Sembradores confiados










San Pío del Pietrelcina, presbítero

Para el día de hoy (23/09/17) 

Evangelio según San Lucas 8, 4-15




La escena transmitida por el Evangelista Lucas es magnífica: una multitud venida de todas partes que se reune alrededor del Maestro, escuchándole con atención. Muchos de ellos sin dudas eran labriegos o campesinos, por lo que podemos imaginar sin ninguna dificultad sus gestos de asentimiento y asombro frente a la parábola que Jesús de Nazareth les brinda.

Es llamativo que en toda la parábola -no en su explicación privada y posterior a los discípulos- no se mencione Dios, Reino, Salvación o Mesías. En este sentido, la parábola es descaradamente profana y, tal vez, demasiado secular para los religiosos profesionales de miras estrechas.
El asombroso tesoro escondido tras sus vocablos e ilógica es que el Reino de Dios está indefectiblemente entretejido en lo cotidiano, la eternidad en santa urdimbre con el aquí y ahora.

Pero también enciende las alarmas de nuestras prudencias desmedidas la actitud del sembrador. Pareciera un sembrador demasiado despreocupado, o quizas hasta algo tonto y torpe, pues parte de esa semilla -los campesinos galileos sabían que las semillas eran bastante caras- vá a parar a sitios en donde no hay frutos buenos ni germinación ni crecimiento constantes. Hay algo de pátina azarosa en su conducta, pero hay mucho -muchísimo- de confianza en lo que sucederá en los surcos. Con todo y a pesar de todo, de las tormentas, las piedras, las plagas o la cizaña engañosamente tibia.

El sembrador actúa de ese modo tan extraño porque confía totalmente en la semilla que porta, en su impresionante fuerza escondida, en su maravillosa capacidad de rinde, pródigamente frutal. Y aunque muy a menudo en los surcos no estará a la espera la tierra fértil de las almas, a pesar de ello han de crecer árboles frondosos y habrá una cosecha de frutos extraordinarios.

No podemos permitirnos los desánimos personales ni misioneros. La fuerza de la Palabra de Dios no se deja atrapar por nada, y basta cobijarla al calor de los corazones para que la vida, esa vida que siempre se nos está creciendo y renovando, vuelva a brotarnos en cada amanecer.

Paz y Bien

Discípulas y seguidoras









Para el día de hoy (22/09/17) 

Evangelio según San Lucas 8, 1-3







La lectura que la liturgia nos ofrece el día de hoy se limita a sólo tres versículos. Parece muy corta, especialmente si comparamos con otra como la correspondiente al día de ayer; sin embargo en esos pocos versículos condensa y revela la trascendencia que para Jesús de Nazareth tenían, como hijas de Dios y como integrantes de la comunidad cristiana, las mujeres, sus discípulas.

Ello se destaca si por un momento observamos con detenimiento la situación de la mujer en la Palestina del siglo I, especialmente entre el pueblo judío: ellas carecían de derechos y voz propia -ciertos rabinos, incluso, las consideraban indignas de participar en la sinagoga o de aprender a leer y a escribir-, y estaban en la práctica totalmente sometidas y dependientes de su padre o de su esposo, según su edad o estado. Concretamente, su destino era el concebir los hijos y cuidar la casa, y en ese talante, ninguna mujer que tuviera una conducta honorable y adecuada hablaría ni frecuentaría otro varón que no fuera su padre, su esposo o eventualmente su hijo adulto.

Por ello mismo que mujeres de distinta extracción social fueran tratadas como iguales por ese rabbí galileo horrorizaba y llenaba de suspicacias a las mentes rígidas sin corazón. Peor aún cuando Él no dudaba ni un instante en tocar, recibir, sanar y bendecir a aquellas portadoras de algún estigma insoluble, como la impureza, el pecado, o simplemente la baja reputación.

En principio, el Evangelio para el día de hoy anticipa con toda precisión que quienes serán las primeras testigos privilegiadas de la Resurrección, del triunfo de la vida, y a su vez serán evangelizadoras de los apóstoles, son mujeres que no están allí por arribistas, ni por circunstancias fortuitas o azarosas. Ellas han estado junto a Él desde los mismos comienzos de su ministerio en Galilea, han recorrido los caminos a su lado, han participado como misioneras al igual que muchos otros. Ser testigos es parte de esa misión que les ha ido creciendo y madurando en sus existencias.

Y otra cuestión también es raigal: con deliberada y magnífica intensidad, el Evangelista Lucas señala que algunas de esas mujeres han sido sanadas por Cristo de enfermedades y malos espíritus. Quizás esos malos espíritus tengan que ver con resignarse, con aceptar ser menoscabadas, con no poder vivir en plenitud, ser felices.
Ése es el distingo: son testigos y son discípulas no por haber aprendido una doctrina, sino por redescubrir a cada instante el paso salvador de Dios por sus vidas, y todo el bien que Cristo ha hecho en ellas, un Cristo que es su hermano, su Señor y su amigo.

Esa esperanza y esa reivindicación fraterna -que nada tiene que ver con un feminismo banal- provienen de Cristo y hoy, en pleno siglo XXI, seguimos sin quererlo aceptar en todas sus dimensiones de Buena Noticia.

Paz y Bien

Cristo nos busca









San Mateo, apóstol y Evangelista

Para el día de hoy (21/09/17): 

Evangelio según San Mateo 9, 9-13



Para los judíos del siglo I, un publicano es una persona despreciable, ubicado en un mismo escalón moral que las prostitutas. Se trata de otro judío al servicio del opresor romano, que sentados a sus mesas recaudan las tasas o impuestos imperiales: para los estrictos fariseos, un publicano es un hombre contaminado, un impuro religioso por estar en contacto habitual con extranjeros y con sus monedas. Para el resto del pueblo, se trata de un traidor, vendido a los intereses del que somete a la tierra de Israel, y que a menudo abusa de su posición con prácticas extorsivas para con sus paisanos. Desde todas las perspectivas, eran odiados fervorosamente y su vida personal se relegaba a su familia y al contacto con sus pares,un ostracismo difícil de romper.

El encuentro parece casual, un caminante más por las calles y la mesa tributaria como un accidente del terreno que es preferible sortear, pasar de largo, en especial por el indeseable que está allí, con su infame tarea cotidiana.
Pero el Maestro nazareno tiene una conducta extraña, escandalosa para los observantes rígidos e inmisericordes. Se detiene y lo observa, no se anda con cuidados por los potenciales comentarios de otros, seguramente lo mira a los ojos al publicano.
Las cuestiones importantes siempre son personales, que atañen a la raíz de la existencia, y más aún las cuestiones del Dios de Jesús de Nazareth.

Nadie en su sano juicio, en aquel entonces, le hubiera dirigido la palabra a un publicano, no lo convidaría ni a apreciar un leve buenos días.
El Maestro lo convoca, lo llama por su nombre y le indica que lo siga. La respuesta de Mateo -conocido como Leví- es inmediata, audaz, total. Abandona todas las certezas que tiene -su mesa de trabajo, los impuestos que cobra, su mundo reducido- y sigue a Cristo.

La invitación a seguirle es para compartir su existencia, vivir como Él mismo. La respuesta de Mateo es también simbólica: el ponerse de pié -paso primero antes del seguimiento- es su vida, su humanidad restaurada por el paso salvador de Dios, por sus días re-creados.

La gran noticia, la inmensa y feliz noticia es que nos buscaste, a pesar de nuestras miserias, de nuestros quebrantos, de todo lo reprochable, de todos estos desprecios que nos revisten. Viniste para que nos pongamos de pié, para que abandonemos todas las muertes, para dejar atrás la pleitesía a la muerte, y el tributo que se paga a la nada.

La Gracia no se merece ni se gana. El amor de Dios es absoluto e incondicional, y espera con paciencia nuestra respuesta.

