Amar, en la sintonía de Cristo, es ser para los demás














María, Auxilio de los Cristianos

Para el día de hoy (24/05/19) 

Evangelio según San Juan 15, 12-17 









Un mandato no es necesariamente una orden que ha de obedecerse ciegamente, sin pensárselo dos veces.

Un mandato implica que se ha confiado en alguien para un cometido determinado, y en el confiar reposa también la certeza de que el mandatario posee las cualidades o capacidades necesarias para lo que se le ha encomendado. Por eso quizás se nos ha desdibujado este sentido básico cuando aplicamos estos conceptos a nuestros gobernantes, en el país que fuere. Y esa confianza brindada implica una responsabilidad, una ética, es decir, un modo de actuar en el mundo y para con los demás.

El mandato de Jesús de Nazareth no es un la obligación de cumplir un número predeterminado de normas específicas, y el Maestro lo ha enseñado del mejor de los modos posibles, viviéndolo Él mismo en cada momento de su existencia, y haciéndose ofrenda infinitamente generosa para el bien de toda la humanidad.
Ese mandato es el amor, y antes que arribar a definiciones que delimitan trascendencias, es menester contemplar al mismo Cristo, al modo en que Él amaba, y cómo Él traducía en nuestro rudimentario lenguaje humano el corazón eterno de Dios que es ese amor infinito.

Amar, en la sintonía de Cristo, es ser para los demás. Y ser para los demás porque primero y ante todo nos descubrimos hijas e hijos amados por Dios, cuyo amor se expresa y explicita en ese Cristo que se desvive por los otros, buenos y malos, justos y pecadores.
No es, como podría inferirse, una progresiva aniquilación del yo y una disolución de la voluntad y la personalidad; antes bien, es una decisión enteramente libre y voluntaria que se fundamenta en que nos ha amado primero, y que no hay otro modo de trascender que el romper caparazones de egoísmo y soberbia, y salir al sol, al encuentro del otro.
Más aún, salir en la afanosa búsqueda del otro porque en verdad, al prójimo se lo edifica toda vez que nos aprojimamos/aproximamos.

Tan intoxicados por los medios de comunicación como estamos, y portadores de criterios tan banales, solemos confundir lo heroico con lo espectacular o con lo eminentemente trágico. Sin embargo, lo heroico es mantenerse en ese principio primordial de ser para los otros, y no transigir jamás.

Y por sobre todo, animarnos y atrevernos así, dando la vida y dando vida, a ser felices.

Paz y Bien


La alegría, rasgo primordial de la fé cristiana













Para el día de hoy (23/05/19):  

Evangelio según San Juan 15, 9-11








El párrafo que nos brinda la liturgia de este día es breve pero a la vez intenso y gravitante. Nos sitúa junto a Cristo en los umbrales de la Pasión, un Cristo que está a punto de morir y no quiere dejar librados a su suerte a sus amigos. Se trata quizás de un último gesto, de la verdadera herencia, y por ello será atesorada por los Once y por todos los discípulos de todos los tiempos.

En la cruz se revelará el misterio mayor de Dios, su amor entrañable e infinito. Por eso mismo, esa cruz asumida en entera libertad y como vida en oblación total y sin reservas para que otros se salven, ya no será patíbulo, cadalso, señal de espanto sino la señal del amor absoluto. Con esa cruz nos identificamos, desde esa cruz encontramos la identidad de hijos, nuestro horizonte inquebrantable de amor y plenitud.

La clave de todo destino pasa, precisamente, por el amor de Dios que se expresa y manifiesta en Jesucristo, el amor del Padre que palpita y expande el Hijo, amor primordial pues de Dios son todas las primacías.
Es Dios quien nos sale al encuentro en cada recodo, en todas las encrucijadas, nos aguarda en cada esquina, vá con nosotros a cada paso que damos, Padre ansioso sin descansos que se desvive por todas sus hijas e hijos.
Amor es ser para el otro, morir a uno mismo y vivir en y por los demás. A-mort, no sin muerte, que despeja todas las banalidades pseudorománticas y se encarna, amar hasta que duela, que conmueva los huesos, que movilice.

