Evangelio, tiempo santo de mujeres y niños










Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80





La escena que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy a través de San Lucas es bellísima en su sencillez y profundidad, especialmente si utilizamos la consabida utilidad de situarnos nosotros mismos allí, en ese preciso momento, como espectadores patentes de lo que acontece.

Se trata de un poblado pequeño, Ain Karem, ubicado en las montañas. En esos lugares, lo sabemos, todos suelen conocerse entre sí, algo que con el agigantamiento cruel de nuestras ciudades hemos olvidado y perdido. En esos pueblos pequeños los vecinos son casi casi como los parientes -a veces más- y allí la vida y la muerte se comparte, alegrías y tristezas, esperanzas y frustraciones. Por eso el festejo manso de los presentes: Isabel, la que ya parecía destinada más a abuela  sin nietos que a madre primeriza, ha dado a luz a un niño. Esas gentes saben reconocer, sin que nadie se los diga, el paso bondadoso de Dios por las vidas ancianas de Zacarías e Isabel.

Un niño que nace es un libro nuevo a escribirse en su totalidad. Pura esperanza, todo expectación, en donde los más sabios no se afanan en proyectar sus causas quebradas, lo que ellos no tuvieron, sus derrotas que ansían convertir en victorias, sino que celebran la esperanza que trae una vida nueva que se les duerme entre sus brazos y manos de trabajo, una vida en donde todo es posible.
Aún así, esas gentes intuyen que en ese bebé hay algo más, algo especial, y se le encienden los sueños intentando saber cual será el horizonte maravilloso que tendrá el niño que además de ser un poco hijo de cada uno de ellos, es la vida que continúa, la vida que prevalece, con todo y a pesar de todo.

En esos afectos, en esa cercanía cordial, pretenden terciar en la decisión de nombrar al nuevo hombrecito. Las tradiciones pesan, pero más aún esos cariños que a menudo no se morigeran, y con obstinada ternura pretenden que el bebé lleve, según la costumbre, el nombre de su padre Zacarías.

Pero cada niño ha de tener alas propias, vuelo personal, volará por sí mismo y no tanto por los antecedentes de sus mayores. Es una vida nueva y, en este caso, una vida muy especial que requiere un nombre también especial, y por eso mismo el niño ha de llamarse Juan, que literalmente significa Dios concede una gracia, una bendición.
Todos los niños son una bendición para nuestros corazones envejecidos, pero ese niño en particular es señal de la fidelidad absoluta de Dios para con su pueblo.

Se trata de un tiempo nuevo y muy, muy extraño, imprevisiblemente maravilloso.
Los caudillos, los guerreros, los sacerdotes han de guardar silencio, pues la confianza -paso primordial de la fé- la han abandonado.
Es tiempo de mujeres y de niños, y ellos han de cambiar la historia misma de la humanidad. Las mujeres, por cobijar en las honduras de su corazón la fé en su Dios y la Palabra que descubren como Gracia y Misericordia.

Los niños, abriendo puertas y ventanas.
Uno, allanará las huellas y preparará desde su integridad los caminos.
El otro, bebé santo, traerá la vida definitiva que nada ni nadie podrá quitarnos, esta alegría perenne de Dios con nosotros, de sabernos hijas e hijos de Dios.

Paz y Bien

Corazón del Señor, alivio, paciencia y sabiduría









Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Para el día de hoy (23/06/17) 

Evangelio según San Mateo 11, 25-30




Cuando hablamos de corazón, lejos de los límites biológicos, nos remitimos simbólicamente a la esencia misma del ser, a la fuente primordial de cada persona, a aquello que define y decide su obrar y su existir.

En esta Solemnidad, nos detenemos del diario trajín para contemplar en silencio, con devoción y una mirada capaz de asombros al corazón sagrado de Jesús, a su intimidad primordial, a lo que lo constituye y que, por eso mismo, decide nuestra pertenencia, nuestra misión y nuestro destino.

Y desde el vamos el asombro comienza: en este corazón no hay visos de abstracciones ni de vanas declamaciones. Este corazón es inmenso, pues nos contiene a todos -buenos y malos, justos y pecadores- pero se inclina decididamente en favor de los pequeños, un corazón escandalosamente parcial, y esa parcialidad tiene sus raíces en el amor, esencia del Dios del universo.

Esos pequeños no son exactamente los niños, por quien Jesús tenía y tiene un especial cuidado y dedicación: los pequeños aquí refiere a los humildes, a los mansos, a los que por lo general no cuentan pero que sin ellos la vida no sería posible pues en su confianza, en su fé salan e iluminan estos páramos desolados. Los pequeños son los pobres, los marginados, los que nadie escucha pero tienen a Dios de su parte, y otro corazón inmenso, el de María de Nazareth, lo supo cantar con palabras imborrables.

En el Sagrado Corazón del Señor es el amor lo que prevalece y sobreabunda como pan bueno y santo, perdón y misericordia, redención y liberación, compasión y socorro.

Nada ni nadie le es ajeno, y en esa bondad se funda nuestra esperanza. Porque Cristo estuvo, está y estará junto a nosotros y en nosotros, con todo y a pesar de todo, celebración de todos los regresos, rescate de los extraviados, consuelo de los afligidos, serena alegría que permanece para siempre porque no hay cruz ni muerte que sean definitivas, tesoro escondido que se multiplica cuando, como Él, se ofrece la vida, la existencia toda en las manos, corazones transparentes a pura Gracia de Dios.

Paz y Bien

Por la causa de Dios y del prójimo










Para el día de hoy (22/06/17) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15





Por Cristo, sabemos que la vida cristiana en plenitud se fundamenta en el devenir cotidiano a partir de dos pilares, dos aspectos o ramas de un único tronco frutal, la Gracia de Dios.

Esos dos fundamentos son el amor y la oración.

El amor que se explicita en la abnegación, en el servicio incondicional al prójimo.

La oración, que antes de dicción tenaz y exacta de fórmulas, es escucha cordial del susurro primordial de un Dios que jamás deja de buscarnos, de ese Espíritu que nos hace decir Abbá!.

La cruz de Cristo ya no es señal de muerte y horror, sino signo cierto del amor mayor, de la vida ofrecida para que todos vivan. Y también es un profundo símbolo en su constitución misma: a una cruz la constituyen dos maderos cruzados, uno elevado hacia el cielo, el otro que se expande horizontalmente hacia los lados, así la Buena Noticia también se constituye -indisolublemente- de ese vínculo hacia el Dios del universo y hacia los hermanos.

Por ello mismo, por la oración en la que nos identificamos y que es la oración misma de Cristo, la plegaria es por la causa de Dios y por la causa de los hermanos, sarmientos frutales de la misma savia.

Essa savia nutricia es el amor de Dios, que se revela y nos rebela de toda rutina y acomodamiento cuando descubrimos a Dios como Padre, y nos sabemos hijas e hijos amadísimos que no buscan demasiadas palabras, sino que se aferran a la Palabra.

Paz y Bien

La tierra santa de la caridad










Para el día de hoy (21/06/17) 

Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18




En la tradición del pueblo de Israel, tres eran las prácticas básicas piadosas, la limosna, la oración y el ayuno. Más aún, con un profundo sentido metafísico, la limosna era a menudo llamada también justicia.

Jesús las asume como propias, y a la vez las hace extensivas a todos los suyos en principio, fundamento de una nueva humanidad. No está demás pensar que el Señor también soñaba con un mundo mejor, más justo y fraterno a partir de la irrupción del Reino aquí y ahora entre nosotros, y de cómo Él podía contribuir a ese mundo para su humanización.
No obstante ello, la perspectiva es nueva, es distinta y, si se quiere, humildemente revolucionaria.

Se trata de un éxodo cordial, de un peregrinar de los corazones que abandonan los lúgubres desiertos del oportunismo y la conveniencia, de una espiritualidad mercantilizada que supone la acumulación de méritos piadosos para la consecución de bendiciones y cielo, negando tácitamente la asombrosa dinámica de amor de la Gracia de Dios.
Se trata de arribar a la tierra santa de la caridad, de la abnegación, del servicio desinteresado, de la fraternidad.

