Éxodo y conversión











San Lucas, evangelista. Memorial

Para el día de hoy (18/10/17) 

Evangelio según San Lucas 10, 1-9



Si la conversión es el éxodo, el peregrinar de la esclavitud a la gloriosa libertad de las hijas y los hijos de Dios, sin lugar a dudas la misión es un perpetuo Adviento, ir allanando los senderos, preparando los surcos para la siembra santa, para despertar los corazones adormecidos y las almas resignadas porque Aquél que todos esperan -aún sin saberlo- está llegando. Y más aún, ya está entre nosotros.
Como Adviento, la misión ha de estar revestida de paz y con un manso tenor de alegría, fermento indispensable, vino del mejor para la fiesta de la vida.

Pero también hay una urgencia. Se trata de algo impostergable, urgentísimo, ni un instante puede desperdiciarse; en parte, se debe también al rotundo contraste entre nuestras mínimas existencias y la inconmensurable eternidad divina, que nos desnuda la exigua longitud de nuestros días.

En la tradición semítica, y especialmente bajo la ley mosaica, eran necesarios dos testigos con el fin de asegurar la verosimilitud de un testimonio, su fiabilidad, su veracidad incuestionable. Por eso la simbología de los enviados de dos en dos, pues la misión es misión de liberación pues se enarbola humildemente la verdad primordial, porque solos nada podemos, y porque especialmente la misión es comunitaria.

Quienes se hacen fieles a esta vocación misionera que es la vida cristiana, se aferran al absoluto que es Dios, a su bondad y providencia. Por ello mismo, no han de preocuparse por las cosas, equipajes y tantos otros menesteres razonablemente planificados. Ante todo, se trata de que los pies sean impulsados por la confianza de no ir solos, aún cuando se vaya abriendo huella en terrenos demasiado hostiles y peligrosos.

No se trata de hacer adeptos ni de sumar afiliados. Se porta una luz que no es propia, se lleva en el corazón una bendición que excede cualquier mensura, una bendición que hace que toda la tierra se haga santa, porque el Dios de Jesús de Nazareth se ha hecho hombre, se ha hecho historia y tiempo fecundado de infinito.

Y todo ese bien que puede prodigarse, merced a ese amor insondable de un Dios revelado como Padre y como Madre, es la alegría mayor y definitiva de que la vida de Dios, por Cristo y para siempre, es vida compartida, causa de toda felicidad, plenitud divina que por ello mismo es plenitud humana.

Paz y Bien

Abluciones interiores











San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir

Para el día de hoy (17/10/17) 

Evangelio según San Lucas 11, 37-41





Uno de los grandes motivos de controversia entre Jesús de Nazareth y los fariseos radicaba en la estricta observancia que realizaban estos últimos acerca de las normas y preceptos religiosos, establecidos por tradiciones y, muy a menudo, definidos por ellos mismos.
Esto implicaba la repetición a ultranza de gestos y ritos con exactitud y precisión, sin reflexionar demasiado -o nada- por su sentido o trascendencia: había que hacerlo y punto, cada uno era un rito reconocido y establecido que se cumplía a rajatabla.

En realidad, escondían tras de esa rigurosidad la creencia de que la Salvación, la bendición de Dios, era algo a obtenerse por los méritos acumulados, por las acciones piadosas. Y no está mal, claro está, llevar una vida piadosa en todos los ámbitos de la existencia.
El grave problema es suponer que la Salvación se obtiene a través de una matemática religiosa, y eso conlleva a afincarse en la pura exterioridad, descuidando la tierra fértil de los corazones.

Porque con Cristo se ha inaugurado el tiempo de la Gracia, de lo gratuito, de lo dado a pura generosidad y bondad, tiempo de amores, tiempo de la Salvación sin fronteras.

El conflicto entre el Maestro y el fariseo extrañado porque Él no realiza las abluciones previas a la cena habla de ello, y refiere a las formas perimidas, formas agotadas no tanto por antiguas sino porque se quedan en la superficie y no involucran un cambio profundo.
Porque el rito primero es la compasión.

Lo que cuenta y decide es todo lo que se hace con el fin de purificar el corazón de las cizañas del egoísmo, del yo antes, yo primero, yo sin prójimo. El modo es a través de la limosna, es decir, del darse a sí mismo, y no dispensar lo que sobra.

Pero más aún, no preocuparse demasiado por todo lo que suponemos que hacemos por Dios, sino antes bien, descubrir agradecidos todo el bien que Dios hace y hará por nuestras existencias.

Paz y Bien

La señal de Jonás












Para el día de hoy (16/10/17) 

Evangelio según San Lucas 11, 29-32




A una distancia de muchos siglos y diferentes culturas, los signos pueden no tener la misma importancia y contundencia para nosotros que para los oyentes de Jesús de Nazareth durante su ministerio; ello no implica que de ese modo su enseñanza sea para nosotros cosa abstracta. La Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva, presente perpetuo y eterno para todas las generaciones.
Aún así, es menester indagar acerca de la historia del profeta Jonás y de su importancia para el pueblo judío.

Jonás, al igual que Jesús de Nazareth, era galileo, de Gat-hefer -2R 14, 25-. De entre todos los profetas de Israel, es el único enviado al extranjero, a una nación gentil o pagana, y más precisamente a Nínive, capital del imperio asirio, enemigos enconados de Israel que en numerosas ocasiones habían invadido y sojuzgado la Tierra Prometida. De ese modo, un odio mutuo y profuso enardecía a las dos naciones, y es una cuestión que se magnifica con los criterios de propios y ajenos surgidos en la tradición judía.

Pero Jonás -cuyo nombre en hebreo, curiosamente significa paloma- es enviado a predicar al corazón del enemigo, a la misma Nínive el arrepentimiento, la conversión. Él quiere renegar de ese envío, toda vez que como hijo de su pueblo y de su historia preferiría aplastar al enemigo antes que invitarlos a cambiar, a convertirse bajo el apercibimiento del perecer, y ese perecer no se trata de un castigo divino sino más bien de las consecuencias directas de sus actos.
Y la imponente Nínive, tan grande, majestuosa y populosa se convierte frente a la predicación del profeta judío, porque oyen y escuchan y son capaces de mirarse corazón adentro.

En Jonás también acontece una durísima lucha interior, pues aunque lo ofende el contenido y el destinatario del mensaje que ha de entregar, no puede dejar de escuchar la voz de su Dios que lo convoca, y antes que los ninivitas es Jonás quien se convierte.
Su conversión es un proceso tan profundo y ejemplar que el libro sagrado que relata su conflicto y su bendición es la base primordial utilizada para celebrar Yom Kippur, el Día del Perdón, fiesta clave para nuestros hermanos mayores.

La fuga en una frágil barca preanuncia al Cristo que un día dominará todas las tempestades para los suyos. Los tres días en el vientre de la ballena preanuncian también el cobijo de una tumba que devendrá inútil, signo de Resurreción, señal de que ni la tierra ni nada ha de esconder la muerte, ni que los homicidios de los inocentes permanecerán en silencio y olvido.

En Cristo hay algo más que Jonás, claro que sí. Él no se rebela, más bien se revela universal, mensajero de paz y perdón a todas las naciones, salvación para toda la humanidad.

Y en esta Cuaresma que es una bendición, el mensaje sigue siendo convertirse a la vida que prevalece o perecer en nuestras miserias, en lo que no late, volver a escuchar con atención y regresar a Dios.

Paz y Bien 

Dios en cada esquina de la vida











Domingo 28° durante el año

Para el día de hoy (15/10/17) 

Evangelio según San Mateo 22, 1-14






La lectura que la liturgia para el día de hoy nos ofrenda posee dos aspectos muy importantes.

Como si fuera un acorde colorido en una maravillosa sinfonía, nos descubrimos asombrosamente invitados por Dios con invitaciones personales, intransferibles -con nuestros nombres y apellidos- a la su gran celebración, al ágape, a la fiesta de la existencia en donde todos tienen sitial, en donde se celebra la vida, la paz, la justicia, el amor.
El signo es inequívoco: hemos sido soñados y convidados a perpetuidad para la alegría y la felicidad, con todo y a pesar de todo y de todos. Y aunque sepamos que somos pequeños y mínimos, Alguien nos espera aún cuando estemos a la deriva, extraviados por senderos confusos, en junglas de tristeza y de preocupaciones fútiles. Y se nos espera no por los méritos acumulados sino por el afecto entrañable de quien nos viene invitando desde siempre.

