Volver a fiarnos de Cristo todos los días, cada día, cada momento













Para el día de hoy (30/06/18):  


Evangelio según San Mateo 8, 5-17








Con toda probabilidad, el centurión que se acerca al Maestro era romano; en aquél tiempo había un despliegue militar variopinto en Tierra Santa. Los romanos, como fuerza ocupante imperial, que por lo general se estacionaban en Cesarea junto al procurador Pilatos, el que se desplazaba a Jerusalem para las fiestas. Los mercenarios de Herodes, tetrarca de Galilea, hombres de armas que guardaban las fronteras y garantizaban el orden y los cobros de tributos, cuando no era utilizados como fuerzas represivas. Las tropas auxiliares de los romanos. La policía religiosa, dependiente del Sanedrín.
Señalábamos que el centurión era romano, y ello se desprende de la propia descripción del Evangelista: sólo los militares romanos se encuadraban de esa manera, y no así las fuerzas del tetrarca.

Entre todos ellos, los hombres de Herodes y las fuerzas romanas eran por entero extranjeros, y como tales, paganos; para la rígida mentalidad imperante, un pagano es un impuro mayor con el cual no hay que tener contacto. Pero para el pueblo judío, al romano se lo odiaba profundamente, pues la sumisión al Emperador implicaba desertar de la libertad que su Dios les había concedido: era peligrosísimo rebelarse contra las fuerzas romanas, y debido a ello ese odio y ese rencor se mantenía como un virulento caudal subterráneo, presente y silencioso. Además, el procurador era antisemita de un modo manifiesto, y no perdía oportunidad de ofender a las gentes de la provincia que dominaba.

Por esas cuestiones se comprende la postura del centurión romano. Se sabe ajeno a todo el universo judío, y conoce el rechazo visceral que su presencia induce. Pero la enfermedad de un criado suyo -muy cercano a sus afectos, dado que no es un simple empleado o un esclavo- le hace acercarse a ese rabbí galileo del que todos hablan, buscando acaso lo que su mundo de poder y órdenes no le puede procurar.
Hay en ese oficial romano un gran respeto y una actitud deferente para con Jesús, y sabe ubicarse, pues entre el Maestro y él mismo ha descubierto un abismo.
La humildad es la verdad de la existencia, y ese centurión es plenamente veraz. Se reconoce indigno de que el Señor vaya a su casa, pero Cristo ya ha llegado a su otro hogar, las honduras de su corazón, y es precisamente allí -donde todo se decide y resuelve- donde confía, se fía de la eficacia de la Palabra del Maestro.
Esa fé y esa humildad procuran, en santa mixtura con el amor de Dios, que acontezcan dos milagros: la sanación del sirviente y un alma agobiada que se restituye en toda su estatura al descubrirse amado por Dios con todo y a pesar de todo.

La fé del centurión preanuncia la fé de los gentiles, la fé que crecerá como el grano de mostaza a partir de la predicación y la escucha atenta de la Palabra, y nosotros hemos de regresar a esos rumbos humildes de confianza. Volver a fiarnos de Cristo todos los días, cada día, cada momento.
Él todo lo puede.

Paz y Bien


La Salvación comienza aquí y ahora













Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Para el día de hoy (29/06/18):  


Evangelio según San Mateo 16, 13-19







Estamos en Cesarea de Filipo, la antigua Panias erigida por el culto a dioses extraños y ahora reconstruida y ampliada por Felipe / Filipos, tetrarca de Idumea -el otro hijo de Herodes el Grande- en honor del emperador romano, el mismo César que garantizaba su título vasallo y su poder. Estamos en una región en donde la fé de Israel a duras penas se la encuentra pura, y es una zona sospechosa, teñida de heterodoxia religiosa, social y cultural en donde con espuria devoción se hincan rodillas frente al opresor para que todo siga igual, para que nada cambie.
No es entonces casual que allí, donde nada nuevo pueda esperarse, suceda una de las afirmaciones de fé más contundentes de todos los tiempos, y no es casual que precisamente allí el Maestro revele la misión de Pedro y de toda la comunidad naciente, a la que por vez primera llama Iglesia. Aunque suene algo extraño, hay una geografía de la Salvación que excede el diseño de mapas, y es el dibujo asombroso que en silencio el Dios de la Vida traza por todas partes y en toda la historia humana. Es signo amoroso de una Salvación que se ofrece a todos y se expande especialmente desde los márgenes y desde esos lugares sospechosos en donde nada se espera.

Si nos detenemos en la escena y en las personas que la componen, encontraremos a un grupo mayormente integrado por galileos. Un rabbí caminante que durante años ha sido artesano en la Nazareth de sus padres. Varios pescadores del Mar de Galilea. Algún publicano, algún estudioso menor de la Torah, casi todos ellos personajes irrelevantes pues no son de sangre real, no tienen ninguna influencia política, son hombres pobres. Y para colmo de males, van con ellos también -aunque poco se las mencione- varias mujeres, las que serán más fieles y permanecerán enteras ellas en los bravos momentos de la Pasión.

Simón era sólo un pescador de Cafarnaúm; conocemos a su hermano Andrés, sabemos que tenía esposa, suegra -muy probablemente hijos-, y un carácter fuerte, a menudo arrebatado y hasta violento. Fué rápido también a la hora de renegar de ese Maestro que estaba preso y a punto de ser ejecutado en la noche más oscura. Varias veces se atrevió a regañar a Jesús porque éste no encajaba de ninguna manera en sus esquemas preestablecidos. Con todo y a pesar de todo, él no vacila al afirmar -con una luz que no le es propia y que lo desborda- que ese Jesús de Nazareth es el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Esa afirmación es vital y estremece en su contundencia, y reafirma que la fé que nos sustenta está mucho más allá de la mera especulación: la fé es una aseveración positiva de toda la existencia, hasta los huesos se conmueven. Y cuando la fé se expande en los corazones, también la cotidianeidad se transforma y adquiere nuevo sentido: desde esa fé que se enciende en Simón, el Maestro le descubre la misión que tendrá él, y por él todos los que lo sigamos en la huella de la Buena Noticia.

Simón bar Jonás ya no será el mismo y hasta el nombre se le cambia, señal de una vida nueva, de una identidad recreada. Simón será en adelante Pedro porque será fundamento para sus hermanos, piedra en donde se edificará la comunidad siempre creciente que es la asamblea fraterna de los fieles, familia grande de mujeres y varones que es la Iglesia.

Pedro tiene en sus manos callosas de trabajador un poder, un gran poder que no se identifica con dominios y coronas, con fastos y rótulos. Antes bien, el poder de Pedro es el servicio, ese servicio que no busca nada para sí sino para sus hermanas y hermanos, Pedro tiene por misión edificar puentes que reunan de nuevo a los dispersos -de allí mismo y literalmente pontífice-, puentes de paz y mansedumbre, puentes de justicia y liberación, puentes en los que tienen prioridad de paso los pobres y los pequeños.

Con él, la misión se extiende a toda la Iglesia: desde ese servicio humilde y generoso, es misión de Cristo el esfuerzo por procurar nuevos nudos buenos que entrelacen a las gentes entre sí, que re-liguen a los que están separados por raza, por religión, por la guerra, por la cultura. Son los nudos de la red de la fraternidad, esa misma red que hace que los pequeños peces permanezcan con vida.
Porque, a no equivocarse, la Salvación no es un hecho postrero sino que comienza en el aquí y ahora, la eternidad entretejida en lo cotidiano, la Encarnación, Dios con nosotros.

Eso que llamamos cielo es de Dios. Pero las llaves de sus puertas están en manos de Pedro, porque cada día se conjuga el hoy de la Redención.

Paz y Bien

Casa firme, la vida que se fundamenta en Cristo
















Para el día de hoy (28/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 21-29







Jesús de Nazareth enseñaba y revelaba las cosas de Dios a partir de circunstancias del acontecer diario. Es una capacidad que quizás hemos dejado en el olvido, el dialogar con la mujer y el hombre de hoy desde las cosas que saben y conocen, y que los oyentes y discípulos del Maestro recibían con alegría y gratitud.
Pero allí hay un significado mucho más profundo, y es que el Dios de Jesús de Nazareth se deja encontrar en el hoy, en el día a día, aquí y ahora.

Esas gentes entendían bien lo que el Maestro les planteaba: en la Palestina del siglo I las casas se edificaban con algunos adobes, barro, piedras -abundantes en la zona-, techos de paja y tal vez mezclas de arcilla y arena como fulminante para pegar ladrillos y bloques. Los cimientos hechos con rocas probablemente podrían encontrarse en las casas de las familias pudientes pues contrataban a maestros constructores; más no eran infrecuentes entre los pobres, por la abundancia de rocas. La diferentes rocas por cimiento brindaban una estabilidad incoercible, fundamento sin vacilaciones potenciales a pesar de todo el devenir del tiempo.