Paz y Bien

De los caprichos a la fé en Cristo













Para el día de hoy (20/09/17) 

Evangelio según San Lucas 7, 31-35






Es necesario que el Evangelio para el día de hoy lo situemos en un contexto más amplio, para ahondar en su significado primordial.
 
Es que Jesús de Nazareth ha reivindicado sin ambages la figura de Juan el Bautista, a la vez que expresa su pesar por el rechazo que el hijo de Zacarías e Isabel producía en los rostros severos de escribas y fariseos. Esos hombres eran profundamente religiosos -la afirmación religiosos profesionales no es tan descabellada- y así como rechazaban la íntegra austeridad del Bautista, repudiaban abiertamente el ánimo celebratorio del Maestro, que compartía su mesa con todos, especialmente con los excluidos y con todos aquellos que nadie, en su sano juicio, invitaría a su mesa. Todo un signo y un símbolo de que la vida ha de cuidarse y celebrarse con talante de don único y maravilloso, con todo y a pesar de todo y todos.
 
Más no había nada que les viniera bien: del profeta Juan despreciaban esa austeridad que los cuestionaba, mientras que no se medían en exclamar que Jesús era un borracho y un glotón.

Los signos de Cristo no eran suficientes para esos criterios obtusos. Ni el criado del centurión, ni el hijo de la viuda de Naím, ni el vino multiplicado, ni esos cientos de enfermos erguidos nuevos y sanos, nada les conformaba. Como cegados sin ninguna intención de ver, estaban oscurecidos de torpe soberbia. Cualquier excusa, de cualquier signo y color, les resultaba útil para descalificar, para argumentar falacias, para rechazar, en un intento de aislar y menoscabar.

Es que la fé es mucho más que una ideología, la adhesión a un corpus dogmático, y no se deja constreñir por la estrechez de un sistema de ideas.
 
La fé no es un juego que deba someterse a caprichos y excusas. La fé es don y misterio que ha de cultivarse de manera siempre creciente, y cuyos frutos son siempre buenos, frutos de compasión, de misericordia, de solidaridad y fraternidad, frutos que a veces parecen esquivos o poco abundantes pero están, y germinan en los corazones de esas mujeres y esos hombres que empujan la vida hacia adelante, hacia la plenitud, hacia la justicia, hacia la felicidad.

Paz y Bien

Al paso de la vida










Para el día de hoy (19/09/17) 

Evangelio según San Lucas 7, 11-17




La liturgia nos sitúa en la ciudad de Naím, a unos nueve kilómetros de la Nazareth natal de Jesús y aproximadamente a cuarenta de Cafarnaúm en donde su ministerio crecía. Es decir, nos escontramos en la Galilea profunda, siempre periférica y sospechosa.

En las puertas de la ciudad, dos caravanas se encuentran.
Una, es la del Maestro, sus discípulos y una gran multitud, que sigue el rumbo de la Buena Noticia, caravana de la vida, de la Salvación.
La otra, es un cortejo fúnebre camino al cementerio. Es caravana de luto y dolor -cosa de muertos-, de lágrimas, de lo que surge inevitable, irreversible.

Este cortejo se porta un ataúd, pero son dos los cadáveres.
El habitante nuevo del féretro es un joven, vida y proyecto cercenados antes de florecer y dar frutos. Pero la madre es la otra muerta, aún peor que la joven vida trunca. Es mujer, es viuda y acaba de perder a su único hijo varón.

Es mujer, y como tal apenas cuenta, no tiene derechos ni relevancia social, su entidad y su sustento provienen del esposo que también ha muerto. Pero ahora, el hijo que cuidaría de ella ha partido, y su desamparo es total. Es la injusticia que se ha cebado en su frágil existencia, la injusticia de un sistema que no la tiene en cuenta y que la condena crudamente a la nada, siempre a menos, igualando con obscenidad hacia abajo. Y también es una madre quebrada.

Parecería que en luctuosa mixtura las dos caravanas se unen; la tristeza a veces subyuga por lo contagiosa y porque la resignación frente a la postración de la muerte en cualquiera de sus formas tiene una fuerza demoledora. Esas gentes acompañan a esos muertos -al cadáver del hijo y a la muerta en vida- a un destino que suponen grabado en piedra, inamovible en su oscuridad, definitivo.

Ellos acompañan. Nadie en su sano juicio, en aquellos tiempos de rigores jurídicos-religiosos, se habría acercado demasiado al ataúd: el contacto con un cadáver suponía que el infractor a esa norma, durante siete días, sería considerado impuro, indigno e inhábil para participar del culto y la vida comunitaria.

Pero está el Señor, y Cristo jamás pasa de largo ni se mantiene como un espectador pasivo frente al dolor y al sufrimiento de los demás. Por eso toca el féretro sin vacilar, porque no teme a esa letra muerta que multiplica el sufrimiento, y porque jamás se resigna. En Él viven todas las esperanzas.
Por eso mismo el mandato primero es sanador, para que retrocedan las lágrimas, para que se disipen las nubes del llanto, porque otro sol es posible. No hay noche definitiva.

Y en esa misericordia que es, literalmente, poner el corazón y la existencia allí en donde campea la miseria, y es la misma justicia de Dios, acontecen varios milagros.
El joven recobra la vida.
La madre se yergue en su dignidad plena de hija, de madre y de mujer.
Y todas esas gentes son resucitados en humanidad, para que no permitan más ser doblegados, sabedores que serán ellos, Dios mediante, los que han de escribir su propia historia a la luz de la Gracia, porque no hay destino inevitable sino vida por plenificarse que nada tiene de ilusoria, sino que es la verdad que libera y por la que devienen inútiles todas las tumbas.

Paz y Bien

Creyentes sin nombre











Para el día de hoy (18/09/17):  

Evangelio según San Lucas 7, 1-10






A lo largo de los Evangelios, podemos rastrear toda una geografía -perfectamente trazable- que se corresponde con el ministerio y predicación misioneras de Jesús de Nazareth, y es menester prestar especial atención a su contenido simbólico, por todo lo que nos revela, por las ventanas que se nos abren.
Así entonces, en esa geografía podemos intuir senderos de Salvación que el Dios de la Vida nos regala, una geografía de la Salvación.

En el Evangelio para el día de hoy nos situamos en Cafarnaúm, plena Galilea. Esa Galilea, si bien parte de la tierra santa, era mirada con desconfianza religiosa por los sectores más ortodoxos de la fé de Israel, pues Galilea era zona de intercambio y comercio con extranjeros, y por lo mismo, muy pasible de contaminación con lo ajeno y distinto, considerando al extranjero como el epítome de la impureza. Socialmente, no era mejor su consideración: desde las colinas jerosolimitanas, los galileos eran observados con condescendiente desprecio, varios escalones por debajo de la escala social -nada bueno puede salir de Nazareth-, algo así como kelpers judíos a los que todo se le exige pero pocos derechos se les concede.

La gran señal es que Dios se ha despojado de todo para hacerse uno de nosotros, uno entre tantos, el insondable y asombroso misterio de la Encarnación de un Dios que elige hacerse compañero y hermano de los que no cuentan, de los marginales, de los que son despreciados y no son muy tenidos en cuenta, en la Nazareth de esa Galilea de la periferia.

Por otra parte, la escena acentúa más esa situación: el centurión era un oficial de la fuerza militar del imperio ocupante y opresor de la Tierra Santa. Es un extranjero, un pagano, un proscrito que puede despertar alguna que otra simpatía menor pero que lleva en sí el estigma de su condición y su obrar.
No obstante ello, suplica por un servidor suyo -casi seguro un esclavo-, que por la postración provocada por su dolencia, también es un proscrito y un impuro a causa de su enfermedad. Es un proscrito que ruega por otro proscrito a ese rabbí galileo que a nadie rechaza y que tanto bien pasa haciendo.
Pero también sabe que entre ese hombre de Dios y él, un soldado romano, hay un abismo insalvable. Por ello le hace llegar a Jesús su súplica a través de terceros, por ello abiertamente confiesa que no es digno de recibir bajo su techo a ese Cristo, y allí mismo germina el milagro.
Ese hombre confía, tiene su mente y su corazón encendidos de fé en el Maestro y en el poder de su Palabra, aún cuando él no sea parte de ese pueblo elegido.

