio según San Marcos 3, 13-19




El lugar en donde se desarrolla la escena del Evangelio para este día es la montaña, simbólicamente ámbito propicio para que acontezca lo sagrado, para el encuentro con Dios: recordemos que en el monte Sión el Dios de Israel, a través de Moisés, entrega a los suyos la Ley, para que al crisol del desierto un grupo de varias tribus de esclavos se conviertan en un pueblo nuevo a la faz de la tierra, su pueblo, que tendrá una tierra que Dios mismo les ha prometido. Y Dios cumple siempre sus promesas.

Por ello también la convocatoria de Cristo a los Doce, en ese momento de la historia y en esa montaña es convocatoria divina. En su tiempo, la llamada es a las doce tribus por medio de Moisés.
Ahora, en este kairós, tiempo exacto, tiempo propicio, Cristo -nuevo y definitivo Moisés- convoca a Doce hombres porque Él quiso, señal cierta de que todas las primacías y las iniciativas son siempre suyas, y porque a partir de ellos inaugura un pueblo nuevo, la Iglesia, cuya identidad no estará acotada a lo social, lo biológico, lo étnico sino que se extenderá a todas las naciones pues sus vínculos serán cordiales, pueblo nuevo que camina a la tierra prometida de la Salvación.

Los convocados son hombres tan comunes que su singularidad es conmovedora. Pescadores, estudiosos de la Torah, recaudadores de impuestos, militantes políticos, un espectro variopinto con nombres y rostros precisos, que en cualquier otra circunstancia deberíamos decir ni locos, no funcionará, son demasiado distintos. Nada de eso, el milagro de la comunión apostólica y eclesial es que su principio unificador y su destino es Cristo, la persona con la que hay que estar y quien pone en ellos y en todos nosotros una misión tan trascendente que no puede posponerse, tan urgente que es necesario dejarlo todo y seguirle, misión primera que es la oración, misión de salvación, de anuncio de Buenas Noticias, misión de paz y liberación.

Nuestra vocación comunitaria y personal también es convocatoria divina. No hay vocación menor o mayor, se trata del llamado de Dios a ser felices, plenos junto a Él, con Él y por Él. Por nuestros nombres nos llama, con el sueño de todo lo que podemos llegar a ser y a hacer a su lado y en su Nombre.

Paz y Bien

Perspectivas








Para el día de hoy (19/01/17):  

Evangelio según San Marcos 3, 7-12





El repliegue de Jesús con los discípulos a orillas del mar indica un desplazamiento hacia las costas del mar de Galilea -lago de Tiberiades o de Genesaret-, tal vez llevando a varios de los suyos a sus orígenes iniciales, pues pescaban allí y allí mismo fueron convocados como pescadores de hombres, pero también esa retirada es el desandar las falsarias mieles del éxito, pues prevalecía entre las gentes su fama antes que su enseñanza.

Aún así, una multitud ansiosa y necesitada lo sigue de muchos pueblos galileos. Pero no se acota a sus paisanos: la situación imperante era durísima en toda la nación judía y alrededores, y por ello, una marea humana se encamina hacia donde está Él desde la ortodoxa Judea, desde todos los confines judíos pero también de tierras gentiles, Idumea, Transjordania, Tiro y Sidón. No hay restricción ni excluidos en la Buena Noticia, y en mayor o menor medida esas gentes encuentran en Jesús de Nazareth un libertador que se ocupa de sus pesares.

Él pide a los suyos una barca para subirse y enseñar desde allí. La multitud que se agolpa lo apretuja, y mayor que el riesgo físico es el peligro de la euforia y las ideas confusa de venganza y barruntos de poder temporal. El cerco humano quizás exprese más el peligro de imponer el deseo de esa masa informe, sin rostro.
La euforia suele ser la contracara de la depresión, y discurrir por sus veredas es tan peligroso como embarcarse en el bote de papel del éxito, lo vano, lo que aparenta bueno pero que se diluye sin destino.

Cuando eso sucede, tanto en cuestiones públicas como en el ámbito personal, es menester tomar algo de distancia para recuperar perspectiva.
La perspectiva del Reino, que es amor, generosidad, un Dios que se ofrece incondicional a todos los pueblos.
La perspectiva del servicio, que es la antítesis total del poder y del dominio.
La perspectiva de la justicia divina, que es la misericordia, y nunca -jamás- perder de vista el sufrimiento de los pobres y nuestras manos convocadas a una tarea inmensa pero no imposible.

Ese Cristo redentor pide hoy esta mínima barca que somos para proseguir anunciando Buenas Noticias a nuestra gente.

Paz y Bien



Lo importante y lo urgente











Para el día de hoy (18/01/17):  

Evangelio según San Marcos 3, 1-6



La escena que nos presenta el Evangelista Marcos es, en apariencia, sencilla, muy simple, pero tiene una construcción literaria magistral, porque ese Sábado, en esa sinagoga, parecen estar presentes los fariseos y el hombre de la mano paralizada y el Maestro que ingresa, expresamente difuminado el pueblo, las autoridades sinagogales, los rabinos.
Debido a los rígidos criterios de pureza e impureza ritual, un hombre con esa discapacidad no debería estar en la sinagoga en plena celebración del Shabbath, por lo cual su presencia necesariamente ha sido admitida por los fariseos en tren de provocación; no olvidemos que están allí, atentos a lo que hace el Maestro, en afán de buscar motivos de condena. No es poca cosa: ante una infracción al Shabbath correspondía una advertencia, pero la reincidencia implicaba, para el infractor, la pena capital.