Pero también en la memoria de ese pueblo refulgía la imagen de su Dios como roca firme de la vida.

La casa existencia permanece firme y consistente cuando se afirma en Cristo, roca fiel de nuestra Salvación que encontramos por la fé en la Palabra y en los sacramentos, signos sensibles y eficaces de la Gracia.
Más aún, la firmeza de la vida no se define por replicar con exactitud preceptos y normas, sino antes bien  compartir en todo la vida de Jesús de Nazareth.

Ello trae frutos, y por esos frutos -humildes y silenciosos- esta casa amplía su capacidad de albergar al hermano en los ámbitos del corazón.

Paz y Bien

Entre lobos y ovejas, volver a la mirada transparente del Evangelio













Para el día de hoy (27/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 15-20


 









Hay enseñanzas del Maestro que superan las especulaciones ad intra, es decir, el ámbito de la comunidad cristiana. Más aún, las enseñanzas de Jesús de Nazareth tienen una universalidad tal que quizás los criterios de la comunidad cristiana son sólo otro aspecto y no el primordial. El mensaje de Cristo se dirige a todos los hombres de todos los tiempos.

Es por ello que la lectura de este día nos ofrece criterios de discernimiento, aprender a mirar y ver desde la perspectiva de la Buena Noticia. Es claro que se trata de mucho más que un simple tamiz, o unas gafas a través de las cuales se filtra el acontecer diario: encarnar la mirada de Cristo supone, ante todo, convertirse, escuchar la Palabra y ponerla en práctica, tener a Dios por bien supremo. Desde allí todo se mira y vé de otra manera.

Lobos por ovejas siempre hubo, en cada etapa de la historia, aunque quizás en los últimos tiempos adquirieron cierta pátina peligrosamente falaz y seductora de aquellos que gustan consumir slogans y que ceden a otros su mandato de ser sal de la tierra y luz del mundo.
En nombre de la pura praxis se suele dejar la humanidad a un lado. En reverencia a falsos dioses -mercado, poder, ideología- se justifica pobreza y se razona miseria. Enarbolando pretensas banderas morales, se resigna toda perspectiva de compasión, ética sin bondad ni corazón, agresivo escepticismo con pátina de progreso.
Aunque la vara siempre debería ser la misma: la actitud de servicio, el respeto a los pobres, la integración de los abandonados a su suerte en todas las banquinas de la existencia, impuestas a puro dolor.

En la comunidad cristiana no hay demasiada diferencia, sólo una variable de perfumes. Los pastores auténticos tienen olor a oveja por involucrarse con su grey hasta los huesos, por dar la vida cotidiana y humildemente por ellos, por ocuparse y preocuparse por lo importante, la salvación de las almas antes que el poder y las instituciones.

Volver a lo sencillo, a la mirada transparente del Evangelio es el llamado de este día.

Paz y Bien

Encontrar a Dios en el rostro del hermano













Para el día de hoy (26/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 6. 12-14








La llamada Regla de Oro es un principio de convivencia fundamental a muchos pueblos y a casi todas las religiones. Tiene que ver con la reciprocidad, con el con-vivir, y que cuando nos adentramos en las raíces de la humanidad, los principios éticos no son diferentes entre sí.
Jesús de Nazareth realiza un planteo similar, y tácitamente se revela que la fé cristiana se encontrará siempre profundamente enraizada en la historia, en el acontecer del hombre, en las cosas y situaciones en donde se decide y resuelve la humanidad, fecundándolas de trascendencia y eternidad. Pero el modo es algo distinto: la fórmula habitual de la Regla de Oro es no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan.
Para el Maestro, no sólo debe ser de carácter positivo sino propositivo, y es un trampolín hacia el infinito que no puede ser limitado por circunstancias históricas ni por cotas morales o sociales.

Pero hay más, siempre hay más.

En el horizonte de la Gracia, no hay demasiado espacio para el vive y deja morir. Requiere esfuerzo y decisión, contra toda estructura, tendencia y pronóstico, pues se trata de convivir y se trata de concordia.
Ponerse en el lugar del otro, el reconocimiento de la alteridad, del otro como tal, es la expresión del amor de Dios, que no vive para sí, sino que constantemente vive en y por los demás. El primer paso, por ello, está en reconocer al otro como tal: desde allí es menester realizar la Pascua hacia el prójimo, aprojimarse, aún cuando el otro sea el peor de los enemigos.

Ésa es la puerta estrecha. No hay que desperdiciar lo sagrado de la vida que es don y misterio, y por eso el culto primero es la compasión y la misericordia.

La puerta de la Salvación suele ser estrecha pues nos engrosamos fútilmente la figura con capa tras capa de egoísmo, que nos desdibuja nuestra realidad y nos impide reconocer al hermano, y por ello al mismo Dios.

Paz y Bien

Recuperar, como hijos fieles de la Gracia, una mirada evangélica de justicia













Para el día de hoy (25/06/18):  

Evangelio según San Mateo 7, 1-5









Convivir es mucho más que un acontecer biológico o social. Convivir implica vivir con los demás, con los que me agradan y con los que no, con los que soy afín  y con los que mantengo distancia, con los que discrimino entre propios y ajenos.
Es un paso más allá de la simple reciprocidad, toda vez que se encuentra implícita una demoledora obviedad, que es el derecho a la existencia del otro a su modo, con sus características, sus particularidades, su identidad. Y más aún, en el plano de la Gracia significa reconocer que allí hay un hermano, tan hijo de Dios como el que más, como uno mismo.

Juzgar al otro es tomar para sí atribuciones que no se tienen, que son propias de Dios, de un Dios es es misericordia. Juzgar es someterse a la parte nimia -la paja en el ojo ajeno- y transpolarla injustamente a la totalidad de la persona, determinando la imposibilidad de cambio y quizás reconociendo, sin buscarlo, en el otro las propias vigas, vigas que en el fondo impiden reconocer al hermano como tal.
Allí se enraizan enconadamente los prejuicios, los  resentimientos, las discriminaciones. Pero quien queda desalojada es la justicia, porque no hay espacio para la Buena Noticia.

Es menester recuperar, como hijos fieles de la Gracia, una mirada evangélica.

Recuperar al otro en tanto que tal, saber mirarnos tal cual somos, con nuestras transparencias y nuestras opacidades, nuestras fidelidades y nuestros quebrantos. Purificarnos de esas ponzoñas tan aceptadas pero tan nocivas que envenenan toda convivencia y aplastan los brotes nuevos del Evangelio.

Paz y Bien

Nacimiento de San Juan Bautista: cada hijo es un milagro y una bendición












Nacimiento de San Juan Bautista

Para el día de hoy (24/06/18):  

Evangelio según San Lucas 1, 57-66. 80








No hay calendarios ni tabulaciones para las cosas profundamente humanas. Cada persona es un universo único, y todo tiene un tiempo particular de crecimiento, de maduración, de paciente espera de frutos; cuando se plantean soluciones instantáneas o sanidades mágicas, es más que saludable desconfiar.

El anciano sacerdote Zacarías había enmudecido frente al anuncio del Ángel, que le comunicaba una noticia maravillosa, una bendición de Dios: a pesar de la avanzada edad de la esposa y la suya propia, serían -contra toda lógica- papás de un niño luminoso, señal de esperanza para su pueblo.

Isabel se oculta en su hogar varios meses; la joven María de Nazareth sale a los caminos con otro embarazo asombroso, sin esconderse. El tiempo propicio de Dios, kairós, parece que se decide con las mujeres y los niños.

Finalmente, llegó el tiempo del parto y por todo el contexto, se realza el simbolismo del término alumbramiento. Ese niño es una bendición y una alegría para sus padres que se contagia a sus parientes y vecinos.
Todo niño que nace debería ser motivo de serena celebración y gratitud: es importantísima la defensa de los no nacidos, tan importante como la protección de la vida que asoma, su crecimiento sano y en paz.

Esa alegría contagiosa se extiende a los vecinos y a la parentela. Con cierta picardía, quieren imponer sus criterios acerca del nombre que ese niño asombroso e inesperado debe llevar, quizás Zacarías como su padre.
Isabel los detiene: su nombre es Juan, que significa Dios es misericordia. En silente comunión, ella lo sabe por Zacarías, nombre que le ha revelado el Mensajero del Altísimo.