Porque, siguiendo una antigua pero vigente idea, los justos de las Escrituras son los que ajustan su voluntad a la voluntad de Dios. Así entonces limosna, oración y ayuno son nítidas y evidentes acciones de justicia.

La limosna que socorre sin demoras al necesitado, porque todos somos hijas e hijos de Dios, brindándonos ante todo a nosotros mismos y no tanto lo que viene sobrando.
La oración que es escucha y es diálogo filial, que nos ubica en la misma sintonía eterna de un Dios encarnado, uno más entre nosotros.
El ayuno que nos disciplina deseos, y que por amor implica privarse de alimentos para que otros no pasen privaciones, no adolezcan de dolosos platos vacíos.

La caridad no busca reconocimientos ni esgrime alardes vanos.
En los pequeños gestos de caridad y bondad se anticipa el Reino.
El deber ser, desde Cristo, es fruto necesario del descubrirse amadísimos hijas e hijos de ese Dios que se desvive por nosotros.

Paz y Bien

Una religión extraña e incómoda








Para el día de hoy (20/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 43-48



Desde una mirada histórica, perspectiva de estudio sociológica y filosófica, la irrupción de Jesús de Nazareth en la historia humana no supone, directamente, la institución de una nueva religión.
Es difícil objetivarnos, pues están en juego nuestros afectos, el corazón mismo. Pero una toma de distancia nos descubre a un rabbí itinerante, a un varón judío de origen muy humilde que habla de su Dios de una manera muy extraña, con una confianza y cercanía que ni por asomo se acerca a la ortodoxia oficial, pero que no convoca a derribar templos, a trastorcar estructuras de culto e imponer conceptos ni un cuerpo dogmático. Por el contrario, frente a las polémicas y a las críticas, reafirma que no ha venido a abolir esa Ley que constituye el nodo fundacional del pueblo de Israel, sino a darle su pleno cumplimiento.

Pero por otra parte, esa objetivación intentada nos muestra también una impensada religión humanizada. Quizás y con razón, de tan humana parece desacralizada, extrañamente ajena a lo que solemos entender por trascendencia sacral, peligrosamente secular y cercana al corazón del hombre.

Es que Cristo hace todo lo que hace y enseña y propone el Reino, la Buena Noticia del amor de Dios desde su experiencia única de identificación total con ese Dios al que descubre como Abbá.
Tal vez sea precisamente el saber que el Reino está aquí y ahora entre nosotros, que el cielo comienza en la cotidianeidad por oblación infinita de la ternura de Dios que deviene, a veces, tan utópicamente lejana.

El misterio de la Encarnación supone un tiempo nuevo, un tiempo santo -kairós- de Dios y el hombre, una historia nueva urdida en común, desde vínculos familiares. Y solamente desde esos nuevos lazos es posible comprender la postura del Maestro acerca de quien nos odia o nos hace daño.
En la perspectiva de su corazón sagrado no hay propios y ajenos, sólo hijas e hijos, hermanas y hermanos, el horizonte inconmensurable del nosotros con Dios mismo.

Porque el Reino es cosa de locos, de atrevidos, de aquellos que se atreven a amar más allá de cualquier previsión porque primero y ante todo se saben queridos y amados por Dios.

Paz y Bien

El éxodo hacia la comunidad








Para el día de hoy (19/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 38-42




Acerca de la llamada Ley de Talión, es menester no pasar por alto un detalle, y es que en las Escrituras nunca es mencionado con ese nombre el corpus legal adoptado por numerosos pueblos de la antigüedad, quizás comenzando por los babilonios en la dinastía de Hammurabi, y asumido también por el reino de Israel.
Se la llama así por la expresión latina lex talis, es decir, ley del tal como. Su importancia no es menor: implicaba en primer lugar moderar los efectos de la venganza, igualar los derechos entre el ofensor y el ofendido y, especialmente, establecer normas de derecho -aquí derecho penal- aplicables a toda una nación.

En la ley del talión o del ojo por ojo y diente por diente encontramos los orígenes de todo orden social en tanto reglas explícitas de convivencia, y a la vez los fundamentos del derecho que hoy conocemos en todas sus variantes. El derecho actual presupone, en cierto modo, el cariz de talión pues es un derecho y una justicia retributivas, que adjudica una pena proporcional al delito o infracción cometidos.

Jesús de Nazareth no embiste contra ello. Nosotros podemos encontrar visos censurables o críticas profundas a sistemas que nos imponen o que nos pertenecen; sin embargo el Maestro propone e invita a ir más allá, a trascender porque otro mundo y otra vida es posible.

Probablemente los ejemplos que Él nos brinda en la Palabra nos sean muy gravosos. Pero la vida cristiana implica decisiones definitivas, la radicalidad del Reino que no tiene otro sentido que el insondable amor de Dios.

Cristo propone superar la ley del talión por su experiencia absoluta de Dios como Padre, y de cada mujer y cada hombre reconocidos como hermanos por ese único y asombroso vínculo filial que es Gracia y salvación. 

Más allá de cualquier proyecto ideológico, el Señor convida al atrevimiento de pasar de sociedades inmanentes a la comunidad, a la común unión en donde sucede una de las cosas más difíciles para nuestros egoísmos, el reconocimiento del otro, la edificación del prójimo, el Reino aquí y ahora.

Paz y Bien

Eucaristía, camino y dirección










Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Para el día de hoy (18/06/17) 

Evangelio según San Juan 6, 51-58





Esos hombres estaban desconcertados y ofendidos, tan cautivos de esa literalidad a la que se sometían, tan presos de una religiosidad retributiva, tan dados a las abstracciones.

Todos ellos eran muy religiosos, hombres profundamente piadosos y, a su modo, férreamente arraigados en la fé de sus mayores. Así entonces, si fueran invitados a una celebración en donde se sirviera carne como gran manjar exclusivo, ellos se preguntarían primero si ese plato es kosher/kashrut, es decir, si cumple con los preceptos de la Ley mosaica respecto de los alimentos permitidos, de aquellos alimentos considerados puros, entre lo que destacará también el modo en que el animal debe sacrificarse, sin que implique consumir sangre bajo ningún punto de vista, y ello tiene que ver, simbólicamente, con que la sangre representa la savia de la vida misma en la biología.

Ellos se sienten confundidos, ofendidos y escandalizados frente a ese rabbí nazareno que se ofrece Él mismo como alimento para la humanidad, de un modo tan explícito, tan carente de figuraciones, y el escándalo que los sobrevuela está originado por varios factores.

Que el mismo Cristo, a partir de un antiguo y venerado ritual de pastores, se ofrezca como alimento concreto sin mediación de la pura simbología es terriblemente conflictivo y horroroso. Hablamos de carne y de sangre, de biología y existencia, de la vida toda como plato principal para desterrar todos los hambres.

Lo sacrificial no puede pasarse por alto: nuevo cordero pascual que salva al pueblo, este Cristo se señala a sí mismo como sacrificio generoso, y es menester regresar a su significación primera: sacrificio implica hacer santo o sagrado lo que no lo es, y Él se ofrece para que el mundo, la vida, cada persona sea santa, permanezca con vida, sea de Dios y para Dios en Dios.

El ofrecimiento primero devengará en rotundo rechazo en la cruz: el rabbí galileo morirá en la cruz como un marginal, como un maldito, nada kosher, opuesto a todo lo que conocen y sostienen, carne repudiada, alimento que no es tal.

Sin embargo, lo que más molesta y que flota tácitamente en ese ambiente tan cargado es que Dios mismo, en ese Cristo de pan y vino, de carne y sangre, se ofrezca a la humanidad sin condiciones previas para que todos vivan para siempre.
Un Dios ofrecido destierra cualquier idea de méritos acumulables que puedan trocarse por beneficios o bendiciones divinas, balances positivos que habiliten el acceso a cielos postreros.

Concreto y real, Dios ofrecido, Cristo sacrificado por todos y por cada uno, mesa inmensa tendida en donde nadie debe faltar, vida compartida que celebra la vida ofrendada, Eucaristía que compromete con un para siempre en la abnegada y humilde oblación de estas pequeñas existencias que somos, y que hacen que la vida se expanda pues, en cada mujer y en cada hombre hay un templo vivo del Dios de la vida.

