La santa locura del Reino de Dios











Para el día de hoy (20/01/18) 

Evangelio según San Marcos 3, 20-21






La lectura del día de hoy es en apariencia muy corta, consta sólo de dos versículos. Sin embargo, tiene una enorme trascendencia y nos proyecta a la dimensión del Reino.

Nos encontramos nuevamente en Cafarnaúm, la ciudad donde estaba el hogar familiar de Pedro y Andrés, y en donde Jesús solía hospedarse. En un plano simbólico y a la vez pleno de significado, hay un desplazamiento desde la sinagoga en donde ya no se lo acepta ni tolera hacia la casa, hacia el hogar en donde se recibe a Cristo como un miembro de la familia.
La Iglesia, allí comunidad naciente, hoy creciente, se edifica alrededor de Cristo y se moldea al fuego del Espíritu como familia de vínculos mucho más profundos y trascendentes que los que indican la biología o la raza.

En esta ocasión, Jesús y los suyos regresaban de uno de sus peregrinaciones misioneras, el anuncio de la Buena Noticia. Hablamos de una época en que es infrecuente el traslado en vehículos a tracción de sangre o en montas de diverso origen: los viajes dentro de Israel y las zonas adyacentes solían realizarse a pié, y si a eso sumamos las demandas en aumento de tanta gente desamparada, ello implica para ese rabbí y para sus discípulos un cansancio demoledor, y con ello la necesidad de volver a centrarse, de descansar, de comer y recuperar fuerzas.

La imagen de un Cristo cansado es importantísima, tan decididamente humano y a la vez tan santo, un cansancio sagrado que proviene de una caridad sin límites.
Pero los padeceres de las multitudes parecen no agotarse nunca, y rodean la casa, y ellos ni siquiera pueden comer. Hay allí la desesperación de un nutrido rebaño sin pastor, presa fácil de la miseria y las enfermedades librados a su suerte, castigados por ciertos criterios que, preventivamente, los clasifican como impuros y les presentan un Dios severo e inaccesible.
Pero también en ese cúmulo de pesares y angustias hay una prevalencia de la fama sanadora del Maestro. Aún así, a pesar de ese error, no es óbice para el inmenso corazón misericordioso del Señor.

Pero tanto el conflicto frontal con las autoridades religiosas como su vida itinerante descoloca a sus parientes, y como siempre deberíamos actuar, es menester ponerse en el lugar del otro.
Desde su punto de vista, lo han conocido desde niño, lo han visto crecer y aprender el oficio paterno. Esperan que como todo varón judío, se case, forme una familia, crezca en las tradiciones y en la fé de Israel.

Jesús de Nazareth no hace nada de lo que se espera de Él. A nosotros también nos sorprende, y es menester suplicar que nunca nos acostumbremos, que siempre estemos dispuestos al asombro.
Los parientes no sólo están confundidos por este joven que creen conocer tan bien, y que de golpe se larga a los caminos, permanece tenazmente célibe, habla de Dios y, para colmo de males, no tiene ni un ápice de temor ni de vergüenza en enfrentar a la ortodoxia religiosa que comienza a proyectar una sombra ominosa sobre su existencia, y que se consumará en las horas de la Pasión.

Lo creen exaltado, enajenado, por ello lo buscan.
Pero es la locura del Evangelio, que no puede contenerse ni acallarse, mansa locura de Buenas Noticias, de Salvación, de un Dios enamorado de su Creación.

Paz y Bien

Seguir a Cristo, vivir con Cristo, anunciar a Cristo














Para el día de hoy (19/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 3, 13-19






Las Escrituras están pobladas de signos y símbolos que son como trampolines para que tomemos impulso, para trasponer las escasas fronteras de la pura literalidad y sumergirnos en las aguas santas del misterio, del infinito, de la eternidad, de Dios mismo.
Signos que nos orientan con certeza la mirada, señales con un destino preciso.
Símbolos que son ventanas que se abren al día, día de sol -sin demasiados razonamientos, con una profundidad asombrosa-, para no quedarnos en lo poco que somos capaces de ver.

El Evangelio para el día de hoy nos regala así varios símbolos, a pesar de que en apariencia su extensión es pequeña.

El envío misionero sucede en la montaña, símbolo del encuentro con Dios, y es a partir de un encuentro muy personal con el Dios del universo que se descubre la vocación -que debe ser cultivada, cuidada, edificada-, y que es iniciativa bondadosa de ese Dios que nos sale al encuentro.

Son doce los elegidos, los instituídos por el Maestro como discípulos, símbolo de las doce tribus de Israel, las que llevaron desde la cautividad de Egipto la promesa inquebrantable de un Dios que siempre cumple sus promesas, y es la continuidad a través de los siglos del amor y la constancia de un Dios que jamás nos abandona, que nunca renuncia a sus hijas e hijos, que pone toda su confianza en la humanidad con todo y a pesar de todo.

Los nombres responden a hombres concretos, de carne y hueso. La vocación siempre es personal, se dirige a cada uno de nosotros con nuestros caracteres, con nuestros aciertos y nuestros errores, con nuestras fidelidades y nuestros quebrantos aún a riesgo de la traición mayor. Es que se trata de la locura indescriptible del amor mismo.

Los sueños infinitos de Dios para toda la humanidad por la que se desvive, su proyecto, sólo pueden expresarse y concretarse a través de la comunidad que Él mismo reune, congregación cordial que tiene que ver con los sentimientos antes que con las razones: es la re-unión junto a Jesús de Nazareth y no la adopción de un corpus de ideas y preceptos religiosos.
Esa comunidad se distingue por ser elegida por la misma ternura de Dios, sin que influyan méritos o esfuerzos previos: de Dios son siempre las primacías.
Esa comunidad tiene por misión anunciar la mejor de las noticias a todos los sitios, a todo el mundo, hasta los confines del universo, en un esfuerzo cotidiano por desalojar con bondad y mansedumbre el mal que hiere, aliena e impide la plenitud, el ser felices.
Y es una comunidad que está inmersa en todas las Galileas de las periferias del mundo: no mira al resto desde alturas soberbias ni a través de distantes monitores, sino que se funde con los más pobres, en donde resplandece el rostro mismo de Dios.

Una comunidad que soñamos, que amamos, que a veces nos duele a morir, y que llamamos Iglesia.

Paz y Bien

Una doctrina que se aprende en la misma existencia, corazón adentro













Para el día de hoy (18/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 3, 7-12






El conflicto con las autoridades religiosas de Israel fué in crescendo, brutal e inclemente. Ya le habían impuesto la etiqueta de blasfemo y aberrante, del nó porque nó, y aunque Él afanosamente no la buscara, la ruptura sucedió. En adelante Jesús de Nazareth ya no podría enseñar en las sinagogas pues escribas, fariseos y herodianos -en especial, los dos primeros- dictaminaron su excomunión de la peor de las formas, es decir, mantenerlo bajo sospecha permanente de infractor y hereje. Nunca concedieron ni una posibilidad de consideración a la bondad, a la salud, a la escucha.
Sin dudas, el poder es una droga perniciosamente adictiva cuando no es servicio hacia los demás, y el poder de esos hombres oscilaba peligrosamente pues se exhibía carente de autoridad, de verdad, de legitimidad.

En una contrapunto sinfónico, a la execración de las autoridades religiosas, a su envidia y severos recelos, el pueblo sencillo lo busca con denuedo, lo sigue adonde vaya, confía en Él sin demasiadas vueltas. Puede que aún tengan ciertos vicios en sus almas de los que deban aligerarse, y ciertas imágenes que les enturbien la mirada -las ideologías pueden ser gravosas-, pero la multitud lo sigue con ansiedad y confianza, y es el primer paso de la fé, el confiar en la bondad de Jesús de Nazareth que es el amor mismo de Dios y es su doctrina, una doctrina que se aprende en la misma existencia, corazón adentro, antes que en las academias.

