Dios, tesoro cotidiano










17° Domingo durante el año

Para el día de hoy (30/07/17) 

Evangelio según San Mateo 13, 44-52



Los conflictos bélicos en Medio Oriente no son exclusivos de la historia reciente: ya en los tiempos de Jesús de Nazareth -y antes también- las tierras de Israel solían estar surcadas por conflictos armados que todo asolaban. A su vez, la sujeción al emperador romano implicaba un gravamen de tributos obligatorios francamente intolerables. Así entonces, por los saqueos luego de las batallas y con el fin de eludir esa carga impositiva que era un latrocinio para los pobres, muchos ocultaban las monedas que ahorraban y algún objeto de valor en vasijas de barro que enterraban en el campo.

En ese tiempo también, los campesinos y labriegos eran, en su gran mayoría, arrendatarios de grandes terratenientes. Casi nadie era dueño de la tierra que trabajaba. Por esa causa, el labrador de la primer parábola de esta lectura tal vez fuera uno de ellos, que haciendo su tarea cotidiana para procurar su sustento y el de su familia, se encuentra de pronto con una vasija de esas, con un tesoro escondido que vuelve a esconder en otro lugar. Seguramente se deslomaría de sol a sol, pero haría lo imposible para que ese campo fuera suyo, que no se le pierda, que no se le escape de las manos ese tesoro asombroso.

En cambio, el mercader es un buscador profesional, un experto en esos menesteres de comprar perlas a un valor determinado y revenderlas a mayor precio, acumulando pingües beneficios y edificando una fortuna. Un día, enfrascado en su tarea, encuentra una perla única: él lo sabe, conocedor cabal de esos temas. Quizás sea más frío y calculador que el labrador anterior, sabe que esa perla hallada no tiene parangón, ni se compara a nada de su vasta experiencia, y por ello se atreve a liquidar todos sus bienes previos para adquirirla.

Pero en ambos casos, ese magnífico hallazgo que todo lo transforma y por el que nada volverá a ser igual supone una intervención personal, un esfuerzo, un compromiso y hasta un sacrificio. No se trata de un evento fortuito. No existen casualidades sino causalidades, frutos de la amorosa providencia de un Dios cuyo Reino se deja encontrar.

Frente a su Gracia, todo parece ínfimo.

El encuentro con ese tesoro marca un antes y un después en la existencia, el hito fundante de la vocación cristiana.

Más aún: Dios es el tesoro que se deja encontrar en medio de nuestros esfuerzos cotidianos, y que hace la vida resplandecer, dejar de lado lo que perece, y volvernos tenaces buscadores de su amor que siempre nos sale al encuentro todos los días, cada día, cada instante.

Paz y Bien

 

1 comentarios:

FLOR DEL SILENCIO dijo...

Gracias.

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