Sábado de Gloria: Cristo ha resucitado, no hay más imposibles














Sábado Santo - Vigilia Pascual en la Noche Santa

Para el día de hoy (31/03/18):  

Evangelio según San Mateo 28, 1-10







Esas mujeres se encaminan a la tumba del Maestro al alba, un alba que aunque aún no lo sepan, es anuncio de un nuevo día, y de un día definitivo, un amanecer que quiebra el mero transcurrir del tiempo.

Son mujeres, y tal vez por ello nadie les dá demasiada importancia a lo que hagan o digan. Ellas van hacia el sepulcro a expresar sus afectos a su Maestro que allí reposa, vestidas de la tristeza inexorable de la muerte; en cambio, los discípulos se han dispersado y escondidos, ateridos de miedo y desconsuelo. Los soldados de custodia permanecen cumpliendo órdenes, afirmados en la aparente legitimidad de sus lanzas y espadas.
Ellas no han comprendido del todo la enseñanza de ese Jesús que amaban, y de allí su humilde tristeza. Aún así, como buenas mujeres que son, prevalece en ellas la intuición, una intuición que les dicta, corazón adentro, que cuando todo se pierde es menester afirmarse en el amor, causa de todos los milagros.

No es tarea menor ni, aunque casi clandestina, está exenta de riesgos. Los que clamaron por la muerte de ese inocente están atentos y a la pesca de sus seguidores. Pero ellas igualmente van, porque las puede el afecto, porque un fermento extraño las moviliza, aunque no lleguen a razonarlo.

La pesada piedra que obtura la entrada está corrida. Hay un ángel por allí que no puede ser obviado. La escena del Mensajero sentado sobre la piedra-puerta es señal divina: la tumba ya no es hogar de la muerte, la tumba vacía es señal de esperanza, de que los imposibles han caducado, de que la luz prevalece sobre cualquier tiniebla, por invasiva que se asome. La transparencia y la blancura del Mensajero indica que no hay nada oculto que ya no permanecerá así, que será revelado, porque el amor de Dios se ha rebelado contra el dolor y la injusticia, porque el amor de Dios levanta a Cristo de la muerte.

Ese terremoto que estremece las entrañas de la tierra es otra señal estruendosa del acontecimiento cósmico de la Resurrección. Toda la creación ha contenido el aliento con su muerte, toda la creación sonríe y celebra con su vida resucitada.

El Señor ha resucitado, y no descansa. Ha sido un muerto inquieto y peligroso, y ahora amorosamente continúa su misión creadora de Salvación.
Por ello les dice con voz clara Alégrense! y nos lo repite ahora a nosotros, porque la presencia de Dios, los sueños eternos de Dios son la alegría de todas las gentes que le aman. 

Esas mujeres tienen un encargo apostólico y sacerdotal: avisar que es tiempo de despojarse de resignaciones y lutos, pues el Crucificado es ahora el Resucitado para siempre, vivo y fiel, caminante y presente entre los suyos.

Con esas mujeres, Señor, iremos a encontrarte en Galilea, allí donde están tus hermanos, allí donde todo comenzó. 
Allí, en las Galileas de todo tiempo y lugar, de la periferia y la pequeñez, de donde poco se espera, Galileas de sospecha y de invisibilidad, allí te encontraremos nuevamente vivo, joven, para el abrazo de una esperanza que llevás encendida en esa mirada que vuelve a convocarnos en esta noche que empuja el día total, grano de trigo frutal que devino en pan santo de Salvación.

Muy Feliz Pascua de Resurrección

Paz y Bien

Madre Dolorosa, su casa es tu corazón






¿Que pasaría por su corazón transparente, en esos momentos espantosos?

Su Hijo amado, ejecutado como un criminal abyecto. Su Hijo, que era también su Maestro, quebrado por las torturas previas y por los tormentos propios de la crucifixión.

El mismo bebé santo de Belén. El mismo que hubieron de proteger camino al exilio. El que se crecía ante sus ojos en santidad y humildad en la pequeña Nazareth. 
El que dejaba boquiabiertos a los letrados del Templo.
El que un día se largó a los caminos a anunciar la Buena Noticia, rompiendo con todas las expectativas usuales, al punto que muchos parientes lo consideraban un loco, un enajenado.
Ese mismo que pasó haciendo el bien, se moría ante sus ojos inmensos.

El Hijo agoniza, y aún así la Madre permanece firme.

Como testamento final -sin guardarse absolutamente nada para sí- Él entrega a su Madre.
El Discípulo Amado tiene cada uno de nuestros nombres. Todos lo somos.

María de Nazareth, Madre del Señor, es una mujer sin casa.
De niña dependía de sus padres.
Ya mujer, habitaba el hogar de José de Nazareth.
Ahora, tampoco tiene casa propia.

Su hogar está allí en donde los discípulos y amigos del Señor la reciban con cordial afecto.
La casa de María es tu corazón, y el mío, y el de todos nosotros, herencia final de un Dios que todo nos ofrece aún cuando las tinieblas parecen campear y cubrirlo todo.

Ella sigue firme y en pié al pié de las cruces de todos los hijos

Paz y Bien




Viernes Santo: silencio y contemplación del amor mayor











Viernes Santo de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (30/03/18):  

Evangelio según San Juan 18, 1-19, 42








La superabundancia de palabras y sonidos, de ruidos tóxicos y vocablos vanos tiene una morbilidad demasiado habitual. En verdad estamos saturados -a menudo gustosos de ello-, pero por eso mismo es tan necesario hacer silencio, ese silencio fructífero, desierto santo para el encuentro con Dios. Y así, despojados de cualquier intromisión perecedera y de tantas cuestiones distractivas, centrar la mirada y el corazón en ese Cristo crucificado.

Hay que dejar que la cruz nos hable.

Los romanos eran cruelmente eficaces en esos temas punitivos, ejecutorios. Todo estaba cuidadosamente estudiado y se planificaba en busca del mayor efecto. La crucifixión, como pena capital, tenía dos aspectos: por un lado, aplicar el máximo castigo al reo condenado, escarmiento doloroso por crímenes contra el imperio, que tenían como área previa una ingente sesión de flagelos y durísimos maltratos corporales. La exposición del castigado desnudo y agonizante es la humillación mayor, aunado esto a una prolongada e insoportable agonía.
Por otra parte, buscaban un efecto disuasorio hacia otros que pretendieran seguir el mismo camino subverviso del condenado, como indicando esto es lo que te espera. Por ello siempre este tipo de ejecución tiene un carácter público y casi obligatorio.
De estos horrores se exceptuaban a los ciudadanos romanos: con la cruz se reprimía a los esclavos rebeldes y a los alzamientos provinciales, tal era el grado de espanto que se infringía y el tenor de indignidad considerado, impropio de un hijo de Roma.
Para la ley mosaica, un crucificado es directamente un maldito.

Marginalidad y maldición, y la piedad desalojada.

En el Gólgota hay tres condenados levantados, pero un sólo inocente. Como con exactitud lo dirían tiempo después sus amigos, ese galileo pasó haciendo el bien, y sin embargo lo ejecutan como a un criminal peligroso.
Los concienzudos verdugos romanos, luego de burlas y vejámenes, le han aplicado un cartel cuya pretensión es identificar pero también ridiculizar. Está escrito en hebreo, latín y griego, es decir, en todos los idiomas universales para esa época, mensaje que será para todas las naciones de todos los tiempos. Dice: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos -Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm-.
El término pretendidamente mesiánico, rey de los judíos, es una broma torpe, que a su vez reaviva las furias de los sanedritas: el término correcto, de corresponder, hubiera sido rey de Israel. A esos hombres, religiosos profesionales, los puede el odio y el rencor antes que la erudición que dicen profesar.
Pero, aún cuando seguramente el pretor no lo desea, la identidad originaria del Crucificado es motivo de honra y revelación. Jesús Nazareno, Jesús nacido en Nazareth, la pequeña e ignota Nazareth de la periferia, de donde nada se espera y en donde en realidad todo comienza, y la historia señala una encrucijada y un cambio de rumbo total a partir de una pequeña muchachita judía que ahora muere por dos, muere al pié de esos maderos en donde su hijo -que es su Maestro y su Dios- agoniza del peor modo.