Venían de la misma Judea, la de la ortodoxia, la de los más puros, la de esa Jerusalem resplandeciente e imponente. Venían los sospechados campesinos y pescadores galileos, sus paisanos. Venían los idumeos, sureños ellos y casi extranjeros. Venían los norteños de Tiro y Sidón, más gentiles que judíos, y aún así, a nadie rechazaba.
En esa multitud radica el símbolo de todas las naciones de la tierra, de todos aquellos que sólo en ese Cristo encontrarán respuesta. Probablemente, sea menester que el Maestro deba subirse a un pequeño bote por el empuje de las gentes, y no sólo por su propia seguridad: hay que calmar los ánimos, hay que aplacar un poco las ansiedades para que no sobrevengan esos amontonamientos en donde se pierde la singularidad, esa identidad propia de cada uno tan amada por Dios.
Y hay un tiempo de crecimiento: quizás aún no puedan reconocerle como Mesías, pero lo que verdaderamente cuenta y permanece es la confianza en Su persona.

Como bautizados con una inequívoca vocación misionera, es menester que la Palabra nos interpele. Y especialmente nos sinceremos para decir en verdad de qué lado estamos, si en el ámbito de los circunspectos juzgadores del amor y la compasión, o en el cómodo balcón tibio de los que observan y dictaminan acerca del pueblo sin involucrarse, con un escondido sentimiento de superioridad culpógeno.
O definitivamente, gratamente embarrados nuestros pies en medio del pueblo sufriente en el que Dios ha acampado y se ha quedado para siempre.

Paz y Bien

Culto y compasión














Para el día de hoy (17/01/18):  

 
 
Evangelio según San Marcos 3, 1-6





El culto realizado en la sinagoga durante el Shabbat era sagrado, y de cumplimiento estricto; lo que se debía hacer durante ese lapso estaba férreamente delimitado, de tal modo que resultaba frecuente encontrar a los principales del lugar preocupados en detectar las posibles infracciones.
Todo se había exacerbado a tal punto que, con pretendidas buenas intenciones, el Shabbat se volvía cada vez más rígido y excluyente y carecía de todo espíritu festivo, de encuentro y celebración con Dios. Así entonces esos hombres fariseos se volcaban por entero al resguardo de la observancia exacta de la Ley, pero no cedían ni un ápice de su tiempo para pensar en su Dios, aún cuando decían actuar en su nombre.

Ese sábado, por entre los asistentes al culto se encontraba un hombre con la mano paralizada o reseca; seguramente estaba apartado de la congregación principal pues era sabido que toda enfermedad se atribuía a la consecuencia directa del pecado, es decir, ese hombre carecía de derechos de plena participación religiosa por ser considerado un pecador, un impuro en ese pequeño mundo de hombres selectos.
Como si ello no bastara, con su dolencia tampoco tenía la posibilidad de trabajar y ganarse dignamente su sustento, volviéndose por entero dependiente de los demás.

Los ojos escrutadores de esos profesionales de la religión estaban puestos en el Maestro, avizores para detectar cualquier anomalía heterodoxa por la cual condenarlo.
Por ello, Jesús de Nazareth hace dar un paso al frente al enfermo, al doliente, y lo pone por delante y al centro de la comunidad; allí precisamente está el milagro, en la restitución de la dignidad y en subvertir el desorden establecido, y la sanación de la mano paralizada será consecuencia de esa humanidad re-creada.
Porque los verdaderos discapacitados era aquellos que dejaron endurecer sus corazones y practicaban sacrificios humanos...en el altar de su soberbia y su egoísmo, sacrificaban al prójimo.

Jesús de Nazareth enseña y revela el Reino con palabras, con gestos, con hechos.
Así entonces el culto verdadero será la compasión que no atrevamos a encarnar, y hay celebración plena cuando el doliente y el necesitado pasan a ser el centro de la asamblea.

Paz y Bien


Santo y secular, el Reino en el tiempo













Para el día de hoy (16/01/18):
Evangelio según San Marcos 2, 23-28





Durante siglos, la celebración del Shabbat distinguió a Israel de las otras naciones: día de reposo, institución sacralizada hasta límites insospechados, a tal punto que su observancia era escrupulosamente controlada aún por sobre el resto de los mandamientos.

Es claro que guardar este precepto significaba ser un cumplidor fiel de la ley, y, por el contrario, su transgresión conllevaba a ser encasillado como blasfemo, idólatra y renegado.
Entre las severas prohibiciones relativas al no quebrantamiento del sábado podríamos encontrar, por ejemplo, el cuidado del ganado: si un animal corría el riesgo de morir por algún accidente, nada debía hacerse en pleno sábado. Esta medida no era tomada al pié de la letra por los campesinos galileos, que si bien era respetuosos de la ley y observantes religiosos, también tenían una cuestión de fondo: sobrevivir y vivir.

Otra de las prohibiciones -símbolo de la inmovilidad absoluta permitida- era recoger espigas en el campo, quizás pensando en el tiempo de cosechas. Aquel día Jesús y sus amigos atravesaban un sembrado, y movidos por un deseo primordial -el hambre- toman algunas espigas frotándolas en las palmas de las manos para lograr quizás un bocado que les traiga algo de alivio.

Sin embargo, siempre están presentes las miradas mezquinas de los profesionales de la religión, los veloces críticos de los pecados ajenos, los defensores a ultranza de la ortodoxia que suele olvidar desde el vamos al hombre que cree e intenta creer aún cuando pueda equivocarse, señores del martillo y la sanción rápida pero nunca del perdón y el abrazo.

Así entonces la crítica no se hace esperar: no importan motivos ni gestos, cortar espigas está prohibido, vá en contra de lo sagrado y tus amigos, rabbí, están transgrediendo algo tan fundamental para Israel, para el pueblo Elegido.

La respuesta del Maestro no puede ser más asombrosa: no sólo defiende a los suyos, sino que avala y justifica su actitud, y más aún: algo tan profano y secular como el hambre, como una necesidad humana primordial es enaltecida como sagrada, y a la vez se desdibuja la pretendida sacralidad del Shabbat, subordinándolo al bien del hombre.

Es un nuevo paradigma santo que nos cuesta aceptar, y es aquel que descubre como santas esas cuestiones que laten en la existencia cotidiana de mujeres y hombres, cuestiones que podrían llegar a considerarse menores o circunstanciales. Normas, dogmas y religión deben estar al servicio de la vida y no a la inversa, ninguna creencia debe conducir a la esclavitud de las almas.

Quizás entonces en la realidad de las miserias y quebrantos diarios debamos reencontrarnos con el sentido más profundo de lo que nos revela y rebela Jesús de Nazareth, volvernos cada día más humanos, santificando la vida y honrando al Dios que la prodiga sin condiciones desde la proclamación de la solidaridad y la misericordia.
No hay otra religión, el resto es accesorio.

Paz y Bien

La alegría distintiva de la vida cristiana











Para el día de hoy (15/01/18):  


Evangelio según San Marcos 2, 18-22





Las actitudes y acciones de Jesús de Nazareth siempre encendían polémicas, reproches y rechazos descalificatorios, los cuales fueron in crescendo hasta llegar a la brutalidad de la Pasión.

Los críticos más exacerbados del Maestro eran, particularmente, escribas y fariseos; habitualmente, usamos estos dos términos de modo peyorativo, pero es una postura errónea. Estos hombres eran extremadamente piadosos, su fé regía todo los órdenes de su vida y amaban a su Dios, a quien suponían Juez y verdugo estricto, lejano e inaccesible. Por ello mismo, esgrimían una religiosidad retributiva, es decir que con el cumplimiento de las normas cultuales y de piedad obtendrían los favores divinos y a la inversa, quien no siguiera estos preceptos sería depositario de maldiciones y condenas como por ejemplo las enfermedades. A la vez, preparan sus almas para una bendición postrera, post mortem, reivindicación de su Dios para con los justos como ellos se consideran.

