Desde las llagas y las heridas


Segundo Domingo de Pascua
Dominica in Albis - Domingo de la Divina Misericordia

Para el día de hoy (11/04/10)
Evangelio según San Juan 20, 19-31

(El Resucitado se hace presente a los discípulos en un momento concreto, en la vida real, cotidiana.
La Palabra en este aspecto -y en todos, claro está- es diáfana, tan blanca como este Domingo después de Pascua: los discípulos se encontraban reunidos con las puertas fuertemente cerradas por el temor de lo que podría sucederles.
No se encontraban en el Templo; no estaban de misión, no caminaban prodigando signos de curación, no estaban partiendo el pan, no estaban orando.

Estaban encerrados por el miedo, y allí, justamente allí, el Señor se aparece, se hace presente.

Quizás sea tiempo de preguntarse si no debemos descubrir al Dios Viviente, al Resucitado en los hechos de todos los días, en la cotidianeidad antes que en lo que entendemos como puramente religiosos... Quizás sea porque Él quiere que transformemos la totalidad de nuestras vidas, y no un aspecto puntual, el religioso, el cultual.

Y a no caerse: cuando campea el miedo y paraliza el temor, como si fuera de la nada, viene Él, el mismo que murió y lleva las marcas del dolor, las huellas de la Pasión y que ahora vive.
Su Palabra despeja cualquier nube que nos amenace con robarnos el sol: -¡La paz esté con ustedes!-. Y es la primacía de su auxilio la que llega, aún antes que supliquemos ayuda.
Su auxilio viene, está en movimiento por iniciativa de su corazón infinito, gratuitamente, Gracia pura.

Y sopla su Espíritu, y envía a sus discípulos como Él mismo fué enviado.
Él es el primer apóstol, Enviado de Abbá Padre suyo y nuestro.
No les habla puntualmente a los Once, sino a los discípulos, a Pedro, Santiago, Juan, a vos, a , a ella, a él, a mí, a todos nosotros.

La misión es de Salvación, el camino es ofrecer y regalar el perdón.
El mundo ofrece numerosas y productivas versiones de la Ley del Talión, habla de separación, de odios, de rencores mantenidos ad infinitum.
Y nosotros somos enviados en misión de Reconciliación, misión de cura y esperanza, Buena Noticia de sanación y liberación plena.

La misión es pascual: es llevar el mensaje de un Dios hecho uno de nosotros, muerto en la cruz, con laceraciones a la vista, pero Resucitado.
Misión que renueva la esperanza en un mundo que conoce demasiado bien la muerte y el dolor.

Ese día que Jesús se apareció, Tomás no estaba allí.
Cuando los otros le cuentan lo sucedido, se niega a creer en que su Maestro está de vuelta, ¡vivo!, hasta no tocar sus llagas y sus heridas.

Habría que detenerse aquí un momento: hay una tendencia no demasiado agradable que tiende a defenestrar o censurar la actitud de Tomás.
Mirémoslo desde otro lado: Tomás creía, Tomás había dejado todo por ir con Jesús, Tomás había visto sufrir y morir al Maestro a quien amaba.
Seguramente tenía una que hacía pié en su amor, pero era una que precisaba madurar; sin embargo, no se conforma con la "idea" de un Señor Viviente que sea distinto del que él mismo vió ser torturado y morir.
Tenaz y tozudamente, se mantiene en sus trece una semana entera, posiblemente resistiendo las recriminaciones de los Once.

Y viene el Señor, y no reconviene ni critica.
Muestra sus llagas, los orificios de sus manos, la herida de la lanza e invita a Tomás a tocarlo... Y Tomás deja quietos sus dedos, y confiesa de modo conmovedor en su contundencia: -¡Señor mío y Dios mío!-.

Probablemente no haya en las Escrituras una confesión de tan expresa y raigal.
¡El Crucificado es el Resucitado!

Es misión también, y es llamado de atención para cuando cerramos las puertas de esta comunidad, familia que llamamos Iglesia.
Ninguna puerta detiene la presencia del Señor.
Y con Tomás, impulsados por el Espíritu, descubrimos al Crucificado vivo, a Jesús Resucitado... al ver las llagas y heridas de nuestros hermanos caídos a la vera del camino, tirados en la noche de la desesperanza, sometidos en la esclavitud de palabras de muerte.
Perder la capacidad de ver esas llagas y heridas es no poder descubrir a nuesto Cristo muerto y Resucitado para la Salvación de toda la humanidad.
Más aún: no ver las llagas y las heridas del hermano es renunciar expresamente a ser testigos del Resucitado.
Son muchos, muchísimos, hay vastos calvarios llenos de hermanos crucificados a los que no les ha llegado la gran Noticia de la Resurrección.
Hay que dar aviso del perdón y la Gracia, nada ni nadie debe quedar sin saber que la muerte no tiene la última palabra.
La Palabra vive, y esa Palabra se expresa a menudo en el silencio de una vida entregada por el bien de los otros, el Pan Santo cuerpo de Jesús que se comparte para que tampoco haya panzas vacías ni almas macilentas.

Es año de Gracia y Misericordia.
Gracia, pues nada se pide a cambio, es pura donación y acción de amor.
Misericordia, pues hay que poner el corazón en las miserias del que sufre, identificarse totalmente con el oprimido, desde las situaciones de la vida diaria.

Amar como ama Jesús, el Resucitado que trae la paz y el perdón a nuestras almas temerosas y lastimadas).

Paz y Bien

2 comentarios:

Edit Liliana Ciotti dijo...

Bendición hermano por tus palabras.
En comunión con tus meditaciones.
Comencemos a caminar en Gracia y Misericordia, como fieles testigos del Señor
Un abrazo en Cristo.

rgr dijo...

Gracias Edit por la generosidad de tus palabras.
Sigamos peregrinos en su huella, sabiendo que el Maestro es el fiel por siempre, que El cree en nosotros!
Un abrazo fraterno en Cristo y María
Paz y Bien
Ricardo

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