Pero también hay un plano simbólico que es preciso no obviar, no pasar por alto, y es la acción liberadora de Dios en Jesucristo para con su pueblo, un pueblo pobre y humilde sometido a las desdichas de una religiosidad opresiva que dejaba fuera de la bendición divina a muchos, a casi todos con mayor certeza. La minuciosidad de esos hombres sería loable si tendiera a la fidelidad y a evitar suspicaces medianías, cuando en realidad absolutizaban cosas importantes pero medios al fin, y dejaban de lado a Aquél que es origen, camino y destino de toda existencia, y por ello se abandona la búsqueda incansable del bien del prójimo. Una deforme discusión entre lo importante y lo urgente en donde esto último se descarta, y con ello quedan muchos a la vera de todo.

Un hombre con una mano paralizada es un hombre que no puede trabajar, que no puede ganar el sustento para su familia por su esfuerzo. Es un hombre también que no estrecha su mano, que no abraza, que no puede defenderse, y que por dichos criterios religiosos debe conformarse resignado y culposo a su situación.
Pero también es la imagen de un pueblo abatido, inerme e inmovilizado por una culpa que se les ha impuesto y que parece irredimible, con los razonamientos propios de los justificadores de tristezas y miserias.

Como se mencionaba, el riesgo para el Maestro estaba allí, en el silencio ominoso de esos fariseos. Aún así, con todo y a pesar de todo, ningún sufrimiento debe admitir postergaciones, de ninguna clase, y Cristo expresa el amor infinito de Dios que quiere llegar a cada mujer y a cada hombre, especialmente a los dolientes y los pobres.
La mano que se sana es un miembro restaurado en salud pero también una vida y una dignidad restituidas a pura bondad, en el pleno sentido del día de Dios, Shabbath o Domingo.

Finalmente, observaremos ciertos complots entre fariseos y herodianos, los que usualmente se detestaban: es la alianza del poder religioso y el poder político frente a lo que perciben como una amenaza, señal ineludible para todo aquel que se comprometa de corazón con la Buena Noticia.

Paz y Bien


Institucionalizaciones









Para el día de hoy (17/01/17):  

Evangelio según San Marcos 2, 23-28



Para el pueblo de Israel, el Sábado hacía a su identidad nacional y conformaba un espacio de reposo y restablecer vínculos con Dios y con la familia, tal vez por el hecho de permanecer en el hogar todo un día en el nombre de su Dios.
En los días del exilio babilónico, su relevancia fué aún mayor pues era el único modo de preservar su identidad nacional y su pertenencia religiosa en un ambiente tan hostil.

Todo ello surgía de los mandamientos de Dios en la Torah, y varios siglos antes de la irrupción de Cristo en la historia, numerosos estudiosos, exégetas y comentaristas se ocuparon especialmente del tema. Parte de esos comentarios teológicos fueron agrupándose en un tratado denominado Mishná, el cual con el correr de los años adquirió un status tan alto como el de la misma Palabra de Dios. De allí la adminración del pueblo en la enseñanza del Maestro frente a la didáctica de los escribas: éstos comentaban la Mishná, es decir, comentaban al comentarista, quizás dejando de lado la contemplación de Aquél que es fuente, origen e inspiración de la Palabra.

Los rigores no son criticables, más aún en tiempos de disolución relativista. El problema estribaba en que el Sábado se había institucionalizado en demasía, con la imposición de reglamentos inflexibles y de allí el olvido del Dios que brindaba a su pueblo el Shabbath como día de reencuentro, de salud, de descanso familiar.

Un día, el Maestro y los discípulos atravesaban un sembradío, y tomaban algunas espigas entre las manos para liberar unos pocos granos, un engaño del hambre, una urgencia de subsistencia que parece no poder postergarse. En el Libro del Deuteronomio, sorprendentemente, esto estaba previsto: un hambriento podía tomar espigas de trigo de un campo vecino para menguar su languidez sin usar una hoz, una previsión solidaria para con el que la pasa mal y que no admite demoras ni juicios por robo.
Así, la crítica de los escribas vá en esa dirección: fervorosos escrutadores de los detalles, solían perder la visión de conjunto que es, precisamente, el amor de Dios que se expresa en su afán incansable por la búsqueda del bien y la plenitud humanas.

Sin embargo, una cuestión de enorme trascendencia se plantea: al reconocerse Señor del Sábado -antes había perdonado pecados-, Cristo revela su identidad divina. 

Y este Dios tan cercano y hermano nuestro, nos vuelve a decir hoy que tenemos demasiados Sábados a los que les rendimos cultos, cuando el culto verdadero es la compasión -Misericordia quiero, que no sacrificios-, y que cada hombre y cada mujer porta una vida que es sagrada, templo vivo del Dios de la vida. 


Paz y Bien

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