Paz y Bien

Somos nuestras palabras










Para el día de hoy (17/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 33-37





El Maestro no vino a abrogar la Ley de Moisés, sino a darle cumplimiento pleno. Ello no implica solamente una variable heterodoxa interpretativa, sino más bien una profunda lectura de sentido a partir de su experiencia profundamente personal de Dios como Padre.
Sólo desde allí la Ley deja de ser norma escrita a cumplir y se transforma en proyecto de vida, en auxilio y brújula de la existencia.

En el Evangelio para el día de hoy, Jesús de Nazareth pone el énfasis y el corazón en la veracidad de las palabras, en no perjurar, en no abandonarse a las sombras de la mentira.

En cierto modo, la palabra empeñada parece carecer de valor y trascendencia en los tiempos que corren; pero aún así, esa palabra es decisiva y debería ser motivo de confianza recíproca.
Porque en verdad, somos nuestras palabras. Somos lo que decimos, somos lo que callamos, somos las verdades que ratificamos y las mentiras que destilamos, y por ello es dable y razonable afirmar que en cada palabra -escrita, pensada, pronunciada- nos estamos jugando la vida, pues la verdad es libertad, y su ausencia configura el peor de los escenarios.

Así entonces el Señor nos impulsa a la sencillez, y esa sencillez no es simpleza superficial. Antes bien, implica una profunda honestidad, un valor tan ausente en nuestro mundo.

Más aún: tenemos el mandato de ser veraces para ser libres, desde la verdad primera que es Cristo, y a la vez el destino de hacernos Palabra para el prójimo cercano y lejano, Evangelios vivos que aunque permanezcan en silencio, dicen todo lo que hay que decir desde el testimonio de vidas santamente coherentes.

Paz y Bien

Conjunción de corazones








Para el día de hoy (16/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 27-32



La contraposición matrimonio/divorcio suele ser motivo de nutridos análisis; también, desde el Magisterio, se suele definir taxativamente qué es lo que se puede o está permitido y qué es lo que no. Ello, razonablemente, responde a la vocación profética de la Iglesia, que anuncia la Buena Noticia y denuncia todo lo que se opone a ella, a la vida, a la humanización plena.

Sin embargo, a veces solemos adolecer de una cuestión fundamental, y es la raigalidad de todo el obrar humano. Todo encuentra raíz en los corazones, todo, sin excepción.
Lo que cuenta es lo que se cobija en las honduras, la cizaña que impide otras germinaciones, las sucesivas capas o costras de egoísmo con las que nos revestimos para alejarnos del otro, priorizando el yo antes que el nosotros, y en donde Dios no tiene sitio.

Ello se evidencia en el matrimonio, y se debe a que para Jesús es una cuestión en la que detenerse, a la cual prestarle toda la atención. Pues la costumbre se quedaba en la linealidad de la letra escrita -pura moralina- pero olvidaba al Espíritu que la había inspirado.
En cierto modo, ese Espíritu alienta una ética trascendente, un modo de ser en el mundo y ser con y para los demás a partir de la misma esencia de Dios, el amor.

La familia es el camino por el cual adquirimos identidad, cultura, fé, afectos, cuidados y crecemos. Y los cimientos de toda familia se encuentran en el matrimonio, en el amor profesado y practicado entre el hombre y la mujer, un amor que es abnegación, vida ofrecida en su totalidad, corazones transparentes que nada se reservan y se brindan al otro por completo.

Más aún, son corazones que generan vida aún antes de la llegada y bendición misma de los hijos.

Todo es cuestión de corazones que se dejan iluminar y cuidar por el Dios de la Vida.

Paz y Bien

La violencia de la injusticia









Para el día de hoy (15/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 20-26



Mucho se dice e imagina acerca de los escribas y de los fariseos. Con términos anacrónicos y limitados, es dable afirmar que tienen muy mala prensa, a veces razonablemente fundamentada.

Lo que suele pasarse por alto es que todos ellos eran hombres muy piadosos, férreamente atrincherados en la religión y en las tradiciones de sus mayores, de su pueblo. Se consideraban a sí mismos hombres puros, separados -tal es la traducción literal de fariseo- del resto del pueblo al que por su labilidad y sus vaivenes consideraban impuros y poco serios. Quizás ese, precisamente, fuera su error primero, el suponerse puros, hechos, completos, hombres de Dios y que por eso mismo Dios les pertenecía más a ellos -estrictos cumplidores de los mandamientos y de la Ley- que a los demás.

Así pues, la irrupción en su rutina religiosa de un hombre como Jesús de Nazareth los desestabiliza y los reviste de miedo. Presienten que la seguridad del mundo que han edificado se tambalea, y por ello tal vez reaccionan con tanta rabia; no hay nada tan violento como un hombre temeroso.

Más aún: además de su piedad estricta, ellos también eran fieles practicantes de las obras de caridad prescriptas en la Ley, es decir, la limosna, la oración y el ayuno.
Pero el conflicto no discurre por la adecuación a una ortodoxia doctrinaria, sino que vá más allá, es una actitud fundamental en sus existencias.
Ellos conciben a la Salvación como un mérito adquirido, ganado mediante virtuosos esfuerzos y no como don y misterio de amor. En su horizonte y en sus corazones no han dejado espacio a la Gracia asombrosa de Dios, y el cielo es el premio procurado mediante la acumulación puntillosa de obras piadosas, la contabilización exacta en el haber de lo que consideran buenas acciones, y es por eso que ayunan, es por eso que dan limosna, es por eso que oran.
En el fondo, su idea de justicia es bien conocida, es el concepto de retribución.

Se trata de una fé comercializada, del trueque de piedad por bondades divinas, de un Dios que hace lo que ellos quieren y no a la inversa, de considerar prójimo al par, al que es parecido en pensar y obrar execrando al resto, fundándose con desolador orgullo en una lectura lineal y literal de las Escrituras, causa de todos los fundamentalismos que inflama egos y no deja lugar a Dios. Sin embargo, olvidan que la injusticia es violenta, pues en los altares del egoísmo se sacrifica al prójimo.

El tiempo santo de Dios y el hombre, inaugurado en la Encarnación, ratificado en la Cruz y la Resurrección y plenificado en Pentecostés es el tiempo de la Gracia, de Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros, Dios en el hermano, y la Salvación como acto infinito de amor de ese Dios que no descansa buscándonos. Todos -buenos y malos, santos y pecadores, la humanidad en su conjunto- somos hijas e hijos, y la justicia del Reino se traduce como misericordia, como generosidad, como gratuidad que es parte de esa identidad filial. Actuamos así porque nuestro Padre es también así.

Paz y Bien

Todo encuentra pleno sentido en Cristo









Para el día de hoy (13/06/17):  
 
Evangelio según San Mateo 5, 17-19




Este pasaje que nos ofrece el Evangelio para el día de hoy es muy llamativo, y una lectura superficial puede llevar a un particular estado de confusión, pues las discusiones entre el Maestro de un lado y escribas y fariseos del otro eran cada vez más descarnadas, violentas, que desataban en sus oponentes furia y ganas de acallarlo y suprimirlo, toda vez que cuestionaba la interpretación que ellos hacían de la Ley de Moisés y el modo opresivo que imponían para su cumplimiento.

En ese sentido, parecería que Jesús de Nazareth es un provocador y un infractor constante de normas y preceptos, alguien contrario y opuesto a esa Ley que sus adversarios decían defender y de la que se consideraban intérpretes únicos y ortodoxos.

No obstante todo ello, el Maestro hace una afirmación asombrosa y de consecuencia inmensas: Él no ha venido a abolir a Ley o los profetas, sino a darles pleno cumplimiento.
Ello implica que la Antigua Alianza no ha sido jamás abolida -como bien lo señalaba Juan Pablo II-, que cobra su verdadero sentido en Cristo, y que tanto la Ley como los profetas son expresión en la historia humana de los designios de Dios para la Salvación del hombre.

El sábado es para el hombre enseñaría. Esa Ley y esos despertares que brindaban los profetas fueron dones del Altísimo para que aprendamos a convivir, para edificarnos como comunidad, para levantarnos de la esclavitud como un pueblo nuevo.
Y adquieren su significado definitivo con el Redentor, expresión máxima del amor de Dios.

