Responsabilidad









Para el día de hoy (30/09/16):  

Evangelio según San Lucas 10, 13-16




Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm eran ciudades bien conocidas por Jesús de Nazareth: todas ellas galileas, fueron objeto de sus desvelos, de su esfuerzo misionero, de su cercanía. En ellas realizó una multiplicidad de signos, se acercó a todos -especialmente a los dolientes-, llegando a instalarse en la misma Cafarnaúm, en la casa familiar de Pedro y Andrés, en una suerte de centro de su ministerio mayor incluso que su Nazareth natal.
En esas ciudades, especialmente en Corozaín y Betsaida, había escuelas rabínicas que a su vez eran reconocidos de estudios religiosos: a pesar de todo ello, en Cristo sólo hallaban a un revoltoso, a un rabbí pobre e irrelevante sin pergaminos o, en el mejor de los casos, al hijo del carpintero.

Aún así, y a pesar del duro lenguaje con el que el Maestro se expresa, no nos encontramos frente a una promesa de inminentes y terribles castigos sino más bien frente a las consecuencias necesarias frente a la ceguera, frente a la negación de lo que prevalece, de lo que no perece, de las cosas de Dios plenamente reconocibles en el actuar de Jesucristo.
En cambio de gratitud solemos desbordar apatía, soberbia y una pertinaz tozudez de aferrarnos a una vida sumergida, sin conversión.

El paso liberador de Dios por la existencia, paso bondadoso, generoso e incondicional implica que hemos sido elegidos como hijos, con amor de Padre, sin contar los méritos acumulados, pero también supone una responsabilidad, la responsabilidad de actuar de acuerdo a ello, con alegría, con entusiasmo, con la gratitud de quien, a pesar de todos los enormes problemas, descubre en cada amanecer una bendición.

Paz y Bien

La otra historia








Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Para el día de hoy (29/09/16):  

Evangelio según San Juan 1, 47-51




Vivimos en un mundo donde tiene una altísima preponderancia la imagen, mundos inexistentes a los que las personas deben adecuarse y de las cuales se vive pendiente. Tal vez allí esté la impronta de los medios que han dejado de ser tales para convertirse en fines en sí mismos.

Pero por la fé sabemos que hay otra realidad, otra historia que supera el imperio de lo sensorial y las capas de ficciones varias.
Revelación, precisamente, implica quitar los velos a lo que normalmente se pasa por alto o no se puede ver, y Cristo nos ha revelado el rostro de un Dios que es Padre y que jamás se desentiende de la vida de sus hijos, un Dios totalmente implicado en la historia humana, tejiendo en este tiempo santo y propicio -kairós-, tiempo santo de Dios y el hombre, la eternidad en la cotidianeidad.

Los ángeles vienen a recordarnos esa dimensión trascendente de la historia, que está allí viva y palpitante aún cuando no querramos verla, aún cuando imbuídos por la locura cotidiana la pasemos por alto. Más aún, en el lenguaje bíblico la aparición de un ángel implica la acción y presencia de Dios.

Por eso la devoción a los santos ángeles es un humilde y afectuoso homenaje y memorial a esa realidad trascendente, a esa historia infinita de cielos abiertos, de puente con el Padre. En cada ser humano hay un reflejo de esa historia, una dimensión divina que es preciso cultivar con paciencia, cuidarla con amor, trabajarla con dedicación.

Quién como Dios! Dios es nuestra fuerza, Dios nos cura de todos los pecados.






El infinito, la eternidad, están aquí y ahora fecundando toda esperanza.


Paz y Bien





Abriendo surcos








Para el día de hoy (28/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 57-62





A menudo nos encontramos en los Evangelios con expresiones muy duras, quizás ajenas a cierta visión edulcorada que nos hacemos de Cristo. Pero esas expresiones tienen un origen y un motivo, nada es casual, siempre hay una causalidad aunque no pueda advertirse de antemano. La literalidad es un espanto y es estéril.

Este lenguaje paradojal, tal como nos presenta la liturgia del día se ubica en las modalidades propias de la época, de un tiempo en donde la enseñanza era, preponderantemente, de carácter oral. De allí que uno de los mejores modos de recordar tales enseñanzas era ése, es decir, presentar posturas extremas que no se pudieran pasar por alto con facilidad.
Pero hay más, siempre hay más, y es la imperiosa necesidad del Maestro de enseñar a sus discípulos de todos los tiempos la radicalidad del Evangelio, su asombrosa dinámica. Y muy especialmente, que esos caminos en nada tienen que ver con los caminos del mundo.

Para vivir el Evangelio es menester abandonar todas las madrigueras y cuevas de confort y cálculo. Es preciso saber ser zorro -astuto- y capaz de volar como un pájaro, a la vista plena del sol de Dios, confiados en su bondad que nunca nos abandona.

Para vivir el Evangelio hay que romper de una vez y para siempre con la muerte. El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios de vivos, que no de muertos, y esa ruptura con el padre muerto e insepulto tal vez exprese todo lo viejo que no trasciende, lo viejo que detiene, lo viejo de agrieta almas y fidelidades antes que un vulnerar el amor al padre real.

Para vivir el Evangelio es preciso no mirar atrás, dejar que la historia sea eso mismo, es decir, historia y pasado, pues el presente es lo que cuenta y se edifica con la misericordia de Dios. Las manos en el arado y la vista puesta atrás sólo produce una siembra inútil, pues los surcos van torcidos.

Hay que abrir, con el auxilio de la Gracia, nuevos surcos, todos los días y cada día, para que florezca entre nosotros y en todo el mundo los frutos santos del Evangelio.

Paz y Bien

Fuego del cielo








Para el día de hoy (27/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 51-56




Es imprescindible ir más allá de la pura letra. Todo texto tiene niveles de profundidad, y los Evangelios son como un mar infinito, sin orillas.
Desde esa perspectiva, la contemplación el Evangelio de Lucas expresa mucho más que un desplazamiento geográfico de Jesús de Nazareth desde la periferia galilea hacia el centro jerosolimitano: ese camino es un ascenso hacia la cruz, hacia la realización plena de su misión en fidelidad y en amor a Dios, libre absoluto y sin condicionamientos ni miedos.

Galilea se ubica al norte de Tierra Santa, mientras que Jerusalem está en el centro. La ruta razonable atraviesa Samaría por el medio, toda vez que las alternativas son la peligrosa orilla este del Jordán o la ruta marítima, mucho más extensas. El paso por Samaría es una cuestión razonable y práctica, pero expresa también que los caminos de la Buena Noticia no se cierran a nadie, que la Salvación se ofrece -incondicional- a todos los pueblos sin distinción.


Los samaritanos mantenían un odio acérrimo y recíproco con los judíos, pues ellos se consideraban auténticos cultores de la Torah y devotos de su Dios en el monte Garizim, mientras que para los judíos los samaritanos eran unos apóstatas, impuros despreciables que, varios siglos atrás, se habían contaminado con extranjeros y habían vulnerado la verdadera fé de Israel edificando un propio templo fuera de Jerusalem. Ese odio se mantenía con el correr de los siglos, llegando a acciones violentas en varias ocasiones. 
Desde esa perspectiva tal vez se comprenda mejor la importancia de la parábola del Buen Samaritano; en el caso que hoy nos ocupa, nos refleja también una de las causas de la reacción de algunos discípulos.