La otra cuestión fundante es la universalidad de esa invitación, y ello compromete. La invitación también es misión que moviliza, una Iglesia con vocación galilea y samaritana, desde las periferias de todas las existencias, los márgenes siempre sospechosos en donde nada bueno pasa ni se espera. Allí, en las encrucijadas de la existencia, agonizan los dolientes, los olvidados, los descartados, y languidecen con monótona rutina sin cambios buenos y malos, justos y pecadores, creyentes e incrédulos.
Precisamente, para el Dios de Jesús de Nazareth es allí en donde el envío de esas invitaciones tan personales ha de tener prioridad, y así la misión, la Evangelización, es misión de rescate y esperanza.

Pero también hemos de prestar atención a un distingo crucial, y es que esos invitados -todos nosotros- no han de ser espectadores pasivos, marionetas semicreyentes que dejan que todo suceda ante su mirada a veces atónita. El convite implica un compromiso desde el mismo momento en que puede aceptarse, rechazarse o ignorarse, y ello tiene sus consecuencias.
Porque no hay que desperdiciar esto que se nos ha concedido en cordial comodato y que llamamos existencia, y todas las sinrazones y desprecios conducen al menoscabo y a los horrores.

Es menester, quizás, volver a revestir el corazón de manera adecuada, para que la existencia vuelva a ser motivo de celebración antes que un mero acontecimiento biológico o social. Porque somos tierra fértil fecundada por el Espíritu de Aquél que jamás dejará de buscarnos.

Paz y Bien

Felices como María de Nazareth










Para el día de hoy (14/10/17): 

Evangelio según San Lucas 11, 27-28




Siguiendo los textos sagrados, quizás nos acostumbramos a los continuos ataques por parte de los enemigos de Cristo. Injurias e improperios, la descalificación sin fundamento con la intención de pulverizar el ascendiente que tenía sobre el pueblo, la afrenta de rotularlo como endemoniado o satánico a contrario de todo el bien que prodigaba.

Pero la lectura para este día nos cuenta que otras cosas también le decían, acordes a los asombros y a la alegría que sus acciones y su enseñaban producían en las gentes más sencillas.
Por entre la multitud que escuchaba lo que Jesús de Nazareth les dice, se eleva una voz de mujer. Sus palabras son entrañablemente femeninas, se trata de una mujer que elogia a otra en tanto que madre, por el Hijo magnífico que ha tenido y ha criado.

Aquí es menester hacer un alto: en el elogio de esa mujer hay una cuestión que a veces dejamos de lado en nuestra reflexión, y es la crianza de Jesús a la sombra bienhechora de María y José de Nazareth, niño judío y galileo de las periferias, que crece al calor humilde del cuidado de su Madre y de la protección de su padre así como se yergue varón íntegro desde la Gracia de Dios. Todo ese tiempo germinal y frutal debería ser objeto de reflexión y veneración cordial.

Sigamos.
El elogio carece de reproche alguno. Si, tal vez, la respuesta del Señor sea desconcertante, pero de ningún modo invalida o menoscaba ese elogio, que bien podrían pronunciarlo nuestras madres con toda justicia.
Esa mujer elogia la maternidad de María de Nazareth.
El Hijo, en cambio, la enaltece de trascendencia, pues son plenos de humanidad, bienaventurados, felices, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Mensaje y misión para toda la Iglesia que es fiel en tanto que se vuelve cordial, servicial, obediente a esa Palabra que está viva y nos transforma.

Como María de Nazareth, Madre por engendrar a Cristo en su seno pero antes en las honduras cálidas de su corazón inmaculado, la que guardaba todas las cosas meditándolas en su interior, Madre y discípula por confiar y creer, la primera entre todos los destinados a ser felices, toda la humanidad.

Paz y Bien

De la servidumbre al servicio











Para el día de hoy (13/10/17) 

Evangelio según San Lucas 11, 15-26





En el ámbito de la lógica clásica, las falacias son argumentos que tienen apariencia de validez pero que de ella carecen, a la vez de ser razonamientos que inducen -deliberadamente en muchos casos- a error.
Dentro de las distintas falacias, una de las más distintivas y usuales es la llamada argumentum ad hominem, en donde se cuestiona  la veracidad de una afirmación o postulado o enseñanza atacando moralmente a quien sostenga tal postulado. Su trampa estriba en no verificar la veracidad primordial o su evidencia, y es una constante en los submundos políticos y religiosos.
Para muchos, desacreditar a una persona es un pingüe negocio y una herramienta cabal, hasta necesaria, sin importar el bien que haga o pronuncie.

Jesús de Nazareth no fué ajeno a estas manipulaciones crueles. Escribas, fariseos y doctores de la Ley preferían endilgarle todo tipo de rótulos terribles antes que inclinar sus corazones ante la evidencia del bien que brindaba en abundancia, y así buscaban dos objetivos: desacreditarlo ante el pueblo e instalar un argumento necesario y suficiente para condenarle. De ese modo lograrían que el Maestro estuviera aislado y pudiera ser suprimida su voz profética, su voz nueva de Salvación.

Pero en general las falacias no son tan sutiles, y alcanza con tener la mirada atenta para derribar esas edificaciones fútiles y estériles. Es lo que hace el Maestro con el carácter demoníaco que le adjudican a su ministerio salvador.

Quizás, más grave aún es la telaraña que se enquista en los corazones de esos hombres falazmente juiciosos. Pues sólo la verdad nos hace libres, y en el nuevo tiempo de la Gracia, no importa tanto ser libre de como más bien ser libre para.
Porque la verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio.

Paz y Bien

Amigos inoportunos de Dios










Nuestra Señora del Pilar

Para el día de hoy (12/10/17): 

Evangelio según San Lucas 11, 5-13





En un primer momento, de acuerdo a la lectura del día, pareciera que la cosa estuviera dividida. Por un lado, la conveniencia de una plegaria de petición que, sin demasiada vergüenza, reconoce a Dios como un eficaz proveedor de cosas y bondades que necesitamos, ese mágico aquietador de angustias y despejador de miradas que han perdido el horizonte, un terapeuta de nuestras limitaciones.
En ello, y aunque quizás subyace una falsa imagen de Dios, hay una confianza que debemos rescatar,

Por otro lado, y por cierta religiosidad viciada de mercantilismo, la oración como trueque piadoso y acumulativo que supone que una plegaria amplia y nutrida obtendrá a cambio el favor divino.

Finalmente, y aunque ha de reconocerse la disciplina y la constancia, quizás nos encontremos con ese talante piadoso que reza constantemente las plegarias establecidas en los días y horarios determinados a tal fin, la producción constante de oraciones. Allí tal vez hay mucha programación pero poco corazón.

La infinita revelación que realiza Jesús de Nazareth es que Dios es un Padre que nos ama sin límites, y que todos y cada uno de nosotros tenemos un derecho adquirido por esa dignidad filial -derecho inmerecido, claro está-. Es el derecho de las hijas y los hijos de Dios, asombroso, inexplicable por fuera del amor y la ternura.
Así la insistencia de Cristo por la eficacia de la oración, que no se encarece las fórmulas sino más bien la confianza, pues ese Dios es un Padre que nunca nos abandona ni deja de escucharnos. Pedir, buscar, llamar sin desmayos. Orar siempre para estar en la sintonía infinita y trascendente de la vida en el Espíritu, nuestra herencia inagotable.

La serena felicidad de que aún siendo amigos inoportunos que siempre obtendremos el pan de Vida aún a horas intempestivas.

Paz y Bien

Aprender a orar con Cristo











Para el día de hoy (11/10/17) 

Evangelio según San Lucas 11, 1-4






Dime como rezas y te diré quien eres.

En la Palestina del siglo I, cada grupo religioso poseía una plegaria propia que actuaba como distingo de los demás, como identidad que definía conceptos y pertenencias. Así los discípulos del Bautista, los fariseos, los esenios y muchos más rezaban de un modo único, y quizás a los discípulos les extrañaba que Jesús no los hubiera entrenado en tal sentido.

Pero ellos en parte -como nos suele suceder a nosotros- le tenían temor al silencio, y así la escucha se les hacía gravosa, casi imposible, y por eso la necesidad de encontrar una fórmula propia para repetir en el momento que fuere necesario, y en especial en las situaciones críticas.
Y es imprescindible suplicarle al Maestro que nos vuelva a enseñar.

Aprender a orar, en el tiempo de la Gracia, es ponerse en la perspectiva de los hijos, de niños pequeños, de confianza y abandono sin temor.
 
Aprender a orar es redescubrir y afirmar sin ambages que Dios no es una deidad lejana e inaccesible sino un Padre cercano, un Padre que nos busca, un Padre que nos ama, un Padre que no descansa por nuestro bien.
 
Es poner manos a la obra y corazón en rumbo hacia el horizonte maravilloso de la santificación de la tierra por el Nombre que todo lo hace posible.
 
