Nunca moriremos, viviremos por siempre en Cristo
















Para el día de hoy (11/04/19):  

Evangelio según San Juan 8, 51-59






A través de los velos de los siglos, es menester fijar nuestra mirada en el viejo pastor de Ur, Abraham.
Hombre anciano, casado con una mujer de avanzada edad como él mismo, no habían podido tener hijos, y vivían sus días al calor del desierto, en el refugio de sus carpas beduinas.

Dios hace una alianza con este hombre, una alianza que no se registra en tratados formales ni se codifica en documentos verificables a posteriori porque es una alianza cordial que involucra la totalidad de la existencia. En esa alianza, Dios hará fructífera la vida del pastor con la llegada de un hijo añorado, y no será lo único: por la fé -que es la contrapartida de Abraham- éste se convertirá en padre de naciones, abuelo de todos los creyentes de toda la historia.
La razón le indicará al anciano sabio que ya sus viejos huesos no están para esos trotes, ni para concebir hijos ni para encabezar pueblos hacia una tierra que se le promete y que se le hace improbable. Menos aún, que pueda ser el primero entre millones que le sucederán.

Pero la razón no comprende cuestiones que el corazón aprehende, y la fé, que ante todo es confianza, prolonga la mirada hacia horizontes ilimitados.
Por ello mismo Abraham se enciende de júbilo: será, por ese Dios asombroso, padre de un hijo increíble al que llamará Isaac -cuya traducción literal es Dios sonríe- y será padre de naciones estrelleras, y más aún.
A lo lejos, asomándose como un amanecer único y por esa fé de mirada profunda, es capaz de mirar y ver que cuando el tiempo madure, Dios mismo instalará una tienda similar a la suya y habitará entre su pueblo.
Abraham, mil años antes, avizora felizmente al Redentor.

Su camino comienza a hacerse firme, y esa pequeña tribu se ha de convertir en nación y promesa, a pesar de que deba sufrir esclavitudes, exilios, quebrantos e infidelidades. El Dios de sus promesas siempre cumple sobradamente con lo que se ha comprometido.

Sin embargo, muchos de los hijos del viejo pastor se confundieron, y creyeron que sólo por pertenencia sanguínea o identidad nacional tendrían todo resuelto, definitivamente allanado. Ése fué su mayor error, el de la lineal literalidad, que los vuelve fanáticos y falaces.
Han olvidado y renegado de la dinastía primordial que es la de la fé: son hijos de Abraham por creer como él creía, por confiar en el Dios de la promesa perenne.

Por eso mismo rechazan con asco y violencia al Cristo manso que les habla y trata de despertarlos. Ellos están muy cómodamente instalados en sus esquemas, y no toleran que ese campesino galileo venga a trastocarle el andamiaje. Mucho menos, que se erija con la autoridad y la esencia misma de Dios, y con ese argumento buscan su condena y ejecución, sin advertir que así son ellos los que se hunden y condenan.

Cristo es esa alegría inconmensurable, y ese júbilo que no se derrumba pues nace del corazón, en donde se afinca por maravillosa bondad la fé en Dios, que es don y misterio.

Porque a pesar de tantas miserias, rechazos y desprecios, de tantas amenazas y argumentos tétricos, la muerte no ha de prevalecer.
Nosotros no moriremos.

Paz y Bien

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