Contemplar a ese Crucificado es volver a escuchar la voz de la mansedumbre, de la paz, de la vida que se ofrece para que no haya más crucificados.
Es dejar que el amor se exprese pues es más fuerte y más tenaz que cualquier espanto y cualquier tortura, que la muerte misma.
Es ponerse al hombro las miserias y caminar hacia tiempos mejores y definitivos, en donde no importen tanto las voces autoritarias y cínicas de los Caifás y los Pilatos y los Herodes, e inclinar los corazones hacia los inocentes. Porque siempre, indefectiblemente, hay que estar del lado de las víctimas y no de los victimarios.
Es permitir que esa mujer de corazón enorme y doliente se afinque en nuestro hogar, pues casa propia no tiene: la casa de María está allí en donde están los hermanos de Cristo que la reciben con afecto. María es la herencia más valiosa que nos lega ese Crucificado, en un testamento amoroso apenas pronunciado pero escrito de manera indeleble por su sangre divina vertida como cordero pascual, sangre con la que pintaremos las puertas de nuestros corazones para que todas las muertes pasen de largo.

Estamos en las manos bondadosas de un Dios que es Padre y es Madre, aún cuando los cielos se oscurezcan, aún cuando parezca que nos han arrancado la esperanza a golpes de martillos odiosos, en medio de cualquier noche.

Paz y Bien

Jueves Santo: el servicio, la identidad cristiana












Jueves Santo

Misa Vespertina de la Cena del Señor

Para el día de hoy (29/03/18):  

Evangelio según San Juan 13, 1-15










Lo que no se acepta por razones, suele ser tierra fértil de los co-razones.
Esa última cena, que para los discípulos es tristeza, es despedida, es final, en realidad es un hasta pronto, una esperanza que no se apaga, la cena primera de muchas que repetirán el encuentro infinito de los hermanos alrededor de ese Dios que se vá para quedarse más plenamente.

Lo que sucede en ese ámbito, en esa noche y durante esa cena abre una brecha cósmica, pues revela en plenitud la identidad de Cristo, el misterio de Dios y la clave de la humanidad plena, eso que llamamos felicidad, tres facetas de la misma eternidad.

No se trata de un nuevo culto, de una nueva liturgia establecida, pues acontece en medio de la cena. En caso contrario, el lavatorio de pies se hubiera realizado en un comienzo respetuoso o en un final solemne. No es tampoco un rito de purificación -como las abluciones para lavarse las manos- ni gestos de humildad simbólica.
Lo que Cristo dice y hace responde a su realidad más profunda, a su identidad plena con Dios.

Es por ello que se quita el manto, enrollándolo a la cintura; en la Palestina del siglo I, el manto es la prenda de vestir principal, sin la cual un hombre andará casi desnudo. Así entonces, quitarse el manto es despojarse de sí mismo, a una intemperie absoluta.
En ese entonces también, lavar los pies, limpiar los pies de la tierra del camino era una tarea menor que le correspondía únicamente a los esclavos. Las familias menos pudientes lo hacían cada uno por sí mismos, pues no era algo que se podía delegar a nadie, mucho menos a un familiar.

Este Cristo se despoja de sí mismo y se hace esclavo de sus amigos, y como le sucede a Pedro, nos puede crecer cierto conato de rebelión frente a ese Jesús servidor. Es muy persistente la imagen de un Dios lejano, todopoderoso y glorioso, no la de un Dios hermano, un Dios amigo, un Dios servidor que se hace cargo de nuestras suciedades, por gravoso o deficiente que resulte el término empleado.

En realidad, Jesús ratifica hasta las últimas consecuencias todo lo que ha venido haciendo durante su ministerio: ha lavado a tantos descastados, olvidados, excluidos, impuros, restituyéndoles su plena humanidad a partir de su amor y su amistad.

Porque Dios es amor, y más aún, no es un concepto abstracto. No es del todo erróneo afirmar que Dios es también amar.

En la santa ilógica del Reino, la señal que nos deja Cristo y que es herencia para todas las generaciones de toda la historia, es que la renuncia a sí mismo y el servicio generoso e incondicional son fuente de justicia, de santidad, de eso que llamamos felicidad, aún cuando los desprecios militantes, las cárceles del odio y las cruces más violentas se presenten ominosamente cercanas.

Porque el que se atreve a morirse por los demás, ha de vivir para siempre.

Paz y Bien

Miércoles Santo: el valor de un amigo










Miércoles Santo

Para el día de hoy (28/03/18):  

Evangelio según San Mateo 26, 14-25







Por motivos razonables, el nombre de Judas devino, a través de la historia, como sinónimo de traidor. De nombre propio a sinónimo descalificatorio de alto calibre. Ello aplica no solamente al ámbito de la fé, sino a toda ocasión en que la confianza se ha vulnerado, y aquí se destaca lo obvio: traiciona quien está cerca, traiciona aquel en quien se confía.

De allí a despreciar al Iscariote hay un paso nomás. Pero aunque nos asquee la traición -al fin y al cabo, en ella podemos espejarnos a veces-, no tenemos derecho a juzgarle. Con meridiana claridad lo expresó Benedicto XVI, no podemos juzgar su gesto poniéndonos en lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo.

A su vez, mucho se ha escrito acerca del accionar de Judas Iscariote, y con diferentes tenores, su entrega flagrante del Maestro a manos de sus enemigos peores. Pero hay una cuestión que no puede soslayarse, y es que Judas toma la decisión de hacerlo con plenas conciencia y libertad. He ahí su responsabilidad.

El Maestro, luego de la plena comunión con su Padre a través de la oración, había elegido personalmente a todos y cada uno de los Doce. En ellos reposaba su corazón sagrado y su confianza, su amistad y su paciencia, toda su existencia compartida. Aún con todo ello, aún cuando durante tres años, día a día, momento a momento compartió todo con ellos sin reservas y les abrió las miradas al misterio de Dios, ellos no llegaban a comprenderle ni a aceptarle en toda su dimensión mesiánica. Varios de ellos le adjudicaban moldes preestablecidos de acuerdo a lo que, suponían, debía ser el Redentor de Israel; vivían en un tiempo complicadísimo, su nación sojuzgada por un opresor extranjero y brutalmente imperial, su religión con una observancia extrema de formas y normas sin sustancia, es decir, sin corazón y sin Dios.

Algunos estudiosos sindican al Iscariote como perteneciente o simpatizante del movimiento zelota, que propugnaba la lucha armada contra el opresor romano para liberar Tierra Santa, y que por ello solían sostener posturas extremas también en el plano religioso.
Quizás fuera por ello, quizás por no atreverse a más -la fé exige coraje-, tal vez porque su angustia no toleraba esperas ni la mansa enseñanza de amor y servicio de Jesús de Nazareth, es que Judas -apóstol, ecónomo de la primera Iglesia- se presenta al Sanedrin. Allí están los enemigos más enconados del rabbí galileo, pero también representan la estabilidad de lo conocido, las tradiciones, la autoridad, la ortodoxia.
Confía más en ellos y en lo que esos hombres representan que en la amistad incondicional y sostenida del Maestro, y por rechazar esa gratuidad, esa Gracia, Judas -aún antes de entregarlo- es un des-graciado.

Las treinta monedas de plata ofrecidas por los sanedritas -treinta sheqqels permitidos en el Templo-, poseen un intenso valor simbólico. Treinta monedas es el valor con que se mide a Zacarías, el pastor que habla en nombre de Dios, como si la profecía pudiere tasarse. Pero también treinta monedas es el valor que debe pagarse por un esclavo. Sea cual fuere el caso, en ambas instancias hay una fijación de observar pautas establecidas por sobre cualquier consideración humana, pero a su vez teñido de un tácito y profundo desprecio.

Ni todo el dinero del mundo representa, aunque todo parezca indicar lo contrario, un valor mayor que el de una vida.
Y más aún, la amistad y el amor de Dios jamás se puede adquirir. Dios se ofrece de continuo, sin condiciones e infinitamente generoso con todos.

Con la inminente noche cerrada, sabiendo que Judas lo traicionará, que Pedro lo negará, que muchos se esconderán ateridos de miedo, aún así arde por celebrar la Pascua con los suyos, con los Doce, contigo y conmigo, con toda la Iglesia, con todos los pueblos.

Ninguna sombra de muerte hace que de disipe ni se resigne la fidelidad de Cristo para con todos nosotros.

Paz y Bien

Martes Santo: entre la amistad y la traición











Martes Santo

Para el día de hoy (27/03/18):  

Evangelio según San Juan 13, 21-33. 36-38






Es noche de mesa de amigos, pero noche triste, noche de despedidas, noche de pesar.
Algo de ello asomaba en la lectura del día de ayer, cierto resentimiento contenido frente al gesto de amor de María, la hermana de Lázaro. El Iscariote, a pesar de tanto tiempo y vida compartido, estaba muy lejos del corazón del Maestro, y por ello, de la Buena Noticia.