Ley y profetas, a la luz de la caridad, implican una ruptura con esa nefasta costumbre de fines que justifiquen los medios, es decir, cumplir normas absurdas y opresivas desvirtuadas por caprichos mundanos para que la humanidad pueda erguirse en toda su dignidad de hijas e hijos amados por Dios.

Así, ni una coma ni una tilde han de ser pasadas por alto y debe transmitirse ese amor de generación en generación, en afán generoso e incondicional de servicio y Buenas Noticias.

Paz y Bien

La humildad de la sal, la tenacidad de la luz









San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia

Para el día de hoy (13/06/17) 

Evangelio según San Mateo 5, 13-16




Las parábolas que hoy nos ofrece la Palabra se ubican a inmediata continuación de las Bienaventuranzas, del Sermón del Monte, y es en ese contexto en el que adquieren pleno sentido para sus destinatarios, la comunidad de creyentes, la Iglesia, todos y cada uno de nosotros.

En ese monte hay una nutrida multitud, y el gentío es variopinto: están los Doce, hay otros discípulos y seguidores, muchos curiosos sin compromiso, algunos herodianos, una buena cantidad de escribas y fariseos muy atentos a lo que Jesús de Nazareth haga o diga. Pero el Maestro pone un énfasis muy puntual en sus palabras, y al destacar a los discípulos por entre tanta gente los define, les otorga un carácter único, una identidad intrínsecamente ligada a la misión que les ha confiado y que es vivir llevando la Buena Noticia a todas partes.

A nosotros, mujeres y hombres modernos del siglo XXI, algunas dimensiones posiblemente se nos escapen; la sal y la luz en la Palestina del siglo I eran valiosísimas, a diferencia nuestra que o la conseguimos en prácticos envases y la utilizamos en consecuencia -a menos, es claro, que haya indicación médica en contrario- o bien es el producto usual de operar un interruptor.

Pero para aquella sociedad la sal y la luz eran claves.

La sal, en breves y mínimas pizcas brindaba sazón a los alimentos, es decir que éstos adquirían sabor y así las comidas, por humildes y sencillas que fueran, se disfrutaban. Pero también, al no haber refrigeradores ni conservadores, la sal era utilizada para conservar la carne fresca tal como se conoce en varios de nuestros países, charqui o charque. Entonces, la sal era el medio para evitar que la carne se pudra y corrompa, se mantenga fresca.

Por otra parte, el aceite de las lámparas para iluminar en la noche los hogares era carísimo, y no era algo que la mayoría de las familias compraría y usaría a granel, pues las velas se reservaban para el culto y eran aún más onerosas. Así entonces, la única lámpara familiar, al caer la tarde, se colocaba en lo alto de la habitación para que la luz proyectada alcanzara la mayor superficie posible.

En estos dos símbolos Jesús nos revela un misterio profundo, y es que a pesar de que somos pequeños somos muy importantes, todos nosotros, a los ojos bondadosos de Dios.

En la sintonía eterna del Reino, es misión fraterna el hacer que esta vida tenga sabor, que dé gusto ser vivida con un sentido que rumbee a un horizonte cierto. Y también, proteger la existencia de toda corrupción que nos vaya carcomiendo y degradando los días.
Es por ello corazón mismo de la Iglesia volverse prisma, cristal que no tiene luz propia sino que proyecta a todos los sitios la luz de Dios, la Palabra, que no le pertenece pero que le ha sido confiada, para que no haya más tinieblas ni sombras de muerte.

En estos andares, nos queda saber si somos capaces de aceptar este mandato que es invitación asombrosa, pues pocos méritos -o ninguno- tenemos para prolongar a través de los tiempos el ministerio mismo de Cristo.

Paz y Bien

Felices los que viven para los demás









Para el día de hoy (12/06/17) 

Evangelio según San Mateo 4, 25-5, 12



La expresión nuevo orden es, en el mejor de los casos, controversial. Por lo general, refiere a cuestiones de índole política o ideológica, y en muchos casos es la excusa para implantar regímenes brutales, autoritarios, o sencillamente crueles bajo una pátina revolucionaria. Por desgracia, ejemplos sobran.

Sin embargo, el Reino de Dios inaugurado y predicado por Jesús de Nazareth implica un nuevo orden, pero un nuevo orden de los corazones: es en el corazón humano en donde todo se resuelve.
Porque la bienaventuranza es proyecto y propuesta universal de felicidad, de humanidad plena, de mesa grande de fraternidad comenzando por los que están sumidos en la tristeza, el dolor, la miseria impuesta. Pero debemos estar en guardia contra todo intento de premiaciones postreras, que suelen esconder voluntades de resignación: felices los pobres porque el Reino les pertenece hoy, aquí y ahora. Y el hambre que agobia, y el dolor que persiste no son deseados ni queridos por Dios.

El Padre de Jesús de Nazareth ama sin límites a todas sus hijas e hijos, y ese amor se traduce en trastocar todo lo que deshumaniza, que humilla, que pretende socavar la dignidad única de cada hombre y de cada mujer. Y más aún, es un Dios que se pone abierta y escandalosamente del lado de los pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que nada tienen. Su plenitud y su esperanza está en el mismo Dios.

El Señor ha inaugurado el año infinito de la Gracia, de la Misericordia, tiempo santo de Dios y el hombre.

Pero muchos otros se sentirán satisfechos con lo que tienen, y que no es solamente una cuestión de bienes o posesiones. Nuevamente, se trata de lo que se hunde en las raíces del alma. Almas que se nutren de dinero, de poder, de elogios, de conformismo y resignación. Ahí se afincan las lágrimas porque no hay espacio para la Gracia, porque el prójimo ha sido desterrado.

La invitación a ser felices es un mandato y una vocación tenaz e irrenunciable que ese Dios nos ofrece aquí y ahora.

Paz y Bien

Santísima Trinidad, Dios familia









Santísima Trinidad 
 

Para el día de hoy (11/05/17):  

 
Evangelio según San Juan 3, 16-18




A pesar de los miles y miles de años transcurridos, la humanidad -en las cosas de Dios- sigue siendo un niño balbuceante. Es tal la diferencia abismal entre Creador y creación que no hay salto ontológico posible.
 
Dios es el totalmente otro, y quizás por ello a través de toda la historia, los pueblos se han autoerigido dioses a su medida, a su imagen y semejanza de sus necesidades y a partir de sus culturas.

Dios es un misterio insondable.

Pero algo más de dos mil años atrás, una pequeña certeza que se iba entretejiendo pacientemente a través de los siglos, destelló para siempre desde una ignota aldea judía una luz que no se apagará jamás, luz creadora de horizontes, el puente infinito que se ha tendido entre Dios y la humanidad en Jesús de Nazareth en la Encarnación.

Ese hombre humilde y pobre vino a contarnos que Dios era Padre y hasta Madre también, un Dios que ama a todas sus hijas e hijos con un amor desbordante e incondicional.
Él lo sabía mejor que nadie: su identidad entre Abbá y Él era completa, total e irreductible, de tal modo que ni la muerte pudo hacerlo desensillar de esa fidelidad.

Antes que discursos académicos, toda sus acciones revelaban un rostro asombroso de ese Dios que ya no era tan inaccesible. Dios se hacía uno de nosotros, Dios se hacía hombre, Dios se despojaba de su divinidad absoluta para compartir nuestra escasa temporalidad.
 
Él lo sabía: nuestras palabras jamás alcanzarían.

Pero Dios es Palabra que se hace hombre en Jesús de Nazareth para no permanecer mudos, para encontrar el habla que trasciende.
Un Dios que se expresa, un Dios que ama, un Dios que nos habita.

Dios con nosotros, Dios por nosotros, Dios en nosotros.

Un Dios que es Padre bondadoso, un Dios que es Hijo redentor, un Dios que es Espíritu de vida y verdad.

Dios es misterio inagotable, y así también cada mujer y cada hombre tiene en sí parte de ese misterio, imagen y semejanza, astillas del mismo palo. Por ese misterio nos podemos descubrir en una identidad plena y trascendente, con un destino de identidad concedido por puro amor. Así toda vida, por ello, es sagrada.