Así entonces, oscilan desde el estupor a la rabia cuando Jesús de Nazareth y sus discípulos comienzan a transgredir lo que para ellos es inamovible y sagrado, como por ejemplo en el caso de hoy el ayuno.
Él no está en contra del ayuno ni de otras acciones piadosas, pero ha inaugurado el tiempo nuevo, kairós de la Gracia, y todo es distinto. Él habla de un Dios muy cercano, tan cercano que habita en cada corazón, un Dios que es Padre y es Madre también, un Dios que sale al encuentro de la humanidad, un Dios que es amor, un Dios que se hace ofrenda incondicional, un Dios que perdona y vendas las heridas infringidas por el pecado, un Dios que salva.
Las primacías son del Dios Abbá que busca sin descanso la redención de toda la humanidad antes que su castigo.

Por todo esto, los discípulos y también el pueblo se encuentran gratamente asombrados, y en sus almas bulle la alegría de manera contagiosa: Dios está cerca, Dios nos ama, Dios nos convida, Dios nos perdona.
Para esos hombres de rostro adusto y rictus severo, esa alegría es intolerable, pues entienden que la verdadera fé es la de ellos, la del ceño fruncido, la del rigor que agobia. Así se les hará muy difícil abrir sus puertas al Reino, pues este vino nuevo requiere odres nuevos, y ellos persisten en sus viejos y perimidos envases acartonados.

Pero la Gracia todo lo empuja, y es dable ansiar que se rompan unos cuantos tejidos con parches inútiles. Aún no terminamos de asumir que uno de los distingos de las seguidoras y seguidores de Jesús sea la alegría que no disminuye a pesar de los dolores cotidianos.

Paz y Bien

Cambiar la vida, cambiar la historia













2° Domingo durante el año
Para el día de hoy (14/01/18):
Evangelio según San Juan 1, 35-42







En Juan, en Jesús y en los discípulos, en la Palabra para el día de hoy, predominan las miradas, miradas profundas que van más allá de las apariencias vanas y que llegan a la esencia, a lo verdaderamente importante y definitorio.

Juan ha visto que en ese galileo humilde y anónimo que se arrima a su altar de corazón y río está el Espíritu de Dios: quizás él no sabe su nombre aún, pero reconoce que ese hombre es el Esperado, en el que se cumplen todas las promesas, Aquél que es el Cordero de Dios, memoria y presencia de comunión y liberación.

Juan tiene una integridad insuperable, ni la violencia de Herodes conseguirá doblegarlo. Pero además tiene ese actitud maravillosa -que es menester reconocer en tantos- de quien ha cumplido su misión, de quien encontró su plenitud sirviendo y no ansía nada más. Por ello señala a Jesús a los suyos para que lo sigan con la mirada encendida de fé y esperanza. Juan disminuirá pero su luz no se apagará jamás, sigue resplandeciendo hasta nuestros días.

Juan señala a Jesús a dos de sus compañeros: uno es Andrés -pescador el hombre, hermano de Simón Pedro- y el otro, deliberadamente, permanece anónimo para que todos y cada uno de nosotros nos descubramos allí y pongamos nuestros nombres.
Ante la señal del Bautista, ellos se ponen en marcha y lo siguen: ese galileo ha despertado en ellos esperanzas adormecidas, ese rabbí sacia su sed y colma su hambre. Por ello mismo, la vocación cristiana sea ante todo movimiento, despertarse, descubrir a una persona anda por nuestras orillas y es nuestra Salvación antes que la adopción de una idea o la adhesión a una doctrina.

Andrés y nosotros le preguntamos -Maestro, ¿donde vives?-, y no es una mera inquietud domiciliaria: son las ganas de saber en donde lo podemos encontrar a diario si perdemos el rumbo, en donde está Él habitualmente, cómo hacer para que ese andar primero se multiplique en toda la existencia.

La respuesta de Jesús no puede ser más contundente en la verdad ni más esperanzadora en el impulso: Él inquiere con ese -¿qué buscan?- la busqueda más profunda, la superación de toda fotografía mezquina, el éxodo de cualquier construcción que nos hagamos de un Cristo a medida de nuestros deseos.
Aún así hay más, siempre hay más.
Vengan y vean es un magnífico desafío, una estupenda invitación a ir mar adentro de la rutina, a navegar en nuestras frágiles barcas con rumbo a un horizonte cierto e infinito pues no naufragaremos, la noche ha finalizado.

Con los ojos encendidos de esperanza y los pies ligeros de alegría, Andrés se apura a comunicarle a su hermano Simón Pedro lo que ha descubierto y especialmente, a Quien ha descubierto. Y esto tiene un efecto increíblemente multiplicador: Simón Pedro también se moviliza, hasta el punto de tener un nuevo nombre -Cefas- quizás significando que el encuentro transforma desde la raíces al punto de ser nuevas vidas que se despliegan, nombres nuevos para hombres nuevos.

Desde allí, podremos comenzar a hilar que la evangelización sea ante todo una alegría que se comparte y no se oculta, una experiencia comunitaria que nace desde un encuentro muy personal, tan personal que se vuelve contagioso, el mejor de los contagios, ese que no puede detenerse y que sigue hoy siendo clave y llave de todo despertar: vengan y vean que no estamos solos, que el tiempo es fruta madura, que no hay que resignarse, que Él al fin está allí invitándonos a diario a cambiar la vida y con ello, toda la historia.

Paz y Bien

Convidados a una nueva mesa de hermanos













Para el día de hoy (13/01/18):  

Evangelio según San Marcos 2, 13-17




La Palabra de hoy nos impulsa a contemplar distintas mesas.

Está la mesa de Leví, mesa de publicano, de recaudador de impuestos judío al servicio del opresor romano, mesa conocida duramente por los más pobres a la hora de pagar los tributos, mesa de corrupción y de explotación, mesa señalada por todos como mesa de miserias. Sin embargo, en donde todos auguran lo definitivo, el sello indeleble de la perdición, el Maestro siempre encuentra una posibilidad de algo nuevo, de vida que se transforma, de Salvación. 

Él expresa esa asombrosa fé que Dios tiene en cada uno de nosotros, infinitamente mayor que aquella que nosotros tenemos en Él.
Él cree en nosotros, en mujeres y hombres concretos con nombre y apellido como Leví, capaces de dejar atrás todo lo que sumerge y alzar la mirada, y ponerse en marcha tras los pasos de Aquél que siempre está por delante de nosotros, porque de Dios son las primacías y todas las iniciativas.

Está la mesa de los severos escribas fariseos, una mesa para unos pocos selectos, la mesa exclusiva de aquellos que se creen mejores y puros, la mesa de los profesionales de toda religión, la mesa de pocos asientos en la que muchos no tienen lugar.

Y está la mesa grande de Jesús, mesa de gesto fraterno e invitación enorme, mesa preferencial para aquellos señalados como réprobos oficiales, sobre los que cae inmisericorde el sayo de la pre-condena. Esa mesa es mesa gratamente escandalosa, mesa que desafía el rostro adusto y triste de los gestos vacíos, del culto sin corazón, de vidas sin compasión.

A esa mesa estamos invitados con la inexplicable y alegre melodía de la Gracia.

Paz y Bien

Solidaridad, compasión y creatividad














Para el día de hoy (12/01/18):  


Evangelio según San Marcos 2, 1-12






Ese hombre estaba atado a su camilla, postrado en su dolencia y sometido por ideas que, religiosamente, anudaban la enfermedad a la culpa de un pecado, un castigo exacto de parte de un dios al que se creía juez y verdugo. La parálisis comenzaba en su alma.

El Maestro se encontraba en una casa -probablemente el hogar de Simón Pedro y Andrés-, y en ese ambiente de hogar y de cotidianeidad anuncia la Palabra, habla de su Padre, revela ese amor asombroso e infinito. Acostumbradas como estaban a rigores y rictus severos, las gentes se agolpaban en el lugar, desbordando cualquier espacio razonable y hasta bloqueando las puertas.

