La codicia es un horizonte estrecho en donde no hay Dios ni prójimo













Para el día de hoy (22/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 13-21









Por entre la nutrida multitud un hombre requiere que el Maestro intervenga en una disputa familiar por una herencia: los rabbíes no sólo interpretaban la Torah, sino que eran socialmente la autoridad moral y hasta jurídica que mediaban y arbitraban en las disputas. Quizás por su fama de rabbí galileo es que se lo busca, pero en el talante de ese hombre -lo podemos inferir de su tono- no hay una búsqueda de enseñanza, sino la exigencia de un pronunciamiento por parte de Jesús de Nazareth que lo favorezca en su interés personal.
No le interesa la Palabra, sino apenas una palabra acorde a su conveniencia.

Pero el Maestro no quiere embarcarse en esas cuestiones. No es árbitro de intereses menores, y el planteo no conduce a nada. Prefiere ir a la raíz misma de la disputa, la codicia que separa hermanos, destruye vínculos, arrasa corazones a puro egoísmo, y así brinda -a su audiencia de aquel entonces y a todos nosotros- la llamada parábola del rico insensato.

Hay un distingo que sobrevuela todo el carácter de ese terrateniente, y es que monologa, habla para sí mismo. Es un hombre rico que incrementa su fortuna por una cosecha abundante: frente a ello imagina un futuro próximo a puro disfrute y pereza, una vida de placer sin asomo de trabajo.
Planea derribar los viejos graneros y edificar unos más grandes para acumular el centro de su fortuna, esa cosecha inverosímil que es fruto del esfuerzo de muchos campesinos, más no del propio.

Debemos despojarnos de cualquier filtro ideológico. El monólogo de ese hombre dice primero yo, luego yo, siempre yo. No hay otro ni hay Dios, sólo él mismo, y en esa acumulación olvida que el granero primordial ha de ser el plato vacío de los necesitados, de los hambrientos Esos son los graneros que es menester colmar siempre.

Es un insensato porque los bienes -el dinero- no compran la vida, porque nada nos llevaremos y porque en el altar de la codicia acontecen sacrificios humanos, por fiero que suene, pues en ese ara cruel se sacrifica la existencia del hermano.

Dios nos libre de todos los argumentos que justifican la pobreza impuesta. Dios nos ampare de los opulentos razonadores de miseria del pueblo.

La codicia es un horizonte estrecho en donde no hay Dios ni prójimo y que conduce a la violencia y a las peores catástrofes, pues no es posible la fraternidad, se reniega del Reino y se cercena todo asomo de justicia.

Paz y Bien

El bendito privilegio del servicio














Domingo 29º durante el año

Para el día de hoy (21/10/18): 

Evangelio según San Marcos 10, 35-45








Jesús de Nazareth les ha anunciado a sus discípulos, con toda claridad, que iba a ser atrapado, preso, que iba a padecer como un criminal y como un criminal sería ajusticiado en el cadalso romano, y que al tercer día resucitaría. Sin embargo, sus amigos siguen sin comprender nada, ciegos y sordos a la verdad infinita que el Maestro les ha revelado en su confianza.

Así Jesús se encamina, resuelto, hacia la Jerusalem que lo espera inmersa en una sombra ominosa que sólo expresa dolor, humillación y muerte. Aún así, su decisión es libérrima, de fidelidad absoluta. Su muerte no será un éxito de sus enemigos sino fruto de la decisión de entregar su vida como rescate de muchos, es decir, de todos.
Mientras tanto, en ese santo peregrinar, los discípulos persisten en su confusión, y están preocupados por otras cuestiones. El contraste es desolador: el Maestro en camino hacia la ofrenda de amor mayor de su vida, y los discípulos enfrascados en una dialéctica de pura ambición.

Santiago -Jacobo- y Juan, los hijos de Zebedeo, se adelantan a los otros diez, y expresan en su pedido la misma mentalidad que impera en todos: quieren que el Maestro les garantice posiciones de privilegio en su gloria, a la que suponen el reinado definitivo, la corona de Israel. Ya se imaginan gobernadores, generales, cortesanos poderosos de un Mesías mundano, que se impone mediante la fuerza a sus enemigos.

La respuesta de Jesús de Nazareth, más que reproche, expresa tristeza y soledad aún estando rodeado de los Doce. Es verdad, ellos no saben, no tienen idea de lo que le están pidiendo. Ellos deben beber el cáliz de Cristo y recibir su mismo bautismo.

El cáliz de Cristo es aceptar sin reservas la voluntad de Dios, llenarse de Dios, aunque sea un trago amargo para la sed mundana, una bebida que se evita.
El bautismo, simbólicamente, implica sumergirse y morir bajo el agua, para renacer, emergiendo a una nueva vida. El bautismo de Cristo, por ello, es sumergirse en los marasmos de la muerte ofreciendo la totalidad de la existencia en favor del prójimo. Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y más aún, que el pobre viva pleno, en definitiva restauración de su humanidad plena del amor que es Dios dándose sin reservas.

La indignación que esbozan los otros diez contra los hijos de Zebedeo no radica en el pedido fatalmente erróneo que le hacen al Maestro, sino responde a un criterio muy menor: Santiago y Juan se han adelantado, ansiosos, a las mismas expectativas de los otros respecto del poder y la gloria que anhelan.

Es menester señalar una obviedad: hay últimos, hay muchos a los que se descartan y se los oprimen porque algunos se creen primeros, por encima de los demás, con prerrogativas y derechos de dominio, de poder, de superioridad.
Pero en el tiempo de la Gracia y la Misericordia, la Buena Noticia para todos los pueblos es que el poder auténtico es el servicio generoso e incondicional, como oblación humilde de la propia existencia a cada momento, en cada instante, para mayor gloria de Dios y de los hermanos.

Cristo es nuestra vida y nuestra liberación. Prisioneros y cautivos de todas las miserias, con su inmenso sacrificio ha pagado el rescate para que vivamos plenos, para la felicidad de sus amigos y de todas las gentes, el vino bueno y nuevo de la Resurrección, de la vida que prevalece por sobre una muerte que ya no tiene la última palabra.

Paz y Bien

La sangre de los mártires es semilla de cristianos

















Para el día de hoy (20/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 8-12







Nunca, por ningún motivo, debe razonarse ni justificarse la violencia, la brutalidad para con los mansos, los pequeños, los indefensos.

Se vive en una vorágine de morbosa velocidad, y ello conlleva a la pérdida de sentido, al extraviarnos en la locura cotidiana y así, perder de vista lo importante, lo que cuenta, lo que permanece y no perece.
En esos vertiginosos desvaríos, asumimos que el martirio cristiano se acota a la Iglesia temprana, quizás la imagen de los cristianos en el Coliseo romano. Pero hoy, en este preciso momento, hermanos nuestros ofrendan su vida por fidelidad a la fé que profesan, tal vez en mayor medida en Siria y en una cantidad mucho mayor a los tiempos de los césares. La muerte decidida en algunos escritorios y ejecutadas por las bestias del odio, en nombre de una pretensa fé que elimina al impar, al distinto.

Aún así, con sus templos aniquilados y mancillados, su fé como un blanco fosforescente para que tomen puntería en sus corazones, aún cuando muchos salen de sus refugios a misa y no saben si regresan, aún cuando no hay agua, comida, escuela ni doctor, ellos siguen firmes, frutales, tan íntegros que desarman cualquier análisis menor.
 
