San Andrés apóstol, amigo del Señor
















San Andrés, apóstol

Para el día de hoy (30/11/18):  

Evangelio según San Mateo 4, 18-22












El dato puede ser visto como una mera anécdota, un rabbí pobretón y provinciano caminando a orillas del mar de Galilea, quizás aliviando un poco el intenso calor de la zona con la brisa que le llega.
Pero es necesario ir más allá, mar adentro del significado. Ese Cristo que camina a la vera del mar es el que se arrima a la orilla de la vida, de las existencias de cada uno de nosotros, sin imposiciones pero con invitaciones fuertes, definidas, sin ambages, un Cristo que quiere ser parte de la vida, un encuentro que acontece en la cotidianeidad revistiéndola de milagro, de Gracia, de eternidad. Hay que estar despiertos y atentos.

Allí hay dos hermanos inmersos en su oficio, Simón y Andrés. Otra vez, el dato simple nos indica un vínculo biológico, familiar. Sin embargo, estos hombres están llamados a ser hermanos más allá de cualquier previsión, pues lo bueno y nuevo que acontece, el Reino, será tarea fraterna, que nó individual, de hermanos congregados por un mismo Padre.

Ellos son pescadores, expertos en su oficio de arrojar redes y recoger los frutos del mar, procurarse el sustento a horas inverosímiles, el esfuerzo cotidiano que suele comenzar en plena noche, cuando bullen los peces.
El Maestro los invita a seguirle para convertirlos en pescadores de hombres. Ellos serán expertos en ese oficio misericordioso, ante todo, por Aquél que los ha convocado y por el empeño misericordioso que pongan en la tarea, una tarea de fé, una tarea cordial, una misión vital pues implica que muchos peces pequeños librados a su suerte en las anchuras de un mar que los devora, permanezcan con vida en redes nuevas.

La invitación es tan decisiva que se vuelve conminatoria, urgente. Ya nada será igual, y la respuesta implica dejar atrás lo viejo, la vida anquilosada, los esquemas perimidos, las viejas redes inútiles y emprender nueva marcha con nuevos bríos, a puro impulso del Espíritu.

Cristo no ha buscado sabios, poderosos, guerreros, personalidades destacadas bajo los falaces criterios mundanos. Sólo hombres y mujeres que transforman su vida comenzando por la cotidianeidad que saben y conocen, y que siguen los pasos del Maestro, humildes pecadores que se vuelven pescadores por esa Gracia que no merecen pero que sobreabunda más que cualquier miseria.

Conocemos bien a Simón, Pedro para todos nosotros, su amistad abierta y extrovertida, su carácter a menudo voluble, sus idas y vueltas, su fidelidad como roca para sus hermanos. la Iglesia.

De Andrés, los datos son más escasos. Pero posee ciertos visos que equilibran el carácter encendido de su hermano, cierto talante reflexivo y muy, muy cercano al corazón y la confianza del Maestro.

Pero es el que comunica a otros que ha encontrado al Mesías, el que se afirma en su fé y en el servicio, buscando en Cristo las respuestas que su razón no atina.

San Andrés, amigo y obrero del Señor que nos vuelve a decir que hemos de encontrarnos con el Mesías que llega como un Niño pequeño a nuestras orillas.

Paz y Bien

Con la frente en alto, con obstinada ternura, con la esperanza en Cristo













Para el día de hoy (29/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 20-28








En el tiempo del ministerio de Jesús de Nazareth, nadie en su sano juicio hubiera pensado o siquiera imaginado que sobrevendría la destrucción del Templo, la deportación y el homicidio de miles, la ocupación militar extranjera de la Ciudad Santa.
Pero ello sucedió. Por el año 70, las legiones romanas comandadas por Vespasiano y Tito logran franquear las murallas de Jerusalem tras cuatro años de terrible asedio, ocupan la Ciudad, profanan el santuario y luego no dejan piedra sobre piedra del Templo, a tal punto que al día de hoy sólo se ha conservado una fracción de una pared exterior -el Muro de los Lamentos-.

Ello supuso una hecatombe para ciertas mentalidades, y la dispersión del pueblo judío por la Diáspora, sin tierras y sin estado, el horror en sus ojos, el estupor en sus almas.
Pero también, con el correr de los años, el imperio romano a su vez caería.

No caeremos en la fácil empresa de la bravuconada que suele olvidarse de las víctimas, el espantoso tendal que dejan a su paso los opresores de todos los tiempos, y muy especialmente los de esta época, bestias monstruosas de guantes blancos y buenas maneras.

Es claro que la historia humana puede ser leída desde una sola perspectiva, y en ese marco escaso sólo veríamos violencia, guerras, cataclismos naturales -y no tanto-, la vida atropellada, la dignidad vulnerada, la injusticia como norma, la miseria razonada.
Pero hay otra historia que se gesta silenciosa, humilde y tenaz, tan frutal y persistente como el amor de Dios.

Es el kairós, tiempo santo de Dios y el hombre. El tiempo propicio de la Gracia, la misericordia, la Salvación.

Es tiempo de llevar la frente en alto, con obstinada ternura y esperanza indestructible, pues todas nuestras sombras se disipan merced a la luz que nos está llegando, en las manos pequeñas de un Niño en brazos de su Madre.

Paz y Bien

Todo se decide en la fidelidad















Para el día de hoy (28/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 10-19








La lectura que hoy nos convoca, de tono apocalíptico, no refleja solamente la dura realidad de las primeras comunidades cristianas, sino que es un llamado de atención a todos los discípulos de todos los tiempos.

La historia de la Iglesia y la propia existencia nos pueden traer referencias explícitas: la fidelidad al Evangelio necesariamente acarrea persecuciones, calumnias, odios. Inclusive, el rechazo y el gesto despectivo de los que se consideran propios, de la misma familia, la incomprensión violenta, el desmedro clasificatorio, el rótulo impuesto y definitivo.

Es que vivir la Buena Noticia, proclamarla con la voz y sobre todo con los hechos, implica ir contra corriente a los intereses mezquinos e interesados del mundo; el servicio es un humilde desafío a las ansias desenfrenadas de dominio y poder, y el amor, el amor discute mansamente la preeminencia del odio que campea en planos de sombra.

Al igual que en la vida cotidiana, el amor, la fidelidad, la amistad y la esperanza cobran real dimensión en los momentos difíciles, en los tiempos asfixiantes.
Más aún, la fidelidad al Evangelio puede mensurarse por las persecuciones que sufra la Iglesia, una Iglesia misionera y comprometida que no se repliega sobre sí misma ni se encierra tras las puertas de falsas seguridades vanas y elitistas.

Es claro que el agobio que nos provocan las noticias y los golpes asumidos son demoledores. Desandan demasiados esfuerzos, y al acecho están los miserables, es decir, los eficaces dispensadores de miserias aún cuando tengan buenos modos.

Pero seguiremos andando. Todo se decide en la fidelidad, comenzando por la fidelidad de un Cristo que vá con nosotros hasta el fin de los tiempos, que nos hace hablar, que nos pone prisas ante las parálisis del miedo, que nos reviste el corazón con una esperanza inquebrantable, su presencia y su compañía.

Paz y Bien

Muchos templos carecen de rocas vivas, no poseen la piedra angular que todo lo sostiene, Cristo



















Para el día de hoy (27/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 5-9






En la ocasión que nos presenta la liturgia del día, el Maestro no se encuentra como en otras oportunidades acompañado de una multitud, sino apenas por algunos de sus discípulos. Varios de ellos eran zelotas, es decir, combinaban una estricta religiosidad con un celo abiertamente antirromano, llegando a propugnar la lucha armada contra el opresor; sin embargo, todos ellos -en mayor o menor medida- estaban orgullosos de la belleza y opulencia del Templo de Jerusalem que en ese momento contemplaban, orgullo nacionalista que a su vez les brindaba seguridad y reafirmaba su identidad.

No es complicado adivinar el estupor que las palabras del Maestro les habrían de ocasionar: les habla de la destrucción de ese sitio sagrado, les preanuncia lo que sucederá tiempo después, alrededor del año 70, con las tropas romanas de Tito y Vespasiano.
El golpe sería tan demoledor que pondría en gravísimo riesgo la misma identidad judía.

Aún así, Jesús de Nazareth sí es un profeta, pero más que un profeta. Su enseñanza no se acota a una crónica futura de hechos puntuales y verificables, sino a los aconteceres teológicos -espirituales- que han se sobrevenir.

En mayor o menor medida, todos tenemos templos sagrados que nos brindan seguridad y certeza, templos hermosos edificados en piedra y enjaezados con todas nuestras ansias, nuestras expectativas.
Pero esos templos carecen de rocas vivas, y peor aún, no poseen la piedra angular que todo lo sostiene, Cristo.

