Evangelio, tiempo santo de mujeres y niños










Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80





La escena que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy a través de San Lucas es bellísima en su sencillez y profundidad, especialmente si utilizamos la consabida utilidad de situarnos nosotros mismos allí, en ese preciso momento, como espectadores patentes de lo que acontece.

Se trata de un poblado pequeño, Ain Karem, ubicado en las montañas. En esos lugares, lo sabemos, todos suelen conocerse entre sí, algo que con el agigantamiento cruel de nuestras ciudades hemos olvidado y perdido. En esos pueblos pequeños los vecinos son casi casi como los parientes -a veces más- y allí la vida y la muerte se comparte, alegrías y tristezas, esperanzas y frustraciones. Por eso el festejo manso de los presentes: Isabel, la que ya parecía destinada más a abuela  sin nietos que a madre primeriza, ha dado a luz a un niño. Esas gentes saben reconocer, sin que nadie se los diga, el paso bondadoso de Dios por las vidas ancianas de Zacarías e Isabel.

Un niño que nace es un libro nuevo a escribirse en su totalidad. Pura esperanza, todo expectación, en donde los más sabios no se afanan en proyectar sus causas quebradas, lo que ellos no tuvieron, sus derrotas que ansían convertir en victorias, sino que celebran la esperanza que trae una vida nueva que se les duerme entre sus brazos y manos de trabajo, una vida en donde todo es posible.
Aún así, esas gentes intuyen que en ese bebé hay algo más, algo especial, y se le encienden los sueños intentando saber cual será el horizonte maravilloso que tendrá el niño que además de ser un poco hijo de cada uno de ellos, es la vida que continúa, la vida que prevalece, con todo y a pesar de todo.

En esos afectos, en esa cercanía cordial, pretenden terciar en la decisión de nombrar al nuevo hombrecito. Las tradiciones pesan, pero más aún esos cariños que a menudo no se morigeran, y con obstinada ternura pretenden que el bebé lleve, según la costumbre, el nombre de su padre Zacarías.

Pero cada niño ha de tener alas propias, vuelo personal, volará por sí mismo y no tanto por los antecedentes de sus mayores. Es una vida nueva y, en este caso, una vida muy especial que requiere un nombre también especial, y por eso mismo el niño ha de llamarse Juan, que literalmente significa Dios concede una gracia, una bendición.
Todos los niños son una bendición para nuestros corazones envejecidos, pero ese niño en particular es señal de la fidelidad absoluta de Dios para con su pueblo.

Se trata de un tiempo nuevo y muy, muy extraño, imprevisiblemente maravilloso.
Los caudillos, los guerreros, los sacerdotes han de guardar silencio, pues la confianza -paso primordial de la fé- la han abandonado.
Es tiempo de mujeres y de niños, y ellos han de cambiar la historia misma de la humanidad. Las mujeres, por cobijar en las honduras de su corazón la fé en su Dios y la Palabra que descubren como Gracia y Misericordia.

Los niños, abriendo puertas y ventanas.
Uno, allanará las huellas y preparará desde su integridad los caminos.
El otro, bebé santo, traerá la vida definitiva que nada ni nadie podrá quitarnos, esta alegría perenne de Dios con nosotros, de sabernos hijas e hijos de Dios.

Paz y Bien

Corazón del Señor, alivio, paciencia y sabiduría









Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Para el día de hoy (23/06/17) 

Evangelio según San Mateo 11, 25-30




Cuando hablamos de corazón, lejos de los límites biológicos, nos remitimos simbólicamente a la esencia misma del ser, a la fuente primordial de cada persona, a aquello que define y decide su obrar y su existir.

En esta Solemnidad, nos detenemos del diario trajín para contemplar en silencio, con devoción y una mirada capaz de asombros al corazón sagrado de Jesús, a su intimidad primordial, a lo que lo constituye y que, por eso mismo, decide nuestra pertenencia, nuestra misión y nuestro destino.

Y desde el vamos el asombro comienza: en este corazón no hay visos de abstracciones ni de vanas declamaciones. Este corazón es inmenso, pues nos contiene a todos -buenos y malos, justos y pecadores- pero se inclina decididamente en favor de los pequeños, un corazón escandalosamente parcial, y esa parcialidad tiene sus raíces en el amor, esencia del Dios del universo.