Por cierto, en el cordial ánimo de esas personas hay también una tácita valoración de lo antiguo, del aferrarse a lo conocido, a lo viejo. Además, un hijo no es una prolongación de sus padres, ni quien deba superar las frustraciones paternas. Un hijo es una bendita vida nueva que debe tener vuelo propio.

Nombrar a un hijo, ponerle el nombre que habrá de llevar es crucial, a pesar de las tendencias a adaptarse a modas y a banalidades. Un nombre revela carácter y denota misión vital. Por ello la decisión que se está por tomar allí es tan importante.
Zacarías lo reafirma, escribiéndolo en una tabla: su nombre es Juan. No habla, pero no ha perdido la Palabra.

El tiempo se había cumplido para Isabel pero también para Zacarías. Había madurado desde el silencio. El hijo que les ha llegado es un niño santo, un niño que asombra e interpela al pueblo, pues la mano de Dios está con él.

Niño santo que revela la misericordia de Dios en su gestación, en su nacimiento, en su nombre y en toda su vida. Niño santo que será profeta y precursor del Mesías. Niño que llamará a los fieles al regreso a los caminos de bondad y justicia.

Otro Niño, en poco tiempo, viene a convocarnos a la Salvación.

Paz y Bien

Vivir en Dios, vivir para Dios, vivir para el hermano, vivir plenos











Para el día de hoy (23/06/18):  

Evangelio según San Mateo 6, 24-34








No es demasiado difícil representarse la escena, la mirada del Maestro reposando sobre sus amigos, con una cercanía que es mucho más que física. Él está cerca de sus corazones y de los nuestros, Palabra de vida y Palabra viva, Dios que nos habla hoy. En este preciso momento nos está mirando a los ojos, y nos está despertando de todos los letargos.
Y hay una nueva certidumbre en sus palabras, una que no quedará a la deriva de los embates mundanos ni sometida a las limitaciones de la razón, ni esclava perentoria de los estados de ánimo.

Se trata de la certeza insuperable de sabernos hijos amados por Dios. Valiosísimos, aún con todos los deméritos que enarbolamos.
No es cuestión de alternativas, ni de dogmas, ni de promesas falsas de calmas pasajeras.
Es la raíz y la clave de todo destino que ha de edificarse, pues la vida no está inscrita de antemano ni debemos ser espectadores pasivos y resignados de las cosas que nos acontecen, buenas o malas. Más que artistas, somos barro fiel en manos del Alfarero.

Por todo ello el Maestro nos lleva de regreso al sueño de Dios, el Reino aquí y ahora que es la plenitud, la felicidad para toda la humanidad, la vida que se expande, la vida que es sagrada, humanidad asumida con amor entrañable por el Dios del universo, cada hombre y cada mujer templos santos de ese Dios.
Reconocernos hijos es volver a confiar en ese Dios que es Padre, que otorga y protege la vida -todas las vidas-, que ampara la creación que florece la alegría, que a pesar de todo sigue confiando en nosotros.

Así hay siempre de fondo una tenue y persistente melodía de regreso franco, de humanidad que se recupera a partir de esa sencillez que imita al corazón sagrado de Cristo, a la humildad eterna de la Madre, al amor entrañable del Padre.

No hay que desesperar. Es menester confiar en el valor infinito que tenemos a sus ojos. Y así, como hijos benditos, vivir en su libertad de no estar sometidos a las cosas, ni rendir culto al cruel y falso dios del Dinero.
Vivir en Dios, vivir para Dios, vivir para el hermano, vivir plenos.

Paz y Bien


Tesoros en el cielo












Para el día de hoy (22/06/18):  

Evangelio según San Mateo 6, 19-23










Jesús detestaba la pasión por las riquezas. Sabía bien que más temprano que tarde el alma se partía, y uno se volvía esclavo de un ídolo falso y cruel, y por ello sólo hay dos opciones taxativas: o Dios o el dinero. Sabía también que causante de desencuentros, de violencias y sobre todo, de injusticias, es la fiebre por el dinero, por las cosas.

La clave, quizás, pase por donde ponemos el alma, o mejor, hacia donde orientamos el corazón. Cuál es nuestro absoluto, nuestro valor mayor.
Porque no es aventurado afirmar que tras cualquier materialismo, de cualquier signo ideológico, se esconden sacrificios humanos. Ello debería causarnos el suficiente espanto para la reflexión y la conversión, pero aún así persistimos. Porque en el altar del dinero y las cosas, se sacrifica al prójimo.

Si el corazón está en las cosas, en lo que perece, no hay destino ni futuro. El pueblo a veces sabe afirmar con certeza que nada nos llevaremos, que al momento de la partida lo que se ha acumulado sin límites queda atrás.
Pero peor aún es denostar tácitamente la mano tendida que se nos ofrece de continuo, los brotes santos de la gracia. Porque lo único que en verdad permanece y no desaparece es el amor de Dios, Dios mismo entre nosotros y en nosotros.

Los tesoros en el cielo expresan vidas que tienen a Dios por horizonte y por realidad cotidiana, tesoros que se acrecientan en una asombrosa desproporción con lo que se ofrece a los demás de modo generoso, incondicional y fraterno, Cristos que se multiplican en los discípulos como rocío bondadoso del Evangelio.

Los tesoros en el cielo a menudo se forman a partir de humildes moneditas de compasión, de gestos corteses, de la escucha del hermano, de socorro, de honestidad, de transparencia, de gratitud y mansedumbre.

Paz y Bien

Padre Nuestro: la causa de Dios es la causa del hermano













Para el día de hoy (21/06/18) 

Evangelio según San Mateo 6, 7-15











Durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, la Iglesia primitiva solamente enseñaba la oración de Jesús de Nazareth a las mujeres y los hombres de fé madura y probada. Sólo rezaban el Padre Nuestro aquellos en los que la fé hubiera echado raíces firmes y brindado frutos buenos.

Lejos de cualquier arcano esotérico o iniciático, el Padre Nuestro era el distingo de la comunidad de los creyentes, de la comunidad misionera dispuesta al testimonio perenne, incluso si ello desembocaba en los horrores del martirio.
 
Descenso y ascenso.
 
Un Dios que se inclina hacia la humanidad, un Dios graciosamente miope que sólo puede distinguir hijas e hijos, un Dios que no se encierra en la lejanía, un Dios cercano, un Dios que se comunica, se hace Palabra, Verbo encarnado de nuestra salvación.
 
Y suben hacia su amorosa eternidad como ofrenda la respuesta de los hijos. Porque orar es adentrarse en el misterio infinito de Dios, a pura bondad suya, sin condiciones.
 
La causa de ese Dios es indisolublemente la causa de los hermanos, ambos brazos de la santa cruz.
 
El Maestro nos revela el misterio mayor, que Dios es tan cercano y dador de vida como un Padre, y más aún, como Abbá, Papá nuestro, por el que todos recibimos como rocío bendito el bautismo filial de ser sus hijos, y por ello hermanos entre nosotros, hermanos que suplicamos por un Reino que es puerto y destino de nuestro peregrinar, hambre feliz de nuestras almas, un Reino que acontece aquí y ahora y que es la plenitud para toda la creación. Porque la voluntad de Dios es la vida que prevalece, que no se acota al tiempo ni a la muerte, cielos abiertos iluminando estos arrabales a veces tan agostados.
 
Pan de la Vida es el cuerpo de Cristo ofrecido, pan del sustento en la mesa de los pobres es nuestra confianza en una justicia que es preciso edificar.
 
Perdón que descubrimos redentor, que libera prisiones autoimpuestas que nos alejan de Dios y del otro, perdón que cura, que sana, que salva, que vuelve a conciliar los corazones opuestos por todos los odios.
 
Y que la tentación del olvido se aleje de nosotros, la desmemoria de esa identidad única de las hijas y los hijos que quieren desertar de todo mal, para celebrar el ágape maravilloso de la vida compartida por Dios y en Dios.
 
Paz y Bien

El paso salvador de Cristo por nuestras existencias













Para el día de hoy (20/06/18):  

Evangelio según San Mateo 6, 1-6. 16-18







En los últimos años, merced a una desmesurada aplicación de recursos en los diversos canales de medios, hemos sido inmersos en el fango profundo y persistente de la pura exterioridad, la apariencia superficial en desmedro del ser y del hacer con sentido. Ello afecta las grandes decisiones políticas, las acciones de los gobiernos y naciones pero también nuestra cotidianeidad: en cierto modo, por el mismo carácter mediático, lo que debería ser medio, instrumento, ha devenido como fin en sí mismo. Lo que no se vé parece no existir.
Más aún, nuestro obrar a menudo está regido por lo que mostramos, por el qué dirán, en un enfermo afán de buscar la aprobación y el reconocimiento de los otros en cada acción.