El Maestro envía mensajeros delante de Él, quizás en tren de preparar alojamiento temporal para la travesía, aunque se trate en un plano más profundo de la misma misión cristiana al modo del Bautista, precursores que allanen los caminos para el Cristo que llega.
Pero esos enviados no llevan a Cristo en su corazón, y sí a sus viejos esquemas e ideología. Probablemente han informado a esos samaritanos que por allí pasaría el renombrado rabbí galileo que se encaminaba a Jerusalem a restaurar la corona y la gloria perdidas de Israel. No hay verdad en ello, sólo una torpe afrenta que reaviva antiguos rencores nacionalistas y religiosos, y por ello no le reciben en esa aldea samaritana.

La reacción de Juan y Santiago -Jacobo- es brutal. Son hombres de caracteres fuertes y apasionados que se dejan ganar por la ponzoña del fundamentalismo, el escaso horizonte en donde no hay lugar para el distinto, para el otro, sólo para el par. Esos deseos punitivos de exterminio son llamativamente actuales, las ganas de aplastar al consierado indigno, execrable, y arrogarse venganzas en nombre de un Dios que es Padre y que es amor. La imagen de un fuego arrasador que desciende del cielo y demuele a sus enemigos refiere a una tradición del profeta Elías.

La reprimenda del Maestro no es sólo un reto que cuestiona sus posturas: tiene el mismo tenor y énfasis con el que Él expulsaba los demonios que menoscababan las mentes y las vidas de tantos.

Porque frente a la incomprensión y a las vendettas pendientes -que se encienden con facilidad-, es menester sí, pedir fuego del cielo, más no un fuego de castigo y violencia, sino el fuego del Espíritu que se expresa en humilde servicio, en la paciencia que se encarna -la ciencia de la paz-, en la capacidad de descubrir en el otro, aún en el enemigo, a otro hijo de Dios ante el cual se hace presente también el convite mayor a la Salvación.

Paz y Bien 

Iglesia servidora







Para el día de hoy (26/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 46-50


La escena que nos presenta el Evangelio para este día se repite en varias diferentes ocasiones: los discípulos solían embarcarse en discusiones y dialécticas que determinaran preeminencias, jerarquías de dominio y poder, ambiciones que son harto razonables en los parámetros mundanos pero que nada tienen que ver con la Buena Noticia. Ellos seguían sin entender, y es indicio de la persistencia de viejos esquemas y de que aún no han realizado su Pascua; en esas actitudes se puede entrever su deserción frente a la cruz, porque acompañaban a Jesús de Nazareth por los caminos de su ministerio pero en verdad no estaban con Él. 
Tenían pendiente, al igual que todos, una profunda conversión.

En aquellos tiempos tanto por criterios religiosos como culturales, un niño era considerado un hombre incompleto, cuyos derechos -relativos- radicaban en los de sus padres. Varios escalones por debajo de un ser humano pleno, dependía en todo de los demás, y tal vez por ese mismo criterio a un niño no se le tiene en cuenta, se le deja de lado y se le aparta de toda cuestión importante como quien espanta a una molestia.

Por ello mismo, el Maestro quiere devolverle a los suyos el centro, el foco que han perdido. La infancia y la ternura son, claro está, valores a proteger y a tener siempre presentes: más en este caso, Cristo se refiere al niño en cuanto al débil, al que en todo depende de otros, al indefenso, al que no cuenta para nadie. 
Se trata entonces de poner a los niños y a los que son como ellos como centro de los afanes de los discípulos, la Iglesia, y su valor se acuna en las honduras del corazón sagrado de Dios. Una Iglesia que no rutila por el valor relativo de sus integrantes sino por el servicio humilde que brinda a todos los descartados por el mundo, una Iglesia que no se encierra en sus reglamentos ni bloquea las puertas a los que no aducen pertenencias, sino que sale con empeño al encuentro de los necesitados, una Iglesia felizmente desertora de ventajas y poderes que en el nombre de Cristo y por Él sirve y consuela en silencio, con la tenacidad del amor, una Iglesia rica en misericordia como el Padre.

Iglesia discípula  porque escucha con atención la Palabra y la pone en práctica, Iglesia pobre con el corazón en Cristo y en los hermanos más pequeños, Iglesia servidora del Evangelio pero nunca su propietaria, y que sabe reconocer y agradecer cuando destellan los valores de la Buena Noticia en los hermanos de otras confesiones, frutos santos del amor de Dios.

Paz y Bien

Abismos










26° Domingo durante el año
 
Para el día de hoy (25/09/16):  

Evangelio según San Lucas 16, 19-31




Suelen ser habituales las interpretaciones de la Palabra que se traducen en predicación y catequesis que se des-encarna, que refiere siempre al más allá en tono de moralina punitiva. Quizás haya alguna tinción abstracta, quizás una tendencia a ideologizar -con cualquier signo- lo que trasciende. Pareciera que el Reino de Dios del cual suplicamos su venida se convirtiera en una cuestión post mortem.
Pero el Reino de Cristo no es de este mundo, y a su vez señala que otro mundo y otro tiempo son posibles, imperiosos, amados por Dios para todas sus hijas e hijos. 
Por estos arrabales florecen los umbrales del cielo.

El contraste entre el rico que banquetea indolente y el pobre Lázaro que languidece a su puerta no puede ser mayor. 
El rico se viste de lino finísimo y púrpura, lo cual no es sólo indicio de riqueza sino de posición social relevante. No cuadra en los estereotipos usuales de los opresores brutos, de los avaros mezquinos o de los explotadores miserables; por el contrario, ofrece a diario espléndidos banquetes, una tácita sugerencia de que tira la casa por la ventana.
Lázaro, por el contrario, tiene por vestido las llagas que lo cubren. Los perros que lo lamen, en la cultura del siglo I representan lo impuro total, por lo cual hay allí un símbolo de miseria extrema, a tal punto que Lázaro ansía saciarse de lo que cae de la mesa del hombre opulento, quizás de la miga de pan que solía usarse para quitar la grasa de los dedos luego de probar variados manjares con carnes varias.  Sin demasiados ambages, Lázaro sólo tiene por horizonte comer residuos, basura.

Entre el rico y Lázaro hay apenas unos pasos, está al otro lado de la puerta, pero en realidad hay un abismo entre ambos, un abismo mortal producto del acostumbrarse a la miseria ajena como parte normal del paisaje, un aniquilar al prójimo permitiéndo existencias llagadas a todas las puertas, la indiferencia frente a las necesidades del otro que, muy probablemente, sean causadas por esa opulencia que disfrutan unos pocos en detrimento de tantos Lázaros del más acá. Mundos terribles en donde se razona la pobreza impuesta y se justifica la exclusión. Dios nos libre de los razonadores de miserias y de todos los indiferentes, porque solemos acomodarnos por allí.

El Maestro nos enseña con tenacidad a acumular tesoros allí donde perduran, tesoros en el cielo que no perecen, extraños tesoros que se multiplican en tanto se brinden sin condiciones.
El rico de la parábola no tiene futuro -cielo- ni destino pues se ha consumido en banquetes estrechos que nada tienen de ágape, y por eso es desaprensiva su búsqueda de misericordia y compasión postreras, pues las ha negado en el tiempo terrenal, sordo a clamores de piedad y justicia tan cercanos.
Los hijos de Abraham se identifican por su práctica fiel de la Ley, es decir, del amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. 
Los hijos de Dios, porque aman a Dios en el hermano, especialmente en el débil, el pequeño, el olvidado, el descartado.