Ellos no esconden su fé, a pesar de todos los peligros evidentes y de los horrores circundantes.
 
Confiesan al Cristo que ha pasado con vida y liberación por sus existencias y que nunca los abandona.

A pesar de los espantos, el árbol de la Iglesia sigue brindando frutos de santidad por la sangre de los mártires que lo nutren y el Espíritu que la fecunda.

Paz y Bien

Todo pierde sentido si no somos capaces de vivir en el amor y encarnar la misericordia













Para el día de hoy (19/10/18):  

Evangelio según San Lucas 12, 1-7











De un modo similar al de muchos de ellos, prejuzgamos y encasillamos de antemano como lo malo, lo nocivo, lo abyecto. Pero los fariseos eran hombres profundamente piadosos y rigurosamente religiosos, al punto que el término fariseo proviene del hebreo -pherusim- y significa separado; ello refiere a una élite de puros, de estrictos observantes de la Ley de Moisés hasta sus mínimos detalles, ávidos juzgadores de los que no cumplen las normas del mismo modo que ellos.

En cierto modo, eran religiosamente correctos: ayunaban cuando estaba indicado, realizaban las abluciones rituales, no se contaminaban con extranjeros, cumplían puntillosamente los ciclos de plegarias.

Entonces, desde esa perspectiva, cuál es el problema?

El problema es que bajo esa profusa práctica religiosa no había corazón, no había un horizonte en donde se conjugara a Dios y al hermano. El problema -la levadura farisea- es la hipocresía, es decir, extremar el cuidado de las apariencias pero en la raíz nada cambia, no hay conversión, sólo búsqueda de un reconocimiento plano y afirmación de los privilegios.
Una religiosidad de unos pocos puros, una fé mercantil que troca actos piadosos por bondades divinas, nada tiene que ver con la asombrosa dinámica de la Gracia.

Uno no es más importante por pertenencia o por prácticas. Todos somos valiosos por el inmenso don de ser hijas e hijos de Dios, humildes servidores de la verdad, una verdad que se gritará llegado el caso sobre los tejados. La Buena Noticia no es un arcano reservado a la fé de unos escasos y selectos elegidos.

De ese modo, Jesús de Nazareth era religiosamente incorrecto de manera irremediable, más nó como un torpe provocador, sino por fidelidad al amor del Padre, en su afán incansable de rescate de los perdidos, de socorro a los desvalidos, de mesa grande de hermanos y amigos.

En la rigurosidad cultual y la observancia de las normas, siempre es dable y saludable su observación y práctica. Pero todo queda en segundo plano o bien carece de destino y trascendencia si nó somos capaces de vivir en el amor, de encarnar la misericordia, famélicos buscadores de paz y justicia, para mayor gloria y alabanza de Dios, aún con las críticas de los poderosos, propios y ajenos.

Paz y Bien

El primer servicio misionero es la oración
















San Lucas, Evangelista

Para el día de hoy (18/10/18):  

Evangelio según San Lucas 10, 1-9









Ante todo, la cantidad de enviados -setenta y dos- y el modo de envío, de dos en dos.

Según una antigua tradición mosaica, la cantidad coincide con el número bíblico de todas las naciones de la tierra, por lo que el Maestro impulsa la universalidad de la misión: a todos los pueblos, a los cuatro puntos cardinales. Ello será ratificado en Pentecostés en la primera comunidad cristiana reunida e impulsada por el Espíritu de Dios.
Pero también los discípulos van de dos en dos; hay en ello un componente profundamente humano, pues los riesgos de los caminos y el cansancio se hacen más llevaderos en compañía que en soledad, la reciprocidad del apoyo mutuo, una comunidad incipiente -donde hay dos o más reunidos en mi nombre...-. Pero hay más, siempre hay más.
En el derecho procesal judío, la veracidad de una declaración se valida ante un tribunal mediante el testimonio de dos testigos: la misión se transforma así en testimonio veraz de Cristo, señal inequívoca de liberación.

El Maestro ha elegido a setenta y dos discípulos que exceden por lejos el colegio apostólico, símbolo del compromiso misionero de todos los bautizados, y privilegio que no se acota a unos pocos elegidos.

Es menester tener muy presente lo evidente: los misioneros son obreros, servidores de una tarea inmensa en una mies que no les pertenece. La misión, entonces, corresponde a los sueños del Padre, a su obra salvadora y a su impulso constante, y por ello mismo implica un enorme voto de confianza puesto en los misioneros.
Cristo tiene muchísima más fé en nosotros, en todo lo que podemos ser y hacer con Él que la que solemos depositar en Su persona.

Es llamativo que el primer paso sea la súplica, la plegaria al Dueño de la mies para que siga enviando obreros, pues la tarea es enorme, y requiere más y más brazos incansables, esforzados labradores del Evangelio, empeñosos y humildemente obstinados abridores de los surcos para que crezca frutal la semilla de la Buena Noticia.

Quizás, perdidos en mil cosas lo hemos olvidado. Pero por eso mismo el primer servicio misionero, la primer tarea apostólica es, precisamente, la oración que nos vuelve a ubicar en el horizonte del Padre, para que el Reino sea, para que fecunde la tierra y la historia, para poder largarnos a todos los caminos en esfuerzos de paz y de bien, buenas noticias del amor de Dios en estos arrabales tan yertos.

Paz y Bien                                                                                                                                    

Al fin del día y de la existencia, contará la justicia y la misericordia que seamos capaces de encarnar














Para el día de hoy (17/10/18):  

Evangelio según San Lucas 11, 42-46










Hay detalles que a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, con toda probabilidad se nos escapen.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, consecuentemente con una tradición de siglos, los varones judíos debían pagar una serie de tributos o impuestos: los obligados al ocupante imperial romano, los que se debían al monarca vasallo local -como por ejemplo, Herodes Antipas-y los impuestos religiosos.
Estos últimos se solían destinar al sostenimiento del culto, a la manutención de los sacerdotes del Templo y, a su vez, se engrosaba un fondo destinado al socorro de las viudas y los huérfanos, una suerte de seguridad social que se practicaba a rajatabla.
Sin embargo, los tributos religiosos no eran solamente una ceustión dineraria, sino con fundamentos espirituales, pues implicaba también el reconocimiento de la soberanía de Dios sobre la tierra de Israel y sus frutos, y ello se expresaba en el pago del diez por ciento -el diezmo- aplicado sobre las cosechas, las mieses, el grano.

Con el devenir de los años y el surgimiento de la corriente farisea, el pago del diezmo se extendió también a las hierbas aromáticas, las medicinales y a las legumbres. Las que menciona el Maestro -menta y ruda- crecían silvestres, y las amas de casa sólo debían arrancar algunas ramas para condimentar los alimentos.
La escena es en apariencia ridícula: una madre de familia separando una de cada diez ramitas de menta para cumplir con las prescripciones; aún así, excede por lejos la caricatura. El pueblo estaba agobiado por la multiplicidad de tributos que debía pagar invariablemente y bajo apercibimiento de severos castigos, y aún así se le seguían imponiendo obligación tras obligación. A la opresión constante se le exigía mayor sacrificio, algo tan burdo y bruto como requerir ayunos al que se muere de hambre.