Ese centurión es imagen de tantos cristianos desconocidos, de tantos creyentes innominados. Son los que rompen toda barrera impuesta y se juegan por los demás, que anteponen el dolor del otro a cualquier interés propio. Son los que saben que la bondad tiende puentes que hacen superar cualquier abismo. Son los que esperan contra toda esperanza, son los que aún sin ser parte, confían aunque no vean.
Son los que sin demasiados aspavientos hacen el bien a todos sin buscar el aplauso o la conveniencia, y a nosotros también muchos nos levantan a diario tantas sinagogas para reunirnos.

Paz y Bien

Misericordia, amor de locos














Domingo 24° durante el año

Para el día de hoy (19/07/17):  
 
Evangelio según San Mateo 18, 21-35







La misericordia de Dios es imposible de explicar y, más aún, de ser pagada de algún modo. A través de toda la historia, y en cada instante de nuestras existencias, el paso redentor del amor de Dios no tiene correspondencia, es un amor de locos.
Dios nos ama incondicionalmente, y nada gana con querernos. Ese amor no se puede calcular ni puede ser sometido a la mesura de planes y proyectos; no nos ama para un fin específico, ni por nuestras virtudes, ni tampoco por nuestras falencias. Nos ama desde sus entrañas, y esa es la gran revelación de Jesús de Nazareth.

Ese amor se expresa en el perdón.

Las razones que esgrime Pedro no están nada mal: para los criterios imperantes en su época, inferir que debemos perdonar hasta siete veces al mismo hermano que, de continuo, nos hace daño, es una postura muy generosa, y hasta complicada de implementar en la práctica.
Sin embargo, el error de Pedro está no tanto en la conclusión como más bien en el razonamiento previo: en la búsqueda del cuantas veces, establece un límite que el Maestro no acepta y rechaza.
 
Porque el Padre de Jesús -Abbá Dios nuestro- jamás se cuestiona la cantidad de veces que debe perdonar y sanar a una hija o a un hijo, a todos y cada uno de nosotros, mínimos y miserables intregrantes de esta humanidad errante.

Ello se vuelve explícito en la parábola que el Maestro brinda a continuación. La parábola es alegórica, simbólica, el rey de marras jamás puede ser comparado con el Dios de Jesús, porque ese rey se mueve en el plano del poder y del utilitarismo en el que tan a menudo nos embarcamos, y que suele regir las relaciones humanas, las interpersonales, las nacionales, las ideológicas.
La deuda del siervo es impagable, esos diez mil talentos de ningún modo pueden ser cubiertos en varias generaciones. Pero la incomparable bondad de Dios tiene los mismos efectos: salvar lo imposible, desterrar el no se puede -hasta podemos trasladarlo a la durísima realidad de las deudas de las naciones, que tanta miseria y dolor imponen-.

La puerta se nos puede entreabrir cuando comenzamos a aceptar, sin buscar justificaciones, ese amor asombroso que Dios nos tiene. Aceptar que nos quiere sin límites, siempre, con todo y a pesar de todo.
Y aunque todo diga lo contrario, procurar ordenar la existencia personal y comunitaria en esa misma ilógica santa, la de Jesús de Nazareth, la de la cruz y la Resurrección.

Paz y Bien

Árboles firmes










Para el día de hoy (16/09/17): 

Evangelio según San Lucas 6, 43-49







Por lo general no son demasiado vistosos. Tienen, eso sí, las particularidades propias de su origen y entorno, y los hay de diversas longitudes, dimensiones, frondosidades. Pero eso sí, todos tienen en común una particularidad que es su sino y su identidad: los buenos árboles se reconocen por sus buenos frutos.

Es claro que la realidad indica una obviedad: los buenos árboles no rebosan de buenas intenciones frutales. Lamentablemente, demasiadas autopistas a la perdición se han pavimentado con el asfalto falaz de las buenas intenciones. Los buenos árboles son más sencillos, brindan buenos frutos porque en ello les vá la savia.
Árbol sin frutos es savia desperdiciada, vida de balde, destino de leña.

Hay muchos hombres y mujeres así, árboles buenos, árboles de ramas fragantes, árboles de buena sombra en verano, árboles que nos sustentan, árboles firmes en la bondad. Árboles que no andan buscando apologías, agradecimientos: les basta y alcanza con la firme raíz que es la de brindar/se en frutos generosos, sin estridencias, aún cuando en ello se les vaya toda la existencia. Porque sus frutos no están como adorno, sus frutos son buenos para los demás, nutren y engalanan las vidas de los otros.
Esas mujeres y esos hombres, árboles buenos que la vida nos regala a cada paso, acunan corazones grandes en donde el bien que sólo procede de Dios puede germinar, la cosecha infinita y bondadosa del Reino.

Es menester darse cuenta, expandir la mirada y jamás abandonar la gratitud.

Edificando sobre la roca firme de la Palabra, Cristo, Verbo encarnado, Dios con nosotros, la casa existencia permanece firme a pesar de tantas tormentas.
Pero además nos abre los ojos también, para reconocer el amor de Dios en esos árboles cordiales de frutos santos que en todas partes florecen en humildad y silencio, contra viento y marea, a pesar de que a veces parezca mandar la noche, para que no nos resignemos a edificar el día.

Paz y Bien

Señora de los dolores, madre de la esperanza










Nuestra Señora de los Dolores

Para el día de hoy (15/09/17): 

Evangelio según San Juan 19, 25-27






Esa mujer nazarena, al pié de la cruz, sufre un dolor que no puede expresarse de modo alguno con certeza y precisión.

Hay un cierto ordenamiento natural que se quebranta cuando un hijo muere antes que sus progenitores; sin embargo, cuando esa razón se invierte, son dos los que mueren, el fallecido y con enorme hondura la madre, en vínculo sanguíneo, cordial, espiritual con ese hijo que se ha ido.

Esa mujer nazarena está sometida a algo mucho peor: el Hijo se le está muriendo ante sus ojos, consumido su cuerpo por terribles dolores y por la tortura que se le aplica con siniestra eficacia romana. Seguramente el golpe de la impotencia, de las manos atadas, del no poder hacer nada ni cambiar lugares la agobia, pero sigue en pié, firme, fiel.

Sigue en pié a pesar de que a ese Hijo que también es su Maestro y su Señor lo ejecutan como a un criminal abyecto, despreciable, un maldito para la rigurosa mentalidad religiosa de su tiempo.

La simple observación nos deja en las lágrimas, en esa Madre de los dolores, como si lo luctuoso tuviera que asimilarse en su amargura con carácter definitivo.

Pero hay más, siempre hay más, y la figura de la Madre Doliente nos remite e impulsa más allá del dolor y el sufrimiento. No hay lógica posible. Lo que prevalece es su fidelidad a ese Hijo hasta el final, de pié y firme, sin abandonarle jamás, fidelidad que tiene la misma raíz vocal que la fé, fidelidad que tiene el mismo origen santo de la fé.

Ella nos dice que a pesar del dolor más demoledor no hay que resignar jamás la esperanza. Anawin del Señor, en ese Gólgota plagado de tinieblas cerradas prevalece la luz de su esperanza que no es utopía, pues es la realidad del amor de un Dios que ha de prevalecer siempre sobre el horror y la muerte.

