Talita Kum











Para el día de hoy (31/01/18):
 
Evangelio según San Marcos 5, 21-43




Doce años sin resultados, doce años excluida, doce años catalogada como impura y contagiante de esa impureza, doce años dilapidando lo que tuviera, sufriendo para nada.
La sangre sin control de esa mujer es la esterilidad misma, vida que se escapa sin poder detenerla, existencia sin frutos.

Doce años la hija de Jairo, doce años de niña a punto de ser mujer, de juegos e infancia al borde de la capacidad de ser madre, doce años cumplidos en que muere a los ojos de Jairo como hija: había de entregarla como esposa de acuerdo a los cánones sociales de la época, sujeto a su misma condición social relevante. La niña de doce años también es la esterilidad misma, es una mujer en ciernes que no florecerá como madre dormida en los lazos de la muerte.

Es lo ineludible, lo que en apariencia es insalvable; quizás el sufrimiento y la muerte encuentren un fundamento ávido cuando se arraigan en la resignación, en lo que es así y nunca de otro modo, en el no se puede.

Aún así, entre los apretados preconceptos y las razones cerradas, pasa Jesús.
Y sucede el milagro primero, la fé -don y misterio-, que se revela ante todo como confianza más allá de toda razón y esperanza que rompe toda subordinación a lo que se nos muere. Una fé totalmente personal, concreta, rostro único e irrepetible te cada persona, existencia que no se sustituye así abunde esa multitud de ideas y actitudes que no dejan salir a la luz lo más importante: el rostro humano del dolor y la cara visible y concreta de la Salvación. Una fé concreta que se atreve -maravillosamente irreverente a toda imposición- a lo concreto, a tocar, a abrazar, mano amiga que auxilia al que se ha caído de bruces al suelo y ya parece que no podrá ponerse en pié.

Es claro que no todos lo aceptan, sólo el Maestro entre tantos lo perciben. Unos, aceptando como normal y habitual el discurrir de la multitud que desdibuja los rostros: la mujer movida por ese coraje enraizado en la fé sólo ha sido advertida y redescubierta por Jesús.
La niña-mujer que Jesús asegura dormir y no morir, es motivo de burlas; es claro que es más fácil atarse a la costumbre y la sumisión de lo habitual que atreverse a ir más allá.

No son tanto dos milagros, sino más bien tres o muchos más si se quiere: es la mujer reconocida y curada desde la fé y el coraje, que deja de estar postrada en el dolor y la exclusión -Él la llama hija-, es Jairo que siendo testigo de ese milagro y desde allí, puede aceptar que la muerte no prevalece y que ese rabbí puede hacer lo que se presente como imposible, son esas gentes imposibilitadas de asumir como propias las lágrimas de Jairo y su esposa -rápidas para la burla y lentas para la compasión-, es la niña que despierta del estupor aparentemente insalvable de lo que perece.

¡Talita kum! dice con autoridad el Maestro, y sus palabras atraviesan toda barrera de la historia y llega a nuestro presente, a nuestras postraciones, a nuestras esterilidades, a nuestras muertes cotidianas, animándonos a dar un paso más, a la bravura del despertar de la resignación, a vidas frutales que todo lo pueden.

Paz y Bien

La muerte no tiene la última palabra












Para el día de hoy (30/01/18):  

 
Evangelio según San Marcos 5, 21-43






Esta lectura del Evangelio tiene un pilar fundamental que es la misericordia de Dios que se expresa en plenitud en Jesús de Nazareth, y además, tres personajes muy especiales.

Jairo, jefe de la sinagoga. Es un cargo muy imporante entro de la estructura religiosa judía -especialmente durante el Shabbat-, organizando el culto, invitando a los varones a leer las Escrituras y a comentarlas; el puesto es honorífico, y bajo nuestros categoremas es de carácter laico.
Jairo representa a esa estructura religiosa que rechaza abiertamente a Jesús de Nazareth, la sinagoga que decide la división entre puros e impuros, la ortodoxia cruel que acepta a unos pocos y rechaza a tantos, el culto sin corazón a un dios inaccesible, cruel y vengativo.
Tiene una hija de doce años, y para aquellos tiempos y en esa cultura, es una niña que se está convirtiendo en mujer, en cuerpo y edad de casarse y procrear; sin embargo, carece de cualquier atisbo de autonomía, es apenas una propiedad de su padre. Quizás es todo un ambiente que la agobia y no la deja respirar, que la oprime hasta dejarla moribunda, que no la deja asomarse a la vida adulta. Es también símbolo de una sinagoga que ya no dá respuestas, y de la que Dios se ha ido.

Hay un milagro que quizás nos pase inadvertido, y es la conversión de Jairo. Justamente él, un fariseo convencido que representa a todos aquellos que detestan al Maestro, corre a ponerse a los pies de ese galileo revoltoso porque en las honduras de su corazón sabe que sólo Él puede devolverle la salud a su hija.
Jairo expresa los matices principales de toda conversión, que son la confianza en Jesús y el atreverse a ir más allá de cualquier barrera ideológica, religiosa, preconceptual.

Jesús lo acompaña a su casa con paso decidido, lo mueve la compasión por esa niña enferma y por el amor de su padre. Pero por entre la multitud que lo rodea, a escondidas y de manera clandestina, una mujer se acerca y toca su manto.
Es una mujer que durante doce años ha sufrido hemorragias, flujo de sangre -quizás lo que hoy la medicina clasificaría como metrorragias o alteraciones menstruales-. Simbólicamente, es una mujer a la que la vida se le va yendo poco a poco en la sangre que pierde, a la que nadie ha dado respuestas.
Su realidad es mucho más cruel que la misma enfermedad que padece: esa patología la vuelve impura según los cánones religiosos, y es una impureza transmisible. Impurifica todo lo que toca y a quien toca. Es una mujer relegada a vivir en soledad, a no amar ni ser amada, a ser mirada con desprecio, a que todos se alejen de ella. Pero también es una mujer que no se resigna, y aunque sea de manera furtiva toca el manto del Maestro, sabiendo que es lo mismo que tocarle a Él, porque lo cree fuente de toda sanación, confianza inquebrantable.
Por ello mismo, la pregunta del Maestro acerca de quien le ha tocado no se refiera a un intento de reconocer al autor de ese atrevimiento, sino de que esa mujer se revele sin miedos, sin esconderse, que se levante íntegra y sana, reivindicada en su humanidad reconstituida por el contacto con la fuerza inconmensurable de ese Cristo caminante.

Aquí no podemos olvidar que esto sucede mientras Jesús y Jairo se encaminan a la casa de éste último por la enfermedad que postra a su hija. Por la nutrida multitud y por el encuentro con la hemorroisa, se han demorado, y en apariencia han llegado tarde. La niña ha muerto según anotician parientes y vecinos.

Pero es un tiempo nuevo y bueno, muy distinto al que se impone. Es tiempo de que la muerte no tenga la última palabra, es el fin del no se puede, es el comienzo de la magnífica bendición de un Dios que nos vuelve a hablar como niñas y niños, hijas e hijos suyos, que no nos quiere postrados, doblegados por nada, erguidos plenos de humanidad, cada vez más humanos, Talita kum para todos los corazones en todo lugar.

Paz y Bien

Contarle a los otros todo lo bueno que el Dios de la Vida ha hecho en nuestras existencias













Para el día de hoy (29/01/18):  

 
Evangelio según San Marcos 5, 1-20






La escena que el Evangelio para el día de hoy nos brinda se desarrolla en tierras paganas, en la Decápolis, es decir en la región de esas diez ciudades bajo jurisdicción de la provincia romana de Siria, con una mayoría predominantemente helenística. Por ello mismo -por razones religiosas y nacionalistas- no eran miradas con buenos ojos por los judíos del pueblo de Israel; se los presuponía ajenos a cualquier bondad de Dios y más, pasibles de todos los castigos.

En esas tierras a las que jamás se permitiría una bendición del Creador, precisamente allí se encamina el Maestro con los suyos para llevar también la Buena Noticia, para que el Reino crezca y acontezca.
Lo nuevo y lo bueno es el amor infinito de Dios que se derrama por todas las naciones como lluvia fresca, renovadora de toda vida, pues las fronteras -terrestres, políticas, religiosas, psicológicas- son cruel y torpemente propias con las que solemos diferenciarnos de los demás, de los extraños, una malsana azada que poda cualquier brote de fraternidad.

Para no quedar presos de la literalidad, es saludable y necesario detenernos en los signos y los símbolos que se nos ofrece en la palabra, que no es una crónica histórica sino teológica, es decir, espiritual.

Apenas Jesús desembarca, le sale al paso un hombre alienado, seguramente enarbolando gritos angustiados y vistiendo algún harapo miserable.
La descripción que hace el Evangelista Marcos es tan detallada como dolorosa: es un hombre poseído por un espíritu maligno, según los vecinos del lugar. Es violento y suele hacerse daño a sí mismo, por ello intentan dominarlo -no sanarlo, no contenerlo- mediante cadenas y grilletes; finalmente, lo dejan librado a su suerte, y su hogar será una casa de muertos, un cementerio.