Esa lógica se enmarcaba en un criterio de religiosidad preocupada al extremo por las apariencias y las formas sin transformación interior, sin vínculos con Dios y con el prójimo. Mejor aún, una religiosidad cuyo vínculo con lo sagrado pasaba solamente por los reglamentos y nó por los corazones.
Ello también refería a los dirigentes religiosos, cuyos talantes se veían ofendidos cuando el Maestro les planteaba esa verdad ineludible e inexcusable.

Los detalles son importantísimos. Los detalles sin trascendencia ni sentido son minucias sin valor y obligaciones espúreas del tenor cumplan ustedes, las exigencias siempre exigidas con vehemencia a los otros.
Al fin del día y de la existencia, contará la justicia y la misericordia que seamos capaces de encarnar.

Paz y Bien

No son los gestos ni los ritos quienes nos purifican, sino Cristo quien nos transparenta y nos libra de las miserias















Para el día de hoy (16/10/18):  

Evangelio según San Lucas 11, 37-41







Los gestos y los rituales son muy importantes porque en ellos se expresa la devoción y el temor y el profundo respeto hacia lo sagrado y, quizás, el modo de vincularse con Dios.
Los problemas comienzan cuando esos gestos, esos ritos devienen en fines en sí mismos y nó en medios. A partir de allí suelen edificarse enormes andamiajes absolutistas que remiten a lo superficial, pues no implican un cambio de existencia, eso que llamamos conversión.

Los absolutismos arrastran el desconocimiento y el repudio del otro y del distinto, la crítica que sólo intenta la destrucción, la conformidad con lo que se es, escindiéndose de la posibilidad de crecer y mejorar junto a los demás.
De esa manera, la superficialidad se agota en sí misma, renegando de toda posibilidad de trascendencia, rechazando la santificación del hermano, la profecía en la voz de los pobres y los pequeños, la sabiduría de los ancianos, las ansias de justicia de los pueblos.

Tal vez sin expresar su crítica abiertamente, algunos hombres -profundamente piadosos ellos- cuestionaban que el Maestro no se lavara las manos antes de comer; ello no responde tanto a cuestiones de higiene sino a las abluciones rituales que prescibía la Ley con toda puntillosidad para cada acción. Es claro que no se fijaban en el bien que Él prodigaba de manera incondicional a todos, sino la rigurosidad ritual que fuera capaz de mantener, y con eso también lo menosprecian y desmerecen. Se quedan en la mera superficie sin tener en cuenta ni considerar acaso que su ministerio -su Palabra y sus signos- fueran cosas de Dios, el amor de Dios entre ellos.

No es del todo una actitud acotada al siglo I de nuestra era. Con el mismo talante se desoye la voz de Dios en los humildes, la trascendencia de la solidaridad, la compasión que nos humaniza y nos asemeja a Cristo.
Con la misma torpe soberbia, se cuestiona que el Papa Francisco no ejerza un poder monárquico imperial, que pomga por delante la misericordia y la justicia, que su voz sea tan de las periferias, tan galilea, tan sin pergaminos.

La comunidad cristiana se afirma en su fé en Cristo, se alimenta de su Palabra y su Cuerpo, y expresa su fé en los sacramentos, signos sensibles y eficaces de la Gracia de Dios.
No son los gestos ni los ritos quienes nos purifican, sino Cristo quien nos transparenta y nos libra de las miserias con la inmensidad del perdón de Dios.

Paz y Bien

El signo que perdura es Cristo y su Palabra










Santa Teresa de jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Para el día de hoy (15/10/18):  

Evangelio según San Lucas 11, 29-32







Es usual asociar mentalmente lo extraordinario a lo divino, quizás por esa imagen de Dios como el Totalmente Otro y distante, quizás por ciertos esquemas lógicos que infieren que lo divino ha de estar asociado a lo espectacular cuando nó a lo mágico, lo ajeno a la cotidianeidad y a la historia.
Sin embargo, esa tendencia es peligrosa pues nos nubla la mirada y nos imposibilita ver el signo primordial, el signo que perdura, el signo de Cristo que se hace presente en los hechos diarios, humildemente mixturados con el devenir de la existencia.

Esa búsqueda de señales portentosas tiene otra vertiente malsana, y es la de buscar signos a medida, signos que concuerden con los propios moldes, despreciando los que no se adecuen. En casos extremos -en los tiempos del ministerio del Maestro y ahora también- algunos se empecinan en su soberbia en exigir signos de ese talante espectacular, como si ellos fueran fedatarios y autenticadores únicos de las bondades divinas.

Terribles criterios y actitudes que con torpe condescendencia suponen defender los derechos de Dios pero no los de los hermanos, que cuestionan injuriosamente al humilde y al profeta.

Por eso es una generación per-versa, pues reniega de ser con-versa.

El signo que perdura es Cristo y su Palabra, signo del amor de Dios, señal de Salvación. Todo lo demás es añadidura.

Desde allí la conversión implicará escuchar con atención su Palabra y transformar la existencia de acuerdo a ello con el auxilio del Espíritu, vidas frutales que a su vez se convierten en señales de auxilio para los hermanos pues se encienden de esperanza, Evangelios vivos que reflejan la luz perpetua de Aquél que es más que Jonás, que Salomón, que todo ídolo banal de las modas que se imponen.

Paz y Bien

La Salvación comienza ahora mismo junto a Cristo y los hermanos, la eternidad en la solidaridad, en la fraternidad, en la liberación













Domingo 28º durante el año

Para el día de hoy (14/10/12): 
 
Evangelio según San Marcos 10, 17-30











Los reduccionismos suelen ser afrentas escondidas a la Gracia incomparable que se nos brinda a a través de la Buena Noticia; así, inferir a partir del Evangelio para el día de hoy que es sólo hay un consejo encendido respecto a una vida austera y desprendida, en cierto modo es renegar de la ruptura con el pasado, con el talante de Buena Nueva y Vida Nueva que implica la Encarnación.

Ese hombre, seguramente llevaba una vida confortable, sin riesgos ni apuros, firme en sus convicciones religiosas y cumplidor atento de los preceptos establecidos. Sin embargo, hay un hambre mayor que no se sacia con paliativos ni sucedáneos, y que exige una significativa medida de sinceridad el reconocerle y mucho más, el atreverse a hacer algo para subsanarlo.
Por ello mismo, ese joven corriendo hacia Jesús y poniéndose a sus pies, despojado de formas y representación, con la dignidad de su posición esparcida por su ansiedad hecha carrera, tiene el mejor de los inicios en el camino del seguimiento de Jesús de Nazareth.

No obstante ello, aún debe animarse al éxodo verdadero. Debe hacer pasado esa postura gravosa del cómo, de las regulaciones y pasar a la tierra prometida del quien, que se encuentra en el prójimo, en Jesús el Cristo de nuestra salvación.
Por ello su insistencia en lo que debe cumplimentar para adquirir la vida eterna, una parcela importante en el más allá; seguramente el más acá lo tiene resuelto en su riqueza y sus seguridades piadosas. Le falta la certeza del después, y suplica saber qué debe cumplir con su Dios para procurar ese acceso deseado.

En cierto modo, es un talante habitual en muchos de nosotros.

Esa angustia por nuestra finitud, por vivir para siempre, tratamos de acallarla con la seguridad de ciertos postulados religiosos a los que entendemos definitivos, garantía total de que siguiendo las normas nos haremos herederos de toda eternidad. Y así es como comienzan los olvidos y las negaciones, llegando a los certeros sacrificios humanos.
Porque en el altar del egoísmo se abdica del prójimo.