El padecimiento de ese hombre no le resultaba indiferente a esos hombres que intentan llevarlo a la presencia de Jesús de Nazareth. No sabemos si son sus amigos, parientes o vecinos, no conocemos sus nombres, filiaciones o pertenencias sociales o religiosas.
Sin embargo, sabemos que confían de todo corazón en ese rabbí galileo de palabras nuevas, confían en que Él puede sanar al enfermo, y son solidarios con su sufrimiento, la compasión y la generosidad los impulsa.

Esos hombres no bajan los brazos, ni se resignan frente a la aparente imposibilidad de acercarse a ese Cristo que saben cercano. No pueden llegar de manera convencional, la puerta deviene inútil, y unos ojos demasiado racionales señalarían la imposibilidad práctica de evitar el inconveniente.
Pero ellos son unos atrevidos en el mejor de los sentidos, y desde ese resplandor solidario que irradian buscan un rumbo distinto, un camino alternativo en base a su imaginación y a su esfuerzo: por ello no temerán en abrir un boquete en el tejado, y desde allí descuelgan camilla y enfermo a los pies del Maestro.

Cuando se conjuga el amor de Dios con la fé del hombre, acontecen los milagros. Porque esos esfuerzos son agradables a los ojos de Aquél que nos espera con ansias para ponernos en pié con su perdón, para recordarnos que somos hijas e hijos, para seguir adelante con todo y a pesar de todo, en una familia de atrevidos que no se desalientan por los obstáculos que se presentan a la hora de la solidaridad y la compasión.

Paz y Bien

El paso salvador de Dios por la existencia













Para el día de hoy (11/01/18):  


Evangelio según San Marcos 1, 40-45








Como un signo cierto de los tiempos, a partir de la injusticia obrada contra Juan el Bautista, Jesús de Nazareth regresa a Galilea y se larga a los caminos. Lleva a todas partes el anuncio de la Buena Noticia, por los poblados, las ciudades, en donde las gentes trabajan, en las sinagogas en donde se reunen a orar y a hablar de las Escrituras.
Es muy diferente a Juan, que se queda en el desierto, bautiza a orillas del río y allí recibe a muchos. Jesús es dinamismo, es la imagen misma de Dios que sale al encuentro del hombre, y tiene un terrible hambre de enseñanza. Nada ni nadie puede detener su vocación docente, la revelación de ese Dios que es Padre y ama a todas sus hijas y a todos sus hijos.

Como contrasigno, ese hombre agobiado por la lepra es el opuesto total. Es un cuerpo doliente y un alma sometida. En aquel entonces, la lepra era una cuestión sanitaria, una cuestión social, una cuestión económica y una cuestión religiosa, siendo ésta última la principal que subsumía a todas las otras.
Sanitaria, pues no se tenían respuestas médicas que aliviaran las terribles consecuencias degenerativas y contagiosas.
Social, pues al no tener respuesta médica, al enfermo es menester aislarlo de familia y comunidad.
Económica, pues el ostracismo obligado impide que el enfermo se gane el pan diario y permanezca sumido en la miseria, apenas subsistiendo por una ocasional limosna.
Y religiosa, pues los sabios y eruditos habían determinado que la lepra era señal de impureza ritual absoluta, por lo que -además del lógico contagio- era considerado en el escalón espiritual más bajo, todo ello producto del castigo divino frente a pretéritos pecados. Tal es así, que quienes determinaban la presencia o ausencia de la enfermedad eran los sacerdotes. Una vez colocado el terrible sambenito, el leproso no podía vivir en las ciudades, ni acercarse a ningún judío que pasase cerca, exclamando a viva voz su condición de impuro, vestido de harapos y revestido de suciedad. Muerto en vida -pues los casos de remisión eran casi inexistentes- es apenas un cuerpo a la vera del camino.

Y sucede lo impensado. Ese hombre, contra todas las normas estrictas de contacto y segregación se acerca al Maestro, lo aborda y le ruega. Es un hombre que tiene su mente conquistada por ese ideario religioso imperante, pero a la vez es un hombre que no se resigna, y que seguramente ha oído maravillas de ese joven rabbí nazareno que a nadie rechaza, que habla con autoridad, que expulsa espíritus malos. Por ello mismo suplica ser limpiado, purificado, si tal es la voluntad del Maestro, y en esa plegaria hay un reconocimiento de Jesús como Señor: sólo Dios puede purificar, es decir, sólo Dios -para esa mentalidad- puede quitar la pena que ha impuesto. Aún así, su atrevimiento porta una fé grande, y una confianza ilimitada en la persona de Jesús de Nazareth.

Jesús no está cómodo. Él está de camino, de camino misionero, peregrino de enseñanzas nuevas, y no quiere ser presas de multitudes atadas a los fenómenos -que lo consideran un sanador nomás- ni tampoco quebrantar porque sí las normas. La Ley no es mala, la Ley se ha desviado y ya no sirve al hombre.
Jesús está alterado por la interrupción y por esa condena cruel. Por ello se conmueve, y por ello quedan en un plano muy posterior sus enojos eventuales. La compasión ha de signar todo su ministerio, y no vacila en en demoler la costumbre instaurada: así tocará al intocable, al prohibido, y el hombre se ha purificado desde su misma raíz. Ese contacto bondadoso le ha restituido su humanidad plena, su identidad única e irreductible.
El antiguo leproso recibe instrucciones precisas: ha de presentarse al sacerdote, para que éste certifique su estado de salud y pureza. Ha de ser readmitido en la vida comunitaria y religiosa por los mismos que lo han execrado, con la estricta instrucción de no revelar nada de lo que ha sucedido, Cada cosa tiene su tiempo, y si hay alguien que no es amigo de propaganda alguna es, precisamente, el Maestro.

Pero el ex-leproso desobedece, y vá por todas parte contando lo que le ha sucedido. El Maestro caminante se ha impurificado -se contagió esa impureza condenatoria- y por eso debe retirarse a un lugar solitario. El hombre ya sano, es un misionero sorprendente, un apóstol improbable, que anunciará el paso salvador de Dios por su existencia, y eso es lo que llamamos Evangelización: contar la Buena Noticia que nos ha acontecido por nuestros encuentros personales con Jesús de Nazareth.

Paz y Bien

Iglesia, hogar y comunidad












Para el día de hoy (10/01/18):  


Evangelio según San Marcos 1, 29-39






Siguiendo el modo en que el Evangelista Marcos realiza su relato de la Buena Noticia, Jesús de Nazareth comienza su ministerio al enterarse de los terribles hechos acaecidos contra la persona de Juan el Bautista, un hecho político que tiene su raigambre netamente espiritual.
Él ha sabido leer la impronta de los tiempos, y todo indica que la historia está grávida, a punto de parir la Gracia, el Reino.

Luego, Él se encamina a la cotidianeidad del trabajo de unos pescadores galileos, Simón y Andrés, Juan y Santiago, y los convoca a seguirle. Porque el llamado es personal -con nombre y apellido, nada abstracto- y porque la vocación cristiana es seguir a Alguien, a ese Cristo que siempre se acerca primero.

Posteriormente, lo encontraremos enseñando en las sinagogas y expulsando el mal de almas y cuerpos atormentados. Es un ambiente complicado y peligroso, pues a causa principalmente de los escribas -y en parte de los fariseos- cierto fundamentalismo fué enquistándose en la institución sinagogal, un fundamentalismo que al igual que todos reacciona con violencia frente a lo distinto, y busca la expulsión de la heterodoxia, que en este rabbí galileo es manifiesta.

Al fin, llegamos a Cafarnaúm. Jesús de Nazareth se ha afincado allí, muy probablemente en el hogar familiar de Simón Pedro y de Andrés. El Evangelista lo señala con inusitada precisión, y entendemos que su intención no es determinar un ámbito público -como puede ser el de la sinagoga o el de las multitudes que lo buscan- confrontado al ámbito privado de una vivienda común. La intención profunda es teológica, es decir, espiritual.
Porque en el ámbito del hogar, por esa misma intervención de un Dios que se llega, lo considerado profano se transforma en espacio sagrado, lejos de los fulgores del Templo, distanciada de la rigurosa sinagoga.

