El cielo está cerca









San Pío X, Papa

Día del Catequista

Para el día de hoy (21/08/17):  

Evangelio según San Mateo 19, 16-22






Dos aspectos destacan en la actitud del joven que se acerca con su pregunta al Maestro: parece venir decidido a todo, y a su vez se acerca con franqueza y confianza, sin hipocresía, sin intenciones ocultas como solían hacer escribas y fariseos, sin ánimos veraces.

Su razonamiento no nos es para nada ajeno, pues separa las cosas de esta vida de la postrera y además, consonante con nuestras actitudes, inquiere qué debe hacer ahora para procurar luego la vida eterna.
No está mal, claro está, pero la encarnación de Dios en Cristo es la urdimbre santa de la eternidad en el tiempo, un Dios que se hace historia y vecino. Y que la Salvación es don y misterio de amor antes que premio por méritos acumulados en la balanza de las buenas acciones.

Para miradas teológicamente severas, el Maestro responde con ortodoxa exactitud: hay que cumplir los mandamientos.
Pero los mandamientos son mucho más que un reglamento a observar, y encuentran pleno sentido y trascendencia en Cristo.

De allí el énfasis que Jesús de Nazareth pone en su enseñanza: respetar siempre la vida sea propia o ajena, venerar los cuerpos, amar a la esposa, venerar a los mayores, nunca tomar lo que no nos pertenece, afirmarse en la verdad, amar al prójimo como a uno mismo.

Se trata de eso que llamamos ética, entendiendo como ética la manera de ser en el mundo. Ética es mucho más que moral, ética son principios inalterables y la moral podría considerarse el modo en que la ética se traduce en cada etapa histórica.
Cuando la ética se contempla y vive desde la fé, es decir, desde la perspectiva del corazón de Dios, entonces se proyecta al infinito.

Todos esos mandatos llegan a su plenitud cuando se deja todo atrás y se vive por y para los otros. Abnegación, servicio, solidaridad. Venderlo todo para dárselo a los pobres es renegar alegremente del yo para trascender en el nosotros, en un Dios que descubrimos en el rostro del hermano.

El cielo está cerca y ya se asoma en la cotidianeidad.

Paz y Bien

Fé y pertenencia











Domingo 20° durante el año

Para el día de hoy (20/08/17) 

Evangelio según San Mateo 15, 21-28




Desde el comienzo mismo de la lectura para este día, el Evangelista Mateo nos pone en entredicho seguridades y preanuncia una aureola de conflicto: Jesús de Nazareth ha partido de tierras judías, de tierras santas y se retira a Tiro y Sidón, ámbito extranjero y, por tal, pagano y religiosamente impuro.

Para la religiosidad imperante en la época, estas cuestiones eran cruciales: sólo a Israel, como heredero de las promesas de Dios, llegaría la bendición divina, la salvación. Se trata de una endogamia cordial, exclusiva y excluyente. En casos más exacerbados, el extranjero -el gentil- es tratado con abierto desprecio.
Y Jesús de Nazareth, fiel hijo de sus mayores, era judío hasta los huesos.

Por otra parte, judíos y gentiles -muy cercanos entre sí geográficamente- tenían algo en común: estaban ostensiblemente oprimidos por el imperio romano que los subyugaba sin piedad.
Entre esos matices se puede comenzar a comprender el encuentro del Maestro con la mujer cananea.

El detalle que destaca también es que los discípulos quieren que el Maestro despache rápido a esa mujer, pues se vuelve cargosa, molesta con sus gritos. Quizás les moleste tanto su insistencia como los prejuicios étnicos, religiosos y, obviamente, los de género.

Seguramente la fama del Señor como taumaturgo trascendía las fronteras judías. Esa mujer que grita no pide para sí, suplica por su hija. Es ante todo una madre, y tal vez por ello no conste su nombre.
Ella sabe que en el joven galileo hay respuestas, hay salud y liberación para su hija, que no encuentra en cualquier otra parte o persona.

La expresión que habla del pan de los hijos y los cachorros, con toda probabilidad se trate más de un slogan usual en esos tiempos en referencia a los campesinos judíos expoliados por los brutales tributos impuestos por los romanos/perros. 

Más aún, esa mujer llama al Maestro como "Hijo de David": al Él ese título, aunque exacto, no le gustaba, pues remitía inevitablemente a una reivindicación de la corona real. No obstante, ella lo reconoce como Señor, y su argumento inteligente y perspicaz se fundamenta en la clave de todo destino, la fé, y la fé en Cristo.

Ella lo reconoce como Señor, Él reconoce su fé y su confianza. Ella, tan distinta y ajena, tiene más fé que los pretendidamente propios, los discípulos.

Cuando nos conocemos y re-conocemos pueden suceder milagros.

Ese Cristo conmovido revela a un Dios que se deja convencer, que no impone criterios mezquinos de pertenencia, que desdibuja fronteras férreas porque la pertenencia a su familia acontece desde la fé, desde la confianza en ese Cristo, Hijo de un Dios tan solidario con la humanidad que se ha hecho uno más entre nosotros.

Paz y Bien

Los preferidos de Cristo











Para el día de hoy (19/08/17) 

Evangelio según San Mateo 19, 13-15




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los niños tenían una clasificación social cuanto menos complicada. Estaban situados en un escalón similar a los esclavos y a las mujeres, es decir, que carecían de derechos, y a su vez se definían por ser seres incompletos. Y excepto en contadísimas ocasiones, las condiciones en que eran criados no pasaban el tamiz severo de las normas de pureza/impureza vigentes, por lo que si el Maestro les imponía sus manos, Él también se volvería un impuro, un proscrito para la vida religiosa y comunitaria.

A ello se debe, en gran parte, el reproche de los discípulos a las madres de los niños. Pero también otro enojo subyace a la par de la reprensión, y es que esos hombres -prisioneros de sus tradiciones y su cultura- no toleran en las honduras de sus corazones que los niños -tal como esclavos o mujeres- sean parte privilegiada del Reino de Dios que Cristo les inaugura y revela.

A diferencia de esa mentalidad que es tan persistente a través del tiempo, Jesús recibe, abraza y bendice a los niños. Es el signo cierto de la preferencia de Dios por los pequeños, por los que no cuentan, por los indefensos, por los que son capaces de asombrarse, por los que aún mantienen esperanzas indestructibles de mirada transparente.
Y más aún, su reclamo perentorio para que permitan que los niños lleguen a Él es también una toma de posición que no admite medias tintas y que debería también ser el carácter primordial de la comunidad cristiana.
Proteger a los indefensos, hacerse familia de los pequeños, hermanarse con los que no cuentan y muy especialmente, ponerse del lado de las víctimas, jamás buscar justificar a los victimarios.

Porque Dios tiene sus preferidos, a los que pertenece el futuro y desde donde el Reino florece.


Paz y Bien

Aunarse











Para el día de hoy (18/08/17):  

Evangelio según San Mateo 19, 3-12





Los fariseos se acercan al Maestro con ánimos más que polémicos, pues no hay búsqueda de verdad en la discusión que pretenden iniciar, pues buscan provocar el error, la trampa que haga fallar en la ortodoxia religiosa a Jesús y, de allí, desacreditarlo frente al pueblo y juzgarlo por medio del Sanedrín.
Sin embargo, entre ellos mismos hay posiciones encontradas; baste como ejemplo la escuela de rabbí Shammai, que atribuía la cuestión de la responsabilidad del divorcio al adulterio o a una conducta inmoral por parte de la mujer, mientras que la escuela de rabbí Hillel aceptaba como motivos válidos o legales también poca capacidad en la cocina, o simplemente que la esposa dejara de atraer o agradar al esposo.

En cualquier caso, el libelo de divorcio era potestad única del varón, dejando en una consideración inferior e infamante a la mujer. Como decía un sabio de estos lares, todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros.

