Cristo volverá para congregar junto a sí a todos los pueblos

















Domingo 33º durante el año

Para el día de hoy (18/11/18): 

Evangelio según San Marcos 13, 24-32








La lectura del día nos ubica en el penúltimo Domingo del año litúrgico, y sabiamente, la Iglesia nos ofrece desde la Palabra una reflexión acerca de la Parusía para intentar obtener una imagen paralela referente al la conclusión de la historia.

Numerosas corrientes teológicas y filosóficas imaginaron un porvenir escatológico sombrío, cataclísmico, el Apocalipsis no en su sentido fundante como Revelación sino como fin terrible. Esto también tiene que ver con las diversas circunstancias graves que cada época conlleva consigo, en especial los tiempos harto difíciles de opresión, de persecuciones, de horrores continuos que parecen no terminarse.

Pero también ese criterio se utilizó con fines pseudoreligiosos: el miedo suele ser una herramienta bastante eficaz para someter corazones, para atenazar las voluntades de las personas.

Sin embargo, el Maestro no lo vivía ni entendía así, y hacia otro horizonte se dirige su enseñanza.
Los símbolos cósmicos destacan su importancia, y es que no estamos solos. La historia humana se encuentra fecunda de eternidad, la Encarnación no es un misterio abstracto sino la concreción absoluta del amor de Dios con nosotros.

Por ello, más que fin del mundo es más cierto y veraz pensar en la plenitud de los tiempos. En que algo importantísimo está creciéndose en silencio, humilde y pujante como el grano de mostaza.
Que el regreso de Cristo no es un final abrumador sino un luminoso comienzo, la convergencia definitiva entre Chronos y Kairós, entre el tiempo humano y el tiempo santo de Dios.

Es el Cristo Resucitado y glorioso que regresa para congregar a sus hermanas y hermanos de todos los tiempos. No hay imperio que no caiga si el pueblo lo decide, no hay tiniebla que prospere si es firme la esperanza, y el motivo de nuestra alegría es que podemos edificar un destino de plenitud, porque habrá un alba de plenitudes conjuntas, del cumplimiento de todas las promesas.

Paz y Bien

Tener vidas orantes para que cuando Cristo regrese encuentre fé sobre la tierra, Buena Noticia que se encarne en lo cotidiano














Para el día de hoy (17/11/18):  

Evangelio según San Lucas 18, 1-8








En la parábola correspondiente a la lectura que nos ofrece la liturgia del día, predominan dos personajes.

Por un lado, el juez injusto. En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, los jueces tenían una relevancia fundamental en una sociedad en donde se mixturaban lo religioso y lo civil sin diferenciarse; por ello, un juez decidía, a menudo, no sólo en pleitos civiles o comerciales, sino también en la referencia de esos conflictos a la Ley de Moisés.
Un juez, entonces, debe ser un hombre piadoso, incorruptiblemente probo y que nunca demorará el hacer justicia a los más débiles de la comunidad, porque en última instancia la justicia es cosa de Dios, no de los hombres, y de ese modo, un juez actúa en nombre de Dios porque Dios es Dios de la justicia y el derecho.

Pero en el ejemplo que nos convoca, nos encontramos a un juez que no teme a Dios ni a los hombres. Es un juez inicuo que sólo tiene en su horizonte a él mismo. Ni Dios ni prójimo, y se ufana de ello. Por aquello que se planteaba en el párrafo anterior, es un infame enemigo de Dios y del pueblo, vive sin Dios, sin Ley y sin comunidad a pesar de su responsabilidad, y para colmo de males hace aspavientos.

Por otro lado, se nos presenta la viuda. En aquellos tiempos, las mujeres carecían de derechos propios, y los mismos -aunque mínimos- los garantizaba de niña su padre, ya como mujer adulta el esposo y, en el caso de enviudar, el varón más importante de la familia. Sin varones, quedaban terriblemente desprotegidas, a merced de cualquier abusador, sin nadie que las escuche; en la tradición de Israel y los profetas, las viudas y los huérfanos -los más débiles y vulnerables- tenían notables consideraciones dentro de la Ley de Moisés, indicando las preferencias de Dios para con aquellos que, habitualmente, nadie ayuda y son dejados de lado.
Por eso, el talante inicuo del juez se agrava, toda vez que una viuda que sufre una injusticia debería concitar su atención y arribar sin demoras a un proceso justo, que garantice sus derechos.

Aunque hayan pasado tantos siglos, los clamores dolientes de millones de viudas y de tantos que son como ellas siguen subiendo al cielo, al corazón sagrado de Dios, pues sigue habiendo jueces y sistemas infames que razonan miserias y atropellan derechos sin despeinarse ni pestañear. Quizás por ello la imagen de la justicia como la de una dama de ojos vendados a veces se nos haga ajena: más real y ansiada es la imagen de una madre de familia que abre bien los ojos, que no se abstrae en tecnicismos, que pone por delante a la persona, objeto primordial y sujeto preferencial del derecho. Hoy, al igual que ayer, el profeta Amós tendría palabras durísimas de parte de Dios para todos los opresores.

Sin embargo, y contrariamente a cualquier lógica o previsión, la viuda que nos ocupa no tiene nada de dócil, de resignada a su situación y doblegada por su condición. Ella es obstinada y hermosamente tenaz, no baja los brazos ni abdica su corazón en la búsqueda de la justicia. El juez inicuo, finalmente, hace lo que debería haber hecho sin demoras ni especulaciones, pero es dable suponer que no lo hace por hartazgo, porque la viuda se ha vuelto una gran molestia.
En realidad, el juez corre peligro porque la tenacidad de la viuda lo pone en evidencia: es un hombre que debe hacer justicia, y que se ufana de no hacerlo, y precisamente allí está el riesgo mayor. No nos es del todo desconocido: los poderosos suelen revestirse de pavor cuando los pobres y los pequeños ganan las calles con gritos destemplados que claman por paz, pan y justicia, más allá de cualquier razón.

