Los atrevidos

Para el día de hoy (14/06/10)
Evangelio según San Mateo 5, 38-42

(La llamada ley del talión puede causarnos cierto escozor: "...pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pié por pié, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal -Ex 21, 23-24-". Sin embargo, no está demasiado lejos de lo que entedemos en este mundo por justicia.

La encontramos enunciada en el libro del Éxodo y también en el Levítico, pero ya había sido formulada con anterioridad en los códigos legales asirios y en el código babilonio de Hammurabi. Su naturaleza era de carácter social, tendía a limitar los excesos de la venganza; equiparaba el derecho a aplicar un determinado castigo que fuera igual al daño perpetrado, y al ser cuestión de nación, se buscaba evitar la aplicación de justicia por mano propia.

Por eso mismo, siguiendo esta línea, no está demasiado lejos del concepto actual de justicia penal y su instrumento, la ley, pues se trata de imponer castigos directamente proporcionales a los delitos o daños cometidos, regulando la vida entre las personas.
Si tomamos el término justicia en su literalidad etimológica -ius titia, derecho establecido, podríamos inferir de modo primario el "a cada uno lo suyo", sea de modo punible, sea de modo positivo.

Lamentablemente, sabemos que tampoco esto prevalece: estamos demasiado acostumbrados a aceptar desproporciones en las penas y también, que vaya preso el que roba por hambre mientras que el gran corrupto se pavonee frente a nuestras narices, o que el genocida sea el primero en vociferar que se respeten sus derechos humanos.

Pero con Jesús se ha inaugurado otro tiempo, que también es desproporcionado a nuestra corta mirada, tiempo de desborde, de las ilógicas maravillas del Reino, el tiempo de la Gracia y la Misericordia, expresiones fecundas de la esencia de Dios, el Amor.

Se trata de ir, aquí y ahora, más allá de nuestros conceptos razonables pero muy acotados y a menudo mezquinos teñidos de egoísmo.

Se trata de de ser manso y pacífico, no tolerando ningún tipo de violencia -empezando, claro está, por la que nace de nuesro propio corazón-; en esta desmesura del Reino, la única violencia aceptable, la única sangre pasible de ser derramada es la propia cuando se ofrenda la vida por el otro, aún cuando suene a tragedia...más es cuestión de amores, incomprensible desde la razón.

Se trata de desterrar el egoísmo, haciendo espacios para que brote frondosa la generosidad y la solidaridad.

Se trata, primordialmente, que mi derecho y mi interés será el del otro, el del prójimo, el del hermano. Ceder el paso, anteponer la necesidad y la exigencia del otro a cualquier reclamo personal, por razonable y justo que parezca.

Se trata de salir de sí mismo, vaciarse del yo y hacerse prójimo, acercar al lejano.

Suena a utopía y puede traernos ecos de un bello sueño: pero las cosas del Reino son bien presentes, reales y concretas.

Es cuestión de atreverse y dar el paso, de imaginarse un mundo en donde se duplica y multiplica lo dado frente al reclamo justo, en donde se dejar de ser simple espectador del reclamo de justicia para ser activo y silencioso protagonista en la búsqueda de la justicia que satisfaga toda necesidad...del otro.
Más aún, es festejar y alegrarse cuando mi hermano necesitado deja de ser una variable estadística y se vuelve sujeto de su historia, y de no esperar para uno mismo nada más ni nada menos que eso mismo: el bien del hermano.

Es la locura de abandonar lo medido, lo mesurado, lo mínimo indispensable porque, hermanas y hermanos, se nos ha puesto en nuestras manos lo infinito.

Obviamente no es tarea fácil ni sencilla. Pero Jesús ha resucitado y ha enviado al destierro el no se puede y toda tentación de imposibilidad.

Y no estamos solos: el Espíritu sopla, en casa -la Iglesia- y fuera de ella también.

Los atrevidos son los que edifican con Jesús su Reino que no tendrá fin desde estos arrabales, son los que respetan la imagen de justicia que encabeza estas mínimas líneas pero que imaginan a la Justicia no como a una dama de ojos vendados que empuña una espada y sostiene una balanza, sino más bien como a una madre de ojos bien abiertos atenta a las necesidades de los hijos y con una escoba por toda arma, para barrer nuestros patios.
María sabía bien de que se trataba, con su mirada puesta siempre en lo que le sucede a los hijos.

Supliquemos que el Espíritu nos siga regalando atrevidos de la justicia, locos por el Amor, desmesurados mensajeros de Buenas Noticias al servicio de todos.
Y que nosotros seamos capaces también de dar el paso, de atrevernos a vencernos, a derrotar el egoísmo que nos anida.
No hay lucha más noble ni más santa.)

Paz y Bien



2 comentarios:

Edit Liliana Ciotti dijo...

Tu reflexión de hoy me toca especialmente amigo.
A mi me toca por vocación mediar entre los conflicos de los hermanos. Es mi deber buscar el justo medio para ambos. Trabajo para suabizar los ánimos y poner a uno en el lugar del otro.
Es muy facil poner mas leña al fuego que esta encendido, lo dificil es apagarlo sin quemarse.
Es Espíritu Santo es esencial para esta labor, porque me da la palabra justa para llegar al corazón de cada uno.
No siempre se logra la paz, pero cuando la alcanzamos que Felicidad!!!!!

rgr dijo...

Te pido disculpas, Edit, por mi demora en contestar; no soy abogado, pero habitualmente por razones de trabajo tengo que trajinar por entre Tribunales en temas relacionados con la salud -procuración y pericias- y no sabés como entiendo lo que contás; es una verdad enorme esa felicidad que se encuentra... Quizás sea por esas bienaventuranzas del Maestro, felices los hacedores de paz, los pacificadores.
Dios te acompañe en esta tarea de crear paz junto a Él en un ámbito tan complicado a veces.
Un abrazo grande
Paz y Bien
Ricardo

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