José de Nazareth, carpintero de la Buena Noticia












Para el día de hoy (18/12/17)

Evangelio según San Mateo 1, 18-24






A veces lo pasamos por alto, pero las señales están allí, evidentes. Inclusive aún cuando puedan suponerse esponsales convenidos, tal la costumbre y la cultura de su tiempo, por los padres de ambos.

Lo importante es que ellos, José y María, se amaban.

A partir de allí una perspectiva distinta se nos revela. Desde ese amor los vemos como dos jóvenes de sueños en común, de una vida entera juntos, de familia edificada, la bendición de los hijos. Un matrimonio que proyectan frondoso a pesar de las dificultades y la pobreza.

Desde ese amor, las dudas que le surgen a José de Nazareth son muy diferentes a preocupaciones legalistas respecto de una problemática de índole sexual.

El amor nos hace abrir bien los ojos ante quien amamos y ante nosotros, lo que en verdad somos.

Ese extraño embarazo de su mujer, apenas comprometidos y sin convivir, desestabiliza y angustia a José de Nazareth, más no por alguna confusión acerca de María, sino porque se enciende de temores acerca de sí mismo.
En la vida, en el cuerpo de esa muchacha que ama acontece el plan de Dios, y José de Nazareth, aún siendo descendiente de reyes, se descubre menor, pequeño, totalmente ajeno. Por eso duda, por eso se quiere ir sin infamarla bajo la soberanía de leyes crueles y duras, por eso el abandono de todos los sueños de una vida juntos significan, entonces, no un quebranto de confianza para con la joven y amada esposa sino más bien un repudio de sí mismo. Él nada tiene que hacer allí.

Simbólicamente, los sueños son el ámbito en donde se comunican verdades de Dios que la razón, por sus propias limitaciones, no puede asimilar en la vigilia.
En los sueños del carpintero un Mensajero disipa sus dudas, porque en este tiempo nuevo que amanece no hay lugar para el temor, menos aún sabiendo que Dios está con nosotros.

Por eso nunca, jamás, hay que dejar de soñar.

Con el corazón firme, ese carpintero judío se transforma en alguien fundamental. No es solamente un artesano de aldea ignota, un trabajador más de la Galilea de la periferia en donde nunca pasa nada.

José de Nazareth es José de la Buena Noticia.
Por su intervención decidida, el Niño que ha de nacer tendrá padre, madre, abuelos, un cordón umbilical que lo vincula a la historia familiar, a las raíces de su pueblo, a las profecías prometidas. Sin él, ese Niño sólo sería uno más entre tantos bastardos sin orígenes ni destino -un guacho, diríamos por estas latitudes-, librado a una suerte escasa, a ser nadie, a la infamia constante, sin un padre que lo proteja y lo eduque.

Dotar a un hijo de un nombre es importantísimo. Aún cuando en esto en tiempos actuales esté limitado a ciertas modas o tendencias, un nombre revela personalidad y vocación.
José de Nazareth nombrará a ese hijo que es suyo también Yehoshua , Jesús, Dios Salva.

Padre con todas las letras y con mayúsculas, José de Nazareth cuidará la vida en ciernes de ese Bebé Santo que está llegando en asombrosa bendición a la vida compartida y nueva con la mujer que ama, María de Nazareth.
José de Nazareth, con entera confianza e insondable ternura, llamará a su Dios hijito, y su Salvador lo llamará a él abbá, papá, y en esa certeza aprendida desde tan temprano, Cristo revelará el rostro entrañable de Dios a las gentes de ese modo, Abbá de todos, tan cercano y comprometido desde las entrañas, Dios que se hace pequeño junto a los pequeños, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Dios, al rescate de su pueblo









Tercer Domingo de Adviento - Domingo de Gaudete

Para el día de hoy (17/12/17)

Evangelio según San Juan 1, 6-8. 19-28









En los tiempos antiguos de Israel, cuando todavía no se había desarrollado la nación judía, la identidad propia se resguardaba en el clan, familia amplia con vínculos arraigados a la tierra, a la fé y principalmente, a la reciprocidad. La reciprocidad era la posibilidad de supervivencia en un ambiente duro en su geografía y a menudo hostil por la violencia, una violencia que se expresaba en guerras e invasiones constantes, en esclavitud y en especial en la injusticia flagrante para con los pobres.
En ese ambiente tribal/familiar surge una figura que será clave, y que con el correr de los siglos su impronta quedará en la memoria de Israel: el Go'El.

El Go'El era un varón de la familia, ligado por vínculos de sangre y de afectos que tenía una misión específica, y que es la de utilizar todos sus bienes y su fuerza para proteger y socorrer a los parientes más débiles y necesitados, a aquellos que corren el riesgo de perder sus tierras y por ello emprender el camino del exilio, a aquellos que a causa de deudas o guerras son pasibles de caer en manos extrañas, vendidos como esclavos. Por esto último, también el término Go'El suele traducirse como redentor de cautivos, garante de la libertad, y luego de las catástrofes sufridas a manos de varios invasores -destierro, cautividad, un cúmulo de pesares- el pueblo judío comenzó sabiamente a identificar a Dios como el Go'El que vendría personalmente a rescatar a su pueblo.

En esta institución, quizás poco conocida pero tan relevante, había una acción simbólica para la renuncia al goelato, y era el gesto de quitarse las sandalias. Este gesto implicaba transferir el derecho y el deber de Go'El a otro pariente más fuerte, por razones de la propia debilidad asumida.

Por todo esto, la mención de Juan el Bautista de reconocerse indigno de desatar las correas de las sandalias de Aquél que ha de venir es importantísimo: de esa manera, Juan declara -y sus oyentes lo comprenden desde la raíz de sus afectos- que el Mesías, el Cristo que ha de venir es el Go'El de Dios, el redentor de su pueblo, el que viene para rescatar a los oprimidos y a los más débiles de la familia con fuerza de liberación.

Juan deslumbra en su integridad y es enorme en su humildad: jamás asumiría para sí algo que no le corresponde. Él sólo es una voz de aviso, anuncio esperanzador de quien está llegando, de quien ya está en medio de las gentes aunque aún no lo reconozcan, toda una vocación misionera.

Cristo es el Go'El de su familia, una familia que no se establece por lazos de sangre sino por los vínculos perennes del Espíritu, familia y pueblo de fé, de los que están unidos a Él por la confianza.

Nos está naciendo nuestra liberación, Dios mismo al rescate de su pueblo, y todas las alegrías han de celebrarse.

Paz y Bien

Adviento, profecía y preconceptos












Para el día de hoy (16/12/17)

Evangelio según San Mateo 17, 10-13







Ellos habían estado en la cumbre del monte Tabor y presenciaron asombrados la Transfiguración del Señor, su Maestro resplandeciente conversando con Moisés -la Ley- y con Elías -los profetas-. Cuando descendían del monte, se sintieron compelidos a preguntarle acerca de cierta tesis firmemente establecida por los escribas -la ortodoxia religiosa- la cual determinaba que previamente a la llegada del Mesías anunciado y esperado, el profeta Elías regresaría a poner en orden las cosas, a restablecer los vínculos familiares, a allanar los senderos extraviados, y ese regreso implicaría a su vez que Elías sería fedatario del Mesías auténtico.
Obviamente, sin un Elías reconocido, cualquier Mesías que se arrogase ese título habría de despreciarse y rechazarse sin más trámite.

Ahora bien, esos hombres doctos habían determinado que el regreso de Elías iba a ser espectacular, envuelto en descollantes apariciones de fuego y luces, sin darse cuenta que con ese preconcepto fijo olvidaban de manera expresa la misión del profeta, que era precisamente allanar los caminos del Señor, la reconciliación de padres con hijos, el fortalecimiento de las familias, la conversión.
En consecuencia, no sólo rechazarían al verdadero espíritu profético en cuanto se hiciera presente, sino que aunque la presencia del Mesías fuera evidente, incuestionable, ellos también le rechazarían con la violencia propia de aquellos que se han enceguecido de poder y soberbia.

Jesús de Nazareth les abre la mirada a una verdad que estaba allí, tan evidente como un amanecer. Elías ya había regresado, y se identificaba con el Bautista. Juan era el signo cierto de que el plan de Dios continuaba fiel a las promesas, y por su ceguera optada, ellos lo execrarían con la misma virulencia con que rechazarían a Cristo.