La Salvación es ante todo don y misterio, agua fresca que nos florece estos yermos que solemos ser, y nos llega por Alguien antes que por algo o, también, su consecución se logra y procura por la acumulación de méritos, culto a un dios que, contador en mano, evalúe nuestro capitalismo piadoso y en la cuenta del haber nos permita ese acceso deseado a su cielo pretendido.

No es así el Dios Abbá de Jesús de Nazareth.

En cierto modo, todos somos camellos del más acá. Todos tenemos cosas a las que nos aferramos con fervor, suponiendo que con eso basta para lograr los favores postreros, la felicidad post mortem. Y así los cardos de la tristeza nos agobian de desconsuelo y soledad, pues el Reino acontece en el aquí y el ahora, la vida eterna comienza ya mismo y nadie se salva solo. Vamos de la mano con los hermanos, especialmente con aquellos a los que salimos a buscar, aquellos a los que nos acercamos y aproximamos/aprojimamos.

Por muchos motivos, por nuestras traiciones y mezquindades, por nuestros quebrantos e infidelidades, por todas las cosas e imágenes a las que nos gusta aferrarnos, nos vamos imposibilitando de lograr, en esa perspectiva equivocada, de ser merecedores de ningún favor divino, desheredados de cualquier Salvación.

Aún así, seguimos siendo camellos del más acá, asombrosamente pasantes por minúsculos ojos de agujas, porque es el tiempo de la Gracia maravillosa, el año infinito de la Misericordia que nos redime, nos busca, nos recrea y restaura.
 
La Salvación comienza ahora mismo, y ya saboreamos junto a Cristo y los hermanos las mieles de la eternidad en la solidaridad, en la fraternidad, en la liberación, en la mesa grande en donde el pan se parte, reparte y comparte y hay para todos y para muchos más.

Paz y Bien

María de Nazareth, Madre y discípula, confianza y fé



















Para el día de hoy (13/10/18): 

Evangelio según San Lucas 11, 27-28







Siguiendo los textos sagrados, quizás nos acostumbramos a los continuos ataques por parte de los enemigos de Cristo. Injurias e improperios, la descalificación sin fundamento con la intención de pulverizar el ascendiente que tenía sobre el pueblo, la afrenta de rotularlo como endemoniado o satánico a contrario de todo el bien que prodigaba.

Pero la lectura para este día nos cuenta que otras cosas también le decían, acordes a los asombros y a la alegría que sus acciones y su enseñaban producían en las gentes más sencillas.
Por entre la multitud que escuchaba lo que Jesús de Nazareth les dice, se eleva una voz de mujer. Sus palabras son entrañablemente femeninas, se trata de una mujer que elogia a otra en tanto que madre, por el Hijo magnífico que ha tenido y ha criado.

Aquí es menester hacer un alto: en el elogio de esa mujer hay una cuestión que a veces dejamos de lado en nuestra reflexión, y es la crianza de Jesús a la sombra bienhechora de María y José de Nazareth, niño judío y galileo de las periferias, que crece al calor humilde del cuidado de su Madre y de la protección de su padre así como se yergue varón íntegro desde la Gracia de Dios. Todo ese tiempo germinal y frutal debería ser objeto de reflexión y veneración cordial.

Sigamos.
El elogio carece de reproche alguno. Si, tal vez, la respuesta del Señor sea desconcertante, pero de ningún modo invalida o menoscaba ese elogio, que bien podrían pronunciarlo nuestras madres con toda justicia.
Esa mujer elogia la maternidad de María de Nazareth.
El Hijo, en cambio, la enaltece de trascendencia, pues son plenos de humanidad, bienaventurados, felices, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Mensaje y misión para toda la Iglesia que es fiel en tanto que se vuelve cordial, servicial, obediente a esa Palabra que está viva y nos transforma.

Como María de Nazareth, Madre por engendrar a Cristo en su seno pero antes en las honduras cálidas de su corazón inmaculado, la que guardaba todas las cosas meditándolas en su interior, Madre y discípula por confiar y creer, la primera entre todos los destinados a ser felices, toda la humanidad.

Paz y Bien

El poder del bien no admite espectadores, ni confortables religiosidades de amores rituales sin compromiso ni compasión


















Para el día de hoy (12/10/18): 

Evangelio según San Lucas 11, 15-26 









El ministerio de Jesús de Nazareth no pasaba inadvertido, de ninguna manera. Los pobres y los pequeños -los anawin del Señor- se admiraban y alegraban del bien que se prodigaba con esa infinita y asombrosa generosidad.
Otros, cegados en sus esquemas y presos de sus odios, inferían que todo lo que el Maestro hacía era a causa de un poder demoníaco. A otros parecía no bastarle las acciones de salud y liberación que acontecían ante sus ojos y exigían signos espectaculares que revalidaran el origen divino de esas acciones.
Sin embargo, es de suponer con facilidad que aunque el cielo se abriera ante sus ojos y danzaran los planetas, tampoco se convencerían, pues predominaba su prejuicio. Lo que también es claro es que se creían con derecho a exigir credenciales que ellos mismos autenticaran, en desmedro falaz de la Salvación presente y viva allí mismo.

La realidad es que el Reino está allí y aquí, entre ellos, entre nosotros, bendición en tiempo presente. Es el tiempo santo del Go'El de Dios, del más fuerte, del Libertador, ante quien no hay mal que pueda resistirse.
Ese Reino tan cercano a todos los corazones es justicia y liberación de todos los demonios que nos hacen decrecer en humanidad, que nos abren abismos ante Dios y ante los hermanos.

Pero el poder del más fuerte es un poder muy extraño, que no se condice con los parámetros mundanos que solemos utilizar como rasero que iguala hacia abajo. Es el poder de la vida ofrecida, del servicio, del amor que ofrece la vida de manera incondicional y absoluta, poder que libera, que sana, que salva.

El poder de Cristo ha sido confiado a la comunidad cristiana. Precisamente, ese poder del bien es un poder que no admite espectadores, ni confortables religiosidades de amores rituales sin compromiso ni compasión.
Frente a ello, que es invitación y misión, no hay posibilidad de tibiezas, de medias tintas.

La Buena Noticia compromete en la magnífica libertad de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Dios, ese amigo sin horarios














San Juan XXIII, Papa
 
Para el día de hoy (11/10/18):
 
Evangelio según San Lucas 11, 5-13






Había que vivir en aquellos tiempos en la patria de Jesús; por un lado, aún cuando hubiera peligros de asaltantes y extravíos, era mejor viajar al fresco en la noche, pues durante el día el sol llegaba a ser agobiante. Por otro lado, no había demasiadas comodidades en las viviendas, las que solían tener una sola habitación en donde se arracimaba toda la familia para todo, y en donde en el mejor de los casos había algunas mantas y algún madero al modo de almohada. Levantarse en plena noche significaba no sólo interrumpir el descanso propio, sino también molestar a toda la familia.

El amigo que llama en la noche sabe todo esto, y más allá de toda mentalidad calculadora, se atreve a golpear a su puerta a esas horas destempladas sabiendo que no se irá con las manos vacías -bien podría ser recibido con un torrente de insultos o con una lluvia de piedras-.

Los extremos y matices planteados en la parábola del Maestro quieren orientar nuestra mirada interior hacia la actitud de un Dios que siempre escucha, que no tiene horarios para sus hijas e hijos, que se desvive por los suyos.

