El Reino florece en nuestros días, en el aquí y ahora

 






Para el día de hoy (27/01/21):  


Evangelio según San Marcos 4, 1-20




Jesús de Nazareth no había tenido una formación académica, no tenía un lenguaje refinado ni ostentaba títulos adquiridos desde los grandes maestros judios de Jerusalem. Él era un don nadie, artesano de aldea ignota -su acento lo delata- que enseña a la gente y le habla de las cosas de Dios de un modo nuevo y distinto.

Sus oyentes son principalmente campesinos y pescadores galileos; Él sabe de sus duras realidades cotidianas, y enseña a partir de lo que ellos mejor conocen. Así entonces se deleitan con sus parábolas, y no necesitan demasiadas explicaciones, ni racionalizar demasiado, lo que el Maestro les cuenta tiene mucho que ver con lo que viven a diario.


Para escándalo de almas severas y estructuradas, les regala a estos hombres sencillos una parábola que no menciona a Dios, ni a la Palabra ni a la Salvación: es una enseñanza secular de las cosas sagradas.

Sin embargo muchos de ellos respiran esa magnífica certeza campesina respecto de las bondades de la semilla, y así, en sus corazones asombrados, comienzan a descubrir la infinita bondad de la Gracia que produce bondades en cantidades inverosímiles, lejanas a cualquier cálculo razonable.


Entre ellos y nosotros hay una distancia sideral que no está signada por los siglos. Estamos muy lejos en el tren de la confianza.

Los sembradores del Reino no se preocupan demasiado por su eficiencia, pues saben de la eficacia de esa semilla que germina contra todo pronóstico y más allá de cualquier parámetro de éxito.


El Reino florece en nuestros días, en el aquí y ahora, inmenso e imparablemente generoso.


Paz y Bien

Iglesia, familia creciente

 






Para el día de hoy (26/01/21) 

Evangelio según San Marcos 3, 31-35



Situémonos por un momento en el ambiente y las circunstancias previas a la situación que nos refiere el Evangelio para el día de hoy.

El Maestro ya no es aceptado en las sinagogas, pues el enfrentamiento con las autoridades religiosas es tan intenso y brutal que, prácticamente, lo han excomulgado. Pero eso no detiene su ministerio -nada ni nadie lo hará- y en su mismo caminar, en lugares abiertos, en el campo y en el desierto multitudes cada vez mayores van en su busca, al punto de no dejarlo comer, ni dormir, ni lo fundamental para su vida, su oración.


Esas masas de gentes no suelen buscarlo por su identidad Mesiánica: encuentran en Él a un rabbí agradable y distinto, otros a un taumaturgo milagrero, otros a quien puede reivindicar las ansias nacionalistas de Israel. Y mientras tanto, escribas, fariseos y hasta herodianos comienzan a considerarlo blasfemo, es decir, reo de muerte en el caso de comprobarlo jurídicamente.


Allí entra a terciar su familia; en las culturas semíticas del siglo I, familia/parientes -en este caso, hermanos- no explicita solamente a aquellos vinculados en grado primordial por la sangre o árbol genealógico, sino también a la tribu o clan, estructura básica de la sociedad de su tiempo.

Este joven galileo no se comporta como ellos esperan que lo haga, que no se casa ni forma una familia, y que para colmo de males se enfrenta abiertamente con las autoridades religiosas acarreando sobre sí un grave peligro -la blasfemia, de comprobarse, lleva a una condena a muerte- y un serio desprestigio para la familia, que se golpe ven como las multitudes se desesperan por acercarse a ese joven que creían conocer. A tal punto, que esos parientes lo consideran un loco, un extraviado, un exaltado fuera de sí.


Su presencia fuera de la casa en donde Jesús se encontraba es elocuente aún cuando mucho no digan. Reclaman lo que creen pertenecerle, lo buscan para llevárselo de nuevo a Nazareth, a la pretendida normalidad, a que todo vuelva a discurrir en la cómoda rutina prevista.


La respuesta de Jesús a esos planteos suena violenta, dura, un desplante a los suyos. En realidad establece que nada ni nadie -aún los propios afectos- impedirán que continúe y consume su ministerio.

Pero ahondando más, establece nuevos vínculos que superan largamente los acotados por la raza, la sangre, el clan: a contrario de quien suponga un desmerecimiento de lo familiar, el Maestro establece en cambio que una nueva familia está formándose, la de aquellos que hacen la voluntad de Dios, los que aman, los que profesan la justicia, la compasión, la fraternidad sin condiciones. Los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.


Esta fuerza familiar es inmensa. En esta familia creciente se definen identidades y destinos eternos, y es un infinito misterio de bondad que cada hombre y cada mujer se convierta, a través de este Cristo tan cercano, en padre, hermano, madre, pariente de este Dios que acampa entre nosotros.


Así entonces, aunque por momentos la razón le impida ciertas comprensiones, María de Nazareth es parte de esa familia mucho antes de su parto belenita. María de Nazareth es madre y es hermana por cobijar la Gracia de Dios y hacerla vida, existencia cotidiana, signo e invitación para toda la humanidad.