Esa viuda es muy parecida al Dios Abbá de María y Jesús de Nazareth, que se anima sin vacilaciones a pelearse con todos los jueces injustos, que interviene en la historia derribando a los poderosos, que inclina su rostro decidido en favor de los pobres y los pequeños.

Es esa mujer la que hace justicia porque jamás abandona la esperanza, porque nunca baja los brazos, porque con todo y a pesar de todo sigue confiando en cambiar las cosas, es decir, que el Reino venga y sea.

Hacer justicia es hacer las cosas que Dios ama, mirar con su mirada, actuar como Él actúa sin demoras, atento a todos sus hijos comenzando por los más pequeños.

Orar sin desmayos, tener vidas orantes para que cuando Cristo regrese encuentre fé sobre la tierra, Buena Noticia que se encarna en lo cotidiano, Evangelios vivos, sal y luz.

Paz y Bien

El tiempo santo de Dios nos vuelve a bendecir a diario con albores de esperanza, justicia y liberación















Para el día de hoy (16/11/18): 

Evangelio según San Lucas 17, 26-37 







En la época del ministerio de Jesús de Nazareth y durante las primeras comunidades cristianas, las expectativas por el fin de los tiempos estaban altísimas, y ello provocaba encendidas discusiones, pues además de prever catástrofes inmensas, muchos pretendían saber o establecer la fecha exacta de de la Parusía entendida como el final de la historia y nó como su plenitud, como si las acciones de Dios pudieran programarse en algún calendario o agenda.

El tiempo humano es chronos, aquél que se mensura por relojes y dispositivos, finito, limitante, acotado a la materia.
El tiempo de Dios es kairós, tiempo santo que no puede medirse al igual que el tiempo humano, pues es esencialmente infinito, totalmente presente.

El tiempo de Dios atraviesa en silencio la historia humana y la fecunda, de tal modo que este tiempo que nos toca vivir, desde la Encarnación de Dios, es el tiempo santo de la Gracia, el tiempo santo de Dios y el hombre, y la fidelidad a esa bendición asombrosa pasa por saber reconocer el paso salvador de Dios por nuestras existencias.

Honrar la memoria, pero a su vez hacer que el pasado sea tal, es decir, sea historia.

Edificar con mirada de futuro pero floreciendo este presente que somos, sin mirar atrás pues hemos nacido a la vida nueva de la Salvación. Quedarse atado a lo que ha muerto nos petrifica en deshumanizaciones, vivir como si nada pasara, con talante de más de lo mismo, es resignarnos a que nada pueda cambiar, comenzando por nosotros mismos.

Cristo volverá de manera definitiva, es una promesa y una certeza, para que la historia y el cosmos lleguen a su plenitud en Dios.
Pero Cristo está de regreso en la Palabra, en la Eucaristía y en el prójimo.

Allí, en los ojos del hermano, en la Palabra viva, en la mesa compartida, el tiempo santo de Dios nos vuelve a bendecir a diario con albores de esperanza, justicia y liberación

Paz y Bien

El Reino de Dios está entre nosotros, y se deja encontrar
















Para el día de hoy (15/11/18):  

Evangelio según San Lucas 17, 20-25









La pregunta que le hacen los fariseos al Maestro acerca de la llegada del Reino de Dios tenía, como era usual, una intencionalidad oculta que era la búsqueda del desprestigio suyo y, también, verificar su ortodoxia: en caso contrario, obtendrían pruebas que refirieran a una probable blasfemia, delito religioso capital.

Sin embargo, es un interrogante que se ha repetido a través de los siglos. Puede ser que haya un interés genuino. Tal vez responda al cansancio frente a los reinos de este mundo que aplastan las almas, la fuga piadosa de la realidad. Un calendario de fechas precisas que indiquen el arribo espectacular del reinado divino, dando lugar a especulaciones de catástrofes, imposición del miedo y coerción frente a lo terriblemente inevitable, sin atisbos de esperanza.

Aún así, otro desvío trastoca las miradas, y es el de suponer que la expresión Reino de Dios se acota únicamente a un ámbito de interioridad. Ello es un error pues implica, solamente, que el Reino es una cuestión espiritual individual.

Pero el Reino es una realidad tangible, palpable a una mirada de fé, oculto a ojos mundanos.

El Reino está entre nosotros en la Iglesia, en su predicación, en la Eucaristía, en los sacramentos, en cada gesto de caridad que se hace realidad en nombre de Cristo, en cada signo de justicia, en los pobres y los pequeños, en la misericordia que se encarna y no se declama, en la compasión, en la fraternidad generosa e incondicional. En la Gracia.

El Reino de Dios está entre nosotros, y se deja encontrar.

Paz y Bien

El paso redentor de Cristo, de la servidumbre al servicio















Para el día de hoy (14/11/18):  

Evangelio según San Lucas 17, 11-19










En el siglo I, bajo el rótulo de lepra se identificaba a una serie de patologías cutáneas visibles: eccemas, psoriasis, moluscos y el mismo mal de Hansen. En la estricta mentalidad religiosa imperante, un enfermo de lepra era, a su vez, un impuro ritual que debía ser separado del resto de la comunidad, pues también se infería que esa enfermedad era la consecuencia de los propios pecados o de los padres, en clave de castigo divino. De esa manera, el problema sanitario se transformaba en una cuestión netamente religiosa, al punto que quien determinaba el ostracismo o la readmisión de un leproso es el sacerdote, que en el caso positivo procederá a un complejo ritual de purificación.