Quizás se nos haya ido diluyendo el verdadero sentido de la oración porque nos hemos empecinado en repetir mecánicamente una multiplicidad de plegarias prefijadas, mucha razón y poco corazón.
Hoy Él nos está animando a recuperar la osadía de los amigos y la confianza de los hijos.

El fundamento de toda existencia es que Jesús de Nazareth nos ha revelado que Dios es Padre...y Madre también, y que jamás desoye las voces de sus hijos.

Un Dios amigo solícito que siempre auxilia a los suyos sin condiciones, un Padre que nos ama sin medida, una Madre que nos cuida a la hora que sea. No hay muchas cosas que sean más importantes, que abran puertas cerradas, que garanticen el buen destino de una búsqueda sincera, que obtengan el bien suplicado, especialmente cuando se pide para los otros.

No se trata solamente de realzar la eficacia de la oración; tal vez se trate de volvernos para los demás como ese Padre, cada día más solícitos a las necesidades de los otros, cada día más humanos, comunitariamente solidarios, audaces en la compasión y tenaces en la tolerancia, desde esa plegaria y ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

Paz y Bien

Padre Nuestro: la causa de Dios, la causa del hermano
















Para el día de hoy (10/10/18):  

Evangelio según San Lucas 11, 1-4











El pedido que le hacen los discípulos al Maestro no responde tanto a la necesidad de aprender a orar sino más bien a una cuestión identitaria de grupo religioso. Ello así pues en la antigüedad cada religión, secta o vertiente religiosa solía identificarse, entre otras cosas, por el modo único y diferente de sus plegarias. Tal vez, dentro de ese panorama y respetando las distancias a veces abismales, podemos descubrir el Shema Ysrael para la fé de Israel, las oraciones secretas de los esenios o acaso también las plegarias particulares que el Bautista enseñaba a sus discípulos tal como lo solicitan Pedro y los otros.

Pero es menester no perder de vista el contexto: el pedido de los discípulos acontece a continuación de la escena en que Cristo se encontraba orando en cierto lugar. Seguramente es casi imposible expresar vivencias y emociones con exactitud y amplitud; aquí sólo mencionaremos el impacto que debe haber causado en los suyos, en los discípulos, el modo en que Jesús oraba. Quizás ello también quieren ir hacia Dios de esa manera.

Es el tiempo de la Gracia, un tiempo nuevo, totalmente distinto que es mucho más que una alternativa, una opción frente a lo viejo, y por ello la oración cristiana hace centro en un Dios Abbá, Dios Padre que a todos nos hermana.
El Padre Nuestro no es una fórmula que se reserva y restringe a los iniciados en misterios específicos, sino que expresa, con amor y confianza, la santa urdimbre en el aquí y el ahora de la eternidad y la historia.

Venga tu Reino, que el Reino sea, que la vida se expanda entre estos arrabales tan oscuros y hacia la eternidad que se nos ofrece.

Hacer propia, cordialmente, la causa de Dios y la causa de los hermanos.

Suplicar el pan del sustento, el pan de Vida, el pan del perdón que restaura y sana. Seguir confiando en la mano bondadosa de Dios que nos libera de todos los males, los que elegimos y los que nos infringen.

El Padre nunca nos abandona.

Paz y Bien

Albergar la Palabra en el hogar de nuestro corazón













Para el día de hoy (09/10/18):

Evangelio según San Lucas 10, 38-42








Marta y María, María y Marta.
Se ha reflexionado y escrito largamente a través de los siglos acerca de esta lectura; muchas veces, intentando contraponer las actitudes de las dos hermanas.
Quizás esa interpretación no le haga justicia al mensaje principal que la Palabra de Vida quiere dejar germinar en nosotros.

Como en todo el Evangelio según San Lucas, el camino del Maestro es un ascenso peregrinante hacia Jerusalem, al encuentro de su Pasión.
Y en ese caminar vá construyendo comunidad, y con esas entrañas maternas del Dios de la Vida, vá gestando discípulos.

En ese caminar -literal y simbólico- pasa por un pueblo que se presupone Betania.
El camino puede agotar, y es necesario el descanso: ¿qué mejor lugar para ello que en casa de amigos?

Hemos de estar atentos a los signos, señales que tratan de dirigir nuestra mirada a lo realmente importante...

Si por un momento contemplamos este pasaje de la Escritura desde un punto de vista estrictamente literario, vemos que tiene un tinte indeleblemente femenino: Marta y María son el paradigma del servidor y el discípulo.
Dos mujeres: Jesús supera toda especulación de género, y su enseñanza se nos vuelve realmente revolucionaria, en ese entonces y en nuestro tiempo también.

Las hermanas brindan su hospitalidad a un viajero; sin embargo, no es un viajero más. Es, ante todo, un amigo y es su Maestro.

Marta lo recibe en su casa, y prepara la mesa.
María lo recibe en su hogar, en su corazón.

El Maestro ama por igual a las dos.

María está sentada a sus pies, todo su ser bebiendo del agua viva que brota de las palabras del Maestro: María está allí como dócil discípula de la Palabra, y se deja llevar por la fuerza de vida que emana del Señor.

Marta está preocupada por todas las tareas que involucra recibir en casa a tanta gente; Jesús no iba solo de camino, por lo que es dable pensar que en esa casa se recibieron, al menos, a trece personas. Quiere hacer gala de la hospitalidad, quiere honrar a su amigo y Maestro, pero se deja llevar por la fuerza centrífuga de la ansiedad.
Sin dudas también quería escuchar y conversar con su Amigo; pero se perdió en el laberinto que a veces nos fabricamos cuando nos perdemos en la pura praxis, cuando perdemos la dirección y el sentido.
Marta no se equivoca: como en pocas ocasiones en los Evangelios, no lo llama Jesús, lo llama Señor, lo reconoce como su Salvador.

Pero la absorbe el fragor de las cosas, y se dispersa y nos dispersamos: creemos que las cosas las hacemos solos, y nace el reclamo a Dios -¡no puedo hacer todo, no te das cuenta!-

Aún así, el Maestro no reprende. Antes bien, habla con palabras cálidas y calmas, y llama a Marta y a cada uno de nosotros por nuestros nombres. Todo es personal.
Y más todavía: no es reprochable la actitud de Marta, -¡todo lo contrario!- es muy buena... sin embargo la actitud de María es la mejor, pues ha sabido descubrir lo decisivamente importante, lo que en verdad cuenta: no se trata de todo lo que se pueda hacer por Jesús, sino que el Maestro ha venido a casa, a nosotros y quiere Él hacer todo por nosotros. Quiere que tengamos una nueva vida, y eso sucede cuando hay una escucha atenta de la Palabra, de tal modo que la Palabra nos transforme de una vez y para siempre. Nada será igual, y nadie podrá quitárnoslo.

Quizás -descubriéndonos en ellas dos, en Marta y en María- nos reencontremos con lo primordial: que tenemos un destino de servidores porque, ante todo, hemos sido llamados a ser discípulos.
Y nuestra respuesta ha sido brindar una cálida hospitalidad a la Palabra en el hogar de nuestro corazón.
Allí comienza todo, allí está arraigado el génesis de nuestra existencia.

Una última mención: quizás las cosas más sencillas se nos vuelven obvias y por eso mismo, se nos escurren como arena entre los dedos.
Esa María discípula, a los pies del Maestro dejándose invadir y transformar por la Palabra nos remite a otra María a la que Jesús conocía muy pero muy bien.