Por ese amor dejamos de ser esclavos para gozar la noble libertad de los hijos de Dios, don y misterio. Por ese amor la historia se transforma y todo puede encontrar un sentido trascendente y definitivo.
Por ese amor nace la alegría, la verdadera alegría, firme y frondosa que no se cae aún en las tormentas bravas de la existencia, mansa alegría que permanece y, muy especialmente, alegría que se nota en la mirada y en los gestos.

Permanecer en el amor de Dios es vivir como Jesús vivía, amar como Jesús amaba y nos ama, alegrarnos sin desmayos como identidad primordial de la fé que se nos ha concedido, para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Los frutos asombrosos de la Gracia
















Para el día de hoy (22/05/19):  

Evangelio según San Juan 15, 1-8






En cualquier árbol, pero más especialmente en una vid, es menester quitar las ramas que se han secado, madera seca que sólo sirve para las brasas. En la madera seca se evidencia lo que se ha muerto, y esa esterilidad arrastra a las ramas sanas, roba espacio y quema energías de savia buena, cuyo fin es vivificar toda la vid.

En cambio, la madera verde es bien distinta. En ella se evidencia que por sus profundidades la vida corre como un río caudaloso, madera que palpita, madera que cumple felizmente su destino de ofrecer las mejores uvas, los mejores racimos.
El misterioso destino de vino, vino de la vida celebrada, vino sanguíneo y santo, deja de ser una promesa difusa y uno puede imaginarse a los comensales en el ágape universal de los hermanos.

La madera verde denota otra cuestión primordial, y es su firme unión como sarmiento a la vid que le confiere su presente frutal, la presencia de una savia que no se detiene, que le hace florecer brotes nuevos y buenos en todo tiempo.

El viñador a menudo ha de podar las ramas de madera verde para que se incrementen sus frutos, que ya son numerosos. No es cuestión aritmética, sino más bien de que cada sarmiento pueda brindar todos los frutos que su capacidad primera augura en promesa, aunque la poda a veces sea molesta, dolorosa. Quitar lo que ha muerto, lo que impide crecimientos, es tarea propia de un viñador que no se aferra a productivismos, sino que ama profundamente a esa viña que constantemente vivifica.

Porque el viñador es también savia santa que corre por la madera verde.

La promesa del Señor es asombrosa. Dios con nosotros y Dios en nosotros, templos vivos del Dios de la Vida.

Paz y Bien

Paz de los corazones, legado del Señor















Para el día de hoy (21/05/19):  


Evangelio según San Juan 14,  27-31a





Todos aquellos que hemos sufrido la pérdida de un ser querido, solemos atesorar las últimas palabras, gestos y momentos de quien se ha ido. A menos que la memoria nos juegue una extraña pasada -porque la memoria está condicionada por los sentimientos- esos recuerdos tan valiosos no se convertirán en pasto de olvido.

El Maestro lo sabe, porque es conocedor como nadie del corazón humano y más especialmente de aquello que anida en las honduras de los suyos. Él está por partir de la manera más dolorosa e ignominiosa, morirá como un delincuente abyecto y marginal -poco que ver con el Mesías glorioso que ellos aguardaban- y para ellos vendrán días de miedo y soledad. Aún deben pasar por el éxodo de la Resurrección para descubrir que Él se vá para quedarse de manera definitiva.

Por ello mismo, a contrario de un mundo que se precia de elegir el mal menor, Él les hereda un bien mayor, su paz. No es un cúmulo de buenas intenciones, ni una paz mundana, la paz que supone ausencia de conflictos, pax imperial sostenida a fuerza de las armas, paz que se define por el miedo y la necesidad de sobrevivir, paz que encuentra su hogar primordial en los cementerios.