Estamos acostumbrados a señalar que cuando Jesús se hace presente, todo mal se dispersa, y ello está muy bien; pero es menester no soslayar que también, cuando Él está, se ponen en evidencia todas las miserias y dolores que a menudo se desdibujan bajo pátinas de costumbre.
Porque ese hombre sufre su dolencia pero a la vez sufre el dolor del rechazo y de la resignación de sus vecinos a su situación intolerable que consideran irresoluble y sin retorno. Los mismos que condenan al hombre a la soledad no reconocen la Salvación que está allí, entre ellos, en ese rabbí galileo.
El hombre endemoniado, inmerso en sus sombras y a voz en cuello lo reconoce como Hijo de Dios y Señor.

Hay un dato que suele ser motivo de contrapuestos análisis por expertos exégetas: por aquellos años, tenía su asiento en Siria la Legión 10a. -Legio X Fretensis- cuyos estandartes de combate ostentaban como símbolo distintivo a un jabalí, es decir, a un cerdo salvaje. Las legiones romanas garantizaban la obediencia de los pueblos sometidos al imperio mediante su fuerza militar aplastante -la X Fretensis sería decisiva años después, bajo los mandos de Vespasiano y de Tito en la destrucción de Jerusalem-. Y como no hay casualidades, y menos en la Palabra, es significativo que el espíritu maligno que sojuzga a ese hombre se llame, precisamente, Legión.
Por ello mismo podemos atrevernos a sugerir lo concreto de la Buena Noticia, que trasciende cualquier postura ideológica pero que también trasciende toda abstracción o generalización. Lo que se impone por la fuerza, desde lo interpersonal hasta los imperialismos de toda laya son malignos, enfermos, causa de inhumanidad y dolor.

El Maestro se acerca a ese hombre recluido en su soledad y su violencia como hermano, con delicadeza y reconocimiento pleno de su dignidad. Esas nubes negras que asolan su alma se vuelcan a una piara -símbolo clásico de lo impuro- y finalmente los cerdos se arrojan al mar, quedando como consecuencia un hombre reconstituido, renovado, en sus sano juicio, entero y libre para decidir, para amar, para vivir, y que ante todo es enviado entre los suyos para dar testimonio de la compasión que Dios ha tenido para con él, principio fundamental de la evangelización: contarle a los otros todo lo bueno que el Dios de la Vida ha hecho en nuestras existencias.

Hay una vida pre-condenada que a pura bondad se ha recuperado, y quizás no haya algo más valioso. Sin embargo, los gerasenos le piden al Maestro que parta de inmediato: el recuperar la salud de ese hombre les ha costado mucho, toda una piara de valiosos cerdos, y no quieren ni imaginarse lo que sucedería de continuar Jesús de Nazareth con su paso sanador.
Ellos prefieren preservar sus bienes a salvar una vida, pero no hay fortuna ni palacio ni templo en todo el universo que valga más que una sola vida.
Ellos son los endemoniados, en la misma lógica de las legiones, en la sintonía del dinero, y ése es justamente el milagro y la enseñanza que acontece, fruto del Reino aquí y ahora, misión primordial de la Iglesia.
La vida ante todo.

Paz y Bien

Cristo, nuestra liberación













Domingo 4° durante el año

Para el día de hoy (28/01/18) 

Evangelio según San Marcos 1, 21-28








La sinagoga era, más que un sitio, una institución que probablemente encuentre su origen en los tiempos del exilio babilónico. Lejos del Templo y sometidos a una cultura y una religión que les era completamente ajena, el pueblo judío comenzó a congregarse para orar y reflexionar la Torah, Palabra de su Dios que le confería sustento espiritual e identidad como pueblo; congregación, tal es el sentido literal del término sinagoga.
Ha de tenerse en cuenta su carácter laico: los sacerdotes, aún cuando no hubieran perdido Jerusalem, estaban afectados específicamente al culto en el Templo.

Con el correr de los años, la institución sinagogal adquirió una importancia cada vez mayor, especialmente durante la celebración del Shabbat. Se oraba, se recitaban salmos, se leía la Torah y se la comentaba públicamente; los escribas -expertos exégetas- suelen comentar las Escrituras de un modo tal que el oyente se vea comprometido a cumplir normas que ellos mismos infieren de su análisis, y su análisis, a su vez, es un juicio emitido en base a precedentes exegéticos. En términos más simples, los escribas comentan los comentarios que otros expresaron, y a mayor cantidad de autores citados, mayor es la autoridad que se les reconoce, asociada a renombre y honores.

Que un rabbí galileo tan joven y humilde, sin ninguna clase de antecedentes académicos hable con palabras tan nuevas y frescas, asombra a todos. Él habla con un conocimiento que no se adquiere en los libros, sino a partir de la vivencia e identidad absoluta entre Él y su Padre.
Las gentes se asombran por esta autoridad, que en nada se parece a los dictados de los escribas, que podan corazones y libertades. Cristo hace nacer cosas nuevas, pues revela desde la Palabra a un Dios que ama, un Dios bueno, un Dios Padre y Madre, un Dios de amor y liberación.

Cuan grande no sería el asombro de esas gentes al escuchar hablar de su Dios de esa manera.

Quiera el Altísimo que jamás nos acostumbremos. Que la Palabra jamás se nos haga rutina conocida. Que Cristo nos asombre y nos alegre cada día, a cada momento, en cada encuentro con su Palabra, que es Palabra de Vida y Palabra Viva.

Paz y Bien

El Señor en esta barca frágil calma todas nuestras tormentas











Para el día de hoy (27/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 4, 35-41







Las multitudes lo siguen con un denuedo y unas ansias tales que no lo dejan comer, descansar, caminar con seguridad. Su fama -equivocada- de taumaturgo o sanador eficaz lo precede, y todo el pobrerío sufriente abandonado a su dolor, en parte por las dolencias y en parte por ciertos conceptos crueles, se aferra al rabbí galileo.

Parecía que el pueblo iba tras Él, y esa fama que tenía lo precedía a todos los sitios en donde se presentaba, y eran mieles peligrosas, las mieles empalagosas y malsanas del éxito, de lo multitudinario, de las acciones masivas. Y los discípulos no eran para nada inmunes a estas tentaciones: allí con ellos, el Maestro se les aparecía como el nuevo y poderoso Mesías y Rey de Israel, que arrasaría con cuantos aquellos se le pusieran delante, pues las masas estaban con Él. Además, les pertenecía a ellos más que a nadie: por tradición y por pertenencia, serían parte de esa gloria judía que se iba avizorando.

Nada más lejano a la Buena Noticia, y el Maestro lo sabe y lo mueven las prisas de salir de allí, de ese ambiente que oprime y todo lo distorsiona. Es menester embarcarse a la otra orilla, a la orilla del Evangelio, del servicio, de la humildad, de la mansedumbre, de la mesa grande y la puerta abierta sin condiciones.
En la otra orilla están los gentiles, los extranjeros, aquellos de los que nada se espera ni se desea, esos que no cuentan.
En la otra orilla está el trabajo, la semilla humilde que crece sin pausa, la paciencia del germinar, los árboles frondosos que cobijan a todos los pájaros perdidos, el gesto personal, y es una orilla hacia la que -sinceramente- a menudo la Iglesia no suele embarcarse.

Hay miedo atávicos, hay comodidades anquilosadas, hay hambre de efectos, de masa, de éxitos descollantes. Pero el Reino sigue teniendo la sencillez de la más pequeña de las semillas.

Esos hombres eran pescadores experimentados, toda una vida en esas pequeñas barcas de pesca galilea. Seguramente, no se arredrarían frente a fuertes borrascas.
Pero ese derrotero al que el Maestro los lleva se ha vuelto peligroso, tanto que están a punto de zozobrar de temor en sus almas, y su frágil barca parece a punto de dar una vuelta de campana.

Y el Maestro duerme en un extremo, como a menudo parece haberse dormido Dios cuando nos acontecen tormentas bravas en nuestras existencias. Pero olvidamos que está allí.
Su Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva, y las amenazas de hundimiento retroceden porque ese Cristo tiene autoridad, autoridad que hace crecer cosas nuevas.

Por eso, para no zozobrar quizás lo importante no sea tanto la pericia de los navegantes, sino la confianza de Aquél que está al timón. Permanecer con vida es una cuestión de fé, de pura confianza.

Paz y Bien

Semilla del Reino de Dios, humilde tenacidad












Para el día de hoy (26/01/18):  

 
Evangelio según San Marcos 4, 26-34






El sembrador de la parábola que el Maestro ofrece, en cierto modo sorprende a sus oyentes, todos ellos vastos conocedores de las cuestiones de la siembra y la cosecha. Es que este sembrador no hace las cosas lógicas, es decir, sembrar la semilla y luego cuidar su crecimiento, desmalezar el área, verificar las bondades del terreno.