Por eso, la cuestión acerca de la observancia de la Ley iba mucho más allá de intentar hacer tropezar a Jesús de Nazareth. La clave radicaba en un legalismo extremo en donde no había lugar para Dios, en donde el acceso del simple fiel estaba vedado, en donde se antepone el precepto a la propia vivencia pascual del Dios de la vida.
Tras esquemas así, no hay posibilidad de fraternidad ni de -mucho menos- nunguna novedad, y la percepción de lo bueno. Buenas Noticias de nuestra liberación, del amor de Dios.

La cerrazón de esos hombres era tal que el Maestro discurre por los andariveles de su propio lenguaje. Pero no se embarca en casuísticas legalistas ni en literalidades vanas. Sólo les revela y recuerda que todos ellos han olvidado y por ello han renegado del plan de Dios, vida plena y abundante para todos.

Sueño de Dios es la convergencia, el conjugar -cónyuges- la vida de una mujer y un hombre desde el amor, edificando familia, la bendición de los hijos, la alegría de vivir y envejecer juntos, con todo y a pesar de todo, una vida nueva que es mucho más que un pacto societario. Es una bendición feliz de nuestro Dios, aunque los egoísmos y diversos dramas que permitimos germinar coarten esos sueños infinitos.
Y más aún, su acabada comprensión es producto de la fé.

No obstante ello, tenemos una gran deuda de caridad para los que ese proyecto de familia, ese tallo de amor ha quedado trunco. A menudo y aunque sean necesarios, en los estrados tribunalicios el amor se dá de bruces contra el suelo.
Grave error es quedarnos en el reglamento. Los hermanos que han quedado a la vera de sus caminos y que quieren ponerse en marcha al amparo de Dios siguen siendo, precisamente, hermanos, tan hijas e hijos de Dios como el que más. ¿Con qué autoridad estamos revestidos para su juicio, para condenar sus divergencias?

Todos somos mendigos del a Misericordia de Dios, que se nos brinda inconmensurable, abundante, asombrosa y con una maravillosa desproporción respecto a cualquier mérito.

Paz y Bien


El cálculo de la misericordia









Para el día de hoy (17/08/17):  

Evangelio según San Mateo 18, 21-19, 1




Diez mil talentos es una suma inimaginable, mayor aún que la suma total de la deuda externa de un país pobre. Para tener una idea: un jornalero, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, ganaba un salario de un denario por día de labor, y un talento es la moneda equivalente a seis mil denarios, es decir, un jornalero debía trabajar -sin gastar un céntimo- durante dieciséis años para poder ahorrar un sólo talento.
Por lo tanto, diez mil talentos son una enormidad: simbólicamente, refieren a todo aquello que es impagable, para lo que no hay matemáticas que cierren las cuentas.

Lo impagable de la deuda tiene que ver con el pecado y con la misericordia de Dios. Una lectura meramente lineal y literal solamente nos indicaría que nos encontramos frente a un Dios que es un patrón severo que extiende premios y castigos. Es por sobre todo un Padre que nos ama, una Madre que nos cuida, y todos, sin excepción -hasta los deudores más recalcitrantes- somos sus hijos amados.

Porque en verdad lo gravoso de nuestras miserias suele ser imperdonable si lo miramos con los ojos de nuestra justicia.

Pedro está en una sintonía similar. Aún así, las siete veces que propicia perdonar al hermano que constantemente lo hiere y lo ofende es de índole afable y generosa, máxime conociendo el carácter volátil del pescador galileo. Además, siete representa para la simbologia judía la totalidad, por lo cual el perdón que esboza Pedro tiene un larguísimo alcance.
En realidad, no es por allí que se desvía. Su error es aplicar criterios mundanos a las cosas del Reino. Su error es calcular las cosas de Dios, y de allí suponer que meritoriamente debe realizarse una aritmética específica del perdón.
Por eso la respuesta del Señor es tan concluyente: no siete veces, sino setenta veces siete, es decir, setenta veces siempre.

La aritmética de la Gracia es extraña y asombrosa. Nunca hemos de arribar a resultados exactos porque es gratamente desproporcionada y felizmente errónea, fallida en nuestros escasos parámetros. No surge de méritos o tasaciones de culpas varias, sino de la misericordia, esencia del amor de Dios por nosotros.
Y es menester vivir de acuerdo a ello, perdonar de acuerdo a lo que se nos perdona.

No se opone este perdón a nuestra justicia. La Misericordia está en otro plano distinto que apunta y conduce a la eternidad. La justicia humana refiere a la reciprocidad y a la equidad, pudiendo coincidir o discurrir por distintos senderos.

Hay que salir de pobres, más no de cosas o dineros.
Salir de la verdadera pobreza, la mala, la espúrea, la de no saber reconocer la Gracia de Dios en nuestras existencias, Gracia que puede germinar brotes de bien aún de la tierra más reseca y estéril.
Porque no reconocer el paso salvador de Dios por nuestras vidas, cada día, es la auténtica causa de toda des-gracia.

Paz y Bien

Espacios de reconciliación









Para el día de hoy (16/08/17) 

Evangelio según San Mateo 18, 15-20





Por la certeza de la presencia del Señor, a partir de la verdad comunitaria de dos o más reunidos en su Nombre, la Iglesia es espacio sagrado de Salvación. Y es Cristo el que convoca, el que re-une, el que edifica comunidad junto a hombres y mujeres que le sigan.

Quizás los mecanismos institucionales sean necesarios, y con ellos las tabulaciones y normas disciplinarias. Los problemas comienzan cuando estos procedimientos se ponen por delante o en desmedro de lo que verdaderamente cuenta, la fidelidad y la misericordia.

Los frutos mejores de ese ámbito sagrado, entonces, han de ser el perdón y la reconciliación, señales ciertas del cuidado recíproco, de la búsqueda del hermano, de la paciencia respirada.

El perdón sana y cierra heridas; y como toda cura, no es cosa sencilla, pues es multicausal y a su vez produce varios efectos. Especialmente el derribo de los muros de egoísmo y de orgullo, y el reencuentro de los alejados. Es cierto que no es fácil, pero mucho peor y terrible es el rencor.
El perdón no es solamente una cuestión de amores rituales, sino que tiene efectos concretos sobre la cotidianeidad, es decir, sobre la historia. Por eso, en tanto que surge de modo primordial del amor entrañable de Dios, el perdón es revolucionario.

Y la reconciliación es expresión del reencuentro, la venda de los corazones heridos, la posibilidad de un presente distinto y fructífero, y de un futuro en común con el hermano. Perdón no es desmemoria: perdón es la posibilidad de inaugurar una nueva historia, con todo y a pesar de todo y todos.

Quiera Dios que nos reconozcan y nos identifiquemos por las canastas asombrosas de perdón que seamos capaces de compartir.

Paz y Bien

Asunción de María, plenitud de humanidad









La Asunción de la Virgen María

Para el día de hoy (15/08/17):  
Evangelio según San Lucas 1, 39-56



Celebramos la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, preanuncio y certeza de todas las plenitudes ofrecidas incondicionalmente a toda la humanidad. Celebramos que no somos solamente una idea, una entelequia, una mente escindida, sino que los cuerpos tienen destino de eternidad, que los cuerpos también son sagrados. Celebramos que tenemos un destino infinito de felicidad total, interminable. Celebramos que, a pesar de lo exigua que es esta vida terrena, no hay un fin porque hay más, siempre hay más.

Esa alegría interminable que se consuma en el más allá se comienza edificando en el más acá, día a dia, segundo a segundo.
Porque por la Resurrección de Cristo y con María de Nazareth tenemos la certeza incoercible de que la muerte es éxodo y nuevo comienzo, que no final. Aquí estamos de paso nomás, peregrinos en estos caminos tantas veces ensombrecidos.

En este peregrinar se nos suelen trabar los pies en el fango del dolor, del que provocamos y del que nos infringen. Retrocedemos por la carga de nuestras mezquindades, nos sometemos a los egoístas y temerosos designios de la comodidad.

Pero Ella no se amilana, ni baja los brazos.

La Asunta es María de Nazareth, esposa de José de Nazareth, Madre de Jesús, Madre de Dios, esposa, madre, hermana y discípula fiel. María es presencia que alumbra nuestras incertidumbres, espejo perfecto de Aquel que es la luz, señal cierta de que estos cuerpos a veces dan doblegados no son sólo un envase que se descarta, sino más bien templos vivos con promesa inquebrantable de eternidad.

