La historia está grávida de la Gracia de Dios









Para el día de hoy (17/11/17):  

 
Evangelio según San Lucas 17, 26-37




Pueblos y culturas manejan de diversos modos su sentido del tiempo. A veces, como un devenir organizado, un transcurrir rigurosamente pautado, una rutina normada. Otros -especialmente a partir del siglo XX- mediante el uso de la propaganda apoyada en los avances tecnológicos, como modo espúreo de controlar estados de ánimo masivos, determinando angustias y prioridades falaces para luego instalar agendas, es decir, instaurar prioridades que no son tales, sino que responden a la cruda realidad de la perpetuación del poder establecido.
En medio de ello, varían las modalidades y suele acentuarse la indiferencia, la que en muchos casos es el mal menor pues implica menos agobio. Esa indiferencia es el sendero circular de la rutina que no lleva a ninguna parte, pues en realidad jamás uno se pone en marcha.
Pero en los extremos, cuando todo se torna insoportable, pueblos y culturas imaginan finales, finales mayestáticos y espectaculares, que en plano religioso implica la intervención directa y definitiva de Dios, Apocalipsis o Parusías del Día Divino, del final de la historia doliente tal cual se la conoce.

En todos los casos y más allá de toda razón, Jesús de Nazareth inaugura un tiempo nuevo, un tiempo santo, tiempo de Dios y el hombre -kairós- que es muy distinto al tiempo habitual al que nos acostumbramos y que cuantificamos y medimos -chronos-.

 Kairós es historia fecunda, tiempo re-creado, vida en expansión, regreso y reencuentro ciertos. Es Misericordia que sustenta asombrosamente al universo.

Porque Cristo ha de regresar de modo definitivo, y ya lo está haciendo en los suyos, en esa familia mística que llamamos Iglesia.

Aún con los que puedan alcanzar mayor longevidad, nuestro tiempo humano es corto, escaso, muy limitado. Apenas somos una brecha de tiempo que está de paso, y es lo que nos cuesta aceptar, esta medianía de la existencia. Sin embargo, ello posee certezas de vida o muerte. Porque en la ilógica del Reino, todo se pierde si no se dá incondicionalmente, y el primer desperdicio es la propia vida, y es menester decidirse a dejarse envolver por el narcótico demoledor de la rutina o animarse a hacerse ofrenda, paz y bien para los demás.

No se puede vivir mirando atrás, estatuas de sal que se aferran al pasado, rechazan transformar el presente y soñar el futuro.

Él volverá en cualquier momento.

Al fin y al cabo, hemos nacido en plena noche, en la noche más cerrada de la cruz, cuando nadie podía esperar ya más nada, cuando todo parecía definitivo, allí nacíamos al fin de los imposibles, la Resurrección, la vida que es eterna, que prevalece, historia grávida de Gracia dispuesta al parto, que no al sepelio, pura esperanza.

Paz y Bien

El Reino crece entre nosotros











Para el día de hoy (16/11/17) 

Evangelio según Lucas 17, 20-25






Están siempre las aves negras anunciadoras de desastres, los profetas del mal agüero, la prepotencia de que todo -necesariamente- ha de terminar mal, y que en circunstancias postreras se resolverá la historia con el regreso de Cristo, un apocalipsis que pretenden precalcular en exactitud de fechas, por signos descollantes y espectaculares. Ello, bajo cierta apariencia bíblica, entraña una postura falsaria y peligrosa, y es la de un Dios desentendido del acontecer humano, un Dios que parece renegar de la Encarnación, un Dios alejado y punitivo que nos deja librados a nuestros azares y miserias.
Pero en Dios, sólo en Dios está nuestra suerte.

Jesús de Nazareth inaugura el tiempo decisivo del cumplimiento de todas las promesas, de Dios con nosotros, y ya no hay motivo de recálculos, porque el Reino de Dios está aquí y ahora, haciendo fecundo nuestro presente tan pequeño y limitado, eternidad que se teje en la cotidianeidad, en los instantes.

Está cerca, muy cerca, tan cerca que está al alcance de cada corazón que le busca con sinceridad y fidelidad, con la veracidad de la gratitud porque el tiempo ya no es una fatalidad, sino que con todo y a pesar de todo el tiempo es redescubierto como bendición, don y misterio de la vida.

El Reino de Dios aquí y ahora, humilde, silencioso y potente como una semilla que no resigna su germen implica que cada día de la existencia puede y ha de ser único, maravilloso, irrepetible, tiempo santo porque Dios ha acampado entre nosotros, porque Dios nos habita, porque en las honduras de los corazones florece la vida eterna que Cristo ha ganado para todos nosotros con el sacrificio inmenso de la Pasión, vida ofrecida que no haya más crucificados, para que la muerte no tenga la última palabra, para que todos vivan para siempre.