Los leprosos debían vivir alejados de todo pueblo o ciudad, agrupados con los harapos que debían vestir, y anunciar a los gritos su condición de impuro para que los caminantes pudieran evitarlos con distancia suficiente.
Si entre los leprosos se encontraba un extranjero, al ostracismos debía sumarse el desprecio por el gentil o el pagano, el impar distinto a los hijos de Israel: pero si el leproso era un samaritano, la cuestión era aún peor pues el samaritano era un pagano, un traidor y un antiguo judío que se permitió contaminar con extranjeros, que vulneró la Ley y que desairó la sacralidad del Templo.
Hay un detalle que conmociona, y es que el dolor y el sufrimiento igualan en la desgracia: entre los leprosos que gritan no se puede saber a ciencia cierta ni el origen ni la pertenencia.

Ellos claman por misericordia: en su cercanía pasa ese Cristo que ha sanado a tantos, que nadie rechaza, que habla de Dios de un modo tan distinto y novedoso. Su clamor, claro está, es a la distancia, en una inconsciente resignación por su condición excluyente.
Esa confianza que esos hombres ponen en Jesús de Nazareth no es vana. Ninguna confianza depositada en Él se pierde.

Todo un mundo edificado y fortalecido alrededor de lo punitivo, del rostro severo de un Dios distante y vengativo, la religión de los puros y buenos, cerrada a cal y canto, no puede sostenerse cuando Cristo se hace presente, ni a Él las imposiciones que aplastan lo humano pueden limitarle.Cuando Cristo se hace presente acontece la Salvación, la plenitud de la persona por la acción del amor de Dios, y es plenitud también involucra la salud, la libertad, el reconocimiento.

Esos hombres han de ir a presentarse a los sacerdotes. Cristo no es un provocador que todo quiere derribar, y en su gesto e indicación están también esas cosas y esos modos que deben desandarse. La misma institución que excluyó a esos hombres ahora debe traerlos de nuevo a la vida en comunidad, algo a lo que quizás no están acostumbrados.

La sanación acontece mientras están de camino, quizás simbolizando que la vida es movimiento, que el quedarse quietos es sinónimo de una muerte que no se condice con la Buena Noticia.
Nueve hombres siguen las instrucciones al pié de la letra, sólo uno regresa, precisamente el samaritano, el impuro absoluto, aquél de quien nadie esperaría nada, y se arroja a los pies del Maestro en reverencia y gratitud. Ese hombre ha desobedecido los mandatos rituales para abrir su alma al amor de Dios en el Cristo que lo libera.

Esos hombres van de camino al Templo glorificando a Dios. El problema es que suponen que sólo a través de los ritos preestablecidos se consigue o adquiere el favor divino. No basta la pertenencia, la identidad religiosa, social, étnica, nacional. Dios no anda contabilizando méritos y deméritos en religiosos balances de salvos y condenados. Dios es un Padre que nos ama sin medida ni condiciones.

El samaritano ha encontrado la Salvación por la confianza puesta en el Cristo y por la gratitud que expresa al reconocer el paso salvador de Dios por su existencia.
La Salvación es don y misterio del amor de Dios que nos llega por Jesucristo, y quizás no nos alcancen varias vidas para agradecer tanta desmesura, pero siempre hay que regresar, volver a los pies del Maestro, desandar nuestras miserias, regresar a la tierra prometida de la Gracia y allí sí, descalzarnos el corazón pues pisamos ámbitos sagrados.

Paz y Bien

Trabajadores del Reino en donde lo importante, lo que cuenta, es que el Reino venga y sea.













Para el día de hoy (13/11/18):  

Evangelio según San Lucas 17, 7-10








Nuestra fé a menudo se disuelve en criterios mercantiles, una pretendida religiosidad comercial en donde se trocan piedades acumuladas por beneficios divinos.
Y suelen brotar, claro está, rotundos ataques de importancia en donde suponemos que Dios debe actuar de un modo específico, acorde a lo que inferimos, como si en ese plano mundano imaginemos a Dios como un mero deudor de nuestros días. Una fé que se per-vierte porque no se con-vierte.

Esa postura tiene también severas consecuencias en nuestra relación con el prójimo, consecuencias directas y contundentes. Si Dios es nuestro deudor, ¿qué esperar del hermano?.
La humildad ausente reniega de la Gracia e impide la fraternidad y la justicia.

Vivimos en un tiempo santo -kairós- tiempo propicio de Dios y el hombre. Hemos sido invitados a trabajar, a ser partícipes de los andares de Salvación, simples trabajadores del Reino aquí y ahora, merced a su infinita bondad y misericordia, pues mérito alguno tenemos.

Ser trabajadores del Reino implica ser considerados con asombrosa confianza, parte de su familia. Todo lo que hacemos bien, precisamente, tiene su origen allí, o mejor dicho, tiene su origen en Él.

Siervos inútiles, trabajadores del Reino en donde lo importante, lo que cuenta, es que el Reino venga y sea.

Trabajadores como los santos, sencillamente felices por hacer lo que debían, sin la búsqueda de aplausos o reconocimientos, en paz en el tiempo del regreso pues han hecho lo que se les ha mandado y por eso han sido plenos, felices para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien

Un Cristo en cada niño













Para el día de hoy (12/11/18):  

 
Evangelio según San Lucas 17, 1-6




Jesús de Nazareth, si bien enseña mediante parábolas y alegorías, a la hora de decir verdades no se anda con demasiadas vueltas. Así entonces su Palabra se vuelve durísima a oídos cómodos, a corazones opuestos.
 