A veces es necesario bordear cierta ingenuidad y volver a preguntarse cómo actuaríamos sin que nadie nos observe. Regresar a la autenticidad de los gestos, a hacer las cosas porque es lo que corresponde hacer sin buscar el aplauso, sólo esa humilde satisfacción de cumplir, de batallar con hidalguía contra el ego. La bondad como actitud corriente y normal por pertenencia familiar, actuando como el Padre.

Los fariseos eran hombres extremadamente piadosos; en todo lo que hacían y declamaban creían honrar a su Dios. El problema estribaba en que se quedaban en la superficie, sin ahondar, sin buscar sentido más allá de sí mismos. El mismo celo religioso que exhibían lo ejercían en procurar prestigio y reconocimiento horizontal, y de esa manera cercenaban su encuentro con Dios y con el hermano. La hipocresía -literalmente, el uso de máscaras- es una elusión de la verdad que sólo conduce al propio ego, amo y señor de todo.

El Maestro nos llama a abandonar esas cuestiones, y a regresar a Dios y al prójimo, y por eso la lectura que hoy nos ofrece la liturgia del día es la que identifica al Miércoles de Cenizas, comienzo de la Cuaresma. Practicar la limosna sin figuraciones, ejercer la justicia desde la fraternidad y la vida compartidas en donde no hay lugar para la condescendencia que ofende, sólo el servicio que enaltece, que cede el paso al otro, la mesa que se agranda por el ayuno, un ayuno que nos ayuda a dominar las pasiones, que se hace ofrenda desde lo quebradizos que somos, la oración que nos pone en la sintonía eterna del Padre.

Ser y hacer lo que no se anuncia porque se ha experimentado el amor de Dios, su paso salvador por la existencia, y ello no se esconde ni se guarda, es el tesoro que se comparte con serena alegría para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

La misericordia es la nueva aurora de los pueblos












Para el día de hoy (19/02/18): 

Evangelio según San Mateo 5, 43-48









El Maestro continúa reflexionando y enseñando acerca de la Ley, y tanto en ésta como en otras oportunidades lo medular es tener presente que no ha venido a reemplazarla ni a brindar una casuística distinta, sino a darle pleno cumplimiento, desde la mirada de Aquél que le confiere sentido y trascendencia.

Hoy, el centro de atención es el amor al prójimo, el corazón de la Ley.
El amor al prójimo no era desconocido en las normas y en la memoria de Israel: por el contrario, desde el libro del Levítico -Lv 19,18- se especifica sin ambages que se debe amar al prójimo como a sí mismo por mandato del Dios de Israel, desandando venganzas y rencores, pero el mismo precepto instauraba esa reciprocidad concerniendo a los hijos del mismo pueblo, es decir, a los paisanos, a los connacionales, a los judíos. Los gentiles, los extranjeros no están incluidos.

Con el tiempo, quizás en gran parte por las terribles guerras e invasiones a la que la nación judía se vió sometida, y en parte también a un férreo y ciego nacionalismo, se añadió el odio hacia los enemigos, la venganza contra los opresores.

Pero ahora se trata de un tiempo nuevo, de Dios con nosotros, Dios encarnado en Jesucristo, tierra prometida de la Gracia. Un Dios que en Cristo revela a todas las naciones su asombroso rostro de Padre sempiterno y universal.

Por ello el amor al prójimo que expresa el Maestro no puede tener limitación alguna, ni restricción de ninguna clase. Todos somos hijas e hijos del mismo Padre, y así entonces el amor al prójimo -desertando de violencias y odios- ha de extenderse a todo ser humano. Más aún, a toda la creación, sin esperar devolución o eco favorable.
La mención a los publicanos es clara: éstos eran un grupo tan cerrado por el desprecio profesado por el resto de la población, que la posibilidad del amor se acotaba a los pares, a los iguales.

No es tarea sencilla, claro está, máxime cuando el sujeto destinatario puede ser un enemigo brutal y feroz, o simplemente alguien que nos desea el mal o la miseria. Pero así como no hay imposibles para Dios, no hay imposibles, si tienen fé, para los hijos.

El amor al prójimo, expresado en la plegaria por el enemigo, ha de ser la credencial distintiva de la Iglesia, su corazón palpitante, su vocación filial, muy por delante de normas, códigos canónicos y preceptos.
La misericordia debe refulgir en cada gesto como la aurora.

Paz y Bien

La misericordia disipa las sombras de la muerte















Para el día de hoy (18/06/18):  

 
Evangelio según San Mateo 5, 38-42







A través de su crecimiento como nación, el pueblo de Israel hubo de establecer normas de convivencia que luego se convirtieron en ordenamientos jurídicos, y en ese sentido, la ley del Talión fué un hito que propendía a limitar los efectos de las venganzas personales mediante una pareja aplicación de castigos frente a delitos cometidos: es volver objetivas las normas sociales, dejando atrás los intereses individuales, sean o no razonables. Por ello el texto expresado en el capítulo 24 del libro del Levítico: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida y contusión por contusión...
En cierto modo, la ley del Talión es un precedente fundante de los sistemas legales occidentales por varias cuestiones, en la búsqueda de una justa retribución o pena frente al delito infringido, articulación penal que a la vez, de un modo lógico, norma la interrelación entre las gentes.

La propuesta de Jesús de Nazareth se inscribe en el horizonte del Reino de su Padre, en donde se entretejen la eternidad y los tiempos humanos, milagro asombroso de la Encarnación.

Se trata de otro modo de vivir, que es mucho más que una mera alternativa; es no recurrir a la violencia de ningún modo y bajo cualquier pretexto o motivo, desde una decisión que se adopta desde las honduras del corazón antes que desde la imposición.
Se trata de dejar de lado la aritmética de los castigos progresivos y elegir abiertamente el camino del amor al prójimo y más aún, el amor a los enemigos, para que campee la vida y se disipen las sombras de la muerte.

Se trata de cambiar mansamente la faz de la tierra a fuerza de bien.

Paz y Bien

Fé y esperanza: desde la semilla más humilde se rompen las piedras más duras















Domingo 11º durante el año

Para el día de hoy (17/06/18) 

Evangelio según San Marcos 4, 26-34








Parece mentira, pero una de las enseñanzas que se revelan a través de las dos parábolas de Jesús de Nazareth que el Evangelio para el día de hoy nos ofrece, implica el renegar con decisión de todas esas tentaciones de realizar acciones ostentosas, arrolladoras, espectaculares en su esfuerzo descomunal y en su concreción pretendidamente apabullante.

El Reino de Dios crece desde la humildad y el silencio con una fuerza que nada ni nadie puede detener.
Así, semilla que germina, tallo, espiga, copa frondosa, no son tanto etapas que deben cumplirse a rajatabla sino más bien certezas cordiales de crecimiento constante y de asombrosas cosechas.

Deslumbra que esa semilla de fuerza imperceptible pero infinitamente tenaz crezca con independencia de los esfuerzos del sembrador. Una lectura nimia y lineal nos conduciría a una pasividad de meros espectadores de un destino prefijado.
Sin embargo, los esfuerzos del sembrador -los de todos nosotros- encuentran su origen y su plenitud en el corazón sagrado de Dios, es un misterio amoroso de comunión, de tiempo santo, de invitación generosa e incondicional a edificar la vida.

Las buenas semillas, inevitablemente, ofrecen buenos frutos.
Quizás sea necesario apagar el detector de semillas malas y cizañas, y recuperar la capacidad de fé de poder agradecer que entre nosotros y de continuo, el Reino crece y siempre hay frutos de los mejores.

La pequeñísima semilla de mostaza lleva escondida una pujanza que la hace convertir en árbol frondoso, cobijo y ámbito vital para una incontable variedad de pájaros.
Pero a su vez otra virtud esconde: desde un brote muy pequeño se rompen las piedras más duras, y la vida sigue floreciendo, y es el motivo de nuestra esperanza y nuestra alegría.

Paz y Bien

La palabra empeñada, el tesoro perdido
















Para el día de hoy (16/06/18):  

 
Evangelio según San Mateo 5, 33-37









En el Evangelio para el día de hoy, el Maestro interpreta de una manera muy distinta a la de sus contemporáneos -y de los nuestros también- del mandato de no jurar en falso, y su lectura siempre vá allá de la letra, a partir del Espíritu que inspira ese precepto.

Es menester que nosotros también comencemos a acercarnos a esta Palabra Viva con ojos proféticos y desde esa infinita voluntad de Dios de que la vida se inscriba, siembre y germine desde cada corazón antes que desde piedras lajas talladas con diez mandamientos. Todo ello supera por lejos lo procesal, lo jurídico, y no se trata de que ello sea repudiable, sino que el Reino está lejos, muy lejos de cualquier legalismo.