La paz de Jesús de Nazareth es Shalom universal que siempre es comienzo, renuevo, hija dilecta de la verdad y hermana gemela de la justicia.
Shalom de tierra prometida, de no resignación -jamás-, de humildad y mansedumbre, de devoción al hermano, de glorificación a Dios en los pobres y pequeños, de seguir adelante con todo y a pesar de todo, la inmensa fidelidad de morir para que otros vivan.

Paz y Bien

El fuego del Espíritu seguirá alimentando por siempre el rescoldo de la fé que nos sustenta














Para el día de hoy (20/05/19):  

Evangelio según San Juan 14, 21-26 









Normas y códigos. Preceptos y observancia. Libros y formación. Todo ello es bueno, es dable y recomendable.
Los problemas comienzan cuando dejan de ser medios y se convierten en fines, en techo, en absolutos. Pero nosotros, por el bautismo, tenemos un destino distinto, un destino que debe ser edificado -nunca escrito en soledad-, un destino que tiene por techo los cielos, el infinito.

Adherir a una idea o a un sistema de ideas, comprometiendo toda la vida, también es laudable. Tiene que ver con compromiso, con renuncia a medias tintas. Y cuando se trata del ámbito religioso, ese sino valioso se incrementa.
Por supuesto, no podemos ignorar aquí los fundamentalismos de cualquier laya. Tienen todos en común el absolutismo del desprecio hacia el otro, hacia lo que es distinto o disidente, su carácter exclusivista y sectario, su justificación de toda brutalidad. En gran parte, suelen enraizar en lecturas lineales sin trascendencia, y en el ámbito cristiano -en la misma Iglesia- no nos son desconocidos estos crueles extravíos.

Pero cuando hablamos de fé cristiana, todas esta cuestiones quedan en un segundo plano. 
La fé cristiana es mucho más que una creencia, es decir, mucho más que la adhesión a las enseñanzas de Jesús de Nazareth; aquí redundaremos un poco, afirmando sin ambages que esa adhesión en sí tiene un rasgo muy valioso.
Porque la fé cristiana es don de Dios, don y misterio, e implica unirse de manera totalmente personal a ese Cristo que es nuestro hermano y nuestro Salvador. Es dejar que la presencia de Cristo en la propia existencia nos transforme de una vez y para siempre, y que cada día sea un milagro pleno de asombros. Es vivir como Él vivía, amar como Él amaba, y guardar en el corazón y en la cotidianeidad sus enseñanzas no tanto por pertenecer...sino porque amamos. Porque le queremos sin desmayo.

Fé que es don y misterio de amor, porque nos descubrimos hijas e hijos amadísimos de ese Dios del universo cuyo rostro resplandece en Jesús de Nazareth, y a partir de esa primacía actuamos en consecuencia amorosa.
Así, se disuelven todas las tentaciones de fronteras que el mundo gusta de imponer. La familia se agranda por amores, no por número ni por adeptos. Y porque nunca estaremos solos.

El fuego del Espíritu seguirá alimentando por siempre el rescoldo de la fé que nos sustenta.

Paz y Bien

Hacerse ofrenda para que otros vivan
















Quinto Domingo de Pascua

Para el día de hoy (19/05/19):  

Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34-35 









Como si de un hito se tratara, de una frontera divisoria que separa territorios, así sucede en la lectura de hoy con la salida de Judas Iscariote del ámbito de la Última Cena. 
Una mirada superficial indicaría que todo se desata desde una traición y el terrible escenario de una derrota total, porque traiciona siempre el que tiene cercanía cordial, el hermano, el amigo, el propio y nó el extraño, el foráneo, el que no es nuestro. Por ello las traiciones suelen ser tan demoledoras, porque la confianza raigal se pisotea en pos de otros intereses y sin importar ni medir las consecuencias.