Un alto aquí. Es fácil malquistarse con Judas, pues bien ganado se ha ganado el adjetivo de traidor. Pero es importante reflexionar acerca de ese quebranto tan terrible: las ligerezas -aunque esté justificadas- a la hora de clasificar a los demás, son la vereda opuesta al sendero de la verdad.

Podemos, quizás, intuir que cosas bullían en el corazón del Iscariote. Tres años al lado del Maestro, toda una vida de asombros, de revelaciones, de cielos abiertos, y la confianza total puesta por Cristo en los suyos, al punto de ser Judas el ecónomo de los recursos de la pequeña comunidad.
Quizás no soportó romper los esquemas preexistentes en su mente, que el Maestro derribaba con la alegre y mansa fuerza del Espíritu. Quizás su acendrado celo zelota ansiaba a un caudillo de dientes apretados, belicoso y bravo, y nó un servidor manso que se hacía esclavo de los demás, que consideraba al servicio como el único y verdadero poder.

Había que seguirle el paso a Jesús de Nazareth. Judas anduvo con el Maestro en todo su ministerio, pero tal vez jamás estuvo en verdad con Él. De allí su crítica monetaria al perfume conque la hermana de Lázaro unge sus pies, de allí a que el Maestro comparta con el Iscariote con profunda amistad el pan untado con palabras afectuosas, sin recriminaciones ni escándalo, y Judas guarde silencio. Es un silencio malsano, es el silencio del que ha enmudecido por no tener nada que decir frente a ese Cristo que le habla. No hay eco en su alma frente al amor que recibe, y por ello se sumerge en la noche, que es quebranto, es rencor, es resignación, es renegar al afecto más profundo. Ésa es verdaderamente la traición, porque más allá de pactos, subterfugios y monedas, el Señor ofrece su vida en absoluta libertad, en el momento propicio.

Pedro también, a su modo arrebatado y voluble, traiciona, mucho antes del canto del gallo delator de falsedades. Pedro pretende ocupar el lugar de Cristo, dando él la vida por el Maestro.

Con todo y a pesar de todo, la gloria de Dios permanece. El amor no se destierra. La fidelidad de Dios expresada en Cristo para la salvación de todos es lo que verdaderamente decide, y ha de marcarnos el rumbo y revestirnos de esperanza, aún cuando solemos embarcarnos en las futilidades de esas traiciones que llamamos pecado.

Paz y Bien

Lunes Santo: el perfume de la Gracia











Lunes Santo

Para el día de hoy (26/03/18):  

Evangelio según San Juan 12, 1-11








Jesús ha regresado a Betania, y llega a la casa de Simón el leproso. Allí le ofrecen una cena, y es parte de ella Lázaro y sus hermanas, Marta y María.
Seguramente Lázaro aún tiene algún rastro en su rostro de la enfermedad que lo ha llevado a la tumba: pero el paso salvador de su amigo lo ha rescatado de las garras de la muerte. Aún así, aún con todo lo que ha significado para toda la comarca y para pueblos distantes ese hombre redivivo, Lázaro no es el centro de la escena. El centro de la escena, la clave de toda la lectura es la celebración del regalo de la vida, de la vida como don infinitamente generoso e incondicional, acontecido con amorosa tenacidad y con la fuerza asombrosa de la amistad.
Esa vida que se celebra es anticipatoria y símbolo de la Iglesia, familia y amigos reunidos para celebrar la vida como bendición y regalo de Dios, en una gratitud -se intuye- que no alcanzan las palabras ni los gestos, tal es su inmensidad.

María, la que se quedaba con la mejor parte, la que escuchaba atentamente la Palabra de Dios, realiza un gesto de infinita ternura y humildad, que en su profundidad es un desafío y un escándalo. En aquel tiempo ninguna mujer, más allá de cualquier familiariedad, tocaría a un hombre que no fuera su esposo, y menos aún se soltaría los cabellos, señal de una condición moral similar a las prostitutas.
Pero María actúa impulsada por amor y agradecimiento, y nada más importa. Se trata de la Gracia.

Ella vierte un perfume carísimo de nardo puro sobre los pies del Maestro, para luego secarlos con sus cabellos.
Es significativo que el Evangelista nos haga presente que toda la casa se impregna de esa fragancia.
El perfume de Betania es el perfume del amor, del agradecimiento a ese Dios con nosotros que nos desaloja todas las muertes, y es el perfume que hace retroceder el hedor terrible de la corrupción, de la vida que se pierde y se degrada, y quiera Dios que el perfume de Betania inunde también a toda la Iglesia, que tanto amamos y que a veces tanto nos duele.

Una voz airada, la de Judas Iscariote, se eleva enojada contra el gesto. Debe haber algo de moralina en él, por esa cuestión de una mujer tan desenfadada a la hora de expresar sus afectos.
No está mal -para nada- preocuparse por los pobres. Es Evangelio.

Pero, hermano Judas, tu error es poner por delante del Maestro al dinero. Y suponer que los amores y la solidaridad fraterna se pueden comprar. Seguramente ya venían de antes tus discordias, pero tal vez, a partir de allí, te fuiste por las tuyas. Allí comenzaste a renegar de la amistad de ese Cristo que caminó junto a vos tres años toda Palestina, compartiendo toda su existencia sin reservas. Y eso te volvió incapaz de mirar y ver más allá de la evidencia simple y superficial. Tu corazón se fué por otros rumbos oscuros, tal vez ideologizados, pero ajenos a la mansa enseñanza de tu Amigo.

Porque nunca, hermano Judas, hay que olvidarse de los pobres. Más aún, hay que hacerse uno con ellos, no mirarlos desde académicos balcones, pergeñando soluciones dinerarias. Nunca se venden los afectos ni el socorro, jamás.

Lázaro se encuentra también en zona de riesgo. Los testigos de la bondad de Dios son vistos como peligros a suprimir.

Cristo, aún cuando está inmerso en la noche espantosa del odio y del rechazo, sigue iluminando los lugares en donde lo encontramos. Porque a la luz verdadera, no hay tinieblas que se le resista.

Paz y Bien

Aclamemos al Rey de la vida












Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Para el día de hoy (25/03/18):  

Procesión de los Ramos
Evangelio según San Marcos 11, 1-10

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Evangelio según San Marcos 14, 1-15, 47









Él llega a la Ciudad Santa como un peregrino pobre, príncipe de paz.

No monta un carro de combate o un caballo de guerra como un rey glorioso enarbolando sangrientas victorias bélicas. Viene montando un burrito prestado. Ni siquiera eso le pertenece, y es signo y es convite de que este Rey requiere de la ayuda de los demás -la tuya, la mía, la de todos nosotros- para cumplir con su misión.

Todas las promesas lo señalan y en Él encuentran pleno cumplimiento y significado. Es el Rey Mesías anunciado por hombres de mirada lejana, los profetas, que sonrieron imaginando ese día decisivo.
Rey que ingresa con un cortejo a una ciudad, es rey que ingresa en solemne procesión a tomar real posesión de sus dominios.

Pero el Maestro de Nazareth es un Rey extraño.

Él viene a tomar bendecir con su realeza a esa Jerusalem que le es tan hostil, pero no requiere nada, no exige subordinación ni tributos. Por el contrario, está dispuesto a ofrecerse a sí mismo, toda su existencia, su propia vida como rescate por todos.

Su corte y sus ejércitos son más extraños aún. Se rodea de pescadores galileos, de publicanos, de prostitutas, de enfermos, de todos aquellos excluidos por duras normas de pureza ritual, de todos aquellos descartados por los sistemas que progresivamente se van deshumanizando. Seguramente, a muchos de ellos nada en su sano juicio invitaría a su mesa.

Si bien sus orígenes pueden rastrearse en toda la historia de Israel, poco tiene de principesco. Su madre es una muchachita judía ignota de aldea polvorienta que lo ha gestado en un embarazo por demás sospechoso. Su padre es apenas un artesano galileo, y Él mismo ha encallecido sus manos en el esfuerzo de procurar el sustento familiar. Viene de una periferia de donde nada cabe esperar, cercana en kilómetros pero muy distante de la pompa y el boato sacrales de esa Jerusalem que recibe sus huellas.

Los jerosolimitanos y todo el pueblo de Israel estaban, en aquel tiempo, sofocados, demolidos, hartos de tantos años de opresión, del dominio imperial de Roma, de tantas guerras perdidas, de prácticas religiosas que no los dejaban respirar.
En situaciones así, la esperanza adquiere un valor extremo.
Por eso, cuando llega Jesús de Nazareth montado en un burrito, recordaron las antiguas promesas de su pueblo y se encendieron de alegría, una alegría que estará teñida de uno de los misterios humanos, el pecado. Muchos de los que ahora lo aclaman, en unos días clamarán por su muerte.