Adviento es tiempo de cambios. Adviento, más que obligación, es un regalo inmenso de luminosidad, y sólo puede responderse cabalmente a esa invitación bondadosa con una conversión efectiva, convergiendo en cuerpo y alma hacia ese Cristo que llega ante nuestra mirada atenta.

Las señales están allí, a la vista de todos los pueblos, al alcance de cada corazón que se ha liberado de todo lo que perece, de los filtros autoimpuestos, de la inmovilidad de ciertas creencias, porque nos nace un Salvador y es menester estar con los ojos bien abiertos.

Paz y Bien

Dios asume nuestras miserias y limitaciones












Para el día de hoy (15/12/17): 

Evangelio según San Mateo 11, 16-19







Tener presente el contexto en donde el Maestro predica siempre ayuda a la reflexión, a la meditación: Él se dirige a la multitud pero no habla de esas gentes, habla de terceros, habla de la dirigencia religiosa, de la élite de escribas y fariseos que le perseguían con encono.

Esos hombres, profundamente religiosos, son profusos dispensadores de críticas despiadadas. Rechazan con el mismo encono tanto al Bautista como al Maestro, y no vacilan en difamarles, creyendo que así serían eficaces en la destrucción de aquellos que edifican como enemigos.
La enorme integridad del Bautista los pone en evidencia, y es una constante: la luz de los hombres probos y santos hace destacar las sombras que sobreabundan en las almas ajenas por simple contraposición. Por eso mismo, se valen de su austeridad, de su vida solitaria en el desierto para vindicarlo como un loco desquiciado que es menester evitar.
La realidad indica otra cosa más grave: el llamado a la conversión que hace Juan, necesariamente aleja al pueblo de la mediación institucional que se afinca en Jerusalem, precisamente en esos hombres cuyo poder e influencia dominante se vé amenazada.

Por otro lado, el joven rabbí galileo, de mirada amable y palabras de misericordia, que no discrimina a los que habitualmente se excluye y desprecia, que gusta compartir el pan y el vino con los demás como símbolo y anticipación del ágape de Dios, es tildado como glotón y borracho.
Este Cristo derriba los terribles esquemas de impureza ritual que apisonan corazones y esperanzas, y abre mentes y almas a un vínculo cordial y confiado con un Dios cuyo rostro es el de un Padre, y no el de un verdugo severo y vengativo.

En los dos casos, parecería subyacer una actitud caprichosa por parte de esos hombres, un carácter pueril que nada tiene de transparente. Lo que en verdad esconden es que tanto el Bautista como Jesús son graves amenazas a su propio poder.

Así el Maestro se descubre e identifica como Hijo del Hombre: ello tiene una trascendencia enorme. Implica que la fidelidad a su misión, al proyecto del Padre, conduce a una humanización plena de todos los hijos, sin desmedros ni condiciones, Dios que asume nuestras miserias y limitaciones.

La sabiduría de Dios irá revelando en cada gesto de Cristo el sagrado plan de Dios, plan de amor y Salvación, de fidelidad hasta el fin, la Buena Noticia de nuestra liberación.

Paz y Bien


La tierra prometida de la Gracia











Para el día de hoy (14/12/17): 

Evangelio según San Mateo 11, 11-15






En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, el pueblo judío vivía ansioso de una liberación que antaño se les había prometido y parecía demorarse, un compromiso de parte de su Dios anunciado por antiguos profetas, especialmente Elías, quien regresaría para restaurar la nación judía en libertad y vínculo indisoluble con su Dios.

Por esas cuestiones y por una realidad agobiante, el surgimiento del profeta Juan, Bautista a orillas del Jordán vuelve a encender las esperanzas adormecidas del pueblo. Sin dudas, no era fácil escuchar al recio profeta del desierto: su llamado a la conversión, al regreso a una vida virtuosa en Dios se nutría de un lenguaje duro, pleno de imágenes que referían a ese Dios como un juez severo, implacable, vengador.
Aún así, la santa integridad del Bautista era aire fresco para tantas almas agobiadas, que lo escuchaban con agrado y atención, porque preparaba la inminente llegaba del Mesías que todos esperaban.

Acerca de Juan, el Maestro no ahorra elogios, pues ante la multitud, el Maestro declara sin ambages que el Bautista es el más grande de entre los nacidos de mujer.
La afirmación estremece: Juan el Bautista es, a los ojos de Cristo, más grande que Abraham, que Moisés, que todos los profetas, que cualquier ser humano. Pero a su vez, una aparente contradicción ensombrece lo que proclama: el Bautista es el más grande, más sin embargo el más pequeño del Reino de los Cielos es mayor a él.

No se trata de un juego de palabras.
Juan, como un inclaudicable Moisés para su pueblo, endereza senderos y allana los caminos para el encuentro de los corazones con el Salvador. Y al igual que Moisés, conducirá al pueblo por el desierto por la dura huella de la conversión, del dejar atrás lo que perece, y los hará arribar a la tierra prometida. Pero él, cumplida su misión, dejará a las gentes seguir y no irá un paso más.
Juan es una bisagra de la historia de la Salvación, un hito en los tiempos de la fé, y por eso mismo los que vendrán después serán mayores a él no por méritos acumulados, sino por la Salvación que los rescata, el Evangelio que se hace tiempo.

Los profetas inclaudicables como el Bautista nos conducen a la tierra prometida de la Gracia, del nuevo bautismo definitivo en donde renacemos al amor infinito de Dios.

Paz y Bien

Cristo, nuestro alivio y nuestro descanso













Para el día de hoy (13/12/17) 

Evangelio según San Mateo 11, 28-30







Desde hace cientos de años se conoce el uso del yugo, aún con los avances tecnológicos en el campo de la agroganadería. Se lo utiliza desde tiempo inmemorial para uncir los bueyes en tanto que bestias de carga: como animales de gran fuerza, se aprovechaba su potencia manteniéndolos férreamente juntos, obedientes a los tironeos de las riendas, tanto para el transporte como para el arado. Ello se lograba mecánicamente, mediante el gran peso de ese yugo que doblegaba la cerviz de los bueyes, impidiendo que siguieran otra huella que la indicada.

Pero también, los oyentes del Maestro comprendían el significado simbólico del yugo: sus vidas en la Palestina del siglo I estaban doblegadas por múltiples yugos, todos gravosos, todos agobiantes. El yugo de una vida de trabajo de sol a sol para apenas sobrevivir al borde de la miseria. El yugo de los tributos intolerables que habían de pagar a los tiranos de turno. El yugo de la humillación permanente a los que estaban sometidos por un imperio que los ninguneaba y los tenía por poca cosa, imbéciles fáciles de atropellar. El yugo religioso que les imponían hombres severos, una multiplicidad de preceptos imposibles de cumplir -la norma por la norma misma-, una fé que incluía a unos pocos y excluía a la gran mayoría en talante de castigo, consecuencia directa de un Dios al que se suponía vengador y rencoroso, ávido a la hora de las penas.

Los yugos persisten con su carga inhumana, doblegando existencia y corazones, y con el correr de los siglos hubo esmero en el perfeccionamiento de su eficacia.

Por todo ello, las palabras del Maestro suenan a música nueva, distinta, un desafío fraterno, una batalla justiciera sin lastimados, pues no viene a suplantar normas o estructuras, aún cuando éstas pudieran ser mejores que las anteriores.
La novedad, la grande y buena novedad está en Alguien, no en algo. La liberación de todas las cadenas, el alivio y el descanso de toda opresión se encuentra en Jesús de Nazareth, viviendo como Él vivía, amando como Él amaba.

Hemos de desaprender tantas cosas... Es menester volver a aprender de Cristo, de su corazón sagrado, de sus entrañas de misericordia, que desde la mansedumbre y la humildad todo cambia y todo comienza, pues así el Dios del universo se afinca en las almas, vida infinita en expansión.

Manso y humilde como un Niño, frágil como todos y cada uno de nosotros, hermano y Señor eterno.