Ella enciende nuestras esperanzas desde el milagro de la solidaridad y el servicio.
Ella es la testigo espléndida de todo lo que Dios quiere hacer por nosotros, pura bondad y ternura, la Gracia de todos los asombros.
Ella nos vuelve a decir sin cansancio que Dios está muy cerca, que siempre cumple sus promesas, que su sueño es la liberación para que todas sus hijas e hijos sean felices, que tiene prefiere abiertamente a los pobres, los pequeños y los humildes, un Dios que hace que la vida florezca, crezca y se expanda, un Dios que derriba a los poderosos de sus tronos.

Ella es pequeña, pequeñísima. Sin embargo, en su corazón fecundo por la Gracia caben todas las ansias, alegrías y dolores de todos los hijos, y aún hay más lugar.
 
Ella se puso en marcha hacia el Hijo que supo llevar en sus entrañas, Ella es certeza firme de reencuentro definitivo, Ella es fé y es abrazo, Ella es confianza y es vida siempre creciente, Ella le habla al Hijo del vino que nos anda faltando.
 
Porque donde está la Madre, está el Hijo, está la vida, está el motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza

 
Paz y Bien

Tributos de paciencia











Para el día de hoy (14/08/17) 

Evangelio según San Mateo 17, 22-27





Jesús de Nazareth debía tener, indudablemente, miríadas de paciencia. Frente a un nuevo anuncio de la Pasión que afrontaría en libertad, fidelidad y obediencia, los discípulos se entristecen. Después de tanto andar con Él por caminos misioneros, aún se aferraban a esas imágenes viejas de un Mesías glorioso, de victoria impuesta, de poder detentado. Quizás su tristeza se deba, precisamente, a que todas sus ansias individuales se truncaban de antemano, y en menor medida a los sufrimientos que su amigo debía tolerar en breve; más ninguno de ellos atinaba a comprender que los caminos de Salvación, los senderos de Dios son bien diferentes de los nuestros, de los que solemos elegir.

Ellos, caminando por Galilea, llegan a Cafarnaúm: allí les sale al paso uno de los recaudadores de tributos del Templo, requiriendo el pago de estilo, la tasa usual. Ésta se había instaurado al regreso del exilio babilónico, de tal modo que todo varón judío había de pagar dos dracmas -una de las tantas monedas vigentes, de origen griego- para el sostenimiento del culto en el Templo de Jerusalem y de los sacerdotes. Ello aplicaba no sólo a los judíos de Tierra Santa sino también a los de la Diáspora, y en muchos casos era mirado con cierto rencor, pues muchos de los obligados a duros esfuerzos lograban apenas el sustento diario. Sin embargo, y a pesar de no ser un tributo provincial del Imperio Romano, nadie se atrevía a discutirlo ni a evadirlo pues significaba una rebeldía flagrante contra la institucionalidad de la fé de Israel.

Pero todo lo que enseñanza el Maestro parecía ir en una dirección contraria; es que en realidad, la santidad se desplaza, en el tiempo de la Gracia, desde una imponente construcción de piedra hacia una persona -templo vivo-, Jesús de Nazareth. En este vínculo nuevo no hay duras imposiciones, sino lazos filiales que hacen nuevas todas las cosas.
Jesús de Nazareth es, de tan obediente, libérrimo. Nada puede atarlo desde fuera, desde lo impuesto; antes bien, Él voluntariamente se rebaja y pone a disposición de los demás en la entera libertad del amor.

La exigencia del recaudador de impuestos abre una encrucijada: si el Maestro no paga, es un rebelde y un apóstata de las tradiciones de su pueblo. Pero si paga, contradice todas sus enseñanzas al modo de escribas y fariseos, hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago.
Pedro es temeroso de cualquier ruptura, y se apresura a confirmar el pago.
Pero Jesús no es un provocador inútil ni un generador banal de escándalos, que habitualmente hacen bulla pero nada cambian. Y Pedro y los discípulos -todos nosotros- somos libres porque este Cristo nos ha liberado, porque ha pagado todo tributo vinculante con la eternidad al costo infinito de su misma vida, de su sangre ofrecida.

El pez con el dracma en la boca quizás sea un símbolo de humor velado, de no dar demasiada relevancia a lo que no lo tiene. Pero también, que sí es importante contribuir a uno de los bienes sociales más importantes, la paz, la concordia. Y a ese tesoro sólo se lo engrosa mediante aportes pacientes.

Como Pedro, pescador galileo y pescador de hombres, nosotros también hemos de hallar en nuestra cotidianeidad monedas de paciencia y libertad para el bien común, con la libertad de los hijos de Dios.

Paz y Bien

Seguir navegando










Domingo 19° durante el año

Para el día de hoy (013/08/17):  

Evangelio según San Mateo 14, 22-33




Mientras Jesús despide a la multitud que se ha saciado del pan milagrosamente multiplicado, los discípulos deben embarcarse e ir hacia la otra orilla, por expresas instrucciones del Maestro. El énfasis puesto por el Evangelista Mateo en esta acción nos indica la resistencia de los discípulos a hacer lo que Jesús quiere: es que en la otra orilla se encuentra el mundo pagano, lo extraño, lo ajeno, lo que nada tiene que ver con el nosotros, el enemigo.

Es un tabique que los encierra y que deben aprender a sortear: la Buena Noticia, el pan de vida, ha de compartirse con todos los pueblos y naciones, porque esa asombrosa revelación de que Dios es Abbá implica que todos, sin excepción, somos sus hijas e hijos amados.

Podemos imaginar algunos gestos de enojo contenido o de estupor por el mandato. Aún así, se embarcan y van hacia donde les ha mandado Cristo. Pero esa barca es pequeña y endeble, y los vientos del lugar la suelen zarandear a capricho y gusto. Ellos no avanzan ni se acercan al destino indicado por el Maestro: tienen un gran viento en contra que los hace retroceder, pero ese viento no silba entre las olas encrespadas sino que arrecia las honduras de sus corazones. Es su afan por lo viejo y perimido lo que los retiene, egos atrapados en dialécticas sin trascendencia y pietismo sin Dios.

Por eso, tal vez, el Señor salga a su encuentro. La barca es la Iglesia, y sólo llega a buen puerto cuando se embarca Él.
Camina sobre el mar encrespado de la desconfianza y los temores, sobre todos los miedos. Pero ellos están temerosos y lo suponen una aparición espectral. Cuando Cristo no se adecua a nuestros moldes comienzan los problemas, solemos venerar esos moldes y repudiar al Cristo real. Preferimos la fotografía a la persona, o peor, la caricatura.

Pedro quiere romper ese claustro agobiante, y en cierto modo desafía al Maestro. El tono lo dice todo, pero el Maestro no se niega. Sin embargo Pedro se percata al instante de la virulencia de las aguas, de la fuerza del oleaje antes que de la presencia santa de Dios en Cristo. Por ello desespera cuando el agua le llega al cuello, porque es el fin inminente no sólo de su existencia sino de toda una historia que debe ser pasado, y dejar paso a la Gracia de Dios.

Con todo y a pesar de todo, es preciso seguir navegando. Con la brújula de la fé, con Cristo al timón, esta frágil barca que somos seguirá firme y cumplirá alegremente y con tenacidad mansa su misión de Salvación.

Paz y Bien

Los imposibles se desdibujan








Para el día de hoy (12/08/17) 

Evangelio según San Mateo 17, 14-20




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las enfermedades mentales y las patologías neurológicas, como en el caso del Evangelio para el día de hoy la epilepsia, eran consideradas como producto de la injerencia directa o de la acción de espíritus demoníacos. Por tanto, cada enfermo y sus familias necesariamente estaban condenados al sufrimiento propio de su enfermedad y al ostracismo y la condena social.
A ello debía añadirse una cuestión no menor: según los preceptos legales-religiosos que se encontraban vigentes por aquel entonces, toda enfermedad era consecuencia del pecado propio o de los padres, castigo divino adecuado por ignotas culpas. Por tanto, el enfermo devenía en impuro, es decir, en incapaz e inhábil de participar en la vida religiosa y comunitaria, impureza que se contagiaba y transmitía a aquellos que se estaban en contacto con el impuro primario.