Pero esas gentes -especialmente los niños- hoy celebran. Agitan palmas y ramas de olivo, y muchos se quitan los mantos, poniéndolos como una alfombra al paso del Maestro. No es sólo un gesto afectuoso: quitarse el manto implica quedar desprotegido, sacarse todo lo que uno es habitualmente, prácticamente quedarse a la intemperie de donde se acabaron las certezas racionales.

Cristo hoy llega a nuestras existencias. Es el momento de poner a sus pies nuestros mantos, nuestras existencias, todo lo que somos, despojados de todo lo vano, para reconocer al Salvador que llega, al Libertador que humildemente está llegando a nuestras vidas para que la vida no se apague, para que Dios definitivamente encuentre hogar en los corazones de todos nosotros.

Paz y Bien

Uno por todos, por vos, por mí, por tí, por nosotros














Para el día de hoy (24/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 11, 45-57






En la pequeña Betania, a tres kilómetros de Jerusalem, Jesús había regresado a la vida a su amigo Lázaro, quien había muerto por una grave enfermedad. Muchos de los que estaban allí, en ese hogar que Jesús amaba -casa de Lázaro, de María y de Marta- al ver su profunda emoción y el signo de Lázaro redivivo, creyeron en el Maestro, aún cuando hasta ese momento lo ignoraran con fervor.
El pueblo que creía en este Cristo aumentaba a cada instante, pero aún así varios de esos testigos se encaminaron con presteza hacia donde se encontraban los principales fariseos para relatarles los hechos que habían presenciado.

A pesar de la patente evidencia que aconteció ante sus mismos ojos, esos hombres estaban compelidos a someter a las autoridades religiosas las acciones de Cristo para su escrutinio. Cuando los prejuicios y los esquemas mentales rígidos sobrepasan las cuestiones cordiales, poco espacio queda para la verdad, y como presuponen que se juegan algo muy grande, prefieren trasladar sus inquietudes a quienes verdaderamente detentan la autoridad mayor.

Al enterarse, se desata el pánico, y se forma una impensada alianza entre los rígidos fariseos y los acomodaticios saduceos que, por lo general, se reservaban para sí las máximas jerarquías del Templo -los sumos sacerdotes-. El miedo es capaz de anudar telarañas muy extrañas e intrincadas.
Tales son los fuegos que se encienden, que hasta convocan abruptamente al Sanedrín, consejo supremo de la nación judía que dictaminaba acerca de cuestiones religiosas y civiles también, pues el peligro que infieren es gravísimo: si el rabbí galileo sigue convocando alrededor de sí corazones y voluntades del pueblo -confianza y fé- las gentes iban a dejar de doblegarse a los dictámenes de ellos mismos, y sin dudas ello sería visto por la potencia ocupante romana como un hecho incoercible de subversión.
Esa rebelión incipiente Roma la trataría de una sola manera, aplastándola mediante la fuerza bruta de sus legiones. Así entonces, el Templo quedaría derrumbado, el centro de Israel disperso y la misma nación en peligro, y, sobre todo, ellos mismos perderían todo su poder e influencia.

Ésa es la causa primordial por la cual deciden matarle, y matarle cuanto antes.
Y se conjugan dos libertades: el libre albedrío de esos dirigentes inescrupulosos, que se suponen capaces de disponer de la vida de otros a su antojo porque lo entienden amenaza, y la libertad absoluta de Cristo, que pudiendo escapar se mantiene firme e íntegro porque ante todo cuenta el proyecto de su Padre, aún cuando la sombra de la muerte vaya inundando todos los resquicios.

Para sus propios enemigos mortales la presencia de Jesús tiene una índole comunitaria que deben extirpar. Y es Caifás -sumo sacerdote en ese momento- quien sin saberlo pero merced a su sacerdocio lo define con pasmosa exactitud: conviene que muera un sólo hombre por el pueblo, afirmación cruel de un fin que justifique cualquier medio pero también profecía.

Ese Cristo morirá por todos, por los discípulos, por los que han creído en Él, pero también por los que le odian, los que ansían su muerte, los que lo desprecian y condenan.
Cristo muere para que el pueblo viva, y viva en plenitud y libertad. Uno por todos, por vos, por mí, por tí, por nosotros, para que no haya más crucificados, para reafirmar de una vez y para siempre esa vida que es Dios mismo.

Paz y Bien

Un Mesías humilde y servidor, un Dios cercano











Para el día de hoy (23/03/18):  

Evangelio según San Juan 10, 31-42







El ambiente estaba cada vez más enrarecido, tenebroso, violento; en cierto modo, la Pasión de Jesús comienza muchos días antes que el santo memorial que realizamos en la Semana Santa.
Porque al Maestro lo insultaban, lo despreciaban sin motivo, lo rechazaban violentamente y buscaban su muerte de un modo constante, como un tumor social y religioso a ser extirpado por su peligrosidad, y tal vez nos estemos adeudando una profunda reflexión acerca de la soledad y el dolor que golpeaban sin misericordia su Sagrado Corazón.

Están enfurecidos, pero no dejan de ser hombres profundamente religiosos, y ello es síntoma de que a veces las prácticas piadosas -cuando no transforman corazones ni trascienden hacia Dios- se vuelven literales en su interpretación de las Escrituras y por ello, duramente fundamentalistas. No son tradicionalistas que buscan salvaguardar la historia y la religión de su pueblo, a veces con fervor desmedido: son hombres que se creen justificados para ejercer violencia en nombre de Dios, y que se creen única voz autorizada -la ortodoxia pura- con la autenticación divina que los habilita a execrar de cualquier modo a quien piense o actúe de un modo distinto al que ellos permiten o toleran.

Aquí, el intento de homicidio del rabbí galileo quebranta ciertas normas, que en la jornada del Viernes Santo retomarán: la ley de Moisés tenía prevista la pena de muerte por lapidación para el blasfemo. Pero Israel era, desde varios siglos atrás, una provincia más del imperio romano, y toda condena a muerte había de ser, invariablemente, convalidada por la autoridad romana. En este caso, tal es su furia que lo que cuenta es que opere la muerte.
Porque se han encendido de furia no por todo lo que Jesús ha hecho, por las almas cautivas liberadas, por los enfermos sanados, sino por la intrínseca identidad entre Dios y Jesús. Ellos lo han comprendido perfectamente en sus razones, pero no lo toleran en las honduras de sus corazones.

No hay espacio para ese Cristo, Mesías humilde y servidor que tantas verdades les dice, verdades que sin lugar a dudas les van haciendo mella. Ellos sólo ven a un hombre, tan sólo a un hombre, y sin darse cuenta así lo honran. Nadie hubiera podido hacer lo que Él ha hecho sin la intervención misma de Dios.

Es un galileo -un hombre pobre de tonada campesina- que no ha de rendirles honores que ansían, que se arroga la pretensión de ser Dios, y de exigir una vida distinta y plena, un Dios que no es esconde, un Dios cercano, un Dios Padre y Madre.

En ese hombre creemos, y por ese hombre viviremos para siempre, nuestro hermano y nuestro Dios y Señor.

Paz y Bien

Reconocernos en el otro, encontrarnos en Cristo












Para el día de hoy (22/03/18) 

Evangelio según San Juan 8, 51-59






Para la nación judía, su credencial más valiosa era el saberse hijos de Abraham, descendientes del viejo pastor que les legó la fé y una distante pero certera promesa de tierra y salvación. Aún Moisés, con su liderazgo y con las tablas de la Ley no tiene tanta influencia en la conciencia del pueblo y en el inconsciente colectivo como la de ese hombre del desierto pleno de confianza en Dios, de esperanza con todo y a pesar de todo, de horizonte infinito.

Así, ningún varón judío se arrogaría siquiera el derecho de considerarse por encima o mejor que Abraham. Y mucho menos iban a tolerar, especialmente los hombres de esa nación más instruidos en las cuestiones religiosas, que un joven y pobre campesino galileo les viniera a hablar de Dios y de que el patriarca hablaba de Él mismo cuando su mirada de fé atravesaba los siglos.

Ellos se sumergían en las aguas turbias del enojo y la furia, pues el rabbí los desestabilizaba: ellos leían las Escrituras de un modo literal -causa de todos los fundamentalismos-, y los prejuicios que ostentaban les impedían salir de los rígidos esquemas que les aprisionaban los corazones.
Porque cuando la lectura abandona la literalidad y se asume como Palabra de Vida y Palabra Viva, las cosas cambian de raíz. Toda la historia y todo el universo adquieren verdadero sentido en ese Cristo humilde y cósmico a la vez, resumen perfecto de Dios y humanidad.
Los profetas siempre son hombres de miradas lejanas y profundas, que van más allá de lo evidente, y el largo peregrinar de una humanidad y un pueblo a oscuras comienza a disiparse con la Encarnación del Señor.