Adormecidos en esos recintos escasos, hemos olvidado el carácter misionero de la fé cristiana, de puertas y ventanas abiertas, de Iglesia peregrina, samaritana, servidora. Y cuando llegan los momentos difíciles, las épocas bravas de persecuciones y peligros, nos amurallamos allí dentro.
Pero el Señor es nuestra roca y nuestra fortaleza, baluarte en donde nos ponemos a salvo.

Quiera el Espíritu que sea otro el templo que nos convoque, otro el fundamento de nuestra seguridad y nuestra certeza. Desertores felices de los tramposos, de los lobos hambrientos del poder y la sumisión sin cuestionamientos ni fraternidad, hemos de volver al Cristo pobre y servidor, el grano de trigo, Dios del pan, del vino y de la vida.

Paz y Bien

La inmensa ofrenda de los pobres













Para el día de hoy (26/11/18):  

Evangelio según San Lucas 21, 1-4 






Por el Templo de Jerusalem pasaba a diario una multitud llegada desde toda la nación judía y desde la Diáspora; ese número se incrementaba notablemente en las fiestas importantes como la Pascua.
En la llamada sala del Tesoro se encontraban grandes alcancías metálicas llamadas gazofilacios que tenían una amplia boca que se iba angostando hasta desembocar en el reducto reservado donde se guardaba el dinero que allí se colocaba producto de las limosnas.

La tradición de la limosna estaba profundamente arraigada en la nación judía, y merced a ella se constituía un fondo destinado a socorrer a las viudas sin parientes y a los huérfanos, una seguridad social eficaz en estadíos históricos tempranos. Lógicamente, al ser metálicas las bocas de las alcancías las monedas caían con un repique estridente. Los ricos, con afanes de figuración, dejaban caer sus ofrendas y el clanc! que se oía era proporcional a sus ansias de ostentación.

El Evangelista Lucas nos presenta a una mujer viuda y pobre, en donde viuda no es tanto una condición civil o marital sino una adjetivación contundente.
En aquellos tiempos, una mujer sólo tenía los derechos que le otorgaba el varón que la protegía y sostenía económicamente: cuando niña, su padre, cuando adulta el esposo, al enviudar sus hijos varones. Sin embargo, una mujer -por sí misma- era alguien a quien no se tenía demasiado en cuenta, no se escuchaba y se relativizaba; en el mejor de los casos, se la trataba con torpe condescendencia.
Por ello, en ese mar de gente que viene y que vá, a una mujer así, sola y pobre se la mira pero no se la vé. Es parte del paisaje, algo menos que una cosa.

Pero el Señor la mira y la vé. Ella pone dos moneditas mínimas en la alcancía, y seguro que al caer ni hacen ruido. Aún así, en esos dos cobres se le vá su sustento. Aún así, ella confía y sin medir consecuencias brinda todo lo suyo en pos de otras viudas y otros huérfanos que la pasan mal en verdad. En esas dos monedas -que parecen tan poco pero que son un tesoro- se ha brindado ella misma por entero.

Ella es tan parecida a Abbá de Cristo... Un Dios que nada se reserva, un Dios que no hace gala de su poder, un Dios que se brinda por entero para socorrer a la humanidad que languidece en el pecado, en la miseria, en el olvido.

La ofrenda de esa mujer, anawin del Señor, es liturgia santa de la compasión en un Templo purificado de ladrones por la presencia de Aquel que es la luz, la paz y la justicia.

Paz y Bien

Cristo, único Rey












Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (25/11/18):

Evangelio según San Juan 18, 33b-37








El ámbito en donde se desarrollan los acontecimientos que nos brinda la lectura de este día es el pretorio, es decir, la residencia del gobernador romano -aquí, Poncio Pilato- cuando éste se encontraba en Jerusalem; el pretor habitualmente residía en Cesarea, pero se constituía en la Ciudad Santa para las fiestas más importantes, o por circunstancias políticas muy especiales.

Pilato es el delegado del César en la provincia vasalla, y como tal detenta la soberanía imperial sobre personas, territorios y bienes. Esa potestad absoluta también refiere a la autoridad de ejecutar o nó a los condenados a muerte.
Al pretorio llevan entonces al rabbí galileo maniatado como un criminal, entre sombras, pues las autoridades religiosas temen un levantamiento popular en favor del Nazareno. Sin embargo, hay otros motivos importantes: por un lado, el Sanedrín ha condenado a muerte a Jesús por encontrarlo culpable del delito capital de blasfemia, en un proceso amañado y virulento de odio. Como ese consejo superior carece de facultades ejecutorias, lo envían donde el procurador romano. Pero además, han de apurarse: al prisionero lo dejan a las puertas del pretorio, pues la sola presencia extranjera supone un contacto con lo impuro que evitan a toda costa, y el horario no es fortuito. Las prisas radican en el cercano inicio del Shabbat.
La antinomia es dura. Hombres que se afanan por igual en permanecer rigurosamente observantes de los preceptos religiosos y puntillosos en sus deseos de muerte de un inocente.

La escena estremece. Ese Cristo es un hombre solo, abandonado por sus amigos, frente al pretor que representa el poder omnímodo y brutal de Roma, de la opresión, de la brutalidad de las legiones estacionadas allí cerca. Un hombre solo frente al pretor, frente al imperio, frente al mundo.
Y Pilato vacila: la línea políticamente correcta le indica que debe ejecutar sin más trámites a los culpables de sedición, y nó a los condenados por juicios religiosos. A Roma le importa y compete la sumisión, no la religión. Sus dudas surgen porque ese humilde galileo reivindica un reinado extraño, y no sabe si ello supone una amenaza al poder imperial...y a su propio status de pretor; Pilato, con un antisemitismo que no oculta, desprecia con abierto fervor a los acusadores de Jesús, pero al igual que ellos está atrapado por los preconceptos y la ideología, y así relativiza la fuerza liberadora de la verdad, en la búsqueda de un sucedáneo que aquiete su conciencia.

En esa estancia hay dos hombres, pero Cristo no es el prisionero aunque esté maniatado. La libertad fiel con la que enfrentará el horror de la cruz es absoluta. Pilato es el verdadero cautivo, aunque pueda moverse con libertad.
Así entonces Cristo será ejecutado como un subversivo, como un criminal marginal por no reconocer como Dios al César, por ser testigo íntegro de la verdad de Dios, por renegar de toda violencia e imposición, por desertar alegremente de toda ansia de dominio, por reivindicar al verdadero poder que es el servicio.
Su reino es veraz, cósmico, universal, pero su Reino no es de este mundo. Su Reino es el de los que entregan su vida para bien de los demás, su Reino es el territorio fértil de las almas, su Reino es el de los edificadores de paz y justicia, su corte se compone de los pobres, los pequeños y los sencillos, y su palacio se encontrará en la calidez de los corazones que guarden su Palabra.

A Cristo nuestro Rey volvemos a dejarlo solo frente a los caprichos de los poderosos, cuando cedemos al cenagal tentador del relativismo, cuando abdicamos de hacer pié en la verdad, cuando renegamos del hermano.

Que el Espíritu del Resucitado nos conduzca nuevamente a honrarlo en espíritu y en verdad, en ofrendas diarias de mansedumbre, en tributos generosos de compasión para con el hermano, en la humilde alabanza de la gratitud.

Paz y Bien

La resurrección acontece en la comunión con Dios












Para el día de hoy (24/11/18):  

Evangelio según San Lucas 20, 27-40










El problema planteado por los saduceos no se corresponde con ciertas dudas respecto a la Ley de levirato ni al matrimonio, ni tampoco a una encendida búsqueda de verdad. En realidad, se trata de una dialéctica tramposa que busca el yerro de Jesús de Nazareth, desacreditarle frente al pueblo y, eventualmente, procurar una condena religiosa que lo silencie de una buena vez.

El tono conque se dirigen a Él no es respetuoso: lo llaman Maestro para maximizar el probable error frente a una casuística insoluble y ridícula.

Tengamos presente que los saduceos conformaban la nobleza laica y política, tenían una notable preponderancia en los círculos de poder y comercio y poseían las fortunas más notables de Israel. A pesar de su carácter principalmente laicista, de sus filas salieron varios sumos sacerdotes del Templo -tales como Anás y Caifás-, con lo cual su influencia se extendía también al ámbito religioso, a diferencia de los fariseos cuya influencia destacaba por entre las clases medias y bajas.