Es rogar que acontezca aquí y ahora, ya mismo y sin demoras, el Reino de Dios que es justicia y paz, perdón y misericordia, amor y Salvación.
 
Porque sabemos que ese cielo no es tan lejano y que no hay imposibles porque somos hermanos del Resucitado, bregamos para que la voluntad de Dios que es la vida -y vida plena- se cumpla en todos los ámbitos.
 
Y no queremos que falte el Pan de vida ni el pan del sustento, para cada hija y cada hijo de Dios, allí en donde se encuentren.
 
Y sabemos que tenemos tantas miserias que abren heridas saladas, y que sólo por el perdón sanan los corazones, suplicamos con confianza. Para no caernos, para no abandonarnos, para no ceder a los miedos.

Que el Maestro nos conceda aprender a orar nuevamente, cada día, todos los días.

Paz y Bien
 

Casa cordial












Para el día de hoy (10/10/17): 

Evangelio según San Lucas 10, 38-42






Como en todo su Evangelio, San Lucas orienta todo el ministerio de Jesús de Nazareth en la única perspectiva de su peregrinar hacia Jerusalem, en su absoluta libertad al encuentro de la Pasión por su fidelidad inquebrantable al proyecto del Padre. Ésa, precisamente, es la perspectiva primordial que nunca hay que perder de vista, su fidelidad hasta las últimas consecuencias, a pesar de todos los horrores que le esperan.

Aunque no haya una cita explícita, podemos inferir que el Maestro se detiene en Betania, en la casa de Lázaro, Marta y María. Betania se encuentra a escasos kilómetros de la Ciudad Santa, es prácticamente un poblado de extramuros, y es una zona peligrosa, por la proximidad de esos hombres que buscan aniquilar al rabbí nazareno, porque lo andan buscando abiertamente, hay un arresto inminente, hay un ambiente de muerte de sofoca.

Pero también en Betania hay un hogar en donde la vida crece y florece porque hay una familia y porque hay afectuosa hospitalidad.
Ese Cristo nunca ha tenido casa propia: de niño vivió en el hogar paterno de José, carpintero nazareno, y ya adulto se ha marchado a los caminos a anunciar la Buena Noticia. A veces se alojaba en Cafarnaúm, con toda probabilidad en la casa familiar de Simón Pedro y Andrés, y a menudo su mesa era aquella en donde lo convidaban, en donde lo invitaban a quedarse, en donde le hacían espacio.

Cristo no tiene otro hogar que aquél en donde sus amigos le reciben, y es símbolo de la Iglesia, el ámbito cordial en donde Cristo se siente a gusto, en paz, en donde todos son reconocidos en su plena dignidad, en donde los reproches se desvanecen con rapidez porque prima otro interés trascendente, nada más ni nada menos que el amor que allí prevalece.

No hay aquí una alusión a un ambiente bucólico o idílico. Por el contrario, y aunque Cristo es el centro de todas las atenciones, quienes llevan la voz cantante son las mujeres.
En esa época, era impensable que algún rabino enseñase la Torah a ninguna mujer. La mujer no tenía otros derechos que los concedidos por su padre o por su esposo, y debía limitarse a parir, a cuidar casa e hijos, a callarse. Pero con Cristo hay un tiempo nuevo de hermanas y hermanos, todos hijas e hijos de Dios con la misma dignidad y derechos, y para escándalo de muchos y alegría de otros, es tiempo también de discípulas.

María, a los pies del Maestro escuchando lo que Él enseña, es la imagen exacta de los que escuchan con atención la Palabra, la reflexionan, la atesoran en su corazón para luego dar frutos. La escucha atenta de la Palabra, identidad primordial del discípulo, es el tesoro mayor que nada ni nadie podrá quitar, lo más valioso, lo que prevalecerá siempre.

Marta se des-vive sirviendo, en los trajines de un hogar que recibe con calidez y gratitud a quien está de paso. No se trata solamente de ollas, sartenes y platos: se trata de la diaconía, de trata del servicio que todo lo transforma. Y aquí hay un énfasis especial, porque quien sirve y quien tiene mucho para decir es una mujer.
A veces en los afanes del servicio, de la praxis, uno se dispersa. Y solamente en Cristo uno se reencuentra, se vuelve a unificar en la trascendencia de una Palabra que nada tiene de abstracta, sino que es Palabra viva que transforma la existencia.

Cada día debería ser memorial afectuoso y agradecido por todas las Martas y las Marías del servicio y la contemplación, que humildemente hacen de la Iglesia casa cordial para Cristo y los hermanos, que son nuestro orgullo y nuestro tesoro.

Paz y Bien

Aprojimarse










Para el día de hoy (09/10/17) 

Evangelio según San Lucas 10, 25-37






La parábola del Buen Samaritano es, sin lugar a dudas, conmovedora, pero a la vez sorprende por su secularidad.
El doctor de la Ley se acerca a Jesús con un talante escrutador, inquisitivo, bien diferente a un corazón humilde sediento de verdad. No se pueden negar sus conocimientos, más la erudición no implica necesariamente sabiduría; este hombre es experto en religión pero raso en cordialidad, y por ello busca de algún modo justificarse frente al elogio del Maestro, y a su vez formula una pregunta de modo falaz. Su pregunta induce a error pues supone una teorización pura, dogmática y objetiva, acerca de quién debe ser considerado como prójimo, es decir objeto de amor, de cuidado y de respeto. Ello lleva a una conclusión obvia y tácita: si el prójimo está determinado de antemano, algunos lo serán y otros nó.

Por eso mismo el Maestro responde con una pregunta. No intenta eludir, porque en realidad la pregunta del letrado lleva en sí implícita la respuesta. Pero se ha inaugurado un tiempo nuevo, un tiempo definitivo, el tiempo de la Gracia, el Reino aquí y ahora. Y en el ministerio de Jesús de Nazareth se revela la esencia misma de Dios que sale al encuentro del hombre, que se aproxima, que se aprojima, y que no hace distingos ni excepciones.
Para el doctor de la Ley -estricto en su exégesis específica de la Torah- prójimo es el que es hijo de Israel como él, o bien aquél que nacido en otras tierras pero que, residiendo en la nación judía, ha adoptado sus tradiciones, su cultura y sus costumbres. Así, todo aquél que no encaje dentro de estas categorías, no es digno de ese amor debido: aquí encontraremos a todos los gentiles/extranjeros, y a aquellos que viven una religiosidad judía a medias, sin voluntad de perfeccionarse, o impurificada deliberadamente como los originarios de Samaria, a quienes se profesaba un viejo odio enconado y un encendido desprecio ritual. De un samaritano nada bueno ha de esperarse, nunca, jamás.

En su parábola, el Maestro relata que un hombre baja de Jerusalem a Jericó, y la descripción es exacta, pues la Ciudad Santa se encuentra a aproximadamente 740 metros sobre el nivel del mar, mientras que Jericó a 350 metros. En el siglo I, las dos ciudades están unidas por un camino sinuoso, en parte nutrido por grandes formaciones rocosas que hacen posible que se tiendan emboscadas y se asalte violentamente a los viajeros, por lo que resultaba habitual que los viajes se realicen en caravanas. Por ello la mención a ese hombre solitario se corresponde, quizás, con ese riesgo latente, riesgo que asume y que le ocasiona un terrible gravamen: termina molido a palos y abandonado, descartado a la vera de la ruta.

Por allí pasan por el mismo camino un sacerdote y un levita, emblemas de la ortodoxia religiosa de Israel, ejemplos preclaros de una fé oficializada: a la vista del caído, cada uno a su tiempo, ambos pasan de largo. Quizás conozcan de antemano las precauciones que han de tenerse al transitar esa ruta, y por ello consideren que el caído es responsable de lo que le ha sucedido por ir solo. De algún modo, lo que le sucede lo tiene bien merecido. Pero en ellos dos priman las prescripciones de esa ley a la que se aferran con fanatismo, y ese hombre parece muerto, y las normas prescriben que no hay que tener contacto con un cadáver para evitar volverse un impuro ritual, y con ello impedidos -sacerdote y levita- de cumplir con sus funciones litúrgicas en el Templo. Desde el legalismo religioso, su actitud es exacta.

Sin embargo, de quien nada puede esperarse, el maldito, el odiado samaritano, es quien se detiene, que no se conforma con ser espectador. Lo mueve la compasión, es decir, asume como propio el sufrimiento del otro. El samaritano es, en cierto modo, el antirreligioso por excelencia: pero él no ha consultado el manual para saber quién es su prójimo. Él mismo se ha hecho prójimo del caído, del que molieron a palos y agoniza a la vera del camino, y no le pregunta ni pertenencias ni responsabilidades. Se aproxima, aprojima sin darle vueltas a la cuestión, sin establecer condiciones objetivas: hay alguien que sufre, y el socorro no admite demoras.