Paz y Bien

La santa rebeldía de la gratitud











Para el día de hoy (15/11/17):  

 
Evangelio según San Lucas 17, 11-19





Uno de los significados principales de la escena del Evangelio para el día de hoy es el carácter de impuros de esos diez hombres.
En la Palestina judía del siglo I, los leprosos eran considerados impuros litúrgicos, es decir, se los separaba de la vida comunitaria -social y religiosa- por considerar la enfermedad de su dermis un signo exacto de pecado propio o de sus padres, y así el consecuente castigo divino. Era la impureza e indignidad total, y en su exclusión las cuestiones sanitarias o de higiene no tenían mayor relevancia.
Tal era la contundencia de la condena moral, que además de no poder vivir en los poblados o ciudades ni participar del culto, los leprosos debían de manifestar su condición vestidos con andrajos, despeinados y con parte de su rostro oculto, ventilando a los gritos su condición de impuro para que nadie tomara contacto con ellos. Más que el contagio peligroso, el contacto con el leproso comunicaba al infractor la misma impureza, volviéndolo a su vez indigno.
En los pocos casos en que había remisión de la enfermedad -lepra como mal de Hansen, lepra como psoriasis, lepra como simple afección cutánea-, el impuro debía de concurrir donde los sacerdotes, los que serían fedatarios y voces autorizadas de la readmisión social, y eso implicaba el reconocimiento del ignoto pecado causante del mal ya perdonado, y no un reconocimiento médico de la salud recobrada.  

Esta situación se magnifica cuando, además de leproso, uno de esos hombres es samaritano. Samaritano era sinónimo de extranjero, de mestizo, de impuro potenciado. Así, un leproso era un muerto social que voceaba en coro de vergüenza y desprecio su óbito.

Jesús se encamina con decisión a Jerusalem, a dar cumplimiento cabal de su misión. Es ampliamente conocido por todo lo que ha hecho de bien en Galilea, en Judea, en la Decápolis y en Samaria, pero es también un judío que peregrina hacia el Templo. Por ello esos hombres, sabedores de ambos aspectos, suplican a lo lejos su intercesión, la acción bondadosa de ese Maestro compasivo. Son hombres a los que le restringieron el alma y le colonizaron el corazón, y por ello se autolimitan y obedecen esos mandatos de muerte en vida, espectros a los que mejor no ver ni escuchar.

Pero este Cristo no está atado a ninguna norma ni a ninguna imposición limitante. Con Él hay más, siempre hay más, y será la Resurrección el fin de todos los imposibles. Por ello se detiene, por ello los escucha, y por ello los envía a presentarse al sacerdote. Aquí no hay magia ni artificios de apariencia fantástica y milagrera; se trata de pura justicia.
Una exclusión surgida de un entramado religioso debe finalizar definitivamente del mismo modo. Y Jesús de Nazareth no pretende abstracciones: hay dolientes que sufren y están agonizando en soledad, y es menester que sin violencia, sean readmitidos como hombres íntegros y totales al seno de la vida cotidiana, al entramado humano.

Los diez hombres, entonces, se encaminan presurosos al encuentro del sacerdote, y en ese caminar encuentran la sanación, símbolo de las cosas que deben crecerse y madurar, de los caminos que hay que andar y los que hay que desandar para humanizarnos en plenitud.
Sin embargo, un hombre regresa presuroso de agradecimiento para ponerse a los pies del Maestro, al descubrirse felizmente sano, libre, hombre nuevo.
Un sólo hombre regresa, y es precisamente el más impuro, el que nadie tienen en cuenta y todos desprecian, el samaritano.

Los otros hombres han obedecido con exactitud la Ley y sus prescripciones.
El samaritano desobedece el ritual impuesto, porque se ha encendido de la rebelión más santa, la de la gratitud.

Porque la Ley no salva.
La Salvación es don y misterio, y es también el reconocimiento de la acción asombrosa de la Gracia de Dios en nuestras existencias, fiesta de alegría contagiosa y liberación que se propaga.

Paz y Bien

Felices por servir










Para el día de hoy (14/11/17) 

Evangelio según Lucas 17, 7-10





Ciertos matices en el lenguaje de Jesús de Nazareth pueden resultarnos contradictorios y confusos por los giros propios de la época de su ministerio. Pero invariablemente se trata de utilizar situaciones que todos sus oyentes conocen para hacerse entender, para cale hondo su enseñanza.

Ello puede advertirse en la lectura que nos ofrece la liturgia en el día de hoy. El Maestro les habla a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos, aunque en la coyuntura de cada parábola pueda enfocarse en ciertas personas en particular; aquí lo que cuenta es el trasfondo, y ese trasfondo es una religiosidad en la que impera el concepto retributivo, es decir, que mediante el cumplimiento preceptual y la acumulación de acciones piadosas que, a la postre, permitirían requerir recompensas acordes a esos méritos que se poseen. Es decir, que a través de esa pseudo virtudes se adquiere la bendición divina, y en realidad esconde la inefable soberbia de creerse en condiciones de exigirle determinados pagos a Dios.

En una relación filial no hay deudores, sino una familia que por sobre todo se ama sin condiciones.

EL Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre y es tan cercano que se hace vecino, amigo, hermano. Esa cercanía revela su esencia primordial, el amor, y de allí la gratuidad de su bondad, eso que llamamos Gracia.
El amor de Dios no se adquiere, el amor de Dios se acepta o rechaza del mismo modo que se ofrece, incondicionalmente. Hay vínculos mucho más profundos que el de las normas, y se fundamentan en una asombrosa confianza, una confianza que ese Dios deposita en nosotros para hacer sus cosas.

Con esa confianza y ese amor, nos descubrimos siervos inútiles, es decir, servidores sin méritos que reivindicar, servidores que hemos hecho lo que nos correspondía, o mejor aún, lo que se espera de nosotros.
Servidores felices de hacer lo que se debe, sin estridencias y con el empuje milagroso de la humildad, irnos al silencio frondoso del abrazo de Dios por haber cuidado de que esta pequeña parcela de tierra andante que somos haya sido frutal.

