La historia está grávida de la Gracia de Dios









Para el día de hoy (17/11/17):  

 
Evangelio según San Lucas 17, 26-37




Pueblos y culturas manejan de diversos modos su sentido del tiempo. A veces, como un devenir organizado, un transcurrir rigurosamente pautado, una rutina normada. Otros -especialmente a partir del siglo XX- mediante el uso de la propaganda apoyada en los avances tecnológicos, como modo espúreo de controlar estados de ánimo masivos, determinando angustias y prioridades falaces para luego instalar agendas, es decir, instaurar prioridades que no son tales, sino que responden a la cruda realidad de la perpetuación del poder establecido.
En medio de ello, varían las modalidades y suele acentuarse la indiferencia, la que en muchos casos es el mal menor pues implica menos agobio. Esa indiferencia es el sendero circular de la rutina que no lleva a ninguna parte, pues en realidad jamás uno se pone en marcha.
Pero en los extremos, cuando todo se torna insoportable, pueblos y culturas imaginan finales, finales mayestáticos y espectaculares, que en plano religioso implica la intervención directa y definitiva de Dios, Apocalipsis o Parusías del Día Divino, del final de la historia doliente tal cual se la conoce.

En todos los casos y más allá de toda razón, Jesús de Nazareth inaugura un tiempo nuevo, un tiempo santo, tiempo de Dios y el hombre -kairós- que es muy distinto al tiempo habitual al que nos acostumbramos y que cuantificamos y medimos -chronos-.

 Kairós es historia fecunda, tiempo re-creado, vida en expansión, regreso y reencuentro ciertos. Es Misericordia que sustenta asombrosamente al universo.

Porque Cristo ha de regresar de modo definitivo, y ya lo está haciendo en los suyos, en esa familia mística que llamamos Iglesia.

Aún con los que puedan alcanzar mayor longevidad, nuestro tiempo humano es corto, escaso, muy limitado. Apenas somos una brecha de tiempo que está de paso, y es lo que nos cuesta aceptar, esta medianía de la existencia. Sin embargo, ello posee certezas de vida o muerte. Porque en la ilógica del Reino, todo se pierde si no se dá incondicionalmente, y el primer desperdicio es la propia vida, y es menester decidirse a dejarse envolver por el narcótico demoledor de la rutina o animarse a hacerse ofrenda, paz y bien para los demás.

No se puede vivir mirando atrás, estatuas de sal que se aferran al pasado, rechazan transformar el presente y soñar el futuro.

Él volverá en cualquier momento.

Al fin y al cabo, hemos nacido en plena noche, en la noche más cerrada de la cruz, cuando nadie podía esperar ya más nada, cuando todo parecía definitivo, allí nacíamos al fin de los imposibles, la Resurrección, la vida que es eterna, que prevalece, historia grávida de Gracia dispuesta al parto, que no al sepelio, pura esperanza.

Paz y Bien

El Reino crece entre nosotros











Para el día de hoy (16/11/17) 

Evangelio según Lucas 17, 20-25






Están siempre las aves negras anunciadoras de desastres, los profetas del mal agüero, la prepotencia de que todo -necesariamente- ha de terminar mal, y que en circunstancias postreras se resolverá la historia con el regreso de Cristo, un apocalipsis que pretenden precalcular en exactitud de fechas, por signos descollantes y espectaculares. Ello, bajo cierta apariencia bíblica, entraña una postura falsaria y peligrosa, y es la de un Dios desentendido del acontecer humano, un Dios que parece renegar de la Encarnación, un Dios alejado y punitivo que nos deja librados a nuestros azares y miserias.
Pero en Dios, sólo en Dios está nuestra suerte.

Jesús de Nazareth inaugura el tiempo decisivo del cumplimiento de todas las promesas, de Dios con nosotros, y ya no hay motivo de recálculos, porque el Reino de Dios está aquí y ahora, haciendo fecundo nuestro presente tan pequeño y limitado, eternidad que se teje en la cotidianeidad, en los instantes.

Está cerca, muy cerca, tan cerca que está al alcance de cada corazón que le busca con sinceridad y fidelidad, con la veracidad de la gratitud porque el tiempo ya no es una fatalidad, sino que con todo y a pesar de todo el tiempo es redescubierto como bendición, don y misterio de la vida.