Así entonces veremos en varias oportunidades al Maestro retirarse de las ciudades a la soledad: ello no es únicamente por una necesidad de silencio y oración, sino que sucedía a continuación de algún signo de sanación. A Él no le importaban las consecuencias que debía soportar por sanar a tantos, por rebelarse contra esas rígidas normas que desbordaban de inhumanidad y poco o nada tenían que ver con el Dios que Él bien conocía y revelaba, el Dios Abbá de nuestra Salvación.

Pero los milagros no son solamente intervenciones espectaculares de Dios en la historia mientras el hombre observa como un mero espectador pasivo. La Encarnación inaugura el kairós, tiempo santo de la Gracia, tiempo santo de Dios y el hombre, y los milagros acontecen cuando se conjuga el amor y la bondad de Dios con la fé del hombre.

El padre de ese niño, con seguridad, sufría por partida múltiple. Sufría como sufren los papás y las mamás que viven por y para sus hijos, y que no se quedan de brazos cruzados aún cuando todo le diga que no, que hay que aceptar y resignarse frente al dolor. Pero sufría también la portación de ese estigma que su hijo ni nadie debe portar ni merecer, estigma de impureza o de cualquier clase o categoría. Por eso frente a esos discípulos limitados y vacilantes que no pueden hacer nada por su niño, acude al mismo Cristo en busca de auxilio. Quizás sea un hombre sin formación, con muchos conceptos erróneos o deficientes; pero porta lo más importante, que es confiar, confiar en la persona de Jesús de Nazareth, porque sabe en su corazón que será escuchado, que Él todo lo puede, y más aún, nada pide para sí mismo, es un padre que ama y sufre y suplica por su hijo.

Y el enojo y la reprimenda del Maestro nos pueden sorprender por su fuego, por su apasionamiento. Llama a sus discípulos -y a muchos de los presentes- generación perversa e infiel, y estos términos no han de ser leídos en una perspectiva peyorativa social, sino espiritual: es una generación per-versa la que no es con-versa, la que no se atreve a creer, porque todo está allí, al alcance de cada corazón.
La comparación que les sugiere a los suyos no es, como una lectura ligera indicaría, entre la fé de los discípulos y Él mismo. Ellos deben dirigir sus miradas a ese hombre, a ese padre que cree y que merced a esa confianza obtendrá, a pura caridad, la salud/salvación de su hijo.

Los imposibles y los no se puede se desdibujan cuando nos atrevemos a creer y confiar.

Paz y Bien

Abnegación









Santa Clara de Asís

Para el día de hoy (11/08/17) 

Evangelio según San Mateo 16, 24-28






Refresquemos por un momento lo que sabemos acerca de la cruz: eran el patíbulo elegido por el imperio romano, especialmente, para ejecutar a los reos condenados a muerte por los delitos más abyectos, a los criminales marginales. El mismo horror producido y la exhibición obscena del ejecutado a la vez tenían por objeto una clara intención disuasoria y amenazante, de tal modo de taladrar mentes y corazones con el metamensaje de si haces lo mismo que éste, así terminarás.
Por otra parte, la Ley mosaica estipulaba que todo ajusticiado de esa manera o por la horca se debía a pretéritos o cercanos pecados, y a su vez el reo era un maldito, un impuro mayor, el sambenito cruel de los maldecidos por el nefasto silogismos del por algo será.

Muerte, marginalidad y maldición parece ser la consecuencia directa de la cruz, y puede desatarse un temporal de emociones encontradas en nuestras almas porque es Cristo quien nos dice que quien lo siga -el verdadero discípulo- ha de negarse a sí mismo, renunciar a cualquier apetito personal y ponerse al hombro esa cruz que es un horror y se asoma en las cumbres de la inhumanidad.
Sin embargo y con todo lo gravoso, con todo y a pesar de todo, el distingo fundamental, quien cambia la polaridad del espanto y cualquier otro rótulo es el amor y la fidelidad.

Esa abnegación es un bien evangélico que escasea, pero que otros tanto, en fructífero silencio, cultivan en las parcelas fértiles de sus corazones, para mayor gloria de Dios y bien de los hermanos.

Seguir a Cristo no es nada fácil ni simpático, máxime en los vaivenes cotidianos y en medio de las enfermas posturas sociales de nuestros días. Porque todo parece indicar que es una locura no apostar a la individualidad, al bienestar personal, al goce y a los disfrutes propios sin ningún tipo de incovenientes que se acepten consciente y voluntariamente.

Seguir a Cristo es atreverse a hacerse marginal y maldito, a renunciarse a cada momento, a no medrar con la existencia y el esfuerzo de los demás, y a ascender hacia otros niveles de humanidad -a crecer- sin utilizar las cabezas de los otros como escalones, sino más bien a ir con los demás, y desde la propia pequeñez a aliviar la carga de tantos que están doblegados por tantas cruces que se les impone.

Con la cruz al hombro y el hermano en el costado, luces fieles en nuestro mundo de tinieblas.

Paz y Bien

La fuerza escondida de la semilla











San Lorenzo, diácono y martir

Para el día de hoy (10/08/17):  

Evangelio según San Juan 12, 24-26






Una amplia idea instalada y sostenida en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era la de un Mesías glorioso y revestido de poder que imponía la victoria de Israel mediante la derrota militar de sus enemigos, pura fuerza esgrimida y detentada. Si bien esto era reivindicado por la ortodoxia religiosa -escribas y fariseos- era ampliamente compartido por mucha gente, especialmente por los discípulos del Maestro.

Por ello, frente a los anuncios de la Pasión, de la muerte en la cruz como un criminal abyecto y marginal, como un epítome de todas las derrotas, sus discípulos se hunden en el estupor, y los fariseos se escandalizan. En sus estrechos esquemas es inaceptable que la muerte sea algo más que eso mismo, un final, y en este caso un final ignominioso.
Pero Cristo revela el rostro afable de un Dios que es Padre, de un Dios que es amor. Y amor es mucho más que un sentimiento, es ante todo la donación incondicional de sí mismo, de la propia existencia en favor de los demás. Dar la vida para dar vida.

Aún así, es menester que ellos entiendan, y la paciencia del Maestro no tiene límites ni cercenada su tenacidad.
Se vale para ello de una sencilla parábola que se origina en la experiencia campesina, en la semilla.

Semilla que como grano de trigo cae en tierra, y se esconde entre los pliegues fértiles del humus, abrazo cerrado de la tierra. Allí, en silencio se humedece y los procesos biológicos la pudren y deshacen.
Podríamos quedarnos con eso, claro está. Pero nos quedaríamos con la pérdida, la disolución, la degradación.

Sin embargo, hay más. Siempre hay más, hay que animarse a tener una mirada profunda.
A su tiempo, esa semilla que se deshizo se transforma, pequeñísimo brote oculto que asomará humilde por entre el surco marcado, tallo cimbreante, espiga dorada, pan de bondades.
En un pequeño grano de trigo acontece la plenitud, pues cumple en su totalidad un destino que lo sobrepasa y que está más allá de los escasos márgenes de sí mismo, arribando al pan bendito.

La Encarnación es la imagen primera de ese grano de trigo, la vida que se esconde en la fecunda profundidad de María de Nazareth, Dios que se encarna desde lo pequeño, de lo humilde, de lo que no cuenta.
El Hijo, que tiene los mismos ojos de la Madre, abre caminos ofrendando su propia vida como rescate de muchos.

Porque la vida, don de Dios, tiene una fuerza escondida en lo pequeño, en la ofrenda generosa, en la entrega incondicional para que un hermano -y un hermano pobre- viva pleno, dé un paso adelante, germine hacia la Salvación.