Cristo ha revelado que el amor, esencia divina, tiene dos aspectos indisolubles, el amor a Dios y el amor al prójimo, ríos caudalosos de la misma agua fresca. Y en esa sintonía santa, el samaritano, como nadie, ha asumido ese amor, que está muy lejos de cualquier ritualismo, y que ha de vivirse en la misericordia y el socorro cotidianos.
Porque la única religión verdadera es la compasión.

Paz y Bien

Servicio y fidelidad










Domingo 27° durante el año

Para el día de hoy (08/10/17) 

Evangelio según San Mateo 21, 33-46




Es menester hacernos una pequeña semblanza del ambiente socioeconómico del siglo I en Medio Oriente, y especialmente en Israel. Existían enormes latifundios en manos de unos pocos, los cuales solían vivir en el extranjero, especialmente en las grandes ciudades romanas; de esa manera, una inmensa cantidad de campesinos y labriegos no poseían tierras sino que las arrendaban a precios inverosímiles, deslomándose para apenas ganar el pan, y esa desigualdad palmaria era también causa de resentimientos profundos y persistentes.

A su vez, la viña era el símbolo de Israel, y su Dios el dueño que la cuidaba y hacía fructificar a través de su historia.

Los que escuchaban al Maestro no necesitaban sumergirse en intrincada palabrería ni en fárragos discursivos. Todos los comprendían claramente, pues en sus palabras fluía lo que conocían, lo que aprendieron de niños, lo que vivían a diario, y ello valía tanto para los más humildes como para los dirigentes religiosos de Israel.

Las parábolas de Jesús de Nazareth revelan los misterios del Reino de Dios pero también interpelan. Interpelan sobre el ser y el hacer, sobre derechos y obligaciones, nos hacen sincerarnos, y ese espejo de la realidad que somos puede ser muy doloroso. 
Esta parábola, en principio, parecería dirigida a aquellos que tienen responsabilidades pastorales sobre el pueblo de Dios. Aún así, nadie escapa a su fulgor ni está exento de lo que se inquiere.

La viña, mis hermanos, esta tierra que se nos ha legado, esta Iglesia con la que se nos bendice, el prójimo que nos rodea, los que están lejos aunque anden cerca, nada nos pertenece. 
Quizás sean bien nuestros los pecados, los quebrantos, las miserias que portamos.

Una señal de alerta para los que se erigen en defensores de los derechos de Dios. Nada de eso. Sólo somos servidores, sea cual fuere el lugar que nos ocupe tocar. Como decía Agustín, involucrados como si todo dependiera de nuestras manos pero orando de modo que todo dependa de Dios.

Y las arrogancias, sutiles o nó, de llevarse por delante a los demás. Todo lo que se siembra tiene su cosecha, tarde o temprano.
No es cosa de venganza, sino de fidelidades y caridad.

El Reino seguirá floreciendo, a pura Gracia de Dios. Queda en nosotros ubicarnos como humildes y felices servidores del Cristo que nos congrega y de los hermanos con que se nos bendice, nos agraden o nó.
O fieros apropiadores de aquello que no nos pertenece.

Paz y Bien




Armados con el Rosario











Nuestra Señora del Rosario

Para el día de hoy (07/10/17): 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38





Suele suceder como en el ejemplo de Marta de Betania: la vorágine cotidiana, las múltiples ocupaciones, los devaneos de las batallas perdidas contra el propio ego, hacen que nos descentremos, y así dispersos perdamos de vista lo verdaderamente importante, lo que permanece y no perece.

El Santo Rosario, con su humilde cadencia nos restituye el andar hacia el centro valioso de la existencia, misterio cordial de una Palabra que se escucha, se reflexiona y se reza.

Salterio de los pobres al que los pequeños se aferran con tenaz esperanza, y que se corresponde con ese aferrarse a la memoria materna aún siendo viejos, porque desde la Madre nos reencontramos con el niño primordial que anida en nuestro corazón, que nos hace entrar al Reino, que nos recupera con asombrosa bondad de las heridas que la cotidianeidad nos impone, y que a menudo aceptamos con resignación.

En las pequeñas cuentas que se desgranan paso a paso por nuestras manos, se deshacen viejos odios y nuevas cadenas, y se produce el reencuentro con los misterios de la Salvación, la alegría insondable de Cristo encarnado, de Dios con nosotros, los dolores de la Pasión que no disminuyen la infinita intensidad de la vida ofrecida en clave de amor mayor, la certeza de que la muerte no tiene la última palabra sino el Resucitado, la luz que prevalece por sobre cualquier sombra.

Tan necesario e imprescindible como el respirar, el Santo Rosario es un grato pronunciar eternas palabras de ternura a una Madre que permanece de pié ante todas nuestras cruces, que jamás nos abandona -rostro materno de Dios-.

Pero ante todo, el Santo Rosario es una divina ofrenda que se nos ofrece a todos y cada uno de nosotros para volver a descubrir la mirada de María de Nazareth en nuestras pobres e ínfimas y existencias, para recordar que donde está la Madre, está el Hijo.

Paz y Bien

Rechazos









Para el día de hoy (06/10/17): 
 
Evangelio según San Lucas 10, 13-16



Los ayes del Maestro respecto de Corozaín y Betsaida y, especialmente, de la Cafarnaúm en donde a menudo residía, no pueden ser más duros. En esas ciudades judías hasta la médula, se esperaba que hubieran escuchado el mensaje de Salvación de Jesús de Nazareth y se convirtieran.

Sin embargo, sus sólidas convicciones religiosas no eran más que rígidos esquemas que renegaban de cualquier posibilidad de conversión.

Así hoy nuestras ciudades, moles de cemento, de acero e indiferencia, están pobladas de multitudes que adolecen de soledad. Y tristemente también nos suele suceder en esta ciudad grande y familiar que llamamos Iglesia.
Presuponemos que sólo por pertenencia está todo decidido; pero la conversión es tarea diaria, pues nos vamos haciendo junto al eterno Alfarero que nos moldea los corazones.

A través de los tiempos -y ahora mismo- Él ha enviado mujeres y hombres suyos, muy cercanos, tan cercanos que son idénticos a ese Cristo de nuestra liberación, portadores de Palabra de Vida y Palabra Viva.

Esos mensajeros muy a menudo no ostentan títulos ni posiciones, son pequeños, pueden resultarnos inadvertidos, pero son totalmente de Él. Son los que con su testimonio nos impulsan a estar vivos, a renegar de cualquier egoísmo, a exiliar el olvido del hermano.

Hemos de sincerarnos en la escucha atenta de todos los que hoy vuelven a hablarnos en su Nombre

Paz y Bien

Mensajeros de paz










Para el día de hoy (05/10/17): 

Evangelio según San Lucas 10, 1-12







Los textos sagrados poseen niveles de profundidad, y ello implica que poseen en sí mismos una carga simbólica importantísima que es llave/clave para abrir los cerrojos de la razón, aquellos que nos impiden mirar y ver más allá de las apariencias.
En parte por eso es que la literalidad es injusta, pues se aferra sólo a la superficie, a la pura letra dejando de lado al Espíritu que la inspira. Esas literalidades tan lineales son origen y causa de todos los fundamentalismos.

Así entonces, en esos planos simbólicos, nos encontramos en la lectura de hoy la designación de setenta y dos enviados, además de los Doce, para que lo precedieran en todas las ciudades y lugares donde iba a ir Él.
Los exégetas, ahondando en el significado del número de setenta y dos enviados, señalan la referencia veterotestamentaria a todas las naciones paganas, establecidas luego del diluvio universal y el mandato de repoblar la tierra encomendado a Noé y a sus tres hijos. Así entonces nos encontramos con los Doce apóstoles refiriendo a las Doce tribus, es decir, a Israel por un lado y a los setenta y dos nuevos enviados refiriendo a las naciones paganas, la conclusión es contundente: la misión que Jesús de Nazareth encomienda a los suyos -a los que Él elige y convoca- es universal, a todos los pueblos, a todas las naciones, y no puede jamás acotarse a un grupo específico o a un área puntual. La misión trasciende todas las fronteras, especialmente las que solemos adoptar alma adentro.

Esa universalidad de la misión manifiesta a su vez la magnitud de la tarea que se ha confiado a esos setenta y dos mensajeros, entre los que estamos también todos y cada uno de nosotros.
El sentido común -el menos común de los sentidos- indica también que la cosecha es urgente: si la mies no se siega, quedan sólo rastrojos, se desperdicia, y esta mies, esta cosecha es asombrosa, el Reino de Dios muy cerca, al alcance de cada corazón. Reino que encarna Cristo, reino que se hace presente también en sus amigos, otros Cristo erigidos a pura confianza de un Dios que nada se reserva para sí.