Ellos aceptaban de manera exclusiva y restrictiva la Torah, en desmedro de los libros de los Profetas y la tradición oral que rechazaban de plano. Como su lectura era lineal, literal, rechazaban cualquier idea de resurrección pues allí no estaba explícitamente mencionada: ante ello, inferían que toda doctrina que afirmara la resurrección se apartaba de la Torah y por ello era anatema.
Pero no finalizaba allí su pensamiento: las vertientes escatológicas también eran razonablemente defenestradas con importantes argumentos teológicos, aunque suponemos que la explicación es más sencilla.
Ellos disfrutaban su status, su poder, sus riquezas sin menoscabo, a las que además consideraban una bendición divina por su pertenencia virtuosa: hombres preocupadísimos por prolongar el más acá, a los que no les interesa el más allá. Más aún, la idea de un Mesías les resultaba, en ese contexto, espantosamente inconveniente.

Sin embargo, y aunque su intención primordial es el tropiezo del Maestro, cometen varios errores garrafales, terribles.
Primero, su soberbia interpretativa, pues sus mismos silogismos ponen en evidencia que leen y comprenden lo que quieren bajo pretexto de unicidad de la Torah.
Segundo, y más grave, es suponer -desde el argumento de las múltiples bodas de la mujer varias veces viuda y sin hijos- que la vida tal cual la conocemos se prolonga y regula lo que acontezca más allá de la muerte.

La resurrección no es cosa natural ni lógica ni razonable.

La resurrección surge de la filiación divina. Resucitaremos por ser hijos amados por Dios, porque Dios interviene en la historia, porque el Eterno se hace tiempo, vecino, Hijo querido de todos.

Es menester ir más allá de las trampas de la psiquis, la natural tendencia a perdurar a como dé lugar, y ciertos visos de inmortalidad que suelen esgrimirse.

La resurrección sólo puede acontecer en la comunión con Dios, y es este Dios Abbá de Jesucristo quien ha celebrado esponsales con toda la humanidad, de una vez y para siempre.

Paz y Bien

No todo tiene precio, no todo puede trocarse















Para el día de hoy (23/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 45-48







Jerusalem era el centro físico, político y espiritual de la nación judía, y el Templo era, precisamente, el corazón de la Ciudad. Normalmente era atravesado por miles de personas venidas de toda la nación y también de la Diáspora, y su número se incrementaba geométricamente para las fiestas, Séder Pesaj, la Fiesta de los Tabernáculos, Purim y otras tantas.

En la religiosidad imperante en el siglo I, eran de riguroso cumplimiento las ofrendas destinadas a los sacrificios que realizaban los sacerdotes, el impuesto para el sostenimiento del Templo y la donación de limosnas -diezmos- que se destinaban al sostenimiento de viudas y huérfanos, una forma de temprana y eficaz seguridad social.
Pero esa misma religiosidad consideraba aceptables determinados animales sacrificiales -se regulaban hasta las ofrendas de los pobres- y sólo se aceptaban determinadas monedas o shekkels. Sin embargo, los peregrinos no provenían sólo de las cercanías sino a menudo de sitios muy distantes; lógicamente, traían consigo sus monedas y no viajaban con animales para el holocausto. Por eso en los patios del Templo y con la anuencia de las autoridades religiosas se había instalado una suerte de bazar o mercado en donde los vendedores de animales permitidos y los cambistas de monedas hacían su agosto, permitiéndose toda clase de abusos monopólicos y extorsivos para con los creyentes.

Cuando el Maestro derriba las mesas de los cambistas y espanta a los animales de los corrales comerciales fué motivo de grato asombro para el pueblo. En verdad, el comercio había ganado espacios que debían ser de oración y recogimiento.
Como un siniestro contrapeso, a la alegría del pueblo se correspondía el odio de los dirigentes. Lisa y llanamente, buscaban el modo de matar a Jesús de Nazareth, pues su acción tenía una doble vertiente que los ponía en evidencia y los desafiaba.
En evidencia pues esos negocios -seguramente eran parte y beneficiarios- sólo podían estar allí por su causa y con su venia. En desafío, porque lo verdaderamente grave era que bajo el imperio de la autoridad que esgrimían, imponían criterios mercantiles al hecho milagroso de la fé, como si el favor divino pudiera adquirirse siguiendo procedimientos específicos, olvidando al amor, desdeñando la oración, ignorando que a Dios se le adora en espíritu y en verdad.

Aún así, el Maestro seguía enseñando cotidianamente. Él hablaba con autoridad aunque no estuviera autorizado.

A veces, es necesario abrir la válvula de la indignación. Decir las cosas como son y por su nombre a pesar de que eso no caiga bien, que sea formalmente inconveniente, religiosamente incorrecto.
Es claro que no se trata de la torpe apropiación de la defensa de los derechos de Dios, esa soberbia de suponer que Dios deba ser defendido por la fuerza y aplastando enemigos a diestra y siniestra, dejando encendido el detector de apóstatas y herejes. En esos andares, el amor y la compasión se duelen dejar de lado.

Es menester purificar todas las cuevas de ladrones, comenzando por las que anidan en nuestros corazones, en donde todo tiene su precio, en donde todo puede trocarse, desoyendo el manso y paterno llamado de la Gracia.

Paz y Bien

La comunidad cristiana es nuestra Jerusalem














Santa Cecilia, virgen y mártir

Para el día de hoy (22/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 41-44











El Maestro está a las puertas de Jerusalem, a un paso de su Pasión, a instantes de consumar su vida en fidelidad y amor al Padre. Está acompañado de los Doce y rodeado de una multitud de seguidores y curiosos, el pueblo ansioso que lo busca.

Aún así, la imagen marca un contrapunto estremecedor: a pesar de estar rodeado de tanta gente, Jesús de Nazareth se encuentra sólo, y en esa soledad llora por Jerusalem.

La Ciudad Santa será primero cercada y asediada por las legiones de Tito y Vespasiano, y luego -tocando a degüello- ingresarán en ella y arrasarán con todo a su paso. Primero profanarán y demolerán el Templo, del cual sólo dejarán en pié sólo una fracción de una pared exterior -el Muro de los Lamentos-. Como si no bastara, matarán a miles y otros tantos serán capturados y vendidos como esclavos.
Jerusalem y su Templo era faro, orgullo y fundamento de la nación judía; su pérdida y destrucción implicó que ese pueblo, durante siglos, no tuviera nación, estado, tierra y símbolos inamovibles.

Jerusalem / Yherushalaim significa Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz de Dios. Pero la paz de Dios ha sido rechazada por aquellos que no han querido reconocer a Jesús de Nazareth como Salvador, porque se afincaron en el poder, en el dominio y en la especulación. La paz no implica la ausencia de guerras o conflictos -esa pax romana que se impone- sino que se edifica a diario desde el servicio, desde el amor, desde la misericordia, desde la paciencia que es, precisamente, la ciencia de la paz. La paz es don de Dios que ha de cultivarse para que no se seque, para que dé frutos.

Jesús de Nazareth, ese hombre solo rodeado por muchos, llora por el rechazo violento a su mensaje de paz y de bien. Pero llora también porque ama profundamente a su patria, a su historia, a las tradiciones de sus mayores.

Nuestra Jerusalem no es física, sino más bien cordial. La comunidad cristiana es nuestra Jerusalem, con vocación de humilde faro que desaloje las tinieblas y compromiso de sal para que esta vida dé gusto vivirla.
Pero también nos pasa que no sabemos llorar, que nos quedamos en la emoción vana y superficial. Y acontecen tantas cosas, que es menester llorar, llorar fuerte y con ganas suplicando misericordia, para volver a ponernos en el camino de la Gracia.

Paz y Bien

Memoria e inteligencia, tenacidad y esperanza, sal y luz














Presentación de la Virgen María

Para el día de hoy (21/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 11, 28







Una clave de lectura: Jesús de Nazareth está cerca de Jerusalem. Esa cercanía -nosotros ahora lo sabemos- implican los terribles días de la Pasión pero también la consumación de su existencia, en fidelidad y amor absolutos al Padre.
En cambio, para varios de sus discípulos y muchos de sus seguidores, la cercanía a la Ciudad Santa preanuncia la toma del poder y la restitución por la fuerza de la antigua gloria, la restauración de la corona real de Israel.

Por ello el tenor de la enseñanza que nos refleja el Evangelio para este día, y el estilo literario se corresponde más con una alegoría que con una parábola.
El Reino de su Padre no es de este mundo, no se condice con los parámetros de dominio y poder usuales.
Suplicamos que el Reino venga y el Reino sea, que en la plenitud de los tiempos sea definitivo.