Paz y Bien

Un corazón que asume el dolor del prójimo








Para el día de hoy (09/08/17):  

Evangelio según San Mateo 15, 21-28





Jesús de Nazareth, a pesar de sus raíces galileas -de periferia y cierta heterodoxia cultual- era judío hasta los huesos. Así lo habían criado sus padres, así lo educaron en la fé de sus mayores y en las tradiciones ancestrales de su pueblo.
Por eso le concernían las ideas vigentes, los preceptos obligatorios, los criterios diseminados muchas veces a la fuerza, aún cuando en su interior estuviera en desacuerdo y despuntara otro horizonte, el del Padre.
En resumidas cuentas, Jesús de Nazareth es un fiel y cabal hijo de su pueblo. Y en aras de la autenticidad, se lleva a todas partes y en toda circunstancia lo que uno es, piensa y siente.

Las regiones de Tiro y Sidón hacia donde el Maestro se retira no son áreas estrictamente judías, sino que se encuentran bajo soberanía de Israel por mano militar. Sin embargo, por esos persistentes preconceptos se encontrarán siempre bajo sospecha y observadas con un inocultable desprecio: hay demasiados extranjeros yendo y viniendo por allí, demasiados ajenos que indican impureza ritual, la alteridad desdeñable de los que no son de Israel. También es ruta y a veces hogar de colonos provenientes de los enemigos acérrimos y tradicionales del pueblo judío, fenicios y filisteos.

Para la cultura de su época, una mujer debería guardar recato y silencio, y no trabar conversación en público con ningún hombre fuera de su padre o su esposo, so pena de ser considerada como una mujer de moralidad escasa y/o dudosa -de allí viene el rótulo de mujer pública-. Por todo ello, que una mujer salga corriendo tras del Maestro, a puro grito suplicante, y para colmo de males sea una extranjera, es un escándalo mayor.
Seguramente por ello es que los discípulos le piden a Jesús que la atienda, para menguar aunque sea en parte el impacto de ese bochorno. No hay otra intención, ni siquiera interesarse por su situación. El qué dirán es un rector severo y cruel.

Decíamos que Jesús es un fiel hijo de sus mayores, y así declara que su misión es, ante todo, ofrecida al rebaño de Israel. Las palabras duras  -migas y perros- se destinan usualmente al extraño, aunque quizás haya allí una tácita invitación, pues no hay un desplante abrupto ni una despedida rápida.
Pero la mujer resplandece de inteligencia y de una confianza que opaca la fé torpe de los discípulos, pues en el ruego por su hija está volcada y palpitada la confianza de todo su ser en ese Cristo que pasa, y esa confianza es el mar Rojo de la fé, el inicio de toda Pascua interior.

Pero hay más, siempre hay más.

Y es que el corazón sagrado del Señor es un corazón vulnerable al dolor de los demás, al sufrimiento del prójimo, compasión pura, misericordia genuina e incondicional. Es un corazón en sus manos que se deja conmover y transformar.
Por el amor de Dios expresado en Cristo y la fé del hombre se urden en diáfana humildad todos los milagros, y germina la Salvación.

Paz y Bien

No nos hundiremos









Santo Domingo, presbítero

Para el día de hoy (08/08/17) 

Evangelio según San Mateo 14, 22-36




Jesús de Nazareth había alimentado a la multitud, y ahora quería volver a la soledad, a la oración, al encuentro con Dios; no debemos perder de vista que, poco tiempo atrás, se había enterado de la muerte del Bautista: en esa ocasión -muy reciente- tuvo la necesidad imperiosa, tanto como el respirar, de retirarse a orar, pues el dolor por la muerte de Juan, la plena conciencia de su ministerio y la certeza de que su final ha de ser similar al del profeta lo impulsa a abandonarse a los brazos de su Padre. Más todo esto se interrumpe por la necesidad de las gentes, por las urgencias de una multitud hambrienta y a la deriva.
Hemos de hacer nuestras las prioridades del Maestro.

El Maestro permanece en oración en el monte, pero los discípulos deben embarcar hacia la otra orilla del mar. Es la imagen exacta de la Iglesia: los discípulos han de llevar el pan de la bondad de Dios a todos los pueblos, y no acotarlo a la nación judía, a unos pocos, y en esa orilla se encuentra el extranjero, el extraño, el que no es como uno, el impar, y eso debe terminar. Todos somos hijas e hijos de Dios.

Los discípulos cumplen, en esa débil barca, el mandato del Maestro. Pero las aguas parecen enojadas y el mar se encrespa y maltrata la embarcación. En realidad, no es una tormenta típica de esa zona montañosa: el viento que los zarandea está en sus corazones, es el viento en contra que los quiere depositar a la fuerza, nuevamente, en los terrenos del triunfalismo, del mesianismo fácil, del exitismo espectacular. Son ellos mismos los que actúan como viento contrario y ancla.

Pero el Maestro no es indiferente a lo que les suceda a los suyos. Aún cuando parece desconectar, siempre está allí, y su presencia no disipa las tormentas: antes bien, fortalece la barca-Iglesia y los corazones para que, firmes, atraviesen cualquier temporal. La señal es que Cristo camina mansamente sobre el mar encrespado, siempre está en camino hacia los suyos, jamás los abandona, y la iniciativa y las primacías son suyas, Espíritu de Dios que no nos abandona.

Ellos creen ver a un fantasma, claro está. Pues este Cristo les rompe cordialmente las fotografías trucadas que se han hecho de Él, porque se han quedado con un personaje y han abandonado a lo que cuenta, la Persona.
Pedro no escapa a la media, a los conceptos viejos, al error que impera. Pedro sigue aferrado a los milagros únicamente como intervenciones espectaculares de Dios que actúa frente a una pasividad estupefacta del hombre, y por eso, en cierto modo, pretende tentar a Cristo pidiéndole que lo mande ir hacia Él caminando por sobre las aguas.

Nunca es un momento malo para aprender, y el Maestro lo sabe.

Pedro, obcecado en su error, comienza a hundirse, y ello sucede porque se hunden sus esquemas, sus ideas vanas, los moldes que le ha impuesto alegremente a ese amigo que es su Salvador. Pero sobre todo, Pedro se hunde porque teme, porque no confía, y nó a la inversa. El temor es anterior a la zozobra.

La mano amiga y bondadosa de Dios está siempre allí, cuando todo indica que pereceremos, y hay una cuestión tan obvia que solemos pasarla por alto: el milagro no acontece solamente por la mano tendida de Cristo, sino también por ese Pedro que se aferra a ella y que sobrevive a la catástrofe inminente.

Es una cuestión primordial de fé: no se trata tanto de lo que Dios puede hacer por nosotros -en especial, en los momentos críticos- sino más bien de lo que juntos podemos hacer de su mano y con su auxilio. Y en verdad, nos atrevemos a bien poco.
Será cuestión de seguir navegando y animarse, que no nos hundiremos.

Paz y Bien

Dénles ustedes de comer










San Cayetano, presbítero

Para el día de hoy (07/08/17):  

Evangelio según San Mateo 14, 13-21




La transición que se insinúa es demoledora: desde una cena corrupta y orgiástica en donde se decide la muerte de un inocente, Juan el Bautista, al banquete fraternal inaugurado por el Maestro junto a una multitud en donde la vida se prodiga. 

Quizás todos nosotros, modernos y en gran medida citadinos, nos cueste imaginar la escena de miles de personas en medio de la nada, reunidas junto a Cristo, bebiendo con gratitud sus palabras y olvidando que pasan las horas.
Seguramente muchas madres llevarían alguna que otra provisión para pasar el rato, más una estancia prolongada torna peligrosa con tanta gente carente de medios. Precisamente es la mirada pragmática pero, quizás, mezquina de los discípulos: es menester despedir a ese río humano, que se vayan a los pueblos y ciudades a comprar comida, que se arreglen.

Su postura es razonable pero no alcanza. Hoy mismo hay demasiados razonadores de miserias y justificadores del hambre, una maldición bastante contemporánea.
Pero la dinámica asombrosa de la Gracia, la santa ilógica de Reino nos vuelve a reclamar que es necesario desandar los imposibles y desertar con alegría de todos los no se puede.

El amor de Dios, su infinita y bondadosa providencia siempre es causa de vida en abundancia. Los mezquinos somos nosotros, y campea la miseria porque hay hombres miserables.