Esos pequeños no son exactamente los niños, por quien Jesús tenía y tiene un especial cuidado y dedicación: los pequeños aquí refiere a los humildes, a los mansos, a los que por lo general no cuentan pero que sin ellos la vida no sería posible pues en su confianza, en su fé salan e iluminan estos páramos desolados. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que nadie escucha pero tienen a Dios de su parte, y otro corazón inmenso, el de María de Nazareth, lo supo cantar con palabras imborrables.

En el Sagrado Corazón del Señor es el amor lo que prevalece y sobreabunda como pan bueno y santo, perdón y misericordia, redención y liberación, compasión y socorro.

Nada ni nadie le es ajeno, y en esa bondad se funda nuestra esperanza. Porque Cristo estuvo, está y estará junto a nosotros y en nosotros, con todo y a pesar de todo, celebración de todos los regresos, rescate de los extraviados, consuelo de los afligidos, serena alegría que permanece para siempre porque no hay cruz ni muerte que sean definitivas, tesoro escondido que se multiplica cuando, como Él, se ofrece la vida, la existencia toda en las manos, corazones transparentes a pura Gracia de Dios.

Paz y Bien

Por la causa de Dios y del prójimo










Para el día de hoy (22/06/17) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15





Por Cristo, sabemos que la vida cristiana en plenitud se fundamenta en el devenir cotidiano a partir de dos pilares, dos aspectos o ramas de un único tronco frutal, la Gracia de Dios.

Esos dos fundamentos son el amor y la oración.

El amor que se explicita en la abnegación, en el servicio incondicional al prójimo.

La oración, que antes de dicción tenaz y exacta de fórmulas, es escucha cordial del susurro primordial de un Dios que jamás deja de buscarnos, de ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

La cruz de Cristo ya no es señal de muerte y horror, sino signo cierto del amor mayor, de la vida ofrecida para que todos vivan. Y también es un profundo símbolo en su constitución misma: a una cruz la constituyen dos maderos cruzados, uno elevado hacia el cielo, el otro que se expande horizontalmente hacia los lados, así la Buena Noticia también se constituye -indisolublemente- de ese vínculo hacia el Dios del universo y hacia los hermanos.

Por ello mismo, por la oración en la que nos identificamos y que es la oración misma de Cristo, la plegaria es por la causa de Dios y por la causa de los hermanos, sarmientos frutales de la misma savia.

Essa savia nutricia es el amor de Dios, que se revela y nos rebela de toda rutina y acomodamiento cuando descubrimos a Dios como Padre, y nos sabemos hijas e hijos amadísimos que no buscan demasiadas palabras, sino que se aferran a la Palabra.

Paz y Bien

La tierra santa de la caridad










Para el día de hoy (21/06/17) 

Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18




En la tradición del pueblo de Israel, tres eran las prácticas básicas piadosas, la limosna, la oración y el ayuno. Más aún, con un profundo sentido metafísico, la limosna era a menudo llamada también justicia.

Jesús las asume como propias, y a la vez las hace extensivas a todos los suyos en principio, fundamento de una nueva humanidad. No está demás pensar que el Señor también soñaba con un mundo mejor, más justo y fraterno a partir de la irrupción del Reino aquí y ahora entre nosotros, y de cómo Él podía contribuir a ese mundo para su humanización.
No obstante ello, la perspectiva es nueva, es distinta y, si se quiere, humildemente revolucionaria.

Se trata de un éxodo cordial, de un peregrinar de los corazones que abandonan los lúgubres desiertos del oportunismo y la conveniencia, de una espiritualidad mercantilizada que supone la acumulación de méritos piadosos para la consecución de bendiciones y cielo, negando tácitamente la asombrosa dinámica de amor de la Gracia de Dios.
Se trata de arribar a la tierra santa de la caridad, de la abnegación, del servicio desinteresado, de la fraternidad.