Paz y Bien

Piedras de tropiezo











Para el día de hoy (13/11/17) 

Evangelio según Lucas 17, 1-6






El Maestro solía valerse de alegorías y parábolas para enseñar las cosas del Reino, la Buena Noticia del amor de Dios, en un lenguaje común a todos sus oyentes, con imágenes tomadas de lo que vivían a diario, y por su manera novedosa de enseñar las gentes se asombraban y admiraban, pues Él hablaba con autoridad, haciéndoles crecer cosas nuevas corazón adentro, y no tanto acumulando información sin límites.
Pero a la hora de hablar con franqueza no vacilaba ni un instante en utilizar los términos más duros y contundentes, tan severo como una espada afilada. Hay cuestiones que no deben esconderse tras figuras literarias ni edulcorarlas para alivio de oyentes que se han acomodado a cierto tipo de costumbres en su devenir cotidiano.

Él habla de quienes se vuelven motivo de escándalo, y ello no tiene tanto que ver con ese concepto común de cuestiones ocultas e inconfesables, tan usuales en los medios de comunicación. Él se refiere a las implicaciones del sentido literal del término skandalon, que signfica piedra de tropiezo, empujón que hace caer en la incredulidad a los pequeños.
Y pequeños son los pobres, son los que apenas asoman a la vida de fé, los marginados, los que no acceden a la cultura y muy especialmente los niños. Hemos sido testigos demolidos e infernalmente acostumbrados de tantas existencias de niños avasallados por aquellos que debían cuidarles y protegerles, y con tanta frecuencia malsana hemos visto también afanes por esconder bajo la alfombra estas crueldades, o peor aún, de racionalizar lo que no puede tolerarse.
Porque desde Cristo no hay ambages: siempre hemos de estar del lado de las víctimas, jamás del lado de los victimarios.

Como un segundo movimiento sinfónico, nuestra misión -que es la misma misión de Jesús de Nazareth- nos encomienda una tarea de salud, de vendar corazones heridos, restablecer los vínculos quebrantados desde el perdón. No es tarea fácil y nada tiene de declamación, es bien concreta y definida. El perdón sana, el perdón libera, el perdón es un milagro.

Estos dos puntales sólo pueden sustentarse desde la fé, una fé que es ante todo don y misterio, es fé que moviliza los montes y transplanta los árboles más aferrados, la fé humilde del grano de mostaza que se vuelve frondosa, de sombra bienhechora para todo el que se acerca.

Paz y Bien

La fé, historia luminosa












Domingo 32° durante el año

Para el día de hoy (12/11/17): .

Evangelio según San Mateo 25, 1-13 




La pregunta quizás sea obvia y se nos presenta con demoledora sencillez: la misma inquiere acerca de cual hubiera sido el fin de las muchachas de la parábola, si las prudentes hubieran compartido algo de su aceite con las otras despreocupadas, imprudentes. Quizás con aceite prestado, con aceite compartido, todas las lámparas se hubieran mantenido encendidas, disipando la noche y aguardando en luminosa vigilia el regreso del Esposo.

Al fin y al cabo, quizás no haya signo más evangélico que el compartir.

Ese modo de interpretación es lineal, superficial, y por ende erróneo, y además poco fiel a la trascendencia de la enseñanza de Cristo que nos llega a través de la Palabra; aquí el Maestro no nos habla del compartir, sino de otro aspecto de la vida de fé y de la existencia que, de ningún modo, se resuelve con aceite prestado.

Ese aceite es único e intransferible, y hace directamente a la identidad, a la raíz personal. Porque la fé, que es don y misterio, crece y germina en comunidad, pero la decisión de vivir la fé con esperanza encendida es enteramente personal, aceite que se enciende solamente cuando libremente se quema. Habrá luz siempre con aceite propio, nunca con aceite prestado.

Allí sí, la pequeña llamita de una vida luminosa puede empujar a otros a que sus vidas se enciendan con la Gracia de Dios.

Porque la historia no es un devenir fortuito, a menudo socavada por el dolor y la miseria. La historia tiene un inmenso sentido trascendente, positivo, luminoso, y se nos está invitando, ahora mismo, a vivir de acuerdo a ello.

Paz y Bien

Idólatras del dinero











Para el día de hoy (11/11/17) 

Evangelio según San Lucas 16, 9-15





La actitud de Jesús de Nazareth frente al dinero no es fácil de describir y, mucho menos, de explicar. Varias de sus acciones y gestos surgen en franca contradicción con nuestros criterios: así como no perdía oportunidad de expresarse contundente en contra del dinero y las riquezas, también no tenía ningún prurito en sentarse a la mesa de los ricos como Zaqueo que le agasajaban y le escuchaban con atención en lujosos banquetes.

Aún así, Él enseñaba desde las honduras de su alma que cuanto mayores son los afanes y angustias a causa del dinero, menos espacios quedan en el corazón para Dios. Es decir, que el dinero deviene en absoluto, y al Absoluto se lo procede a relegar hasta renegar de Él o directamente ignorarlo, zanjando cualquier atisbo de trascendencia y, por tanto, de Salvación.