María, su Madre, su hermana, la primer y mejor discípula.

Paz y Bien

La fé cristiana es la religión del prójimo en el que se descubre a Cristo















Para el día de hoy (08/10/18):  

Evangelio según San Lucas 10, 25-37











En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, el odio y el desprecio que se profesaba hacia los samaritanos por parte de los judíos era enconado y extremo. Varios siglos antes, los asirios derrotan militarmente al ejército de Israel y ocupan Tierra Santa, enviando al exilio -principalmente- a la clase dirigente y a la élite intelectual y religiosa.
En amplias zonas se implantaron colonos extranjeros a los que se brindaba un sucedáneo de instrucción religiosa judía: de estos colonos y de cientos de matrimonios mixtos surge el pueblo samaritano; frente a la ausencia forzosa de la dirigencia religiosa -voz única de la ortodoxia oficial- los samaritanos continuaron, de un modo sui generis, el culto al Dios de sus mayores, observando la Torah y estableciendo el culto a partir de un nuevo templo situado en Garizim.

Al regreso de los exiliados, comenzaron los problemas. Los samaritanos fueron acusados de inventarse una religión que, en realidad, era una caricatura pervertida de la verdadera fé de Israel. Así los samaritanos eran herejes abyectos, traidores e impuros rituales absolutos sin remisión. Era creencia usual sostener que nada bueno podía provenir de un samaritano.

Precisamente del ejemplo de un samaritano se vale el Maestro para enseñar el rostro de la religión verdadera, que es el amor. No se trata de una provocación vana ni banal, ni de ofrecer una imagen que desde el repudio movilice reflexiones.
Se trata, ante todo, de la mirada del Espíritu, de que en todas partes y desde donde menos se lo espera brota lo bueno, lo noble, lo santo.

El doctor de la Ley es un exégeta, un erudito en la Torah, que ha dedicado gran parte de su vida a adquirir esa experticia religiosa. En cierto modo, es un experto en su religión y por ende en su Dios, pero en verdad no sabe nada del prójimo.
Quiere que el Maestro le explique cuales son los pasos a dar para heredar la vida eterna, y ese criterio lo conduce a un error basal que sigue persistiendo hasta nuestros días, la acumulación de actos piadosos para obtener el favor divino. Sin embargo, esa postura -si bien devota- desoye y reniega de la Gracia, porque es Dios quien sale al encuentro del hombre, quien derrama bendición y salvación a puro amor, de modo incondicional y asombrosamente abundante.

La parábola de la que se vale el Señor para aclarar la mirada del doctor de la Ley, más que un recurso académico, es una invitación a adquirir una perspectiva nueva, distinta, amplia, y esa invitación se extiende también a cada uno de nosotros.
Es sorprendente el tono extrañamente secular, tan alejado de las convenciones rituales, y ello se halla en el levita y el sacerdote que pasan de largo frente al caído a la vera del camino. Esos hombres se atienen estrictamente a las prescripciones rituales: un caído a la vera del camino, asaltado por maleantes, puede estar muerto y es menester eludirlo para evitar la impureza ritual.
La elusión es totalmente religiosa según los criterios imperantes, pero es una religión que ha descendido en humanidad.
En cambio el samaritano, ése mismo que ha sido condenado de antemano a una vida estéril e infame, quien se prodiga en auxilio y cuidado del caído, aún cuando seguramente no entrara dentro de su horizonte de obligaciones. El caído casi seguro es judío, y el desprecio relatado era recíproco, por lo que es sólo un obstáculo a sortear.

Pero esa secularidad expresa a un tiempo nuevo, el tiempo santo de Dios y el hombre: en lo cotidiano es en donde se transforma la existencia, y se brinda el culto verdadero a Dios en el hermano que es la compasión.
Más aún: establece un nuevo concepto para saber quien es el prójimo. Lo usual es trazas círculos simultáneos de pares, es decir, el que profesa mi religión, el amigo, el vecino, el connacional y hasta allí nomás. Hay, a pesar de las limitaciones, una condición objetiva del prójimo.

Para el Maestro, el prójimo se edifica. Se trata de aprojimarse, de hacerse hermano, de tener especial preferencia para con el caído, el descartado, el olvidado a la vera de todos los caminos de la existencia. Socorro y más también, la búsqueda de la plenitud del otro aún cuando apenas tengamos algunas monedas de misericordia y un poco de aceite de consuelo. Darse aún cuando lleve tiempo.

La fé cristiana es la religión del prójimo que se descubre y al cual nos acercamos, porque en el prójimo está el Dios de la vida y allí le rendimos culto.

Paz y Bien

Dios nunca se separa de nosotros















Domingo 2º durante el año

Para el día de hoy (07/10/18): 

Evangelio según San Marcos 10, 2-16









Jesús se encuentra fuera de Galilea, en camino a Jerusalem. En ese peregrinar sucederá la discusión y la enseñanza que el Evangelio para el día de hoy nos relata.

Por un momento, es menester detenernos en intentar establecer quienes eran los fariseos, pues el término -con sobradas razones- es directamente utilizado como adjetivación peyorativa.
Los fariseos -pherushim o ferushim, separados- eran una importante facción religiosa en el tiempo de la predicación de Jesús: había surgido en los tiempos duros de la diáspora y el exilio babilónico, y probablemente fueron la  respuesta social y religiosa en aras de mantener la identidad y la fidelidad a la Ley que los constituía como nación.
Con el tiempo, sus posturas se volvieron cada vez más estrictas, representando su doctrina la ortodoxia más pura. Son esclavos de la pura literalidad, cuna de todo fundamentalismo.
Para ellos, la Ley de Moisés es explícitamente inconmovible y fundante: se puede razonar y reflexionar alrededor de ella, pero jamás cambiarle ni una coma, por ser considerada de origen divino. A partir de allí, establecerán rígidas posturas de pureza e impureza, de pertenencia o de ostracismo acordes a la puntillosidad de la observancia.

Así entonces, desde el mismo comienzo de su ministerio, el rabbí galileo fué transformándose de una incómoda molestia a un enemigo harto peligroso. Seguramente y casi a escondidas, lo despreciaban por su tonada campesina, por ser hijo de carpintero, por no tener la misma formación académica que ellos y, por sobre todo, por llamar al Dios lejano Abbá, Papá.

En este choque, le formulan una pregunta en apariencia inocente que, en realidad, esconde una trampa. Buscan que el Maestro abiertamente reniegue de la Ley de Moisés buscando su exoneración y el rechazo de todo el pueblo por blasfemo.
Pero Jesús siempre está un paso adelante de todas nuestras aspiraciones y planes, y como Dios, vá más allá, siempre a más, siempre para más.

La falaz inquietud farisea versa sobre la licitud del divorcio, más no como tal vez la entendamos en nuestro presente.El planteo se fundamenta acerca de los derechos del varón, dando por sobreentendido la carencia de los mismos por parte de la mujer; reafirman -aún dentro del silogismo tramposo- que sólo el varón puede divorciarse, no así la mujer, En cierto sentido, se trata de un derecho de propiedad, al igual que los varones de ese tiempo ejercen sobre sus mujeres, sus haciendas, sus niños y sus esclavos.