Porque, siguiendo una antigua pero vigente idea, los justos de las Escrituras son los que ajustan su voluntad a la voluntad de Dios. Así entonces limosna, oración y ayuno son nítidas y evidentes acciones de justicia.

La limosna que socorre sin demoras al necesitado, porque todos somos hijas e hijos de Dios, brindándonos ante todo a nosotros mismos y no tanto lo que viene sobrando.
La oración que es escucha y es diálogo filial, que nos ubica en la misma sintonía eterna de un Dios encarnado, uno más entre nosotros.
El ayuno que nos disciplina deseos, y que por amor implica privarse de alimentos para que otros no pasen privaciones, no adolezcan de dolosos platos vacíos.

La caridad no busca reconocimientos ni esgrime alardes vanos.
En los pequeños gestos de caridad y bondad se anticipa el Reino.
El deber ser, desde Cristo, es fruto necesario del descubrirse amadísimos hijas e hijos de ese Dios que se desvive por nosotros.

Paz y Bien

Una religión extraña e incómoda








Para el día de hoy (20/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 43-48



Desde una mirada histórica, perspectiva de estudio sociológica y filosófica, la irrupción de Jesús de Nazareth en la historia humana no supone, directamente, la institución de una nueva religión.
Es difícil objetivarnos, pues están en juego nuestros afectos, el corazón mismo. Pero una toma de distancia nos descubre a un rabbí itinerante, a un varón judío de origen muy humilde que habla de su Dios de una manera muy extraña, con una confianza y cercanía que ni por asomo se acerca a la ortodoxia oficial, pero que no convoca a derribar templos, a trastorcar estructuras de culto e imponer conceptos ni un cuerpo dogmático. Por el contrario, frente a las polémicas y a las críticas, reafirma que no ha venido a abolir esa Ley que constituye el nodo fundacional del pueblo de Israel, sino a darle su pleno cumplimiento.

Pero por otra parte, esa objetivación intentada nos muestra también una impensada religión humanizada. Quizás y con razón, de tan humana parece desacralizada, extrañamente ajena a lo que solemos entender por trascendencia sacral, peligrosamente secular y cercana al corazón del hombre.

Es que Cristo hace todo lo que hace y enseña y propone el Reino, la Buena Noticia del amor de Dios desde su experiencia única de identificación total con ese Dios al que descubre como Abbá.
Tal vez sea precisamente el saber que el Reino está aquí y ahora entre nosotros, que el cielo comienza en la cotidianeidad por oblación infinita de la ternura de Dios que deviene, a veces, tan utópicamente lejana.

El misterio de la Encarnación supone un tiempo nuevo, un tiempo santo -kairós- de Dios y el hombre, una historia nueva urdida en común, desde vínculos familiares. Y solamente desde esos nuevos lazos es posible comprender la postura del Maestro acerca de quien nos odia o nos hace daño.
En la perspectiva de su corazón sagrado no hay propios y ajenos, sólo hijas e hijos, hermanas y hermanos, el horizonte inconmensurable del nosotros con Dios mismo.

Porque el Reino es cosa de locos, de atrevidos, de aquellos que se atreven a amar más allá de cualquier previsión porque primero y ante todo se saben queridos y amados por Dios.

Paz y Bien

El éxodo hacia la comunidad








Para el día de hoy (19/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 38-42




Acerca de la llamada Ley de Talión, es menester no pasar por alto un detalle, y es que en las Escrituras nunca es mencionado con ese nombre el corpus legal adoptado por numerosos pueblos de la antigüedad, quizás comenzando por los babilonios en la dinastía de Hammurabi, y asumido también por el reino de Israel.
Se la llama así por la expresión latina lex talis, es decir, ley del tal como. Su importancia no es menor: implicaba en primer lugar moderar los efectos de la venganza, igualar los derechos entre el ofensor y el ofendido y, especialmente, establecer normas de derecho -aquí derecho penal- aplicables a toda una nación.

En la ley del talión o del ojo por ojo y diente por diente encontramos los orígenes de todo orden social en tanto reglas explícitas de convivencia, y a la vez los fundamentos del derecho que hoy conocemos en todas sus variantes. El derecho actual presupone, en cierto modo, el cariz de talión pues es un derecho y una justicia retributivas, que adjudica una pena proporcional al delito o infracción cometidos.

