Declamación o proclamación


Para el día de hoy (16/06/10)
Evangelio según San Mateo 6, 1-6.16-18

(Se trata de un tiempo nuevo, de una humanidad re-creada.
Por ello, el Maestro revela una nueva relación con Dios, con Abbá que se nos descubre Padre y Madre.
Ya no es un Dios inaccesible, severo y castigador, sino un Padre con entrañas de Madre que busca con denuedo a hijas e hijos con inefable ternura.

Más Jesús nos enseña y advierte que no es una cuestión unívoca: la relación con Dios está intrínsecamente ligada a la relación con el prójimo, cercano y lejano. Ambas son dos facetas de ese Reino al que se invita a toda la humanidad, sin excepción.

No es fácil, claro está: ante todo, quizás sea preciso plantar bandera y dar batalla al egoísmo que corroe y a la soberbia que ciega.
Debería resultarnos algo natural, pero el Maestro nos conoce, sabe de nuestros quiebres, de nuestras trabas, de nuestros días oscuros.

No se trata de una praxis pura; en el comienzo, hay un corazón renovado, una vida transformada.
Y aún así, a pesar de que todo está allí y de que no estamos solos, nos regala tres claves/llaves para que no cerremos las puertas: la oración, la limosna y el ayuno.

En la misma sintonía, oración, limosna y ayuno tienen una vertiente que hacia Dios y hacia el hermano, y en todas prepondera la humildad y el silencio como perfumes y colores que las hacen legítimas y veraces.

La oración que es respuesta al llamado de ese Espíritu que nos hace decir ¡Abbá!, ¡Papá! al Dios del Universo, que es de índole profundamente personal y cordial pero que se remonta a esa trascendencia que llamamos cielo cuando se vuelve plegaria comunitaria.

La limosna -y no la beneficencia con lo que nos sobra- que es la donación generosa y solidaria principalmente de la propia vida, y que hace más humanas y, por tanto, más divinas la relación con el hermano y con el Altísimo.

El ayuno, que implica el gesto de vaciarse de lo innecesario y superfluo y, también, la sacralidad de privarse del alimento para que otro no pase hambre, redescubriendo que nuestro principal sustento está en la Palabra que se hace vida, en hacer la voluntad del Dios de la Vida que nos ama sin límites.

Estas son las claves/llaves de toda espiritualidad, y deberían ser signos del amor del Padre que muestran, desde el silencio y la humildad, nosotros sus hijos.

Queda reflexionar si nos quedamos atenazados en la pura declamación que busca exhibirse, el aplauso, el rito externo vacío de caridad... O si comenzamos de una vez por todas a anunciar esa Buena Nueva de que Dios nos ama desde el silencio y la generosidad en el servicio al prójimo cercano y lejano.

Quizás desde el silencio y la humildad de sabernos discípulos y servidores comienza la verdadera proclamación de la mejor de las noticias)

Paz y Bien



2 comentarios:

Salvador Pérez Alayón dijo...

Para qué decir más, hermano Ricardo, sólo como tú me has enseñado exclamar. ¡Amén!

Un fuerte abrazo en XTO.JESÚS.

rgr dijo...

Un abrazo grande en Cristo y María, hermano, y un afectuoso saludo a la familia.
Unidos en la oración
Paz y Bien
Ricardo

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