Seguramente mucho lo aprendió al lado de esos dos árboles frondosos que edificaron sus días, José y María de Nazareth, en la noble pobreza de su humilde hogar galileo. Y también, con el impulso del Espíritu, andando por los caminos de su patria.
Él sabía bien que la vida y la libertad, la paz y la justicia, la salud y la fraternidad no tienen precio, no pueden adquirirse ni con todo el oro del mundo. Y más aún, cuando por sistemas cada vez más inhumanos esto sucede, es signo exacto de que proliferan en nuestro mundo las víctimas y los esclavos y los sacrificios humanos, pues en el ara del cruel dios mercado se sacrifica al prójimo.

Pero por sobre todo, porque el dinero es el opuesto total al tiempo nuevo de la Gracia, de la Encarnación, de Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

No se puede servir a dos señores, a un dios inmanente y al Dios de la vida. Los corazones divididos carecen de destino y perecen en la nada.
Sólo desde el amor de Dios podemos vivir la gloriosa libertad de ser hijas e hijos.

Paz y Bien

Administradores escandalosos de la Gracia de Dios










Para el día de hoy (10/11/17): 

Evangelio según San Lucas 16, 1-8





Las lecturas lineales nos hacen perder de vista la profundidad de la Palabra, y así pasamos por alto la dirección certera de los signos que se nos ofrecen y las ventanas al infinito que nos brindan los símbolos.
Así entonces, en la mera superficie, nos quedaríamos en un plano moral sin trascendencia -casi ideologizado- con nuestros criterios de justicia retributiva, comercio falaz, dinero injusto, tejes y manejes corruptos.

Sin embargo, hay otra vertiente, otra posibilidad de sumergirnos en el misterio. En ningún momento se afirma la exactitud o veracidad de la narración, es decir que el administrador sea un corrupto; todo nace por la peor de las insidias y ponzoñas, una murmuración, un rumor, quizás de la misma manera que murmuraban acerca de Jesús de Nazareth, quien para ciertos hombres severos y religiosos profesionales, dilapidaba el perdón de Dios, profanaba sin medida lo pretendidamente santo al compartir la mesa con los pecadores, los impuros, los indeseables.

Quizás desde esa perspectiva, nos resulte más fácil darnos cuenta que esos deudores, morosos perpetuos del Señor a causa de nuestras miserias, la acreencia de nuestros pecados.
Si fuera por nuestros criterios de justicia, no tendríamos escapatoria, no habría forma de saldar cuentas, de obtener certificados espirituales de libre deuda.

Para los esquemas mundanos, la dación generosa e incondicional es una infidelidad a todo sistema y un escándalo.
Bendito sea Cristo, administrador escandaloso de la Gracia de Dios, que prodiga perdón y liberación a costa de su propia vida libremente ofrecida, que nos invita a una misión de derroche de bondad, inteligente, astuto e ilimitado de lo que no nos pertenece pero que está en nuestras manos, cántaros de barro del tesoro de la Salvación, el amor de Dios.

Paz y Bien

Casa de Dios, corazón humano












Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/17) 

Evangelio según San Juan 2, 13-22





El Templo de Jerusalem era el centro de todo el universo judío. Tradicionalmente, refería a la tienda sagrada del desierto donde el Dios de sus padres habitaba, sitio sagrado.
En los tiempos del rey Salomón se construye el primer templo, que según cuenta tanto la Escritura como referencias históricas era de una magnificencia deslumbrante. Era un polo magnético ineludible para todo Israel, que confería identidad y sentido: allí estaba su Dios, allí se le rendía el culto verdadero, allí se custodiaba el arca de la Alianza.
Resulta difícil para todos nosotros, en nuestra mentalidad de siglo XXI, describir y comprender su decisiva relevancia; sin embargo, no es arriesgado inferir, como un primer esbozo, que Israel era el Pueblo de Dios no sólo porque Dios los había elegido desde la esclavitud de Egipto, sino también porque estaba allí, en el recinto sagrado.

Ese lugar tan caro a la fé y a los sentimientos del pueblo judío fué destruido por tropas invasoras cinco siglos antes del ministerio de Jesús de Nazareth. Luego fué reconstruido por el rey Zorobabel, re-consagrado por los Macabeos y finalmente, Herodes el Grande -casi en la época del nacimiento del Maestro- lo renovó y amplió con un esplendor descollante.

Las sucesivas guerras e invasiones provocaron que una importante número de hijos de Israel vivieran en la llamada Diáspora, es decir, en el extranjero. Pero para todos ellos, la mirada y el corazón siempre estaba orientado hacia ese Templo que era el centro de su universo, y al que acudían en piadosa peregrinación al menos una vez al año.
En el Templo, las prescripciones religiosas obligaban a los creyentes a realizar un holocausto, es decir, sacrificar en honor a su Dios alguno de los animales permitidos -por parte de los sacerdotes- y pagar los tributos o impuestos requeridos y obligatorios para el sostenimiento del culto y el sustento de la clase sacerdotal. Al llegarse a Jerusalem miles de peregrinos de infinidad de sitios, y al encontrarse la Tierra Santa ocupada por los romanos, estos tributos sólo podían pagarse con ciertas monedas permitidas, y por ello era necesaria la presencia de cambistas que realizaran las operaciones financieras para que los peregrinos obtuvieran las monedas autorizadas, y a su vez adquirieran los animales kosher para los sacrificios. Se presupone que las mesas de los cambistas y los corrales de los animales se ubicaban en las enormes explanadas del Patio de los Gentiles, y también un negociado descomunal por la contínua afluencia de fieles, y las prescripciones que obligaban a todos ellos a comprar animales y a cambiar monedas.