La tradición religiosa y jurídica judía implicaba que en un proceso, la veracidad de un testimonio deberá supeditarse a dos testigos coincidentes. Ese envío de dos en dos supera cualquier tendencia a la individualidad, al sostenerse fraternalmente en la dureza de los caminos, pero muy especialmente tiene que ver con la veracidad de la misión.
Sera entonces esa verdad que portan lo que haga que la misión sea misión de paz y liberación.

La urgencia de la cosecha deviene en impostergable la misión. No hay excusas, no hay que demorarse en banalidades ni en cuestiones vanas, hay que andar ligeros de equipaje y de corazón para que el paso sea más firme y tenaz, y por sobre todo, es menester cimentarse en la oración que nos ubica en las eternas coordenadas del amor de Dios. Hacen falta más labriegos para esta mies urgente.

Porque a pesar de todo y de todos, el Reino sigue tenaz, creciéndose en silencio frutal en medio de nuestras existencias, árbol santo de la Salvación en el aquí y el ahora.

Paz y Bien

Discípulos y labriegos










San Francisco de Asís

Para el día de hoy (04/10/17) 

Evangelio según San Lucas 9, 57-62





Jesús se encuentra transitando -la liturgia del día de ayer nos lo señalaba con claridad- Samaria, en camino hacia Jerusalem, peregrino hacia la cruz y hacia la Pascua, caminante obstinado de la Resurrección.
Ha sido rechazado en un poblado de la zona, y ello mismo despertó las furias de los discípulos, tan errados como los samaritanos respecto de su misión y de su condición mesiánica; a pesar de ello, no es aventurado pensar que realiza el convite a seguirle a esos samaritanos despreciados y siempre sospechosos, porque el Reino no se caracteriza por exclusividades y particularismos.
Precisamente, su tenor incondicionalmente universal desestabiliza corazones acartonados y desarma fraternalmente las armazones de exclusividad, en la asombrosa sinfonía de la Gracia.

A simple vista, las exigencias de este Cristo se nos vuelven durísimas, y ese rigor que sobrevuela, aparentemente, choca contradictoriamente con la universalidad proclamada. Parecería que, a causa de lo taxativo de lo que se requiere, los discípulos han de ser bien pocos.

Eso es un error, y un error grosero.

Se trata de darse/darnos cuenta de la raíz y razón primera, y es el Reino como valor absoluto de la existencia, frente al cual inclusive lo más valioso queda en un segundo plano, y adquiere un sentido nuevo.
Se trata de mirar con nuevos ojos.
Se trata de atreverse a vivir el presente en plenitud, sin atarse al pasado y a lo viejo, a lo que perece, a lo que está muerto.
Se trata de asumirse como caminantes, en el coraje dado de no afincarse en ningún sitio y más aún, no atarse a las cosas.
Se trata de correr riesgos, de hacerse marginal con el hermano caído a la vera del camino, descartado de la existencia. Y de confiar. Confiar sin desmayos, confiar porque la mano providente de Dios no nos abandona jamás.
Se trata de edificar futuro fermentando la masa informe de un presente desabrido.

Los discípulos, mujeres y hombres de fé llamados por Cristo en su amor infinito, no se resignan jamás, no bajan los brazos, no viven mirando hacia un pasado gravoso que por tal sólo es recuerdo.

Los discípulos son labriegos que abren surcos para que la semilla de la vida plena germine y crezca frondosa, para albergar a tanto pájaro perdido, casa común, mesa grande de la Salvación.

Paz y Bien

Hijos del trueno











Para el día de hoy (03/10/17) 

Evangelio según San Lucas 9, 51-56






La señal que el Evangelista San Lucas nos brinda en el día de hoy es inequívoca, y es la decisión incoercible de Jesús de Nazareth en dirigirse a Jerusalem.
Él se encamina, decidido y sin vacilaciones, a consumar su misión, su existencia, la razón de un destino que ha venido edificando en total armonía con la voluntad salvadora de Dios. Es su sagrado corazón libre el que decide, con todo y a pesar de todo, de todos, de los horrores, los desprecios, las humillaciones; es el primer paso de esa Pascua que inaugurará la ofrenda de Salvación para toda la humanidad, y ello implica -aunque nos cueste asumirlo- que la Ascensión, la glorificación de Cristo ha de pasar primero por el crisol cruel de la cruz, una cruz que siendo patíbulo se convertirá por el infinito amor de la vida ofrecida en árbol santo.

En Jerusalem todo le es hostil. Es la Ciudad Santa de la nación judía, pero allí mandan y deciden el pretor invasor romano, simbolizando los poderes políticos establecidos mediante la fuerza de las armas; el tetrarca Herodes, el poder brutal que no conoce límites éticos ni considera jamás el bien común; y de modo preponderante, escribas, fariseos y sumos sacerdotes que esgrimen el poder religioso de manera omnímoda, absoluta y sin corazón, imponiendo una imagen de un dios vengativo y cruel, religiosidad reservada para unos pocos, yugo insostenible para tantos, creencia sin salvación. Todos y cada uno de ellos se arrogan el derecho de dictaminar sobre el rabbí galileo, pobre y humilde, porque su ascendencia sobre el pueblo y la bondad que ofrece sin condiciones es harto peligrosa para sus posiciones. Porque la caridad es muy peligrosa y subversiva a los ojos de los poderosos, y esos hombres sólo conocen un modo de respuesta, la violencia, y la violencia mortal que suprime disidencias aparentes.

Ahora bien, la ruta hacia Jerusalem parece dictada por la misma geografía palestina. Galilea -núcleo primario del ministerio de Jesús- se encuentra al norte de la tierra de Israel; para llegar a la Ciudad Santa, centro de la vida judía y de Judea, es menester atravesar Samaria -Shomrom-, que se interpone entre esa Galilea de la periferia y esa Judea del centro y de la ortodoxia. La alternativa es una ruta muchísimo más larga y riesgosamente complicada al este del río Jordán. Pero hay una geografía teológica, una geografía espiritual. El paso de Jesús de Nazareth y sus discípulos por tierras samaritanas simboliza que la Salvación no se restringirá a unos pocos, sino que es bendición para todos los pueblos y naciones, aún donde menos se la espera o supone.
Desde ocho siglos atrás, cuando las invasiones asirias, judíos y samaritanos se miran mutuamente con desprecio y odio consecuente. Quizás, puede detectarse un rencor mayor en el pueblo judío, toda vez que imperaban las estrictas normas de pureza, de pertenencia, de cumplimiento religioso y de sangre: los judíos, asirios mediante, habían sido llevados a las penurias del exilio mientras que los samaritanos se habían quedado en sus tierras, habían formado familias mixtas con esos extranjeros y cultivaron su fé a la manera que podían...y que le permitían. Por ello, la inviolabilidad de Jerusalem y el templo como centro de la espiritualidad y la vida judías se reemplazaban, para los samaritanos, con el culto que sostenían en el monte Gerizim. sitio en donde supieron tener un templo de importancia crucial para ellos, que también tenían la Torah como Libro Sagrado.
No obstante todo ello, la repulsión era mutua. Por ello, causó tanto asombro y escándalo la parábola del samaritano que Jesús enseñaba a todas las gentes.

El envío de mensajeros por delante de Él a una aldea samaritana es el símbolo del discípulo misionero -a la manera del Bautista- que allana y prepara los caminos para la llegada del Salvador. Parecería una mera cuestión práctica, como la de ir preparando un alojamiento para pasar la noche, pero volvemos al ámbito cordial: se trata de recibir a Cristo, de que éste se encuentre a gusto, en ambiente hogareño, fraterno y amistoso allí en donde se lo reciba. Pero los enviados se equivocan. Algunos dirán, no sin razones, que fracasan sin ambages; pero la medida de la historia no está signada por éxitos y fracasos, sino más bien por la compasión y el servicio ejercidos.
Esos enviados anuncian que Cristo se dirige a Jerusalem, y omiten lo esencial, es decir, que voluntaria y libremente se encamina a poner su rostro y su persona frente a aquellos que lo detestan con tanto peligro. Esos mensajeros no han entendido cabalmente la misión del Maestro, ni aceptan un Mesías derrotado, que morirá con escarnios y humillaciones a manos de sus enemigos; en ellos prevalece la imagen del Mesías glorioso que aplasta a sus oponentes, que devasta las fuerzas contrarias, que gobernará como rey la tierra de Israel. Por eso su mensaje es defectuoso, y aquí no hay medias tintas: su mensaje no es veraz. No anuncian la verdad de Cristo, anuncian la verdad de ellos mismos.
Así terciarán odios antiguos y prejuicios persistentes, y por ello Jesús y los suyos serán rechazados en el poblado samaritano. Se trata de otro predicador judío más, más de lo mismo, nada nuevo, nada bueno.