Esa mujer fiel no tiene casa propia. Su hogar, por esa fidelidad, será el hogar de los hijos que la reciban, y a esos hijos, hermanos del Cristo de su vientre santo y de su corazón inmaculado, les brindará su persistente firmeza, su obstinada ternura, su amor fidelísimo aún cuando todos ellos, todos nosotros, estemos agobiados por el llanto.

Que la Madre de Dios, Madre fiel, Madre nuestra, nos enseña a mirar la vida con sus ojos, y a tener un corazón inmenso y esperanzado como el de Ella.

Paz y Bien

El árbol de la vida










La Exaltación de la Santa Cruz

Para el día de hoy (14/09/17) 

Evangelio según San Juan 3, 13-17







Dos árboles que son símbolo y signo de nuestro destino.

El árbol del paraíso, de la caída, del pecado, de elegir la muerte y el exilio de la vida, el árbol que simboliza todos los males que elegimos.

Pero a través de otro árbol, un árbol santo, hemos recuperado la vida merced al pago del rescate pagado al precio de su propia vida por Jesucristo, árbol de la Salvación.

Es la contradicción mayor para las razones de este mundo. Quizás a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, el pleno significado de una cruz se nos escape en su gravoso significado.
Para nosotros puede significar un símbolo de muerte y horror. Pero para las gentes del siglo I de Palestina y de otras varias provincias del Imperio Romano, la cruz implicaba una ignominia insuperable, el método elegido por los césares para ejecutar a los criminales más abyectos, a los que subvertían el orden, a los marginales. Y como si no fuera suficiente, una interpretación de la Torah implicaba que el ajusticiado era, a su vez, un maldito. Marginal, abyecto y maldecido, sumado al espanto, era la consecuencia de la crucifixión.
Y también un ominoso efecto disuasorio, pues el ajusticiado en su sufrimiento -o su cadáver- queda expuesto a la vista del pueblo para cercenar cualquier asomo de rebeldía o desvío de la autoridad opresiva que se impone.

Sea cual fuere el abordaje pretendido, todos pueden coincidir en el análisis último del sufrimiento y la muerte.
Y en esa lógica, exaltar la cruz es una locura.

Pero en el horizonte de la Gracia, no tratamos tanto con razones sino más bien con co-razones.
Se trata de un misterio insondable que no puede ser abarcado con mensuras humanas, tan inmenso que es.
Se trata de un Padre que se muere dos veces por los demás: muere dos veces porque es su propio Hijo el que se le muere en esos espantos, y muere para que no haya más crucificados, nunca, y para que toda la humanidad, amada con ternura entrañable, sea plena y encuentre la felicidad y la salud, la Salvación.
Se trata de un misterio de amor y de vida que se propaga imparable porque se ofrece generosa e incondicional.

Ese árbol santo tiene dos ramas, una que lo liga eternamente al cielo de la trascendencia y la eternidad, e inseparablemente otra rama que horizontalmente cobija y señala a todos los hermanos.

Exaltamos la cruz porque en ella Cristo se ha puesto al hombro nuestros sufrimientos, nuestros dolores, nuestras miserias y nuestros pecados, para vivir plenos, sin menoscabo. Y porque no hay amor mayor ni tesoro más valioso que el dar la vida por los demás. Y porque renegamos de todas las cruces que se imponen, crueles y groseras.
Sólo desde la vida ofrecida se nos crece más vida.

Paz y Bien


La felicidad, nuestra vocación











Para el día de hoy (13/09/17) 

Evangelio según San Lucas 6, 20-26




La expresión nuevo orden es, en el mejor de los casos, controversial. Por lo general, refiere a cuestiones de índole política o ideológica, y en muchos casos es la excusa para implantar regímenes brutales, autoritarios, o sencillamente crueles bajo una pátina revolucionaria. Por desgracia, ejemplos sobran.

Sin embargo, el Reino de Dios inaugurado y predicado por Jesús de Nazareth implica un nuevo orden, pero un nuevo orden de los corazones: es en el corazón humano en donde todo se resuelve.
Porque la bienaventuranza es proyecto y propuesta universal de felicidad, de humanidad plena, de mesa grande de fraternidad comenzando por los que están sumidos en la tristeza, el dolor, la miseria impuesta. Pero debemos estar en guardia contra todo intento de premiaciones postreras, que suelen esconder voluntades de resignación: felices los pobres porque el Reino les pertenece hoy, aquí y ahora. Y el hambre que agobia, y el dolor que persiste no son deseados ni queridos por Dios.

El Padre de Jesús de Nazareth ama sin límites a todas sus hijas e hijos, y ese amor se traduce en trastocar todo lo que deshumaniza, que humilla, que pretende socavar la dignidad única de cada hombre y de cada mujer. Y más aún, es un Dios que se pone abierta y escandalosamente del lado de los pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que nada tienen. Su plenitud y su esperanza está en el mismo Dios.

El Señor ha inaugurado el año infinito de la Gracia, de la Misericordia, tiempo santo de Dios y el hombre.

Pero muchos otros se sentirán satisfechos con lo que tienen, y que no es solamente una cuestión de bienes o posesiones. Nuevamente, se trata de lo que se hunde en las raíces del alma. Almas que se nutren de dinero, de poder, de elogios, de conformismo y resignación. Ahí se afincan las lágrimas porque no hay espacio para la Gracia, porque el prójimo ha sido desterrado.

La invitación a ser felices es un mandato y una vocación tenaz e irrenunciable que ese Dios nos ofrece aquí y ahora.

Paz y Bien

Elegidos por Cristo












Para el día de hoy (12/09/17) 

Evangelio según San Lucas 6, 12-19





A la hora de tomar decisiones, Jesús de Nazareth jamás vacilaba. Pero ante cada una de esas decisiones trascendentes, lo encontraremos aferrado con todo su ser a la oración, unido sin fisuras a su Padre. La noche oscura del huerto de los Olivos, la sanación de los enfermos, la misión de los suyos. Su corazón sagrado busca luz y verdad en el Espíritu que lo unge.

Así también en la noche previa a la elección de los Doce apóstoles, horas y horas de escucha y plegaria, de diálogo fecundo, de revestirse del amor de Dios.

Multitudes seguían fervorosas al Maestro. Pero Él, de entre todos, elige a Doce de ellos, y esa elección no es una cualificación discriminatoria. Por el contrario, es una cuestión de asombrosa confianza. Esos Doce -símbolo de continuidad con las Doce tribus de Israel- serán enviados a todas las naciones a proclamar y hacer presente la Buena Noticia del Reino, el amor de Dios aquí y ahora.
Es la confianza que deposita el Señor en esos hombres lo decisivo. Pues esos hombres son muy distintos entre sí, falibles, limitados, algunos de carácter fuerte y arrebatado, otros se dejarán ganar por el miedo, otro traicionará, y todos ellos no entenderán la razón primordial del Mesías hasta la Resurrección.

Hay una cuestión tan obvia que puede escaparse a nuestra percepción: esos hombres se convierten en apóstoles por la decisión de Jesús de Nazareth, pero primero han sido discípulos. En cierto modo, ellos han aprendido del Maestro las cosas que Él enseña, y especialmente a vivir como Él, a amar como Él, a no resignarse jamás, a la humildad y la mansedumbre.

Todos y cada uno de nosotros tenemos una vocación apostólica y misionera. Todos, en esa asombrosa misericordia confiada de Dios, hemos sido elegidos para ser sus manos y su Palabra en el mundo. Y hemos sido elegidos concienzudamente, a pura bondad y certeza de que a pesar de todas nuestras miserias y nuestros quebrantos, podemos lograr todos los imposibles desde el servicio, desde la compasión.

Y es menester recordar y tener presente esa necesidad de estar en sintonía, de permanecer atentos a la Gracia, a la voluntad infinita de vida plena y amor de Aquel que nos amó primero y que encontraremos siempre en la oración.