Dios se comunica, Dios es comunión, Dios es familia.

Paz y Bien

Dar y darse, raíz del Evangelio








Para el día de hoy (10/06/17):  

Evangelio según San Marcos 12, 38-44



El Templo era enorme, imponente. Además del santuario y del recinto propio del culto, constaba de amplísimos patios rigurosamente compartimentados: Patio de los Sacerdotes, Patio de los Gentiles, Patio de Israel, Patio de las mujeres.

En la llamada sala del Tesoro había ubicadas alcancías o gazofilacios, una suerte de gran trompeta de bronce invertida con la boca hacia arriba en donde se arrojaban las monedas de los tributos, que se destinaban al sostenimiento del culto, a la manutención de los sacerdotes y, una fracción, a la limosna para los más pobres, cierta clase de seguridad social de carácter religioso.

Obviamente, al arrojar monedas por tales artefactos se producía un eco sonoro hasta que las mismas se depositaran en las arcas del tesoro. A mayor cantidad de monedas, mayor el ruido.
Los más ricos, buscando quizás aunar su fama a su riqueza, arrojan grandes sumas: el tintineo de las monedas cayendo produce una melodía que hace que muchos se den la vuelta para mirarles. Son los mismos que se aferran a la pura exterioridad de bonanza y prestigio, más en realidad no hay en su horizonte otra preocupación que ellos mismos. Así, justificarán cualquier medio o cualquier acción para mantener y ampliar status y prebendas.

Pero el Maestro no es como los demás. Él sabe mirar y ver, aún por entre el humo del incienso, aún por entre el ruido, aún por entre la abigarrada multitud que vá y viene.

Sólo Él la vé. Se trata de una mujer mínima, pues es viuda; en aquel tiempo las mujeres sólo eran tenidas en cuenta a la hora de procrear y de criar a los hijos, y sus derechos eran concesiones del varón, primero de su padre, luego de su esposo. Cuando ellos faltan, o inclusive cuando no hay un hijo varón que la proteja, una mujer como la que nos presenta la lectura del día de hoy, se encuentra completamente indefensa y sumida en la pobreza, dependiente de eventuales limosnas de ese sistema de protección mencionado en párrafos anteriores.
A pesar de todo ello, la mujer se encamina a la alcancía y deposita dos leptas, dos moneditas de cobre, el equivalente al almuerzo de un pobre. Detrás de esas monedas vá la posibilidad de alimentarse siquiera un día más.

Sin embargo, para el Maestro ella ha dado más que todos los ricos. Se ha dado a sí misma.

Para cualquier mirada su pobreza y su miseria son evidentes. Para Jesús, ese humilde gesto de generosidad evidencia su infinita riqueza.
Ella es anawin del Señor, pobre de toda pobreza material porque sólo Dios le basta, rica porque es pródiga en darse a sí misma, signo cierto de ese amor que es su Dios.

Felices los pobres de Espíritu, dice el Maestro, porque de ellos es el Reino.

No se trata de una vana reivindicación de la miseria, de un pobrismo ideologizado, sino de afirmarnos en lo que verdaderamente cuenta, abandonarse a la bondadosa providencia de Dios sirviendo a los hermanos.

Paz y Bien

Estirpe del Mesías, estirpe de fé








Para el día de hoy (09/06/17):  

Evangelio según San Marcos 12, 35-37




Tantos siglos de dominación extranjera, tanto tiempo de exilio y diáspora habían marcado mentes y corazones en Israel. De allí, en gran medida, que muchos tiñeran con sus propios y particulares colores la imagen del Mesías que su Dios les había prometido.

Muchos coincidían en que el Mesías sería de estirpe davídica, continuador del linaje real de Israel.
Otros tantos, que el Mesías sería el gran restaurador de la estricta observancia de la Ley y, por eso mismo, la bendición divina volvería a posarse sobre Israel.
Algunos más fervoroso nacionalistas, presumían de que el Mesías sería un caudillo al modo de los Macabeos, que libraría la Tierra Santa de la opresión romana mediante una guerra victoriosa y definitiva.
Muchos -quizás sincretizando varias posturas- afirmaban la dignidad real de ese Mesías.

En la enseñanza que hoy nos presenta el Evangelio, el Maestro critica sin ambages la enseñanza de los escribas. Ellos eran de esa corriemte que afirmaba el linaje del Mesías como descendiente directo del rey David, y esa creencia había sido profusamente enseñada y difundida por ellos. Era la tendencia predominante, a tal punto que podremos observar en los Evangelios que en numerosas ocasiones las gentes suplican el auxilio de Cristo -o lo saludan al ingreso a Jerusalem- llamándolo Hijo de David.
Al Maestro en verdad no le gustaba este apelativo. Él es rey, rey del universo, pero su reino no es de este mundo.

El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios que se encarna en la historia, en un tiempo propicio -kairós-, a partir de un viejo pastor de Ur y de unas tribus de esclavos que moldeará como pueblo para que porten como antorcha de esperanza su promesa de Salvación. Más la fé abrahámica supone que a partir de la fé de ese hombre y de ese pueblo, se bendecirían todas las naciones de la tierra.

En verdad hay una estirpe davídica en Cristo, pero también una estirpe mosaica, abrahámica y profética. En el confluyen como ríos caudalosos en el mar de la plenitud la Ley y los Profetas.

La estirpe del Mesías es estirpe de fé, la estirpe que nace del corazón de Dios por puro amor, estirpe de la que todos podemos ser partícipes por el asombroso misterio bondadoso de ser hijas e hijos, hermanos del Redentor, buena noticia para todos los pueblos.

Paz y Bien

Aprojimarse











Para el día de hoy (08/06/17):  

Evangelio según San Marcos 12, 28-34




En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, los escribas tenían una relevancia mayor: eran un grupo específico de hombres eruditos, estudiosos de la Torah y de las tradiciones. Sus amplísimos conocimientos le valían el respeto del pueblo -que los llamaba rabbíes, maestros- pues eran doctores de la Ley, y como doctos, enseñaban sistemáticamente a la misma, así como dictaminaban en planos judiciales y teológicos la adecuación de toda la vida judía a la Ley de Moisés. En síntesis, eran los exégetas oficiales de quienes emanaba la interpretación ortodoxa de las Escrituras.
Probablemente, el nombre de escribas se forme varios siglos antes en la historia de Israel, pues en los orígenes eran los copistas autorizados de los libros sagrados, cuyo conocimiento era enciclopédico.

Uno de los temas principales de su reflexión era la cuestión de los preceptos o mandamientos, y es más que razonable que ello sucediese: la Ley enumeraba un total de 613 prescripciones, 248 de carácter positivo y 365 de carácter negativo. Simbólicamente refiere a 248 por todos los huesos del cuerpo y 365 por todos los días del año, es decir, la totalidad de la existencia englobada y regida por la ley, el cuerpo y el alma.
Ahora bien, la razonabilidad de sus inquietudes se hallaba en determinar de entre esos 613 preceptos cuál era el más importante, quizás en la búsqueda de un principio unificante que les confiriera un sentido piramidal y jerárquico.
En las grandes escuelas rabínicas esto no era desconocido: por el contrario, todos sabían la preeminencia de amar a Dios sobre todas las cosas, pero también respetaban la llamada regla de oro, no hacer al otro lo que no desees que te hagan a tí. La fé en su Dios implicaba compromisos con el semejante, el amor al prójimo.
El problema divergía hacia dos vertientes: por un lado, el amor al prójimo como cumplimiento de las exigencias cultuales -limosna, perdón-. Por el otro, el prójimo como el paisano, el otro hijo de Israel, nó el extraño, el extranjero, el gentil.

Curiosamente, el escriba que interpela al Maestro lo hace con una sinceridad demoledora, con una honestidad difícil de encontrar. Pertenece al mismo grupo que busca enconadamente pruebas de blasfemia para esgrimir en un eventual juicio contra Jesús.
A veces, de los lugares y de las personas que menos esperamos, es de donde surge ese ansia de verdad y libertad que son tan auténticamente propios de la Buena Noticia.