Paz y Bien

El fin de los imposibles

 









La Conversión del apóstol San Pablo

Para el día de hoy (25/01/21):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-18



Es tiempo de Resurrección, vida que vence y trasciende los límites de la muerte, vida tenaz y pujante, vida que no hay modo de apagar.


Es el Resucitado que se llega a los suyos, a nosotros, para que nos crezca la esperanza al calor de la fé, don y misterio.


Con los corazones encendidos, con las existencias re-creadas, todo se vuelve misión, y misión sin límites. La Salvación ha de llegar a todos los pueblos, a cada mujer y a cada hombre, a toda la creación, al cosmos, porque nadie ha de desconocer el profundísimo y asombroso amor de Dios.


Esa fé que nos es dada, que se enraiza en los corazones y que se expande en nuestra cotidianeidad -urdimbre de eternidad en el día a día- tiene signos certeros e inequívocos.


El poder del mal que daña y corroe la vida, lo que es plenamente humano, retrocede y se remite al nunca más. Esos demonios de inhumanidad son desalojados.


Como la misión no tiene fronteras, es preciso hacerse comprender. El modo no pasa primero por las academias, sino por expresarse en el lenguaje común a todas las gentes, el lenguaje universal del amor, que acerca a los alejados, reune a los dispersos y nos vuelve conscientemente hermanos.


No hay veneno que pueda hacer daño, ponzoña de maledicencia ni tóxicos perniciosos del que dirán. Se sigue hacia adelante con fuerza y sin temores, con todo y a pesar de todo.


Cuando los amigos y seguidores del Resucitado se hacen presentes, se renueva la esperanza de que toda dolencia retroceda. Porque la sanación comienza en la fé, en una fé que se afirma cuando el olvidado es reconocido en su dignidad única e intransferible, cuando se ejerce sin vacilar el maravilloso derecho a la compasión, que alivia todo dolor.


Los signos de Salvación no son señales huecas, sino palabras que anuncian la mejor de las noticias, gestos solidarios, acciones de liberación.

Porque Él está vivo, y se ha declarado así el fin de los imposibles.


Paz y Bien

Pescadores de hombres, redes de misericordia

 






Domingo 3º del Tiempo ordinario

Para el día de hoy (24/01/21) 

Evangelio según San Marcos 1, 14-20




La aparición de este rabbí nazareno, en Galilea, en la Palestina del siglo I, implica una encrucijada histórica, un cruce de todos los caminos pues nada volverá a ser igual. A diferencia de los grandes maestros de Israel, que enseñaban sentados en sus cátedras jerosolimitanas, y que aguardaban la llegada de nuevos discípulos -muy preparados, muy pocos-, este Maestro sale al encuentro de hombres y mujeres en su realidad cotidiana, desde lo que son y lo que hacen a diario pues tiene una bondadosa mirada profunda que le permite ver no tanto pasado y presente, sino futuro compartido, lo que pueden ser y aún hoy no lo advierten.


Es una invitación que no tiene nada de imposición. Pero a la vez, en la ilógica del Reino, hay ciertas prisas. El tiempo nuevo es urgente.

Claro está que hay otros tiempos, los que discurren con altibajos pero que en el fondo poseen colores apagados, más de lo mismo, tiempo que se regula y se determina con calendarios y relojes, tiempo mensurable y, por eso, tiempo acotado, tiempo limitado.

Jesús de Nazareth convoca a los invitados porque advierte que el tiempo es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo propicio, tiempo urgente, el momento de la verdad, el tiempo decisivo que interpela y exige respuestas, cambios profundos.


Nada será igual.

Los convocados son hombres sencillos, humildes, cuyas vidas discurren entre la familia y los esfuerzos diarios para sobrevivir. Su invitación tiene en cuenta, muy especialmente, las cosas que hacen, que saben y conocen, como si este Cristo quisiera recrear y resignificar sus existencias, plenificarlas a partir de su cotidianeidad, semilla de mostaza que germinará en silencio pero que concretará un árbol frondoso y frutal.


Ellos son pescadores del mar de Galilea y ahora serán pescadores de hombres, aún con sus miserias y sus quebrantos, aún con errores y requiebros.

Tendrán en sus manos redes nuevas para la tarea, redes extrañas y asombrosa que tienen por función mantener con vida a miles y miles de pequeños peces con vida, a la deriva en los mares encrespados del mundo.


En esas redes, en este tiempo único, vivimos con la esperanza de un regreso definitivo, y nos mantenemos en vida plena por la fé, en las aguas mansas de la Gracia de Dios.


Paz y Bien

Siempre contra corriente

 




Para el día de hoy (23/01/21):

Evangelio según San Marcos 3, 20-21



Es claro: hubieran preferido lo que conocían desde siempre, una existencia apacible, en el devenir de los días sin sobresaltos, una Ley rígida que les marcara el compás, evitándoles cualquier inestabilidad proveniente de las honduras de la conciencia o del hambre de sus corazones. Lo hubieran preferido para siempre allí, artesano diario y varón judío de sinagoga sabatina.