Aquí sucede que la semilla tiene un empuje impensado, y que las bondades de la tierra que la cobija son incontables. Precisamente esa tierra lleva escondido el misterio de ese crecimiento; hay una fuerza sólo conocida por Dios que hace que inevitablemente la semilla crezca, y que no importen tanto soles o fríos, las fases de la luna, los afanes del sembrador. La semilla sigue su proceso de crecimiento -semilla, tallo, espiga, granos- en sus propios y especiales términos.

En estos tiempos en que nos hemos vuelto tan cultores del éxito y la instantaneidad, esta enseñanza vuelve a llamarnos.
Solemos preferir a un Dios glorioso que resuelva o haga las cosas a la medida de nuestras necesidades, sin espera ni paciencia, una fé automatizada en el yá mismo sin proceso, sin misterio, sin crecimientos.

El Reino que ofrenda Jesús de Nazareth es opuesto a esos esquemas. Tiene la humildad y pobreza de una semilla, y un destino cierto de árbol frondoso que cobije a todas las almas, pájaros del aire a la deriva. Tiene su tiempo de crecimiento, su proceso, su silencio fecundo, unos tiempos que a menudo no son los nuestros pero tenemos una certeza.

Nada ni nadie -ni nuestras propias miserias- pueden detenerlo

Paz y Bien

Junto al Resucitado acontece el milagro de entendernos














La Conversión del apóstol San Pablo

Para el día de hoy (25/01/18):  

Evangelio según San Marcos 16, 15-18






Decisiva a la hora de un juicio es la producción de prueba testimonial. Si se busca justicia, los testigos han de ser veraces, manifestar acerca de lo que saben y conocen con certeza, de primera mano, no de oídas. -no se puede hablar de las bondades del sabor de un plato con sólo leer el menú-

Los cristianos tenemos por vocación primordial y distintiva, precisamente, el ser testigos. Más el testimonio no radica en la puntillosidad cuando se recita un dogma, en la exactitud fedataria al momento de exponer una serie de ideas maravillosas, surgidas hace dos milenios en Galilea y nutridas por tradiciones a través de los siglos. Los testigos somos primeramente y ante todo testigos de Alguien que está vivo y presente, Alguien que ha roto el cerco en apariencia infranqueable de la muerte, Jesús de Nazareth, el Resucitado.
Nuestro testimonio es fiel y es veraz si se refiere a Cristo, si surge de los rescoldos que nos enciende el Espíritu y de esa necesidad incontenible de contarle a los demás lo que el Maestro ha hecho en nuestras existencias, las vivencias personales, un Dios que es vida para siempre y para todos, vida plena, vida feliz.

No se trata de ganar adeptos, de engrosar estadísticas y pertenencias, sino de transmitir la mejor de las noticias a todas partes, especialmente allí en donde toda noticia suele ser mala, un retroceso humano, un regreso a las sombras. Y no queda solamente en mujeres y hombres, la humanidad sin excepciones: la Buena Noticia ha de manifestarse a toda la creación, con un afecto prefencial por la naturaleza que es el gesto y acto amoroso creador del Dios de la Vida, y que hemos dejado de lado. No sólo la hemos descuidado, sino que en aras de materialismos varios la hemos agredido hasta el hartazgo.

La Salvación es don y misterio insondable de la ternura de Dios, que se ha hecho uno de nosotros para que no seamos espectadores pasivos o títeres involuntarios de voluntades divinas, sino protagonistas humildes de una vida que apenas está comenzando y que no tiene fin. Porque condenarse no es un castigo de Dios sino la elección de quienes quieren permanecer en las sombras del egoísmo, de la tibieza, del no arriesgarse, de la negación del prójimo cercano y lejano, de la resignación y la no trascendencia.
Por ello, un signo tan sencillo como el Bautismo es comienzo santo: es Dios mismo que nos invita a expandir la familia a límites insospechados, una familia creciente en donde todos cuentan, un nacer para no morir jamás.

Contra toda especulación de espectacularidad -esas ansias de shows banales y pasajeros- los milagros siguen aconteciendo en santa urdimbre del amor de Dios y nuestros pequeñísimos esfuerzos.
Junto al Resucitado todos los malos espíritus que oprimen mentes y corazones indefectiblemente retroceden; odios, soberbias, desprecios, alienación y exclusiones exclamarán sus quejas, pero han de dejar de hacer daño y suprimir la imagen de Dios que está en cada mujer y cada hombre, y que tiene por horizonte la felicidad.
Junto al Resucitado acontece el milagro de entendernos aunque hablemos distintos idiomas, en el escandaloso dialecto de la solidaridad y la compasión y, sobre todo, de la escucha atenta del otro.
Junto al Resucitado, todas las ponzoñas que arrecian y acosan devienen agua fresca, no hacen daño. A menudo los problemas y los males tienen la estatura que nosotros mismos le adjudicamos.

Porque el Reino -sueño y proyecto infinitos de Dios- crece y germina en comunidad que es familia, que es salud, que es liberación, que es vida que no se rinde y rumbea tenaz desde un cielo que ahora mismo se nos asoma en el aquí y el ahora.

Paz y Bien

Tenaces sembradores de esperanza











  
Santa María, Reina de la Paz

San Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia


Para el día de hoy (24/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 4, 1-20








Muchos de los oyentes habituales de las enseñanzas del Maestro eran pescadores y campesinos galileos, y entre estos últimos seguramente habría varios labriegos, profusos conocedores de las cuestiones de la siembra, de las semillas y cosechas.

Como conocedores expertos en su oficio, las cosas que este hombre les cuenta es una locura sin asidero. Ellos saben bien que no hay semilla alguna ni terreno conocido que rinda treinta, sesenta o cien por ciento. Y peor aún: ese sembrador que esparce la semilla tan azarosamente, como al descuido, es por lo menos un bobo imperdonable, un imbécil redomado que desperdicia semillas -ellos lo sufren siempre-, semillas que son escasas y muy caras.

Desde su punto de vista, la lógica es incuestionable, y quizás por ello mismo el Maestro expresa la parábola de esa manera. Porque si algo tiene el Reino de Dios es una ilógica santa y asombrosa.

Pero el Maestro sabe, pues conoce bien a sus paisanos y lee como nadie los corazones. Y es por eso que les habla de esa manera tan desproporcionada y referida a las cosas del día a día de esos hombres.
Se trata de la dinámica maravillosa e imparable de la Gracia, y se trata de lo eterno entretejido en lo cotidiano, el Dios de la Vida en urdimbre con el hombre por el misterio bondadoso de la Encarnación.

Nosotros, en algún momento de la historia, quizás lo hemos extraviado, porque a la mujer y al hombre de hoy no le hablamos de las cosas de Dios desde lo que conocen, desde lo que viven, de ese Dios que está presente y vivo en cada uno de sus instantes.

Si bien es importante el oficio del sembrador, su cuidado y su dedicación, lo que verdaderamente cuenta es la fuerza increíble que esconde la semilla. Se trata de una cuestión de confianza, y la confianza es hermana de la fé y de la fidelidad. Se trata de que con algo tan pequeño como una simple semilla, en terrenos inciertos, Dios puede lograr que haya una cosecha magnífica, inconmensurable.

Se trata de sembrar esperanzas, esperanzas en que todo puede cambiar, en que todo puede ser mejor, en que todo puede volverse humano y justo, es decir, de Dios, plenamente santo y floreciente.

Paz y Bien

Cristo cercano, padre, hermano, madre, pariente, Dios que acampa entre nosotros













Para el día de hoy (23/01/18) 

Evangelio según San Marcos 3, 31-35








Situémonos por un momento en el ambiente y las circunstancias previas a la situación que nos refiere el Evangelio para el día de hoy.
El Maestro ya no es aceptado en las sinagogas, pues el enfrentamiento con las autoridades religiosas es tan intenso y brutal que, prácticamente, lo han excomulgado. Pero eso no detiene su ministerio -nada ni nadie lo hará- y en su mismo caminar, en lugares abiertos, en el campo y en el desierto multitudes cada vez mayores van en su busca, al punto de no dejarlo comer, ni dormir, ni lo fundamental para su vida, su oración.

Esas masas de gentes no suelen buscarlo por su identidad Mesiánica: encuentran en Él a un rabbí agradable y distinto, otros a un taumaturgo milagrero, otros a quien puede reivindicar las ansias nacionalistas de Israel. Y mientras tanto, escribas, fariseos y hasta herodianos comienzan a considerarlo blasfemo, es decir, reo de muerte en el caso de comprobarlo jurídicamente.

Allí entra a terciar su familia; en las culturas semíticas del siglo I, familia/parientes -en este caso, hermanos- no explicita solamente a aquellos vinculados en grado primordial por la sangre o árbol genealógico, sino también a la tribu o clan, estructura básica de la sociedad de su tiempo.
Este joven galileo no se comporta como ellos esperan que lo haga, que no se casa ni forma una familia, y que para colmo de males se enfrenta abiertamente con las autoridades religiosas acarreando sobre sí un grave peligro -la blasfemia, de comprobarse, lleva a una condena a muerte- y un serio desprestigio para la familia, que se golpe ven como las multitudes se desesperan por acercarse a ese joven que creían conocer. A tal punto, que esos parientes lo consideran un loco, un extraviado, un exaltado fuera de sí.