Paz y Bien 

Guadalupe, Madre del Sol entre nosotros













Nuestra Señora de Guadalupe - Patrona de Latinoamérica

Para el día de hoy (12/12/17): 

Evangelio según San Lucas 1, 39-48






Éramos apenas los arrabales de la periferia imperial; en la extraña y dura mixtura de pueblos milenarios y conquistadores violentos, la Patria Grande aún no había llegado siquiera a la estatura de sueño compartido.

Pero aún así, Ella estaba. Y donde está la madre, está el Hijo.

Totalmente mujer, con la vida en ciernes, siempre dispuesta al auxilio, jamás demorando el socorro a los necesitados.
Una tilma increíble es señal perfecta: sus ojos bajos están inclinados hacia los hijos más pequeños, los que no cuentan, los despreciados, los ignorados, los que te reconocen y te saben cercana, tan nuestra y tan de Dios, canción magnífica de liberación de un Dios de Amor que es un Padre que nos ama y una Madre que nos cuida.

Cuando tus pies descalzos caminan esos cerros de soledad y abandono, la vida adormecida salta y festeja la presencia en tu corazón manso, de ese Dios que siempre cumple sus promesas, que derriba a los poderosos, que escucha a los oprimidos y sostiene a los humildes.

No hablaremos de polémicas, ni nos sumergiremos en intrincadas apologéticas. Ni de la contraposición de diosa nahuatl y Theotokos, ni del enfrentamiento de ideologías substanciosas y puntillosidades vaticanas. Nada de eso.
Sólo diremos que se trata de una cuestión de Madre, una cordial razón de amores y con eso nos basta, y por eso vivimos, y en esa causa nuestros pueblos caminan en tu esperanza.

Paz y Bien

El perdón que levanta y restaura











Para el día de hoy (11/12/17): 

Evangelio según San Lucas 5, 17-26







El Maestro se encuentra en Cafarnaúm, seguramente en la vivienda familiar de Simón Pedro. De niño su casa ha sido la de José de Nazareth: ahora su hogar se halla en casa de amigos, allí en donde se lo recibe con el corazón.
La casa del Señor es la casa de sus amigos.

Cafarnaúm se encuentra a orillas del mar de Galilea, y es una importante ciudad fronteriza que posee una nutrida actividad comercial. A menudo los habitantes de este lado se confunden con los de la otra orilla, extranjeros y paganos, y en gran medida por ello, es una zona -como toda Galilea- bajo constante sospecha de heterodoxia y menoscabo, por el contacto habitual con el extraño, con el impuro.

La fama del Maestro se acrecentaba día a día. Las gentes se agolpaban allí donde le encontraban, pero también, severos auditores, llegan fariseos y doctores de la Ley con la intención de detectar cualquier atisbo de desvío de la doctrina religiosa oficial que ellos representan y detentan.
Esa religiosidad, a su vez, considera al enfermo -cualquiera sea la patología que padece- un pecador y un impuro, de impureza ritual contagiosa.

Las gentes y los censores se agolpan, y hay varios que no pueden llegar a la presencia de ese Cristo en el que confían, que sana, que restaura, que inaugura un tiempo nuevo de perdón, de amor de Dios.

Un hombre se encuentra paralizado, parálisis por los miembros que no le responden, parálisis por un alma resignada, doblegada por una doctrina inhumana. Su fé se diluye en la desesperanza, pero unos amigos se movilizan por ese hombre inmóvil. Ellos toman una maravillosa iniciativa, aún cuando por el simple hecho de portar las angarillas ellos mismos se convierten en impuros como el doliente, pero aún así no bajan los brazos.
Hasta se animan a lo impensado: abren un boquete en el techo y con sogas hacen descender la camilla hasta la presencia del Maestro, con todos los riesgos que ello implica.

El Señor sana y salva, y esas acciones son dos caras del único amor de Dios. El pecado que restaura, que levanta, ternura que libera y que pone las cosas en su lugar, aunque las almas serias mascullen blasfemias varias o impugnen gestos de Salvación.

Quiera Dios que así sea la Iglesia, un recinto amplio, familiar y hogareño en donde muchos ingresan por las puertas abiertas. Otros por las ventanas. Otros, por asombrosos boquetes en los techos, hombres y mujeres de fé que asumen el dolor del hermano para llevar a la verdadera presencia de Cristo a los que sufren, a los que han sido olvidados o descartados por un férreo sistema que anula corazones.
Porque en esta casa grande todos han de ser recibidos con alegría, sin importar el modo en que han ingresado.

Paz y Bien

Un tiempo grávido de eternidad














Segundo Domingo de Adviento

Para el día de hoy (10/12/17) 

Evangelio según San Marcos 1, 1-8





La lectura que nos brinda la liturgia para el día de hoy nos sumerge de ello y desde su inicio en un nuevo comienzo con colores de novedad y encendido de bondad. Hay una novedad que no puede, de ningún modo, soslayarse. El tiempo no es ya una serie de eventos concatenados a veces de manera azarosa, a veces con una tinción repetitiva y gravosamente ineludible, y doloroso de tan abstracto. El tiempo que se inaugura es un tiempo personalísimo, signado por Alguien, Jesús de Nazareth, totalmente humano, totalmente Dios, a quienes los que se aferraban a las antiguas promesas aguardaban como Salvador.

Es un tiempo sagrado, y se inicia con un hombre extraño. Extraño porque rompe los moldes esperados.
Extraño -y por ello sonreímos desde las entrañas- pues es un hombre santamente inadaptado en su integridad que tanto nos alienta.
Ese hombre, como todos los profetas, tiene una mirada profunda, capaz de atravesar los velos de la historia. Sabe mirar y ver que en las honduras de lo cotidiano se está gestando la plenitud de su mismo Dios, tiempo grávido de eternidad, y no puede por ello callarse ni permanecer como un mero espectador.
Juan, hijo de Zacarías e Isabel, impulsado por el Espíritu que todo empuja, se hace manos de un Dios alfarero que moldea nuevamente una vida que se apagaba en un barro sin destino.

Juan es del desierto, que para su pueblo es símbolo de camino de liberación, de comunión con Dios, de peregrinar esperanzado a pesar de las arenas yertas. No es hombre de templos ni de palacios ni de poderes y riquezas: en santa ilógica, esclavo de la verdad que lo enciende en su corazón, es tan libre en su honestidad que demuele toda corrupción tanto como la luz, por su sola presencia, desaloja las sombras. Para tanto corazón agobiado, es agua fresca. Para tantas almas habituadas a que toda noticia sea lúgubre en su angostura, Juan significa que hay otra posibilidad, que hay una novedad que además es bondadosa.

Desde el desierto mismo comienza el alba de la Buena Noticia. Ello es irreductible en su férrea esperanza, pues proclama que todo es posible, que todo vá a cambiar, que contrariamente a lo que el mundo produce y afirma, la historia se edifica desde las mujeres y los niños, desde un Niño santo que será todo para todos y por el que vale la pena seguir insistiendo en la confianza en un Dios que jamás abandona a los suyos, y que siempre paga con creces lo que promete.

Paz y Bien

La inmensa autoridad de la compasión












Para el día de hoy (09/12/17) 

Evangelio según San Mateo 9, 35 - 10, 1. 6-8








Salir, salir de todo encierro, pero muy especialmente salir de sí mismo e ir al encuentro del otro. De eso se trata la misión porque la misión es sinónimo de amor.
Toda la vida de Jesús de Nazareth es un ir constante en búsqueda de los demás, allí en donde acontece lo cotidiano, en donde la gente se reune a rezar, en donde trabaja, en donde viven. Pero con especial afán Él vá hacia donde se encuentran los que ya no pueden más, los olvidados, los descartados de la vida, los que agonizan tantas veces en silencio.

Todavía no lo hemos encarnado como distingo principal de esta familia suya que somos, la Iglesia. A menudo seguimos empecinados en esperar que el prójimo se aparezca a nuestras puertas, cuando en verdad al prójimo se lo edifica y reconoce desde la caridad. Peor aún, nos blindamos de muros, puertas cerradas y ventanas opacas, esos exclusivismos acotados de una Iglesia rápida para la sanción de todas las heterodoxias, pero escasa a la hora de prodigar misericordia y bondad sin distinción ni fronteras.