Paz y Bien

Corazones enfermos











Para el día de hoy (11/09/17):  

Evangelio según San Lucas 6, 6-11




Una mano seca, una mano paralizada. Una mano incapacitada para el trabajo, para ganarse el pan, para el saludo franco y amable, una mano impedida de cualquier afecto, una mano que nada percibe y nada señala, una presurosa señal de discapacidad, de enfermedad, de condena expresa, un hombre que ha de ser apartado de todo pues es portador de impureza visible, es un minusválido no tanto por no valerse por sí mismo, sino más bien por valer menos.

Esos hombres duros y puntillosamente religiosos -estrictamente ortodoxos- no tenían en cuenta al doliente; al fin y al cabo, ya estaba mensurado y clasificado, y no podían distraer ni un segundo de su atención en esos detalles menores. En cambio, preferían centrar ojos y oídos en el rabbí galileo que se atrevía a cosas tan peligrosas y contrarias a las buenas costumbres, en medio de la comunidad, insuflando la imagen de un Dios que nada tenía que ver con el Dios de Israel en el que ellos creían.
Este galileo se había vuelto un sujeto de cuidado, un revoltoso cuyo peligro mayor radicaba en lo que estaba inexorablemente firme y Él venía a cuestionar en gestos, en acciones y en palabras. Por ello mismo estaban atentos a que el nazareno cometiera algun irresponsable error, para así tener motivos sobrados para acusarle de blasfemo...el resto de su cruel sistema se encargaría de el silenciamiento postrero.

El Maestro conoce como nadie todo lo que se teje en las honduras de cada existencia, en especial lo que se esconde, y es mucho más que una motivación meramente psicológica. Por ello mismo, a plena vista de esos hijos mezquinos hace pasar al centro de la congregación a ese hombre que padece el mal en su mano. Porque para hacer el bien no hay que andar pidiendo permiso, porque no hay días habilitados y días prohibidos para la compasión y porque el socorro al necesitado ha de ser el centro gravitante de toda comunidad que quiere permanecer fiel al Reino que ya está entre nosotros.

Ese hombre recupera las facultades plenas de su mano, una humanidad felizmente reconstituida y re-creada. Porque, al fin y al cabo, ese hombre era un doliente, pero los otros, los otros sí eran los verdaderos enfermos, corazones de piedra inconmovible.

Paz y Bien

Comunidad y reconciliación












Domingo 23° durante el año

Para el día de hoy (10/09/17):  

Evangelio según San Mateo 18, 15-20



La Iglesia, la comunidad cristiana, comunidad creyente, tiene un distingo que la hace única: es la que se reune en nombre de Jesús, pues sabe que en ese ámbito amplio el Señor se hace presente.
De allí que el Evangelio que anunciamos y el pan que compartimos es mucho más que la propalación de una doctrina y el cumplimiento de un rito prefijado: vivimos, aprendemos, y agradecemos por Él, con Él, en Él, Cristo vivo y presente en medio de los suyos.
Esa presencia supera infinitamente cualquier especulación matemática -somos tantos o cuantos cristianos, católicos, tantos millones, tantas personas-, pues la comunidad creyente es mucho más que la suma de sus miembros, es ámbito familiar de justicia y libertad que se fecunda por la presencia de Aquél que la sostiene y protege de las puertas del infierno.

Dentro de ese espacio familiar, cuyos vínculos son mucho más profundos que los otorgados por la biología, se distingue especialmente el perdón y la reconciliación. El perdón que corrige servicialmente los pasos desviados y los desencuentros, porque todos, sin excepción, somos esclavos de nuestras miserias, de nuestros pecados, y sólo por Cristo somos libres. Por el perdón de Dios conferido a puro amor e incondicionalidad se renuevan las esperanzas, se despeja la muerte, renacen las posibilidades de una vida cada vez más plena.

Entonces, reconocidos así como pecadores sanados, prisioneros liberados, desde esa presencia santa de Cristo en medio de su Iglesia nos comprometemos al perdón que restaura y levanta, y que sin aspavientos pero con la fuerza de la verdad ejercemos en nombre de Él.

Lo que importa es que aún cuando un hermano se separe y rompa lazos de manera en apariencia definitiva, todos seguimos siendo hijas e hijos amados del Dios de la Vida. Eso, precisamente, moldea nuestros destinos hacia la plenitud.

Desatar los nudos que el odio impone y que el rencor en su fiereza asfixia.
Atar nuevamente, con nuevos enlaces, las existencias de los hermanos que por diversos motivos se han distanciado y separado.
En su Nombre, que está ahora, aquí mismo mientras estas pobres letras se van.

Paz y Bien

Señor del sábado











Para el día de hoy (09/09/17) 

Evangelio según San Lucas 6, 1-5





Una cuestión obvia, para despejar cualquier error desde el mismo comienzo de esta mínima reflexión: cuando hablamos de sábado, no nos referimos al día de la semana tal como lo conocemos las mujeres y los hombres del siglo XXI. Antes bien, nos referimos a la institución religiosa de la fé de Israel llamada originalmente Shabbat o sábado, día de precepto, fiesta de guardar.

Estaba el Shabbat establecido desde hacía varios siglos, como día del Señor, día para el descanso, la reflexión, el recogimiento, el reencuentro con Dios. Durante los tiempos del exilio y el cautiverio babilónico, el pueblo de Israel refrendó la importancia del Shabbat, que se convirtió en crucial para su supervivencia como pueblo, como nación: trabajaban siete días a la semana sin descanso, en tierra extranjera, y poco a poco iban perdiendo su idioma, su fé, su identidad. El Shabbat les permitía el reposo necesario para reenfocarse, para restaurar los vínculos familiares, para el reencuentro con la Palabra y con su Dios. Así fué, con gran fervor, restaurada la observancia del día de precepto.

Sin embargo, con el correr de los años se desvirtuó el sentido santo del día del Señor. Un cúmulo de normas estrictas habían transformado el Shabbat en algo intolerable, opresivo en su coerción, un día de rictus amargo, de triste solemnidad, al absurdo extremo de deificar la norma por la norma misma y olvidar al Dios que le otorga sentido y significado. En cierto modo, es idolatría escondida bajo una pátina religiosa.

Jesús de Nazareth y los suyos atravesaban un sembrado, justo un sábado. Con hermosa naturalidad, los discípulos tomaban algunas espigas y las frotaban en sus palmas, para obtener algunos granos de trigo que les engañaran el hambre. Pero la escena deviene cruelmente irrisoria: los criticones de siempre -de aquel entonces, de todos los tiempos- siempre están atentos, con el detector de pecados encendido de modo permanente. Pero el detector falla. Tira resultados erróneos por exceso, pero fundamentalmente porque su misión no ha de ser el buscar el error, sino al contrario, el reivindicar la verdad, la humanidad. Esos hombres criticaban el aparente quebrantamiento del precepto en pos de calmar el hambre de los discípulos.

Ésa, precisamente, es la consecuencia primordial de su error, privilegiar observancias estrictamente mundanas por sobre el bien, por sobre la necesidad, por sobre la condición humana. Ellos son muy devotos del Shabbat pero repudian con fervor a las hijas y a los hijos, y así rinden culto a la norma y olvidan a su Dios.
Pero el Maestro es Señor del Sábado y de todos los sábados a los que le rendimos pleitesía. Cuando se menoscaba la humanidad, no hay argumento posible ni válido, en la santa ilógica de la Gracia y la Misericordia.

Por eso hemos de rogar para que esta familia que llamamos Iglesia se vuelva cada vez más observante estricta de la misericordia y de la compasión -manga ancha de los corazones-, para mayor gloria de ese Dios que nos ama sin desmayos, y para el bien del hermano, cercano/próximo y lejano también.