Su presencia fuera de la casa en donde Jesús se encontraba es elocuente aún cuando mucho no digan. Reclaman lo que creen pertenecerle, lo buscan para llevárselo de nuevo a Nazareth, a la pretendida normalidad, a que todo vuelva a discurrir en la cómoda rutina prevista.

La respuesta de Jesús a esos planteos suena violenta, dura, un desplante a los suyos. En realidad establece que nada ni nadie -aún los propios afectos- impedirán que continúe y consume su ministerio.
Pero ahondando más, establece nuevos vínculos que superan largamente los acotados por la raza, la sangre, el clan: a contrario de quien suponga un desmerecimiento de lo familiar, el Maestro establece en cambio que una nueva familia está formándose, la de aquellos que hacen la voluntad de Dios, los que aman, los que profesan la justicia, la compasión, la fraternidad sin condiciones. Los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.

Esta fuerza familiar es inmensa. En esta familia creciente se definen identidades y destinos eternos, y es un infinito misterio de bondad que cada hombre y cada mujer se convierta, a través de este Cristo tan cercano, en padre, hermano, madre, pariente de este Dios que acampa entre nosotros.

Así entonces, aunque por momentos la razón le impida ciertas comprensiones, María de Nazareth es parte de esa familia mucho antes de su parto belenita. María de Nazareth es madre y es hermana por cobijar la Gracia de Dios y hacerla vida, existencia cotidiana, signo e invitación para toda la humanidad.

Paz y Bien

Todos, creyentes, incrédulos e indiferentes dependemos de la misericordia de Dios












Para el día de hoy (22/01/18):  

Evangelio según San Marcos 3, 22-30







La influencia de Jesús de Nazareth, especialmente en las gentes más sencillas, era creciente y se ampliaba a medida que Él recorría los caminos junto a los suyos, sanando dolencias, purificando corazones agobiados, anunciando la Buena Noticia a los pobres.

Bajo cualquier apreciación esta influencia puede ser tranquilamente considerada un desafío planteado a aquellos que detentaban los poderes, especialmente el religioso. Sin embargo, un hombre así como el rabbí galileo, desde una perspectiva más profunda, puede visualizarse como un gran peligro, toda vez que anda liberando a las gentes de tantos miedos, miedos que se utilizan con fines de sumisión de las almas, de dominio, de opresión, aún cuando todo ello se realice -dolorosamente- en nombre de Dios.

Jesús actuaba y enseñaba por y en nombre de un Dios de amor, de bondad y de perdón. Y el amor, para cualquier poder, es una amenaza.

Pero a su vez, Cristo no es un zelota bravo que quiere imponer libertad a su pueblo mediante el uso de la fuerza, ni un heresiarca que busca ganancias propias mediante la confusión y la división, ni un provocador gratuito y soberbio. Él sigue adelante sin otra ambición que permanecer fiel al proyecto de su Padre, hasta las últimas consecuencias.

Triste y cruelmente, en aquel entonces y ahora también, se suele ir creando -progresivamente- un ambiente hostil contra el disidente, contra la voz contraria, contra lo nuevo a partir del descrédito, suponiendo que mediante esas maniobras el objetivo irá perdiendo apoyo, respaldo y ascendiente sobre el pueblo. Y una vez, en soledad y abandonarlo, golpear duramente hasta acabar con quien se ha convertido en una gravosa molestia. En esta empresa sombría se embarcan en siniestra sociedad escribas junto a fariseos, y en determinado momento sumarán a los herodianos: Jesús también era percibido como peligroso por el poder político.
Por eso comenzarán a murmurar -la acción clásica de opinión pública- de que Jesús actúa como actúa porque el poder del Maligno está con Él. Ello supone dos cuestiones: desde ese pueblo tan religioso, un espanto indecible, y así hacer pasar las mentes de un profeta y un rabbí de Dios a un mago con poderes oscuros y malvados.
Desde la ortodoxia, acumular argumentos para juzgarlo y condenarlo.

Como siempre sucede, estos argumentos carecen de demasiado sustento, porque más temprano que tarde la verdad sale a la luz, y los signos/milagros que realiza Jesús son señales del amor de Dios, que expulsa y hace retroceder todo mal.

Por ello mismo, cuando la misión de anunciar la Buena Noticia -hechos, gesto y palabra- no encuentra obstáculo alguno es el momento de comenzar a preocuparse. Cuando la Iglesia no es atacada ni perseguida, es el tiempo de reflexionar con absoluta sinceridad acerca de su fidelidad al Evangelio.
Y cuando dejamos de considerarnos pecadores, incompletos, limitados, allí sí están los fundamentos para toda ruina.

Todos, creyentes, incrédulos e indiferentes dependemos de la misericordia de Dios.
Que su bendición siga descendiendo sobre nosotros como paz, como bien, como perdón que sana y libera.

Paz y Bien

Frutos santos y cotidianos















Domingo 3° durante el año

Para el día de hoy (21/01/18):  

 
Evangelio según San Marcos 1, 14-20






La lectura de los signos de los tiempos, es decir, de una realidad mucho más profunda que el mero acontecer y que remita a una trascendencia definitoria. Esa lectura precisa y veraz conlleva a la toma de decisiones que cambian los rumbos de toda existencia hacia su consumación, hacia su plenitud.

Jesús de Nazareth era un lector exacto de estos signos. En todo descubría el trazo bondadoso de Dios, que junto al hombre quiere reescribir la historia, un Dios que se aproxima -se aprojima-, que acampa entre los pueblos, que se hace tiempo, que se queda para siempre. Ya no es el tiempo del puro transcurrir, del devenir constante, sino que es el tiempo propicio, el tiempo justo, el tiempo bendito, kairos, el hoy de la Salvación.

Probablemente, la señal sea la entrega a manos crueles y vorazmente corruptas del enorme Bautista. Jesús se dá cuenta que la luz que portaba Juan ahora debe llevarla Él mismo, pero con otro sentido que se dirige a su misma plenitud.

Parece una contradicción, pero se trata de la ilógica del Reino. Cuando campean las sombras, cuando parece que sobreabunda el horror -la mazmorra herodiana, la ejecución de un hombre bueno- el Dios de Jesús de Nazareth transforma esas noches densas en asomos tenaces de luz.

Siempre es posible que renazcan noticias mejores, una Buena Noticia que nos cambie de una vez y para siempre.

No es casual, tampoco, que el anuncio de esta Buena Noticia comience en Galilea. Tendrá que ver seguramente que era terreno bien conocido por Jesús; posiblemente, habría allí menos peligros y hostilidades que en Judea y en Samaria, zonas del ministerio de Juan el Bautista.
Pero sin lugar a dudas, tiene que ver que Galilea es periférica, que está siempre bajo sospecha de estar contaminada por extranjeros, bajo escrutinio de impureza y de otros tantos estigmas adjudicados. Y tiene que ver que de allí nada bueno ni nuevo se espera. Galilea es la periferia misma de la existencia, Galilea es el margen de la vida, es el campo de los pobres, es el sitio en donde nadie es escuchado ni tenido en cuenta.

La Buena Noticia de la llegada del Reino -Dios mismo entre nosotros- se abre paso desde los márgenes hacia los centros que solemos establecer como primordiales. Este Reino no se condice con nuestras ambiciones, con nuestros esquemas, con cualquier expectativa razonable.

Es un tiempo de locos, y para ello hace falta gente simple, gente común, gente cotidiana.
Los primeros llamados son pescadores galileos, y el descubrimiento de su vocación primera acontece en su tarea diaria. Porque el llamado de Dios se descubre en la cotidianeidad, y florece en esas rutinas que a menudo nos adormecen.

El tiempo bendito es aquí y ahora y convoca a mujeres y hombres concretos, con nombres e identidades reconocidas, navegantes tenaces de mares inciertos que han de llegar a buenos puertos.

Paz y Bien

La santa locura del Reino de Dios











Para el día de hoy (20/01/18) 

Evangelio según San Marcos 3, 20-21






La lectura del día de hoy es en apariencia muy corta, consta sólo de dos versículos. Sin embargo, tiene una enorme trascendencia y nos proyecta a la dimensión del Reino.

Nos encontramos nuevamente en Cafarnaúm, la ciudad donde estaba el hogar familiar de Pedro y Andrés, y en donde Jesús solía hospedarse. En un plano simbólico y a la vez pleno de significado, hay un desplazamiento desde la sinagoga en donde ya no se lo acepta ni tolera hacia la casa, hacia el hogar en donde se recibe a Cristo como un miembro de la familia.
La Iglesia, allí comunidad naciente, hoy creciente, se edifica alrededor de Cristo y se moldea al fuego del Espíritu como familia de vínculos mucho más profundos y trascendentes que los que indican la biología o la raza.

