Lunes Santo: el perenne perfume de la gratitud














Lunes Santo

Para el día de hoy (15/04/19):  

Evangelio según San Juan 12, 1-11










Aunque parezca una obviedad, nosotros tenemos la ventaja de saber qué cosas pasarán después, sabemos los días graves que se avecinan en el ministerio del Maestro, y así podemos situarnos dentro de un marco más amplio, más abarcador que el acontecer en esa noche en Betania.
Precisamente, había al momento de la cena que nos presenta la lectura del día una orden de arresto contra Jesús de Nazareth. La policía religiosa del Templo se avocaba de lleno a la búsqueda ordenada por las autoridades religiosas -el Sanedrín-, una orden que escondía la decisión de eliminarlo, de ejecutarlo, de realizar un juicio falaz pues la decisión respecto a su culpabilidad ya estaba tomada.

Técnicamente, el rabbí galileo es un prófugo. Pero nosotros sabemos que Él será detenido y crucificado en un momento exacto, propicio, no condicionado por la violencia y el encono de sus enemigos sino por la absoluta libertad de su corazón sagrado y a causa de su fidelidad al Padre.
Como siempre sucede, un prófugo es alguien a quien conviene evitar por los riesgos de ser acusado por connivencia, por encubrimiento o hasta por el mismo delito que se le imputa. Ello se maximiza en la casa de Betania, hogar de Lazaro, Marta y María: el prófugo no sólo es un acusado de un delito grave, sino que además tiene un ascendiente importantísimo sobre el pueblo, y su situación tiene también ribetes políticos, porque allí está la sombra del poder imperial romano.

Cristo no ha tenido casa propia. De niño, ha crecido y se ha criado en la casa familiar del carpintero José en Nazareth; ya iniciada su misión, parece que regresa luego de cada viaje misionero a Cafarnaúm, a la vivienda familiar de Pedro y Andrés, en donde -recordemos- sana a la suegra de Pedro. 
Y en la casa de Lázaro, Marta y María el Señor se siente a sus anchas, en la calidez de un hogar que lo recibe como amigo y parte de la familia, imagen cierta de una Iglesia que es recinto familiar y fraterno, de vida y pan compartidos.
El Señor no tiene casa, pues su hogar está allí en la casa en donde sus amigos le reciben con afecto.

Tal es la casa de los hermanos de Betania, a los que parece no importarle demasiado la situación del amigo, y a que Betania se encuentre solamente a tres kilómetros de la Ciudad Santa, del núcleo del poder de sus enemigos. Hay mucho más que un eventual ofrecimiento de refugio frente a la huida. 

Seguramente el rostro de Lázaro mostraba las huellas de la dolencia sufrida que lo llevó a la muerte, de donde fué rescatado por Cristo.
La cena que debía ser un banquete mortuorio, memorial del fallecido, se convierte en un ágape de celebración por la vida recuperada, y en gratitud hacia Aquél por el cual la vida prevalece, Aquél que asegura a sus amigos la victoria sobre la muerte.

María, la que se quedaba con lo más importante, la escucha atenta de la Palabra, se pone a los pies del Maestro y vuelca sobre sus pies un frasco completo de perfume de nardo puro. Su costo dinerario es elevadísimo, pues equivale al salario de un año de un jornalero. Ella luego de ungir los pies del Maestro, los seca con sus cabellos, y se trata de algo más que un gesto de ternura y sumisión al un amigo que es también Señor: es un gesto santo y sacerdotal, que anticipará la sepultura inquieta de Cristo luego de la cruz -un entierro a las apuradas- que manifiesta el agradecimiento por el inmenso regalo de la vida que ha sido rescatada de las garras de la muerte. El valor del perfume no cuenta tanto por su cariz oneroso, sino que expresa el amor sin límites en el gesto de ternura y devoción.

Toda la casa se inunda con ese persistente aroma, y excede a la familia de Lázaro. Es el perfume de la gratitud que se expande cuando la comunidad cristiana celebra la vida que Cristo les ha ofrecido con su sacrificio inmenso, y es un perfume que siempre superará al hedor de la muerte y de la corrupción.

Judas no entiende, y muestra la enorme distancia cordial que lo separa del Maestro, aún cuando ha compartido caminos y enseñanza con Él por tres años. El amor no se compra, el amor no tiene precio, y peor aún, la caridad del Reino no implica dar limosnas a los pobres, aún cuando éstas signifiquen notorios desembolsos. La caridad integra a los pobres dentro de esa comunidad que celebra la vida con acciones concretas, la caridad hace agrandar la mesa, hermanarse al prójimo caído, hacerse último con los últimos, y no mirarlos con simpatía a la distancia.
Precisamente, ése es el significado de que a los pobres siempre los tienen con ustedes: no es una resignación frente a procesos inevitables, no es un análisis dialéctico de que la pobreza -aún cuando se avance en equidad- permanecerá aferrada a los pueblos. Nada de eso. La afirmación del Maestro es eclesial, fraterna, y es el compromiso de tener a los pobres como hermanos de la misma familia creciente que es la Iglesia, y desde allí sí buscar nuevos rumbos de justicia. Aprojimarse desde la razón y el corazón.

Lunes Santo para reflexionar cuál es el perfume que portamos, y si seguimos siendo espectadores pasivos y externos de los dolores y miserias de los olvidados.

Paz y Bien

0 comentarios:

Publicar un comentario

ir arriba