Tantos hermanos languideciendo la ausencia injusta del pan, del pan del sustento y del pan de la Palabra, obligados con infame torpeza a una resignación que es opuesta totalmente al Evangelio y al corazón sagrado de Cristo.

Justicia y esperanza son frutos santos de la caridad, y han de florecer en el aquí y el ahora para mayor gloria de Dios.

Paz y Bien


Nuestra Señora de la Liberación








Nuestra Señora de la Merced

Para el día de hoy (24/09/16):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27 



Madre y hermana, amiga y discípula. Al pié de la cruz, demolida de dolor, permanece firme y fiel aún cuando todos se han ido, despeinados de miedo, fragores del temor.
El vino de Jesús es el vino de María. El cáliz del Hijo es también copa que la Madre no elude, como tampoco escapa a todos los tragos amargos de todos los hijos.

Allí, firme junto al árbol santo de los dos maderos expresa en silencio su frondosa pobreza que es -en la ilógica del Reino- la inmensa riqueza de la Gracia. Esa mujer no tiene casa propia, su hogar estará allí en donde los hermanos del Hijo, sus otros hijos, la reciban con afecto y corazón creciente.

La ofrenda absoluta de Cristo en la cruz, su muerte como un criminal abyecto y peligroso, sindicado como un maldito, es también el amor mayor de un Dios que nada se reserva para sí, que todo lo entrega para el bien de los hijos. La muerte de Cristo en la cruz es una afirmación rotunda del corazón sagrado de Dios por la vida, y la vida en abundancia.

Como el Padre que nada se reserva, el Hijo tampoco. Muriéndose, brinda a sus hermanos lo último que le queda, su Madre, para que sea Madre de todos en la fé, en la esperanza, en el amor.

Ella lo sabía bien. El Dios que la amaba sin medidas, el Dios Abbá de su Hijo, el Dios de sus mayores es el Dios magnífico que nunca es imparcial, que inclina su rostro bondadoso hacia los pequeños, su corazón infinito hacia los pobres, su brazo fuerte al rescate de los cautivos y los humildes. Y que derriba a los poderosos de sus tronos.
Un Dios que en el Hijo celebra la vida y la libertad.

Líbranos, Madre, de la mano cruel de los violentos, y de la mano cuidada de los opresores de guante blanco.
Que nunca se nos agoten las ganas de escuchar esa música fabulosa de las cadenas que se rompen.
Que bebamos el vino de tu Hijo, y brindemos con todos los hijos en la mesa fraterna del Reino, especialmente con los hermanos en los que perduran las sombras de tantas cautividades nuevas y viejas.

Ayudanos a ser dignos hijos tuyos y hermanos del Maestro, firmes en la esperanza, tenaces buscadores de la libertad, humildes edificadores de la paz, hambrientos a perpetuidad de toda justicia, pues no vamos solos, pues somos todos felices hijos de tu merced que nos ampara, nos consuela y nos restaura.

¡Salve, Madre de Dios!

Paz y Bien



La gran pregunta









San Pío de Pietrelcina, prebítero

Para el día de hoy (23/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 18-22 




En el día de ayer contemplábamos en el Evangelio del día el creciente interés de Herodes Antipas en la figura de Jesús de Nazareth, y los interrogantes que también se suscitaban en las gentes. Que era el Bautista que regresaba, que Elías, que uno de los antiguos profetas, todos filtros que remitían a preconceptos pero, por sobre todo, al pasado: en la persona de Cristo acontece la novedad absoluta del Reino y el amor de Dios, que no pueden acotarse con criterios menores o mezquinos. De ese modo Cristo se volvía un desconocido al que le ponían diversos rótulos.

Hoy es momento propicio para que los discípulos respondan la gran pregunta, quién es Jesús para todos y cada uno de ellos.
Pedro habla en nombre de los Doce, y no sólo es el portavoz. Asoma, tal vez sin saberlo plenamente, su vocación y misión de ser la roca en donde se confirme la fé de sus hermanos. Pero en Pedro como en los demás prevalecen las viejas ideas a pesar de los caminos compartidos y las enseñanzas recibidas.
Pedro intuye que en el Maestro está la mano de Dios, pero lo identifica como el Mesías de nacionalismo judío, que añoraba a quien vendría a restaurar la gloria y el poder de Israel por sobre todos sus enemigos.

De allí la llamada imperiosa del Maestro a callar, a no anunciar eso al pueblo. El Cristo que aún deben conocer y re-conocer es el Cristo que sufre, esclavo de todos, servidor fiel que cambiará de una vez y para siempre las fronteras inmóviles de la muerte. Por el amor mayor ofrecido en la cruz, por su resurrección, la muerte no tendrá la última palabra, la vida prevalecerá eternamente.

La gran pregunta sea también un interrogante cotidiano para todos nosotros, abandonando todas las imágenes tergiversadas de un Mesías conveniente, light, haciendo nuestra Pascua hacia el Cristo de la cruz, el Cristo resucitado de nuestra salvación.

Paz y Bien  

Cristo desconocido








Para el día de hoy (22/09/16):  

Evangelio según San Lucas 9, 7-9




La curiosidad que despertaba el ministerio de Jesús de Nazareth - sus palabras y sus acciones- influía sobre una multiplicidad creciente de personas. Entre ellos, como lo destaca el Evangelio para este día, la inquietud de Herodes Antipas.
Esta inquietud es ominosa: no tiene nada de inocente ni posee intenciones veraces u honradas. Quizás haya en su carácter cierta superstición subyacente, más en sí se trata de cuestiones de poder puro en donde no hay espacios para la ética, la pura praxis sin un carácter rector y trascendente. Él había ordenado la ejecución del Bautista, y el surgimiento del rabbí nazareno, su influencia creciente sobre el pueblo, implicaba también un peligro, una amenaza que quizás no termine de identificar pero una amenaza al fin. Y los poderosos aplastan a las amenazas, aún cuando suponga la muerte de un inocente, y es otro indicio de lo que acontecerá en la Pasión.

Algunos sostenían que el Maestro era el Bautista redivivo, expresando en voz alta la carga de conciencia del homicidio y algo de temor a una venganza. Otros, que Jesús era Elías, que regresaba para restaurar a Israel. Finalmente, otros afirmaban que se trataba de uno de los antiguos profetas que había resucitado.
Todos ellos, aún aquellos que lo hacían desde la perspectiva del poder, no lo conocían. Ante ellos hay un Cristo desconocido aunque lo puedan ver y escuchar, pues siguen intentando que encaje en los viejos moldes de sus prejuicios.

Grave problema. No más viejos moldes, pues la novedad de Cristo y el Reino es absoluta, y no se deja demarcar por todos los escasos parámetros que se pretendan imponer.

Cristo era un desconocido y aún lo sigue siendo. Porque sólo se le conoce desde la fé, don y misterio, puente de encuentro de la Salvación y el amor de Dios.