¿Qué significa jurar por? Implica poner en juego a algo o alguien que es mayor que uno mismo, y en muchos casos se presupone que el quebrantar lo prometido o no decir la verdad implica un castigo o sufrimiento a quien se pone como diana apuntada en el juramento. Ello no escapaba de lo religioso, llegando a nuestra época el jurar por Dios, por los Evangelios, por lo que fuere.

Pero Jesús de Nazareth lo enseñó con una claridad meridiana, y es que la verdad nos hace libres.

Por ello, tal vez -sólo tal vez- sea necesario retirarnos por un momento al desierto de la sinceridad y la humildad. Porque el trasfondo de todo esto es la minimización de lo que se dice, del valor de los propios dichos, del compromiso perdido de la palabra que se empeña.

Porque somos nuestras palabras, las que decimos y las que callamos, y también -en este tiempo tan informatizado- somos las palabras que escribimos.

En el maravilloso vértigo de la verdad, en cada palabra nos jugamos la vida.

Por eso la afirmación de Jesús de Nazareth de acotarnos a un sí o a un nó: se trata de honradez y transparencia, de ser reconocidos a través de la veracidad y la fidelidad en lo dicho.

La palabra empeñada es el verdadero tesoro perdido de estos tiempos.

Paz y Bien

En tiempos de moral exigua, la fidelidad es revolucionaria













Para el día de hoy (15/06/18) 

Evangelio según San Mateo 5, 27-32







La contraposición matrimonio/divorcio suele ser motivo de nutridos análisis; también, desde el Magisterio, se suele definir taxativamente qué es lo que se puede o está permitido y qué es lo que no. Ello, razonablemente, responde a la vocación profética de la Iglesia, que anuncia la Buena Noticia y denuncia todo lo que se opone a ella, a la vida, a la humanización plena.

Sin embargo, a veces solemos adolecer de una cuestión fundamental, y es la raigalidad de todo el obrar humano. Todo encuentra raíz en los corazones, todo, sin excepción.
Lo que cuenta es lo que se cobija en las honduras, la cizaña que impide otras germinaciones, las sucesivas capas o costras de egoísmo con las que nos revestimos para alejarnos del otro, priorizando el yo antes que el nosotros, y en donde Dios no tiene sitio.

Ello se evidencia en el matrimonio, y se debe a que para Jesús es una cuestión en la que detenerse, a la cual prestarle toda la atención. Pues la costumbre se quedaba en la linealidad de la letra escrita -pura moralina- pero olvidaba al Espíritu que la había inspirado.
En cierto modo, ese Espíritu alienta una ética trascendente, un modo de ser en el mundo y ser con y para los demás a partir de la misma esencia de Dios, el amor.

La familia es el camino por el cual adquirimos identidad, cultura, fé, afectos, cuidados y crecemos. Y los cimientos de toda familia se encuentran en el matrimonio, en el amor profesado y practicado entre el hombre y la mujer, un amor que es abnegación, vida ofrecida en su totalidad, corazones transparentes que nada se reservan y se brindan al otro por completo.

Más aún, son corazones que generan vida aún antes de la llegada y bendición misma de los hijos.

Todo es cuestión de corazones que se dejan iluminar y cuidar por el Dios de la Vida.

Paz y Bien


La misericordia es la justicia mayor















Para el día de hoy (14/06/18) 

Evangelio según San Mateo 5, 20-26





Mucho se dice e imagina acerca de los escribas y de los fariseos. Con términos anacrónicos y limitados, es dable afirmar que tienen muy mala prensa, a veces razonablemente fundamentada.

Lo que suele pasarse por alto es que todos ellos eran hombres muy piadosos, férreamente atrincherados en la religión y en las tradiciones de sus mayores, de su pueblo. Se consideraban a sí mismos hombres puros, separados -tal es la traducción literal de fariseo- del resto del pueblo al que por su labilidad y sus vaivenes consideraban impuros y poco serios. Quizás ese, precisamente, fuera su error primero, el suponerse puros, hechos, completos, hombres de Dios y que por eso mismo Dios les pertenecía más a ellos -estrictos cumplidores de los mandamientos y de la Ley- que a los demás.

Así pues, la irrupción en su rutina religiosa de un hombre como Jesús de Nazareth los desestabiliza y los reviste de miedo. Presienten que la seguridad del mundo que han edificado se tambalea, y por ello tal vez reaccionan con tanta rabia; no hay nada tan violento como un hombre temeroso.

Más aún: además de su piedad estricta, ellos también eran fieles practicantes de las obras de caridad prescriptas en la Ley, es decir, la limosna, la oración y el ayuno.
Pero el conflicto no discurre por la adecuación a una ortodoxia doctrinaria, sino que vá más allá, es una actitud fundamental en sus existencias.
Ellos conciben a la Salvación como un mérito adquirido, ganado mediante virtuosos esfuerzos y no como don y misterio de amor. En su horizonte y en sus corazones no han dejado espacio a la Gracia asombrosa de Dios, y el cielo es el premio procurado mediante la acumulación puntillosa de obras piadosas, la contabilización exacta en el haber de lo que consideran buenas acciones, y es por eso que ayunan, es por eso que dan limosna, es por eso que oran.
En el fondo, su idea de justicia es bien conocida, es el concepto de retribución.

Se trata de una fé comercializada, del trueque de piedad por bondades divinas, de un Dios que hace lo que ellos quieren y no a la inversa, de considerar prójimo al par, al que es parecido en pensar y obrar execrando al resto, fundándose con desolador orgullo en una lectura lineal y literal de las Escrituras, causa de todos los fundamentalismos que inflama egos y no deja lugar a Dios.

El tiempo santo de Dios y el hombre, inaugurado en la Encarnación, ratificado en la Cruz y la Resurrección y plenificado en Pentecostés es el tiempo de la Gracia, de Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios por nosotros, Dios en el hermano, y la Salvación como acto infinito de amor de ese Dios que no descansa buscándonos. Todos -buenos y malos, santos y pecadores, la humanidad en su conjunto- somos hijas e hijos, y la justicia del Reino se traduce como misericordia, como generosidad, como gratuidad que es parte de esa identidad filial. Actuamos así porque nuestro Padre es también así.

Paz y Bien

El amor, la plenitud de la Ley















San Antonio de Padua

Para el día de hoy (13/06/18) 

Evangelio según San Mateo 5, 17-19







La Ley de Moisés fué, en su oportunidad, un enorme salto ético para Israel como nación. Más aún, fué una inmensa bendición de Dios para ese nutrido grupo de esclavos liberados de las cadenas de Faraón, que al crisol del desierto se fué maleando como pueblo: allí, las tablas de la Ley establecen los principios básicos de convivencia y reciprocidad entre las gentes, y los vínculos con su Dios.

Con el transcurrir de los años, sabios y exégetas judíos conformaron un corpus de comentarios a la Ley, reflexiones tendientes a su mejor comprensión, las que se agruparon bajo el nombre de Mishnah. Otros rabinos, a su vez, realizaron comentarios acerca de esa Mishnah, y así se formó el libro denominado Talmud.

Los tres -Torah, Mishnah y Talmud-, en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, eran de observancia estricta y obligatoria; es decir, el pueblo estaba sujeto a lo que en ellos se prescribía.
Ése, precisamente, era síntoma del problema subyacente, que le valía al Maestro un torrente de acusaciones y reproches, pues además de parecer un consuetudinario provocador, para algunos hombres suponía un tenaz infractor deliberado de aquello que ni en sueños se quebrantaría, que se observaría a rajatabla.

Pero el Sábado es para el hombre, y la Ley también, tiende al bien del pueblo.Su origen está en el mismo Dios de Jesús de Nazareth, y es por ello que Él no viene a abrogarla ni a abolirla. Él viene a darle pleno cumplimiento.

Como un pequeño y santo germinar, la Ley de Moisés es la planta que crece sin pausa a través de los siglos para desembocar, frutal, en el tiempo de la Gracia. Y su plenitud está en el corazón sagrado de Cristo, porque la plenitud de la Ley es el amor.

Todo pasará -nosotros también- pero ni la letra más pequeña de los dones de Dios se diluirán o extraviarán.