Las primeras comunidades cristianas lo sabían: al calor cordial del hogar, crece sencilla y silenciosamente la comunidad.

Muy modestamente, y con una renuncia expresa a imágenes pueriles o románticas, es dable atreverse a afirmar que esta Iglesia que amamos -y que a veces tanto nos duele- suele tener una deuda pendiente de casa, de hogar.
Una casa en donde todos son valorados y tenidos en cuenta, en donde se corre en auxilio del que sufre -como las prisas puestas al Maestro por la salud de la suegra de Pedro-. Un ámbito en donde a veces bastan los gestos afectuosos para poner de pié a los que han caído, en donde no falta la cordialidad.
En donde se comparte con los demás con la alegría de encontrarse y de ser mejores por renunciar a ciertas comodidades. En donde los que se han liberado de condenas cadenas se ponen de pié al servicio del otro, sin importar género o status, sino que cuenta el amor y la compasión.

Una casa en donde Jesús se encuentre a gusto junto a su familia, todos nosotros.

Paz y Bien

La responsabilidad solidaria con el hermano














Para el día de hoy (09/01/18):  


Evangelio según San Marcos 1, 21-28






Contrariamente a la creencia usual, las sinagogas -en especial, en la Palestina del siglo I- no eran templos: Templo había uno solo, y las sinagogas eran recintos, a veces simples hogares de los vecinos, en donde se reunía la comunidad preferentemente en el Shabbat y se celebraba el culto al Dios de Israel, un culto que incluía la oración, la lectura de las Escrituras y una predicación pública en carácter homilético que refería al pasaje leído -también y con el tiempo, las sinagogas fueron centros educativos-.
Por no ser templo, en una sinagoga preponderaba la asistencia laica y masculina: uno de los fieles cumplía un rol símil presidente de la asamblea, que a su vez distribuía las diversas funciones.

En aquellos tiempos, los escribas eran tenidos en alta estima, y así ocupaban sitios preferenciales en los primeros asientos de la sinagoga. Ellos eran eruditos en el estudio e interpretación de la Torah, y solían exhibir credenciales de mayor o menor graduación de acuerdo a los grandes doctores con los que hubieran estudiado. Su método era una exégesis redundantemente conservadora, con profusión de citas que referían a otras autoridades en la Torah anteriores a ellos, y a mayores citas de otros, mayor es la relevancia de lo que enseñan, convirtiéndose en la ortodoxia de la fé de Israel. Sin embargo, ese exceso de erudición no implica necesariamente sabiduría, y solían transitar por la superficie formar de la Palabra, ignorando o dejando de lado al Espíritu que la sustenta e inspira. Por ello una fé así se vuelve o bien una ideología, o bien un cúmulo de preceptos a cumplir en donde el corazón no tiene lugar, y la piedad es práctica acumulativa, nunca amorosa.

No obstante ello, todo varón judío mayor de treinta años tenía el derecho a leer la Palabra y a comentarla. Sin dudas, una voz nueva como la del rabbí nazareno iba a ser bien recibida en esa sinagoga de Cafarnaúm. Y Jesús se pone a enseñar.

Los asistentes no pueden dejar de escucharle, ni le quitan un ojo de encima. Están asombradísimos: este galileo no enseña al modo de los escribas, sino con autoridad propia. No requiere citar a otros comentaristas. Al fin y al cabo, eso quedará para los escribas: ahora tienen, entre ellos, la voz perfecta del mismo autor de esa Palabra.
Y esa autoridad no se limita a una función docente. Auctoritas en su sentido primordial, vocablo asociado al latín augere, que implica promocionar, hacer crecer cosas.
Los escribas requieren lo que otros ha dicho para fundar su enseñanza represiva, la creencia que se impone, que suprime libertades y existencias. El surgimiento de este rabbí galileo los cuestiona en sus cómodas existencias y prebendas, y por eso se volverán sus enemigos mortales.

Jesús de Nazareth enseña lo que eternamente será bueno y nuevo, no lo que se ha ido anquilosando a través de la repetición irreflexiva desconocedora de cualquier rastro humano. Jesús de Nazareth habla de libertad.

En el sitio en donde el pueblo elegido se reune para el recto culto a su Dios, con sabios entendidos en la Ley, han ignorado a un hombre atormentado. En la reunión de los puros, florece una impureza que oprime y no es tenida en cuenta.
Pero a la presencia de Cristo ningún mal se le resiste. Es esa misma autoridad: el poseso es liberado de los fantasmas gravosos que acosan su mente, su alma, y es nuevamente un hombre pleno, total, capaz de vivir, de amar, de ser feliz.

En ello consiste también la libertad traída por el Maestro: que nos purifica para ver lo que solemos pasar por alto, el dolor del hermano sometido, los quejidos del que sufre. Esa libertad no es libertad de, sino más bien libertad para. Como sabía decir un santo mártir obispo nuestro, la verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio.
Libertad para servir, para la compasión, para el amor, para la vida.

La fé cristiana no otorga privilegios de Salvación, sino responsabilidades solidarias con el hermano y con ese Dios que se hermana en nuestra humanidad.

Paz y Bien 

Tiempo santo de Dios y el hombre











Para el día de hoy (08/01/18) 

Evangelio según San Marcos 1, 14-20




La aparición de este rabbí nazareno, en Galilea, en la Palestina del siglo I, implica una encrucijada histórica, un cruce de todos los caminos pues nada volverá a ser igual. A diferencia de los grandes maestros de Israel, que enseñaban sentados en sus cátedras jerosolimitanas, y que aguardaban la llegada de nuevos discípulos -muy preparados, muy pocos-, este Maestro sale al encuentro de hombres y mujeres en su realidad cotidiana, desde lo que son y lo que hacen a diario pues tiene una bondadosa mirada profunda que le permite ver no tanto pasado y presente, sino futuro compartido, lo que pueden ser y aún hoy no lo advierten.


Es una invitación que no tiene nada de imposición. Pero a la vez, en la ilógica del Reino, hay ciertas prisas. El tiempo nuevo es urgente.

Claro está que hay otros tiempos, los que discurren con altibajos pero que en el fondo poseen colores apagados, más de lo mismo, tiempo que se regula y se determina con calendarios y relojes, tiempo mensurable y, por eso, tiempo acotado, tiempo limitado.

Jesús de Nazareth convoca a los invitados porque advierte que el tiempo es kairós, tiempo santo de Dios y el hombre, tiempo propicio, tiempo urgente, el momento de la verdad, el tiempo decisivo que interpela y exige respuestas, cambios profundos.


Nada será igual.

Los convocados son hombres sencillos, humildes, cuyas vidas discurren entre la familia y los esfuerzos diarios para sobrevivir. Su invitación tiene en cuenta, muy especialmente, las cosas que hacen, que saben y conocen, como si este Cristo quisiera recrear y resignificar sus existencias, plenificarlas a partir de su cotidianeidad, semilla de mostaza que germinará en silencio pero que concretará un árbol frondoso y frutal.


Ellos son pescadores del mar de Galilea y ahora serán pescadores de hombres, aún con sus miserias y sus quebrantos, aún con errores y requiebros.

Tendrán en sus manos redes nuevas para la tarea, redes extrañas y asombrosa que tienen por función mantener con vida a miles y miles de pequeños peces con vida, a la deriva en los mares encrespados del mundo.


En esas redes, en este tiempo único, vivimos con la esperanza de un regreso definitivo, y nos mantenemos en vida plena por la fé, en las aguas mansas de la Gracia de Dios.


