Un escándalo maravilloso

Para el día de hoy (13/06/10)
Evangelio según San Lucas 7, 36- 8,3

(La fama precedía al Rabbí de Nazareth.
Quizás por ese prestigio y por el creciente ascendiente que tenía sobre las gentes, Simón -fariseo escrupuloso- invita a Jesús a comer. Quizás también Simón suponía inteligentemente, a diferencia de muchos de sus pares, que a ese Maestro jamás podrían doblegarlo con la coacción, el insulto y la amenaza.
Probablemente quería, razonablemente, tenerlo de su lado.

Contra toda especulación previa, Jesús acepta el convite: Él quiere sentarse a la mesa con todos sin excepción, justos y pecadores, fariseos y saduceos, judíos y gentiles.

Impensadamente, la mujer irrumpe en el salón. Ella también tenía otro tipo de fama que la precedía.
Sabía que Jesús estaba comiendo allí, y es dable pensar que interrumpe la cena porque tiene la certeza de que Jesús no vá a rechazarla.
Con sus ojos inundados de emoción, lava los pies del Maestro. Se desata el cabello para secarlos, los besa y los unge volcando un frasco entero de perfume.

Se desata entonces el escándalo: no era posible que ese galileo fuera profeta y a la vez consintiera y recibiera alegremente y sin hesitar a una persona que, de suyo, debería ser rechazada, expulsada sin más trámite y sin vacilar.

Porque -aparentemente- ya había sido clasificada como réproba por pecados que hoy no sabemos.
Por ser mujer, pues a los ojos fariseos la mujer sólo podía ascender al escalón de la reproducción; sus derechos estaban sujetos a los deseos o caprichos del esposo.
Pero lo peor y lo que horroriza es que se suelta los cabellos para secar los pies del Maestro; soltarse los cabellos en público era un gesto basal de independencia de una mujer respecto del hombre -en especial de su esposo- y, en este caso, el gesto la equipara al de una prostituta, o de una mujer de moral dudosa.

Jesús, según esa mirada mezquina, se volvía impuro y réprobo Él también por dejarse tocar por alguien sumergido en su pecado.
No son capaces de entender que allí brilla la luz del Maestro, en dejarse tocar, alcanzar, encontrar y a la vez, abraza, toca, y cura a los que en ese y este mundo se consideran despreciables, y que sin embargo tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

Maravilloso escándalo...

Los fariseos eran un grupo fundamentalista y sectario surgido en determinado momento histórico del pueblo de Israel. No obstante, es una actitud ética que se ha mostrado constante a través de la historia.
Ese ethos que se autoconsidera justo y santo porque cumple al pié de la letra normas y códigos, y presupone por ello que tiene garantizados favores divinos: por eso mismo, despreciará y juzgará con ojos turbios a todo aquel que no sea par, un igual.
Ese ethos que se cree santo por hacer muchas cosas por Dios, y no es capaz de ver lo que Dios ha hecho en su vida.

En la Palabra del día de hoy, si bien resalta la actitud de Simón el fariseo, de esa mujer anónima y, por supuesto, la de Jesús, es signo de algo mucho mayor y más profundo: la mirada de Dios para con sus criaturas, todos y cada uno de nosotros.

En la justicia y el perdón se revela la esencia misma de Dios: el Amor.
Justicia que no entiende y no acepta otra relación en la comunidad que la amistad y la fraternidad: somos todos hijos del mismo Padre.
Perdón que expresa que jamás, por espantoso que sea, prevalecerá el mal.

A través del Amor de Dios sucede eso que llamamos alteridad, esto es, descubrir y querer al otro tal cual es, sin juzgar ni condenar, amar al extremo de morir por ese otro que inclusive, puede ser el más acérrimo enemigo.

Y el Amor de Dios descubierto en la existencia se multiplica: se produce amor que se expresa en hechos concretos.
Esa mujer -condenada por otros de antemano- se descubrió amada y perdonada más allá de sus miserias: por eso, se arroja a los pies del Maestro, llora, lava sus pies con sus lágrimas, los seca con sus cabellos sueltos, los unge con un frasco entero de perfume.
Puro obrar, el amor produce acción, movimiento, salir de sí mismo, desmesura..
No importa el juicio de los otros, ni se queda en buenas intenciones abstractas -que como bien dice el saber popular, de buenas intenciones se ha pavimentado más de una autopista infernal-.

Es el desborde significado en un frasco entero de perfume para ungir los pies, o en seis tinajas de seis litros de agua convertidas en seiscientos litros de vino bueno, o en doce canastas de pan que sobra para otros...

Es saberse querido y así, con todo y a pesar de todo, encontrar la paz.
Es recibir sin dudar al hermano despreciado y excluído.
Es no buscar nada más que el otro, prójimo cercano y lejano, viva en plenitud y vaya en paz.

Quiera el Altísimo concedernos la Gracia de volvernos así como Él, tan escandalosos y desmedidos)

Paz y Bien




4 comentarios:

su chico dijo...

Aunque debemos tener cuidado con lo que le pedimos a Jesús
¡Porque va... y lo cumple!


Y vos tenés licencia de hermano para decirme lo que os plazca;como os plazca (sin perdón; o con todo él)

♥Alicia dijo...

Querido amigo,
"Quiera el Altísimo concedernos la Gracia de volvernos así como Él, tan escandalosos y desmedidos"
Qué maravilloso sería amar al prójimo sin rótulos, sin etiquetarlos,así como nos ama Jesús.
Me encantó el post.
¡Q termines bien el día domingo y Feliz Semana en el Señor!
Paz y Bien
♥Alicia

rgr dijo...

Mi hermano, excelente! En nuestros pasos torpes y mezquinamente mesurados, el peligro está en que Jesús es desbordantemente eficaz, dador, donador, "regalador"... Y a veces, no tenemos idea de lo que pedimos.
Su fidelidad es incondicional e incomparable, y nosotros a veces seguimos aferrados a esa mentalidad de trueque, premios y méritos.
Se nos dá por amor, sin condiciones, por lo que somos y como somos. Hemos de andar con cuidado, sin dudas.
Un abrazo en Cristo y María
Paz y Bien
Ricardo

rgr dijo...

Me alegra mucho escucharte leyéndote, Alicia. Es una Gracia que no se puede medir el encontrar ecos y resonancias con los que compartimos.
Te mando un abrazo grande, y una excelente semana para vos y los tuyos.
Paz y Bien
Ricardo

Publicar un comentario

ir arriba