El Maestro unifica esos dos criterios -amar a Dios y amar al prójimo- en un sólo mandamiento. El culto verdadero jamás ha de estar desencarnado, nunca podrá desentenderse de la necesidad del hermano. Más aún, el culto primordial es la compasión, es la misericordia que se celebra en el templo santo y vivo que es el hermano.
Desde allí, la cruz no es símbolo de muerte ni instrumento de ejecución. La cruz es símbolo del lenguaje universal de un Dios que se acerca a la humanidad, que sale en su búsqueda incondicional, en su rescate generoso, Dios de amor. La cruz tiene dos maderos inseparables, uno que apunta a los cielos y el otro que se extiende horizontal a los hermanos, porque en el rostro del hermano resplandece el rostro del Creador.

Ese escriba honesto no está lejos del Reino. Aún debe encontrar al Mesías y a su vez, descubrir en cada persona -judío o gentil, amigo o enemigo- al prójimo que debe edificar en su corazón.

Paz y Bien

Dios vivo que vive entre los suyos







Para el día de hoy (07/06/17):  

Evangelio según San Marcos 12, 18-27



En el siglo I, dos grandes tendencias podían encontrarse dentro del judaísmo por entre una gran cantidad de escuelas y corrientes religiosas y filosóficas.

De un lado, estaban los saduceos -tsedduquim, descendientes del Sumo Sacerdote Sadoq- grupo que tenía una significativa influencia en la vida política y religiosa de Israel: ellos constituían la nobleza laica y sacerdotal, a tal punto que de su grupo surgían habitualmente los Sumos Sacerdotes del Templo -por ejemplo, Caifás y Anás-.
Por ende, su enorme poder político y económico se perpetúa mediante la práctica de un conservadurismo extremo que no desestabilice su status quo. Así también, además de ser perceptivos a las influencias de la cultura helenística, eran condescendientes y colaboracionistas con el ocupante imperial romano, pues era el César quien avalaba la corona vasalla de Herodes el Grande y sus sucesores.
Doctrinalmente, sólo aceptaban dogmáticamente al Pentateuco y a ningún otro libro sagrado, y menos aún el estudio y reflexión de las profusas tradiciones orales de su pueblo. De allí que negaran la resurrección, que en la teología judía comienza a entreverse y a aceptarse a partir del libro de Daniel. Asimismo, consideraban que la bonanza que gozaban en sus vidas se debía al premio de su Dios por una vida religiosa intachable.
La conclusión no es antojadiza, y presenta una continuidad con la doctrina que sostienen: lo que cuenta es el aquí y el ahora, las influencias que detentan y el bienestar que usufructúan como bendición. No hay un después, una vida postrera. Les basta con lo que se traen entre manos.

Del otro lado se encontraban los fariseos -pherushim, separados- casi contrapuestos a los saduceos, con quien mantenían virulentos enfrentamientos y un sostenido desprecio mutuo. Ellos, a su manera, eran estrictos intérpretes de la Torah pero, a la vez, tenían en un plano de igualdad con las Escrituras a las tradiciones recogidas a través de los siglos por rabinos, pensadores y teólogos de la Ley, cuyos comentarios se compilaban en la Mishna y el Talmud. Ellos sí creían en la resurrección entendida como una suerte de prolongación de la vida terrena merced a una existencia pródiga en la observancia puntillosa de la Ley y los preceptos.

La situación que nos plantea el Evangelio para el día de hoy viene por una pregunta capciosa por parte de los saduceos, señal de que ese grupo también percibía al rabbí de Nazareth como una amenaza peligrosa para su status. Lo que se razona está más allá de cualquier casuística, es una prescripción del libro del Levítico llevada a términos absurdos con el sólo ánimo de confundir, de trampear, de inducir a error.
Se trata del llamado levirato -o ley de Levirato-, que buscaba asegurar la continuidad del nombre familiar y cierta protección a las viudas: así, si un varón judío casado moría sin dejar descendencia, su mujer se uniría a uno de sus hermanos con el fin de procrear, y al hijo nacido se le impondría el nombre del difunto. De allí que lo planteado, si bien posible, es prácticamente ridículo. Se trata de esa persistente tendencia a acomodar la Palabra a las conveniencias de ocasión, razonando y validando justificaciones.

Pero unos y otros se equivocan. La vida no tendrá por última frontera la muerte, ni la resurrección es una mera prolongación de la existencia terrena. Tampoco es un premio destinado a unos pocos puros.
Lo que enseña el Maestro no es una alternativa a ciertas posturas, sino una mirada nueva, la mirada de la Buena Noticia que es la mirada misma de Dios, esa mirada de la que renegamos con tenacidad.

Enseñar implica coraje y valor para sostenerse en los principios, la fidelidad a lo que se sabe y conoce. Jesús de Nazareth, sin medir potenciales peligros, les dice a esos hombres que no saben nada de Dios ni tienen intenciones de conocerle, ni de descubrirlo en la Palabra y en las obras de amor que realiza Cristo.
El Dios de Jesús de Nazareth no es una entelequia, un concepto, un ídolo manipulable mediante una lineal y estratificada piedad, un verdugo alejado de las cosas cotidianas de la humanidad.

Este Dios es un Dios que nada se reserva para sí, que se brinda por entero, Dios vivo que vive entre los suyos y en los suyos, Dios de vivos que celebran un amor que nada ni nadie puede limitarlo.
Porque por ese amor, nunca moriremos.

Paz y Bien


Las cosas del César no son cosas de Dios








Para el día de hoy (06/06/17):  

Evangelio según San Marcos 12, 13-17




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, Judea era una provincia lejana del Imperio Romano. Conquistada por la vía militar, había sido anexionada como territorio imperial, designándose habitualmente un gobernador que regiría los destinos provinciales, en obediencia y subordinación al César mediante el terrible respaldo que le brindaban las legiones estacionadas en la zona.

El origen de los tributos a los que los pueblos sometidos estaban obligados responden a diversas variables. Por un lado, aumentar los ingresos del erario imperial; por otro, manumitir a las mismas legiones que sostenían la soberanía del imperio, toda vez que mantener operativas tales fuerzas de combate durante mucho tiempo -inclusive, más allá del tiempo de guerra, como fuerzas de ocupación- implicaba ingentes y gravosos desembolsos del fisco. Pero también hay una cuestión simbólica: tributum, en su raíz etimológica, significa botín de guerra o aquello de lo que se apropia mediante la conquista o la fuerza.
Así entonces, Roma aplicaba a los territorios y naciones que sometía tributos directos e indirectos. Entre los directos es posible distinguir el tributum soli, tributo que se pagaba de acuerdo a las propiedades que se usufructuaban, porque por soberanía las tierras son el Emperador y nó de los eventuales propietarios. También existía el tributum capiti, cuyo fundamento se encontraba en la cantidad de cápitas o vasallos que habitaban la tierra sometida; por eso cobra relevancia el censo ordenado por el emperador Augusto al tiempo del nacimiento de Jesús, pues era el método de saber con certeza cuanta gente le obedecía y cuanto dinero podía recaudarse. Una matemática del poder demoledora.
También se aplicaban impuestos indirectos, relativos a las transacciones comerciales, al ejercicio de artes y oficios, al uso del espacio y servicios públicos -carreteras, acueductos, etc.-.

A todo ello, el pueblo judío también debía pagar los tributos para el sostenimiento del Templo, del culto y los sacerdotes, con más aquellas obligaciones fiscales que los poderosos de turno como Herodes solían gravar.

Pero políticamente la evasión impositiva de los tributos imperiales se castigaba con la pena capital, pues era considerada sedición. Allí estaba la fuerza brutal legionaria para aplastar cualquier conato de rebelión.

Los hombres que se acercan al Maestro son enviados por los dirigentes religiosos con interés avieso. No hay ansias de verdad en ellos, y acontece una extraña alianza, la de fariseos y herodianos. Ellos habitualmente se detestaban, a veces con un odio fervoroso. Sin embargo, aquí el problema no está en ellos sino en ese Cristo que parece amenazarles el poder que detentan.
Los fariseos rechazaban -en teoría- el pago del tributo imperial, pues consideraban que así se profanaba la santidad de la tierra que Dios les había legado a sus padres, y se contaminaban de impureza ritual por el contacto con extranjeros/gentiles. Los herodianos, por el contrario, prestaban su conformidad pues quien avalaba y garantizaba el poder de los tetrarcas vasallos como Herodes el Grande y su hijo Antipas era el propio César. Allí hay una evidente cuestión de poder político.
No obstante, ambos grupos pretenden tenderle una trampa dialéctica al Maestro: si Él se aviene a declarar la licitud del tributo, será repudiado por el pueblo que lo escucha con fervor, mientras que si rechaza abiertamente la obligación, será apresado y ejecutado como un sedicioso. Un negocio redondo por donde se lo mire.