Esta postura no nos es para nada desconocida. Es muy difícil el reconocimiento del otro en su alteridad, tal como es; implica despojarse de preconceptos, de las anteojeras de los prejuicios, de aceptar al otro como un hermano, de revestirse de paciencia que es, precisamente, la ciencia de la paz.
Cuando esto se vulnera, comienzan los problemas, de lo particular a lo general, de lo familiar a los estados. El vecino que no saludo, el pariente que pasa inadvertido, el disenso considerado como una amenaza a aplastar con violencia, el rechazo a los que son distintos por ideas, religión u orígenes.

Quizás la Cuaresma implique volver a reconocer a ese Cristo que nos rescata de todas las muertes cotidianas, porque en Él la vida prevalece.
Y guardar su Palabra comience por conocer y reconocer al hermano, en el milagro de una existencia compartida, en la bendición de poder crecer juntos aún cuando en apariencia sean mayores las cosas que nos diferencian que las que nos hacen coincidir.

Volver a Dios y volver al hermano es la ofrenda infinita que nos hace el Dios de la Vida en este tiempo de reencuentros.

Paz y Bien

La libertad de los hijos de Dios











Para el día de hoy (21/03/18):  

Evangelio según San Juan 8, 31-42








El Evangelista San Juan, a través de la liturgia de estos últimos días, nos vá acercando paulatinamente al centro del misterio que rodea y envuelva a la persona de Jesús, como centro y razón de toda la historia y hacia donde convergen y cobran sentido pleno todos los caminos humanos y el mismo cosmos.

Por eso el Maestro se dirige desde esa revelación a los judíos que le escuchaban y que creían en Él, pues los auténticos discípulos vivirán la verdad en plenitud, y por esa verdad serán plenamente libres.
No se trata de la adhesión a un concepto, ni la defensa ad nauseam de una pertenencia: la liberación plena surge de Alguien antes que de algo, de una persona antes que de una idea, de vivir como Jesús de Nazareth, de amar como Jesús de Nazareth, de orar como Jesús de Nazareth, de seguir con toda confianza a Jesús de Nazareth.

Es claro que muchos de esos hombres a los que Él se dirigía -que buscaban suprimirlo, humillarlo, matarlo- estaban más que orgullosos de sus raíces nacionales y religiosas: se reivindicaban como hijos de Abraham por la sangre heredada, y como tales no serían pasibles de soportar ninguna esclavitud.
Una simple mirada de los hechos históricos derribaba esas afirmaciones: esos pretensos herederos de Abraham eran apenas unos súbditos más entre los millones que poseía el César romano.

Más esa no es la cuestión: la libertad no es cuestión de credenciales, sino más bien de ética, es decir, de cómo se vive, de cómo se actúa en el mundo.
Las mujeres y los hombres verdaderamente libres actúan y obran como hijas e hijos de Dios, hermanos de ese Cristo libérrimo que transparenta absolutamente la eternidad de Dios, porque la identidad es total, de tal modo que Dios es Jesús y Jesús es Dios.

Como hijas e hijos seremos libres de toda cautividad, y esa es la verdad definitiva y definitoria, don y misterio de bondad asombrosa y de amor entrañable, don que ni la cruz más horrorosa puede torcer.

Paz y Bien

La cruz, señal del amor mayor













Para el día de hoy (20/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 8, 21-30







Como si no fueran suficientes los rótulos que ya le habían endilgado -loco, trastornado, comilón, borracho, amigo de indeseables, blasfemo, demoníaco- ahora esos hombres muy religiosos, los fariseos, presuponen que este rabbí galileo se está por convertir en un suicida.

Él, abiertamente y en un lenguaje teológico que sin dudas comprenden, les revela su identidad y misión: el Yo Soy es indiscutible, el Yo Soy es el Dios de Israel irrumpiendo en la historia con fuerza salvadora de liberación, el que es y el que está.

Aún así, continuarán inmersos en su oscuridad, pues se niegan a salir al sol de la fé. Cristo permanentemente tiene por horizonte el amor de su Padre y la compasión para con sus hermanos, y su corazón está poblado de miríadas de corazones, millones de almas de toda la historia humana en donde encuentra hijas e hijos, hermanas y hermanos.
Ellos, en cambio, tienen el techo bajo de sus esquemas mezquinos, de sus egos inflados, de su soberbia militante, y se han vuelto incapaces de ver más allá de sí mismos. Este Cristo no tiene ni tendrá nada que ver con el Mesías del que ellos han determinado previamente su carácter, su estilo, su gloria y sus acciones. Así se vuelven esclavos perpetuos de sus criterios, dóciles a sus propios pecados, y por ello la cruz -para ellos- será escarnio, escándalo y locura.

Para Jesús y para los suyos, el horror de la Pasión será -en la ilógica del Reino- señal cierta del amor mayor, y ese Cristo elevado entre los dos maderos de la cruz se convertirá en señal de auxilio para todas las gentes en todos los tiempos, para que nadie más sea crucificado, para que con todo y a pesar de todo florezca la esperanza.

Porque la cruz ratifica con sangre al Emmanuel, Dios con nosotros.

Paz y Bien

Los sueños de José de Nazareth











San José, esposo de Santa María Virgen

Para el día de hoy (19/03/18) 

Evangelio según San Mateo 1, 16. 18-21. 24






...Jacob fué el padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo...

El primer enunciado de la perícopa nos introduce en una cuestión fundamental: José desciende en línea directa del rey David. El propio Evangelista Mateo comienza su Evangelio con una minuciosa genealogía que reafirma esta línea, trazo espiritual y a la vez trazo real.

Pero no tenemos frente a nosotros a un príncipe de augusto linaje, sino a un humilde carpintero judío, judío hasta los huesos, fiel a las tradiciones de su pueblo y de sus mayores, que vive en una periferia polvorienta que no aparece en los mapas. Nazareth es aquel sitio en donde espejan todos los lugares desde donde nada puede esperarse.

Es un tiempo nuevo, extraño, asombroso. El Dios del universo transforma la historia desde hombres y mujeres pequeños, sencillos y a menudo invisibles para un mundo que ama lo rutilante, el poder, los liderazgos que se imponen por la fuerza.

Ella es una muchachita, casi una niña, una nadie de aldea ignota. Pero ese Dios la ama entrañablemente al igual que ese artesano con el que se ha desposado.

Esposos aún sin convivencia -de acuerdo a las tradiciones mosaicas- María de Nazareth cursa un embarazo incipiente por obra y gracia del Espíritu Santo.

Hagamos un pequeño alto: en aquellos tiempos, las rígidas normas religiosas vigentes implicaban que si se detectaba a un hijo extramatrimonial, la mujer sería pasible de ejecución por lapidación. Solamente desde allí, hay un peligro ominoso para María y para el niño que se crece en su seno.


Sin embargo, iremos por otra vereda distinta a la usual. José de Nazareth no realiza un repudio tácito para protegerla de ese peligro latente. Su justicia pasa por otro lado.
José ama a María. 
Y al advertir que lo que le sucede a su mujer es cosa de Dios, decide apartarse. Allí pasa algo demasiado grande, algo en verdad santo y él se descubre mínimo, ajeno, pequeñísimo frente a ese Dios que comienza a manifestarse tan vívido en el palpitar del bebé santo que está creciendo en María.

No hay dudas en el carpintero respecto de María. Hay confusión y temor respecto de sí mismo, y por ello decide irse sin estridencias, en el silencio frutal que caracteriza toda su luminosa existencia.

En el lenguaje bíblico, los sueños son el ámbito propicio para las revelaciones más profundas del Altísimo. Quizás en parte se deba a que su inmensidad sobrepasa los esquemas mentales comunes, de tan limitados que somos.

José sueña, y en sus sueños recibe un aviso por parte de un Mensajero cordial, grata noticia de parte de Dios.

Nunca, jamás, por ningún motivo y aún en los momentos más oscuros y confusos hay que dejar de soñar. Soñar tiempos mejores, soñar luz en medio de tanta sombra, soñar que la vida vá a prevalecer a pesar de que todo diga lo contrario, soñar remansos de paz frente a tanta violencia que se impone y que suele comenzar a partir de las palabras.

Es un tiempo nuevo, extraño, asombroso, urdimbre santa de Dios y el hombre.

Por José de Nazareth el Mesías nacerá con raíces firmemente arraigadas en su pueblo, descendiente directo del rey David, cumpliendo las antiguas promesas.
Por José de Nazareth, ese bebé será un hombre pobre pero respetable, y nó un bastardo sospechoso sin arraigo.