Los hijos de Zebedeo, Juan y Santiago -Jacobo-, eran dos hermanos de personalidades fuertes, encendidas, violentas. Parece ser que todo se lo tomaban con una apasionamiento tal que el mismo Jesús los apodaba Boanerges, literalmente hijos del trueno. Con ello no son hijos de Zebedeo, ni hijos de su pueblo y sus tradiciones, sino esclavos de sus pasiones atronadoras. Ellos, en nombre de los Doce, piden venganza contra esos samaritanos atrevidos que los ofenden, recordando la tradición del profeta Elías, y suplican una lluvia de fuego que los consuma.
En realidad, esos Boanerges -quizás sin darse cuenta- piden fuego punitivo para ocultar su propia torpeza: los samaritanos rechazan porque el mensaje recibido es equívoco y parcial.

Así como no han comprendido el real carácter del Mesías que con ellos camina -el Siervo sufriente de todos-, tampoco han aceptado la fuerza de la semilla del Reino que se les ha sido confiada. Todo tiene su tiempo de germinación y crecimiento, y hay una cuestión fundamental: los esfuerzos son importantes, pero esa semilla, ese mensaje, no les pertenece. Tiene vida y tiempos propios, y cuando no es recibida hay que seguir adelante, esperando con mansa confianza tiempos mejores para que haya buenas cosechas.
Ninguna venganza, por sabrosa que aparezca, por justa que se asome, tiene asidero en la Buena Noticia.

Quiera Dios que esos fuegos que a nosotros también nos suelen encender, se vuelvan fuegos humildes y pacíficos de entrega, de servicio, de compasión y misericordia, en imitación cabal de un Maestro que no reniega de la cruz, de un Dios que prefiere siempre la Salvación de todos, pues a todos sale al encuentro, y envía a los suyos en búsqueda primordial de los extraviados.

Paz y Bien

Ángeles, mensajeros y protectores










Los Santos Ángeles Custodios

Para el día de hoy (02/10/17): 

Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10





La fiesta y memorial de los Santos Ángeles Custodios que hoy celebramos tiene profundas raíces bíblicas y a su vez siempre reverdece en el corazón del pueblo de Dios. A veces, nos remite a tiempo de infancia, a ternura, a ciertas seguridades que rompen las soledades. A veces también parece frenarse en imágenes cuasi caricaturescas, antropomórficas o, más frecuentemente, en tendencias naif cuyo mayor riesgo es el ocultar una fé sin raíces ni conversión, una religiosidad light que apenas calma las conciencias culposas.

Pero la certeza de sabernos acompañados por los ángeles custodios es a su vez signo cierto de la presencia trascendente de Dios en la existencia humana.

Frente a los celos y ambiciones presentes en la primera comunidad cristiana, y que perduran a través del tiempo en la Iglesia, el Maestro es contundente: quien no se haga como un niño, quien no cambie y no se haga como un niño, no entrará al Reino.
Es menester señalar dos cuestiones importantes. Por un lado, el tiempo santo de la Gracia y la misericordia que Cristo ha inaugurado tiene la impronta definitiva del aquí y el ahora, y no refiere solamente a recompensas o castigos post mortem. El Reino está muy cerca.
Por el otro, hacerse como niños no es compulsa involutiva o un llamado a la ingenuidad, a una conciencia pueril.
En tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, un niño carece de derechos legales. Está indefenso excepto por la protección que le brinde su padre, y por ello es completamente vulnerable. En su debilidad, posee la magnífica ventaja de saber alegrarse y valorar los regalos, la mirada de asombro, la sencillez. Por eso es que cuando el Maestro habla de los pequeños, habla de los niños y de los que son como ellos, los pobres, los excluidos, los indefensos, los descartados de un mundo que se vanagloria de rendir culto a los poderosos, a esos que se dicen grandes a fuerza de aplastar pequeños.
Porque hay pequeños en tanto y en cuanto hay otros que se consideran grandes, con mayores derechos adquiridos -o comprados- y prerrogativas que defenderán aún a costa de la vida de los demás.

En el rostro de los pequeños resplandece el rostro de Aquél que nos amó hasta la muerte y más también. La presencia santa de Dios destella en los ojos de los pequeños, y son sus ángeles quienes a coro nos cantan esa compañía eterna en nuestra cotidianeidad.

A nosotros nos queda recuperar el centro de nuestras preocupaciones y el culto verdadero, que es la compasión y el servicio.
Y redescubrir con serena confianza y mansa alegría a ese compañero, mensajero de Buenas Noticias que se nos ha concedido para que no se nos pierda la esperanza ni nos extraviemos en los sinsentidos.

Paz y Bien

Parábola de los dos hijos












Domingo 26° durante el año

Santa Teresita del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

Para el día de hoy (01/10/17) 

Evangelio según San Mateo 21, 28-32






Jesús de Nazareth se encuentra casi al final de su peregrinación. Está en Jerusalem, la Ciudad Santa que sólo ha sabido mostrarle un rostro cruel, que le ha hecho derramar lágrimas de tristeza por presente y por el futuro que avizora, que incuba entre sus muros un odio irrefrenable que desembocará en los espantos de la Pasión. La aversión que suscita su presencia entre la dirigencia judía enrarece tanto el ambiente con su cruda hostilidad, que podría cortarse con un cuchillo.

Pero el Maestro no retrocede ni vacila, convencido de su misión, firme y fiel.

La liturgia nos ubica, precisamente, en el centro simbólico y real del odio que le profesan, el Templo de Jerusalem, ese templo enorme y fastuoso, orgullo de generaciones, característica primordial de todo un pueblo.
Ese segundo templo llevó mucho tiempo edificarlo, y su construcción responde ante todo a motivos teológicos -espirituales- antes que a concepciones arquitectónicas, las que se subordinan a esas ideas fundantes, y los patios que ostenta son símbolo y señal exactos de las ideas religiosas imperantes así como de la imagen de un Dios que domina.

En ese Templo nos encontraríamos con el amplio patio de los Gentiles, es decir, el recinto que casi no es parte del Templo y que aloja a los extranjeros y a los no creyentes. Un segundo patio se destina a las mujeres y a los eunucos, de los que no cuenta su fé ni su piedad. Están allí porque las mujeres carecen de relevancia y no tienen derechos, están los eunucos por ser hombres defectuosos, impuros, falsarios.
En el tercer patio podríamos encontrar a los varones -un criterio específicamente genérico y sexista-, pero muy especialmente a los varones puntillosamente observantes de la Ley y los profetas, siempre y cuando esa observancia se atuviera a la minuciosidad opresiva de los fariseos.
Y casi como una consecuencia lógica, el cuarto patio está restringido a los sacerdotes encargados del culto.

En ese ambiente tan cerrado y sofocante para los corazones, la Palabra viva y libre del Maestro ha de resultar, seguramente, como una bofetada, una falta de respeto a los acartonamientos instaurados, a la precisión de un dios que castiga con eficiencia y velocidad, y del que se obtienen premios mediante la acumulación de méritos por unos pocos selectos.
Él les está diciendo que su Dios tiene por preferencia cordial y bondadosa a todos aquellos que usualmente no tienen siquiera la posibilidad de asomarse a ninguno de esos patios exclusivistas.

Él ha venido a buscar a los perdidos y extraviados, a sanar a los enfermos, a rescatar a los oprimidos, los excluidos, y que se inaugure el tiempo definitivo de la Misericordia.
Y que la vida y la Iglesia tenga un sólo espacio, un único e inmenso patio, el patio de la Gracia en donde todos se congregan afablemente y nadie queda fuera, porque es un patio del encuentro con un Dios que se revela Padre y Madre, patio de hijos, patio de hermanos, recinto de Salvación y libertad.

Paz y Bien

Un Mesías paradójico e inconveniente












Para el día de hoy (30/09/17) 

Evangelio según San Lucas 9, 43b-45






Las multitudes se admiraban del rabbí galileo; desbordaban de entusiasmo, les resultaba increíble y a la vez esperanzador, una señal clarísima de Dios.
Ese entusiasmo era difícil de soslayar, potro joven que en mayor o menor medida todos querrían galopear. El entusiasmo, en su positividad, es leve, ligero, no cuesta nada, y Jesús de Nazareth colmaba muchas de su expectativas truncas, de sus frustraciones, de las humillaciones que sufrían a diario. No está nada mal, claro que nó, esas gentes intuían con certeza que en el Maestro se revelaba el asombroso amor de Dios.