Paz y Bien

Donde campean las sombras, basta sólo una pequeña luz que las disipe












Para el día de hoy (12/06/18):  

Evangelio según San Mateo 5, 13-16








En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, dos vertientes se nos plantean desde la enseñanza de Jesús acerca de nuestra vocación de sal.
Por un lado, en la tradición de la fé de Israel la sal es muy importante: es el símbolo perenne de la permanencia de la Alianza entre Dios y su pueblo, de tal modo que todo sacrificio ofrecido en el Templo había de ser salado. Así también, en la memoria colectiva se recordaba que la corona davídica se instituye mediante un pacto de sal para David y sus descendientes, el trono de Israel por siempre.
Por otro lado, la experiencia cotidiana de la que Jesús se valía tan a menudo, la sabiduría que se extrae de lo cotidiano.
En el tiempo de la predicación la sal era imprescindible y por ello valiosa: se utilizaba para sazonar, para darle sabor a los alimentos, pero también para conservarlos, evitando que se degraden y corrompan, que perduren, que alcancen para más allá de lo inmediato.

Sal que se desnaturaliza no sirve, se descarta y se tira, deviene inútil. Pero además, la sal tiene otra particularidad: una sencilla y pequeña cantidad es suficiente y eficaz para alcanzar su destino de brindar sabor o de impedir que las cosas se pudran.

La luz también tiene dos aspectos. De una parte, representa el esplendor de la presencia gloriosa del mismo Dios en medio de su pueblo, una presencia que se actualiza en Dios con nosotros, Cristo vivo y presente, Cristo hombre y Dios.
Por otra parte, en aquellos tiempos la luz era también muy valiosa, a tal punto que las familias sólo tenían una lámpara -por el alto costo del aceite, ya que las velas eran objetos suntuarios dedicados al culto- que se ubicaba en lo alto de la monohabitación familiar para prolongar el día, para favorecer el encuentro familiar, para que no ganaran las sombras el espacio en donde todos debían convivir y crecer.

Pero lo verdaderamente asombroso es que las virtudes de la sal y de la luz ahora, de manera taxativa e indubitable, se transfieran con una sorprendente confianza a la comunidad cristiana. De allí el imperativo del ustedes o vosotros.
Esta confianza que Dios deposita en nuestras pequeñas existencias es milagrosa, producto del amor de Padre.

Por eso la vocación de la comunidad cristiana es ser sal de la tierra, para que la vida tenga sabor, para que de gusto vivirla, tal es el sueño de Dios. Pero también para que desde su pequeñez la comunidad, con una fuerza que no les propia ni le pertenece, impida toda corrupción.
Y ser la luz que lleva la Buena Noticia a todas partes, especialmente allí en donde campean las sombras de la muerte, el olvido y el dolor.

Paz y Bien

Felicidad, sueño y proyecto de Dios para toda la humanidad
















San Bernabé, apóstol

Para el día de hoy (11/06/18):  

Evangelio según San Mateo 4, 25-5, 12






La cuestión de la felicidad -el qué y el cómo- probablemente sea el interrogante común y primordial de todos los hombres, en todos los pueblos y en todos los tiempos.  Por supuesto, cada época lo expresa a su manera, con sus pautas culturales y también establece los sucedáneos, las cosas ligeras y difusas, los espejismos condicionales que la suplen, a menudo manipulados por poderosos sin escrúpulos.

Pero cuando la felicidad no está presente y es sólo una abstracta referencia sin tiempo, las existencias devienen vacías, carentes de sentido. Cuando la felicidad no se concreta, suele acontecer el fracaso de la vida, el vacío sin retorno.
Las recetas -y las ofertas- son nutridas, pero hay algo que no funciona. Se multiplican las instrucciones, pero en verdad la carencia de eficacia es demoledora. Las gentes pasan por la vida como si nada, una mota de polvo librada a los caprichos de los vientos epocales y nada más.

Jesús de Nazareth, conocedor como pocos del corazón humano, lo sabía bien. Allí en el monte, rodeado de sus discípulos y de una multitud ansiosa de verdad, en la Galilea de la periferia, en la provincia judía del imperio romano y en el siglo I de nuestra era, el Maestro ofrece y regala un mapa de buen viaje para todos los hombres de todos los tiempos, el sueño eterno del Padre Dios para que todas sus hijas e hijos sean felices, plenos, eternos.

Así las bienaventuranzas son universales. Pero no todos pueden ser contenidos en ellas, pues no todos se atreven a beber del cáliz que ellas proponen, de romper con el mundo para que el mundo se santifique, de morir por el otro para ganar la vida.

Porque el Dios de Jesús de Nazareth se inclina abiertamente por los pobres, los pequeños, los humildes. No permanece ajeno ni neutral, y entona sonrisas magníficas cuando los suyos se empeñan en edificar la paz, restaurar el derecho y encarnar la justicia.

Que el Dios Abbá nos limpie los corazones para poder descubrir su rostro en los ojos del hermano, del caído, del prójimo al que nos acercamos.

Paz y Bien

Iglesia: familia creciente, Dios pariente



















Domingo 10º durante el año

Para el día de hoy (10/06/18):  
 
Evangelio según San Marcos 3, 20-35









No debió de resultarle, anímicamente, nada fácil ni sencillo a Jesús de Nazareth permanecer inalterablemente fiel al sueño de su Padre, el Reino, que anunciaba e inauguraba a través de todo su ministerio.

Por un lado, sus enemigos enconados que buscaban menoscabarlo mediante el descrédito, el insulto y el desprecio velados, el objetivo de limar su estatura bondadosa frente a un pueblo creciente que en Él confiaba y le seguía.
Por otro lado, sus mismos parientes que no llegaban a comprenderlo, al extremo de considerarlo loco, alienado, trastornado, fuera de sí.
Más la postura de los suyos ha de entenderse en el contexto en que se desarrollaba su ministerio, en esa cultura y sociedad judía del siglo I de nuestra era. Luego de varios siglos de invasiones extranjeras, de dominios imperialistas por pueblos extraños, de exilios, cautividades, destierros y destrucción de los símbolos nacionales, el pueblo de Israel se aferraba al último reducto que preservaba su identidad, y que era precisamente la familia. Aunque familia no debe ser leído aquí con ojos de siglo veintiuno, sino con el carácter propio de esos tiempos, es decir, los naturales lazos biológicos de padres, hermanos, abuelos y los imprescindibles vínculos tribales, de clan patriarcal que implicaban pertenencia y protección.

Ese Jesús que los suyos habían visto crecer, y del que esperaban siguiera el oficio paterno -artesano o carpintero-, que formara una familia, que viera transcurrir sus años en esa aldea galilea cumpliendo cabalmente con la fé de sus mayores, a los treinta años abandona la casa familiar, el entorno diario y se larga a los caminos con una misión que lo impulsa. Parece revestido de un fuego que lo consume, habla de un Dios muy extraño que perdona, que ama, al que llama su Padre, reparte como lluvia fresca por todas partes sanación a los dolientes y enfermos y, como si no bastara, se junta a comer y beber con los despreciados, con los réprobos, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a ninguna mesa.
En ese desconcierto es que pretenden llevárselo de regreso a Nazareth, y su presencia en Cafarnaúm -haciéndose anunciar, todo un signo- es la advertencia del ya basta, hay que regresar a lo conocido y dejarse de molestar con estas locuras de Reino, de Hijo del Hombre y de todas esas locuras que seguramente han de atraer desgracias para todos.

En ese grupo que lo requiere ansioso está su Madre. Sin embargo, aún en su no comprender al Hijo que ama, prevalece su corazón manso y enorme, y esas dudas que la acucian han de enaltecerla.

Porque el Maestro no redobla la apuesta profundizando las contradicciones y propiciando una ruptura brutal con lo viejo, con lo antiguo. En realidad, lo que declara con un todo que tal vez incomode es una invitación a ensanchar la familia, a crear vínculos nuevos y mucho, mucho más profundos que los establecidos por la genética y la sociedad.
Invita, nada más y nada menos, a ser parte su padre, su madre, su hermano y su hermana, un Dios que se revela familiarmente cercano, al que se lo conoce no tanto desde la razón como más bien desde los afectos entrañables que no pueden quebrarse ni olvidarse.
Así María de Nazareth es Madre por gestarlo, Madre por parirlo, Madre por cobijar en su alma la Palabra y dejar que germine vida nueva, Madre por escuchar esa Palabra de Vida y Palabra Viva y ponerla en práctica.

Todos, indefectiblemente y sin excepción de ninguna clase, estamos convidados a forjar estos lazos nuevos, extrañas ligazones que atan para liberar, una familia creciente en donde todos son tenidos en cuenta, todos son importantes, todos son queridos y cuidados.
A esta familia algunos la llamamos -con todo y a pesar de todo- Iglesia. Pero quizás lo más importante no sean los nombres identificatorios, sino la inefable y asombrosa cercanía de un Dios Pariente de cada uno de nosotros.