Pero hay un mientras tanto, un tiempo de espera atenta y por eso mismo de esperanza, una esperanza que desoye todo llamado a la pasividad, a la conformidad, al retraimiento mórbido so pretexto de no correr riesgos. Justamente, no correr riesgos, hijos, hermanos y amigos del Buen Pastor que dá la vida por las ovejas, y que no duda en arriesgar la seguridad de las noventa y nueve por rescatar a la que se ha extraviado.

No entraremos aquí en el tortuoso andurrial de cierta espiritualidad que justifique desigualdades. A todos -sin excepción- se nos han concedido dones, potencias, posibilidades. Todos somos pequeños terrenos, tierra que anda bendita por Dios, que a pura confianza pone en nuestras manos aquello que le es propio. El hombre, merced a esa confianza y ese amor entrañable, es co-creador con el Dios de la vida.

Cuando llegue el tiempo del regreso del Señor, tiempo del comienzo definitivo que exige estar atentos, será tiempo de rendir cuentas.
Allí la creatividad marcará la diferencia, qué hemos compartido, qué hemos reservado, en qué cosas hemos florecido y brindado frutos buenos.
La creatividad no es cosa de arrebatos o torpezas instantáneas, sino como todo lo bueno, ha de tener su tiempo de maduración, su proceso, su crecimiento, más su ausencia nos desmerece.

Cabe preguntarse si el miedo o el temor paralizan y nos vuelven tan estériles e indiferentes como nos pasa con el pecado.

En esos andares, es menester no perder nunca las raíces -de donde provenimos- y seguir andando junto a Aquél que es camino, verdad y vida. Memoria e inteligencia, tenacidad y esperanza, sal y luz.

Paz y Bien


Zaqueo: sin perder de vista a Cristo y al prójimo















Para el día de hoy (20/11/18):  

Evangelio según San Lucas 19, 1-10








A menudo las multitudes son peligrosas, pues el riesgo de la masificación la suele merodear. Así se disuelve cualquier atisbo de comunidad y reflexión y, peor aún, se despersonalizan rostros y voluntades.

Por todos los lugares en donde pasaba el Maestro se agolpaban las gentes, pues suscitaba no sólo interés genuino sino también lo acuciante de las necesidades, el abandono a su suerte como ovejas sin pastor, un desprecio condescendiente por parte de aquellos que debían orientarlos en la fé, y que sin embargo le imponían cargas cada vez más pesadas y opresivas, angostura de las almas.

Sin embargo, en esa multitud persistían viejos esquemas y prejuicios que salían a la superficie con la ponzoña de las murmuraciones. La multitud se creía con derechos de determinar quien era santo y quien era réprobo, arrogándose un derecho que no tenían. Suele suceder cuando el detector de heterodoxos, herejes y apóstatas permanece demasiado tiempo encendido en desmedro de la fraternidad y la compasión.

Zaqueo -cuyo nombre proviene del hebreo antiguo y significa puro- era jefe de publicanos, es decir, mandaba sobre un grupo de funcionarios recaudadores de impuestos que estaban al servicio del Imperio. Su mismo rol a menudo se aprovechaba para maniobras extorsivas que enriquecían su patrimonio.
Por ello eran fervorosamente odiados por sus paisanos, por abusivos y también por traidores, pues trabajaban para el opresor que hollaba la Tierra Santa de sus padres.

Es muy importante no perder de vista que Zaqueo, además de tener un nombre totalmente judío, se sigue considerando a sí mismo otro hijo de Israel, heredero de las promesas de su Dios. En gran parte por ello lo moviliza la llegada de ese rabbí galileo joven y pobre del que tanto hablan, y que tantas cosas suscita pues a todos recibe.

La multitud, como una pared rígida, parece bloquear todos los accesos, pero hay un impulso mayor en Zaqueo, una decisión personal que vá más allá de la curiosidad y por ello mismo toma la delantera a todas esas gentes y se sube a un sicómoro. Aparentemente era bajito, y quizás ello refiera no tanto a una cuestión de longitud sino más bien a su estatura ética y moral. Aún así, él busca a Cristo, quiere encontrarle, quiere verle.
Pero es Cristo quien lo mira y lo vé, lo conoce y reconoce y le realiza un pedido de hospedaje. La fé es, ante todo, la unión a la persona del Resucitado antes que una adhesión doctrinaria. Ese pedido expresa el insondable amor de Dios que quiere hacer morada en los corazones de los hijos.

Todo en Zaqueo es vocación y respuesta a la convocatoria a la conversión, a una nueva vida, a pesar de que la multitud diga que nó, condene de antemano, suprima en mente y corazón cualquier posibilidad de ingreso a la bendición de Dios, a la santidad, a la plenitud.

La respuesta se traduce en hechos. No hay tanto blablá de lo que se declama pero no se encarna, sino que Zaqueo dá la mitad de sus bienes: el tiempo verbal presente es taxativo y no deja lugar a dudas.
Pero hay más, siempre hay más. La retribución cuadruplicada frente a eventuales conductas dolosas está claramente especificada en la Ley, puntualmente en Ex.22, 1. Zaqueo, el jefe de los publicanos, el pretenso corrupto y traidor, vive con sinceridad la fé de sus mayores pues pone en práctica los mandatos sin perder de vista al prójimo.

El Maestro lo sabe, y por eso lo reconoce hijo de Abraham. Todos aquellos quienes profesamos la ffé lo somos, pero en casa de Zaqueo, aún con las rabias de la masa, acude, se hace presente y permanece la Salvación de un Cristo que viene a recuperar a los perdidos, a sanar a los enfermos, a hacerse hermano y pariente en nuestras existencias.

Paz y Bien

Cristo, viene, Cristo pasa, Cristo se queda


















Para el día de hoy (19/11/18):  

Evangelio según San Lucas 18, 35-43







Jericó se ubica a unos treinta kilómetros de la Ciudad Santa, por lo que es prácticamente un suburbio o arrabal de Jerusalem. Más aún, allí suelen alojarse sacerdotes y levitas que prestan servicios en el Templo.

Extraña y dura disonancia.
Hogar y refugio de los expertos en lo sagrado y en el culto, y sin embargo a la vera del camino, como un accidente del terreno, languidece un hombre ciego que debe suplicar limosna y mantenerse bien callado, resignado y sin molestar en su sufrimiento.

En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth la ceguera no era infrecuente, toda vez que la arena en movimiento por los vientos y el reflejo del fuerte sol contra las rocas lesionaba las córneas. Ello implicaba que los ciegos o disminuidos visuales debían mendigar para la mera supervivencia, pues no podían ganarse su pan cotidiano.
Pero además, los rígidos criterios de impureza ritual suponían que toda enfermedad era consecuencia directa de los propios pecados o de los padres, un tenebroso silogismo de un Dios dispensador de miserias y castigos frente a infracciones.
Tal vez desde allí se comprenda mejor el enojo de aquellos que mandan acallar los ruegos del hombre: está bien que esté así, que le pase lo que le pasa, está plenamente pensado, razonado y justificado y por ello cállese y aguántesela sin molestar. Es así, silencio.

Pero este hombre no se doblega. A los reproches intensos corresponde con gritos aún más fuertes, con una tenacidad en su súplica que no tiene tanto de sufrimiento psicológico como de confianza en el Cristo que pasa. No hay arrebato pasajero, sino la claridad de lo que está pidiendo: ver.
Ver más allá de las sombras que aquejan sus ojos, mirar y ver a pesar de las tinieblas razonadas, mirar y ver la vida con los ojos de Aquél que viene, que se detiene, que lo escucha y siempre reconoce. Rogar sin desmayos, suplicar con tenacidad, salmodiar a los gritos si hace falta.

Cristo viene para que se dispersen las sombras, para que la Iglesia no se encierre en cegueras exclusivistas y se encienda de misericordia.
Cristo viene para que nadie más esté abandonado a la vera de todos los senderos de la existencia, para que sus amigos escuchen a todos los dolientes, para que nunca más se acalle la voz de los más pobres.
Cristo viene para que recuperemos la vista, la esperanza que no cesa, la santidad de los días, sin imposiciones ni aplastantes condicionantes. Sólo un niño pequeño en brazos de su Madre.

Paz y Bien

Cristo volverá para congregar junto a sí a todos los pueblos

















Domingo 33º durante el año

Para el día de hoy (18/11/18): 

Evangelio según San Marcos 13, 24-32








La lectura del día nos ubica en el penúltimo Domingo del año litúrgico, y sabiamente, la Iglesia nos ofrece desde la Palabra una reflexión acerca de la Parusía para intentar obtener una imagen paralela referente al la conclusión de la historia.