En esta ocasión, Jesús y los suyos regresaban de uno de sus peregrinaciones misioneras, el anuncio de la Buena Noticia. Hablamos de una época en que es infrecuente el traslado en vehículos a tracción de sangre o en montas de diverso origen: los viajes dentro de Israel y las zonas adyacentes solían realizarse a pié, y si a eso sumamos las demandas en aumento de tanta gente desamparada, ello implica para ese rabbí y para sus discípulos un cansancio demoledor, y con ello la necesidad de volver a centrarse, de descansar, de comer y recuperar fuerzas.

La imagen de un Cristo cansado es importantísima, tan decididamente humano y a la vez tan santo, un cansancio sagrado que proviene de una caridad sin límites.
Pero los padeceres de las multitudes parecen no agotarse nunca, y rodean la casa, y ellos ni siquiera pueden comer. Hay allí la desesperación de un nutrido rebaño sin pastor, presa fácil de la miseria y las enfermedades librados a su suerte, castigados por ciertos criterios que, preventivamente, los clasifican como impuros y les presentan un Dios severo e inaccesible.
Pero también en ese cúmulo de pesares y angustias hay una prevalencia de la fama sanadora del Maestro. Aún así, a pesar de ese error, no es óbice para el inmenso corazón misericordioso del Señor.

Pero tanto el conflicto frontal con las autoridades religiosas como su vida itinerante descoloca a sus parientes, y como siempre deberíamos actuar, es menester ponerse en el lugar del otro.
Desde su punto de vista, lo han conocido desde niño, lo han visto crecer y aprender el oficio paterno. Esperan que como todo varón judío, se case, forme una familia, crezca en las tradiciones y en la fé de Israel.

Jesús de Nazareth no hace nada de lo que se espera de Él. A nosotros también nos sorprende, y es menester suplicar que nunca nos acostumbremos, que siempre estemos dispuestos al asombro.
Los parientes no sólo están confundidos por este joven que creen conocer tan bien, y que de golpe se larga a los caminos, permanece tenazmente célibe, habla de Dios y, para colmo de males, no tiene ni un ápice de temor ni de vergüenza en enfrentar a la ortodoxia religiosa que comienza a proyectar una sombra ominosa sobre su existencia, y que se consumará en las horas de la Pasión.

Lo creen exaltado, enajenado, por ello lo buscan.
Pero es la locura del Evangelio, que no puede contenerse ni acallarse, mansa locura de Buenas Noticias, de Salvación, de un Dios enamorado de su Creación.

Paz y Bien

Seguir a Cristo, vivir con Cristo, anunciar a Cristo














Para el día de hoy (19/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 3, 13-19






Las Escrituras están pobladas de signos y símbolos que son como trampolines para que tomemos impulso, para trasponer las escasas fronteras de la pura literalidad y sumergirnos en las aguas santas del misterio, del infinito, de la eternidad, de Dios mismo.
Signos que nos orientan con certeza la mirada, señales con un destino preciso.
Símbolos que son ventanas que se abren al día, día de sol -sin demasiados razonamientos, con una profundidad asombrosa-, para no quedarnos en lo poco que somos capaces de ver.

El Evangelio para el día de hoy nos regala así varios símbolos, a pesar de que en apariencia su extensión es pequeña.

El envío misionero sucede en la montaña, símbolo del encuentro con Dios, y es a partir de un encuentro muy personal con el Dios del universo que se descubre la vocación -que debe ser cultivada, cuidada, edificada-, y que es iniciativa bondadosa de ese Dios que nos sale al encuentro.

Son doce los elegidos, los instituídos por el Maestro como discípulos, símbolo de las doce tribus de Israel, las que llevaron desde la cautividad de Egipto la promesa inquebrantable de un Dios que siempre cumple sus promesas, y es la continuidad a través de los siglos del amor y la constancia de un Dios que jamás nos abandona, que nunca renuncia a sus hijas e hijos, que pone toda su confianza en la humanidad con todo y a pesar de todo.

Los nombres responden a hombres concretos, de carne y hueso. La vocación siempre es personal, se dirige a cada uno de nosotros con nuestros caracteres, con nuestros aciertos y nuestros errores, con nuestras fidelidades y nuestros quebrantos aún a riesgo de la traición mayor. Es que se trata de la locura indescriptible del amor mismo.

Los sueños infinitos de Dios para toda la humanidad por la que se desvive, su proyecto, sólo pueden expresarse y concretarse a través de la comunidad que Él mismo reune, congregación cordial que tiene que ver con los sentimientos antes que con las razones: es la re-unión junto a Jesús de Nazareth y no la adopción de un corpus de ideas y preceptos religiosos.
Esa comunidad se distingue por ser elegida por la misma ternura de Dios, sin que influyan méritos o esfuerzos previos: de Dios son siempre las primacías.
Esa comunidad tiene por misión anunciar la mejor de las noticias a todos los sitios, a todo el mundo, hasta los confines del universo, en un esfuerzo cotidiano por desalojar con bondad y mansedumbre el mal que hiere, aliena e impide la plenitud, el ser felices.
Y es una comunidad que está inmersa en todas las Galileas de las periferias del mundo: no mira al resto desde alturas soberbias ni a través de distantes monitores, sino que se funde con los más pobres, en donde resplandece el rostro mismo de Dios.

Una comunidad que soñamos, que amamos, que a veces nos duele a morir, y que llamamos Iglesia.

Paz y Bien

Una doctrina que se aprende en la misma existencia, corazón adentro













Para el día de hoy (18/01/18):  
 
Evangelio según San Marcos 3, 7-12






El conflicto con las autoridades religiosas de Israel fué in crescendo, brutal e inclemente. Ya le habían impuesto la etiqueta de blasfemo y aberrante, del nó porque nó, y aunque Él afanosamente no la buscara, la ruptura sucedió. En adelante Jesús de Nazareth ya no podría enseñar en las sinagogas pues escribas, fariseos y herodianos -en especial, los dos primeros- dictaminaron su excomunión de la peor de las formas, es decir, mantenerlo bajo sospecha permanente de infractor y hereje. Nunca concedieron ni una posibilidad de consideración a la bondad, a la salud, a la escucha.
Sin dudas, el poder es una droga perniciosamente adictiva cuando no es servicio hacia los demás, y el poder de esos hombres oscilaba peligrosamente pues se exhibía carente de autoridad, de verdad, de legitimidad.

En una contrapunto sinfónico, a la execración de las autoridades religiosas, a su envidia y severos recelos, el pueblo sencillo lo busca con denuedo, lo sigue adonde vaya, confía en Él sin demasiadas vueltas. Puede que aún tengan ciertos vicios en sus almas de los que deban aligerarse, y ciertas imágenes que les enturbien la mirada -las ideologías pueden ser gravosas-, pero la multitud lo sigue con ansiedad y confianza, y es el primer paso de la fé, el confiar en la bondad de Jesús de Nazareth que es el amor mismo de Dios y es su doctrina, una doctrina que se aprende en la misma existencia, corazón adentro, antes que en las academias.

Venían de la misma Judea, la de la ortodoxia, la de los más puros, la de esa Jerusalem resplandeciente e imponente. Venían los sospechados campesinos y pescadores galileos, sus paisanos. Venían los idumeos, sureños ellos y casi extranjeros. Venían los norteños de Tiro y Sidón, más gentiles que judíos, y aún así, a nadie rechazaba.
En esa multitud radica el símbolo de todas las naciones de la tierra, de todos aquellos que sólo en ese Cristo encontrarán respuesta. Probablemente, sea menester que el Maestro deba subirse a un pequeño bote por el empuje de las gentes, y no sólo por su propia seguridad: hay que calmar los ánimos, hay que aplacar un poco las ansiedades para que no sobrevengan esos amontonamientos en donde se pierde la singularidad, esa identidad propia de cada uno tan amada por Dios.
Y hay un tiempo de crecimiento: quizás aún no puedan reconocerle como Mesías, pero lo que verdaderamente cuenta y permanece es la confianza en Su persona.

Como bautizados con una inequívoca vocación misionera, es menester que la Palabra nos interpele. Y especialmente nos sinceremos para decir en verdad de qué lado estamos, si en el ámbito de los circunspectos juzgadores del amor y la compasión, o en el cómodo balcón tibio de los que observan y dictaminan acerca del pueblo sin involucrarse, con un escondido sentimiento de superioridad culpógeno.
O definitivamente, gratamente embarrados nuestros pies en medio del pueblo sufriente en el que Dios ha acampado y se ha quedado para siempre.

Paz y Bien

Culto y compasión














Para el día de hoy (17/01/18):  

 
 
Evangelio según San Marcos 3, 1-6





El culto realizado en la sinagoga durante el Shabbat era sagrado, y de cumplimiento estricto; lo que se debía hacer durante ese lapso estaba férreamente delimitado, de tal modo que resultaba frecuente encontrar a los principales del lugar preocupados en detectar las posibles infracciones.
Todo se había exacerbado a tal punto que, con pretendidas buenas intenciones, el Shabbat se volvía cada vez más rígido y excluyente y carecía de todo espíritu festivo, de encuentro y celebración con Dios. Así entonces esos hombres fariseos se volcaban por entero al resguardo de la observancia exacta de la Ley, pero no cedían ni un ápice de su tiempo para pensar en su Dios, aún cuando decían actuar en su nombre.