Seguramente, Jesús de Nazareth los deja estupefactos y apabullados de asombro. Lo primero que reafirma es la temporalidad de la ley mosaica, ley que se establece debido a los desvíos de las conductas y a las durezas de los corazones de los hombres.
La ley de Moisés es un instrumento y nó un fundamento; el fundamento se enraiza en el corazón sagrado de Aquel que dá la vida y es la vida. Por eso la ley limita aberraciones pero no conduce a la conversión.
La conversión acontece en primer lugar por el Espíritu de Dios que nunca deja de buscarnos.
Por ello mismo, la absolutización de la ley -o de dogmas, preceptos y normas- es una a-berración antes que una con-versión, y poco o nada tiene que ver con la Buena Noticia de Dios que Jesús anuncia.

Así, el matrimonio es indisoluble porque es inseparable el amor que Dios nos tiene, a pesar de nuestras deslealtades e infidelidades. Dios no renuncia ni nos dá la espalda, y una mujer y un hombre que se aman lo hacen para siempre, aún cuando los egoísmos y los golpes de la vida los vayan escindiendo de ese destino de plenitud y de mixtura santa para el que todos hemos sido soñados.
Porque los quebrantos germinan en los corazones antes que en las infracciones de las normas.
Todo comienza en los corazones y se expresa en los cuerpos, en la donación mutua de la vida, en el florecer de los hijos.

Por ello es imprescindible volver a ser niños.
No es una argucia bucólica o ingenua, se trata del regreso a la confianza, a Dios Padre y Madre que jamás renuncia a nosotros, en el que creemos, por el que respiramos y que sustenta nuestras existencias. Porque todo es don, todo es Gracia.

Paz y Bien


La alegría de sabernos cobijados desde siempre y para siempre, en el corazón amable del Dios de la vida















Para el día de hoy (06/10/18): 

Evangelio según San Lucas 10, 17-24







Los setenta y dos enviados regresaban donde Cristo, plenos de asombro, eufóricos y encendidos de alegría. Habían cumplido con todo lo que se les había encomendado, y no hubo nada que obstara a ese cumplimiento cabal.
Viven en tiempo presente el poder mesiánico de Cristo, su fuerza liberadora, la presencia salvadora de Dios en sus manos y en sus corazones, y el Maestro lo sabe.

Pero también sabe que el brote germinal de la Buena Noticia que se crece en ellos debe tener un tutor, para que las ramas crezcan sin desvíos, frondosas y frutales. Porque esa euforia entraña cierto peligro, la tentación de mensurar la acción misionera según éxitos o fracasos, que en cierto punto implica una ética inadmisible y opuesta al Evangelio.
Los exitismos implican aferrarse a la pura praxis sin destino ni sentido, a las victorias que discriminan entre victoriosos y derrotados, a los mensajes declamados y no proclamados, slogans sin contenido trascendente.
Además, la euforia suele quedarse en la superficie, en el epifenómeno, en los efectos secundarios pero suele olvidar las causas, y -se sabe- es un estado de ánimo muy humano pero a su vez muy volátil, poco firme. Quizás por ello la euforia sea la contracara de la depresión.

En realidad, el Maestro quiere que depositen sus miradas y corazones en lo verdaderamente importante, que no es tanto la victoria sobre el Maligno y las fuerzas del enemigo que hacen daño y que ante la fuerza de Cristo retroceden.
El verdadero motivo del júbilo es que sin merecerlo y sin adquirirlo, a pura bondad incondicional, en total donación irrestricta, ellos pueden vivir y compartir la vida misma de Dios.

No es cosa que se adquiera en los libros ni en estrados de poder: los pequeños, los humildes lo saben bien, y se revisten de mansa y festiva gratitud porque su Dios se hace presente como ofrenda y regalo en la pequeñez de sus existencias. Esa presencia infinitamente generosa de Dios es la causa de nuestra liberación.

La alegría de sabernos cobijados todos y cada uno de nosotros, desde siempre y para siempre, en el corazón amable del Dios de la vida.

Paz y Bien

El reencuentro con el Cristo vivo y presente en medio de su pueblo humilde




















Para el día de hoy (05/10/18):
 
Evangelio según San Lucas 10, 13-16








Los ayes de Jesús dirigidos a las ciudades de Corazín y Betsaida deberían resonar en nuestros oídos. Más aún, lastimarnos, sacudirnos, desinstalarnos.

Porque Él ha pasado, pasa y pasará por la vereda de nuestra existencia; a diario suceden milagros y a diario, nos volvemos incapaces de verlos.

Y entonces sucede la tragedia: estamos tan aferrados a convicciones engañosas -aún cuando seamos asiduos participantes formales de lo litúrgico y consuetudinarios cumplidores de preceptos- que no nos hace mella la presencia del Maestro en nuestra vida. Nos conformamos con una falsa imagen de Él, se nos hace más cómodo entreverlo como una estatua o un dibujo inmóvil carente de vida.
Pero la vida plena es movimiento constante, transformación y crecimiento con la confianza y la certeza de la semilla de mostaza, existencia que se acrecienta... Eso que llamamos conversión.

A tal punto podemos llegar, que nos volvemos sordos a toda palabra pronunciada por los amigos del Maestro, que nos envía para servirnos y conducirnos de regreso al lugar de donde jamás deberíamos habernos ido.

Desde un silencio humilde y orante, hemos de volver a reencontrarnos con ese Jesús vivo y presente en nuestras vidas, para que esta familia grande con destino eterno que llamamos Iglesia se vuelva frondoso árbol de cobijo para tantos pájaros dispersos a los cuatro vientos... o el dolor de ser un miserable reducto de unos pocos convencidos de sí mismos, carentes de corazón y discapacitados de conversión.

Paz y Bien

Hermanito de Asís, testigo de Paz y Bien a través de los siglos
















San Francisco de Asís
 
Para el día de hoy (04/10/18): 
 
Evangelio según San Lucas 10, 1-12









Hoy la Iglesia recuerda y celebra a San Francisco de Asís, en reflexión de su testimonio, en agradecimiento por una vida plena de bendición, vida que se ha hecho don, hermano de toda la humanidad en todo tiempo y lugar, mensajero de la mejor de las Noticias.

El encuentro en lo profundo de su corazón con Dios lo mueve y con-mueve de tal modo que nada será igual. Hay una vida nueva por delante, no es posible volver la vista atrás, y esa Buena Noticia es tan novedosa, tan radical, que le genera unas urgencias que no pueden detenerse.

Nada lo retiene: ni las posesiones, ni el egoísmo, ni las tentaciones del poder, ni prebendas ni títulos.

Todo se le vuelve misión que no se cumple en soledad, por eso la misión es ante todo cosa de hermanos.

La misión es tarea santa, mandato del Maestro, y es precisamente develar el paso salvador de Dios por la historia de las naciones, su mano bondadosa en toda la Creación y volver a reconocer que cada vida -de pequeños y grandes, de buenos y malos- es sagrada.

Francisco laico, Francisco pobre, Francisco pequeño, Francisco mensajero y testigo de paz y de bien a traves de los tiempos.

Otro Francisco también hacedor de puentes, hijo queridísimo de estas tierras del sur, tiene la tarea de reconstruir una Iglesia golpeada pero firme por el amor de Aquél que nos ama sin reservas.