El impulso del Señor con -¡Dénles ustedes de comer! debe molestarnos, dolernos, movilizarnos las manos y, muy especialmente, el corazón: la solidaridad no es otra cosa que reflejo de esa bondad divina, y son los vínculos filiales como hijas e hijos suyos los que nos ponen prisas.

La solidaridad, la abnegación y el ingenio al servicio del prójimo desaloja el hambre y produce justicia.
Hay demasiado hambre en estos tiempos por varios factores, donde quizás los principales sean las idolatrías del poder y del dinero.

Nosotros, mínimos hijos de la Iglesia, humildemente serviremos a los hambrientos porque rendimos culto al Dios de la vida en el hermano.
...
Hoy, 7 de agosto, la Iglesia hace memoria de San Cayetano. El pueblo argentino tiene una afectuosa devoción para con este hermano santo, tan cercano a los trabajadores, y junto con él ruega desde hace tiempo por Paz, Pan y Trabajo. Está prevista la presencia de al menos un millón de peregrinos a su santuario aquí en Buenos Aires -cierto arzobispo de la ciudad, como fiel devoto suyo, era usual compartir con él la misa y el afecto con el pueblo creyente. Ese arzobispo es hoy el pontífice-

Hermanos, si tienen un minuto, suplico una plegaria por esos peregrinos y por todos aquellos que durante varios días los servirán en silencio y generosidad.

Paz y Bien



Transfiguración, encuentro sagrado









La Transfiguración del Señor

Para el día de hoy (06/08/17):  

Evangelio según San Mateo 17, 1-9



El ámbito es un monte, un sitio elevado; no se trata tanto del lugar físico sino más bien simbólico, espacio propicio para el encuentro con Dios.

El Maestro se ha llevado allí a algunos de los suyos. Podemos especular del porqué de su elección -los hermanos Juan y Santiago con Pedro-, pero lo importante es la cercanía. Cristo nos elige, Cristo nos conduce y a partir de esa intimidad, de esa amistad y confianza suceden los milagros y se revela la gloria de Dios.

Jesús de Nazareth se transfigura delante de ellos, allí, ante sus ojos. Sus vestiduras son tan blancas que no hay modo en el mundo de igualar esa blancura: es señal indudable de la presencia de Dios. Jamás hay que olvidar que el artesano galileo, el hijo de María es Dios.

De pronto, se les aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús.
Moisés, la Ley, y Elías, los profetas. 
Moisés, aquél que conduce al pueblo de Dios hacia la tierra prometida, hacia su liberación.
Elías, quien es arrebatado de las garras de la muerte y cuyo regreso será la señal exacta del inicio de los tiempos mesiánicos.
Todo ello confluye en Su Persona: en Cristo todo encuentra pleno sentido y trascendencia, y aquellos que trabajan por la libertad y por la vida, aún cuando no lo sepan, están en diálogo permanente y cercanía con Él. Vida y libertad siempre son cosas de Dios, vengan de donde vengan.
Cristo, Señor de la historia, lo ratifica con su inefable transparencia, Mesías presente que trae vida y liberación para su pueblo.

No basta con oir. Es menester escuchar, escuchar con atención: Jesús de Nazareth es el Hijo amado de Dios, y por Él todos y cada uno de nosotros nos descubrimos también sus queridísimos hijos por quienes se desvive en la soberanía absoluta de su amor. 
Escuchar. Tener los ojos abiertos y el alma atenta pues por la fé, don y misterio, acontecen encuentros sagrados en donde se nos revela la gloria de Dios en la pequeñez de nuestras existencias.

Son momentos únicos, asombrosos, fundantes. Dan ganas que no se terminen nunca, las mismas ganas de Pedro de acomodarse, de quedarse allí.

Pero es menester volver al llano, allí mismo en donde transcurre el tiempo y tantos languidecen en sombras de muerte, volver con esa humilde esperanza que desaloja al miedo, porque allí, en esa cotidianeidad a menudo tan gris, el resplandor santo de ese encuentro sagrado se ha de renovar para los corazones atentos y dispuestos.

Dios se sigue manifestando, y resplandece en el rostro de los pobres y los pequeños.

Paz y Bien


El tenaz y obstinado amor de Dios










La dedicación de la Basílica de Santa María

Para el día de hoy (04/08/17) 

Evangelio según San Mateo 14, 1-12





 La lectura del Evangelio para el día de hoy nos presenta una imagen espantosa, en la que se contraponen como polos opuestos la integridad del Bautista y la corrupta violencia de Herodes Antipas.

Este último, hijo de Herodes el Grande, era tetrarca de la Perea y de Galilea, tierra natal de Jesús de Nazareth.  Era fervorosamente despreciado por los judíos por su formación helenística y su origen difuso, idumeo, extranjero, es decir, un usurpador. Para sostenerse en el poder se valía de tropas mercenarias de ferocidad conocida, pero más aún del ocupante imperial romano, del cual era abiertamente vasallo: la corona que detentaba dependía casi exclusivamente del César y de las legiones estacionadas en Judea y Siria.

Sin enderezar esta mínima reflexión hacia márgenes ideológicos, Herodes Antipas es el arquetipo del poderoso que reivindica la política como pura praxis: la propuesta puede resultar en la superficie tentadora y razonablemente lógica -de allí el afirmar que es el arte de lo posible-. Pero sin embargo adolece del fundamento primordial de la ética. Política sin ética no es búsqueda del bien común, sino solamente búsqueda y acumulación de poder sin limitación alguna, y de allí al autoritarismo, la explotación y el sojuzgamiento del pueblo hay una sola baldosa.

En un momento así, frente a un hombre inescrupuloso y ávido de todo lo que incremente su ya significativo poder -con toda su sombra asfixiante de opresión- el surgimiento de una voz clara y profética como la de Juan el Bautista es un viento de aire puro en un ambiente tan enrarecido.
Juan es un hombre que no se calla, que no vacila en denunciar todo lo que se opone al Dios, aún cuando ello suponga una crítica frontal a la dudosa moralidad del poderoso, aún cuando ello ponga en grave riesgo su misma vida. Juan es un hombre peligroso en su enorme integridad y en su mansa fidelidad incoercible.

Herodes Antipas no le importa nada más que sí mismo, y además de supersticioso, es un esclavo del qué dirán -quizás en nuestra época, denominaríamos a esto como opinión pública-. Por eso, una danza dudosamente erótica es la excusa perfecta para suprimir esa voz molesta a la que el pueblo presta cada vez más atención.

Significativamente, la muerte y sepultura del enorme Juan será para Jesús de Nazareth el indicio veraz y primordial de que ha llegado su tiempo, el tiempo de anunciar que el Reino de Dios ha llegado, que está aquí entre nosotros, que la historia está grávida de la Gracia, que la Salvación se ofrece incondicional a toda la humanidad.

Allí en donde muchos ven signos luctuosos y de dolor, el Maestro descubre subyacentes signos verdaderos de bendición, de tiempo florecido, con todo y a pesar de todo.

Quiera Dios que también para nosotros tanta muerte y tanto dolor se nos transformen en indicios ciertos de una vida que persiste, tenaz y obstinado como el amor de Dios.

Paz y Bien

El hijo del carpintero










San Juan María Vianney, presbítero

Día del párraco y del sacerdote

Para el día de hoy (04/08/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 54-58





Los preconceptos no son buenos, minimizan cualquier amplitud de miradas. En cierto modo implican un molde a lo que todo debe adaptarse, y cuando ello no ocurre, surge la necesidad de que, a la fuerza, lo nuevo se amolde a la estructura prefijada.

Los paisanos nazarenos de Jesús se habían así quedado con el viejo molde. Él no podía hablar como hablaba, ni hacer lo que hacía, ni tener autoridad alguna, pues ese pretendido rabbí era el hijo del tekton, del carpintero, y de María, y vivían allí sus hermanos o parientes. Se habían quedado aferrados a una imagen y dejaban de lado de manera flagrante a la persona real. De allí el escándalo que les crecía, y más aún en su sentido literal, pues el término skandalon remite a la piedra con la que uno se tropieza cuando vá caminando. Y ellos, frente a este Cristo que creían conocer bien pero en verdad desconocían por completo, los hacía tropezar y caer al suelo con el estruendo de su estupor.