El Reino de Dios aquí y ahora, humilde, silencioso y potente como una semilla que no resigna su germen implica que cada día de la existencia puede y ha de ser único, maravilloso, irrepetible, tiempo santo porque Dios ha acampado entre nosotros, porque Dios nos habita, porque en las honduras de los corazones florece la vida eterna que Cristo ha ganado para todos nosotros con el sacrificio inmenso de la Pasión, vida ofrecida que no haya más crucificados, para que la muerte no tenga la última palabra, para que todos vivan para siempre.

Paz y Bien

La santa rebeldía de la gratitud











Para el día de hoy (15/11/17):  

 
Evangelio según San Lucas 17, 11-19





Uno de los significados principales de la escena del Evangelio para el día de hoy es el carácter de impuros de esos diez hombres.
En la Palestina judía del siglo I, los leprosos eran considerados impuros litúrgicos, es decir, se los separaba de la vida comunitaria -social y religiosa- por considerar la enfermedad de su dermis un signo exacto de pecado propio o de sus padres, y así el consecuente castigo divino. Era la impureza e indignidad total, y en su exclusión las cuestiones sanitarias o de higiene no tenían mayor relevancia.
Tal era la contundencia de la condena moral, que además de no poder vivir en los poblados o ciudades ni participar del culto, los leprosos debían de manifestar su condición vestidos con andrajos, despeinados y con parte de su rostro oculto, ventilando a los gritos su condición de impuro para que nadie tomara contacto con ellos. Más que el contagio peligroso, el contacto con el leproso comunicaba al infractor la misma impureza, volviéndolo a su vez indigno.
En los pocos casos en que había remisión de la enfermedad -lepra como mal de Hansen, lepra como psoriasis, lepra como simple afección cutánea-, el impuro debía de concurrir donde los sacerdotes, los que serían fedatarios y voces autorizadas de la readmisión social, y eso implicaba el reconocimiento del ignoto pecado causante del mal ya perdonado, y no un reconocimiento médico de la salud recobrada.  

Esta situación se magnifica cuando, además de leproso, uno de esos hombres es samaritano. Samaritano era sinónimo de extranjero, de mestizo, de impuro potenciado. Así, un leproso era un muerto social que voceaba en coro de vergüenza y desprecio su óbito.

Jesús se encamina con decisión a Jerusalem, a dar cumplimiento cabal de su misión. Es ampliamente conocido por todo lo que ha hecho de bien en Galilea, en Judea, en la Decápolis y en Samaria, pero es también un judío que peregrina hacia el Templo. Por ello esos hombres, sabedores de ambos aspectos, suplican a lo lejos su intercesión, la acción bondadosa de ese Maestro compasivo. Son hombres a los que le restringieron el alma y le colonizaron el corazón, y por ello se autolimitan y obedecen esos mandatos de muerte en vida, espectros a los que mejor no ver ni escuchar.

Pero este Cristo no está atado a ninguna norma ni a ninguna imposición limitante. Con Él hay más, siempre hay más, y será la Resurrección el fin de todos los imposibles. Por ello se detiene, por ello los escucha, y por ello los envía a presentarse al sacerdote. Aquí no hay magia ni artificios de apariencia fantástica y milagrera; se trata de pura justicia.
Una exclusión surgida de un entramado religioso debe finalizar definitivamente del mismo modo. Y Jesús de Nazareth no pretende abstracciones: hay dolientes que sufren y están agonizando en soledad, y es menester que sin violencia, sean readmitidos como hombres íntegros y totales al seno de la vida cotidiana, al entramado humano.

Los diez hombres, entonces, se encaminan presurosos al encuentro del sacerdote, y en ese caminar encuentran la sanación, símbolo de las cosas que deben crecerse y madurar, de los caminos que hay que andar y los que hay que desandar para humanizarnos en plenitud.
Sin embargo, un hombre regresa presuroso de agradecimiento para ponerse a los pies del Maestro, al descubrirse felizmente sano, libre, hombre nuevo.
Un sólo hombre regresa, y es precisamente el más impuro, el que nadie tienen en cuenta y todos desprecian, el samaritano.

Los otros hombres han obedecido con exactitud la Ley y sus prescripciones.
El samaritano desobedece el ritual impuesto, porque se ha encendido de la rebelión más santa, la de la gratitud.