En ese tenor es la admonición que hoy nos brinda y la severidad conque Él se expresa: ello responde a su identificación plena con los pequeños, con los pobres, con los niños, con los que no cuentan. El término griego skandalon remite literalmente a trampa o piedra que hace tropezar y caer; ese escándalo no se refiere tanto a la exposición pública o mediática de cuestiones a menudo inconfesables, sino más bien a todas las acciones que hacen vacilar la fé de los más pequeños, esos mismos que tienen las preferencias del corazón sagrado de Dios, y que cuando caen quedan a la deriva.
 
En ello es imposible obviar tanta niñez avasallada por aquellos que debían protegerla, tanta existencia mancillada, tantos actos execrables y silenciados por una prudencia torpe que nada tiene que ver con la verdad que nos libera, Espíritu de la Buena Noticia.

Como si no bastara, el Maestro en un segundo tiempo nos impulsa al perdón. No es cosa fácil, nada sencilla perdonar al que nos odia, al que nos hace daño y nos desea activamente el mal; pero ahí se enraiza la radicalidad del Evangelio, vivida por Cristo hasta las últimas consecuencias en una cruz erigida por el odio y convertida en manantial inagotable de amor para toda la humanidad. El perdón sana y libera, acerca a los distantes y es un milagro en todo tiempo.

Es claro que para no ser escándalo y para perdonar no bastan las buenas intenciones y especiales motivaciones. Se trata de una cuestión de fé, es decir, de confianza con todo y a pesar de todo.
La fé es don y misterio, semilla humilde que se nos crece en las honduras del corazón y que sin florece, posee esa fuerza imparable que mueve toda montaña de odio y derriba todo cerro del no se puede.

Paz y Bien

Hacerse ofrenda












Domingo 32º durante el año

Para el día de hoy (12/11/18): 

Evangelio según San Marcos 12, 38-44










Este domingo la liturgia nos plantea un nuevo desafío de introspección, de profunda meditación, para conocer y re-conocer actitudes y valores, quizás sobreentendidos, quizás anclados a las costumbres.

El horizonte siempre será la Pasión y la Resurrección del Señor, y el Evangelista lo sabe bien. La escena nos sitúa físicamente en el Templo de Jerusalem y teológicamente en los atrios del Templo definitivo que es el mismo Cristo.

Es el ámbito propio de los escribas, de aquellos que detentan el poder religioso, poder que amplifican sobre las espaldas y los corazones oprimidos del pueblo, inescrupulosas aves de carroña de los que no pueden defenderse, ansiosos cultores del prestigio y el reconocimiento, que a su vez son pródigos en los rezos. Rezos extensos -y simulados- que poco tienen de oración verdadera.
Mucho palabrerío para intentar acallar la Palabra, mucha ostentación -la pura exterioridad- sin substancia, sepulcros fulgentes que sólo son hogares seguros de la muerte y refugios de corrupción.

El Templo de Jerusalem era imponente en su tamaño, en sus ornamentos, en los ritos establecidos. A su vez, multitudes recorrían a diario las distintas estancias, pues era el centro de la fé y la nación judías. Es fácil quedarse en el bosquejo y pasar por alto los detalles, el bosque y nó los árboles. O mejor aún, mirar y ver en toda su profundidad cada árbol en el ámbito global del bosque que lo enmarca.

Frente a una de esas estancias el Maestro toma asiento, con esa mirada suya única. Sabe leer como nadie los corazones, y no pierde de vista lo esencial, a pesar de la bulla, las gentes, las ornamentaciones y el humo del incienso y los sacrificios.
La sala es el Tesoro del Templo que poseía trece alcancías o cepillos -gazofilacios- en los que se volcaban las limosnas para el sostenimiento del culto y los sacerdotes, y para auxiliar a los más pobres, una suerte de asistencia social primitiva pero eficaz.
Muchos arrojan grandes sumas en las alcancías, y las monedas reverberan sonoramente en su caída; es dable suponer que esos donantes también busquen el reconocimiento de los demás. Más ruido, más monedas, más riqueza e influencia que se interpreta como bendición divina por una vida virtuosa.

Pero hay alguien que nadie advierte. Se trata de una mujer pobre y viuda, y porta varios gravámenes intolerables. Es mujer, y por ende está varios escalones por debajo de la estatura moral del varón; es viuda, y por ello no tiene un marido que la proteja. Es pobre, y casi seguro será también una dependiente de esas limosnas ostentosamente arrojadas a los cepillos.

Ella arroja dos leptas, dos moneditas de cobre, el coste de un almuerzo pequeño. Esas moneditas no hacen ruido, pero son valiosísimas.
El Maestro se conmueve, porque esa mujer, en ese humilde gesto, honra en plenitud el mandamiento mayor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Confía toda su existencia a su Dios, y se olvida de honras, de alabanzas a sí misma, de una fé declamada y no practicada.
Esa mujer, merced a su confianza en Dios, dió su sustento y por ello, es ella misma la que se hace ofrenda, imagen del Cristo de nuestra liberación que nada se guardará para la Salvación de todos los pueblos.

Es mujer no está cerca del Reino, como cierto joven rico que una vez se encontró con Jesús de Nazareth. Esa mujer está dentro del Reino, aquí y ahora, y resplandece más que cualquier lámpara votiva.