Paz y Bien

Toda de Dios, toda nuestra











La Natividad de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/09/17) 

Evangelio según San Mateo 1, 1-16. 18-23






Todo hijo que nace del amor lleva en sí los sueños de sus padres para toda su existencia. Sueños de felicidad, de salud, de vida mansa, de crecimiento en paz, de alas en su alma, de libertad y bondad. A veces -suele suceder- se proyecta en los hijos muchas de las frustraciones de los padres, los proyectos truncos, y algunos anhelos propios incumplidos. Pero eso menoscaba el amor primordial que trae a los hijos al mundo.

María de Nazareth no escapa a estas cuestiones tan importantes para tantos. Seguramente Joaquín y Ana soñaron para ella una vida extensa, pródiga y feliz, y más aún, en esos sueños ya la abrigaban en la merced entrañable de sus afectos. Porque un hijo es la vida que continúa tenaz, promesa de futuro, esperanza concreta, y un presente a acunar en nuestros brazos, y es algo que pretenden arrancar de cuajo todos los Herodes de la miseria y el desempleo, los que utilizan a los niños como cosas, mano de obra barata, esclavos sexuales, material descartable.
Y a pesar de todas nuestras limitaciones y escasas posibilidades, todo sería muy distinto si consideráramos a cada niño como un hijo propio, un vástago también de nuestros sueños.

Nuestra niña galilea es pequeñísima y casi invisible, por mujer, por campesina, por no tener pergaminos de realeza.Y aún así, los sueños de sus padres, sin saberlo, se correspondían con los sueños de todo un pueblo oprimido, ansioso de liberación, hambriento de redención.
Pero esa Niña estaba presente en los sueños infinitos de un Dios que jamás se desentendió de los pesares de su pueblo. La fué soñando a través de los siglos, con una paciencia eterna, pues los tiempos de Dios nada tienen que ver con nuestros esquemas.

Los sueños de Dios tienen una paciencia que se fundamenta en el amor, y así pacientemente, este Dios en urdimbre santa, vá tejiendo la contracara de la historia -que no es otra que la esperanza y la justicia- a través de los siglos. Pero no se trata de abstracciones ni de atractivas ideas. Los sueños de Dios son bien concretos, urdimbre santa a través de los tiempos, de hombres y mujeres -sobre todo de mujeres- que se conjugan en el río caudaloso de la Salvación. Y en esos sueños, María de Nazareth ocupa un lugar primordial en la ternura de Dios.

Ella es tan humana que por ello la sentirnos y descubrimos tan cercana, tan nuestra. Y por ello mismo, y por su corazón tan grande, y por una confianza a toda prueba, Ella decidirá el curso de la historia de la humanidad.
Tierra sin mal, tiene las primacías de la Gracia con su sí, y ese Sí! la fecunda, la renueva y recrea, y en su seno se crece pujante otro hijo soñado, el Salvador.

Pues por esa Niña soñada la Salvación está entre nosotros, y esa Niña también es mensaje y realidad de que la Salvación es aquí y ahora, y que todo comienza y todo cambio por los más pequeños desde la más pequeña, que por ello mismo -en la asombrosa ilógica del Reino- es la más grande.

Paz y Bien

Pescadores de corazones










Para el día de hoy (07/09/17) 

Evangelio según San Lucas 5, 1-11





En el Evangelio para el día de hoy que la liturgia nos brinda acontece más de un milagro. Siempre hay que ir a más, pues siempre hay más.

Veamos con detenimiento. El lago de Genesaret es el modo que el Evangelista San Lucas tiene para nombrar al mar de Galilea. La contraposición no puede ser mayor: esas gentes, esa multitud fervorosa que se agolpa con ansias a la orilla del agua esperando oír y escuchar la Palabra de Dios por parte del Maestro, y en opuesto esos pescadores que han tenido una noche de intenso esfuerzo para nada, ni un pececito que pueda sumar al sustento familiar. Entiéndase que son pescadores profesionales, la pesca es su oficio cotidiano de años, que están agotados de cansancio por una noche esforzada y sin dormir. Es lógico que quieran ir donde sus familias lo antes posible, a comer algo, a dormir un rato, a renovar fuerzas y ganas porque no hay vacaciones para estos hombres. Su subsistencia y la de los suyos depende de ellos.

Aún así, y frente al pedido del Maestro de apartar un poco la barca para enseñar, Simón Pedro no duda y obedece. Ëste es un milagro, es lo que la presencia de Jesús hace en las vidas de las personas: Simón Pedro y los otros han sido invitados a ser misioneros y discípulos, pero no lo son en plenitud: todavía siguen con sus costumbres, con sus cosas cotidianas, con las rutinas de su oficio y los vínculos familiares habituales.
Pero Simón escucha al Señor y obedece, y quizás ése sea el milagro que desate la asombrosa pesca que acontece a continuación.

Otra cuestión no ha de sernos ajena, ni podemos pasarla por alto: el Maestro venía anunciando la Buena Noticia y enseñando en las sinagogas. A partir de ahora, lleva la Palabra allí mismo en donde el pueblo vive su día a día, en donde las gentes trabajan. En la cotidianeidad florece la eternidad, la Salvación, y es la santa continuidad ilógica de la Encarnación de Dios con nosotros.

Escapa a cualquier razonabilidad que esos pescadores experimentados le presten atención, en las cosas de su oficio, a un galileo que es casi un campesino, un artesano, que las únicas aguas que debe conocer son las que bebe en el pozo de su Nazareth. Ellos saben bien que hay sitios mejores que otros, y que el momento óptimo es el que discurre entre la atardecer y el alba, en plena noche. Sin embargo, este rabbí nazareno les indica que naveguen mar adentro en pleno día, y que echen las redes de cualquier modo: la razón indica que esta tarea sugerida deviene estéril.

Pero no se trata de razones, sino de co-razones. Se trata de confianza, el acto segundo de la fé, ya que el acto primero es ese Dios que nos busca, que se embarca en nuestras existencias. Se trata de la asombrosa gracia de Dios que desdibuja las fronteras de los imposibles, que hace toda pesca abundante, asombrosa, inconmensurable, sin que por ello se rompan las redes o se hunda la barca.

Más que la pesca y antes que ella, hemos de detener la reflexión y la mirada en esos pescadores galileos que con todo y a pesar de todo confían, y confían en una Persona, y que se han dado cuenta que lo importante no radica en la calidad de la barca, en la firmeza de los nudos de la red o en sus habilidades, sino en las maravillas que la Gracia de Dios puede suscitar.

Simón y los otros -pero especialmente Simón- se dan cuenta del abismo insondable que hay entre ellos, pequeñísimos hombres, y el Señor. Pero ante el pecado que los demuele y minimiza, la Salvación tiende un puente de perdón y de no temor, para tener esperanzas, para seguir confiando, para seguir navegando.

Paz y Bien

Salud y liberación











Para el día de hoy (06/09/17) 

Evangelio según San Lucas 4, 38-44




La lectura del Evangelio para el día de hoy nos invita, ante todo, a contemplar la totalidad del escenario, tan maravillosamente relatado. Si no fuese Palabra de Dios, sin ninguna duda sería una bellísima construcción literaria, floreciente de símbolos.

Jesús de Nazareth está en Cafarnaúm, en donde ha suscitado la admiración de los vecinos, que advierten en Él algo nuevo y distinto, una autoridad veraz. Más no perdamos de vista que esa cuestión, y la planteada hoy, acontece durante el Shabbat, día del Señor para Israel, día santo. Por ello mismo podemos observar al Maestro en la sinagoga, en pleno culto, y al salir de ella; no debemos perder de vista este detalle, que regirá los hechos posteriores.