Porque la Ley no salva.
La Salvación es don y misterio, y es también el reconocimiento de la acción asombrosa de la Gracia de Dios en nuestras existencias, fiesta de alegría contagiosa y liberación que se propaga.

Paz y Bien

Felices por servir










Para el día de hoy (14/11/17) 

Evangelio según Lucas 17, 7-10





Ciertos matices en el lenguaje de Jesús de Nazareth pueden resultarnos contradictorios y confusos por los giros propios de la época de su ministerio. Pero invariablemente se trata de utilizar situaciones que todos sus oyentes conocen para hacerse entender, para cale hondo su enseñanza.

Ello puede advertirse en la lectura que nos ofrece la liturgia en el día de hoy. El Maestro les habla a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos, aunque en la coyuntura de cada parábola pueda enfocarse en ciertas personas en particular; aquí lo que cuenta es el trasfondo, y ese trasfondo es una religiosidad en la que impera el concepto retributivo, es decir, que mediante el cumplimiento preceptual y la acumulación de acciones piadosas que, a la postre, permitirían requerir recompensas acordes a esos méritos que se poseen. Es decir, que a través de esa pseudo virtudes se adquiere la bendición divina, y en realidad esconde la inefable soberbia de creerse en condiciones de exigirle determinados pagos a Dios.

En una relación filial no hay deudores, sino una familia que por sobre todo se ama sin condiciones.

EL Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre y es tan cercano que se hace vecino, amigo, hermano. Esa cercanía revela su esencia primordial, el amor, y de allí la gratuidad de su bondad, eso que llamamos Gracia.
El amor de Dios no se adquiere, el amor de Dios se acepta o rechaza del mismo modo que se ofrece, incondicionalmente. Hay vínculos mucho más profundos que el de las normas, y se fundamentan en una asombrosa confianza, una confianza que ese Dios deposita en nosotros para hacer sus cosas.

Con esa confianza y ese amor, nos descubrimos siervos inútiles, es decir, servidores sin méritos que reivindicar, servidores que hemos hecho lo que nos correspondía, o mejor aún, lo que se espera de nosotros.
Servidores felices de hacer lo que se debe, sin estridencias y con el empuje milagroso de la humildad, irnos al silencio frondoso del abrazo de Dios por haber cuidado de que esta pequeña parcela de tierra andante que somos haya sido frutal.

Paz y Bien

Piedras de tropiezo











Para el día de hoy (13/11/17) 

Evangelio según Lucas 17, 1-6






El Maestro solía valerse de alegorías y parábolas para enseñar las cosas del Reino, la Buena Noticia del amor de Dios, en un lenguaje común a todos sus oyentes, con imágenes tomadas de lo que vivían a diario, y por su manera novedosa de enseñar las gentes se asombraban y admiraban, pues Él hablaba con autoridad, haciéndoles crecer cosas nuevas corazón adentro, y no tanto acumulando información sin límites.
Pero a la hora de hablar con franqueza no vacilaba ni un instante en utilizar los términos más duros y contundentes, tan severo como una espada afilada. Hay cuestiones que no deben esconderse tras figuras literarias ni edulcorarlas para alivio de oyentes que se han acomodado a cierto tipo de costumbres en su devenir cotidiano.

Él habla de quienes se vuelven motivo de escándalo, y ello no tiene tanto que ver con ese concepto común de cuestiones ocultas e inconfesables, tan usuales en los medios de comunicación. Él se refiere a las implicaciones del sentido literal del término skandalon, que signfica piedra de tropiezo, empujón que hace caer en la incredulidad a los pequeños.
Y pequeños son los pobres, son los que apenas asoman a la vida de fé, los marginados, los que no acceden a la cultura y muy especialmente los niños. Hemos sido testigos demolidos e infernalmente acostumbrados de tantas existencias de niños avasallados por aquellos que debían cuidarles y protegerles, y con tanta frecuencia malsana hemos visto también afanes por esconder bajo la alfombra estas crueldades, o peor aún, de racionalizar lo que no puede tolerarse.
Porque desde Cristo no hay ambages: siempre hemos de estar del lado de las víctimas, jamás del lado de los victimarios.

