Sinfonía de herederos, canción de misericordia

Parábola del Hijo pródigo

Para el día de hoy (06/03/10)
Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32

(La televisión y el cine nos han saturado de historias en las que se dan verdaderas batallas entre personas con derecho a una herencia determinada; el nudo casi siempre pasa por la porción -o el todo- que le corresponda a cada heredero.

Sin embargo, la Palabra para el día de hoy nos trae una mirada muy distinta, la mirada de Jesús: la herencia no es una cuestión de méritos ni de derechos de los herederos, sino una cuestión de generosidad testamentaria.
Precisamente, testamento -en su raíz latina- significa testimonio de la voluntad o testatio mentis.
El dador de esta herencia, quien lega sus bienes a una infinidad de herederos es Abbá, Padre de Jesús y Padre Nuestro.

La herencia entonces es don, implica gratuidad -¡Gracia!- y el dador de estos bienes los ha repartido entre toda la humanidad.
Creyentes y no creyentes, judíos y musulmanes, cristianos y budistas, católicos y protestantes: toda mujer y todo hombre está inscrita en su testamento.

A no confundirse: por creer y seguir a Jesús somos discípulos, mientras que somos herederos por nuestra humanidad, a imagen y semejanza de Dios.

Por eso, el sol alrededor del cual orbitará esta parábola no es tanto la actitud de los herederos, sino más bien la increíble bondad del Padre.

Uno de los hijos reclama lo suyo, y se encandila con el resplandor fatuo de lo mundano. Se vá de la casa de su Padre y rápidamente, dilapida su herencia. Las consecuencias no podrían ser peores: acuciado por la necesidad, se somete a la esclavitud, y lo envían a cuidar cerdos. Y aún así, carece del sustento. Suspira por poder acceder a las algarrobas conque alimentaban a la piara.

El hambre y la esclavitud son consecuencias directas del pecado, del egoísmo.

Y el heredero, perdida su parte, hambriento y en harapos, sometido a la esclavitud y al destrato, añora volver junto a su Padre. Se sabe indigno de regresar a la misma condición previa a su partida; aún así, quiere volver y trabajar como jornalero de su Padre. Allí no le faltará el sustento y será reconocida su existencia, al menos como trabajador.
En su dolor y en el agobio de su vida, decide el regreso: hasta medita las palabras con las que se presentará ante su Padre e implorará su perdón.
Y se pone en camino.

Pero el Padre, cargando en su corazón la tristeza por el hijo perdido, no se daba por vencido. Esperaba afanosamente su regreso. Por eso, corre a su encuentro pues desde lejos lo vé venir por el camino. Lo abraza y lo besa con efusión.
El hijo intenta decir todo lo que había pensado anteriormente, pero el Padre no quiere escucharlo, lo interrumpe.
Su hijo no será esclavo, ni perecerá de hambre: ¡ha vuelto a casa!.
No es un gozo personal, es una alegría tan grande que se comunica: por eso, el regreso se celebra con vestidos nuevos y con un banquete espléndido al que se invita a todos los jornaleros.
Ha culminado el extravío del hijo perdido, ha finalizado la tristeza, es tiempo de alegría y abrazos.

Y a esta celebración del regreso no debe faltar nadie; tampoco el otro heredero, el hijo mayor que siempre había cumplido con lo mandado por su Padre.
Y llegan las quejas y el enojo desde fuera de la casa: el hijo mayor siempre ha sido cumplidor de las normas, y nunca se ha festejado nada por eso. Su irritación lo vuelve juez de su Padre y de su hermano, a tal punto de desconocerlo: -ese hijo tuyo- menta a su hermano.
Se ha atenido rigurosamente a las reglas y órdenes, pero nunca estuvo cerca del corazón de su Padre: si hubiera sido así, hubiera compartido su tristeza y bebido alegremente el cáliz de su alegría.

Pero el Padre ama a sus hijos, y no debe faltar ninguno: por eso es que sale a la puerta a buscarlo, a pesar de sus protestas, a pesar de su juicio, a pesar de su desprecio.

No hay modo: ningún heredero ha de desconocer al otro, ningún hermano ha de excluír al otro.

Pues la herencia -y el testamento - cobran sentido cuando todos, mayores y menores, grandes y pequeños, celebran la vida junto al Padre.

No nos son ajenas ni desconocidas la vida del hijo menor ni la del mayor.
Nos hemos disipado y perdido -tantas veces- y sin embargo el Padre está allí, en su ventana, esperando nuestro regreso para abrazarnos apenas nos vea, sin necesidad de decir demasiadas cosas.
Y también, como el mayor, somos juiciosos respecto de quien regresa y se convierte: molesta nuestra soberbia y descalabra nuestro egoísmo la conversión de quien, a veces, consideramos réprobos.

Quiera Dios hacernos comprender que cuando los herederos se pelean por la herencia, un atronar de ruidos malsanos nos impide oír y escuchar. Más si los herederos se comprenden y se aceptan, surge la armonía indestructible de una sinfonía.

Esa sinfonía es la canción de la Misericordia de Dios, que espera ansioso nuestro regreso)

Paz y Bien





4 comentarios:

Teresa dijo...

Gracias por el preciosa reflexión que haces de la Parábola del Hijo Pródigo. Es una parábola que conmueve. Todos podemos vernos reflejados tanto en el hijo pródigo como en el hijo mayor. ¡Cuántas veces hemos regresado al Padre cabizbajos y avergonzados!... y también ¡cuántas veces nos hemos creído con más derecho a los favores de Dios que un Hermano nuestro y nos hemos erigido en su juez!. Es un parábola para reflexionar e interiorizar. Muchas gracias por acercárnosla. Un abrazo.

Monja de Clausura Orden de Predicadores dijo...

Esta parábola del Hijo pródigo, cada vez que la tratamos en comunidad, les damos a los tres un cierto progagonismo.El Padre«MIsericordioso, el hijo mayor «El fiel y el egoísta celoso de su hermano» y por último el hijo pequeño«Inteligente y calculador»Se prepara un buen discurso praa pedir perdón a su padre y volver a comer caliente y no como los cerdos que cuida..Son los ejemplos cotidianos de la vida, la envidia,el vivir de la renta de los papás y por último, el perdon del Padre de parar sus hijos. El padre es un instrumento clave para mostrarnos la paciencia que tiene Dios con nosotros.
Sor.Cecilia Copdina Masachs O.P

rgr dijo...

Bienvenida, Teresa! y muchas gracias por tu presencia y tus palabras.
Quizás siempre se trata de regresar de donde nunca debemos irnos, sea como el hijo avergonzado por la pérdida o como el hijo juez de sus hermanos.
A todos Él nos espera.
Que tengas una Cuaresma plena y fructífera junto a los tuyos.
Un abrazo fraterno en Cristo y María.
Paz y Bien
Ricardo

rgr dijo...

Mi querida sor Cecilia, usted ha señalado la raíz de esta parábola -y de nuestras vidas, claro está-: la paciencia de ese Dios Misericordioso que siempre espera nuestro regreso, esa paciencia infinita que tiene para con cada uno de nosotros.
Reciba un afectuoso saludo en Cristo y María, y mi pequeña oración por usted y su comunidad.
Paz y Bien
Ricardo

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