Numerosas corrientes teológicas y filosóficas imaginaron un porvenir escatológico sombrío, cataclísmico, el Apocalipsis no en su sentido fundante como Revelación sino como fin terrible. Esto también tiene que ver con las diversas circunstancias graves que cada época conlleva consigo, en especial los tiempos harto difíciles de opresión, de persecuciones, de horrores continuos que parecen no terminarse.

Pero también ese criterio se utilizó con fines pseudoreligiosos: el miedo suele ser una herramienta bastante eficaz para someter corazones, para atenazar las voluntades de las personas.

Sin embargo, el Maestro no lo vivía ni entendía así, y hacia otro horizonte se dirige su enseñanza.
Los símbolos cósmicos destacan su importancia, y es que no estamos solos. La historia humana se encuentra fecunda de eternidad, la Encarnación no es un misterio abstracto sino la concreción absoluta del amor de Dios con nosotros.

Por ello, más que fin del mundo es más cierto y veraz pensar en la plenitud de los tiempos. En que algo importantísimo está creciéndose en silencio, humilde y pujante como el grano de mostaza.
Que el regreso de Cristo no es un final abrumador sino un luminoso comienzo, la convergencia definitiva entre Chronos y Kairós, entre el tiempo humano y el tiempo santo de Dios.

Es el Cristo Resucitado y glorioso que regresa para congregar a sus hermanas y hermanos de todos los tiempos. No hay imperio que no caiga si el pueblo lo decide, no hay tiniebla que prospere si es firme la esperanza, y el motivo de nuestra alegría es que podemos edificar un destino de plenitud, porque habrá un alba de plenitudes conjuntas, del cumplimiento de todas las promesas.

Paz y Bien

Tener vidas orantes para que cuando Cristo regrese encuentre fé sobre la tierra, Buena Noticia que se encarne en lo cotidiano














Para el día de hoy (17/11/18):  

Evangelio según San Lucas 18, 1-8








En la parábola correspondiente a la lectura que nos ofrece la liturgia del día, predominan dos personajes.

Por un lado, el juez injusto. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los jueces tenían una relevancia fundamental en una sociedad en donde se mixturaban lo religioso y lo civil sin diferenciarse; por ello, un juez decidía, a menudo, no sólo en pleitos civiles o comerciales, sino también en la referencia de esos conflictos a la Ley de Moisés.
Un juez, entonces, debe ser un hombre piadoso, incorruptiblemente probo y que nunca demorará el hacer justicia a los más débiles de la comunidad, porque en última instancia la justicia es cosa de Dios, no de los hombres, y de ese modo, un juez actúa en nombre de Dios porque Dios es Dios de la justicia y el derecho.

Pero en el ejemplo que nos convoca, nos encontramos a un juez que no teme a Dios ni a los hombres. Es un juez inicuo que sólo tiene en su horizonte a él mismo. Ni Dios ni prójimo, y se ufana de ello. Por aquello que se planteaba en el párrafo anterior, es un infame enemigo de Dios y del pueblo, vive sin Dios, sin Ley y sin comunidad a pesar de su responsabilidad, y para colmo de males hace aspavientos.

Por otro lado, se nos presenta la viuda. En aquellos tiempos, las mujeres carecían de derechos propios, y los mismos -aunque mínimos- los garantizaba de niña su padre, ya como mujer adulta el esposo y, en el caso de enviudar, el varón más importante de la familia. Sin varones, quedaban terriblemente desprotegidas, a merced de cualquier abusador, sin nadie que las escuche; en la tradición de Israel y los profetas, las viudas y los huérfanos -los más débiles y vulnerables- tenían notables consideraciones dentro de la Ley de Moisés, indicando las preferencias de Dios para con aquellos que, habitualmente, nadie ayuda y son dejados de lado.
Por eso, el talante inicuo del juez se agrava, toda vez que una viuda que sufre una injusticia debería concitar su atención y arribar sin demoras a un proceso justo, que garantice sus derechos.

Aunque hayan pasado tantos siglos, los clamores dolientes de millones de viudas y de tantos que son como ellas siguen subiendo al cielo, al corazón sagrado de Dios, pues sigue habiendo jueces y sistemas infames que razonan miserias y atropellan derechos sin despeinarse ni pestañear. Quizás por ello la imagen de la justicia como la de una dama de ojos vendados a veces se nos haga ajena: más real y ansiada es la imagen de una madre de familia que abre bien los ojos, que no se abstrae en tecnicismos, que pone por delante a la persona, objeto primordial y sujeto preferencial del derecho. Hoy, al igual que ayer, el profeta Amós tendría palabras durísimas de parte de Dios para todos los opresores.

Sin embargo, y contrariamente a cualquier lógica o previsión, la viuda que nos ocupa no tiene nada de dócil, de resignada a su situación y doblegada por su condición. Ella es obstinada y hermosamente tenaz, no baja los brazos ni abdica su corazón en la búsqueda de la justicia. El juez inicuo, finalmente, hace lo que debería haber hecho sin demoras ni especulaciones, pero es dable suponer que no lo hace por hartazgo, porque la viuda se ha vuelto una gran molestia.
En realidad, el juez corre peligro porque la tenacidad de la viuda lo pone en evidencia: es un hombre que debe hacer justicia, y que se ufana de no hacerlo, y precisamente allí está el riesgo mayor. No nos es del todo desconocido: los poderosos suelen revestirse de pavor cuando los pobres y los pequeños ganan las calles con gritos destemplados que claman por paz, pan y justicia, más allá de cualquier razón.

Esa viuda es muy parecida al Dios Abbá de María y Jesús de Nazareth, que se anima sin vacilaciones a pelearse con todos los jueces injustos, que interviene en la historia derribando a los poderosos, que inclina su rostro decidido en favor de los pobres y los pequeños.

Es esa mujer la que hace justicia porque jamás abandona la esperanza, porque nunca baja los brazos, porque con todo y a pesar de todo sigue confiando en cambiar las cosas, es decir, que el Reino venga y sea.

Hacer justicia es hacer las cosas que Dios ama, mirar con su mirada, actuar como Él actúa sin demoras, atento a todos sus hijos comenzando por los más pequeños.

Orar sin desmayos, tener vidas orantes para que cuando Cristo regrese encuentre fé sobre la tierra, Buena Noticia que se encarna en lo cotidiano, Evangelios vivos, sal y luz.

Paz y Bien

El tiempo santo de Dios nos vuelve a bendecir a diario con albores de esperanza, justicia y liberación















Para el día de hoy (16/11/18): 

Evangelio según San Lucas 17, 26-37 







En la época del ministerio de Jesús de Nazareth y durante las primeras comunidades cristianas, las expectativas por el fin de los tiempos estaban altísimas, y ello provocaba encendidas discusiones, pues además de prever catástrofes inmensas, muchos pretendían saber o establecer la fecha exacta de de la Parusía entendida como el final de la historia y nó como su plenitud, como si las acciones de Dios pudieran programarse en algún calendario o agenda.

El tiempo humano es chronos, aquél que se mensura por relojes y dispositivos, finito, limitante, acotado a la materia.
El tiempo de Dios es kairós, tiempo santo que no puede medirse al igual que el tiempo humano, pues es esencialmente infinito, totalmente presente.

El tiempo de Dios atraviesa en silencio la historia humana y la fecunda, de tal modo que este tiempo que nos toca vivir, desde la Encarnación de Dios, es el tiempo santo de la Gracia, el tiempo santo de Dios y el hombre, y la fidelidad a esa bendición asombrosa pasa por saber reconocer el paso salvador de Dios por nuestras existencias.

Honrar la memoria, pero a su vez hacer que el pasado sea tal, es decir, sea historia.

Edificar con mirada de futuro pero floreciendo este presente que somos, sin mirar atrás pues hemos nacido a la vida nueva de la Salvación. Quedarse atado a lo que ha muerto nos petrifica en deshumanizaciones, vivir como si nada pasara, con talante de más de lo mismo, es resignarnos a que nada pueda cambiar, comenzando por nosotros mismos.

Cristo volverá de manera definitiva, es una promesa y una certeza, para que la historia y el cosmos lleguen a su plenitud en Dios.
Pero Cristo está de regreso en la Palabra, en la Eucaristía y en el prójimo.

Allí, en los ojos del hermano, en la Palabra viva, en la mesa compartida, el tiempo santo de Dios nos vuelve a bendecir a diario con albores de esperanza, justicia y liberación

Paz y Bien

El Reino de Dios está entre nosotros, y se deja encontrar
















Para el día de hoy (15/11/18):  

Evangelio según San Lucas 17, 20-25









La pregunta que le hacen los fariseos al Maestro acerca de la llegada del Reino de Dios tenía, como era usual, una intencionalidad oculta que era la búsqueda del desprestigio suyo y, también, verificar su ortodoxia: en caso contrario, obtendrían pruebas que refirieran a una probable blasfemia, delito religioso capital.