Pero las cosas que hacía y decía los desubicaba, se sentían perdidos y avergonzados de aquel Jesús que habían visto crecer como uno más del clan, y que ahora hacía cosas más que extrañas.


Curaba a todo enfermo que le presentaran, y sin vacilar se impurificaba tocando a leprosos, a endemoniados, a mujeres. Se sentaba a comer con personajes por lo menos de dudosa moral, a menudo despreciados por toda la comunidad. No le importaba vulnerar la estricta rigidez del sábado si ello suponía hacer un bien o socorrer en una necesidad. Hablaba del Dios de Israel y del Universo llamándole Papá. Cuestionaba abiertamente a los escribas, doctores de la ley y severos fariseos.


Estaba enajenado, estaba loco, estaba fuera de sí, argumentaban con ánimos de llevárselo de regreso a Nazareth y ponerlo de nuevo en línea.

Era verdad, estaba fuera de sí pues no vivía para sí mismo sino que estaba volcado enteramente a los demás, a tal punto de no poder comer tranquilo.


Bendita locura de servicio y redención que nos invita a enajenarnos santamente en socorro de nuestros hermanos.


Paz y Bien

Vocación comunitaria y personal

 







Para el día de hoy (22/01/21):  

Evangelio según San Marcos 3, 13-19




El lugar en donde se desarrolla la escena del Evangelio para este día es la montaña, simbólicamente ámbito propicio para que acontezca lo sagrado, para el encuentro con Dios: recordemos que en el monte Sión el Dios de Israel, a través de Moisés, entrega a los suyos la Ley, para que al crisol del desierto un grupo de varias tribus de esclavos se conviertan en un pueblo nuevo a la faz de la tierra, su pueblo, que tendrá una tierra que Dios mismo les ha prometido. Y Dios cumple siempre sus promesas.


Por ello también la convocatoria de Cristo a los Doce, en ese momento de la historia y en esa montaña es convocatoria divina. En su tiempo, la llamada es a las doce tribus por medio de Moisés.

Ahora, en este kairós, tiempo exacto, tiempo propicio, Cristo -nuevo y definitivo Moisés- convoca a Doce hombres porque Él quiso, señal cierta de que todas las primacías y las iniciativas son siempre suyas, y porque a partir de ellos inaugura un pueblo nuevo, la Iglesia, cuya identidad no estará acotada a lo social, lo biológico, lo étnico sino que se extenderá a todas las naciones pues sus vínculos serán cordiales, pueblo nuevo que camina a la tierra prometida de la Salvación.


Los convocados son hombres tan comunes que su singularidad es conmovedora. Pescadores, estudiosos de la Torah, recaudadores de impuestos, militantes políticos, un espectro variopinto con nombres y rostros precisos, que en cualquier otra circunstancia deberíamos decir ni locos, no funcionará, son demasiado distintos. Nada de eso, el milagro de la comunión apostólica y eclesial es que su principio unificador y su destino es Cristo, la persona con la que hay que estar y quien pone en ellos y en todos nosotros una misión tan trascendente que no puede posponerse, tan urgente que es necesario dejarlo todo y seguirle, misión primera que es la oración, misión de salvación, de anuncio de Buenas Noticias, misión de paz y liberación.


Nuestra vocación comunitaria y personal también es convocatoria divina. No hay vocación menor o mayor, se trata del llamado de Dios a ser felices, plenos junto a Él, con Él y por Él. Por nuestros nombres nos llama, con el sueño de todo lo que podemos llegar a ser y a hacer a su lado y en su Nombre.


Paz y Bien

Pescadores empecinados en redes de compasión

 







Para el día de hoy (21/01/21):

Evangelio según San Marcos 3, 7-12





El dolor y los padecimientos no conocen fronteras, como tampoco el destrato y la indiferencia.

Sabedores de que el Maestro a nadie rechazaba, que curaba a muchos sin pedir identificación, que aceptaba incondicionalmente a excluidos, venían a él de muchas partes.


Gentes de las ortodoxas Judea y Jerusalem.

Gentes de la sospechosa Galilea, su patria chica.

Gentes paganas y extranjeras/extrañas de Tiro, Transjordania y Sidón.


Todos ellos estaban a la deriva, abandonados en su dolor y acudían en masa a Jesús.

Probablemente su fama de milagrero y sanador los atraía irresistiblemente; pero aún así, sabían bien que Él no iba a rechazarlos, que los espíritus que los doblegaban iban a irse en cuanto Él se hiciera presente.

Espíritus malos de indiferencia, espíritus crueles de exclusión, espíritus malignos de resignación y condena.


Sus amigos lo recordarían y entenderían tiempo después, cada uno tiene su tiempo de siembra y maduración.

Jesús de Nazareth les enseñaba y nos enseña desde la vera de esa barca que hay un mar muy grande con miles de pequeños peces a la deriva, encerrados en esas aguas oscuras sin orillas del desánimo, del todo es igual, de las malas noticias perpetuas...tarea primera y preferencial para pescadores de hombres, dedicados a la compasión, incansables en la misericordia que nos llueve gratuita y fértil del corazón sagrado de Aquel que nos amó primero.


Paz y Bien

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