La actitud del maestro sorprende a propios y ajenos, y a menudo nos vuelve a emocionar, y lo añoramos así. Solemos abusar de una caricatura de un Cristo light, de bondades pacíficas, dulzuras y paz sin cambios, y este Maestro que se yergue fuerte y decidido, restaurador en justicia y derecho, consumido de celo por las cosas de su Padre es una imagen entrañable por la que solemos suplicar, para que vuelque todas las mesas de los cambistas actuales, para que expulse sin hesitar a tantos comerciantes inescrupulosos de nuestros atrios, comerciantes que a veces se revisten de pastores.
A pesar de razones y de corazones, ello implicaría quedarnos en la superficie, sin ahondar en la Buena Noticia que nos anuncia, aún con el fuerte impacto de las manadas de animales en estampida.

Lo que en verdad cuenta, la mesa cambista que hay que volcar es aquella que interfiere de cualquier modo con la Gracia de Dios. Su nombre mismo lo revela con meridiana claridad, es la asombrosa gratuidad de un Dios que se ofrece sin condiciones, que no se compra con dinero ni con ofrendas piadosas, sino acercándose a ese Cristo que es nuestra vida y nuestra Salvación, en un encuentro personal que es cordial y es sanguíneo, la existencia misma brindada hasta todos los extremos.

La Pascua de Jesús de Nazareth es ruptura con la muerte y con todo aquello que es muro que separa a la humanidad y a Dios.
Porque la Encarnación decide que Dios ya no habitará exclusivamente en los templos de piedra, por impresionantes y majestuosos que fueren.
La casa de Dios es el corazón fiel de cada mujer y cada hombre -templo vivo y latiente del Dios de la Vida- que se han despojado de todo lo vano y estéril para que sólo lo habite la eternidad de Aquél que se desvive por sus hijas e hijos.

Paz y Bien

Abrazar la cruz











Para el día de hoy (08/11/14) 

Evangelio según San Lucas 14, 25-33




En la liturgia de los días previos, la Palabra nos hablaba de mesa, ágape, invitación. Los oyentes atentos del Maestro de aquel tiempo, de éste y de todas las épocas corren el riesgo de aferrarse a esa imagen única, matizándola de cierto tipo de ingenuidad para hacerlo más llevadero y tolerable, cristianos de fé light.
Quizás por ello mismo el Evangelista sitúe a continuación esta enseñanza de Jesús de Nazareth, que no tiene tanto que ver con una secuencia temporal pero sí con una cronología espiritual que es, precisamente, el discipulado.

En cada encuentro con la Palabra de Dios hemos de despojarnos de todo lo fútil, de los preconceptos, de esa tentación de que el Evamgelio se adecue a nuestras pequeñas ambiciones, y muy especialmente, relegar al olvido la persistente tendencia a una lectura literal. La literalidad poco tiene que ver con la Buena Noticia y es causa de todos los fundamentalismos.
Así entonces, una mirada literal del Evangelio para el día de hoy nos puede hacer daño, volviéndonos resentidos, amargados y crueles, es decir, muy poco cristianos, tal es la virulencia de los términos utilizados por el Maestro, su énfasis y su entonación afilada y, quizás, hiriente.

Sin embargo, ahondando un poco en nuestra reflexión y con el auxilio de ese Espíritu que pone luz en nuestras mentes y fuego en nuestros corazones, podamos adentrarnos mar adentro de la Palabra, que siempre es bendición.
Literariamente, se trata de una hipérbole, es decir, una figura deliberadamente exagerada con el fin de que el interlocutor -o, en nuestro caso, el lector- adquiera una imagen o una idea que difícilmente pueda olvidar. No se clara, claro está, de instalar una insana obsesión sino de enseñar.
Porque sobreponiéndonos al impacto inicial, lo que prevalece es el amor a Dios y al prójimo, clave de todo destino.

La clave es poner toda la existencia en camino hacia un horizonte luminoso, porque antes, durante y después está siempre Dios, el Absoluto que dá sentido y resignifica familia, vida, bienes, planes, la totalidad de la existencia.
La clave es que Jesús de Nazareth es quien encabeza la marcha, asumiendo todas las primacías; todos los dolores y todos los costos antes han sido pagados por Él con su propia vida. Y nosotros, asombrosamente depositarios de una confianza que no merecemos, seguimos sus pasos.

Como si no fuera suficiente, a esta hipérbole el Maestro implica la necesidad de cargar la cruz para seguirle. En el siglo I, la cruz era el método por el cual el imperio romano ajusticiaba a los criminales más abyectos, los marginales, los malditos. Así entonces, cargar la cruz significa hacerse marginal, abyecto, correr con la gravosa carga de ser maldecido, a asumir la muerte a manos de los violentos y a causa de ser fieles.
Pero siempre, siempre, quien decide es la esencia misma de Dios, el amor. Por eso la necesidad de abrazar la cruz, pues a pesar de todas las horrorosas miserias de su superficie, esconde en su madera de árbol frutal una Gracia inconmensurable, la de ser otro Cristo que peregrina bendiciendo a todas las gentes, prodigando santidad a cada paso.

Paz y Bien

Invitados especiales a la mesa del Señor










Para el día de hoy (07/11/17) 

Evangelio según San Lucas 14, 1a.- 15-24






Dos distingos caracterizan al servidor de la parábola que la liturgia nos ofrece hoy: cumple con su deber, es obediente, y además sale en búsqueda de los invitados.