Que el Espíritu de Dios nos auxilie y sane para tener la mirada del Maestro, la capacidad de mirar y ver a esos gestos redentores que a diario, en todas partes, sostienen la vida.

Paz y Bien

Allí donde esté nuestro corazón está nuestro Dios













Para el día de hoy (10/11/18):  

Evangelio según San Lucas 16, 9-15









La postura de Jesús de Nazareth frente al dinero era clara y sin ambages. O ser sirve a Dios o al Dinero, ídolo cruel que genera esclavos y parte corazones, que ocupa espacios con su miseria para que Dios no sea en las existencias.

La dureza y contundencia de su expresión nos conmina a preguntarnos qué lugar ocupa el dinero en nuestras vidas, y en verdad, a cual Señor servimos.
El dinero se ha hecho imprescindible en las relaciones humanas, regulador y medida de aspiraciones, éxitos y fracasos. Es la medida de las relaciones internacionales y del signo positivo o negativo de las naciones, perdiendo su carácter instrumental para transformarse en algo con valor propio que se comercia, trafica, valúa, en una extraña y nefasta liturgia laica sin trascendencia, el mercado, con un cielo brumoso de cierta libertad que no es tal.
El problema del capitalismo -al igual que el de todos los materialismos de cualquier signo-, además de la sustitución de valores, quizás estribe en su pátina de buenas formas, de aparente civilidad, del acostumbramiento resignado a su terrible normalidad.

Sin embargo, en verdad no somos hippies desencajados alegremente de los tiempos, ni sagaces observadores tras de un teclado. La Buena Noticia implica siempre un paso más, porque hay más, siempre hay más, y en pos de la plenitud humana -sueño santo de Dios- hay que animarse a desandar todos los no se puede, los no, los jamases.
Más aún porque en el esfuerzo cotidiano de muchos tiene una preponderancia crucial el hecho de procurar un salario digno -dinero, claro está- para la mera supervivencia. Las pensiones de los abuelos. El sostenimiento de la Iglesia.

Por ser hijas e hijos de Dios hemos de desertar alegremente de cualquier resignación, fieles en lo pequeño, en lo que no cuenta, fieles en lo grande, fieles en las crisis, fieles hasta las últimas consecuencias, fieles al igual que Aquél que nos ama sin desmayos no descansos.

No se puede servir a dos Señores, a Dios o al Dinero. A Dios o al poder. A Dios o a la ideología. A Dios o al propio ego. Sólo un Señor, sólo un Padre, sólo un Espíritu que vivifica y sigue soplando.

Allí donde esté nuestro corazón está nuestro Dios.

Paz y Bien

El prójimo, templo andante del Dios de la vida















Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Para el día de hoy (09/11/18):  

Evangelio según San Juan 2, 13-22










Hoy la Iglesia hace memoria de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán: en el año 324 el emperador Constantino donó al Papa San Silvestre un palacio imperial situado sobre el monte Celio, en Roma, el palacio imperial de Letrán. En ese solar se edificó luego la primer basílica de la cristiandad, en cuyo frente puede leerse hoy Madre y Cabeza de todas las Iglesias de la ciudad y el mundo.
El obispo titular, cuya cátedra se sitúa en esa basílica, es el obispo de Roma, primus inter pares, primero entre sus hermanos obispos en la caridad, el Santo Padre.

Además de una historia tan rica y del profundo simbolismo involucrado, la celebración nos convoca a la reflexión. Volver a preguntarnos que significa para nosotros un templo, su sacralidad, su importancia.

Lo hemos contemplado en numerosas ocasiones: al Dios que Israel encontraba en la imponente fastuosidad del Templo de Jerusalem, ahora se lo encuentra en la persona de Jesucristo.
El Maestro nos lo enseñó: al Padre se lo adora en Espíritu y en verdad, y por los frutos se conocen la identidad. Por ello el culto primero es la compasión. Abbá Padre de Cristo quiere misericordia antes que sacrificios.

Por eso a Dios no se lo sitúa en un lugar específico, en un templo de piedra. A Dios se le encuentra en Cristo y en sus hermanos, porque la Santísima Trinidad hace morada en todos los hijos, templos vivos y latientes del Dios de la vida.

Innumerables templos andantes que no son cuidados, ni tratados con el debido respeto, templos cuya liturgia primordial es la caridad.

Pero los templos/edificios también tienen su importancia: es la casa en donde la comunidad se reune a orar, celebrar, agradecer, y a una familia se la reconoce por lo que hace y por el talante de su casa.

Que el celo empeñado en los templos de piedra se nos vuelva también un celo inquebrantable en la defensa de la vida, la justicia y la libertad.

Paz y Bien

Los descartados de toda la historia, herederos primeros de la misericordia de Dios
















Para el día de hoy (08/11/18):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-10










Escribas y fariseos murmuraban, escandalizados, el horror que les suscitaba que Jesús de Nazareth se juntara con publicanos y pecadores públicos. Como representantes de la religiosidad oficial, habían aplicado un filtro de ortodoxia a través del cual se discriminaba lo religiosamente correcto de lo incorrecto, e iban más allá: sus criterios suponían que la misericordia de Dios estaba acotada por las razones teológicas de esos hombres, profundamente piadosos.

Tan nefastos eran los murmullos, esos corrillos críticos, como el pensamiento a través del cual se establecía lo santo, sus alcances y limitaciones. Un Dios a la medida de sus razones, que no se sus co-razones, Dios severo de unos pocos, puros y pretendidamente buenos.