Ese sábado, por entre los asistentes al culto se encontraba un hombre con la mano paralizada o reseca; seguramente estaba apartado de la congregación principal pues era sabido que toda enfermedad se atribuía a la consecuencia directa del pecado, es decir, ese hombre carecía de derechos de plena participación religiosa por ser considerado un pecador, un impuro en ese pequeño mundo de hombres selectos.
Como si ello no bastara, con su dolencia tampoco tenía la posibilidad de trabajar y ganarse dignamente su sustento, volviéndose por entero dependiente de los demás.

Los ojos escrutadores de esos profesionales de la religión estaban puestos en el Maestro, avizores para detectar cualquier anomalía heterodoxa por la cual condenarlo.
Por ello, Jesús de Nazareth hace dar un paso al frente al enfermo, al doliente, y lo pone por delante y al centro de la comunidad; allí precisamente está el milagro, en la restitución de la dignidad y en subvertir el desorden establecido, y la sanación de la mano paralizada será consecuencia de esa humanidad re-creada.
Porque los verdaderos discapacitados era aquellos que dejaron endurecer sus corazones y practicaban sacrificios humanos...en el altar de su soberbia y su egoísmo, sacrificaban al prójimo.

Jesús de Nazareth enseña y revela el Reino con palabras, con gestos, con hechos.
Así entonces el culto verdadero será la compasión que no atrevamos a encarnar, y hay celebración plena cuando el doliente y el necesitado pasan a ser el centro de la asamblea.

Paz y Bien


Santo y secular, el Reino en el tiempo













Para el día de hoy (16/01/18):
Evangelio según San Marcos 2, 23-28





Durante siglos, la celebración del Shabbat distinguió a Israel de las otras naciones: día de reposo, institución sacralizada hasta límites insospechados, a tal punto que su observancia era escrupulosamente controlada aún por sobre el resto de los mandamientos.

Es claro que guardar este precepto significaba ser un cumplidor fiel de la ley, y, por el contrario, su transgresión conllevaba a ser encasillado como blasfemo, idólatra y renegado.
Entre las severas prohibiciones relativas al no quebrantamiento del sábado podríamos encontrar, por ejemplo, el cuidado del ganado: si un animal corría el riesgo de morir por algún accidente, nada debía hacerse en pleno sábado. Esta medida no era tomada al pié de la letra por los campesinos galileos, que si bien era respetuosos de la ley y observantes religiosos, también tenían una cuestión de fondo: sobrevivir y vivir.

Otra de las prohibiciones -símbolo de la inmovilidad absoluta permitida- era recoger espigas en el campo, quizás pensando en el tiempo de cosechas. Aquel día Jesús y sus amigos atravesaban un sembrado, y movidos por un deseo primordial -el hambre- toman algunas espigas frotándolas en las palmas de las manos para lograr quizás un bocado que les traiga algo de alivio.

Sin embargo, siempre están presentes las miradas mezquinas de los profesionales de la religión, los veloces críticos de los pecados ajenos, los defensores a ultranza de la ortodoxia que suele olvidar desde el vamos al hombre que cree e intenta creer aún cuando pueda equivocarse, señores del martillo y la sanción rápida pero nunca del perdón y el abrazo.

Así entonces la crítica no se hace esperar: no importan motivos ni gestos, cortar espigas está prohibido, vá en contra de lo sagrado y tus amigos, rabbí, están transgrediendo algo tan fundamental para Israel, para el pueblo Elegido.

La respuesta del Maestro no puede ser más asombrosa: no sólo defiende a los suyos, sino que avala y justifica su actitud, y más aún: algo tan profano y secular como el hambre, como una necesidad humana primordial es enaltecida como sagrada, y a la vez se desdibuja la pretendida sacralidad del Shabbat, subordinándolo al bien del hombre.

Es un nuevo paradigma santo que nos cuesta aceptar, y es aquel que descubre como santas esas cuestiones que laten en la existencia cotidiana de mujeres y hombres, cuestiones que podrían llegar a considerarse menores o circunstanciales. Normas, dogmas y religión deben estar al servicio de la vida y no a la inversa, ninguna creencia debe conducir a la esclavitud de las almas.

Quizás entonces en la realidad de las miserias y quebrantos diarios debamos reencontrarnos con el sentido más profundo de lo que nos revela y rebela Jesús de Nazareth, volvernos cada día más humanos, santificando la vida y honrando al Dios que la prodiga sin condiciones desde la proclamación de la solidaridad y la misericordia.
No hay otra religión, el resto es accesorio.

Paz y Bien

La alegría distintiva de la vida cristiana











Para el día de hoy (15/01/18):  


Evangelio según San Marcos 2, 18-22





Las actitudes y acciones de Jesús de Nazareth siempre encendían polémicas, reproches y rechazos descalificatorios, los cuales fueron in crescendo hasta llegar a la brutalidad de la Pasión.

Los críticos más exacerbados del Maestro eran, particularmente, escribas y fariseos; habitualmente, usamos estos dos términos de modo peyorativo, pero es una postura errónea. Estos hombres eran extremadamente piadosos, su fé regía todo los órdenes de su vida y amaban a su Dios, a quien suponían Juez y verdugo estricto, lejano e inaccesible. Por ello mismo, esgrimían una religiosidad retributiva, es decir que con el cumplimiento de las normas cultuales y de piedad obtendrían los favores divinos y a la inversa, quien no siguiera estos preceptos sería depositario de maldiciones y condenas como por ejemplo las enfermedades. A la vez, preparan sus almas para una bendición postrera, post mortem, reivindicación de su Dios para con los justos como ellos se consideran.

Así entonces, oscilan desde el estupor a la rabia cuando Jesús de Nazareth y sus discípulos comienzan a transgredir lo que para ellos es inamovible y sagrado, como por ejemplo en el caso de hoy el ayuno.
Él no está en contra del ayuno ni de otras acciones piadosas, pero ha inaugurado el tiempo nuevo, kairós de la Gracia, y todo es distinto. Él habla de un Dios muy cercano, tan cercano que habita en cada corazón, un Dios que es Padre y es Madre también, un Dios que sale al encuentro de la humanidad, un Dios que es amor, un Dios que se hace ofrenda incondicional, un Dios que perdona y vendas las heridas infringidas por el pecado, un Dios que salva.
Las primacías son del Dios Abbá que busca sin descanso la redención de toda la humanidad antes que su castigo.

Por todo esto, los discípulos y también el pueblo se encuentran gratamente asombrados, y en sus almas bulle la alegría de manera contagiosa: Dios está cerca, Dios nos ama, Dios nos convida, Dios nos perdona.
Para esos hombres de rostro adusto y rictus severo, esa alegría es intolerable, pues entienden que la verdadera fé es la de ellos, la del ceño fruncido, la del rigor que agobia. Así se les hará muy difícil abrir sus puertas al Reino, pues este vino nuevo requiere odres nuevos, y ellos persisten en sus viejos y perimidos envases acartonados.

Pero la Gracia todo lo empuja, y es dable ansiar que se rompan unos cuantos tejidos con parches inútiles. Aún no terminamos de asumir que uno de los distingos de las seguidoras y seguidores de Jesús sea la alegría que no disminuye a pesar de los dolores cotidianos.

Paz y Bien

Cambiar la vida, cambiar la historia













2° Domingo durante el año
Para el día de hoy (14/01/18):
Evangelio según San Juan 1, 35-42







En Juan, en Jesús y en los discípulos, en la Palabra para el día de hoy, predominan las miradas, miradas profundas que van más allá de las apariencias vanas y que llegan a la esencia, a lo verdaderamente importante y definitorio.

Juan ha visto que en ese galileo humilde y anónimo que se arrima a su altar de corazón y río está el Espíritu de Dios: quizás él no sabe su nombre aún, pero reconoce que ese hombre es el Esperado, en el que se cumplen todas las promesas, Aquél que es el Cordero de Dios, memoria y presencia de comunión y liberación.

Juan tiene una integridad insuperable, ni la violencia de Herodes conseguirá doblegarlo. Pero además tiene ese actitud maravillosa -que es menester reconocer en tantos- de quien ha cumplido su misión, de quien encontró su plenitud sirviendo y no ansía nada más. Por ello señala a Jesús a los suyos para que lo sigan con la mirada encendida de fé y esperanza. Juan disminuirá pero su luz no se apagará jamás, sigue resplandeciendo hasta nuestros días.

Juan señala a Jesús a dos de sus compañeros: uno es Andrés -pescador el hombre, hermano de Simón Pedro- y el otro, deliberadamente, permanece anónimo para que todos y cada uno de nosotros nos descubramos allí y pongamos nuestros nombres.
Ante la señal del Bautista, ellos se ponen en marcha y lo siguen: ese galileo ha despertado en ellos esperanzas adormecidas, ese rabbí sacia su sed y colma su hambre. Por ello mismo, la vocación cristiana sea ante todo movimiento, despertarse, descubrir a una persona anda por nuestras orillas y es nuestra Salvación antes que la adopción de una idea o la adhesión a una doctrina.