Paz y Bien

Seguimiento









San Mateo, apóstol y evangelista

Para el día de hoy (21/09/16):  

Evangelio según San Mateo 9, 9-13



Ser un publicano, en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth en Tierra Santa no era cosa fácil. 
Los publicanos eran los funcionarios que recaudaban los tributos debidos al ocupante romano; Roma castigaba con la pena capital a los evasores, pues entendía el no pago de impuestos como un acto sedicioso que, por ello mismo, debía ser rápidamente reprimido con violencia. Pero los publicanos, a su vez, solían aprovechar de su posición de recaudador -apoyados por la fuerza militar- para prácticas extorsivas y corruptas en su propio beneficio.
Por colaboradores de opresor imperial y por extorsionadores, eran odiados en fiero silencio por todo el pueblo, traidores y corruptos. Pero para las autoridades religiosas, a causa de las estrictas normas de pureza ritual, los publicanos estaban imposibilitados de participar del culto y la vida religiosa de Israel por su estrecho contacto con monedas extrañas y su trato habitual con extranjeros.

Impuros rituales y execrables vecinos, estaban encasillados en un ostracismo perpetuo. Aún así, y a pesar de todo el daño que conferían -especialmente a los más pobres-, sus prácticas usuales los iban encerrando en su propia miseria. El corrupto, que dispensa muerte y miseria, muere en su alma sin destino.

Nadie en su sano juicio invitaría a un publicano a su casa, y menos se sentaría a la misma mesa a compartir pan y vino. Lejos los miserables, fuera de aquí.

Por todo ese entorno tan rígido y contundente, la llamada e invitación del Maestro al publicano Leví/Mateo no deja de sorprender. Expresa el tenor primordial de la misión de Cristo, que es el rescate de los perdidos, la sanación de los enfermos, la recuperación de los que se han extraviado, aún cuando todo indique que no más, que es suficiente, que no hay solución posible.
Expresa también que para el Dios de Jesús de Nazareth no cuenta tanto lo que se haya hecho en el pasado, sino la posibilidad de transformar el presente junto a Él y, con Él, soñar un futuro cuyos cimientos, con paciencia y esfuerzo, se establecen hoy mismo.

Seguimiento, y por tanto fé, no es la adhesión doctrinal ni la pertenencia grupal o institucional sino seguir los pasos de Aquél que ha salido a buscarnos y que nos encuentra en nuestra cotidianeidad, para que las mesas de los tributos, de las miserias, de los dolores se transformen en mesas de hermanos en donde se comparta y celebre la vida.

Paz y Bien

Parentezco espiritual












Para el día de hoy (20/09/16):  

Evangelio según San Lucas 8, 19-21





La escena que nos presenta el Evangelio para este día la podemos hallar también en el texto de Marcos, aunque quizás el planteo de Lucas implique una delicadeza frente a una dura situación que debía afrontar el Maestro, y que era precisamente su situación frente a sus familiares.
Hemos de tener en cuenta el rol preponderante de la familia amplia -el clan, la tribu- tenía en los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth como guardianes de las tradiciones, protección de la identidad judía y refugio frente a las catástrofes posibles de la vida. Todo hubiera permanecido en aguas tranquilas y sin colapsos: sin embargo, a los treinta años ese hombre pobre y nazareno renuncia a formar una familia, a una esposa, a hijos y se larga a los caminos a enseñar cosas de Dios de una manera novedosa y sorprendente, juntándose a menudo con todos los descastados e impresentables de su tiempo, sanando a los enfermos, predicando a un Dios que es Padre y es amor.
Inevitablemente ello le llevó a un abierto conflicto con la dirigencia religiosa de su tiempo, a tal extremo que no podrá volver a enseñar en las sinagogas y será considerado un loco, un borracho, un endemoniado, un blasfemo irrecuperable, siendo esta última la acusación más seria pues, de confirmarse, conduciría al cadalso.

Por ello no es difícil imaginar el estupor de sus parientes, pues a ellos se refiere con exactitud la expresión semítica tu madre y tus hermanos. Ellos se hacen presente allí donde Cristo está rodeado de una multitud ávida de sus palabras para hacer cesar el escándalo que también acarrearía la ignominia a la veta familiar, para recuperar a ese Jesús que se ha extraviado y que de alguna manera está fuera de sus cabales.
Pero simbólicamente, implica también cierto conservadurismo peligroso que prefiere la dureza de lo conocido a los riesgos de toda novedad, el aferrarse a lo viejo con resignación abdicando de toda esperanza.

Con Cristo se ha inaugurado un tiempo nuevo y definitivo, en que los vínculos biológicos, culturales, sociales/nacionales y de índole similar -todos ellos valiosos e importantes- ceden el lugar a los vínculos trascendentes del espíritu: la plenitud humana -la felicidad- será para los que escuchan la Palabra de Dios con atención y la ponen en práctica, los que oyen y escuchan las enseñanzas del Verbo, encarnan la Buena Noticia y siguen sus pasos.

Más aún, se revela una dimensión asombrosa, y es la de un Dios que se ha llegado allí donde se resuelve cotidianamente esto que somos, un Dios que se hace pariente de toda la humanidad, pues la Madre -que es madre, hermana y discípula-, flor primera de la Gracia, ha inaugurado los nuevos tiempos de su nueva familia.

Paz y Bien

La luz del Evangelio







Para el día de hoy (19/09/16):  

Evangelio según San Lucas 8, 16.18




En los tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth, las horas útiles del día se extendían desde el alba al atardecer, de sol a sol. Fuera de ese horario de trabajo incesante, las familias se resguardaban en sus hogares; ahora bien, por lo general las casas familiares se componían de un monoambiente amplio que hacía las funciones de dormitorio familiar y también de sala de estar y de comedor, es decir, la vida familiar se acotaba a una habitación grande.
Pero también en ese tiempo el aceite que alimentaba las lámparas destinadas a iluminar era muy caro y las velas prácticamente inaccesibles para el común de las gentes -y usualmente se reservaban al culto-, por lo cual en cada hogar sólo había una lámpara que, al caer la tarde, se encendía y se colocaba en un saliente de la pared o en un estante ubicado a tal fin. Obviamente, desde allí la llama de la lámpara lo iluminaba todo.
A nadie se le ocurriría poner la lámpara bajo la cama o bajo un recipiente para no permanecer a oscuras y por lo valioso del aceite que ella tiene.

El Evangelio se nos ha concedido para que nuestras existencias se iluminen, para que la Palabra se encarne en nosotros a su debido tiempo, semilla paciente que germina y dá frutos. No es un arcano esotérico qie se reserva sólo a un séquito elitista en complicados rituales. 
El Evangelio es nuestra más valiosa herencia, luz que no ha de ocultarse, que ha de enarbolarse en lo alto, luz que disipe todas las tinieblas, que alcance a todas las naciones.

Nada se reserva, no hay sectores ni porciones inaccesibles. Nada ha de quedar oculto en el Evangelio, del mismo modo que Dios se ha brindado por entero, sin reservarse nada para sí, por nuestra salvación.
Esa luz que resplandece, claro está, no nos pertenece, pero es necesario elevarla.

Se eleva y expande desde la predicación, desde el ministerio y desde una vida que exprese la Gracia en lo cotidiano, Evangelios vivos que palpitan la gloria de Dios.