Por ese carácter que es su identidad única, a los discípulos de aquel entonces y los de todas las épocas de la historia el Señor les ha conferido autoridad, una autoridad que emana de su propio poder. Esa autoridad no se condice con los criterios mundanos de dominio, de mandar a los demás, de ordenar y ejercer el poder sobre el hermano y sobre los que se ha confiado su cuidado.

Esta autoridad es única: se trata de encarnar la compasión en todo tiempo y lugar, sin importar las consecuencias, con generosa cordialidad, levantando al caído, socorriendo al enfermo, celebrando cada brote de justicia y liberación en donde acontezca.

Porque desde el Evangelio, no hay otro poder auténtico que el del servicio, en la asombrosa sintonía de la Gracia.

Paz y Bien

Inmaculada, toda de Dios, toda nuestra











Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/12/17) 

Evangelio según San Lucas 1, 26-38





A veces producto de un afecto incontenible, a veces por una religiosidad escindida de la realidad de la Buena Noticia, a la Virgen María gustamos elevarla a la altura imponente de altares ubicados en portentosos templos, y revestir las imágenes que la recuerdan con lujosos ropajes y con cara joyería, coronas ajenas a la sencillez del Evangelio.

En el día en que celebramos la Inmaculada Concepción de la Virgen María hemos de esforzarnos por reencontrarnos con esa mujer que es toda de Dios y toda nuestra, la que es feliz por haber dicho Sí al amor de Dios, bienaventurada porque ese Dios ha puesto su bondad y su mirada sobre su enorme pequeñez.

Nombrar a María de Nazareth es decir muchachita judía -casi una niña- de aldea ignota, en donde nada sucede y de donde nada se espera, y que contrariamente a la lógica del mundo, con Ella Dios transforma la vida y la historia desde los más pequeños, los que no cuentan.

Es aceptar comunicar la vida de un Dios que se hace presente amorosamente en la existencia cotidiana: por ese Sí el universo entero se detiene, contiene el aliento y se transforma, pues en el corazón de esa muchacha se decide la vida misma.

Celebrar a María Inmaculada es confiar que desde lo que casi ni se vé, desde lo que no tiene relevancia, desde lo que es insignificante, un Dios que es Padre y que revela por esa mujer su rostro maternal interviene en la historia humana de un modo extraño, asombroso, definitivo.

Dios exalta a los pequeños.

La felicidad no se encuentra en los palacios, en las arcas de los ricos, en el brazo armado de los poderosos. La vida se abre paso, silenciosa y humilde, desde la tierra sin mal de una jovencita de embarazo sospechoso que, no obstante, sigue adelante cobijando en su cuerpo y en su alma la vida que se le crece en su interior.

María de Nazareth es Santa María del Adviento porque Dios siempre está llegándose a nuestras vidas respetuoso y sin imposiciones, porque la esperanza es un tesoro incalculable, puerto seguro de arribo, y que la Palabra, cuando se la escucha con atención y se la hace germinar, hace presente la Salvación en nuestras existencias, un Dios que se hace vecino, pariente, hermano, amigo, hijo amado en las entrañas del tiempo.

Paz y Bien

Edificadores de la existencia











Para el día de hoy (07/12/17) 

Evangelio según San Mateo 7, 21. 24-27





Más allá de cualquier experticia o de capacidades propias de los oficios, la parábola nos vindica a todos y cada uno de nosotros como edificadores, constructores de nuestras existencias.

La solidez y firmeza de esto que edificamos no pasa por la firmeza de sus vigas o la belleza de su cielorraso. Invariablemente, la solidez del hogar que llamamos corazón pasa por sus cimientos, asentados sobre roca firme.
Y la roca firme es el amor de Dios que se nos revela en Jesús de Nazareth, en su Palabra de Vida que es Palabra Viva.

Esa certeza de amor infinito e incondicional es el sustento primordial y clave de todo destino. Frente a esa generosidad inconmensurable, la única respuesta veraz es la gratitud y la alegría, pues ese amor es más fuerte que la más brava de las tormentas y la más fiera de las catástrofes.

Los edificadores que son así de fieles no andan diciendo Señor! Señor! con palabras vacuas y sin corazón. Los edificadores -obreros del Reino- no se aferran a espectáculos milagreros, a exterioridades religiosas que se presumen sagradas, sino que suelen ser esforzados y silentes trabajadores. Casi ni se los vé ni se los escucha, pero sin su sal y sin su luz la vida se apagaría sin trascendencia.

Los edificadores son servidores humildes y eficaces del Reino, de su propia existencia que -saben bien- es don y misterio, y que se enriquece cuando se comparte y se hace fraterna, Palabra de Dios que se encarna en la historia, en los días, en cada instante.

Paz y Bien

Niño de pan











Para el día de hoy (06/12/17) 

Evangelio según San Mateo 15, 29-37






Esta lectura que nos regala la liturgia para el día de hoy nos ofrece signos y símbolos que no podemos pasar por alto.
Ante todo, en esta oportunidad se trata de una multitud de indeseables a la mirada de la estricta doctrina de escribas y fariseos: son miles de extranjeros y paganos, pues todos ellos, en gratitud al bien que reciben del Maestro, alaban al Dios de Israel, es decir, hablan de un Dios ajeno, que no le es propio. Y además, entre todos ellos llevan a los que serían dejados de lado por impuros o defenestrados, los enfermos y dolientes, los que no pueden andar, los que han perdido la capacidad de mirar y ver, los que han sido reducidos al silencio y están imposibilitados de comunicarse.

Las preocupaciónes de Jesús de Nazareth asoman asombrosamente seculares, desprovistas de rigores cultuales. Está decididamente avocado, inclinado hacia donde está el sufrimiento, hacia donde la humanidad se halla menoscabada y lesionada, hambrienta, desfalleciente. Esa preocupación no es cosa de espectadores, sino que este Cristo se zambulle por entero en esos mares del dolor, sin hundirse en los problemas aparentes, y esa tenacidad en levantar y restaurar esos cuerpos doblegados, esos corazones angostados es la señal exacta del amor infinito de Dios que se encarna para que la humanidad sea plena, para que la humanidad se divinice, el camino humilde y tenaz de la Gracia.

Pero no es tarea solitaria del Maestro. Los suyos, los que le siguen, los que son parte de su familia -todos nosotros- tienen una tarea impostergable, la de entremezclarse entre las multitudes con talante, acciones y corazón de servidores, con la sencillez de quien sirve la mesa a la que otros se han sentado a comer.

Más estos servidores han de ser derrochones, poco prudentes en llevar a las gentes hambrientas que languidecen la Gracia de Dios, porque esa bendición recrea y renueva y es tan inconmensurable que todos se sacian y aún habrá más para los que todavía no han llegado.

Nunca hay que reservarse ni retacear el amor de Dios. Viene un Niño de pan que será todo en todos.

Paz y Bien

Adviento, tiempo de humildes y sencillos











Para el día de hoy (05/12/17) 

Evangelio según San Lucas 10, 21-24

 



Jesús de Nazareth se estremece y alaba al Dios del universo al darse cuenta que ese Dios se revela en todo su esplendor no en los eruditos, en los pretendidamente sabios, en los notables, sino en los pequeños, y con ellos se identifica.

Hemos de señalar que aquí los pequeños no son los niños, si bien tienen la bondad de Dios en ellos. La contraposición no es adulto/pequeño o niño, sino más bien sabios/pequeños. Así entonces los pequeños son los que carecen de notoriedad, de habilidades dialécticas, de formación religiosa, y que quizás no se expresen con facilidad, esos mismos que sólo tienen su humanidad, en sencillez y en humildad.

En esa sencillez y en esa humildad acontece el encuentro cierto y profundo con el Dios de la Vida que se hace como ellos, se hace hombre, se hace historia, se hace tan pequeño como un Niño en brazos de su Madre.

Adviento no es solamente una fracción de calendario litúrgico.

Adviento es un regalo insondable para recuperar la senda perdida de la alegría desde la humildad y la sencillez, misterio de bondad y de esperanza para el reencuentro con Dios que revela su rostro afable y generoso, de Padre y Madre que ama a todas sus hijas e hijos.