Extraño tiempo el inaugurado por este Cristo, que aún traicionado persiste -tenaz y locamente- en hablar de amor. Porque la salida de Judas dá inicio a la Pasión, y es precisamente en la cruz donde el grano de trigo caerá para dar fruto.
Ese fruto asombroso es el producto de la muerte del grano de trigo, la vida que se ofrece sin límites ni condiciones porque se ama la vida, y más aún, se ama a Aquél que dá la vida y por quien la vida tiene sentido.

Amor sin adjetivos, a -mort, mucho más que un sentimiento aunque pueda albergarlo. Amor que no se cuantifica, pues responde a la misma infinita esencia de Dios, inconmensurable. 
Se trata, nada más ni nada menos que de morir/se sin reivindicar el horror de la muerte pero tampoco de absolutizar esta vida. Se trata de hacerse ofrenda para que otros vivan, aferrarse sí pero al amor de Dios, la vida eterna entre nosotros.

La comunidad cristiana ha de carecer de credenciales y rótulos. Su identidad se revela en plenitud en el amor que practica y expresa en lo cotidiano, alabanza real y concreta, humilde glorificación de Aquél que nada se reserva para sí.
Mucho más que un reglamento, que una tabulación de estricto y obligatorio cumplimiento, el Maestro nos deja en herencia un mandamiento nuevo que el pueblo de Israel no desconocía, el amor al prójimo. Sin embargo es nuevo porque nueva es esta alianza sellada con sangre, porque no es autorreferencial, porque inaugura el tiempo absoluto en donde el verdadero poder radica en el servicio, donde se derrota al yo buscando la bendición en el nosotros, donde el borde riguroso del par se desdibuja por esa familia grande de los hermanos y amigos del Señor.

Paz y Bien

Cristo, presencia constante de Dios
















Para el día de hoy (18/05/19) 

Evangelio según San Juan 14, 7-14








La pregunta de Felipe nos involucra, nos representa y nos conmueve con su crudeza: quiere ver al Padre pero no ha sabido verlo en Jesús de Nazareth. Se ha quedado en la manifestación externa que es valiosa, pero que requiere la profunda mirada de la fé que trasciende la superficie del signo visible y se dirige a los planos sobrenaturales que están fecundando los días.

En el pedido de Felipe subyace uno de los interrogantes mayores de la humanidad. En tiempos tan secularizados como vivimos, quizás no tenga demasiada relevancia -todo parece haber perdido gravitación- pero en todo corazón anida el deseo y las ganas de trascendencia, el ansia de ir más allá de la biología, la búsqueda de las respuestas a las preguntas primordiales: de dónde venimos, adónde vamos, por quién.

El secularismo es un veneno seductor que socava los corazones, quizás sin demasiadas señales pero con un persistente dolo que cercena miradas y coarta horizontes; de ese modo, todo parece acotarse a lo que puede palparse, a lo que se percibe por los sentidos, a lo empírico.
Sin embargo y muy especialmente en los últimos veinte años, la confluencia de los medios tecnológicos masivos inauguraron otra vertiente igual de peligrosa, lo virtual, mundos que no se corresponden con la realidad más profunda del ser humano, ilusiones que todo condicionan pues detrás de la re-presentación se esconde la verdad, esa misma que nos hace libres.

Aún así, como un sucedáneo banal de fuga ad nauseam, el mundo propone el sopor conveniente de pseudo doctrinas que todo banalizan, supersticiones disfrazadas de modernidad que nos aislan y en las que no hay ni un ápice de fraternidad, de justicia, de misericordia. En esas supersticiones no tienen espacio el otro, el prójimo, el hermano.

La vida cristiana, el seguimiento de Cristo nos apresura, nos urge a mirar y ver la realidad con otra mirada, ojos profundos capaces de reconocer las huellas santas de Dios en la historia. Y esas huellas pueden felizmente encontrarse también fuera de los ámbitos de la Iglesia, de la fé cristiana.

La Encarnación motiva nuestra esperanza, un Dios tan involucrado en nuestras cosas que se ha hecho tiempo, historia, vecino, un Hijo queridísimo que acampa entre nosotros.

Paz y Bien

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