Andrés y nosotros le preguntamos -Maestro, ¿donde vives?-, y no es una mera inquietud domiciliaria: son las ganas de saber en donde lo podemos encontrar a diario si perdemos el rumbo, en donde está Él habitualmente, cómo hacer para que ese andar primero se multiplique en toda la existencia.

La respuesta de Jesús no puede ser más contundente en la verdad ni más esperanzadora en el impulso: Él inquiere con ese -¿qué buscan?- la busqueda más profunda, la superación de toda fotografía mezquina, el éxodo de cualquier construcción que nos hagamos de un Cristo a medida de nuestros deseos.
Aún así hay más, siempre hay más.
Vengan y vean es un magnífico desafío, una estupenda invitación a ir mar adentro de la rutina, a navegar en nuestras frágiles barcas con rumbo a un horizonte cierto e infinito pues no naufragaremos, la noche ha finalizado.

Con los ojos encendidos de esperanza y los pies ligeros de alegría, Andrés se apura a comunicarle a su hermano Simón Pedro lo que ha descubierto y especialmente, a Quien ha descubierto. Y esto tiene un efecto increíblemente multiplicador: Simón Pedro también se moviliza, hasta el punto de tener un nuevo nombre -Cefas- quizás significando que el encuentro transforma desde la raíces al punto de ser nuevas vidas que se despliegan, nombres nuevos para hombres nuevos.

Desde allí, podremos comenzar a hilar que la evangelización sea ante todo una alegría que se comparte y no se oculta, una experiencia comunitaria que nace desde un encuentro muy personal, tan personal que se vuelve contagioso, el mejor de los contagios, ese que no puede detenerse y que sigue hoy siendo clave y llave de todo despertar: vengan y vean que no estamos solos, que el tiempo es fruta madura, que no hay que resignarse, que Él al fin está allí invitándonos a diario a cambiar la vida y con ello, toda la historia.

Paz y Bien

Convidados a una nueva mesa de hermanos













Para el día de hoy (13/01/18):  

Evangelio según San Marcos 2, 13-17




La Palabra de hoy nos impulsa a contemplar distintas mesas.

Está la mesa de Leví, mesa de publicano, de recaudador de impuestos judío al servicio del opresor romano, mesa conocida duramente por los más pobres a la hora de pagar los tributos, mesa de corrupción y de explotación, mesa señalada por todos como mesa de miserias. Sin embargo, en donde todos auguran lo definitivo, el sello indeleble de la perdición, el Maestro siempre encuentra una posibilidad de algo nuevo, de vida que se transforma, de Salvación. 

Él expresa esa asombrosa fé que Dios tiene en cada uno de nosotros, infinitamente mayor que aquella que nosotros tenemos en Él.
Él cree en nosotros, en mujeres y hombres concretos con nombre y apellido como Leví, capaces de dejar atrás todo lo que sumerge y alzar la mirada, y ponerse en marcha tras los pasos de Aquél que siempre está por delante de nosotros, porque de Dios son las primacías y todas las iniciativas.

Está la mesa de los severos escribas fariseos, una mesa para unos pocos selectos, la mesa exclusiva de aquellos que se creen mejores y puros, la mesa de los profesionales de toda religión, la mesa de pocos asientos en la que muchos no tienen lugar.

Y está la mesa grande de Jesús, mesa de gesto fraterno e invitación enorme, mesa preferencial para aquellos señalados como réprobos oficiales, sobre los que cae inmisericorde el sayo de la pre-condena. Esa mesa es mesa gratamente escandalosa, mesa que desafía el rostro adusto y triste de los gestos vacíos, del culto sin corazón, de vidas sin compasión.

A esa mesa estamos invitados con la inexplicable y alegre melodía de la Gracia.

Paz y Bien

Solidaridad, compasión y creatividad














Para el día de hoy (12/01/18):  


Evangelio según San Marcos 2, 1-12






Ese hombre estaba atado a su camilla, postrado en su dolencia y sometido por ideas que, religiosamente, anudaban la enfermedad a la culpa de un pecado, un castigo exacto de parte de un dios al que se creía juez y verdugo. La parálisis comenzaba en su alma.

El Maestro se encontraba en una casa -probablemente el hogar de Simón Pedro y Andrés-, y en ese ambiente de hogar y de cotidianeidad anuncia la Palabra, habla de su Padre, revela ese amor asombroso e infinito. Acostumbradas como estaban a rigores y rictus severos, las gentes se agolpaban en el lugar, desbordando cualquier espacio razonable y hasta bloqueando las puertas.

El padecimiento de ese hombre no le resultaba indiferente a esos hombres que intentan llevarlo a la presencia de Jesús de Nazareth. No sabemos si son sus amigos, parientes o vecinos, no conocemos sus nombres, filiaciones o pertenencias sociales o religiosas.
Sin embargo, sabemos que confían de todo corazón en ese rabbí galileo de palabras nuevas, confían en que Él puede sanar al enfermo, y son solidarios con su sufrimiento, la compasión y la generosidad los impulsa.

Esos hombres no bajan los brazos, ni se resignan frente a la aparente imposibilidad de acercarse a ese Cristo que saben cercano. No pueden llegar de manera convencional, la puerta deviene inútil, y unos ojos demasiado racionales señalarían la imposibilidad práctica de evitar el inconveniente.
Pero ellos son unos atrevidos en el mejor de los sentidos, y desde ese resplandor solidario que irradian buscan un rumbo distinto, un camino alternativo en base a su imaginación y a su esfuerzo: por ello no temerán en abrir un boquete en el tejado, y desde allí descuelgan camilla y enfermo a los pies del Maestro.

Cuando se conjuga el amor de Dios con la fé del hombre, acontecen los milagros. Porque esos esfuerzos son agradables a los ojos de Aquél que nos espera con ansias para ponernos en pié con su perdón, para recordarnos que somos hijas e hijos, para seguir adelante con todo y a pesar de todo, en una familia de atrevidos que no se desalientan por los obstáculos que se presentan a la hora de la solidaridad y la compasión.

Paz y Bien

El paso salvador de Dios por la existencia













Para el día de hoy (11/01/18):  


Evangelio según San Marcos 1, 40-45








Como un signo cierto de los tiempos, a partir de la injusticia obrada contra Juan el Bautista, Jesús de Nazareth regresa a Galilea y se larga a los caminos. Lleva a todas partes el anuncio de la Buena Noticia, por los poblados, las ciudades, en donde las gentes trabajan, en las sinagogas en donde se reunen a orar y a hablar de las Escrituras.
Es muy diferente a Juan, que se queda en el desierto, bautiza a orillas del río y allí recibe a muchos. Jesús es dinamismo, es la imagen misma de Dios que sale al encuentro del hombre, y tiene un terrible hambre de enseñanza. Nada ni nadie puede detener su vocación docente, la revelación de ese Dios que es Padre y ama a todas sus hijas y a todos sus hijos.

Como contrasigno, ese hombre agobiado por la lepra es el opuesto total. Es un cuerpo doliente y un alma sometida. En aquel entonces, la lepra era una cuestión sanitaria, una cuestión social, una cuestión económica y una cuestión religiosa, siendo ésta última la principal que subsumía a todas las otras.
Sanitaria, pues no se tenían respuestas médicas que aliviaran las terribles consecuencias degenerativas y contagiosas.
Social, pues al no tener respuesta médica, al enfermo es menester aislarlo de familia y comunidad.
Económica, pues el ostracismo obligado impide que el enfermo se gane el pan diario y permanezca sumido en la miseria, apenas subsistiendo por una ocasional limosna.
Y religiosa, pues los sabios y eruditos habían determinado que la lepra era señal de impureza ritual absoluta, por lo que -además del lógico contagio- era considerado en el escalón espiritual más bajo, todo ello producto del castigo divino frente a pretéritos pecados. Tal es así, que quienes determinaban la presencia o ausencia de la enfermedad eran los sacerdotes. Una vez colocado el terrible sambenito, el leproso no podía vivir en las ciudades, ni acercarse a ningún judío que pasase cerca, exclamando a viva voz su condición de impuro, vestido de harapos y revestido de suciedad. Muerto en vida -pues los casos de remisión eran casi inexistentes- es apenas un cuerpo a la vera del camino.

Y sucede lo impensado. Ese hombre, contra todas las normas estrictas de contacto y segregación se acerca al Maestro, lo aborda y le ruega. Es un hombre que tiene su mente conquistada por ese ideario religioso imperante, pero a la vez es un hombre que no se resigna, y que seguramente ha oído maravillas de ese joven rabbí nazareno que a nadie rechaza, que habla con autoridad, que expulsa espíritus malos. Por ello mismo suplica ser limpiado, purificado, si tal es la voluntad del Maestro, y en esa plegaria hay un reconocimiento de Jesús como Señor: sólo Dios puede purificar, es decir, sólo Dios -para esa mentalidad- puede quitar la pena que ha impuesto. Aún así, su atrevimiento porta una fé grande, y una confianza ilimitada en la persona de Jesús de Nazareth.