En esta época de tantas banalidades probablemente lo hayamos olvidado: un nombre define la personalidad y el destino de quien se nombra. Un nombre abre caminos a la historia del hijo que llega siempre como una bendición.
José de Nazareth llamará al niño Jesús, que significa literalmente Dios Salva, destino, misión y luz del Redentor para todas las naciones comenzando desde Israel.

José de Nazareth es más que padre adoptivo o putativo del Hijo de Dios. José de Nazareth será padre legal y padre con todas las letras y con mayúsculas.
A su padre, el Niño que había de nacer lo contemplaría en los afanes diarios del esfuerzo por el sustento, y lo llamaría Abbá, papá, misterio que se nos regala a todos nosotros acerca del rostro bondadoso de un Dios que está muy cerca, Dios de la justicia y la ternura.

José de Nazareth es de esos hombres que siempre sueñan, que protegen la vida, que no rehuyen a su responsabilidad, que se involucran con las cosas de los demás desde el servicio, porque en el otro resplandece el rostro de su Dios. Y cuando llegue el tiempo de la partida, irse sin estridencias, tan humilde y sencillo como toda su existencia, pleno del deber cumplido.

Con José de Nazareth descubrimos a un Dios que nos invita a comprometer nuestras manos y toda la vida en la historia para que esa historia cambie, para que el Reino sea, en la grata y silenciosa afirmación cotidiana de que hay más, siempre hay más, y que Dios está con nosotros, con todo y a pesar de todo y para siempre.

Paz y Bien 






Iglesia, trigal fecundo














Domingo Quinto de Cuaresma

Para el día de hoy (18/03/18) 

Evangelio según San Juan 12, 20-33







Los pequeños detalles nunca deberían pasarse por alto. A veces son decisivos en tanto que signos, señales de cuestiones cruciales, pequeñas huellas de gorrión que desembocan en portentosas rutas.
Así sucedió con el grupo de griegos que, llegados a Jerusalem para celebrar la Pascua, buscan conocer al Maestro, y esto tiene una impactante conclusión: que el ministerio de Jesús de Nazareth tiene una repercusión enorme, impensada, que no se acota solamente a Israel, sino que trasciende con amplitud las fronteras geográficas, religiosas y culturales.

Muy probablemente estos hombres, estos griegos, provengan de la Decápolis, y no de la Grecia continental, y que se trate de prosélitos. Los prosélitos eran los extranjeros conversos a la fé de Israel, que estaban circuncidados y observaban la Ley. Otros, también respetuosos de las costumbres y tradiciones ancestrales judías, tal vez no toleraban las estrechas restricciones de contacto que la fé de Israel -de aquel entonces- les imponía, especialmente en el caso de contacto prohibidos con otros extranjeros. Como fuera, prosélitos u hombres temerosos del Dios de Israel, tenían su propio espacio dentro del Templo de Jerusalem, el Patio de los Gentiles, en donde a veces el Maestro enseñaba.
Que interpelen con su pedido a Felipe es obvio, el apóstol tiene un nombre de origen helénico y su pueblo natal, Betsaida, se encuentra en Galilea, cerca de la Decápolis.

Esos son los hechos, pero hay otros niveles de profundidad, realidad trascendente a la que es posible asomarse por las ventanas que nos abre el ámbito simbólico. Y ello implica aquí la universalidad del Reino, y que -a pesar de aún no haberlo asumido en toda su dimensión-, el Buen Pastor tiene muchas ovejas en muchos rebaños, rebaños que solemos considerar ajenos, o que ni siquiera imaginamos.


La respuesta de Jesús desconcierta, descoloca. Es dable, es justo y es necesario que la presencia de Cristo en nuestras vidas continúe provocando el mismo efecto, de asombro, el desestructurarse, el afirmarse en lo que verdaderamente importa.

Y lo que importa, lo que cuenta, es el amor infinito de Dios.

Cristo es un hombre que se encuentra a las puertas de una muerte horrorosa asumida en entera libertad. Por es libertad y desde ese amor, el horror deviene en ofrenda, en sacrificio, es decir, en hacer sagrado lo que no lo es.

En la cruz, se reafirma el compromiso inquebrantable de Salvación de Dios para con toda la humanidad.
Así la cruz no será signo de muerte, sino faro levantado en lo alto de la noche, para atraer a puerto seguro estas pequeñas barcas que somos, y también la barca frágil de la Iglesia.

El Reino de Dios, que se hace historia, tiempo, cuerpo y humanidad en Jesucristo, empuja la eternidad desde lo pequeño, desde lo que no cuenta, con una tenacidad asombrosa y humilde, sin estridencias pero que no se resigna ni con la muerte, destino santo de pan para todos los pueblos.

Quiera Dios que esta familia que somos y que llamamos Iglesia sea un trigal fecundo, a la luz de Aquél cuya gloria está en amar y en escuchar en fidelidad sin quebrantos al Dios que lo ha enviado.

Paz y Bien

La escucha atenta y sin prejuicios de los profetas












Para el día de hoy (17/03/18):  

Evangelio según San Juan 7, 40-53







Las palabras y acciones de Jesús de Nazareth desataban todo tipo de especulaciones por parte de quienes le escuchaban o simplemente le conocían.
El pueblo raso, la gente sencilla lo identificaba como un gran profeta -algunos el Mesías- depositando en Él, quizás sin darse cuenta, sus ansias profundas, su hambre de redención, de justicia, de liberación.
No estaban de todo equivocados, y es preciso siempre tener puesto el oído atento en lo que el pueblo dice.

Desde otro ángulo, los oficiales romanos lo miraban con creciente desconfianza. En su caso, no se trata de cuestiones religiosas propias de los judíos que someten, sino que este rabbí itinerante concita cada vez más la atención sobre sí, y esa influencia es peligrosa, a un paso de volverse subversiva y amenazante para el poder.

Pero los que no tenían ninguna duda eran los dirigentes religiosos de Israel, sumos sacerdotes y escribas junto a algunos fariseos. Es cierto que argumentaron motivos religiosos para su condena: pero lo que subyacía también era un cierto desprecio social. Él era un campesino -la tonada lo delataba- de un pueblo minúsculo, de la siempre sospechosa Galillea de los gentiles. Así, su origen mismo era condenatorio: nunca nada bueno podría surgir ni provenir de esa Galilea marginal, ni mucho menos de ese campesino sin formación ni pasado verificable, ni ancestros nobles, que habla de una manera muy extraña y peligrosa acerca de Dios.
Ello mplicaba ciertos riesgos patentes para todos aquellos que se decidieran a seguir sus pasos, toda vez que a su vez se volvían pasibles de ser despreciados pero, principalmente, de ser condenados a muerte por blasfemia.

Todos esos prejuicios -extensivos a los amigos y seguidores de Jesús de Nazareth- eran progresivos y elaborados. Los descalificadores encontraban fundamento en las Escrituras para la condena, sin importar si se le brindaba la oportunidad de defenderse, de hacerse oír, del debido proceso.

Pero tal vez lo más importante sea la decisión de ese Dios de que la vida se amanezca allí mismo, en donde menos se la espera. Y no ha sucedido solamente en la Palestina del siglo I, en Galilea, Samaria y Judea.

La vida se nos sigue amaneciendo y ofreciendo hoy, y sigue habienbo entre nosotros voces de profetas que nos despiertan y nos animan al regreso a Dios, profetas en los barrios, entre los trabajadores agobiados, entre los castigados por el desempleo, en las abuelas, desde la mirada magnífica de las amas de casa, en los jóvenes que rompen las corazas de desesperanza que algunos ansían imponerles.

Con el espectro cruel de la cruz tan cerca y a pesar de todo, prevalece la esperanza porque la palabra definitiva es Resurrección.

Paz y Bien 

Cristo, un Mesías incómodo y molesto











Para el día de hoy (16/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 7, 1-2. 10. 14. 25-30







Las amenazas de muerte arreciaban sobre el Maestro, muchas espadas de Damocles a la vez. Varias veces trataron de atraparle y ejecutarle más no pudieron, y es un signo más que una imposibilidad: es la ratificación de que Cristo entrega libremente su vida en el momento preciso, y no se somete a los vaivenes del poder i a las oscilaciones del miedo.

La liturgia nos sitúa en Jerusalem para la celebración de Sukkot, la fiesta de los Tabernáculos, fiesta social y religiosa casi tan importante como el Pésaj, fiesta de cosechas y de peregrinación impostergable a la Ciudad Santa y al Templo, memorial del pueblo de Israel en su precario peregrinar por el desierto, al amparo de tiendas confeccionadas con lo poco que se obtenía a su paso.
Ningún judío que se preciara de tal dejaría de cumplir con esta tradición, y Jesús de Nazareth -fiel hijo de su pueblo y de sus mayores- también ha de participar de los festejos solemnes.