Así sale de la sinagoga y entra a la casa de Simón: las normas sabáticas impiden cualquier tarea, por mínima que fuera, que se vincule con esfuerzo o trabajo, aunque la observancia de estas normas solían llevarse a extremos absurdos y terribles también. Pero en la casa de Simón Pedro hay otra urgencia familiar, una enfermedad que tiene postrada a la suegra de Simón con fiebre muy alta.
A menudo, es necesario y hasta imprescindible que los otros se movilicen por los que están caídos, por los que están paralizados, por los que no pueden más.
Simón y su familia, quizás sin saberlo, a pura intuición, quebranta varias normas severas en aras del amor. Seguimos en pleno Shabbat, en donde poco y nada puede hacerse, y hay dos añadidos más. Por un lado, es una mujer la enferma, y por mujer y por anciana no existe para el derecho ni para la sociedad; con criterios dolorosamente actuales, no vale la pena preocuparse demasiado pues ella está más cerca de la muerte que de la vida. Por otro lado, el concepto religioso imperante de culpa y enfermedad, es decir, que los padecimientos físicos son el producto del castigo necesario por los pecados propios o de los padres. Y a su vez, quien padece alguna enfermedad, y por la causa precitada, a su vez deviene en impuro, indigno de participar en la vida religiosa y comunitaria de su pueblo, y quien entra en contacto con un impuro adquiere su condición de impureza/indignidad.

Parece que al rabbí galileo no le importan demasiado estas, o mejor aún, que pone por delante la salud y la dignidad de los que sufren, la misma condición humana por sobre toda norma o regla impuesta, revelando un asombroso rostro misericordioso de su Dios. Por ello no vacila en acudir al rescate de esa mujer, y ella a su vez sana de su fiebre y sana de la postración que es mucho más que estar postrada en un lecho, es la postración de la discriminación, de ser tenida a menos, de ser estigmatizada. Por ello el Cristo que se acerca con salud/salvación que la levanta desata en ella la alegría del servicio, la diaconía que la hace joven por siempre en su corazón.

Las noticias buenas, al contrario de lo que suele suponerse, tampoco tardan en difundirse, y al caer la tarde todos los vecinos que tiene enfermos en su familia los llevan a su presencia para que los sane, los libere, los cure. El dato no es menor: esas gentes van al Maestro al atardecer porque más temprano imperan las rígidas normas del Shabbat, y están impedidos de hacer nada -hasta de caminar algunas cuadras- hasta que el sol no caiga, hasta que el Shabbat finalice. Y ellos también están postrados por una norma que hace demasiado tiempo olvidó al Dios que le daba sentido y significado.

Pero esos demonios que también los oprimen nada podrán contra el Cristo del amor y la misericordia, infinitamente generoso en salud y dignidad sin límites ni condiciones, que humildemente servidor nos vuelve a recordar que no nos hace libres de, sino más bien libres para. Porque la verdadera liberación es Pascua, el paso santo de la servidumbre al servicio.  


Paz y Bien

Alienados









Para el día de hoy (05/09/17): .

Evangelio según San Lucas 4, 31-37




Alienación es un término que puede tener un cariz a menudo controversial, toda vez que ha sido utilizado por distintas disciplinas, las que arriban a diversas significaciones. No obstante ello, aquí nos quedaremos en un criterio más simple, más ligado a la etimología del término -alienus- que es lo propio de otro, extrañamiento, lo que es ajeno. De allí que enajenación pueda, acaso, ser un sinónimo certero del término.

En la lectura que nos ofrece la liturgia para el día de hoy se habla de ello, aunque la clave es el poder liberador del amor de Dios. El rígido criterio religioso imperante en los días del ministerio de Jesús de Nazareth implicaba que una persona enajenada es una persona poseída por el demonio, por un espíritu inmundo; toda patología es consecuencia de los propios pecados o de los pecados de los padres -castigo divino-, por lo cual un enfermo, aún los que padezcan una enfermedad neurológica o psiquiátrica, devienen impuros rituales, excluidos de suyo de participar de la vida religiosa y, por tanto, de la vida comunitaria. La impureza es a su vez contagiosa, por lo que el impuro ha de aislarse del contacto con los demás.

Por ello es muy significativo que en plena celebración del Shabbat se encuentre entre los asistentes un hombre con un espíritu endemoniado, y ello responde a dos posibilidades: una, que el hombre haya sido colocado ex profeso allí como provocación, para ver qué hace el mentado rabbí galileo frente a un problema así, pues su fama de taumaturgo lo precede. La otra, que trataremos de reflexionar, es simbólica: el hombre endemoniado es símbolo de una sociedad alienada por la puntillosidad en el estricto cumplimiento de los preceptos, y el olvido flagrante de Dios y del prójimo, una sociedad que imagina la libertad del opresor romano sólo a través de la espada, un patrioterismo que sólo obtiene derramamiento de sangre y miserias, una comunidad que se esfuerza en excluir, en discriminar, en estigmatizar al distinto y especialmente al que sufre.

Quizás por ello sea de tal cariz la queja del espíritu malo que agobia a ese hombre: se queja en plural, se queja con un nosotros, y en ese nosotros está la mente y el corazón divididos del hombre alienado, pero también están todas las duras cargas que le han sido impuestas, la religión desviada, la ideología imperante, la exclusión como norma usual.

No hay un conjuro secreto ni un arcano preciso: sólo la autoridad salvadora de Cristo, el amor imparable de un Dios que restaura, levanta, libera. El alma trastocada de ese hombre alienado se reunifica plena en su identidad única de hijo de Dios.

La Palabra de Cristo es Palabra de Vida y Palabra Viva que sana y salva en el aquí y el ahora, sueño bondadoso de un Dios que sólo ansía el bien para toda la creación.

Paz y Bien

Jubileo, el hoy de la Salvación










Para el día de hoy (04/09/17) 

Evangelio según San Lucas 4, 16-30





Sábado en una pequeña aldea campesina, patria chica y querencia del Maestro. En aquella Nazareth quizás se vivían con mayor intensidad las ansias mesiánicas: tantos siglos de opresión en Israel, tanto tiempo de soportar la bota romana hollando la Tierra Santa, tantos sufrimientos, tanta miseria impuesta, tanta humillación continuada. Y la pobreza campeando por el lugar sin reversión ni posibilidad de cambio.

En tiempos así, los pueblos a menudo se aferran a sus hombres de mirada lejana, en la esperanza de adivinar e intuír un futuro mejor. Esos hombres de vista profunda, en Israel, son los profetas, voceros santos de un Dios que no los abandona.

El Shabbat es muy importante, pues significa el merecido descanso reparador que propicia el reencuentro familiar, el sanar lazos quebrantados, el reposo, el reencuentro con Dios y su Palabra en la sinagoga. Allí todo varón judío tenía el derecho -y el honor- de leer y comentar un pasaje de las Escrituras; ello sucede con más frescura en los pueblos como Nazareth, donde no abundan los doctos, sino que quien comentará los ecos que le suscita la Palabra de Dios será tu vecino, tu pariente, tu amigo.
Jesús de Nazareth es un fiel hijo de su pueblo, de su cultura, religión y tradiciones, y hace uso de ese derecho.

Los ojos de sus paisanos están fijos en Él: lo han visto crecer y jugar con otros niños, hacerse hombre en el mismo oficio de su padre artesano, José de Nazareth, y no esperan otra respuesta que no sea en esa sintonía, en ese tenor.
Pero el Maestro a todos sorprende, pues desde la Palabra de Dios reinterpreta toda la historia de su pueblo y amplía horizontes y fronteras. Más aún, descubre y revela que el río caudaloso del paso salvador del Dios de Israel desemboca en su Persona, en un presente que se hace eternidad.