Sin embargo, es un interrogante que se ha repetido a través de los siglos. Puede ser que haya un interés genuino. Tal vez responda al cansancio frente a los reinos de este mundo que aplastan las almas, la fuga piadosa de la realidad. Un calendario de fechas precisas que indiquen el arribo espectacular del reinado divino, dando lugar a especulaciones de catástrofes, imposición del miedo y coerción frente a lo terriblemente inevitable, sin atisbos de esperanza.

Aún así, otro desvío trastoca las miradas, y es el de suponer que la expresión Reino de Dios se acota únicamente a un ámbito de interioridad. Ello es un error pues implica, solamente, que el Reino es una cuestión espiritual individual.

Pero el Reino es una realidad tangible, palpable a una mirada de fé, oculto a ojos mundanos.

El Reino está entre nosotros en la Iglesia, en su predicación, en la Eucaristía, en los sacramentos, en cada gesto de caridad que se hace realidad en nombre de Cristo, en cada signo de justicia, en los pobres y los pequeños, en la misericordia que se encarna y no se declama, en la compasión, en la fraternidad generosa e incondicional. En la Gracia.

El Reino de Dios está entre nosotros, y se deja encontrar.

Paz y Bien

El paso redentor de Cristo, de la servidumbre al servicio















Para el día de hoy (14/11/18):  

Evangelio según San Lucas 17, 11-19










En el siglo I, bajo el rótulo de lepra se identificaba a una serie de patologías cutáneas visibles: eccemas, psoriasis, moluscos y el mismo mal de Hansen. En la estricta mentalidad religiosa imperante, un enfermo de lepra era, a su vez, un impuro ritual que debía ser separado del resto de la comunidad, pues también se infería que esa enfermedad era la consecuencia de los propios pecados o de los padres, en clave de castigo divino. De esa manera, el problema sanitario se transformaba en una cuestión netamente religiosa, al punto que quien determinaba el ostracismo o la readmisión de un leproso es el sacerdote, que en el caso positivo procederá a un complejo ritual de purificación.

Los leprosos debían vivir alejados de todo pueblo o ciudad, agrupados con los harapos que debían vestir, y anunciar a los gritos su condición de impuro para que los caminantes pudieran evitarlos con distancia suficiente.
Si entre los leprosos se encontraba un extranjero, al ostracismos debía sumarse el desprecio por el gentil o el pagano, el impar distinto a los hijos de Israel: pero si el leproso era un samaritano, la cuestión era aún peor pues el samaritano era un pagano, un traidor y un antiguo judío que se permitió contaminar con extranjeros, que vulneró la Ley y que desairó la sacralidad del Templo.
Hay un detalle que conmociona, y es que el dolor y el sufrimiento igualan en la desgracia: entre los leprosos que gritan no se puede saber a ciencia cierta ni el origen ni la pertenencia.

Ellos claman por misericordia: en su cercanía pasa ese Cristo que ha sanado a tantos, que nadie rechaza, que habla de Dios de un modo tan distinto y novedoso. Su clamor, claro está, es a la distancia, en una inconsciente resignación por su condición excluyente.
Esa confianza que esos hombres ponen en Jesús de Nazareth no es vana. Ninguna confianza depositada en Él se pierde.

Todo un mundo edificado y fortalecido alrededor de lo punitivo, del rostro severo de un Dios distante y vengativo, la religión de los puros y buenos, cerrada a cal y canto, no puede sostenerse cuando Cristo se hace presente, ni a Él las imposiciones que aplastan lo humano pueden limitarle.Cuando Cristo se hace presente acontece la Salvación, la plenitud de la persona por la acción del amor de Dios, y es plenitud también involucra la salud, la libertad, el reconocimiento.

Esos hombres han de ir a presentarse a los sacerdotes. Cristo no es un provocador que todo quiere derribar, y en su gesto e indicación están también esas cosas y esos modos que deben desandarse. La misma institución que excluyó a esos hombres ahora debe traerlos de nuevo a la vida en comunidad, algo a lo que quizás no están acostumbrados.

La sanación acontece mientras están de camino, quizás simbolizando que la vida es movimiento, que el quedarse quietos es sinónimo de una muerte que no se condice con la Buena Noticia.
Nueve hombres siguen las instrucciones al pié de la letra, sólo uno regresa, precisamente el samaritano, el impuro absoluto, aquél de quien nadie esperaría nada, y se arroja a los pies del Maestro en reverencia y gratitud. Ese hombre ha desobedecido los mandatos rituales para abrir su alma al amor de Dios en el Cristo que lo libera.

Esos hombres van de camino al Templo glorificando a Dios. El problema es que suponen que sólo a través de los ritos preestablecidos se consigue o adquiere el favor divino. No basta la pertenencia, la identidad religiosa, social, étnica, nacional. Dios no anda contabilizando méritos y deméritos en religiosos balances de salvos y condenados. Dios es un Padre que nos ama sin medida ni condiciones.

El samaritano ha encontrado la Salvación por la confianza puesta en el Cristo y por la gratitud que expresa al reconocer el paso salvador de Dios por su existencia.
La Salvación es don y misterio del amor de Dios que nos llega por Jesucristo, y quizás no nos alcancen varias vidas para agradecer tanta desmesura, pero siempre hay que regresar, volver a los pies del Maestro, desandar nuestras miserias, regresar a la tierra prometida de la Gracia y allí sí, descalzarnos el corazón pues pisamos ámbitos sagrados.

Paz y Bien

Trabajadores del Reino en donde lo importante, lo que cuenta, es que el Reino venga y sea.













Para el día de hoy (13/11/18):  

Evangelio según San Lucas 17, 7-10








Nuestra fé a menudo se disuelve en criterios mercantiles, una pretendida religiosidad comercial en donde se trocan piedades acumuladas por beneficios divinos.
Y suelen brotar, claro está, rotundos ataques de importancia en donde suponemos que Dios debe actuar de un modo específico, acorde a lo que inferimos, como si en ese plano mundano imaginemos a Dios como un mero deudor de nuestros días. Una fé que se per-vierte porque no se con-vierte.

Esa postura tiene también severas consecuencias en nuestra relación con el prójimo, consecuencias directas y contundentes. Si Dios es nuestro deudor, ¿qué esperar del hermano?.
La humildad ausente reniega de la Gracia e impide la fraternidad y la justicia.

Vivimos en un tiempo santo -kairós- tiempo propicio de Dios y el hombre. Hemos sido invitados a trabajar, a ser partícipes de los andares de Salvación, simples trabajadores del Reino aquí y ahora, merced a su infinita bondad y misericordia, pues mérito alguno tenemos.

Ser trabajadores del Reino implica ser considerados con asombrosa confianza, parte de su familia. Todo lo que hacemos bien, precisamente, tiene su origen allí, o mejor dicho, tiene su origen en Él.

Siervos inútiles, trabajadores del Reino en donde lo importante, lo que cuenta, es que el Reino venga y sea.

Trabajadores como los santos, sencillamente felices por hacer lo que debían, sin la búsqueda de aplausos o reconocimientos, en paz en el tiempo del regreso pues han hecho lo que se les ha mandado y por eso han sido plenos, felices para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Un Cristo en cada niño













Para el día de hoy (12/11/18):  

 
Evangelio según San Lucas 17, 1-6




Jesús de Nazareth, si bien enseña mediante parábolas y alegorías, a la hora de decir verdades no se anda con demasiadas vueltas. Así entonces su Palabra se vuelve durísima a oídos cómodos, a corazones opuestos.
 
En ese tenor es la admonición que hoy nos brinda y la severidad conque Él se expresa: ello responde a su identificación plena con los pequeños, con los pobres, con los niños, con los que no cuentan. El término griego skandalon remite literalmente a trampa o piedra que hace tropezar y caer; ese escándalo no se refiere tanto a la exposición pública o mediática de cuestiones a menudo inconfesables, sino más bien a todas las acciones que hacen vacilar la fé de los más pequeños, esos mismos que tienen las preferencias del corazón sagrado de Dios, y que cuando caen quedan a la deriva.
 
En ello es imposible obviar tanta niñez avasallada por aquellos que debían protegerla, tanta existencia mancillada, tantos actos execrables y silenciados por una prudencia torpe que nada tiene que ver con la verdad que nos libera, Espíritu de la Buena Noticia.

