Gritos incómodos, clamores de fé


Para el día de hoy (27/05/10):
Evangelio según San Marcos 10, 46-52

(Bartimeo está a la vera del camino.
Sólo posee una manta que utiliza como abrigo y para recoger eventuales limosnas.
Está precisamente allí porque es paso obligado de peregrinos que se encaminan de Jericó a Jerusalem. Sin dudas obtendría algunas monedas más.

Ese estar al lado del camino no es eventual, es mucho peor: está a la vera de la vida, pues su ceguera es considerada consecuencia del castigo divino por pretéritos pecados.

En eso, pasa el Señor rodeado de sus discípulos y de una gran multitud.
Bartimeo se entera de que Jesús está cerca, sabe de su fama pero también pone su corazón y su confianza en Él. Por eso suplica a voz en cuello su misericordia, implora gritando su compasión.

Y sucede lo de siempre: es increpado para que se calle. La misericordia y la compasión que el Maestro les ha venido enseñando por tanto tiempo y de tantas formas se ha quedado en la superficie de su razón, no ha calado en sus corazones.
Hoy es igual: el grito del pobre molesta, incomoda y es preciso acallarlo.

Sin embargo, el grito de Bartimeo -y el grito de los pobres- es siempre más fuerte que las voces mezquinas que intentan silenciarlo. Y el Señor siempre escucha y oye.
Por eso lo manda llamar, y Bartimeo al enterarse, hace dos cosas increíbles y maravillosas, propias del Reino: él, que para caminar de un lado a otro debía tantear con cuidado los muros con sus manos... ¡dá un salto!. Y como si esto no bastara, deja sin vacilar el manto, que es lo único que posee, manto que lo abriga, manto con el que recoge monedas.

Bartimeo es tierra fértil para la semilla del Reino, Bartimeo es bienaventurado porque al pobre y excluído Dios siempre lo escucha y en Dios está su esperanza.

El Maestro se dirige a Él con delicadeza y ternura, en total contraposición a aquellos otros -el mundo, quizás- que ordenaban su silencio.

-¿Qué quieres que haga por tí?-

El salto de Bartimeo es un salto de fé: sabe que Jesús es Mesías y Maestro, sabe que es compasivo y misericordioso, y le suplica el poder ver.

Se ha despojado de todo, y por ello en él todo sera posible; en ese volver a ver no está solamente la remisión de una patología, sino también una vida transformada de raíz.

Por eso mismo, apenas recobrada la vista de sus ojos y la de su alma, sigue al Maestro.
El ciego se convierte en discípulo y seguidor.

Nos queda a nosotros suplicar también compasión para escuchar con atención y ternura los gritos de los pobres; que esos gritos se nos vuelvan molestos e intolerables no por la salud de nuestros oídos, sino más bien por asumir como propio el dolor del prójimo/próximo.

Nos queda a nosotros suplicar misericordia: que podamos volver a mirar y ver, para seguir sus pasos.

Nada es imposible; basta despojarse de lo inútil y tener a cada instante de nuestras existencias a un Maestro que nos dice con afecto entrañable -¿Qué quieres que haga por tí?-)

Paz y Bien



3 comentarios:

Salvador Pérez Alayón dijo...

Vaciarnos y despojarnos de todos nuestros apegos y apetencias, porque mientras nuestro corazón ande ocupados por cosas, no dejamos entrar al ESPÍRITU que nos salva.

O nuestra vida la ocupa DIOS o nada ni nadie puede llenarla. Sólo JESÚS puede darnos la luz que alumbrará plenamente gozosa nuestra vida.

Gracias amigo Ricardo por tus refrescantes y claros criterios que nos alumbran la Verdad. Qué el ESPÍRITU SANTO te bendiga y asista en esta ingente tarea que tanto bien hace.

Un fuerte abrazo en XTO.JESÚS.

rgr dijo...

Gracias mi amig y mi hermano Salvador por tus palabras generosas; pero -sin ningún tipo de falsa humildad- verdaderamente creo que nada de lo que aquí haya de bueno me pertenezca.
Dios ha sido muy generoso conmigo; yo sólo soy un miserable bolígrafo descartable en sus Manos de Misericordia.
Un abrazo en Cristo y María
Paz y Bien
Ricardo

Salvador Pérez Alayón dijo...

Eres un instumentos en Manos del ESPÍRITU que respondes y das sus frutos.

¡Qué DIOS te bendiga!

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