Así entonces en su querencia no realizaría demasiados signos o milagros. Los milagros no son solamente cuestiones de la bondad divina, sino mixtura santa del amor de Dios y de la fé del hombre. Y cuando falta esa confianza fundante, la Gracia busca terrenos más fértiles para que el Reino germine.

Sin embargo, el lugar de donde venimos es importantísimo. Confiere identidad y revela muchas cosas, y que Jesús el Cristo fuera originario de Nazareth, que su padre fuera el tekton del pueblo, que su madre fuera María es parte también del misterio de Dios que ha querido encarnarse, ser parte de la historia humana a partir de una cultura específica, en un tiempo determinado y propicio, pero muy especialmente de un modo poco pomposo e imponente, que confunde en su sencillez y humildad y que pertenece a esa periferia galilea sospechosa, la periferia de donde nada bueno puede esperarse.

Quiera Dios que este Cristo sea escandaloso también para todos nuestros preconceptos, que confunda nuestros prejuicios y nos altere las caricaturas que nos hemos hecho de su persona, para con el auxilio del Espíritu poder al fin encontrarnos con el Cristo hermano y Señor de nuestra salvación.

Paz y Bien


Redes cristianas, redes católicas









Para el día de hoy (03/08/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 47-53





Algunos de los discípulos de Jesús eran experimentados pescadores de oficio, Pedro y Andrés, Juan y Santiago, quizás Felipe. Y seguramente, entre las multitudes que lo seguían con persistencia también otros tantos podrían encontrarse: la cercanía del mar de Galilea es el indicio y de su importancia, de su gravitación social y económica. El mismo Jesús se vale de ejemplos de aquello que Él también conocía de cerca, y es dable imaginarse los rostros de esos hombres asintiendo en silencio cuando Él tomaba como ejemplos circunstancias que los tocaban a diario.
Ello no es solamente una propedéutica o metodología de enseñanza: es el misterio de la eternidad que se esconde en el acontecer diario, el cómo resignificar de modo trascendente aquello que consideramos rutinario y habitual.

Desde aquel entonces muchos siglos han pasado, muchos cambios geológicos y climáticos han dejado su huella, mucha polución ha saturado la zona. Pero en el siglo I, esas aguas bullían de una fauna ictícola multiforme, muy variada, y esos hombres entendían perfectamente lo que el Maestro les planteaba.
No era una acción deportiva o lúdica de caña y anzuelo, sino del esfuerzo común que robustecía la tarea: ellos debían barrenar esas aguas a la mayor profundidad posible, y recogiendo en sus redes todos los peces posibles.
Sólo al finalizar la pesca, se discriminaría entre pescados comestibles o nó, entre pescados útiles e inútiles, entre pescados buenos y malos. Más aún, unos cuantos se arrojarán de nuevo a las aguas pues serán demasiado pequeños, y es mejor que crezcan a nado. Otro tiempo de pesca será el adecuado.

Las redes que el Maestro nos invita a portar, como símbolo magnífico del Reino, son redes católicas.
Quizás el título que encabeza estas pobres líneas induzca a engaño, tenga una trampa menor: sin embargo, las redes de Cristo son católicas, no tanto por pertenencia eclesiástica, sino por su universalidad que no discrimina entre peces buenos y malos. Todos son objetos -mejor dicho, sujetos- del infinito y escandaloso amor de Dios.

Ningún pez, por pequeño e insignificante o por grande y fiero ha de quedar fuera de esas redes.
Hay un detalle tan obvio que con toda probabilidad se nos escurra de la reflexión: los peces en las redes son tales pues están con vida.
Sólo finalizada la pesca, sólo fuera de su ambiente se convierten en pescados, es decir, en peces muertos.

Las redes son redes de vida, y aunque cueste su comprensión y su encarnación cotidiana, nuestro destino y vocación es la de pescadores de hombres, servidores de todos, de buenos y malos, todos hijos del mismo Dios de la vida.
Sólo a Él le corresponde el juicio, no a nosotros. A nosotros la justicia del Reino, que es la misericordia.

Paz y Bien

Encuentro decisivo








Para el día de hoy (02/08/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-46




Como al labriego en el campo, como al mercader de perlas, cuando se descubre algo tan valioso todo pasa a un segundo plano. Es decir, que vale la pena dejar todo atrás -venderlo todo- por ese tesoro encontrado.

Pero hay un distingo tanto en el hombre del campo y en el comerciante citadino, y es la alegría, una alegría que perdura y no mengua y que es producto primordial de ese encuentro decisivo.

En ese encuentro prima el asombro, que no el estupor. Un asombro que moviliza, que ilumina la mirada, que transforma la totalidad de la vida. Ya nada será lo mismo, lo pasado será historia y en un presente riquísimo se gesta silencioso un futuro a pura esperanza.

A las personas a las que les ha sucedido ese descubrimiento mayor se les nota en la mirada, en las palabras y en los silencios, en los gestos, en todo lo que hacen. Es gente que merced a ese crisol se vuelve, a su vez, un tesoro valioso para los demás, pues ante todo saben, conocen y ponderan desde las profundidades de su corazón el valor incalculable del prójimo.

Porque el tesoro es el Reino que se encuentra en el quehacer cotidiano, porque la perla más fina es descubrir la Gracia de Dios, el paso salvador de Dios por la historia de nuestras existencias.

Paz y Bien

El trigo y la cizaña








Para el día de hoy (01/08/17):  

Evangelio según San Mateo 13, 36-43 




Nunca es suficiente la reiteración del mismo concepto: Jesús de Nazareth se valía de situaciones e imágenes de la vida cotidiana que compartían sus oyentes, para enseñarles y revelarles las verdades de Dios, es decir, hablaba en el mismo idioma y con los mismos códigos que esas multitudes que le escuchaban. Nosotros quizás hemos olvidado eso, precisamente el dialogar con la mujer y el hombre de hoy desde la fé y a partir de las cosas que a todos nos pasan.

En el caso puntual de la lectura que nos ofrece la liturgia del día, el Maestro utiliza una imagen campesina, rural, muy cercana y conocida para todos sus congéneres, la que también estaba cargada de contenido simbólico.
El trigo era importantísimo para la alimentación de las familias judías en la época de la predicación de Jesús: la dieta principal se componía de pan y de los eventuales peces que se obtuvieran de la pesca. Asimismo, la elaboración del pan estaba puntillosamente prescripta y determinada por la ley mosaica, variando su conformación de acuerdo al tiempo religioso que se atravesara.

Pero volvamos al trigo: esas gentes conocían bien que junto con el trigo crecía también la cizaña -lolium temulentum-, una gramínea cuya apariencia es muy parecida a la del trigo, tan parecida que era menester tener muy buen ojo para poder discriminar entre la planta de trigo bueno y la de la cizaña peligrosa. Ésta última era similar en apariencia solamente, pues sus granos eran tóxicos, de tal modo que si ellos se mezclaban con los de trigo y se producía harina, el pan producido iba a producir vómitos y a enfermar a quienes lo consumiesen.
Pero la cizaña posee otra particularidad decisiva: las raíces de la cizaña son profundas y fuertes, y por ello se entremezclan en la tierra junto a las raíces del trigo. Si se decidiera a arrancar la cizaña, inevitablemente se arrancaría y aniquilaría al trigo útil y eficaz.

El Maestro nos vuelve a decir con decisión y con la intensidad de su Palabra que nunca, por ningún motivo, podemos arrogarnos la pretensión de establecer -mediante rigorismos excluyentes- una Iglesia pura y sin cizañas ni contaminantes/contaminados. En todo caso, se podrán compendiar pecados, vicios y virtudes. Pero no somos ni el Dueño del campo ni tampoco el cosechero.

Sin embargo, la cizaña presente en nuestros corazones y en nuestras sociedades no nos exime de responsabilidad ni nos relega a una esperanza postrera y resignada. 

