Cuestiones hogareñas


Para el día de hoy (09/05/10)
Evangelio según San Juan 14, 23-29

(Los misterios no pueden ni deben explicarse; deben beberse con las profundidades del alma, están mucho más allá del alcance de la razón, y nuestras palabras siempre resultarán decididamente escasas y pobres en cualquier intento explicativo.

El Maestro nos revela: Él y su Padre vendrán y harán morada en nosotros. Morada, lar, casa, hogar.
A simple vista, y desde la pequeñez que somos con nuestro lastre de miserias, parece como si se quisieran colocar las aguas de todos los mares en un vaso.
Y volvemos a la primer premisa: misterio, y misterio de ternura y comunión.

Dios viene a nosotros, a habitarnos... la tensión -además de inmerecida- parece insostenible.
Misterio y Gracia.

Jesús revela, quita los velos poco a poco que ocultan a este misterio insondable: la clave es el amor.
Y debemos aquí hacer un alto y una reflexión exhaustiva: no se trata de una condición sine qua non, no se trata de hacer algo sin lo cual no sucedería lo milagroso.

La clave es el amor.

En primer lugar, descubrirnos amados, queridos...y desde allí, amar, querer al hermano hasta el extremo de dar la vida, derrotar todo egoísmo, renunciar con imperecedera alegría a nosotros mismos.

El Dios de la Vida vendrá y hará morada.
Su casa será nuestro corazón, y es el hecho increíble de transformarse en templos vivos.

Mas nada podemos hacer solos, y es soberbia suponer que se trata de la acumulación meritoria.
Se trata de amor, y sólo se transitan sus veredas con el auxilio del Espíritu Santo, el Espíritu que sopla e impulsa, Espíritu de Vida y Paz.

El Maestro nos regala su paz, y hemos de volvernos niños con la suficiente capacidad de asombro frente a los regalos.
No la paz como la el mundo: no lo hace por otro interés que el bien de todos.
La clave / llave es el amor, es la renuncia, el despojo del ego, la entrega incondicional al otro.
Desde allí se construye la paz.

Desde este hogar en ciernes que somos, quizás haya que pedirle al Espíritu que sople, que nos barra estas habitaciones, que la vida que es Dios mismo se haga presente en nosotros... tal vez ya está pero se nos ha enfermado la mirada.

Y hay que suplicar -a contramano del mundo- ser un foco infeccioso, por fiero que parezca.
Si señoras y señores: una casa que contagie la Paz que se nos ha regalado.

El símbolo y signo de esa casa es María de Nazareth, Madre, hermana y discípula del Señor: supo decir ¡Sí! de tal modo y fué habitada en su plenitud, que el Dios de la Vida se ha hecho uno de nosotros a través de Ella, templo perfecto del Espíritu.

Por todo ello, viene el Espíritu -Pentecostés a las puertas-: cada uno de nosotros somos pequeños hogares en donde habita el Altísimo... desde estos altares del alma, roguemos por ese soplo que una nuestras casas y construya comunidad, esta aldea grande y fraterna que llamamos Iglesia)

Paz y Bien

4 comentarios:

Oceanida dijo...

Que hermoso post, es cierto todo lo que dices. Con la mirada enferma no es posible ver toda la Obra de Dios en nosotros, pero llega el dia en que somos invitados a Ver, y ese dia como un torbellino la Luz entra a raudales y entendemos que por fin estamos en casa y que El nos habita.

Un abrazo.

su chico dijo...

Los misterios no pueden explicarse...¿tú crees? Claro, dejarían de ser misterios.
En todo caso, a mi espíritu curioso e inquieto le gustan el misterio
Especialmente cuando pretende que le llame Padre
Un saludo

rgr dijo...

Es una gran alegría, Oceánida, encontrar eco y espejo en almas lejanas quizás en distancias físicas pero cercanas en el espíritu por el misterio de comunión.
Te ruego me permitas unirme con mi oración al camino que sé que has emprendido.
Que el Espíritu del Resucitado te aliente, sostenga y colme de paz y alegría.
Un abrazo fraterno
Paz y Bien
Ricardo

rgr dijo...

Totalmente de acuerdo, hermano; me sucede lo mismo, y a veces uno se pregunta si hemos perdido la capacidad de "degustar" los misterios, en especial el más grande, un Dios que es Abbá!, Papá, que nos busca sin desmayos.
Un abrazo en Cristo y María
Paz y Bien
Ricardo

Publicar un comentario

ir arriba