Paz y Bien


Cielos abiertos para siempre, esperanza de una tierra nueva












El Bautismo del Señor 

Para el día de hoy (07/01/18) 

Evangelio según San Marcos 1, 7-11







Juan el Bautista vivía en el desierto, y bautizaba a orillas del río Jordán, y allí se congregaba las gentes en un número creciente.
Hay un desplazamiento notable desde el Templo de Jerusalem con su imponencia, su belleza, su oro y sus lujosas piedras talladas a la vera de un río. Y como si no fuera suficiente, pasamos de los sacerdotes con sus ropas rituales específicas, los humos del incienso y de los sacrificios, la erudición acumulada hacia un hombre sencillo, pobre de toda pobreza que se reviste de pieles de animales, que se alimenta de insectos y miel silvestre, y que no cita a autores famosos, ni tiene la pretensión de enseñar nada.

Él es un profeta: tiene cosas de parte de Dios para decir, y aquí el mensaje es más importante que el mensajero, él mismo. No realiza un ritual tabulado, regulado por normas específicas. El hace el más sencillo de los gestos, bastante infrecuente en la religión de aquel tiempo.
El bautismo de Juan es simbólico más que ritual: el mismo término bautismo significa, literalmente, sumergir.
Así entonces el bautismo tiene un doble cariz simbólico de muerte bajo el río para emerger a una vida nueva y definitiva.. Por ello el bautismo de Juan es un bautismo de conversión, de dejar atrás lo que ya no es para renacer a una vida recreada por el perdón.

Jesús de Nazareth se encamina por entre la multitud, humilde y silencioso -es un joven campesino galileo, muy pobre-, como uno más, esperando recibir el bautismo de Juan.
El encuentro entre esos dos hombres jóvenes -recordemos que se llevan apenas seis meses de diferencia- es difícil de relatar, como tan inexpresable han de ser las miradas profundas que se cruzan entre ellos. El que trae el bautismo definitivo, la vida renacida, acude a ser bautizado.

Allí está el signo definitivo, signo de cielos abiertos, esperanza de tierra nueva, de corazones renacidos, de descubrirnos hijas e hijos queridísimos por un Dios que se desvive por nosotros.

Un Dios que camina como un igual, como un compañero, como un vecino, como un hermano entre esta multitud de gentes que buscamos vivir plenamente, que nos reconocemos menoscabados por estas miserias en las que gustamos sumergirnos y que llamamos pecado, un Dios que nos acompaña a renacer, a vivir felices, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Un Dios humilde y pobre que se deja encontrar













Solemnidad de la Epifanía del Señor

Para el día de hoy (06/01/17):  

 
Evangelio según San Mateo 2, 1-12







Hoy la Iglesia Católica celebra la solemnidad de la Epifanía, que etimológicamente significa manifestación. Por ello, es la celebración y memorial del gran acontecimiento de Dios que se manifiesta, que se dá a conocer.

Ciertas tradiciones inciertas y erróneas -cuando no, también, con aspiraciones comerciales- se han inmiscuido profanamente en la profunda santidad de la celebración, y por ello devino una persistente falacia, es decir, un argumento que induce a error. De allí que se vindique la fiesta como día de reyes, o reyes magos.

Sin embargo, no sería tan desacertada la afirmación de que se trata de un día de reyes, más no de magos de los que no sabemos con certeza sus nombres, sino de dos reinados bien diferentes, mucho más que opuestos. Hablamos del rey Herodes y del rey Jesús de Nazareth.

De Herodes, llamado el Grande -quien fué padre de Herodes Antipas, de Herodes Arquelao y de Herodes Filipos- sabemos que gobernó la tierra de Israel desde el año 40 a.C. hasta el año 4 d.C.. Vasallo absoluto del poder imperial romano, su misma corona fué producto del reconocimiento de Roma y del apoyo militar de las legiones estacionadas en la zona; a su vez, reconstruyó el Templo de Jerusalem con un inusitado esplendor, y a pesar de la opresión romana, la nación judía conoció una época de estabilidad y ausencia de conflictos bélicos, y durante su reinado grandes ciudades se edificaron, y se fortaleció la devoción al Dios de Israel mediante el sostenimiento expreso del culto y los sacerdotes.
No obstante ello, era considerado por gran parte del pueblo como un intruso y un usurpador, toda vez que traicionaba todas las tradiciones judías su origen idumeo y su formación helénica, por eso extranjera e impura.
A la hora de la praxis, carecía de escrúpulos y límites. En un alarde simplista, podríamos inferir el carácter paranoico de Herodes; en ese talante, ordenó sin vacilaciones la ejecución de su esposa y de tres de sus hijos, de quienes sospechaba iban a disputarle el poder y el trono.

Es un rey que gobierna imponiendo su voluntad desde el uso irrestricto del poder, cultor desaforado de toda violencia, que se afinca en los palacios y en sus intrigas, que le conviene mantener al pueblo en sombras y que no vacila ni duda en matar a los que se opongan a su poder o los que lo cuestionen. Epítome de los poderes nefastos de este mundo, Herodes se llevará por delante la vida del justo e íntegro Juan el Bautista.

Jesús de Nazareth inaugura otro reinado, un reinado muy extraño. No es reconocido por los sabios y eruditos, por los propios. Sólo unos extranjeros -plenos de ajenidad- lo buscan afanosamente, y en su búsqueda franca y veraz lo encuentran, como estos magos de Oriente. Este rey se deja encontrar por aquellos que lo buscan con un corazón capaz de todos los asombros.
Nace es un aprisco, un refugio de animales. Tiene por madre una muchachita adolescente, por padre un carpintero judío de aldea ignota, por cortesanos a unos pastores del campo poco recomendables, los últimos de los últimos. Tiene por palacio los brazos de su madre.

Es Dios que se manifiesta, y quizás se nos haga difícil de aceptar a un Dios que reina desde la fragilidad, desde la debilidad, un Dios que depende del hombre, del esfuerzo golondrina de un carpintero judío para sobrevivir, de una madre niña que lo cuide, de unos extranjeros que se atrevan a buscarlo sin desmayo, de tus manos y las mías. Dios se ha puesto en nuestra manos. Dios se revela desde lo que el mundo desprecia y no tiene en cuenta, está muy lejos de todos los poderosos y se hermana en carne y corazón a los más pequeños.

Jesús el Cristo, rey de universo, se deja encontrar y se manifiesta humilde y frágil para que la humanidad se enaltezca.

Paz y Bien

Vocación, salir de sí mismo









Para el día de hoy (05/01/18) 

Evangelio según San Juan 1, 43-51






En tiempo de Navidad, aún estamos con la mirada atenta al Cordero de Dios que nos señala el Bautista y que se llega humildemente a nuestras vidas. Esa sana tensión que nos mantiene despiertos ha de mantenernos la mirada atenta para descubrir el paso salvador de Dios a través de toda la historia.
Con tal disposición del corazón, que se reviste de humildad y se fundamenta en la fé, hemos de abordar la Palabra.

Los hechos puntuales descritos por el Evangelista Juan: en una ruta provinciana, en la periférica Galilea de donde nada bueno se espera, se encuentra un hombre joven y pobre con pescadores humildes de Betsaida. Puede parecer un encuentro fortuito o circunstancial a ojos mundanos que siempre miran para otro lado. Sin embargo en esos caminos de tierra, y a partir de esos hombres sin mayor relevancia se teje la encrucijada de la historia humana, inclusive para los que no son creyentes.

Curiosamente, no hay espectaculares acontecimientos fundacionales, adoctrinamientos o adhesiones cuasi ideológicas. Se trata de encuentros totalmente personales, tan decisivos que nada volverá a ser igual a partir de ellos.
Curiosamente también no hay una orden de partida, una señal de obediencia sin rechistar ni una exégesis avanzada: lo que decide la suerte es una invitación a compartir el camino por parte de ese hombre joven, un artesano galileo hijo de José de Nazareth, carpintero.