Como un segundo movimiento sinfónico, nuestra misión -que es la misma misión de Jesús de Nazareth- nos encomienda una tarea de salud, de vendar corazones heridos, restablecer los vínculos quebrantados desde el perdón. No es tarea fácil y nada tiene de declamación, es bien concreta y definida. El perdón sana, el perdón libera, el perdón es un milagro.

Estos dos puntales sólo pueden sustentarse desde la fé, una fé que es ante todo don y misterio, es fé que moviliza los montes y transplanta los árboles más aferrados, la fé humilde del grano de mostaza que se vuelve frondosa, de sombra bienhechora para todo el que se acerca.

Paz y Bien

La fé, historia luminosa












Domingo 32° durante el año

Para el día de hoy (12/11/17): .

Evangelio según San Mateo 25, 1-13 




La pregunta quizás sea obvia y se nos presenta con demoledora sencillez: la misma inquiere acerca de cual hubiera sido el fin de las muchachas de la parábola, si las prudentes hubieran compartido algo de su aceite con las otras despreocupadas, imprudentes. Quizás con aceite prestado, con aceite compartido, todas las lámparas se hubieran mantenido encendidas, disipando la noche y aguardando en luminosa vigilia el regreso del Esposo.

Al fin y al cabo, quizás no haya signo más evangélico que el compartir.

Ese modo de interpretación es lineal, superficial, y por ende erróneo, y además poco fiel a la trascendencia de la enseñanza de Cristo que nos llega a través de la Palabra; aquí el Maestro no nos habla del compartir, sino de otro aspecto de la vida de fé y de la existencia que, de ningún modo, se resuelve con aceite prestado.

Ese aceite es único e intransferible, y hace directamente a la identidad, a la raíz personal. Porque la fé, que es don y misterio, crece y germina en comunidad, pero la decisión de vivir la fé con esperanza encendida es enteramente personal, aceite que se enciende solamente cuando libremente se quema. Habrá luz siempre con aceite propio, nunca con aceite prestado.

Allí sí, la pequeña llamita de una vida luminosa puede empujar a otros a que sus vidas se enciendan con la Gracia de Dios.

Porque la historia no es un devenir fortuito, a menudo socavada por el dolor y la miseria. La historia tiene un inmenso sentido trascendente, positivo, luminoso, y se nos está invitando, ahora mismo, a vivir de acuerdo a ello.

Paz y Bien

Idólatras del dinero











Para el día de hoy (11/11/17) 

Evangelio según San Lucas 16, 9-15





La actitud de Jesús de Nazareth frente al dinero no es fácil de describir y, mucho menos, de explicar. Varias de sus acciones y gestos surgen en franca contradicción con nuestros criterios: así como no perdía oportunidad de expresarse contundente en contra del dinero y las riquezas, también no tenía ningún prurito en sentarse a la mesa de los ricos como Zaqueo que le agasajaban y le escuchaban con atención en lujosos banquetes.

Aún así, Él enseñaba desde las honduras de su alma que cuanto mayores son los afanes y angustias a causa del dinero, menos espacios quedan en el corazón para Dios. Es decir, que el dinero deviene en absoluto, y al Absoluto se lo procede a relegar hasta renegar de Él o directamente ignorarlo, zanjando cualquier atisbo de trascendencia y, por tanto, de Salvación.

Seguramente mucho lo aprendió al lado de esos dos árboles frondosos que edificaron sus días, José y María de Nazareth, en la noble pobreza de su humilde hogar galileo. Y también, con el impulso del Espíritu, andando por los caminos de su patria.
Él sabía bien que la vida y la libertad, la paz y la justicia, la salud y la fraternidad no tienen precio, no pueden adquirirse ni con todo el oro del mundo. Y más aún, cuando por sistemas cada vez más inhumanos esto sucede, es signo exacto de que proliferan en nuestro mundo las víctimas y los esclavos y los sacrificios humanos, pues en el ara del cruel dios mercado se sacrifica al prójimo.

Pero por sobre todo, porque el dinero es el opuesto total al tiempo nuevo de la Gracia, de la Encarnación, de Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

No se puede servir a dos señores, a un dios inmanente y al Dios de la vida. Los corazones divididos carecen de destino y perecen en la nada.
Sólo desde el amor de Dios podemos vivir la gloriosa libertad de ser hijas e hijos.

Paz y Bien

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