No existir para sí mismo: sal de la tierra y luz del mundo


Para el día de hoy (08/06/10)
Evangelio según San Mateo 5, 13-16

(La sal no existe para sí misma, sino para dar sabor a los alimentos.
Así también la luz no existe para sí misma, sino para disipar la oscuridad.

En las bienaventuranzas Jesús nos abre un camino de identidad y plenitud.
Desde esta enseñanza de sal y luz, nos enseña el cómo, nos revela nuestro destino y misión: no existimos para nosotros mismos, sino para darnos al otro.
Más aún, la verdadera realización existencial se devela plena cuando rompemos el cascarón del egoísmo, cuando salimos de nosotros mismos en búsqueda del otro, del prójimo cercano y lejano.

Sabemos que este mundo es cada vez más del César y menos de Dios; sin embargo, nuestra vocación salobre y luminosa entraña el peligro de creernos demasiado importantes, descaradamente imprescindibles y considerar al mundo como enemigo, como opuesto, y creernos únicos portadores de la verdad.

Nada más erróneo, y corremos el peligro de tergiversar nuestra misión al punto de derrochar esa sal necesaria y esconder esa luz que irradiamos.

El mundo como creación no es esencialmente malo; es parte del sueño del Padre, ámbito en donde la humanidad debería vivir en justicia, libertad y fraternidad.

Es necesario, a veces, volvernos en apariencia ingenuos, mirar las cosas con alma de niños.
Quizás así redescubramos que ese llamado a ser sal de la tierra implica que al hermano le dé gusto vivir la vida, que la vida no le resulte un trago amargo, un plato mohoso y desabrido sino que se transforme en pan sabroso, abundante, digno de probarse y disfrutarse.
Quizás nos sea necesario pensar/nos creados para la celebración y la fiesta, con todo y a pesar de todo. Vienen sobrando nuestros momentos quejosos, está todo allí, siempre disponible por Gracia inefable, al alcance de nuestras manos, perceptible por nuestras almas.

Y la celebración de la vida se hace a plena luz, cuando las sombras desaparecen de todo horizonte y la oscuridad se escapa rauda de la casa de mujeres y hombres.

No importamos tanto por lo que somos en sí, sino que cobramos valor verdadero por lo que portamos y muy especialmente cuando nos damos.

Nadie vive verdaderamente hasta que no sale de sí y sale en búsqueda del otro, y del Totalmente Otro.

Otro mundo luminoso, para ser gustosamente vivido es posible y el Dios de la Vida -con una confianza increíble depositada en nosotros- lo ha dejado en nuestras manos.)

Paz y Bien

4 comentarios:

Edit Liliana Ciotti dijo...

Démosle sabor a la vida de nuestros hermanos. Ayudemos y seamos capaces de darnos sin medida.
Creo que lo conseguimos cuando vivimos en actitud de permanente servicio a los demás.
Bendiciones.

su chico dijo...

Gusta lo que tiene sabor
Pero no todo sabor conviene
El exceso de sal puede arruinar cualquier guiso
Pero como bien dices, el Dios de la Vida -con una confianza increíble depositada en nosotros- nos deja cocinar
Un saludo en el Amigo
Al + Mc

rgr dijo...

Dándole sabor a la vida de los hermanos, a nosotros mismos deja de hacernos falta la sal, y por allí comienza todo.
Un abrazo Edit
Paz y Bien
Ricardo

rgr dijo...

Es verdad, hermano; lo que en verdad importe no sé si es tanto la justa medida de la sal, sino más bien su característica de pasar inadvertida cuando cumple su función, su misión. Se nota tanto su ausencia como su exceso, y su talante mejor es el silencio y la humildad.
Un abrazo en el Dios Amigo
Paz y Bien
Ricardo

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