Es importante tener buen ojo cordial para reconocer trigo y cizaña, y muy especialmente, para proteger a tantos hermanos trigales que se hacen pan compartido para todos nosotros. Es compromiso de justicia, es compromiso del Evangelio, es tarea encomendada por ese Cristo que no nos abandona, cuyo rostro resplandece en tantas mujeres y hombres justos y santos, silentes y humildes, que el Espíritu nos florece aquí y ahora.

Paz y Bien

El Reino crece humilde y silencioso










San Ignacio de Loyola, presbítero

Para el día de hoy (31/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 31-35




Seguramente, el Maestro siendo niño lo observaba con sus ojos asombrados, veía a su madre y a las mujeres de su pequeño pueblo amasar el pan, una medida de harina y una pizca de levadura que hacía maravillas, algo tan insignificante que todo lo transformaba.
Y como hijo de su pueblo, también conocía bien la vegetación circundante: así una pequeña semilla de mostaza que se pierde entre los dedos, se convierte con una fuerza escondida en un arbusto alto y frondoso.

Así, a partir de lo cotidiano Jesús revela y enseña las verdades del Reino. Desde el mismo comienzo de su ministerio suscitó controversias y rechazos, pues el acento no está puesto en los rituales formales vinculados al templo, sino que enseña y re-liga la eternidad con el tiempo humano a partir de la cotidianeidad. Y para severas almas estrechas, incapaces de lo nuevo, ello es peligrosamente secular; para colmo de males, se trata de un galileo, es decir, de un judío de segunda categoría. Y para esos orgullosos fariseos jerosolimitanos, de Galilea no ha de salir nada bueno ni nuevo.

Con todo y a pesar de todo, desde lo pequeño y lo insignificante se edifica la vida nueva, el Reino de Dios presente aquí y ahora, al alcance de todo corazón.
Reconozcamos que estamos demasiado aferrados a lo ampuloso, a lo masivo, al poder detentado. Pero ello nada tiene que ver con la Buena Noticia.

El Reino crece, humilde y silencioso, con una fuerza insospechada, con la tenacidad que sólo conocen los que aman hasta las últimas consecuencias.
 
Más aún, cuando todo se ensombrece, cuando los desprecios y los descartes nos ponen límites espúreos a nuestros horizontes -gravosas situaciones impuestas pero también generadas por nuestras propias miserias- nuestra esperanza se funda y re-crea en la perenne compañía del Señor y en la certeza de que podrán haber tormentas de oscuridad, pero el Reino sigue creciendo, empuje santo que todo lo transforma, que nos crece, que nos fermenta y nos compromete honorablemente desde la bondad.

Paz y Bien

Dios, tesoro cotidiano










17° Domingo durante el año

Para el día de hoy (30/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-52



Los conflictos bélicos en Medio Oriente no son exclusivos de la historia reciente: ya en los tiempos de Jesús de Nazareth -y antes también- las tierras de Israel solían estar surcadas por conflictos armados que todo asolaban. A su vez, la sujeción al emperador romano implicaba un gravamen de tributos obligatorios francamente intolerables. Así entonces, por los saqueos luego de las batallas y con el fin de eludir esa carga impositiva que era un latrocinio para los pobres, muchos ocultaban las monedas que ahorraban y algún objeto de valor en vasijas de barro que enterraban en el campo.

En ese tiempo también, los campesinos y labriegos eran, en su gran mayoría, arrendatarios de grandes terratenientes. Casi nadie era dueño de la tierra que trabajaba. Por esa causa, el labrador de la primer parábola de esta lectura tal vez fuera uno de ellos, que haciendo su tarea cotidiana para procurar su sustento y el de su familia, se encuentra de pronto con una vasija de esas, con un tesoro escondido que vuelve a esconder en otro lugar. Seguramente se deslomaría de sol a sol, pero haría lo imposible para que ese campo fuera suyo, que no se le pierda, que no se le escape de las manos ese tesoro asombroso.

En cambio, el mercader es un buscador profesional, un experto en esos menesteres de comprar perlas a un valor determinado y revenderlas a mayor precio, acumulando pingües beneficios y edificando una fortuna. Un día, enfrascado en su tarea, encuentra una perla única: él lo sabe, conocedor cabal de esos temas. Quizás sea más frío y calculador que el labrador anterior, sabe que esa perla hallada no tiene parangón, ni se compara a nada de su vasta experiencia, y por ello se atreve a liquidar todos sus bienes previos para adquirirla.

Pero en ambos casos, ese magnífico hallazgo que todo lo transforma y por el que nada volverá a ser igual supone una intervención personal, un esfuerzo, un compromiso y hasta un sacrificio. No se trata de un evento fortuito. No existen casualidades sino causalidades, frutos de la amorosa providencia de un Dios cuyo Reino se deja encontrar.

Frente a su Gracia, todo parece ínfimo.

El encuentro con ese tesoro marca un antes y un después en la existencia, el hito fundante de la vocación cristiana.

Más aún: Dios es el tesoro que se deja encontrar en medio de nuestros esfuerzos cotidianos, y que hace la vida resplandecer, dejar de lado lo que perece, y volvernos tenaces buscadores de su amor que siempre nos sale al encuentro todos los días, cada día, cada instante.

Paz y Bien

 

Santa Marta









Santa Marta, memorial.

Patrona de las amas de casa 

Para el día de hoy (29/07/17):  

Evangelio según San Juan 11, 19-27



En Betania, pequeña localidad cercana a Jerusalem, había una familia compuesta por tres hermanos, Lázaro, María y Marta. Cada vez que se reunía con ellos, en un clima de profunda amistad, Jesús se sentía tan a gusto que el hogar de Lázaro y sus hermanas se transformaba en su propio hogar, y es precisamente un espejo espiritual de la Iglesia, una familia reunida junto a un Amigo, en donde Dios se encuentra a sus anchas.

Quizás porque se preveía, no sólo por la razonabilidad de la vida sino por una enfermedad grave, Jesús de Nazareth no está presente cuando el fallecimiento de Lázaro. Él trae algo más que la elusión de la mortalidad. Él trae la vida ofreciendo la suya, vida abundante, vida eterna.

No son difíciles de imaginarse las miradas y los rostros. Marta -tan inquieta y proactiva, tan dada a servir a los demás, aún a riesgo de extraviar de a ratos lo más importante- se dirige a Jesús con palabras propias de amigos, con la confianza de mirarse a los ojos y decirse las cosas como son, sin ambages pero sin lastimarse.
Es un momento de intenso dolor por la pérdida, una pérdida que se magnifica por el luto de los otros. Aún así, Marta sale al encuentro del Maestro, abandonando por un momento ese ambiente enrarecido por el llanto, por las sombras de la muerte.
Cuando nada se vé, cuando el horizonte no indica nada más que tristeza, es preciso abrir la puerta e ir al encuentro de los amigos, y del Amigo fiel que siempre se llega allí en donde nos demolemos de angustia.

Entre ellos dos, Marta y Jesús, hay amistad y hay ternura. Y desde allí surge la fé y acontecen los milagros. Porque a pesar de todo y de todos, Marta sigue confiando en el poder asombroso de ese Amigo que no se priva de llorar abiertamente por Lázaro que ha muerto.

Un Dios que nos llora por amor entrañable no suele estar en nuestras estampitas interiores.

Marta porta en su mente viejas ideas, conceptos férreos esgrimidos por los mismos que condenarán a muerte a Cristo, y que proyectan su sombra ominosa desde la cercana Jerusalem.
La precisión y la ortodoxia son importantes, pero más importante es la fé, la confianza en ese Cristo que es la Resurrección y la vida.

Porque contra todo pronóstico, Marta intuye y sabe en las honduras de su alma que nada el Padre deniega a lo que el Hijo le pida.

Esa amistad es también signo para nosotros de que la fé no es una abstracta cuestión doctrinaria. Hay afectos, razón, co-razón,  piel, sangre, huesos, toda la existencia transformada por el encuentro con el Salvador, que es hermano, es Dios y es Amigo fiel por siempre.

Paz y Bien

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