Paz y Bien

El dinero injusto








Domingo 25° durante el año

Para el día de hoy (18/09/16):  

Evangelio según San Lucas 16, 1-13




Las lecturas lineales -nunca está de más decirlo- carecen de profundidad y referencias, suelen ser torpes e inevitablemente conducen a los fundamentalismos de cualquier índole, que en nada tienen que ver con el Evangelio. 
En una época en que la corrupción de todo tipo nos ofende y lastima, pues corrupción es muerte, encontrarnos con el elogio que realiza el Maestro del administrador de la parábola puede llegar a ser desconcertante, especialmente por los tejes y manejes que éste realiza en momentos críticos para asegurarse su futuro, y por la sospecha de acciones turbias que sugiere su señor. Si eso sucede, alabado sea Dios. El Evangelio nunca es conveniente y lejos está de ser cómodo; la enseñanza de Jesús de Nazareth vá a contramano de los presupuestos mundanos para que descubramos cosas nuevas, para cambiar y que todo cambie.

Dejando de lado toda connotación ideológica -que, claro estaría nada mal- en todos los casos el dinero es injusto pues suele ocupar el lugar de Dios en señorío, devoción y seguridad, dios falso y voraz que desconoce hijos y genera esclavos en masa. Para el mundo el dinero parece ser sagrado, no así la vida humana. Para el mundo parece haber cosas inamovibles en los procesos económicos, cuando lo inalterable debería ser el bien del hombre y la justicia; es menester apagar por un momento el detector de populismos, y desde una cordial honestidad reconocer que la riqueza de algunos, necesariamente, es la causa de la miseria de muchos. Que el mercado es apenas una variable, y nó una liturgia a respetar a rajatablas. Que las vidas que se aniquilan son únicas e irremplazables, aún cuando las emociones banales de los razonadores de miserias intenten justificar lo injustificable y propalen miseria, hambre y desempleo.

Sólo Dios es el Señor, sólo el bien del hombre debe regir los procesos económicos y las planificaciones políticas.

El elogio hacia ese administrador de la parábola nos impulsa a ciertos criterios que solemos abandonar en pos de una religiosidad que suele olvidarse del Dios que se encarna y se hace hermano, vecino, Hijo querido, y que son la astucia, la creatividad, la inteligencia.

Sólo el amor de Dios es definitivo. Todo lo demás, cuando pierde su rumbo, puede y debe cambiarse, abriendo ámbitos espaciosos y claros de solidaridad y justicia, de fraternidad y comunión. Rumbear con decisión por otros senderos, por el camino de lo que prevalece, por una cotidianeidad que se engalana y perfuma con la Gracia de Dios.

Paz y Bien

Tierra que vive y palpita









Para el día de hoy (17/09/16):  

Evangelio según San Lucas 8, 4-15




La lectura para el día de hoy nos convoca desde dos perspectivas importantes que están intrínsecamente unidas y que manifiestan aspectos asombrosos.

Por un lado, el sembrador. De manera superficial parecería demasiado tonto, tal vez indolente en la desidia con la que siembra, porque el voleo de las semillas cae en cualquier lado. En terreno pedregoso, a ras del suelo, en todos lugares inconvenientes donde, es sabido, las semillas se desperdician.
Sin embargo, cuando la semilla cae en tierra fértil, germina y crece brinda frutos inconmensurables, imposibles de precalcular, un rinde maravilloso y único que no estaba en los planes de nadie.

Por otro lado, la tierra, la tierra fértil. Según la estructura literaria de la parábola y la enseñanza del Maestro la tierra no tiene una actitud pasiva. La tierra recibe a la semilla, la cobija en sus honduras, la alberga y protege de los peligros de las aves de rapiña, de un crecerse sin raíces, de un dispendio inútil de esfuerzos. 
Pero sólo luego de un cierto tiempo, de un tiempo paciente, propicio, necesario, se produce el milagro de los frutos desbordantes, nunca antes, nunca sin respetar la germinación.

En ambos casos no estaría de más que nos gane, por unos instantes, el estupor. No se habla de Dios, al menos no de manera expresa, y así la parábola plantea una urdimbre extraña de lo eterno en lo cotidiano, en las cosas más sencillas de la vida diaria, pues en principio se dirige a un grupo de oyentes que en gran medida son pescadores y campesinos, lo divino que se entreteje en las horas, la asombrosa dinámica de la Gracia cuando florece la existencia.

El sembrador siembra con un esfuerzo proporcional a su despreocupación, pero ese andar sin puntillosidad en la puntería tiene que ver más con la confianza absoluta en las bondades de la semilla antes que en la exactitud de sus esfuerzos, y por ello a pesar de las piedras, las aves negras, las espinas, la cizaña y las piedras sigue sin desmayos.

La tierra fértil somos todos y cada uno de nosotros. Tierra que vive y palpita, tierra que para dar frutos ha de conservar en sus profundidades la Palabra de Dios, dándole y dándose tiempo de germinación y crecimiento, pues habrá tiempo de frutos asombrosos, magníficos, escandalosamente abundantes.
Cuando sea el tiempo de la cosecha, allí se verá si hubo paciencia y tenaz esperanza en el cuidado de la mejor de las semillas.

Paz y Bien

Discípulas y seguidoras








Para el día de hoy (16/09/16):  

Evangelio según San Lucas 8, 1-3




Lo que debería ser, de suyo, una actitud habitual y cotidiana, resulta asombrosa, magnífica y hasta escandalosa en la persona de Jesús de Nazareth. Es que en aquellos tiempos o bien la mujer era apenas un objeto de deseo sexual y hasta una mercancía que se comercia, o bien estaba considerada en varios escalones por debajo del varón, sin derechos y sin respeto; en casos extremos, ciertas escuelas rabínicas declaraban la inutilidad y la torpeza de enseñar la Torah a una mujer.

Con la libertad que conoce de su Padre, con un corazón enorme, el Maestro atraviesa las duras fronteras de la religión y de las convenciones sociales. Él encontraba en ellas a hijas de Dios, hermanas suyas, la dignidad que resplandece en todos los seres humanos sin banales distinciones de género por el Dios que la confiere desde su amor de Padre.

Muchos trataban a Jesús de borracho y glotón, toda vez que gustaba compartir el pan y el vino con descastados, con impresentables, con aquellos que nadie invitaría a su mesa, y por eso no es improbable que se lo calificara como mujeriego pues trataba a la mujer con delicadeza y en un plano de igualdad con los discípulos varones.

La Gracia de Dios es cuestión de amores, no de género.

Entre muchas, la adúltera rescatada de las piedras. La viuda de Naím. La hemorroísa. Las hermanas Marta y María de Betania. María de Magdala. María, la mujer de Cleofás. Juana, esposa de Cusa.
El memorial de Lucas, haciendo presente sus nombres destaca esa identidad única, intransferible, valiosa.

Ellas supieron descubrir el paso salvador de Cristo por sus vidas. Ellas respondieron con amor y confianza el amor que se les había prodigado, la ternura y la lealtad que Cristo les brindaba a diario, y por su convocatoria y su amistad fueron tan discípulas y seguidoras como los Doce. Más aún, cuando aquellos hombres se espantan y esconden en las horas críticas de la Pasión, ellas permanecerán firmes, y serán María Magdalena evangelizadora de los apóstoles, primera testigo del Resucitado, privilegiada por amar y confiar.