Pero hay más, siempre hay más. Y el Maestro quiere los suyos, sus discípulos, emprendan el éxodo de la tierra esclava de los preconceptos, para que puedan asumir con Él su Pascua.
Así entonces les anuncia la Pasión que asumirá dentro de muy poco tiempo. Pero eso no es todo: se reconoce como Hijo del Hombre, es decir, Hijo de la humanidad, un Dios que se hace hermano, hijo, muy pero muy cercano, tan cercano al hombre que es parte de su familia, de todos los pueblos, de todos más no propiedad exclusiva de unos pocos.

A todas luces, es un Mesías inaceptable. Es un Mesías que reniega de pompa y honores, de poder que se detenta, de fuerza que derrota militarmente a sus enemigos, un Mesías que parece escaparle al éxito, que asume humildemente fracasos y derrotas, humillaciones y avances implacables de los malvados.

Los discípulos temen preguntarle acerca de ello, porque en verdad no lo comprenden pero tampoco lo aceptan. Su silencio se corresponde con exactitud al orgullo inveterado de no reconocer que hay cosas que se ignoran y cosas que están por fuera del alcance de la propia comprensión. Y peor aún, decirle a ese Cristo que vive y camina con ellos que en nada se parece al Mesías que ellos esperan.

No hay otra explicación que la del amor, que todo lo trasciende, que supera las miserias y horrores que se imponen, que transforma los patíbulos en árboles frutales, las noches cerradas en amaneceres tibios, la muerte implacable en vida que se acrecienta y no tiene fin.

Paz y Bien

Realidad trascendente













Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Para el día de hoy (29/09/17) 

Evangelio según San Juan 1, 47-51






En el plano religioso, como en el acontecer diario, los mecanismos de transferencia juegan un rol destacado. Sin la intención de caer en psicologismos estériles, en algunas figuras solemos depositar nuestras miserias, nuestras frustraciones, nuestras ansias, nuestras comodidades y también nuestros prejuicios.

Por entre los abundantes ejemplos, destaca nuestra actitud frente a los ángeles, a veces con carácter de fingida religiosidad que se interna en la superstición, a veces con rotunda ingenuidad. Aunque en verdad, son los niños quienes deberían dar cátedra a toda la Iglesia acerca de los ángeles.

Pero la Encarnación de Dios en Jesucristo ha inaugurado un tiempo nuevo y santo, tiempo de Dios y el hombre, tiempo de la Gracia, tiempo de tiempos. Y así, la historia humana es mucho más que una sucesión concatenada de episodios perceptibles por los sentidos, aún cuando la razón pueda establecer profusas teorizaciones. 

Los ángeles -mensajeros de Buenas Noticias- nos anuncian que hay una realidad trascendente, en donde se enraiza toda esperanza, y que es el fruto mejor de un Dios que es amor, vida que se ofrece sin condiciones ni restricciones. Esa trascendencia tiene un significado importantísimo: implica que la eternidad está entretejida en nuestra temporalidad, que los límites y los imposibles no son definitivos, que el infinito nos abraza en el aquí y el ahora. No se trata de otro mundo -tal vez, ajeno o postrero- sino una dimensión que puede y debe alcanzarse desde la cotidianeidad. Porque cuando se hacen presentes los mensajeros, es señal inequívoca de la presencia del mismo Dios.

Así también sucede con mucha gente, mujeres y hombres silenciosos y humildes, a menudo invisibles, pero que desde su integridad, de hombres sin dobleces, hacen memorial permanente de Dios con nosotros, de maravillas y milagros cotidianos, de una vida redescubierta como don único y valioso.

Paz y Bien


Cristo interpela











Para el día de hoy (28/09/17) 

Evangelio según San Lucas 9, 7-9







Jesús de Nazareth no pasaba desapercibido para nadie. Ni para el pueblo, ni para la clase dirigente, ni para la oficialidad imperial romana. Todos ellos intentaban comprenderlo -y clasificarlo- desde las gafas opacas de sus preconceptos producto de su religión enquistada, de tradiciones pétreas, de su ideología o de la pura praxis política que ansía la perpetuación en el poder.

Así, para algunos era Elías reaparecido, para otros uno de los viejos profetas de Israel: allí refulgían todas las ansias de liberación y de restauración de un pueblo lastimado y sometido, que sentía en su fuero íntimo la humillación del imperialismo romano y el peligro de disolverse como nación.
A la vez, para otros era el Bautista resucitado, expresión culposa de quien escucha a medias, con cierta simpatía sin compromiso, esa prudencia extrema que esconde cobardías varias, esa intelectualización sin vida transformada, sin conversión, la actitud del espectador pasivo que no se anima a edificar su propio destino, presa fácil de los poderosos y de los que ejercen dominios sobre mentes y corazones. En cierto modo y de manera tácita, ellos confiesan la necesidad de volver a escuchar una voz tan fuerte e íntegra como la de Juan, para que les disipe las comodidades falaces, para que vuelva a despertarlos.

En la lectura del Evangelio para el día de hoy destaca la postura del tetrarca Herodes frente a Jesús de Nazareth. Este reyezuelo, vasallo de los romanos, ejercía un poder omnímodo en la región que dominaba, sin ninguna limitación ética, apelando a la violencia, a las componendas corruptas, a cualquier tipo de conspiración en tanto que él mismo intuyera que hubiera en ciernes una amenaza a su poder. En síntesis, Herodes no es más que un brutal homicida -muy paranoico y a la vez supersticioso-, que ahora comienza a arrojar manojos de tinieblas sobre el Maestro, pues comienza a interesarse en Él, y no es un interés genuino en conocerle, sino en determinar con rapidez si a este rabbí galileo es menester aplastarlo como hizo con sus familiares, con el Bautista, con muchos de sus súbditos.

Todo esto nos realiza un convite aún mayor, que es el de otra perspectiva, más profunda, trascendente, y es el darnos cuenta y tomar conciencia que la presencia de Cristo pone en evidencia qué somos y cómo somos, lo que somos especialmente en relación con los demás.
Todo sale a la luz, nada ha de quedar escondido

Y a pesar de los ingentes peligros y las brutas amenazas, hemos de suplicar que otros tantos Cristos, esas hermanas y esos hermanos del Señor que siguen sus pasos en humildad y fidelidad desde la caridad, sigan poniendo en evidencia y cuestionando a los poderosos, a los que hacen daño, a los que nada les importa y sacrifican en el ara del poder y con la liturgia del egoísmo la raíz humana, el prójimo.

Paz y Bien

Humildes obreros de Cristo










Para el día de hoy (27/09/17): 

Evangelio según San Lucas 9, 1-6






Quizás los Doce no hayan tomado conciencia plena de la misión que el Maestro les encomienda. Tal vez nosotros tampoco. Es que el Maestro, al darles poder y autoridad para sanar y liberar, para proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios deposita en ellos una confianza inimaginable, pues la misión de Cristo será ahora la misión de los discípulos.

En cierto modo, Él tiene en ellos una fé impresionante que, sin dudas, no es recíproca.

La misión no tiene nada de abstracto. A menudo se ha afirmado que la misión de la Iglesia es la salvación de las almas; sin embargo, esa afirmación esconde visos de abstracción y un énfasis postrero, post mortem, que se aleja con escasa compasión de la insondable ternura de la Encarnación de Dios.

Hay muchos demonios que expulsar. El demonio del egoísmo. El demonio que confunde, que aleja a los hermanos. El demonio que enturbia las miradas para no poder ver a Dios como un Padre bondadoso, y sí como un verdugo punitivo sediento de sangre. El demonio de la exclusión y la soberbia. El demonio que no permite crecer en humanidad y honradez.

Muchos son los dolientes. Enfermedades corporales que hacen sufrir, patologías espirituales que aniquilan las semillas que crecen con vida nueva. Corazones divididos, corazones dolientes, corazones agobiados de miseria y soledad, hijos abandonados de todas las omisiones.
Es misión de paz en donde la violencia no tiene lugar, en donde el poder que se ejerce es el servicio a los demás. Misión de liberación, porque mujeres y hombres han de erguirse mansamente desde los fangos en que están sumergidos.
Misión humilde que confía en la divina providencia antes que en el falso dios del dinero, que se aferra al Espíritu antes que a las cosas.

Pero por sobre todo, y aunque es necesario decir las cosas como son, proclamar la Buena Noticia para todos los pueblos comenzando por los pobres, se trata de ser Evangelios vivos, palpitantes, Evangelios que respiran, Evangelios en donde en cada segundo de la existencia se pueda leer el paso salvador de Dios por la historia.