Es obediente en el sentido primordial del término -ob audire-, es decir, escucha atentamente y a partir de allí actúa. Sabe que mesa y banquete no son suyos, no le pertenecen, pero por circunstancias asombrosas se ha depositado sobre él de dar aviso de la celebración, de llevar -en mano, personalmente- las invitaciones, y de asegurarse que no haya sitios vacíos en esa mesa grande.
Pero además hay otra cuestión evidente, tan obvia que quizás se pase por alto con ligereza, y es que el servidor, en todos los casos, se pone en movimiento, vá en la búsqueda de los diversos invitados, se larga a los caminos a cumplir con un deber que ha descubierto y asumido como propio.

Desde esta perspectiva podemos contemplar humildemente la vocación a la vida cristiana, a la misión. Porque todos somos llamados a ser servidores, misioneros.
Lo verdaderamente importante es salir, no quedarse, no encerrarse tras muros de comodidad a la espera de que unos pocos se acerquen a la mesa. Y lo decisivo es la confianza que se nos ha depositado en nuestras manos y en nuestros corazones, porque de nuestros pequeños esfuerzos dependerá, en parte, las gentes que acudan al ágape de la vida.

Más aún: tienen asientos preferenciales aquellos que habitualmente languidecen de hambre y soledad, aquellos que nadie convida, aquellos que apenas sobreviven en todas las encrucijadas de la existencia.
Es símbolo perfecto del amor, sin reservarse nada para sí mismo, y salir al encuentro de los demás, como el Dios de Jesús y María de Nazareth, Padre y Madre de toda la creación.

Paz y Bien 

Mesa de Cristo, mesa revolucionaria










Para el día de hoy (06/11/17):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 12-14





Salud y psicología. Sociedad y política. Religión y cultura. Todo ello puede colorearse y destacarse, aún a riesgos de cierta ingenuidad, desde el modo de comer.

Comemos para vivir. Comemos para mantenernos saludables. Cuando no se come, comienzan los problemas. La denegación voluntaria del alimento -el ayuno- es loable y necesaria. Pero cuando no se come o se come mal, la vida se pone en peligro y la salud se disipa.
Lamentablemente el hambre de tantos, la mala alimentación de muchos es apenas una anécdota de los medios de comunicación. El hambre del otro no duele, y mientras esto no suceda, no nos atraviese el costado y nos movilice, no serán suficientes los planes y proyectos que tiendan a subsanar estas carencias. 
Aún así, y tantas veces en silencio y de manera abnegada, ángeles con delantal mantienen el hambre a raya, sosteniendo a los niños y familias más humildes. Nos llena de orgullo, y quizás ande escaseando la vergüenza. Demasiados razonadores de miserias campean en estos tiempos.

Comemos también para relacionarnos socialmente. Comienza y se define en la mesa familiar: sin embargo en numerosas ocasiones se guardan formas, se establecen pautas de pertenencia, se deciden negocios, alianzas y guerras. A veces es menester participar de alguna que otra mesa por formalidades, por conveniencias, por cortesías menores.

La comida también tiene su aspecto religioso. La gran mayoría de las religiones tiene sus definiciones alimentarias, quizás por su contenido simbólico referido a Dios.
Para Israel, en las comidas se hacía memoria de la liberación de Egipto y, a su vez, se establecía la pureza espiritual desde los alimentos que se ingerían. También las voces de los profetas se elevaban en el mandato ineludible de alimentar al hambriento.

Pero todo tiene su desvío cuando se pierde la referencia trascendente, aquello que brinda sentido y significado, forma y sustancia. De esa manera, muchas mesas son pequeñas y escasas pues algunos deciden que otros tantos no son dignos de participar de una mesa determinada, como si algunos tuvieran las credenciales suficientes para participar mientras que los demás no.

La mesa del Señor es una mesa humildemente revolucionaria.

En ella tienen un lugar preferencial los que nadie convida, aquellos que nadie invitaría a su mesa.
En la mesa de Cristo descubrimos que no podemos ser felices en soledad. Que el otro es mi hermano, y que mi hermano más querido es el prójimo olvidado a la vera de todos los caminos de la existencia. 
En la mesa del Señor todos se escuchan y todos tienen voz, aún cuando esas voces sean disímiles, mesa de fraternidad, mesa escandalosa pues hace tropezar ciertas razones de exclusión y miseria.

En la mesa del Señor no hay condiciones ni se espera retribución, sólo la inmensa bendición de encontrar a Dios en la mirada del hermano.

Paz y Bien

Comunidad cristiana, servicio y liberación













Domingo 31° durante el año

Para el día de hoy (04/11/17) 

Evangelio según San Mateo 23, 1-12






En la lectura que nos ofrece el día de hoy la liturgia, Jesús de Nazareth se dirige muy especialmente a sus discípulos y seguidores y prefiere dejar de lado cualquier ganas de lanzar diatribas contra escribas y fariseos.

Contrariamente a la categorización moral usual que se les suele endilgar, esos hombres eran profundamente religiosos; pero ello también indica que a veces en nombre de Dios pueden cometerse las peores atrocidades, y desviarse de la vida y la libertad.
La cátedra de Moisés, puntualmente, refiere a la enseñanza y a la interpretación oficiales u ortodoxas de la Ley, es decir, a los 613 mandatos o preceptos que de allí se desprenden. Ellos se componen de 365 mandatos prohibitivos y 248 mandatos positivos, unos que se corresponden a cada uno de los días del año y los otros, según la enseñanza rabínica, a todos y cada uno de los huesos del cuerpo. Es decir, en esos 613 preceptos se encuentra englobada la totalidad de la vida y de allí, el cómo ha de regularse la relación con Dios.