Porque la Salvación acontece aquí y ahora, la Salvación es hoy, la Salvación es Buena Noticia para todos los que sólo conocen noticias malas o nefastas -los más pobres, los olvidados-, es liberación para los cautivos, para que regresen a casa, luz para los que andan en tinieblas, ruptura de todas las cadenas que oprimen en inhumanidad, y el anuncio e inauguración del jubileo, del año eterno de la Gracia y la Misericordia para el pueblo de Israel y para todos los pueblos del mundo, porque en Cristo se entrecruza el tiempo y la eternidad, Palabra de Dios hecha carne, urdimbre santa de Dios y el hombre que no se deja atrapar por nada ni nadie pero que asombrosamente se ofrece incondicionalmente a todos, pasando por en medio de aquellos que violentamente pretenden apropiarse de ella en talante propietario que nó de servidor.

Santo y necesario, justo y feliz es releer la historia de cada pueblo y la propia historia personal descubriendo el paso salvador de Dios a cada instante, y reconocernos en la bondad de la mano extendida de ese Cristo que nos rescata.

Paz y Bien

Ganar la vida, cargar la cruz













Domingo 22° durante el año

Para el día de hoy (03/09/17) 

Evangelio según San Mateo 16, 21-27






Jesús De Nazareth camina, decidido y absolutamente libre, hacia Jerusalem. Allí acontece un punto de inflexión que cambia de manera radical su ministerio y también la misión de toda la Iglesia, y su revelación es un hito en la historia de la Salvación.

Porque les revela su condición mesiánica a los suyos. Pero es un mesianismo inesperado, sorprendente, que no se condice para nada con las tradiciones y los preconceptos de los suyos, que esperan un Mesías revestido de gloria y poder que derrote a sus enemigos y que libere a Israel de la bota romana mediante una victoria de tipo militar, restaurando un reinado judío imbatible y duradero. Más asombroso y contradictorio resulta saber de su parte que quienes detentan la autoridad religiosa y simbolizan a todas las tradiciones de su pueblo -ancianos, sumos sacerdotes y escribas- serán los principales responsables de todo lo que ha de padecer el Maestro.

Más parece que no fuera suficiente el estupor causado: Jesús formula a los Doce y a los discípulos de todos los tiempos una invitación que, tomada a la ligera, parece espantosa. Invita a seguirle cargando también, como Él, en libertad y sin condiciones, la cruz.
Ha de entenderse en su real dimensión: durante mucho tiempo la cruz es sinónimo de maldición, de justo castigo. En el tiempo del ministerio del Maestro, era el método de ejecución romano por excelencia previsto por la ley del imperio para ejecutar a los criminales más abyectos y marginales, condena para los rebeldes perpetuos de la autoridad del César. Así entonces, cargar la cruz implica hacerse ejecutable, marginal, despreciable, subversivo.

A Pedro no le agrada lo que percibe, y la contradicción lo violenta. Voluble y temperamental, quiere volver a la falsa certeza que lo tranquiliza, a la de ese mesías glorioso, muy lejano al Cristo servidor sufriente. En cierto modo, Pedro pretende indicarle a Dios hacia dónde debe rumbear, pretende un Dios a imagen y semejanza de Pedro, y no acepta de ningún modo la cruz para el Señor...y mucho menos para sí mismo.

No es grato, no es deseable, no es simpático. Tampoco es algo deseado por Dios, pues el Dios de Jesús de Nazareth no es un sádico cruel. Es una cuestión de amor, de radicalidad del Evangelio, de tomar siempre el lugar del otro para que el otro -el hermano, el prójimo- no sufra, y viva.
Y ahí sí. La fidelidad, para los mezquinos cánones mundanos, no saldrá impune. Tiene su costo, gravoso y gravísimo. La vida cuesta vida, la vida de los demás cuesta la propia vida, y es Jesús quien no vacila en encabezar el peregrinar, en volver a decirle a todos los Pedros, todos nosotros, que está bien jugarse y hasta morirse para que otros vivan, cargar los horrores de la cruz para que no haya más crucificados, y ofrecerse también por todos los sumos sacerdotes y escribas violentos de todo tiempo que imponen condenas y cadenas, y olvidan compartir la Gracia y la misericordia de Dios.

Paz y Bien

El inmenso tesoro de la Gracia de Dios










Para el día de hoy (02/09/17) 

Evangelio según San Mateo 25, 14-30





Vayamos primero por el sendero de los símbolos.

La parábola nos habla en varias oportunidades de talentos: un talento, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, era una moneda que equivalía a seis mil denarios aproximadamente. Y un denario, a su vez, es la moneda que representa el jornal diario de un trabajador de Palestina del siglo I; un simple cálculo nos indica que los talentos repartidos a los partícipes de la parábola equivale -en el menor de los casos- a veinte años de trabajo de un jornalero. Una suma enorme, una fortuna, un tesoro.

La desproporción entre la suma otorgada y la confianza brindada es abismal.
Pero el gran error es propiciar una lectura lineal. El Dios de Jesús de Nazareth no es un patrón exigente, que dispensa con rapidez premios y castigos, un Dios punitivo e injusto en los repartos. Tampoco es indiferente a la especulación ni al culto esclavista del dinero. El Dios de Jesús de Nazareth es Padre y es Madre, y todos y cada uno de nosotros somos hijas e hijos, no empleados ni asalariados.

No obstante, tampoco portamos demasiados méritos para que se nos brinde una confianza descomunal, inconmensurable como la que simbolizan esos valiosos talentos. Con inefable certeza lo expresa el apóstol Pablo, que llevamos estos tesoros en estas vasijas de barro que somos.

Porque el tesoro es la asombrosa Gracia de Dios que se nos ha confiado, a puro amor y generosidad.

Es un tesoro extraño, que crece en tanto se brinda, se comparte incondicionalmente, vida plena, vida abundante, perdón y salud que es Salvación para toda la humanidad.
Un tesoro así no ha de ser sepultado bajo capaz de pereza ni de miedos profesados. Tampoco -jamás- debe ocultarse tras cúmulos de normas y preceptos.

La Gracia de Dios es tan asombrosa y desbordante, que vale la pena correr todos los riesgos del mundo para proclamarla, para encarnarla, para que se sepa en todos los rincones que la felicidad está ahora mismo, entre nosotros, para ser bebida y vivida, pagada definitivamente por la sangre de Aquél que todo ofrendó de sí mismo y nada se guardó para que nuestros corazones estén siempre colmados.

Paz y Bien

Una historia luminosa y bendita








Para el día de hoy (01/09/17): .

Evangelio según San Mateo 25, 1-13 




La pregunta quizás sea obvia y se nos presenta con demoledora sencillez: la misma inquiere acerca de cual hubiera sido el fin de las muchachas de la parábola, si las prudentes hubieran compartido algo de su aceite con las otras despreocupadas, imprudentes. Quizás con aceite prestado, con aceite compartido, todas las lámparas se hubieran mantenido encendidas, disipando la noche y aguardando en luminosa vigilia el regreso del Esposo.

Al fin y al cabo, quizás no haya signo más evangélico que el compartir.

Ese modo de interpretación es lineal, superficial, y por ende erróneo, y además poco fiel a la trascendencia de la enseñanza de Cristo que nos llega a través de la Palabra; aquí el Maestro no nos habla del compartir, sino de otro aspecto de la vida de fé y de la existencia que, de ningún modo, se resuelve con aceite prestado.

Ese aceite es único e intransferible, y hace directamente a la identidad, a la raíz personal. Porque la fé, que es don y misterio, crece y germina en comunidad, pero la decisión de vivir la fé con esperanza encendida es enteramente personal, aceite que se enciende solamente cuando libremente se quema. Habrá luz siempre con aceite propio, nunca con aceite prestado.

Allí sí, la pequeña llamita de una vida luminosa puede empujar a otros a que sus vidas se enciendan con la Gracia de Dios.

Porque la historia no es un devenir fortuito, a menudo socavada por el dolor y la miseria. La historia tiene un inmenso sentido trascendente, positivo, luminoso, y se nos está invitando, ahora mismo, a vivir de acuerdo a ello.

Paz y Bien

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