Sin embargo, debe ingresar a Jerusalem de manera casi clandestina, en silencio, escondido como un proscrito, como un delincuente.

Pero aún cuando Él no busca el conflicto como un provocador cualquiera no pasa inadvertido. Cristo jamás pasa sin dejar huella.
Y son los jerosolimitanos los que advierten su presencia. Lo que expresan no queda circunscripto a una época histórica específica, sino que perdura a través de los siglos.

Se trata de imponer al Mesías los preconceptos e ideas propias de cada grupo, de cada persona. Actualmente, suele utilizarse -no sin cierta torpeza- la frase imponer agenda; es precisamente pretender que Dios actúe a la manera que uno espera, que se predeterminen las acciones de Dios y los modos en como Él deba presentarse y expresarse.

A todos estos intentos vanos, Cristo se presenta como un Mesías imposible y un profeta incómodo.
Tan imposible como cercano nos revela su Dios, totalmente humano sacralizando la vida, un Dios que es Padre y Madre y ama sin desmayos. Un profeta incómodo que dice verdades, lo que debe decirse y no lo que se espera que diga.

Aún estamos a tiempo de dejarnos sorprender por la Gracia.

Paz y Bien.

Testigos de la luz












Para el día de hoy (15/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 5, 31-47







Jesús se encuentra en plena discusión con esos hombres que lo desprecian y condenan por blasfemo, por diabólico y por lo que fuere. Están tan enceguecidos que, haga lo que haga y diga lo que diga han de condenarlo igual.

El problema es que se trata de fanáticos, y los fanáticos no toleran a nada ni a nadie que no pase por el tamiz de sus duros esquemas. En este caso, uno de los peores fanatismos, el fundamentalismo religioso que se vuelve capaz de la violencia más brutal en nombre de Dios.

Esos hombres que cuestionaban con odio encendido al Maestro son muy devotos y piadosos. Sin embargo, esa piedad es errónea y falaz, y es consecuencia en gran parte de una lectura literal de las Escrituras, a las que añaden sus propios preconceptos, los que adquieren un status dogmático de cumplimiento estricto.
Ello deviene en una religión que oprime, que subordina las existencias a las normas y nó a la inversa, que traza una línea divisoria entre unos pocos puntillosos y el resto que bien  puede execrarse con fervoroso desprecio.

Todo ello fué, es y será ajeno a la Buena Noticia de Cristo, pues todo sábado ha de ser para bien del hombre y nó a la inversa, y se trata de que siempre se acreciente el nosotros en fidelidad a ese Dios que es familia.

A pesar de que todo asoma como esfuerzo vano, Jesús insiste con la misma tozudez asombrosa que Dios tiene para con cada uno de nosotros y nuestra carga de miserias y pecados. Nadie -ni uno solo- ha de perderse, y por ello sus ganas de hacerles asomarse a la verdad que es liberación.

No hace apología personal: más bien se refiere a aquellos testimonios que refrendan su vida y su ministerio.

La clave está en sus obras, señales y signos de Dios mismo. Él vive y actúa de tal modo que todo lo que hace lo puede realizar porque lo suyo viene de Dios. No hay demasiada teología, ni biblismo, ni razones religiosas.
Es la evidencia que surge de la existencia misma.

Esas señales persisten, y nos llegan a través de la Madre y de los hermanos de Cristo, de todos aquellos que escuchan la Palabra y la ponen en práctica.
Por eso Cuaresma también es recuperar la capacidad de volver a abrir los ojos asombrados frente a tantos testimonios incuestionables de que Dios está con nosotros, y que jamás nos deja solos y a oscuras.

Paz y Bien

Cristo, nuestra suerte y nuestro destino
















Para el día de hoy (14/03/18):  
 
Evangelio según San Juan 5, 17-30






Insultos. Odio. Una violenta intolerancia.
Todo eso -elevado a la cumbre oscura de la Pasión- es lo que desean y se reservan esos dirigentes de Israel, encendidos de furia contra el Maestro. En una siniestra dualidad, lo que para algunas almas sencillas ha sido un milagro, un signo de Dios -la curación del paralítico a la vera de la piscina de Betzatá- para esos hombres muy religiosos es sinónimo y causa de condena, de excomunión, de blasfemia, de muerte justa, siendo la misma expresión una contradicción en sí misma.

Ya no se andan con vueltas, y arrecian sus ganas de matarlo, de silenciar para siempre su voz, de suprimirle. La cruz está a un paso nomás.

SIn embargo, a pesar de el espeso aire tenebroso, cargado de odio y burbujeante de muerte, es mucho más fuerte el amor y la esperanza que Jesús revela en sus palabras, y quizás precisamente sea ésa una causa más de ese fervor condenatorio.

Porque se identifica plenamente con Dios, con su Dios Abbá, de tal modo que Jesús es Dios y Dios es Jesús.
Y como si no bastara, ratifica que ese Dios se ocupa y preocupa de su pueblo, de todos los pueblos, constantemente, sin desmayos nio descansos.

Sorprendentemente, es un Dios que es Padre y que ama con amor entrañable de Madre que se des-vive por todas sus hijas e hijos. Tomar plena conciencia de ello es dejar en último plano posibles méritos acumulados, y regocijarse por todo el bien que nos llega como lluvia fresca y benevolente.
Y es algo que merece ser contado y compartido con otros.

Porque pecados hay muchos, miserias abundantes, miríadas de cosas por las cuales hemos de suplicar perdón e indulgencia.
Pero no alcanzan varias vidas para agradecer toda su bondad, su fidelidad inclaudicable, su amor incondicional.

Es imprescindible permitirnos comenzar a edificar la eternidad en el aquí y el ahora, en este presente a menudo doloroso, a menudo tedioso, redescubriéndonos hijas e hijos en el sentido más profundo de estos términos.
Nunca estaremos solos ni abandonados a cualquier ventura. En Dios está todo destino.

Paz y Bien

Cristo, caudal inagotable de agua de vida













Para el día de hoy (13/03/18):

Evangelio según San Juan 5, 1-3. 5-18





La piscina de Betsata gozaba de cierta fama por atribuirsele dotes curativas a las aguas que en abundancia brotaban de ella; es que el culto que desarrollaba en el Templo de Jerusalem requería enormes cantidades de agua para las purificaciones y abluciones, encontrándose numerosas cisternas que proveían los miles de litros necesarios. Por otra parte, en las cercanías de esta piscina, los maestros de la Ley enseñaban a sus estudiantes, y la contraposición es dolorosamente evidente: de un lado, la enseñanza de la religión, y del otro el olvido de los pobres y los enfermos.

Obviamente, es demoledora la observación que nos trae el Evangelista: aquel hombre estuvo treinta y ocho años golpeado por la enfermedad, sin una mano amiga que lo acerque a las aguas milagreras; a veces, no es errado pensar que la ausencia de compasión y solidaridad es más cruel y duele más que la enfermedad misma.

Y el Maestro se acerca, no lo ignora ni pasa de largo, signo cierto de un Dios que siempre está inclinado hacia el dolor de sus hijas e hijos. Aún así, una cosa es clara: los milagros acontecen desde la fé, a partir de la confianza, y ese hombre enfermo -a pesar de su parálisis- debe poner su alma en ello. Para sanar de cualquier dolencia, simple o compleja, hay que tener la voluntad de curarse, y es raíz de esa libertad que a menudo dilapidamos en nuestros perniciosos acostumbramientos.

El hombre se pone de pié, tomando su camilla. Puede andar pues ha pasado la Misericordia por su vida, se pone en marcha al ser capaz de llevar al hombro lo que lo ataba y sometía.

Entonces, arrecian las críticas y algunos braman de rabia. En parte, porque en la sanación Jesús ha vulnerado la sacralidad que ellos han construido alrededor del Shabbat, en parte porque presenta al pueblo un Dios muy cercano, tan cercano como ha de ser un Padre.
Pero también, porque no les ha pedido permiso: las estructuras de poder -sea cual fuera su origen y definición- suelen reaccionar con violencia desmedida frente a lo que se sale de previsión y cauce, y la Gracia no puede acotarse, medirse ni regularse.

Es un tiempo maravilloso en donde Dios no descansa procurando nuestro bien, caudal inagotable de agua viva que nos sana y renueva.