El Maestro es el mejor conocedor de las cosas que se tejen en los corazones de las personas, y entiende perfectamente la intencionalidad oculta de lo que le están preguntando.
La pregunta es falaz, es un razonamiento que induce a error. Implica encerrar todo en dos líneas del silogismo, moralina única en donde la ética no se cuestiona.

La moneda pedida por el Maestro -un denario- tiene grabada la inscripción que reza: Tiberius Cesar Divi Avgvsti Fenix Avgvstvs / Pontifex Maximus, anverso y reverso de la moneda. Tiberio César, dios romano como Divino Augusto, pontífice máximo de su propia deidad.
No se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero, y sin dudas, el emperador no es Dios.

Mucho se ha tejido en torno a lo que responde Jesús de Nazareth, dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Mucho también se argumentará en separar las cuestiones ciudadanas o de obediencia a los poderes establecidos frente a las cuestiones religiosas.

Pero hay que dar un paso más, en la mansa libertad de la Gracia.

Del César es el imperio, es el poder que se impone, la fuerza brutal, el dominio, el dinero, la sumisión a estructuras que humillan la condición humana, la justificación de todos los medios en pro de conseguir fines precisos.

De Dios es la vida, la vida en plenitud, la compasión, la misericordia, el servicio, el amor. Todo aquello que no se puede comprar porque no sólo no tiene precio sino también porque es fruto del dar y darse, del salir de uno mismo, del vivir por y para los demás, de un Dios que resplandece en el rostro de los pobres y los olvidados.

Paz y Bien

La viña no nos pertenece








Para el día de hoy (05/06/17) 

Evangelio según San Marcos 12, 1-12




La viña, como símbolo, era muy cercana a la religiosidad judía: representaba al mismo Israel y a su Dios, dueño de ella. A todo ello, debemos añadir las tradiciones agrícolas de la Palestina del siglo I, así como también las particulares circunstancias imperantes en el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, con la proliferación de enormes latifundios y la tierra de cultivo en manos de unos pocos, dejando a una gran marea de labriegos rompiéndose la espalda para apenas llevar el pan a sus familias. Esa situación generaba tensiones y profundos resentimientos sociales.

Por ello mismo, los que escuchaban con atención al maestro lo comprendían con claridad. Este rabbí galileo hablaba su mismo idioma, el de la cotidianeidad, el de las cosas que le acontecían a diario, y a pesar de tantos siglos pasados, nosotros hemos perdido esa capacidad de diálogo con nuestros congéres y coetáneos, en lenguaje y empatía con mujeres y hombres de hoy.

La parábola que el Maestro refiere es durísima, toda vez que tiene por objetivo primordial a los dirigentes religiosos de Israel. A ellos los sindica como corruptos, ladrones y homicidas.

El gran problema es de los frutos, y la calidad y cantidad de esos frutos que se obtendrán obedece a lo que hagan los labradores y viñadores. El gran dilema expresado es más que moral, implica una ética enferma y torcida.
Porque a esos hombres y a ninguno de nosotros nos pertenece la viña. La viña es ajena, puesta allí para que dé frutos por el Dueño del campo en donde la vida florece.

Cuando se comete el gravísimo y grosero error de arrogarse/nos la propiedad de la viña, todo fruto deviene malo, y cualquier mensajero que haga retornar al camino recto, al camino de la verdad y la justicia, ha de ser suprimido y descartado su mensaje.
Cuando se suprimen mensajeros, no existen límites pues el único modo es la violencia. Y si se quiere, esta viña es una empresa familiar; por eso todo usurpador rechaza al Dueño y desprecia al Hijo.

Es una llamada de atención que no ha de ser pasada por alto. Ni por los pastores ni por nosotros, simples fieles.
La vocación de labriegos comienza por la confianza que ha depositado en nosotros el dueño del campo, servidores humildes y esforzados. Y cuando esta confianza se quebranta, comienzan la noche. Confianza y fé son distintos reflejos del mismo misterio insondable del amor de Dios.

La viña no nos pertenece. 
No podemos apropiarnos de lo que es ajeno. Hay que volver a dar frutos de servicio, de justicia y de mansa y humilde fraternidad.

Paz y Bien 

Pentecostés, una nueva creación









Pentecostés

Para el día de hoy (04/06/17) 

Evangelio según San Juan 20, 19-23




Tanto para contemplar la Palabra como para la vida misma, siempre es necesario prestar atención al detalle sin perder de vista el entorno, el marco general, la visión amplia que supera lo episódico. Y en verdad, en ese marco amplio destacan la plegaria en el huerto de los Olivos, la Pasión, la Resurrección y ahora, ese grupo de hombres atrincherados tras unas puertas que, suponen, los protegerán del obrar ladino de aquellos mismos que procuraron la muerte del Maestro.

Hay allí un cierto temor a lo que vendrá, un rechazo tácito a cualquier futuro pues todo lo que imaginaban ha quedado trunco con la muerte de Cristo. El miedo demuele, paraliza, desdibuja horizontes y confunde destinos, y así también la Iglesia, cuando comienza a encerrarse por los peligros que detenta la posmodernidad, se paraliza encerrándose en sí misma y ese encierro no es defensa, sino un quebranto que vulnera su vocación misionera.

Ellos se habían quedado con la Pasión como derrota, un talante de derrota y espanto y en ellos nos espejamos. Nos encontramos a menudo ateridos de miedo, demolidos de tristeza y angustia por un mundo que nos tira muros a cada paso, que sólo habla de muerte, de dolor, de injusticia a la que todo parece acomodarse con diabólicas razones.
Por las nuestras, por propio impulso es esfuerzo vano hablar de la vida, de plenitud, de muerte en retroceso, de resurrección que se vive y se encarna cuando todo clama lo contrario. Las convicciones son importantísimas, pero no son suficientes como no bastan solamente las ideas. Hay más, siempre hay más.

Y así como esa Iglesia naciente, así nosotros -amilanados, cansados, temerosos- nos paralizamos en una quietud sin frutos, en encierros sin mañana distinto.
Sin embargo, no hay muros ni cerrojos que puedan ocultarnos ni detener el paso salvador de Cristo por nuestras vidas.

Él se hace presente y no es una aparición fantasmal ni una ilusión producto de una psiquis que nos juega una mala pasada. Ahí están sus manos y su costado heridos, el Resucitado es el Crucificado que está vivo y que se llega allí donde transcurre nuestra existencia con un Shalom inmenso que nos sana en su calma profunda, una paz que es mucho más que la ausencia de conflictos, una paz que es producto de su amor incondicional, una bendición que se ofrece generosa a todos los pueblos y en cada generación.

Entonces acontece un asombroso acto de fé, de confianza ilimitada. La comunidad cristiana tiene en sus manos y por misión y destino la misma obra de Cristo, es decir, la obra de Dios en el mundo.
El Resucitado nos comunica su Espíritu Santo que nos reviste de coraje, de alegría, de entereza, de tenaz misericordia, de obstinado servicio. Con todo y a pesar de todo, Él sigue confiando en nosotros.

Su Espíritu nos re-crea, nos plenifica con la vida de Dios en nosotros, nos enciende de eternidad, nos impulsa a todos los caminos, ratificando que siempre hay Buenas Noticias para dar y que la historia tiene otra cara humildemente jovial, la que pacientemente teje en silencio el Dios encarnado con la humanidad.

Feliz Pentecostés!

Paz y Bien

 


El misterio vivo e infinito de Cristo







Para el día de hoy (03/06/17) 

Evangelio según San Juan 21, 19-25 

 



Sobre la identidad del autor del cuarto Evangelio -tradicionalmente atribuido a San Juan- se han escrito innumerables obras por parte de importantes estudiosos y exégetas, estudios que al día de hoy continúan, muchos de ellos con singular piedad y sabiduría.