Como si no bastara, el Maestro en un segundo tiempo nos impulsa al perdón. No es cosa fácil, nada sencilla perdonar al que nos odia, al que nos hace daño y nos desea activamente el mal; pero ahí se enraiza la radicalidad del Evangelio, vivida por Cristo hasta las últimas consecuencias en una cruz erigida por el odio y convertida en manantial inagotable de amor para toda la humanidad. El perdón sana y libera, acerca a los distantes y es un milagro en todo tiempo.

Es claro que para no ser escándalo y para perdonar no bastan las buenas intenciones y especiales motivaciones. Se trata de una cuestión de fé, es decir, de confianza con todo y a pesar de todo.
La fé es don y misterio, semilla humilde que se nos crece en las honduras del corazón y que sin florece, posee esa fuerza imparable que mueve toda montaña de odio y derriba todo cerro del no se puede.

Paz y Bien

Hacerse ofrenda












Domingo 32º durante el año

Para el día de hoy (12/11/18): 

Evangelio según San Marcos 12, 38-44










Este domingo la liturgia nos plantea un nuevo desafío de introspección, de profunda meditación, para conocer y re-conocer actitudes y valores, quizás sobreentendidos, quizás anclados a las costumbres.

El horizonte siempre será la Pasión y la Resurrección del Señor, y el Evangelista lo sabe bien. La escena nos sitúa físicamente en el Templo de Jerusalem y teológicamente en los atrios del Templo definitivo que es el mismo Cristo.

Es el ámbito propio de los escribas, de aquellos que detentan el poder religioso, poder que amplifican sobre las espaldas y los corazones oprimidos del pueblo, inescrupulosas aves de carroña de los que no pueden defenderse, ansiosos cultores del prestigio y el reconocimiento, que a su vez son pródigos en los rezos. Rezos extensos -y simulados- que poco tienen de oración verdadera.
Mucho palabrerío para intentar acallar la Palabra, mucha ostentación -la pura exterioridad- sin substancia, sepulcros fulgentes que sólo son hogares seguros de la muerte y refugios de corrupción.

El Templo de Jerusalem era imponente en su tamaño, en sus ornamentos, en los ritos establecidos. A su vez, multitudes recorrían a diario las distintas estancias, pues era el centro de la fé y la nación judías. Es fácil quedarse en el bosquejo y pasar por alto los detalles, el bosque y nó los árboles. O mejor aún, mirar y ver en toda su profundidad cada árbol en el ámbito global del bosque que lo enmarca.

Frente a una de esas estancias el Maestro toma asiento, con esa mirada suya única. Sabe leer como nadie los corazones, y no pierde de vista lo esencial, a pesar de la bulla, las gentes, las ornamentaciones y el humo del incienso y los sacrificios.
La sala es el Tesoro del Templo que poseía trece alcancías o cepillos -gazofilacios- en los que se volcaban las limosnas para el sostenimiento del culto y los sacerdotes, y para auxiliar a los más pobres, una suerte de asistencia social primitiva pero eficaz.
Muchos arrojan grandes sumas en las alcancías, y las monedas reverberan sonoramente en su caída; es dable suponer que esos donantes también busquen el reconocimiento de los demás. Más ruido, más monedas, más riqueza e influencia que se interpreta como bendición divina por una vida virtuosa.

Pero hay alguien que nadie advierte. Se trata de una mujer pobre y viuda, y porta varios gravámenes intolerables. Es mujer, y por ende está varios escalones por debajo de la estatura moral del varón; es viuda, y por ello no tiene un marido que la proteja. Es pobre, y casi seguro será también una dependiente de esas limosnas ostentosamente arrojadas a los cepillos.

Ella arroja dos leptas, dos moneditas de cobre, el coste de un almuerzo pequeño. Esas moneditas no hacen ruido, pero son valiosísimas.
El Maestro se conmueve, porque esa mujer, en ese humilde gesto, honra en plenitud el mandamiento mayor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Confía toda su existencia a su Dios, y se olvida de honras, de alabanzas a sí misma, de una fé declamada y no practicada.
Esa mujer, merced a su confianza en Dios, dió su sustento y por ello, es ella misma la que se hace ofrenda, imagen del Cristo de nuestra liberación que nada se guardará para la Salvación de todos los pueblos.

Es mujer no está cerca del Reino, como cierto joven rico que una vez se encontró con Jesús de Nazareth. Esa mujer está dentro del Reino, aquí y ahora, y resplandece más que cualquier lámpara votiva.

Que el Espíritu de Dios nos auxilie y sane para tener la mirada del Maestro, la capacidad de mirar y ver a esos gestos redentores que a diario, en todas partes, sostienen la vida.

Paz y Bien

Allí donde esté nuestro corazón está nuestro Dios













Para el día de hoy (10/11/18):  

Evangelio según San Lucas 16, 9-15









La postura de Jesús de Nazareth frente al dinero era clara y sin ambages. O ser sirve a Dios o al Dinero, ídolo cruel que genera esclavos y parte corazones, que ocupa espacios con su miseria para que Dios no sea en las existencias.

La dureza y contundencia de su expresión nos conmina a preguntarnos qué lugar ocupa el dinero en nuestras vidas, y en verdad, a cual Señor servimos.
El dinero se ha hecho imprescindible en las relaciones humanas, regulador y medida de aspiraciones, éxitos y fracasos. Es la medida de las relaciones internacionales y del signo positivo o negativo de las naciones, perdiendo su carácter instrumental para transformarse en algo con valor propio que se comercia, trafica, valúa, en una extraña y nefasta liturgia laica sin trascendencia, el mercado, con un cielo brumoso de cierta libertad que no es tal.
El problema del capitalismo -al igual que el de todos los materialismos de cualquier signo-, además de la sustitución de valores, quizás estribe en su pátina de buenas formas, de aparente civilidad, del acostumbramiento resignado a su terrible normalidad.

Sin embargo, en verdad no somos hippies desencajados alegremente de los tiempos, ni sagaces observadores tras de un teclado. La Buena Noticia implica siempre un paso más, porque hay más, siempre hay más, y en pos de la plenitud humana -sueño santo de Dios- hay que animarse a desandar todos los no se puede, los no, los jamases.
Más aún porque en el esfuerzo cotidiano de muchos tiene una preponderancia crucial el hecho de procurar un salario digno -dinero, claro está- para la mera supervivencia. Las pensiones de los abuelos. El sostenimiento de la Iglesia.

Por ser hijas e hijos de Dios hemos de desertar alegremente de cualquier resignación, fieles en lo pequeño, en lo que no cuenta, fieles en lo grande, fieles en las crisis, fieles hasta las últimas consecuencias, fieles al igual que Aquél que nos ama sin desmayos no descansos.

No se puede servir a dos Señores, a Dios o al Dinero. A Dios o al poder. A Dios o a la ideología. A Dios o al propio ego. Sólo un Señor, sólo un Padre, sólo un Espíritu que vivifica y sigue soplando.

Allí donde esté nuestro corazón está nuestro Dios.

Paz y Bien

El prójimo, templo andante del Dios de la vida















Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/18):  

Evangelio según San Juan 2, 13-22










Hoy la Iglesia hace memoria de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán: en el año 324 el emperador Constantino donó al Papa San Silvestre un palacio imperial situado sobre el monte Celio, en Roma, el palacio imperial de Letrán. En ese solar se edificó luego la primer basílica de la cristiandad, en cuyo frente puede leerse hoy Madre y Cabeza de todas las Iglesias de la ciudad y el mundo.
El obispo titular, cuya cátedra se sitúa en esa basílica, es el obispo de Roma, primus inter pares, primero entre sus hermanos obispos en la caridad, el Santo Padre.

Además de una historia tan rica y del profundo simbolismo involucrado, la celebración nos convoca a la reflexión. Volver a preguntarnos que significa para nosotros un templo, su sacralidad, su importancia.

Lo hemos contemplado en numerosas ocasiones: al Dios que Israel encontraba en la imponente fastuosidad del Templo de Jerusalem, ahora se lo encuentra en la persona de Jesucristo.
El Maestro nos lo enseñó: al Padre se lo adora en Espíritu y en verdad, y por los frutos se conocen la identidad. Por ello el culto primero es la compasión. Abbá Padre de Cristo quiere misericordia antes que sacrificios.

Por eso a Dios no se lo sitúa en un lugar específico, en un templo de piedra. A Dios se le encuentra en Cristo y en sus hermanos, porque la Santísima Trinidad hace morada en todos los hijos, templos vivos y latientes del Dios de la vida.

Innumerables templos andantes que no son cuidados, ni tratados con el debido respeto, templos cuya liturgia primordial es la caridad.

