Cosechas de misericordia










Para el día de hoy (21/07/15):  

Evangelio según San Mateo 12, 1-8 





La religión oficial en los tiempos de la predicación de Jesús de Nazareth era muy estricta en todos sus aspectos. Estricta en los preceptos a cumplir, rotunda en el acceso y las formas del culto, incólume en la ortodoxia detentada por escribas y fariseos.
Ello, de por sí y en una mirada superficial es loable, a sabiendas de los perjuicios que causa en todos los ámbitos los relativismos y las moralidades laxas. Pero el problema estribaba en que esos rigores habían perdido su sentido primigenio, el vínculo con el Dios que inspiraba esa fé, y así ley, normas, preceptos devenían en fines en sí mismos, sin trascendencia ni referencia a una eternidad que le brinde sustento.
A ello se añadía una lectura literal de las Escrituras, que es causa de todos los fundamentalismos, y todo ello se combinaba en un espeso ambiente opresivo que solía demoler y agobiar las almas más sencillas.

Pero la Encarnación de Dios inaugura un tiempo santo -kairós-, tiempo de Dios y el hombre, de la humanidad asumida por ese Dios para levantarla hacia la plenitud y la eternidad a puro empuje bondadoso del amor que se expresa en todas las enseñanzas, gestos y acciones de Jesús de Nazareth. Lo divino, entonces, no se desliga por ningún motivo de lo humano pues Cristo tiende un puente irreductible entre la inmensidad de Dios y la pequeñez del hombre, sacerdote eterno que acampa entre nosotros.

Ese día, un sábado, el Maestro y sus amigos atravesaban a pié un trigal. Algo tan elemental y tan humano como el hambre se hace presente, y ellos toman algunas espigas entre sus manos, y las frotan para poder comerse los granos, y así quizás engañar un poco esa langudez que empieza a dolerles.

Al instante, surge la crítica virulenta, y no por tomar espigas de un sembrado que no les pertenece, sino por quebrantar las normas del Shabbat.
Pero el Maestro no retrocede. Con paciencia trata de razonar con esos hombres furiosos, intentando que comprendan que desde la misma Palabra se arriba a ese puerto, y que el Shabbat es a favor del hombre, que el deseo de Dios es el bien de todos los hijos.
Quizás el Shabbat hubiera sido más pleno si se rindiera culto a Dios desde la libertad y desde la compasión.

Porque Jesús de revela como Señor del Sábado, y más aún. En la historia de Israel, Dios se encontraba con su pueblo en una tienda elegida que habitaba en el desierto, y luego el Templo de Jerusalem pasó a ser el lugar sagrado por excelencia.
Sin embargo hay un desplazamiento definitivo: a Dios se le encuentra en la persona de Cristo, templo vivo y peregrino de ese Dios que nos ama sin medida ni condiciones, y por el que cada mujer y cada hombre se vuelven también templos santos del Dios de la vida.

En esos templos latientes es en donde se rinde el culto primero, que no está codificado pues es la compasión.
Quiera Dios que florezcan entre nosotros espigas de misericordia que alimenten tantos estómagos doloridos y tantas almas vacías de sentido, espigas de Dios que hemos de cuidar como tesoro preciado que son, la Gracia entre nosotros.

Paz y Bien

2 comentarios:

FLOR DEL SILENCIO dijo...

Gracias.

María dijo...

Más que el sacrificio, nuestro Señor se interesa más por el amor que en ello damos.Gracias Ricardo.

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