Paz y Bien

Inmaculado Corazón de María: el rostro materno de Dios















Inmaculado Corazón de María

Para el día de hoy (09/06/18)
 
Evangelio según San Lucas 2, 41-51






La caravana de amigos y parientes nazarenos se encaminaba a Jerusalem: como todos los años, a presentarse en el Templo -centro de la fé y del espíritu nacional- para el tiempo de la Pascua.

Nos cuenta el Evangelista San Lucas un dato que no debemos pasar por alto: en esa ocasión, subían a la Ciudad Santa con el Jesús Niño, subrayando de antemano que cumplía doce años.
Esos doce años son una clave importante: es la edad en que todo judío varón pasa a ser considerado miembro pleno del pueblo de Israel, con todos los derechos y todas las obligaciones que ello suponía. Es lo que conocemos como Bar Mitzvah -literalmente "hijo del precepto"-.

Si nos detenemos por un momento, y vemos los hechos por sí mismos, sin interpretación ni reflexión, descubrimos que al igual que María y que José de Nazareth, Jesús es un judío observante de las tradiciones y de las normas religiosas del Pueblo Elegido -especialmente deberían entenderlo aquellos hermanos nuestros a los que les place denostar y hasta odiar a nuestros hermanos mayores judíos-.

Por ello, quizás, debamos descubrir que Jesús no comienza su misión ya adulto; desde una edad temprana -a los doce años- se asume como hombre y, como tal, comienza a recorrer su propio camino y crece en la comprensión de su sendero de Salvación.
Es tal su compromiso que olvida a María, a José, a parientes y amigos y se queda en el Templo, en medio de los doctores y exégetas de la Ley, escuchando su enseñanza y a la vez, formulando preguntas.

María y José no advierten su ausencia hasta un día después de haber partido: es muy probable que confiaran que Jesús se encontrara en la extensa y nutrida caravana junto a algún amigo o con alguno de sus muchos parientes. Por eso abandonan la caravana, y regresan a Jerusalem en su busca.

Cuando un hijo se pierde, no hay excusas ni demoras para un corazón de Madre cargado de angustias.

Y lo encuentran, y se maravillan y asombran al ver a ese Hijo justamente allí, hablando de igual a igual con tan doctos hombres.

Y allí, en la ternura de María se revela el rostro materno de Dios, ese Padre que tiene un corazón de Madre.

A ese Hijo que creían perdido, y a todas las hijas e hijos perdidos de toda la historia y especialmente de nuestro presente, María le dice desde su Puro Corazón: -Piensa que tu Padre y yo te buscábamos angustiados-

Allí está una maravillosa resonancia de ese Corazón Sagrado y Misericordioso que nos muestra el Maestro.
Ella, pequeña y joven muchacha y madre judía, no es un sujeto pasivo en el plan de Salvación.

Ella activamente, personalmente, corre presurosa en la búsqueda de los hijos perdidos, con su corazón angustiado hasta que no los encuentra, y lleva con Ella la preocupación misma del Dios de la Vida.

Nos hemos acostumbrado -quizás en demasía- a coronar, vestir con joyas y erguir en su honor magníficas construcciones... Habría que preguntarse si ese mismo afecto que de ese modo le queremos expresar no lo hacemos vida en lo cotidiano.
Porque la mejor honra a esa Mujer y Madre es vivir con su fidelidad, su presteza en salir en la búsqueda del que se ha perdido y muy especialmente, vivir con Ella y como Ella el espíritu del Magnificat, cantando con alegría incontenible a ese Dios que se ha puesto abiertamente del lado de los pobres y los humildes, que derriba a los poderosos de sus tronos, que dispersa a los soberbios, que siempre auxilia a su Pueblo porque es Amor que se traduce Misericordia.

En el mundo, hay demasiadas personas que están a la deriva, perdidos de la vida, apenas atados con un mínimo hilo de supervivencia.
Es misión nuestra -porque es misión de Jesús que nosotros actualizamos- salir en su búsqueda y dar aviso.

Hay que dar aviso no con palabras gradilocuentes, sino con silenciosos e incansables servicios.
Vamos con Ella, descalzos, pero con el alma nutrida por el Espíritu de Aquél que no quiere que ninguno de sus hijas e hijos se pierdan, sin importar condición, origen ni religión.

La Buena Noticia no puede detenerse y no tiene límites.

Paz y Bien

En la tiniebla más cerrada, resplandece el Sagrado Corazón de Cristo














El Sagrado Corazón de Jesús

Para el día de hoy (08/06/18):  

Evangelio según San Juan 19, 31-37







En casi todas las culturas, el corazón simboliza el centro primordial de la persona, su núcleo fundacional desde donde se expresa todo lo que es y todo lo que hace,ser y existencia. En el corazón se unifican también por ello los diversos aspectos de la persona, lo biológico, lo psicológico, lo espiritual, lo ético.

Más aún: tanto el saber popular como las artes -la música, la poesía- intuyen con certeza profundidad, empatía y sentimientos y lo expresan afirmando la presencia de una persona de gran corazón, adjetivo quizás cuantitativo que implica capacidad de buenos sentimientos y, sobre todo, de integridad intachable.
Tener corazón traduce la capacidad de conocerse y reconocer a los demás, de ponerse en el lugar del otro, de asumir como propias las vivencias del otro.
Y su carencia, obviamente, es egoísmo, es falta de compasión y de escrúpulos, es renegar del otro, es tener encendido el detector de enemigos e infractores.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está feliz y fuertemente arraigada en nuestros pueblos. Fruto de esa piedad que se afirma de un modo entrañable y afectuoso, gustamos de representar al Corazón del Maestro con bellas imágenes de un Cristo resplandeciente. Ello no está nada mal, es claro, más no podemos perder de vista que la teofanía, la plena manifestación de su Corazón Sagrado acontece durante la Pasión, un escenario de muerte, de dolor y espanto tales que su verdadero sentido sólo es posible asimilarlo y percibirlo desde el plano de la fé.

Los religiosos profesionales quieren asegurarse la muerte del condenado, y exigen que se quiebren sus piernas, no vaya a ser que se contamine el Shabbat y se quebranten los preceptos. Pero ellos son los que se han sumergido voluntariamente en las tinieblas, porque ese cuerpo que agoniza en la cruz es la verdadera Tienda del Encuentro de Dios y el hombre, templo definitivo que no requiere más sacrificios que el suyo, sólo ofrendas de misericordia, el culto primero.

La crueldad de la soldadesca imperial no se limita a las burlas, al escarnio y a la tortura previa. Su brutalidad parece dominar la escena, con el vinagre del desprecio, con el lanzazo infame que parece ahogar cualquier piedad.
Pero no es un cuerpo herido el que se abre, sino su inmenso corazón, un corazón que contiene a todos, incluso y especialmente a sus torpes ejecutores.

De la herida abierta de ese justo que ha sufrido una muerte terrible, fluye sangre y fluye agua. Es Dios quien fluye allí, un Dios que nada se ha reservado para sí, un Dios que se ofrece como víctima propiciatoria en Cristo para que no haya más crucificados, para que todos vivan y vivan en plenitud.

En ese abismo de amor insondable se renueva la esperanza, porque aún en la tiniebla más cerrada destella el rescate manso que Dios nos ofrece a pura fuerza de bondad.

Paz y Bien

El prójimo que edificamos en el corazón











Para el día de hoy (07/06/18):  

Evangelio según San Marcos 12, 28-34







En los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth, los escribas tenían una relevancia mayor: eran un grupo específico de hombres eruditos, estudiosos de la Torah y de las tradiciones. Sus amplísimos conocimientos le valían el respeto del pueblo -que los llamaba rabbíes, maestros- pues eran doctores de la Ley, y como doctos, enseñaban sistemáticamente a la misma, así como dictaminaban en planos judiciales y teológicos la adecuación de toda la vida judía a la Ley de Moisés. En síntesis, eran los exégetas oficiales de quienes emanaba la interpretación ortodoxa de las Escrituras.
Probablemente, el nombre de escribas se forme varios siglos antes en la historia de Israel, pues en los orígenes eran los copistas autorizados de los libros sagrados, cuyo conocimiento era enciclopédico.