Pero los templos/edificios también tienen su importancia: es la casa en donde la comunidad se reune a orar, celebrar, agradecer, y a una familia se la reconoce por lo que hace y por el talante de su casa.

Que el celo empeñado en los templos de piedra se nos vuelva también un celo inquebrantable en la defensa de la vida, la justicia y la libertad.

Paz y Bien

Los descartados de toda la historia, herederos primeros de la misericordia de Dios
















Para el día de hoy (08/11/18):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-10










Escribas y fariseos murmuraban, escandalizados, el horror que les suscitaba que Jesús de Nazareth se juntara con publicanos y pecadores públicos. Como representantes de la religiosidad oficial, habían aplicado un filtro de ortodoxia a través del cual se discriminaba lo religiosamente correcto de lo incorrecto, e iban más allá: sus criterios suponían que la misericordia de Dios estaba acotada por las razones teológicas de esos hombres, profundamente piadosos.

Tan nefastos eran los murmullos, esos corrillos críticos, como el pensamiento a través del cual se establecía lo santo, sus alcances y limitaciones. Un Dios a la medida de sus razones, que no se sus co-razones, Dios severo de unos pocos, puros y pretendidamente buenos.

Frente a ello, la enseñanza de Cristo supera cualquier expectativa, porque la misericordia de Dios no se limita a nuestras restricciones ni se adapta a nuestra teología ni, mucho menos, depende de nuestras ambiciones.
Pero, por sobre todo, el Maestro revela la alegría de Dios, que es quizás lo que hemos dejado de lado, aferrándonos a dolores y rictus severos, quedándonos en la Pasión pero no en la Resurrección, un Dios quizás abstracto y distante, inaccesiblemente bondadoso pero no más.

Dios es fervorosamente alegre, y su alegría se contagia a todas sus hijas e hijos, como buen Padre que es. Es importantísima la búsqueda de la oveja que se pierde, aún a riesgo de poner en peligro a las otras noventa y nueve, como el esfuerzo de la mujer -rostro materno de Dios- que busca incansable la monedita y le avisa a sus vecinos. Pero por sobre todo ello y muy especialmente destaca la alegría de Dios.

Alegría de Dios que siempre es celebración de la vida nueva cada vez que hay conversión, cada vez que se rescata a un hijo perdido, cada vez que un Dios incansable interviene personalmente en la historia humana y en cada existencia personal.

Paz y Bien

El discipulado no admite medias tintas ni corazones con edulcorante












María, Madre y Medianera de la Gracia

Para el día de hoy (07/11/18):  


Evangelio según San Lucas 14, 25-33








Como un río fuera de cauce, las multitudes seguían al Maestro dondequiera que Él fuera.
Muchos se sentían atraídos por lo que Él enseñaba y por el modo que tenía de hablar con las gentes que sólo escuchaban el discurso erudito, a veces incomprensible y muchas veces condescendiente y mandón de los escribas y fariseos.
Otros tantos creían haber descubierto en su persona a quien vendría a restaurar la corona y el poder histórico de Israel, tantas veces demolido por sus enemigos y en esos tiempos, humillados por la bota imperial romana.
Muchos también seguían sus pasos pues su fama de taumaturgo bondadoso lo precedía, y así solían ser habituales las multitudes portando a sus enfermos, al encuentro de ese Cristo del que esperaban sanación.

Sin embargo, y a pesar de lo justo de sus ansias y búsquedas, los intereses de esas gentes se acotaban a sus necesidades, por lo que el Maestro, aunque estuviera rodeado por miles, en verdad se encontraba solo.

Su convocatoria es a desertar de las pertenencias temporales, momentáneas, frutos escasos de la conveniencia y la necesidad. Tal vez en ese plano se encuentre también esa religiosidad de domingos, rigurosa en la norma ritual pero olvidadiza de los principios que la sustentan y le confieren sentido, en lo cotidiano, en todos los ámbitos de la vida.

El discipulado no admite medias tintas, corazones con edulcorante.

Más aún, el compromiso con el Evangelio es un compromiso de cruz. No es poca cosa ni una cuestión romántica o meramente declamativa.
En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la crucifixión era el método romano de ejecución de los reos culpables de los crímenes más graves, criminales abyectos y marginales; para la mentalidad judía, a su vez, pender de la cruz era una maldición insuperable. De ese modo, cargar la cruz no es tanto portar las penas y los propios pecados o limitaciones, sino antes bien atreverse a ser un marginal y un maldito a causa de la Buena Noticia y al servicio de Cristo y los hermanos.

Todo se decide por las lealtades que sepamos encarnar. Todo se juega en la capacidad de vaciar mente y corazón de lo inútil para volverse humilde templo vivo del Dios de la vida.
Todo, también, tiene su tiempo de edificación, de proyecto y maduración, sin perder de vista nunca el horizonte luminoso del Cristo que nos amanece cada día.

Paz y Bien

El banquete de Cristo, invitación que compromete y se hace misión














Para el día de hoy (06/11/18): 

Evangelio según San Lucas 14, 1a. 15-24











A veces, por meritorios afanes analíticos, teológicos o biblistas, se nos pueden perder de vista cuestiones primordiales, y que son las cosas que habitaban el corazón de Jesús de Nazareth. Contemplarlas en su humilde plenitud luminosa, revelación inagotable de otra realidad que florece entre nosotros, ahora mismo.

Jesús de Nazareth vivía el Reino de su Padre como un regalo inmenso, como una fiesta plena, un acontecimiento único e incomparable que se ofrece a toda la humanidad de un modo infinitamente generoso e incondicional, en la sintonía amable de un Dios que es Padre y es Madre también.

Allí, en esa mesa que es banquete -ágape-lo humano se diviniza en la comunión de la Encarnación, de ese Dios que en santa urdimbre hunde sus raíces en la debilidad humana para alzarla a las alturas de la realización total, de la trascendencia, de la vida que apenas está comenzando. Apenas y a penas, pues enceguecidos por las veleidades del mundo, perdemos la capacidad de mirar y ver milagros, el paso salvador de Dios por la historia, ahora y siempre, los cielos abiertos para nosotros, que por nuestros méritos -sinceramente- nada merecemos.

La invitación a ese banquete es, ni más ni menos, la posibilidad de ser felices, sueño eterno de un Dios que nunca descansa por nuestro bien.
En ese banquete se celebra la justicia, la paz, la libertad, la fraternidad pero, por sobre todo, el amor que es Dios mismo.

No es una invitación cualquiera. Es una invitación que compromete, que se hace misión.
Es menester salir a todas las encrucijadas de la vida y dar aviso a los que nadie llama, a los descartados de la existencia, que hay lugares preferenciales para ellos. Y luego a todos los demás.

Paz y Bien

Mesa del Señor, mesa de los olvidados
















Para el día de hoy (05/11/18):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 12-14









El Maestro está comiendo en casa de un importante fariseo. Seguramente ha sido invitado por el interés que suscita en el pueblo; las convenciones usuales de engalanar los propios banquetes invitando a un rabbí notable es dable suponer que no apliquen aquí, pero sí el afán de observarlo más de cerca, una suerte de espionaje comedido y de maneras civilizadas cuyo fin es el encontrar actitudes y gestos que lo condenen. De ese modo, la atención que los comensales ponen en Él no responde tanto a un interés genuino sino a las especulaciones usuales en ese ambiente religiosamente asfixiante.

Como sea, esa mesa farisea es una mesa en la que se trasluce un interés: en principio, sólo participan los varones fariseos, es decir, es una acotada mesa de pares, y excepcionalmente se convida al rabbí galileo. A no dudarlo: en esa mesa se han cumplido con exacta puntillosidad con las abluciones rituales, con las prescripciones dietéticas y se elevaron plegarias al Dios de Israel.
Aún así, sigue siendo una mesa de iguales o similares, en donde no hay lugar para los distintos, para las mujeres, para los que no cuentan.

El Maestro nos invita e impulsa a realizar una ruptura, una ruptura que no tiene nada de provocación vana, ni de conflicto estéril.
La ruptura requerida es la transgredir las escasas fronteras que separan, los limitados círculos en los que, razonablemente, solemos acomodarnos.

Santa ilógica del Reino que vá contracorriente del mundo. Es cosa de animarse, de agrandar la mesa, de invitar a los que nadie invita. Más aún, de convidar a los que nadie, en su sano juicio, invitaría, hijos olvidados por todos menos por Abbá.

Esa ruptura implica felicidad, porque nos internamos con libertad y luz en la tierra prometida de la Gracia, de la gratuidad, del desinterés, sin buscar beneficios individuales sino el afán del nosotros, de la fraternidad, del Cristo que se hace presente cuando dos o más se reunen en su Nombre.

Paz y Bien

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