Frente a ello, la enseñanza de Cristo supera cualquier expectativa, porque la misericordia de Dios no se limita a nuestras restricciones ni se adapta a nuestra teología ni, mucho menos, depende de nuestras ambiciones.
Pero, por sobre todo, el Maestro revela la alegría de Dios, que es quizás lo que hemos dejado de lado, aferrándonos a dolores y rictus severos, quedándonos en la Pasión pero no en la Resurrección, un Dios quizás abstracto y distante, inaccesiblemente bondadoso pero no más.

Dios es fervorosamente alegre, y su alegría se contagia a todas sus hijas e hijos, como buen Padre que es. Es importantísima la búsqueda de la oveja que se pierde, aún a riesgo de poner en peligro a las otras noventa y nueve, como el esfuerzo de la mujer -rostro materno de Dios- que busca incansable la monedita y le avisa a sus vecinos. Pero por sobre todo ello y muy especialmente destaca la alegría de Dios.

Alegría de Dios que siempre es celebración de la vida nueva cada vez que hay conversión, cada vez que se rescata a un hijo perdido, cada vez que un Dios incansable interviene personalmente en la historia humana y en cada existencia personal.

Paz y Bien

El discipulado no admite medias tintas ni corazones con edulcorante












María, Madre y Medianera de la Gracia

Para el día de hoy (07/11/18):  


Evangelio según San Lucas 14, 25-33








Como un río fuera de cauce, las multitudes seguían al Maestro dondequiera que Él fuera.
Muchos se sentían atraídos por lo que Él enseñaba y por el modo que tenía de hablar con las gentes que sólo escuchaban el discurso erudito, a veces incomprensible y muchas veces condescendiente y mandón de los escribas y fariseos.
Otros tantos creían haber descubierto en su persona a quien vendría a restaurar la corona y el poder histórico de Israel, tantas veces demolido por sus enemigos y en esos tiempos, humillados por la bota imperial romana.
Muchos también seguían sus pasos pues su fama de taumaturgo bondadoso lo precedía, y así solían ser habituales las multitudes portando a sus enfermos, al encuentro de ese Cristo del que esperaban sanación.

Sin embargo, y a pesar de lo justo de sus ansias y búsquedas, los intereses de esas gentes se acotaban a sus necesidades, por lo que el Maestro, aunque estuviera rodeado por miles, en verdad se encontraba solo.

Su convocatoria es a desertar de las pertenencias temporales, momentáneas, frutos escasos de la conveniencia y la necesidad. Tal vez en ese plano se encuentre también esa religiosidad de domingos, rigurosa en la norma ritual pero olvidadiza de los principios que la sustentan y le confieren sentido, en lo cotidiano, en todos los ámbitos de la vida.

El discipulado no admite medias tintas, corazones con edulcorante.

Más aún, el compromiso con el Evangelio es un compromiso de cruz. No es poca cosa ni una cuestión romántica o meramente declamativa.
En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, la crucifixión era el método romano de ejecución de los reos culpables de los crímenes más graves, criminales abyectos y marginales; para la mentalidad judía, a su vez, pender de la cruz era una maldición insuperable. De ese modo, cargar la cruz no es tanto portar las penas y los propios pecados o limitaciones, sino antes bien atreverse a ser un marginal y un maldito a causa de la Buena Noticia y al servicio de Cristo y los hermanos.

Todo se decide por las lealtades que sepamos encarnar. Todo se juega en la capacidad de vaciar mente y corazón de lo inútil para volverse humilde templo vivo del Dios de la vida.
Todo, también, tiene su tiempo de edificación, de proyecto y maduración, sin perder de vista nunca el horizonte luminoso del Cristo que nos amanece cada día.

Paz y Bien

El banquete de Cristo, invitación que compromete y se hace misión














Para el día de hoy (06/11/18): 

Evangelio según San Lucas 14, 1a. 15-24











A veces, por meritorios afanes analíticos, teológicos o biblistas, se nos pueden perder de vista cuestiones primordiales, y que son las cosas que habitaban el corazón de Jesús de Nazareth. Contemplarlas en su humilde plenitud luminosa, revelación inagotable de otra realidad que florece entre nosotros, ahora mismo.

Jesús de Nazareth vivía el Reino de su Padre como un regalo inmenso, como una fiesta plena, un acontecimiento único e incomparable que se ofrece a toda la humanidad de un modo infinitamente generoso e incondicional, en la sintonía amable de un Dios que es Padre y es Madre también.

Allí, en esa mesa que es banquete -ágape-lo humano se diviniza en la comunión de la Encarnación, de ese Dios que en santa urdimbre hunde sus raíces en la debilidad humana para alzarla a las alturas de la realización total, de la trascendencia, de la vida que apenas está comenzando. Apenas y a penas, pues enceguecidos por las veleidades del mundo, perdemos la capacidad de mirar y ver milagros, el paso salvador de Dios por la historia, ahora y siempre, los cielos abiertos para nosotros, que por nuestros méritos -sinceramente- nada merecemos.

La invitación a ese banquete es, ni más ni menos, la posibilidad de ser felices, sueño eterno de un Dios que nunca descansa por nuestro bien.
En ese banquete se celebra la justicia, la paz, la libertad, la fraternidad pero, por sobre todo, el amor que es Dios mismo.

No es una invitación cualquiera. Es una invitación que compromete, que se hace misión.
Es menester salir a todas las encrucijadas de la vida y dar aviso a los que nadie llama, a los descartados de la existencia, que hay lugares preferenciales para ellos. Y luego a todos los demás.