Jesús no está cómodo. Él está de camino, de camino misionero, peregrino de enseñanzas nuevas, y no quiere ser presas de multitudes atadas a los fenómenos -que lo consideran un sanador nomás- ni tampoco quebrantar porque sí las normas. La Ley no es mala, la Ley se ha desviado y ya no sirve al hombre.
Jesús está alterado por la interrupción y por esa condena cruel. Por ello se conmueve, y por ello quedan en un plano muy posterior sus enojos eventuales. La compasión ha de signar todo su ministerio, y no vacila en en demoler la costumbre instaurada: así tocará al intocable, al prohibido, y el hombre se ha purificado desde su misma raíz. Ese contacto bondadoso le ha restituido su humanidad plena, su identidad única e irreductible.
El antiguo leproso recibe instrucciones precisas: ha de presentarse al sacerdote, para que éste certifique su estado de salud y pureza. Ha de ser readmitido en la vida comunitaria y religiosa por los mismos que lo han execrado, con la estricta instrucción de no revelar nada de lo que ha sucedido, Cada cosa tiene su tiempo, y si hay alguien que no es amigo de propaganda alguna es, precisamente, el Maestro.

Pero el ex-leproso desobedece, y vá por todas parte contando lo que le ha sucedido. El Maestro caminante se ha impurificado -se contagió esa impureza condenatoria- y por eso debe retirarse a un lugar solitario. El hombre ya sano, es un misionero sorprendente, un apóstol improbable, que anunciará el paso salvador de Dios por su existencia, y eso es lo que llamamos Evangelización: contar la Buena Noticia que nos ha acontecido por nuestros encuentros personales con Jesús de Nazareth.

Paz y Bien

Iglesia, hogar y comunidad












Para el día de hoy (10/01/18):  


Evangelio según San Marcos 1, 29-39






Siguiendo el modo en que el Evangelista Marcos realiza su relato de la Buena Noticia, Jesús de Nazareth comienza su ministerio al enterarse de los terribles hechos acaecidos contra la persona de Juan el Bautista, un hecho político que tiene su raigambre netamente espiritual.
Él ha sabido leer la impronta de los tiempos, y todo indica que la historia está grávida, a punto de parir la Gracia, el Reino.

Luego, Él se encamina a la cotidianeidad del trabajo de unos pescadores galileos, Simón y Andrés, Juan y Santiago, y los convoca a seguirle. Porque el llamado es personal -con nombre y apellido, nada abstracto- y porque la vocación cristiana es seguir a Alguien, a ese Cristo que siempre se acerca primero.

Posteriormente, lo encontraremos enseñando en las sinagogas y expulsando el mal de almas y cuerpos atormentados. Es un ambiente complicado y peligroso, pues a causa principalmente de los escribas -y en parte de los fariseos- cierto fundamentalismo fué enquistándose en la institución sinagogal, un fundamentalismo que al igual que todos reacciona con violencia frente a lo distinto, y busca la expulsión de la heterodoxia, que en este rabbí galileo es manifiesta.

Al fin, llegamos a Cafarnaúm. Jesús de Nazareth se ha afincado allí, muy probablemente en el hogar familiar de Simón Pedro y de Andrés. El Evangelista lo señala con inusitada precisión, y entendemos que su intención no es determinar un ámbito público -como puede ser el de la sinagoga o el de las multitudes que lo buscan- confrontado al ámbito privado de una vivienda común. La intención profunda es teológica, es decir, espiritual.
Porque en el ámbito del hogar, por esa misma intervención de un Dios que se llega, lo considerado profano se transforma en espacio sagrado, lejos de los fulgores del Templo, distanciada de la rigurosa sinagoga.

Las primeras comunidades cristianas lo sabían: al calor cordial del hogar, crece sencilla y silenciosamente la comunidad.

Muy modestamente, y con una renuncia expresa a imágenes pueriles o románticas, es dable atreverse a afirmar que esta Iglesia que amamos -y que a veces tanto nos duele- suele tener una deuda pendiente de casa, de hogar.
Una casa en donde todos son valorados y tenidos en cuenta, en donde se corre en auxilio del que sufre -como las prisas puestas al Maestro por la salud de la suegra de Pedro-. Un ámbito en donde a veces bastan los gestos afectuosos para poner de pié a los que han caído, en donde no falta la cordialidad.
En donde se comparte con los demás con la alegría de encontrarse y de ser mejores por renunciar a ciertas comodidades. En donde los que se han liberado de condenas cadenas se ponen de pié al servicio del otro, sin importar género o status, sino que cuenta el amor y la compasión.

Una casa en donde Jesús se encuentre a gusto junto a su familia, todos nosotros.

Paz y Bien

La responsabilidad solidaria con el hermano














Para el día de hoy (09/01/18):  


Evangelio según San Marcos 1, 21-28






Contrariamente a la creencia usual, las sinagogas -en especial, en la Palestina del siglo I- no eran templos: Templo había uno solo, y las sinagogas eran recintos, a veces simples hogares de los vecinos, en donde se reunía la comunidad preferentemente en el Shabbat y se celebraba el culto al Dios de Israel, un culto que incluía la oración, la lectura de las Escrituras y una predicación pública en carácter homilético que refería al pasaje leído -también y con el tiempo, las sinagogas fueron centros educativos-.
Por no ser templo, en una sinagoga preponderaba la asistencia laica y masculina: uno de los fieles cumplía un rol símil presidente de la asamblea, que a su vez distribuía las diversas funciones.

En aquellos tiempos, los escribas eran tenidos en alta estima, y así ocupaban sitios preferenciales en los primeros asientos de la sinagoga. Ellos eran eruditos en el estudio e interpretación de la Torah, y solían exhibir credenciales de mayor o menor graduación de acuerdo a los grandes doctores con los que hubieran estudiado. Su método era una exégesis redundantemente conservadora, con profusión de citas que referían a otras autoridades en la Torah anteriores a ellos, y a mayores citas de otros, mayor es la relevancia de lo que enseñan, convirtiéndose en la ortodoxia de la fé de Israel. Sin embargo, ese exceso de erudición no implica necesariamente sabiduría, y solían transitar por la superficie formar de la Palabra, ignorando o dejando de lado al Espíritu que la sustenta e inspira. Por ello una fé así se vuelve o bien una ideología, o bien un cúmulo de preceptos a cumplir en donde el corazón no tiene lugar, y la piedad es práctica acumulativa, nunca amorosa.

No obstante ello, todo varón judío mayor de treinta años tenía el derecho a leer la Palabra y a comentarla. Sin dudas, una voz nueva como la del rabbí nazareno iba a ser bien recibida en esa sinagoga de Cafarnaúm. Y Jesús se pone a enseñar.

Los asistentes no pueden dejar de escucharle, ni le quitan un ojo de encima. Están asombradísimos: este galileo no enseña al modo de los escribas, sino con autoridad propia. No requiere citar a otros comentaristas. Al fin y al cabo, eso quedará para los escribas: ahora tienen, entre ellos, la voz perfecta del mismo autor de esa Palabra.
Y esa autoridad no se limita a una función docente. Auctoritas en su sentido primordial, vocablo asociado al latín augere, que implica promocionar, hacer crecer cosas.
Los escribas requieren lo que otros ha dicho para fundar su enseñanza represiva, la creencia que se impone, que suprime libertades y existencias. El surgimiento de este rabbí galileo los cuestiona en sus cómodas existencias y prebendas, y por eso se volverán sus enemigos mortales.

Jesús de Nazareth enseña lo que eternamente será bueno y nuevo, no lo que se ha ido anquilosando a través de la repetición irreflexiva desconocedora de cualquier rastro humano. Jesús de Nazareth habla de libertad.

En el sitio en donde el pueblo elegido se reune para el recto culto a su Dios, con sabios entendidos en la Ley, han ignorado a un hombre atormentado. En la reunión de los puros, florece una impureza que oprime y no es tenida en cuenta.
Pero a la presencia de Cristo ningún mal se le resiste. Es esa misma autoridad: el poseso es liberado de los fantasmas gravosos que acosan su mente, su alma, y es nuevamente un hombre pleno, total, capaz de vivir, de amar, de ser feliz.

En ello consiste también la libertad traída por el Maestro: que nos purifica para ver lo que solemos pasar por alto, el dolor del hermano sometido, los quejidos del que sufre. Esa libertad no es libertad de, sino más bien libertad para. Como sabía decir un santo mártir obispo nuestro, la verdadera liberación es el paso de la servidumbre al servicio.
Libertad para servir, para la compasión, para el amor, para la vida.

La fé cristiana no otorga privilegios de Salvación, sino responsabilidades solidarias con el hermano y con ese Dios que se hermana en nuestra humanidad.

Paz y Bien 

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