Así como ofrecían de manera incondicional su corazón, ponían a disposición del Maestro sus bienes. El compromiso siempre es concreto, tangible, no se declama, se vive y se practica.

Ellas lo dejaron todo y le siguieron.

Paz y Bien

Estaba la Madre






Nuestra Señora de los Dolores

Para el día de hoy (15/09/16):  

Evangelio según San Juan 19, 25-27




Al pié de la cruz estaba la Madre, viendo como el Hijo se moría ante sus ojos, muriendo en soledad, abandonado por sus amigos, como un criminal despreciable, como un reo abyecto, como ejemplo cruel para amedrentar con ese terror a cualquier otro que quisiera seguir sus pasos.

Mucho más que antinatural, ninguna madre debería enterrar a un hijo. Menos de esa forma, menos bebiendo la hiel de la impotencia y el desprecio. 
Allí estaba su hijo en ciernes, en los caminos montañosos, en el encuentro con Isabel.
Allí estaba el bebé asombroso, el mismo que debió proteger por las arenas del desierto, huyendo del prepotente Herodes que le consideraba un enemigo peligroso.
Allí estaba el muchacho que asombraba a los doctores del Templo.
Allí estaba el joven rabbí que hablaba con autoridad, el Hijo que era también su Maestro, al que tantos consideraban un trastornado. El que se juntaba con los descastados, con los impresentables, con los que nadie sentaría a su mesa, el que hablaba de un Dios Abbá, del Reino y de la gracia que a ella misma había transformado.
Allí estaba el vino de Caná, el día caluroso y polvoriento de la visita del ángel, las miradas silenciosas que se decían todo pues se comprendían desde el amor, la bondad frondosa de José, allí estaban los ciegos que veían, los lisiados que caminaban, los sordos que oían, los cautivos libres. Todo eso estaba allí, en el Hijo que agonizaba y en las honduras de su corazón enorme.

Esa mujer no tiene casa. De niña, vivía con sus padres. Ya joven y casada, su casa era la de José de Nazareth. Tras la partida del Hijo, su hogar estará allí en donde los hijos la reciban, por ternura cotidiana, por cordial respuesta al pedido de Cristo, a su donación definitiva.

Dinos, Madre, cómo hacemos para seguir en pié. Cómo seguir fieles a pesar de dolor. Cómo mantener encendido el rescoldo de la esperanza a pesar de que la muerte parezca invadirnos.
Dinos Madre cómo seguir confiando, con todo y a pesar de todo y de todos, y que la ofrenda inmensa de tu Hijo traiga vida nueva a este mundo que parece florearse en la miseria y el dolor. Que su corazón traspasado vivifique a los hombres.
Y que en tus dolores, entre tus manos orantes, se mantengan encendidos los fuegos santos de nuestros corazones.

Paz y Bien



Elevados








Exaltación de la Santa Cruz

Para el día de hoy (14/09/16):  

Evangelio según San Juan 3, 13-17




La cruz es la señal cristiana por antonomasia, y al igual que todos los signos no importa tanto por sí misma sino por la realidad a la que apunta, señala, infiere.

Así, en tiempos del ministerio de Jesús de Nazareth la cruz es un escándalo y una maldición para la mentalidad judía y una locura para la gran mayoría de las gentes. Como eficaz y concienzudo método de ejecución del imperio romano, la cruz se reserva para los reos más abyectos, para los criminales marginales: al condenado se lo eleva al espanto de la cruz para que muera y para que su muerte sea una tenebrosa admonición a todo aquél que pretenda ir por el mismo camino.
Con el tiempo, se ha utilizado esa señal olvidando su significado primordial y a su vez implicó la identificación de una fé imperial, una fé que se impone, pero también una credencial abstracta, desencarnada, sin valor.

Cristo muere en la cruz fiel hasta el extremo a la voluntad del Padre: Verbo de Dios, Cristo en la cruz es la palabra definitiva de Dios que ama a sus hijos sin reservarse nada para sí. Por ese amor inclaudicable ha sido elevado por sobre toda la humanidad en su dolor y en su muerte en contradicción a toda lógica y a todos los poderosos de todos los tiempos. Amar y servir, esclavo de todos, servidor, Señor. 

La serpiente de Moisés se elevaba por sobre las cabezas del pueblo para que nadie muriera por la mordedura de la serpiente.
Cristo ha sido elevado en la cruz para que toda la humanidad viva, y viva en plenitud, gloria de Dios.

En esa cruz y por su entrega hasta al final también hemos sido elevados para que nadie más muera, para que no haya más crucificados, para decir con Él a todos los poderosos, a un mundo desbordante de injusticia, elevados desde el amor y el servicio, humildemente atrevidos a ser los últimos, los marginales, hermanos de los olvidados, llevando al hombro el dolor del prójimo en afanes de servicio y misericordia, la justicia y la salvación de Dios.

Paz y Bien

Dios nos visita







Para el día de hoy (13/09/16):  

Evangelio según San Lucas 7, 11-17




Una mujer en las sociedades semíticas coetáneas al ministerio de Jesús de Nazareth carecía de derechos, y ello quizás se destacaba en la sociedad judía. Siempre dependía del varón y de ese modo, de niña depende de su padre, de joven y madura depende del esposo y, en el caso de enviudar, depende el hijo varón mayor.
Esa dependencia implicaba la protección y el otorgamiento de ciertos derechos pero también la cobertura social y económica, de manera que la mujer ataba al varón su supervivencia.

La perícopa de hoy habla de eso: aunque coexistan varios elementos tácitos, podemos inferir que la mujer que refiere la lectura es absolutamente vulnerable y se encuentra frente a un abismo. En efecto, esta mujer es viuda y no hay señales de otros parientes que no sea su hijo único que ha fallecido; el cortejo de amigos que la acompaña en su luto es apenas un sucedáneo de familia, por lo cual hay un cadáver llevado al cementerio pero en verdad dos muertos, pues esa mujer está muerta en vida. Muerta de dolor y tristeza, muerta de abandono. 

Por allí pasa el Señor con sus amigos, y su paso es tal vez una humilde pascua silenciosa, el paso redentor de Dios por nuestras existencias. Él se compadece en la totalidad de su ser y en la plenitud del término, es decir, hace suyo el dolor y el sufrimiento del otro. 
Sin embargo, no se trata de un sentimiento pasajero, ni de una emoción banal que suscita nada más que algunas lágrimas. La compasión de Cristo es acción, y moviliza, sin importar las consecuencias, sin medir que los rígidos criterios de pureza ritual impedían tocar cadáveres o féretros, so pena de quedar excluido de la vida comunitaria.

La voz de Cristo que ordena ponerse en pié al joven muerto posee la feliz autoridad que desaloja a la muerte.
Hay un hijo redivivo pero dos resucitados y ello suscita temor entre el pueblo, un temor que no es miedoso sino reverencial, el santo temor de Dios, esas ganas de descalzarse el alma frente a la zarza ardiente del amor de Dios entre nosotros, Cristo.

Dios nos visita y la muerte retrocede. Dios nos visita con salvación que recrea, restaura, levanta. Dios nos visita cada día, cada instante, pródigo en bondad que nos pone en pié.