Desde estas limitadas y magras líneas, nos atreveremos a señalar un aspecto: quien ha dejado por escrito el testimonio de la Buena Noticia de Jesús siempre estuvo muy cercano y vinculado en la profundidad de los afectos al Maestro. Esa imagen del Discípulo Amado inclinado sobre el pecho del Señor en la Última Cena es símbolo y señal certeros de las maravillas de las que somos capaces de lograr si permanecemos unidos a su corazón sagrado.
Porque la fé cristiana, antes que la adhesión a una doctrina, es el vínculo inquebrantable que nos re-liga a Alguien, el Crucificado que es el Resucitado.

El Discípulo Amado es Juan, es también Pedro, tu y yo, la comunidad cristiana, la Iglesia, pues las primacías de amor entrañable son siempre de Dios. Es Dios quien se acerca, es Dios quien dá el primer paso, es Dios quien se desvive por todos, por toda la humanidad.

Los últimos versículos son de una gran belleza literaria, y a la vez son importantísimos, pues nos recuerdan a perpetuidad que los Evangelios no son una crónica ni una narración sino más bien relatos teológicos -espirituales-, don y misterio suficiente para la Salvación.
Y que el misterio de Cristo es enorme, inagotable; no hay modo de escribir y describir todo lo que hizo Jesús de Nazareth durante su ministerio y todo lo que ha hecho y sigue haciendo a través de los siglos, la luz de su Espíritu alumbrando y vivificando a cada mujer y cada hombre.

Paz y Bien


Pedro: oficio de pescador, estatura de pecador, misión de pastor









Para el día de hoy (02/06/17) 

Evangelio según San Juan 21, 15-19




Quizás por cierta modalidad formativa, o tal vez por cierta tendencia imperante en la Iglesia durante mucho tiempo, nos cuesta imaginarnos a un Cristo capaz de sonreír, de alguna broma amistosa, de unas buenas carcajadas. La importancia decisiva de su misión, su gravedad fundamental para la salvación de la humanidad no implica necesariamente un rostro permanentemente severo, de ceño fruncido, de acartonamiento pomposo.
El Señor es Dios hecho hombre, enteramente Dios y enteramente hombre, el más humano de todos, y nos solemos olvidar que el buen humor -aún en los momentos más difíciles- es una señal exacta de salud, de alma en paz.

La liturgia hoy nos ofrece el personalísimo diálogo entre el Maestro y Simón Pedro.
En el alma de Pedro seguramente aún hay un torbellino de imágenes y emociones yuxtapuestas, un Mesías derrotado en la ignominia de la cruz que ahora está vivo nuevamente, aunque con una diafanidad distinta a la que supo conocer, que comparte con ellos la comida, que aconseja y escucha. Pero especialmente porta la carga de esa triple culpa que lo demuele: él mismo, a pesar de sus encendidos juramentos, la noche de la detención de Jesús lo negó y renegó de de Él con la velocidad de un gallo del amanecer. Esa traición lo sojuzga y carcome por dentro.

Tal vez por eso Jesús quiere llevarlo paso a paso de regreso al perdón que es sanación y liberación. En parte por ello le hace tres preguntas similares, que se corresponden con esas tres negativas de Pedro. Más aún, comienza nombrándolo con su antiguo nombre -Simón- como sugiriéndole que ha regresado a lo viejo, a lo antiguo, a lo que ya no se es.
Pedro se entristece pues infiere una reconvención culposa. Pero el Maestro sólo le pregunta acerca de su capacidad de amarle, porque es ése y no otro el fundamento de la fé cristiana, el amor y el amor a Cristo que se expresa en el cuidado de los hermanos.

Aquí hagamos un alto: es dable imaginarse un brillo de maravillosa picardía en la mirada de Jesús, pues a cada pregunta hay escondida una respuesta tácita: ¿me amas? se corresponde a un ¡pues ahora tú también!.

Simón ben Jonás era galileo, pescador de oficio que es invitado por Jesúis de Nazareth a realizar un viaje de confianza mar adentro de las aguas turbulentas y oscuras del mundo. En esa confianza, en esa fé naciente, Simón tendrá un oficio nuevo, transformado, el de pescador de hombres. Porque la vocación comienza a partir de lo que somos y se dirige hacia lo que podemos ser y hacer con el auxilio de Dios. Y así entonces Simón será un hombre nuevo con un nombre nuevo también, Pedro, piedra o roca sobre la cual se fundamentará la fé de sus hermanos, se edificará la comunidad naciente y creciente que es la Iglesia.

Pedro confirmará a sus hermanos en la fé, es un hombre peligroso pues es un hombre que tiene horizonte y misión, una misión de paz, de rescate, de cuidado, de servicio que no tiene otra lógica santa que la del amor que aprendió de Jesús, su amigo y Señor.

Paz y Bien

La unidad de los cristianos, reflejo de la trinidad, sueño de Dios











Para el día de hoy (01/06/17) 

Evangelio según San Juan 17, 20-26





La unidad de los cristianos debería ser reflejo de la Trinidad, es decir, vínculos indisolubles e inquebrantables de amor que implican el conocimiento y reconocimiento del otro y la reciprocidad en el cuidado, el respeto y el afecto, el salir de sí mismo e ir al encuentro del otro sin reservas.

Sin embargo, a través de la historia hemos truncado, a menudo con violencia y resentimientos perdurables, ese sueño primordial del Creador. A veces con palpables y explícitas razones doctrinarias, a veces con una soberbia militante, a veces por celos y por ansias tóxicas de poder y dominio.
Pero por más fundamentos que puedan argumentarse, el Maestro encomienda a los suyos a su Padre desde otros aspectos.

Esos aspectos tienen que ver con la esencia de Dios, el amor, de cómo guardamos en nuestras profundidades la Palabra y la ponemos en práctica, de cuanta caridad somos capaces de sembrar, pero también y muy especialmente de volvernos capaces de descubrir a Dios en el rostro y en la existencia del hermano.

Ese Dios que resplandece en el otro -tan hijo y tan amado como el que más- nos conduce también a la fé.

Es menester volver a creer en el hermano, con la misma intensidad que profesamos nuestra fé en Dios
Porque el signo de la Buena Noticia es la comunidad de los creyentes, familia creciente, ámbito de paz y de justicia que llamamos Iglesia.

Paz y Bien

La Virgen nos visita








Visitación de la Virgen María

Para el día de hoy (31/05/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 39-56




La Virgen nos visita.

Es una muchacha muy joven, casi una niña con un embarazo extraño y sospechoso que se larga de su pequeña aldea polvorienta con las prisas de la solidaridad, de esa caridad que es socorro, compasión, que no admite demoras en la búsqueda del otro.
Ella vá de Nazareth hacia Ain Karem, es decir, recorre sola la tierra de Israel de norte a sur por rutas a menudo muy peligrosas. Pero la impulsa la Gracia, la misma Gracia que la ha colmado y fecundado, y nada puede detenerla: lleva en su seno la Salvación al Hijo de Dios, causa primordial de todas las alegrías.

La lógica indica que los cambios han de venir por príncipes, guerreros e importantes sacerdotes. Pero la Salvación y la historia se ha de resolver por las mujeres y los niños, dos niños santos y maravillosos.

El encuentro entre esas dos mujeres, tan distintas entre sí, es motivo de júbilo. Cuando nos juntamos y reconocemos como somos pueden suceder cosas asombrosas. Cuando María visita a los suyos, el Señor se hace presente y un tiempo de gozo y gratitud nos nace y no tiene fin, con la tenaz persistencia del amor.

María sabe conoce como nadie el misterio de la Redención que ha transformado su vida y que renovará la faz de la tierra. Porque su Dios -el Dios de José y Jesús de Nazareth- no es lejano ni difuso. Tiene un rostro concreto y está cerca, muy cerca, inclinado abiertamente del lado de los pobres, los pequeños, los humildes, un Dios que se brinda como lluvia fresca que nos vivifica, que derriba a los poderosos de sus tronos, que siempre cumple sus promesas, y que nunca, por ningún motivo, nos abandonará.

Paz y Bien

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