Paz y Bien

Dios en tu hogar









Para el día de hoy (04/12/17) 

Evangelio según San Mateo 8, 5-11






Un centurión es oficial de cierta relevancia dentro de la estructura militar romana, como comandante de sección dentro de una legión. Por origen, es un pagano que rinde culto a múltiples dioses extraños.
Como legionario, es emblema de ese imperio que somete, oprime y humilla a la tierra y al pueblo de Israel, y con esas dos condiciones es un odiado indeseable al que hay que evitar, y con el que nadie en su sano juicio cruzaría ninguna palabra excepto que esté obligado por la fuerza.

Este centurión, aún sabiendo el rechazo que provoca en todos los judíos, se atreve a dirigirse al rabbí galileo para rogar su auxilio para con un sirviente suyo, postrado por una parálisis. Ese hombre confía en ese Jesús que pasa por Cafarnaúm, en donde solía hospedarse, y es esa confianza en conjunción con el amor infinito de Dios la que obra milagros.
Porque ese hombre, a pesar de ser un experto en sus armas y estar acostumbrado a ser obedecido, es humilde. La humildad es la justa medida de todas las cosas, y sabe en las honduras de su corazón el abismo que hay entre él mismo y ese Cristo al que se dirige. Él se sabe indigno de recibir al Maestro en su casa, pero confía en Él, y le basta su Palabra.
Por eso su corazón será el hogar de esa Palabra que es vida nueva, y su confianza es un ejemplo de fé tan grande que es reconocido con alegría por Jesús, y nosotros hoy, veinte siglos después, seguimos repitiendo sus palabras confiados en cada Eucaristía.

El Adviento es un regalo infinito que se nos ofrece para recuperarnos y restaurarnos desde la fé y revestidos de humildad, a pesar de que -lo sabemos- no somos dignos de la visita de Cristo a nuestras vidas, que se llega con la pequeñez asombrosa de un Bebé Santo, Palabra encarnada que acampa en nuestros días.

Paz y Bien

Adviento, el protagonismo de un Dios que viene




Domingo Primero de Adviento

Para el día de hoy (03/12/17)

Evangelio según San Marcos 13, 33-37






La liturgia de la Iglesia nos brinda, a partir de hoy, un tiempo santo de preparación de la existencia con la hermosa certeza de que Cristo llega nuestras vidas.

El Adviento tiene una fecha precisa para la visita de Dios.Y cuando tiene a su casa invitados importantes, prepara su hogar cuidando cada detalle; no es una fecha ni una ocasión más, sino recibir a Aquel que es todo para cada uno de nosotros.
Frente a momentos así, prima el amor antes que la eficiencia. Se barren patios cordiales, se engalana el alma con talante de mansa fiesta, se tiende la mesa de los hermanos, se encienden los fuegos de la hospitalidad.

En Adviento otro gallo canta, y no es el que notifica traiciones: es el grato gallito que nos despabila de todos los sopores del mundo. Porque Cristo viene, y es menester estar despiertos y dispuestos. Otra historia y otro tiempo son posibles con Él a su lado.
 
En cierto, toda la vida es un Adviento, pues el Señor siempre está llegando a cada uno de nosotros en la presencia de los más pobres, en cada acto de justicia, en cada gesto de compasión, en cada servicio desinteresado y generoso.

Quizás sea un tiempo especialísimo para restituirnos en solidaridad, en sintonía con un Dios tan pero tan solidario que se ha hecho uno de nosotros, amigo,  trabajador, vecino,un Hijo queridísimo que se adormece en nuestros brazos.

Adviento es ponerse en marcha, atentos y vigilantes, dejando que ese Cristo que llega sea el protagonista de nuestras vidas.

Feliz y santo Adviento para todos.

Paz y Bien


Orar sin cesar, orar sin desmayos










Para el día de hoy (02/12/17): 

Evangelio según San Lucas 21, 34-36







La lectura del día de hoy es la última del año litúrgico: al atardecer de este día recibimos esperanzados la llegada de un nuevo año que se hace presente en la promesa de un Niño Santo, Salvador de todos los pueblos.

En la Palabra el Maestro realiza una invitación que es también una advertencia sobre los peligros de embotarse mente y corazón, los agobios de una cotidianeidad que a menudo nos sobrepasa con sus cargas y miserias, todo un sistema estructurado para la distracción, para la dispersión que en estadios superiores se denomina alienación, la disolución de la propia humanidad.

Tantas sobrecargas que se portan. Tantas víctimas de la propaganda. Tanto sopor asumido desde el egoísmo como paradigma brillante. Tantas ansiedades desbocadas.
El peso de la carga doblega el andar, y así cada paso es infructuoso. La historia, por importante que sea, no es un tesoro experiencial y memorial de lo vivido, sino un pasado que resurge constantemente acosándonos las estabilidades. El futuro se desdibuja por el miedo o las fantasías, y por todo ello, el presente se nos escapa de las manos.

Pero la Buena Noticia, el hoy de la Salvación, siempre es en tiempo presente, tiempo santo de Dios y el hombre.

Es menester entonces andar con el corazón ligero, y el modo es la oración, y la oración en la comunidad creyente, la Iglesia. Sintonía espiritual que fecunda la existencia, es diálogo confiado y familiar, de Padre con los hijos, en donde se dice y, sobre todo, se escucha.

Porque de diversos modos, todos somos peregrinos guiados por la estrella inquieta y amiga de la Gracia, que queremos llegar allí donde se mece nuestra Salvación, en la ternura infinita de un Niño pequeño en brazos de su Madre.


Paz y Bien

Brotes de eternidad






Para el día de hoy (01/12/17) 

Evangelio según San Lucas 21, 29-33







La percepción por los sentidos es limitada, toda vez que está acotada por una corporalidad que es finita, y que al mismo tiempo depende de un cerebro del cual utilizamos sólo una pequeña fracción de su potencialidad.
Propio de los sentidos es el ámbito de los signos: si por un momento suspendemos cualquier intento de trascendencia, podemos afirmar que un signo o una señal -signo/segno/señal- es inequívoco, tal como una flecha que orienta recorridos. Es decir, un signo no refiere a sí mismo sino al objeto que está, claramente, más allá de sí y que no admite demasiadas discusiones ni interpretaciones variadas.
A diferencia de los signos, los símbolos son ventanas que se abren para asomarse a mirar algo que esté más allá de la superficie, y que a menudo depende de quien observe: así entonces los símbolos tendrán un cariz positivo para algunos, negativo para otros y para otros tantos carecerán de sentido y significado.

Pero volviendo a los signos, muchos persistimos -con un superlativo grado de estupidez- en mirar el color del cartel antes que girar a uno u otro lado en la ruta a la que tal señal nos compele, y así chocamos. Los signos están allí, y los dramas suceden porque no se quiere mirar y ver.
Para muchos de nosotros, mujeres y hombres citadinos, la referencia a una higuera no nos resulta tan propia. Pero para un campesino, la aparición de brotes nuevos, las brevas que comienzan a crecerse -y que son promesa de sabrosas frutas- son una señal inequívoca de que el verano está ahí nomás, muy cerca.

Si hay un distingo fundamental en la condición humana, es la capacidad de trascender, de ir más allá de las lógicas limitaciones espacio-temporales a las que su corporalidad y finitud está atada. En cierto modo, es una posibilidad de sumergirse en niveles de profundidad más allá de cualquier apariencia.
Y así, con certeza de labriegos,adentrarnos mar adentro de una realidad mucho más rica que estos tiempos a menudo tan oscuros, pues los signos están allí. Sólo hay que animarse a encender la mirada interior, pues esa realidad es infinita, el tiempo del hombre bendito y fecundado por la eternidad de un Dios que se ha despojado de todo, que se hace historia, que se hace hombre.

En cada gesto de bondad, en cada acción de justicia, en cada paso de compasión, en cada vida que se ofrece generosa para que otro viva hay signos certeros del Reino aquí y ahora.
A pesar de tanto espanto, Dios con nosotros.

La Palabra de Dios es Palabra de Vida pero también Palabra Viva que nos restaura, levanta y sana. La Palabra -Verbo eterno de Dios- acampa entre nosotros, y con un poco de coraje y otro poco de despojo de interés menor, todos -sin excepciones- podemos darnos cuenta de esos brotes nuevos de eternidad.
Porque todo el universo tiende y señala a Cristo.

Paz y Bien

Encuentro con Cristo, realidad que se transforma










San Andrés, apóstol

Para el día de hoy (30/11/17):  

Evangelio según San Mateo 4, 18-22





Ese Cristo caminante por Galilea es una constante que supone mucho más que una mera información geográfica.