Humildes obreros para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

La familia del Señor










Para el día de hoy (26/09/17) 

Evangelio según San Lucas 8, 19-21





En los pueblos semitas mediterráneos del siglo I y en otras tantas culturas, la pertenencia tribal y racial era un factor determinante que confería identidad y pertenencia. En el caso específico de Israel, el núcleo primero de la tribu era la familia, y a su vez era la vía de acceso a la nación y pertenencia judías; en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, las tribus y familias judías se cerraban cada vez más sobre sí mismas pues su nación estaba sometida por el poder militar de una potencia extranjera, y por el riesgo creciente de la contaminación extranjera, de una colonización imperial que les ganara no solamente el territorio sino también su cultura, es decir, sus mentes, sus almas.
Otro factor importante a tener en cuenta también es el miedo, el miedo a que el opresor romano -a quien se desprecia- tome cualquier actitud sospechosa o extravagante como subversiva y, en consecuencia, la aplaste con devastadora violencia.

Como una cuestión puramente objetiva y abstracta, detengámonos por un momento en la vereda de la familia y la tribu nazarena de Jesús: el niño que vieron jugar y crecer, el hombre que tenía el mismo oficio de su padre José -tekton-, de repente se larga a los caminos a hablar de Dios y a hablar en nombre de Dios, a curar enfermos, a juntarse con indeseables, a enfrentarse sin ambages con los guardianes de la tradición religiosa de Israel. Y las gentes más sencillas cada vez lo seguían en número creciente, con especial agrado y atención.
Allí había una ruptura y un peligro para Él y para ellos. Ese Jesús o se había vuelto loco, o estaba cometiendo demasiadas imprudencias que podían desatar las furias romanas. Pero además, hay algo más primordial que eso, y es que este rabbí caminante ha roto el molde, no se corresponde en nada con lo que los suyos esperan de Él, la vida que para Él han imaginado y hasta diseñado.
Así es harto lógico que se lleguen a Cafarnaúm a buscarle, para en cierto modo rescatarlo de esa locura, hacerlo volver en razones y llevarlo al reducto seguro de Nazareth, menos expuesto que en la ciudad de gran movimiento en donde se encuentran ahora.

Si extrapolamos esta situación al ámbito de nuestros corazones, nosotros también, en cierto modo, gustamos de hacer lo mismo, regresarlo a la tribu de nuestros templos o a la seguridad de nuestras creencias -que nó de nuestra fé- para que este Cristo no nos quiebre nuestros mediocres esquemas ni se nos difuminen las caricaturas mesiánicas a las que nos aferramos, porque es mucho más de lo que esperamos. Y porque no permitimos a Dios ser Dios.

Allí en Cafarnaúm, el Maestro -rodeado de gentes sedientas del agua viva de la Buena Noticia-, la Madre y los parientes, esa tribu originaria, se hacen presentes arrogándose quizás el derecho y la primacía sobre Jesús. Ellos están primero, y a ellos les pertenece.
Pero este Cristo no le pertenece por la sangre, ni por la raza, ni por la cultura. No es de una familia escasa, ni de un grupo puntual, ni de los nazarenos, ni de la misma Iglesia.
Él borra esas fronteras de pago chico, y amplía la familia hasta límites insospechados.

Los nuevos vínculos familiares son vínculos espirituales, crecidos a la luz y cobijo de una Palabra que está viva y es Vida, Palabra escuchada y practicada.
La familia de Cristo es un insondable misterio de amor, abierta a toda la humanidad. Dios mismo nos hace parte de su familia, hijas e hijos, hermanos en el presente en camino hacia la plenitud eterna.

Paz y Bien

Lámpara es tu Palabra para mis pasos










Para el día de hoy (25/09/17) 

Evangelio según San Lucas 8, 16-18





Las parábolas que utilizaba Jesús de Nazareth para enseñar la Buena Noticia no requerían explicaciones. Sus oyentes no las necesitaban pues Él les hablaba a partir de cosas que todos ellos conocían y vivían a diario, y es eso, esa voluntad de hablar con las mujeres y los hombres de hoy a partir de sus aconteceres diarios, en sus mismos idiomas, lo que nos anda faltando. Nos gusta perdernos en las tortuosidades de profusos razonamientos eruditos, psicológicos o teológicos invariablemente teñidos de abstracción, contrapuestos al maravilloso sentido de la Encarnación de Dios. Y así la misión deviene en una mera captación de adeptos.

Esas gentes entendían perfectamente. En los tiempos de la predicación del Maestro la luz era un bien muy preciado...y muy caro. Cuando caía la tarde en Palestina, sólo quedaba irse a dormir debido a la oscuridad; las viviendas familiares de la gente sencilla estaban compuestas, por lo general, de un monoambiente amplio en donde convivía la familia. Y para prolongar por un rato más el día, compartir con los afectos, comer, rezar, mirarse, y hacer alguna tarea pendiente, se ubicaba una lámpara de aceite en el sitio más elevado de la habitación. A nadie se le hubiera ocurrido colocarla bajo la cama o cubrirla con un recipiente. La lámpara, la luz, ha de estar bien a la vista para que a todos irradie.

No hay que ir a menos. La luz no nos pertenece, de ningún modo, pero con una inefable confianza depositada en nosotros, se nos ha confiado su cuidado, el portarla, el llevarla a todas partes. La luz de la verdad, la luz de la justicia y el derecho, la luz de la compasión, la luz de la solidaridad, la luz del servicio, la luz de la fraternidad.

No se trata de premios o castigos.

Cielo e infierno no sn cuestiones específicamente postreras. Se deciden mayormente en el aquí y ahora, por la libertad que ejercemos si somos fieles a la verdad, por las tinieblas que nos empeñemos en enarbolar. Todo ha de saberse, y es en cierto modo una cuestión de cosechas. No es tanto el mentado todo vuelve, sino más bien los frutos de las semillas que andamos esparciendo. Todo se cosecha en la existencia.

Más allá de todas estas pobres especulaciones menores, la verdad primordial y fundante es el amor de Dios. Pues todos somos niños pequeños dependientes absolutos de su Misericordia.

Que la luz de la Palabra sea lámpara para nuestros pasos.

Paz y Bien   

María de la Merced, Madre de la liberación












Domingo 25° durante el año

Nuestra Señora de la Merced

Para el día de hoy (24/09/17):  

 
Evangelio según San Mateo 20, 1-16



¿Quien lo hubiera pensado? Sólo en los amorosos sueños insondables de Dios podría suceder.
Ella es apenas una muchachita campesina -una niña- de aldea ignota, una desconocida, una nadie, casi invisible para todos menos para Aquél que la amaba desde toda la eternidad.

Era tal la desmesura de ese Dios enamorado que la trata con una delicadeza inaudita y le pide permiso.
De su Sí dependerá la suerte misma del universo, de su Sí y su confianza se iniciará el camino del regreso a la vida plena, a la vida que no se termina. En las honduras de su ser se crece el Salvador de toda la humanidad, el que recreará a puro amor a toda la creación.
La Salvación tiene un rostro bien definido de mujer.

Ella es la que corre presurosa, madre en ciernes de pies descalzos, allí en donde hay una necesidad, en donde se requiere una mano amiga, un abrazo solidario, un auxilio incondicional.
Ella es la que no se contiene, y canta con voz firme al Dios de Gracia y la bondad que se ofrece a los que no cuentan, a los más pequeños, a los que son como Ella misma, invisibles pero de corazón grande, Dios que es roca firme en sus promesas invariablemente cumplidas, Dios siempre fiel, el Dios que se desvive por los humildes y levanta a los caídos, el que no vacila en derribar a los poderosos de sus tronos, el Dios de la mesa grande siempre dispuesta para los hambrientos.

En la mirada de María de Nazareth adivinamos la mirada de Jesús. En donde está la Madre, encontramos al Hijo, y con Ella, a pesar de todas las cruces más dolorosas, cobijamos pecho adentro lo que aún no comprendemos para que nos germine, para que la verdad se expanda, para que haya fiesta grande allá y aquí por cada cadena que se rompe, fiesta de liberación, esperanza que se reza para que no persista ninguna cautividad.

María al pié de la cruz, María del vino bueno y nuevo que nos anda faltando, María Madre, hermana, amiga, compañera de todos nuestros caminos, María de la Libertad que es menester procurar a cada instante y conquistar a fuerza de servicio y de vidas ofrecidas.

Para ser redentores con el Hijo en un mundo plagado de opresiones.
Para todas mis hermanas y hermanos mercedarios, Feliz día de la Madre.

Paz y Bien

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