Paz y Bien

Creemos en Alguien antes que en algo















Para el día de hoy (12/03/18):  

Evangelio según San Juan 4, 43-54





La sumisión a la opinión pública suele llevar al olvido de los principios, de los destinos y a renegar de toda ética. Es la opinión pública, en ese aspecto, un monstruo voraz.
Poco tiempo atrás, Jesús de Nazareth se había ido de su querencia rechazado con rabia por los suyos; hasta intentaron despeñarlo en un cerro cercano. Por las líneas anteriores, se podría presuponer que Él no regresaría a Galilea, notoriamente hostil y reactiva a cualquier novedad y enseñanza.

Pero el Maestro tiene una tenacidad asombrosa, y en los umbrales del Reino es precisamente en donde ha de abandonarse el no se puede.

En los ámbitos humanos, nunca nada es tan lineal, no exacto, ni predeterminado. Y tal vez, todos nos volvemos terriblemente parecidos en el dolor, desde el sufrimiento; allí es donde uno se despoja de los rótulos que diferencian y separan.
En el Evangelio para el día de hoy destaca la angustia de ese funcionario real frente a su hijo que está en las últimas, en Cafarnaúm.
Es un funcionario real, es decir, un burócrata de la estructura de poder del violento usurpador Herodes, ese tetrarca de Galilea que gbierna mediante el terror y una absoluta falta de escrúpulos, respaldado por el poderío de las legiones romanas. Pero aquí, ello podría tener relevancia para nosotros; para Cristo hay un doliente y hay un amor de padre desesperado.

Los milagros son profusos, abundantes, tan desbordantes como lo es el mismo amor de Dios. Pero es menester tener ojos capaces de ver, una mirada que pueda descubrirlos en la cotidianeidad. Porque suceden, y suceden en la insondable urdimbre de la Gracia de Dios y la fé del hombre.

Todo se resuelve allí.
En la fé expresada en confianza: confiamos en Alguien antes que en algo, en una idea, en un dogma.
En la obediencia, que no es hacer torpes venias a caprichos quen nos resultan extraños y ajenos. La obediencia es escuchar atentamente -ob audire- y actuar en consecuencia.

Allí suceden los verdaderos milagros, que son mucho más que hechos prodigiosos o espectaculares.

Un milagro acontece cuando, a pesar de que broten señales de que todo está perdido, la vida prevalece.

Paz y Bien

La cruz que levantamos, señal de salvación










Domingo Cuarto de Cuaresma

Para el día de hoy (11/03/18) 

Evangelio según San Juan 3, 14-21










Para el pueblo judío, muchas imágenes y símbolos se guardaban en la memoria con celo, denuedo y especial afecto, toda vez que en ellas se afirmaba su historia y su identidad, aún cuando el origen de esas imágenes y esos símbolos tuvieran su origen a una distancia lejana de muchos siglos.
A nosotros, inmersos en el siglo XXI de la información, sobrecargados de datos y velocidad, a menudo nos sorprende, pues solemos ser esclavos de la inmediatez. Triste es el destino de los pueblos sin memoria, condenados a repetir calvarios y prisiones.

En ese estado de memoria, Israel sabía bien a qué se refería el Maestro al citar la historia de la serpiente de bronce levantada en el desierto, y más aún su interlocutor de esta ocasión, Nicodemo, formado en escuelas exegéticas importantes.
Ubiquémonos en tiempo y situación: luego de mucho tiempo de peregrinar en el desierto, las tribus liberadas de Egipto comienzan a quejarse y a murmurar acerca de las incomodidades y los penares del andar desértico. En cierto modo, preferían las cebollas de Faraón a la rigurosa libertad que tenían ahora, y tal vez tácitamente preferían regresar a un ingrato pasado de cadenas a seguir tolerando esos rigores.
La ingratitud, tarde o temprano, provoca desolación en las almas, y a esas tribus andantes -miles de personas- les sobreviene una epidemia de terribles serpientes que mordían y mataban con su veneno a muchos de los hijos y las hijas de Israel, y de allí al clamor y a la súplica por misericordia y socorro a su Dios a través de Moisés hubo sólo un paso.
Así, Dios envía a Moisés -Nm 21, 4-9- a que eleve sobre el pueblo, sobre una madera/poste, una serpiente de bronce: todo aquél que fuera mordido por un ofidio venenoso, bastaba que mirara esa serpiente de bronce para que el veneno mortal no hiciera mella en él.

En base a esta historia que los suyos comprendían, Jesús establece una comparación entre Moisés y Su persona, pues Él es el nuevo Moisés que conduce a su pueblo a la salvación definitiva.

La diferencia se sitúa en la Gracia, en la eternidad y en la fé.

El Cristo que será levantado sobre un madero será señal de salvación para todos los pueblos. Para que no nos muerdan los arrebatos de las muertes temporales ni la de la definitiva.
El Cristo levantado no es capricho del Padre ni condición necesariamente brutal, sino señal inefable de amor que sólo se comprende desde la fé: de cualquier otro modo, es escándalo o es locura.

Se trata de vida plena, se trata de estar vivos aquí, ahora y en el después definitivo.
Ahora no hay una señal de factura humana, una serpiente de bronce que nos afirma la esperanza.
Ahora y para siempre, se trata de un encuentro personal con Aquél que con su sangre ofrecida proclama que la muerte no tiene la última palabra, faro de Salvación para todas las naciones.

Paz y Bien

Plegaria, respuesta humilde al susurro de Dios













Para el día de hoy (10/03/18):  
 
Evangelio según San Lucas 18, 9-14







Los fariseos carecen hoy de una fama respetable; por el contrario, son el ejemplo antitético de la vida cristiana. Muchas veces, por las actitudes que en aquel tiempo tuvieron con Jesús y sus discípulos, la calificación es comprensible; sin embargo, todo prejuzgamiento siempre, inevitablemente, es peligroso y tiene poco de justicia.

Los fariseos eran hombres muy religiosos, que es esmeraban a diario en la piedad, en aras de agradar a su Dios. Y en el tiempo del ministerio de Jesús, se habían vuelto aún más severos y puntillosos, pues ansiaban preservar la identidad nacional de Israel y la fidelidad a la Torah inmersos como estaban en una dominación romana que no se limitaba a lo militar, sino que poco a poco iba carcomiendo su cultura y sus tradiciones. A la par de ello, los publicanos -judíos ellos también- recaudaban impuestos mediante prácticas corruptas y extorsivas para la potencia opresora.
Así, mientras unos tratan de mantenerse fieles al Dios de sus mayores, otros de sus hermanos expolian al pueblo judío sirviendo al extranjero, al invasor romano.

Esa premisa quizás nos ayude a profundizar más la parábola que Jesús nos ofrece desde la Palabra en el día de hoy.

El fariseo se yergue de pié en el Templo, y levanta la vista orgulloso. Implícitamente, la Palabra nos indica que reza sólo, que evita el menor contacto con el impuro, con el pecador, con el publicano. En su oración descolla tanto el ego, que no hay lugar ni para la adoración, para la confesión o para el arrepentimiento: sólo una expresión de gratitud por sí mismo.
El fariseo atesora su propio carácter como parámetro de medida de los demás, y eso es lo que lo pierde. Porque la prerrogativa del juicio es de Dios, y estas circunstancias, el fariseo es un usurpador que desde un altar de puro orgullo juzga y desprecia al otro, encarnado aquí en el publicano.
En realidad, el fariseo no ora, sino monologa. Se habla y se reza a sí mismo, pues la oración es diálogo y, especialmente, escucha atenta de ese Dios que siempre nos habla y nos está buscando.

En cambio, en las antípodas de esta actitud, el publicano está inmóvil, tanto que no se atreve a levantar la mirada. Se sabe indigno y se reconoce culpable de las miserias que ha provocado, y del daño que ha ocasionado a su propio pueblo: se reconoce miserable y pecador, y como tal ni siquiera espera justicia. Sólo implora merced, ruega por misericordia.
En su simple pero a la vez intensa súplica, busca el perdón, la reconciliación, la paz consigo mismo y con su Dios.

Uno de ellos se cree con derechos divinos adquiridos mediante la acumulación de actos virtuosos, y supone que por eso mismo tendrá -en esta vida y en la postrera- recompensas y dividendos por su exacta religiosidad.
El otro, se humilla frente a la inmensa santidad amorosa de Dios que lo desborda, y por eso mismo abre las puertas de su corazón a la Gracia, que es mucho más que un cambio de costumbres y actitudes.

Nos queda plantearnos si nuestra plegaria es sólo un discurso, o si en verdad escuchamos y respondemos esa voz paciente que en las honduras de nuestros corazones nos susurra Abbá, asombrosa palabra para el regreso y el perdón y el abrazo.

Paz y Bien

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