Paz y Bien




La fé del centurión









Para el día de hoy (12/09/16):  

Evangelio según San Lucas 7, 1-10





Como su nombre lo sugiere, un centurión era un oficial que mandaba sobre una unidad de cien hombres; este oficial y esta clasificación solía ser parte de la estructura militar romana, aunque por el destino -Cafarnaúm- era muy probable que formara parte de los mercenarios contratados por Herodes Antipas para mantener el orden público. Las legiones romanas estaban estacionadas en otras áreas cercanas.

Siendo un militar de origen romano, sus orígenes seguramente fueran politeístas, concordantes con la fé imperial: por ello, como pagano, es un impuro que la rigurosidad religiosa de aquel tiempo desprecia. Ello se agrava con su identidad extranjera, cuyo poder militar humilla y oprime la Tierra Santa de Israel, con lo cual deviene un proscrito ajeno a la bendición divina.

Este soldado muestra, por un lado, ciertos rasgos bondadosos que no se corresponden con su oficio, respetuoso de la nación judía y de su religión, al punto de edificar una sinagoga. Pero por otro lado manifiesta una demoledora humildad, producto quizás de considerarse indigno y ajeno de ese Cristo que se llega hasta su ciudad que es su existencia.
En principio algunos notables de la ciudad, y luego algunos amigos suyos hablan por él, y transmiten su súplica. No sólo amerita una distancia absoluta entre Cristo y su persona, sino que tampoco se atreve a dirigirle la palabra directamente, quizás intuyendo cosas de un Dios totalmente otro, infinitamente distante, opuesto a un mundo que sólo expres opresión, muerte y dolor.

Aún cuando la distancia entre el Creador y la creatura es en verdad insalvable, ha quedado tendido un puente cordial y definitivo en Jesucristo.
Aún cuando todo sugiera que la fé sea un tema de pertenencias, rituales y doctrinas, desde ese Cristo que nos visita descubrimos que es una profunda cuestión de confianza y de vínculo personal.

De eso se trata la fé del centurión, de humildad y de confianza en Jesús de Nazareth y en la eficacia de Su Palabra a pesar de no contarse dentro del pueblo elegido.

Aunque nos descubramos indignos, Cristo sigue haciéndose presente en esa casa que es nuestra vida.

Paz y Bien


Encontrados







Domingo 24° durante el año

Para el día de hoy (11/09/16):  

Evangelio según San Lucas 15, 1-32



Andamos muy disvaluados, no tanto por menoscabarnos, por ir a menos. Hemos asumido demasiadas categorías mundanas, tácitas o explícitas, por las cuales algunos se suponen más o mejores que otros, cierta teología de la desigualdad que sólo es capaz de parir injusticias.
Quizás no haya que irse demasiado lejos, pues los vicios policiales de los fariseos tengan un grado de persistencia insospechado en nosotros, aún cuando no nos demos cuenta, especialmente cuando nos enfocamos en los que consideramos deleznables, irrecuperables, terribles. 

El otro aspecto crucial estriba, precisamente, en esa lógica mercantil que tiñe la ética y que indica, con total razonabilidad, que la pérdida de una oveja en un rebaño de cien -el uno por ciento- es una pérdida aceptable; ello puede verificarse sin demasiada dificultad en los que tienen responsabilidades colectivas o comunitarias. Es más que prudente no poner en riesgo a todos por buscar a la que se ha perdido, a veces suponiendo que en ese extravío tiene responsabilidad la misma oveja perdida.
Lógico y prudente, razonable y reflexivo. Pero no es Evangelio.

Por Cristo sabemos el valor inmenso que implica para Dios la oveja perdida. El afán que pone en su rescate, su hallazgo, su cuidado. Poner a las demás en riesgo destaca de modo fulgurante ese valor único e intransferible que nace del amor de Abbá Dios de Jesús de Nazareth.
Que para Él vale la pena poner todo patas arriba -el mundo especialmente- a horas intempestivas y aún cuando se incomode a muchos, porque nadie debe perderse.

Una cuestión decisiva: el valor de la oveja perdida radica en la decisión del Buscador. Nuestros valores suelen perderse por otras veredas.

En esa oveja que se pierde, en la dracma extraviada, en el joven que dilapida su vida en pantanos de orgullo y soberbia nos espejamos.
Pero hay más, siempre hay más, y es que aún perdidos nos descubramos encontrados por la misericordia de Aquél que no descansa, y por el que cada reencuentro, cada rescate, cada perdón es motivo de celebración que se comparte, de Reino que nos crece aquí y ahora.


Paz y Bien

Los buenos frutos







Para el día de hoy (10/09/16):  

Evangelio según San Lucas 6, 43-49



Las apariencias son siempre engañosas, algo así como una pátina superficial que intenta esconder la realidad, la verdad más profunda. El real talante de los árboles no pasa por la menor o mayor vistosidad sino por los frutos que brinda, pedir peras al olmo o higos a la zarza.

Ello se traslada al ámbito primordial de los corazones. Las buenas obras surgen de los tesoros afincados en las honduras de cada ser, así como también los venenos, los despropósitos, se arraigan en la maldad que puede ir ganando espacios interiores.
Este postulado puede trasladarse a la vida cotidiana, y a la vida de las naciones, especialmente en la política: no bastan los discursos, lo que se declama y no se practica puede ser atractivo, encender pasiones y ciertas lealtades fervorosas. Pero al fin del día, lo que cuenta es la justicia, la equidad, la promoción de los más pobres, la paz que se edifica, la protección de los débiles, la escucha atenta y respetuosa del otro aún cuando disienta.

No obstante ello, los buenos frutos no surgen así porque sí. Hemos de desconfiar sin vacilaciones de toda propuesta de instantaneidad. Los clicks humanos, las resoluciones pseudomágicas nada tienen que ver con el Evangelio aún cuando a veces se propugnen en nombre de Cristo.
Los buenos frutos son, claro está, producto de la buena savia eterna del Reino, pero también son la consecuencia de un paciente proceso de cuidado, crecimiento, cultivo. A veces poda, desmalezarnos para que nazcan cosas nuevas y buenas. La esperanzada y constante exposición al sol que vivifica y renueva.

Los buenos frutos surgen de buenos árboles cuyas raíces se adentran en la Palabra.

Paz y Bien

Mirada de Cristo, mirada de discípulo








Para el día de hoy (09/09/16):  

Evangelio según San Lucas 6, 37-42



La lectura que nos ofrece la liturgia del día nos impulsa, sin demoras, a cambiar la mirada. La mirada y el corazón.

Los ojos son, claro está, los balcones del alma. Pero también son las ventanas a través de los cuales nos asomamos al mundo. De que esos balcones esté francamente despejados, o bien posean obstáculos y opacidades, dependerá el modo en que percibimos al mundo y al prójimo, y por lo tanto, establecen también la propia medida, la estatura que nos adjudicamos.

Por eso es tan crucial desandar todo ánimo de juzgar al hermano. Ello no implica renegar de toda capacidad crítica, desairar las ganas de justicia y verdad: se trata del juicio inmisericorde que tiene mucho de condescendencia, de afán de superioridad, la intención -no tal oculta o tácita- de dominio, la búsqueda de la brizna en la otra retina olvidando la viga que nubla la propia.