Por ubicación y por historia, Galilea y sus habitantes estaban siempre bajo sospecha, cuando no bajo un abierto desprecio. Periférica a la metrópoli de Jerusalem, en varias oportunidades fué ocupada por los invasores de Israel, los que dejaron colonias y huellas culturales en sus poblados. Así entonces, sobre la provincia oscilaba de modo permanente la sombra de la contaminación extranjera, del cumplimiento fallido de la Ley mosaica; por ende, los galileos eran, en el mejor de los casos, ciudadanos de segunda o tercera categoría de los que nada bueno podía esperarse.

Desde la misma periferia, allí en donde nada nuevo ni bueno se infiere ni justifica, en los bordes mismos de la existencia pasa Jesús de Nazareth anunciando la mejor de las noticias, el tiempo nuevo y santo que se crece entre nosotros.
No es un rey conquistador, ni un líder que impone ideologías a base de la fuerza. Es un hombre que pasa a orillas del lago de nuestras vidas, por la costa misma de lo que somos con una invitación que no puede pasarse por alto, y que es muy difícil de rechazar pues Aquél que invita reconoce la propia condición, todo eso que somos y el modo en que somos, y sus inefables ganas de que todo ello se vuelva pleno, total, feliz.

Por eso mismo Simón y Andrés, Santiago y Juan -todos ellos pescadores de oficio- son invitados a seguirle para ser pescadores de hombres.
No se trata del habitual coraje, ataquen. Es ante todo ir con Cristo, quien es el que encabeza la marcha, quien vá por delante. El llamado por pares es también un signo de que el llamado no es individual, que solos no podemos, que se trata de ir con otros para arribar al puerto del nosotros.
Pero no hay un renegar de la propia identidad. Jamás. Se trata de transformar la propia realidad y de trascender/se, de aceptar que esto que somos puede ser eterno, fermento que todo lo cambia.

Los expertos pescadores se transforman -de la mano de Cristo- en pescadores de hombres, en precisos rescatadores de pequeños peces con vida, aquellos que están a la deriva en el embravecido mar de un mundo tan a menudo cruel y sin sentido.

Paz y Bien

En Cristo está nuestro destino, nuestra suerte y nuestra esperanza











Para el día de hoy (29/11/17): 

Evangelio según San Lucas 21, 10-19






Parece un despropósito que acercándonos al tiempo de la ternura y la esperanza, el Adviento, la Iglesia nos ofrezca en la liturgia del día esta lectura con un lenguaje tan violento, que puede descorazonar y hasta atemorizar: en los días precedentes advertía sobre las desgracias que sobrevendrían sobre el Templo y la nación judía, especialmente por apartarse de la paz que Dios les ofrecía en la persona de Jesús de Nazareth. Ahora el Maestro se dirige a sus discípulos y seguidores, con la abrumadora certeza de que serían perseguidos, tratados como delincuentes abyectos, torturados, aniquilados en su honra y dignidad, entregados a los verdugos como malhechores para pagar con su vida crímenes sin nombre.

Esa certeza demuele las seguridades religiosas añoradas por toda comunidad, la calma, la ausencia de conflictos, el transcurrir tranquilo de una vida sin sobresaltos, la agradable piedad de la misa dominical y las fiestas de guardar, las oraciones cotidianas, la devoción sincera.

En cambio, no hay utopía ni tranquilidad en las palabras del Maestro. Él señala con su enseñanza ratificada con su propia sangre que la fidelidad al Evangelio implicará directamente el riesgo de la persecución, de poner en riesgo la propia vida. Quizás por ello la medida de la fidelidad de la Iglesia a la Buena Noticia sea precisamente -aunque nos duela y espante- las persecuciones que sufra por su compromiso indeclinable para con los más pequeños, para con la justicia, para con la paz, para con la honradez, para con la vida defendida y promovida en libertad.

Pero a pesar de todo, de todo ese horror en ciernes, hoy mismo está germinando un futuro venturoso, aunque las urgencias cotidianas nos impidan mirar y ver más allá del dolor.
La clave está en la perserverancia, la tenacidad en permanecer fieles porque de ningún modo quedaremos librados a nuestra suerte incierta.
En Dios está nuestro destino, nuestra suerte, nuestra esperanza.

Paz y Bien

Ámbito sagrado










Para el día de hoy (28/11/17):  

 
Evangelio según San Lucas 21, 5-9





Para la fé de Israel, el Templo era su centro primordial, lugar en el que habitaba su Dios y en el que, mediante el ritual preciso, era posible encontrarse con Él y obtener sus favores. De allí también, en parte, la necesidad de que fuera imponente, magnífico, deslumbrante, un faro dorado que atrajera a toda la nación judía, tanto la Palestina como la de la Diáspora.

Sus mismos discípulos eran totalmente dependientes de esas ideas: el Templo les brindaba certezas y seguridades, aún en esos tiempos en que agobiaba la presión ejercida por el opresor romano, y por tantos que anunciaban tiempos finales. En cierto modo, el Templo les espantaba angustias y les ofrecía un espacio sagrado y trascendente que no podían hallar en el transcurrir diario. De allí el ánimo de hacerle cambiar de ideas a Jesús, comentando las bellezas, la pompa y los lujos evidentes de ese sitio enorme.

La profecía del Maestro los golpea con toda crudeza. Les preanuncia con exactitud que el Templo sería derribado años después, quedando reducido a escombros. De ello se encargarían las legiones de Vespasiano y Tito, aproximadamente por el año 70 dc.
Pero también los previene contra todos aquellos mensajeros falaces de horrores, de tormentas finales, portavoces necios de dioses falsos, embajadores plenipotenciarios de miedos coactivos.

Lo que permanece inalterablemente vivo y vivificante es la Palabra. Todo lo demás -hasta lo mejor cimentado, hasta lo más firme- dominios, imperios, sitios, templos y situaciones, mundos abrumadores y cielos perpetuamente oscuros han de pasar. Más la Palabra permanece.

En el tiempo definitivo de la Gracia, nuestro espacio sagrado es el Corazón de Jesús.

Paz y Bien

La vida que se hace ofrenda










Para el día de hoy (27/11/17) 

Evangelio según San Lucas 21, 1-4




En el Templo de Jerusalem solía haber un río constante de peregrinos llegados de Judea, de Galilea y de la Diáspora. Por entre tanta multitud, es muy complicado poder ubicar a alguien en particular; para la cultura de la época, a una mujer -más allá de su posible atractivo natural- no se le presta demasiada atención, no tiene otra relevancia ni derechos que los que pueda otorgarle el esposo. En el caso de una viuda, no sólo es invisible sino que apenas sobrevive, sumergida en la miseria y dependiente de la caridad de otros. Una viuda está completamente desprotegida.

La legislación preveía un impuesto por el cual todo judío varón debía contribuir al sostenimiento del culto y de los sacerdotes; hemos de recordar cuando Jesús de Nazareth vuelca las mesas de los cambistas, que estaban precisamente allí para proveer monedas aceptadas para el pago del tributo. Además de ello, había en el Templo unas alcancías o cepillos metálicos -los historiadores y exégetas los llaman gazofilacios- con unas bocas anchas en donde pasan los peregrinos, y angosta en el piso inferior del tesoro, que es en donde caen las monedas que libremente depositan allí los asistentes, monedas que han de destinarse a la caridad, es decir, limosna para viudas y huérfanos, una suerte de asistencia social para los que nada tienen.
Algunos echaban allí ingentes sumas, movidos no tanto por la caridad sino por las ganas de figurar, de ser reconocidos, robustos puñados de monedas que provocaban un ruido que no podía soslayarse. Las dos moneditas de una viuda no se escuchan, no tienen relevancia como tampoco la tiene esa mujer que las arroja, y es probable que a su vez esas moneditas sean también el producto de una limosna a ella concedida, para que compre pan, para que sobreviva.