Uno de los temas principales de su reflexión era la cuestión de los preceptos o mandamientos, y es más que razonable que ello sucediese: la Ley enumeraba un total de 613 prescripciones, 248 de carácter positivo y 365 de carácter negativo. Simbólicamente refiere a 248 por todos los huesos del cuerpo y 365 por todos los días del año, es decir, la totalidad de la existencia englobada y regida por la ley, el cuerpo y el alma.
Ahora bien, la razonabilidad de sus inquietudes se hallaba en determinar de entre esos 613 preceptos cuál era el más importante, quizás en la búsqueda de un principio unificante que les confiriera un sentido piramidal y jerárquico.
En las grandes escuelas rabínicas esto no era desconocido: por el contrario, todos sabían la preeminencia de amar a Dios sobre todas las cosas, pero también respetaban la llamada regla de oro, no hacer al otro lo que no desees que te hagan a tí. La fé en su Dios implicaba compromisos con el semejante, el amor al prójimo.
El problema divergía hacia dos vertientes: por un lado, el amor al prójimo como cumplimiento de las exigencias cultuales -limosna, perdón-. Por el otro, el prójimo como el paisano, el otro hijo de Israel, nó el extraño, el extranjero, el gentil.

Curiosamente, el escriba que interpela al Maestro lo hace con una sinceridad demoledora, con una honestidad difícil de encontrar. Pertenece al mismo grupo que busca enconadamente pruebas de blasfemia para esgrimir en un eventual juicio contra Jesús.
A veces, de los lugares y de las personas que menos esperamos, es de donde surge ese ansia de verdad y libertad que son tan auténticamente propios de la Buena Noticia.

El Maestro unifica esos dos criterios -amar a Dios y amar al prójimo- en un sólo mandamiento. El culto verdadero jamás ha de estar desencarnado, nunca podrá desentenderse de la necesidad del hermano. Más aún, el culto primordial es la compasión, es la misericordia que se celebra en el templo santo y vivo que es el hermano.
Desde allí, la cruz no es símbolo de muerte ni instrumento de ejecución. La cruz es símbolo del lenguaje universal de un Dios que se acerca a la humanidad, que sale en su búsqueda incondicional, en su rescate generoso, Dios de amor. La cruz tiene dos maderos inseparables, uno que apunta a los cielos y el otro que se extiende horizontal a los hermanos, porque en el rostro del hermano resplandece el rostro del Creador.

Ese escriba honesto no está lejos del Reino. Aún debe encontrar al Mesías y a su vez, descubrir en cada persona -judío o gentil, amigo o enemigo- al prójimo que debe edificar en su corazón.

Paz y Bien

Dios nos reunirá junto a sí al final de los tiempos













Para el día de hoy (06/06/18):  

Evangelio según San Marcos 12, 18-27







Por lo general, los detractores principales de Jesús de Nazareth -a través de las narraciones teológicas de los cuatro Evangelistas- suelen ser escribas y fariseos, ambos pertenecientes a la misma corriente y sectarismo religioso fariseo, es decir, que el conflicto esconde también una teología y criterios éticos fundantes
Sin embargo, otro grupo tan importante como éstos pero con un perfil quizás más bajo es el de los saduceos; ellos -tsseduquim- se consideraban descendientes del Sumo Sacerdote en la época del rey Salomón, Tsadoq, y constituían la élite aristocrática de la nación judía, aportando nombres propios a la dirigencia religiosa sacerdotal del Templo y la gran mayoría de la nobleza laica, terratenientes y comerciantes a menudo identificados como los ancianos. Para tener un panorama relativo, el Sumo Sacerdote Caifás -tan decisivo en la horas de la Pasión- como su predecesor, su suegro Anás, eran ambos pertenecientes a la secta saducea.

Teológicamente, sólo aceptaban como sagrados a los libros del Pentateuco, desechando toda escritura proveniente de la tradición oral, y su lectura era lineal y dogmática, adaptada también a justificar su status quo, su poder económico y bienestar. Esta postura, desde el punto de vista ético, no nos es desconocida, y refiere a esas teologías de la prosperidad, la riqueza comprendida como bendición divina.
Eran decididamente conservadores, esto es, perpetuadores de lo que los favorece, les brinda poder e influencia, y nó tanto como cultivadores de tradiciones que se mantienen vivas en el corazón del pueblo.
Dios nos ampare de los razonadores de miserias, y los justificadores de opresiones.
Por estos motivos, principalmente, rechazaban cualquier postulado referente a la resurrección y a cualquier novedad que suponen una desestabilización a una condición que, de suyo, les pertenece por decisión divina.

A partir de estas cuestiones quizás se comprenda mejor el conflicto que el Evangelista Marcos nos hace presente en la liturgia del día; en realidad, la casuística que denota implica una exacerbación absurda de la ley de Levirato, cuyo objeto primordial es ridiculizar al Maestro y, con ello, restarle relevancia en su ascendiente sobre las gentes que le escuchaban.
La ley de Levirato era una tradición jurídica mosaica por la cual, frente al fallecimiento del esposo sin descendencia, la viuda contraería nupcias con el cuñado a fin de garantizar la perpetuación del linaje y la descendencia y herencia familiares; ésto no puede evaluarse con criterios propios del siglo XXI, pues sería un anacronismo injusto, y ya en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth había caído en desuso.

Sin embargo, el criterio de esos hombres escondía otra idea mucho más compleja que una insidia venal contra el rabbí de Nazareth: se trata de su relación con Dios y con el prójimo. Al banalizar toda cuestión a la vida postrera, explicitan que les repugna cualquier idea de un Dios al que no manipulen, un dios con minúsculas acorde a sus esquemas, un dios que les resulta útil y nó un Dios al que sirven y que está vivo y presente en medio de su pueblo, Dios de la vida, Dios de vivos, Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de nuestros padres y de nuestros amigos, el Dios Abbá de Jesús de Nazareth que recrea la existencia frente al verdadero enemigo que es la muerte, un Dios asombroso que ama de manera incondicional y que reunirá junto a sí a todos al final de los tiempos.

Paz y Bien

De Dios son las cosas que no se pueden comprar nunca













Para el día de hoy (05/06/18):  


Evangelio según San Marcos 12, 13-17






A través de mucho tiempo se han planteado diversas aseveraciones partiendo de la reflexión de este Evangelio, y es la licitud, por parte de los cristianos, del pago de los impuestos, del cumplimiento de sus obligaciones civiles. Ello no está mal, claro está, pero quizás se trate de una lectura parcial, convenientemente adecuada a circunstancias históricas, en donde se deja de lado la postura de Jesús de Nazareth respecto del dinero y del poder.

En los tiempos del ministerio del Maestro, la Palestina ocupada por Roma desde el año 63 A.C. -Judea, Galilea, Transjordania y varios territorios más- debían pagar al Imperio dos tipos de tributos. Por un lado los impuestos directos, y entre ellos el llamado tributum soli que estaba referido a las propiedades y el tributum capiti que refería a la fuerza laboral y se fundamentaba en la cantidad de vasallos que habitaban esas tierras; así entonces el censo realizado cerca del nacimiento de Jesús era de capital importancia, pues sus resultados incidirían sobre la recaudación imperial.
También había impuestos indirectos, que se referían a las transacciones comerciales, al uso de lo público, al ejercicio de artes y oficios.

Ninguno de estos datos es menor: allí estaban estacionadas dos legiones que aplastarían mediante la fuerza cualquier levantamiento, pero que también garantizaban -mediante su ominosa presencia- que los impuestos se cobraran con exactitud y regularidad: el no pago del tributo era considerado una subversión imperdonable que se castigaba con la muerte. Es lógico: sin impuestos cobrados en los territorios sometidos, el César no podía sostener de ninguna manera la fuerza militar de las legiones que, a su vez, sustentaban y ampliaban el dominio imperial.

La pregunta que le hacen al Maestro no tienen ningún viso de inocencia: sus interpeladores saben bien que, por un lado, si Jesús asegura que es lícito pagar los tributos será despreciado por ese pobrerío que lo escucha con atención y esperanza, un pobrerío agobiado por esas cargas. Y también saben que si reniega del pago, el pretor romano se encargará de hacer lo que ellos intentan y no se atreven, y es suprimirlo por la fuerza como un delincuente peligroso.

Parece un problema sin solución, pero Jesús hace gala de una astucia campesina que a menudo podemos intuir entre nuestra gente. El simple gesto de pedir un denario tributable es signo de que Él no los posee, ni que los denarios son cosas de Él.
Porque la pregunta es un silogismo tramposo y erróneo: la discusión de fondo es acerca del dinero y del poder.

Las cosas del Cesar son el dinero y las cosas que el dinero puede comprar, la fuerza opresiva, la violencia, la explotación, el poder sin límites que sojuzga personas y tierras, la divinización del que domina, la esclavitud de millones, el culto al dios mercado.

De Dios son las cosas que no se pueden comprar nunca, la solidaridad, la fraternidad, la compasión, el socorro y, por sobre todo, el poder entendido como servicio.

Nos queda saber en nuestras cotidianeidades a quienes rendimos tributo y de qué modo estructuramos el culto.

Paz y Bien

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