El encuentro provoca un cambio que es movimiento, ponerse en marcha. Aún cuando la confusión sea grande -¿quién soy yo para esto, qué se espera de mí?- a su vez desata silencios impuestos. Es algo tan grande que ha de compartirse, y volvemos al comienzo: se trata de una cuestión enteramente personal, por ello el convite transmitido no trata de convencer ni de doblegar voluntades. El convite parece escueto pero es enorme en su desafío existencial: ir, mirar y ver. Salir de sí mismo, animarse a mirar más allá de las apariencias, asomarse a la luz clara del alba.

La vocación cristiana, más allá del modo de profesarla, es así, una invitación personalísima de Jesús de Nazareth a compartir vida, camino, su propio ser eterno en el aquí y el ahora. Y a abrir los ojos con visión renovada, porque hay una realidad inmensa que bulle, que está viva y que nos arroja signos mansos a cada paso, desde siempre.

Paz y Bien

Tu casa, Señor, tu Sagrado Corazón












Para el día de hoy (04/01/17):  
 

Evangelio según San Juan 1, 35-42





El Bautista se reconoce pequeño, y ante la presencia del Redentor descubierto quiere empequeñecerse aún más. No quiere que nada propio se interponga a los ojos de los que buscan al Mesías, y eso, junto a su integridad que no podrán quebrantar ni con los horrores de la prisión y la muerte, lo hace grande, enorme.

El Evangelista San Juan nos brinda un dato sorprendente, y es que Juan tenía un formado e importante grupo de discípulos, discípulos que perdurarían aún luego de su muerte y de la muerte de Jesús, discípulos que podían hallarse en Israel y también en la Diáspora. De ello dan fé tanto Pablo de Tarso en sus cartas como el historiador Flavio Josefo.
Esto es muy importante: implica que un grupo de hombres aprendían y a la vez difundían lo que enseñaba el Bautista, compartían su llamada a la conversión, a la inminencia de la llegada del Mesías, de un Mesías glorioso que aplastaría a los enemigos de Israel.

Pero siempre que interviene Dios en la historia humana suceden cosas asombrosas, magníficamente inexplicables. Juan es un hombre del Espíritu, y por eso, al ver pasar a ese Jesús de Nazareth que se acerca a bautizarse -humilde y silencioso, incógnito entre la multitud- no vacila ni un segundo y declara sin ambages a sus propios discípulos y a todos aquellos que quieran escucharle que allí está el Cordero de Dios.

No es un tema menor. Es una imagen muy cara a los afectos judíos: es el cordero que Dios brinda a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac. Es la sangre del cordero de la primera noche la que salvó a los israelitas de una muerte segura en Egipto y dió comienzo al proceso de liberación, a la peregrinación a la Tierra Prometida. Es el cordero de Seder Pesaj, de la noche de Pascua, memorial de celebración de esa liberación. Es el cordero que los sacerdotes sacrifican en el Templo como ofrenda perfecta.

Reconocer en Jesús de Nazareth al Cordero de Dios es, verdaderamente, un salto al infinito, un salto sin redes. Es revolucionario, pues se afirma con toda certeza que ya o se cree en ideas, en conceptos, en una religión específica: se cree en Alguien, en una persona.
Eso es asumido por los discípulos del Bautista: dos de ellos, inmediatamente, se van con Cristo. Uno es Andrés, y el otro presumiblemente es el mismo Juan, aunque el Evangelista lo mantiene innominado para que allí mismo coloquemos nuestros nombres.

Esos discípulos parecen tener ciertos criterios escolares: por Juan, reconocen a Jesús como otro maestro, y por eso mismo lo llaman rabbí, y quieren saber en donde vive, donde le pueden encontrar habitualmente, quizás adivinar en su respuesta el modo en que Él enseña.
Pero nada será lo mismo, y todo es nuevo.

Porque ser discípulos no es el estudio de una doctrina propia del rabbí galileo. Ser discípulos es ponerse en marcha, compartir la misma vida de Cristo, vivir como Él vive, amar como Él lo hace, ser manso como Él, descubrir con estremecido asombro las maravillas de la Gracia.
El lugar donde vive Cristo no es un espacio físico -aún en el templo más importante- sino que ese Cristo habitará en los corazones por el misterio infinito de la fé, y así cada mujer y cada hombre que se atreve a creer es templo santo de Dios.

Dar un paso así es todo un éxodo, un peregrinar definitivo, y Simón/Cefas lo vivirá hasta sus mismos huesos. De allí a que cambie hasta el nombre, y pasará a llamarse Pedro, carácter y misión de su existencia.

Ir al lugar en donde Él vive es seguir sus pasos, es animarse a amar incondicionalmente, es atreverse al escándalo de la compasión, a la no resignación, a una mansedumbre inquebrantable.

Seguir al Cordero de Dios es asumir su vida en su totalidad.

Paz y Bien

El Nombre del Cordero de Dios










Santísimo Nombre de Jesús

Para el día de hoy (03/01/18):  
 

Evangelio según San Juan 1,  29-34




La fama de integridad y santidad del Bautista se había extendido por todo Israel, y las gentes acudían a recibir su sencillo bautismo de agua, bautismo de conversión y de purificación.

Por entre la multitud que acude a orillas del río Jordán, haciendo pacientemente la fila a la espera de su turno, se encuentra un varón judío. Tiene ropas humildes -casi campesinas- y habla en arameo con tonada galilea. Sólo es uno más para los que miran sin ver.

Pero Juan tiene la profunda mirada de los hombres de Dios, y lo sostiene y anima el Espíritu que todo hace germinar.
Si él se hubiera quedado aferrado a sus tradiciones y a sus esquemas antiguos, sin dudas nada habría sucedido; este Cristo que se le acerca silencioso, casi de incógnito, nada tiene que ver con la imagen que porta de un Mesías glorioso y vengador del pueblo de Israel. Pero Juan es grande por su entereza y más grande aún por su disponibilidad para con la verdad, y afirma sin ambages -una escena que emociona y conmociona- que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El símbolo del Cordero era muy cercano a los afectos y a la historia del pueblo judío.
Es el cordero que ofrece Dios a Abraham para que lo sacrifique en lugar de Isaac.
Es el cordero cuya sangre salvará a los israelitas de una muerte segura, y dará comienzo al éxodo de liberación, a ponerse en camino hacia la tierra prometida y la libertad.
Es el cordero manso de Isaías, es el cordero sin mancha y sacrificial que sacrifican en el altar a diario para la redención de los pecados, y sin dudas Juan lo sabía bien; su padre Zacarías era sacerdote.

Así entonces afirmar que ese Jesús de Nazareth presente es el Cordero de Dios implica una fractura violenta con todas sus creencias de un Mesías glorioso, de caudillo militar y revestido de realeza. Sin embargo, Juan se mantiene firme y fiel.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios es llamar poderosamente la atención hacia una persona, pues creemos en Alguien, no en algo, no en una idea o un concepto.
Afirmar que allí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el aserto de que el Redentor carga sobre sí toda muerte para que nadie más muera, pues morirá por los otros, por nosotros. Que el Mesías es manso como un cordero, que nada impone, que es un servidor pacífico y sufriente. Que es la señal definitiva de cadenas rotas, de liberación.

Hay dos hechos que no hemos de pasar por alto: Juan refiere a que el Cordero quita el pecado el mundo así, en singular, antes que los pecados, y no se trata de la sumatoria de los pecados individuales, sino que el pecado del mundo es todo aquello que se opone a los sueños de Dios, una vida plena y abundante para todos.
Y por otra parte, al afirmar que ese Jesús es el Hijo de Dios, Juan se juega la vida. Para la religión oficial, es una blasfemia que conlleva la pena capital, y es necesario volver a reflexionar que en cada palabra pronunciada -por banal o relativa que parezca- también nos estamos jugando la vida, pues cada palabra expresa nuestra fidelidad a la verdad.