Escribas y fariseos a su vez recogen comentarios y discusiones rabínicas a la Torah que forman un corpus llamado Talmud, que debería complementar devocionalmente a esa Torah ofrecida al pueblo por Dios a través de Moisés.
El problema es que escribas y fariseos han suplantado la fuerza viva de la Palabra de Dios por la imposición de la férrea observancia a tales preceptos, y de esa manera interponen vidrios opacos a la luz clara del sol: a su vez, establecen un rígido sistema de jerarquías y exclusión, de algunos puros y mejores por sobre una miríada de impuros y pecadores en donde, es claro, ellos no están. Obligan a cumplir cuestiones que ellos dejan de lado, y se aferran a la mera exterioridad.

Por eso la advertencia del Maestro: es muy importante y valioso lo que custodian, pues esa Ley proviene de Dios y Él ha de llevarla a su cumplimiento pleno de sentido y trascendencia. Lo que ha de descartarse es esa actitud de corazones sin conversión, del reconocimiento afanosamente buscado, del yo por delante del nosotros y de Dios.

Pero hay más.
En la comunidad cristiana ha de primar el poder como servicio y la fraternidad, pues todos somos por igual hijas e hijos de Dios, hermanos vinculados por lazos perennes.

La Cátedra de Cristo, tan tristemente olvidada a menudo en esta Iglesia que amamos, es la Cátedra de la Gracia, de la generosidad, del perdón, de la misericordia, de poner por centro y por destino a ese Cristo que nos congrega, sana y salva.

Paz y Bien

Un lugar en la mesa del Señor











Para el día de hoy (04/11/17): 

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-11 





En la lectura que hoy meditamos, es importante tener en cuenta el ambiente en el que se desarrolla: Jesús de Nazareth se encamina a paso firme y libre a Jerusalem, a su Pasión, y unos momentos antes -como leíamos ayer- ha curado frente a esos fariseos a un hombre hidrópico, poniendo en evidencia la persistente enfermedad del alma de esas personas tan atentas a que Él se equivoque o cometa infracciones a la ortodoxia imperantes que ellos celosamente guardan y defienden.

Él esta convidado a un banquete solemne, el del Shabbat, en el que se cumplía a rajatabla un riguroso protocolo religioso: en aquel tiempo, no se trataba de mesas tales como las que conocemos hoy, sino de una suerte de divanes en donde los comensales se reclinaban, comían y conversaban. En esos banquetes, muchos desesperaban por ubicarse cerca del principal, del que convidaba, del dueño de casa que solía ser importante o notorio, porque a mayor cercanía mayor importancia y honor.
Pero también los rigores cultuales limitaban puntillosamente el acceso a los banquetes, que eran mesas para pares, para iguales, mesas en los que no hay sitio para el extraño, el extranjero, el que es distinto, el que no cumple con las estrechas pautas.

El Maestro amaba las mesas como ámbito de encuentro y celebración, de enseñanza, de vida compartida. En las mesas de Cristo siempre pasan cosas buenas. Quizás sean mesas más modestas en su conformación, pero son mesas en donde hay muchísimos convidados. O mejor dicho, en donde a nadie se rechaza, y en donde -a contramano de la lógica del mundo- el honor mayor se encuentra en el servicio, en ceder el lugar a otro, en irse hacia el fondo para que los últimos den un paso adelante. Y se invita a los que nadie, en su sano juicio invitaría.

En la mesa de Cristo la justicia y la liberación florecen y por ello se brinda, en la mesa de Cristo se celebra la vida del otro como una bendición, en la mesa de Cristo el pan compartido es signo de la vida que se multiplica porque se ofrece sin condiciones.

Paz y Bien

La mano de Dios que nos rescata









San Martín de Porres, religioso

Para el día de hoy (03/11/17): 

Evangelio según San Lucas 14, 1-6





La medicina moderna ha establecido que la hidropesía no es propiamente una patología en sí misma, sino la sintomatología propia de otras patologías, que pueden ser cardiovasculares, renales, hepáticas, y consiste en la inflamación del abdomen, de articulaciones como los tobillos o de las extremidades por acumulación de líquidos que el organismo no elimina naturalmente.
En cierto modo, y de un modo superficial, implica la deformación de la figura humana. El hidrópico presenta un cuerpo inflado por la enfermedad que no es real.

Jesús de Nazareth está en casa de fariseos un sábado, convidado a la mesa propia de ese Shabbat, mesa solemne y celebratoria. Los asistentes lo observaban con atención, y la contraposición es total: el Maestro asiste a compartir pan y vida, los que le convidan están ahí como censores, expertos detectores de heterodoxias y errores. Esas especificaciones probablemente le impidan ver el bien y la verdad aunque ésta resplandezca ante sus ojos.

El Maestro es un perfecto conocedor de los corazones. Sabe qué se teje en las honduras de las almas de esos hombres, y por eso señala a uno de los presentes, un hombre hidrópico. La sanación de ese doliente es significativa y reveladora, no tanto de la patología que ha desaparecido, sino del mal que comprime los corazones fariseos.