Paz y Bien

Mesa del Señor, mesa de los olvidados
















Para el día de hoy (05/11/18):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 12-14









El Maestro está comiendo en casa de un importante fariseo. Seguramente ha sido invitado por el interés que suscita en el pueblo; las convenciones usuales de engalanar los propios banquetes invitando a un rabbí notable es dable suponer que no apliquen aquí, pero sí el afán de observarlo más de cerca, una suerte de espionaje comedido y de maneras civilizadas cuyo fin es el encontrar actitudes y gestos que lo condenen. De ese modo, la atención que los comensales ponen en Él no responde tanto a un interés genuino sino a las especulaciones usuales en ese ambiente religiosamente asfixiante.

Como sea, esa mesa farisea es una mesa en la que se trasluce un interés: en principio, sólo participan los varones fariseos, es decir, es una acotada mesa de pares, y excepcionalmente se convida al rabbí galileo. A no dudarlo: en esa mesa se han cumplido con exacta puntillosidad con las abluciones rituales, con las prescripciones dietéticas y se elevaron plegarias al Dios de Israel.
Aún así, sigue siendo una mesa de iguales o similares, en donde no hay lugar para los distintos, para las mujeres, para los que no cuentan.

El Maestro nos invita e impulsa a realizar una ruptura, una ruptura que no tiene nada de provocación vana, ni de conflicto estéril.
La ruptura requerida es la transgredir las escasas fronteras que separan, los limitados círculos en los que, razonablemente, solemos acomodarnos.

Santa ilógica del Reino que vá contracorriente del mundo. Es cosa de animarse, de agrandar la mesa, de invitar a los que nadie invita. Más aún, de convidar a los que nadie, en su sano juicio, invitaría, hijos olvidados por todos menos por Abbá.

Esa ruptura implica felicidad, porque nos internamos con libertad y luz en la tierra prometida de la Gracia, de la gratuidad, del desinterés, sin buscar beneficios individuales sino el afán del nosotros, de la fraternidad, del Cristo que se hace presente cuando dos o más se reunen en su Nombre.

Paz y Bien

Descubrir en cada persona al prójimo que debe edificarse en el corazón














Domingo 31º durante el año

Para el día de hoy (04/11/18):  

Evangelio según San Marcos 12, 28-34









La formación y los conocimientos son importantes y valiosos; ello cobra especial relevancia en el ámbito religioso, siempre y cuando esos conocimientos tengan carácter instrumental para ahondar en el cultivo y en el crecimiento personales.

Sin embargo, en la fé cristiana no lo son todo. Hay más, siempre hay más, no hay que adormilarse ni acomodarse. Lo que verdaderamente cuenta es el amor a Dios y al prójimo, y es Dios -solamente Él- quien concede sentido y trascendencia.

Con la cruz nos identificamos; a partir del amor infinito de Cristo expresado en la cruz la existencia adquiere -sin merecimientos de nuestra parte- un distingo único a irrevocable, la Salvación.

El encuentro que nos presenta la lectura del día es, en cierto modo, sorprendente. Estamos habituados a que escribas, fariseos, sacerdotes y ancianos se acerquen en grupo al Maestro, con ánimo belicoso e iracundo, escudarse en el grupo para arrollar al que está solo, el ímpetu de escudarse en muchos.
Aún así, se dirige personalmente al Maestro un escriba, y su talante es muy distinto al que despliegan normalmente sus pares: él se acerca con respeto y con confianza a ese rabbí que puede darle una respuesta a uno de los interrogantes cruciales de la casuística judía. Es muy importante tener en cuenta que meditamos el Evangelio según San Marcos, y por ello el escriba se infiere que pertenece a la corriente farisea, es decir, un letrado fariseo.
El tema no era menor: la ley mosaica establecía 613 mandamientos o mitzvot, de los cuales 248 eran preceptos de carácter positivo y 365 de carácter negativo o prohibiciones expresas. En tal cúmulo de regulaciones, era usual y hasta razonable que una persistente discusión dialéctica y teológica aconteciese para establecer cual mandamiento tenía mayor jerarquía sobre todos los demás.
De esa manera, el escriba busca en Cristo una respuesta que le aporte claridad a partir de la recta interpretación que Él haga de la Escritura.

La respuesta surge de la misma Escritura pero ahora a la luz de la Gracia, y hay un convite maravilloso para ese hombre docto. A partir de lo que sabe y conoce, y con el auxilio del Señor, él podrá encontrar esa verdad que ansía, y no deberá ir demasiado lejos, ni devorar bibliotecas. Antes bien, debe internarse corazón adentro, en donde se resuelven las cosas, y desde allí salir al encuentro de Dios y del hermano. Es el amor la clave de todo destino, y todo rito -para ser auténtico- debe supeditarse a ello. Porque el culto primero es la compasión que nos aprojima al hermano, templo palpitante del Dios de la vida.

Ese escriba no está lejos. Gratamente el Maestro le señala que está en las cercanías del Reino.
Le falta un paso, y es precisamente salir al encuentro de un prójimo que no se acota a la nacionalidad, a la raza, a la religión, sino que se amplía a toda la humanidad.

Paz y Bien

Mesa de Cristo, compartir el pan y la existencia














Para el día de hoy (03/11/18):  

Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-11









El Maestro era un observador magnífico, miraba y veía en profundidad, más allá de las apariencias, y más aún, mirar y ver los hechos y las personas a las que hacían referencia. Ello implicaba una cuestión primordial que era conocer bien a los suyos. El amor parte de su fundamento en el conocimiento del otro.

En esta ocasión, Jesús de Nazareth ha sido invitado a una cena en casa farisea y en pleno Shabbath, con toda su carga ritual, sus exactas prescripciones, su código y su etiqueta inamovibles, y allí también mira y vé en profundidad.