Juan es un experto lector de los signos del tiempo, y por ello sabe que debe disminuir, achicarse, para que los demás vean a quien es realmente importante ver.
Ello es nuestra misión también: cuando la Iglesia se agranda y no señala, no orienta las miradas a Aquél que es nuestra vida y nuestra liberación, sólo habla de sí misma, y carece de trascendencia, sólo deviene en un club de amigos medianamente grande que busca adeptos.

En el Cordero de Dios se decide toda suerte.

Paz y Bien

Las sandalias del Señor











Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia
 
Para el día de hoy (02/01/18): 

Evangelio según San Juan 1, 19-28






La situación descripta por el Evangelista Juan tiene un carácter crítico: su predicación a orillas del Jordán no era neutra, intangible, la integridad de su persona y la evidencia de que Dios estaba de su lado le brindaban un ascendiente cada vez mayor sobre un pueblo hambriento de una esperanza que se le cercenaba tras la humillación imperial y a causa de una religiosidad opresiva, que se obsesionaba por las normas y los preceptos antes que por Dios y los corazones.

Su prédica y su bautismo acontecen en Betania -o Bethabara- que no es la misma Betania de los amigos de Cristo -Lázaro, María y Marta-, que estaba a tres kilómetros de Jerusalem a la vera del camino a Jericó. Juan bautizaba más al norte, es decir en lo que hoy es territorio del reino de Jordania y no en Judea.
Sin dudas hay una profusa discusión al respecto, pero en el fondo se trata de sitios diferentes: lo crucial estriba en que a pesar de que el lugar está alejado, sitio considerado como desierto, envían desde Jerusalem a sacerdotes y levitas para interrogar al Bautista.
Eso es lo crítico: Jerusalem es donde se asienta y arraiga la ortodoxia religiosa, la religiosidad oficial que mira lo distinto con violento temor y militante desprecio, el reducto de los enemigos mortales del mismo Cristo.

Esos levitas y esos sacerdotes no son simples veedores, sino censores severos que están allí, a una gran distancia de su lugar habitual, para realizar un interrogatorio hostil que puede tener consecuencias impensadamente trágicas.

Es menester hacer un alto, para despejar cualquier duda: la lectura nos anoticia que los judíos son los que envían esa comisión interrogadora, y ante cualquier atisbo perdurable de antisemitismo entre nosotros -que lo hay, que perdura- recordemos que Jesús, José y María de Nazareth eran judíos hasta los huesos, al igual que el Bautista, Zacarías e Isabel y todos los discípulos. Esa mención refiere puntualmente a las autoridades religiosas.

La santidad, la vida en el Espíritu no implica el abandono de la inteligencia y resignar la astucia. Juan sabe que muchas cosas se dicen acerca de él, y quiere despejar cualquier duda de una buena vez, antes de que ese alud de rumores inciertos vayan demasiado lejos de la verdad que respira y profesa.

Las respuestas de Juan son un ejemplo preclaro y certero de la vida cristiana, la humildad. Saber lo que somos, y por ello saber lo que no somos. Él no es el Mesías y lo anuncia con claridad y sin ambages. Tampoco es Elías ni se reconoce como un gran profeta, a pesar de que es el último de una extensa tradición. Nada de eso. Él es sólo una voz que clama en el desierto. Presta su voz para que se exprese el mensaje que el Dios del universo quiere transmitir, presta su voz para preparar los corazones para la Palabra que ya está entre ellos, que ha llegado.

Su humildad es santa: su bautismo es con agua, pero no es nada comparado con el bautismo de fuego, en el Espíritu de Aquél que viene. Y Él se reconoce indigno de desatar la correa de sus sandalias.
Este gesto en una primera mirada nos enfoca en un cuadro de humildad, pues era tarea de los esclavos -y de los esclavos gentiles- desatar las sandalias y lavar los pies polvorientos de sus señores. Pero aquí hay más, siempre hay más.
En la tradición de Israel, jurídicamente desatar las correas un hombre a otro implicaba demostrar en ese gesto subordinación del desatado, quitarle autoridad. Pero además en la memoria de ese pueblo tan sufrido, persistía la figura del Go'El, el redentor especialista en rescatar a algún miembro de la tribu que haya caído prisionero o esclavo de bandoleros o acreedores. El Go'El calzaba sandalias que simbolizaban esa autoridad decisiva.
Por todo ello, Juan lo expresa, se siente y reconoce indigno de ese Cristo, Redentor de su pueblo y del mundo entero, al que servirá desde su servicio humilde e íntegro. Toda su existencia señala a Cristo.

Hay entonces un convite misionero a calzarnos las sandalias del profeta del Jordán. Sandalias de saberse pequeño, de saberse lo que uno es, de expresar que la mirada de los hermanos debe dirigirse hacia el Cristo que está ahora mismo entre nosotros.
Y cuando las cosas maduras, descalzarnos. La tierra, con todo y a pesar de todo, es sagrada y hay una zarza ardiente perpetua, pues Dios se ha encarnado y acampa entre nosotros.

Paz y Bien

Madre de Dios, Reina de los corazones, Señora de la Paz













Santa María, Madre de Dios

Para el día de hoy (01/01/18):  

 
Evangelio según San Lucas 2, 16-21






Ellos no son compañía conveniente ni recomendable. Viven a campo raso, son vindicados habitualmente como amigos de lo ajeno, y por su contacto habitual con animales poseen un persistente grado de impureza ritual que los vuelve indignos de toda participación religiosa, litúrgica. No es nada sensato eso de andar invitando a gentes así, tan marginales, al lugar en donde se halle a un recién nacido.

A la vez, de ellos puede esperarse cierta desconfianza razonable, y el anuncio que les realiza el Mensajero es, cuanto menos, insólito y por supuesto, inesperado. A ellos -justamente a ellos- se les dá parte de una noticia asombrosa, y se les realiza un convite impresionante: han de ser testigos preferenciales del nacimiento de Aquél que todo un pueblo, a través de los siglos, esperaba y esperaba en germen de alegría y liberación.

La vida se abre paso desde los márgenes, desde la periferia de la existencia.

La escena es extrañamente profana, pues no acontece en el Templo, sitio por excelencia de lo santo. El lugar es un aprisco -apenas un refugio de animales en la noche- pero en esa noche ellos son testigos del día, del sol que nace de lo alto empujando todas las oscuridades, de lo sagrado que se expresa en lo cotidiano. Allí, en el sitio menos esperado, está el carpintero, está la Madre y está el Niño anunciado. Y esa noticia es tan maravillosa que debe, inexorablemente, ser contada a los demás.

Ternura inexpresable de Dios que elige a los que el mundo descarta como fedatarios de la verdad. Ellos son anónimos para la mayoría, pero tienen nombre, apellido y rostro para ese Dios que los busca y se deja encontrar.
Ternura infinita de Dios, que por esa mujer pequeña e ignota el frío utilitario del pesebre se transforma en hogar cálido, cuna para el Niño, sitio en donde todos son bien recibidos, parte de la familia.

Luego del parto y cumplidos los plazos legales, Ella y el carpintero permanecen fieles a la historia de su pueblo y a la fé de sus mayores, y es por eso que llevan al Niño a circuncidar. Es mucho más que una pequeña intervención quirúrgica y ritual, es sobre todo reivindicarse como parte de un pueblo, y cantar la fidelidad del Dios de la Alianza. Es dar un nombre al Hijo, es nombrar a Dios.

Ella es Madre de Dios y Madre de la Paz.
En donde está la Madre, seguro está el Hijo.

Ella madura todas las cosas en las honduras de su corazón grande, el sitio fértil que todos tenemos para que nos nazcan cosas nuevas, Ella es capaz de hacer de toda su existencia un altar en donde se ofrenda lo que se es y nada se impone, y por ello mismo la paz -don y misterio- es posible, prestando atención a los ignorados de siempre, haciéndolos familia, en la escucha atenta de la Palabra que se le hace vida, tiempo, existencia, un Hijo mismo que es nuestra liberación y nuestra alegría.

Muy Feliz año para todos.

Paz y Bien

ir arriba