Jesús de Nazareth no embiste contra ello. Nosotros podemos encontrar visos censurables o críticas profundas a sistemas que nos imponen o que nos pertenecen; sin embargo el Maestro propone e invita a ir más allá, a trascender porque otro mundo y otra vida es posible.

Probablemente los ejemplos que Él nos brinda en la Palabra nos sean muy gravosos. Pero la vida cristiana implica decisiones definitivas, la radicalidad del Reino que no tiene otro sentido que el insondable amor de Dios.

Cristo propone superar la ley del talión por su experiencia absoluta de Dios como Padre, y de cada mujer y cada hombre reconocidos como hermanos por ese único y asombroso vínculo filial que es Gracia y salvación. 

Más allá de cualquier proyecto ideológico, el Señor convida al atrevimiento de pasar de sociedades inmanentes a la comunidad, a la común unión en donde sucede una de las cosas más difíciles para nuestros egoísmos, el reconocimiento del otro, la edificación del prójimo, el Reino aquí y ahora.

Paz y Bien

Eucaristía, camino y dirección










Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Para el día de hoy (18/06/17) 

Evangelio según San Juan 6, 51-58





Esos hombres estaban desconcertados y ofendidos, tan cautivos de esa literalidad a la que se sometían, tan presos de una religiosidad retributiva, tan dados a las abstracciones.

Todos ellos eran muy religiosos, hombres profundamente piadosos y, a su modo, férreamente arraigados en la fé de sus mayores. Así entonces, si fueran invitados a una celebración en donde se sirviera carne como gran manjar exclusivo, ellos se preguntarían primero si ese plato es kosher/kashrut, es decir, si cumple con los preceptos de la Ley mosaica respecto de los alimentos permitidos, de aquellos alimentos considerados puros, entre lo que destacará también el modo en que el animal debe sacrificarse, sin que implique consumir sangre bajo ningún punto de vista, y ello tiene que ver, simbólicamente, con que la sangre representa la savia de la vida misma en la biología.

Ellos se sienten confundidos, ofendidos y escandalizados frente a ese rabbí nazareno que se ofrece Él mismo como alimento para la humanidad, de un modo tan explícito, tan carente de figuraciones, y el escándalo que los sobrevuela está originado por varios factores.

Que el mismo Cristo, a partir de un antiguo y venerado ritual de pastores, se ofrezca como alimento concreto sin mediación de la pura simbología es terriblemente conflictivo y horroroso. Hablamos de carne y de sangre, de biología y existencia, de la vida toda como plato principal para desterrar todos los hambres.

Lo sacrificial no puede pasarse por alto: nuevo cordero pascual que salva al pueblo, este Cristo se señala a sí mismo como sacrificio generoso, y es menester regresar a su significación primera: sacrificio implica hacer santo o sagrado lo que no lo es, y Él se ofrece para que el mundo, la vida, cada persona sea santa, permanezca con vida, sea de Dios y para Dios en Dios.

El ofrecimiento primero devengará en rotundo rechazo en la cruz: el rabbí galileo morirá en la cruz como un marginal, como un maldito, nada kosher, opuesto a todo lo que conocen y sostienen, carne repudiada, alimento que no es tal.

Sin embargo, lo que más molesta y que flota tácitamente en ese ambiente tan cargado es que Dios mismo, en ese Cristo de pan y vino, de carne y sangre, se ofrezca a la humanidad sin condiciones previas para que todos vivan para siempre.
Un Dios ofrecido destierra cualquier idea de méritos acumulables que puedan trocarse por beneficios o bendiciones divinas, balances positivos que habiliten el acceso a cielos postreros.

Concreto y real, Dios ofrecido, Cristo sacrificado por todos y por cada uno, mesa inmensa tendida en donde nadie debe faltar, vida compartida que celebra la vida ofrendada, Eucaristía que compromete con un para siempre en la abnegada y humilde oblación de estas pequeñas existencias que somos, y que hacen que la vida se expanda pues, en cada mujer y en cada hombre hay un templo vivo del Dios de la vida.

Paz y Bien

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