La escena estremece. Entre toda esa gente, sólo Jesús de Nazareth puede ver a quien los demás no miran ni ver, en su real dimensión, en la estatura completa de su corazón.
Esa mujer ha dado más que nadie, porque ha dado su propio sustento y nó lo que le sobra; no se puso a calcular beneficios divinos, intereses de ahorro o el quedar bien frente a los demás. No vaciló en ofrecerse porque hay otros que pasan necesidad, y esa aparente decisión irreflexiva tiene que ver con la desmesura de la Gracia de Dios, con hacer presente el Reino aquí y ahora, con que la compasión transforma toda realidad, por pequeña que aparezca.

Entre nosotros hay muchas viudas así, muchos que hacen de su vida una ofrenda.
Lo que nos sigue faltando es la mirada de Jesús de Nazareth.

Paz y Bien

Cristo, nuestro hermano y nuestro Rey













Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (26/11/17) 

Evangelio según San Mateo 25, 31-46








Las variaciones suceden de acuerdo a las circunstancias históricas y a las diferentes culturas y costumbres nacionales. Sin embargo, hay ciertas constantes que podemos entrever sin demasiadas dificultades en torno al soberano que rija los destinos de un pueblo determinado.

Están los adulones de siempre, los que se postran solamente en el gesto -aplaudidores incansables y seriales- que a menudo esconden la intención de obtener favores del rey. No hay mucho más que les interese en ese trueque encubierto.

No pueden faltar los cortesanos usuales, habitués de un grupo reducido que suele arracimarse en las cercanías del trono, y de ese modo hacen que el rey esté cada vez más lejos de su pueblo.

Otros se limitan a las ceremonias específicas y protocolos reales de momentos puntuales. Pero finalizadas las ocasiones solemnes, vuelven a sus existencias como si nada, y especialmente se dedican a olvidar la soberanía del Rey.

Pero muchos otros, a veces la mayoría del pueblo, no están en los primeros puestos y a veces no saben bien las cosas que deben decir en presencia de su rey, pero al rey lo respetan y veneran, y son de cumplir con los mandatos porque es su deber y porque así no van a andarse con problemas.

Los discípulos de Jesús de Nazareth actúan de manera similar a estos someros ejemplos. Pero más allá de proyectar en Cristo sus ansias y sus frustraciones, persistían obcecados en adjudicarle categorías enteramente mundanas al Reino que Él les revelaba, porque en esos esquemas escondían también sus ambiciones.

Pero Cristo es un rey muy extraño, que rehuye de palacios, pompas y ornas solemnes. El acontecimiento que cambia la historia de la humanidad, su nacimiento, acontece en un refugio de animales por castillo, y por trono los brazos de su Madre, rodeado de una paupérrima corte de pastores cuidadosa y expresamente elegidos.
Es un rey que no encaja en ningún molde, porque reniega del uso de la fuerza -siervo manso de sus hermanos y también de sus enemigos-, que no admite derramar ninguna otra sangre que no sea la propia, que es glorificado en el momento absoluto de la aparente derrota total de la crucifixión, asumiendo en sus hombros lastimados todas las muertes para que no haya más crucificados.

Es que el reino de este Rey no se encamina por canales razonables, lógicos. El dominio de este rey es humilde y pujante en el ámbito de los corazones, un reinado que no se impone, porque su esencia es el amor, y el amor no tiene nada de abstracto ni de ilusorio. Es bien concreto, sanguíneo y eterno a la vez.

Por eso a este rey se lo honra en espíritu y en verdad en cada acción de misericordia, de compasión, de justicia, de solidaridad, soberanía de la esperanza que se crece entre hermanos, territorio definitivo del Resucitado.

Paz y Bien

Entre la conveniencia y la Gracia











Para el día de hoy (25/11/17) 

Evangelio según San Lucas 20, 27-40







El motivo aparente de discusión entre algunos saduceos y Jesús de Nazareth es la llamada Ley de Levirato. Este instituto legal de Israel preveía que si una mujer quedaba viuda sin haber tenido hijos, obligatoriamente debía contraer nuevas nupcias con un hermano del esposo fallecido para perpetuar el linaje -o si se quiere, para que no se pierda el apellido-, y para que las propiedades permanezcan en la familia. El carácter era endogámico, es decir, que presumía no sólo salvaguardar intereses de clan sino también la contaminación extranjera. Si bien el levirato está prescrito en la Torah, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth su observancia, en parte, se había relajado al punto que la obligación se subordinaba al consentimiento de los nuevos contrayentes.

La discusión exegética que le plantean al Maestro tiene por objeto tiene por objeto desacreditarlo, humillarlo en público. El nudo es tan ridículo que es irrelevante, y por ello debemos ahondar en el carácter de esos inquisidores que bajo una pátina respetuosa -lo tratan como un rabbí- en realidad le manifiestan un desprecio que no pueden esconder del todo.
Es que los saduceos representan, mayormente, a una élite noble, laica y de gran poder económico y político, aún cuando notorios saduceos accedan al sumo sacerdocio de Israel, como por ejemplo Anás y su yerno Caifás. Ellos están más que satisfechos con la vida privilegiada que llevan, y que consideran como una bendición divina, y por eso mismo articulan todo un pensamiento teológico alrededor de esa prosperidad floreciente que disfrutan; es decir, establecen principios de fé subordinados a su conveniencia, una conveniencia a la que le dan sustento religiosos y a la que buscan afanosamente prolongar.
Sobre esa realidad de total confort y bienestar sin sobresaltos pretenden una prolongación sin límites: por resultarles tan cómodo el más acá, no hay demasiado interés en el más allá, excepto que este último sea una prolongación consecuente de sus días, en el mismo sentido, una inmortalidad sin trascendencia.
La idea de una humanidad recreada en la Resurrección les resulta inaceptable porque la Resurrección no se adapta a sus limitados esquemas, porque la Resurrección es don y misterio de amor y libertad.

El Dios de Jesús de Nazareth es Dios de la Pascua, de la Vida plena que se teje entre Él y la humanidad a la que ama sin límites ni cansancios. Y la fé ofrecida no es un catálogo de ideas convenientemente ordenadas en provecho propio, sino la unión de la totalidad de la existencia con el Cristo de nuestra Salvación.

Paz y Bien

Casa de oración o tráfico de piedad











Para el día de hoy (24/11/17):  

 
Evangelio según San Lucas 19, 45-48





Él había entrado a Jerusalem, fiel hasta el fin a su vocación, al Reino, a los sueños de su Padre.
En la Ciudad Santa estaba ese Templo enorme y fastuoso, que era el centro espiritual de toda la nación judía, la de Israel y la de la Diáspora. Pero se había encontrado en sus atrios a toda una turba de cambistas de monedas de diverso origen y de comerciantes que vendían animales para los sacrificios que el culto exigía. Eso lo enciende de furia, y comienza a derribar las mesas de los cambistas y a abrir los corrales de los animales, pues habían transformado una casa de oración en una cueva de bandidos, aquello que estaba señalado como espacio sagrado, por puro interés. lo convirtieron en espacio banalmente profano.

Pero el Templo no es sagrado por sí mismo, por la sacralidad de sus construcciones sino más bien por Aquél que lo bendice y habita, Aquél que le otorga trascendencia. Aún así, el problema real radicaba -siempre lo hace- en los corazones de las personas.

Todo ese circo malsano hubo de montarse en beneficio económico de unos pocos, y a su vez respondía a una teología retributiva, es decir, al tira y afloje religioso de las cosas que podemos arrancarle a Dios mediante el cumplimiento estricto de algunas prácticas cultuales específicas, a esa piedad del trueque y las recompensas obtenidas.

La Encarnación es misterio insondable de amor en donde se entrecruzan el tiempo y la eternidad en la persona de Jesús de Nazareth, Dios hecho hombre, uno de nosotros, el más humano de todos. Es don, es oblación incondicional, asombrosamente gratuita.

Ni dos vidas ofrecidas por entero pueden obtener un sólo segundo de eternidad. Es el tiempo de la Gracia, de la desproporción, del amor más allá de todo mérito, y la Pasión refrendará a precio de sangre esa verdad.
El templo verdadero es Cristo, y por Él cada mujer y cada hombre son templos vivos del Dios de la Vida.

Nosotros nos debemos algunos desalojos, abandonar este comercio torpe de recompensas pretendidas y el permitirnos la contradicción de liberar a Dios de esos templos en donde lo hemos encerrado tanto tiempo, para volver a rendirle culto primero en el hermano.