Ellos, en pos de una observancia a ultranza de la Ley se han vuelto legalistas en detrimento del amor de Dios y de la compasión. Ellos están inflamados artificialmente tras una miríada de normas y preceptos que han establecido en su soberbia, y que esconde su estatura real. En ese salón en donde se comparte la mesa, son muchos los enfermos pero no precisamente el hidrópico.
Hijos de Israel, bueyes cernidos con la Ley, prefieren seguir en un mundo de sombras creado por ellos mismos.

El pozo del que reniegan salir es el pozo de las miserias y del pecado en donde solemos caer, pozo del que nos saca la mano bondadosa de Dios, mujeres y hombres restaurados al sol de la Gracia, siempre disponible, sin restricciones ni horarios, el año santo de la Salvación.

Paz y Bien

Fieles difuntos: vivir para siempre en Dios











Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

Para el día de hoy (02/11/17) 

Evangelio según San Lucas 24, 1-8







Mucho se ha escrito y mucho puede decirse, quizás por esa certeza -no tan frecuentemente expresada- de que todos vamos a morir. Esa conciencia de la propia finitud ha provocado, a través de los tiempos, diversos aconteceres que refieren precisamente a la la necesidad de superar esa frontera, de perpetuarse, y han sido estudiados sin cesar; entre todos ellos, también las religiones tienen sus capítulos en tanto que ámbitos en donde los procesos inconscientes y la angustia encuentran asidero y cierto grado de tranquilidad.
Es claro que este último punto posee cierto grado de veracidad, siempre y cuando nos coloquemos solamente en la perspectiva de quien busca, aún cuando el objeto de esta búsqueda sea un sucedáneo de lo inevitable.

Pero desde el ministerio de Jesús de Nazareth entendemos que la fé es don y es misterio, una invitación difícil de mensurar que implica la primacía de un Dios que dá el primer paso, que sale al encuentro de la humanidad, que invita amorosamente y sin condiciones a ser partícipes de su misma existencia infinita y eterna, con el asombroso color de la gratuidad.
Esa invitación -amplísima, universal, irrestricta- sólo puede aceptarse si hay cambios. No refiere a cumplimientos de ciertas pautas o normas establecidas con el fin de acumular méritos para acceder a beneficios postreros; no se trata de una caja de ahorros piadosa ni de un capitalismo espiritual. Se trata de ponerse en la perspectiva del tesoro más valioso encontrado, por el que vale la pena vender todo para quedárselo, hallar con toda certeza el Absoluto y ese hallazgo transforma la totalidad de la existencia.
Porque por Cristo sabemos que ese Absoluto es Padre y es Madre, y así no descubrimos hijas e hijos, y entonces nos vinculamos de otro modo con Él y con los demás, a los que sabemos hermanos, modo nuevo y definitivo de re-ligarse o re-unirse con todo y todos.

En este día tan especial, en el que conmemoramos a los que nos han precedido, seguramente no han de estar ausentes ni la tristeza ni el dolor. Pero en ese tiempo de invitación y certeza, tiempo de fé, prevalece la esperanza.
El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de abrazos, de donación absoluta, de vida ofrecida. Los fieles difuntos -por esa fidelidad que los define- están vivos y plenos por los campos de Dios, en comunión firme con todos y cada uno de nosotros, porque el amor todo lo puede, porque con Cristo toda tumba deviene inútil, y es señal de comienzo, nunca de final.

Porque nadie se vá del todo, pues se vive en el alma de los que aman, en nuestros pequeños corazones y en el corazón sagrado de Aquel que jamás desistirá en sus afanes de querernos.

Que los nuestros descansen en paz y vivan para siempre, hasta el reencuentro final del regreso del Señor.

Paz y Bien

Santos: vivir con Dios, en Dios, por Dios











Solemnidad de Todos los Santos

Para el día de hoy (01/11/17) 

Evangelio según San Mateo 4, 25-5,12






Los santos viven con Dios, viven por Dios, viven en Dios.

Esta afirmación -porque un santo siempre es positividad, nunca negación- no remite únicamente a la vida postrera, por vivir heroicamente la fé, la esperanza y el amor. Son muchos, una floreciente multitud de hermanas y hermanos, y de entre ellos,como señales de esperanza y auxilio para todo el pueblo, la Iglesia eleva su resplandor sagrado a los altares, en el honor verdadero que es el de la caridad, regalos inconmensurables de la Gracia.

Pero la santidad es una canción maravillosa que se entona en tiempo presente, sinfonía grata del misterio de la Encarnación.
Los santos ha descubierto la presencia amorosa de Dios en toda la creación, y muy especialmente en los ojos del hermano. No hay miseria, ni conflicto, ni pecado que los pueda separar de su presencia sagrada, sustento y horizonte. Y así, con una persistente locura frente a un mundo cada vez más perversamente racional, son felices, son existencias plenas porque se han despojado de todo y en su corazón todo el espacio disponible es para Dios, y por ello mismo para el hermano.
Esa felicidad se expresa en humildad, en justicia, en corazones traslúcidos, en esfuerzo incansable por la paz, en irreductible mansedumbre, y esa misma felicidad es un extraño tesoro que se acrecienta cuando se dona, cuando se brinda y comparte. Y ellos son en verdad insustituibles, indispensables en su sal y en su luz, la Buena Noticia de la Salvación, la esperanza que jamás se resigna.

Santidad es decir cada segundo de la vida un sí total a esa invitación asombrosa a ser partícipes de la vida infinita y absoluta de Dios, sedientos bebedores de la Misericordia que a todos se ofrece sin condiciones.

Paz y Bien

ir arriba