Paz y Bien

Abrir surcos con el auxilio de la Gracia, y que florezca la justicia















Para el día de hoy (03/10/18):  


Evangelio según San Lucas 9, 57-62









A menudo nos encontramos en los Evangelios con expresiones muy duras, quizás ajenas a cierta visión edulcorada que nos hacemos de Cristo. Pero esas expresiones tienen un origen y un motivo, nada es casual, siempre hay una causalidad aunque no pueda advertirse de antemano. La literalidad es un espanto y es estéril.

Este lenguaje paradojal, tal como nos presenta la liturgia del día se ubica en las modalidades propias de la época, de un tiempo en donde la enseñanza era, preponderantemente, de carácter oral. De allí que uno de los mejores modos de recordar tales enseñanzas era ése, es decir, presentar posturas extremas que no se pudieran pasar por alto con facilidad.
Pero hay más, siempre hay más, y es la imperiosa necesidad del Maestro de enseñar a sus discípulos de todos los tiempos la radicalidad del Evangelio, su asombrosa dinámica. Y muy especialmente, que esos caminos en nada tienen que ver con los caminos del mundo.

Para vivir el Evangelio es menester abandonar todas las madrigueras y cuevas de confort y cálculo. Es preciso saber ser zorro -astuto- y capaz de volar como un pájaro, a la vista plena del sol de Dios, confiados en su bondad que nunca nos abandona.

Para vivir el Evangelio hay que romper de una vez y para siempre con la muerte. El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de vivos, que no de muertos, y esa ruptura con el padre muerto e insepulto tal vez exprese todo lo viejo que no trasciende, lo viejo que detiene, lo viejo de agrieta almas y fidelidades antes que un vulnerar el amor al padre real.

Para vivir el Evangelio es preciso no mirar atrás, dejar que la historia sea eso mismo, es decir, historia y pasado, pues el presente es lo que cuenta y se edifica con la misericordia de Dios. Las manos en el arado y la vista puesta atrás sólo produce una siembra inútil, pues los surcos van torcidos.

Hay que abrir, con el auxilio de la Gracia, nuevos surcos, todos los días y cada día, para que florezca entre nosotros y en todo el mundo los frutos santos del Evangelio.

Paz y Bien

Ángeles Custodios, mansos compañeros de nuestras existencias






















Los Santos Ángeles Custodios

Para el día de hoy (02/10/18): 

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10










La fiesta y memorial de los Santos Ángeles Custodios que hoy celebramos tiene profundas raíces bíblicas y a su vez siempre reverdece en el corazón del pueblo de Dios. A veces, nos remite a tiempo de infancia, a ternura, a ciertas seguridades que rompen las soledades. A veces también parece frenarse en imágenes cuasi caricaturescas, antropomórficas o, más frecuentemente, en tendencias naif cuyo mayor riesgo es el ocultar una fé sin raíces ni conversión, una religiosidad light que apenas calma las conciencias culposas.

Pero la certeza de sabernos acompañados por los ángeles custodios es a su vez signo cierto de la presencia trascendente de Dios en la existencia humana.

Frente a los celos y ambiciones presentes en la primera comunidad cristiana, y que perduran a través del tiempo en la Iglesia, el Maestro es contundente: quien no se haga como un niño, quien no cambie y no se haga como un niño, no entrará al Reino.
Es menester señalar dos cuestiones importantes. Por un lado, el tiempo santo de la Gracia y la misericordia que Cristo ha inaugurado tiene la impronta definitiva del aquí y el ahora, y no refiere solamente a recompensas o castigos post mortem. El Reino está muy cerca.
Por el otro, hacerse como niños no es compulsa involutiva o un llamado a la ingenuidad, a una conciencia pueril.
En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, un niño carece de derechos legales. Está indefenso excepto por la protección que le brinde su padre, y por ello es completamente vulnerable. En su debilidad, posee la magnífica ventaja de saber alegrarse y valorar los regalos, la mirada de asombro, la sencillez. Por eso es que cuando el Maestro habla de los pequeños, habla de los niños y de los que son como ellos, los pobres, los excluidos, los indefensos, los descartados de un mundo que se vanagloria de rendir culto a los poderosos, a esos que se dicen grandes a fuerza de aplastar pequeños.
Porque hay pequeños en tanto y en cuanto hay otros que se consideran grandes, con mayores derechos adquiridos -o comprados- y prerrogativas que defenderán aún a costa de la vida de los demás.

En el rostro de los pequeños resplandece el rostro de Aquél que nos amó hasta la muerte y más también. La presencia santa de Dios destella en los ojos de los pequeños, y son sus ángeles quienes a coro nos cantan esa compañía eterna en nuestra cotidianeidad.

A nosotros nos queda recuperar el centro de nuestras preocupaciones y el culto verdadero, que es la compasión y el servicio.
Y redescubrir con serena confianza y mansa alegría a ese compañero, mensajero de Buenas Noticias que se nos ha concedido para que no se nos pierda la esperanza ni nos extraviemos en los sinsentidos.

Paz y Bien

Iglesia discípula, Iglesia pobre, Iglesia servidora
















Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora

Para el día de hoy (01/10/18):  

Evangelio según San Lucas 9, 46-50






La escena que nos presenta el Evangelio para este día se repite en varias diferentes ocasiones: los discípulos solían embarcarse en discusiones y dialécticas que determinaran preeminencias, jerarquías de dominio y poder, ambiciones que son harto razonables en los parámetros mundanos pero que nada tienen que ver con la Buena Noticia. Ellos seguían sin entender, y es indicio de la persistencia de viejos esquemas y de que aún no han realizado su Pascua; en esas actitudes se puede entrever su deserción frente a la cruz, porque acompañaban a Jesús de Nazareth por los caminos de su ministerio pero en verdad no estaban con Él.
Tenían pendiente, al igual que todos, una profunda conversión.

En aquellos tiempos tanto por criterios religiosos como culturales, un niño era considerado un hombre incompleto, cuyos derechos -relativos- radicaban en los de sus padres. Varios escalones por debajo de un ser humano pleno, dependía en todo de los demás, y tal vez por ese mismo criterio a un niño no se le tiene en cuenta, se le deja de lado y se le aparta de toda cuestión importante como quien espanta a una molestia.

Por ello mismo, el Maestro quiere devolverle a los suyos el centro, el foco que han perdido. La infancia y la ternura son, claro está, valores a proteger y a tener siempre presentes: más en este caso, Cristo se refiere al niño en cuanto al débil, al que en todo depende de otros, al indefenso, al que no cuenta para nadie.
Se trata entonces de poner a los niños y a los que son como ellos como centro de los afanes de los discípulos, la Iglesia, y su valor se acuna en las honduras del corazón sagrado de Dios. Una Iglesia que no rutila por el valor relativo de sus integrantes sino por el servicio humilde que brinda a todos los descartados por el mundo, una Iglesia que no se encierra en sus reglamentos ni bloquea las puertas a los que no aducen pertenencias, sino que sale con empeño al encuentro de los necesitados, una Iglesia felizmente desertora de ventajas y poderes que en el nombre de Cristo y por Él sirve y consuela en silencio, con la tenacidad del amor, una Iglesia rica en misericordia como el Padre.

Iglesia discípula  porque escucha con atención la Palabra y la pone en práctica, Iglesia pobre con el corazón en Cristo y en los hermanos más pequeños, Iglesia servidora del Evangelio pero nunca su propietaria, y que sabe reconocer y agradecer cuando destellan los valores de la Buena Noticia en los hermanos de otras confesiones, frutos santos del amor de Dios.

Paz y Bien

ir arriba