Es menester, es imperioso tener la mirada de Cristo.
Tener una mirada clara, esperanzada, que se afirme en la bondad, una mirada profunda capaz de entrever la persistencia de lo bueno aún en los momentos más duros, más oscuros, más tenebrosos. 
Una mirada transparente que nada oculta, una mirada que permita a los demás asomarse a las profundidades del corazón. Una mirada misericordiosa dispuesta al perdón, a la reconciliación pero también a la justicia, al compromiso con los desvalidos, al rescate de los olvidados.

Una mirada que busque afanosamente los brotes del Reino por todas partes, y que ansía el nosotros antes que el yo.

Paz y Bien

Natividad de la Santísima Virgen María







Natividad de la Santísima Virgen María

Para el día de hoy (08/09/16):  

Evangelio según San Mateo 1, 1-16. 18-23



En esta fé cristiana que profesamos y que es también don y misterio, los nacimientos tienen un significado fundamental; por ello, celebramos -junto a la Natividad del Señor- el nacimiento del Bautista y el nacimiento de la Virgen María. Historias de madres y de bebés, silenciosa y humilde señal para todos los pueblos de que el Dios de la Vida ha elegido a las mujeres y a los niños para transformar la historia, para acercar a nuestros arrabales la Salvación y un cielo que ya está entre nosotros.

Hoy, día de su cumpleaños, son varias cosas las que celebramos.

Celebramos, junto a María, al Dios que fecunda la cotidianeidad, lo inadvertido, lo pequeño que se transforma por la acción de la Gracia desde un corazón creyente que confía y que dice Si!

Celebramos, junto a María, al Dios que pacientemente se ha tejido en la historia. Que ha dado pasos ciertos, seguros, tenaces a través de la historia y las generaciones, que como ríos caudalosos desembocan en María de Nazareth y, por ello mismo, en el Hijo.

Celebramos al Dios que enaltece a los pequeños, al Dios que ama sin descanso, al Dios que respeta sin condiciones las decisiones que tomamos. A un Dios que es Padre y que es ternura.

Celebramos la cercanía asombrosa de ese Dios que, desde María de Nazareth, se hace vecino, pariente, amigo, Hijo queridísimo.

Celebramos la fé y la confianza y el corazón inmaculado de la Madre que concibe al Hijo en su alma y que por ello crece en su seno.

Celebramos y agradecemos a todos aquellos que se atreven a ser felices diciendo Sí, confiando sin desmayos, firmes ante todas las cruces, fieles aún cuando las razones parezcan excedidas.

Cristo es el sol que nace de lo alto, el alba de la Salvación.
María de Nazareth es la madrugada de todos los pueblos, Madre tiernamente obstinada que nos señala el día.

Paz y Bien




Felices los que creen








Para el día de hoy (07/09/16):  

Evangelio según San Lucas 6, 20-26



Frente a cierta religiosidad abstracta -la que se suele acotar al culto y las normas pero no mucho más- las Bienaventuranzas son, cuanto menos, inconvenientes. Por ello suelen interpretarse con múltiples capas de ligereza, quizás con el fin de desencarnarlas, que no comprometan, que no cuestionen, que no conmuevan.

Pero las Bienaventuranzas, en realidad, no pretenden invertir la escala de valores del mundo ni ofrecer una alternativa de tinte ideológico. Antes bien, son la revelación del amoroso sueño de Dios para el hombre, que es su bien, su alegría, su felicidad. Por eso mismo las Bienaventuranzas son un don de Cristo para re-edificar el mundo, la vida cotidiana conforme a ese sueño del Padre, porque todo está al revés, todo parece amilanar la humanidad y menoscabar los corazones.

Felices los pobres, claro que sí, porque con Cristo y su Iglesia se enciende la esperanza que se había ido apagando para que todo vuelva a un cauce de justifica y fraternidad, pero felices también los pobres de espíritu, es decir, aquellos que se han despojado de todo pues su único bien es Dios, y su único interés es el servicio al prójimo.
Felices los que lloran, porque la risa, la celebración es posible aquí y ahora si nos lo proponemos y ponemos manos a la obra. Felices los hambrientos, porque siempre hay lugar para uno más en la mesa de los hermanos, mesa de fraternidad y de justicia.
Felices los perseguidos, insultados y denostados a causa de la fidelidad al Evangelio: esas persecuciones y esos dolores son inevitables, pues para un mundo establecido en torno al poder y al dinero la santa ilógica de la Gracia y del amor son una amenaza.

Grave advertencia también para los poderosos, para los satisfechos, para los que miran para otro lado, corazones sin destino ni cielo.

Felices entonces los que creen, porque la eternidad comienza aquí y ahora, confiando, trabajando, creyendo, sirviendo, haciéndonos Palabra y pan para el hermano.

Paz y Bien

Sube a la montaña







Para el día de hoy (06/09/16):  

Evangelio según San Lucas 6, 12-19



La lectura que nos brinda la liturgia del día parece oscilar entre dos planos, las alturas de la montaña en donde Jesús de Nazareth ha subido a orar y el llano donde desciende y se encuentra con una multitud de personas que llegan de todas partes, hambrientos de escuchar su Palabra, heridos de mil y una dolencias, suplicantes de la misericordia sanadora de Cristo.

En tanto connotación simbólica, la montaña es el ámbito propicio para el encuentro con Dios, para la revelación divina, para las teofanías. A modo de simple racconto, podemos rememorar el ascenso de Moisés para recibir la Ley de Dios, la Transfiguración del Señor en el monte Tabor, la significativa relevancia para Israel del monte Sión.
El Maestro sube a la montaña para el encuentro y la profunda comunión con el Padre, y lo hace previamente a la elección de los apóstoles. Aún siendo el Hijo de Dios reza, suplica para elegir bien, pues esos discípulos serán otros tantos Cristos a los cuatro rumbos. Pero lo fundamental es que el diálogo con el Padre nunca se quebranta, es permanente, toda su vida es orante, aún en las durísimas horas de la Pasión.

Desde ese clima de encuentro y luz, el Maestro elige a los apóstoles, doce que representan al pueblo santo de Israel -las doce tribus-, pero también hay una significación numérica: en el universo simbólico judío, el número tres representa lo divino la plenitud, y cuatro los puntos cardinales. De allí, coincidentemente, la elección de doce enviados, la plenitud que se multiplica a los cuatro rumbos, a todas las naciones.

Luego, Él bajará al llano, allí en esa meseta poblada de dolientes, de tantas ovejas abandonadas a su suerte, rebaño sin pastor ni amparo. Allí florece su compasión y destella la misericordia, justicia de Dios.
Ahí abajo hay mucho por hacer, hay demasiado dolor que suplica consuelo. El Maestro ha descendido de las alturas del cerro, pero no ha dejado allí su sintonía eterna con el Padre. Más aún, lleva consigo los frutos del diálogo fecundo con Aquél que lo sostiene e impulsa. Mejor todavía, la fidelidad a su misión es fruto de esa oración.

Nosotros también hemos de subir a la montaña a diario, al encuentro orante del Padre, para poder bajar renovados en fidelidad y servicio a los hermanos, en la profunda vivencia del Reino.

Paz y Bien



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