Paz y Bien

El llanto del Señor










Para el día de hoy (23/11/17) 

Evangelio según Lucas 19, 41-44





A pesar de los discípulos que le acompañaban, a pesar de la multitud creciente que solía rodearle, la imagen es sobrecogedora: se trata de un hombre, sólo un hombre frente a la gran ciudad, grande por el Templo, grande por su historia y tradiciones, grande por el hondo significado simbólico para todo Israel.

Jesús de Nazareth es el mejor lector de los signos de los tiempos y es un conocedor profundo de lo que se teje en las honduras de los corazones. El Espíritu que lo impulsa y sostiene le brinda esa claridad única, esa mirada capaz de atravesar toda apariencia y los velos del tiempo. Sabe lo que sucederá algunas décadas después de su Pasión con la Ciudad Santa: las legiones romanas de Vespasiano y de Tito matarán a miles de hijos de Israel -combatientes zelotas o nó-. Otros tantos serán vendidos como esclavos, y no dejarán piedra sobre piedra de ese Templo que es el centro del mundo judío, y condenarán al pueblo a una diáspora que durará muchos siglos, demasiados, pueblo paria sin estado ni nación.
El Maestro es un hijo fiel de su pueblo, lo lleva en los huesos tal como María su Madre y su padre carpintero de Nazareth. Por ello, frente a esa Ciudad derruída en su ojos lejanos, llora sin esconder sus lágrimas.

La que en su nombre lleva su destino -Yerushalayim o Yerushalaim, Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz- será aplastada por la maquinaria infernal e inhumana de la guerra. Porque toda guerra, por más justicia que se enarbole, nos hace descender varios escalones en humanidad.
Y porque la paz no se declama. La paz se edifica día a día, con paciencia, con justicia, con tolerancia. La paz es don para todos aquellos hijos de Dios lo suficientemente inquietos para no acomodarse, para no se espectadores pasivos, para dejar de resignarse a que todo pase.

Y tal vez sea tiempo de darnos cuenta que hemos olvidado como llorar. Llorar en serio, llorar hasta las entrañas, llorar todo lo que haga falta, llorar como Cristo porque nay demasiadas ciudades nuestras que se tragan a sus hijos, que no aceptan bendiciones, que son demasiado hostiles a la vida. y sin ese llanto que nos purifique, las almas seguirán opacas a toda luz que nos recree, y nos vuelve reacios a la conversión.

Paz y Bien

La historia en nuestras manos











Para el día de hoy (22/11/17) 

Evangelio según Lucas 19, 11-28




Algunos de los discípulos se aferraban a la inminencia del establecimiento del Reinado del Mesías; no obstante ello, esa imagen tenía que ver con sus aspiraciones nacionalistas, sus ansias de liberación como nación y, porqué nó, su hambre de poder. Pero en verdad el Reino de Jesús de Nazareth, el Reino de Dios nada tiene que ver con nuestros esquemas mundanos, y ya se asoma humilde entre nosotros, aquí y ahora.

Como una travesía, toda existencia ha de tener un horizonte, un puerto hacia donde arribar. Pues el viaje, el no quedarse es importante, tan importante como no ir a los tumbos, sin brújula, y librados a los caprichos malos de cualquier temporal.

El regreso cierto del Señor es nuestro horizonte, el que ratifica nuestra esperanza, el que sustenta nuestros andares, el que nos acrisola el carácter.
Ese horizonte estará siempre, aún cuando muchos bienintencionados pretendan adelantarse con mensajes contrarios, arrogándose a veces una corona aurífera que en realidad es de espinas y de humildad absoluta, de silencio y sobre todo de confianza.

Hasta que Él vuelva. Ya está regresando, y reinará desde el trono de cada corazón, porque es un Rey que rehuye del poder y de los palacios, un rey muy extraño de confianza infinita en sus servidores, inmerecida, desbordante.

Por ello todo lo que se haga debe orientarse y centrarse en ese regreso. Y no puede haber resquicio alguno para el miedo, toda vez que el miedo es carácter propio del poderoso que impone terror, castigo y venganza, nada más opuesto y lejano al Dios de Jesús de Nazareth. Porque a veces el temor se disfraza de prudencia excesiva, que es la forma falaz de la cobardía.

Por esa confianza, sabemos que nada nos pertenece en verdad pues todo se nos ha confiado. Y la gratitud verdadera es devolver, cuando sea nuestro tiempo, esos dones que se nos han puesto en nuestras manos fructificados en justicia y fraternidad, en la savia eterna de la Gracia.

Paz y Bien

Cristo se deja encontrar









Presentación de la Virgen María

Para el día de hoy (21/11/17) 

Evangelio según Lucas 19, 1-10




Seguimos en Jericó, en los arrabales de la Ciudad Santa, en el umbral mismo de la Pasión del Señor. Es por ello que todo signo y todo símbolo cobra especial relevancia, porque ese aparente final de horror y muerte es en realidad comienzo del tiempo definitivo.

También, como en el día de ayer, nos encontramos con un problema de visión, aunque sus orígenes sean distintos. En el caso de ayer, se trataba de un hombre no vidente.
Hoy se trata de un hombre cuya mirada se haya limitada por la multitud y a causa de su estatura.
Dos extremos: el ciego de las puertas de la ciudad, de la vera del camino languidece en la miseria absoluta; Zaqueo, como jefe de publicanos es inmensamente rico. Con notable habilidad literaria, el Evangelista los vincula a ambos, y así la riqueza de uno puede inferirse como causal de la miseria del otro con el transcurrir de los versículos.

Los publicanos eran judíos que recaudaban tributos para el ocupante imperial romano, es decir, que cobraban impuestos para el César con el respaldo fiero de las legiones estacionadas en la zona. Un publicano es un traidor, ferviertemente odiado por sus paisanos, y un impuro consumado por el contacto permanente con extranjeros y con monedas no judías. Pero ellos, abusando de su posición, extorsionaban y cobraban de más en favor propio, toda vez que la legislación vigente consideraba la evasión del tributo imperial como sedición y por tanto, causal de condena a muerte. Así, los publicanos sólo podían tener vida social con otros tantos de su mismo oficio, su vida religiosa era prácticamente nula y estaban clasificados por sus compatriotas con la misma vara moral de las prostitutas.

Zaqueo sabe que el rabbí galileo ha llegado a Jericó, y está movilizado en las honduras de su corazón. Ese Maestro a nadie rechaza, perdona antes que condena, habla de Dios de una manera tan nueva y esperanzadora que -intuye- hay una multitud de respuestas en Él, incluso respuestas a esas preguntas aún no formuladas, las preguntas fundamentales de toda existencia.
Zaqueo intenta infructuosamente divisar a Jesús de Nazareth, pero la multitud está abigarrada -no cabe un alfiler- y Zaqueo es bajito, ni dando saltos puede divisar siquiera una sombra fugaz del Maestro. Por eso no vacila en en subirse a un árbol, un sicómoro, para tratar de verlo desde las ramas. A veces no está mal irse por las ramas si ello nos aclara la visión.
Zaqueo es petiso y eso le dificulta observar por entre el gentío. Pero más que eso, no vé bien porque ha decrecido en la estatura de su alma: la sujeción al dinero, la explotación de los demás, la corrupción cotidiana que se le ha enquistado lo empequeñecen, lo disminuyen al punto de no poder ver más allá de sí mismo. Esa pequeñez es muy distinta a la de María de Nazareth pues más que una pequeñez se trata de una bajeza estéril sin destino.

Pero esa subida al árbol revela que, en realidad, las primacías son siempre de Dios. Porque Cristo siempre se deja encontrar a pesar de toda dificultad por quienes le buscan con sinceridad y desde un corazón que languidece de hambre por el pan que no perece.

La cena en casa de Zaqueo es la celebración de ese Cristo que ha llegado a la vida de Zaqueo y se ha afincado en su corazón, restaurándolo en su estatura humana plena, que se convierte y repara todo el daño que ha podido causar por acción u omisión. Porque en el horizonte redescubierto de Zaqueo están nuevamente Dios y el prójimo.

Quiera Dios que podamos elevarnos para mirar a Cristo a los ojos. Dejarnos también descubrir por Él, y así celebrar y agradecer la vida recuperada desde lo alto.

Paz y Bien

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