En las mesas de las gentes importantes los lugares en que se acomodaban los invitados denotaba importancia e influencia, toda vez que en esos banquetes se conjugaban influencias comerciales y políticas: mejor lugar, más influencia, de suerte que la cena se convertía en una danza laica de búsqueda de intereses y de poder, tal como es la mesa de los opresores, en donde se apisona la suerte de los débiles, se mastica la libertad y la dignidad de los pobres, se humilla a los que carecen de poder, mesas escasas y muy pero muy acotadas.
En esas mesas son más a los que se les impide acceder que los que se sientan a comer. Peor aún, son mesas de opresores caballerosos, que oprimen guardando estrictas normas de urbanidad, pero que en el fondo y sin ambages sigue siendo mesa de miserables, pues se propala miseria sin esfuerzo.

Pero en la mesa de Cristo las cosas son muy distintas, completamente distintas.
Contrariamente a la búsqueda falaz de convidar a los que tienen algo que ofrecer, mesa angosta de interesados, se invita al que no cuenta, al que se deja de lado, al olvidado, al descartado.
En su mesa se comparte la vida, penas y alegrías, dolores y angustias, el hambre de justicia y las tormentas de resignación que suelen asolarnos, y por ello, con Su presencia en el pan y el vino y su Palabra, se renueva la esperanza y siempre hay un lugar más preparado para el hermano que ha de llegar, mesa grande de fraternidad, mesa en la que se espera solamente la presencia del otro y, cuando ésta acontece, se descubre un motivo más para celebrar y agradecer.

Paz y Bien

Fieles Difuntos: peregrinos hacia un cielo que hoy mismo vislumbramos













Fieles Difuntos

Para el día de hoy (02/11/18): 

Evangelio según San Lucas 24, 1-8







Hoy es un día de memoria, de recuerdo de los que no están, de ausencias muy presentes. Nostalgias y tristezas que suelen mascarse en silencio.

En numerosas culturas se tienden a acentuar y hasta exacerbar los ritos mortuorios, intensificando el luto y quizás el dolor, a lo que se debe añadir un comercio instalado, pues la muerte también tiene su costo.

Frente a la muerte los sentimientos se agolpan, y se agravan cuando ésta sobrevino por la violencia, por la injusticia, por la pobreza. Pero en cualquier caso la muerte nos hace tambalear todas las seguridades, tal vez porque nos enfrentamos al abismo de la propia finitud. Desconsuelo y desconcierto, y a veces lógica resignación.

Pero ¿quién no daría su vida por un momento compartido nuevamente con un ser querido que ha partido?

Es usual suplicar y desear que los que se han ido descansen en paz. Sin embargo, sabemos bien que muchos que hemos conocido, están vivos y felizmente inquietos en los brazos de Dios, unidos a nosotros en la plegaria milagrosa de la comunión filial.

Como esas mujeres, frente a la muerte nos preparamos a celebrar los ritos preestablecidos. Pero siempre hay un alba en esa noche cerrada del dolor y la tristeza, el alba de la fé.

La Resurrección de Cristo nos quita las mortajas del alma, nos reviste de esperanza, nos confiere la serena confianza de que el horizonte es otro, el de la vida sin final, el de la vida eterna, el del reencuentro final.
Por Él, con Él y en Él todos venceremos a la muerte, todos resucitaremos, y por ello hemos de celebrar ritos de recuerdo y gratitud por la gracia inmensa y la huella bondadosa que han dejado tantos que nos precedieron en el camino de la vida terrenal, peregrinos de un cielo que hoy mismo vislumbramos.

Paz y Bien


Todos los santos: felices por creer, felices por servir, felices en Dios y por Dios













Solemnidad de Todos los Santos

Para el día de hoy (01/11/18):  

Evangelio según San Mateo 4, 25- 5,12










En verdad, santo es Dios, el tres veces santo, el Padre Santo, Jesucristo Santo de Dios, el Espíritu Santo aliento divino. Pero por un insondable misterio de amor -ámbito propicio de la fé- Dios comunica la santidad a su pueblo.

Pero santo también, por ese amor, es el que vive con Dios.
Cierta religiosidad difundida acota la santidad a aquellos que han sido elevados al honor de los altares, los que la Iglesia, luego de un largo proceso, reconoce en ellos las virtudes cristianas en grado heroico, su intercesión milagrosa, su ejemplo como un faro de luz para todo el pueblo de Dios.
Sin embargo, santidad es un convite y un mandato que no se acota a la vida eclesiástica, sino que se amplía a todos los pueblos.

Nada más ni nada menos, es la invitación de Cristo a ser felices desde el reverso mismo de la historia, en la santa ilógica del Reino.

Celebramos hoy la memoria de Todos los Santos, los que siguen presentes en comunión con los que aún peregrinamos por estos arrabales a menudo tan oscuros, los que son parte de una multitud creciente que no se acota a unos pocos buenos, perfectos, exactos.
La santidad es silenciosa, oculta, humilde pero a la vez imprescindible, la luz y la sazón sin la cual la vida sería una carga insoportable.

Hombres y mujeres tan vulgares porque no han dejado nunca de ser parte del pueblo, del vulgus, y que inmersos en el devenir del tiempo se han vuelto excepcionales al desandar todo lo que perece, felices por creer, felices por vivir las cosas de Dios que prevalecen, felices porque Dios ha hecho grata morada en las honduras de sus existencias y desde allí se vuelven felices señales de auxilio y gracia para nuestra gente.


Paz y Bien

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